martes, 18 de diciembre de 2018

RECIENTE NARRATIVA EGIPCIA ESCRITA POR MUJERES


   Se ha escrito que Egipto es una sociedad-cebolla, protegida por múltiples capas: el Mediterráneo, el Nilo, el desierto, África, el árabe, el Islán, los coptos, los heterodoxos cristianos y musulmanes, la pobreza, el analfabetismo. Grandes escritores, el orgullo de una de las grandes civilizaciones desaparecidas. Entre todas estas constricciones o estímulos, se ha desarrollado la moderna y actual literatura egipcia, sobre todo a inicios del siglo XX cuando el mundo árabe experimentó la Al-Nahada, un movimiento renacentista que afectó a todos los aspectos de la vida, la literatura incluida.

   Las figuras literarias más representativas y conocidas de este periodo son sin duda Naguib Mahfuz (1911-2006), el primer escritor árabe que ganó el Premio Nobel de Literatura; Hussein Haykal (1888- 1956), autor de la novela Zaynab, considerada la primera novela moderna e islámica egipcia; Alaa Al Aswany (1957-1976), autor de El edificio Yacoblán; Khaled Al Khamissi (1962), autor de Taxi, una colactánea de cincuenta y ocho relatos breves, fruto de la experiencia del autor en sus viajes por el Cairo;  la escritora Nawal Al Saadawi (1931, autora de Mujeres y Sexo en que  denunció la mutilación femenina, Bahaa Taher (1935)… Escritores egipcios que han marcado la literatura contemporánea del Medio Oriente, con sus historias de vida que podrían superar sus mismas ficciones.

   Pero, como en todas las literaturas, en Egipto también existe una generación joven que escribe, superando trabas y tabúes, que se interroga desde la historia socio-política del país y que  pretende reflejar en sus obras el mundo y la sociedad que la rodea, dejando un poco al margen mitos o costumbres. Durante muchos años la narrativa egipcia ignoró la novela policial, las novelas de ciencia ficción o de terror. Los escritores y escritoras actuales, sin embargo, abordan estos temas sin complejos. En este proceso han tenido no poca importancia -y no solo en Egipto- varios jóvenes escritores y escritoras, sobre todo urbanos que combaten las trabas en las que se encuentran sometidas  las actuales mujeres árabes debido a la regresión de la sociedad hacia valores religiosos y tradiciones, mucho más conservadoras que hace varias décadas. En los años 60 y 70, las mujeres iban por la calle en minifalda, sin velo con absoluta normalidad. Hacerlo en la actualidad sería considerado una provocación social.

   En mi panorama de la actual narrativa egipcia escrita por mujeres, me fijaré en la obra de dos jóvenes escritoras, en mi opinión paradigmáticas aunque de distinto estilo y temáticas muy diferentes: Mansoura ez Eldin (Masura Eseddin como se la conoce en Europa), y Amera Badawy.



Mansoura ez Eldín:

 

   Nació en el año 1976 en una pequeña aldea del Delta del Nilo. Es una escritora con una amplia obra traducida al francés, inglés, alemán e italiano. No así al español. Debutó en el año 2001 con Shaken Light (Luz vibrante), una colección de cuentos. Pero su obra narrativa más representativa se inicia en el año 2004 con Maryam’s Maze (El laberinto de Maryam). En 2009 publica Beyond  Paradise (Detrás del Paraiso). The Path to Madness, una colección de cuentos aparece en el año 2013. Y Emerald Moutain en 2014. En el año 2009 fue seleccionada para la Beirut 39, como una de las treinta y nueve autoras y autores árabes menores de 39 años. Y su novela  Detrás del Paraíso fue finalista en la tercera edición del International Prize for Arabic Fiction, versión árabe del Premio Booker.

   La narrativa de Mansoura ez Eldin es una equilibrada amalgama de realidad y ficción. Escribe sobre la realidad fusionándola con la fantasía, la ciencia ficción, el terror… No rehúye el tratamiento literario de temas violentos o catastróficos, ya que se propone reflejar la realidad tal cual es, dando a conocer sus lados más oscuros y marginales. Su novela El laberinto de Maryam es claramente una pieza de terror y de pesadillas, en la que tienen cabida los fermentos de lo que fue y de lo que es la cultura egipcia: mezcla de religiones, de costumbres y creencias populares enraizadas en supersticiones. Pero su mundo fantástico corre siempre paralelo con el mundo real. Algo semejante ocurre con Detrás del Paraíso. Muestra la historia de la protagonista, Salma ante el descubrimiento de su propio cuerpo, su familia, su pueblo en el Delta del Nilo, a la vez que refleja los cambios experimentados por este en las últimas décadas, tras la instalación de una fábrica de ladrillos.

   En la lucha de la mujer árabe por obtener la libertad, por la equiparación en derechos con el hombre, por cambiar las normas y tabúes sociales, la figura de Mansoura ez Eldin es sin duda un gran peón, y su obra literaria, un fermento importante para que las mujeres árabes dejen de ser las víctimas no solo del patriarcado, sino también de sus madres y abuelas.

A continuación reproduzco algunos fragmentos  del primer capítulo de La Montaña Esmeralda, traducido del árabe por Eva Chaves Hernández, seguramente el único texto que podemos leer en español de la escritora.



Mansoura ez Eldin


“El polvo del camino”



“Me llamo Bustán.

Quienes me conocen bien, y son pocos, me llaman “La sacerdotisa de blanco y negro”. Los demás piensan que soy una excéntrica. Si un escritor tuviera que describirme lo haría con los atributos de una ninfa o de una mujer con el pelo color carbón y ropa negra. Me describiría limitándose a  lo que alcanzan a ver los ojos, sin poder llegar a vislumbrar lo que estalla en mi interior.

Nadie podrá comprender lo que oculto ni lo que soy capaz de hacer. Tampoco se sabrá nada sobre los misterios de hechos que tuvieron lugar hace siglos y a los que consagré mi vida. Por eso, solo yo puedo ser la escritora, o mejor, la narradora a la que se le ha encomendado llenar los agujeros de la historia y encajar todas las piezas. Una historia de la que no soy protagonista pero que no existiría sin mí.

En el año once del tercer milenio, desde mi casa con vistas al Nilo del barrio cairota de Zamalek me sumerjo sin cansancio en mis escritos, un mundo antiguo que se va desmoronando por fuera. No puedo desquitarme de las infinitas palabras que han sido transformadas, que se me escurren entre los dedos como nubes de verano cruzando el cielo. Pasa por mi mente una escena tras otra de épocas diferentes. Consigo alcanzar algunas; otras, se me escapan.

Me veo de niña, en los años sesenta del siglo XX, en lo alto del monte Daylam. Correteo detrás de mi padre en su paseo matutino mientras recita versos de Al Rumi, Al Attar o Hafiz.  Me adelanta unos metros y al darse cuenta de mi tardanza, me espera con paciencia. Recuerdo el vaho humeando en su boca. Cuando le alcanzo me sienta encima de una piedra  y así descansamos un poquito. (…)

Acordándome ahora, sentada en esta casa de El Cairo, me viene a la memoria el aroma del monte Alamut y de su vegetación. Casi puedo divisar las faldas de la montaña cubiertas de verde, las cimas coronadas por la nieve y la amplia llanura que abraza los pueblos a los pies del monte.

Aquel lejano día mi padre me indicó dónde estaban las ruinas del castillo de Alamut. Recuerdo que todas sus facciones se sumergieron en una tristeza cuyos motivos yo desconocía, tanto que se quedó parado, erguido, estirando el cuerpo al máximo mientras contemplaba el lugar y lo señalaba. Mis ojos en vez de mirar hacia allí, se quedaron clavados en aquel rostro amable de barba rala y pelo gris. Bajando a la llanura, de vez en cuando echaba la vista atrás, hacia unas ruinas sobre las que hasta entonces yo no sabía nada. Dos días después me sentó a su lado bajo la sombra del castaño y me habló sobre Hassan Al Sabbah y la secta de los hashashin. “Lo único que sobrevive son los relatos. La memoria se acaba cuando muere su dueño y solo tenemos las historias como si fueran una memoria heredada”, me dijo.”(…)

“Se preguntarán sobre qué historia hablo. Conocemos muchos relatos añadidos a Las mil y una noches pero no hemos escuchado ninguno que le falte. No se trata además  de un simple libro. Es un texto sin fin que ni siquiera cambia con lo que se le añade o suprime.

Esta historia que descifro será entretenimiento de quien me lea. Pero primero, permitidme añadir a un margen el relato de mi vida y disculpadme si aún no tenéis claras las referencias. Debéis saber que son difíciles los asuntos que van de una época a otra, las historias y la reconciliación de un remoto pasado con el presente en que vivimos. Debéis saber también que la paciencia, según dicen, es un pescador. Que sea vuestra amiga como lo ha sido y sigue siéndolo para mí, única aliada en mi accidentado camino. La misma paciencia que me acompañó hace pocos años hacia aquella casa del campo, lejos de la civilización. Recuerdo que entonces me envolvía una inusual timidez que me salía del alma llevándome detrás de lo que los demás veían como un espejismo.”



Amera Badawy:

Amera Badawy


   Amera Badawy es una escritora muy joven que ha sufrido en su propia persona la imposición de las estrictas normas y costumbres tradicionales que pretenden definir los destinos de la mujer y que todavía están vigentes en la actual sociedad egipcia en nuestros días. Su  voluntad y su tesón, sin embargo, superaron las ataduras familiares, y hoy es un ejemplo de la mujer árabe que lucha por contraer matrimonio con la persona amada. Nacida en 1991 en  Ashmun -un nombre faraónico que significa el país de la luna- un distrito ubicado en la zona sur del Delta a poca distancia del norte de El Cairo. Venciendo resistencias, estudio inglés en la Universidad de El Cairo y fue con fundadora y forma parte del Grupo Almotahida Education.

   Su narrativa refleja las costumbres de las aldeas egipcias y se basa igualmente en las creencias en espíritus dañinos que pueden habitar en los cuerpos humanos.

   Ha escrito relatos breves como Six Qiblahs for Pray. El qiblah es la dirección hacia debe orientarse el fiel musulmán cuando reza sus cinco oraciones diarias: en dirección a la Kaaba en la Mecca. En las mezquitas el qiblah suele estar indicado por el mihrab, una posición u hornacina en el interior de las mismas. La dirección de la oración islámica ritual (salat) es una de las condiciones indispensables para el rezo y para la persona que reza: mirar físicamente hacia el qiblah del corazón que es la casa de Dios y el corazón del creyente.

   En sus relatos Amera Badawy  cuestiona la existencia de un único centro o qiblah hacia el que dirigir las oraciones rituales. ¿Significa esto un rechazo del centro de la autoridad religiosa o simplemente de la común interpretación del Islan?  Hay sin duda en sus relatos una crítica de las creencias religiosas sobre la verdad de la conexión entre Dios y los hombres, que aparece en la historia de Khider, un profeta olvidado.

   Otro de sus relatos reproduce el cuento del gallo. La heroína protagonista roba el gallo sagrado en la aldea. La oscuridad anega el pueblo y la gente piensa que lo del gallo es una mentira, igual que la de la serpiente gigante, que en la cultura islámica sale da las tumbas y destruye las aldeas.

   ¿Cuál es el significado de la muerte? Lo tematiza la autora en el relato del derviche. Vemos al ángel de la muerte en la imagen del derviche golpeando las casas y las personas para tomar té, burlándose de la vida humana. Historias, muchas de ellas crueles sobre todo para la mentalidad de los árabes musulmanes creyentes.

   Otros de sus relatos abordan el significado del tiempo, en especial en el de la historia de la comadreja que se apropia de las características de la bella heroína a la que convierte en una anciana, mientras las mujeres de la casa intentan expulsar a ese espíritu maligno, capaz de destruir la vida de las personas.

   En resumen, la narrativa de Amera Badawy, aunque de cariz mítico religioso, es un grito, pronunciado en un tono sosegado a favor de la libertad. Una crítica contra el patrimonio religioso, contra los mitos que controlan la mente de las personas y que abruman de forma muy especial a las mujeres. Esto, junto con el lenguaje sumamente poético y la estructura escritural que rompe las expectativas lectoras, es lo que distingue esta colección de relatos de Amera Badawy.

   Reproduzco a continuación un fragmento de uno de sus relatos, “Ritos de paso” en la traducción de Rita Tapia Oregui.

Francisco Martínez Bouzas



"Ritos de paso"



“A la muerte de su hija, dejó de poder quedarse embarazada. Su marido tampoco se dejaba ver mucho por casa. Fue él quien, al echarse a sus brazos cuando ocurrió, asía la muñeca de su hija con fuerza, la misma a la que ella necesita poder acariciar el pelo todas las noches antes de acostarse para poder conciliar el sueño. Se acuerda de cuando, al levantarse, su alma seguía en el suelo. Su marido se agachó a recoger la serpiente muerta que le había lanzado su suegra porque estaba convencida de que su nuera estaba poseída por un espíritu de melancolía, al que había que pegar un susto para que abandonara su cuerpo y ella pudiera volver a quedar encinta. Hacía ya tiempo que se le había vencido el plazo que se les concede a las mujeres para estar en barbecho. También recuerda la última vez que la estrechó; ella ya no respondía. Le besó la frente; le llegó su olor. Le pellizcó la barbilla; tenía la piel seca. Le enjugó las lágrimas que le rodaban por las mejillas; sus ojos ya no se cerraban. Momentos más tarde, se hallaba pataleando en el suelo y suplicando a su suegra entre sollozos que no se la llevara. Era su niña. No logró, no obstante, que esta se apiadara de ella. “Ya no hay nada que puedas hacer. Ahora toca bañarla y preparar el cuerpo para el entierro”, alegó.

-Ale, vamos al cementerio a que se te quite lo que se te ha metido dentro para que me puedas dar otra nieta, que llevas ya varios meses sin conseguir quedarte preñada.

El exorcismo había comenzado hacía ya unas semanas. Primero, lo de la serpiente, después la obligaron a matar un perro callejero en un barrio desértico y a saltarlo por encima, y hoy tocaba una visita al cementerio. Debía exhumar el cuerpo de su hija. Sólo así podría espantar al alma en pena que la habitaba. Accedió porque sabía que Dios no sometería al cuerpecito de su hija al proceso de descomposición que sufren el resto de los embalajes que dejamos en este mundo. Había fallecido antes de que le diera tiempo a cometer pecado alguno en una clínica medio en ruinas.

Llegado el momento, se pusieron en camino, campo a través. Los espantapájaros graznaban, la comparsa femenina que la acompañaba la hacía sentirse asediada por una bandada de cuervos con buenas intenciones, el sol pegaba de lo lindo y había unas mariposas que revoloteaban entre las cañas que flanquean el canal. Llegaron al cementerio y allí, entronizado sobre una higuera gigantesca, como presidiendo la sesión, se encontró al jefe de los cuervos. Unos cabritos negros hacían cabriolas sobre las tumbas. En un aparte, se erguían los mausoleos de los padres del Islam, quienes merecían todo el respeto en su mundo.

De pronto, se le comenzó a acelerar el pulso; le faltaba el aire. No obstante, mantuvo la compostura, que la tenía muy ejercitada últimamente. Fue sorteando las tumbas hasta que una de las mujeres de su comitiva le señaló la de su hija. Se sentó a su vera y se puso manos a la obra. No había de temer la oscuridad frente a sí, sólo la que la acechaba por detrás. Aún así, no lograba librarse del malestar que la invadía. Asió la pala que le alcanzaron con fuerza y comenzó a desenterrar a su hija con frenesí. Por un instante, creyó oír su voz, llamándola desde las profundidades. Finalmente, dio con su cuerpo, que aún se hallaba envuelto en la sábana en la que la habían dado sepultura, aunque el estado que presentaba la misma no fuera el de antaño. No quedaba ni rastro del olor de su hija en el tufo a podrido que desprendía. Le acarició la barbilla y le enjugó el recuerdo de sus últimas lágrimas. Seguidamente, se desmoronó. Alzó la voz al cobarde que se amparaba en las alturas, berreando:

-¿Dónde está el mesías ese que nos has prometido? ¿Dónde está la vara de Moisés cuando la necesitas para que obre milagros? ¿Dónde la magnanimidad de los venerables antepasados? ¿Por qué me la has arrebatado?

Los cuervos se sumaron a su graznar, hasta que el clamor se volvió insoportable. Gritaba intentando cancelar el ruido exterior. Entonces, las mujeres que la habían escoltado hasta allí se le acercaron, la rodearon, la aplaudieron y la felicitaron. De pronto, oyó la voz de su marido llamándola de lejos.

-Somayah, larguémonos de aquí.

La abrazó, con toda aquella gente mirando. Le había traído la muñeca de su hija. Ella se la llevó a la nariz y una extraña sensación de paz la embargó. Aún conservaba su olor.”

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