jueves, 7 de abril de 2016

"COSAS QUE BRILLAN CUANDO ESTÁN ROTAS": LA LITERATURA INEVITABLE



Cosas que brillan cuando están rotas

Nuria Labari

Círculo de Tiza, Madrid, 2016, 213 páginas



   Lo dice Nuria Labari en la nota preliminar a este libro auroral: “Es mentira: la realidad no supera la ficción. Necesitamos la ficción para superar la realidad”. Por eso mismo no tengo la menor duda de que un acontecimiento que el 11 de marzo de 2004 originó la mayor tragedia y el mayor shock que sufrió este país desde la Guerra Civil, precisaba ser ficcionalizado, literaturizado. Como  aconteció siempre con los grandes sucesos apocalípticos. Como ocurrió con el 11-S, que generó docenas de libros que analizaron los hechos y los interrogantes desde la investigación erudita, pero también desde miradas literarias, ficcionalizando historias patrióticas, vivencias de la catástrofe, dramas familiares. Todo eso es inevitable. En primer lugar porque la literatura lo aprovecha todo, porque esos trágicos sucesos suelen estar acompañados de imágenes simbólicas; y, sobre todo, por el efecto terapéutico y superador de la ficción que no diluye en leyendas  y falsas o maravillosas fabulaciones sucesos desoladores y dolorosos, sino que los convierte en arte. No olvidemos que una de las consecuencias del 11-S fue el adelanto de la entrega del “Praemium  Imperiale” a Arthur Miller. Cuando finalmente lo recibió el 3 de septiembre de 2002, el autor de La muerte de un viajante pronunció en un breve discurso estas palabras: “Las artes pueden hacer por mantener la paz más que las guerras, los armamentos, las amenazas de los políticos.

   No sé si Nuria Labari actuó, al escribir este libro, a impulsos de la receta de Arthur Miller, pero ella a sus veinticuatro años, poco menos que en su debut como periodista,  estaba allí, el 11 de marzo de 2004, a los pocos minutos de que las bombas estallasen y los cuerpos de cientos de seres humanos o pedazos de sus carnes saltasen por los aires. En los días siguientes, lo recorrió todo, las calles, los hospitales, la morgue, entrevistó a la madre de uno de los autores materiales de los estragos. Y el frío heló su alma. Por eso mismo, como ella dice, “necesitaba regresar desde la ficción a la quiebra de sentido que fue el 11 de marzo para mí” (página 13). Como un ineludible ejercicio de superación que aportara profunda empatía con las víctimas de esas realidades trágicas, con esos sucesos que nos socaban los cimientos del alma.

   Nuria Labari, sin alterar la realidad de lo acontecido el 11-M, retorna pues desde la ficción a las tragedias de aquellos días, y lo hace desde la perspectiva de tres personajes, frágiles, malheridos por síntomas de desamor que incluso les impide saber quiénes son. Tres miembros de una familia que no carecen de nada, pero que, como dice la mujer periodista protagonista, “se puede tener todo y tener también una vida que no sea suficiente” (página 151. A través de sus miradas, especialmente de la de Eva -alter ego de la propia autora en el ejercicio de su profesión- y de su desamparo, visionamos los acontecimientos trágicos y a la vez preñados de humanidad de aquellos días. Diez días en los que Nuria Labari distribuye una trama que amalgama la experiencia vital de la pareja y la literalidad de Eva, la mujer, que es periodista y cubre este espantoso atentado para su periódico: las primeras fotos de la tragedia que se abstiene de comprar, el relato de los supervivientes, de los que no oyen nada, de los que intentan repeler  el horror de sus retinas; observa los objetos de los fallecidos que quizás tengan huellas de su tiempo y de sus experiencias, pero ningún consuelo; por respeto y pudor no recoge el testimonio de los familiares, pero mira sus ojos, los escucha; relata la masiva manifestación, con decenas de miles de personas asustadas, amenazadas, exhibiendo muchos lemas, pero es el silencio el que más suena. Entrevista a  Aicha Achaab, la madre de Jamal Zougan, uno de los autores materiales de los atentados. Lo contempla todo como hiperreal, mas, en su frenesí profesional, siente las heridas de la realidad.

   Y desde muy lejos, desde Alemania, Eric, su marido y su hija Clara huidos de vacaciones improvisadas a Berlín. Es el gran contrapunto y a la vez el gran complemento, el correlato que la autora precisaba para levantar su arquitectura novelística. Para que tuviera sentido y no fuera un frio y desnudo reportaje, ni un melodrama. Otro tipo de horror: el del extrañamiento familiar, como apunta la autora. El padre y marido, incapaz de pensar algo sin meterlo en una lista de excell. Ella, la hija, una adolescente inmadura, imposibilitada para sentir el dolor ajeno, pero que evoluciona a marchas forzadas en la experiencia de los días berlineses, especialmente cuando entra en contacto con el Holocausto. Una familia rota normal, como le escuchamos decir  a la madre en el desenlace de la novela, aunque no se precisara ninguna verbalización expresa. La comunicación entre la pareja, durante la mayoría de esos diez días, por correo electrónico, es sobradamente elocuente. Ni siquiera  haría falta que se hirieran, ni sus mutuos reproches.

   La autora nos sorprende con  una estructura muy inteligente, que nos permite ver la tragedia del 11-M y la inminente posible rotura de una pareja desde distintos enfoques. Para ello alterna y hace convivir las experiencias dramáticas de una mujer frágil, testigo del dolor madrileño, y las miradas berlinesas del marido y de la hija, que rememoran, desde la mole de acero sin ventanas del museo de los judíos y su aire carcelario, desde el campo de concentración de Sachsenhausen, los territorios del dramatismo y de la muerte. O que, en el nuevo edificio, empapelado de espejos y con una frágil cúpula de cristal del Reichstag,  perciben una metáfora de la representación democrática.

   Nos regala así mismo la interactuación de tres personajes que lo que pudieran tener de planos, lo pierden en diez días. Todos ellos, especialmente el padre y la hija, evolucionan a toda prisa. El padre que en el desenlace, abierto e irrevelable por mi parte, ya no traduce a números su propia vida. La hija que busca certezas, asustada de sus propios miedos, y retorna de la Ítaca berlinesa crecida como persona al visitar espacios de gran dramatismo. La madre y esposa que no confiesa su fragilidad, pero le gusta la imagen de una rama a la que agarrarse. Y por eso permite ese final abierto de la novela.

   Nuria Labari acaba de escribir una novela de “aventuras de verdad”. Todo es real, abundantemente documentado. Solamente falla una cosa: la aventura no es ni gozosa, ni entretenida, de resultado incierto pero con un final feliz. Es un drama teñido de sangre, sembrado de cuerpos rotos. Y lo ha hecho como cabría esperar de alguien que ejerce el periodismo: con una prosa ágil, períodos cortos, cargados de acentos trágicos y afectivos, y no pocos latigazos muy efectivos, como el que transcribo: “La muerte puede verse hoy atravesando el alma de todas las cosas” (página 47).

   Concluyo esta inmersión en la primera novela de Nuria Labari rompiendo una tradición en mis reseñas. Hace unos días, una presentadora muy mediática de la televisión le decía a otro personaje igualmente mediático: “Cómprate antes de que termine la tarde la primera novela de Nuria Labari en Círculo de Tiza, sensacional novela”. Hago mías las palabras de Mercedes Milá: lean Cosas que brillan cuando están rotas. Es un libro extraordinariamente bueno, una historia muy dura, pero muy interesante.



Francisco Martínez Bouzas

                                              

                                                      
Nuria Labari

Fragmentos



“Miro a toda esta gente y casi me atrevo a desearles que no abandonen su actual estado de shock. Porque no puedo imaginar qué harán después. Qué haremos todos nosotros después de hoy. De qué manera volveremos a nuestras vidas para seguir haciendo todas las cosas que normalmente hacemos como si no pasara nada, como si fuéramos el centro del mundo y el núcleo mismo de su sentido. Tomaremos vitamina C cuando llegue el invierno, daremos besos con lengua algunas noches, votaremos en las elecciones, celebraremos cumpleaños, ahorraremos para las vacaciones…Tendríamos que ser héroes o tontos para soportar una vida así. Pero, a la hora de la verdad, los héroes y los tontos son menos comunes de lo que solemos creer.”



…..



“¿Estás muerto, Eric? ¿Hace cuánto desapareciste? Te fuiste un día y yo me quedé abrazada a una lista preguntándome qué hacer, por dónde empezar. Llenando la nevera, haciendo paquetes brillantes, trabajando, llevando a Clara al colegio, celebrando cumpleaños, pagando clases de inglés, comprando pollos troceados en Carrefour, haciendo el amor…Haciendo todas las cosas que hacen para ser felices las personas normales. ¿Y sabes dónde están ahora todas las personas normales? Están muertas, Eric. Se han muerto de verdad. Y seré yo quien escriba sus obituarios.”



…..



“-¿Qué es el Zyklon B? -respondo sin bajar la voz. Sé que es algo que el profesor nos ha contado y que mi padre se sabe. Este tipo de cosas le hacen sentir bien. La barriga me duele cada vez más.

-Es el gas que los nazis utilizaban para matar en este campo de concentración y en la mayoría de los campos de exterminio.

-¿Y qué tiene de especial?

-Sólo sé curiosidades. Antes se había usado para la fumigación. En primer lugar, produce una especie de parálisis interna. Hace que los músculos no funcionen como es debido, así que lo primero que hacían los prisioneros al inhalar el gas era orinar.

-¿Se meaban desnudas delante de las demás antes de morir? -pregunto. Es la información más dramática que he recibido desde que entramos.

-Necesariamente debió de ser así -responde. Creo que intenta suavizar la escena. Como si fuera necesario pero no obligatorio.

-¿Los hijos de puta las mataban con un gas que las hacía mearse desnudas delante de otras antes de morir?

-Sí, pero me temo que lo grave no es lo de mearse sino lo de morir.

-No, lo de mearse desnuda es lo que cambia todo. Esa clase de muerte -digo. Tengo una bola en el estómago. Una bola que está hecha del pelo de las vitrinas.”



…..



“En el tapón de gente que subió a mi vagón encontré un hombre magrebí. Y me aparté, preferí no mezclarme con él. Otra clase de terror. No soporto la idea de acabar bajo tierra con mis asesinos. Y mis asesinos, los que últimamente quieren matarme, son como él, de origen magrebí. Es una idea que me repugna. Yo no soy -¿no era?- así. Pero el miedo… Le he vigilado hasta que en la estación de Tribunal ha suido al vagón una pareja. Jóvenes, novios, ninguno de ellos pasaba de los veinticinco. Ella llevaba el yihab enmarcando unos ojos marrón oscuro con los que parecía atrapar el mundo suburbano a cada paso. Atenta, callada. El chaval a su lado refulgía. Todo en él brillaba: el pelo cepillado con algún gel efecto mojado (…) El cuerpo de ella reposaba plácido en el asiento de plástico del vagón, indiferente a los demás, como si estuviera recostada en una hamaca en el centro de un bosque. Llevaba unos vaqueros anchos y unos zapatos negros de los que sólo se venden en supermercados. El baile de sus cuerpos era discreto pero evidente. Los dos con la mano derecha sobre la pierna de de él. El instante en que ella le ha subido un poco la cremallera.

Mirándolos el miedo se ha apagado. Y asusta reconocer que yo también estoy llena de prejuicios. Eso es lo que hace el miedo.”



(Nuria  Labari, Cosas que brillan cuando están rotas, páginas 35, 114, 153-154, 202)

martes, 5 de abril de 2016

"VERTIENTES": VERSOS LUMINOSOS Y EN SAZÓN



Vertientes

Evelyn de Lezcano

Huerga y Fierro Editores, Madrid, 2015, 60 páginas



   Aunque editado en Madrid, recibo desde el “alén mar” de las Islas Canarias, como diríamos en la lengua de mi tierra, la edición auroral de Vertientes, la segunda incursión en el género lírico de Evelyn de Lezcano. Y degusto una sabrosa cosecha de poemas, en su mayoría, de hechura breve, condensada, más rebosantes de ricas sustancias y apetitosos sabores. Un poemario que llega en sazón, maduro, abundante en frescor y verdad, capaz no solamente de alterar los cardiogramas del pecho, sino también de hacernos pensar. Porque, en mi modesta opinión, la poesía, para merecer ese nombre, debe de ser verdad y hechizo, el fascinante milagro de transmitirnos de otro modo la verdadera esencia de las cosas y de nosotros mismos, una operación de verdad, la experiencia de lo nouménico, transferidos con el tamaño y el peso enorme de la belleza. Creo que la condición de poeta forma parte de esa capacidad de presentar lo mágico para, acto seguido, colocarlo en la raíz y alimentarlo para que crezca. Y Evelyn de Lezcano goza de esa condición, en buena parte innata, de trabajar las palabras para que pierdan su representación estricta y adquieran otra mucho más profunda, nimbada por un aura luminosa, capaz de transmitirnos su verdad en una atmósfera encantada. Y esa operación de verdad no aparece en los mapas ni en las cartas marítimas.

   En Vertientes el yo poético procura la soledad y en ella se instala, como espacio vital para destruir y construir: destruye desde ese topos el tiempo, el espacio, la memoria, requisitos para la reconstrucción de la verdadera fuerza e impulso vital. La mirada originaria y reveladora del ser lírico, concentrada ya en el mismo título, para ejercer una proposición sobre el ser y sobre el tiempo. Se sitúa pues la poeta en el terreno difuso de la frontera y del límite, en el que solo la memoria es testigo de la temporalidad y del amor. Y en sus elaborados versos cobran vida la conjunción de certidumbres y de fantasmas en los que habitamos y nos habitan; el dolor que florece en el ramo marchito -el dolor busca consuelo en la música del verso-; la vida herida teñida de sangre; y una decidida voluntad de ir  a los cimentos y reconstruir la memoria, o tan solo “la sombra resucitada / de mí misma”.

   Pero, sobre todo, en este territorio lírico de Evelyn de Lezcano, encontramos mar e Isla. Presencia incesante de ese mar, del océano raptor que aísla y separa, pero que es  a la vez senda acuosa de tantas singladuras. Un mar que muerde y huye y que quizás no sabemos nadar. Y el horizonte vivencial de la insularidad: pocas veces se ha descifrado el gozo, la esencia, la servidumbre y la cárcel del ser Isla, como lo hace la poeta nativa de Las Palmas de Gran Canaria. Ya que en muchos de sus poemas hallaremos la dialéctica de esa tierra que es Isla, barrida por los latigazos de la espuma, orlada por el azul salado de un espejo poblado de peces y estrellas, pero que quiere ser continente. La Isla, continente inacabado a la que, a la vez, se engendra y de la que se huye.

   Un microtexto lírico pleno de imágenes sugestivas, orbitado también por personajes de gran relevancia, reales o mitológicos. Versos cribados de todo exceso barroquizante. Dilatados o muy breves (“Samall is beautiful”), en los que, con frecuencia, un par de sintagmas funcionan con eficacia como único cuerpo y corazón del poema. Hay pues una cierta cercanía al haikus en algunos de estos poemas, herederos de la mejor tradición de los líricos puros. Versos amatorios y hospitalarios, luminosos y contundentemente sensuales algunos, escritos desde la vitalidad femenina. Formas líricas que, con gordura estética, exteriorizan una idea. Liberadas, en su mayor parte de ataduras y constricciones, mas no carentes de forma, porque el verso libre solo genera verdaderos poemas si tiene forma, tensión, musicalidad. Evelyn de Lezcano no renuncia a la forma y por eso sus versos son poesía, y la poeta se convierte en un valor sólido en el panorama lírico cuya pista habrá que seguir.



Francisco Martínez Bouzas



                                                      
Evelyn deLezcano

Selección de poemas



“Y no te puedo decir Isla,

eres soliloquio,

buque nebuloso

donde el hombre aúlla

al despertar del salitre

que amortaja su cuerpo.

Isla,

mis manos se alargan

intentando convertirte en continente.”



…..



“Niégate, isla.

Renuncia a ser.

Gira en el péndulo

hasta que seas médula,

punto frontero

en el pulmón de todas las rocas.

Déjame penetrar en tu osario

y así reunir las recias cuentas

de mi broquel de tuétano.

Déjame o Huye.

Eres el paraíso

donde los dioses muertos cavaron sus tumbas.”



…..



“Pero veo, en el mar, el sueño

y en el sueño los olvidos

y en los olvidos las ausencias

y en las ausencias el pan ácimo semanal,

el tic-tac de un reloj que me desordena las horas

y el horror a la campana que tañe

para que los presos se sumerjan en las celdas

sin un mar que acaricie sus sueños.”



…..



“Mar revuelto,

agua turbia enemiga del aire.

Mar herido,

no sabemos nadarte.

Agua turbia, cuna abisal:

vieja acuarela enmohecida.”



…..



“Llama temblorosa,

tus pies en el límite del acantilado

buscan el camino hacia la lengua azul del continente.”



(Evelyn de Lezcano, Vertientes, páginas 22, 26, 30, 35, 38)

domingo, 3 de abril de 2016

"CORAZONES EN LA OSCURIDAD": TOPOGRAFÍAS DE DERRUMBES Y SUPERVIVENCIAS



Corazones en la oscuridad

Joaquín Pérez Azaústre

Editorial Anagrama, Barcelona, 2016, 278 páginas



   Ardua tarea la de intentar ficcionalizar lo inasible, todo aquello que solamente tiene vida en el interior de los seres humanos, lo que transciende lo empírico, los estados y flujos de conciencia. Literatura intimista, introspectiva, esa que recorre la esfera subjetiva de los personajes, desvelando los pensamientos, los sentimientos, las experiencias felices o traumáticas, instauradas en las cavernas de la psique de personas que prácticamente solo oyen sus propias voces. Enfocar los conflictos del individuo en su esfera consciente, y quizás también en la inconsciente. Y Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976), un narrador y poeta aún joven, pero avalado por el crédito de varios libros de sus autoría -Los nadadores, el más conocido- lo hace con solvencia, en una publicación que roza las trescientas páginas, sin provocar tedio ni desánimo en el lector, sino una creciente intriga y curiosidad por conocer el interior de esos personajes que se le muestran, en cuyas cavilaciones, y también torturas íntimas, los seguimos con anhelo.

   Sin apenas acción, en una vieja ciudad costera innominada. Solo hay un piso de renta antigua, una urbanización abandonada que lleva el nombre de “El pato salvaje”, como la pieza de Henrik Ibsen tan presente en el relato, un lienzo que ha permanecido muchos años escondido en un tubo de cartón, y Magritte, el pintor que concebía sus cuadros como poemas. Y tres mujeres, tres corazones que laten en la oscuridad, clara referencia y homenaje a Conrad, porque aún conservan vida, pero solas y aisladas entre si. Una madre, muy hermosa todavía en su decrepitud, en acelerada pérdida de la memoria, con lagunas y ausencias, que tiene una gran verdad dentro y quiere contarla a sus hijas. Es una historia que le acompañó toda su vida, desde hace sesenta años, pero cuyo origen solamente ella sabe. Las dos hijas son Susana y Nora. La primera, profesora, cercana a la jubilación, acaba de ser abandonada por Ernesto, su marido. Nora, vigilante de noche en el parking subterráneo de otra ciudad, y enterrada en vida por un complejo de culpa por haber sobrevivido en el accidente que mató a su marido.

   Y poco después de un inicio rebosante de alcohol y agresividad, el autor encauza el relato por lo impensado y nos sumerge plenamente en una oculta historia familiar habitada por el dolor y la soledad, que Águeda, la madre, hundida para siempre en un sueño del que no despertará, no les pudo revelar a sus hijas. Son su secreto, el abismo de su existencia, sus sueños truncados, de los que solamente ha sobrevivido un cuadro escondido y algo más que no revelaré, pero que las hijas comienzan a investigar al hacerse cargo de ella: la historia de una mujer, actriz en su juventud, que ella misma, hundida en las grietas de su desolación,  ya no podrá explicar. Reconstruir los momentos de la vida de la madre, comunicarse con ella a través del tacto y las caricias y seguir el rastro de un drama del pasado son los hilos conductores de esta pieza narrativa, una profunda cala en las ruinas familiares, en los arcanos secretos, en las zonas oscuras de los seres perdidos, en los fragmentos del pasado únicamente intuido a través de un simple detalle o que se rastrea en las revelaciones de una pareja amiga, en las fotografías y cuadros, espejos de una realidad, henchida de amor, culpa y redención.

   Una novela pues que le roba los secretos a la muerte. Y lo hace en el difícil registro de la narrativa intimista. Porque no resulta fácil narrar las vivencias más personales y las circunstancias que rodean a los personajes, sobre todo si están vestidos de complejidad y la vida familiar no los ha tratado de forma complaciente. Joaquín Pérez Azaústre fue capaz de hacerlo en una novela en la que apenas pasa nada, revistiendo una trama aparentemente intranscendente con el aliento de la emoción -no del melodrama-, con una prosa hurtada de su condición de poeta y un lenguaje tan brillante como contundente; a veces minucioso pero alejado de la intranscendencia porque ese esmero descriptivo puntilloso perfila  con acuidad a los personajes. Y una arquitectura constructiva cimentada en elementos simbólicos y en pilares femeninos, e inteligentemente punzada por frecuentes referencias a El pato salvaje de Ibsen, un escritor que  cuestionó el modelo de familia dominada por los valores victorianos, y a Magritte, el pintor de la fascinación de unos protagonistas cuyas historias han dejado de escribirse hace ya mucho tiempo, que terminarán perdiéndose a no ser que sean rescatadas por aquellos que los han amado.



Francisco Martínez Bouzas



                                                       
Joaquín Pérez Azaústre

Fragmentos



“Abre el cajón y saca una fotografía en color, con el papel levantado en los contornos. Muestra una mujer joven, con una melena pelirroja cayéndole por los hombros, cubiertos por dos tirantes amarillos. Se fija en los labios, rociados de humedad, ni muy gruesos ni delgados, en la proporción exacta entre voluptuosos y la elegancia de una discreción que también es dueña de su sensualidad. Pero sobre todo son los ojos, azules y profundos en su mar apacible, los que ocupan su atención, las sombras oscilantes de los muebles y los rincones vacíos de la casa, como si pudieran contener su existencia.

Nora se pregunta, con un resto de lástima y de súbito desamparo, cómo sería vivir en la expresión radiante de su madre en esa fotografía, qué nuevas escenas añadidas saldrían a su encuentro si, justo desde este instante, también ella habitara en esos ojos y pudiera mirar desde la eternidad de su juventud perdida. Antes de dormirse, siente que se hunde en el retrato.”

…..



“Se me hace muy difícil explicar aquellos días y, sobre todo, cómo era tu madre…No sólo hermosa. Eso resultaba evidente, pero constituía una limitación si de verdad se trataba de entenderla. Era algo más grande, más libre, más vivo, que todos nosotros, y estaba por encima de cualquier convención; pero sin voluntad de provocar, ni conciencia de estar forzando ninguna barrera. Simplemente para ella no existían. Y resultaba imposible, para cualquier hombre o mujer que estuviera cerca de ella, resistirse a su atracción (…) ¿Qué pasó realmente entre nosotros? Tú conoces una parte: desde que tienes memoria. Pero ¿y antes? Eso es más complejo, y en cierto modo lo sigue siendo: sobre todo para Josefina. Cuando conocimos a tu madre, ya éramos novios. Y aunque no formábamos una pareja tradicional, porque no olvides que nosotros sí que éramos actores, y yo no le había pedido que nos casáramos, todos nuestros amigos daban por supuesto que lo haríamos. Pues bien, aquellos meses, primero en Francia, pero también en Bélgica, sobre todo en Bruselas, pasaron algunas cosas que nos hicieron replanteárnoslo todo…Pero no sólo a mí, también a Josefina. Tu madre precipitaba situaciones que todavía hoy podrían resultar transgresoras, con una sinceridad y una inocencia tan auténticas que seducía. En aquellos días no había mucha gente preparada para vivir así. Yo lo hice. Pero Josefina intentó seguirnos y le costó un ataque de histeria, porque no estaba dispuesta a admitir determinadas cosas sobre sí misma.”



…..



“Ya en la rue de Laeken, Ode continúa pensativa. La contrariedad por no haber logrado salir de allí con los cuadros ha ocupado su gesto momentáneamente. Ahora, desde fuera, vuelve  a ver su rostro a través del escaparate, en ese retrato con los hombros desnudos, apenas cubiertos por los dos tirantes amarillos, escuetos sobre su piel lechosa, y se pregunta por qué ha tenido que venir su madre para que ella misma descubra su propia presencia anterior en Bruselas, cuando otra mujer idéntica, que ella empezó a conocer verdaderamente ya entrada en la vejez, se asomó a una experiencia dramática que después de todo, considerando las diferencias entre sus dos momentos, no se aleja tanto de la suya.”



(Joaquín Pérez Azaústre, Corazones en la oscuridad, páginas 46-47, 191-192, 264-265)