domingo, 19 de junio de 2011

PRUDENCE GUADAGNI TIENE SU JARDÍN

El Jardín
Constance Fenimore Woolson
Traducción de Israel Centeno
Ilustraciones de Ximena Maier
Editorial Periférica, Cáceres, 2010, 93 páginas.

Constance Fenimore Woolson (1849-1894) es una escritora norteamericana totalmente desconocida en España. Sobrina nieta de James Fenimore Cooper, autor de El último mohicano. Se inició en la escritura con relatos en dos prestigiosas revistas americanas. Con aproximadamente cuarenta años, se trasladó a Europa en donde cultivó una gran amistad con Henry James, amistad que dio pie a que se hablara de que existía un romance entre los dos. Como consecuencia directa o indirecta de una depresión, falleció en Venecia, al tirarse o caerse de o por una ventana. Como escritora se hizo popular con su serie Relatos de los Grandes Lagos, la novela For the Major (1883) y otras narraciones de diversa extensión publicadas póstumamente, entre ellas Front the Yard, editada por primera vez en España con el título de El Jardín. Editorial Periférica nos brinda una excelente edición. Todo lo que configura el paratexto (ilustraciones, papel, cubierta) es de primera calidad.
El Jardín narra la vida en Italia de una mujer de New Hampshire que, con cuarenta y cinco años, llega a este país  para acompañar y ayudar a un primo lejano, inválido y adinerado, que muere repentinamente al poco tiempo del arrivo. En vez de regresar a Nueva Inglaterra, Prudence, la protagonista, cae presa del amor de un apuesto e inesperado galán italiano, Tonio, con el que se casa. Viven en la Umbría en un pueblecito de montaña. Y allí se siente feliz, a pesar de las calles empinadas, una disparatada beatería y una incontable caterva de niños y familiares, a los que tendrá que cuidar. A los veinte meses fallece el esposo y Prudence se queda “sola” en el mundo, con un escaso peculio, ocho niños y otros familiares a su cargo, que explotarán afectiva y económicamente a la cándida norteamericana.
Constance Fenimore Woolson
Mas, a pesar del agobio que le produce el cuidado y sustento de esta familia extensa, la protagonista suspirará y ahorrará con todas sus fuerzas para tener un jardín. Pero dinero ahorrado, dinero que es devorado por el insaciable apetito de algunos de los familiares. Al final de sus días, no obstante, puede contemplar el jardín imaginado: el gran paisaje que ocultaba el establo, la amplia llanura de Umbría, con los árboles, los ríos y los desperdigados y minúsculos pueblecitos brillando en las colinas.
El Jardín refleja perfectamente la mentalidad del campesinado italiano y la percepción negativa que de él tiene la autora (
“Pero la señora de Tonio Guadagni sabía del tradicional salvajismo de Asís y que aún había bastantes salvajes entre los campesinos del pueblo de montaña y sus alrededores”, página 43). Constata así mismo el amor, la generosidad, la abnegación y la candidez de la protagonista. Una lectura en clave actual -mucho más si se lee desde el feminismo-  descalificaría con toda probabilidad este relato anclado entre una visión arcaica y patriarcal de la mujer, ese ser abnegado que se entrega sin límites, y sus parcos sueños, a los que debe de renunciar debido a una incorrecta lectura del sentido del deber.
Relato intimista y a la vez costumbrista, adornado con precisas y detalladas descripciones y un buen dominio del ritmo narrativo. Todo ello cobijado en una encomiable y sagaz estructura narrativa que nos permite leer con cierto placer este pequeño fresco de un mundo que, hace ya muchos años, dejó de ser el de hoy.

viernes, 17 de junio de 2011

UN FRESCO DEL MAL ABSOLUTO


Capesius, el farmacéutico de Auschwitz
Dieter Schlesak
Prólogo de Claudio Magris
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2011, 397 páginas.

Lo recuerda Claudio Magris. Después de Auschwitz es imposible escribir poesía. Es el dicho de Adorno, sabedor consciente de que, solo navegando en las fronteras más extremas del ser humano y de lo decible o enunciable, es posible que arraigue en esta tierra maldita la palabra poesía. Dieter Schlesak, nacido en Transilvania, de identidad sajona-transilvana, se ha aventurado en numerosas obras, empleando tanto la poesía como el relato estremecido, en esa infame “tierra de nadie” de la historia contemporánea: el asesinato en serie de millones de seres humanos, “el más atroz y fétido matadero de la historia” (C. Magris).
Uno de sus periplos por esa tierra de nadie de la infamia y del horror es su novela Capesius der Auschwitzapotheker, traducida por Seix Barral con el título Capesius, el farmacéutico de Auschwitz. Una novela documental que, desde la verdad, cita al lector con los horrores, sirviéndose de  un solo personaje imaginario, el deportado Adam Salmen. Él lo ha visto, estuvo allí, lo sabe todo, perteneció al Sonderkommando, el pelotón de trabajo, compuesto exclusivamente por judíos, que tenía la función de introducir a los prisioneros en las cámaras de gas e incinerar los cadáveres. Y ha sobrevivido para contárnoslo, reproduciendo hechos reales y objetivos y palabras dichas por las víctimas. Adam conoció a Capesius, un farmacéutico de una pequeña ciudad transilvana, destinado a Auschwitz como oficial de las SS. Allí custodiaba el Zyklon B, el gas de las cámaras. Capesius es un hombre afable, un trabajador infatigable. Una “buena persona”. Un día llegó a Auschwitz un tren cargado de deportados judíos de su tierra natal. Capesius les espera en la rampa del campo de exterminio. Muchos le reconocen y le miran esperanzados. Él, junto con Josef Mengele, son los encargados de seleccionar a los que serán exterminados de inmediato en la cámara de gas. Lo hacía con total sangre fría, sin acritud, con amabilidad  y con la mentira como antifaz: tranquilizaba a los que se quejaban de ser separados de sus familiares, diciéndoles que la separación era necesaria, porque todavía tenían que recorrer un amplio trecho de diez kilómetros y a los niños, enfermos y débiles se les concedía el privilegio de ser llevados en coche. El privilegio era el horrible destino de las cámaras de gas, donde Capesius  vaciaba las latas del Zyklon B y contemplaba desde la mirilla la agonía de los gaseados.
También con Capesius se encontró ficcionalmente Adam Salmen en el juicio de Francfurt de 1964, en el que el farmacéutico exterminador nunca se sintió culpable, no tuvo un solo sentimiento de arrepentimiento ni de vergüenza. Solo miedo. Será condenado únicamente  a nueve insignificantes años de prisión  y moriría tranquilo en la cama de su hogar.

Dieter Schlesak
Dieter Schlesak investigó durante tres décadas la figura del farmacéutico de Auschwitz y, a modo de reportaje-verdad, recopila los testimonios de cientos de personas involucradas en el vivir y morir diario de los campos de exterminio de Auschwitz y Bikernau. Mediante la sutura de sus testimonios y de las actas del juicio, el escritor transilvano narra lo sucedido a los judíos, a los gitanos, a los musulmanes (las personas rotas, los muertos vivientes), allí torturados y exterminados entre 1943 y 1944. El hilo conductor de su narración es Capesius. Adam Salmen, el único personaje imaginario. Él y sus palabras serán la voz de los que fueron ahogados con el Zyklon B.
Con los testimonios de los prisioneros, de los médicos, de los SS, de los trabajadores del campo, Dieter Schlesak hilvana un relato aterrador, un viaje por la barbarie más salvaje, en el que la crueldad humana y el instinto asesino del “homo sapiens sapiens” supera todo lo que el lector haya podido ver, leer o imaginar. Es el fresco del mal, como escribe Claudio Magris, dibujado con monstruosidades en la lucha por la supervivencia, que provoca que los propios prisioneros destinados a la muerte, sientan alegría por el exterminio de sus semejantes o participen en sus torturas, porque eso significa más comida o un día más de vida. Es la perversión absoluta, inaudita: convertir a las víctimas en verdugos. Dieter Schlesak lo narra en un relato potente, pero sobrio, aunque estremecido en esta iniciación de la historia de la humanidad a través del exterminio y del horror.
                                                  
                                           Fragmentos

“Nos empujan hacia las duchas. Veo llamaradas en una fosa larga, oigo gritos, el llanto de niños, el ladrido de perros, disparos de pistola. Las llamas altas cubren las sombras danzarinas. Humo, ceniza levitando y el olor de cabello y carne quemados impregna el aire. ‘No puede ser verdad’, grita mi vecino. Los perros pastor alemanes obligan a niños, mujeres y enfermos a lanzarse vivos a las llamas. Una ola de calor asfixiante. A continuación disparos. Una silla de ruedas es lanzada con un anciano a las llamas; un grito estridente. Los bebés vuelan como pétalos blancos trazando un arco alto hasta el fuego…Un joven corre para salvar su vida, los perros pastor le dan caza, le empujan hacia las llamas. Sólo resta un grito. Una mujer con un pecho descubierto amamanta a su niño. Es lanzada con el bebé al fuego. Un sorbo de leche materna hasta la eternidad”.
“Del diario de Adam: Un día los SS trajeron en camiones a musulmanas enfermas, en realidad eran muertas vivientes y ya no estaban con vida. Sólo una chica se mantenía todavía en pie, podía mantenerse sobre sus pies. Se dirigió a un joven fuerte, Jankiel se llamaba, y le dijo que acababa de cumplir los dieciocho años y que nunca se había acostado con un hombre, ‘quisiera tener esa experiencia antes de morir, ¿me harías ese favor?’ Jankiel estaba horrorizado, se dio la vuelta y se escondió.
Cuando ella estaba en la cámara de gas y él nos lo contó enseguida le hicimos una especie de proceso. Se produjo un animado debate. Pero Jankiel nos dijo: ‘!era completamente imposible! ¿Os habéis vuelto locos de remate? Era una musulmana desnuda y apestosa, sucia, cubierta con su propio vómito. Y esos pensamientos acerca de la muerte, pensar que iba a ir inmediatamente a la cámara de gas…¿cómo imagináis que uno pueda tener aún ese tipo de pensamientos…no, no podría, no hubiera podido, aunque fuera la última voluntad de una moribunda’…”
(Dieter Schlesak, Capesius, el farmacéutico de Auschwitz, páginas 13 y 271)

Auschwitz

lunes, 13 de junio de 2011

EL ENIGMA DE EZRA POUND


El espía
Justo Navarro
Editorial Anagrama, Barcelona, 2011, 212 páginas.

“Fu arrestato da due partigiani”. Una mañana del 3 de mayo de 1945 le detuvieron dos partisanos en Sant’Ambrogio, Rapallo. Eran tiempos de tiros en la nuca. Cuatro días antes, habían matado a Mussolini y le habían colgado por los pies, como a un cerdo en canal, en una gasolinera de Milán. En el camino cuesta abajo, el prisionero se agacha, pero solo cogió una semilla, una semilla de eucalipto. Será su talismán en las duras jornadas que le esperan. Así, por mediación de la prosa de Justo Navarro, asistimos al momento en el que el poeta estadounidense Ezra Pound es detenido, llevado ante los agentes de CIA y, posteriormente, encerrado en una jaula de barrotes de hierro en el campo de prisioneros americano de Metato (Pisa).
A partir de aquí, combinando analepsis y prolepsis, el novelista sumerge al lector en un experimento novelesco biográfico, tan de moda y tan frecuentado por el mismo Justo Navarro (recordemos su novela F sobre la vida y la muerte de Gabriel Ferrater). En este ejercicio experimental se indaga sobre la figura del poeta americano Ezra Pound, un personaje -no lo olvidemos- que, al margen de las adhesiones y rechazos que pueda suscitar, es una de las figuras literarias más estudiadas del siglo XX, luchador y propagandista de una poesía “pegada al hueso”, es decir, exenta de florituras, profeta del verso libre, un poeta en el centro del modernismo (Hugh Kenner).
Pero no es la obra en la que bucea Justo Navarro en El espía, sino en una conjetura narrativa sobre un tramo realmente incómodo de la vida de Ezra Pound: su extremada simpatía por el fascismo de Mussolini, su antisemitismo, su traición a su nación de origen, su propaganda antiamericana desde Radio Roma, su detención, su encierro en la jaula, a la intemperie, su traslado ante un Gran Jurado en EE.UU, acusado de felonía y traición por adherirse al enemigo, que, sin embargo le declarará loco y mentalmente incapacitado para ser sometido a juicio. Era un irresponsable, jamás podría ser juzgado por sus actos. Y, sin embargo, antes de salir del encierro de Pisa, un equipo de psiquiatras del ejército americano lo había encontrado sano, perfectamente cuerdo.
Surge así la especulación de Justo Navarro: ¿Fue el autor de The Cantos un agente doble que se servía de sus encendidos y estrambóticos discursos radiofónicos para enviar mensajes en clave a los aliados?
Justo Navarro, foto Agencia EFE
Ezra Pound fue conquistado para la radio por Lord Haw-Haw, un americano que emitía desde Radio Berlín brutales sermones antiamericanos. Desde el momento que le escuchó, Pound solo quería un micrófono: cantar, a través de la radio, las glorias de Mussolini. Ante tantas ganas de micrófono y la rareza de las arengas radiofónicas de Pound, los funcionarios del espionaje italiano sospecharon del poeta: ¿No sería acaso un agente doble al servicio de EE.UU? ¿Se le habría fabricado con absoluta y extraordinaria verosimilitud un perfil de traidor a su patria? ¿Fue eso lo que le salvó de la horca? Hoy sabemos que fue la intervención de distintas figuras del mundo cultural americano la que logró que el Gran Jurado lo declarara loco. Sin embargo, la habilidad con que el novelista se aferra a las escasas bases reales de su tesis argumental -la amistad de E. Pound con James J. Angleton, uno de los cerebros fundadores de la CIA, genio de la contrainteligencia y admirador del poeta- nos hace dudar y logra que consideremos casi como un hecho histórico, una trama ficcional. Es la fuerza de la ficción cuando discurre por cauces adecuados y con el ímpetu y el embrujo del torbellino: crear “verdades” con “mentiras”.
El excelente narrador que es Justo Navarro también nos obsequia en esta novela con dosis de juego metaliterario. Son juegos de autoficción, ya que la novela surge de la estancia en Pisa de J. N., traductor como el autor de la novela, que entra en contacto con la hipótesis de la condición de espía de Ezra Pound a través de Carlo Trenti, un autor de novelas policíacas, en cuya mente había surgido. La voz de este personaje, que frecuenta los mismos lugares en los que Pound había estado como prisionero sesenta años antes, la escuchamos en el último capítulo, titulado “La evasión”. Es esa voz la que le insinúa al heterónimo del autor la posibilidad de que, a través de las arengas delirantes y risibles de Pound, se transmitiera información cifrada para los aliados.
Una historia, pues, dentro de otra historia que certifica el dominio por parte de Justo Navarro de las técnicas narrativas más innovadoras, que conviven, no obstante, sin estridencias con la omnisciencia  de esa tercera persona que, de forma persuasiva y convincente (pero que se trasmuta en ciclón cuando nos cuenta la detención y el encierro en la jaula de Pound) nos hace partícipes de la ficcionalidad de un personaje real impopular, maldito e incómodo para el narrador. Un personaje cuyo enigma queda flotando en el aire: ¿Fue realmente Ezra Pound un héroe trágico a costa de ser doblemente traidor? ¿O fue un títere dogmático al servicio del fascismo? ¿O el fascismo una de sus múltiples máscaras?

Fragmento

La detención de Ezra Pound en el DTC de Metato (Pisa)

“Lo metieron en una celda o jaula de la muerte, aislado, aunque la jaula estaba abierta a los elementos. Un centinela lo vigilaba en silencio: tenía prohibido devolverle o dirigirle la palabra al prisionero solitario. Había fugas de campo, pero en masa. De las barracas de los locos alguna vez salía hacia la alambrada un pelotón de  presos disparatados, juntos y a toda velocidad, y disparaban las torres y no escapaba nadie. Era imposible que Pound rompiera los barrotes de la jaula (…) Escondía la cabeza bajo la manta, peligroso criminal entre criminales peligrosos. Así yacían los hombres en la pocilga de la diosa maga Circe, los compañeros de Odiseo. El veneno de Circe los convirtió en cerdos. Metió la cabeza bajo la manta, empequeñecido, como un pájaro. Vestía uniforme de faena, sin correa en los pantalones, sin cordones en las botas. Así te cambian los gestos, el modo de andar, aunque andes poco, un metro y ochenta centímetros de marcha siempre y otra vez, del sur al norte, del norte al sur de la jaula. Veía más allá de los barrotes cemento y tierra baldía. Tenía el aire y el sol en los ojos. No tenía cama, ni correa, ni cordones, ni contacto verbal con nadie, salvo con el capellán católico. Estaba a la espera de volar a Washington para sacar de su confusión al presidente Truman o ser juzgado”
(Justo Navarro, El espía, páginas 136-137)
Ezra Pound en 1940

domingo, 5 de junio de 2011

NEGRAS E INQUIETANTES PARÁBOLAS


La huida a caballo hacia lo profundo de la ciudad
Bernard – Marie Koltès
Traducción: Nicolás Valencia Campuzano
Ediciones Alfabia, Barcelona, 2010, 195 páginas.

En el año 1989 fallecía en París Bernard – Marie Koltès, el dramaturgo que, a pesar de su corta obra – apenas cinco piezas –, es un de los más profundos renovadores del teatro contemporáneo. Su impulso renovador, de no haberse interrumpido su vida de forma tan temprana, quizás hubiese superado o al menos igualado al de Samuel Beckett. Bien es verdad que su desaparición, llevado con apenas cuarenta y un años por la enfermedad que, en aquellos años, devastó  la existencia de tantos artistas e intelectuales, contribuyó a mitificar al personaje y, en buena medida, le sumó un plus publicitario a su obra.
Bernard Marie Koltès escribió una sola novela. Fue su primer escrito con exigente voluntad de estilo, La huida a caballo hacia lo profundo de la ciudad. Inédita hasta ahora en español, Ediciones Alfabia, con su versión de diciembre de 2010, nos ofrece la oportunidad de adentrarnos en la negra e inquietante parábola del autor de Roberto Zucco. Koltès escribió esta novela en 1976, con tan sólo veintiocho años, al regreso de un viaje  a la Unión Soviética y en un momento vital inquietante, anclado entre las tentativas de suicidio y los intentos de desintoxicación de la droga.
La huida a caballo hacia lo profundo de la ciudad es un texto complejo, cimentado en un alto grado de metaforización y en técnicas dramatúrgicas que se dejan ver en ciertas disposiciones paratextuales que se repiten con relativa frecuencia.

Bernard - Marie Koltès

En una ciudad de provincias – sabemos que es Estrasburgo aunque el autor nunca menciona su nombre – tiene lugar el vagabundeo de cuatro personajes a lo largo de varias noches. Son las hermanas Félice y Barba. La primera es una enferma con problemas de salud mental, salida con un permiso de la institución psiquiátrica. Barba, por su parte, es una simple camarera. Dos jóvenes, el adolescente Cassius y el árabe (“moro”) Chabanne, alternan como  amantes de ambas y las acompañan en su merodeo – huida en y de la ciudad, en cuyas entrañas enfermas se sumergirán. 
La novela es la crónica de la aceptación conformista de la negatividad, el diario nocturno de la caída desde la soledad vital de quien vive de espaldas a las convenciones, al precipicio del atropello, de la violencia y del exceso. Y en esa crisis, los jinetes cabalgarán los caballos desbocados  de la heroína y de la inmadurez. La novela, rebosante de parábolas y con altas dosis de onirismo, es un alegato, no exactamente contra la juventud y la droga, ni siquiera contra la sordidez y el desencanto existencial de una determinada juventud, sino una mirada  palpitante y extraña, en ocasiones sumida en el espanto, sobre lo que deviene la vida, una vida que s e abre paso a través de las brumas de la tristeza y del nihilismo.
El narrador no emite juicios, no condena ni exalta, huye de cualquier certeza. Simplemente nos convierte en testigos de su protocolo de fuga de un mundo que concibe como una insalvable barrera para la libertad humana, gobernado además por el absurdo y la futilidad 
Una gran metáfora pues de la vida y cuya lectura no provocará ni exaltación ni placer, sino pesadumbre, sometimiento y los mismos interrogantes que suscitan en la conciencia lectora o espectadora sus piezas dramáticas, sus soliloquios dispuntuados en los que habitan personajes herméticos en un constante y errático deambular.  

sábado, 4 de junio de 2011

EL FRÍO AZUL

El frío azul
Ramón Caride
Traducción: Juan Rodríguez Pastor
Grupo Anaya, Madrid, 2011, 99 páginas.

Esta novela, en su versión original en lengua gallega, se hizo merecedora en el año 2007, del Premio Lueiro Rey, uno de los más prestigiosos en narrativa corta de los que se convocan en Galicia. Su autor, Ramón Caride, es un escritor todoterreno, con una amplia y consolidada obra literaria en todos los géneros, y reconocido como tal por la crítica y por los lectores. Poeta destacado, cuyo género le inició en la literatura, autor de una amplia y variada producción de literatura infantil y juvenil, marcada casi siempre por los problemas ecológicos. Sin embargo, en mi opinión, es en la literatura para adultos donde Ramón Caride luce toda su fuerza fabuladora y una gran riqueza como expresión de la lengua. Una narrativa que se centra principalmente en su trilogía De sombras e de lumes. Es muy probable, sin embargo que los lectores de Ramón Caride se sientan aún más fascinados por algunos de sus numerosos relatos breves y no tan breves. Por ese desenlaces inesperados y cortantes que se iniciaron en el año 1990 con el volumen, Os ollos da noite. Incontables relatos que son prolongación de ese gran macrotexto que Ramón Caride escribe desde siempre. Esas historias profundas y dolientes en las que se anclan sus dos grandes obsesiones: la contingencia de la felicidad y la imposibilidad encerrar en el  determinismo de leyes y teorías el mundo de sus héroes y personajes. Una obra, pues, que rebosa trama, fabulación, máxima comprensión sobre todo en el relato corto, finales inesperados en los que se reitera la fascinación por las trampas del azar. Buena parte de esta narrativa, tanto de su literatura para adultos como la infantil y juvenil, se encuentra traducida al español y a otras lenguas.
En la misma línea, aunque abordando por primera vez una temática hasta entonces inédita en la obra del escritor, es preciso adscribir El frío azul. En el año 1985 el poeta gallego Manuel María escribía como parte del prólogo de uno de los primeros poemarios de Ramón Caride, unas líneas que nos descubren la huela de lo que, muchos años más tarde, terminaría siendo esta novela breve: “CEA DAS PANADEIRAS es una tierra sobria, hermosa, contenida y amparada por la Sierra Martiñá y por la leyenda monástica de Oseira”. Y en efecto, El frío azul es una novela injertada en la leyenda del monasterio de Oseira. También una novela histórica, pero solamente en el sentido de que se halla ambientada en el siglo XVI. En nada se asemeja a ese género de novela histórica que se acostumbra ver en los escaparates de muchas librerías y que no pasa de ser banalidad comercial.
Ramón Caride
El escritor nos sumerge, durante su recorrido ficcional, en la leyenda y en la historia. Las leyendas del Monasterio de Oseira, así como una leyenda muy popular de la comarca del Courel, se hallan en las bases de una trama que se inicia con la llegada de un viajero al Monasterio de Oseira, en el medio de una intensa nevada. Desde el inicio, el lector percibirá que, detrás de todo ello, hay un misterio, un enigma que se irá desvelando, como si tirásemos de un ovillo, a medida que avanza la trama. La sutura de historia y de leyendas y la voluntad de desvelar el misterioso bagaje, hacen del relato una novela itinerante que transcurre en distintos lugares de la geografía española, y de manera significativa, sobre todo por su valor simbólico, en Extremadura, en los pueblos de la “fala” del Valle del río Ellas, donde se habla una variante del gallego.
No son pocos los temas recurrentes en la producción literaria anterior del escritor que hacen acto de presencia en El frío azul. De forma muy significativa, la intolerancia y los abusos del poder, la postergación de la mujer, la destrucción de la naturaleza, fenómeno representado por la presencia invasora del poder eclesiástico. Creo pues
que es legítimo concluir que en su relato, Ramón Caride echa mano de leyendas y vestimentas históricas que aún perviven, para acercarnos historias reales, verdaderos dramas, insólitas aventuras, corazones heridos y, sobre todo, personas de carne y hueso, portadoras de una biografía en su pretérito y con un futuro, que, como la dicha, nunca será unidimensional ni sencillo, sino enmascarado por las sombras y repleto de interrogantes de difícil respuesta.
El alto valor literario de su prosa, la cuidada construcción de los personajes, la tensión dosificada de una trama que viaja a siglos pasados, la correcta contextualización del argumento en la filosofía y en la teología (platonismo y epicureismo, sobre todo) son así mismo alicientes que convidan a leer El frío azul en la versión de Juan Rodríguez Pastor.

                                         

martes, 31 de mayo de 2011

ATRAPADOS POR EL VENENO DEL MAL

El mar y veneno
Shusaku Endo
Ático de los Libros, Barcelona 2011, 200 páginas.

Shusaku Endo (1923 – 1996) es uno de los grandes escritores japoneses del pasado siglo. Candidato al Nobel de literatura en el año 1994, premio que no obtuvo en parte por las presiones de los católicos japoneses – Shusaku Endo fue católico -  ofendidos porque en una de sus novelas un personaje pisotea la imagen de Cristo. El mar y veneno, su primera gran novela, editada en el idioma original en 1958, ve ahora en Ático de los Libros su primera versión al español. La narrativa de S. Endo refleja en buena medida algunos dilemas de su fe católica, especialmente la responsabilidad del ser humano ante sus acciones, elecciones y omisiones, cuando estas provocan resultados trágicos. Su preocupación por el problema del mal establece sin duda una red de diálogos con Dovstoyevski o Graham Greene.
El mar y veneno está basada en hechos reales que tuvieron lugar durante la segunda Guerra Mundial: los horrorosos experimentos médicos llevados a cabo sobre prisioneros norteamericanos capturados por los japoneses, que culminan con la fría y metódica vivisección pulmonar de uno de ellos hasta producirle la muerte. Tales experimentos tenían por objeto determinar el límite cuantitativo de solución salina normal que se puede inyectar en las venas del prisionero antes de que muriera; evaluar el volumen de aire que igualmente se puede inyectar en las venas de otro prisionero a partir del cual el sujeto fallece. Y finalmente, el tercer experimento pretendía establecer el límite hasta el que se puede seccionar la masa pulmonar antes de que el prisionero fallezca. Todos estos experimentos, realizados sobra cobayas humanas, se consideraban de gran transcendencia para la medicina de guerra.
La novela nos acerca a esos brutales asesinatos desde el punto de vista de algunos de los personajes que participaron en los mismos. La acción transcurre en el hospital universitario de Fukuoka, reflejo de una nación derrotada, que vive entre la extrema miseria, el nihilismo y el hundimiento de unos valores considerados básicos y eternos tanto en la ética budista como en la cristiana: los prisioneros son unos bastardos, nos han bombardeado todo lo que han querido, ya están sentenciados a muerte. Poco importa de qué manera los ejecutemos. Por lo mismo son, junto con ciertos pacientes japoneses, marionetas en las manos de algunos cirujanos que experimentarán con ellos para medrar profesionalmente.
Con una estética muy personal y en un texto muy efectivo, aunque narrado con gran ahorro de medios, Shusaku Endo narra, no los aspectos macabros de las vivisecciones, sino la lucha interior que producen en Suguro, un estudiante de medicina, interno en el hospital, después del ofrecimiento del jefe de los cirujanos para que  participe en las mismas. Y las reacciones, conectadas a sus pasados, vivencias y entornos, de otros protagonistas activos de los experimentos.
El inicio de la novela se centra acertadamente en la enigmática personalidad del doctor Suguro, ejerciendo su profesión en un barrio residencial, en un consultorio obscuro, con olor  a falta de limpieza y las cortinas siempre cerradas. Una efectiva analépsis  traslada la acción hacia el pasado y nos lo muestra en su trato compasivo con los enfermos tuberculosos de Fukuoka y en sus dudas existenciales. Cuando se le propone participar en el experimento con los prisioneros no sabe porqué no reaccionó; simplemente dijo que si, dormitando después en una negritud de pesadillas. Es su lucha contra la pregunta por el porqué.
Otros protagonistas de los experimentos (“Los que serán juzgados”) son atrapados sin más por el veneno del mal, sin ningún remordimiento, ni sentido de culpa. Es el caso de la enfermera Ueda, una mujer profundamente herida, sin nadie en quien apoyarse. Acepta, aunque no le importa nada ni su país, ni el avance de la ciencia. O el interno Toda, verdadero paradigma de una moral heterónoma. No se considera una persona con la conciencia paralizada, aunque carece en absoluto del sentido de la culpa y del pecado y es capaz de contemplar, sin perturbarse, el sufrimiento y la muerte agónica de otra persona  mientras nadie se lo reproche.
Son los personajes secundarios de los asesinatos, capturados en sus complejidades emocionales, en sus contradicciones, e el juego de celos profesionales. En el infierno de unas vidas destrozadas por la guerra y negativas experiencias vitales anteriores. Insensibles, excepto Suguro, a cualquier sentido de culpa, en su mentes la idea de que estaban cometiendo un asesinato no había tomado forma ni había despertado ningún sentimiento. Ansiaban la puñalada del remordimiento, pero no sentían nada: ni dolor ni pena.
Shusaku Endo dibuja, como he dicho con una gran economía de medios, un fresco aterrador sobre esa zona obscura de la condición humana, capaz de convivir con crímenes abyectos, inmune ante el veneno del mal. Fuera, y como ruido de fondo, el rugido turbador de un mar igualmente obscuro. Es quizás ese rugido, metáfora de la obnubilación moral, el que ahoga las presadillas antes de que afloren en la conciencia.



Shusaku Endo


                                                   Fragmento

“Quería sentir remordimiento. Ansiaba la puñalada fría clavándose en su pecho, la que arranca el corazón y destroza el alma. Pero aunque había vuelto a la sala de operaciones en busca de esos sentimientos, no sentía nada. A diferencia de los civiles, estaba acostumbrado a los hospitales y sus frías salas de operaciones. En más de una ocasión había estado solo después de una operación. ¿Qué diferencia había entre esas veces y ésta? Si existía era incapaz de darse cuenta.
En ese lugar se quitó la chaqueta. Repasó con insistencia en su mente los movimientos del prisionero, uno por uno, y esperó en vano que el dolor del remordimiento retorciera su corazón”

(Shusaku Endo, El mar y veneno, página 188)

sábado, 28 de mayo de 2011

EL PUZZLE VITAL DE ETHEL JURADO

La vida y las muertes de Ethel Jurado
Gregorio Casamayor
Acantilado, Barcelona 2011, 3002 páginas.

No solo se han apoderado de su cuerpo, también han colonizado su mente. Lo presentíamos desde el principio, cuando nos enfrentamos con ese fractal número 1, el del hermano, Enrique Jurado. Mas solamente al final, cuando sale a la escena la amiga y confidente, percibimos el porqué y quedamos sobrecogidos por el dolor, la humillación, el miedo, la angustia, la rabia y la absoluta impotencia de Ethel Jurado. El inconfesable martirio, la muerte en vida de una víctima  de la más abyecta violencia doméstica que hizo de su vida un infierno. Jamás  podremos evadir nuestro pasado, las heridas mal curadas nunca dejan de supurar y casi siempre terminan siendo el germen de espantosas tragedias personales y familiares. Tal es el caso de Ethel Jurado y el de su familia, culpables por acción u omisión y que Gregorio Casamayor nos hace presente en una de las novelas más sobrecogedoras, demoledoras e impactantes leídas por mí en los últimos meses. Porque el novelista narra un drama real y mucho más frecuente de lo que se suele creer, y proyecta así mismo sobre el lector la urgencia de averiguar cómo es exactamente Ethel Jurado, la razón de su comportamiento errático, de su huida del mundo y cómo alguien de tu propio entorno familiar te puede marcar de tal modo que sólo te sientes a salvo cuando no los ves ni los oyes.
Gregorio Casamayor es un escritor tardío. Un libro de relatos y la novela La sopa de Dios, galardonada en la Semana Negra de Gijón el pasado año, es su bagaje. Al que se añade ahora La vida y las muertes de Ethel Jurado, su tercera propuesta. Con ella, me atrevo a decir, honra a ese tipo de Literatura que es necesario escribir con mayúsculas, porque, frente a la abominación de cierta literatura actual en la que, como diría Deleuze, todo el mundo cree que para escribir una novela basta con tener un padre abusivo – tal es el caso del presente relato -, es capaz de comprender que la verdadera acción narrativa tiene que ver con fuerzas salvajes y universales a las que implica empujando al lenguaje hasta sus últimos límites.
La vida y las muertes de Ethel Jurado está protagonizada por una mujer joven que desaparece un día del hogar familiar. Sin embargo, serán otros, un hermano, un amigo, su ex – novio y una amiga confidente, los que se encargarán de reconstruir el puzzle vital y el drama de la protagonista. La técnica del narrador es la del fractal. Cuatro cortes efectuados en la vida de los cuatro personajes que nos permiten analizar sus propias existencias y, a través de lo que dicen, poco a poco irá comprendiendo el lector la tragedia que Ethel no es capaz de desvelar, pero que la convierte en una víctima que se siente sucia y culpable, condición de la que solamente podrá desprenderse a través de la huida. Conocemos, pues, la vida de Ethel Jurado gracias a la sutura de miradas ajenas, que también traslucen sus propios dramas personales.
Gregorio Casamayor
La mirada del hermano, un personaje que intenta engañarse a si mismo, radiografía poco a poco las miserias de la familia, la condición de verdugo del progenitor, la complicidad con un silencio  obsceno, del que es responsable sobre todo la madre. Por el sabemos que cuando la protagonista da el gran portazo, se abre un paréntesis en sus vidas que no saben cerrar, y la familia se convierte en territorio hostil. A través del amigo, Gerard Pruma, nos enteramos de los comportamientos erráticos, del desdoble de Ethel (una Ethel estupenda y alegre y otra taciturna), de sus crisis frecuentes, diagnosticadas como trastorno bipolar, de las amenazas por parte del padre de incapacitarla y, sobre todo, de que en la familia Jurado había alguna cosa que olía a podrido y de que la hija Ethel era el vertedero. Marcos Recaj es el novio y, a través de su testimonio, el lector comienza a intuir el porqué del drama de Ethel. Sus palabras ahorran comentarios: “Dormimos juntos esas siete noches sin que llegáramos a hacer el amor; había barreras físicas y psicológicas que yo no podía superar sin generar en Ethel una angustia enfermiza. Cuando intenté hablar del asunto con ella, para dejarle bien claro que no me importaba, que podía esperar hasta que ella se sintiera segura, Ethel se mostró esquiva, rehuyó una y otra vez hablar de ese asunto (…) Después de un par de semanas de convivencia, Ethel y yo pudimos hacer el amor. Fue ella la que me dijo que estaba preparada, pero no era cierto, lo hizo porque creía que estaba en deuda conmigo. Ella sufría, Ethel sufría tras cada roce, por más que se mostrase animada y cariñosa se iba tensando poco a poco hasta que se quedaba paralizada” (páginas 186, 188).
Mas será finalmente la amiga y confidente, Laura Morillo, una chica con conflictos de identidad y en cuya casa también cocían habas, la que nos permitirá conocer las causas del miedo paralizante de la protagonista. Los verdugos son su padre y su hermano mayor que se turnan en asaltar subrepticiamente su cuarto. Los cómplices del martirio, la madre y el hermano menor con sus silencios culpables. Ethel se sentirá sucia por los que le obligaban a hacer. Sucia y culpable. “De todos los daños que el verdugo puede causarte, quizá ese sea el más terrible, cuando te hace sentir culpable de tu propia desgracia (…), cuando te exige que anudes la soga que ha de servir para colgarte” (pagina 248).
En la novela de Gregorio Casamayor hallamos algunos de los ecos de los temas esenciales de la literatura y de los personajes clásicos, transportados a nuestros días a través de una escritura que genera atmósferas asfixiantes, en las que los secretos, las insinuaciones, los guiños son el hilo conductor de la acción narrativa y el instrumento eficaz para mantener el suspense. Un buen ejemplo, por otro lado, de los que se ha llamado literatura fractal. Relato deudor, así mismo, de las técnicas de la novela negra, sin pertenecer como tal al género, porque aquí no actúa ningún detective, pero si que hay delitos, una víctima y delincuentes por acción u omisión.

                                                                           
Fragmento

Los asaltos

“Imagínate que estás quieta en un lugar, me dijo Ethel, y que de repente levantas la vista y ves cómo un objeto duro, afilado, va a caer sobre ti, pero tú no puedes moverte y, sin embargo, sabes que estás en la trayectoria de ese objeto y que te va a golpear, y por más que lo intentas, no puedes zafarte, parece que estés parada ahí para recibir ese golpe. ¿Te imaginas cómo se te aceleraría el pulso y el latido del corazón?, ¿puedes sentir el sudor frío, la angustia, el pánico ante la inevitabilidad del impacto? Pues así me he sentido yo cada noche durante trece años, y la angustia se intensifica con la espera, así que una acaba pensando: es preferible hoy que mañana; mejor cuando me acuesto que en plena madrugada; lo que tenga que ocurrir, que pase cuanto antes”
(Gregorio Casamayor, La vida y las muertes de Ethel Jurado, página 292)