miércoles, 11 de marzo de 2015

"28 DÍAS": COMO EN MASADA



28 días
David Safier
Tracción de María José Díez Pérez
Editorial Seix Barral, Biblioteca Formentor, Barcelona, 2014, 412 páginas

  Después de haber hecho reír a millones de personas -Maldito karma, su primera novela ha sido un éxito internacional en todo el mundo y solamente en España ha cosechado más de cincuenta reediciones- David Safier, en un giro de 180 grados, introduce a los lectores con esta novela en la mismas entrañas del dolor y del espanto. Para ello y para no quedarse en los aspectos más superficiales de un tema muy frecuentado (el Holocausto, la Shoah, la persecución de los judíos por los nazis), David Safier ofrece al lector algo que trasciende  la propia historia del levantamiento del gueto de Varsovia y se convierte en un interrogante de dimensiones universales: la cuestión existencial referida a nuestra condición como seres humanos: ¿qué clase de persona quiere uno ser?, la pregunta crucial a la que tendrá que responder la joven protagonista de esta novela. Los acontecimientos anteriores y posteriores a la pregunta y las respuestas que deciden la vida y la muerte y que constituyen un conjunto pavoroso de hechos reales, aunque transcritos de forma ficcional, configuran una tremenda historia no solo sobre Mira, la joven judía protagonista, sino sobre toda la humanidad, sobre lo mejor y lo peor que los seres humanos somos capaces de hacer: nuestra grandeza y nuestra cobardía.
   Basada, reitero, en hecho reales, aunque con personajes ficticios, David Safier ambienta su historia, o encadenamiento de historias, en el gueto judío de Varsovia, acotando los acontecimientos narrados a los veintiocho días (del 19 de abril al 16 de mayo de 1943) durante los que unos pocos jóvenes judíos supervivientes de las razias de las deportaciones -unos mil doscientos entre trece y diecinueve años- se sublevaron y fueron capaces de resistir la aplastante brutalidad de las fuerzas alemanas. Pero antes del levantamiento, el autor se pones en la piel de su joven protagonista y narradora, Mira, una joven de dieciséis años, y narra así mismo lo que ocurrió las semanas previas, antes de que su heroína se uniera a la Resistencia y empuñara un arma.
   Es la primavera de 1942. Mira a sus dieciséis años tiene que sacar adelante a su familia, a su hermana pequeña Hannah, mal alimentada. Su madre se encuentra tan hundida que jamás abandona el sórdido agujero en el que viven en el gueto. Su hermano menor es un traidor, integrado en la policía judía que colabora con los nazis. A ella no le queda otra alternativa que vender su cuerpo en la prostitución o jugarse la vida dedicándose al estraperlo. Su única creencia es la supervivencia y, aunque con mucho miedo, se convierte en estraperlista. Lo hace con suerte dispar y corriendo no pocos peligros. Hasta que un decreto de las autoridades alemanas dispone que todos los judíos de Varsovia serán reasentados en el Este. El Este son los campos de concentración y de exterminio, especialmente el de Treblinka, donde la mayoría de los judíos serán gaseados. Y solamente cuando ya habían deportado a 400.000 de los 450.000 judíos del gueto, deciden defenderse. No antes porque los alemanes obraban de forma pérfida y astuta: “siempre dejaban vislumbrar un atisbo de esperanza”.
                                                      
Tropas de las SS conduciendo a judios del gueto a los trenes de la muerte
 Entre los que comprenden que es imposible sobrevivir se halla Mira, la heroína de la novela. Tras ver a su madre y a su hermana asesinadas y en un charco de sangre, se llena de odio, el odio que le permitirá matar para que la muerte de su hermana tenga sentido. No está dispuesta a dejarse llevar al matadero como un animal indefenso. Mil cuatrocientos combatientes judíos inexpertos y mal armados entre los que se encuentra Mira, se enfrentarán durante veintiocho días a los alemanes, ucranianos, letones y polacos con un fuerte sentimiento antisemita, dispuestos a resistir hasta el final como en Masada, la fortaleza en la que todos, defensores, mujeres y niños, en lucha contra los romanos, morirían antes de dejarse coger vivos en los compases finales de la Primera Guerra Judeo-Romana. Sin embargo, algunos de los combatientes del gueto conseguirán sobrevivir después de hacer frente a las SS, al incendio de las casas, a los búnkeres gaseados, al infierno de las cloacas…
   Lo que David Safier relata sobre los que aquellos seres humanos vivieron es demasiado espantoso para ser contado. El mismo autor es consciente de que 28 días es una fascinante historia de la grandeza humana, pero también de la cobardía y de la bajeza más abyectas. La novela reproduce historias reales de gran altruismo. Personas que sacrificaron sus vidas por salvar a otras, como Janusz Korzak, un pedagogo de fama mundial que regenta un orfanato con doscientos huérfanos. Le llueven ofertas para sacarlo del gueto a escondidas o pagando a los nazis, pero decide acompañar a sus niños en la muerte de Treblinka. Una historia que agranda la infamia de muchos miembros de la policía judía que trabajaba para los alemanes con la esperanza de salvar sus vidas. En las fases más duras de las deportaciones los alemanes advirtieron a estos policías judíos que cada uno de ellos debía llevar cada día a los trenes de la muerte a cinco judíos. Hubo policías que, para completar el cupo, condujeron a los trenes a sus propios padres para alargar unos días sus propias vidas. Ya habían vivido lo suficiente, fue su descargo. Hubo así mismo madres que poseían certificados salvadores, pero pelearon para quedarse con sus hijos, sabiendo que eso significaba su propia muerte. Mas también hubo una mujer poseedora  de esas tarjetas para ella pero no para su hijo de pocos meses. No tuvo reparo en entregarlo a la fatal condena y buscó argumentos de su conducta que sonaban a vida y no a muerte. “Siempre se puede tener más hijos. Pero si muero con el niño, no podré traer al mundo otra vida” (página 208). En el gueto hasta el amor sucumbe definitivamente: las hijas de los judíos ricos amañaron matrimonios de conveniencia, y pagando grandes sumas se casaron con policías judíos para no ser deportadas. Lo serían igualmente.
Monumento a los héroes de la Revuelta de Varsovia
   Una lucha desesperada para sobrevivir. Un lucha en la que la locura, la grandeza, el horror y la bajeza parecen inventadas, pero fueron reales. Y así las relata David Safier, acentuando la parte emotiva  -por eso mismo se sirve de personajes de ficción- que mantiene en todo momento al lector en una verdadera explosión de conmociones.
   El estilo de la prosa sencillo, directo, con capítulos breves, con una estructura lineal, con Mira como única narradora, acentúa aún más si cabe el ritornelo que se repite en los momentos más trascendentales y dramáticos. Esa pregunta universal que constituye el tema de fondo de la novela: “¿Qué clase de persona quieres ser?”: ¿salvarías vidas?, ¿morirías con los huérfanos del orfanato?, ¿elegirías los trenes de la muerte para estar con tu hijo? ¿cogerías las armas para luchar por la vida o enviarías a otros a la muerte para seguir viviendo?. Todos esos interrogantes en una novela que no arrancará millones de sonrisas como las anteriores del autor, pese a que en ella también hay escenas cómicas, sino encontrados sentimientos de consternación y de admiración.

Francisco Martínez Bouzas
                                                    
David Safier

Fragmentos

“Enfilé a buen paso las calles del gueto y, como siempre, tuve que aislarme de todo cuanto me rodeaba para poder soportar la vida en ese lugar. Las estrecheces. El ruido. El hedor (…)
Pero lo peor era el olor. A la entrada de varias casas había cadáveres, un espectáculo al que no me acostumbraba. Eran muchos los familiares que no tenían dinero ni fuerzas para dar sepultura a sus seres queridos, de manera que por la noche dejaban sin más a los muertos en la calle, para que al día siguiente se los llevaran de allí como si fuesen basura. Durante la noche, a los cadáveres les robaban la ropa, un pillaje que hasta yo podía entender. Los vivos tenían mayor necesidad de chaquetas, pantalones y zapatos.”

…..

“Registrarán todas las casas, una y otra y otra vez -me confió-. Como no son bastantes los que van voluntariamente a la estación, ni siquiera por la mermelada, nos han amenazado a nosotros, a los policías: deportarán a todo el que no descubra a cinco judíos por día.
Había conseguido captar mi atención:
-¿Entregas a judíos…a tus enemigos?
-¿Qué otra cosa puedo hacer? -respondió Simon, desesperado.
A Daniel le habría gustado morir con sus hermanos del orfanato, y el mío enviaba a otros a la muerte para seguir viviendo.
¿Qué clase de persona quiere uno ser?
-Pero sólo llevo a los trenes a desconocidos -intentó defenderse Simon.
¿Qué quería decir con eso? ¿Qué clase de disculpa por su comportamiento era ésa?
-De lo desesperados que están, otros policías llevan a la estación a sus propios padres…
-¿Qué?
-Esos cerdos dicen que al fin y al cabo los padres ya han vivido su vida –contó mi hermano-. Yo aún tengo que vivir la mía.”

…..

“A mi lado iba una mujer con un niño dormido en brazos. Vi que llevaba al cuello una de las valiosas tarjetas, se salvaría. Pero el niño no. La mujer se percató de que la miraba. Desde luego también había oído al hombre que iba con sus hijos a la cámara de gas. Me dijo en voz baja:
-Siempre se pueden tener más hijos.
Al principio no la entendí.
-Pero si muero con el niño, no podré traer al mundo otra vida.
Estaba dispuesta a separarse de su hijo y se había buscado argumentos. Unos argumentos que le sonaban a vida y no a muerte.
Me mareé.”

…..

“- ¿Cuánto tiempo crees que podremos resistir a los alemanes con las armas de Iwanski y las que ya tenemos?
Amos se puso serio.
-Si todo va bien, unas horas.
No debería haber formulado esa pregunta.
-Hagamos lo que hagamos será inútil –afirmé abatida-
-No lo será –aseguró-. Piensa en lo orgullosos que están los judíos del gueto desde que matamos a los alemanes en enero. Si luchamos contra los alemanes, generaciones enteras de judíos estarán orgullos de nosotros. Igual que los judíos que hace miles de años resistieron en Masada. En ese sentido da lo mismo lo que aguantemos: un día, un mes o unas horas. Lo principal es que no nos dejaremos llevar al matadero sin defendernos.”

(David Safier, 28 días, páginas 34-35, 179-180, 208, 294-295)

domingo, 8 de marzo de 2015

EL FINAL DE SANCHO PANZA Y OTRAS SUERTES




El final de Sancho Panza y otras suertes
Andrés Trapiello
Ediciones Destino, Colección Áncora y Delfín, Barcelona, 2014, 430 páginas

   El año 2004 el escritor Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) publicó Al morir don Quijote, la primera continuación en nuestros días de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. La historia había quedado suspendida en el momento en que, tras la muerte de Alonso Quijano, su sobrina, el ama, el escudero y el bachiller salían del lugar camino de Sevilla con el propósito, motivado por distintas razones y generador de sentimientos dispares, de viajar a las Indias. En esta nueva novela de aventuras quijotescas, Andrés Trapiello vuelve a apropiarse de la pluma y del talento de Miguel de Cervantes, y sitúa a Sancho Panza, al bachiller Sansón Carrasco, a la sobrina de Alonso Quijano, Antonia Melgar, y al ama, Quinteria Romero abandonando la aldea, porque pensaban que era difícil ir a peor si se quedaban, con el propósito de buscar fortuna en la Indias y alejarse de la orfandad en el que permanecían tras la muerte de don Quijote. Muerte que supuso no pocas transformaciones en los cuatro personajes: Sancho Panza aprende a leer y tiene así la oportunidad de leer en los libros publicados por Cervantes su propia historia; el bachiller Sansón Carrasco colgó los hábitos y de él se enamoró la sobrina que llevaba en el vientre el hijo de otro hombre, un gañán que se aprovechó de su candidez.
   Andrés Trapiello, “requerido” por Sansón Carrasco que en el Perú tiene un tío que ha hecho fortuna y puede morir sin descendientes, traslada al cuarteto cervantino a América. En el camino surgirán multitud de avatares, no todos favorables. Ya en la ruta hacia Sevilla, toparán con ciertos personajes que se habían cruzado en la vida de don Quijote. En Sevilla, capital entonces del latrocinio, terreno propicio para la picaresca, la corrupción y los criminales, profundiza la novela en alusiones y referencias cervantinas. Una vez embarcados, conocerán el mar, sus tormentas, las amenazas de los corsarios. Mas las dificultades del viaje hacen que entre ellos anide con más fuerza el espíritu de una verdadera familia.
   Llegados a Perú, los viajeros recalan en Arequipa con el tío de Sansón Carrasco. Es el inicio del protagonismo de sus propias vidas, protagonismo que opera a través de grandes o minúsculos acontecimientos. Sancho vuelve a “quijotizarse”  y ya no se resigna a una vida sin andanzas. El bachiller Sansón Carrasco sueña con ríos de oro y plata. El ama Quinteria está convencida de que le debe fidelidad a la sobrina de su antiguo amo, y esta, por su parte, emprende el viaje por el amor que en ella ha nacido por el bachiller. De este modo el cuarteto de héroes / antihéroes consuman el sueño que el propio Cervantes había alimentado para sí mismo y que no pudo cumplir porque su petición fue rechazada por el presidente del Consejo de Indias. Por esta razón, afirma Trapiello que su libro es un acto de justicia poética con los sueños americanos de don Miguel.
   Ya en América se suceden los proyectos, aventuras y peripecias, no todas por cierto venturosas. Pero eso forma parte de una amplia trama, de un viaje largo y accidentado, de la búsqueda ilusa de un paraíso, imposible de revelar y que el lector  deberá descubrir por sí mismo hasta embriagarse con el poso melancólico, nostálgico y compasivo que brota tras la lectura.
   No son pocos los haberes de esta segunda entrega postquijotesca de Andrés Trapiello. En primer lugar, la escritura de Trapiello, salvadas las distancias, es muy cervantina. Las dos partes de El Quijote son siempre un referente para resumir ciertos episodios que el autor contextualiza con otros nuevos e imaginados. Pero además el estilo de la prosa es una clara muestra de la asimilación de la lengua cervantina y de la que se conserva en otros documentos de la época, cartas sobre todo que los indianos enviaban a sus parientes de este lado del Océano. Trapiello, no obstante, escribe como se habla, de forma coloquial, sencilla y transparente, sin hacer una ilusoria e inconsistente reconstrucción del habla del siglo XVII. Delinea en su justa medida a los personajes, sin alejarse de las personificaciones cervantinas y, al mismo tiempo, sin renunciar a su propia creatividad. Una selecta y rica documentación le permite recrear verosímiles ambientaciones que no desmerecen de los buenos retratos del siglo XVII.
   En resumen, una divertida y nostálgica novela plagada de aventuras que hunde sus raíces en una novela universal, pero que, al mismo tiempo, es capaz de volar dignamente de forma autónoma.

Francisco Martínez Bouzas

                                                     
Andrés Trapiello (foto Araba Press)
Fragmentos

“-¿Oyes lo que canta mi esposo? Te digo que sospecha algo, y si no, yo he confesarlo. No, no puedo vivir en esta mentira, ama, que le deshonra. No ha podido ser más bueno conmigo. Yo le diré, él sabrá, si acaso no lo sabe, que yo creo que sí, él comprenderá, él me perdonará y yo podré vivir al fin con la conciencia tranquila y en gracia. Si no se lo digo, este secreto acabará bajándome a la sepultura.
Se lo dijo la niña Antonia al ama, frenando su mula para quedarse atrás y no ser oída.
-¡No, no, mil veces no!-le cortó alarmadísima Quiteria-. ¿Qué esta diciendo vuesa merced?
El ama daba tratamiento de vuesa merced a Antonia únicamente cundo cursaba con ella asuntos de señalada gravedad.
-Creí -prosiguió- que ya vuesa merced se había persuadido. Contad con que el hijo que lleváis en las entrañas es vuestro y ahora también de él, y si se fueran a declarar todos los bastardos que corren por el mundo, de reyes a villanos, ni reinos ni mayorazgos tendrían cabal gobierno.”

…..

“Al oír los nombres de don Quijote y de Sancho, don Gonzalo, que era hombre más efusivo que don Melchor, se puso luego en pie, y como caballero de una gran llaneza, estrechó entre sus brazos al escudero, y exclamó:
-Albricias, Sancho, y ya podía estar yo dándole vueltas en el magín hasta el día del juicio preguntándome dónde  y cómo os había conocido, sin atinarlo. ¿Y qué os han hecho para que en este tiempo parezcáis otro? ¿No estabais antes gordo y lucio? ¿No traías zaina la barba, que ahora es cana? ¿No había en vos en aquel tiempo un mirar malicioso a todas horas, incluso callando? ¿Qué son esos huesos del pescuezo? ¿Y el sayo? Dentro cabrían ahora dos Sanchos, que os parecéis ya más a vuestro amo que al antiguo escudero que conocimos en Sierra Morena.”

…..

“De Sancho Panza, en Puerto Viejo, Perú, a su mujer Teresa Panza, en la Mancha.
No puede el hombre huir su ventura, blanda ni dura, y aquí estamos en Puerto Viejo, más dura que blanda, esperando mejorarla, si fuere posible, que no será, siendo tan buena como viene siendo desde que dejamos aquella. No hay mucho que contar, sino que en todas partes cuecen habas, y aquí mueren como allá, y otros nacen. Mi señor Sansón Carrasco fue padre de una niña, y nos viene sirviendo una negrilla, que aquí no hay nadie que pudiendo no la tenga, y lo mismo digo de los indios, y ya el señor Carrasco lleva en la cabeza el modo de hacerse con algunos, si acaso su tío no los tiene, que los tendrá, pues en estas tierras el que no los tiene no tiene que comer, al decir de todos. En dineros no corre acá tan bien como con don Quijote, pero las promesas de haberlos son más firmes y valederas que con él. Y has de saber también que pasada la equinoccial no hay piojos. Mira de pedirle a nuestro amigo el cura o el barbero te haga crónica de cómo está casa, hacienda y aldea, porque acá uno de los mayores regalos que se tienen es saber por lo menudo las cosas de allá, y por eso te suplico que no te canses de escribírmelas, que más se precisa aquí una carta que todos los tesoros de las Indias. Y vete pensando cuando mande dinero, cómo y cuándo venir y convencer a Sanchico y a Teresica te acompañen, que acá es fácil ganarlo, y nunca preguntan a qué lo ha ganado Fulano, sino qué tiene, y diciendo que tiene algo, tapan todos la boca y callan.
A todos los señores vecinos y deudos besa las manos muchas veces el que desea verte más que a sí mismo, Sancho Panza.”

(Andrés Trapiello, El final de Sancho Panza y otras suertes, páginas 16, 85-86, 327-328)

jueves, 5 de marzo de 2015

"LOS DOS HOTELES FRANCFORT": VIDAS PERTURBADAS EN LA CONVULSA LISBOA DE 1940



Los dos hoteles Francfort
David Leavitt
Traducción de Jesús Zulaika
Editorial Anagrama, Barcelona, 2015, 302 páginas.

   David Leavitt es una de las figuras más aclamadas de la actual narrativa norteamericana. Desde mediados de los ochenta ha publicado literatura de temática gay de buena calidad, sin caer en la tentación de la ficción “hetero”, en la que lo gay no pasa de ser una pincelada de fondo. Pero, como ya demostró, en obras anteriores (El contable hindú y sobre todo Mientras Inglaterra duerme), Leavitt sabe ubicarse, gracias a un buen estudio de las fuentes documentales, en los derroteros del subgénero histórico en el que inserta atrayentes tramas humanas. La lectura de estas fuentes -memorias, diarios, obras especializadas, cartas y novelas-  le han permitido retratar con gran verosimilitud la atmósfera del verano de la Lisboa de 1940, período temporal en el que se desarrolla la historia. Todo ello, unido a una intriga bien urdida, hace de Los dos hoteles Francfort una novela interesante, puesto que la Lisboa de aquellos meses retratada por la novela, es una ciudad donde el tiempo parece haberse detenido, provinciana, dormida, ensimismada en los ejes sociales y políticos de una dictadura cerrada. Pero es, sin embargo el lugar en el que se dan cita multitud de extranjeros, tanto espías como mujeres y hombres que intentan huir del avance imparable de los nazis que acaban de tomar París y conquistar gran parte de Francia. Un escenario muy apropiado para encuentros extraños e intrigas de todo tipo.
   Junio de 1940, dos parejas de norteamericanos que han vivido buena parte de sus vidas en Francia, llegan a Lisboa. Las dos están a la espera de un barco que los lleve a Nueva York. Son el matrimonio formado por  Peter Winter y su esposa Julia, judía, dato que mantiene en secreto, y la pareja  Freleng. Acaban de conocerse por azar en el Café Suiça. Residen  en dos hoteles bautizados con el mismo nombre Francfort, donde como otros muchos norteamericanos y europeos, se encuentran varados. Es el punto de arranque de una relación cercana, compleja, cada vez más intrincada y extraña entre ambas parejas. Porque, al poco tiempo de conocerse, comienza  a aflorar una doble vida entre tres miembros de este cuarteto, con no pocos secretos, traiciones, celos, pulsiones sexuales. Y el irrefrenable deseo de autodestrucción en el otro miembro del grupo, Julia, la mujer de Peter Winter, ignorante sin embargo de los laberínticos engaños que su marido y la pareja Freleng llevan  a cabo a sus espaldas, y que, como en las tragedias griegas, van anunciando el dramático clímax, cuando el Manhattan, el navío norteamericano se prepara para rescatarlos.
   Los Freleng son nómadas, sofisticados, ricos, esclavos de una vieja perra, escritores de novelas policíacas de éxito que firman con un heterónimo. Forman una pareja dispar y muy peculiar, de costumbres sexuales pactadas muy poco convencionales. Iris, la esposa, no le prohíbe a su marido Edward sus aventuras homosexuales, pero las sabe manejar. Este por su parte envía hombres a la cama de Iris para castigarla y para compensarla, para acercarla y para alejarla (página 190). Y aunque la novela no pivota en la homosexualidad, muy pronto tras el conocimiento, se inicia una tórrida historia gay entre los dos maridos. Llega un momento en el que los tres, Iris, su marido y Peter, interpretan una engañosa representación para un involuntario auditorio de un solo espectador: Julia. Mas como todo lo que hacemos suele acarrear consecuencias, en las pocas semanas previas al embarque, cambiarán muchas cosas en la existencia de ambos matrimonios. El final melodramático con el suicidio presentido de Julia, con un gran interrogante cerniéndose sobre sus motivaciones, pone fin a esta novela en la que no faltan guiños metaliterarios e incluso una novela dentro de la novela.
Elevador Santa Justa, lugar de gran importancia en esta novela
   Narrada en primera persona por uno de los protagonistas, la novela refleja sobre todo un tiempo convulso, perfecto caldo de cultivo  para ambigüedades conductuales, como si en los tiempos de crisis los seres humanos tuviésemos derecho a un cierto desorden moral. Novela bien construida, sin grandes alardes estilísticos, mas con un estilo de prosa que envuelve al lector sin que este se dé cuenta. Poblada por personajes banales, estereotipados, perfectamente delineados, sobre todo a través de su evolución en las pocas semanas de su estancia lisboeta. Y una excelente delineación  del contexto. David Leavitt no solamente dibuja un buen fresco de la Lisboa de 1940, con sus barrios, plazas, calles, restaurantes, sus edificios históricos con fachadas en tonos azules, rosas y verdes, sus elevadores y burdeles, sino que sabe transmitir el ambiente de aquellos días en una ciudad que es un avispero de espías y burócratas, y en la que innumerables extranjeros han depositado sus últimas esperanzas de salvación de la barbarie nazi. Y, a pesar de las relaciones cada vez más extrañas y complejas entre los principales personajes, el equilibrio narrativo y el ritmo del enredo nunca decaen. Novela pues de una ciudad, protagonista en buena medida, en tiempos convulsos en la que el autor ha sabido inserir en perfecta mesura las perturbaciones de los protagonistas.

Francisco Martínez Bouzas

                                                  
David Leavitt
Fragmentos      

“-Mírales –dijo Edward-. Recoged capullos de rosa mientras podáis y todo eso. Es el final de Europa; por eso bailan, y por supuesto Lisboa es también el final de Europa. La punta del dedo de Europa. Y todo lo que Europa es y significa está condensado en esa punta. Demasiado. Es una cisterna llena a rebosar…, y cada vez que un barco zarpa el nivel del agua baja un poco. Pero no lo suficiente. Y mientras tanto las compuertas siguen abiertas.
-Un momento. Según lo que acabas de decir, Lisboa es una cisterna…
-Exacto.
-Y los refugiados son agua…
-Correcto
-Pero eso significa que, cuando embarquen, el barco llevará una carga de agua. Llevará como carga el mismísimo elemento sobre el que navega.”

…..

“-¿Adónde vas? -le pregunté a Edward, que había recogido su ropa y se dirigía hacia las dunas.
Tampoco ahora me contestó. Quizá no me había oído. Recogí mi ropa y le seguí, y llegamos al bosquecillo de pinos. De la arena brotaban aquí y allá matas de barrón. Edward dejó su ropa en la arena y vino hacia mí.
Con mucha delicadeza, me quitó las gafas de la cara, las plegó y las dejó encima del montón de ropa.
-Por qué has hecho eso? -dije.
Y él dijo:
-Para que puedas decir sin mentir que no viste lo que iba a pasar.”

…..

“Una extraña apatía marcó nuestros últimos días en Lisboa, como si, después de semanas de nadar contracorriente, de pronto hubiéramos caído en una de esas balsas de agua salada caliente que salpican la costa portuguesa, y que ciertos enfermos buscan con fines terapéuticos. ¿Qué era aquella ciudad para nosotros, después de todo? Un embarcadero, una senda aérea de espera, una estación intermedia. Lo único que habíamos hecho en ella era esperar. Y ahora la espera llegaba a su fin, y yo no quería que fuera así. Cada mañana despertaba deseoso de que hiciera mal tiempo, de que se desencadenara una tormenta…cualquier cosa que retrasara la partida del Manhattan. Porque, con la muerte de Julia, los días se habían vaciado de tensión, y había dejado atrás un malestar que se percibía casi como grato.”

(David Leavitt, Los dos hoteles Frankfort, páginas 109-110, 114-115, 285-286)

lunes, 2 de marzo de 2015

"IZQUIERDA Y DERECHA": UN RETRATO MORDAZ DE ALEMANIA DE ENTREGUERRAS



Izquierda y derecha
Joseph Roth
Traducción de Sandra Chaparro Martínez
Editorial Pasos Perdidos, Madrid, 2014, 238 páginas.

   Joseph Roth (1894-1934) es uno de los grandes escritores del siglo XX, aunque su obra, al menos en las lenguas peninsulares, apenas se ha recuperado. Sin embargo, Roth es un escritor imprescindible especialmente en el periodo de entreguerras. Nació en Brody, una aldea ucraniana que entonces formaba parte del Imperio Austro-Húngaro. Joseph Roth era un judío rural, un “ostjuden” (judíos del Este), que tras su traslado a la ciudad, perdió la conciencia de su origen étnico judío, para él algo totalmente accidental. En su madurez se convirtió al catolicismo. La existencia de Joseph Roth, desterrado tanto de su lengua como de su tierra, fue un permanente deambular por las capitales de la Europa Occidental, haciendo de los hoteles su domicilio, siempre con la botella en la mano y en un constante despedirse de su identidad. Por eso mismo, su vida puede ser considerada como un ejemplo palpable del lento suicidio provocado por el alcohol. Un culmen existencial de su propia miseria interior. A pesar de ello, Roth fue capaz de escribir excelentes obras de ficción, centradas sobre todo en la Primera Gran Guerra. La marcha Radetzky y La leyenda del Santo Bebedor son las mas conocidas.
   Joseph Roth escribió Izquierda y derecha en 1929, en pleno ascenso al poder del nazismo. La novela es un retrato modélico de su época, centrado sobre todo en Berlín, del que el escritor nos ofrece un cuadro amargo y cáustico, así como una perfecta descripción del marasmo en el que vegetaba la República de Weimar. En la novela, Roth deja traslucir además algunas de las coordenadas de su propio mundo; de una experiencia vital en la que planea el fin crepuscular de un modo de vida: el de la sociedad centroeuropea de entreguerras y en la que ya se intuye una columna de humo maldito: la toma de la Cancillería por Adolf Hitler. Un fiel testimonio, pues, de su tiempo, que pivota en tres personajes: los hermanos Bernheim (Paul y Theodor) y un ruso mongol, Nikolai Brandeis, que monopoliza casi toda la segunda parte de la novela.
   Una historia, por consiguiente, de tres personajes en busca de su destino, que sin embargo esperan pasivamente. Historia sobre el colapso de la República de Weimar (el caos, la inflación galopante, la ruina de muchos ahorradores, los avispados que en  las hecatombes amasan grandes fortunas,  el surgimiento de grandes industrias…). Pero primordialmente, una historia sobre seres humanos. Ellos son los miembros de una familia, los Bernheim, en acelerada decadencia, con dos hermanos, Paul y Theodor que representan posturas encontradas. Paul, el hijo mayor, tras la muerte de su padre, está destinado a triunfar en esa Alemania de entreguerras, pero, después de dar muestras de un inútil talento, solventa su ruina económica con una boda de conveniencia. Theodor, su hermano, un cobarde resentido que se radicaliza en las filas del racismo para terminar simpatizando con los nazis, enturbiando la relación familiar a base de disgustos. Y junto a ellos, quizás el personaje más relevante de la novela, Nicolai Brandeis, un judío apátrida enriquecido, a quien detestan todos, pero que es capaz de afrontar su destino y sabe manejar las vidas de los dos hermanos y, con su olfato para los negocios, se convierte en el verdadero contrapunto de la descomposición social de aquellos años.
   Sumergidos en ese maremágnum, los dos hermanos  pretenden salir adelante, subir a la cima y para ello, no tienen escrúpulos en aceptar ayudas poco claras, ventajosos matrimonios de conveniencia y apoyo de personajes poderosos. En su entorno, una amplia nómina de personajes secundarios, revoloteando todos ellos en torno del  dinero de Brandeis. También varios personajes femeninos, relegados a una función secundaria: niñas consentidas y frívolas, defendiendo sus miserias y sus miedos, o traspasadas de una alcoba a otra como amantes complacientes.
   Josep Roth, a la vez que introduce el tema del irresistible ascenso nazi, retrata a base de un impactante humor negro, que a veces llega a la sátira feroz, el Berlín de entreguerras, con sus luces y negruras. Sobre todo con sus sombras. Una sociedad dividida, pero sin una frontera nítida entre izquierda y derecha, regidas las dos por los mismos ideales éticos: la moralidad del mundo queda en manos de la estabilidad monetaria. Son las bolsas las que definen la moral social. Con estos ideales convive un amplio elenco  de seres infelices y pasivos, perfecto caldo de cultivo para la hecatombe y la barbarie que, a los pocos años, asolarían a Europa.
   Joseph Roth construye la novela de forma perfecta, porque domina el arte de novelar, creando situaciones, conversaciones, descripciones, tanto planas como perfiladas que semejan escenas cinematográficas. Con gran pericia, evidenciando así mismo un pleno dominio del ritmo narrativo, acelerando o ralentizando  el desenvolvimiento del relato según demanda la ocasión. Estilo directo, sencillo, hermosamente pulcro, capaz sin embargo de comunicar a través de sugestivas imágenes y tácticas  expresionistas, capaces de describir con una sola frase o palabra todo un estado de ánimo y reflejar aquella sociedad de entreguerras en plena descomposición.

Francisco Martínez Bouzas

                                                     
Joseph Roth
Fragmentos

“Ya había tenido tres citas con Paul Bernheim. Un día tomaron el té de las cinco; otro hicieron una excursión en coche sin dirigirse a ningún sitio concreto y, al tercero, pasearon alegres, lentamente, en vez de jugar al tenis como habían planeado. Al día siguiente tenían previsto montar a caballo.
Para demostrar que conocía a los jóvenes y notaba cualquier pequeño cambio en su sobrina, el señor Enders preguntó:
-Estás enamorada, ¿verdad?
Irmgard consideraba a su tío tan pasado de moda como él se creía moderno. No le gustaba la palabra «enamorada», se refería a un estado de ánimo que no resultaba adecuado en una joven de su tiempo.
-¿Enamorada? Puede que solo quiera casarme.
-¡De acuerdo! Me alegro de que seas lo suficientemente moderna como para no confundir el amor con el matrimonio. Porque, como sabes, no puedes casarte con quien te dé la gana, aunque sí puedes enamorarte de quien quieras -explicó el señor Enders.
-Pero, tío, soy independiente.
-No hasta ese punto.”

…..

“Todas las carreteras del mundo se parecen. Los burgueses del mundo entero se parecen. Los hijos se parecen a sus padres. Puede que quien llegue a esta conclusión, desespere pensando que nunca asistirá a transformación alguna. Por mucho que cambien las modas, las formas de gobierno, el estilo y el gusto, nunca lograrán eclipsar esas leyes eternas que hacen que los ricos construyan casas y los pobres chozas, que los ricos lleven ropa y los pobres harapos. Pero esas mismas leyes son las que hacen también que tanto los ricos como los pobres amen, nazcan, enfermen y mueran, recen y mantengan la esperanza, desesperen y se marchiten.”

(Joseph Roth, Izquierda y derecha, páginas 161, 215)

domingo, 22 de febrero de 2015

"SOLITARIOS", DOS NOUVELLES ENSAMBLADAS POR EL AZAR Y LOS NAIPES



SolitarioS

José Manuel de la Huerga

Menoscuarto Ediciones, Palencia, 2014, 218 páginas



   En SolitarioS José Manuel de la Huerga reúne dos novelas breves, escritas en épocas y situaciones distintas de su proceso creativo. Ambas, tal como revela el autor, estaban guardadas en el “cajón-limbo” de la espera. Cuando el escritor, en el año 2011, percibió que las dos resistían su “núcleo de calor” que las podía salvar del olvido, decidió publicarlas hermanadas en el mismo volumen de Menoscuarto Ediciones. Son “Ultramarinos El Pez de Oro” y “Naipe de señoritas”. El título que las arropa, SolitarioS, un falso palíndromo, connota, ya desde el pórtico del volumen, la pluralidad del material narrativo  en distintos ámbitos: dos novelas breves que soportan cualquier orden de lectura. Y así mismo, pluralidad de personajes que comparten, no obstante, rasgos comunes: personajes provincianos, solitarios, marginados, perdedores, más antihéroes que héroes; las mismas coordenadas espacio temporales: finales de los años 60, en el tardofranquismo, en una ciudad imaginaria, Barrio de Piedra, un lugar que aglutina calles y plazas de varias ciudades castellano-leonesas. También el mismo trasfondo de juego de naipes, la misma columna vertebral en los dos relatos, ilustrada incluso con imágenes cartománticas, si bien con distinta finalidad en cada una de las dos nouvelles.

   La primera de ellas, “Ultramarinos El Pez de Oro” da comienzo con varias escenas que pueden provocar cierta confusión lectora, porque, a primera vista, el relato parece inclinarse por el camino de las aventuras. Tras una prolepsis  en la que el autor nos muestra a los principales personajes, Berta y su hijo Cachelo viajando en tren camino de Lisboa, el relato retrocede a un tiempo anterior. Berta regenta una tienda de ultramarinos. A ella llega un viajero portugués representante de bacalao. Berta se ofrece a echarle las cartas. Intiman, tienen una relación amorosa en una noche presidida por el deseo. Berta queda embarazada. Espera una niña, pero nace un niño, Ricardo, sordo severo, aunque la madre le bautiza Cachelo, la única palabra portuguesa que conoce. En un programa de radio Berta escucha que la cadencia de la lengua portuguesa es muy beneficiosa para que los sordos severos recuperen el oído. Y un día, en el tren de medianoche, se dirigen a Lisboa, porque además la madre está convencida de que cuando padre e hijo se encuentren en Lisboa, el niño hablará.

   Ya en Portugal, con los inesperados amigos, con los libros, con la presencia, aunque no explícita de Fernando Pessoa y su bellísimo Livro do desasosego, el relato adquiere una fuerte tonalidad poética. En Portugal, callejeando por Lisboa, por Chiado, Alfama, Cascais, Belém…, la magia envuelve a la madre y al hijo que se comunican entre si por el tacto. El recitado de textos poéticos que escucha Cachelo, será su gran terapia. La gran verdad: la constatación de que la felicidad del encuentro está al final, cuando nos hayamos pasado la vida buscando (página 133). Un relato pues que nada tiene que ver con los cuentos maravillosos, irreales, sino con ese prodigio que son las capacidades ocultas de los seres humanos y con los toques de la varita mágica de la suerte.

  
Fernando Pessoa (homenajeado en este libro)
También Barrio de Piedra, la vieja ciudad de provincias, es el escenario de la segunda historia, “Naipe de señoritas”. En ella, José Manuel de la Huerga, nos conmueve con la vida del protagonista, Félix el Simpar, un soltero trasnochado y empedernido, pero ligón pertinaz. Vive solo desde la muerte de su madre, acompañado únicamente por un naipe de cuarenta cartas. Ocho de ellas eran de chicas que se iban desvistiendo en cinco posiciones predeterminadas. Trabaja en los juzgados y si algo desea, es triunfar en el amor. Ronda a las menos agraciadas de sus compañeras creyendo que así tendrá más posibilidades, mas sus premios son plantones femeninos. Por eso consume su vida rutinaria entre el trabajo en los juzgados y la mesa camilla de su domicilio, interrumpida por unas manos de naipes de “sus señoritas”, siempre dispuestas y complacientes.

   Hasta que un día, de forma azarosa, el naipe de señoritas desnudas le proporciona una experiencia sexual no rentada con la mujer más deseada de su juventud, un embarazo, un matrimonio y una hija. El regalo de la felicidad de un ser débil que durante muchos años proyecto sus deseos en el azogue de las cartas. Hasta que la casualidad hace que se cumplan y, como escribe el autor, halle su pececillo de oro: el amor de una familia.

   Dos nouvelles pues ensambladas, que efectivamente pueden tener una lectura envolvente, suturadas además por la presencia de los protagonistas de la primera en la segunda, por las provocaciones del azar, por una gran ternura, un finísimo humor y finales optimistas y luminosos. No pocos guiños culturales, especialmente a Fernando Pessoa y a sus heterónimos en la primera historia, prescindibles no obstante para aquellos lectores que buscan la esencia de las historias, cuya fuerza reside en buena medida en la eficaz construcción de los personajes centrales que despiertan de inmediato la empatía del lector y hacen que les acompañemos con placentero interés en sus amables y azarosas experiencias vitales en búsqueda de la felicidad.



Francisco Martínez Bouzas



                                                     
José Manuel de la Huerga  (Foto Eduardo Margareto)

Fragmentos



“Fernando el Portugués le duró una noche a la luz de una vela de vainilla. Aromática y embriagadora, pero una sola noche. Iba a bajar la persiana de la tienda y recibió su visita. Era un caballero venido de muy lejos, elegante, trajeado, con sombrero de ala ancha con cinta de raso y maletín de representación. Soñaría con él muchas noches después, como si viniera sobre el Caballo de Oros, iluminado por un sol nocturno. El amante fugaz contaba con melancolía cómo en su ciudad los paquebotes atravesaban de una orilla a otra la desembocadura del río (…). Gracias al viajante portugués Berta descubrió que había mundo y sintió dentro de ella una rama que se desenganchaba de los juncos junto al Puente de Piedra y las Aceñas, a las afueras, y continuaba viaje hasta ultramar. No lo pudo resistir. Se amaron tras la mesa camilla, entre las estanterías, y el Portugués le trajo al olfato la brisa de la desembocadura del Tajo en Lisboa.”



…..



“Félix se decidía por una chica, por lo general una nueva. La menos agraciada, aunque eso era a veces difícil de precisar. Con la más fea en el ojo de mira, creía que tendría más posibilidades de éxito. Desde primera hora de la mañana estaba atento a acercarle cualquier necesidad, papel de calco o papelillos correctores, un timbre o una aspirina a las de la jaqueca regular. Si no estaba de servicio por la calle, que era lo más habitual, el agente acertaba a estar detrás de la chica elegida para ajustarle la silla a la mesa. Además el resabido funcionario sabía dónde encontrar algún cojín para alojarlo bajo el rotundo pandero femenino, embutido en falda gris perla de tablas. Era momento para el jolgorio general, algún silbido y risa desbocada, hasta que una mirada de autoridad de doña Pilar, la decana, planeaba sobre toda la sección y comprobaba que el martilleo de las Underwood expiaba el nefando pecado de la procacidad juvenil colectiva.”



…..



“Félix se sorprendió de que los vahídos no le hubieran visitado. Tendría que habérselo recordado a Eva María. Quien sabe, quizás sería bueno hacer el amor con frío. Pensó que le apetecía tomar algo. Tenía gracia lo de tomar. Recordaba hacía un par de minutos la frase apoteósica de la amante: «Tómame, Felisín». Por querer tomar, él también querría tomar a Sophia, la rubia de su naipe. Años y embarazos habían pasado factura a la chica diez de su adolescencia. Eva había engordado, le sobresalían michelines sobre la braga, y las fantasías del liguero y medias de seda escamoteaban a duras penas celulitis y varices. Por no hablar de sus pechos, cuando ella misma se desabrochó el sujetador. Se le vinieron al ombligo. Las manos de Félix se quedaron agarrotadas al recogerlos y pretender devolverlos a los cazos turgentes de los diecisiete años, cuando un domingo veraniego de piscina, a la chica se le había salido uno, duro y respingón, y Félix lo había pillado al vuelo, jugando en las toallas. El Simpar había guardado aquella imagen como la mejor travesía por el desierto de su juventud. Y aún la recordaba, cuadrando solitarios con su naipe de señoritas.”



(José Manuel de la Huerga, SolitarioS, páginas 22-23, 155-156, 188)

jueves, 19 de febrero de 2015

"LA VIDA QUE NOS MATA": UN DETECTIVE PLUMÍFERO Y SENTIMENTAL



La vida que nos mata
Xabier López López
Traducción de Isabel Lacruz y Xabier López López
Editorial  Funambulista, Madrid, 2014, 331 páginas

   La madrileña Editorial Funambulista celebró el pasado año su décimo aniversario con la traducción y publicación de A vida que nos mata (2003), una de las piezas ficcionales que consagraron definitivamente a su autor Xabier López López (Bergondo, A Coruña, 1974). En su versión original gallega la novela fue ganadora de varios premios, entre ellos el de la Crítica Española. Desde su publicación la carrera literaria de Xabier López López no ha hecho más que crecer y está considerado en la actualidad como uno de los narradores referenciales de la literatura gallega.
   En una taxonomía canónica, La vida que nos mata es preciso encuadrarla dentro de la novela policial o subgénero detectivesco, porque la novela se arropa con todos los ingredientes del género negro. En la misma se cumple el esquema detectivesco orden-desorden-orden restaurado -aunque la sorpresa  que el autor nos regala en el desenlace, no deja de ser mayúscula-; gradual crecimiento de la intriga y del interés a medida que avanza la acción; un relato así mismo en primera persona siguiendo el ejemplo de los maestros del género, puesto que las cosas dan la impresión de ser mas verdaderas cuando nos son ofrecidas en las palabras de su directos protagonistas. Sin embargo, la novela de Xabier López López no se cimienta en ningún sostén ideológico, ni en la glorificación de la omnisciencia de los personajes e instituciones encargados de velar por la conservación del orden en la vida burguesa, sino  en el empeño obstinado, y sin duda sentimental, de un periodista, Sebastián Faraldo, un adolescente de cincuenta años y cien kilos, convertido por esta pieza ficcional en uno de los detectives más famosos y peculiares de la narrativa gallega.
   El caso que le corresponde resolver al plumífero Sebastián Faraldo, es un doble asesinato, cometido en los días de la República en el Gran Hotel Mondariz-Balneario (Pontevedra). En efecto, el periodista Faraldo recibe el encargo del periódico en el que trabaja, El Matutino, de cubrir una boda que se va  a celebrar en el Gran Hotel de Mondariz. Pero las nupcias no llegan a celebrarse porque súbitamente se produce el doble asesinato de la novia y de su prometido. La guardia civil detiene como sospechoso al fotógrafo que acompaña a Sebastián Faraldo y, acto seguido, el juez le imputa el crimen, basándose en indicios circunstanciales y en su militancia política anarquista. Es entonces cuando Sebastián Faraldo, un verdadero sentimental pero tan loco y testarudo como el capitán Ahab de Moby Dick, personaje con el que se identifica, decide intervenir, penetrar los secretos del crimen, coger la pista del mismo e ir tirando de los hilos que halle. El ovillo eran sin duda los novios, y los hilos, sus respectivas familias. La meta que persigue: demostrar la inocencia de su compañero.
   El relato entra, a partir de la decisión de Faraldo, en una verdadera itinerancia que llevará neófito detective primero a Madrid, introduciéndolo en los bajos fondos y en su bohemia literaria; más tarde al corazón de la industria siderúrgica de Euskadi, para retornar de nuevo a Galicia e investigar en las estructuras ocultas de los conserveros de las Rías Baixas. Será entonces cuando aparezca, como pista de la investigación, una historia turbia de empresarios que no aceptan el nuevo orden democrático, que emplean tapaderas, hombres de paja, matones sin escrúpulos que trafican con objetos que nada tienen que ver con sus pretendidas actividades fabriles, e intentan financiar un partido político de corte fascista para controlar a los obreros de sus industrias.
  
Gran Hotel Mondariz-Balneario
Finalmente, una concatenación de casualidades, unida a una suerte de proceso selectivo, dirige la investigación de Sebastián Faraldo hacia los culpables. Y cuando todo semeja claro y resuelto, un inesperado giro de ciento ochenta grados, con el que nos sorprende el autor, tensa la cuerda del suspense y le hace justicia al título de la novela.
   Pero La vida que nos mata no solamente destaca por el tirón creciente de la acción detectivesca, sino también por la maestría con la que el autor describe ambientes, climas humanos y costumbres -sin que por ello pueda considerarse esta una novela costumbrista- que actúan como perfecta ambientación de la acción novelesca. Enfatizo de una forma especial la primorosa recreación de la atmósfera de los cafés literarios y de ciertos tugurios de Madrid, y el aire nostálgicamente decadente de Mondariz, una villa fantasma, un cadáver nostálgico en su enfermedad terminal. Por eso mismo La vida que nos mata no solamente es una excelente pieza detectivesca que tira de la atención lectora, sino también un fotograma melancólico de toda una época.

Francisco Martínez Bouzas

                                                     
Xabier López López
Fragmentos

“Me despertó, con gran sobresalto para mi ánimo, un jaleo harto alarmante para la despreocupada vida en la que se arreboza un balneario. No digo que en otro sitio -y pongamos por caso mi plaza- aquel pandemonio de gritos, voces, motores y botas claveteadas fuese cosa de todos los días, que no lo era, pero en un balneario, diablos, en un lugar en el que el alboroto y el silencio están medidos por una suerte de regla monástica, aquel repentino mandoble matinal se nos antojaba tan desagradable como un solo violín ejecutado con una sierra.
Me acerqué aprisa: varios coches negros, gente que formaba corros y una pareja de la Guardia Civil, con sus funestos fusiles y capotes, que pesquisaba en los jardines. No tuve que esperar a espabilarme por completo para saber que algo terrible había sucedido.”

…..

“Llamar cripta al Pombo, como había hecho alguna vez Ramón Gómez de la Serna, era gastarle una broma bien humorada, hacerle una gracia literaria al local que desde siempre había acogido sus tertulias. Con el Bombay no había tropos ni disfraces de ningún tipo: aquella gruta oscura comida por la humedad, aquel tugurio codicioso de espacios, era un enterramiento en vida de docena y media de catalépticos que ya no tienen fuerzas para arañar la tapa del ataúd y se comportan con la resignación de que cada trago espasmódico de oxígeno puede ser el postrero.
Humo. Humo como en el corazón de un gran incendio. Serrín en el suelo y el estrépito continuo de vasos y botellas que se estrellan. En un salón, los fragmentos de varios ripios exaltados que, juntos, conforman un ripio más grande, tal vez ya el RIPIO, en letras mayúsculas. En otro -la neblina del humo con una coloración distinta-, un pianista de música moderna que echa el cuerpo hacia atrás y más atrás, alejándose de las teclas, tocando ya a duras penas con las uñas, como si anhelara que no lo relacionasen con aquel asesinato musical en el que el alcohol era cómplice necesario. Sin que el Bombay fuese un burdel, que en puridad no lo era, a mí me olió a burdel. Tetuán, Pontevedra o Madrid, los burdeles huelen siempre igual: a una mixtura de perfume barato, anís y fiebre, ceniceros metálicos que conservan rescoldos y nicotinas viejas y aquel otro punto dulzón y agrio, aturdidor después en las propias uñas, puede que fragancia de mucosas, puede que olor a culo, a intersticios de nalgas sudadas.”

(Xabier López López, La vida que nos mata, páginas 90, 188-189)