martes, 6 de febrero de 2018

LA INCUBACIÓN DE UN DESEO NEFANDO



Ana, soror

Margeuerite Yourcenar

Traducción de Manuel Pereira

Editorial Aguilar (Penguin Randon House), Madrid, 79 páginas.

(Libros de siempre)



    
   
   Ana, soror, la novela breve de Marguerite Yourcenar, al margen de su valía interna, encierra ciertas connotaciones paraliterarias que la misma autora se encarga de hacérnoslas saber en el epílogo de la obra escrito en octubre de 1981. El texto de la novela de la gran escritora en lengua francesa, Marguerite Yourcenar, la primera mujer que formó parte de la Academia del país vecino, es una obra de juventud. Un relato escrito en 1925 cuando la autora acaba de cumplir veintidós años, y que formaba parte de un proyecto oceánico en el que ya están presentes los gérmenes de una buena parte de sus obras futuras. En 1935, Ana, soror vio la luz junto con otros tres relatos bajo el título Como el agua que fluye. La versión definitiva, con algunos retoques, tanto en la forma como en el fondo, la firmó la escritora en 1981, sintiéndose absolutamente cómoda con el relato, “como si la idea de haberlo escrito, me hubiera surgido esta mañana.”

   El tema que se esconde bajo el título de las primeras palabras del epitafio que la protagonista femenina compuso para la tumba de su hermano, no es otro que el del incesto, un amor entre dos hermanos que deriva en un acto carnal voluntariamente asumido. Un tema considerado abominable. Un acto lujurioso, lúbrico que produce escalofríos, náuseas y asco en casi todo el mundo, hasta el punto de haber sido elevado a la categoría de tabú, en paradigma de los comportamientos antinaturales.

   Desde el campo de la antropología se han ofrecido distintos enfoques y soluciones a este verdadero enigma del comportamiento humano, echando mano de teorías antropológicas materialitas y de otras que se pueden encuadrar dentro de la sociobiología americana. Se suele olvidar, sin embargo, la respuesta de C. Lévi-Strauss, quizás la que más se acerca a la realidad de los hechos. La prohibición del incesto sería según el pensador estructuralista francés, una regla básica de ese lenguaje que son las relaciones de parentesco, que pertenecen tanto al orden natural como al cultural. Ya que es prácticamente universal, pero al mismo tiempo con un contenido concreto que varía según las diferentes sociedades, el tabú del incesto se convierte en la puerta giratoria entre naturaleza y cultura.

   En la literaturización de un asunto, a la vez tan escabroso y complejo, Marguerite Yourcenar se siente heredera de una larga tradición de poetas, narradores y dramaturgos que van desde Byron, John Ford, Montesquieu, Chatubriand, Goethe hasta Thomas Mann o Martin de Gard. En Ana, soror en efecto revientan algunas de las modulaciones plasmadas en la mayoría de los textos literarios sobre el incesto, especialmente la unión sexual de dos seres emparejados por la sangre y que viven en un relativo aislamiento, sobre todo tras la muerte de la figura materna. El amor crece entre estos dos hermanos impregnados de la piedad desoladora de la Contrarreforma, en un Nápoles rebosante de vitalidad, pero también de iglesias sombrías y doradas que les recuerdan constantemente la terrible transgresión pecaminosa de la que son a la vez actores y víctimas. Mas su pasión es tan fuerte que convierte en realidad sus impulsos,  a pesar del largo combate interior que precede al pecado vivido por los hermanos como un momento de felicidad indescriptible. La muerte del protagonista masculino en una galera del rey, en la que se había alistado voluntariamente, será el precio pactado de antemano por ese estado de exaltación y de felicidad. Ana, la hermana incestuosa, sufrirá durante el resto de su vida, pero no por los remordimientos, sino por el dolor inconsolable de la pérdida del amor irrecuperable de su hermano.

   La narración que le permitió a Marguerite Yourcenar disfrutar por primeva vez del privilegio de ser novelista, de dejarse poseer por los personajes, se sumerge en una zona febril de tinieblas y equívocos, donde el amor, la pasión, la inocencia, la sensualidad y el terror de la culpa intercambian de forma turbadora sus posiciones. En el texto no existe violencia, sino sensualidad, ternura. Y sobre todo el impulso del deseo que brota entre la pareja de hermanos en el marco incomparable de una ciudad polícroma, iluminada por una luz caravavaggesca, repleta de rayos, de tinieblas y de tormentas. Y como contrapunto, el oscuro ventanal de la Contrarreforma con el predominio de la religiosidad, representada en la narración por el ciclo de Semana Santa y sus lamentos, momento en el que los protagonistas consuman sus deseos. En la noche de un Viernes Santo, cuando el cielo parecía resplandecer de llagas, sitúa la autora el acto nefando, relatado con la sobriedad de dos palabras: “se abrazaron estrechamente.”

   
                                                
Marguerite Yourcenar a la edad aproximada en que escribió Ana, soror
 
   Una breve pero hermosa novela de contrastes -forma parte de la técnica narrativa de la autora- en la que ya encontramos el genio vivo de Marguerite Yourcenar, ajena al vaivén de modas y cenáculos literarios, y anclada en la solidez de un mundo personal hecho de la cultura clásica. Uno de los grandes aciertos compositivos de la novela es que la escritora describe sobre todo el proceso de incubación del deseo hasta llegar a su consumación: cómo se les va desvelando a los protagonistas, cómo arraiga y crece en sus cuerpos. Y en paralelo a todo ello, las obsesiones del hermano, las angustias de la hermana. Las luchas internas de Miguel que pretende combatir con largas galopadas a caballo por las laderas de los montes de la Basilicata.

   En definitiva, una construcción ficcional de amor, sensualidad, percepción de los prohibido, sensación de un terrible pecado, pero sin remordimientos y desarrollada con elegancia y naturalidad. Si me viera en la tesitura de calificar esta pieza narrativa con una sola expresión, no dudaría de echar manos del discurso de respuesta de Jean D’Ormesson en la Academia francesa: Yourcenar o el saber, la naturalidad, la serenidad y, sobre todo, la altura, la elevación.



Francisco Martínez Bouzas


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