viernes, 16 de febrero de 2018

UNA NOVELA SOBRE LA REALIDAD ESCOLAR



La clase

François Bégaudeau

Traducción de Julieta Carmona Lombardo

El Aleph Editores, Barcelona, 232 páginas

(Libros de siempre)



   
    Profesor, periodista deportivo, cantante de rock, actor. También escritor de éxito en Francia con su cuarta novela, Entre les murs (2006), traducida a numerosos idiomas y que dio lugar a la película homónima, galardonada con la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 2008, en la que el narrador interpreta su propio papel. En la versión española, la novela fue traducida con un título, La clase, menos claustrofóbico que el original francés. Como primera apreciación se puede decir que este desasosegante bestseller, engruesa una literatura que podemos rotular como de género de la escuela, siguiendo la estela de Domenico Starmone, Dominique Sampiero y, sobre todo. Daniel Pennac (Mal de escuela), que centra su atención en la figura del alumno necio e ignorante.

   Pero La clase constituye un testimonio mucho más crudo de la realidad educativa. En la novela de François Bégaudeau, los protagonistas no son los alumnos menos capacitados, sino los más conflictivos de un instituto en un barrio periférico de París.

   El libro, en efecto únicamente se propone describir un año escolar y las experiencias cotidianas que en él suceden. François es un profesor nuevo de lengua en un instituto de una bauliene parisiense. Los nombres de sus alumnos (Tarek, Hadia, Khumba, Souleyman, Ming…) revelan  de una forma muy clara sus orígenes multiétnicos. Todos los profesores se preparan a conciencia para enfrentarse al nuevo curso, armándose sobre todo contra el desánimo. Mas las culturas y la actitudes brotan de inmediato en cada aula, verdadero microcosmos de una Francia contemporánea, mestiza y cosmopolita.

   El libro presenta, como una fotografía obtenida por un fotógrafo, rico en sensibilidad e ironía, este universo en el que interactúa el grupo de alumnos, sin ningún temor reverencial, absolutamente espontáneos y, a veces, incluso insolentes y fanfarrones, que consideran a la escuela una institución inútil, pero inevitable hastío en el que no son capaces de orientarse dentro de una cultura y una lengua extranjera para la mayoría de ellos; y defienden sus formas expresivas, su slang, a la vez que ridiculizan la lengua literaria. También dentro de esos muros escolares tiene cabida el universo de los docentes, con sus conversaciones, preocupaciones, confidencias, con su cotidianidad familiar que deben compartir junto con las desilusiones del trabajo. Y así mañana tras mañana, sin que nada varíe un solo milímetro.

   Las clase puede ser vista como un crudo y duro documental en el que, sin retóricas, se narra el día a día de una escuela francesa y el maremágnum de contradicciones propias de una sociedad en pleno proceso de mestizaje cultural. Pero difícilmente resiste la calificación de novela, porque en la misma no existe una dirección narrativa clara, ni una trama argumental que se desenvuelva englobando no o varios acontecimientos. Hay consejos de disciplina, enfrentamientos profesor-alumno, mas solamente son un hecho más entre tantos otros.

   

                                            
Fraçois Bégaudeau
   
   Lo que a Bégaudeau le interesa retratar es ese devenir del curso escolar, con todas las expectativas y contradicciones de esta escuela multicultural. Y lo hace acumulando, a modo de collage, escenas repetitivas que no responden a ningún orden cronológico y dejan al lector esperando el desarrollo de una historia. Tampoco hay personajes, sino un grupo amorfo de individuos que no evolucionan y que solamente conforman un colectivo (profesores, padres, alumnos). Estos últimos visten camisetas deportivas, usan piercings, cometen faltas de ortografía, son petulantes… pero nada más. El lector no logra verlos más que como extras de una historia que jamás empieza realmente. Así pues, poco tirón narrativo, pero sí un perfecto espejo documental que revela la complejidad de la realidad escolar que revienta las generalidades, tópicos y clichés, que no absuelve ni condena a nadie y que muestra que en sistema educativo hay sitio para todo.





martes, 13 de febrero de 2018

"NADIE DUERME": NARRATIVA DEL DESGARRO



Nadie duerme

Xina Vega

Pepitas de calabaza ed., Logroño, 2017, 87 páginas



    
   Nadie escribe como Xina Vega. Su escritura es exclusiva de ella. Es ella. Lo cual, aparcadas las posibles connotaciones tautológicas, quiere decir que Xina Vega escribe con furia, con desgarros, muy alejada de los amables mitos, prodigios y fábulas de uno de sus maestros, Álvaro Cunqueiro, citado en las referencias de la contraportada y al que estudió y conoce. Ignoro, por mi parte la autopética de Xina Vega, pero no dejaría de ser incoherente con su escritura el lema de escritor asturiano Ricardo Menéndez Salmón: “Conmover, perturbar, incluso irritar”. Y  eso es lo que hace sin complejos, más también sin algaradas, Xina Vega e sus piezas narrativas más recientes, no tanto en Cardume, la novela que la proyectó como gran escritora, sino Dark Butterfly, el relato “Loba de lava uivarás a lúa”, publicado en la colactánea de narrativa erótica, Abadessa oí dizer, escrita por mujeres gallegas; y en este “huis clos”, Nadie duerme. Y todo ello sin gritarnos, simplemente inventando historias fuertes, historias terribles y echando mano de una lengua que en su pluma suma muchos quilates, si bien sin abandonar nunca la tendencia a la parquedad, especialmente en el empleo de descripciones.

   Nadie duerme es aparentemente una novela breve, aunque no realmente tan breve, cimentada en una estructura compositiva con varias historias que corren en paralelo, juntas hasta el final con ciertas colisiones e interacciones entre sí. Todo sucede en una noche y en un edificio, un universo claustrofóbico, que termina expulsando a los insomnes justamente en el cierre. Todos ellos son personajes sin nombre, despersonalizados, rodeados solamente de soledad. En la página inicial que abre la primera secuencia, ninguno de los dos, él y ella, en realidad desean hablar pero uno está en el campo de visión del otro y viceversa. Nada más los une, pero, por haber coincidido en aquel lugar, hablan y ella comienza confesando, todavía con el útero sangrante, que por trescientos cuarenta euros dejó que le troceasen el brote, la yema. A él, sin embargo, le fascina esa animalidad del cuerpo sangrante -recuerda haber ahogado gatos bajo un grifo con su mano de verdugo-, pero allí, con los pies helados se abrazan y sellan la intimidad de los que mean juntos.

   Y a partir de aquí, una verdadera noche de tiburones y lobos. Un emigrante africano que llega sin papeles en un cayuco negro en el que muchos murieron. Él no sabe de fronteras, pero recibirá los aullidos de perros rabiosos del hombre y de la mujer blanca, hasta que los cuerpos se acercan y la verga del negro toca la pelvis de la mujer blanca. Un chica muy joven que huye de la prisión de su casa; se traga el asco del conductor que la recoge, porque tiene raja y los hombres danzan a su alrededor. Así estrena su condición de presa, aunque esta vez conseguirá escurrirse de las garras de la fiera. Pero ella tiene hendidura, principio, néctar que atrae a los hombres. Ella correrá, correrá maldiciendo el sexo que enerva a los machos.

   La parte central y más larga de esta noche de lobos y presas es una escena de sexo animal ejecutado por el hombre y la mujer maduros de las primeras páginas. Él había sido atraído por una rubia relamida, pero prefiere la animalidad. Ambos reconocen la ronca erosión de lo que fueron sus cuerpos y entre ellos solo brilla el deseo y la animalidad. Ella, con la vagina sangrante, quiere que la violente, quiere ser castigada. Y el hombre penetra, pica y perfora con su tubo.

   Mas, incluso en la sordidez, hay un pequeño espacio para la solidaridad de los vencidos, de los parias. Es el contrapunto que ponen el africano y la muchacha menor de edad. El africano guarda a esta niña que trajo la carretera. Ellos, los excluidos de la tierra, convergen en la noche, se encajan el uno en el otro y se abrazan; aunque el emigrante sin papeles, desde su miedo, replegado hacia adentro, presenciará cómo la muchacha será agarrada por un garra de huesos amarillos, la del seboso viajante que la caza en la noche con las manos del odio, hasta que encuentra la supurante rendija que lo consume. La chica se siente comida, devorada desde el centro, hasta que una botella rota consumará la venganza, tan terrible como merecida.

   En el inicio de este comentario figura un rótulo insuficiente: “Narrativa del desgarro”, porque el libro de Xina Vega va mucho más allá de los desgarros corporales y anímicos. Xina Vega narra lo siniestro de la cotidianidad, el lado más repulsivo de la realidad, carente de cualquier atisbo de amabilidad. Texto extremo, salvaje, subversivo; corta y rasga como esa cuchilla de afeitar sobre fondo negro que Javier Jiménez Lozano creó para la portada. Un  relato que se solaza en el dolor y en la animalidad, en el sexo subyugado por hormonas o por el imperio y el hábito del dominio. Sí, porque las prosas de Nadie duerme, en esos animales que cabalgan, en su sexo visto como lucha feroz, presenciamos las elementales relaciones de dominio del rebelde de los bosques y el mutante de la sabana, la clase dominante de machos transformada en la clase dominante de hombres. Lo que fue en los orígenes del homo sapiens sapiens permanece inalterable. Los hombres convierten a las mujeres en menores desde el punto de vista político, económico, cultural y también sexual.

   Un libro úbrico, con estados de excitación, de paroxismo, de desorden extremo, de violencia acumulada y no reprimida. De exceso y consumación que, como han puesto de manifiesto Georges Bataille y Roger Caillois, merecen un lugar destacado en la ciencia del hombre, porque el carácter sísmico del goce humano conduce a la ubris, a la desmesura, al sexo como desgarro, como herida, como lucha feroz; sin belleza ni fealdad.

Y no obstante la dureza de estas páginas, no cabe hablar de masoquismo literario, porque las historias se hallan extraordinariamente bien tejidas y relatadas como una prosa primorosa. Cada nimio detalle tiene su razón de ser entre el rechazo y la angustia.  No es, sin embargo, un texto apto para mojigatos, pero sí un plato exquisito para esa especie de lectores capaces de mirar lo que potencialmente nos puede incomodar.

   También la técnica literaria, el modo narrativo es muy diferente de  lo habitual. Quizás muchas y buenas dosis de minimalismo: un texto con múltiples elipsis, no impuestas por ningún Gordon Lish censurador, sino por la acuidad de la escritora que sabe que lo que es suficiente con ser sugerido atrapa mucho más que lo explícito y manifiesto. Una muestra: el aborto de las primeras páginas nunca será verbalizado de forma expresa.

   ¿Realismo sucio? En la novela todo está caracterizado por la concisión y la sobriedad. Las descripciones solamente actúan a modo de pausas entre secuencias, y cuando algunas se cuelan entre los textos sangrantes y carentes de amabilidad, no son de paisajes hermosos, sino de parajes desolados:”En la planicie solo se vislumbra el aislado claror de las piedras, pequeños esqueletos de pájaros, neumáticos viejos” (página 53). Lo que sí hace la autora es  metamorfosear  sin cortapisas (“las rojas uvas de los testículos”, valga de muestra). Los diálogos están prácticamente ausentes y este teatro de horrores solamente podría ser transmitido por una narrador heterodigético. Y si el realismo sucio pretende representar fielmente la realidad, sin llevar  acabo idealizaciones, Xina Vega está en esa onda; ahuyenta el romanticismo, no huye de lo repulsivo, retrata lo siniestro de la cotidianidad, el horror de la realidad que nos rodea, esa montaña de basura que quizás sea de lo poco que una generación lega a la siguiente. Sin eufemismo, con el sexo visto como una lucha feroz, con palabras que no lo enmascaran porque, en el fondo “joder (es como cagar, como comer” (página 58). Así explora la autora los límites del lenguaje ante inquietantes experiencias de dolor y placer animal. Esa animalidad que obliga a hombres y mujeres a afrontar el lado salvaje y violento de sus deseos y que es simultáneamente utopía y distopia”, como escribe una joven narradora latinoamerica, cuya escritura tiene un aire de familia con la de Xina Vega.



Xina Vega


Fragmentos



“Allí, en medio de ninguna parte, con los pies helados en la tierra rota, se abrazan y piensan en lo poco que comprenden, en la angustia y el deseo. Y, acompasados, deciden sellar una especial intimidad meando juntos sobre las podridas cañas del rastrojo. Hombres y mujeres convertidos en cuerpos indistintos, en vejigas que supuran, vasos comunicantes que conforman un río de alcohol turbio y amarillo.

Al acuclillarse, ella piensa en todo lo que huye por el reguero y cree divisar el cuerpo viscoso del no nacido, el brote cercenado nadando en la espuma del detrito.”



…..



“La muñeca de plástico abre las piernas, deja practicable el orificio, el dildo mecánico vibra y rota, va derecho al objetivo, cava. No hay aquí belleza, tampoco fealdad. En la gélida noche de enero dos cuerpos se enlazan, encajan como piezas en serie en la cadena del deseo humano. Carne sobre carne . No hay calor, tampoco mentira. Solo la fricción localizada en el sexo. Ella cierra los ojos, bloquea la nariz, no quiere que nada le recuerde que e cima de ella  jadea u hombre. Ni la acidez de su aliento ni las gotas de sudor que resbalan por unas mejillas carnosas y enrojecidas ni la rozadura áspera del vello ni la blanda curvatura del abdomen, no, no quiere ver al otro, al exacto animal que la cabalga, al deforme sustituto de sus ansia, nada le interesa excepto su verga.”



…..



“De pronto siente sobre la carne una garra de huesos amarillos. Alerta, alerta, no es sueño la vida. A quien le duele su dolor le dolería sin descanso. Ahí está el seboso viajante de comercio, el violador frustrado que quiere consumar lo que antes había iniciado. El cazador en la noche abre con la mano del odio, con la mano del amor los muslos de la muchacha y busca lo que le falta, la supurante rendija que lo persigue. Quiere hurgar ahí, apuntar con su pequeño palo y disparar, inundarla con su baba blanca, con su fétida orina, excretar en ella el corazón roto, marcar el territorio. ¿Dónde si no tendría él que mear para que lo viesen? ¿Dónde si no para que lo quieran?”



…..



“Con el terror en los ojos, ella comienza a ser comida, devorada desde el centro, succionada hacia los turbios intestinos del cazador. Su grito se pierde en la llanura y convoca a un remolino de aullidos, el lloro inhumano de la multitud presa e la tela de araña de la noche (…) Las manos crispadas aferran la botella vacía que se ofrece. Reluce el vidrio que se rompe contra la piedra. Armada, imagina la mordedura, el río de sangre, el bosque de pez, imagina ese tosco tubo, esa masa nervada, las rojas uvas de los testículos, imagina esa serpiente vomitadora de pasta blanca separada del hombre, deshecha, un muñó de carne, algo que no vale, carne rota. El hombre cabalga, empuja sus riñones hacia delante, cava en el terrón, arranca uno a uo los dientes de la vagina y tira de los cabellos y le dobla el cuello a la pequeña puta miserable, quiere que le guste, quiere que ella goce como él goza, esa es la verdadera medida de su poder de hombre, el jefe de la manada, el lobo que devora. Está próximo ya el relámpago del orgasmo, el blanco en los ojos, la cabeza ansiando la antigua conexión celeste. Y es cuando nace el aullido, infinita travesía en campos solos, cuando ella consigue liberarse. El casco partido impacta sobre la verga. La fuente se derrama por la base, una lluvia de sangre car sobre los muslos de la joven mezclada con la leche blanca de la vida.”



(Xina Vega, Nadie duerme,  páginas 12-13, 59, 79-80, 80-81)

domingo, 11 de febrero de 2018

NO HOMO SAPIENS, HOMO LUBITZ



Homo Lubitz

Ricardo Menéndez Salmón

Editorial Seix Barral, Barcelona, 2018,  270 páginas.



    
   Dos acontecimientos de distinta naturaleza, según reconoce el escritor, se hallan en la fuente de inspiración de este libro. Un viaje de dos meses a China, en el que lo que allí vio Ricardo Menéndez Salmón, chinos incluidos, le pareció inescrutable. El otro, global: el accidente aéreo de Germanwing en los Alpes en el que el copiloto Andreas Lubitz estrelló voluntariamente su avión contra las montañas en 2015, con la muerte de ciento cincuenta personas. Precisamente el apellido de este suicida-asesino es el que aparece en el título de la novela. Son las dos circunstancias que le prestan al libro su clima y proyectan una historia que acontecerá diez años más tarde. Una novela exigente, perturbadora, una ácida reflexión sobre la condición humana, pero recordemos el lema del escritor asturiano: “Conmover, perturbar, incluso irritar. Un libro que no logre ninguna de estas tres cosas no me interesa.”

   Homo Lubitz  es una novela tan compleja como rica y profunda. Una historia en la que hay acciones, acontecimientos, pero sobre todo ideas. Novela que posiblemente merezca ser rotulada como novela filosófica, porque la filosofía ha coqueteado desde siempre con las fronteras de la ficción. Para no pocos escritores, la filosofía no deja de ser otra forma de ficción, aunque le otorga al lector otro tipo de claves para imaginar la realidad. Y no pocas obras de la gran literatura, sin excluir la lírica, están atravesadas por la filosofía. Mas ese género de la ficción literaria en el que la mayor parte de lo escrito está dedicado a la reflexión discursiva, suele ser extremadamente arriesgado. Una comprobación es este Homo Lubitz en el que un escritor tan bregado, dueño de un estilo brillante que llega incluso a arrebatar, graduado en filosofía, materia que enseñó hasta que decidió dedicarse exclusivamente a la escritura, deja confuso al lector que no acaba de comprender a qué vienen muchas de las secuencias de la novela.

   Quizás porque Menéndez Salmón construye, no un andamiaje narrativo para sostener un edificio novelesco, sino un edificio reflexivo en el que lo alegórico y lo críptico superan a lo narrativo. Y Homo Lubitz es claramente una alegoría, la alegoría del vacío y del absoluto control de la vida humana, incluida su vertiente política, por las grandes corporaciones.

   Mas no por lo hasta ahora dicho cabe pensar que Homo Lubitz carezca de argumento. Una distopía situada en un cercano futuro que el narrador relata ya como hechos acontecidos: año 2025, en Shanghái, una corporación multinacional, Arconte Limited firma un contrato con el gobierno chino para que los millones de chinos con intolerancia a la lactosa se sometan a un tratamiento farmacológico, un novedoso producto que les permitirá superar dicha intolerancia. El negocio es movido por el agente Richard O’Hara. La empresa gana quinientos millones de dólares y la recompensa para el creativo O’Hara es de cinco millones. Pero tendrá que asumir un nuevo reto. Acompañado por una mujer llamada Amanda, deberá hallar un paisaje representado en una antigua fotografía. Durante más de un año, recorren los cinco continentes en búsqueda de un espejismo. Un peregrinaje que desemboca en el vacío, la violencia, la culpa y la autodestrucción. O’Hara vive y experimenta en su carne la atmósfera del lujo deshumanizado de los hoteles asiáticos junto con el intérprete Zhao, la anciana Amanda y Control, un paradigma por excelencia del Gran Hermano.

   A través de esta trama y de sus ingredientes, y con un O’Hara obsesionado por los accidentes, especialmente por las catástrofes aéreas como la provocada por Andreas Lubitz, desarrolla Ricardo Menéndez Salmón una fábula que pretende profundizar en  algunos de los rasgos comportamentales del hombre actual, de los seres humanos que viven en un mundo que posibilita la existencia de un “homo Lubitz” que está suplantando al “homo sapiens”, y entre cuyos rasgos el escritor asturiano singulariza la anomia o sensación de angustia ante el vacío; la espectacularidad, es decir la idea de que todo puede ser transmitido, y cualquier gesto, por nimio que sea, tiene la capacidad de convertirse en espectáculo; un nihilismo vacío, alejado de la idea de rebeldía o transformación que se agota en el propio gesto.

   Un asesinato masivo como el de los Alpes es una muestra de ese vacío que rodea a muchos seres humanos de nuestros días. Todo carece de sentido, y, a la vez, existen personas que quieren singularizarse mediante lo espectacular con resonancias planetarias, aunque eso lleve consigo cientos de muertes. Andreas Lubitz, en el fondo, solamente era un síntoma de una enfermedad que se lleva gestando desde hace mucho tiempo en el mundo occidental.

   Otra de las líneas de fuerza más inquietantes de la novela se centra en los mecanismos del poder, un poder omnímodo, como el de Control que había levantado un inconmensurable órgano de poder al margen de parlamentos, gobiernos, capaz de redibujar desde la sombra las relaciones planetarias.

   En Homo Lubitz resuenan los ecos del cineasta David Cronenberg y de pensadores y escritores como J.G. Ballard, William Gibson y Don DeLillo. Todos ellos son testigos e un mundo que cambia a gran velocidad, como un laberinto sin centro. Y hace así mismo que su protagonista sea un amante del arte de Louise Burgeois, porque las piezas de esta pintora transparentaban, en su narrativa, historias de desamparo y de reconstrucción de lugares de refugio.

   Una novela que no admite lecturas planas como se ha dicho, mezcla de varios géneros: desde el relato de misterio hasta el thriller. Con una excelente captación  de la realidad china en las cien primeras páginas. Esa China, a la vez transparente e inescrutable. Con distintos ritmos narrativos: lento, intermezzo, moderato, presto, especialmente a partir del capítulo “Mister Cronenenberg dicta una lección”. Un estilo de prosa brillante y magnético con originales metáforas (“La noche era un bronce audaz”). Todo ello hace más soportable la lectura de un alegato con tintes morales que, a veces, se pierde en parajes ásperos y quebrados donde el lector acaba igualmente por extraviarse.








 
Ricardo Menéndez Salmón (Forogría de Susana Carro, EFE)

Fragmentos



“Dicho suceso, prosiguió O’Hara al comprender que el pájaro no regresaría, no había afectado más que a un centenar de personas, no había cambiado el statu quo de ningún Estado, no había bautizado una nueva era. Y sin embargo, aquel acontecimiento había abierto el más profundo  abismo al que el ser humano se había asomado en décadas. Porque aquel suceso había ratificado, de forma radical, tanto la existencia del mal como la evidencia de su implacable corolario: el carácter soberano, indomesticable de la libertad humana. En realidad, concluyó O’Hara eructando e staccato y arrojado piedrecitas hasta acertar en una roca en forma de yuquee que asomaba entre los juncos, no muy lejos donde la garza se había detenido a contemplarlos, ese suceso constituía la prueba definitiva contra cualquier tentación de una explicación coherente del mundo, contra cualquier noción de seguridad, contra cualquier atisbo de un relato de sentido.”



…..



“Fue entonces cuando mudó el nombre de Control, borrando las huellas que se había permitido en su anterior avatar, y con una astucia acumulada de siglos y un capital más que generoso levantó un órgano de poder al margen de parlamentos y corporaciones, en una oscuridad tanto más seductora en la medida en que huía de una definición precisa. Arconte Limited auspiciaba así a una élite capaz de redibujar desde la sombra las relaciones planetarias, una internacional del Talento enfocada a conectar entre sí los elementos rectores de la realidad para propulsar reformas de diverso orden, u simulacro de lector universal del inagotable texto en que el mundo se había convertido. Porque todo consistía en un asunto de narrativa, de perceptivas, de la hermenéutica adecuada a cuanto sucedía fuera. La clave era cómo decir el mundo.”



…..



“Allí estaba el aura del poder, la sustancia incolora, inodora, insípida pero tan preciada como el agua, aquel clima que había sentido el día que conoció al comodoro Li y que se le había reiterado, elevado a una potencia superior en su visita a Control. Políticos, sabios, artistas, los dueños del aura, vástagos de un país sin mapas, cuyos súbditos cambiaban a capricho de las mareas de la Historia, si es que la Historia consistía e algo más que en la abrumadora elasticidad del espíritu humano, en su capacidad irrevocable para crecer en Astarté y e Moloch, el cero y el infinito, las tablas de logaritmos y el círculo cuadrado.”



(Ricardo Menéndez Salmón, Homo Lubitz, paginas 72-73, 203, 183)

jueves, 8 de febrero de 2018

A LA MEMORIA DE LOS QUE NO TIENEN NOMBRE



Un final para Benjamín Walter

Álex Chico

Editorial Candaya, Anviyonet del Penedès (Barcelona), 2017, 251 páginas.



    

   Walter Benjamín (1892-1940), el gran pensador alemán a pesar de su obra discontinua y poliédrica, nunca fue honrado en vida. Despreciado intelectualmente por las instituciones nazis alemanas y también por las parisinas, sobrevivió a la pobreza en sus últimos años gracias al apoyo que le prestaba la Escuela de Frankfurt, especialmente su amigo Theodor Adorno que fue también quien le ayudó a obtener el visado de tránsito por la España fraquista para exiliarse en Estados Unidos, aunque a la postre de nada le serviría. Él mismo tuvo conciencia de su condición cuando en una de sus Tesis sobre la filosofía de la historia escribió la frase que el artista israelí Dani Karavan grabó  en el Memorial Walter Benjamín en Portbou: “Es una tarea mucho más ardua honrar la memoria de los seres anónimos que a la de las personas célebres. La construcción histórica se consagra a la memoria de los que no tienen nombre”. Y Walter Benjamín no tuvo nombre ni durante su vida ni siquiera a la hora de la muerte. En su acta de defunción firmada por el cura Andrés Freixas de la parroquia de Santa María de Portbou, se cambia el nombre por el apellido: “ha fallecido aquí en Portbou (…) a la edad de 48 años el señor Benjamín Walter”

   Sin embargo, ese muro de silencio que le rodeó en vida y tras su muerte, se abrió, para las letras españolas, en el año 2006 con el proyecto de publicación de las obras completas del intelectual filósofo y narrador. Otras iniciativas han recuperado parte de su obra o siguen el periplo vital de Walter Benjamín en España, donde estuvo en dos ocasiones en la Isla de Eivissa (1932) y en las horas trágicas de su fallecimiento en Portbou, en septiembre de 1940.

   De ese momento trágico y del periplo hasta llegar a Portbou se ocupa el reciente libro de Álex Chico, Un final para Benjamín Walter, otro producto editorial muy selecto e interesante editado por Candaya. Un libro hibrido, obra de ensayo ficción como se ha escrito, que amalgama crónica de viajes, novela y ensayo, y sobre todo una reflexión sobre la ética y estética del pensador, así como el peso del pasado y de la memoria en el presente. Una obra que traza una nueva mirada sobre Walter Benjamín, y en la que, sin embargo, el autor muestra su reticencia a la hora de diagnosticar quién fue realmente Walter Benjamin, ya que cree que no existe una sola respuesta.

   Mas Álex Chico no solamente tiene el propósito de descubrir desde sus escritos quién fue el pensador apátrida que pone fin a sus días en Portbou. El escritor viaja a la localidad fronteriza para averiguar cómo fueron las últimas horas de Walter Benjamin. Y además su trabajo se expande por ese territorio que marcó el final de una existencia, porque descubre que autor y territorio podían explicarse mutuamente, como si ambos se hubieran estado esperando desde tiempos pretéritos. De ahí que reiteradamente se menciona la relación del propio narrador con el paisaje de la localidad fronteriza, centrándose sobre todo en algunos de sus símbolos: la vieja estación ferroviaria, el Memorial a Walter Benjamin, las antiguas aduanas hoy abandonadas y otros edificios en ruinas, elementos simbólicos, varios de ellos, que predican el paso inexorable del tiempo.

   Para el autor, antes de su arribo, Portbou era tan solo un escenario colateral de esa extraña trama que se oculta detrás de la muerte, incluido el paso de algunos por el pueblo con mala fortuna, pero él se encuentra con un pueblo. Y en ese lugar fronterizo se siente cómo tantos fugitivos perseguidos por un ejército asesino: “yo también era Hanna Arendt, Agustí Centelles, Alma Mahler. Y también era Walter Benjamin” (página 24). Mas hoy en Portbou todo son estragos producidos por el paso del tiempo. También la visita al cementerio para encontrase cerca de alguien que no estaba, con sus huesos desperdigados, aunque lo importante era el pequeño dolmen erigido en honor del ausente con una inscripción de un fragmento del pensador que habla del despotismo y de la barbarie: “No hay ningún documento de la cultura que no lo sea también de la barbarie” (Tesis de filosofía de la historia, VII).

Walter Benjamin
    
   La necesidad de comprender trasladará al viajero a la cercana Cerbère, otro pueblo abandonado que guarda los huesos de otro fugitivo, Antonio Machado; y visita otro punto “sobresaliente” de la brutalidad y de la vergüenza, Argelès-sur-Mer, el campo de concentración, “un infierno sobre la arena” (Robert Capa) donde penaron y murieron los vencidos, los republicanos españoles, porque haber sido vencidos una vez no es suficiente.

   Y a Portbou, atravesando la ruta Lister, llegó como muchos otros y otras Walter Benjamin. Seres con nombre y seres que no tienen nombre a los que se refiere el pensador apátrida en la única cita que Dani Karavan acepto inscribir en “Passatges”, el Memorial de Walter Benjamin. Allí sigue la fonda de Francia en la que se alojó, vivió y murió Walter Benjamin  tras su llegada, como reza la placa, si bien en realidad en aquella humilde habitación no residió más que unas horas, las que mediaron entre la desesperanza, la desesperación y la muerte. Un oportuno retroceso en la historia, le permite a Álex Chico reconstruir la existencia de Walter Benjamin a partir de 1933, cuando el nazismo se consolida en Alemania y Walter Benjamín huye a París.

   Tras la muerte, las especulaciones que dificultan la separación entre el mito y la historia. Y múltiples interrogantes que quedan en el aire porque los que podrían contestar, han fallecido. Pero si algo tiene claro Álex Chico es que la escritura -en este caso la de Walter Benjamin- es un anticipo de la forma de desaparecer del mundo. Por eso, a examinar esos escritos dedica las secuencias finales del libro, mas sin abandonar el territorio, los testimonio y ni siquiera los sueños. No se trata de un estudio erudito, académico y con frecuencia engorroso de los escritos de un pensador. Es suficiente un regreso a algunos de esos libros  para, desde allí, extraer impulsos y acatar la lejanía que le separaba del escritor apátrida, que fue algo parecido a lo que el mismo Walter Benjamín escribió sobre Kafka: “un hombre que había estado ocupado continuamente en la indagación de sí mismo y, sin embargo, nunca pudo mirar siquiera una vez a un espejo.”



                                             
Cenotofio Walter Benjamin en Portbou

   Afortunado y apropiado cierre para un libro que nunca pretendió ser una biografía, sino únicamente señalar el itinerario de alguien ausente, etéreo, distante, alguien del que no dudamos que haya existido y, sin embargo, tampoco llegamos a comprenderlo del todo (página 237). Esas palabras reúnen la esencia más profunda de este libro, el ensayo ficción que recorre itinerarios, glosa de forma modélica e inteligible textos anteriores, recupera historias de otros fugitivos de dictaduras que hicieron de Portbou su patria.

   Un excelente libro, en definitiva que confirma una de las tesis de Walter Benjamin: la construcción histórica se consagra a la memoria de los que no tienen nombre.






 
Álex Chico

Fragmentos



“¿ Qué significaba ese cuadro para Walter Benjamin? ¿Qué le atraía tan profundamente como para escribir sobre él en varias ocasiones? Una de las respuestas está en su novela tesis de las dieciocho que configuran sus Tesis sobre la filosofía de la historia. Este es el fragmento.«Hay u cuadro de Klee que se llama “Angelus Novus”. En él se muestra a u ángel que parece a punto de alejarse de algo que le tiene paralizado. Sus ojos miran fijamente, tiene la boca abierta y las alas extendidas; así como uno se imagina al Ángel de la Historia. Su rostro está vuelto hacia el pasado. Donde nosotros percibimos una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única que amontona ruina sobre ruina y la arroja a sus pies. Bien quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer los despedazado, pero desde el Paraíso sopla un huracán que se enreda en sus alas, y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irremediablemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras los escombros se elevan ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.”



…..



“Benjamín carga con su mala salud y con quince tabletas de compuestos de morfina. Debe pararse cada cien metros y acaba extenuado el viaje. La pared de la montaña se levanta casi verticalmente, sin apenas senderos que pudieran facilitar el camino. A su alrededor, un paisaje lleno de viñas, cultivadas para la producción del vino de Banyuls.

Avanza por la ruta Líster, un antiguo camino frecuentado pro contrabandistas que fue empleado por los republicanos de la División del General Enrique Líster en su retirada (…)

Al grupo de Walter Benjamín, Henry Gurland y su hijo Joseph se le suman cuatro fugitivas, empeñadas también en cruzar la frontera: Carina Birman, su hermana Dele. Sophie Lippman y Grete Freud (…)

En el lado español les recoge un pastor, que les guía hacia el pueblo. Benjamin se presenta en la comisaría de policía o en el cuartel de la guardia civil, un gran edificio hoy desaparecido que ocupaba una parte de la rambla. ¿Por qué acude allí en primer lugar? ¿Para que le proporcionaran un papel que le tranquilizara? ¿Por equivocación, pensando que se encontraba en el edificio de las aduanas? Lo que Benjamin no sabía es que estaba entrando en la boca del lobo, aunque tuviera un visado de tránsito por España y Portugal. Un reciente cambio de legislación impedía el paso por España a los refugiados sin nacionalidad. Por ese motivo serían deportados de nuevo a Francia al día siguiente. Según nos explica Grete, deberían regresar por el mismo camino que les había llevado hasta allí. En Portbou, se alojan en un hotel regentado por Juan Suñer. Pocas horas después, uno de ellos aparece muerto. El resto continuará su camino más tarde.”



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“Lo último que escribió Walter Benjamin fuer una carta. Se la entregó a Henry Gurland, con quien había atravesado la frontera poco antes. Gurland debía transmitir su contenido a uo de los amigos más cercanos de Benjamin, el filósofo alemán Theodor W. Adorno. Sabemos lo que decía esa carta, pero o dónde está, porque no se conserva ninguna prueba de su existencia. Es esta:«En una situación sin salida no tengo más opción que ponerle fin. Será en un pequeño pueblo de los Pirineos en el que nadie me conoce donde mi vida se acabará». Antes había ingerido una gran dosis de morfina. Después de sufrir intensos dolores y de rechazar enérgicamente un lavado de estómago, Walter Benjamín murió hacia las diez de la noche del 26 de septiembre…”



(Álex Chico, Un final para Benjamin Walter, páginas 96, 120-121, 123)