miércoles, 16 de diciembre de 2015

"EL REINO DE CELAMA": UN CLÁSICO DE LAS LETRAS HISPÁNICAS



El reino de Celama
Luis Mateo Díez
Edición e Introdución de Asunción Castro
Ediciones Cátedra, Madrid, 2015, 654 páginas
(Avance editorial)

   Me siento honrado por poder acoger en esta sección (Avance editorial) unos fragmentos extraídos  de la edición, sin duda canónica, que, el pasado día 5 de noviembre, publicó Ediciones Cátedra. El volumen que agrupa los tres libros del ciclo de Celama de Luis Mateo Díez, y que por cortesía del sello editor puedo degustar. Una lectura gozosa, pero obligatoriamente pausada como es de ley con los manjares eximios. Pretendo, sin embargo, compartir con los lectores de este Cuaderno de crítica literaria el sabor de una prosa hermosa, profunda y muy rica a través de estos extractos, a los que precede una anotación, únicamente informativa, sobre la casa editora, el autor y el volumen El reino de Celaya. En breve cumpliré con el deber de valorar como exige y merece este reino, a la vez real e imaginario, al que dio forma y llenó de historias y personajes Luis Mateo Díez.
   Ediciones Cátedra es un sello editor cargado de historia. Fundado en 1973, forma parte actualmente del Grupo Anaya. Sin su labor perseverante, la literatura que se publica en español, no sería lo que hoy es. Son muchas sus colecciones, pero sobresalen “Letras Hispánicas” y “Letras Universales”, pobladas, cada una de ellas, por cientos de títulos, libros imperecederos que forman esa pirámide de los clásicos de todos los tiempos, y también de los de nuestros días.
   Piezas clásicas son sin duda las tres novelas de Luis Mateo Díez, recogidas en este volumen: El espíritu del páramo. Un relato, La ruina  del cielo. Un obituario, El oscurecer. Un encuentro. La profesora Asunción Castro, especialista en la obra de Luis Mateo Díez, es la responsable de esta edición, que reproduce la que Areté publicó en Barcelona en 2003 con el mismo título, y que el escritor dio por definitiva. La editora es autora así mismo de una amplia e ilustrativa Introducción en la que analiza el universo literario de Luis Mateo Díez y estudia las tres novelas del ciclo de Celama. Suyas son también las notas aclaratorias al pié de página. La edición conjunta de las tres novelas facilita esa lectura gozosa de la gordura de una trama que unifica los tres libros con “símbolos y metáforas” que van y vienen a lo largo de la historia. También los centenares de personajes. Tres novelas pues que se alimentan entre ellas, como reconoce el propio escritor. Un apéndice con cinco textos escritos por el autor y el mapa de Celama completan la edición.
   Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942) es, según José María Merino, uno de los escritores españoles contemporáneo más importantes por su extraordinaria imaginación y por su capacidad para ordenar, mediante un lenguaje inconfundible, una escritura riquísima en panoramas tanto materiales como inmateriales. Maestro de la imaginación, cuyo aprendizaje inició siendo niño en contacto con la oralidad, y a la vez un clásico vivo que se propuso, entre sus afanes literarios, conservar la memoria de las tradiciones populares más vivas, que él percibía en las reuniones vecinales (filandones), en las que, al calor de la lumbre, se contaban historias locales, que alimentaron su acervo imaginario y aportaron muchos granos de arena a la urdimbre de sus ficciones.
   En 1996, Luis Mateo Díez inicia, con la publicación de El espíritu del páramo. Un relato, una saga ficcional unitaria cuyo centro es un territorio real transformado en simbólico. Le sigue, en 1999, La ruina del cielo. Un obituario, y el ciclo se cierra, por el momento, con El oscurecer. Un encuentro (2002). El ciclo de Celama, desde el punto de vista estructural, es como señala la autora de la Introducción, un conjunto polifónico aparentemente heterogéneo que, sin embargo, presenta una coherencia final absoluta en la constitución del universo autónomo  de Celama (página 25). Una coherencia acrecentada por el protagonismo del espacio: ese Páramo erigido en cronotopo y bautizado como Celama, cuyo referente geográfico es la seca llanura leonesa enmarcada entre los ríos Órbigo y Esla (Urgo y Sela, en la novela).
Mapa de Celama
   Pero ese yermo páramo leonés se configura simbólicamente como territorio literario imaginario. Un espacio mítico, una geografía inventada bajo la ejemplaridad, reconoce la modestia del escritor, de  Yoknapatawpha de Faulkner o la Comala de Rulfo. Un territorio repleto de lo que el escritor lleva dentro. Harto también de frío, ausencias, tenaz lucha por la supervivencia, y especialmente de muerte, presente de forma implacable sobre todo en los dos primeros relatos. Y habitado por unos personajes cuya épica es la supervivencia, tal como resuena de forma insistente en El espíritu del páramo, cuyo centro gravitatorio es, en efecto, la lucha por la supervivencia de unos seres anclados en viejos mitos, en el odio, en el amor y en la seguridad de que la “Oscura Señora” nunca pasará de largo. En Celama se siente el aviso de la muerte (“Dicen los que cuentan”), que aguanta sin achantarse. En Celama se muere y por eso, en La ruina del cielo, es preciso que alguien complete el censo de muertos, poseedores, no obstante su definitivo tránsito, de la memoria de la cultura rural, también fenecida.
   Una hermosa metáfora pues, tan hermosa como compleja, tal como se nos dice en la presentación editorial, de un territorio patrimonio de la imaginación de la humanidad -con eso se da por satisfecho el escritor-, narrado con pluma maestra, en un discurso que rompe con los géneros y cuyas Hectáreas, Comarcas, Llanuras, Territorios y Páramos, junto con sus moradores, los vivos y los muertos, nos ofrece Ediciones Cátedra en un volumen que es literatura en estado puro, y también puede ser un excelente agasajo navideño.

Francisco Martínez Bouzas

                                                      
Luis Mateo Díez
Fragmentos

“Los habitantes de Celama estaban hechos a la incuria de la sequedad, que era lo que los siglos legaban en la Llanura desolada. De esa incuria provenía su pobreza y en el intento de paliarla había, como siempre sucede, una lucha por la vida que animaba el espíritu con la fortaleza de su decisión, aunque el espíritu tampoco tenía muy claramente definidos sus poderes, porque el espíritu se difumina cuando la voluntad no supera el riesgo de la desgracia y el trabajo.
Además de esa razón misteriosa que infunde en la carne el deseo de supervivencia, el espíritu mostraba en Celama su condición fantasmal, también aceptada por los habitantes, porque bajo el manto de las rañas se presentía otro latido distinto al geológico, otra compaginación de estratos que sumaban los malos sueños y los peores augurios, las amenazas que componían en la sepultura de la tierra la morada de los pensamientos mortales. Por eso siempre hubo un temor incierto en el desarrollo de aquella obsesión, como si la tosca técnica de escavar los Pozos acarreara un riesgo añadido, más allá de los derrumbes y el fallo de los artilugios, en la emanación imprevista de un aliento fúnebre, en la maldición de un espectro dormido que no consentiría que no sufriera daño quien perturba su sueño.
Siempre existió el sentimiento de que la muerte habitaba el subsuelo, y no en vano los muertos bajaban a ella, a recogerse en sus brazos una vez que los hacía suyos.”

…..

“¿Dónde están los muertos históricos de Celama, los muertos de los siglos que vuelan como aves anónimas, al menos desde aquellos mil novecientos noventa y tantos a que remiten, en algún sentido, los extraviados documentos municipales, cuando ya se nombraba a Santa Ula y su alfoz?
El agustino exclaustrado de Olencia algo sabría, pero no de los muertos, entre otras cosas porque esa genérica denominación no hace posible ninguna identidad: los muertos históricos de Celama son una incierta masa de rostros comunes sin rasgos mi mirada, que a nadie pertenecen a no ser a la tierra que los contiene, muertos sin espacio sagrado ni lápida, ya que aquellos siglos no parecen demasiado piadosos en la Llanura porque no hay huellas de muchos templos, apenas algún monasterio renombrado.”

…..

“Sindo Valero dedicó una buena parte de los últimos meses de su existencia a cavar con extremo cuidado su propia tumba. Y las mismas o parecidas artes de una buena albañilería las empleó, muchos años después, Anibal Serto para disponer la suya.
En uno y otro caso decidieron que, a fin de cuentas, la sepultura es el hogar de la eternidad de donde nadie vuelve: la casa definitiva donde morar cuando dejamos de ser lo que somos.
Hubo comentarios, y hasta requerimientos algo escandalosos cuando por las cocinas del territorio corrió la noticia del afán de los sepultureros por buscar acomodo al más allá de sus cuerpos, probablemente reñido con el más acá de sus almas, ya que uno y otro, solterones de la casta más recia, ni iban a misa ni cumplían por Pascua.”

…..

“Muerto mortal que no quiere, muerto morido que no se conforma, aquí en Celama tampoco la Muerte hace distingos, sólo hay que asomar a la habitación de al lado y ver los que queda de mi suegro, dijo Dorama, pero acaso fuera el mejor sitio que un buen mozo le echase un cuarto a espadas, habida cuenta de lo que la Muerte significa en el Territorio.
Esa Oscura Señora siempre supo que nos tenía más preparados que en cualquier otro lugar, porque no es precisamente la vida lo que contiene la tierra que pisamos: de una encarnadura más sospechosa está hecha, si de ello somos conscientes, aunque me parece que me estoy saliendo del cuento, y lo que quiero es contarlo, no rezar un responso.”

…..

“Los harapos de los espantapájaros de Celama semejaban las guirnaldas mugrientas de las fiestas de los pueblos, la descuidada ornamentación que siempre daba un aire fúnebre y añejo a las celebraciones. En realidad, en la Llanura las festividades fomentaban la emulación de un pasado donde alguna vez se canceló la alegría, un rito que el tiempo fue reconvirtiendo en una suerte de expiación, como si los pueblos heredasen la mala conciencia de aquel cumplimiento.
Podía ser la figura de un extravagante caballero o la de alguien que acudía a un requerimiento oficial o a una boda o a un bautizo, ya que parecía vestido con la elegancia de quien tiene que cumplir alguna obligación social, el padrino de cualquier compromiso, por mucho que el lugar de su aparición no fuera el más adecuado.”

(Luis Mateo Díez, El reino de Celama, páginas 81, 179, 182, 242-243, 538)

martes, 15 de diciembre de 2015

"CALEIDOSCOPIA". UNA NOVELA DE RELATOS



Caleidoscopia
Francisco Javier Guerrero
Ilustraciones de Raquel Boucher
Editorial Adeshoras, Madrid, 2014, 97 páginas

   Francisco Javier Guerrero (Córdoba, 1976) es uno de los nuevos narradores que apuestan sin complejos por la novela como reino de la subversión, de la libertad de contenido y de forma, abierta, proteica por naturaleza, como escribía hace más de veinte años Darío Villanueva, actual director de la Real Academia Española. Es uno de los sellos de la narrativa de la posmodernidad, cimentada en el fragmentarismo, con estructuras arborescentes. Infinitas historias infinitamente ramificadas como predijo Borges en un texto de Ficciones (“Examen de la obra de Herbert Quain”). Textos fragmentados en múltiples pequeñas historias, guiadas sin embargo por un centro oculto. Recurso pues al fragmentarismo como estrategia constructiva que, en este caso, alienta y sostiene la arquitectura de Caleidoscopia.
   Añádase a lo anterior, el debilitamiento de las barreras entre los géneros, así como el empleo deliberado de la intertextualidad. Intertextualidad no tanto en un ejercicio que juega con textos ajenos, sino como una estela  en la que unos relatos o microrrelatos se unen entre sí. Una narrativa aparentemente lineal que esconde, no obstante, una realidad fragmentada, pero a la vez invisible, como se ha escrito.
   Caleidoscopia no es ni más ni menos que una novela hecha de relatos de distinta extensión, algunos tan condensados que no superan las tres palabras. Cuarenta y seis relatos, microficciones, repartidas en dos partes: “La verdad, a veces” y “La mentira para encontrar la verdad”. Toda la carga diegética se despliega a partir del relato inicial, “Matanza en el café Fantasía”, una matanza cuyo enigma actuará de hilo conductor y de elucidario de las historias fragmentadas, pero indivisibles, como ya quedó señalado, y que el lector ira hallando, y a la vez construyendo, a medida que se adentra en la lectura.
   En efecto, el primer cristal del juego especular caleidoscópico es la masacre del café Fantasía, de la que incomprensiblemente se liberan Ricardo y su amigo Abel Durán. En el siguiente relato se nos revela el nombre del autor de una cruel masacre, cuyo “cerebro malo” se encontraba, no en la cabeza, sino en el corazón. Esa masacre seguirá resonando, directa o indirectamente, en las siguientes aperturas cuentísticas, junto con sorpresivas calas en inquietantes situaciones existenciales: la demencia, la muerte, vidas salvadas inexplicablemente, sueños que se ramifican infinitamente, insectos convertidos en hombres -un penetrante e inequívoco homenaje a Kafka-, máquinas del tiempo capaces de atrapar la emoción al escuchar tu nombre susurrado… Y, en una estructura también circular, todo termina en el mismo café Fantasía. Allí están todos  los convidados a este festín literario, que concluye como se inició. Todos muertos, también el homicida y Fabio Gerbasi, con una lápida sobre su tumba, aunque, por ser un escritor puro, jamás morirá del todo.
   He comenzado hablando de que lo más sorprendente y meritorio de esta entrega literaria de Francisco Javier Guerrero es su estructura compositiva, asentada en un fragmentarismo con un centro oculto. Pero mejor que mis palabras, lo expresan las del excelente prólogo  escrito por Francisco Onieva: “Así, Caleidoscopia es al mismo tiempo, un libro de microrrelatos y una sola historia fragmentada, siendo cada fragmento una microhistoria (…) que cobra sentido por sí misma, que posee un universo diferenciador y único, que podría vivir aparte y que, además, se integra en otro universo mayor que es el único cuento que en realidad se está narrando” (página 13).
                                                  

Ilustraciones de Raquel Boucher


  Por consiguiente, cada una de estas prosas también puede ser leída de forma independiente, con la seguridad de que no defraudarán. Francisco Javier Guerrero domina la gramática del microrrelato. Sus relatos, especialmente aquellos que transitan por distancias muy cortas, superan la prueba del algodón de la minificción: títulos que ejercen eeficazmente su función orientadora, economía lingüística, núcleos diegéticos explícitos o implícitos altamente condensados, finales cortantes y sorpresivos…
   Un pequeño libro en cuanto a su extensión, rico y complejo, que camina hábilmente por las rutas de la posmodernidad literaria, capaz de comprender ese mundo cada vez más fragmentado, inconexo e incoherente que se le escapa a la narrativa tradicional, con sus discursos compactos, cerrados y canónicos, que no responden a la realidad de nuestros días en la que nada cuadra. A visualizar ese mundo contribuyen las excelentes ilustraciones de Raquel Boucher.

Francisco Martínez Bouzas

                                                       
Francisco Javier Guerrero
Fragmentos

MATANZA EN EL CAFÉ FANTASÍA

“Todo comienza en el popular café Fantasía. Ricardo, un joven histrión que está dando sus primeros pasos en la gran pantalla, y el insigne poeta y novelista Abel Durán, conversan. El éxito, arguye Abel, radica en contar algo extraordinario, en narrar una historia imposible y hacerla verosímil. Para conseguirlo, continúa, el autor, ya sea escritor o actor, debe pensarse y sentirse obra y personaje. Ricardo escucha en silencio los consejos del que considera su maestro, cuando un perturbado armado con un rifle entra en el bar y empieza a disparar indiscriminadamente. Por suerte, ellos están situados en un recodo que los oculta del homicida. Éste, vacía el cargador y repasa visualmente el local para asegurarse de haber hecho bien su trabajo. Entonces sus ojos se topan con los de Ricardo. Eso al menos piensa él, aunque no debe ser así, porque el asesino saca de su gabardina una pistola y se quita la vida. Ricardo mira a Abel incrédulo. El fragor de la calle los saca del estado de shock, y ambos deciden huir ante la posibilidad de que aquel hombre tenga algún cómplice. Correr sin mirar atrás ni a nadie. Uno, dos y tres:¡Ya!
Cuando llega a casa, Ricardo se tumba en la cama boca arriba y se queda contemplando el techo. No hay nada más. Pasa el día ensimismado, examinando ese abismo blanco que se eclipsa al llegar la noche y lo adormece. Pero llega la luz de la mañana siguiente. Ricardo reacciona. Agarra el móvil. Necesita saber que su amigo y guía está bien. Pero no lo localiza. Tampoco en su casa ni en la oficina. Nadie le contesta. Sale al porche. Recoge el periódico. Lee la crónica de la primera página y se estremece al comprobar los nombres de las víctimas.”

…..

LA PIANISTA

“Musa, déjame respirar”

…..

LA METAMORFOSIS

“Cuando el insecto se despertó una mañana, después de unos sueños agitados, se encontró en una mesa, entre papeles, convertido en hombre.”

…..

EPITAFIO

“Sobre la lápida del escritor Fabio Gerbasi hay un epitafio. Las palabras que, como epílogo, cerraron también su libro más célebre: Lo siento. Mentí para encontrar la verdad. Lo hizo. Fabio fue un escritor puro. Esos nunca mueren del todo.”

(Francisco Javier Guerrero, Caleidoscopia, páginas 19-20, 25, 49, 97)

domingo, 13 de diciembre de 2015

"LA MUJER DE ISLA NEGRA": PABLO NERUDA ENTRE POEMAS, CARACOLES E INFIDELIDADES



La mujer de Isla Negra

María Fasce

Alianza Editorial, Madrid, 2015, 246 páginas



   María Fasce se suma de forma perspicaz a la tendencia de la narrativa contemporánea de convertir a literatos reales en personajes de ficción. Los escritores, y en general los intelectuales, interesan cada vez más a los narradores. Aunque el fenómeno no es nuevo, en la dos últimas décadas se produjo un notable floración de novelas en las que el protagonista es un escritor o un personaje con intereses intelectuales. Existen múltiples ejemplos: El animal moribundo de Philip Roth, La noche del oráculo de Paul Auster, Elizabeth Costello de J.M. Coetezee, Ravelstein de Saul Bellow, Leonora de Elena Poniatowska. No son los únicos casos: Henry James fue tratado como un “dramatis personae” imaginario por tres novelas del mercado anglosajón; Julian Barnes se sirvió de Ivan Turguénev y de un episodio amoroso de su vida para escribir uno de los mejores relatos del libro La mesa limón. Silvia Plath, Virginia Woolf y Dostoievski son así mismo los protagonistas de ficción de Kate Mose, Michael Cunningham y J.M. Coetzee. Sin olvidar el relato Tres rosas amarillas de Raymond Carver en el que aparece Chéjov.

   También Pablo Neruda, y sobre todo su prolongada estancia en Isla Negra, ha inspirado a escritores y cineastas. Antonio Skármeta y el director de cine británico Michael Radford nos han transmitido, a través de sus textos o de sus películas -El cartero de Neruda es el más conocido- una imagen idealizada de Neruda: un ser afectuoso, que irradia sabiduría y bondad. Una visión de Pablo Neruda bastante alejada de la realidad.

   La mujer de Isla Negra de María Fasce persigue transferir así mismo a los lectores un retrato de Neruda mucho más fiel con lo que fueron los hechos: un Pablo Neruda de carne y hueso, una persona esclava de sus contradicciones, infiel con sus amantes, ególatra.  Un ser humano rebosante de virtudes y defectos; malherido por una dicotomía entre su vida pública y la privada.

                                                   
Pablo Neruda
 No obstante, María Fasce no se decanta en la novela por Pablo Neruda como personaje central. Sobre él gira la narración, pero visto, “contado”, e incluso “olido” por Elisa, una adolescente al inicio de la novela -mujer madura en las páginas finales- que llega a Isla Negra acompañando a su madre que ejercerá de sirvienta abnegada de Neruda y de Delia del Carril, la pintora argentina, segunda esposa del escritor, de la que dice estar enamorado, pero a la que es infiel con Matilde Urrutia. Precisamente la novela echa a andar con un “inicio glorioso” y desconcertante para la adolescente, cuya sexualidad está despertando: encerrada en un armario, contempla sin pretenderlo una escena de sexo, rayana a la animalidad, entre Pablo Neruda y una mujer que no es Delia, sino Matilde Urrutia. Esa sorpresiva visión es el desencadenante inmediato de la novela. Hay un secreto que se revela en el desenlace, que justifica también este texto de desagravio. El triangulo sentimental de Neruda, esposo enamorado de la refinada pintora argentina, veinte años mayor que él, a la que engaña con la sensualidad de una mujer mucho más mediocre.

  
Delia del Carril
La novela sitúa a los protagonistas a inicios de los cincuenta. Pablo Neruda ya vive en Isla Negra, entre caracoles y poemas. A esa mansión, huyendo de la miseria del Temuco natal, llegan Raquel y su hija Elisa. La madre será la sirvienta callada hasta que, humillada por Matilde Urrutia, regresa a Temuco. Y Pablo le deja irse. Pero la niña se queda. Ella lo oye y lo huele todo; espía los poemas y las infidelidades de Pablo. Y descubre su propio cuerpo, su sexualidad. Despierta su feminidad y se hace “señorita”. Más tarde llegará Victoria Ocampo, gran amiga de Delia del Carril que está en esa fase de abandono de su cuidado corporal. ¿Quizás porque Pablo ya no la miraba?, se pregunta la autora. Elisa, sin embargo, la admira, le embelesa su elegancia y su glamur. No quiere, en cambio parecerse a su madre, con los hombros caídos y portando en su cuerpo el olor del ajo y de la lejía, los olores de la pobreza.
   En la tercera y cuarta parte, la veremos ya como mujer en París, enamorada, escribiendo cuentos con el heterónimo de Josefina Linares. Y enterándose del gran secreto que reivindica definitivamente a su madre: ese Pablo Neruda, hombre viejo y cansado que la miraba sin verla en la Ciudad de la Luz, es su padre.

   La novela muestra varias formas de ser mujer: la culta y sofisticada (Delia del Carril); la mediocre y mentirosa (Matilde Urrutia); la que crece, asimila, construye su identidad y asume su pasado (Elisa Luna). También varias imágenes de Pablo Neruda: inmenso poeta (“Ningún poeta del hemisferio occidental admite comparación con él” Harold Bloom), cariñoso y acogedor con la niña y adolescente, cobarde en ocasiones e infiel con sus mujeres.

                                                      
Matilde Urrutia
   Elisa Luna es sin duda la mujer de Isla Negra. Pero no olvidemos que el personaje es una construcción de la autora, que María Fasce lo ficcionaliza todo, aunque basándose en personajes reales. Y, si bien en un epílogo le concede vida real y nos la muestra dirigiendo la “Casa de los Jóvenes Poetas” que soñara Neruda, todavía estamos en terrenos ficcionales. También es cierto que Pablo Neruda pasó buena parte de su adolescencia  en Temuco, a donde viajó más de una vez, y de esa ciudad  proceden madre e hija y ese hecho abre muchas posibilidades de amores adolescentes u ocasionales. La vida familiar de Neruda fue compleja: tres matrimonio y una hija, Malva Marina, fallecida a los ocho años por hidrocefalia, ignorada por su padre (“solo es un lamento”), y cantada, sin embargo, por García Lorca (“Malva Marina, quién pudiera verte / delfín de amor sobre las viejas olas”).

   María Fasce escribe desde la ventana de Elisa, siguiendo el consejo de Henry James. Y sus impresiones nos llegan con una escritura clara, con hermosos fulgores líricos, que, no obstante, no son un fin en sí mismos, sino un hábil procedimiento para conseguir que el lector se introduzca en el texto. Y entre esas impresiones, llama poderosamente la atención la importancia de la sensorialidad, especialmente las percepciones olfativas. La protagonista relatora conoce la realidad aspirando los olores: los olores de la cama húmeda y revuelta de Neruda, entre otros. Una novela pues no solo para ser leída, sino también para ser saboreada a través de los sentidos.



Francisco Martínez Bouzas



                                                      
María Fasce

Fragmentos



“En la oscuridad se pueden ver mejor los detalles. Cada imagen se une a un sonido y se recorta sola y nítida en el negro y el silencio. Los pasos por ejemplo. Nadie mira los pasos en el día, apenas se oyen. Nadie ve una mano tocar una mano, una rodilla. Las cosas importantes se pierden. Cae un bretel, un cuerpo retrocede y los besos suenan como estampidos en el negro. Las risas se confunden con la luz pero en la oscuridad asustan como relámpagos. La mujer se reía. No se reía como mi madre ni como las mujeres que yo había oído reírse, se reía más fuerte, la risa más aguda.

Se había quitado la ropa. Tenía la espalda bronceada y las nalgas grandes y un poco caídas. Pero en las piernas se le marcaban los músculos, como a las bailarinas. En la pantorrilla izquierda, una mancha oscura del tamaño de una ciruela. El vestido le rodeaba los tobillos como si estuviera en medio de un estanque en el que flotaban el sostén y los calzones, que eran de un color dorado.

Pablo no estaba desnudo. Fue hacia la ventana y oí el ruido de una silla: se había sentado para sacarse los zapatos y la ropa, y ahora iba hacia la cama. Los pelos del pecho le trepaban por los hombros y seguían en dos franjas en la espalda.

-Date vuelta- volvió a reírse ella. Estaba en la cama, un triángulo negro entre las piernas.”



…..



“Me senté junto a ella (Delia). La abracé. Nunca nos habíamos abrazado. Busqué su perfume y allí estaba, escondido, ese olor  a jazmín y madera, suavísimo. El olor de la ropa en el armario la tarde en que me escondí para ver a Matilde y a Pablo en la cama. Quizá tenía que habérselo contado. Pero entonces Delia se habría ido mucho antes.

-¿Qué pensás?

-Nada- dije

-No se pude pensar en nada. Sólo es posible no pensar cuando se hace el amor.

No hablaba para mí sino para ella, como tantas veces. Se pasó una mano por la mejilla.

-Yo hace seis años que no lo hago, y ya no creo que vuelva a hacerlo, nunca más.

Apoyó la cabeza en mi hombro y cerró los ojos.

Nunca habíamos estado tan cerca.

Le acaricié el pelo y nos quedamos así, mucho tiempo.

De pronto dijo:

-Andá, tráeme los cigarrillos.

Dejaba de fumar y volvía a empezar, como hacía con la pintura. Fumaba y pintaba muchísimo, o podía días, semanas, sin hacerlo.

Sonó el teléfono.

Era Pablo. Quería hablar con ella.

-Decile que fui al pueblo. Decile que estoy muerta. Le dije que no estaba, que había salido.”



…..



“Amamos cada pequeño gesto de las personas que queremos; el odio es igualmente detallista. Yo odiaba la mancha en la pantorrilla y la risa de Matilde, que fueron las primeras cosas que le conocí. Pero también su esmalte de uñas color fucsia, el balanceo exagerado de sus caderas al caminar, su dedo meñique alzado al sostener la taza y, especialmente, una costumbre repugnante que tenía, cuando Pablo no la veía, de olerse el aliento torciendo la boca.”



…..



“-Cuéntame de papá, de mamá y papá. De Pablo y mamá. Cómo se conocieron.

Juana dejó caer la cuchara en el plato. Miró por la ventana. Apoyó sus manos, esas manos brillosas y ajadas, como las de mi madre, sobre la mesa.

-En un baile.

-¿Mi madre bailaba?

-Ella sí. Pablo no.

No dio detalles. Como los titulares de un diario. Habían sido novios a los quince años, en el liceo de Temuco. Después Pablo se marchó a Santiago. El único amor de mi madre. Y él, sí, parecía enamorado, en esos días al menos. Volvió veinte años después, un día, a dar una conferencia. Mi madre fue a escucharlo y al final se acercó y salieron juntos de la sala, y pasaron todo el resto del día y de la noche juntos. Al otro día, él regresaba a Santiago. Mamá descubrió pronto que estaba embarazada, y decidió tenerme. Estaba feliz, tan feliz como ese mes que había salido con Pablo. No iba a contarle nada. Sólo se lo diría si él volvía  a llamarla. Nunca llamó. Y mi madre le prohibió a Juana que lo buscara.”



(María Fasce, La mujer de Isla Negra, páginas 15-16, 131-132, 140, 226-227)