lunes, 21 de septiembre de 2015

"HOTEL CIUDAD SUR": LAS DERROTAS DE LA VIDA



Hotel Ciudad Sur
Xerardo Quintiá
Traducción de Moisés Barcia
Pulp Books (sello de Rinoceronte Editora), Cangas do Morrazo, 2015, 152 páginas.

   Fue en el año 1997 cuando tuve la agradable experiencia de leer el primer libro de Xerardo Quintiá (Friol, Lugo, 1970). Fue un pequeño volumen, Finísimo po as ás que, a primera vista, semejaba literatura insignificante y temáticamente minimalista, tejida no obstante con puntadas de fina textura, literatura sencilla pero sin trampas. Otra colección de relatos, Unha soa man e outros intres volvió confirmar la calidad de una prosa rebosante de aire fresco. Un rabaño de ovellas brancas, otra colección de relatos, nos hacía extraviar, hace ahora diez años, en la recreación de la Galicia rural, con sus costumbres atávicas, en los sufrimientos de la emigración y en la magia que palabras mentirosas van dejando en las almas cautivas, en los dramas del crédito perdido.
   En el año 2012 Xerardo Quintiá retornó a la narrativa con ocho historias recogidas en este volumen que editó en gallego Editorial Galaxia y ahora ofrece en español Pulp Books. Ocho vidas cruzadas que laten de alguna manera en una pequeña ciudad gallega, en sus arrabales, hechos de la confluencia de lo rural y de lo urbano, claro trasunto literario de la ciudad de Lugo. Ocho relatos amalgamados por la presencia de un hotel, cuyo nombre rotula el libro, y poblado por antihéroes, personajes perdedores que, a la vez que nos sumergen en el presente, retroceden algunos de ellos a otro tiempo, el tiempo de la infancia en el que la narración explora las causas o las raíces de sus vidas grises, bien en la juventud, bien en la madurez.
   Un conjunto pues de cuentos transitados casi todos ellos por la presencia de la realidad urbana conjuntamente con la rural y, según alguna interpretación, escritos bajo el magisterio de Raymond Carver, afirmación que opino es preciso  matizar.
   Es verdad que Xerardo Quintiá conoce en profundidad la obra y la vida de Carver y también la de su mujer, Tess Gallagher que compartió con él los diez últimos años de su vida. Lo conoce y posiblemente lo admira hasta el punto de convertirlo en protagonista del relato, “La última propina”, que clausura el libro. Un relato de excelente prosa metaliteraria que nos acerca a la figura de Raymond Carver visitando la ciudad lucense y hospedándose en el Hotel Ciudad Sur. El escritor recorre las calles de la ciudad y, al compás de sus pasos, recuerda los años de propina que significó la convivencia como pareja al lado de Tess Gallagher. Esa fue la verdadera propina como lo expresa en el poema “Propina”, escrito cuando ya era consciente de que se acercaba su hora: “Una propina estos diez últimos años / Vivo sobrio, trabajando, amando / Y siendo amado por una buena mujer”. Este poema y  otro titulado “Último fragmento” que está colocado en muchas lápidas de las sepulturas norteamericanas y que se recita en las bodas, enmarcaron las fuerzas que unieron a Raymond Carver y a Tess Gallagher: el amor a la literatura y a su “luminosa reciprocidad”
   La libertad que la ficción le otorga al escritor gallego, le permite conjeturar que fue en este viaje cuando la mente de Carver concibe aquel poema y que la postrera propina fue para Carver la contemplación de las rosas que crecían, llenas de vigor, delante de la casa, antes de que se avecinase la definitiva oscuridad de la muerte.
   Pero la prosa de Xerardo Quintiá no brota directamente de los faldones de Carver, como afirmaba Jay MvInerney con relación a autores de relatos más jóvenes que Carver. El icono de la literatura minimalista norteamericana “depende de los omitido” (Harold Bloom). Y sin embargo, Xerardo Quintiá no comparte con el Chéjov norteamericano ni la sequedad de su prosa, ni su estilo elíptico, sus “diégesis parsimoniosas” o incluso insignificantes, o sus inesperados y terribles desenlaces. Tampoco Xerardo Quitiá comparte lo que Tim O’Briam dijo de Carver. El escritor nacido en Friol no emplea la lengua como una cuchilla, no despoja a sus prosas de todo, excepto del corazón de la emoción humana.
   Comparte, sin embargo, de la escritura minimalista ese muestrario de héroes que pueblan sus relatos, personajes sencillos, triviales, pero cuyas vidas captadas a través de los enfoques ficcionales, sin espacios en blanco, sin nada, los convierten no en asesinos o mentirosos, pero sí igualmente en perdedores, en seres monótonos en frágil equilibrio, seres grises que, de una manera o de otra, ven tronzadas las expectativas que alguna vez anidaron en su ser, formando parte de sus ilusiones.
   Sobre esas vidas indagan sobre todo los cinco primeros relatos. Será la vivencia de la infancia y su tránsito hacia la adolescencia, sus inquietudes, sus tristezas y una estela de “saudades” en el friso de esa pequeña ciudad, la ciudad infinita que rotula el primer relato, porque en ella no existen las paredes ni los caminos de carro de la aldea. En otras prosas son las convenciones sociales -la vida como es debido- las que destrozan definitivamente los sueños, las ilusiones, transformando la vida de los protagonistas en algo rutinario e insípido. La pusilanimidad  para afrontar, debido al qué dirán, el secreto íntimo, el sabor del primer beso, hace que el protagonista enmascare su cobardía  con una gran sonrisa de amargura.
   Otros relatos como “Un libro de John Berryman” nos acercan a otras derrotas, esta vez en los estudios, de un joven al que las garras de la incomprensión le arrancan hasta el último de sus sueños literarios. Mas Xerardo Quintiá no  circunscribe al universo infantil o juvenil ese remolino de existencias atormentadas  por la trivialidad, con sueños frustrados. En el relato “Romeo & Julieta, una historia”, nos sumerge en los fracasos de la pareja, en el vacío y en el fiasco sentimental.
   En resumen, historias cotidianas que seguramente no nos dejan sobrecogidos como aquellas de Carver despiadadas hasta lo inhumano -hoy sabemos que debido a la inmensa poda que en ellas hizo Gordon Lish, el editor que lo hizo famoso-, pero que reflejan fragmentos de vidas idénticas a las de muchos lectores, que en si misma son buenas y excelentes prosas y dan testimonio de que en cualquier parte y en todos los tiempos sigue habiendo “vidas cruzadas” por el fracaso, la injusticia y aludes de ilusiones perdidas.

Francisco Martínez Bouzas

Xerardo Quintiá

Fragmentos

“Cada uno cogió su camino.
Johnny optó por el lado más salvaje. Chema se marcho de la ciudad. Gonçal se metió a policía municipal. Y yo empecé a trabajar en 2x2, una empresa de transportes. Me casé y tuve dos hijos. La Mapex se quedó en el trastero, donde con el paso del tiempo se cubrió de silencio y humedad. A veces bajaba y la contemplaba con melancolía. Incluso en una ocasión cogí las baquetas y la golpeé con todas mis fuerzas, pero fue en vano. Su sonido me resultó pobre y opaco, y me pareció el sonido de mis propios latidos que cada noche escuchaba durante horas con los ojos fijos en la oscuridad, mientras Laura respiraba a mi lado como si en cada inspiración absorbiera litros y litros de aire.”

…..

“En cuanto llegó a Port Angles, le propuso a Tess hacer lo mismo que habían hecho Olga y Anton Chékhov. Casarse. Sería como gastarle una broma al destino, como si aquella propina de la que habías dispuesto los últimos años adquiriese una nueva dimensión.
Lo hicieron el diecisiete de junio de 1988, en una pequeña capilla de color blanco con grandes y luminosos letreros de neón, en Nevada. Desde entonces, hasta la tarde del uno de agosto de 1988, los días se fueron consumiendo de una manera extraña, dolorosa e incluso desesperanzadamente feliz. Era como si estuvieran dentro de un poema de Czeslaw Milosz y una calma luminosa y definitiva anegase cada uno de los instantes que aún les quedaban.
En algún momento Raymond habló de la importancia que las cosas más sencillas podían tener dentro de la literatura. De la utilidad que se les podía dar en un determinado contexto. Entonces, la verdadera importancia de aquellas cosas no afectaba a la literatura, sino a la propia vida. El simple hecho de desplazar la mano y tocar un vaso. O de contemplar la manera en que una embarcación atravesaba el estrecho de Juan de Fuca en dirección a Canadá. O de mirar el teléfono, esperando que sonase en cualquier momento y se oyese una voz.”

…..

“Cuando se despertó (Raymond Carver) el cielo estaba despejado. Sólo alguna que otra nube blanca flotaba en aquel azul inmenso. Se sintió tranquilo al contemplarlo. Parecía como si todo estuviera relacionado, como si algún significado oculto lo conectase todo. La suave brisa de la tarde le acarició el rostro y Ray se sintió agradecido.
En el pequeño jardín de delante de la casa crecían rosas. Tenían un aspecto espléndido. Ray las contempló como si formaran parte de una visión celestial. Siempre habían estado allí, pero nunca se había detenido a contemplarlas de la manera en que lo hacía ahora.
Las miró hasta que Tess fue a ayudarle a levantarse y regresar al interior de la casa. Cuando se giró y caminó en dirección a la puerta, dándoles la espalda, Ray tuvo la certeza de que contemplar aquellas rosas había sido la última propina concedida. Nada más existiría a partir de entonces: sólo la oscuridad de la noche que se acercaba desde todas partes.”

(Xerardo Quintiá, Hotel Ciudad Sur páginas 44-45, 148-149, 151-152)

miércoles, 16 de septiembre de 2015

SOMBRAS PREÑADAS DE CLARIDAD



La sombra azul

Ricardo Martínez-Conde

Fundación Jorge Guillén, Valladolid, 2014, 75 páginas



   Con el respeto de un neófito o de un diletante amante de versos, me adentro en la lectura de La sombra azul de Ricardo Martínez-Conde, teniendo muy presente algo que ya formulara Philippe Sollers de forma difícilmente superable y que para mí es un verdadero dogma en el universo de la creatividad humana. La poesía sigue siendo un remedio para nuestra época porque el poema es el lugar del pensamiento, un procedimiento de verdad. Un gran poeta gallego, Luís Pimentel expresó un envés de la obra poética menos racional: la poesía es el gran milagro del mundo. La poesía, pues, habrá de amalgamar pasión y pensamiento, hablarnos al corazón y a la cabeza. Es entonces cuando de verdad se transforma en remedio para nuestra época, porque la voz que nos embelesa, nos hace a la vez meditar, salvándonos así del tedio, de la facticidad del mundo. Y esa sutura se manifiesta con notoria claridad  en este poemario de Ricardo Martínez-Conde, La sombra azul.

   Un poemario impreso a finales del pasado año, enmarcado en las actividades de la cátedra Jorge Guillén de la Universidad de Valladolid, y que se acopla sin disonancias formales ni temáticas al amplísimo macrotexto poético que Ricardo Martínez-Conde ha ido creando con poemarios publicados tanto en gallego como en castellano. El amplísimo quehacer lírico de Ricardo Martínez-Conde rebosa de composiciones extremadamente depuradas, sin palabras vanas, sin ornatos espurios, en una sucesión contenida que nos hacen pensar en el lirismo de los haikus.

   Pero esta lírica, concentrada, vehiculizada a través de una lengua cristalina, diamantina muchas veces, encierra una gran lucidez conceptual que se proyecta en reflexiones ontológicas insinuadas en breves y escuetas palabras. No es de extrañar por eso que en La sombra azul  se hallen presentes los temas de siempre, los grandes temas esenciales-existenciales: la vida y su sentido, el amor, la muerte, la nada y, sobre todo, el tiempo y su inexorable pasar, desde mi punto de vista, uno de los grandes ejes de esta colactánea poética. Ese tiempo que renueva sus sombras (página 20), transmitido poéticamente a través de imágenes ciertamente insólitas: el otoño, la paloma seria memorialista…

   Y en compases más existencialistas, palabras e imágenes que quieren penetrar en los territorios y misterios del vivir. Ese vivir que, muchas veces se resume en entender la lenta aceptación de la tristeza (página 23) o del vacío. El hombre que mira hacia sí y ve el vacío (“junto al sueño de la religión”, página 13). Y como no podía ser menos, la incansable porfía de la muerte y ese aguardar nuestro destino, expresado en un imagen a la vez simple y aterradora: “Morir desnudo, desnudo como el silencio” (página 67).

  Poemas pues que, en su elemental pero cristalina concentración conceptual, explorando a veces productivas antítesis y juegos de contrarios, descorren el velo de la realidad más inasible, en una perenne interrogación, y proyectan sobre el lector un aura luminosa, desafío quizás de la razón, capaz, sin embargo de crear evocaciones de realidades que están más allá de lo empírico. Meritoria operación de lenguaje y de pensamiento en un poemario rotulado como sombra, pero preñado de luz.



Francisco Martínez Bouzas



Ricardo Martínez-Conde


Fragmentos (poemas)



“El caos no deriva del cardo, sino

de la ignorancia del mismo. No exige

fervor (algo más propio de sombras) pero sí

el mirarle y reparar en su azul armonía.



Cómo sostiene, tan seco, el equilibrio

de  un paisaje desnudo que invita a pensar

en lo sustancial, en la materia quieta.



y así aleja el olvido”



…..



“LA ISLA MARINA



Al viento se le mece; se le escucha.

Él es el gran aliado de la Nada, de

la rara misericordia, del riesgo

y el gozo de la aventura.



Aquí le confío cuanto sé de mí. Siempre

escaso  para el Conocimiento. No importa,

es viento es libre; y me hace libre.



Me enseña la Libertad a donde miro”



…..



“Una premisa a tiempo

-reservarse el conocimiento del final-

es una seguridad para el pensamiento

y el músculo.



Afuera zurea la paloma



Adentro la idea de Infinito”



…..





“Medid el tiempo. Sed fieles a su devaneo

y  su cordura para escuchar y aprender lo cierto.

Como la luz (animada como algo propio) pasa

Dejando la estela de su vida.



No añora, es.

Conforma la imaginación de lo real.

Muere para vivir. Vive para morir.



Cada día soy yo”



(Ricardo Martínez Conde, La sombra azul, páginas 15, 37, 47, 53)

jueves, 10 de septiembre de 2015

MICHEL HOUELLEBECQ: EL PLACER DE LA SUMISIÓN



Sumisión

Michel Houellebecq

Traducción de Joan Rimabau

Editorial Anagrama, Barcelona, 2015, 281 páginas



   La publicación en Francia, a principios de este año, de Soumission, la última novela de Michel Houellebecq, se convirtió en un asunto de estado. Son palabras del primer ministro francés. Una fábula política por el momento, política ficción enmarcada en el trasfondo  de un Occidente cristiano todavía más decadente de lo que es hoy; y con los musulmanes haciéndose con el poder en el país vecino. Otros datos paraliterarios: Michel Houellebecq, a raíz de los atentados contra Charlie Hebdo, cometidos curiosamente el mismo día en el que se publicaba la novela, soporta la servidumbre de escolta oficial. No obstante, sobre Houellebecq no ha recaído ninguna fatwa condenatoria, aunque en alguna de sus novelas (Plataforma) aparece el tema del terrorismo islámico y alguno de sus protagonistas pronuncian palabras no injuriosas contra Mahoma, pero sí contra sus seguidores. Es cierto que no se puede juzgar a un escritor por las palabras que ponga en boca de sus personajes, pero en el año 2001 Houellebecq dejó claro sus convicciones al respecto: “la religión más idiota del mundo es el islam”, “cuando lees el Corán  se te cae el alma  a los pies”. Con todo es muy improbable que por su última novela Houllebecq sufra ninguna caza de brujas por parte de los musulmanes, porque el protagonista central de Sumisión, François, declara finalmente haber hallado en el islam  la coherencia y las soluciones que, en su opinión, han desaparecido de Occidente: el orden perdido, la sumisión de la mujer al hombre y de este a Dios.

   La gran idea subyacente en el macrotexto de Houllebecq es la convinción de la disolución progresiva del alma masculina, inmersa en la sociedad liberal occidental del mayo del 68: el hombre, liberado de todo yugo (religión, familia) se halla libre sí, pero para estar solo, fatalmente infeliz. A tenor de esta propuesta narrativa, cabe preguntarse si su autor habrá hallado en esta novela la superación de esa sociedad liberal heredera del mayo del 68. ¿O Sumisión, como fábula política de un mundo machista y sexista gobernado por el islam en la Francia de 2022, no es más que un disfrazado Caballo de Troya para defender todo lo contrario? Caben todas las interpretaciones y probablemente cada lector tendrá la suya.

   No resulta fácil encuadrar en una breve sinopsis la trama argumental de una novela estructuralmente  sencilla y lineal, pero con una gran carga argumental y sobre todo temática. Novela de anticipación social y política ficción por ahora, que se inicia con un narrador, François, un indiscutible arquetipo houllebecquiano, en sus primeros años como profesor en París III-Sorbona. Se había doctorado con una tesis sobre Joris-Karl Huysmans, un autor decadente del siglo XIX que expresó un profundo pesimismo por la vida moderna. Huysmans acompaña al protagonista en todo el relato. Ejerce la docencia sin tener vocación para ello. Menudea los ligues con las alumnas, pero no le duran más de un curso académico. Hasta que sobreviene lo inesperado: año 2022, elecciones presidenciales en Francia. Un partido islamista moderado, Hermandad Musulmana, alcanza la segunda vuelta y su líder, Mohammed Ben Abbes, es elegido presidente con el apoyo de socialista y de la derecha frente a Marine Le Pen, candidata del ultraderechista FN. La Hermandad Musulmana, pese a instaurar la sharia  y convertir a Francia en un estado confesionalmente islámico, se muestra tolerante y hasta generosa con las religiones del Libro, pero los judíos comienzan a exiliarse a Israel. Para el nuevo gobierno islamista, lo esencial es la demografía y la educación, porque, según la lógica darwinista, la subpoblación que cuenta con el mejor índice de reproducción y logra transmitir sus valores, será la que terminará triunfando. Su gran referente es el Imperio Romano que pretende reconstruir trasladando hacia el sur el centro de gravedad de la Unión Europea, a la que se sumarán Marruecos, Turquía, Túnez, Argelia y más tarde, Egipto. Pero la apuesta de Ben Abbes es mucho más radical en el terreno de los valores y de la educación. Apuesta por el patriarcado, por devolver toda su dignidad a la familia, el lugar natural de la mujer es el hogar con el cuidado de los hijos, impone que todos los docentes de los centros públicos deberán convertirse al islam, las mujeres habrán de ser decorosas en el vestir (pantalones, velo, blusas largas). El nuevo rector de de la Universidad Islámica de París-Sorbona, financiada por las petromonarquías, es el musulmán Robert Rediger que ha tomado como segunda esposa para la cama a una joven de quince años; su primera mujer de cuarenta se encargará de la cocina.

   La nueva situación altera de forma radical la vida de François, el protagonista: es despedido de la docencia, aunque con una generosa jubilación, muy lejana, sin embargo del nuevo salario de los profesores convertidos al islam. Finalmente, nostálgico del orden perdido y para darse una segunda oportunidad, alejada de su propio solipsismo misántropo, de su hastío creciente y global, sigue los consejos de Rediger y da el paso. Clase de nuevo con bellas alumnas, tímidas, sumisas, con velo, y, como macho dominante y ornado con el alto valor erótico que para las mujeres posee un profesor universitario, con derecho a tres esposas que ni siquiera se verá obligado a elegir él. En el islam para eso están las casamenteras.

   Sumisión es una novela que pronostica grandes mutaciones anticipándose al futuro. Houllebecq ha ofrecido con frecuencia este tipo de pronósticos. En 1995 manifestaba en una entrevista que, teniendo en cuenta el sistema económico vigente y sobre todo los presupuestos filosóficos, es evidente que el ser humano se precipitaba hacia una catástrofe a corto plazo, con el triunfo absoluto de la vegetación, como también auguraba en su anterior novela, El mapa y el territorio. ¿Resulta pues creíble esta fabulación de una Europa musulmana a muy corto plazo, encarnación perfeccionada del nuevo humanismo reunificador, basado en el valor apaciguador tradicional de la sharia con perfumes exóticos; con la revitalización del patriarcado, de la vida mental masculina, hoy desaparecida, y de la familia? ¿O es solamente la fantasía erótico-lúdica de un escritor, “príncipe de los provocadores”, aficionado a epatar  y fascinado por el ruido mediático, que lo empujan hasta la exageración, justamente para llamar la atención y transmitirle al lector todo lo contrario de lo que dicen los renglones de sus páginas? La novela sobrenada en un mar de ambigüedades, buscadas a propósito por el propio escritor: esa zona de no confort en la que la gente no sabe que pensar.

   Y en Sumisión se enaltece el placer de la sumisión. En la sumisión se alcanza la cumbre de la felicidad humana. La absoluta sumisión de la mujer al varón, tal como la describen las fantasías de Historia de O, escrita por cierto en el palacete donde vive el rector Rediger. No es la primera vez que Houellebecq ha estado en el centro de la controversia por su misoginia reaccionaria. El retorno de la mujer al hogar, con “beneficiosos” efectos colaterales, como la caída libre del paro por la salida masiva de las mujeres del mercado laboral, forma parte de ese escenario dibujado en la novela, de esa nostalgia houellebecquina del retorno de la voz masculina que sería factible con el regreso al patriarcado, y con ello, la salvación de Europa. Pero en la Europa de la igualdad de derechos entre géneros difícilmente podrá jamás considerarse un elogio del sexo femenino lo que François describe como paradigma femenino: “Las mujeres musulmanas eran abnegadas y sumisas, de eso podía estar seguro, así las educaban, y en el fondo eso basta para dar placer”. (página 278).

  
"Soumission",  primera edición francesa, 7 de enero de 2015
Al margen, sin embargo de los muchos asuntos polémicos de esa ficción política poco creíble, es preciso reconocer que la novela no solo se centra en la Francia gobernada por los islamistas y en las posibles mutaciones sociales quizás en curso. El relato de Houellebecq es una penetrante cala en la vida de un personaje al que progresivamente se le va quitando todo. Esa es la estructura constructiva de la novela. En su “adicción” a Huysmans; en su ejercicio  docente como profesor mediocre; en sus ligues con las alumnas; en su amor “sexual” con Myriam, la chica judía que lo dejará solo; en la nula relación afectiva con sus padres; los servicios sexuales de las escorts; la relación con sus cuerpo, a veces fuente de placer, otras de sufrimiento; sus necesidades de una mujer en su vida (la solución clásica que aporta a la vida cierto perfume de exotismo, página 196). Sus aproximaciones al suicidio; su estancia en la abadía de Ligugé, empapándose del silencio meditativo; la perdida de la Virgen de Rocamadour (la segunda mujer que le deja solo); el hecho de sentirse deseable por el nuevo rector de París-Sorbona; su conversión al islam, convencido por los argumentos del rector Rediger y por las nuevas oportunidades conyugales que se le ofrecen, un inesperado futuro. Todo ello es suficiente para leer con interés una propuesta narrativa solvente, que nunca resulta aburrida, con independencia de la credibilidad de la política ficción que encierra y del mundo machista-sexista que el personaje de Houellebecq expone sin ningún reparo.



Francisco Martínez Bouzas



                                                       
Michel Houellebecq

Fragmentos



“Para resumir su tesis, la trascendencia es una ventaja selectiva: las parejas que se reconocen en una de las tres religiones del Libro, las que mantienen sus valores patriarcales, tienen más hijos que las parejas ateas o agnósticas; las mujeres tienen menos educación, y el hedonismo y el individualismo tienen menor peso. Además, la trascendencia es en buena medida un carácter genéticamente transmisible y las conversiones o el rechazo de los valores familiares sólo tienen una importancia marginal: en la inmensa mayoría de los casos, las personas permanecen fieles al sistema metafísico en el que han sido educadas. El humanismo ateo, sobre el que reposa el «vivir juntos» laico está por lo tanto condenado a corto plazo, pues el porcentaje de la población monoteísta está destinado a aumentar rápidamente y tal es el caso en particular de la población musulmana, sin tener siquiera en cuenta la inmigración, lo que acentuará aún más el fenómeno. Para los identitarios europeos está claro que, tarde o temprano, estallará necesariamente una guerra civil entre los musulmanes y el resto de la población.”



…..



“La tienda Secret Stories, por el contrario, que vendía lencería de marca  aprecios rebajados, no tenía que preocuparse por nada: el éxito de tiendas análogas en las galerías comerciales de Riad, Abu Dabi era irrebatible, ni Chantal Thomass ni La Perla tenían nada que temer del advenimiento de un régimen islámico. Vestidas de día con impenetrables burkas negros, las ricas saudíes se transformaban de noche en aves del paraíso, se emperifollaban con corpiños, sujetadores calados y tangas engalanados con puntillas multicolores y pedrería; exactamente a la inversa que las occidentales, elegantes y sensuales durante el día porque estaba en juego su status social y que se marchitaban de noche al volver a sus casas, abdicando agotadas de cualquier perspectiva de seducción, vistiéndose con ropa informal y holgada.”



…..



“-Es la sumisión -dijo con voz queda Rediger-. La idea asombrosa y simple, jamás expresada hasta entonces con esa fuerza, de que la cumbre de la felicidad humana reside en la sumisión más absoluta. Es una idea que no me atrevería a exponer ante mis correligionarios, que quizá la juzgarían blasfema, pero para mí hay una relación entre la absoluta sumisión de la mujer al hombre, tal como la describe Historia de O, y la sumisión del hombre a Dios, tal como la entiende el islam. Mire -prosiguió-, el islam acepta el mundo, y lo acepta en sus integridad, acepta el mundo tal cual, para hablar como Nietzsche. El punto de vista del budismo es que el mundo es dukkha: inadecuación, sufrimiento. El cristianismo por su parte manifiesta serias reservas: ¿acaso no se califica a Satán de «príncipe del mundo»? Para el islam, en cambio, la creación divina es perfecta, es una obra maestra absoluta. ¿Qué es en el fondo el Corán sino un inmenso poema místico de alabanza? De alabanza al Creador y de sumisión a sus leyes.”



…..



“Era también nietzscheana su hostilidad sarcástica e hiriente respecto al cristianismo, que reposaba únicamente según él en la personalidad decadente, marginal de Jesús. El fundador del cristianismo había disfrutado de la compañía de mujeres y eso se notaba, escribía. «Si el islam desprecia el cristianismo», citaba, retomando al autor de El anticristo, «tiene mil razones para ello; el islam se basa en «hombres»…La idea de la divinidad de Cristo, proseguía Rediger, era el error fundamental que ineluctablemente conducía al humanismo y a los «derechos del hombre». Eso también ya lo había dicho, y en términos más duros, al igual que sin duda se habría adherido a la idea de que el islam tenía la misión de purificar el mundo desembarazándolo de la doctrina deletérea de la encarnación.”



(Michel Houellebecq Sumisión, páginas 66, 88, 245, 256)