sábado, 17 de febrero de 2018

LIBRE EN UN TIEMPO DE OPROBIO



Natica
Lola Fernández Estévez
Editables, San Cugat del Vallès, Barcelona, 2018, 218 páginas.

   

  Lola Fernández Estévez, cordobesa de nacimiento, pero, como tantos otros y otras, trasplantada a Barcelona, tiene muy claro cuál es su vocación: escritora. Y ciertamente lo está consiguiendo, sin prisas pero sin pausas. En el año 2016 degustamos, con el placer de las buenas lecturas, Tiempos de sal, una novela con una trama amarga como la sal, porque las historias de esclavas lo son. Ahora nos sorprende de nuevo, y muy gratamente, con su segunda pieza, Natica, una novela que fusiona, en proporciones adecuadas, trazos del costumbrismo literario con esa literatura tan de moda en los últimos tiempos que apela a la realidad, la novela-verdad, que convierte a personajes reales en “dramatis personae”, en personajes de ficción, suturando biografía y ficción, historias reales transferidas en una invención literaria, en un relato novelesco. Porque lo que Natica recupera es la historia real de una mujer cordobesa de la primera mitad del siglo XX, Natividad Fernández -Natica desde el día que nació- tamizada por la ficción, tras un riguroso proceso de documentación tanto en libros y hemerotecas como a través de testigos vivos que conocieron a esta mujer libre, nacida en un tiempo equivocado, porque esa época no lo era.
   La novela traslada al lector al año 1926, un tiempo en el que nacer mujer significaba ser primero presa de la familia y después cautiva del marido. Ese año nace Natica con la desgracia de ser pobre y mujer. Hija, la segunda de nueve hermanos, de un matrimonio humilde -el padre piconero- que comparte cocina, retrete, pozo comunitario y pilón para lavar la ropa en la Rinconada de San Antonio. Natica nace pájaro libre, según el mal fario del gitano Tallero; y libre, en efecto, será su vida. Con su familia soportará las hambres de la pobreza, el terror impuesto en Córdoba y en la serranía por los golpistas franquistas, comandados por el siniestro general Varela que está a punto de fusilar a toda la familia, incluidos los niños por la única culpa de ser hijos de padres que, incluso en su ignorancia, se sentían republicanos. Desafía las miradas lascivas de los hombres que la rapan y la desnudan porque, aunque la estén humillando, piensa Natica, nadie podrá con ella. Vive en carne propia el negocio de la carne de muertos y de la grasa, igualmente de fusilados, para freír churros, porque el azote del hambre no se arredra ante el canibalismo.
   Pero sobre todo Natica no quiere pertenecer al “melindre cursi” que la rodea, a esa condición de mujeres resignadas a su suerte, nacidas para someterse y parir hijos. Ella quiere para sí una vida más plena, de persona, dueña de su sexualidad, un regalo de Dios junto con el pensamiento y la libertad. Por ello luchará durante toda su vida.
   Y así transcurre su existencia: pájaro libre que amará y por amor se entregará a quien le apetezca, a pesar del insufrible ruido de fondo y de superficie de la maledicencia. Víctima de violencia de género, de amores traicioneros y con un desenlace trágico que no es mi papel desvelar. Todo ello y mucho más constituye el núcleo central de esta novela.
   Una de las grandes líneas de fuerza de la misma es la denuncia que, en la voz vicaria de la protagonista, hace la autora de la hipocresía que hace mella incluso entre los menos favorecidos. Lo único que le importa a la madre de Natica es los que piensen y digan las vecinas. Por eso es incapaz de aceptar que su hija se sienta una mujer libre y actúe como tal: no resignada a su suerte y dueña de su sexualidad. El nuevo párroco que llega a la Rinconada, delator de cientos de feligreses que fueron fusilados y que predica desde el púlpito contra la oveja descarriada, tiene por costumbre flagelarse y rezar mientras le chupa el cipote a Agustinico, un gay perseguido solo por serlo. “Si el pecado es contrarrestado al instante, ninguna falta se comete, hijo mío, ya que saldas las deudas con el Santísimo sin que medie tiempo” (página 147).
   Otra es el feminismo, por supuesto ajeno a cualquier formación teórica, que alienta el pensamiento y la acción de la protagonista, y que le marca sin vacilaciones su lugar en el mundo.
   La novela rehace así mismo historias de perdedores, personas humildes, ajenas a partidos políticos, que simplemente aceptaban el orden constitucional y que fueron torturadas y fusiladas masivamente. En ese sentido, Natica es también una novela política, comprometida con la realidad y con la historia, que toma partido por los inmolados, por los miles de fusilados en Córdoba, pocos “desagravios”, sin embargo para Queipo de Llano.
   La vida y la ficción de Natica se desenvuelve, como ya señalé, en un contexto literario costumbrista, considerado frecuentemente un género menor de la literatura. Es verdad que la autora describe lo más impactante de la vida cotidiana y frecuentemente lo hace de forma colorista. No obstante, Lola Fernández Estévez se limita a describir la realidad, y esa forma de vida pintoresca y hasta un poco tópica era la real en aquellos tiempos. La escritora además rehúye cualquier propósito moralizante; es más, la juzga y la critica por la boca y las actuaciones de su protagonista.
   Crea además una galería de personajes inolvidable, el de Natica por supuesto, pero también el del Tío Papeles. A pesar de la modalidad narrativa de una novela en tercera persona, con presencia manifiesta del narrador, no decrece la objetividad del discurso, porque el personaje central no es una invención, y en segundo lugar porque hasta los objetos más nimios está documentados.
   Novela de temporalización lineal, tiempos marcados además por los encabezamientos de las secuencias. Así pues, el tiempo de la historia y el tiempo del discurso coinciden plenamente. Excelentes las descripciones de los marcos escénicos y temporales -años de miseria, hambre y atrocidades-, y una tonalidad neutra a lo largo de casi toda la novela, pero que roza lo épico en el desenlace de la ficcionalización de esta mujer que se negó a ser eclipsada y no quiso estudiar para santa.

Francisco Martínez Bouzas


Lola Fernández Estévez


Fragmentos

“María Jesús es viuda, tiene un hijo y una hija de su anterior matrimonio, se amancebó con Faustino hace diez años, justos los que viven en la Rinconada. La mujer gusta de vestir de luto riguroso en honor a su estado de viuda oficial, demostración ostentosa de dolor que a Faustino le parece excesiva después de tantos años durmiendo juntos, pero lo que más le repatea las tripas es tener colgado, en sitio de privilegio, en la pared de su casa, al difunto marido presidiendo el hogar…”

…..

“Una vecina embarazada rescata al niño del ensimismamiento y de la cólera del guardia. Es Rosa, la mujer de José, el que está preso con el Tío. El guardia observa unos segundos su barriga baja de preñada cumplida, explotará en breve, lástima de cuerpo desfigurado, piensa. La conoce, siempre le ha gustado la Rosa, recuerda haberla visto andar por Córdoba con el vientre vacío y sus buenas tetas antes de que el rojo la encintara, también conoce a su hombre, sabía de qué pie calzaba. Le pregunta por él. «no sé nada, a lo mejor me lo han matao», le responde Rosa. Al guardia le tranquiliza la respuesta, hace tiempo que la tiene en el punto de mira, se había adherido a la batida solo para cazarlo a él. Decide, cuando vuelve al cuartel, asegurarse del destino de José, después ya tendrá tiempo de volver a por Rosa cuando suelte la criatura. Además, le hará un favor al nuevo hijo que llega, sabe que las cosas de los rojos se contagian de padres a hijos como una plaga que hay que cortar de raíz.”

…..

“-¡Ay! ¿Qué has hecho natica, a ti t’han desgraciao? Ha sido don Jorge, ¿verdad? ¿Te ha forzao? Lo he visto salir de despachar con el señor y marchar pa’l corral; pero, cómo me iba yo a figurar…¿Sabes que vuelve a Barcelona? Ese sinvergüenza no ha perdido el tiempo, el muy canalla.
-Tranquila, Gloria, lo que ha pasado ha sido porque he querido yo. No tiene ninguna obligación conmigo ni yo se la he pedido, nos gustamos, nada más -Gloria pone cara de susto- Sabía que se marchaba, desde hace días, me lo dijo él mismo. No tengo nada que reprocharle. Quién sabe, a lo mejor me voy a Barcelona y me ayuda a buscar una academia para aprender canto. Lo que sí me ha prometido es que va a escribirme.
- Pero, mujer, ¿no te das cuenta?, ese hombre solo ha querío aprovecharse de ti.
-Pues mira, mala suerte, si no cuaja, peor para él, qué le vamos a hacer. También puedo haber sido yo quien me haya aprovechado de él, ¡no? Al fin y al cabo lo hemos pasado bien los dos.
-Que no, Natica, que tú has perdío más, has perdío la honra, ¿te das cuenta lo que has hecho chiquilla? Las mujeres somos las que tenemos toas las de perder. Y después, si no te quiere…, no te va a querer nadie. Los hombres no quieren saber na de mujeres usás.
-¿Por qué tenemos que estar sujetas a alguien, Gloria? Ya te he dicho que me gusta ese hombre, pero si no es él, será otro, o ninguno, quien sabe…”

(Lola Fernández Estévez, Natica páginas 22, 57-58, 136-137)

viernes, 16 de febrero de 2018

UNA NOVELA SOBRE LA REALIDAD ESCOLAR



La clase
François Bégaudeau
Traducción de Julieta Carmona Lombardo
El Aleph Editores, Barcelona, 232 páginas
(Libros de siempre)

   
    Profesor, periodista deportivo, cantante de rock, actor. También escritor de éxito en Francia con su cuarta novela, Entre les murs (2006), traducida a numerosos idiomas y que dio lugar a la película homónima, galardonada con la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 2008, en la que el narrador interpreta su propio papel. En la versión española, la novela fue traducida con un título, La clase, menos claustrofóbico que el original francés. Como primera apreciación se puede decir que este desasosegante bestseller, engruesa una literatura que podemos rotular como de género de la escuela, siguiendo la estela de Domenico Starmone, Dominique Sampiero y, sobre todo. Daniel Pennac (Mal de escuela), que centra su atención en la figura del alumno necio e ignorante.
   Pero La clase constituye un testimonio mucho más crudo de la realidad educativa. En la novela de François Bégaudeau, los protagonistas no son los alumnos menos capacitados, sino los más conflictivos de un instituto en un barrio periférico de París.
   El libro, en efecto únicamente se propone describir un año escolar y las experiencias cotidianas que en él suceden. François es un profesor nuevo de lengua en un instituto de una bauliene parisiense. Los nombres de sus alumnos (Tarek, Hadia, Khumba, Souleyman, Ming…) revelan  de una forma muy clara sus orígenes multiétnicos. Todos los profesores se preparan a conciencia para enfrentarse al nuevo curso, armándose sobre todo contra el desánimo. Mas las culturas y la actitudes brotan de inmediato en cada aula, verdadero microcosmos de una Francia contemporánea, mestiza y cosmopolita.
   El libro presenta, como una fotografía obtenida por un fotógrafo, rico en sensibilidad e ironía, este universo en el que interactúa el grupo de alumnos, sin ningún temor reverencial, absolutamente espontáneos y, a veces, incluso insolentes y fanfarrones, que consideran a la escuela una institución inútil, pero inevitable hastío en el que no son capaces de orientarse dentro de una cultura y una lengua extranjera para la mayoría de ellos; y defienden sus formas expresivas, su slang, a la vez que ridiculizan la lengua literaria. También dentro de esos muros escolares tiene cabida el universo de los docentes, con sus conversaciones, preocupaciones, confidencias, con su cotidianidad familiar que deben compartir junto con las desilusiones del trabajo. Y así mañana tras mañana, sin que nada varíe un solo milímetro.
   Las clase puede ser vista como un crudo y duro documental en el que, sin retóricas, se narra el día a día de una escuela francesa y el maremágnum de contradicciones propias de una sociedad en pleno proceso de mestizaje cultural. Pero difícilmente resiste la calificación de novela, porque en la misma no existe una dirección narrativa clara, ni una trama argumental que se desenvuelva englobando no o varios acontecimientos. Hay consejos de disciplina, enfrentamientos profesor-alumno, mas solamente son un hecho más entre tantos otros.
   

                                            
Fraçois Bégaudeau
   
   Lo que a Bégaudeau le interesa retratar es ese devenir del curso escolar, con todas las expectativas y contradicciones de esta escuela multicultural. Y lo hace acumulando, a modo de collage, escenas repetitivas que no responden a ningún orden cronológico y dejan al lector esperando el desarrollo de una historia. Tampoco hay personajes, sino un grupo amorfo de individuos que no evolucionan y que solamente conforman un colectivo (profesores, padres, alumnos). Estos últimos visten camisetas deportivas, usan piercings, cometen faltas de ortografía, son petulantes… pero nada más. El lector no logra verlos más que como extras de una historia que jamás empieza realmente. Así pues, poco tirón narrativo, pero sí un perfecto espejo documental que revela la complejidad de la realidad escolar que revienta las generalidades, tópicos y clichés, que no absuelve ni condena a nadie y que muestra que en sistema educativo hay sitio para todo.

Francisco Martínez Bouzas

martes, 13 de febrero de 2018

"NADIE DUERME": NARRATIVA DEL DESGARRO



Nadie duerme
Xina Vega
Pepitas de calabaza ed., Logroño, 2017, 87 páginas

    
   Nadie escribe como Xina Vega. Su escritura es exclusiva de ella. Es ella. Lo cual, aparcadas las posibles connotaciones tautológicas, quiere decir que Xina Vega escribe con furia, con desgarros, muy alejada de los amables mitos, prodigios y fábulas de uno de sus maestros, Álvaro Cunqueiro, citado en las referencias de la contraportada y al que estudió y conoce. Ignoro, por mi parte la autopética de Xina Vega, pero no dejaría de ser incoherente con su escritura el lema de escritor asturiano Ricardo Menéndez Salmón: “Conmover, perturbar, incluso irritar”. Y  eso es lo que hace sin complejos, más también sin algaradas, Xina Vega e sus piezas narrativas más recientes, no tanto en Cardume, la novela que la proyectó como gran escritora, sino Dark Butterfly, el relato “Loba de lava uivarás a lúa”, publicado en la colactánea de narrativa erótica, Abadessa oí dizer, escrita por mujeres gallegas; y en este “huis clos”, Nadie duerme. Y todo ello sin gritarnos, simplemente inventando historias fuertes, historias terribles y echando mano de una lengua que en su pluma suma muchos quilates, si bien sin abandonar nunca la tendencia a la parquedad, especialmente en el empleo de descripciones.
   Nadie duerme es aparentemente una novela breve, aunque no realmente tan breve, cimentada en una estructura compositiva con varias historias que corren en paralelo, juntas hasta el final con ciertas colisiones e interacciones entre sí. Todo sucede en una noche y en un edificio, un universo claustrofóbico, que termina expulsando a los insomnes justamente en el cierre. Todos ellos son personajes sin nombre, despersonalizados, rodeados solamente de soledad. En la página inicial que abre la primera secuencia, ninguno de los dos, él y ella, en realidad desean hablar pero uno está en el campo de visión del otro y viceversa. Nada más los une, pero, por haber coincidido en aquel lugar, hablan y ella comienza confesando, todavía con el útero sangrante, que por trescientos cuarenta euros dejó que le troceasen el brote, la yema. A él, sin embargo, le fascina esa animalidad del cuerpo sangrante -recuerda haber ahogado gatos bajo un grifo con su mano de verdugo-, pero allí, con los pies helados se abrazan y sellan la intimidad de los que mean juntos.
   Y a partir de aquí, una verdadera noche de tiburones y lobos. Un emigrante africano que llega sin papeles en un cayuco negro en el que muchos murieron. Él no sabe de fronteras, pero recibirá los aullidos de perros rabiosos del hombre y de la mujer blanca, hasta que los cuerpos se acercan y la verga del negro toca la pelvis de la mujer blanca. Un chica muy joven que huye de la prisión de su casa; se traga el asco del conductor que la recoge, porque tiene raja y los hombres danzan a su alrededor. Así estrena su condición de presa, aunque esta vez conseguirá escurrirse de las garras de la fiera. Pero ella tiene hendidura, principio, néctar que atrae a los hombres. Ella correrá, correrá maldiciendo el sexo que enerva a los machos.
   La parte central y más larga de esta noche de lobos y presas es una escena de sexo animal ejecutado por el hombre y la mujer maduros de las primeras páginas. Él había sido atraído por una rubia relamida, pero prefiere la animalidad. Ambos reconocen la ronca erosión de lo que fueron sus cuerpos y entre ellos solo brilla el deseo y la animalidad. Ella, con la vagina sangrante, quiere que la violente, quiere ser castigada. Y el hombre penetra, pica y perfora con su tubo.
   Mas, incluso en la sordidez, hay un pequeño espacio para la solidaridad de los vencidos, de los parias. Es el contrapunto que ponen el africano y la muchacha menor de edad. El africano guarda a esta niña que trajo la carretera. Ellos, los excluidos de la tierra, convergen en la noche, se encajan el uno en el otro y se abrazan; aunque el emigrante sin papeles, desde su miedo, replegado hacia adentro, presenciará cómo la muchacha será agarrada por un garra de huesos amarillos, la del seboso viajante que la caza en la noche con las manos del odio, hasta que encuentra la supurante rendija que lo consume. La chica se siente comida, devorada desde el centro, hasta que una botella rota consumará la venganza, tan terrible como merecida.
   En el inicio de este comentario figura un rótulo insuficiente: “Narrativa del desgarro”, porque el libro de Xina Vega va mucho más allá de los desgarros corporales y anímicos. Xina Vega narra lo siniestro de la cotidianidad, el lado más repulsivo de la realidad, carente de cualquier atisbo de amabilidad. Texto extremo, salvaje, subversivo; corta y rasga como esa cuchilla de afeitar sobre fondo negro que Javier Jiménez Lozano creó para la portada. Un  relato que se solaza en el dolor y en la animalidad, en el sexo subyugado por hormonas o por el imperio y el hábito del dominio. Sí, porque las prosas de Nadie duerme, en esos animales que cabalgan, en su sexo visto como lucha feroz, presenciamos las elementales relaciones de dominio del rebelde de los bosques y el mutante de la sabana, la clase dominante de machos transformada en la clase dominante de hombres. Lo que fue en los orígenes del homo sapiens sapiens permanece inalterable. Los hombres convierten a las mujeres en menores desde el punto de vista político, económico, cultural y también sexual.
   Un libro úbrico, con estados de excitación, de paroxismo, de desorden extremo, de violencia acumulada y no reprimida. De exceso y consumación que, como han puesto de manifiesto Georges Bataille y Roger Caillois, merecen un lugar destacado en la ciencia del hombre, porque el carácter sísmico del goce humano conduce a la ubris, a la desmesura, al sexo como desgarro, como herida, como lucha feroz; sin belleza ni fealdad.
Y no obstante la dureza de estas páginas, no cabe hablar de masoquismo literario, porque las historias se hallan extraordinariamente bien tejidas y relatadas como una prosa primorosa. Cada nimio detalle tiene su razón de ser entre el rechazo y la angustia.  No es, sin embargo, un texto apto para mojigatos, pero sí un plato exquisito para esa especie de lectores capaces de mirar lo que potencialmente nos puede incomodar.
   También la técnica literaria, el modo narrativo es muy diferente de  lo habitual. Quizás muchas y buenas dosis de minimalismo: un texto con múltiples elipsis, no impuestas por ningún Gordon Lish censurador, sino por la acuidad de la escritora que sabe que lo que es suficiente con ser sugerido atrapa mucho más que lo explícito y manifiesto. Una muestra: el aborto de las primeras páginas nunca será verbalizado de forma expresa.
   ¿Realismo sucio? En la novela todo está caracterizado por la concisión y la sobriedad. Las descripciones solamente actúan a modo de pausas entre secuencias, y cuando algunas se cuelan entre los textos sangrantes y carentes de amabilidad, no son de paisajes hermosos, sino de parajes desolados:”En la planicie solo se vislumbra el aislado claror de las piedras, pequeños esqueletos de pájaros, neumáticos viejos” (página 53). Lo que sí hace la autora es  metamorfosear  sin cortapisas (“las rojas uvas de los testículos”, valga de muestra). Los diálogos están prácticamente ausentes y este teatro de horrores solamente podría ser transmitido por una narrador heterodigético. Y si el realismo sucio pretende representar fielmente la realidad, sin llevar  acabo idealizaciones, Xina Vega está en esa onda; ahuyenta el romanticismo, no huye de lo repulsivo, retrata lo siniestro de la cotidianidad, el horror de la realidad que nos rodea, esa montaña de basura que quizás sea de lo poco que una generación lega a la siguiente. Sin eufemismo, con el sexo visto como una lucha feroz, con palabras que no lo enmascaran porque, en el fondo “joder (es como cagar, como comer” (página 58). Así explora la autora los límites del lenguaje ante inquietantes experiencias de dolor y placer animal. Esa animalidad que obliga a hombres y mujeres a afrontar el lado salvaje y violento de sus deseos y que es simultáneamente utopía y distopia”, como escribe una joven narradora latinoamerica, cuya escritura tiene un aire de familia con la de Xina Vega.

Francisco Martínez Bouzas

Xina Vega


Fragmentos

“Allí, en medio de ninguna parte, con los pies helados en la tierra rota, se abrazan y piensan en lo poco que comprenden, en la angustia y el deseo. Y, acompasados, deciden sellar una especial intimidad meando juntos sobre las podridas cañas del rastrojo. Hombres y mujeres convertidos en cuerpos indistintos, en vejigas que supuran, vasos comunicantes que conforman un río de alcohol turbio y amarillo.
Al acuclillarse, ella piensa en todo lo que huye por el reguero y cree divisar el cuerpo viscoso del no nacido, el brote cercenado nadando en la espuma del detrito.”

…..

“La muñeca de plástico abre las piernas, deja practicable el orificio, el dildo mecánico vibra y rota, va derecho al objetivo, cava. No hay aquí belleza, tampoco fealdad. En la gélida noche de enero dos cuerpos se enlazan, encajan como piezas en serie en la cadena del deseo humano. Carne sobre carne . No hay calor, tampoco mentira. Solo la fricción localizada en el sexo. Ella cierra los ojos, bloquea la nariz, no quiere que nada le recuerde que e cima de ella  jadea u hombre. Ni la acidez de su aliento ni las gotas de sudor que resbalan por unas mejillas carnosas y enrojecidas ni la rozadura áspera del vello ni la blanda curvatura del abdomen, no, no quiere ver al otro, al exacto animal que la cabalga, al deforme sustituto de sus ansia, nada le interesa excepto su verga.”

…..

“De pronto siente sobre la carne una garra de huesos amarillos. Alerta, alerta, no es sueño la vida. A quien le duele su dolor le dolería sin descanso. Ahí está el seboso viajante de comercio, el violador frustrado que quiere consumar lo que antes había iniciado. El cazador en la noche abre con la mano del odio, con la mano del amor los muslos de la muchacha y busca lo que le falta, la supurante rendija que lo persigue. Quiere hurgar ahí, apuntar con su pequeño palo y disparar, inundarla con su baba blanca, con su fétida orina, excretar en ella el corazón roto, marcar el territorio. ¿Dónde si no tendría él que mear para que lo viesen? ¿Dónde si no para que lo quieran?”

…..

“Con el terror en los ojos, ella comienza a ser comida, devorada desde el centro, succionada hacia los turbios intestinos del cazador. Su grito se pierde en la llanura y convoca a un remolino de aullidos, el lloro inhumano de la multitud presa e la tela de araña de la noche (…) Las manos crispadas aferran la botella vacía que se ofrece. Reluce el vidrio que se rompe contra la piedra. Armada, imagina la mordedura, el río de sangre, el bosque de pez, imagina ese tosco tubo, esa masa nervada, las rojas uvas de los testículos, imagina esa serpiente vomitadora de pasta blanca separada del hombre, deshecha, un muñó de carne, algo que no vale, carne rota. El hombre cabalga, empuja sus riñones hacia delante, cava en el terrón, arranca uno a uo los dientes de la vagina y tira de los cabellos y le dobla el cuello a la pequeña puta miserable, quiere que le guste, quiere que ella goce como él goza, esa es la verdadera medida de su poder de hombre, el jefe de la manada, el lobo que devora. Está próximo ya el relámpago del orgasmo, el blanco en los ojos, la cabeza ansiando la antigua conexión celeste. Y es cuando nace el aullido, infinita travesía en campos solos, cuando ella consigue liberarse. El casco partido impacta sobre la verga. La fuente se derrama por la base, una lluvia de sangre car sobre los muslos de la joven mezclada con la leche blanca de la vida.”

(Xina Vega, Nadie duerme,  páginas 12-13, 59, 79-80, 80-81)