martes, 8 de septiembre de 2015

"NADIE": CALIDOSCOPIO DE PARANOIAS URBANAS



Nadie
Fran Alonso
Traducción de Moisés Barcia
Pulp Books (sello de Rinoceronte Editora), Cangas do Morrazo, 2015, 140 páginas.
  
  El sello Pulp Books sigue vertiendo al español algunos de los títulos más exitosos de la narrativa gallega de los últimos años. Uno de ellos, en esta ocasión, es Nadie del narrador, poeta y ensayista, Fran Alonso, autor de una importante obra sobre todo en los dos primeros géneros. La narrativa de Fran Alonso se zambulle de lleno en las entrañas más inquietantes de las actuales sociedades urbanas. Es su gran obsesión como él mismo manifiesta en el Epílogo de este volumen. Por mi parte concuerdo con el escritor en el hecho de que su última incursión narrativa se amalgama de una forma muy clara con su novela corta Silencio y también con su poemario Persianas, pedramol e outros nervios. Porque Fran Alonso, tanto en prosa como en verso, es un cronista fiel y al mismo tiempo conmocionado, de las brechas de la posmodernidad; y también de las grandes o minúsculas epopeyas que aún siguen teniendo vida en nuestro mundo. Como las de aquella mujer de su poema “Dormirá, meu fillo, tirando en calquera parte”. ¡Una inteligente y perspicaz prospección en los tuétanos de las sociedades urbanas aquel poemario del año 1996! Y superlativa si la trasladamos al momento presente. Calidoscopio de la realidad, así es la poética y en general el universo de Fran Alonso, con independencia del género en el que se exprese.
   En esta misma senda, se alinea Nadie, dirigiendo la voz narrativa su mirada a los vecinos, á la comunidad de vecinos, apropiada metáfora de la convivencia en las sociedades urbanas contemporáneas. Es preciso pues leer esta selección de relatos insertándolos en su origen natural: el macrotexto que es la literatura de Fran Alonso que busca casi siempre el mismo objetivo: las sociedades urbanas contemporáneas, la expresión de la penuria infinita y polimorfa de sus demencias, sus paranoias, de las que forman parte o a las que alimenta ese incontable número de bulos, de “hoax” que nos llegan a través de las nuevas tecnologías.
   De la presente colección de Fran Alonso forman parte diez relatos articulados mediante una sucesión de “hoax”, de leyendas urbanas difundidas por internet. En el pórtico de Nadie, el relato “Vecinos”, que completaba la segunda edición de su novela breve Silencio (2001), una grabación literaria del ruido estridente de una comunidad de vecinos que se proyecta sobre un fondo aún más estruendoso y que concluye en una peculiar y chocante relación amorosa. “Hombre Viejo y Mujer Vieja” relata el intento de relación unidireccional entre un hombre y una majer que vive en el edificio de enfrente, con un final realmente de cuento de hadas. En “Estilo de vida”, luego del retrato  paródico mas real de una comunidad de vecinos y de que el ruido se convierta en categoría absoluta, cada vez más insoportable, la protagonista apuesta por otros estilos de vida en lugares que arrastraban una gran carga de soledad, más no de ausencia de ruido, porque forma parte indisoluble e irremediable de la vida contemporánea. Sin cambiar de escenario, en “Comunidad literaria”, ficcionlaiza Fran Alonso, con grandes dosis de ironía, las relaciones no siempre beatíficas entre el escritor y el crítico literario, con la intervención superadora del conflicto por parte de la figura de la lectora. “Vacaciones” es un relato paradigmático sobre la esclavitud de las nuevas tecnologías, capaces de crear situaciones alucinantes, desconciertos de los que somos incapaces de salir.
  El relato que le da título al libro, “Nadie”, es heredero o prolongación de la ya mencionada novela breve Silencio, y una cala, enmarcada en una atmósfera kafkiana, en lo más absurdo de la vida urbana, en la que incluso podemos llegar a vivir en un edificio en el que los vecinos se evaporan y solamente se escucha el silencio y el vacío de nadie. De nuevo una radiografía descarnada de los habitantes del edificio del Bienestar Social, en el relato homónimo, que refleja con gran habilidad las miserias y los dramas sociales del llamado estado de bienestar. “Poa la boca muere el pez” es un relato sobre la soledad urbana que puede desembocar en locuras como las de hallar la amistad que al protagonista nadie le brinda, en el silencio abisal de los peces. También es la soledad la que empuja a la protagonista de “Esperando”, a aceptar una cita a ciegas con alguien al que conoce solamente a través de la red, que soporta, claro está, todas las mentiras. El último relato, “Lista de correo, es una reflexión sobre el nivel de mediación que nos imponen las nuevas tecnologías, ese “océano infinito” que es internet, tomando como punto de partida la naturaleza de los “hoax” su capacidad para mentir, transgredir e incluso para ficcionalizar, aunque sin descubrir, a diferencia de la literatura, que su vocación es el embuste.
   Así pues, piezas narrativas que pretenden no solamente entretener, sino que nos impulsan a reflexionar sobre las relaciones sociales en un mundo cada vez más individualista, repleto de seres solitarios, encerrados en contextos urbanos y que de forma discreta o indiscreta ojean  a sus vecinos. Cavilaciones así mismo sobre las nuevas tecnologías y sobre su capacidad de transformar nuestras formas de comunicación y también, lo que es más grave, nuestras vidas. Relatos en los que el autor usa una lengua directa, precisa y sin complejos a la hora de reflejar las realidades urbanas y el universo de las nuevas tecnologías, con el añadido de una inteligente intertextualidad en algunos casos. Fran Alonso refleja pues de forma muy real las coordenadas del mundo actual, la soledad, la incomunicación, el “esparto del silencio” o los “extraños sonidos de mudez y ausencia” para decirlo  con las palabras poéticas traducidas del poemario con el que este libro mantiene una especial relación. La acuidad y la  radicalidad con las que el escritor presenta estas coordenadas y, en general la maestría narrativa del autor son una buena razón para deleitarnos con estos relatos que sin duda nos harán pensar.

Francisco Martínez Bouzas

                                                       
Fran Alonso
Fragmentos

“Mis visitas a su casa (inicialmente en busca de silencio) fueron incrementándose, en parte porque llegó un momento en que ella misma insistía en que necesitaba que alguien le marcara los límites para ser consciente y corregirse. Poco después, la relación de vecindad dio paso a la amistad, e inmediatamente, al amor. Tres meses después de aquella primera visita me trasladé al piso de arriba y abandoné el mío. Me gustaba, no había nada que pensar. Además, sus vecinos de arriba parecían bastante silenciosos, con lo que solucionaba mi problema. Me instalé en su casa y me vi obligado a ejercer de padre de dos indios sioux que tenía por hijos. No soy muy consciente de qué tipo de actitud adopté con respecto a los niños, pero un mes después, en medio de una bronca con ellos, llamaron al timbre. Era el nuevo vecino de abajo y traía cara de circunstancias.”

…..

“En el vecindario habitaba todo tipo de personajes, y las juntas de la Comunidad eran su mejor retrato. Sara los tenía bien catados y clasificados. En todos los lugares donde había vivido sucedía lo mismo. Nunca fallaban, por ejemplo, los que no pagaban las cuotas comunitarias (que en consecuencia tampoco se presentaban a las reuniones, por si las moscas). Era el caso de su vecino de al lado. Y la causa no parecía estar en los problemas económicos o, por lo menos no era eso lo que transmitían los dos lujosos coches y la moto que aparcaba en el garaje. También es cierto que cada vez más gente vive muy por encima de sus posibilidades, a base de créditos constantes e interminables. Y no convenía olvidar a los que hacían de los coches un instrumento de ostentación, comprando marcas y modelos desproporcionados a sus sueldos. Así nunca llegaban a fin de mes. También estaba el que amenazaba incansablemente con ir al juzgado a denunciar al perro del tercero, que ladraba y ladraba toda la noche.”

…..

“A veces, la gente miente. Cuando las personas no se pueden ver, mentir es fácil. ¿Le mentiría él en alguna cosa? Se había definido insistentemente como una persona tímida. Le había confesado que había hecho un esfuerzo por pulsar en el botón de «establecer conversación», para comenzar a hablar con ella  a través de la página.
Ella le había dicho que era  romántica. Luego se había arrepentido. En la Red también se arrepiente uno de decir esas cosas. Él parecía un tipo frío. Estaba fascinado con la electrónica. En casa debía tener de todo. ¿Qué sueldo ganaría?
También era solidaria. Se lo había comentado. Hacía acciones en la Red y siempre enviaba los mails de petición y ayuda.
Ella estaba en Facebook. Él aseguraba que no, pero lo controlaba demasiado bien para ser verdad. Pese a todo, no había dado con su página porque posiblemente empleaba otra identidad.
Ella tenía cuenta en casi todas las redes sociales, incluido Twiter. Eso le permitía, por ejemplo, seguir directamente a algunos famosos.”

(Fran Alonso, Nadie, páginas  16, 28-29, 104-105)

viernes, 4 de septiembre de 2015

"LA LÍNEA DE SOMBRA": APRENDIZAJES VITALES EN LOS MARES DE CHINA



La línea de sombra: Una confesión
Joseph Conrad
Traducción de Javier Alfaya
Alianza Editorial, Madrid, 2004, 160 páginas
(Libros de fondo)

The Shadow Line: A confessión es posiblemente la novela más autobiográfica de Joseph Conrad. El escritor polaco que no se dedicó profesionalmente a la escritura hasta después de los treinta años, en un idioma que no era el suyo y que había aprendido de forma autodidacta, inició la escritura de este relato a finales del año 1914 y lo concluye en el mes de marzo del año siguiente. Aparece publicado por primera vez en una revista en 1916, y al año siguiente, ve la luz en un volumen independiente publicado por un sello editor londinense.
   La línea de sombra es, como acabo de decir, un relato autobiográfico que da cuenta de las experiencias marítimas más dramáticas de la vida del autor. Joseph Conrad, perteneciente a la aristocracia rural polaca, pero emigrado debido a la pasión por los viajes y aventuras, logra entrar en la marina en Francia con tan solo dieciséis años, trasladándose, cuatro años más tarde, a Inglaterra. Viajando sobre todo por el Extremo Oriente, fue ascendiendo poco a poco hasta alcanzar el grado de capitán, y, sobre todo, llenando los archivos de su memoria de materiales y de experiencias vitales, muchas de ellas reflejadas más tarde en las grandes novelas de su primer período: El Negro del Narcissus, Tifón, Lord Jim, El corazón de la oscuridad. La línea de sombra, aunque no fue redactada hasta 1915, se inscribe entre los textos conradianos de este primer período. Y en ella, el maestro de la “narración indirecta” relata un episodio real de su vida, acontecido en 1888. Aburrido de una existencia monótona que le proporciona su condición de segundo del Vidar, y dándose cuenta de que estaba a punto de traspasar la “línea de sombra”, esa frontera que separa la juventud de la edad madura, y deseoso al mismo tiempo de aventuras y de experiencias novedosas, abandona su puesto en el barco, aprovechando una escala en Singapur, sin tener idea de lo que iba a hacer después.
   El destino, sin embargo, quiso que a los pocos días le fuera confiado el mando del Otago, un bricbarca  anclado en aquel momento en Bangkok y que solía navegar por los mares meridionales de China.
   En el relato, Conrad narra todas las peripecias que le llevaron a hacerse con el puesto de capitán del barque de tres palos y, sobre todo, la odisea de gobernarlo en el más grande de los calmazos  y con una tripulación enferma de malaria, navegando hasta su primer destino por regiones de tierras fragmentadas, brisas muy ligeras y las aguas estancadas del Golfo de Sian. Tras veintiún  días de lenta y agonizante destrucción, arriban a Singapur con toda la tripulación delirando por la fiebre.
   Conrad es uno de los padres de la alta literatura de aventuras con trasfondo filosófico y, como tal, tiene partidarios incondicionales -uno de ellos fu Virginia Woolf- que saben a lo que se arriesgan con la lectura de las novelas conradianas. El mar y sus aventuras alcanzan en Conrad una representación fascinante, repleta de riesgos y emociones, a la vez que nos ofrece una galería de tipos humanos, ambientes y situaciones descritos con tal fuerza y  propiedad, que solamente podían tener su origen en la pluma de quien las hubiese vivido en carne propia. Sin embargo, más allá de la trama argumental, Conrad se sumerge con extraordinaria sensualidad y rigor analítico en las regiones más hondas y oscuras de la condición humana, provocando que, mucho más que con la aventura exterior, no sintamos atrapados por la interior: el procesos que se desarrolla de puertas adentro de los personajes, las reacciones y experiencias humanas, los males del alma. Precisamente todo aquello que, a juicio de Fredric Jameson, convierte la literatura de Conrad en inclasificable, flotando en un lugar incierto entre Stevenson y Proust.
   Añádase a todo esto, el trasfondo existencial de este libro-parábola. La línea de sombra es esa intangible marca que separa la juventud de la madurez. Bajo la apariencia de una novela de aventuras marinas, Conrad narra la finalización de una etapa y el inicio de otra, el paso de la inocencia a la experiencia. El niño que se convierte en hombre. El narrador protagonista ha de enfrentarse a un aprendizaje vital que le llevará hacia la sabiduría de la experiencia, al superar las dificultades con las que se encuentra en su periplo marino.
   Con todo esto se va a encontrar el lector de La línea de sombra. No obstante tratarse de un relato de hechos reales, a los que el autor es en general fiel, Conrad envuelve su narración dentro de una atmósfera atormentada, multiplicando su efecto por esa calma chicha del mar que inmoviliza su navío y por los progresos inflexibles de la malaria.
   Una escritura frecuentemente abstracta y muy analítica que llega a abrumarnos, y la obsesión del autor por adelantar juicios y conceptos sobre los personajes, antes de dejarlos actuar, dificulta a veces la lectura de La línea de sombra, en especial en los dos primeros capítulos que corresponden a un tercio del libro. En estas páginas iníciales, la lentitud, el detallismo descriptivo, el análisis minucioso de las personas y de sus reacciones, llegan, en mi opinión, a incordiar la voluntad lectora más fuerte.
   El libro comienza a seducirnos con fuerza desde el momento en que el narrador protagonista toma posesión del Otago e inicia su periplo por un mar en el que, en vez de libertad, solamente se encuentra calmazo y fiebres. En el horizonte y como arquetipo, la leyenda El Holandés Errante al sur del cabo de Buena Esperanza o en los mares de China, origen de tantas novelas y piezas musicales. Un barco a la deriva por aguas tranquilas, con toda la tripulación agonizando lentamente sobre la cubierta.

Francisco Martínez Bouzas

                                                       
Joseph Conrad
Fragmentos


   “¡Sólo los jóvenes conocen momentos semejantes. No quiero decir los muy jóvenes, no; pues éstos, a decir verdad, no tienen momentos. Vivir más allá de sus días, en esa magnífica continuidad de esperanza que ignora toda pausa y toda introspección, es el privilegio de la primera juventud.
Cierra uno tras sí la puertecita de la infancia, y penetra en un jardín encantado. Hasta sus mismas sombras tienen un resplandor de promesa. Cada recodo del sendero posee su seducción. Y no a causa del atractivo que ofrece un país desconocido, pues de sobra sabe uno que por allí ha pasado la corriente de la humanidad entera. Es el encanto de una experiencia universal, de la que esperamos una sensación extraordinaria y personal, la revelación de un algo de nuestro yo.
Llenos de ardor y de alegría, caminamos, reconociendo las lindes de nuestros predecesores, aceptando tales como se presentan la buena suerte y la mala -los puntapiés y las perras chicas, como reza el adagio-, el pintoresco destino común que tantas posibilidades guarda para el que las merece, cuando no simplemente para el afortunado.
Sí; caminamos, y el tiempo también camina, hasta que, de pronto, vemos ante nosotros una línea de sombra advirtiéndonos que también habrá que dejar tras de nosotros la región de nuestra primera juventud.”

…..


“Las impenetrables tinieblas bloqueaban el navío tan de cerca, que parecía que con sólo tender la mano por encima de la borda se tocaría una sustancia sobrenatural. Había en ellas uno no sé qué de terror inconcebible y de indecible misterio. Las pocas estrellas que brillaban sobre nuestras cabezas sólo arrojaban sobre el navío una luz oscura, sin dejar sobre el agua ningún reflejo, como rayos aislados atravesando una atmósfera convertida en hollín. Era algo que yo no había visto nunca hasta entonces, y que no permitía la menor conjetura respecto a la dirección en que podría producirse un cambio; algo, realmente, como una amenaza cerrándose en torno nuestro.
El timón continuaba solo; una inmovilidad absoluta reinaba en todas partes. Si el aire se había ennegrecido, el mar parecía haberse vuelto sólido. Era inútil mirar a los lados, esperar una señal, tratar de prever la proximidad del momento. Cuando éste llegara, las tinieblas absorberían silenciosamente la débil claridad que caía de las estrellas sobre el navío, y sobrevendría el fin de todo, sin un suspiro, sin un movimiento, sin un murmullo, y todos nuestros corazones se detendrían como relojes a los que se les terminara la cuerda.”

(Josep Conrad, La línea de sombra)

martes, 1 de septiembre de 2015

"UNA CIUDAD EN LA QUE NUNCA LLUEVE": COMO LA VIDA MISMA



Una ciudad en la que nunca llueve

Eduardo Flores

Ediciones Mayi, Cádiz, 251 páginas.



   Una ciudad en la que nunca llueve, la ópera prima de un joven escritor, editada por una pequeña editorial gaditana, fue saludada de forma muy elogiosa por una buena parte de la crítica, por aquella crítica que va más allá de solapas y contraportadas y lee los libros: Una primera apreciación para la casa editora: Ediciones Mayi no rehúye aventurarse con autores noveles de cualquier edad. Es un riesgo, pero el avance de la historia de la literatura está compuesto de apuestas arriesgadas que, a veces, significan fracasos estrepitosos, otras, éxitos que marcan confines. El autor que profesionalmente nada tiene que ver con la literatura ni con el mundillo literario, se decantó sin embargo desde sus años de estudiante por las letras, sobre todo por aquellos autores, confiesa, que han llevado una vida estrechamente relacionada con lo que escriben, y aquellos heterodoxos que aportan frescor. Y a pesar de su ajenidad al mundo literario, en este su debut, se zambulle de lleno en esos escenarios, describiéndolos, destripándolos con cinismo y a la vez con rigor. Alejandro Flores, alejado pues por su profesión de los circuitos literarios, agasaja a los lectores, no con una novela magistral, como se ha afirmado -las novelas maestras en los sistemas literarios se cuentan con los dedos de las manos-, pero sí con una pieza literaria muy digna, con no pocas virtudes y algunos defectos. Y eso a pesar de haber sido concebida, no sé si también escrita, en condiciones harto difíciles: en un barco atunero en el Índico.

   Un protagonista sin nombre, y a la vez voz narrativa en primera persona, escritor frustrado a pesar del éxito de sus primeras novelas, ahora se siente incapaz de mover una sola tecla de su ordenador, de poner siquiera una coma en el procesador de textos. Subsiste prostituyéndose como un negro, escribiendo partes de los libros de otros. Y actúa y reflexiona e un entorno poblado por amigos y amigas de lo más variopinto. Son personajes sin nombre, con excepción del fantasma de Baudelaire que se instala en su apartamento, descritos por aquellas características caricaturescas que los individualizan (Chalecodepana, Ladevorahombres, Laflorvirginal, Elfilosofovivalavirgen, Mipequeñoespermatozoide…). Y en el horizonte, al menos de sus añoranzas, la figura de ELLA, una mujer ingobernable, soberana de si misma que es su obsesión, y que solamente hace acto de presencia en las últimas páginas.

   Y así avanza esta tragicomedia con remedos valleinclanescos y con un tema de fondo o hilo conductor invisible que da sentido a muchos de los acontecimientos disparatados: la búsqueda del lugar en el mundo, no solo el literario, que persigue el protagonista, entre mucho alcohol y cantidades ingentes de sexo, buenas dosis de cinismo, acidez e hilaridad. Y sobre todo entre amigos, un puñado de desequilibrados mentales o emocionales.

   La novela tiene un arranque cuya escritura pone a  prueba las ansias lectoras. Pero la persistencia tiene su premio y, a medida que las confesiones y reflexiones de este escritor en horas bajas van tomando cuerpo e interactúa con esos personajes definidos por sus apodos y reflexiona consigo mismo, la trama se hace adictiva y tira del lector. Ayudan a ello, las descripciones que, con sorna e ironía, hace el protagonista del mundillo literario, de los talleres de escritura (“Como si realmente se pudiese enseñar a escribir a alguien”, página 62). La cruzada y alegatos contra los libros de autoayuda, contra la literatura New Age, aunque la literatura es un tema  muy frecuentado, hasta el punto de convertir muchas escenas de la novela en reflexiones metaliterarias. También el sexo a raudales, si bien solamente enunciado, sin escenas explícitas, sin narrar menudencias fisiológicas. Así como el retrato que el protagonista hace de si mismo: un ser sumergido en más de un mar de fondo: el del alcohol -chupitos de Jack Danil’s a todas horas-  y su adicción al sexo: lo que lleva en los pantalones, llega a confesar, es a la vez el puñetero motor de su vida y una genuina y auténtica arma de autodestrucción (página 235).

   Acierta Eduardo Flores en situar su relato en una ciudad en la que nunca llueve, que puede ser cualquier población, pero que el protagonista la percibe como una especie de tragedia, un error del diseño del mar. Y cuando, en el desenlace, caen unas gotas, el inusitado fenómeno atmosférico es interpretado como un presagio del fin de la sequía creativa, casi como una resurrección.

   En el debe de la novela que como comentarista también debo explicitar, menciono en primer lugar la sobreabundancia de escenas, incluso de capítulos que alargan el tejido narrativo sin añadirle a la novela un plus de atracción. Y que obligan al lector a roer una novela más larga de lo que pude hacer pensar su menuda tipografía. Es discutible incluso la presencia de Baudelaire, pese al toque divertido y enigmático que le añade al relato. El dictum de Borges (“Por qué escribir un libro de 300 páginas cuando se puede decir lo mismo en 30”) debería ser un precepto de obligado cumplimiento.

   Creo además que la propuesta de Eduardo Flores crea un personaje que con frecuencia resulta no solo cínico sino odioso. Sin que se pueda hablar exactamente de misoginia, la visión que este ser sin nombre tiene de las mujeres, no solo es frívola sino claramente ofensiva: abiertas a perversiones que te pedirán a gritos! En cada mujer lo que percibe es un potencial receptáculo de un buen o regular polvo. Solamente después se aborda la cuestión de si son inteligentes o no. No sirve de disculpas, en mi opinión, el hecho de que en su relación con el mundo femenino, se considera un verdadero hijo de puta. El silencio del escritor podría dar pié a un “pecado” por omisión.

   Un lenguaje desenfadado, más de una vez descarnado, contribuye  a que esta pieza literaria, no obstante lo que acabo de apuntar, no resulte ni pretenciosa ni falsa. No es una estafa mercantil, y de su lectura brota la sensación de leer la misma vida. Sobre todo en nuestros días.



Francisco Martínez Bouzas



                                                        
Eduardo Flores

Fragmentos



“Esta vez también pude resistir la tentación de invitarla a ELLa a ese café que mi pequeño gran espermatozoide me había sugerido. Lo que sí doblegó mi voluntad fue el capricho de ir a espiarla un rato. Ya sabía desde hacía tiempo que, durante mis no-visitas y subterfugios, ELLA se percataba de mi presencia. En esta ocasión no fe menos, pero ni yo me acerqué a su requerimiento cafeinado ni sus piernas, como pilares de mi falo -y por tanto de mi corazón- giraron hacia mi escondite de voyeur incorregible. A veces uno siente que nada de lo pasa o de lo que hace es gratuito y que, imprevisiblemente, lo que está por venir responde  a un plan ideado por misterios que nos serán imposibles de descifrar y que estos mismos se encuentran compartiendo espacio en nuestro interior con los instintos. Sí, toda una conspiración íntima contra uno mismo. De modo que como si todo estuviera escrito para que nuestros actos respondan automáticamente a su interpretación.”



…..



“La editorial para la que me prostituyo piensa que es una cortesía por su parte mandarme una invitación siempre que se presenta alguno de los libros para los que he trabajado, es decir, que he escrito por dinero para otros que se llevan, para lo bueno y para lo malo, la fama y la gloria, dos auténticas gilipolleces. Así que ya sea para tocarle a estos energúmenos los cojones o por puro masoquismo, suelo acudir.”



…..



“Como todos en algún momento, yo tuve también que pasar por aquella época dorada de la adolescencia. Sí, aquella en la que los jóvenes pasan bastante más tiempo de lo normal en el cuarto de baño. Es un tiempo complicado. Elpintor a veces se jacta de decirme que jamás llegue a superar dicha fase de mi vida. Tampoco a mí me parece algo tan malo. La verdad es que en ese tiempo se jode bastante menos y las chicas no suelen estar tan abiertas a todas las perversiones que más tarde te pedirán a gritos. Tienes suerte si alguna toma la iniciativa de bajarte la cremallera para buscar algo que llevar a la boca. Pero yo tuve una adolescencia feliz y, en lo que a joder se  refiere, tampoco es que me pueda quejar.”



…..



“A ELLA. No sé qué le diría a ELLA. Supongo que le diría muchas cosas. Probablemente cosas que ya le he dicho en muchas ocasiones. Palabras que no recuerdo, que hace demasiado que no pronuncio. Le diría que lo siento, que lo siento todo. Le diría tantas cosas. Muchas de ellas ya se las he dicho en muchas ocasiones en un tiempo, en una existencia pasada y perdida. Me alegra pasar cerca del escote de Lalocutora cuando ésta se agacha, mientas levito a su lado, para darme unas palabras de ánimo que no consigo entender. La visión de Laprofesora  totalmente abatida hace  que un amargor que viene desde dentro  suba a mi boca (…)

Descubro que, en un momento así, pasado, presente y futuro son la misma cosa. Van a meterme en la maldita ambulancia. Apoyan la camilla en el suelo un momento. ELLA y Mipequeñoespermatozoide están a mi lado. Puedo fijar la vista en ellos y ellos lo notan. Me hablan pero no los entiendo. Puedo sonreírles y les guiño un ojo. Ambos se miran y lo celebran compartiendo una sonrisa conmigo. Las sonrisas más hermosas que he visto en mi vida. Medio minuto después, ya estoy dentro de la maldita ambulancia, rumbo a quién sabe dónde.”



(Eduardo Flores, Una ciudad en la que nuca llueve, páginas 27, 54, 175, 248-249)