jueves, 15 de diciembre de 2011

"EL SÍNDROME E", UN NOIR IMPACTANTE EN LA ERA DE LA TECNOCIENCIA

El síndrome E
Franck Thielliez
Traducción de Joan Riambau
Ediciones Destino, Barcelona, 2011, 568 páginas.


No podía ser de otro modo. Los imparables avances tecnológicos tenían necesariamente que estar presentes en la literatura, ese arte que todo lo aprovecha y hace suyo. Nunca el ser humano ha estado tan sujeto al determinismo. Leyendo El síndrome E el lector llegará a la conclusión de que un sencillo mando a distancia es capaz de desencadenar o inhibir la violencia, que es factible modificar la estructura cerebral de un individuo a través del impacto de  imágenes y sonidos tan violentos que le obliguen a obrar de forma predeterminada. Es la evaporación de lo que la tradición filosófica llamaba libre albedrío, libertad psicológica.
Franck Thilliez nos lo hace patente de forma superlativa. Este ingeniero francés, especialista en nuevas tecnologías, se pasó a la escritura en el año 2003 con Train d’enfer pour Ange rouge, pero su salto a la fama le llegó en 2010 con Le síndrome E, traducido ahora al español por Ediciones Destino en “Áncora y Delfín”, su colección emblemática. Su pasión por la ciencia y el hecho de haber devorado durante muchos años las novelas de Stephen King -“¡Veo thrillers, leo thrillers y vivo con thrillers!”, es su grito de guerra- operó el milagro.
En El síndrome E Franck Thielliez le da forma a una trama en la que los avances tecnológicos, los experimentos neurocientíficos con cobayas humanas, llevados a cabo por la CIA en los años 60, constituyen el hielo conductor de esta novela negra que nos sumerge de forma realmente impactante en las razones y mecanismos que están o pueden estar en el origen del mal. Sus héroes son una pareja de policías, duros y bravucones aparentemente, pero se muestran ante el lector en su extrema fragilidad, tan vulnerables como cualquier otro ser humano. Son los detectives Franck Sharko y Lucie Henebelle. Ambos están obsesionados con sus respectivos casos hasta el punto de abstraerlos de la realidad. Films con imágenes subliminales pornográficas y violentas, brutales asesinatos, cadáveres de los que han sido extraídos cerebros, ojos, manos y dientes, redes de intriga y traición, violencia histérica, tendencias sádicas… son los ingredientes que rodean sus pesquisas y que les abocan a la conclusión de que es el proceso conocido como “síndrome E” el que permite convertir a los seres humanos normales en alucinados asesinos.
Así pues, auténtica novela negra, novela del mundo profesional del crimen, como la definió Raymond Chandler, que desemboca en un thriller impactante que conjuga acción, ciencia y neurología, sin que falte la investigación que genera los hechos delictivos, ni esa arquitectura misteriosa típica de la novela-enigma que conduce al lector hasta el desenlace sin concederle el más mínimo reposo. Trama que cumple además  con ese requisito de la mayoría de las novelas negras: una narración itinerante que describe ambientes, personajes variopintos, mientras se persigue el fin de la investigación policial.
La investigación es el elemento estructurador del relato de Franck Thilliez. Sin embargo no estamos únicamente ante una novela-enigma, una novela “Whodunit” en la que la gramática del relato se centre exclusivamente en descubrir quién lo hizo. En El síndrome E se privilegia el misterio y, sobre todo, la temática del peligro tecnocientífico que la convierte en una novela impactante, plenamente de nuestro tiempo sobre los fenómenos de la violencia colectiva. Mas que el lector no busque primores ni exquisiteces literarias en una novela que lo que pretende, por encima de todo, es impactar, no con propuestas literarias vanguardistas exquisitas, sino con la contundencia de un relato rotundo. Ese es su perfil: literatura comercial cuyo objetivo no es construir belleza con la palabra, sino arrebatar la atención del lector, sumergiéndolo en un torbellino de acción e impactantes novedades tecnocientíficas.

Francisco Martínez Bouzas



Franck  Thilliez
                                                 

Fragmento

“Eran casi las tres de la madrugada. Atiborrado de imágenes de espionaje y de guerra, remató su interminable sesión de proyección con aquel cortometraje desconocido, increíblemente preservado. Aparentemente, se trataba de una copia. Esos films sin nombre a veces desvelan auténticos tesoros o, con suerte, obras perdidas de célebres cineastas: Meliès, Welles, Chaplin… Como a todo buen coleccionista, le gustaba soñar. Al desenrollar el inicio de aquella película anónima para engranarla en el proyector, Ludovic leyó en el celuloide: «50 imágenes por segundo». Era extraño, pues la norma habitual de 24 por segundo ofrecía una velocidad suficiente para crear la impresión de movimiento. A pesar de ello, cambió la velocidad de obturación de su aparato para fijar el valor aconsejado. No era cuestión de ver un film al ralentí.
De inmediato, la blancura de la pantalla dio paso a una imagen oscura, velada, sin título ni créditos. En el ángulo superior  derecho apareció un círculo blanco. Ludovic se preguntó, en un primer momento, si acaso no se trataría de un defecto de la película, como a menudo sucede con las bobinas antiguas.
Y la película comenzó.
Ludovic cayó pesadamente mientras corría hacía la planta baja.
No veía nada, ni siquiera con luces encendidas.
Se había quedado ciego”

(Franck Thilliez, El síndrome E, páginas 14-15)

martes, 13 de diciembre de 2011

NARRATIVA NO FICCIÓN SOBRE EL TERREMOTO DE CHILE

8.8: El miedo en el espejo
Una crónica del terremoto de Chile
Juan Villoro
Editorial Candaya, Avinyonet del Penedés (Barcelona), 2011, 110 páginas.

La muy selecta Editorial Candaya edita para España -Alamadía ya lo había hecho antes en México-  8.8: El miedo en el espejo. Una crónica del terremoto de Chile. Su autor, Juan Villoro (México D.F.) es uno de los narradores con mayor pedigrí  desde el momento en que ganó premios tan prestigiosos como el Xavier Villarrutia, el Herralde de Novela y el Premio Internacional de Periodismo Rey de España. Pero Juan Villoro es sobre todo uno de los grandes renovadores de la literatura latinoamericana; miembro de esa generación de escritores que tomaron el testigo después del agotamiento creador de los autores del boom. Una línea claramente experimental, una literatura del desencanto, basada en la revisión estructural del relato, en el distanciamiento, en la ironía crítica, substituyen en la obra de Villoro a la imaginería tropical.
Se ha dicho que este libro sobre las “lecciones del abismo” que nos muestran que es posible el mal absoluto, llega tarde. Pero el mismo Juan Villoro, al que el impulso o el azar le hizo vivir en Santiago de Chile el terremoto de 8.8 de intensidad que sacudió el país en la madrugada del 27 de febrero de 2010, nos advierte que las réplicas más fuertes de un seísmo son las psicológicas. Y ante la conciencia de esa parálisis mental, él mismo le confesó  a una colega periodista que no podía escribir sobre el terremoto mientras le temblaran las manos. No es posibles construir  teorías express  ante los escombros porque -de nuevo es Villoro el que habla- “¿Hasta dónde es posible reconstruir la experiencia de espanto sin distorsionarla con argumentaciones ajenas a lo que se vivió como caos y marasmo?”  (página 15).
Sin embargo a Villoro le dejaron de temblar las manos y narra la destrucción en una crónica fragmentaria, que reconstruye sobre todo un microcosmo vital: las existencias de aquellos chilenos que vieron como el miedo se asomó en el espejo o estuvieron a punto de extinguirse aquella fatídica noche del 27 de febrero. Y lo hace de la forma más efectiva y enriquecedora, no imaginando la catástrofe sísmica desde la inmovilidad de su escritorio, sino pasando por ella.  
Juan Villoro había llegado a Chile, “el país de las primeras ocasiones”, para participar en el Congreso Internacional de Lengua y Literatura Infantil. Un impulso vital y literario le encaminaba al país andino para cumplir con una oculta cita que el destino le había presagiado. Y allí vivió el terremoto. Esta crónica-testimonio, narrativa no ficción, es el relato no sólo de los largos e interminables minutos del espanto y sus consecuencias y las experiencias humanas de los que con él compartieron la tragedia en el hotel, sino algo más. Al lector se le informa de las premoniciones de los psíquicos, de esa “luna mocha” que lucía con un tono amarillo y le faltaba un pequeño trozo, del agua que contempla el escritor Fabían Skármeta y que mana hacia fuera. Y es testigo a través del relato de Villoro de lo sucedido: ese seísmo de magnitud 8.8 que modificó el eje de rotación de la tierra, con sus siete minutos de duración, percibidos como una eternidad. Del sabor amenazante de la muerte que el escritor vive, no como gritos de pánico, sino vestida de pijamas -los pijamas y camisones en los que el escritor reparó al salir de la habitación-; los mexicanos varados en la capital chilena porque “como el día se acortó una milésima de segundo, nuestra burocracia ya no tenía tiempo para nada y no hubo modo de apoyarnos” (página 45); la generosa solidariedad de los chilenos  y mil fragmentos más sobre la incertidumbre y el miedo al monstruo invisible; también la sorpresa de salir vivo. Las réplicas psicológicas y las incontables migajas del desastre reunidas en cientos de sentencias que compendian una experiencia telúrica (“Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma”) y que son altamente eficaces y expresivas.
Secciones especialmente destacables de este pequeño libro son el capítulo dedicado a relatar el caso de una mujer en coma que elude la tragedia gracias a un sueño del que nunca despertará. Así como el dedicado al relato de Heinrich von Kleist, “El terremoto de Chile”, una fábula moral escrita en el siglo XIX que inquiere sobre los dilemas morales que plantea un terremoto: ¿las víctimas omitidas, lo son por azar o por designio?
Testimonio, pues, contra el olvido que convierte este libro en algo íntimamente personal del propio autor. En el relato nos acompañan sus vivencias, su familia, amistades, su experiencia con los temblores, su forma de dormir, las historias que le transmitieron y, por encima de todo, esos pijamas que abren y le ponen el broche al libro, como metáforas de un terremoto de magnitud 8.8.

Francisco Martínez Bouzas

Juan Villoro


Fragmento

“Los argentinos estaban condenados al más terrible aftershock: ninguno de ellos llevaba mate. Unos días antes, empacar hierba rumbo a Chile hubiera sido un regionalismo un tanto ridículo. A fin de cuentas, se trataba de un viaje de cinco días. Sin embargo, en el momento de conversar sobre lo que había sucedido y descubrir que la supervivencia constaba básicamente de largos ratos de espera para encontrar un autobús rumbo a Mendoza, los sobrevivientes argentinos supieron que el miedo y la sorpresa y las anécdotas requerían de un inexistente producto de primera necesidad: el mate.
El podio de la calma triunfal se completa con otra argentina, la escritora Elena Dreser. Cuando el temblor terminó, supo que debía bajar ala calle. Escogió la ropa para la ocasión y reparó en un hecho curioso: nunca se había vestido sin bañarse antes. «Hoy no es la excepción», decidió.
Fue al baño y descubrió que la ducha estaba llena de escombros. Esto no alteró su sangre fría ni su ímpetu higiénico. Se dirigió a un cuarto vecino, se presentó y pidió permiso para la ducha.
Media hora después era la persona más elegante en el banquete de la Alameda”

(Juan Villoro, 8.8: El miedo en el espejo, páginas 73-74)

sábado, 10 de diciembre de 2011

LOBISHOMES EN BRAÑAGANDA

Brañaganda
David Monteagudo
Acantilado, Barcelona, 2011, 282 páginas.



David Monteagudo, natural de una aldea de la Galicia profunda, debutó tardíamente en el mundo literario con la novela  Fin (2009). A esta le siguió Marcos Montes (2010). Brañaganda es su tercera novela y está basada en las creencias y leyendas derivadas de la licantropía. La licantropía o teriantropía, si queremos ser más exactos, es la creencia, transmitida por leyendas populares, en el poder de ciertos humanos para transformarse en un animal carnívoro, por lo general el más importante de la zona. En España y en buena parte de Europa ese animal es el lobo. Los casos reales y claramente documentados de licantropía revierten en síndromes psiquiátricos que provocan episodios de alucinación en la persona afectada a la que hacen creer que se transforma en ese animal carnívoro.
El lobo, como han puesto de manifiesto los antropólogos, es un personaje destacado en la literatura popular gallega transmitida a través de leyendas orales, que esconden una gran carga simbólica polivalente. Símbolos que, como escribió Paul Ricoeur, dan que pensar, mas solamente en la medida  en que seamos capaces de afrontar sus desafíos radicales y añadirles una interpretación coherente. Sin embargo, la figura del lobishome o el “lobo da xente” se ha resuelto frecuentemente a  base de tópicos, como demuestran la novela de Carlos Martínez Barbeito, El bosque de Ancines o la película de Pedro Olea, El bosque del lobo en la que José Luís López Vázquez encarna al hombre lobo de Allariz que muerde a las señoritas en la garganta.
En la Galicia recóndita, retratada en la novela de David Monteagudo, el lobo protagoniza historias en las que actúa como animal feroz o se funde con personas malditas o locos. Es en este último caso cuando se puede hablar con propiedad del lobishome y de las “peeiras dos lobos” (mujeres que amamantan o cuidan de los lobeznos). En esos mitos y tópicos que nutren una buena parte de la literatura oral gallega, se asienta Brañaganda, la novela de David Monteagudo, que no es una novela de ciencia ficción, sino una pieza de aventuras que pretende crear una gran intriga basada en las fantasías y supersticiones del lobishome.
La novela retrata la vida de una aldea gallega, perdida entre las montañas, pocos años después de la Guerra Civil, una sociedad rural que vive en un mundo aislado, con una economía de subsistencia. En ese caserío sus pobladores se sienten amenazados ante los asesinatos cometidos por un pretendido lobishome. El narrador y protagonista del relato, Orlando, ve interrumpida su tranquila existencia, poco después de que su padre se hubiera convertido en guardabosques, porque aparecen muertas varias mujeres en extrañas circunstancias, víctimas de violentos asesinatos. El rumor popular atribuye las muertes al brazo ejecutor de un misterioso lobishome que actúa como juez moral, castigando  ciertos pecados sórdidos que se habían cometido en la aislada Brañaganda. Solamente el marido de la maestra local busca explicaciones racionales a lo que sucede, pero la gente del pueblo rechaza sus pesquisas, atribuyendo esos asesinatos a lo sobrenatural. En la novela, no obstante, hay mucho más: amores prohibidos, actuaciones prepotentes y arbitrarias de la guardia civil, corrupción y espurias  alianzas de poder, silencios que destilan veneno sobre lo acontecido en la Guerra Civil. Y sobre todo, la presencia del mal y del terror.
David Monteagudo
Es aquí donde, en mi opinión, flaquea la novela de Monteagudo. Al autor le falta el coraje del que dio sobradas muestras en Fin para apostar por esa alta literatura de miedo a la que Lovecraft le asigna la tarea de resolver las dudas del hombre racional con relación a su lugar en el mundo. Función catalizadora de pulsiones reprimidas, refuerzo de la conciencia racional, con un imprescindible ensamblaje de contenidos y expresión, de tal manera que todos los elementos formales estén al servicio del factor terrorífico. En Brañaganda, poblada por descripciones muy elaboradas y construidas con un alto estilo literario, se echa en falta una mayor madurez técnica, capaz de suscitar el miedo en la narración, no por medio de la historia, según la tesis de Todorov, sino por la constelación de imágenes que el discurso va superponiendo y que preparan el terreno para la aparición de lo extraño en el momento en el que debe aparecer: en el clímax.
Las carencias de esta propuesta, me hacen rememorar la excelente novela de otro narrador gallego; Alfredo Conde que en Romasanta. Memoria incierta del hombre lobo (2004, edición conjunta en gallego, español y ruso) acaba con  invenciones mágicas y pseudocientíficas de la licantropía y nos presenta a un “amadamado” asesino, el execrable “home do unto”, “home do saco”, el despiadado “sacamantecas” que mataba para hacerse rico traficando con la manteca que extraía de sus víctimas, grasa que solidificaba posteriormente y vendía a un farmacéutico del norte de Portugal.

Francisco Martínez Bouzas
                                               
                                               

Fragmento

“El retrato de Cándida fue pintado trece o catorce meses después de que apareciera muerta en la gándara Sarita la de Couceiro; y cinco antes de que encontraran, en el mismo lugar y con el mismo ensañamiento, el cuerpo de Rosalía de La Veiga, la cuñada de Cosme. El porqué de ese lapso de un año y medio entre la primera y la segunda víctima del lobishome, entre el primero y el segundo de sus orgasmos de sangre y de muerte, es algo que nunca podremos llegar a saber, y que resultaba cuando menos chocante a la luz de lo que vendría. Porque a partir de su segunda víctima, empezó a actuar puntualmente con cada luna llena, desatando una oleada de temor, de recelo y desconfianza que atenazó el valle y sus habitantes durante un interminable otoño de miedo y superstición. Pero ya anteriormente, cuando se supo que las dos mujeres habían muerto en idénticas circunstancias, cuando se conocieron algunos detalles escabrosos acerca del estado en que fueron hallados sus cuerpos, se empezó a hablar abiertamente de la posibilidad de que el autor de aquellos crímenes fuera un alobado: alguien que llevaba una vida normal -tal vez un vecino de la garganta- pero que se transformaba bajo el influjo de la luna llena y salía por los caminos a saciar torpemente su inaplazable necesidad de carne humana”.

(David Monteagudo, Brañaganda, página 127)

viernes, 9 de diciembre de 2011

UN THOMAS PYNCHON CON ORIFICIOS

Vicio propio
Thomas Pynchon
Traducción de Vicente Campos
Tusquets Editores, Barcelona, 2011, 422 páginas.


Thomas Ruggles Pynchon es un célebre desconocido. Lo poco que de su vida sabemos, se sitúa entra la realidad y la quimera: que nació en Nueva York en 1937, que estudio ingeniería  y literatura en la Universidad de Cornell, donde una especie de leyenda urbana afirma que fue alumno de Vladimir Nabokov (auque este nunca recordará haberlo tenido en sus clases), que envió a un cómico a recoger el prestigioso National Book Award. Que apenas existen fotos de él y que vive en Nueva York. Eso es todo.
De su obra literaria hay críticos y blogueros que dicen haber luchado a muerte para lograr una lectura mínimamente comprensiva. Le consideran uno de los paradigmas de la postmodernidad maximalista y Harold Bloom le relaciona entre los grandes novelistas norteamericanos de nuestro tiempo junto a Don DeLillo, Philip Roth y Cormac McCarthy. Sin embargo su novela más conocida El arco iris de la gravedad fue rechazada por los administradores del Premio Pulitzer por “ilegible, sobrescrita y obscena”. Por eso  para el bloguero Rubén Martín G., Thomas Pynchon es un escritor sin orificios, “un día de turismo por el fracaso de un lector de Pynchon”.
Pero si usted lector disfruta de la novela criminal y está harto con los héroes de Camilleri, Mankell, Roukin o le producen cansancio, de tanto reiterarse, los autóctonos investigadores de crímenes, su apuesta debería de ser por el “fumeta” Doc Sportello de Thomas Pynchon. Olvídese de todo lo que se ha dicho de Pynchon, de que es un incono de la posmodernidad, de que sus temas recurrentes son la entropía, la paranoia, el giro apocalíptico de la historia reciente, la ausencia de significados y un estilo que desintegra el lenguaje y convierten la lectura de este hombre sin rostro público en ardua tarea, porque Vicio propio es otra cosa. Pura novela pynchoniana, pero una excepción que confirma la regla. Una novela que se entiende, que no es más obscura ni enredosa que cualquier pieza del género negro por la que transiten abundantes personajes y escenarios. Y como regalo, por tratarse de Pynchon pequeñas disonantes destemperanzas, como el hecho de que el detective sea un viejo surfistas, parroquiano de la marihuana.

Thomas Pynchon

Estas cacofonías narrativas, amalgamadas con un estilo propio, convierten el viaje por la lectura de esta novela en una experiencia a la vez gozosa e hilarante. Los amantes del clásico, del negro-negro tampoco terminarán decepcionados. Cientos de personajes secundarios: malos sin desperdicio, buenos inmensamente buenos, fiambres que no mueren, montones de conspiraciones y corruptelas, la pesadilla de Charlie Manson y sus sumisas discípulas y, en paralelo, Richard Nixon, como paradigmas del mal. Incluso una protointernet con protohackers. Y por descontado, nutridos puñados de sexo, droga y rock & roll. Pynchon retratando la cara más esperpéntica de la cultura americana, con diálogos delirantes, un singular humor negro, iconografías paródicas y grotescas y un lenguaje dominador, rico, torrencial.
Flotando sobre la superficie de este mar cenagoso, un personaje memorable, Doc Sportello, detective “fumeta” y medio casquivano, que recibe el encargo de encontrar a un empresario desaparecido y que,  a pesar de su origen judío, está protegido por una banda nazi. La trama de Vicio propio es lineal, sin saltos en el tiempo, sin sub-tramas. Muchos actores secundarios, pero un solo protagonista, el quijotesco  Sportello respirando el aire corrupto y despreocupadote finales de los 60 en el sur de California, donde todos engañan, conspiran, traicionan, mientras en las playas los surfistas  se enfrentan al estallido de las olas y las pandillas de hippies les rinden culto a las flores y a la marihuana, en una sociedad en la que se borraron todos los límites.

Francisco Martínez Bouzas



Fragmento

“Cerca de la oficina, tanto que de hecho podía ir andando, había una zona, que en el pasado constituyó un pequeño vecindario, cuyas casas habían sido declaradas en ruina para realizar una ampliación del aeropuerto que tal vez sólo había existido como una fantasía burocrática. Un barrio vació pero no exactamente desierto. Dentro se rodaban películas dudosas. Se hacían trapicheos con drogas y armas. Moteros chicanos tenían citas furtivas a mediodía con jóvenes ejecutivos anglos, con bisoñés que les servían para desgravarse impuestos…Los fumetas despegaban en sus aviones a unos centímetros por encima de sus cabezas, y los residentes especialmente infelices de la zona, que abarcaba desde Palos Verde a Point Dume, salían a buscar potenciales lugares para suicidarse.
Luz se presentó en un SS396 rojo que, repetía, se lo había prestado su hermano, aunque Doc creía detectar algún novio en algún punto del subtexto. Vestía tejanos recortados, botas de vaquera y una diminuta camiseta que hacía juego con el coche.
Encontraron una casa vacía y entraron. Luz había traído una botella de Cuervo. Había un colchón de matrimonio con quemaduras de cigarrillo, un televisor con mueble incluido modelo French Provincial con la pantalla destrozada a patadas y varios recipientes de pasta de yeso de veinte litros que la gente había utilizado como mobiliario de picnic.
-He leído en los periódicos que Mickey sigue desaparecido.
-Ya ni siquiera el FBI se pasa a visitarme. Riggs se ha largado otra vez al desierto, y Sloane y yo nos hemos hecho amigas.
-Ya, sí, ¿cómo de amigas?
-¿Te acuerdas de la cama de abajo donde Mickey nunca me folló? Ahora es nuestra.
-Humm
-Pero ¿qué es esto que veo aquí?
-Bueno, no me jodas, es una idea interesante, ¿verdad?, vosotras dos…
-Los tíos y el rollo de lesbianas… ¿Por qué no te pones cómodo ahí, no, ahí, y te cuento todos los detalles?
Los aviones de pasajeros pasaban atronadores cada par de minutos. La casa se estremecía. A veces, cuando Luz separaba brevemente las piernas, Doc creía que oía las ruedas del tren de aterrizaje rodando por el tejado. Cuanto más ruido había, más se excitaba ella”

( Thomás Pynchon, Vicio propio, paginas 167- 168)  

miércoles, 7 de diciembre de 2011

CONTRA LA AMNISTÍA DE CONCIENCIA

Los hermanos Himmler.
Historia de una familia alemana
Katrin Himmler
Traducción de Richard Gross
Libros del Silencio, Barcelona, 2011, 406 páginas.


Si algo pretende ser este libro escrito por una nieta de Ernst Himmler, sobrina nieta por consiguiente del jefe de las SS y creador de los campos de concentración y exterminio del Tercer Reich, Heinrich Himmler, es luchar contra el impenetrable telón de silencios que cayó sobre Alemania a partir de 1945. Una cortina de mutismo que envolvió a su propia familia, de la que formaban parte viva un pretendido olvido y burdas y groseras mentiras con las que pretendían pasar página y amnistiar las conciencias de los que perpetraron la barbarie o las  de sus descendientes.
A Katrin Himmler la delataba su apellido familiar, pero durante su infancia, adolescencia y juventud recibió de sus familiares una información parcial y sesgada sobre las implicaciones y responsabilidades familiares en el exterminio de millones de personas. El nombre del verdugo de las SS era una especie de salvoconducto expiatorio para el resto del clan familiar. Él había sido el gran culpable, el responsable del holocausto, quedando así condonado el débito de otros parientes cercanos. Las inmensas responsabilidades históricas del hermano más conocido, Heinrich Himmler, actuaba como escudo protector que convertía en hechos insignificantes la colaboración y el apoyo a esa inmensa barbarie de sus otros hermanos.
Pero un día, a petición de su padre, Katrin Himmler comenzó a hurgar en los secretos familiares y lo que halló en los archivos oficiales echaba por tierra esa absolución de conciencia en la que se creían a salvo los descendientes de los tres hermanos Himmler. Buceando en documentación inédita, tanto oficial como privada, la autora de Los hermanos Himmler. Historia de una familia alemana dinamita completamente el mito familiar de que los parientes ignoraban las actividades asesinas y exterminadoras.
Katrin Himmler se identificó desde joven con las víctimas y se avergonzaba de su apellido. Jamás dudó en calificar a su tío abuelo como el “asesino del siglo”, pero en este libro lleva a extremos inusitados la catarsis familiar: su abuelo Ernst y su hermano Gebhard se habían afiliado tempranamente al partido nazi y a las SS, habían  sido nazis entusiastas y cómplices de Heinrich Himmler. Además toda la familia había disfrutado de las ventajas y privilegios que se derivaban de la condición de reichführer (jefe supremo) de Heinrich, como por ejemplo, casas requisadas a polacos o muchachas de servicio, trabajadoras forzadas.
Este libro testimonio analiza la historia familiar y está escrito por una historiadora profesional que se enfrenta a la historia familiar desde dentro, derribando tabúes, reflexionando y no ocultado su dolor cuando se entera de muchos de los dramas familiares: el abuelo que muere en la huida de la capital alemana mordiendo la cápsula de veneno que llevaba escondida en la boca, la abuela que simpatizaba con los criminales de guerra nazis, a los que, al igual que a ella misma, consideraba víctimas y no verdugos. Katrin Himmler nos retrotrae hasta el patriarca del clan, Gebhard Himmler, un pedagogo riguroso, que educó a sus hijos en los ideales de la realeza bávara y en el rigor vital como máxima virtud, haciéndoles soñar con delirios de grandeza. La exaltación patriótica movió a los hijos a ingresar en asociaciones paramilitares que decidieron su destino en los negros años treinta en Alemania. La burocracia nazi les permitirá medrar, llegando a ocupar puestos privilegiados y asumiendo responsabilidades criminales dentro del nacionalsocialismo.
Katrin Himmler
Libro, sobre todo sincero, escrito por una mujer que, en un momento de su vida, siente la urgencia de aproximarse a la historia para explicarse a si misma. Y libro así mismo que pone al descubierto la profunda implicación de una buena parte de la población alemana en los crímenes del nazismo. La narración biográfica familiar, rompiendo tabúes, emprendida por los nietos de aquellos criminales, son viajes de descubrimiento en las cavernas familiares, transitados a base de un gran valor personal y de un insoslayable deseo de lucha contra la amnistía de la conciencia, cuando la vecindad con los crímenes forma parte de tu propia historia.


Francisco Martínez Bouzas


Fragmentos

“Tenía yo quince años cuando, en clase de Historia, uno de mis compañeros de curso me preguntó si yo era pariente «de ese Himmler». Asentí, con un nudo en la garganta. En el aula se hizo un silencio de piedra. Todos se quedaron intrigados y  a la espera. Pero la profesora se puso nerviosa y continuó como si no hubiera pasado nada. Desperdició una oportunidad para hacer comprender a quienes hemos nacido después de la guerra lo que aún nos unía a esas «viejas historias».
Por lo que  a mí se refiere, eludí tal pregunta durante mucho tiempo. Sabía bastante sobre Heinrich Himmler, mi tío abuelo. Conocía muy bien al «asesino del siglo», responsable del exterminio de los judíos europeos y de la matanza de millones de personas más…Consternada y desecha en lágrimas, leía sobre el levantamiento fallido de quienes resistían el gueto de Varsovia, sobre las peripecias de los exiliados y sobre niños escondidos que luchaban por sobrevivir. Me identificaba con el destino de quienes sufrieron la persecución, me avergonzaba de mi apellido y a menudo sentía una culpabilidad agobiante e inexplicable…Sin embargo, siempre evité celosamente afrontar el pasado de mi propia familia”
…..

“De acuerdo con las «costumbres germánicas» Heinrich Himmler estaba convencido de que los hombres «racialmente intachables» de las SS tenían que tener derecho a una segunda mujer. Según afirmó su paramédico Felix Kersten, consideraba que la «monogamia» era «una obra satánica» de la Iglesia católica que había que abolir. Juzgaba «intolerable» que un hombre normal pasara toda la vida con la misma mujer. Además, confiaba en que «con la bigamia, cada una de las mujeres sería un acicate para la otra» y que la competencia disuadiría a la primera mujer de «sacar las uñas». Para compensar, a esta debería dignificársela con el título de domina, que le otorgaría ciertas prerrogativas frente a la segunda.
También Hitler y otros miembros del partido reflexionaron sobre la «bigamia», aunque la planteaban para el futuro y movidos, sobre todo, por la preocupación de que el gran número de «héroes» caídos  dejara a muchas mujeres sin hombres y al Reich sin hijos. En cambio, Himmler y otros jefes de las SS no querían esperar hasta después de la guerra. La comunidad de clanes de la SS practicaba su propio estilo de vida, que se desmarcaba deliberadamente de las normas sociales vigentes. Y parece que muchas de sus mujeres aceptaron tener que compartir el marido con otra. Posiblemente consideraran que permanecer en la elite del «imperio germánico» que estaba por venir era suficiente compensación”

(Katrin Himmler, Los hermanos Himmler. Historia de una familia alemana, paginas 15-16, 284-285)

sábado, 3 de diciembre de 2011

EL MUNDO DE EROS DE JENIFFER MOORE

Poesía de Jeniffer Moore
Jeniffer Moore
Editorial Pelícano, Miami, 2011, 132 páginas.


Un saludo ante todo para esta segunda incursión en la lírica de Jeniffer Moore, poeta desde niña de Justiniano Posse (Argentina). Su Poesía es un libro que se defiende solo porque en los versos de Jeniffer Moore hay una “sabiduría”, un gran territorio de belleza oculta que no deja que el “pathos” amoroso que la transita, se hunda en esos pequeños mares de los versos aprisionados, sino que la  incita a flotar con libertad  en un gran éxtasis, cuyas raíces nada tienen que ver con el misticismo, sino con el amor terreno, con la pasión que la autora entiende como los motores del universo.
Bautiza Jeniffer Moore sus poemas como hijos de la soledad, del infortunio o de la plenitud vital. Sus dos nombres -el heterónimo Jeniffer Moore- y el real que la poeta revela en el prólogo de su poemario, honran una poesía que quizás, en efecto, ha pasado demasiado tiempo en la soledad de los archivos, pero que, en las manos de los lectores, ayuda a vivir, a soportar las inclemencias o fierezas de la existencia. Ese gran milagro / verdad del mundo que se produce cuando la poesía se convierte en un virus que nos contagia sin solicitar nuestro permiso. Se transforma entonces en una magia que se viste en  un “mar de metáforas”, en la literalidad, en el acto que individualiza la lengua en tanto que experiencia formal y construcción personal única. Y ese gran milagro / magia / verdad del mundo incendia nuestra noches, porque en estos poemas fuertemente confesionales y existenciales que nos brinda la escritora, hallamos una explosión de esa “ubris” compuesta de risas y lágrimas, estados felizmente convulsivos. Excitaciones psico-afectivas, constitutivas de nuestra especie, y que hallan su plenitud en los estados amorosos que purgan ansiedades y transforman las experiencias humanas en momentos quizás precarios, inciertos, aleatorios, pero que vivimos como óptimos y supremos, como estados beatíficos.
De esta materia “úbrica”, pero profundamente humana, están hechos los poemas de Jeniffer Moore que se adscriben sin duda a esa tradición derivada de Gérard Genette que ve en la poesía una de las formas más intensas y prestigiadas de la escritura del yo, un arquigénero,  aunque no implique en teoría ninguna pretensión de sinceridad y de verdad referencial, ni el uso necesario de la primera persona, que no la evita por cierto Jeniffer Moore. Una forma privilegiada de ese “homo estheticus” moderno del que habla Luc Ferry.
Aunque no es el amor el único motivo de su decir poético, Jeniffer Moore traduce esa fuerza compulsiva del mundo de Eros desde el primer poema hasta el último desde ese “Provócame / desde aquel horizonte empozado en tus ojos” (página 16) de su “Pro-Vocativos sin reservas” hasta esas salutaciones (“¡Salve!...hombre de setenta y más”) del largo e impresionante poema final, “Los húmedos pliegues de las estaciones”.
Jeniffer Moore
No desprecia la poeta los privilegios fonocéntricos, aunque no es cautiva de la métrica y le otorga mayor importancia a otras dimensiones, como la enunciación y las figuras pragmáticas del poema, esas actitudes líricas que resultan del juego de relaciones entre el yo poético y el destinatario que podríamos categorizar como apóstrofe lírica, caracterizada en muchos de los poemas por la patentización en el enunciado de un tú lírico de ensalzamiento amoroso con el que la voz poética mantiene una fuerte tensión apelativa, en sus múltiples subtipos y matices: confidencial, imprecación, ruego, mandato, lamento…
Aunque no podemos confundir el yo del poema con el autor / autora que está detrás, la poesía lírica de Jeniffer Moore, eminentemente subjetiva y expresada frecuentemente en primera persona, difícilmente puede ser entendida como un simple ejercicio estético, haciendo abstracción de sus propias vivencias. Si bien desconozco las secretas claves de su decir poético, apuesto por una “poesía-verdad”, por una poesía del corazón que vive y late al compás de la escritura. Quizás es esa verdad del poema la que hace que estos versos verdaderos nos lleguen hasta tan dentro y se conviertan realmente en incendios, como diría Vicente Huidobro.

Francisco Martínez Bouzas


Fragmentos

“Busco dentro de ti
 y el alba llega
como llega la hora y el suplicio.
Hay un pájaro de fuego en nuestros ojos
que no se rendirá.

Y desde el muro
junto al jazmín que espera,
me deshago en la sombra de tus besos."
…..

“Tierra  fecunda soy
propensa al verde y las raíces.
“A mi diestra, el amante
que ondula majestuoso
en su lecho de arenas y de espumas.

Me copulan el aire, el fuego,
la risa de sus aguas contra mis pies apátridas.

Nacida fui para el bosque de tus ojos,
amanecer tardío de tu boca.”
…..

“¡Salve!... hombre de setenta y más
porque de todos eres, quien refunda
tribus perennes en mis venas.
El que ha descubierto
los antiguos albores de la luna.
Arco iris en mano, me vences
en un jaque de tres movimientos.

¡Salve!... hombre de sesenta y más
porque de todos eres quien se deja
montar sin bridas.
El que no pide ayuda cuando se ahoga
en torbellinos de mis labios.
Quien echa su armadura al fuego,
deja que el Arca se vaya con sus bestias
y me desnuda el alma mucho antes
de quitarme el anillo.”

(Poesía de Jeniffer Moore, páginas 29, 34, 130-131)
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jueves, 1 de diciembre de 2011

UN BESTIARIO DE LA SOCIEDAD MEDIEVAL

Medievalario
Fran Zabaleta
Ediciones Redelibros, Vigo, 2011, 318 páginas.


Primera novedad de esta novela: es un experimento, como confiesa su autor Fran Zabaleta. Él efectivamente es el autor en sentido superlativo: autor del texto y “autor” así mismo de la edición. Fran Zabaleta, impulsor de “Redelibros” (A rede social galega do libro), generó además con ayuda de diversos amigos y amigas, un sello editorial Ediciones Redelibros en el que editó su Medievalario, asumiendo el control de todo el proceso. El resultado es este libro cuidadosamente editado y maquetado y excelente aunque escasamente ilustrado por Francisco Pérez Villanueva. El atractivo del trabajo de ilustración es tal que a este lector le hubiera apetecido que las cuatro estampas que inician cada una de las cuatro historias que se recogen en el volumen, se repitiesen a lo largo del libro en versiones diferenciadas y acompasadas a lo narrado.
Dejando ya al margen el paratexto y entrando en la substancia del texto, lo primero que conviene dejar sentado es que este Medievalario no solo está construido al modo de los bestiarios medievales, sino que es en si mismo un bestiario social. En efecto, así como los bestiarios son textos ilustrados que describen a los seres vivos, reales o quiméricos, incluyendo aspectos simbólicos y alegóricos que los convertían en expresión física y moral del mundo, estas cuatro historias que Fran Zabaleta nos regala en este volumen, retrata la sociedad medieval “tanto en su aspecto externo como en la forma de ser y de sentir de los hombres del medioevo: sus miedos, sus creencias, sus obsesiones…” (página 11).
Fran Zabaleta dibuja el mundo medieval a través de cuatro historias; cada una de ellas, al igual que los bestiarios, centrada en un personaje o individuo representativo, retratado en un cuadro sumamente realista y rebosante de expresividad.
“De correctione rusticorum” es el título de un texto escrito por Martiño de Dumio y rotula así mismo la primera historia de este Medievalario. Una historia que refleja el “fanatismo revestido de fuerza, determinación e intransigencia”  de un personaje, Martiño de Braga o de Dumio que impone a sangre y fuego las creencias de la fe cristiana a los pobladores de la Gallaecia que, en los albores de la Edad Media, rendían culto sobre todo a los elementos naturales (fuentes, árboles, ríos), en un sincretismo heredado del paganismo romano.
“El bando perdedor”, el segundo relato, nos traslada al siglo XV en pleno contexto de las revueltas irmandiñas. Un personaje ficticio, Lopo Feixoo de Milmanda, un caballero medieval que sigue auscultando el mundo con el estestoscopio de los principios de la caballería en ese ambiente de levantamientos contra los señores en el que el modelo caballeresco ya estaba agotado, aunque seguía vigente en el imaginario popular.
En el tercer relato “El humo de la tierra”, Fran Zabaleta narra la historia de un niño perteneciente al tercer estamento, el de los campesinos, los únicos de los que no habla la historia, porque en la sociedad estamental, el campesinado carece de ella. Los campesinos, simbolizados en el relato por un niño, son la absoluta indefensión, viven al margen, entre esfuerzos y sudores y sometidos a la arbitrariedad de la autoridad eclesiástica y nobiliaria.
La muerte del último rey de Galicia, García II, encadenado por su hermano Alfonso VI durante dieciséis años en la torre de Luna en León, cierra este bestiario de la sociedad medieval en el relato “Con los fierros”. Este rey encadenado, advierte al autor es el símbolo de una sociedad encorsetada, prisionera de si misma.
Fran Zabaleta
El estilo de la prosa de Fran Zabaleta en esta obra es muy elaborado, con una adecuada recreación de escenarios, épocas y espacios y una plasticidad encomiable en las descripciones y en el perfil de los personajes.
Concluyo con unas mínimas observaciones sobre el estatuto de este libro rotulado como novela histórica. El autor confiesa (página 311) que cuanto narra es solo fruto de su calenturienta imaginación, pero añade acto seguido que no todo es producto de la imaginación. En casi todos los relatos hay, en efecto, personajes históricos, cercenando el carácter puramente ficcional de lo relatado. En este caso, como en muchos otros, hago mías las consideraciones de Álvaro Pombo: tan pronto como se ficcionaliza un contexto histórico, todo él queda sometido a las leyes de la ficción. La ficción, como marcador semántico, trastorna todo lo que toca y por consiguiente, en puridad, no existen novelas históricas. Los elementos novelescos inyectados en los elementos históricos anulan la historia, aunque la puedan ilustrar bellamente, como ocurre en este Medievalario de Fran Zabaleta.

Francisco Martínez Bouzas



Fragmentos

“Se llamaba Urbica. El nombre le rondaba en algún lugar de la memoria como la zarpa de un gato, siempre esquiva y siempre presta para arañar. Más allá de la cueva el mundo se resumía en lluvias incesantes, frío y oscuridad, pero en el interior el fuego templaba el cuerpo y serenaba el espíritu. Sulpicio se hallaba muy débil. Dormitaba la mayor parte del día, luchando contra las fiebres, contra los remordimientos, contra la zozobra que lo dominaba. Se dejaba cuidar. Yacía entre pieles, sin fuerzas ni resolución. No comprendía bien dónde estaba. Por momentos imaginaba que había muerto y que aquello era un recóndito vientre donde nada malo podía sucederle. Otras descubría el rostro de Urbica sobre él y gritaba despavorido como si lo acechara  un espíritu vengador. La mujer tenía una maraña por cabellos y la grasa le tiznaba el rostro, otorgándole un aire de criatura demoníaca”
…..

“Había dedicado su vida entera a la oración, la penitencia y la defensa de la Iglesia del Señor. Carriarico le había nombrado primero abad y obispo e Dumio y después, cuando el reino adoptó formalmente la fe de Roma, arzobispo de Braga. Y aquella ciudad se había convertido desde entonces en el faro que iluminaba las tinieblas de la superstición y la herejía. Porque Latroniano y otros como él eran los tumores que corrompían a las gentes con sus venenos de igualdad y fraternidad, como si el mundo fuera posible sin jerarquías ni señores. ¿Acaso los ignorantes estaban capacitados para entender los misterios divinos? ¿Quiénes defenderían a los débiles de los ejércitos enemigos si no hubiera señores?
Toda una vida dedicada a extirpar la herejía y a guiar humildemente el rebaño de Dios. Él, Martiño, el séptimo de entre sus hermanos, había convocado concilios y aconsejado reyes. Había conseguido éxitos impensables para mayor gloria de Dios.”
…..
“Si el primer recuerdo era el estiércol, el segundo era el hambre. El hambre y las pulgas. El hambre le arañaba las tripas por dentro hasta dolerle y las pulgas hacían que se rascara por fuera hasta sangrar. Por entonces, apenas un cachorro que no levantaba cuatro palmos del suelo, ambas cosas le parecían algo natural, tan inevitable como las heladas o la lluvia. En invierno dormía en un viejo cuévano abandonado o, si hacía mucho frío, hecho un ovillo entre lo perros, y por el día rondaba el horno y la cocina a la caza de un mendrugo o se acercaba hasta el río para escarbar entre las piedras en busca de cangrejos…”

(Fran Zabaleta, Medievalario,  páginas 40, 67-68, 223)