viernes, 22 de junio de 2018

LE EFÍMERA BÚSQUEDA DE LA NATURALEZA EN UNA CIUDAD INDUSTRIAL


Marcovaldo, o sea Las estaciones en la ciudad
Italo Calvino
Traducción de Dulce María Zúñiga
Ediciones Siruela (Biblioteca Calvino), Madrid, 164 páginas.
(Libros de siempre)
  

   Reedita Ediciones Siruela los veinte relatos que, en traducción de Dulce María Zúñiga, escribió y publicó el escritor cubano- italiano, Italo Calvino (1923-1985), Marcovaldo, ovvero le stagioni in città. El autor es un brillante experimentador que salta de una forma literaria a otra. Es por esta razón que en su producción sea posible diferenciar varios períodos. Posiblemente el más conocido es aquel en el que se adentra en la invención fantástica, especialmente en el terreno de las fábulas y de la fabulación que permite lecturas alegóricas y simbólicas, repletas de pequeños pizcos históricos y filosóficos, tanto privados como públicos. Un período que abarcaría la trilogía I nostri antenati (El vizconde demediado, El barón rampante, El caballero inexistente).
   No obstante, Italo Calvino también es autor de una narrativa que, a pesar de una cierta contaminación derivada del mundo de la fábula y del absurdo, se acerca y escudriña e la realidad social en la que vivimos. Pertenecen a esta línea el libro que me ocupa y La giornata d’uno scrutatore, también traducido y editado por Ediciones Siruela. Marcovalo, ovvero le stagioni in città vio su publicación en dos fechas distintas: 1958 y 1963, lo que abre las puertas para permitirnos captar la evolución del autor: mucho más fabulosos y fantásticos los relatos de la primera serie, y a pesar de que trate los mismos temas -los problemas de las sociedades urbanas-, los relatos escritos en 1963 están mucho más preñados de ironía e incluso de guiños al absurdo.
   El núcleo argumental de esta colección de relatos tiene mucho que ver con el neorrealismo italiano. A leer las andanzas y reflexiones de Marcovaldo, vienen inevitablemente a la cabeza ciertos personajes de Visconti o de Vittorio De Sica. Marcovaldo, el personaje principal, es un proletario urbanita, padre de familia numerosa que sueña y busca sin descanso pequeños rayos y chispas de la naturaleza en el paisaje urbano, incluso aunque sea en forma de setas venenosas, tábanos, castaños de Indias o en el vuelo de las arceas otoñales.
   El autor dedica a cada una de las estaciones del año un ciclo de cuatro cuentos. Son los períodos en los que se desenvuelve la vida de este domesticado y a la vez irónico personaje que persigue inútilmente la naturaleza en una ciudad industrial. Una búsqueda efímera y candorosa, mas Marcovaldo jamás siente el desaliento, por mucho que se engañe y confunda, como le ocurre ya en el primer relato, “Setas en la ciudad”. Los primeros cuentos de Marcovaldo son cortos, rebosantes de chispa, y están definidos por un desenlace imprevisto en lo que prácticamente todo sale mal. Un conjunto de relatos con un carácter realista, que fusionan humor e ironía con la desabrida situación que viven Marcovaldo y su familia. Son, por supuesto, narraciones tristes y abiertamente dolientes y bruscas, ya que ponen al descubierto la paupérrima y a veces pavorosa situación en la que viven los marginados del mundo.
   Un libro sin duda de gran actualidad en estos momentos y en este mundo donde solamente manda la racionalidad instrumental y la búsqueda del beneficio económico utilitarista que tantos males está causando entre la “especie de los hombres y de las mujeres sabios y sabias”, pero esclavos y esclavas de un progreso en el que, como escribe Italo Calvino, las pérdidas son absolutas y las ganancias inciertas. Incluso aunque sea de forma indirecta, porque Marcovaldo no acostumbra emitir juicios acerca de la destrucción de la naturaleza y los desmanes de las sociedades capitalistas, rechaza Italo Calvino las concepciones finalistas de la Historia y del progreso que provocan más calamidades que beneficios. El cándido y poco menos que infantil Marcovaldo proyecta, sin embargo, en estos cuentos una honda crítica, alejada de cualquier moralismo, tanto de los estragos ecológicos como de las sociedades consumistas y del absoluto imperio del dinero.
   Y no nos equivoquemos: lo que Italo Calvino ponía en evidencia en las décadas de los cincuenta y sesenta en sus escritos, ha crecido en el momento actual de una forma exponencial. Así pues, muy oportuna la reedición de una de las obras emblemáticas de Italo Calvino.

Francisco Martínez Bouzas

                                                    
Italo Calvino

Fragmento

  
“Marcovaldo se esforzaba en no dejar rastro, recorría un camino en zigzag por las secciones, siguiendo ora a atareadas criaditas, ora a damas emperifolladas. Y conforme una u otra alargaba la mano para tomar una calabaza amarilla y olorosa o una caja de queso en porciones, él las imitaba. Los altavoces difundían musiquillas alegres: los consumidores se movían o paraban siguiendo el ritmo, y en el momento preciso tendían el brazo, se hacían con un artículo y lo metían en su cesta, siempre al compás de la música.
El carrito de Marcovaldo estaba ahora repleto de mercancía; sus pasos lo llevaban a adentrarse en secciones menos frecuentadas; los productos de nombre cada vez menos descifrable venían en cajas con figuras que no aclaraban si se trataba de abono para lechuga o de semilla de lechuga o de lechuga propiamente dicha o de veneno para la oruga de la lechuga o de cebo para atraer a los pájaros que se comen esos gusanos o quizá de condimento para la ensalada o para los pajaritos fritos. Por si acaso, Marcovaldo se llevaba dos o tres cajas.
De esta suerte andaba entre dos altos setos de mostradores. De pronto, el pasillo se acababa y venía un largo espacio vacío y desierto con luces de neón que hacían brillar los azulejos.
Marcovaldo se encontraba allí, solo con su carro de productos, y al fondo de aquel espacio vacío estaba la salida, con la caja. Su primer impulso fue lanzarse de cabeza empujando el carrito como un tanque y escapar del supermercado con el botín antes de que la cajera pudiese dar la alarma. Pero en aquel momento por otro pasillo próximo asomó un carrito más cargado aún que el suyo, y quien lo empujaba era su mujer, Domitila. Y, por otra parte, asomaba un tercero y Filippetto que empujaba sacando fuerzas de flaqueza.
Era aquel un punto en que los pasillos de muchas secciones convergían, y de cada embocadura salía un hijo de Marcovaldo, todos empujando sus carricoches cargados como buques mercantes. Todos habían tenido la misma idea y ahora, al volverse a encontrar, advertían que habían reunido un completo muestrario de las existencias del supermercado.
-Papá, ¿entonces somos ricos? -preguntó Michelino-. ¿Habrá como para comer un año?
-¡Atrás! ¡Aprisa! ¡Alejaos de la caja! –exclamó Marcovaldo dando media vuelta y escondiéndose, él y su carga, detrás de los mostradores; y emprendió una carrera doblado en dos como bajo el fuego del enemigo, volviendo a perderse por las secciones. Un estruendo resonaba a sus espaldas, se dio la vuelta y vio a toda la familia que, empujando sus vagones como un tren, galopaba pisándole los talones.
-¡Nos va a costar una millonada!
El supermercado era espacioso e intrincado como un laberinto: había para dar vueltas horas y horas. Con todas esas provisiones, Marcovaldo y los suyos habrían tenido para pasar todo el invierno sin salir de allí. Pero los altavoces ya habían interrumpido su musiquilla y decían:
-¡Atención! ¡Dentro de un cuarto de hora cierra el supermercado! ¡Sírvanse pasar por caja!
Había llegado la hora de deshacerse de la carga: ahora o nunca. A la llamada del altavoz el tropel de clientes caía preso de una furia frenética, como si se tratase de los últimos minutos del último supermercado en el mundo entero, una furia no se sabe si de llevarse todo lo que había o de dejarlo todo, en fin, una de empujones en torno a los mostradores y Marcovaldo, con Domitila y sus hijos, aprovechaba para reponer la mercancía en los anaqueles o para deslizarla en los carritos de otras personas. Las restituciones se hacían un tanto al buen tuntún: el papel matamoscas en el mostrador del jamón, un repollo entre las tartas. No se dieron cuenta de que una señora en lugar del carrito empujaba un cochecito con un bebé: le endosaron una botella de vino.
Eso de privarse de las cosas sin haberla ni siquiera catado era un sufrimiento como para que se saltaran las lágrimas. No es de extrañar que, justo cuando dejaban un tarro de mayonesa, les viniera a la mano un racimo de plátanos y se lo quedaran; o un pollo asado en lugar de un escobón de nailon; con ese sistema sus carritos, al compás que se vaciaban, se volvían a llenar.
La familia con sus provisiones subía y bajaba por las escaleras mecánicas y en cada piso, en cualquier parte, desembocaba en pasillos obligatorios, donde una cajera centinela apuntaba con una máquina calculadora crepitante como una ametralladora contra los que hacían ademán de salir. El deambular de Marcovaldo y familia se parecía cada vez más al de animales enjaulados o al de reclusos en una luminosa prisión de muros con paneles de colores.
Arribaron a un lugar en el que los paneles de la pared estaban desmontados, donde había una escalera de mano apoyada, martillos, herramientas de carpintero y de albañil. Una empresa estaba construyendo una ampliación del supermercado. Cumplido su horario de trabajo, los obreros se habían marchado dejando las cosas de cualquier modo. Marcovaldo, provisiones al frente, se coló por el agujero de la pared. Al otro lado reinaba la oscuridad; él siguió adelante. Y la familia, con los carritos, detrás de él.
Las ruedas de los carritos rebotaban por un suelo como desempedrado, a trechos arenoso, luego por un piso de tablas mal ajustadas. Marcovaldo avanzaba balanceándose por una tabla, los otros seguían. De pronto vieron delante y detrás y arriba y abajo un montón de luces sembradas a lo lejos y alrededor el vacío.
Se hallaban en el armazón de tablones de un andamiaje, a la altura de una casa de siete pisos. La ciudad se extendía a sus pies con un centellear luminoso de ventanas y rótulos y chispazos eléctricos de los troles de los tranvías; más arriba aparecía el cielo tachonado de estrellas y de luces rojas de antenas de las emisoras de radio. El andamiaje temblaba bajo el peso de tamaña cantidad de mercancía en equilibrio. Michelino dijo:
-¡Tengo miedo!
De la oscuridad salió una sombra. Era una boca enorme, sin dientes, que se abría avanzando sobre un interminable cuello metálico: una grúa. Bajaba hacia ellos, se detenía a su altura, la quijada inferior sobre el borde del andamio. Marcovaldo inclinó el carrito, vació su mercancía en las fauces del hierro, y siguió adelante. Domitilla hizo lo mismo. Los chicos imitaron a sus padres. La grúa cerró sus fauces sobre todo aquel botín del supermercado y con un graznador movimiento de poleas echó la cabeza atrás, alejándose. Abajo se encendían y giraban los letreros luminosos de mil colores que invitaban a comprar los productos en venta en el gran supermercado.”

(Italo Calvino, Marcovaldo, o sea Las estaciones en la ciudad, segunda parte)

miércoles, 20 de junio de 2018

UN PUEBLO QUE ES UNA SUMA DE HISTORIAS


Invierno
Elvira Valgañón
Pepitas de calabaza (2ª edición), Logroño, 2018, 132 páginas.

    

   Más bien escasa pero de gran calidad es la narrativa en español cuyo escenario es un pueblo, un paisaje rural. A la memoria me vienen Pueblo de José Martínez Ruíz (Azorín), una novela de las cosas y los lugares que comparten la vida del anónimo e inmenso pueblo. Más cercanas a nuestros días, dos obras así mismo memorables: las novelas que Luis Mateo Díez recoge en El reino de Celama, una saga ficcional unitaria cuyo centro es un territorio fantasmal transformado en símbolo. O La lluvia amarilla de Julio Llamazares, ese gran glosario de la soledad que es Ainielle, el pueblo abandonado del Pirineo Aragonés.
   En esa misma tradición literaria, podemos incluir con justicia esta historia de historias que es Invierno de Elvira Valgañón (Logroño, 1977). Siete relatos, siete historias que encierran muchas otras historias y que, entrelazadas entre si durante más de siglo y medio, delinean el retrato literario de un pueblo imaginario, Cerveda. Historias locales flanqueadas por la figura de un asustacuervos que cuida la huerta de un vecino y le inventa nombres a las estrellas sin saber que ya lo tienen. Es él, este ser de paja vestido con una chaqueta, el que recuerda y trata de comprender el mundo. Y su recordar se remonta a 1809 cundo al pueblo llega un soldado desertor de las filas napoleónicas y los vecinos lo acogen, lo curan y lo protegen contra los soldados que vienen para llevarlo. Es el mismo soldado de las guerras napoleónicas que vuelve aparecer en “El soldadito de plomo(1965)”, aunque ya no es francés sino húngaro y muere fusilado.
   Un pueblo donde el invierno dura un año entero, y al que regresa de las Américas el indiano don José, viudo y sin hijos pero muy rico. Por la casa del indiano desfilan las damas del pueblo para meterle a don José sus hijas por los ojos. Pero él prefiere visitar en Cerveda la casa de las perdidas. Y cuando la vejez le atenaza, cambia las putas por la filantropía. Al pueblo llegan otros forasteros, como un maestro nuevo con una niña y fácilmente interacciona con los vecinos. También arriba a Cerveda el enano saltarín al que los vecinos ven como un duende raquítico porque había nacido atravesado, con los huesos retorcidos como los sarmientos. A pesar de su deformidad, se paseará por el pueblo haciendo suspirar a las muchachas como si pudiese convertir la paja en oro. Desde 1965, la narración se traslada a la ferocidad de la Guerra de Filipinas, mas con anterioridad, allá por el año 1942, la narración se hace eco de los miedos de la Guerra Civil española con los muertos que aparecían al amanecer con las caras afiladas por el miedo.
   La narradora fija igualmente su mirada en las cosas inmutables de Cerveda: el río, la dehesa, el invierno, la cueva del Moro, las rosquillas de la madre, el espantacuervos del huerto de Bernabé, la casa encantada, el discurrir del tiempo marcado por el toque de las campanas de la iglesia.
   Un pueblo erigido en cronotopo y cuya única magia es la vida, tanto en los inviernos helados como en las canículas del verano, y que, por serlo, hace surgir el amor, pero en el que también se siente el aviso y la presencia de la muerte.
   Elvira Valgañón ha logrado darle vida a una historia de historias que empieza muy atrás y se prolonga hasta historias más recientes en las que, sin embargo, vuelve a cobrar vida el presente. Esa técnica narrativa (historias que se suturan entre si) le permite a la escritora crear el dibujo de un pueblo, un “paradigma de asunto rural distinto”, como se ha escrito, alejado de cualquier óptica costumbrista.
   Una prosa que, a primera vista parece muy natural pero que está admirablemente trabajada, le da forma a este fresco de un pueblo en el que cobran importancia las cosas y son protagonistas sus habitantes, con cuyos recuerdos viajamos a las guerras napoleónicas o a los miedos, fantasmas, heridas o muertes de la Guerra de Filipinas. Historias locales pobladas por vidas minúsculas y un gran regusto de nostalgia; que le dan vida una gran polifonía de voces a un imaginario humilde pueblo de la España rural, donde el tiempo parece detenerse y la amabilidad se amalgama con la crueldad.

Francisco Martínez Bouzas


Elvira Valgañón


Fragmentos

“La tercera vez que se despertó estaba en una cama. Le habían quitado la camisa y los pantalones. Notaba la almohada blanda bajo la cabeza y la sábana que lo cubría olía a limpio. Hacía muchos meses que no dormía en una cama. Como a lo lejos, oyó voces que decían palabras que no entendía y otras que había aprendido a entender. Grave infección, gangrena. Voces de hombres y también de una mujer.
-Es un francés -dijo la mujer.
-Es un herido -dijo otra voz- y a los heridos los curamos. Si podemos.
-Es un francés -insistió ella, con el mismo tono con el que se hubiera referido a una alimaña del monte.
Me voy a morir, pensó.”

…..

“Algo más de un año tuvo que pasar para que don Luis se decidiera a traer al pueblo lo que quedaba. Así decía él, lo que quedaba.
Seis baúles de libros, el cuadro de la joven de las manos blancas, un bargueño de puertas lacadas, un gramófono alemán de antes de la guerra que le compró a su madre cuando ella ya no podía levantarse de la cama para ir con él a los conciertos. El pueblo entero desfiló por allí para verlo, para escuchar los discos que, de milagro, pensaba el maestro, habían llegado intactos hasta allí. Casi esperaba él que el tiempo les hubiera borrado los surcos, que les pasara a los discos como a las cartas y a los retratos de antes y quedara en ellos solo un leve rastro de Schubert o Beethoven, un susurro apenas perceptible de tangos o de jazz. Pero no. Aún conservaban aquella música que tanto habían escuchado, a pesar de los años de silencio que habían pasado en el oscuro guardamuebles en el que él lo había almacenado todo cuando vació el piso para marcharse.”

…..

“Con los vinos y el calor de la estufa empezaron a volverle los colores y por fin sacó del bolsillo de la chaqueta una pitillera manoseada para encender el último cigarrillo que le quedaba, poco a poco recobrando el ánimo, buscando algún rostro familiar entre el humo del bar, tantos años hacía…Pero los olores eran los mismos que él recordaba, la nieve helada, el humo de las chimeneas, pucheros hirviendo en los fogones de las casas, el aliento cálido de las bestias que dormitaban en las cuadras. Y lo otro también, como él lo recordaba, el reloj de la iglesia, el frontón con los números medio borrados, el san Antonio que reposaba en la repisa de una ventana del bar, el mismo tenía que ser, al que le rezaba rosarios en casa, el santo en la cómoda y la voz de su madre, dulce y monótona, de madre ora pro nobis, las manos enrojecidas y agrietadas de lavar, repasando las cuentas del rosario. Cuando se despidieron le dio unos pañuelos con letras bordadas que habían sido de su abuelo, las cartas se las había ido dictando al maestro, porque ella no sabía escribir. Las traía él todas guardadas en la maleta.”

(Elvira Valgañón, Invierno, páginas 13, 29-30, 54-55)

sábado, 16 de junio de 2018

RETRATO DEL MAL



La crueldad de abril
Diego Ameixeiras
Ediciones Akal, Madrid 2018, 132 páginas

   

   Sus once novelas de la serie negra o detectivesca han impulsado a más de un periodista a considerar a Diego Ameixeiras (Lousanne, Suiza, 1976) como la gran esperanza blanca de la novela negra. Ha publicado varias novelas negras ambientadas en Ourense, Baixo mínimos (2004), O cidadán do mes (2006), ambas protagonizadas por el detective Horacio Dopico. Narrador, autor  teatral y coguionista de varias series televisivas, Diego Ameixeiras escribe fundamentalmente en gallego, pero algunas de sus obras, Dime algo sucio, se hallan traducidas al español. La crueldad de abril, su última obra, vio la luz simultáneamente en español y en gallego.
   Si Baixo mínimos supuso la presentación literaria de Diego Ameixeiras para los lectores gallegos, así como la del detective Horacio Dopico -hay otro investigador, Alberte Cudeiro que indaga en su novela Asasinato no Consello Nacional (2010)-, La crueldad de abril  retrata y profundiza en el tema del mal, un subgénero relacionado con la novela negra, aunque bajo otra perspectiva escritural: el mal gravitando en todos los tejidos de la sociedad. Esa tenebrosidad  que forma parte de la realidad actual, que genera múltiples historias sobre la marginalidad y sobre la doblez que los seres humanos solemos llevar dentro. Así pues, una novela sobre la crueldad, como ya nos advierte el título del libro; y que supera sobradamente la literatura detectivesca o de resolución de enigmas.
   La novela, estructurada en tres partes (El amor, La venganza, El odio), se inicia con la presentación de los sin techo y con una breve referencia a sus existencias pasadas: Elvira, Fara, El Cata, El Negro. Seres cuyo mundo es un bosque perdido entre las tinieblas, asombrados por el peso de sus nostalgias, que llegan a pensar que son una anomalía de la sociedad, paseadores de tristezas y con un cartón de vino como único consuelo. Es destacable de forma muy especial el retrato del personaje femenino, la mujer de veinte años a la que el deseo de morir le viene de lejos. Todos ellos duermen o amparan su desconsuelo en el Casino, una casa abandonada. Pero de pronto y de forma inesperada, las llamas arrasan con la casa; llamas “prendidas” por la codicia predadora. Dos cadáveres calcinados, el de una mujer y el de un hombre.
   Un salto en el tiempo de varios años, y un hermano de Elvira decide investigar las causas y la naturaleza de aquel incendio de la casa abandonada ya que las pistas e indicios que halla parecen no concordar con la versión oficial. Y tras esa investigación, el lector descubre la venganza, quién era el hombre invisible de los tres que apalearon a los que se refugiaban en el Casino y provocaron que el caserón fuera consumido por las llamas: por qué lo hicieron, por qué organizaron la cacería de los sin techo, cuya muerte no había conmovido a nadie y había caído en el olvido.
   A pesar de que Diego Ameixeiras no abandona inclinaciones detectivescas -en esta novela, no obstante no se trata de un detective profesional-, el enfoque y el punto de vista son otros. Si algo pretende el escritor es fotografiar lo que somos, el mal, la perversidad humana, poner al día la cruel demencia de la naturaleza humana; el principio y el horizonte de la demencia furiosa de nuestra especie, le irrupción del desorden, la ubris, el desenfreno criminal y depredador que en cada momento del devenir histórico sabe adaptarse a sus circunstancias. De forma desmesurada en las sociedades contemporáneas.
    
                                                 
Diego Ameixeiras

   Y de forma paralela, un recorrido por las sendas de las vidas heridas, estragadas, derrengadas: las del mundo marginal y las de aquellos y aquellas que lo habitan, hartos y cansados de vivir. He aquí  pues la razón de que esta novela breve entre, con toda justicia,  en la nómina, no de la novela-enigma, sino en la de la novela negra que tiene como principal objetivo el retrato crítico de la sociedad
   La modalidad narrativa que emplea Diego Ameixeiras se sustenta en capítulos cortos que aceleran el ritmo de la narración, en la voluntad de hacernos llegar una lengua coloquial, urbana, repleta de fraseología y giros del habla corriente. Con saltos en el tiempo que no supone, sin embargo, ningún obstáculo para la lectura, y espacios vacíos para que  el lector pueda construir su propia versión de esta historia del mal y del amor aprisionado por el fuego. Poesía de la crueldad, como se ha escrito, cruda poesía de la desesperanza, de la indefensión y de incontables derrotas. Por todo ello, La crueldad de abril, no obstante su brevedad, es en mi opinión la mejor pieza narrativa que Diego Ameixeiras ha publicado hasta ahora.

Francisco Martínez Bouzas

martes, 12 de junio de 2018

DIVERTIDA Y AMARGA SÁTIRA SOBRE EL SUEÑO AMERICANO



Cartero
Charles Bukowski
Traducción de Jorge Berlanga
Editorial Anagrama, Barcelona, 19ª edición, 192 páginas.
(Libros de siempre)

   

   Post Office, Cartero en la edición española de Editorial  Anagrama, fue la primera novela de Charles Bukowski (1920-1994), escrita a los cincuenta años, tras haber abandonado el servicio americano de correos, y publicada en 1971. Y la primera en la que aparece su alter ego, Henry Chinaski . La novela, lo mismo que las cinco que el escritor publicó después de esa fecha, tiene en efecto como protagonista a Henry Chinaski, un verdadero antihéroe y que, como acabo de anotar, representa al escritor nacido en Renania - Palatinado (Alemania). Bukowski logra en esta primera novela darle vida a un gran tipo, un verdadero antihéroe, con un estilo de prosa que es un verdadero paradigma del realismo sucio, en el sentido literario y literal. El realismo sucio (“Dirty realism”) es una forma de escribir que nada tiene que ver con la inmundicia, con la grosería ni con personajes hediondos, sino con el empleo de una lengua sencilla, usando los mínimos recursos (de ahí el nombre de minimalismo con el que también es conocido) para contar historias cotidianas, sin el añadido de adornos formales, huyendo del didactismo y dejando la trama argumental abierta. Y aunque no fue Bukowski el creador del realismo sucio, es, junto con Raymond Carver, Richard Ford o Tobias Wolff uno de sus grandes referentes norteamericanos.
   No deja de ser curioso y típico de la burocracia estadounidense el origen de esta novela. En 1968, los supervisores del servicio de correos advirtieron que Charles Bukowski era el autor de varios artículos obscenos publicados en una revista. Y lo que hicieron de inmediato fue interrogar a Bukowski, indagar en su vida y, dado que era un funcionario del gobierno, informar al FBI, que abrió un expediente. Sin embargo, en su conclusión definitiva, más que  la baja categoría moral, fue el absentismo el que terminó con el empleo de Bukowski en la estafeta de correos. Fue entonces cuando su amigo John Martin, editor de Black Sparrow Press, le propuso que, por un salario de cien dólares mensuales, se dedicase solamente a escribir para su editorial. Fue así como el archivo policial 140-35907 dio paso a la primera novela de Bukowski, Post Office.
   Bukowski es un escritor eminentemente biográfico. Lo que relata en Cartero son los cerca de doce años que sobrevivió a la jungla urbana como empleado en una sórdida oficina de correos de Los Angeles. Henry Chinaski es un holgazán y borrachín que vive en Los Angeles, de espaldas y alejado de cualquier trabajo. Pero un día, un compañero de sus excursiones etílicas le comunica que están empleando a cualquiera que se presente en la oficina de correos. Debido a las ganas de conseguir dinero y pensando que se trataba de un oficio cómodo y fácil, y que además le permitiría desahogar  sus impulsos sexuales con alguna de las mujeres que se imaginaba hallar en el reparto de la correspondencia, se presentó y fue seleccionado.
   La novela narra la historia de estos años en los que Bukowski trabajó como cartero. Sus días de resaca, los exabruptos con los jefes, su obsesión por las mujeres. Un retrato irónico, descarnado, la otra cara del sueño americano que habla sobre borrachos, prostitutas, infelicidad y desventuras. Un mundo del que formaba parte el mismo protagonista. Doce años transitando por las calles de Los Angeles, por sus hipódromos, sorteando calamidades, mujeres alocadas, lidiando con constantes trancas, curdas, borracheras…
   Una divertida y al mismo tiempo amarga sátira sobre el sueño americano, en la que el escritor renuncia a todo aquello que no le resulta imprescindible para la narración. Mínimas descripciones, lenguaje natural y plano, con personajes que sobreviven como pueden a la desesperanza y a la mediocridad. Bukowski logra, en esta su primera novela, no perder el control sobre su antihéroe. Al contrario, nos agasaja  con la figura de un gran tipo que nos descubre toda la basura que se esconde debajo de la dorada alfombra de América. Charles Bukowski, no solamente bebe todo cuanto puede, escribe todo cuanto piensa, sin disfrazar nada, ni siquiera las posturas misóginas. Realismo sucio, desnudo, descoronado  de atavíos formales, con historias rutinarias y vulgares. Y, sin embargo, alta literatura.

Francisco Martínez Bouzas

 
Charles Bukowski



Fragmentos

“Yo estaba liado con una tipa, pero ella a veces desaparecía durante unos días y yo realmente me sentía solo. Solo y deseoso de aquel culo que tenía a mi lado.
Entonces, una noche, Betty, mi amor, me lo soltó, después de la primera copa:
-¡Hank, ya no puedo soportarlo!
-¿El qué no puedes soportar, nena?
-La situación.
-¿Qué situación, nena?
-El que yo trabaje y tú te hagas el holgazán. Todos los vecinos piensan que yo te mantengo.
-Coño, antes yo trabajaba y tú holgazaneabas.
-Es diferente. Tu eres un hombre, yo una mujer.
-Oh, no sabía eso. Creía que las perras como tú andabais siempre pidiendo a gritos la igualdad de derechos.
Tengo que decir una cosa de aquella perra: sabía cocinar. Sabía cocinar mejor que cualquier mujer que hubiera conocido antes. La comida es buena para los nervios y para el espíritu. El coraje viene del estómago, todo lo demás es desesperación.
-Tenemos que conseguir los dos trabajo-decía- para probarles que no vas detrás de su dinero, para probarles que somos autosuficientes.
-Nena, eso es parvulario. Cualquier imbécil puede tener un trabajo; vivir sin trabajar es cosa de sabios. Por aquí lo llamamos chulear. A mí me gusta ser un buen chulo.”

…..
 
 
“Le señalé dónde tenía que firmar y le di un bolígrafo. Miré sus tetas y el resto de su cuerpo y pensé, qué pena que esté chiflada, qué pena, qué pena.
Me devolvió el bolígrafo y el papel firmado con un simple garabato.. Abrió la carta y empezó a leerla mientras yo me disponía a irme.
Entonces se cruzó delante mío en la puerta, con los brazos extendidos. La carta estaba en el suelo.
– ¡Obseso, obseso, obseso! ¡Ha venido aquí para violarme!
– Mire, señora, déjeme…
– ¡SE LE VE LA MALDAD ESCRITA EN LA CARA!
– ¿Cree que no lo sé? ¡Ahora déjeme salir!
Con una mano intenté apartarla a un lado. Me clavó las uñas en una de las mejillas. Solté la saca, se me cayó la gorra, y mientras me ponía un pañuelo para limpiarme la sangre, ella me lanzó otro zarpazo y me rasgó la otra mejilla.
– ¡TU, ZORRA! ¿¡QUÉ COÑO PASA CONTIGO!?
– ¿Lo ve? ¿Lo ve? ¡ES USTED UN MANIÁTICO!
Estaba pegada a mí. La agarré por el culo y pegué mi boca a la suya. Notaba sus tetas pegadas contra mi cuerpo. Ella apartó su cabeza hacia atrás.
– ¡Violador! ¡Violador! ¡Maníaco violador!
Bajé con mi boca y agarré una de sus tetas, luego pasé a la otra.
– ¡Violación! ¡Violación! ¡Me están violando!
Tenía razón. Le bajé las bragas, luego me desabroché la cremallera y se la metí, luego la llevé en volandas hasta el sofá. Caímos sobre él.
Levantó sus piernas bien alto.
– ¡VIOLACIÓN! -gritaba.
Acabé, me abroché la cremallera, recogí el correo y salí, dejándola mirando lánguidamente el techo.”

…..

“-Oiga, porqué no hace nada con la mujer del  45 c? Betty Williams.
-Estamos haciendo todo lo que podemos, señor.
-Pero allí no hay nadie
-Hacemos nuestras rondas regulares, señor
-Señor, señor, olvídense de esa mierda, apuesto a que su estuviera ahí el presidente, o el gobernador, o el alcalde, o algún rico hijo de puta, esa habitación estaría llena de doctores haciendo algo. Por lo menos engáñeme y mande alguien con delantal blanco a la habitación.”

(Charles Bukowski, Cartero)