miércoles, 20 de junio de 2018

UN PUEBLO QUE ES UNA SUMA DE HISTORIAS


Invierno
Elvira Valgañón
Pepitas de calabaza (2ª edición), Logroño, 2018, 132 páginas.

    

   Más bien escasa pero de gran calidad es la narrativa en español cuyo escenario es un pueblo, un paisaje rural. A la memoria me vienen Pueblo de José Martínez Ruíz (Azorín), una novela de las cosas y los lugares que comparten la vida del anónimo e inmenso pueblo. Más cercanas a nuestros días, dos obras así mismo memorables: las novelas que Luis Mateo Díez recoge en El reino de Celama, una saga ficcional unitaria cuyo centro es un territorio fantasmal transformado en símbolo. O La lluvia amarilla de Julio Llamazares, ese gran glosario de la soledad que es Ainielle, el pueblo abandonado del Pirineo Aragonés.
   En esa misma tradición literaria, podemos incluir con justicia esta historia de historias que es Invierno de Elvira Valgañón (Logroño, 1977). Siete relatos, siete historias que encierran muchas otras historias y que, entrelazadas entre si durante más de siglo y medio, delinean el retrato literario de un pueblo imaginario, Cerveda. Historias locales flanqueadas por la figura de un asustacuervos que cuida la huerta de un vecino y le inventa nombres a las estrellas sin saber que ya lo tienen. Es él, este ser de paja vestido con una chaqueta, el que recuerda y trata de comprender el mundo. Y su recordar se remonta a 1809 cundo al pueblo llega un soldado desertor de las filas napoleónicas y los vecinos lo acogen, lo curan y lo protegen contra los soldados que vienen para llevarlo. Es el mismo soldado de las guerras napoleónicas que vuelve aparecer en “El soldadito de plomo(1965)”, aunque ya no es francés sino húngaro y muere fusilado.
   Un pueblo donde el invierno dura un año entero, y al que regresa de las Américas el indiano don José, viudo y sin hijos pero muy rico. Por la casa del indiano desfilan las damas del pueblo para meterle a don José sus hijas por los ojos. Pero él prefiere visitar en Cerveda la casa de las perdidas. Y cuando la vejez le atenaza, cambia las putas por la filantropía. Al pueblo llegan otros forasteros, como un maestro nuevo con una niña y fácilmente interacciona con los vecinos. También arriba a Cerveda el enano saltarín al que los vecinos ven como un duende raquítico porque había nacido atravesado, con los huesos retorcidos como los sarmientos. A pesar de su deformidad, se paseará por el pueblo haciendo suspirar a las muchachas como si pudiese convertir la paja en oro. Desde 1965, la narración se traslada a la ferocidad de la Guerra de Filipinas, mas con anterioridad, allá por el año 1942, la narración se hace eco de los miedos de la Guerra Civil española con los muertos que aparecían al amanecer con las caras afiladas por el miedo.
   La narradora fija igualmente su mirada en las cosas inmutables de Cerveda: el río, la dehesa, el invierno, la cueva del Moro, las rosquillas de la madre, el espantacuervos del huerto de Bernabé, la casa encantada, el discurrir del tiempo marcado por el toque de las campanas de la iglesia.
   Un pueblo erigido en cronotopo y cuya única magia es la vida, tanto en los inviernos helados como en las canículas del verano, y que, por serlo, hace surgir el amor, pero en el que también se siente el aviso y la presencia de la muerte.
   Elvira Valgañón ha logrado darle vida a una historia de historias que empieza muy atrás y se prolonga hasta historias más recientes en las que, sin embargo, vuelve a cobrar vida el presente. Esa técnica narrativa (historias que se suturan entre si) le permite a la escritora crear el dibujo de un pueblo, un “paradigma de asunto rural distinto”, como se ha escrito, alejado de cualquier óptica costumbrista.
   Una prosa que, a primera vista parece muy natural pero que está admirablemente trabajada, le da forma a este fresco de un pueblo en el que cobran importancia las cosas y son protagonistas sus habitantes, con cuyos recuerdos viajamos a las guerras napoleónicas o a los miedos, fantasmas, heridas o muertes de la Guerra de Filipinas. Historias locales pobladas por vidas minúsculas y un gran regusto de nostalgia; que le dan vida una gran polifonía de voces a un imaginario humilde pueblo de la España rural, donde el tiempo parece detenerse y la amabilidad se amalgama con la crueldad.

Francisco Martínez Bouzas


Elvira Valgañón


Fragmentos

“La tercera vez que se despertó estaba en una cama. Le habían quitado la camisa y los pantalones. Notaba la almohada blanda bajo la cabeza y la sábana que lo cubría olía a limpio. Hacía muchos meses que no dormía en una cama. Como a lo lejos, oyó voces que decían palabras que no entendía y otras que había aprendido a entender. Grave infección, gangrena. Voces de hombres y también de una mujer.
-Es un francés -dijo la mujer.
-Es un herido -dijo otra voz- y a los heridos los curamos. Si podemos.
-Es un francés -insistió ella, con el mismo tono con el que se hubiera referido a una alimaña del monte.
Me voy a morir, pensó.”

…..

“Algo más de un año tuvo que pasar para que don Luis se decidiera a traer al pueblo lo que quedaba. Así decía él, lo que quedaba.
Seis baúles de libros, el cuadro de la joven de las manos blancas, un bargueño de puertas lacadas, un gramófono alemán de antes de la guerra que le compró a su madre cuando ella ya no podía levantarse de la cama para ir con él a los conciertos. El pueblo entero desfiló por allí para verlo, para escuchar los discos que, de milagro, pensaba el maestro, habían llegado intactos hasta allí. Casi esperaba él que el tiempo les hubiera borrado los surcos, que les pasara a los discos como a las cartas y a los retratos de antes y quedara en ellos solo un leve rastro de Schubert o Beethoven, un susurro apenas perceptible de tangos o de jazz. Pero no. Aún conservaban aquella música que tanto habían escuchado, a pesar de los años de silencio que habían pasado en el oscuro guardamuebles en el que él lo había almacenado todo cuando vació el piso para marcharse.”

…..

“Con los vinos y el calor de la estufa empezaron a volverle los colores y por fin sacó del bolsillo de la chaqueta una pitillera manoseada para encender el último cigarrillo que le quedaba, poco a poco recobrando el ánimo, buscando algún rostro familiar entre el humo del bar, tantos años hacía…Pero los olores eran los mismos que él recordaba, la nieve helada, el humo de las chimeneas, pucheros hirviendo en los fogones de las casas, el aliento cálido de las bestias que dormitaban en las cuadras. Y lo otro también, como él lo recordaba, el reloj de la iglesia, el frontón con los números medio borrados, el san Antonio que reposaba en la repisa de una ventana del bar, el mismo tenía que ser, al que le rezaba rosarios en casa, el santo en la cómoda y la voz de su madre, dulce y monótona, de madre ora pro nobis, las manos enrojecidas y agrietadas de lavar, repasando las cuentas del rosario. Cuando se despidieron le dio unos pañuelos con letras bordadas que habían sido de su abuelo, las cartas se las había ido dictando al maestro, porque ella no sabía escribir. Las traía él todas guardadas en la maleta.”

(Elvira Valgañón, Invierno, páginas 13, 29-30, 54-55)

sábado, 16 de junio de 2018

RETRATO DEL MAL



La crueldad de abril
Diego Ameixeiras
Ediciones Akal, Madrid 2018, 132 páginas

   

   Sus once novelas de la serie negra o detectivesca han impulsado a más de un periodista a considerar a Diego Ameixeiras (Lousanne, Suiza, 1976) como la gran esperanza blanca de la novela negra. Ha publicado varias novelas negras ambientadas en Ourense, Baixo mínimos (2004), O cidadán do mes (2006), ambas protagonizadas por el detective Horacio Dopico. Narrador, autor  teatral y coguionista de varias series televisivas, Diego Ameixeiras escribe fundamentalmente en gallego, pero algunas de sus obras, Dime algo sucio, se hallan traducidas al español. La crueldad de abril, su última obra, vio la luz simultáneamente en español y en gallego.
   Si Baixo mínimos supuso la presentación literaria de Diego Ameixeiras para los lectores gallegos, así como la del detective Horacio Dopico -hay otro investigador, Alberte Cudeiro que indaga en su novela Asasinato no Consello Nacional (2010)-, La crueldad de abril  retrata y profundiza en el tema del mal, un subgénero relacionado con la novela negra, aunque bajo otra perspectiva escritural: el mal gravitando en todos los tejidos de la sociedad. Esa tenebrosidad  que forma parte de la realidad actual, que genera múltiples historias sobre la marginalidad y sobre la doblez que los seres humanos solemos llevar dentro. Así pues, una novela sobre la crueldad, como ya nos advierte el título del libro; y que supera sobradamente la literatura detectivesca o de resolución de enigmas.
   La novela, estructurada en tres partes (El amor, La venganza, El odio), se inicia con la presentación de los sin techo y con una breve referencia a sus existencias pasadas: Elvira, Fara, El Cata, El Negro. Seres cuyo mundo es un bosque perdido entre las tinieblas, asombrados por el peso de sus nostalgias, que llegan a pensar que son una anomalía de la sociedad, paseadores de tristezas y con un cartón de vino como único consuelo. Es destacable de forma muy especial el retrato del personaje femenino, la mujer de veinte años a la que el deseo de morir le viene de lejos. Todos ellos duermen o amparan su desconsuelo en el Casino, una casa abandonada. Pero de pronto y de forma inesperada, las llamas arrasan con la casa; llamas “prendidas” por la codicia predadora. Dos cadáveres calcinados, el de una mujer y el de un hombre.
   Un salto en el tiempo de varios años, y un hermano de Elvira decide investigar las causas y la naturaleza de aquel incendio de la casa abandonada ya que las pistas e indicios que halla parecen no concordar con la versión oficial. Y tras esa investigación, el lector descubre la venganza, quién era el hombre invisible de los tres que apalearon a los que se refugiaban en el Casino y provocaron que el caserón fuera consumido por las llamas: por qué lo hicieron, por qué organizaron la cacería de los sin techo, cuya muerte no había conmovido a nadie y había caído en el olvido.
   A pesar de que Diego Ameixeiras no abandona inclinaciones detectivescas -en esta novela, no obstante no se trata de un detective profesional-, el enfoque y el punto de vista son otros. Si algo pretende el escritor es fotografiar lo que somos, el mal, la perversidad humana, poner al día la cruel demencia de la naturaleza humana; el principio y el horizonte de la demencia furiosa de nuestra especie, le irrupción del desorden, la ubris, el desenfreno criminal y depredador que en cada momento del devenir histórico sabe adaptarse a sus circunstancias. De forma desmesurada en las sociedades contemporáneas.
    
                                                 
Diego Ameixeiras

   Y de forma paralela, un recorrido por las sendas de las vidas heridas, estragadas, derrengadas: las del mundo marginal y las de aquellos y aquellas que lo habitan, hartos y cansados de vivir. He aquí  pues la razón de que esta novela breve entre, con toda justicia,  en la nómina, no de la novela-enigma, sino en la de la novela negra que tiene como principal objetivo el retrato crítico de la sociedad
   La modalidad narrativa que emplea Diego Ameixeiras se sustenta en capítulos cortos que aceleran el ritmo de la narración, en la voluntad de hacernos llegar una lengua coloquial, urbana, repleta de fraseología y giros del habla corriente. Con saltos en el tiempo que no supone, sin embargo, ningún obstáculo para la lectura, y espacios vacíos para que  el lector pueda construir su propia versión de esta historia del mal y del amor aprisionado por el fuego. Poesía de la crueldad, como se ha escrito, cruda poesía de la desesperanza, de la indefensión y de incontables derrotas. Por todo ello, La crueldad de abril, no obstante su brevedad, es en mi opinión la mejor pieza narrativa que Diego Ameixeiras ha publicado hasta ahora.

Francisco Martínez Bouzas

martes, 12 de junio de 2018

DIVERTIDA Y AMARGA SÁTIRA SOBRE EL SUEÑO AMERICANO



Cartero
Charles Bukowski
Traducción de Jorge Berlanga
Editorial Anagrama, Barcelona, 19ª edición, 192 páginas.
(Libros de siempre)

   

   Post Office, Cartero en la edición española de Editorial  Anagrama, fue la primera novela de Charles Bukowski (1920-1994), escrita a los cincuenta años, tras haber abandonado el servicio americano de correos, y publicada en 1971. Y la primera en la que aparece su alter ego, Henry Chinaski . La novela, lo mismo que las cinco que el escritor publicó después de esa fecha, tiene en efecto como protagonista a Henry Chinaski, un verdadero antihéroe y que, como acabo de anotar, representa al escritor nacido en Renania - Palatinado (Alemania). Bukowski logra en esta primera novela darle vida a un gran tipo, un verdadero antihéroe, con un estilo de prosa que es un verdadero paradigma del realismo sucio, en el sentido literario y literal. El realismo sucio (“Dirty realism”) es una forma de escribir que nada tiene que ver con la inmundicia, con la grosería ni con personajes hediondos, sino con el empleo de una lengua sencilla, usando los mínimos recursos (de ahí el nombre de minimalismo con el que también es conocido) para contar historias cotidianas, sin el añadido de adornos formales, huyendo del didactismo y dejando la trama argumental abierta. Y aunque no fue Bukowski el creador del realismo sucio, es, junto con Raymond Carver, Richard Ford o Tobias Wolff uno de sus grandes referentes norteamericanos.
   No deja de ser curioso y típico de la burocracia estadounidense el origen de esta novela. En 1968, los supervisores del servicio de correos advirtieron que Charles Bukowski era el autor de varios artículos obscenos publicados en una revista. Y lo que hicieron de inmediato fue interrogar a Bukowski, indagar en su vida y, dado que era un funcionario del gobierno, informar al FBI, que abrió un expediente. Sin embargo, en su conclusión definitiva, más que  la baja categoría moral, fue el absentismo el que terminó con el empleo de Bukowski en la estafeta de correos. Fue entonces cuando su amigo John Martin, editor de Black Sparrow Press, le propuso que, por un salario de cien dólares mensuales, se dedicase solamente a escribir para su editorial. Fue así como el archivo policial 140-35907 dio paso a la primera novela de Bukowski, Post Office.
   Bukowski es un escritor eminentemente biográfico. Lo que relata en Cartero son los cerca de doce años que sobrevivió a la jungla urbana como empleado en una sórdida oficina de correos de Los Angeles. Henry Chinaski es un holgazán y borrachín que vive en Los Angeles, de espaldas y alejado de cualquier trabajo. Pero un día, un compañero de sus excursiones etílicas le comunica que están empleando a cualquiera que se presente en la oficina de correos. Debido a las ganas de conseguir dinero y pensando que se trataba de un oficio cómodo y fácil, y que además le permitiría desahogar  sus impulsos sexuales con alguna de las mujeres que se imaginaba hallar en el reparto de la correspondencia, se presentó y fue seleccionado.
   La novela narra la historia de estos años en los que Bukowski trabajó como cartero. Sus días de resaca, los exabruptos con los jefes, su obsesión por las mujeres. Un retrato irónico, descarnado, la otra cara del sueño americano que habla sobre borrachos, prostitutas, infelicidad y desventuras. Un mundo del que formaba parte el mismo protagonista. Doce años transitando por las calles de Los Angeles, por sus hipódromos, sorteando calamidades, mujeres alocadas, lidiando con constantes trancas, curdas, borracheras…
   Una divertida y al mismo tiempo amarga sátira sobre el sueño americano, en la que el escritor renuncia a todo aquello que no le resulta imprescindible para la narración. Mínimas descripciones, lenguaje natural y plano, con personajes que sobreviven como pueden a la desesperanza y a la mediocridad. Bukowski logra, en esta su primera novela, no perder el control sobre su antihéroe. Al contrario, nos agasaja  con la figura de un gran tipo que nos descubre toda la basura que se esconde debajo de la dorada alfombra de América. Charles Bukowski, no solamente bebe todo cuanto puede, escribe todo cuanto piensa, sin disfrazar nada, ni siquiera las posturas misóginas. Realismo sucio, desnudo, descoronado  de atavíos formales, con historias rutinarias y vulgares. Y, sin embargo, alta literatura.

Francisco Martínez Bouzas

 
Charles Bukowski



Fragmentos

“Yo estaba liado con una tipa, pero ella a veces desaparecía durante unos días y yo realmente me sentía solo. Solo y deseoso de aquel culo que tenía a mi lado.
Entonces, una noche, Betty, mi amor, me lo soltó, después de la primera copa:
-¡Hank, ya no puedo soportarlo!
-¿El qué no puedes soportar, nena?
-La situación.
-¿Qué situación, nena?
-El que yo trabaje y tú te hagas el holgazán. Todos los vecinos piensan que yo te mantengo.
-Coño, antes yo trabajaba y tú holgazaneabas.
-Es diferente. Tu eres un hombre, yo una mujer.
-Oh, no sabía eso. Creía que las perras como tú andabais siempre pidiendo a gritos la igualdad de derechos.
Tengo que decir una cosa de aquella perra: sabía cocinar. Sabía cocinar mejor que cualquier mujer que hubiera conocido antes. La comida es buena para los nervios y para el espíritu. El coraje viene del estómago, todo lo demás es desesperación.
-Tenemos que conseguir los dos trabajo-decía- para probarles que no vas detrás de su dinero, para probarles que somos autosuficientes.
-Nena, eso es parvulario. Cualquier imbécil puede tener un trabajo; vivir sin trabajar es cosa de sabios. Por aquí lo llamamos chulear. A mí me gusta ser un buen chulo.”

…..
 
 
“Le señalé dónde tenía que firmar y le di un bolígrafo. Miré sus tetas y el resto de su cuerpo y pensé, qué pena que esté chiflada, qué pena, qué pena.
Me devolvió el bolígrafo y el papel firmado con un simple garabato.. Abrió la carta y empezó a leerla mientras yo me disponía a irme.
Entonces se cruzó delante mío en la puerta, con los brazos extendidos. La carta estaba en el suelo.
– ¡Obseso, obseso, obseso! ¡Ha venido aquí para violarme!
– Mire, señora, déjeme…
– ¡SE LE VE LA MALDAD ESCRITA EN LA CARA!
– ¿Cree que no lo sé? ¡Ahora déjeme salir!
Con una mano intenté apartarla a un lado. Me clavó las uñas en una de las mejillas. Solté la saca, se me cayó la gorra, y mientras me ponía un pañuelo para limpiarme la sangre, ella me lanzó otro zarpazo y me rasgó la otra mejilla.
– ¡TU, ZORRA! ¿¡QUÉ COÑO PASA CONTIGO!?
– ¿Lo ve? ¿Lo ve? ¡ES USTED UN MANIÁTICO!
Estaba pegada a mí. La agarré por el culo y pegué mi boca a la suya. Notaba sus tetas pegadas contra mi cuerpo. Ella apartó su cabeza hacia atrás.
– ¡Violador! ¡Violador! ¡Maníaco violador!
Bajé con mi boca y agarré una de sus tetas, luego pasé a la otra.
– ¡Violación! ¡Violación! ¡Me están violando!
Tenía razón. Le bajé las bragas, luego me desabroché la cremallera y se la metí, luego la llevé en volandas hasta el sofá. Caímos sobre él.
Levantó sus piernas bien alto.
– ¡VIOLACIÓN! -gritaba.
Acabé, me abroché la cremallera, recogí el correo y salí, dejándola mirando lánguidamente el techo.”

…..

“-Oiga, porqué no hace nada con la mujer del  45 c? Betty Williams.
-Estamos haciendo todo lo que podemos, señor.
-Pero allí no hay nadie
-Hacemos nuestras rondas regulares, señor
-Señor, señor, olvídense de esa mierda, apuesto a que su estuviera ahí el presidente, o el gobernador, o el alcalde, o algún rico hijo de puta, esa habitación estaría llena de doctores haciendo algo. Por lo menos engáñeme y mande alguien con delantal blanco a la habitación.”

(Charles Bukowski, Cartero)

sábado, 9 de junio de 2018

LO TRIVIAL TRANSFORMADO EN OBRA DE ARTE


La autopista del Sur
Julio Cortázar
Nórdica libros, Madrid, 72 páginas
(Libros de siempre)

    

   La autopista del Sur es el relato que abre el volumen Todos los fuegos el fuego que Julio Cortázar (Ixelles, Bélgica 1914-París 1984) publicó en 1966. Cortázar es un escritor referencia incuestionable de la narrativa universal del siglo XX. Paradigma del intelectual y del escritor progresista y comprometido, es una de las principales voces de aquel estallido de la literatura latinoamericana que se conoce con el nombre de boom ya que representa al escritor por excelencia: perfección técnica, afán de cosmopolitismo y universalidad, gran formación cultural… todo ello unido a un fuerte compromiso progresista que demuestra con sus críticas, como intelectual, a las dictaduras del Cono Sur, Argentina y Chile especialmente. Es el modelo del intelectual que ejercía sin complejos su papel en nuestra sociedad.
   El cuento La autopista del Sur es una de las piezas maestras de ese gran escritor de relatos que fue Cortázar. Todo ello, a pesar de su brevedad. Un relato que amalgama una carga diegética sencilla pero muy intrigante; un fuerte y eficaz peso simbólico, porque Cortázar fue capaz de convertir un hecho trivial, el embotellamiento de coches en una autopista que lleva a París, en la alucinación y pesadilla de una situación irreal, tan fantástica como absurda, que dura varios días durante los que surgen situaciones tan absurdas como trágicas e incluso románticas (suicidios, fallecimientos, relaciones amorosas…).
   Todo comienza, en efecto, con un normal embotellamiento de automóviles que en un domingo regresan a París. Un atasco, como tantos otros, en el regreso a la gran urbe. Pero el embotellamiento se prolongará durante varias jornadas, sin que los conductores de los coches y sus acompañantes sepan muy bien cuáles son las causas y sin que acuda la policía. Cada persona, en su automóvil, identificado por la marca o modelo del mismo, tiene como objetivo llegar a la capital con el fin de cumplir con algún compromiso o tarea. El lector nunca llega a saber a ciencia cierta lo que sucede: una situación nunca explicitada, posiblemente un accidente, provocará que los automovilistas se vean obligados a compartir un mismo espacio y un mismo tiempo en la autopista. Una situación que se prolonga durante varios días. Se forman varios grupos con la vista puesta en la supervivencia; sin embargo, cada protagonista vive y experimenta su propia soledad.
   Distintas voces informan sobre las posibles causas del atasco, en la línea de los artificios técnicos empleados por Cortázar con vistas a crear una sensación de misterio e incluso de fantasía. Y de este modo un hecho extraño, próximo a las pesadillas, surge de algo enteramente trivial o cotidiano. Es la técnica de lo neofantástico usada magistralmente por Cortázar.
   Po encima de cualquier otra consideración, La autopista del Sur es una metáfora temporal. El transcurrir del tiempo, su cálculo, su relatividad, son alguno de los motivos principales del cuento. Otros hilos narrativos, en mi opinión también relevantes, son la organización social -en el relato se llega a establecer una organización de la sociedad en pequeño semejante a la de las sociedades tradicionales-, el arribismo, la cooperación, la empatía entre las personas, la filantropía, la codicia, la comparación entre la juventud y la ancianidad e incluso el regreso a a la normalidad como algo no deseado. Y muchos otros motivos que la acuidad de un narrador como Cortázar fue capaz de integrar en este relato modélico.
   Desde un punto de vista técnico, es preciso resaltar en la escritura del relato, el clima agobiante que supo crear el autor con pausas prolongadas e insignificantes avances de los automóviles; el dominio del tiempo narrativo: el tiempo de la historia, con contadas anacronías, coincide con el tiempo del relato. El protagonismo coral en el desarrollo de la historia, un efectivo acierto del autor, ya que la narración pretende ser un reflejo de la organización social humana. También acierta el escritor en la elección del punto de vista narrativo: narra desde la perspectiva de los personajes, puesto que en el relato cobran gran importancia las relaciones humanas y los conflictos existenciales, en un contexto surrealista en este caso, relatados además por un narrador omnisciente que lo sabe todo, sin excluir lo que sienten y piensan los personajes.
   Un relato en definitiva que muestra la vulnerabilidad de los seres humanos, que convierte a lo trivial en el tema de fondo de una pequeña pero meritoria obra literaria, que acumula gran riqueza dentro de lo narrado y que, por lo tanto, da pie a que la imaginación adivine el desenlace más real o más disparatado.

Francisco Martínez Bouzas

                                                    
Julio Cortázar
                                                  
Fragmentos
  
“Al principio la muchacha del Dauphine había insistido en llevar la cuenta del tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo. Cualquiera podía mirar su reloj pero era como si ese tiempo atado a la muñeca derecha o el bip bip de la radio midieran otra cosa, fuera el tiempo de los que no han hecho la estupidez de querer regresar a París por la autopista del sur un domingo de tarde y, apenas salidos de Fontainbleau, han tenido que ponerse al paso, detenerse, seis filas a cada lado (ya se sabe que los domingos la autopista está íntegramente reservada a los que regresan a la capital), poner en marcha el motor, avanzar tres metros, detenerse, charlar con las dos monjas del 2HP a la derecha, con la muchacha del Dauphine a la izquierda, mirar por retrovisor al hombre pálido que conduce un Caravelle, envidiar irónicamente la felicidad avícola del matrimonio del Peugeot 203 (detrás del Dauphine de la muchacha) que juega con su niñita y hace bromas y come queso, o sufrir de a ratos los desbordes exasperados de los dos jovencitos del Simca que precede al Peugeot 404, y hasta bajarse en los altos y explorar sin alejarse mucho (porque nunca se sabe en qué momento los autos de más adelante reanudarán la marcha y habrá que correr para que los de atrás no inicien la guerra de las bocinas y los insultos), y así llegar a la altura de un Taunus delante del Dauphine de la muchacha que mira a cada momento la hora, y cambiar unas frases descorazonadas o burlonas con los hombres que viajan con el niño rubio cuya inmensa diversión en esas precisas circunstancias consiste en hacer correr libremente su autito de juguete sobre los asientos y el reborde posterior del Taunus, o atreverse y avanzar todavía un poco más, puesto que no parece que los autos de adelante vayan a reanudar la marcha, y contemplar con alguna lástima al matrimonio de ancianos en el ID Citroën que parece una gigantesca bañadera violeta donde sobrenadan los dos viejitos, él descansando los antebrazos en el volante con un aire de paciente fatiga, ella mordisqueando una manzana con más aplicación que ganas.”

…..


“En algún momento (suavemente empezaba a anochecer, el horizonte de techos de automóviles se teñía de lila) una gran mariposa blanca se posó en el parabrisas del Dauphine, y la muchacha y el ingeniero admiraron sus alas en la breve y perfecta suspensión de su reposo; la vieron alejarse con una exasperada nostalgia, sobrevolar el Taunus, el ID violeta de los ancianos, ir hacia el Fiat 600 ya invisible desde el 404, regresar hacia el Simca donde una mano cazadora trató inútilmente de atraparla, aletear amablemente sobre el Ariane de los campesinos que parecían estar comiendo alguna cosa, y perderse después hacia la derecha. Al anochecer la columna hizo un primer avance importante, de casi cuarenta metros; cuando el ingeniero miró distraídamente el cuentakilómetros, la mitad del 6 había desaparecido y un asomo del 7 empezaba a descolgarse de lo alto. Casi todo el mundo escuchaba sus radios, los del Simca la habían puesto a todo trapo y coreaban un twist con sacudidas que hacían vibrar la carrocería; las monjas pasaban las cuentas de sus rosarios, el niño del Taunus se había dormido con la cara pegada a un cristal, sin soltar el auto de juguete.”

…..

“La columna volvía a ponerse en marcha, lentamente durante unos minutos y luego como si la autopista estuviera definitivamente libre. A la izquierda del 404 corría un Taunus, y por un segundo al 404 le pareció que el grupo se recomponía, que todo entraba en el orden, que se podría seguir adelante sin destruir nada. Pero era un Taunus verde, y en el volante había una mujer con anteojos ahumados que miraba fijamente hacia adelante. No se podía hacer otra cosa que abandonarse a la marcha, adaptarse mecánicamente a la velocidad de los autos que lo rodeaban, no pensar. En el Volkswagen del soldado debía de estar su chaqueta de cuero. Taunus tenía la novela que él había leído en los primeros días. Un frasco de lavanda casi vacío en el 2HP de las monjas. Y él tenía ahí, tocándolo a veces con la mano derecha, el osito de felpa que Dauphine le había regalado como mascota. Absurdamente se aferró a la idea de que a las nueve y media se distribuirían los alimentos, habría que visitar a los enfermos, examinar la situación con Taunus y el campesino del Ariane; después sería la noche, sería Dauphine subiendo sigilosamente a su auto, las estrellas o las nubes, la vida. Sí, tenía que ser así, no era posible que eso hubiera terminado para siempre. Tal vez el soldado consiguiera una ración de agua, que había escaseado en las últimas horas; de todos modos se podía contar con Porsche, siempre que se le pagara el precio que pedía. Y en la antena de la radio flotaba locamente la bandera con la cruz roja, y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante.”

(Julio Cortázar, La autopista del Sur)