viernes, 1 de julio de 2016

"EL RUIDO DEL TIEMPO": LO DIFICIL QUE ES SER COBARDE BAJO LA TIRANÍA



El ruido del tiempo

Julian Barnes

Traducción de Jaime Zulaika

Editorial Anagrama, Barcelona 2016, 199 páginas



   Una de las tendencias -incluso de subgénero se podría hablar- más frecuentadas por la narrativa contemporánea es aquella en la que los narradores novelan la vida, o alguno de sus episodios, de otros escritores, y en general de personajes que han destacado en alguna faceta intelectual, incluidas por supuesto las artes. Lo han hecho y lo hacen acreditados narradores de nuestro tiempo como J.M. Coetzee, Philip Roth, Saul Bellow, Alan Hallinghurst, Kate Mose, Günther Gras, Raymond Carver o Elena Poniatowska. Julian Barnes se sirvió de un episodio amoroso de la vida de Ivan Turgueniev para escribir uno de sus mejores relatos del libro La mesa limón. Lo hace ahora de nuevo y el protagonista es uno de los grandes compositores del pasado siglo, Dmitri Shostakóvich. El novelista inglés, una de las mayores revelaciones de su generación, nos permite, en efecto, disfrutar, y a la vez sufrir, con la biografía novelada de Dmitri Dmitrévich Shostakóvich (San Petesburgo, 1906–Moscú, 1975), en la que afloran, como pocas veces lo han hecho, las colisiones entre el arte y el Poder. Barnes se apropia en esta novela del rótulo “El ruido del tiempo”, tomado de las menorías de Ósip Mandelstam, el poeta que sufrió en sus carnes y en su alma la ferocidad irracional y despiadada del régimen stalinista, y que, sin embargo, resistió heroicamente hasta ser eliminado. Shostakóvich, en cambio, murió apaciblemente en un hospital moscovita, engalanado de honores, “como una gamba en salsa rosa”, repite Julian Barnes en varias ocasiones.

   Un verso de un poema de Shakespeare (“Y el arte amordazado por la autoridad”) y una estrofa de Evtushenko que describía de forma conspicua  cómo discurren las vidas bajo el Poder (“En tiempos de Galileo, un colega suyo / no era un científico más estúpido que él. / Sabía muy bien que la tierra giraba / pero tenía también que alimentar muchas bocas”, página 165) reflejan, al menos con rigor aproximado, las complejidades de la vida de un artista, de un gran músico bajo la tiranía. Julian Barnes pretende mostrarnos esas complejidades: que no era fácil ser un cobarde bajo las botas de la tiranía. Y lo hace mediante la recreación ficcional de tres episodios reales en la vida de Shostakóvich. Tres calas ficcionales, pero cimentadas en hechos reales y documentados, unidas por el hilo cronológico de la vida del compositor, aunque con numerosos saltos en el tiempo y amalgamando los hechos internos de una personalidad compleja y miedosa, dotada de gran sensibilidad musical, con el círculo familiar del protagonista y los intereses / caprichos de un Poder totalitario.

   Estas colisiones entre el arte y el Poder empiezan el 26 de enero de 1936. El punto de partida fue sin duda la propia fama de un niño prodigio que, a los diecinueve años, había asombrado al mundo con al Sinfonía nº 1 en fa menor. Pero ese día de enero de 1936 recibe la consigna de asistir a una representación de su ópera Lady Macbeth de Mtsensk en el teatro Bolshoi de Moscú. La ópera estaba siendo un gran éxito tanto a nivel doméstico como internacional. Estarán presentes los camaradas Mólotov, Mikoyán, Zdánov, y también el gran Timonel, el camarada Stalin, disimulado tras una cortinilla. A los dos días, un editorial de Pravda (“Bulla en vez de música”) condena la ópera, acusándola de formalismo, esnobismo anti popular, pornofonía, decadente, contrarrevolucionaria. Se sospecha que el autor del artículo editorial pudo ser el mismo Stalin. La música de la ópera de Shostakóvich había hecho ladrar a los perros mayores, y cuando eso ocurre, en la Rusia de Stalin, equivale a un rápido fusilamiento. La única acción posible que le quedaba a Shostakóvich, era abjurar de sus errores, disculparse públicamente y sumergirse de inmediato en la música folclórica, la que les gusta a las masas. No se disculpará, pero el Poder que nunca está ocioso, logra igualmente que enderece su trayectoria. Tendrá que convivir con un miedo helado que le hace pasar las noches con un maletín en el rellano del ascensor, para ahorrar a sus seres queridos el espectáculo de su detención.

   Sin embargo, su destino por el momento parecía seguir vivo. En 1937 escribe y estrena su Quinta Sinfonía, conservadora desde el punto de vista musical. Y la apoteosis final, optimista en opinión del régimen (alegría forzada e irónica para muchos intérpretes) inició su reconciliación con los gobernantes.

   En el segundo sondaje se reconstruyen algunos momentos del viaje de Shostakóvich a Nueva York, como uno de los representantes de la Unión Soviética para participar en el Congreso Cultural y Científico de la Paz Mundial. Viajó a Nueva York, a pesar de su resistencia inicial, porque Stalin quería que fuese. En la ciudad neoyorkina  esperaba conocer a Stravinski, cuya música siempre había admirado. Pero Nueva York significó la más dura humillación y la vergüenza moral más intensa para Shostakóvich. En los discursos, escritos por otros, pero leídos por él, condenaba a todos los músicos que creían en la doctrina del arte por el arte. Y era su admirado Stravinski el paradigma más evidente de esa perversión. Por eso, en su fuero interno, se sintió anonadado por la vergüenza y el desprecio hacia sí mismo.

                                                  
Dmitri Shostakóvich
 En la tercera cala, Shostakóvich viaja, con cara angustiada, en el asiento trasero de su coche. Un Poveda. No le habían permitido cumplir su sueño de adquirir un Mercedes. El terror había durado otros cinco años, en los que seguía llevando amuletos de ajo para sobrevivir. Pero Stalin murió, aunque con su fallecimiento y con Nikita Jruschov como Primer Secretario, el Poder no desapareció; simplemente se limitó a mudar de rostro. Pero Dmitri Shostakóvich ya había pagado al Cesar  y el Cesar, a cambio, no había sido ingrato: tres Órdenes de Lenin y seis Premios Stalin. Sin embargo, aquí cometió otro gran error: “Antes los hombres se cagaban en los pantalones; ahora se les permitía disentir”. En vez de las antiguas órdenes, ahora había sugerencias. Por eso mismo, sus relaciones con el Poder se volverán más peligrosas para el alma ya que sondeaban la magnitud de su cobardía. Se verá obligado a aceptar la Presidencia de la Unión de Compositores de la Federación Rusa y afiliarse al partido Comunista, algo que siempre había evitado. Era la forma de reclamarle el alma, ahora que había pasado el gran miedo y su vida no corría peligro. Se sometió como un moribundo se da por vencido antes el sacerdote que le absuelve.

   Se ha escrito que Julian Barnes se decanta por el bando equivocado; es decir, a favor de Shostakóvich. Pero es inexacto porque Barnes admite la cobardía del compositor, por ejemplo cuando firma el impreso de afiliación al Partido Comunista, consciente de que le habían arrebatado el alma: “La línea de cobardía era la única que avanzaba recta y segura en su vida”. Aplaude los discursos de los miembros del partido, pero la verdad es que no los escuchaba. Firma los artículos para el Prvada que, en su nombre, habían escrito otros, sin siquiera leerlos. Firmó así mismo una inmunda carta contra Solzhenitsyn a pesar de la admiración que sentía por el novelista. Años más tarde, firmará otra contra Sájarov. Según Barnes, cuando decir la verdad y obrar en consecuencia conduce a una muerte inmediata, había que disfrazarla. Y para Shostakóvich el disfraz de la verdad era la ironía. El tirano no tiene el oído fino para oír la ironía y, por otra parte, imita la jerga del Poder. La ironía podía proteger su música, el arte de su música que pervive y se escucha por encima del ruido del tiempo. El problema es que, en la mayoría de las ocasiones, ni sus amigos eran capaces de captar ese tono irónico. Sea como fuere, Barnes no deja de mostrar una cierta compasión por el terrible drama vivido por Shostakóvich. En un país como la Unión Soviética donde era imposible decir la verdad y vivir, no solo el personaje declarado enemigo del Estado, sino todo su entorno: su familia, sus amigos…todos están contaminados. Para salvar lo que amabas, no había elección, no existían posibilidades de evitar la corrupción moral, a no ser que tuvieses madera de héroe. Pero el heroísmo es un gesto de grandeza, no un imperativo ético.

   Quizás Shostakóvich fue un tanatófobo, un obsesionado por la muerte, como también lo es Julian Barnes. “Le envidio” le dijo a la familia de su amigo Solomon Mijoels, asesinado por orden de Stalin, porque su propia experiencia vital era un fiel testimonio de que la muerte era preferible a un terror interminable (página 144).

   Prosa evocativa, introspectiva y discontinua, con ciertos acentos líricos para narrar y hacernos tomar conciencia de la difícil y aterradora convivencia de un artista cuyo credo es dar al arte lo que es del arte  en un Estado exterminador.



Francisco Martínez Bouzas



                                                     
Julian Barnes

Fragmentos



“Siempre venían buscarte en mitad de la noche. Por eso, para que no le sacaran del apartamento en pijama, o le obligaran a vestirse delante de algún hombre impasible y despreciativo del NKVD, se acostaba totalmente vestido y tumbados encima de las mantas, con una maletita ya preparada a su lado, en el suelo. Apenas dormía y velaba imaginando las peores cosas que un hombre podía imaginar. Su inquietud, a su vez impedía dormir a Nita. Los dos yacían en la cama fingiendo; además, fingiendo que no oían ni olían el pánico del otro. Una de sus pesadillas recurrentes cuando estaba despierto era que el NKVD cogiera a Galia y se la llevasen -si la niña tenía suerte- a un orfanato especial para niños de los enemigos del Estado. Allí le cambiarían de nombre y le forjarían un nuevo carácter; la convertirían en una ciudadana soviética modélica, un pequeño girasol que alzaría la cara hacia el gran sol que se llamaba a sí mismo Stalin. Por consiguiente, había pensado pasar aquellas inevitables horas de insomnio en el rellano junto al ascensor.”



…..



“Si el Estado hacía concesiones, también las hacían los ciudadanos. Pronunció discursos políticos escritos por otros, pero -tan patas arriba estaba el mundo- eran discursos cuyos sentimientos, si no su lenguaje, él podía realmente refrendar. Habló en un mitin de artistas antifascistas de «nuestra gigantesca batalla contra el vandalismo alemán» y de «la misión de liberar la humanidad del flagelo pardo». «Todo para el frente», había exhortado, como si encarnara el Poder mismo. Se mostraba seguro de sí mismo, fluido, convincente. «Pronto llegarán tiempos más felices», prometió a sus colegas artistas, repitiendo la cantinela de Stalin.

El flagelo pardo incluía a Wagner, un compositor al que el Poder siempre había hecho trabajar. Estuvo de moda y pasado de moda durante todo el siglo, según la política del momento. Cuando se firmó el pacto Mólotov-Ribbentrop, la Madre Rusia había abrazado a su nuevo aliado fascista como una viuda de mediana edad abraza a un fornido vecino joven, con tanto más entusiasmo  porque la pasión llega tarde, contra toda razón. Wagner volvió a ser un gran compositor y a Risenstein le ordenaron que dirigiera La valkiria en el Bolshói. Menos de dos años más tarde, Hitler invadió Rusia y Wagner volvió a ser un infame fascista, un pedazo de escoria parda.”



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“Y sí, era un cobarde. Y sí, uno da vueltas como una ardilla en una rueda. Y sí, aplicaría a su música todo el valor que le quedaba, y la cobardía a su vida. No, aquello era demasiado reconfortante. Decir: Oh, perdonadme, pero ya ves que soy un cobarde, no puedo hacer nada para remediarlo, Su Excelencia, camarada, gran líder, viejo amigo, mujer, hija, hijo. Esto quitaría complicación a las cosas, y la vida siempre rechazaba la simplicidad. Por ejemplo, había temido el poder de Stalin, pero no al propio Stalin: ni por teléfono ni en persona. Por ejemplo, era capaz de interceder por otros pero nunca se atrevió a interceder por él mismo. A veces se sorprendía a sí mismo. Así que quizá no fuese incorregible del todo.

Pero no era fácil ser un cobarde. Ser un héroe era mucho más fácil que ser un cobarde. Para ser un héroe sólo tenías que ser valiente un momento: cuando sacabas la pistola, lanzabas la bomba, apretabas el detonador, matabas al tirano y también a ti con él. Pero ser un cobarde era embarcarse en una carrera que duraba toda la vida. Nunca podías relajarte. Tenías que prever la próxima vez que tendrías que disculparte, titubear, achantarte, volver a familiarizarte con el sabor de las botas de caucho y el estado de tu propio personaje caído, abyecto. Ser un cobarde requería obstinación, perseverancia, una negativa a cambiar, lo cual, en cierto modo, constituía una especie de valentía. Sonrió para sus adentros y encendió otro cigarrillo. Aún no había perdido los placeres de la ironía.”



(Julian Barnes, El ruido del tiempo, páginas 25-26, 80-81, 173)

viernes, 24 de junio de 2016

"Y ¿POR QUÉ?": HISTORIAS REPLETAS DE VIDA



Y ¿por qué?

Marieta Alonso Mas

Edita Asociación de Escritores de Madrid, Madrid, 2016, 72 páginas



   Hace más de veinte años que el escritor catalán Joles Sennell afirmaba que la literatura infantil y juvenil es aquella que también pueden leer los niños y las niñas. Lo cual no excluye a los adultos porque de hecho existen muchos libros, editorialmente destinados para un público infantil o juvenil, que hacen las delicias de los adultos. Pero no falta quien cree que escribir narrativa catalogada como infantil o juvenil, es propio de escritores de segunda fila que, como no saben hacerlo de forma positiva o al menos decente en la narrativa para adultos, se refugian en el mundo de los libros para niños o adolescentes. Tales juicios y valoraciones son un claro ninguneo de los buenos escritores y escritoras, cada vez más abundantes, capaces de reflejar en sus novelas o relatos, destinados también a lectores infantiles y juveniles, las influencias formales de autores como Kafka, Faulkner o Borges.

   Todo lo anterior puede entenderse como una premisa para gozar hincándole el diente, con justicia y provecho, a los quince relatos que Marieta Alonso recoge y nos ofrece en este su segundo libro en solitario. La autora, cubana de nacimiento, pero con residencia en Madrid desde hace muchos años, fue capaz de sorprendernos de forma muy positiva con sus incursiones en la microficción, en el relato breve, esas pequeñas historias de la recompensa inmediata, recogidas en el volumen de su autoría ¿Habla usted cubano? Un derroche de fantasía, pero sobre todo de escritura sedante.

   Algo similar puedo afirmar de su segunda incursión, directamente con un libro, en la narrativa, Y ¿Por qué?  A pesar de la brevedad de la mayoría de los relatos de esta colectánea, no sería razonable  afirmar que es el formato light  el que le da forma y contenido a las historias que nos regala Marieta Alonso. Seguramente muchas de ellas recogen historias cotidianas, pero no  a ras de tierra, ni con ausencia de temas de fondo. Y sobre todo, habitadas por una desbordante fantasía y por la fascinación de una lengua que fluye con naturalidad, y al mismo tiempo con una tonalidad muy cercana al sentir tanto de un público adulto como infantil. Es el personal acento de la narrativa de Marieta Alonso, que le permite superar con creces la prueba del algodón de la minificción, especialmente porque es capaz de mantener el aliento y fabricar con acierto pequeñas historias que en su mayoría responden al rótulo del libro. El ¿por qué?, el origen de las cosas, el sentido de ciertos  acontecimientos y comportamientos que forman parte de la historia del vivir diario o de la magia.

   Para abrir la lectura con un agradable sabor de boca, Marieta Alonso, hija de la cultura española y americana, nos sorprende con una interesante historia del descubrimiento de América que los padres le cuentan al hijo. Un relato que, sin faltar a la realidad de los hechos históricos, humaniza y reviste de cierta capa de ironía la hazaña del descubridor, de aquel “pirata que robaba seda para que los Reyes se vistieran” (página 17). Y no solo seda, sino también oro y plata “que sirvió para muchas cosas, unas buenas y otras no tanto,” (página 23).

   La fantasía de la autora se entretiene así mismo con un mosaico de piezas híbridas: los cantos del río que pueden tomar vida propia y convertirse en boomerangs; el lugar que van ocupando los pequeños a medida que van creciendo. Con las historias de la abuela, escuchadas de boca de la hermana mayor que define la vocación de la protagonista: de mayor será cuentista. Con el origen chino del helado que Marco Polo descubrió en la corte del Gran Khan Kubilai. Reconstruye así mismo la invasión napoleónica de España -cuando Napoleón se veía gordo en el espejo atacaba un país-; la España de Carlos IV, María Luisa, Manuel Godoy y la derrota de los franceses en Bailén. O se interna en las dificultades de una adolescente que se siente incomprendida, para asumir su situación. Uno de los relatos, en mi opinión, más logrados y atractivos es “Un gato con ínfulas”, en el que la autora humaniza el comportamiento gatuno, pero el animal se niega a ser esclavo de nadie. Y así hasta el relato “El origen de la tierra” que clausura esta selección,  la versión del origen terráqueo planteada por  los tres genios de la clase que, por su parte, se encargan de de instruir al maestro sobre el Real Madrid, “porque un hombre tan culto no podía ser el bufón de sus alumnos por ignorar algo tan grandioso como dar patadas a un balón” (página 70).

   Relatos, en resumen, que derrochan imaginación, ocurrencias, ingrávidas o agudas, y un aparente candor, preñado, no obstante, de talento. Con un estilo sencillo, una lengua pulcra, con menor abundancia de usos locales del español de Cuba que en su anterior libro, Marieta Alonso, convierte, una vez más en esta antología, la vida diaria, el mundo animal o algún retablo de la Historia en prosas condensadas, perseguidoras de sueños. Es ese el hilo conductor y el punto neurálgico de su estrategia narrativa con la que logra transmitirnos historias mínimas, mas repletas de vida.



Francisco Martínez Bouzas



                                                      
Marieta Alonso Más

Fragmentos



El descubrimiento de América



“Pablo con cuatro años tiene novia. Se llama Lidia. De lunes a viernes al salir de la guardería se dicen adiós hasta que son dos puntitos en el horizonte.

Un día la niña le preguntó si conocía a Colón. No. Le preguntó si conocía Cuba. Tampoco. Él conoce a todos los futbolistas de los equipos madrileños, reconoce el coche de su abuelo y de su padre pero en su casa nunca han estado Colón, ni Cuba.

Su madre le ha comprado una pelota que tiene dibujado un mapamundi, para que supiera dónde estaba Cuba y se ha pasado toda la tarde dando patadas al balón y señalando la isla.

A la hora de acostarse pidió a sus padres que le contaran cosas de Colón. A su padre casi le da un soponcio y llamó a la madre para que se hiciera cargo de su erudito hijo. Al final los tres se acomodaron en la cama con un libro de historia y comenzó el relato.”



…..



Un gato con ínfulas



“Mi gato se llama Pelusa y aunque en casa somos muy humildes, el felino, observa mi mamá, nos ha salido pijo. Yo no sé qué quiere expresar con eso pero por el tono en que lo dice debe ser algo muy feo.

No le gustan las sardinas, ni los tejados, ni los ratones y se pasa el día en el patio recostado sobre su lomo con una pata en la cabeza, tomando el sol.

Nosotros en casa somos obreros, eso lo proclama mi papá y no podemos comprarle a mi gato el distintivo que pretende, con su nombre grabado, ni el mejor pienso, ni que el arenero, como tan fino le llama, sea de plata.

Pelusa duerme  a los pies de mi cama y allí me senté para dialogar con él. No debía pedir cosas de plata, intenté convencerle y me contestó con un maullido que él no quería que fuera de plata sino de oro, si es que no nos enterábamos, el latón le daba alergia, necesitaba que fuera de un metal precioso para el bien de su salud y de su futuro porque la gata que tenía en mente vivía en una urbanización de lujo y la primera impresión era muy importante para conquistarla. Él no estaba para sufrir vicisitudes y mucho menos vivir en la miseria, me dijo mientras se lamía una pata.”



(Marieta Alonso Más, Y ¿por qué?, páginas 15, 47-48)

martes, 21 de junio de 2016

"LA JOVEN QUE NO PODÍA LEER": SECRETOS Y MISTERIOS EN EL MANICOMIO FEMENINO



La joven que no podía leer
John Harding
Traducción de Alejandro Palomas
Edici0nes Siruela, Madrid 2015, 275 páginas

   Con elementos tomados del subgénero gótico y de los clichés más productivos de la literatura de suspense, construye John Harding (Prickwilow, Cambridgeshire, 1951) una buena novela, continuación de Florence & Gilles. Una historia en la que abundan los secretos que los principales protagonistas esconden en sus comportamientos, aparentemente alejados de sus propias conciencias. Y en la que las dolencias mentales establecen el contexto de una trama que atrapa sin duda al lector. El autor, debido a motivos familiares -está casado con una psicoterapeuta-, se sintió interesado por la historia de los tratamientos de la salud mental. Y lo hace mediante una ficción cargada de misterio y suspense, en un espacio que incorpora sin duda muchos de los elementos de la novela gótica. La intriga no se desarrolla en un castillo o monasterio, pero sí en una vieja mansión  enclavada en una isla de Nueva Inglaterra, un edificio lúgubre, de estilo gótico, cubierto en su mayor parte de hiedra, un lugar siniestro y tenebroso, con largos pasillos y un tercer piso y una buhardilla a los que está prohibido acceder. Funciona como manicomio femenino.
   A ese lugar siniestro llega un personaje que se hace llamar John Shepherd. Dice ser médico y trabajará como ayudante del director del centro, el doctor Morgan, un médico que emplea con los pacientes métodos inhumanos, como las sesiones de hidroterapia: sumergir a las pacientes tres o seis horas en agua helada para calmarlas. Shepherd no se encuentra en ese manicomio para defender la causa de los locos, -aunque se siente impresionado por el bárbaro tratamiento- sino para camuflar sus propios secretos, que John Harding no se preocupa en ocultar, ya desde las primeras páginas. Y a la vez que intenta que su propia impostura no sea descubierta, percibe que en el manicomio tendrá que convivir con otros secretos que sospecha que esconden el doctor Morgan y la cuidadora jefe, O’Reilly que siente odio y inquina por el supuesto nuevo médico y un salvaje deleite al ejercer la crueldad sobre las pacientes.
   Tras informarse de que existen otros métodos más humanos como la Terapia moral, un tratamiento basado en la suavidad y en el cariño, recibe la autorización del director para ponerlo en práctica con una de las internas. Elige a una joven, Jane Dove, que no sabe leer y se resiste a aprender. Analfabeta, lingüísticamente retrasada, hace un curioso uso de las palabras: convierte los sustantivos en verbos (de sillón, sillonear, de percal, percalar, por ejemplo). Y así va transcurriendo la trama en un halo de misterio, sospechas y sobre todo secretos que constituyen el motivo central recurrente en esta novela. En ella no hay fantasmas ni elementos sobrenaturales o de difícil explicación, pero sí comportamientos humanos desenfrenados, terror, oscuridad, asesinatos en serie como una forma de ocultar el pasado.
   La novela avanza a buen ritmo, con una hábil dosificación de la información por parte del autor, para responder a la lógica interna de una trama bien urdida y a las expectativas que el lector vislumbra en los diferentes personajes. John Harding tiene la suficiente maestría y sobrada habilidad para crear el suspense y su resolución en el clímax a través de varios subtemas que el protagonista principal va resolviendo con un trabajo minucioso de observación y atrevimiento. Uno de los trucos del escritor consiste en cederle la narración en primera persona al protagonista, una estrategia muy usada en la narrativa de miedo y suspense, ya que suele conferir un mayor grado de credibilidad a la narración de los acontecimientos contados. Intercala además secuencias, o simplemente frases que más que pistas fiables, nos ofrecen ciertas claves que le sugieren al lector el ambiente de misterio que se esconde tras los muros de la lúgubre mansión.
   Una novela en la que abundan los rompecabezas, las ocultaciones, resuelta con un final sorprendente y abierto en buena medida. Relato bien conducido por un narrador experto en el manejos de las estructuras y recursos narrativos propios del subgénero. Los principales personajes de la historia no son planos, van evolucionando a lo largo de la narración. Algunos, como la joven que no podía leer, a marchas forzadas.
   Sin ser una obra de gran calidad literaria -si poblada de abundantes referencias de escritores de la alta literatura (Shakespeare, Dickens, Poe sobre todo), La joven que no podía leer es un buen relato de intriga. Y sobre todo de pesadillas y desasosiego que enturbian la mente del protagonista relator y de otros personajes que así mismo esconden sus secretos, y que no dejan de producir tensión y ciertos escalofríos en la mente de los lectores.

Francisco Martínez Bouzas
                                                      
John Harding
Fragmentos

“Las dos cuidadoras sacaron de debajo de la bañera una lona enrollada. La paciente intentó volver a gritar, pero el intento sonó como el gemido de un animal herido que me agujereó los tímpanos y el corazón.
-Déjenme salir, por el amor de Dios -suplicó-. El agua está helada. ¡No puedo bañarme en esta agua!
O’Reilly cogió a la mujer por la muñeca con la mano que tenía libre y la puso en una correa de cuero que estaba sujeta a la pared de la bañera. Otra de las mujeres soltó la lona y repitió la operación por el lado contrario, de modo que quedó firmemente sujeta en posición sentada. La cuidadora regresó entonces a la lona, cogiendo un lado mientras su colega agarraba el otro. Vi que a lo largo de los bordes laterales la lona tenía un buen número de agujeros rodeados de un anillo de bronce. La mujer dejó de chillar y observó con los ojos impregnados de pánico cómo las cuidadoras la extendían sobre la bañera, empezando por el extremo donde tenía los pies y ensartando los anillos en una serie de ganchos que, según pude ver entonces, estaban fijos a la bañera por debajo de su borde externo. La mujer forcejeaba con frenesí, intentando levantarse, pero naturalmente le era imposible debido a las correas que le sujetaban las muñecas, y cuando vio que sus esfuerzos eran en vano empezó a agitar las piernas, que tenía ocultas bajo la lona y simplemente tateó inútilmente contra ella.”

…..

“Tuve miedo de volverme, aterrado como estaba de encontrarme con algo sobrenatural. Y sin embargo entendí de pronto que eso sería sin duda una bendición, pues si era Morgan, todo estaba perdido. Si me pillaba así, probablemente llamaría a la policía y todo habría terminado. Hubo un silencio absoluto y aun así supe que había alguien allí, y además tuve la certeza de que fuera quien fuese se daba cuenta de que yo lo sabía, porque había interrumpido mi examen de los documentos y me había quedado inmóvil en la silla. Hice girar la silla y al dar media vuelta vi de pronto mirando el rostro de una mujer. ¡Y menudo rostro! Su cabello negro era una tormenta negra alrededor de su cabeza y tenía los ojos como brasas encendidas, como si hubiera subido directamente desde el infierno para llevarme allí con ella, un lugar, todo sea dicho, al que sin duda yo pertenecía.”

…..

“Mientras estaba allí plantado, sopesando si subir y seguir investigando o salir lo antes posible mientras la suerte todavía me acompañaba, advertí de pronto el sonido más infernal que había oído en mi vida: una risa maníaca, hasta tal punto desgajada de la alegría y de la jocosidad que asociamos comúnmente con ese sonido y transformada en algo tan espantoso, tan ligado a la perversión y a instintos asesinos, que a punto estuve de soltar la vela. A mi espalda, los murmullos de las voces de las cuidadoras cesaron.”

(John Harding, La joven que no podía leer, paginas 19-20, 107, 195-196)