miércoles, 22 de marzo de 2017

VADO, LA AGONÍA DE UNA CIUDAD DESOLADA



Un incendio invisible
Sara Mesa
Editorial Anagrama, Barcelona, 2017, 238 páginas.

   Un incendio invisible, la novela con la que Sara Mesa ganó el Premio Málaga 2011, vuelve a tener una primera vida, porque la primera edición apenas tuvo repercusión. Ahora recupera la novela Anagrama tras leves cambios introducidos por la autora que no alteran, sin embargo, ni la trama, ni su sentido, ni su estructura y personajes. El libro tuvo su importancia en el macrotexto de Sara Mesa, ya que en Un incendio invisible, un título afortunado, préstamo de uno de los 80 sueños de Juan Eduardo Cirlot (“Una ciudad se derrite lentamente como carcomida por un incendio invisible”), aparecen diseminadas las semillas que germinarían y florecerían más tarde en la narrativa de la autora, Cicatriz y Cuatro por cuatro especialmente. Es la misma escritora quien en la “Nota a la nueva edición” da cuenta de algunas de esas semillas: “la ciudad de Cárdenas, la llegada de un foráneo a un mundo desconocido y hermético, la salvación -o pérdida- de un perro, la paternidad -o maternidad- encarnada en un maniquí, los centros comerciales como representación del caos, el amor desigual y perverso, la ambigüedad de las relaciones entre adultos y niños, el poder y sus abusos” (página 11). A ellas habría que añadir el gusto de la autora por los lugares opresivos y claustrofóbicos, por atmósferas densas y asfixiantes.
   La novela ficcionaliza una situación que ha tenido un correlato real en Detroit. El declive de esta ciudad norteamericana es uno de los procesos “no violentos” del abandono más grande de la historia moderna en la segunda mitad del siglo XX y a principios del actual. La gente se va de Detroit, sobre todo del centro de la urbe, dejando atrás casas y edificios porque  se había convertido en una ciudad peligrosa y con altos impuestos. Un incendio invisible narra así mismo los días postreros de Vado, una ciudad agonizante y fantasmal que está siendo abandonada por sus moradores. Mas la novela no explicita las causas de ese éxodo masivo.
   A Vado llega el protagonista del relato, el doctor Tejada, para hacerse cargo de la dirección geriátrica de New Life, una lujosa residencia de ancianos, igualmente mermada tanto en usuarios como en personal médico y cuidadores. En el aislamiento, en la indolencia, apatía y dejadez quiere el protagonista protegerse de un pasado turbio que presentimos en toda la novela, pero que solamente se nos revela en las últimas secuencias. Tejada no podrá evitar, sin embargo, interactuar con algunos de los habitantes de esta ciudad fantasmal. Son relaciones frías, estrambóticas, como las que mantiene con la directora del hotel en el que se hospeda, la mujer de kimono que muy pronto le muestra su lascivia; con la niña que arrastra con esfuerzo una maleta en la que guarda la basura que recoge, que quiere que le llamen Miguel y reinventa a su madre en una muñeca de goma y a la que Tejada busca de forma ambigua, mas como pez falto de agua; o con Rachid Benmoussa, un peculiar investigador de migraciones.
   La novela es una muestra de la predilección de la autora por las urbes abandonadas, fantasmales, paradigma de los espacios asfixiantes, habitados por personajes que no tienen otra escapatoria que enfrentarse consigo mismos y con los otros. Sara Mesa va creando poco a poco esa atmósfera irrespirable en una ciudad castigada por un tórrido e inclemente calor y por una pertinaz sequía. Todo es basura, putrefacción, polvo, apatía; con ancianos abandonados igual que sofás o colchones tirados por las calles. Miles de perros dejados a su suerte, edificios fantasmas… Un arsenal de municiones que le sirve a la autora para crear un escenario posnuclear, una ciudad tras la guerra pero sin guerra. Y en ella, en la agonía de Vado, Tejada se considera el demiurgo incapaz de sustraerse a su destino y obligado a expiar su pasado.
   El mismo sin sentido  de ciertos diálogos irreales entre de los residentes de New Life y la aridez de algunas secuencias contribuyen a sugerir en el lector la imagen de un espacio urbano decrépito, disparatado y hostil.
   Necesariamente concordará el lector con la opinión de la autora: Un incendio invisible no es un libro misericordioso, ni clemente, porque en sus páginas, como en otras novelas de Sara Mesa, se habla de incomunicación, egoísmo, desigualdad, miedo, soledad y encierro. Vado y las relaciones, no humanas sino entre seres humanos, es una elocuente alegoría del aislamiento solipsista al que nos están abocando las irracionales pautas comportamentales de las sociedades contemporáneas. Solamente en ese sentido se puede hablar de literatura distópica, de la historia distópica de Vado, porque el género distópico explora las estructuras sociales y políticas que degradan o esclavizan a los ciudadanos bajo el yugo de un poder absoluto, con el señuelo de un mundo feliz y perfecto. Pero la distopía nada tiene que ver con ciudades en ruinas, abandonadas. Tanto la utopía como la distopía hacen referencia a un conjunto social, no a las circunstancias del mundo que lo rodea que puede ser perfecto y maravilloso. No cabe pues hablar de la historia distópica de Vado. Sí, en cambio, aunque con un significado muy alejado del bíblico, de literatura apocalíptica o quizás postapocalítica. Es preciso “afrontar el apocalipsis” dice el Viejo, uno de los delirantes moradores que agonizan en Vado.
   Sara Mesa, en esta segunda o primera vida de su novela, muestra la honda acuidad de una narradora experta que yergue con buen tino una consistente arquitectura novelesca que, a pesar de la sequedad de su discurso narrativo, retrata a la perfección las sombras fantasmales de un espacio agonizante y opresivo; con personajes bien perfilados, pero en base a lo que dicen o hacen, sin que la escritora incluya demasiadas pausas descriptivas o reflexivas, lo que ayuda a mantener el ritmo de una novela que, en el último, capítulo se acelera de forma imparable como el incendio que consume y derrite a Vado.

Francisco Martínez Bouzas

 
Sara Mesa

Fragmentos

“A unos veinte kilómetros del centro de Vado, una vez enfilada la flamante autopista de Cárdenas, todavía podían verse los últimos barrios periféricos: unas casitas adosadas, urbanizaciones a medio construir, solares roturados y, más allá, los bloques terrosos de Bocamanga y de Pozolán. Mirado desde el coche, el paisaje carecía por completo de vida. Sólo de vez en cuando, entre las nubes deshilachadas, se distinguía una pareja de milanos volando con desgana a media altura. Un par de coches y un camión sin pollos cruzaron por uno de los carriles opuestos. Pudo oírse un graznido, pero no supo de quién.”

…..

“Desde el Madison hasta la estación de tren tuvo que recorrer dos manzanas. La noche anterior estaba demasiado brumosa para poder fijarse en los detalles, pero ahora,  a plena luz del día, veía los edificios semivacíos, la gente solitaria caminando con aire ausente, los coches abandonados en las aceras, algunos con los cristales rotos. Los semáforos cambiaban del rojo al verde y del verde al rojo en un parpadeo innecesario. Como una ciudad tras la guerra pero sin guerra, pensó. La estación, sin apenas trasiego, era una antigua construcción de ladrillo con altos techos rehabilitados. En la puerta un kiosquero se había quedado dormido entre los periódicos. Era peor de lo que le habían dicho y, sin embargo, no le resultaba demasiado preocupante. Apretó los dientes y continuó hasta la taquilla tratando de no pensar en Elena.”

…..

“La residencia ardía.
Dónde estaban los otros. El vello de los brazos y del pecho se le había electrizado. Le inundó la fragancia de la madera chamuscada. El porche se desmoronó. Dónde se habían metido. Dónde. Las llamas devoraban el porche con un hambre de siglos. Vuelta al fuego. Retorno a la ceniza. Las llamas del exterior no llegaban a tocarse con las del interior. Todas se elevaban adelgazándose hacia las estrellas que ya no brillaban. Un fogonazo reveló su sombra vacilante sobre el suelo. A sus espaldas, un nuevo resplandor. La reverberación del tercer foco, atrás, junto a los pequeños olivos de la huerta y la piscina vacía. Ya no hubo más gritos. Un absoluto silencio. Lejano, doloroso.”

(Sara Mesa, Un incendio invisible, páginas 13, 42-43, 232)

lunes, 20 de marzo de 2017

"CÁSCARA DE NUEZ": CUANDO LOS ÚTEROS TIENEN OÍDOS



Cáscara de nuez
Ian McEwan
Traducción de Jaime Zulaika
Editorial Anagrama, Barcelona, 2017, 217 páginas

   Si bien ya no escandaliza a sus lectores y buenos burgueses ingleses con sus historias inquietantes como hizo en el pasado con sus ficciones de formato largo o en sus colecciones de relatos, Ian NcEwan (Aldershot, 1948) no ha perdido un solo átomo de pulso narrativo, y mantiene la misma intensidad escritural, a veces penetrando en conflictos con dilemas éticos -narrativa de ideas- o con el retrato de la vileza humana como ocurre en esta novela, no carente así mismo de ciertas dosis de provocación. Ian McEwan es posiblemente el escritor más versátil de aquella generación de los “Young British Novelists”, seleccionados en 1983 por la Revista Granta. Las historias inquietantes y turbadoras de sus comienzos han dado paso a otras más sosegadas y clásicas, aunque McEwan no ha renunciado a abordar audaces experimentos literarios, verdaderos tours de force como Nutshell, recientemente traducido y publicado en español por Anagrama con el título de Cáscara de nuez.
   Un rótulo que hace referencia a Shakespeare, citado en el epígrafe de una novela ciertamente muy hamletiana. El príncipe que soporta la tragedia y la corrupción moral, es en este caso un feto que, desde dentro de la cáscara de nuez del útero materno, es testigo de cómo  la vida de su padre pende de un hilo. Su esposa veinteañera, Trudy, en el tercer trimestre de su embarazo, sostiene una relación adúltera con su cuñado Claude, hermano de su marido John Cairnecross. John es un poeta no reconocido, pero no por ello desfallece. Dirige una editorial en quiebra, tiene sobrepeso y padece psoriasis. Es cómplice de su propia aniquilación al aceptar la petición de la esposa de que se vaya de su propia casa, de que le conceda el “espacio” que ella dice necesitar. Ese “espacio” lo ocupa su hermano Claude, un tipo tan pragmático como insulso, enriquecido en negocios inmobiliarios. La madre y su amante están planeando un acto atroz: deshacerse del padre, vender la casa londinense valorada en varios millones de libras y colocar al bebé en cualquier sitio.
   Pero, a través de la placenta, el nonato se entera de todo, y en una insólita y original pirueta narrativa, McEwan lo convierte en protagonista real y narrador de la novela. Este Hamlet de ocho meses a través del cual nos llega la historia, tiene sus fuetes de información: desde la cáscara de nuez uterina escucha los planes de la conspiración asesina, su consumación, percibe el poder que cada uno de los asesinos tiene sobre el otro y la labor de la inspectora jefe Clare Allison a cargo del caso.
   También es víctima de las acometidas sexuales de su tío, con el pene del rival de su padre a unos centímetros de su padre, ajeno a la cortesía y al imperativo médico. Y a través de la placenta, decanta  los buenos vinos y otras bebidas de mayor graduación que con las que se emborracha su madre. Se permite opinar sobre los mismos y también sobre la desastrosa situación del mundo actual, de la que se entera a través de la radio y de los comentarios de su madre y de su amante, que, cuando no están borrachos o practican sexo, disertan sobre el estado del mundo, en general para quejarse, aunque ellos mismos conspiran para empeorarlo. Así reflexiona este insuperable testigo que también filosofa sobre un mundo cada vez más cercano a la hecatombe. Y lo hace, cuando no se siente arrastrado por la corriente de la borrachera materna, en flujos de conciencia rebosantes de una fina ironía, en un sarcástico himno al actual mundo dorado en el que, entre otras “encomiásticas” bendiciones, los robots roban puestos de trabajo.
   McEwan, en una singular acrobacia literaria, crea un narrador-testigo fiable: el nonato lo conoce todo, los detalles del futuro pero próximo asesinato que, por sus palabras percibimos prácticamente desde el inicio de la novela. Él es ciertamente un futurible (un “nasciturus” como predican los partidarios de “pro vida”) que fotografía un presente, destrozando el orden natural y lógico de los acontecimientos. Pero es así como cautiva McEwan: descubriendo el caos y deleitándose en el desorden natural de las cosas. Y tiene razón, ya que en el fondo, tanto en la naturaleza física como en la realidad humana, conviven orden y desorden, determinismo e indeterminismo.
   La novela es un audaz experimento literario, sobre todo por convertir a un no nacido en fiable narrador, que se adueña además de la narración. Hay antecedentes que se le acercan: escarabajos, perros, gatos, árboles son los relatores de la historia en algunas piezas narrativas modernas. Pero nunca hasta ahora lo había hecho un nonato. Ciertamente con esta novela Ian McEwan explora nuevos textos y fronteras, una de sus obsesiones. Solamente la pericia técnica de un narrador muy curtido hace posible que esta novela transcienda la condición de “tontería” y se convierta en un thriller escrito con un ritmo atrapante, con un excelente dominio del monólogo interior, con alguna incursión metanarrativa, un brillante ejercicio de estilo y una impar ironía.

Francisco Martínez Bouzas

Ian McEwan


Fragmentos

“Así que aquí estoy, cabeza abajo dentro de una mujer. Aguardo con los brazos pacientemente cruzados, aguardo y me pregunto dentro de quién estoy, qué hago aquí. Los ojos se me cierran con nostalgia cuando recuerdo que iba a la deriva en mi bolsa corporal translúcida, flotaba en sueños dentro de la burbuja de mis pensamientos a través de mi océano particular de volteretas a cámara lenta, chocando suavemente contra los límites transparentes de mi encierro, la membrana acogedora que vibraba, mientras las amortiguaba, con las voces de unos conspiradores de una ruin empresa. Esto fue en mi juventud despreocupada. Ahora, totalmente invertido, sin un milímetro de espacio para moverme, con las rodillas apretadas contra el vientre, mis pensamientos, al igual que mi cabeza, están muy ocupados. No me queda otro remedio que tener la oreja pegada día y noche contra las sanguinolentas paredes. Escucho, tomo notas mentalmente y estoy preocupado. Oigo conversaciones íntimas sobre un designio mortífero y me aterra lo que me espera, lo que podría arrastrarme.”

…..

“No todo el mundo sabe lo que es tener a unos centímetros de la nariz el pene del rival de tu padre. En esta etapa avanzada deberían contenerse por mi bien. Lo exige la cortesía, si no el imperativo médico. Cierro los ojos, aprieto las encías, me agarro a las paredes uterinas. Estas turbulencias arrancarían las alas de un Boeing. Mi madre incita a su amante, le fustiga con sus gritos de feria. ¡La Pared de la Muerte! Cada vez,  a cada embestida, temo que la atraviese y me joda los huesos blandos del cráneo y siembre mis pensamientos con su esencia, con la nota torrencial de su trivialidad. Después, con mis lesiones cerebrales, pensaré y hablaré como él. Seré el hijo de Claude.”

…..

“Trudy, obediente, se ha puesto a cuatro patas. Es un a posteriori, al estilo canino, pero no por mi causa. Él se le pega a la espalda como un sapo en celo. Primero encima, ahora dentro de ella, y a fondo. Qué poco de mi pérfida madre me separa del asesino potencial de mi padre. Nada es lo mismo este mediodía de sábado en St. John’s Wood. Esto no es un habitual encuentro, breve y frenético, que podría amenazar la integridad de un cráneo totalmente nuevo. Más bien es un ahogamiento pegajoso, como algo meticuloso que se arrastra por un pantano. Las membranas mucosas pasan resbalando unas sobre otras y con un débil crujido en sus giros. Horas de intriga han conducido accidentalmente a los conspiradores al arte del erotismo deliberativo. Pero nada sucede entre ellos. Se revuelven mecánicamente a cámara lenta, un proceso industrial ciego a media máquina. Lo único que quieren es desahogarse, cumplir, disfrutar unos segundos de un descanso de sí mismos. Cuando llega, en rápida sucesión, mi madre jadea horrorizada. Por lo que le espera y por lo que aún tiene que ver. Su amante emite el tercer gruñido de la tanda. Se separan para yacer de espaldas sobre las sábanas. Después los tres dormimos.”

(Ian McEwan, Cáscara de nuez, páginas 11-12, 32-33, 119-120)

jueves, 16 de marzo de 2017

LOS LETAMENDI URRESTI: UNA NOVELA DE HECHOS REALES



 
La hora de despertarnos juntos
Kirmen Uribe
Traducción del euskera: J.M. Isasi
Seix Barral, Barcelona, 2016, 446 páginas.

   Un narrador, Kirmen Uribe (Ondarroa, 1970), enteramente consolidado (Premio Nacional de Narrativa, Premio Nacional de la Crítica, entre otros múltiples galardones) nos ofrece, en La hora de despertarnos juntos, un híbrido y muy potente artefacto literario: una novela de no-ficción que no solo es trascripción de hechos, sino que establece un punto de encuentro entre la realidad y la ficción. El mismo autor, consciente de la recuperación ficcional del pasado, lo refleja con estas palabras en la Nota que clausura el libro: “Ésta es una novela y la lógica que sigue es la de la ficción. Aún así, como todos y cada uno de los personajes que aparecen en este libro son reales e igualmente la historia que protagonizan es verídica, me he tomado la licencia de imaginar y novelar algunos de los pasajes y diálogos que aparecen en la novela” (página 439). Tal como desde años vienen haciendo, entre otros, escritores de la talla de Emmanuel Carrère, Patrick Deville, Elena Poniatowska, Delphine de Vigan (Basada en hechos reales), Rosa Montero, más cercana a nosotros (La ridícula idea de no volver a verte) o los Premiso Nobel  J.M. Coetzee (El maestro de Petersburgo) y Patrick Modiano (Libro de familia). La técnica compositiva y la estética de Kirmen Uribe es la misma: literatura de hechos reales, convenientemente ficcionalizados.
   La hora de despertarnos juntos es una novela muy rica y compleja, exhaustivamente documentada que reconstruye, desde la ficción, una historia familiar: la vida de la pareja Txomin Letamendi y Karmele Urresti y la de sus hijos Ikerne, Txomin y Patxi, mas con el plus añadido de que se convierte así mismo en una novela sobre la historia vasca, española, europea, y en parte norteamericana, durante el pasado siglo y en la primera década del actual; con multitud de personajes, todos reales, que hacen de ella una novela coral. Una historia real, retrato caleidoscópico de tres generaciones, y que el autor define con estas palabras: sueño, impotencia y rendición, esperanza.
   Tras una páginas introductorias sobre la génesis de la novela -el conocimiento real de Karmele Urresti y el autoconvencimiento de que debía escribir un libro basado en su vida, en la de su familia, su generación y, a la postre, en la de todo un pueblo-, la novela se inicia con la descripción de un cuadro de Antonio Gezala (Noche de artistas en Ibaigane) que reproduce el aire distinguido y alocado de los años veinte y en el que aparece un trompetista, Txomin Letamendi Murua, uno de los protagonistas basilares de la novela. Músico y comandante de gudaris durante la Guerra Civil, exiliado en Francia tras la toma de Euskadi por las tropas de Franco. Conoce a Karmele Urresti en París en diciembre de 1937, al coincidir con ella en la embajada cultural que el lendakari José Antonio Aguirre y el empresario Manu Sota habían creado para mantener viva la realidad de Euskadi tras la derrota bélica. Ambos formaban parte del coro Erosoinka, de gira propagandística a favor de la causa vasca por varios países. Pronto surge un romance entre ellos y Karmele se queda embarazada, y como la moral de la época discriminaba a las madres solteras, se casan, siendo notario del acto el lendakari Aguirre, igualmente exiliado. En julio de 1939 nace Ikerne Letamendi Urresti.
   Ambos y sus respectivas historias en común, y la de Karmele tras el fallecimiento de Txomín a finales de 1950, como consecuencia de las terribles torturas a las que fu sometido, son el hilo conductor de la novela. El novelista sigue los pasos de la familia que colabora con los servicios de propaganda del gobierno vasco en el exilio. Txomín Letamendi trabaja con los servicios secretos norteamericanos, y tras una temporada de exilio dorado en Venezuela, acepta la petición del lendakari Aguirre y se traslada a España para apoyar la organización clandestina del Partido Nacionalista Vasco. Doble detención, cárcel, vejaciones y torturas hasta que muere derrotado, pesando apenas treinta y cinco kilogramos.  Karmele regresa Venezuela y allí encuentra trabajo como enfermera.
    A partir de ese momento, en ella y en sus hijos centra  Kirmen Uribe, la historia de la novela. Nos da cuenta del marchitarse de la resistencia antifranquista, el arrinconamiento del gobierno vasco en el exilio debido a la guerra fría, el nacimiento de ETA a finales de los cincuenta porque las generaciones más jóvenes del PNV no aceptaban el derrotismo. Txomin Letamendi Urresti forma parte de aparato propagandístico del grupo etarra que el 2 de agosto de 1968 da un salto crucial en su estrategia y asesina a un conocido torturador y colaborador activo dela Gestapo, el policía Melitón Manzanas. Condenas a muerte a Andoni Arrizabalaga, el Proceso de Burgos de 1970 con nueve condenas a la pena de muerte, que Franco conmuta debido a las movilizaciones tanto nacionales como internacionales. Las escisiones de ETA; el abandono de la organización terrorista por parte de muchos miembros, entre ellos Txomin Letamendi Urresti; la voladura por los aires del presidente del gobierno franquista, Carrero Blanco; los atentados indiscriminados; la espiral de violencia porque ETA sigue matando durante largos años; la violencia estructural y represiva por parte del estado español, no siempre legítima… Todo ello hace que el novelista se interrogue en las páginas finales sobre la indiferencia y pasividad mantenida por la sociedad vasca ante tanta violencia y muerte. Sin embargo, el mismo Kirmen Uribe declara que no es lo mismo la ETA de 1960 que la de 2010. Las víctimas de ETA fueron siempre asesinatos, pero es preciso estar en aquellas circunstancias y aclarar lo que sucedió y por qué.
   Hay dos formas de leer esta novela, formas antagónicas, sin duda: desde el nacionalismo vasco o desde el nacionalismo español. Apología del independentismo para la segunda o recuperación de la memoria histórica de personajes olvidados y afirmación de la voluntad inquebrantable de libertad del pueblo vasco, para la primera. Ninguna de ellas coincide con la necesaria reconciliación, tras recuperar la historia de lo que pasó. ¿Coincide una novela que pretende ser un juicio a los verdugos del franquismo? “Lo que los tribunales no han podido hacer, lo puede hacer un historiador o un novelista”, declaraba hace poco Kirmen Uribe. Pero también será preciso, añadía, reconocer el sufrimiento del otro, de todas las víctimas.
   
  
K.Uribe y P. Letamendi Urresti en el Museo de Bellas Artes de Bilbao
 

   El gusto del autor por escribir novelas sobre lo que no sabe, le obligó a documentarse de forma muy completa. Y de esa investigación nace esta novela, que no solo narra las duras vicisitudes de los protagonistas, sino también sus conexiones con personajes históricos como el lendakari Aguire, el presidente Roosevelt, el vicepresidente Wallace, Manu Sota, Hemingway… Y, sobre todo, refleja una parte muy desconocida de la posguerra, como fueron los años cuarenta y cincuenta, los movimientos antifranquistas, las transformaciones sociales y políticas desde los años veinte hasta la Segunda Guerra Mundial, la decisión de algunos jóvenes de optar por la violencia y su decepción posterior. Todo ello situado en el contexto de la historia vasca durante el siglo XX.
   Una historia de perdedores, aunque en definitiva la derrota de Txomin Letamendi no lo fue, porque la causa por la que él y otros muchos héroes desconocidos lucharon  (la libertad del pueblo vasco, la democracia, el antifranquismo) acabó ganando. Quizás por eso Kirmen Uribe novela, no la historia de personajes famosos como el lendakari Aguirre, sino la de personas olvidadas, desconocidas, soñadoras, héroes anónimos que nunca, o solo a la hora de la muerte, cedieron a la desesperanza.
   La hora de despertarnos juntos es una historia real bien articulada y verosímil, a la que la ficción retoca proporcionándole, sin alterar los hechos, el contexto, los diálogos, las escenas; y organizando la historia siguiendo procedimientos ficcionales, basándose en una estructura novelística. Escrita en tercera persona buscando un mayor distanciamiento, con ciertas intervenciones en primera, y huyendo de cualquier lucimiento estilístico. Texto no-ficción desnudo y sin efectivismos, pero escrito con gran vitalidad narrativa, que se sirve de eficaces recursos ficcionales para contar hechos reales y rescatar del baúl de los olvidos a figuras que han creado la Historia.

Francisco Martínez Bouzas

                                                    
Kirmen Uribe

Fragmentos

“Manu y su familia lo perdieron todo. Los franquistas les requisaron cientos de barcos, aunque el padre no llegó a verlo porque falleció muy poco antes del comienzo de la guerra. Así y todo, después de muerto, instruyeron un juicio póstumo en su contra. También se incautaron del palacio de Ibaigane. Sobre la chimenea colgaba un escudo de armas familiar del que sobresalía la talla de un caballo medieval. En cuanto los militares se apoderaron de la residencia, cortaron el cuello de ese escudo con un sable.
A muchas familias les arrebataron todo lo que poseían. Una mujer de Mondragón contaba que hasta llegaron a requisarle el carrito de bebé amarillo de su hijo recién nacido. Y, desde entonces, la pareja  joven adepta al régimen franquista a quien adjudicaron el bien incautado se paseaba por el pueblo como si aquel cochecito le perteneciese. Y la mujer de Mondragón veía pasar cada mañana, delante de sus narices, día tras día, su cochecito de bebé amarillo llevando a un hijo que no era el suyo.”

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“Este Eduardo Quintela, al mando de una brigada temida por sus consabidos métodos expeditivos, fue el encargado del interrogatorio salvaje al que fue sometido Txomin, quien jamás consiguió recuperarse de las torturas infligidas por aquel y sus adláteres. Sobre la fama de esta brigada constan en el archivo de Benet dos cartas del escritor Josep  Pous i Pagès -cuyo alias, Jaume Marquet, procede de un personaje de sus novelas- fechadas a primeros de septiembre de 1947, donde se refería al asunto en estos términos: «La brigada operante era la del famoso Quintela, de brutal reputación». En estas mismas cartas, Josep Pous reconocía  que el arresto de Txomin había supuesto un duro golpe para la resistencia catalana, ya que propició la caída del propio Benet y del socialista Lluís Torres, ambos del heterogéneo Frente Universitario de Resistencia Catalana, así como la espada de Damocles para otros miembros de este frente universitario.”

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“¿Cómo fue posible que pasáramos de un clima propicio a un infierno de indiferencia? ¿También a las conciencias les atraviesan ejes que temblaron y transformaron nuestra moral? ¿Por qué no supimos como individuos y como sociedad predecir lo que ocurriría los siguientes cuarenta años? ¿Por qué no reaccionamos ante la espiral de violencia y muerte? ¿Por qué no detuvimos a tiempo aquella inercia sin sentido? ¿Por qué nos callamos? ¿Por qué negamos el sufrimiento ajeno? ¿Por qué nos volvimos la mayoría un poco de piedra, como las estatuas medievales de la iglesia de Ondarroa?
No me siento capaz de contestar a ninguna de estas preguntas y creerme que mi respuesta vaya a ser la correcta. Pero de lo que sí me siento capaz, lo que en verdad deseo con toda mi alma es volver mi mirada atrás y detenerme en el dolor de todas y cada una de las víctimas.”

(Kirmen Uribe, La hora de despertarnos juntos, páginas 74-75, 275-276, 423)