miércoles, 10 de septiembre de 2014

"LOS HEMISFERIOS": EL AMOR ENLOQUECIDO EN UNA GRAN NOVELA



Los hemisferios
Mario Cuenca Sandoval
Editorial Seix Barral, Biblioteca Breve, Barcelona, 2014, 536 páginas.

   Los hemisferios es la tercera novela de Mario Cuenca Sandoval (Sabadell, 1975, con residencia actual en Córdoba). Una novela importante, muy significativa, erguida con una escritura impactante. Quizás complicada a primera vista y por consiguiente no apta para todos los públicos, especialmente si el acto de lectura se encamina por derroteros ciegos a los detalles, marcas y matices narrativos. No obstante, merece la pena enfrascarse en su lectura por la gran solvencia con que el autor aborda la narración de su historia. Uno de esas marcas o detalles aludidos que es preciso tener en cuenta para una cabal y confortante lectura de Los hemisferios, es el verso de Octavio Paz: “Todo es espejo”, cita con la que el autor inaugura el pórtico de su libro. Los espejos lo reflejan todo, la globalidad, las partes simétricas y asimétricas. Y eso es la existencia humana, a la que es preciso buscarle el sentido completo y complejo a través de la captación de los mundos dispares, perspectivas que son la esencia de lo que sucede. Y para manejar todo eso, el ser humano precisa de dos hemisferios cerebrales que se complementan.
   Por eso mismo la novela está vertebrada en dos grandes hemisferios por los que se dispersa la trama. Dos novelas, “La novela de Gabriel” y “La novela de María Levi”, dos lecturas diferentes punteadas por dos grandes películas: Vértigo de Hitchcock la primera y Ordet de Carl Dreyer la segunda, como posibles puentes de escape para enmendar, si ello es posible, un hecho sangriento, la tragedia que atraviesa toda la novela: el abdomen de una mujer hundido en el volante del coche en el que viajan los dos amigos -Gabriel y Hubert-, tras el impacto de dos vehículos. ¿Acaso cabe esa posibilidad con la “luminosa mirada y la poética de la resurrección” de Dreyer en Ordet  o con el abanico de posibilidades que Hitchcock propone en Vértigo? Quepa o no esa contingencia, lo que es innegable es que  Cuenca Sandoval propone dos grandes películas para darle sentido a dos grandes espejos desfigurantes, enfrentados a dos universos narrativos paralelos que inician su andadura a partir de un acontecimiento trágico pero casi cotidiano en el que participan los dos actantes de estas dos novelas: el accidente automovilístico en el que fallece una mujer.
   El tema central de Los hemisferios es el amor enloquecido, la obsesión amorosa y sus itinerarios que dan lugar a las dos historias que actúan  como espejos deformantes. La primera mitad, la novela del hemisferio izquierdo, “casi un palimpsesto de Vértigo” en palabras del autor, una antinovela negra, parte de la experiencia de la pérdida de una mujer en ese choque automovilístico ya aludido, que marca el desarrollo de toda la historia, aunque en dos copias. En efecto, el relato da comienzo con la espeluznante descripción del accidente que imprimirá para siempre una huella imborrable en las vidas de los protagonistas: Gabriel y Hubert Mairet-Levi y que pondrá fin a la alocada road movie, a la manera de Vértigo, por Barcelona e Ibiza. Que se hace además evidente en la advertencia que Hubert  hace a su amigo para que vigile las tendencias suicidas de su mujer, de asombroso parecido con la víctima del accidente. Del encuentro con el cadáver de esa mujer anónima surge la pasión sentimental que empuja de forma irresistible a Gabriel a mantener una relación amorosa con la que fuera la amante de su amigo. Porque le recuerda a la mujer destripada en el impacto. Relatada al estilo de Vértigo, el autor nos sumerge en ese mar de fondo que es la explosión del deseo y en la relaciones de los dos protagonistas enfriadas con el paso del tiempo. Hacen acto de presencia en este primer hemisferio múltiples referencias culturales de las décadas de los sesenta, setenta y ochenta: Deleuze, Barthes, Foucault, Derrida, Perec, Resnais y sobre todo Rayuela de Cortázar; también la Barcelona de la transición, el París de los ochenta y el estallido de sucesos y acontecimientos que convierte la relación de los personajes en una permanente simulación.
   En la segunda parte, “La novela de Maria Levi”, el relato se acopla al estilo cinematográfico de Dreyer. Encontramos a Maria Levi en otra alucinante road movie por Mística, una isla nórdica, junto a Marianne, otra replica de la Primera Mujer, estancada en una cabaña. Incapaz de moverse, sin sentir nada, nos transmite, no obstante, la historia de sus recuerdos. El texto nos permite presenciar una auténtica bajada a  los infiernos, entre el humo tóxico de los volcanes de la isla del fin del mundo, que no es otra cosa que la otra cara de la degradación de la protagonista en su periplo barcelonés, gótico y vampiresco.
   Sin embargo, en la lectura de Los hemisferios cobran mucha más importancia que  la percepción de la trama, otros elementos como la organización del material, esos “agujeros de gusano” que conectan ambas partes, la estructura compositiva, el tratamiento espacio-temporal, el esmerado estilo de la prosa, entre otros haberes de la novela. Y especialmente el papel del lector para completar lo que subyace a lo que al autor propone y poder cartografiar así las líneas paralelas de este universo narrativo.
   Los hemisferios es dos novelas en una, pero entre ambas se produce un proceso de mutua contaminación, porque ambas  son interdependientes, gemelas, como las define el propio Cuenca Sandoval. Una novela refleja y deforma a la otra ya que las dos comparten el mismo tema de fondo: erigir la imagen de la mujer amada a partir de la Primera Mujer, la que solo es cadáver. Es el milagro de la resurrección de la mujer perdida como ocurre en Ordet con la resurrección de Inger. La estructura compositiva de Los hemisferios se ajusta a este juego de espejos temáticos que provoca que cada acontecimiento que sucede en uno de los hemisferios, tenga su reflejo en el otro. Parece oportuna pues la división de la narración en dos mitades, idénticas en su extensión y con estructuras simétricas.
   En la novela hay un juego espacio-temporal, un constante vaivén entre el tiempo del relato y el tiempo de la historia. Oscilación perseguida  a propósito por el escritor; así como lo  que, a primera vista puede ser interpretado como anacronismos y, en algún episodio, como una verdadera congelación del tiempo. Es destacable la gran capacidad narrativa de Cuenca Sandoval. La suya en esta novela es una escritura muy viva, con el empleo frecuente de imágenes impactantes para cualquier sensibilidad. Prosa hipnótica, alucinada, pero de gran belleza que emana del corazón de cada frase y que es capaz de precipitar al lector en los abismos que la novela oculta. Las referencias filosóficas forman parte de este estilo y, al igual que el cine, iluminan la narración.
   Cuestión muy importante es el papel del lector. Como se ha reiterado, Los hemisferios acoge dos novelas, la copia y el doble. Mas ambas coinciden en el cero y esa novela cero es la que el lector debe construir en una lectura activa para darle así sentido a su propio relato. Para ello habrá de hilvanar los acontecimientos que se narran. No se trata sin embargo de forzarle a un ejercicio intelectual cansino para atar cabos a la vez que lee, porque -advierte Cuenca Sandoval- “no nos movemos en un universo espacio-temporal coherente, sino que nos movemos en una falsa linealidad temporal”. El lector deberá pues dejarse llevar por el frenesí de acontecimientos para lograr una verdadera experiencia estética enriquecedora y colmada de buena literatura.
   Así pues, Los hemisferios es una novela muy densa y compleja, pero una gran novela, una de las mejores que la narrativa en español ha generado en los últimos tiempos. Enfrenta sin duda al lector con una experiencia lectora diferente de la que demandan la mayoría de las piezas narrativas en las que prima una “jerarquía de sentido”. Novela exigente pero generosa en sus recompensas. Este es mi testimonio: pocas veces me he encontrado con una novela tan exigente, pero el reto mereció la pena porque la lectura de Los hemisferios se convirtió para mí en un ejercicio estético sumamente gratificante.

Francisco Martínez Bouzas


Mario Cuenca Sandoval

Fragmentos

“Muchas veces se pregunta qué debió sentir la Primera Mujer durante aquellas escasas décimas de segundo de ingravidez en que sus piernas y su espalda se despegaron del asiento, en el seno de aquel instante que sucedió al impacto entre los dos vehículos, qué sintió antes de que su abdomen se hundiera en el volante y de que su cabeza rompiera el parabrisas. Y se pregunta cómo es posible que unas décimas de segundo de ingravidez ejerzan semejante peso sobre la vida de Hubert y sobre la suya. Un vuelo tan breve, apenas un suspiro en la historia del planeta, que puso en marcha un ciclo demencial, una obsesión por buscar a la Primera en todas las demás mujeres. Un ciclo en el que todavía giran. Tantos años después. Sus vidas como la reverberación de un deseo.”

…..
  
“La mano de Marianne Laquièze  dentro de mi mano. Estábamos tumbadas en la cama de una cabaña en una ciudad minúscula de un país extranjero, una isla a dos mil kilómetros de casa, desnudas y sudorosas, viendo televisión en silencio, do prófugas que acaban de hacer el amor, y era como si después de hacerlo nos hubiéramos convertido en dos desconocidas, lo que, por otra parte, acostumbra a sucederles a todos los amantes.”

…..

“Un par de días a la semana, Gabriel asiste  a las lecciones de Foucault en el Colegio de Francia y algunas veces le acompaño. Foucault tiene una extraña manera de gesticular, además de un cráneo que hipnotiza con su perfección y que te distrae de sus palabras. Sin embargo, es muy amable: cuando un alumno le formula una pregunta compleja, siempre responde con total humildad que tendrá que pensarlo. Y semanas después regresa a clase con una respuesta cuidadosamente meditada. No se olvida de ningún alumno. De ninguna pregunta. No se olvida de las minorías. No se olvida de los que sufren, de los enfermos, de los leprosos. Sus discursos se parecen al de las bienaventuranzas. Bienaventurados los locos, los enfermos, los homosexuales, los masturbadotes. Sé que es un hombre, pero también es uno de los últimos hombres, de esos que conocen su condición crepuscular, de los que saben que tienen que perecer, como todas nosotras, para alumbrar un tiempo nuevo. Por eso me siento a gusto  en sus cursos. Porque también María Levi pertenece al universo de Foucault.”

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“Vinimos a esta isla buscando un paisaje muy frío, en el que las huellas humanas fueran tan escasas que la naturaleza cobrara todo su protagonismo. Vinimos con la esperanza de que las montañas heladas, los glaciares, el vapor, la naturaleza, los dioses pudieran limpiar a Marianne y prepararla para el canje. Vinimos a Mística a desprendernos de todo, el cabello, las agendas, los teléfonos móviles, la memoria, obedeciendo al imperativo de la desposesión absoluta; a entregarnos a una degradación material, y a otra degradación, que cualquiera llamaría psicológica si el término no resultara tan tibio y tan lejano de nuestro estado. Dos billetes de avión y una tarjeta de crédito cuyo adeudo no pensaba liquidar nunca. Una isla salpicada de volcanes y cataratas en las que verteríamos el pasado, en que romperíamos el cordón umbilical que nos une con el pasado a través de un programa de degradación paulatina, una retirada gradual, capa por capa, de nuestras respectivas identidades.”

(Mario Cuenca Sandoval, Los hemisferios, páginas 15 ,272-273, 372, 522-523)

sábado, 6 de septiembre de 2014

NOVEDADES DE EDITORIAL ANAGRAMA, SEPTIEMBRE 2014



   Como en alguna otra ocasión, la reseña de hoy es solamente informativa, para dar noticias de libros y letras; de novedades editoriales. Es una de las funciones que puede realizar la reseña de un libro. No la que más me apetece, porque de ella estará ausente aquello que es precisamente la esencia de la crítica literaria: la valoración personal, la emisión de un juicio sobre los haberes y deberes de un producto literario. Será en otro momento, tras la lectura responsable de estas cuatro novedades de Anagrama.

   La editorial barcelonesa está demostrando a lo largo de los años que la buena literatura afronta la crisis con mayores garantías que lo meros productos de consumo. Así lo demuestran los dieciséis títulos editados en este mes de septiembre en sus diversas colecciones: cuatro en “Panorama de narrativas”, dos en “”Narrativas hispánicas”; dos así mismo en “Otra vuelta de tuerca”; tres en “Argumentos”, una obra en catalán en “Llibres Anagrama” y finalmente tres en “Compactos”

   La eficacia y responsabilidad, al margen de cualquier circunstancia, del  Departamento de Prensa y Comunicación de Anagrama, me permite tener al alcance de mi lectura, desde ya hace tres días, estos cuatro títulos de los que me complace dar noticia, tomando la mayor parte de la información, aunque de forma resumida, de sus respectivas presentaciones editoriales.



Una semana en la nieve

Emmanuel Carrère

Traducción de Javier Albiñana

163 páginas, Premio Femina



   Nicolas, de ocho años, va a pasar una semana en la nieve. Va a disfrutar, junto con sus compañeros del colegio, de una semana de diversión en una estación de esquí. Es lo que en las escuelas francesas se conoce como semana blanca, que permite que los niños se oxigenen con unas breves vacaciones y rompan por unos días la rutina de las clases. En ese paisaje nevado y gélido, Nicolas conoce a su monitor de esquí y hace un nuevo amigo, el temible Hodkann, el terror de los dormitorios. Pero esos días de diversión tendrán para él mucho de viaje iniciático: el lector no tarda en ir percibiendo que sobre esa semana en la nieve planea una amenaza, un desasosiego difuso, una incertidumbre perturbadora, que se materializará de un modo terrible cuando llega la noticia de que en un pueblo vecino ha sido asesinado un niño...

  Mezclando la crónica de sucesos, el relato fantástico y el inquietante universo de los cuentos de Perrault o los Grimm, Emmanuel Carrère aborda con sutileza y auténtica maestría literaria los temores infantiles, las inseguridades de una etapa en la vida de una persona en la que los miedos pueden convertirse en pesadillas.



Felices los felices

Yasmina Reza

Traducción de Javier Albiñana

191 páginas. Premio Le Monde 2013





   Relaciones extramatrimoniales, tendencias sadomasoquistas, insatisfacciones sexuales y fantasías consumadas, rupturas, decepciones, y, también, finales felices. En su última novela, Felices los felices, Yasmina Reza entreteje con maestría los relatos de las vidas de dieciocho personajes que parecen no tener nada en común. Pero a medida que el lector es hipnotizado por las voces que configuran la trama, irá descubriendo sus inesperadas y sorprendentes interrelaciones.

   Así, la rutina matrimonial de Pascaline y Lionel Hutner se ve interrumpida cuando descubren que la obsesión de su hijo por Céline Dion se ha vuelto patológica. Y, a su vez, su psiquiatra, Igor Lorrain, vive un apasionado reencuentro con un amor de juventud, Hélène, que está casada con Raoul Barnèche, un jugador de bridge profesional capaz de enfurecerse hasta el punto de comerse una carta... Si algo destaca en el estilo de Reza es su habilidad para construir una polifonía melódica, una escritura que se despliega de forma magistral en múltiples variaciones, donde el lector percibe con perfecta claridad la voz de cada uno de sus protagonistas. En esta novela coral la autora francesa abre en canal las almas de sus personajes, que desvelan sus fobias y filias sentimentales y sexuales. Como En el trineo de Schopenhauer, la novela es una cínica, deslenguada y a ratos desopilante disección de la naturaleza humana, pero también una punzante reflexión sobre la brevedad de nuestro paso por la vida, y la importancia de asumir una existencia plena.

 

Niveles de vida

Julian Barnes

Traducción de Jaime Zulaika

143 páginas.



   «Juntas dos cosas que no se habían juntado antes. Y el mundo cambia. La gente quizá no lo advierta en el momento, pero no importa. El mundo ha cambiado, no obstante.» El libro arranca con esta reflexión y en efecto reúne tres historias aparentemente inconexas que acaban mostrando secretos y sutiles lazos. Niveles de vida habla de la aventura de vivir, de los retos imposibles, del amor que todo lo desborda y del dolor de la pérdida. Y lo hace entretejiendo tres piezas independientes. La primera nos habla de los pioneros de la conquista del cielo con los globos aerostáticos y de las iniciales tentativas de fotografías aéreas realizadas por Nadar, aspirando a ser el ojo de Dios. La segunda historia retoma a un personaje de la anterior, el coronel británico Fred Burnaby –bohemio, aventurero y viajero, que murió en Jartum–, del que se relata su pasión por la legendaria actriz Sarah Bernhardt. La tercera parte salta en el tiempo del siglo XIX al XX y de las historias ajenas a la propia: la muerte de su esposa. No es la primera vez que Julian Barnes experimenta con las formas literarias. En este caso la ruptura con la narrativa más tradicional está al servicio de una aventura literaria de gran calado: indagar, huyendo del sentimentalismo, en el dolor causado por la pérdida del ser amado, adentrarse con las armas de la gran literatura en el territorio de la aflicción. El resultado es un libro deslumbrante, que rompe las barrede los géneros y consigue una hondura y una belleza iluminadoras.ras



El bigote

Emanuel Carrère

Traducción de Esther Benítez

279 páginas.



   Un hombre se afeita el bigote que lleva años luciendo. Lo hace en secreto, para darle una sorpresa a su mujer. Pero cuando aparece ante ella con su nueva imagen, la esposa no reacciona. No parece ver en esa cara con que lleva años conviviendo cambio alguno. No parece percatarse de que su marido se ha afeitado. Es más, cuando éste le muestra su perplejidad ante la falta de reacción, ella le asegura que él nunca ha llevado bigote.

   Un gesto en principio sin mucha trascendencia –afeitarse el bigote– se convierte en el punto de partida de una pesadilla kafkiana para el protagonista de esta novela. ¿Es víctima de un juego, de una broma de su entorno más próximo? ¿Se ha vuelto loco y realmente nunca llevó bigote? ¿El mundo se ha confabulado contra él para ponerlo a prueba? ¿Afeitarse el bigote puede lanzarlo a uno al abismo?

   Escrita con un humor negro siempre inquietante, esta novela breve de Emmanuel Carrère –que el propio autor llevó al cine en una película protagonizada por Vincent Lindon– nos muestra un maelstrom que no está en medio del océano sino en la cotidianidad de una ciudad, pero que succiona con la misma fuerza al protagonista. Y lo conduce hasta el apoteósico y espeluznante final de este libro que deja huella. Porque queda avisado el lector: no podrá sacárselo de la cabeza una vez terminado.



Francisco Martínez Bouzas

viernes, 5 de septiembre de 2014

"AGNÈS", LOS TORMENTOS DE UN AMOR ABSOLUTO



Agnès

Catherine Pozzi

Traducción de Manuel Arranz

Editorial Periférica, Cáceres, 2014, 62 páginas.



   Pocas veces como en este relato, Agnès, su escritura está tan ligada a la biografía de su autora, Catherine Pozzi, una escritora cuya sensibilidad la convierte en el prototipo femenino de la “letraherida”. Por eso mismo es de agradecer la amplia Nota en la que los editores nos informan de las vicisitudes existenciales de Catherine Pozzi (París 1882-1934) en un excelente resumen biográfico, y del origen, del porqué y del periplo editorial de Agnès, publicado en 1927 de forma anónima, firmado únicamente con las iniciales C.K . Solo en 1931, Catherine Pozzi, aquejada por un agravamiento de la tuberculosis, redacta un testamento con un autorretrato en el que Agnès aparece como introducción al diario que escribió desde 1913 hasta su muerte.

   Catherine Pozzi, nació en un hogar acomodado e ilustrado. Su padre, Samuel Pozzi fue un prestigioso cirujano, médico de la alta burguesía parisina y de grandes creadores como Marcel Proust. Su reputación como médico corría paralela a su fama como hombre mundano, con numerosas amantes, entre ellas, Sarah Bernhardt. Murió asesinado por un paciente descontento con la operación de testículos (varicocele) que le había efectuado. El contrapunto que marcó la infancia y juventud de Catherine, provenía de su parte materna: una madre y una abuela, ricas, practicantes de un rígido catolicismo, hecho que originará en la escritora profundas agitaciones religiosas. En 1909 Catherine contrajo matrimonio con el dramaturgo Eduard Bourdet. Un matrimonio desafortunado desde la misma noche de bodas, según parece intuirse en el enigmático Epílogo que Catherine añadió a Agnès poco antes de su muerte. Al año siguiente de su boda nació su hijo Claude Bourdet y la madre contrajo la tuberculosis que la acompañará el resto de su vida. En 1920, y con su matrimonio hecho trizas, conoce al poeta Paul Valery. Se suceden  años de pasión clandestina, violenta, exacerbada porque en el frío y cerebral Valery, cree haber hallado Catherine al Amante con mayúsculas, incluso al mismísimo Dios, cuando ya no creía en el cristianismo de su infancia.

   Dos años más tarde del inicio de su relación con Paul Valery, y ya divorciada de su marido,  inicia Catherine la escritura de Agnès, relato que será publicado en 1927, con un éxito inmediato y dando lugar a múltiples rumores en los cenáculos literarios con relación a su autoría. A pesar del éxito de este breve relato, Catherine Pozzi apenas publicó otros textos literarios. Consagró su vida a la redacción de su Diario. En 1935 se editaron póstumamente seis poemas de la autora (Ave, Vale, Scolopamine, Nova, Maya  y Nyx) de gran perfección formal que han merecido ser antologados en las grandes colectáneas de la poesía francesa del siglo XX.

   Agnès, el relato que nos ocupa, ha dado lugar a múltiples investigaciones. Inspirado sin duda en la novela Los cuadernos de Malte Laurids Brigge de Rainer Maria Rilke, amigo y corresponsal de Catherine, y sobre todo en la figura de Paul Valery en el que Pozzi cree haber descubierto al hombre de su vida (amalgama de gran inteligencia y ternura, igualmente profunda). Pero la pasión se convirtió pronto en decepción y en dolor y esto es precisamente lo que denotan los diversos períodos en los que la obra está escrita.

   Agnès nos presenta  a una joven soñadora y profundamente apasionada, pero que en realidad se sentía trágicamente sola como ha escrito Ph. Lejeune. Es el texto de una mujer en plena crisis de fe que transita desde un descreimiento religioso a otro amoroso, donde la soledad es su único refugio. Escritura pues del yo que camina entre el relato confesional y el diario, aunque desprovisto de cualquiera anotación cronológica. La tonalidad de esta pequeña obra nos remite a la escritura de los místicos, con una profunda pugna interior entre la realidad y los deseos, entre la ciencia y la fe. Y en el centro de todo, el objeto del delirio amoroso: la figura del amante, un Dios que dota de sentido la existencia de Agnès.

   El relato de Catherine Pozzi es una explosión de lirismo; escrito con un tono que nos puede parecer hoy en día plagado de afectación y cursilería. No obstante, el lector puede acercarse a esta brevísima obra viendo en ella el reflejo, no solo de una época, sino la expresión de los tormentos de una mujer que cree ciegamente en el amor absoluto y que al final la cruda realidad la hace explotar.



Francisco Martínez Bouzas



 
Catherine Pozzi a los 18 años
Fragmentos



“Todo ese amor que nadie recoge, ¿Quién sabe adónde va? Yo en cambio te fuerzo a ser antes de tiempo, comprendes, te tengo ya. Cuando llegue la hora, cuando esté lista, con el vestido y el corazón -cuando diga «Ahora, ahora» y tú no vengas (como tantas otras veces en que no has venido)- no dejaré que lo mejor que tengo se disipe en la otra punta del mundo.

Me siento, te escribo, amor, y te lo envío.”



…..



“Amo, amo cuerpos que no he visto jamás.

¿De dónde vienen?

¿Es eso el pecado original?

¿Dónde están? ¿En lo más profundo de mi memoria? ¿Pero qué memoria?

¿Están en el fondo de mi cuerpo. Es como si tuviera unos cuerpos que han amado mi cuerpo en el fondo de mi cuerpo. Todo lo que es grato los empuja contra mí, el viento, la primavera…Me hace sonreír…y esperar…y desesperar.

Amo…amo…No he hecho nada malo. Cuando un hombre guago me mira, yo miro hacia otra parte y se va.

Ay, que se vaya, que se vaya. Hay besos en mis manos y en mi corazón. Que no me toque, soy portadora de Dios. Me doy la vuelta, el hombre se va, adopto una expresión orgullosa.”



(Catherine Pozzi, Agnès, páginas 21-22, 53-54)

martes, 2 de septiembre de 2014

"PROFECÍA": LA DRAMÁTICA BELLEZA DE UN RELATO PERFECTO



Profecía
Sandro Veronesi
Traducción de Xavier González Rovira
Editorial Anagrama, Barcelona, 2014, 72 páginas.

   En una selección aprobada por el autor, Anagrama publica tres textos de Baci Scagliati Altrove del escritor Sandro Veronesi (Florencia, 1959), uno de los grandes narradores italianos de nuestros días. La edición original (Roma, 2011) contiene catorce cuentos en los que está presente la vida, la muerte y sus rostros dramáticos y misteriosos, reflejados por la pluma magistral y siempre lúcida de Sandro Veronesi. En la edición española, rotulada con el título del primer texto de la italiana, el lector se encuentra con tres de los textos más significativos de Veronesi, comprimidos en muy pocas páginas y que tematizan las relaciones entre padres e hijos en ese trance en el que damos el salto de la adolescencia inocente o inconsciente a la madurez adulta, en la que ya somos capaces de percibir el mal, aunque sea en forma de resentimientos, de dolor o de anuncio sibilino y profético de la propia muerte que se incrusta en nuestra alma a partir del fallecimiento del progenitor.
   “Profecía”, el primero de los relatos y el más extenso, es una verdadera gesta literaria, una historia magistral que nos hace estremecer porque nos pone delante de los ojos asuntos con circunstancias terribles en el entorno de las relaciones humanas más próximas, como lo son las paterno-filiales. Sandro Veronesi, en un monólogo emitido, aunque sea de forma ficcional, por el propio autor (“Yo sé quién eres, Alessandro Veronesi…) presenta la historia de un hijo que acompaña la agonía y la muerte de su progenitor. Una de las historias más antiguas del mundo: el hijo que entierra al propio padre. Sin la más mínima reticencia y vibrando con la trágica profundidad del tema, el narrador que habla de una forma trepidante, caótica, pero poética, sin apenas utilizar puntos y apartes, describe la agonía y la muerte del padre del escritor al que se dirige. El protagonista se esfuerza por proporcionar al padre las mismas atenciones y terapias que prestó a su madre; intenta así mismo recuperar lo más sustancial e importante de las vivencias familiares, reviviendo en la agonía paterna episodios traumáticos de su infancia. Y con una lucidez desazonante, expone sin tapujos lo indecible: que la eutanasia ya existe, es una práctica terapéutica, si bien camuflada por eufemismos (“protocolo nivel A, protocolo nivel B”), que el instinto de matar al padre es tan antiguo como el mundo.
   Un monólogo sorprendente y perturbador que se aproxima al tema de la enfermedad y de la muerte como acontecimientos universales, pero expresado con una voz insólita, evocativa, seca, concentrada únicamente sobre la angustia del sujeto, sin la más mínima concesión al entorno, que convierte a “Profecía”, a pesar de su brevedad, en un relato perfecto, hermoso, una pequeña y extraña joya literaria en el maremágnum de un universo editorial dominado por la falta de sustancia literaria de tantos best sellers.
   Las relaciones padre-hijo aparecen igualmente en los otros dos relatos de la edición española, escritos con prosa igualmente cortante como el filo de un cuchillo que nos hiere en lo más profundo. Aunque, en comparación con “Profecía” poseen menos entidad literaria. En “Muerte por algo”, Ropiten, un joven adolescente que desde los seis años acompaña a su padre en sus partidos de billar en un club, lleva el conteo de los puntos sin equivocarse nunca. Muerto  de un infarto el progenitor, un día se le ocurre hacer trampas y más tarde dejar de hacerlas, provocando un caos entre los jugadores. Entonces pudo decir que su padre había muerto por algo.
   Victorias y derrotas entre padres e hijos es el hilo conductor del relato “Lo que ha sido será”. La batalla entre un padre dominante, siempre con cara de verdugo, y su hijo empeñado en hundirse voluntariamente en su destino, y así vengarse de la figura paterna, empecinada en buscarle un amigo del alma para compararlos y así humillar al hijo. Respuesta simbólica la del hijo -que incluso suspende voluntariamente los exámenes escolares- , aunque el futuro dejará sorpresas impensadas, tragedias pequeñas o mayúsculas para unos seres que deambulan en la vida familiar como en una guerra.
   Sandro Veronesi sabe plasmar en sus relatos, con enorme sabiduría narrativa, acontecimientos vitales que estremecen -la muerte, incrustada en el misterio de la vida-; otros de menor calado, referidos siempre a la relación padre-hijos, mas llenos igualmente de paradojas, sorpresas, contradicciones, que son y seguirán siendo siempre la esencia de nuestra existencia. Así pues, una pequeña gran obra literaria, llena de magia y sobre todo de profundidad.

Francisco Martínez Bouzas


Sandro Veronesi

Fragmentos

“Yo sé quién eres, Alessandro Veronesi, conozco tu intuición, y te digo que te las ingeniarás y te las apañarás para que tu padre no muera en una cama de hospital sino, según su voluntad, en la suya, en el corazón de su morada, en el primer piso del edificio racionalista de la calle Bruno Buozzi, 3, en Prato, proyectado por el mismo en 1968, donde tu fuiste niño. Harás eso por él pocos meses después de haberlo hecho por tu madre. Sé también que, en consecuencia, asumirás la responsabilidad de hacer que le suministren todas las terapias domiciliarias que va precisar, incluidas las necesarias para hacer frente a las frecuentes emergencias provocadas por su graves enfermedades concomitantes, y te digo que te esmerarás en hacer esto sin llamar nunca al 118, con el fin de evitar el peligro de un ingreso, salvo obviamente en los eventuales  casos de vida o muerte, y por eso te estoy diciendo que, a pesar de carecer de competencia médica, asumirás la responsabilidad de distinguir tales emergencias de los eventuales casos de vida o muerte -por ejemplo, una oclusión intestinal-, y que vas a hacer esto pocos meses después de haberlo hecho por tu madre.”

…..

“(…) ya no será el doctor Ciulli sino el doctor Benenato, bajo cuya dirección empezarás por tanto a suministrarle sulfato de morfina a tu padre -primero en comprimidos, MS Contin de 30 mg, uno cada doce horas, luego cada ocho, luego cada seis, luego de 60 mg, luego ya la ampolla, Oralmorph solución oral en recipiente monodosis de 10 ml, una cada ocho horas, luego cada seis, cada cuatro-, y te descubrirás manteniendo una relación con su cuerpo drogado bastante más estrecha y profunda que la que mantendrá él mismo, te encontrarás manipulando, lavando y secando, por ejemplo, masajeando, estimulando y friccionando ese cuerpo, y de éste, del cuerpo enfermo de tu padre, te convertirás en pastor, afeitarás su rostro con la Braun de cuatro cabezales giratorios que le habrás regalado por Navidad.”

…..

“(…) pero también, Alessandro, yo te digo aquí que esta lucidez suya va a durar tan sólo unas horas, y que tras la siesta vespertina se despertará presa de ambas cosas, paranoia y dolor, y rugiendo te acusará de ser la causa y te ordenará que lo saques fuera de allí, fuera de allí, fuera, fuera, y por desgracia tengo que decirte que tú no lo entenderás, y que lo tomarás al pie de la letra, y le contarás con toda la dureza posible que no puedes llevártelo fuera de allí, que ésa es su casa, y le recordarás que él siempre ha dicho que no quería dejarla, etcétera, y él se exasperará, y casi llorará, al ver que su hijo sigue sin entender, y se desesperará, y gritará, y sostendrá que se lo habías prometido, y tú seguirás sin entender, y dejarás de llevarle la contraria para no hacer que se cabree todavía más, pero seguirás tomándolo al pie de la letra y seguirás sin entender lo que te está pidiendo, y de todas formas harás igualmente lo que él quiera que hagas, y que será llamar por teléfono a Benenato  y decirle que hay una emergencia, y Benenato se encontrará en las inmediaciones y acudirá en persona al cabo de pocos minutos, y tu padre te lo agradecerá y se calmará enseguida, y se calmará aún más cuando Benenato decida inyectarle la morfina por vía intramuscular, y cuando se haya marchado, diciéndote que si tu padre no se calma y no se duerme después de esa inyección, él tirará a la basura todos los libros con los que ha estudiado, tu padre te dará las gracias y te pedirá que te eches a un lado, y te cogerá la mano, y te encargará que sus cenizas -que en ese momento, quién sabe por qué, llamará arenas- sean esparcidas en el mar, en el mismo lugar en que pocos meses antes habréis esparcido las de tu madre…”

(Sandro Veronesi, Profecía, páginas 11-12, 19-20, 28-29)

lunes, 1 de septiembre de 2014

"NOS ACOSTUMBRAREMOS": SER MUJER HOY EN TEHERÁN



Nos acostumbraremos
Zoyâ Pirzâd
Traducción de Isabel González-Gallarza
Ediciones Siruela, Madrid, 2014, 257 páginas.

   Prácticamente desconocida en España, como en general toda la literatura iraní, Zoyâ Pirzâd es sin embargo, la escritora persa más reputada en el panorama internacional. Nacida en el seno de una familia cristiana en Abadán (1952), ha conseguido ver toda su obra traducida al francés. Su última novela, Adat Mikonim, a otros muchos idiomas, entre ellos al español. Escribió y publicó relatos breves y en el año 2001 su primera novela, Cheragh - ha ra man Khamush mikonam  recibió múltiples premios tanto en su país como en Francia (Prix Courier Internattional 2009).
   La temática predominante en su escritura son las relaciones familiares a las que se acerca desde un punto de vista feminista. Por eso mismo sus textos, abordan, sobre todo, las normas sociales impuestas a las mujeres por su propia familia y por una sociedad profundamente machista. Zoyâ Pirzâd, muy concienciada de su rol femenino, aborda en sus obras las principales preocupaciones de la existencia de las mujeres dentro de los diferentes estratos sociales. Y sobre todo, quiere aportar visibilidad a sus problemas, a sus conflictos, confrontando con frecuencia dos generaciones para resaltar precisamente esas disonancias que se producen entre las actuales mujeres iraníes  y las que forman parte de las generaciones que las preceden.
   En ese contexto y con esos mimbres teje la novela que Isabel González-Gallarza traduce del francés y edita Siruela, Nos acostumbraremos
   La novela está protagonizada por Arezu, una mujer iraní que ronda los cuarenta, culta y emancipada. Vive en Teherán donde dirige una agencia inmobiliaria, heredada de su padre, lo que le permite sostener dos casas, a su madre y a su hija y pagar las deudas que su progenitor había dejado en el negocio familiar. Está divorciada y habita con su hija y su madre, que viven de espaldas a la realidad, atadas por sus caprichos y, en el caso de la madre, por las convenciones sociales, con las que diariamente se tiene que enfrentar Arezu. Sus días, a pasar de la rutina, trascurren velozmente entre las obligaciones laborales y las ataduras familiares. Hasta que un día, por medio de su amiga Shirine, que actúa como una celestina, conoce a Sohrab Zaryu, un cliente de la agencia. Pronto surge entre los dos una relación amorosa que en un primer momento las personas cercanas a la protagonista, excepto su madre, ven con buenos ojos, pero, cuando Arezu decide contraer matrimonio, las cosas cambian y la protagonista se verá en la tesitura de tomar una difícil decisión: seguir la llamada del amor o ceder a la voluntad de sus familiares y amigos.
   La novela de Zoyâ Pirzâd pivota sobre dos pilares que mantienen toda su estructura: la historia de amor de la protagonista y Zaryu y la imagen del Irán actual. Ambos soportes están construidos, sin embargo, de una forma un tanto superficial: una historia de amor en la que falta la expansión de los sentimientos y emociones y que se limita a un ir y venir por restaurantes, viajes en coche… que silencian los latidos del corazón. La imagen que la novela refleja del actual Irán, es demasiado plana. Falta la descripción profunda del alma de un país, substituida por una suerte de guía turística.
   Resalto, no obstante, la imagen que la narración ofrece de la situación de la mujer en el actual Irán, que contradice esa relación que llega de Occidente, de mujeres ultrajadas, humilladas, lapidadas o forzadas a huir de su país. La autora se esfuerza en demostrar que, aunque atadas a muchas constricciones tradicionales, ser mujer hoy en Teherán es algo muy similar a serlo en cualquier otra parte del mundo: las mujeres iraníes trabajan duramente como la protagonista, estudian, luchan, afrontan los problemas de cada día e intentan obtener las cosas que ansían, que son de su agrado. Justamente como hace Arezu, la protagonista de la novela. En realidad, como en cualquier otro rincón del mundo, entre las mujeres iraníes existen formas muy diversas de vivir su identidad femenina. Es la gran lección que transmite esta novela.

Francisco Martínez Bouzas


Zoyâ Pirzâd

Fragmentos

“Ni uno ni otro pronunciaron palabra hasta que llegaron a la verja Bagh-e melli. Arezu se preguntaba por qué aplazaba siempre lo que debía y quería hacer. Si les constaba a Ayeh y a Mah-Monir su decisión, ¿qué ocurriría? Mah-Monir seguramente montaría su clásico numerito, y puede que incluso refunfuñara. Y Ayeh le soltaría algunas pullas, o quizá no. Al final Sohrab terminaría por hablar con ellas, ese hombre sabía muy bien lo que hacía. Era muy capaz de hablar con ellas…¿Por qué no se lo permitía? ¿Por qué no se decidía? ¿Por qué? Dudaba, pero ¿de qué? ¿Acaso tenía miedo? Sohrab se detuvo ante la gran puerta de hierro forjado, levantó la vista y miró hacia el parque.”

…..

“Arezu se tendió en la cama. Con las manos detrás de la nuca contempló el techo, preguntándose por enésima vez: «He tomado la decisión correcta?» Lamentaba que su padre ya no estuviera ahí para aconsejarla. Pero ¿en qué habrían cambiado las cosas? Su padre siempre estaba de acuerdo con lo que decía o con lo que quería. Y con Mah-Monir, igual. Poco importaba que madre e hija no estuvieran nunca de acuerdo entre sí. «¿Cómo hacía para contentaros  alas dos?», se preguntaba Arezu. Se volvió sobre la cama y contempló el tocador, los frascos de perfume, los tarros de crema, los tubos de pintalabios, la foto de sus padres a la orilla del río, aquella otra foto, más grande, de Ayeh de niña que sonreía mostrando los huecos dejados por los dientes que se le acababan de caer.”

(Zoyâ Pirzâd, Nos acostumbraremos, páginas 186, 210)

jueves, 28 de agosto de 2014

"EL PASO DE LA HÉLICE": EL PODER TRASFORMADOR DE UN LIBRO



El paso de la hélice
Santiago Pajares
Ediciones Destino, Colección Áncora y Delfín, Barcelona, 2014, 430 páginas.

   El paso de la hélice es una apuesta de Ediciones Destino por una novela que un joven y desconocido autor, Santiago Pajares (Madrid, 1979) comenzó a escribir a los veintitrés años alcanzando un inesperado éxito, con traducciones a varias lenguas, el japonés entre ellas. Santiago Pajares, que cifra como objetivo de su labor como escritor, cuando escribe una novela, no gustar a todo el mundo sino tratar de emocionar a unos pocos, dispone ahora de una plataforma mucho más amplia al ver reeditada su novela en un sello editorial como Destino, grande y prestigioso. Es la breve historia que explica el nacimiento y el recorrido de este libro. Su primera y su segunda vida en este caso.
   El paso de la hélice es un libro de búsquedas. Nos acerca a las peripecias de un hombre que debe buscar a otro, misterioso, oculto tras un pseudónimo, autor de una exitosa saga, La hélice, (algo así como El señor de los Anillos del siglo XXI). Es David Peralta que trabaja en una editora en la que publica sus libros Thomas Maud, el desconocido y exitoso narrador. Al no haber recibido la casa editora el nuevo volumen de la saga, deberá localizar a Thomas Maud y conseguir para su editorial ese original. Pero Thomas Maud oculta su rostro, no quiere ser encontrado y la única pista que de él se posee es que tiene seis dedos en su mano derecha. Y el editor inicia su búsqueda en Bredagós, una perdida aldea del Valle de Arán, un lugar en el que, sin embargo, se mueve una extraña colección de personajes. Mientras David Peralta lleva cabo su frenética y delirante búsqueda de la que depende el éxito de la editorial al borde de la ruina, y pone en juego su matrimonio y felicidad personal, un ejemplar del manuscrito de La hélice corre de mano en mano por Madrid, es leído por numerosas personas a las que transforma hasta el punto de hacerles de nuevo protagonistas de sus propias existencias. Es el poder de un libro sobre el destino de las personas. En el periplo indagatorio del editor, el texto de Santiago Pajares nos permite conocer por ejemplo aun joven drogadicto que lee el original de la novela y su lectura hace que algo reviente en su cabeza y se decida a desengancharse de la droga. El encuentro con éste y otros personajes se convierte en una incursión que le permite al lector bajar al mundo demoledor de la drogadicción y también al arduo camino de la superación. Otros personajes, igualmente problemáticos y con vidas extraviadas, hacen acto de presencia en esta novela porque son igualmente lectores del ansiado y perseguido manuscrito.
   La novela de Santiago Pajares, pese al paso del tiempo de su escritura y primera edición, no ha perdido frescura ni actualidad. El autor relata de una forma sencilla, con diálogos ágiles, con una escritura no pretenciosa pero sí muy plástica que nos permite visualizar no pocas escenas. Estilo pues muy cercano a una filmación cinematográfica. Con un ritmo adecuado que va acompasando la trama en un atrapante “in crescendo”  y un final muy natural que no pretende sorprender pero sí provocar satisfacción en el lector. El relato de la búsqueda del misterioso Thomas Maud en el Valle de Arán se configura como una verdadera “road movie”, con escenas hermosas que a la vez hielan la sangre, como la descripción de los árboles de un bosquecillo con nombres de los habitantes del pueblo escritos en sus troncos, que se convertirán en las maderas de los futuros ataúdes de esas personas.
   La novela no es ajena a la realidad social de nuestros días. La crudeza, por ejemplo, del mundo de la drogadicción aparece retratada sin eufemismos. A pesar de eso, El paso de la hélice es una obra cien por cien optimista, basada en el poder transformador de un libro. Situaciones absurdas, tratadas con buenas dosis de humor, acrecientan esa tonalidad optimista de la novela. Desde la primera página, y especialmente desde el capítulo tercero, el lector descubrirá que ésta es una novela que merece la pena y que disfrutará con su lectura.

Francisco Martínez Bouzas


Santiago Pajares

Fragmentos

“La historia de la literatura estaba llena de escritores que cambiaron su destino gracias a un libro, y los jóvenes aspirantes lo sabían y se esforzaban para que su historia se hiciera realidad. Siempre poniendo lo mejor de sí en cada párrafo, escribiendo docenas de veces algunos de los capítulos que ahora leía David en la cómoda butaca de su despacho. Las esperanzas que depositaban los aspirantes de sus libros, ellos las depositaban en un pequeño cuarto junto al material de oficina.”

…..

“El pequeño riachuelo que vadearon a la ida quedó oculto por la maleza, y sin ese punto de referencia comenzaron a andar a tientas. Tras sortear algunos macizos de rocas llegaron a una explanada donde unas enormes hayas se alzaban delante de ellos en línea recta. Pensaron que sería algún sistema para repoblar el bosque  y que no debían de estar demasiado alejados del pueblo. Flanqueados por los árboles, como si se tratara de un extraño pasillo natural, se dieron cuenta de que en cada una de las cortezas había un nombre y un apellido, como si hubieran bautizado cada árbol para tenerlo identificado (…)
Me gusta cuidar los árboles. Cada uno cuida el suyo.
-Sí, ya nos hemos dado cuenta de que cada uno tiene un nombre. Es muy curioso.
-¿Te importa que ponga el mío en uno? Uno que esté libre, claro.
Esteban no contestó de inmediato, sino que meditó la respuesta. Finalmente dijo:
-Si está libre no es de nadie. Y si lo quieres, adelante.
David sacó su navaja de campo y escribió su nombre cuidando la caligrafía en una superficie sin nudos de un árbol cercano. Detrás de su propio nombre escribió una y, e iba a escribir el de Silvia a continuación, cuando Esteban le detuvo.
-Lo siento, sólo un árbol por persona.
Los dos se miraron sorprendidos, como si hubieran incumplido alguna norma de buena educación.
-Disculpa -dijo Silvia-, ¿es por alguna norma del lugar?
-No. Es que habéis escogido un árbol joven y no va a tener madera para los dos.
-¿Perdón? ¿Madera para los dos?
-¡Desde luego! Ahí no hay madera para dos personas. Ni aunque pasen cuarenta años, confiad en mí.
-¿Madera para qué? – preguntó David
-Para el ataúd por supuesto- dijo Esteban como si fuera algo evidente.
-¿Cómo que el ataúd?
- Cuando un niño nace, sus padres escogen para él un árbol, para que cuando fallezca, se tale y se construya un ataúd. Su ataúd.”

…..

“¡Qué vida de mierda! Fran miraba alrededor y sólo veía a yonquis que iban o  venían de Las Barranquillas, andrajosos, con las costillas marcadas debajo de camisetas llenas de manchas, ojos vidriosos, manos temblorosas y almas tristes. No había sonrisas en esa zona. A un lado vio a una chica arrodillada delante de un tipo con los pantalones bajados. Fran creyó que era una prostituta haciendo un trabajito en plena calle, pero unos pasos más allá se dio cuenta de que le estaba clavando una aguja en el pene. Por eso Fran trataba de picarse siempre a lo largo de la vena, para evitar infecciones. Muchos lo hacían por no dejar marcas visibles, sobre todo los primerizos pero que se te infecten los dos brazos y tengas que inyectarte la droga en el pijo, ya verás qué risa. El hombre tenía los labios apretados y los ojos cerrados, pero su expresión distaba mucho de parecer un orgasmo, al menos hasta que la dosis hiciera efecto.”

(Santiago Pajares, El paso de la hélice,  páginas 38, 160-162, 226)

martes, 26 de agosto de 2014

"JULIO CORTÁZAR Y CRIS", LA MUTUA FASCINACIÓN



Julio Cortázar y Cris
Cristina Peri Rossi
Ediciones Cálamo, Palencia, 2014, 126 páginas.

  
(En recuerdo de Julio Cortázar que hace cien años, el 26 de agosto de 1914, inicio su vida física.)                                  

   Lo primero que Cristina Peri Rossi nos dice en esta crónica de su irrepetible e imposible amistad amorosa con Julio Cortázar es que no fue a su entierro. Se negó a compartir la dudosa complicidad de los supervivientes, los precariamente vivos. Y lo segundo es una revelación que contradice lo que habitualmente se cree: Julio Cortázar no murió de cáncer, sino de una enfermedad en aquel entonces todavía no diagnosticada, sin nombre específico, conocida únicamente como “pérdida de defensas inmunológicas”, que ya se había llevado a la tumba a Carol Dunlop, la segunda esposa del escritor. Enfermedad que Julio Cortázar contrajo debido a una masiva transfusión de sangre contaminada de sida, recibida a raíz de una hemorragia estomacal. Este libro, no escrito precisamente en los meses anteriores a su publicación, sino casi todo él en el año 2000, es la contribución de Ediciones Cálamo y de la escritora nacida en Montevideo en 1941 al “año Cortazar” (centenario de su nacimiento, treinta años de su muerte).
   Cristina Peri Rossi conoció a Cortázar en la última década de la vida del escritor argentino. Tras el encuentro, vivieron una relación intensa, repleta de connivencias y complicidades, literatura, seducción  y de un amor imposible dada la identidad sexual de la joven uruguaya que excluía no solo a Cortázar sino a todos los hombres. No obstante, eso no se interpondría entre ambos, en la profunda amistad que cultivaron, fruto de la cual es la mejor poesía que escribió el Gran Cronopio, los Quince poemas de amor a Cris, escritos y enviados de forma privada a Cristina Peri Rossi y que aparecieron reunidos y editados póstumamente en Salvo el crepúsculo.
   En esa íntima y profunda amistad, cómplice y complicada, ahonda  Cristina Peri Rossi en esta crónica confesional y sentimental; un relato ameno y emotivo, rebosante de situaciones, diálogos, anécdotas que revelan la auténtica cara de Julio Cortázar en la intimidad, y que, según la escritora, no se diferenciaba demasiado de la de su figura pública como escritor, ya que en Cortázar vida y escritura se fusionan y se retroalimentan mutuamente. Visión sobre todo cercana del Cortázar más cotidiano, la persona de carne y hueso alejada del mito literario.
   El texto de Cristina Peri Rossi revela, como he dicho, esa íntima e intensa relación: desde el encuentro epistolar (Fue Cortázar el que descubre a Cristina a través de la lectura de la primera novela de la uruguaya, El libro de los primos, y a raíz de ese hallazgo le escribe una carta que ésta recibe en el exilio barcelonés), el encuentro físico en la gare Austerliz de París, la común afición por los dinosaurios, la fascinación por los caleidoscopios. Las “provincias”  no compartidas, como el gusto de Cortázar por el boxeo. Otras en las que eran plenamente afines, como el amor  por la poesía, por Barcelona, el común rechazo de la homofobia del castrismo cubano y de la triunfante revolución sandinista en la persona de su ministro de Interior, Tomás Borge. El amor de Cortazar hacia otra persona, Carol Dunlop, la fraternidad que nace de inmediato entre ambas mujeres. Cris convertida en la musa de los poemas que Cortázar le envía por carta en 1977.
   En la segunda parte de la publicación, la autora nos revela la trayectoria editorial de los Poemas de amor a Cris y nos permite leer algunos de los textos por ella escritos sobre Cortázar y publicados después de la muerte física de éste.
   Fiel retrato pues del Cortázar íntimo y de la propia Cristina; reflejo de una amistad que pervive más allá de la muerte física  del argentino. También de la mutua fascinación. Lectura agradable, un texto que tira del lector y es a la vez un excelente medio de acercarse o de recuperar al Gran Cronopio que tal día como hoy cumple cien años y que “como escritor de ruptura, eternamente joven, persiste en la memoria” (página 122).

Francisco Martínez Bouzas


Julio Cortázar y Cristina Peri Rossi

Fragmentos

“Cuántas veces, caminando por Barcelona, por Paseo de Gracia o por la Gran Vía, algún lector, alguna lectora, lo reconocían y se acercaban, emocionados a saludarlo. Julio tenía una admirable cortesía perfectamente distanciadota («¿Dónde aprendiste vos esa politesse tan medida? ¿La traías puesta de Buenos Aires o es una adquisición francesa?», le preguntaba yo.) Siempre admiré esa sabia distancia justa que conseguía de manera espontánea. (Años después de su muerte, Julio, yo escribí un poema que empieza así: «En el amor y en el boxeo / todo es cuestión de distancia». Solo entonces me di cuenta de que la distancia justa no la habías aprendido ni en Buenos Aires ni en París, sino en el ring, de los boxeadores admirados.”

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“Ambos amábamos la poesía. Julio, siempre quiso ser poeta, aunque era muy severo con sus poemas.«Por suerte -me escribió una vez- tengo una idea muy clara del lugar que ocupa mi canasto de papeles, y solo acepto los poemas que escribo muy pocas cosas, cada vez menos.» En 1979, me hizo un regalo muy íntimo: me envió una cinta con los poemas de mi libro Lingüística general leídos por él. Me causó una emoción tan honda que hasta el día de hoy no he permitido que casi nadie los oyera. Cuando estoy o muy nostálgica, sin embargo, coloco la cinta en la grabadora y su voz melancólica, pausada, con las erres inconfundibles, me instala en la eternidad sin tiempo de la memoria, allí donde Bergson («leí a Bergson cuando era muy joven y su concepción del tiempo me impresionó mucho») instaló los sentimientos. Desde entonces pienso que tendríamos que conservar la voz de nuestros seres queridos como conservamos las fotografías o los objetos fetiches. Pero mientras la fotografía es plana, la voz guarda, siempre, el aliento de la vida, nos devuelve mucho más entera a la persona añorada.”

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“Somos los últimos románticos, te dije un día, y vos que te creías surrealista, asentiste con picardía. En una época que todo lo consume (asesinatos, violaciones, terremotos, diásporas, campeonatos, celuloide, mucho celuloide) resistimos como Noé en su barca. Cuando escribí aquel verso («En toda generación hubo un diluvio») me dijiste que los cronopios siempre sobrevivían, aferrados a un mástil en forma de poema, aferrados al ambivalente goce de escribir, amar y, especialmente, sonreír. «Tenemos un ángel de guarda», dijiste, y yo te contesté: «De la guardia».

(Cristina Peri Rossi, Julio Cortázar y Cris, páginas 33-34, 45, 100)