sábado, 23 de julio de 2016

UN APETITOSO BOCADO COMO ANTICIPO



“Cuidaré tus pájaros
  pero me niego a
  a hacer el amor en la jaula”

      Aleyda Quevedo Rojas

   Es tan solo un anticipo de un apetitoso bocado de una función poética. Lo más breve de la poesía,  algo muy pequeño, pero muy fuerte (Michel Deguy). Tan solo un haiku, el poema de origen japonés, plasmación epigramática de un instante que la voz poética intenta retener en una especie de fotografía emocional. Tonalidad íntima y universalizadora que pretende comunicar una experiencia concreta y esencial, despojada de todo aquello que es circunstancial, y con una clara orientación hacia la síntesis. Percepción clara y momentánea, hecha mármol en el decir poético, de un ser y de un acontecer.
                                          
Aleyda Quevedo Rojas
   Su autora, una de las voces más fulgurantes, explosivas y potentes de la actual poesía latinoamericana. La poeta ecuatoriana Aleyda Quevedo Rojas. Es un exquisito avance de una aproximación a su antología poética (1988-2016) que apareceré dentro de unos días en esta bitácora.

Francisco Martínez Bouzas

jueves, 21 de julio de 2016

AMOR Y DESAMOR BAJO LA OCUPACIÓN NAZI



Los amantes bajo el Danubio
Federico Andahazi
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2016, 330 páginas

   Con base en hechos reales, el rastro de la historia del abuelo que escondió en el sótano de su atelier de pintor a su primera esposa judía junto con el marido de esta, con quien le había engañado antes del divorcio, el prolífico escritor argentino Federico Andahazi (Buenos Aires, 1963) publica en Seix Barral Los amantes bajo el Danubio, una intensa historia llena de registros sentimentales y de estrategias para resistir al nazismo por medio de actos humanitarios, aunque alguno de los personajes de la novela, el amante/marido de su ex esposa los perciba como una venganza.
   Federico Andahazi construye una novela apoyándose en oposiciones y también en lugares comunes: amor-odio, víctimas-victimarios, maridos-amantes, arriba (la casa)-abajo (el sótano), porque el autor no desdeña ciertos elementos de la dramaturgia griega, ni tampoco de la shakesperiana, situado la trama de la novela en uno de los períodos más espantosos de la historia de la humanidad.
   En efecto, Federico Andahazi traslada la acción a Budapest ocupada por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Y en la capital húngara reconstruye, desde la ficción, la historia familiar: una agitada y borrascosa historia de amor y desamor -y sobre todo, de altruismo- de dos parejas durante la ocupación de la ciudad por las tropas nazis. Es la historia del abuelo, Bora en la novela, pintor y ex embajador de Hungría en Turquía, que salvó a un elevado número de judíos, entre ellos a su ex esposa Hanna y a su marido Andris, con quien le había traicionado mientras aún estaban casados. El autor reconstruye con fidelidad la Budapest ocupada por los nazis, así como el clima de terror y miedo en los que se halla sumergida la capital húngara. No obstante, el protagonismo de la novela no se sitúa en lo que ocurre fuera, a pesar de los abusos de los ocupantes, sino en los acontecimientos que tienen lugar de paredes adentro de la casa de Bora: el dolor que genera una vieja herida de amor/desamor. En el contexto de una terrible guerra, Federico Andahazi le concede un inmenso y perturbador protagonismo a la guerra interna que se libra entre las cuatro personas involucradas.
   El escritor sitúa el inicio de la ficción en el año 1944. El marco espacial, como ya quedó apuntado, la capital húngara ocupada por la tenaza nazi. Bora y la judía Hanna se han divorciado hace años. Ahora viajan sin mirarse, sin dirigirse la palabra. El Mercedes de Bora se dirige a su mansión y, en el subsuelo de su taller de pintor, esconde a su ex mujer y a su actual marido. Bora pagaba de este modo la traición con altruismo. Y allí en el sótano, sin siquiera abrir los ojos, permanece la pareja como siameses, como cadáveres en vigilia. La novela reconstruye los largos días y meses de encierro, que no se distinguen de las noches; los peligros por las frecuentes visitas del mayor alemán Rodrich Müller que alteran a Andris y que obligan a que Hanna se abalance sobre su marido y le arrebate el miedo y la indignación  con sexo amoroso y frenético. Será el sexo apasionado de los “prisioneros” del subsuelo la forma de escapar de la ocupación y de la muerte. Ellos, Hanna y Andris se aferraban al placer de los cuerpos como la última tabla de salvación. El sexo, siempre iniciado por Hanna, les permite soportar la presencia del verdugo a escasos centímetros de sus cuerpos.
   Reconstruye Federico Andahazi la historia de las relaciones sentimentales de las dos parejas, con especial énfasis en la de Bora y Marga, en la que el roce y el hechizo de los cuerpos juveniles juega un importante papel en los efluvios de la adolescencia. Sin embargo, con una bala alojada en su cráneo, recuerdo imborrable de la Primera Gran Guerra, Bora Persay no se casará con Marga, sino con la judía Hanna, pese a la oposición de ambas familias.
   En la novela se va entreviendo poco a poco el clima de odio hacia la “secta insidiosa de los judíos”, capaz de fracturar incluso los lazos familiares, lo que hizo que los hijos de Abrahán se reagrupasen. Es así como Hanna reencuentra en Andris, el amigo de la infancia, los elementos perdidos de su propia biografía. Pero también fue así como el edificio conyugal de Bora y Hanna se cimbró desde lo más profundo.
   Con una lógica fácil de entender dada la nacionalidad del autor, y el hecho de que Argentina fue destino de supervivientes del Holocausto  y de huidos, muchos de ellos criminales, tras la Segunda Guerra Mundial, la acción se traslada en el desenlace al país austral. Y allí tiene lugar una resolución de la diégesis novelesca, desde mi punto de vista, poco creíble, aunque propicia a la lágrima fácil. Es ese el “debe” de la novela que oscila entre momentos y secuencias intensamente humanas y épicas y otras poco verosímiles, como el recurso artificial de intercambio de esposas por un día y una noche que urden  los de “arriba” para conocer el porqué de la traición de Hanna. O la fecundidad milagrosamente recobrada por Marga en Argentina. Todo ello teñido con  una tonalidad sentimental que empaña los actos de altruismo, heroísmo, resistencia moral, historias tormentosas de amor y también de desamor en épocas turbulentas.
   Estructuralmente la novela alterna capítulos y secuencias dedicados a los de “arriba”, con otros en los que se relata el encierro de Hanna y Andris “abajo”, en el sótano del atelier de Bora. Con acuidad emplea el autor frecuentes saltos en el tiempo entre el pasado y el presente. Un lenguaje esmerado, a veces explosivo, no dificulta la lectura. Destaco finalmente el importantísimo papel que en la novela tienen las mujeres. Ellas son la personificación de la sensatez en tiempos bélicos muy peligrosos. Así como la función vinculante del sexo, un asidero a la vida cuando lo único que rodea a los protagonistas es la devastación y la muerte.

Francisco Martínez Bouzas

                                                    
Federico Andahazi
Fragmentos

“Había pasado mucho agua bajo el puente desde los tormentosos acontecimientos que precipitaron el divorcio. Durante los últimos diez años Hanna y Bora levantaron un muro con la piedra del silencio y la argamasa del rencor. No habían vuelto a verse desde el día en que salieron de los tribunales, cada uno por su lado, con la sentencia del juez bajo el brazo. Sin embargo, después de tanto tiempo de fingida indiferencia, una vez más, Hanna y Bora volvían a cruzar juntos el viejo Puente de las Cadenas que unía Buda con Pest.
En el pasado, durante los días felices, todos los domingos al atardecer emprendían el largo regreso desde la casa de campo hacia la ciudad. Tibor el chofer de la familia, conducía en silencio el Mercedes azul como el Danubio. En aquellas épocas lejanas, el matrimonio iba plácidamente recostado en el asiento trasero, aislado por el vidrio que dividía la cabina. Ella apoyaba la cabeza en el hombro de él. El pelo de Hanna se precipitaba como un torrente de cobre sobre la solapa del traje de Bora. Rodeada por el brazo protector de su esposo, la mujer canturreaba una canción mientras al otro lado del puente surgían las cúpulas del Bastión de los Pescadores recortadas contra el cielo rojizo del crepúsculo.”

…..

“En el preciso momento en que Andris iba a gritar, Hanna tapó su boca con la suya y lo besó. Lo besó con amor, con lujuria, con desesperación, con ternura, con entrega, con emoción, con alegría y con un enorme deseo de besarlo. Recorrió con su lengua los labios de Andris desde una comisura a la otra. Apretó su cuerpo contra el de él. En silencio, como en una danza, lo llevó hasta el suelo y, en posición horizontal, Hanna atrapó las caderas de su marido entre sus muslos. Tenían que silenciar los gemidos y los estertores. Hanna desnudó sus pechos y frotó los pezones dilatados, crispados y rojos sobre la boca de su esposo. Con el índice, Hanna escribió en la frente de Andris «te amo». El hombre, horizontal como estaba, se sacudió en un llanto hecho de emoción y deseo. Era la vida que reclamaba la supremacía sobre la muerte. Era el amor en estado puro. Cuánto se querían. No merecían morir ellos  ni el amor que se profesaban (…) Hanna, ardiendo de placer, recorrió con la palma de la mano el abdomen tenso y magro de Andris, desajustó el cinturón cuidando de no hacer ruido con la hebilla y luego su boca siguió la huella que había indicado su mano. De pronto, los conceptos arriba y abajo, cielo e infierno, se invirtieron. Mientras Hanna y Andris se elevaban, Bora debía soportar la ingrata compañía del mayor Müller mientras velaba por el encuentro de aquellos amantes bajo el Danubio.”

…..

“Todos los jueves a las diez de la mañana se repetía la misma escena sin variaciones. Hanna salía, el corría hasta el auto, se vestía con la ropa de Tibor y la esperaba en la puerta del edificio donde Andris tenía sus oficinas. Dentro del auto, al otro lado del vidrio, Bora miraba una y otra vez las dos breves escenas de la misma función teatral: la entrada y la salida de Hanna una hora y media después. El resto de la obra se lo tenía que imaginar. Bajo la librea de chofer, Bora revolvía la herida como si en algún punto disfrutara de ese dolor.
¿Hasta dónde  quería llegar? ¿Qué otra prueba le hacía falta? ¿Qué más debía saber ¿Qué detalles era necesario conocer? El engaño estaba consumado desde el momento en que Hanna, su mejor amiga, su esposa, la niña que había conocido en los jardines del Hotel Gellért, le mintió. ¿Para qué dejar que el puñal entrara más hondo cada día? Conocía la naturaleza humana. Había estado en la guerra. Tenía una bala en la cabeza. Vio morir a sus compañeros. Había matado. ¿Qué podía ser peor que lo que le había tocado vivir en el frente de batalla?”

(Federico Andahazi, Los amantes bajo el Danubio, páginas 9-10, 92-93, 177)

sábado, 16 de julio de 2016

"LA NOCHE DE LOS CANGREJOS": ENTRE EL COSTUMBRISMO Y LA MAGIA



La noche de los cangrejos
Pastor Aguiar

Prólogo de Francisco Acuyo

Etnográfico Ediciones, Granada, 2016, 122 páginas



   Vuelve a regalarnos Pastor Aguiar una nueva antología de cuentos que se unen a los de su primer libro en solitario, Cuentos (Miami, 2012), reeditado y ampliado al año siguiente bajo un nuevo título, Tierrita de la discordia y otros cuentos (Miami, 2013). La miscelánea narrativa de Pastor Aguiar aparece prologada en esta ocasión por una amplia y sobrada introducción, rebosante de erudición narratológica, del escritor granadino, Francisco Acuyo; y de una laboriosa, obsesiva y humorística búsqueda de un título que “con enjundia” abarcara el contenido diegético de las veintiocho piezas narrativas antologadas en esta ocasión por el médico y escritor cubano residente en Miami. Pastor Aguiar se decantó finalmente por La noche de los cangrejos, que rotula uno de los relatos. Cuentos todos ellos enraizados en la Cuba natal, en los bateis, en las “sitierías”, bohíos, mortuorios, maniguas… de la Isla caribeña.

   Un festín de pequeñas historias que brotan de la fantasía y de las experiencias vitales de Pastor Aguiar, porque varios de estos cuentos tienen mucho de autobiográfico de ese Pepito o Pepón que protagoniza algunos de ellos. Historias de iniciación a la adolescencia y a la vida del propio escritor. Protagonismo así mismo de Alonsa, la mujer del principal actante. Cuentos que transitan con naturalidad desde el costumbrismo al realismo mágico. Cuadros de costumbres, bocetos, en general breves, que transcriben, con el plus añadido de pequeñas historias, costumbres, hábitos; que pintan tipos característicos de la sociedad cubana bajo la Revolución, con el propósito de divertir en unas ocasiones, mas sin que esté ausente la crítica social. Pero en los cuadros de Pastor Aguiar de pronto salta lo insólito, la chispa mágica, transitando entre la vida y la muerte. Todo ello configura u abigarrado mosaico de textos altamente expresivos. Historias fuertes, algunas de ellas, a pesar de la aparente y engañosa ingenuidad del autor a la hora de narrar.

   Fijo mi atención en aquellos relatos que más me han impactado. Abre el libro el cuento “Aquellos ojos”: Leo, el protagonista, acude presuroso al hospital donde Alonsa, su mujer, acaba de parir a su hijo, pero queda petrificado cuando ve los ojos del niño, maduros, grises y de piedra blanda, ojos que no corresponden a la edad del nacido, sino a la de su padre. En el segundo relato contemplamos la aparición de Eleno, “tatuado por las penumbras”, camino del arrozal, dando tumbos de borracho y a punto de morir. El tema del velorio, tan propicio para los relatos orales, hace acto de presencia en “La muerte de Eleotoro”: un grupo de amigos asisten al velatorio de Eleotoro que va a morir y quiere hacerlo a lo grande: un bacanal sin mujeres, aunque sí con mucho alcohol. También en “Velorio”, un velatorio sin muerto, porque aún no ha llegado el cadáver. En “Cadáver” el protagonista parece ser el propio autor en su otro oficio de médico forense penetrando en los secretos de la muerte. “Cien y más” nos presenta la historia de Pancracio que se hace longevo, quiere pasar de los cien años sin que le ahorque el aburrimiento, y para ello, después de someterse a cirugía plástica, busca mujer, pero no una vieja, sino  una muchacha de veintiocho primaveras. En otros relatos, presenta el autor las dificultades de convivir en sociedad: con el vecino que es purgante, enema de keroseno. El definitivo remedio salvador será la candela que incendia la propia cerca y la casa ajena. Algo similar se narra en “, Aristo”, el relato de una bronca del protagonista: la pelea con Aristo que, más que real, parece soñada.

   En algunos relatos, la escenas costumbristas contemplan un cierto protagonismo del mundo animal. Protagonismo cruel en “El pobre Isidoro”, por culpa de la maldad del hombrecito  Pitilla que, con lubrificante y candela, convierte el rabo del gato Isidoro en antorcha incendiaria. También en “Perro de raza”, otro relato de partos desmesurados: la perra Dorotea, en vez de parir, parece que está siendo parida, porque “el crío era casi de su tamaño” y, en vez de ladrar, berraba como un chivo (páginas 70-71). Los animales, en este caso una yegua, son el desencadenante de las desgracias de Puro que vive sobre un caballo tristón, porque la yegua Mesalina lo desgració con una coz cuando con ella copulaba.

   Como ya he aludido en los relatos de La noche de los cangrejos, el autor, con cierto disimulo, deja caer sutiles críticas contra el régimen castrista: “el gobierno me lo quitó todo” los fallos diarios del suministro eléctrico, la revoluciones que son alérgicas a homosexuales y travestís…

   Lo que es enteramente cubano y sin ocultamientos es el lenguaje de este tejido narrativo. El autor, como en sus libros anteriores, nos seduce con los multicolores localismos del español de Cuba, hasta el punto de convertirse en muy oportuno el glosario que clausura el libro. Tiene así constancia el lector del significado, entre otros muchos, de “Ponchar la tarjeta” o “Desmochar palmas”.

   Prosas pues muy variadas, con desiguales cargas y contenidos diegéticos, preñadas de excelentes descripciones, y adornadas con el léxico y los giros lingüísticos cubanos, de gran fuerza denotativa y una tonalidad coloquial.



Francisco Martínez Bouzas



                                                       
Pastor Aguiar

Fragmentos



“-¿Y el gato?

-Lo que sigue no parece cosa de este mundo, muchacho, cierra los ojos para que puedas visualizarlo. El techo de la casa de carretas se abrió como si fuera una burbuja, y por allí, sobre la punta de la columna de candela, salió Isidoro arañando el vacío, sin un pelo ya, gato chino el pobre, maullando y ladrando igual que un demonio. Dicen que hubo que taparse los oído, por cierto, es tarde se formó una nube inmensa, y hasta ella llegó la candela con Isidoro, quien le entró por la panza a la nube rajándola de punta a punta. La masa de agua calló  toda junta, como un lago, y gracias que apagó el incendio, de lo contrario no hubiera quedado una casa en pie, y ustedes estarían quién sabe dónde, quizás con Isidoro en el más allá. Un día entero demoró el agua en escurrirse por los callejones, los peces daban saltos sobre la yerba enfangada y la gente los cogía mansitos.

- ¿Y Pitilla?

-De ese desgraciado no se volvió a saber hasta que murieron los viejos, como te había dicho.”



…..



“-Si paso de los cien, que sea como un tren –Decía Pancracio Rubio cada vez que alguien se le atravesaba en el camino.

Ya Pancracio había cumplido noventa y siete años. Vivía solo en un rancho al fondo del batey, justo a la orilla del callejón hondo que culebreaba, separando tierras hasta el sin fin. Su orgullo era, a pesar de la edad, montar acaballo, irse de pesca a la laguna de asiento viejo y bucear en ella en busca de peces ciegos escondidos en cuevas que únicamente él conocía. Además, su mente era clarísima y astuta como la de nadie, no se le escapaba una, sobre todo de cuestiones de números (…)

La vida de Pancra, como era abreviado sobre todo por los más jóvenes, había transcurrido en laboriosa paz, siempre en la finca, pasando por tres dueños. Una vez estuvo casado durante veinticinco años. Cuando enviudó, los tres hijos se perdieron rumbo a la capital de la república en busca de fortuna.”



…..



“Puro vivía sobre caballo tristón. A media mañana entraba en el batey arrente a la tienda del moro, y después de tomar café recién hecho en cada una de las casas, sin apearse jamás de la montura, terminaba su recorrido contra un costado de la nave donde se guardaban los aperos de labranza y las carretas.

Mientras hubiera alguien, sobre todo muchachos, se mantenía como una estatua ecuestre en el lugar. Su voz era inimitable, primero aspiraba todo el aire de la redonda y después, como si le costara esfuerzo, paría el discurso tipo falsete, sin hacer pausa, durante más de un minuto. Yo sigo pensando que tal capacidad era gracias a su caja torácica semejante a un barril.

Abuelo me contó que mucho antes de que yo naciera, Puro era un guajiro alto y fortachón, hasta el día en que Mesalina lo desgració. Pues resulta que el hombre trabajaba de ordeñador al otro lado del río San Lorenzo y cada amanecer lo cruzaba sobre la yegua.”



(Pastor Aguiar, La noche de los cangrejos, páginas 36, 42, 96)

martes, 12 de julio de 2016

RECORDANDO A AGUSTÍN FERNÁNDEZ PAZ



   La mañana veraniega del día de hoy se abrió entoldada por un doloroso acontecimiento, que nos entristece no solo a los gallegos,  sino también a todos los lectores, porque Agustín Fernández Paz (Vilalba, Lugo, 29 de mayo de 1947- Vigo, 12 de julio de 2016), nos dejó para siempre. Agustín Fernández Paz, uno de los grandes creadores de la literatura gallega, especialmente en el campo de la narrativa infantil y juvenil, falleció en el día de hoy. Autor de más de treinta y cinco libros, muchos de ellos, traducidos al español y a otras lenguas. Varios distinguidos con los más importantes premios de la narrativa infantil-juvenil. Es por ello, pero no solo por ello, un escritor universal.
Como modesto homenaje al príncipe de la planura vilalbesa, reproduzco, traducida al  español, la reseña de su último libro editado por Edicións Xerais el pasado año.

A neve interminable
Agustín Fernández Paz
Edicións Xerais, Vigo, 2015, 180 páginas

   Es un verdadero deleite leer a Agustín Fernández Paz en cualquiera de los formatos o subgéneros que frecuenta. Esa escritura clara, sin cimentarse en la frase brillante o exquisita, sino en la naturalidad lingüística, en la arquitectura del relato y en la solidez de sus historias, sigue cosechando lectores y lectoras en cada una de sus novedades literarias. Esa fue siempre su forma de escribir, y, en gran medida, la clave de sus éxitos. Y lo vuelve ser en su último libro, A neve interminable, una amalgama de historias secundarias ligadas por un hilo narrativo principal, que, veinte años después, nos recuerda, por ciertas semejanzas ambientales sobre todo, a su obra más conocida, Cartas de inverno (traducida al español en Ediciones SM). Un libro además que, por su estructura compositiva, homenajea a los cinco escritores y escritoras (Mary Wollstonecraft, Claire Clermont, Percy Shelly, John William Polidori y Lord Bayron) que, en la noche del 19 de junio de 1816, se reunieron en la orilla de un lago suizo con el reto de escribir cada uno de ellos un relato de miedo. Es el mismo desafío que aceptan los personajes de A neve interminable.
   Cinco guionistas, sin demasiada experiencia, pero dotados de creatividad, se concentran en un lugar aislado, en un hospital de Fonsagrada (provincia de Lugo, Galicia) para poder trabajar sin distracciones, y escribir así los guiones de una serie de miedo para la televisión. Su propósito es explorar los terrores presentes en el mundo actual, huyendo de los argumentos clásicos del género, como manifiesta una de las guionistas recluidas. Allí coinciden con otros tres creadores de historias o responsables de traducirlas a otros idiomas. En la tarde del cuarto día comienza a nevar; una interminable nevada que los deja aislados. Cada uno de ellos escribirá una historia que, posteriormente pondrán en común. Son historias que Agustín Fernández Paz integra hábilmente en la principal y que beben, sin duda en Lovecraft, en el terror preternatural: la presencia de fuerzas maléficas (vampiros, fantasmas, muertos vivientes…), o que tienen que ver con psicopatías o alteraciones en la visión de la realidad.
   El horror que habita en el bosque, el arañar ominoso que esclaviza la mente del protagonista, a pesar de que una nueva construcción ocupe el lugar de la antigua (“Casa azul”). Los vampiros que se introducen en el espejo y trabajan en el cuerpo del protagonista, introduciendo en el mismo pequeñas dosis de sangre (“Herdanza de sangue”). Seres que retornan de la muerte para llevar a cabo la venganza tantos años aguardada y temida (“A néboa da venganza”). O el hecho de ser de familia rica que sirve incluso para ocultar las mentiras y que nadie descubra los secretos repugnantes. Mas afortunadamente en la muerte no hay clases ni privilegios (“Un incidente en el internado”)
   Sin embargo, a pesar de que las cuatro historias son capaces de provocar el miedo psicológico, no cumplen con el propósito que reunió a los guionistas: descubrir, dar testimonio de los terrores actuales, eses miedos de los que apenas somos conscientes, provocados por el planeta que se rebela -como muestra, la interminable nevada- por culpa de los estragos y desastres que realizamos y, sobre todo, por la codicia de los poderosos. Terrores que afloran en el desenlace del libro.
  
Agustín Fernández Paz
El relato fluye espontáneo en la pluma de Agustín Fernández Paz, ya sea por las historias secundarias que muestran “el sentido de lo morbosamente antinatural” (Lovecraft), ya por la historia principal capaz de crear atmósferas de gran verosimilitud. Para ello el autor sitúa la trama de los relatos en un marco temporal próximo a la actualidad. Agustín Fernández Paz gradúa perfectamente el ritmo narrativo, cediéndole la narración a un personaje protagonista que lo hace en primera persona para conferirle mayor credibilidad a lo que cuenta. O adelantando oportunamente la sensación de horror (descubrimientos desconcertantes, la puerta de una habitación que debería  estar cerrada y que aparece medio abierta, páginas 28-29). También con la utilización frecuente del pasado imperfecto que actúa sobre el presente, preñando las historias de sensaciones de amenaza. Estrategias compositivas muy apropiadas que el autor domina, á la vez con creatividad y oficio, y que  ayudan a que la gordura de las historias tire de nosotros, los lectores que muy pronto quedamos seducidos por las tramas de la novela. Es el arte de escribir libros de frontera que atrapan por igual a niños y a adultos.

Francisco Martínez Bouzas