sábado, 9 de enero de 2016

AMORES EQUIVOCADOS



Los amores equivocados
Cristina Peri Rossi
Menoscuarto Ediciones, Palencia, 2015, 137 páginas

   Cristina Peri Rossi (Montevideo, 1941), buena poeta y novelista, es así mismo una de las más notables cultivadoras del subgénero del relato, y la habilidad que demuestra en estos once cuentos que giran todos ellos en torno a las dificultades y ambigüedades con las que se vive el amor en nuestro tiempo, es una prueba inequívoca de  lo que acabo de afirmar. Una colectánea de cuentos, de mediana extensión, que exploran todas las vertientes, variantes y recovecos del amor como emoción anímica y como impulso carnal. La autora hispano-uruguaya confiesa que se deja seducir por las emociones y por el subconsciente; se cierra a influencias ajenas y escribe. Resultados de su escritura son, entre otros, los cuentos de Los amores equivocados, que, si algo demuestran, es la complejidad  a la hora de vivir el amor en nuestros días. El amor y el componente físico, el erotismo y la carnalidad a los que suele ir ligado. Y quizás algo más, al menos eso se palpa en este libro: el deseo, los encuentros inesperados, a veces clandestinos, la delicadeza, las traiciones conyugales y extraconyugales. Todo eso y la perturbación, lo imprevisto, la fragilidad de las relaciones de pareja o su carácter incendiario, explosivo a veces, se convierten el hilo conductor que lleva de la mano las historias de estos relatos.
   Con alguna notable excepción, el equívoco es la regla que mide los amores que, en su escritura, visibiliza Cristina Peri Rossi. No obstante, la autora piensa que “amar nunca es equivocado” porque, junto con la racionalidad, constituye la quintaesencia del “homo sapiens sapiens”. “El que ama, afirma la escritora, vive la mayor intensidad emocional, sentimental y sensorial, por eso los cobardes y egoístas nunca aman.”
   Esos amores asimétricos y socialmente inaceptables echan a andar en la presente edición, con “Ironside”. Más que amor, lo que late en el relato es carnalidad y agradecimiento de la chica menor de edad que es recogida por un camionero y se empeña en ser puta para poder alimentar a su familia. Un cuento desprovisto de amor, pero no de sexo iniciático y suplicado por la protagonista femenina. En el cuento que rotula el libro, la autora transmite la sensación de desencanto que siente el protagonista por el hecho de permanecer al lado de una mujer que siempre lo había amado, para pagar la deuda contraída  en una noche de pasión en Montevideo. Un amor ciertamente equivocado. El encuentro real con la mujer inmensamente hermosa con la que lleva soñando desde la adolescencia y con cuya imagen se masturba, hace que el protagonista se sienta horriblemente feo, lo mismo que el narrador que le imita en su huida. Una cita ocasional en la que la protagonista suplica ser llamada puta al ser penetrada. En “De noche, la lluvia”, un relato especialmente luminoso, a pesar de la oscuridad y la incesante lluvia, se crea un vínculo afectivo entre dos mujeres que se encuentran por azar. La pulsión de hacer miles de fotografías a la mujer amada para perpetuarla, para impedir que se escape. Una forma de lucha contra la fugacidad ciertamente, pero también un amor equivocado. Un hombre está a punto de asfixiarse  al tragar un pelo del pubis de su amante en una relación clandestina. La joven universitaria que se acuesta con una profesora a la que tiende una trampa para ahuyentar a su amante. En fin, las dos hermanas del último relato, “Un cuento de Navidad”, que discuten porque ninguna de las dos quiere hacerse cargo de su madre en Navidad, y una de ellas además no encuentra una buena fecha para separarse. Son algunas de las líneas que reflejan las sinopsis de estos cuentos.
   Cristina Peri Rossi retrata hábilmente múltiples formas de vivir el amor en las ciudades de nuestro tiempo -las tramas de estos relatos se desarrollan en ambientes urbanos en los que la soledad impone su imperio- amalgamando lo emocional y lo corpóreo. No obstante, el lector puede llegar a la conclusión de que la mayoría de estos once cuentos están habitados por sexo, por largas sesiones de cama, por orgasmos en todas sus modalidades. ¿Será que las múltiples variedades del amor, sin excluir las familiares, se reducen en el fondo a encuentros fugaces? Encuentros que Cristina Peri Rossi muestra con ese cuidadísimo estilo suyo, “combinación de poesía y de prosa”. Una actitud lírica, pero al mismo tiempo, un lenguaje muy preciso para darle vida escrita a alago, a la vez tan humano y tan misterioso, mágico e irracional como la emotividad y la carnalidad y sus caracteres explosivos.

Francisco Martínez Bouzas

                                                       
Cristina Peri Rossi
Fragmentos

“Le prometió que iría a buscarlo, aunque él se rió de manera condescendiente: tenía treinta años y la suficiente experiencia como para saber que aquello que se dice en una noche de amor es tan apasionado como frágil, escrito en la marca del deseo. Además, él quería huir solo de esta ciudad de múltiples aguas y vientos desbocados; le dijo que no lo intentara, no sabía cómo sería su vida en Barcelona, no tenía dinero ni amigos: era un viaje al azar, más por malestar que por ilusión.”

…..

“Todo iba bien, hasta que ella, en medio del ardor impetuoso de la refriega amorosa le suplicó que la llamara puta. «Dime puta, puta, puta, por favor», reclamó. Él, que estaba a punto de penetrarla, súbitamente se detuvo. Disimuló como pudo, pero aquel órgano rebelde, no sujeto a la voluntad, pareció desconcertado, tan desconcertado como él mismo. Siguió besándola, pero en un giro imprevisto de los miembros, en lugar de seguir encima, aprovechó para colocarse de costado.
-¿Qué te pasa? -preguntó  ella, asombrada. A él no le pasaba nada, nada especial, solo que no le gustaba hablar cuando follaba y, aún menos, que le exigieran ciertas palabras. Ni guarra, ni puta, ni ninguna de esas cosas lo excitaban. Lo excitaba muchísimo más penetrarla silenciosa y férreamente, sin decir palabra, dejando que los pensamientos de cada cual fluyeran libremente y fuera un acto mudo, poderoso, bélico, pero sin estruendo de palabras.
-No me gusta hablar –dijo, rencoroso, mientras ella se erguía levemente, de costado, y lo miraba a la cara.”

…..

“Claudia se negaba a depilarse, decía que de esa manera era más natural y a él le parecía bien, le gustaba muchísimo ese felpudo mullido, ese triángulo oscuro donde había pelos rizados como caracolas, pero hete aquí que a veces uno se le atragantaba, como ahora, y no atinaba ni a tragárselo ni conseguía empujarlo hacia los labios, donde podría desembarazarse más fácilmente  de él. ¡Así, así, asiiiiiii!  Chillaba Claudia y él no podía, decididamente no podía interrumpir para decirle «me he tragado un condenado pelo», ni siquiera se lo había tragado, estaba ahí, a medio camino, intentó aspirar pero el clítoris se contrajo, «¿qué demonios estás haciendo?», protestó Claudia, él tenía que seguir succionando, seguir succionando aunque estuviera a punto de morir de asfixia, enseguida se imaginó lo que podía ocurrir: moriría ahogado entre las piernas de Claudia, amoratado por falta de aire, con el pelo metido entre la glotis y el esternón, cuando ella se diera cuenta sería demasiado tarde y habría muerto, luego vendría el rigor mortis, además Claudia no podría avisarle a nadie, nunca le había dado el número de teléfono de su mujer para evitar pistas, ambos estaban de acuerdo, aquello no era más que sexo, sexo, sexo.”

…..

“La miré. Sentada tenía un fuerte parecido a la Venus de Willendorf. De pie, también. Pero desnuda y sentada, el parecido aumentaba porque los pliegues del vientre se acentuaban, las piernas, menudas y regordetas, parecían más cortas y, además, su estatura disminuía. El parecido que yo encontraba entre ella y la antigua Venus de Willendorf había sido, sin duda, uno de los motivos de mi deseo. El deseo habla de quien lo siente, no del objeto, como el amor habla de quien ama, no del amado. Posiblemente yo era la única persona -y quizás su marido también, aunque tratándose de un experto en economía, dudo mucho de que hubiera visto alguna vez una reproducción de la famosa Venus- a quien Carmina hacía evocar la Venus de Willendorf, pero era justamente yo quien había hecho el amor con ella.”

(Cristina Peri Rossi, Los amores equivocados, páginas 29, 47, 83-84, 119-120)

domingo, 3 de enero de 2016

LOS NIÑOS DE NADIE: EL RETRATO DEL DESAMPARO



Los niños
Carolina Sanín
Ediciones Siruela, Madrid, 2015, 153 páginas.

   Con la cita inicial, en el paratexto, de la película Gloria de John Cassavets, en la que Phil busca en Gloria a su madre, a su padre, a toda su familia, incluso a su novia, Carolina Sanín, escritora, traductora y profesora de la Universidad de Los Andes (Bogotá), nos introduce en el marco en el que se desarrolla su segunda novela, sobre la que planea un interrogante crucial: qué es ser niño en Colombia, qué es ser mujer y madre también en ese mismo país cuando se vive en el más absoluto desamparo o se carga con el terrible peso de la soledad, el vacio, la frustración vital y no pocos conflictos existenciales. En una sinopsis lyncheana, ofrezco un fragmento de la contraportada de Ediciones Siruela: “Laura Romero, antigua locutora de comerciales de muebles y del servicio telefónico que da la hora y rentista de la mina de sal familiar, vive con su galgo Brus y es asidua a los supermercados. A la casa de esta mujer solitaria llega, una noche, un niño de seis años llamado Fidel”.
   La novela se inicia con los antecedentes de Laura y de la mujer que le cuidaba el coche a la puerta del supermercado, hasta que un día, en vez de decirle: “Se lo cuido”, le oyó decir: “Le tengo el niño”. Y, como si fuera una premonición, a los pocos días, delante de su casa, divisa un niño llorando, aparentemente abandonado, que se introduce en su hogar. Le llamará Fidel, y comienza a sentir cierta ternura y a proyectar significados sobre la presencia de ese niño, porque se siente elegida. Tras un período en el que Fidel se pierde en la burocracia administrativa, con engaños y distracciones, se le ocurre a Laura que podía ser buena idea vivir y caminar “con un niño al lado para decirle, a veces, hacia dónde mirar” (página 77). Con un niño en sus vida, incluso los días podrían tener forma de días. Y así, Laura se convierte en tutora del niño, lo escolariza, le asigna una fecha de nacimiento para poder darle un futuro. El desenlace de la novela es ciertamente inquietante, con la consulta a una clarividente, descifradora de las suertes, con la esperanza de que adivine el futuro del niño, saber al menos si llegará a ser grande.
   Los niños es una novela turbadoramente simbólica, enraizada en la realidad. Esa realidad es el espacio de la novela: Colombia, un país con muchos niños y niñas (los gamines), destruidos por la miseria, por los conflictos bélicos, la explotación. Un país expoliado por una de las oligarquías más conservadoras y reaccionarias de América Latina, perpetuada en el poder “democráticamente” desde hace más de doscientos años. Por eso la novela rebosa de sangrantes paradojas: el interior del supermercado que asiduamente frecuenta la protagonista, es la metáfora de la sociedad consumista. Afuera: el carrusel de la mendicidad, de la limosna, de esos “le tengo”, “le cuido”. Un país además, aunque no es el único, con la figura de la madre algunas veces perdida, pero con multitud de figuras paternas más de mil veces igualmente perdidas. No en vano en la novela se alude frecuentemente a la ballena: homenaje por supuesto a Moby Dick de Herman Melville, pero algo más: símbolo de una maternidad plena: se precisan madres como ballenas, consagradas por entero a la maternidad, mas sin olvidar que un hijo/a también tiene padre.
  
Gamines de Bogotá
   La carga simbólica que encierra la novela tiene, por lo tanto, que ver con las funciones de la maternidad/paternidad. Laura, la protagonista que acoge al niño, intenta dotar de significados su presencia, mientras ella misma acarrea su propio desamparo, un verdadero conflicto existencial, la necesidad de huir de su propia orfandad. Con la tutoría del niño, se amalgaman los desamparos. El niño, por su parte, no viene de ninguna madre, o mejor dicho, viene de una madre perdida. Por esa razón, no crece como un niño que se desarrolla en un hogar familiar. El suyo es un crecimiento fantasmal, como ha subrayado la autora. A veces vuelve atrás para ver quien había esperado su llegada al mundo, y, al no encontrar a nadie, se da cuenta de que había sido hallado por todos los extraños. El niño nace realmente en el momento en el que conoce a Laura y esta lo acoge. Pero su mente no es capaz de procesar sus propias emociones y las proyecta sobre Laura, la madre elegida.
   Una novela tejida con los hilos de una escritura surrealista en una tela teñida de dramatismo e incertidumbre. Con un lenguaje envolvente y cuidado, con párrafos que traducen verdaderos poemas (“La tierra está en el fondo de todo, incluso del océano. No sé dónde está el ojo. ¿Está siempre arriba? ¿Es la superficie? ¿Está encima y ve desde el aire la caída de su propio cuerpo? ¿El ojo es el hijo del cuerpo?” (página 77). Un estilo de prosa cálido y evocador para narrar el desamparo.

Francisco Martínez Bouzas
                                                       
                                                                                                         
Carolina Sanín
Fragmentos

“Laura vivía a pocas cuadras de la Olímpica, así que con frecuencia iba a pie y aprovechaba para pasear a Brus, su perro. Lo dejaba atado a la reja del supermercado y a veces, a la salida, encontraba junto a él a un transeúnte que se había detenido a contemplarlo y decía  que qué belleza, qué maravilla, que de qué raza era.
En Bogotá no eran comunes los galgos. Algunas personas creían que aquel perro era un ejemplar flaco de una raza que les era conocida, al que le había tocado en suerte un mal humano. Un día, en el parque Simón Bolívar, Laura sufrió que le dijeran ¡Dele comida, gorda!, y no se sintió gorda aunque no fuera esbelta como el galgo ni como ella misma veinte años atrás. Era morena y tenía el pelo largo, con dos ondas, con más canas que cuantas alcanzaba a verse en el espejo. Cuando consiguió el niño y comenzó la historia de los dos, ya quienes la conocían llevaban una década diciendo de ella Fue una belleza.”

…..

“También le contó al niño que varias veces en la historia de los hombres había sucedido que un navegante había tomado a una ballena, cuando el lomo de esta sobresalía del agua, por una isla. El navegante desembarcaba allí y solo se enteraba de que había pisado algo vivo cuando la isla se hundía o empezaba a avanzar. Algunos llegaban a vivir por muchos días ilusionados, naufragados, sobre una ballena.
Fidel la escuchó atento, mirándola a los ojos cuando ella miraba los suyos y, cuando no, mirando hacia donde ella creía que ella miraba. Dijo que nunca había oído  sobre las ballenas. Preguntó si Laura era la única persona que sabía de ellas, o si sabía ella y su mamá, o si toda la gente hablaba de eso.”

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“Laura pensó que podía ser bueno vivir y caminar con un niño al lado para decirle, a veces, hacia dónde mirar. Se le ocurrió también que con un niño los días podrían tener forma de días: surgirían, avanzarían, se tenderían y volverían a hundirse. El tiempo regresaría al tiempo. El niño y ella irían por ahí, pasando, y el mundo los vería pasar.”

…..

“El día se había despejado cuando llegaron a la tierra caliente. No había una sola onda en la tierra, y el cielo azul los envolvía de blanco y amarillo.
Vieron pastizales vastísimos, tal vez melancólicos, llenos de vacas quietas de todos los colores de las vacas. Vieron garzas encima de las vacas, y más allá, adelante en el cielo, nubes blancas medianas y pequeñas. Ni siquiera en el mar había visto Laura un cielo tan grande como ese de la llanura. En ningún otro lugar podía uno ver las nubes a tanta distancia, participar de una sombra tan lejana. La alegraba ver por primera vez, al lado de un desconocido, ese horizonte.
Caminaron por una arboleda. Laura le sugirió al niño que se saliera del sendero y anduviera solo durante un rato, que ella lo esperaría. Que se metiera entre las hojas hasta que empezara a sentir que a su lado iba alguien a quien nunca hubiera visto. Él fue pensativo y animado, imaginándose cosas que aprendía, y volvió.”

(Carolina Sanín, Los niños, páginas 14, 37-38, 77, 98-99)

viernes, 1 de enero de 2016

RESCATE Y ELEGÍA DEL PASADO



La hierba de las noches

Patrick Modiano

Edición de Javier Aparicio Maydeu

Traducción de María Teresa Gallego Urrutia

Ediciones Cátedra, Madrid, 2015, 263 páginas



   No me parece mala idea inaugurar un año bisiesto con un retorno a Patrick Modiano, Premio Nobel en 2014. Y hacerlo retomando la lectura de una de sus obras más conocidas, La hierba de las noches que acaba de publicar Ediciones Cátedra, en una excelente edición de Javier Aparicio Maydeu, que nos regala una Introducción a Modiano, y a esta novela en concreto difícilmente superable. Una edición -confiesa Javier Aparicio Maydeu- que “no existiría sin la inmediata y generosa complicidad de Jorge Herralde (Anagrama es la propietaria de los derechos en España) que me regaló para Reyes nada menos que poder elegir un vrai Modiano (página 85).Un Modiano anotado de forma profusa y muy aclaratoria y que, con el estudio introductorio, la actual edición de Cátedra se transforma en una verdadera guía de lectura para lectores primerizos e incluso avezados. Y como la traducción es la de María Teresa Gallego Urrutia, en esta edición de Cátedra, hallará el lector a un Modiano que habla español con la naturalidad y fluidez del idioma original de la novela. Todo ello en un volumen acrecentado, como ya señalé, por un buen estudio y un amplio aparato de notas que enriquecen la grandeza de la narrativa modianesca.

   Patrick Modiano está considerado por muchos lectores como el novelista vivo más importante. Obras como Dora Bruder, El libro de familia, Calles de las Tiendas Oscuras, Premio Goncourt, Un pedigrí.Una juventud o El lugar de las estrellas, La ronda nocturna, Los paseos de circunvalación publicadas en castellano por Anagrama en un solo volumen (Trilogía de la Ocupación) así lo confirman. El género que más frecuenta Modiano es la novela breve (nouvelle) y La hierba de las noches no se aparta de esas coordenadas; ni tampoco se aleja del estilo habitual de su prosa: escritura sutil, minuciosa y sobre todo poética, que es la marca  de toda su escritura. Hay además en la narrativa de Patrick Modiano varias ideas-eje: la escritura como medio de lucha contra el olvido, como recuperación del ayer. Contra el olvido de todo: familiares, personas amigas, las calles del viejo París y, sobre todo, la barbarie que avasalló el siglo XX. Otra es esa fascinación por penumbras inquietantes, sus incursiones en pasados turbios. Todo eso configura lo que se ha llamado “Universo o país Modiano”, centrado en torno  al París mítico de los años 60, hoy desaparecido, poblado por climas nebulosos, brumas, cafés, calles donde el escritor vivió y creció en su niñez, adolescencia y juventud. Y sobre todo, mucha nostalgia porque ese París es una ciudad que solamente existe en los libros de Modiano.

   En La hierba de las noches Modiano no desentona de ese clima escritural de sus anteriores novelas. En ella, el escritor retorna de nuevo a un pasado ya desaparecido, a una época que solamente cobra vida en los recuerdos que Modiano llega a confundir con los sueños; evocaciones llenas de elementos huidizos que el escritor había anotado en una libreta, como confirmación de su existencia y que, no obstante, llegan a constituir un verdadero enigma. Y como casi todas sus novelas, también ésta mana de la misma fuente: el tiempo misterioso, inquietante, frecuentemente peligroso de su adolescencia, habitado por personajes que acaban de salir de la clandestinidad, como su propio padre de origen judío, con frecuentes incursiones en el mercado negro.

   Jean es el protagonista y voz narradora de la novela, y seguramente alter ego del propio Modiano. Es escritor dependiente de esa libreta negra  en la que apunta infinidad de notas. Solitario y perdido en un mundo hostil y a la vez atrayente, el París de los 60. Gracias a esa libreta, muchos años después, puede mirar hacia atrás y reconstruir la etapa de su vida que se corresponde con esos años. Desde el presente se ve obligado a enfrentarse a varios personajes que conoció en aquellos momentos pretéritos: un antiguo amor, Dannie dice llamarse, que arrastra un pasado enigmático y misterioso que ella misma no desvela. Y a su par, una colección de “personas raras”, los golfantes huéspedes  del Unic Hôtel como Ghali Aghamouri, Langlais, Chastagnier, Duwelz o Gérard Marciano, cuyas verdaderas identidades se esconden bajo antifaces y que eluden las preguntas de Jean.

   El relato se centra en el paseo recordatorio  del protagonista por el viejo recinto urbano de su vida, tan alterado por el paso del tiempo. En ese recinto, el protagonista habrá de enfrentarse con lo que fue su desasosiego sentimental, que tenía lugar a la vez que las revueltas populares de la Francia poscolonial, o el secuestro de Ben Barka. Y un enigma que el lector no descubrirá hasta el final de la obra.

   Novela erguida con el aire que respira la memoria, tal como ésta se conserva muchos años después. Recuperando los recuerdos, el pasado, en una beligerancia contra el olvido, mas con la particularidad de que  La hierba de las noches está escrita como una novela negra, como un thriller policial. Rescate y elegía del pasado en el que una investigación policial  viene a ser la última frontera de las geografías pretéritas que, en el presente, se convierten en tiempo ido, en vejez. No sin razón, La hierba de las noches ha sido considerada como el culmen de una autoficción poética-policial. Porque el escritor nacido en Boulogne-Billancourt es capaz de amalgamar una trama de novela negra (un aire de suspense se incrusta en su esencia), con un texto escrito con finas suturas poéticas. No porque la prosa de la novela remede la poesía, sino porque el escritor es capaz de crear, con lengua precisa y mediante numerosas elipsis, una especie de estado onírico en la mente  del lector, que debe completar lo oculto y velado. En cuanto a su arquitectura interna, Modiano sitúa esta novela breve en las antípodas del canon compositivo tradicional. Aquí no hay introducción, nudo y desenlace. Solamente París y Modiano y esa aura melancólica, y por lo mismo triste, que produce la vivencia, muchos años después, del tiempo ido que solamente pervive en la memoria.



Francisco Martínez Bouzas



Patrick Modiano


Fragmentos



“La conocí en la cafetería de la Ciudad Universitaria, donde iba yo a menudo a buscar refugio. Vivía en una habitación del pabellón de Estados Unidos y me preguntaba por qué, porque no era ni estudiante ni norteamericana. Después de conocernos no se quedó ya en ese pabellón por mucho tiempo. Alrededor de diez días apenas. No me decido a poner entero el apellido que anoté en la libreta negra después de nuestro primer encuentro: Dannie R., pabellón de los Estados Unidos, bulevar de Jourdain, 15. A lo mejor vuelve a ser el suyo ahora -después de tantos otros apellidos- y no quiero llamar la atención por si todavía está viva en algún sitio. Y, sin embargo, si leyera ese apellido en letras de molde, a lo mejor se acordaba de que lo había llevado en determinada época y me daba señales de vida. Pero no, no me hago demasiadas ilusiones al respecto.

El día en que nos conocimos, escribí «Dany» en la libreta. Y corrigió personalmente, con mi bolígrafo, la ortografía exacta de su nombre: Dannie. Más adelante me enteré de que ese nombre «Dannie», era el título del poema de un escritor a quien admiraba yo por aquel entonces y a quien veía a veces, en el bulevar de Saint- Germain, saliendo del hotel Taranne. A veces se dan curiosas coincidencias.”



…..



“Ayer por la noche fui recorriendo con el dedo índice en el mapa el trayecto de París a Feuilleuse. Era remontar el curso del tiempo. El presente no tenía ya importancia alguna, con esos días todos iguales con su luz sin brillo, una luz que debe de ser la de la vejez y en la que nos da la impresión de estar sobreviviendo. Me decía que volvería a encontrar la hilera de árboles y las cercas blancas. El perro se me acercaría despacio, recorriendo el paseo. Había pensado a menudo que, aparte de nosotros, era el único habitante de la casa, e incluso el dueño. Cada vez que volvíamos a París le decía a Dennie: «Tendríamos que llevarnos este perro». Se colocaba delante del coche gris para ver cómo nos íbamos. Y después, cuando ya nos habíamos subido al coche y habíamos cerrado las puertas, se iba a la cabaña que servía para guardar la leña y donde solía dormir cuando no estábamos.”



…..



“Íbamos cruzando el jardín de Les Tuileries. Me pregunto en qué estación estábamos. Ahora, mientras escribo estas líneas, me parece que estábamos en enero. Veo manchas de nieve en los jardines de Le Carrousel, e incluso en la acera por la que andábamos, orillando Les Tuileries. Al frente, una aureola de bruma envuelve las farolas de debajo de los soportales de la calle Rivoli. Y sin embargo, tengo una duda: podría ser principios de otoño. Los árboles de Les Tuileries todavía tienen hojas. No tardarán en caérseles, pero a mí el otoño no me hace pensar en el final de nada. Creo que el año empieza en el mes de octubre. Invierno, Otoño. Las estaciones cambian y se confunden en el recuerdo como si éste, con el paso de los años, viviera su propia vida, una vida vegetal, y no fuera nunca una imagen fija y muerta. Sí, las estaciones se mezclan a menudo; la primavera del invierno, el veranillo de San Martín…Cuando llegamos bajo los soportales estaba lloviendo, una lluvia muy fuerte o, más bien, uno de esos chaparrones que lo pillan a uno desprevenido en verano.”



(Patrick Modiano,  La hierba de las noches, páginas 109, 141-142, 213-214)