martes, 8 de diciembre de 2015

"CARTAS DE UNA NOVICIA": MATAR EL AMOR TRAS LOS CERROJOS DE UN CONVENTO



Cartas de una novicia

(Historia de una curruca)

Giovanni Verga

Traducción de Elda Gómez Palmeiro

Postfacio de Javier Ruiz Martín

Editorial Funambulusta, Madrid, 2015, 165 páginas



   Giovanni Verga, el autor de Cartas de una novicia, es el escritor más significativo de la corriente literaria verista, una tendencia surgida en Italia en el último cuarto del siglo XIX, y que recibe la influencia del naturalismo francés, especialmente a través de Balzac. Giovanni Verga, como buen verista, retrata, en su literatura, una serie de personajes y situaciones extraídas especialmente de las clases bajas, de los “vencidos de la vida”. En su literatura apuesta por lo que él llamó “el ideal de la ostra”, es decir, la tendencia a reproducir el acerbo costumbrista tradicional, la resignación ante la dureza de la existencia, anclada en una sociedad arcaica, cerrada, expresando, sin embargo, sentimientos simples y los valores típicos de las sociedades tradicionales (rígida concepción de la jerarquía familiar, un sentimiento arcaico del honor).Y sin creer, al contrario de los naturalistas franceses, en la fuerza salvadora del progreso. El verismo de Verga es pues una visión sumamente pesimista que actúa como caldo de cultivo de sus novelas (Nedda, Tigre real y en el ciclo Los vencidos). También alimenta su Storia de una capinera, la novela que le dio a conocer en 1871 y que ahora Editorial Funambulista nos permite leer en español, bajo el rótulo de Cartas de una novicia (Historia de una curruca), cuya tonalidad se halla perfectamente reflejada en unas palabras del prefacio de la primera edición, escritas por Francesco Dall’Ongaro: “páginas de una vida de dolor y abnegación reproducidas en vivo por el narrador”.

   La protagonista de la novela es María, hija de un modesto empleado y huérfana de madre. A la edad de siete años es recluida en un convento de Catania. La pobreza la había destinado a ser monja de clausura. A causa de una epidemia de cólera que azotó en 1854 la ciudad siciliana, María es enviada a la casa de campo de su padre, en Monte Ilice. Allí vive con la familia desde el 3 de septiembre de 1854 hasta el 7 de enero del año siguiente. Todo lo que de ella conocemos nos lo proporcionan las cartas que escribe a Marianna, una amiga del convento. Le habla de su familia y especialmente de la madrastra a la que le cuesta mucho llamar madre. Y sobre todo, del maravilloso paisaje del Monte Ilice, que representa todo lo contrario al ambiente del convento de clausura, con sus paredes grises y viejas. Disfruta con el amor de la familia y con la amistad y afecto de unos vecinos, con cuyo hijo mayor es forzada  a bailar y que terminarán profundamente enamorados, lo cual hace que María se sienta pecadora. Pero incluso así, ama su pecado.

   No obstante su situación pronto toca a su fin, y vuelve ingresar en el convento para ser esposa solamente de Dios. El aislamiento de la clausura no le proporciona serenidad. Su mente retorna constantemente a  los días gozosos de Monte Ilice, y sobre todo al joven del que se había enamorado; pensamientos y sentimientos que no desaparecen por mucho que mortifique su cuerpo. Profesa los votos y se convierte en monja, lo que no la tranquiliza. A través de una monja lega sigue escribiendo cartas a su amiga que en nada envidian a las misivas de amor de Sóror Marinaa Alcoforado, supuesta autora de las Cartas de amor de la monja portuguesa. Teme enloquecer y que la encierren en la celda de los locos donde lleva recluida desde hace quince años sor Agata. Le aterra la pavorosa tradición del convento que impide que la celda de los locos permanezca vacía.

   Un envoltorio con un pequeño crucifijo, un mechón de pelo, unos pétalos de rosa y unas cuartillas enviado a  Mariana por la monja lega, pone fin a una historia rebosante de las alegrías de la vida y de la fuerza del amor, aniquiladas por los cerrojos y las celosías de un convento.

   El relato respeta la estructura lógico-cronológica de los hechos, sin analépesis ni retrospecciones. Los personajes principales están bien caracterizados, especialmente a través de su comportamiento y por las breves observaciones de María, carentes de maldad, incluso cuando se encuentra con las absurdas y celosas prohibiciones de la madrastra. Es importante la relación que, en la novela, se establece con  la naturaleza circundante: el paisaje “solar” de Monte Ilice o el gris sombrío de la clausura. Por  eso mismo, los lugares y los espacios juegan un papel prácticamente protagónico en el relato de Giovanni Verga. Y, aunque no abundan, cobran así mismo relevancia  las veladas críticas a la sociedad y a las instituciones religiosas de la época; así como a las situaciones materiales, la pobreza especialmente, que determinan el destino de las personas, “los vencidos de la vida”.



Francisco Martínez Bouzas

                                                     
Giovanni Verga



Fragmentos



“Ya sabes que fui encerrada en el convento cuando no tenía todavía siete años, cuando mi pobre madre me dejó sola…Me dijeron que me darían otra familia, otras madres que me querrían…Es cierto; sin embargo, el amor que le tengo a mi padre me hace comprender que habría sido muy distinto el afecto de mi pobre madre.

¡No puedes imaginarte lo que experimento dentro de mí cuando mi querido papá me da los buenos días y me abraza! ¡Nadie nos abrazaba nunca allí, tú lo sabes, Marianna!... la regla lo prohíbe…Y, sin embargo, no me parece que sea nada malo sentirse tan amadas…

Mi madrastra es una mujer excelente porque no se ocupa más que de Giuditta y de Gigi, y me deja correr por las viñas a mis anchas. ¡Dios mío! Si me prohibiese saltar por los campos como se lo prohíbe a sus hijos con el pretexto de evitar una caída o una insolación, sería muy infeliz, ¿no es verdad? Aunque, probablemente, es más buena e indulgente conmigo porque sabe que no podré disfrutar de todas estas diversiones durante mucho tiempo y que, después, volveré a estar encerrada entre cuatro paredes.”



…..



“¡Lo amo! ¡Es una horrible palabra! ¡Es un pecado! ¡Es un delito! Pero es inútil disimulármelo a mí misma. El pecado es más fuerte que yo. He intentado huir, pero me ha aferrado, me tiene inmovilizada contra el suelo, me hunde la cara en el fango. Todo mi ser está lleno de ese hombre: mi cabeza, mi corazón, mi sangre; lo tengo ante mis ojos en este momento en que te escribo, en los sueños, en el rezo. No puedo pensar en otra cosa; siento que cada instante su nombre me viene a los labios, que cada palabra que digo se transforma en su nombre; cuando lo escucho, soy feliz; cuando me mira, tiemblo; querría estar cerca de él en todo momento, pero lo rehúyo; querría morir por él. Todo lo que siento por ese hombre es nuevo, es extraño, es espantoso…es más ardiente que el amor que le tengo a mi padre. ¡Es más fuerte que lo que siento por mi Dios…! Esto es lo que en el mundo llaman «amor»…Ya lo he conocido, lo veo… ¡Es horrible…! Es el castigo de Dios, la perdición, la blasfemia… ¡Estoy perdida! ¡Marianna, ruega por mí!”



…..



“Tengo miedo de esa pobre sor Agata, que está encerrada desde hace quince años en la celda de los locos. ¿Te acuerdas de aquel rostro descarnado, pálido y espantoso, de aquellos ojos estúpidos y feroces, de aquellas manos huesudas con las uñas largas, de aquellos brazos desnudos, de aquellos cabellos canosos? Ella da vueltas sin tregua en el breve espacio de su cuartucho. Se agarra a las barras de hierro y se soma a la reja como una bestia feroz, semidesnuda, gritando, gruñendo…¿Te acuerdas también de la pavorosa tradición  del convento, esa que dice que aquella celda no debe permanecer nunca vacía, y que a la muerte de una pobre loca ha de haber siempre otra desgraciada que encerrar allí? ¡Marianna! Tengo miedo de que yo deba suceder a sor Agata cuando Dios le haga la caridad de llamarla ante Sí.”



(Giovanni Verga Cartas de una novicia, páginas 14-15, 54-55, 128)

domingo, 6 de diciembre de 2015

"EN EL CORAZÓN DEL MAR": EL LIBRO, LA JOYA DE LA CORONA



En el corazón del mar

Nathaniel Philbrick

Traducción de Jordi Beltrán

Editorial Seix Barral, Barcelona, 2015, 415 páginas



   En estas fechas, ha tenido o tendrá lugar el estreno de la película En el corazón del mar. En efecto, la superproducción  dirigida por Ron Howard y con Chris Hemsworth y Cilian Murphy en los papeles principales, se estrenó  el pasado día 3 de diciembre en Argentina y Chile, en España, al día siguiente y en Estados Unidos lo hará el próximo día 11 de diciembre. Basada en la historia real que inspiró a Herman Melville para su novela Moby Dick, historia recogida por Nathaniel Philbrick en su novela In te Heart of the Sea (2000) y adaptada como guión cinematográfico por Charles Leavit.

   Tanto la película como las novelas de Melville y Philbrick recogen la odisea y la tragedia del ballenero Essex, que en el invierno de 1820 partió de la isla de Nantucket (Estados Unidos) y, después de una larga travesía por dos océanos, al mando del capitán George Pollard Jr. Y del primer oficial Owen Chase, fue atacado en medio del Océano Pacífico por un cachalote de dimensiones gigantescas que hizo naufragar al barco. Los veinte hombres de la tripulación que se salvaron del naufragio, se distribuyeron en tres botes (balleneras) con porciones muy limitadas de agua dulce, galletas y alguna tortuga que, en un severo racionamiento,, confiaban que les llegarían para sesenta días. Desafiando los elementos, el hambre, el pánico, la desesperación, los supervivientes se vieron empujados hasta límites racionales y morales y hacer lo impensable (recurrir al canibalismo en sus versiones más extremas), mientras los vientos los acercaban a las costas de América del Sur, a la altura de la ciudad chilena de Valparaíso, en cuyas cercanías serán rescatados por un barco.

  
Cartel de la película "En el corazón del mar"
    En febrero de este mismo año, Seix Barral puso a disposición de los lectores una primera edición de la novela de Nathaniel Philbrick, edición que ahora repite al rebufo del plus promocional del estreno de la película. Pero, sin ninguna duda, considero que la novela de Philbrick es en esta caso la joya de la corona. No negaré que la versión cinematográfica constituye en sí un gran espectáculo visual, sirviéndose de los efectos creados mediante el ordenador, y explotando así mismo la belleza de los escenarios naturales donde se rodó (Gomera y Lanzarote en las Islas Canarias). Pero el film apenas es poco más que eso: dosis apabullantes de espectáculo visual, carentes de corazón. Todo se nos presenta como demasiado superficial, sin la emoción y el dramatismo de los terribles acontecimientos. Son los límites de un guión que no supo sacarle partido especialmente al factor humano.

   Contrariamente la novela de Nathaniel Philbrick refleja fielmente el viaje del Essex, el arponeo de ballenas y cachalotes, el doble ataque del cetáceo, el naufragio y el dramático viaje hacia las costas continentales sudamericanas, mucho más lejanas que las islas del Pacífico, opción desechada por miedo a los caníbales. Y sobre todo, el interminable viaje de más de dos meses, repletos de hambre, tempestades, muerte, canibalismo, tras un breve descanso en un desértico atolón coralino (la Isla de Henderson). Philbrick acierta plenamente al describir el perfil psicológico de los principales personajes y escenas tan dramáticas como el canibalismo y el sorteo para decidir a quién matarían para comer su cadáver y así poder sobrevivir.

   Una inmensa y trágica celebración de aventuras marinas que el autor documenta fidedignamente en un apéndice de más de sesenta páginas. Así, por ejemplo, documenta el canibalismo de supervivencia en el mar extendido y aceptado en el siglo XIX. Y el primer caso documentado de echar suertes para ser inmolado en una situación extrema de supervivencia, publicado en 1641 (página 375).

   En el corazón del mar se ha convertido en un clásico contemporáneo del subgénero de aventuras, que supera a Moby Dick, no posiblemente en la calidad de página ni en el profundo simbolismo, pero sí en la fluidez de una narración que no cae en las contradicciones que obligaron a Melville a inventar un capítulo final, y en las tediosas descripciones enciclopédicas cetológicas y de ambientes marinos.



Francisco Martínez Bouzas



                                                      
Nathaniel Philbrick

Fragmentos



“Como una gigantesca ave de rapiña, el barco ballenero remontaba perezosamente la costa occidental de América del Sur, zigzagueando en un mar de aceite lleno de vida. Porque eso era el océano Pacífico en 1821: un vasto campo de depósitos de aceite, depósitos con venas por las que corría sangre caliente, los cachalotes.

Capturar cachalotes -los cetáceos dentados más grandes del planeta- no era tarea fácil. Seis hombres salían del barco en un bote ligero, se acercaban remando a su presa, la arponaban, luego trataban de darle muerte a lanzazos. El animal, que pesaba unas sesenta toneladas, podía destruir la embarcación de un coletazo, arrojando a los hombres a las frías aguas del océano, con frecuencia lejos del barco.

Luego venía la prodigiosa tarea de transformar el animal muerto en aceite: arrancarle la grasa, cortarla en pedazos y hervirla para convertirla en aceite de calidad superior que iluminaba las calles y lubrificaba las máquinas de la era industrial.”



…..



“Pese a que el cachalote estaba sólo a un tiro de piedra del Essex, Chase no lo consideró una amenaza. «Al principio su aspecto y su actitud no nos alarmaron», escribió. Pero de repente el animal empezó a moverse. Su cola, de seis metros de ancho, tan pronto se alzaba como se sumergía. Primero avanzó lentamente, con un leve movimiento de lado a lado, pero fue cobrando velocidad hasta que el agua se encrespó alrededor de su enorme cabeza, que tenía forma de barril y apuntaba al costado de babor del Essex. En un instante, el cachalote se encontró a sólo unas brazas de distancia: «Venía apor nosotros -recordó Chase- con gran celeridad.»

Tratando desesperadamente de evitar un choque directo, Chase gritó a Nickerson: «¡Todo a estribor!». Otros miembros de la tripulación también gritaron, tratando de dar la alarma. «Apenas habían llegado las voces a mis oídos -recordó Nickerson- cuando se oyó un enorme estrépito.» El cachalote había embestido el barco por un punto que quedaba a poca distancia de las cadenas de proa.

El Essex se estremeció como si hubiera chocado con una roca. Todos los que estaban a bordo perdieron el equilibrio. Las tortugas de las Galápagos resbalaron de un extremo a otro de la cubierta. «Nos miramos con expresión de asombro total -recordó Chase-, casi sin poder hablar.”



…..



“El 6 de febrero, los cuatro hombres del bote de Pollard, que ya habían consumido «el último bocado» de Samuel Reed, empezaron a mirarse «con pensamientos horribles en la mente -según un superviviente- pero nos callamos». Entonces el más joven de ellos, Charles Ramsdell, de dieciséis años, dijo lo indecible. Debían echar a suertes a quién matarían para que los demás pudieran vivir.

Echar suertes en una situación semejante era una costumbre que los hombres del mar aceptaban desde hacía mucho tiempo. El caso más antiguo que se conoce data de la primera mitad del siglo XVII, cuando seis ingleses que habían zarpado de la isla de San Cristóbal fueron empujados hasta alta mar por una tormenta. Después de diecisiete días, uno de ellos sugirió que echasen suertes. Dio la casualidad de que le tocó al hombre que había hecho la sugerencia y, tras volver a echar a suertes quién se encargaría de ejecutarlo, lo mataron y se lo comieron (…)

Cortaron un papel y pusieron los pedazos en un sombrero. Le tocó a Owen Coffin. «¡Muchacho, muchacho! -exclamó Pollard-. Si no te gusta tu suerte, le pegaré un tiro al primero que te toque». Luego el capitán se ofreció a sustituirle (…)

Pero Coffin ya se había resignado. «Me gusta tanto como cualquier otra», dijo en voz baja.

Echaron a suertes quién se encargaría de matar al muchacho. Le tocó a Charles Ramsdell, amigo de Coffin.

Aunque había sido idea suya, Ramsdell se negó a seguir adelante. «Durante un buen rato -escribió Nickerson- declaró que no era capaz de hacerlo, pero finalmente tuvo que someterse». Antes de morir, Coffin pronunció un mensaje de despedida a su madre que Pollard prometió transmitir si lograba regresar a Nantucket. Después de tranquilizar a los demás diciéndoles que «habían echado suertes limpiamente», apoyó la cabeza en la borda de la embarcación. «Fue despachado pronto -recordaría Pollard más adelante- y no quedó nada de él.”



(Nathaniel Philbrick. En el corazón del mar, páginas 9, 125-126, 246-149)

jueves, 3 de diciembre de 2015

"EL REY DEL JUEGO": CARCAJADA, HUMOR SALVAJE Y ALGO MÁS



El Rey del Juego

Juan Francisco Ferré

Editorial Anagrama, Barcelona, 2015, 276 páginas



   Juan Francisco Ferré (Málaga, 1962), es un escritor que, si algo ha demostrado, es que la literatura no solamente no está en crisis, sino que no cesa de innovar. Como botón de muestra, sus dos novelas Providence (2009) y Karnaval (2012),  a las que se une ahora con igual prestancia El Rey del Juego, editada recientemente por Anagrama. Una narrativa cimentada en el humor y en la causticidad y que, en formato híbrido, abre nuevas sendas más allá del realismo y de ciertos vanguardismos carentes de sustancia.. El resultado, una novela política ambientada en un tiempo muy cercano, 2014, pautado por la abdicación del anterior rey Juan Carlos y el ridículo de la selección de futbol en su intento de revalidar su título dc campeona del mundo. Pero sobre todo, una novela que dice algo sobre la realidad, enmarcada en múltiples enfoques paródicos y festoneada por una comicidad, a la vez lúdica, crítica y con todos los adjetivos que seamos capaces de añadir.

   Son ilustrativas dos páginas paratextuales situadas en el pórtico de la novela en las que se vierten controvertidas opiniones -citas inventadas- sobre El Rey del Juego, de las que entresaco solamente tres: “…una teoría de España disfrazada de videojuego novelesco” (Iñaki Ezquerra); “No hay una sola idea inteligente en toda la novela” (Pablo Iglesias); “El Rey del Juego es una novela que no me gustaría escribir por nada del mundo” (Juan Goytisolo). A todos, o a una buena parte de los lectores de El Rey del Juego, la novela nos toca las narices, o quizás las pelotas como al presunto Arcadi Espada. En efecto, Juan Francisco Ferré no tiene ningún reparo en ofrecer un retrato -teoría según algunos- de la “querida España”, que es mucho más que un puro disparate. Una novela desconcertante, extremada, verraca (nada que ver con lo que esta palabra significa en Colombia), aquelarre narrativo que nada tiene que envidiar a las visiones esperpénticas de Valle Inclán. Porque su apuesta e itinerario, a la hora de cocinar esta novela, han sido “entrar por el otro lado del espejo y encontrarse con un país deformado, con seres monstruosos, deformes, con criaturas fantásticas”.

   Entre el humor cáustico sin mesura y la bufonada, Juan Francisco Ferré enfrenta al lector con un periplo disparatado, en el que el protagonista y narrador, Axel Bocanegra, un novelista cuarentón, se queda dormido viendo porno en la tela, después de haberse bebido media botella de Jack Daniels. Dos supuestos fans de su literatura, gamberros cuánticos los dos, le convencen de que les acompañe al Bar de Bringas para discutir de futbol o de lo que se tercie. Y de allí a las Ruinas del Reino, un hiperactivo nido de okupas. Le confinan en una habitación con una pareja de monstruos de circo: un viejo de cabellara canosa y una enana con orejas de soplillo. Y a partir de aquí, una catarata de anécdotas, de diálogos de besugos, de sexo y violencia, de atentados o pseudo atentados en el que aparece muerto el nuevo rey de España o su doble, un encuentro con Cristina Pedroche o su clon (dice llamarse Marta Sánchez), en corta minifalda y sin bragas, de historias relativamente autónomas, introducidas en la novela no con calzador, pero poco menos… Son los colores con los que el autor dibuja un país monstruoso.

   Novela cuya tonalidad va más allá del humor ligero y divertido y se ancla en la causticidad con la que se nos cuenta una aventura kafkiana que tiene que ver con la “épica zafia de la Transición”, contada como un videojuego o un comic, y con aditivos que están a su altura: referencias cinematográficas, acervas y solapadas críticas contra ciertos programas televisivos, el género de la telerrealidad entre ellos. Y en el trasfondo y tras la cortina del disparate y lo deformante, una tematización sobre el enmascaramiento y la pluralidad de identidades. Y una forma de hablar de España que no quiere ser casposa ni paleta, pero mucho menos una ensoñación idílica.



Francisco Martínez Bouzas

                                                       
Juan Francisco Ferré

Fragmentos



“Esto último es lo que más duele del lote, digan lo que digan las mustias matronas de Móstoles. El psicodrama patriarcal no es el cibersexo al alcance de un clic pajillero ni las eyaculaciones virtuales con las proletarias del porno. La enfermedad incurable es la vida. Año tras año. La matemática de la juventud. El calendario del declive programado. La fecha de caducidad del deseo. Lo que es bueno para el whisky de malta conservado en barricas de roble centenario es muy malo para el hombre que lo bebe todas las noches para consolarse. Y no digamos para la mujer abstemia.”



…..



“La cama es una tentación a mi alcance, calculo que en ella cabría una orgía acrobática de ocho cuerpos infatigables sin excesiva merma de espacio. Me tiro sobre ella para probar la flexibilidad del colchón, una de mis fijaciones, y para intentar aclarar mis ideas. No hay mucho que procesar en una mente que ha elegido la amnesia como estado ideal de vida y no tardo en ponerme en pie de nuevo. Soy reacio a la posición horizontal excepto si una buena cama lo justifica.

Voy al coqueto salón de la suite. Una mesa baja con un montón de revistas de chismorreo apiladas unas sobre otras. Las portadas son deprimentes. Mujeres o novias de futbolistas, cantantes sin voz, cantamañanas de la radio episcopal, ídolos de la chusma, presentadoras de televisión en busca de mejora salarial, futbolistas mastuerzos, algún político codicioso, empresarios corruptos, modelos anoréxicas, etc. El lote de la infamia nacional al completo por un precio irrisorio.”



…..



“Saciado con creces el primer apetito, Amaro G. volvía a monologar sobre sus obsesiones preferidas, mientras recibía por debajo de la mesa, como percibí pronto, las gratificaciones manuales de Ildi, un prodigio de discreción y tiento.

-¡No, no, no y no! Mira que te lo tengo dicho, mi querida Ildikó. Como me gusta más es con la izquierda. La derecha es torpe y siempre se precipita. Es inevitable.

Mirándome sonriente , en el ápice de su relación climática con la visitante húngara sentada a su izquierda, Amaro me guiñó el ojo derecho con picardía. Tenía la cara sudorosa y roja, a tono con el birrete cardenalicio que portaba sobre la cabeza como un atributo sacramental, y temí que pudiera darle un síncope. Parecía exhausto. Y no me extraña.”



(Juan Francisco Ferré, El Rey del Juego, páginas 43, 108, 193-194)

martes, 1 de diciembre de 2015

MÁS ALLÁ DE LA PORNOGRAFÍA



Nadine. Algo más que una novela porno

Pablo Paniagua

Alita de Mosca-Literatura Indie, México D.F. 2015, 135 páginas



   Sin ninguna duda, como ya he podido comprobar por la lectura de alguna de sus obras anteriores (La novela perdida de Borges, 2013 y Abraxas. Un viaje por la Psicodelia, 2015), Pablo Paniagua es uno de los escritores que, en legua española, nos está brindando algunas de las propuestas narrativas más innovadoras. Escritor periférico y underground, sabe emplear la literatura para subvertir. Su última entrega, Nadine. Algo más que una novela porno, definida por el mismo escritor como una “propuesta de antinovela del futuro”, no deja lugar a dudas, ya desde su mismo rótulo, de su carácter transgresor. Pablo Paniagua nos sorprende, desde mi óptica favorablemente, con una novela dotada de dos tramas que discurren en paralelo: la trama A que narra una historia, y la B que la comenta.

   La punta del iceberg, el desencadenante de la historia contada, y también el quebradero de cabeza del protagonista, es un pene cercenado y arrugado, hallado en plena noche y cuya procedencia se ignora. Pero el protagonista decide guardarlo en el bolsillo de su gabardina y, ya en su domicilio, en un frasco con alcohol. Poco a poco, irá apareciendo la porción sumergida del iceberg. Para huir de la policía que exhibe el frasco con el pene cercenado, contrata los servicios de una prostituta y con ella pasa la noche. No solo se la chupa sino que también le roba. En un arrebato de cólera, le arranca la nariz y le despedaza el cerebro, y con una de sus pelucas se disfraza de mujer. Y aquí y así comienza su nueva identidad: Nadine Fox, ataviada como puta y ejerciendo como tal. Experiencias sexuales necrófilas que no le desagradan, hasta que cae en las garras de un proxeneta que lo/la explota, con lo que la trama, nos dice el comentarista, se complica y el protagonista se enriquece.

   Para no spoilerizar ambas tramas, no revelaré lo que sigue, ni el desenlace. Anoto  únicamente que Pablo Paniagua nutre su novela con escenas ciertamente pornográficas, aunque queda por aclarar qué es la pornografía, sobre todo si la enfrentamos con el erotismo. Y aquí me remito a Pierre Klossowski y su comparación del marido francés que disfruta con la “perversión” de ver a su esposa siendo poseída  por otros hombres, y del esquimal para quien un comportamiento similar es la simple expresión de las convenciones de la hospitalidad.

   Mas al margen del carácter obsceno, tal como define la Real Academia Española la pornografía, la novela de Pablo Paniagua va más allá de la sexualidad pervertida, de la lascivia, de la obscenidad. Es el rescate de una infancia terrible con un niño sodomizado por los amantes de la madre, hecho que configura un destino insalvable y “estrellado”. Y sobre todo, una historia criminal de “depredadores entre los depredadores” (página 67). Un pasado lejano trasmutado y generando un presente despojado de cualquier sentimiento de culpabilidad (“no hay culpa por asesinar a cualquier depravado e, incluso, a cualquier persona: es la moneda de cambio de la especie humana. Curas católicos sodomizan a niños en nombre de Dios e islamistas radicales asesinan en su mismo nombre” (página 69). Y pequeñas dosis de ternura, de cariño y de devoción que hacen que el cuchillo asesino se caiga de la mano, aunque aquí todo se reescribe.

   Dejo a un lado la catarata de asesinatos en serie por venganza, por placer o despecho, para registrar algunos aspectos técnicos de la novela. La narración se desarrolla con frecuencia dando lugar a nuevos juegos y experiencias, a que la historia se pueda rectificar. “Todo se vale en esta novela” afirma en un momento la voz que narra la historia B, la metanarración. Y en efecto, Pablo Paniagua echa mano de analépsis, varias modalidades de omnisciencia, de múltiples referencias cinematográficas y literarias (Vladimir Nabokov, la Lección de Flaubert, vecinanza con Paul Auster…) Y sobre todo un humor negro, cáustico, mucha ironía y sarcasmo para hacer más llevadera la barbarie, el sadismo transbordado hasta el extremo, aunque, como se afirma, un juego de niños comparado con las guerras ilegales o la doble moral imperante en las sociedades presentes, pretéritas y seguramente futura.

   En resumen, una novela sin concesiones, aunque entretenida, que demanda lectores fuertes que no se rasguen las vestiduras, que tengan la mente abierta y les guste explorar nuevos territorios que incluso pueden describir con mayor verosimilitud la pavorosa realidad de nuestra maravillosa especie humana.



Francisco Martínez Bouzas



                                                      
Pablo Paniagua

Fragmentos



“Aquí ya le di otro giro a la historia con el riesgo de pasarme de rosca: una escena contundente y violenta para impresionar al lector y escandalizar a los más  recatados con este acto de necrofilia, y prefiero hacerlo en primera persona para acostar la distancia entre esta voz y el lector, para que parezca más real, aunque estos comentarios, al fin y al cabo, le resten tensión al conjunto. También, el hecho de convertir al protagonista en un asesino y luego hacerle sentir el arrepentimiento, me sirve para mostrar a alguien con desequilibrios psíquicos, pero a la vez tan normal como el presidente de un país ordenando asesinatos, derrocando gobiernos extranjeros o iniciando alguna guerra preventiva.”



…..



“Arrodillada metí mi cabeza entre sus piernas e introduje su pene en la boca. Estaba totalmente fláccido. Tenía el bolso en mi mano derecha, sobre el suelo, y lo abrí para agarrar el cuchillo. Apreté con fuerza los dientes y él gritó con un alarido desencajado, tanto como su pene que tan sólo colgaba sujeto por un pequeño trozo de carne. Le hinqué el cuchillo en el estómago como cinco o seis veces. Estaba excitadísima. Aún vivía cuando le penetré por detrás. Se lamentaba con un suspiro, apretando el esfínter anal con fuerza y en mi pene noté cómo se alargaban los latidos de su corazón hasta pararse. Ya estaba muerto pero continué hasta correrme.”



…..



“Así es como mezclé el pasado lejano con el pasado reciente, repitiendo en una sucesión de actos encadenados, con el corto periplo del pene cercenado en la vida de Robert Wilson y los recuerdos más lejanos de una historia que comencé a contar y se completa con esa escena de pederastia (un deliro menor, pues muchos curas católicos lo practican con asiduidad y su castigo es cambiarles de parroquia, acto tan hipócrita como la sonrisa de Frank el mecánico -así lo dejamos en mano de Dios y sus representantes: el mal no existe porque Dios está en medio: es la escusa-. Y en esta novela, como casi todo se vale, utilizo el sarcasmo para mostrar la realidad, porque esas cosas pasan y la historia de Nadine, por muy fantasiosa que parezca, puede estar ocurriendo ahora mismo.”



(Pablo Paniagua, Nadine. Algo más que una novela porno. Páginas 23-24, 59, 69)