lunes, 21 de abril de 2014

EL FERROCARRILERO Y SU TREN-MUJER



Métase mi Prieta, entre el durmiente y el silbatazo

Elena Poniatowska

Editorial Trifolium, A Coruña, 2014, 54 páginas.



  (En homenaje a Elena Poniatowska que dentro de dos días recibirá el Premio Cervantes 2013)

                     
                       
                              

                                             

                                       

   Elena Poniatowska es un pájaro en la literatura mexicana. Así retrató Octavio Paz los cerca de cincuenta años de creación innovadora en la narrativa de Elena Poniatowska, que dieron comienzo con un libro de cuentos Lilus Kikus, y en los que la mujer que nació princesa polaca, condición a la que renunciaría, presta su voz y sus fantásticas imposturas a los sin voz de su país y de otras partes del mundo. La más reciente, a Leonora Carrington en su novela Leonora (2011). Antes lo había hecho con la lavandera, heroína veterana de la Revolución mexicana, Josefina Bórquez, en la ficción Jesusa Palancares de Hasta no verte Jesús mío (1969), o a aquellas mujeres con las que se conduele como la fotógrafa Tina Modoti en la investigación novelada Tinísima (1992) o como a Angelina Beloff de Querido Diego. Te abraza Quiela (1978), un relato de amor intransitivo.

   La mano maestra de Elena Poniatowska ha escrito además algunos cuentos antológicos de la narrativa en español. Uno de ellos es este Métase mi Prieta, entre el duermiente y el silbatazo, que por estas fechas edita la coruñesa Editorial Trifolium, un homenaje de primavera a la mujer que dentro de dos días recibirá el Premio Cervantes.

   El cuento desarrolla su trama narrativa en el micromundo de los ferroviarios o ferrocarrileros, para ser fieles a los mexicanismos que emplea la autora, de México D.F., en la época del tránsito de la máquina de vapor a la de diesel. En este mundo sitúa E. Poniatowska a su protagonista, el ferrocarrilero Pancho, cuya cultura e identidad están fuertemente unidas al grasiento y ruidoso ambiente de las máquinas de vapor. Pero carece de toda posibilidad, pese a la solidariedad entre los trabajadores, para controlar sus condiciones laborales. Y también sus condiciones de vida, lo que acontece cuando la máquina de vapor es substituida por la de diesel. Pancho ya no podrá tratar a su nueva máquina como a su amante Teresa. La relación con ambas era similar: a la dos acariciaba, lubrificaba, domesticaba, de las dos captaba sus olores y gemidos. Las dos se dejaban hacer. La locomotora es su amor despierto. Teresa le recibe con sus ojos fijos de vaca buena que “desplazaba lentamente su gran pasividad de la cocina a la recámara” (página 9). Mas la maquina diesel no lubrifica como la Prieta; ella se mantiene sola. Y Pancho comienza a mirarla con desazón: ya no sentirá el mismo deseo que sentía cuando montaba  a Teresa, cuando con la Prieta corría en medio del silencio. Y, en un último acto de rebeldía y amor, con la Prieta se perderá en paisajes desconocidos que se adentran en la sierra para dar pábulo a rumores que hablan de una máquina loca que hace corridos fantasmas.

   Es verdad que se puede hacer, y así se han hecho, lecturas de este relato desde una perspectiva genérica y en el contexto de una cultura fálica, que se hace presente ya en el primer párrafo: “El tubo de la luz perfora la noche y la locomotora se abre paso entre muros de árboles, paredes tupidas de vegetación inextricable” (página 7). Una metáfora que se presta a una lectura sexual en el tejido cultural de los ferrocarrileros que tratan a sus máquinas de vapor como si fueran mujeres. Una relación -fundamento de su identidad- que se pierde con la irrupción de los nuevos trenes, que como Teresa y la Prieta, ya no se dejan hacer. Según esta lectura, Poniatowska quiere indicar que Pancho es el representante de un sistema de  un “género exhausto”, un hombre definido por la tradición machista, que es incapaz de reinventarse con la llegada de la modernidad. Y con la pérdida de la amante sumisa y de la máquina de vapor, pierde así mismo las bases de su identidad.

   Aceptando no obstante las connotaciones machistas -para Pancho Teresa nunca existió como persona, sino solamente como objeto de su apetito sexual- caben otras traducciones del relato de Poniatowska: como una historia de solidariedad entre los viejos ferrocarrileros. Y de amor a los viejos trenes. Estos viejos ferrocarrileros  descubren al mismo tiempo a la mujer y al riel y cómo la máquina se hace a uno, igual que Teresa, la amante a la que también le complacía que el fuera acariciándola, suavizándola.

   Elena Poniatowska recupera en este cuento la voz y el indeleble apego de un curtido ferrocarrilero, seducido  por su Prieta, la máquina de vapor a la que viste  con su ajuar de novia, como si fuera su primera noche. La escritora mexicana  reviste a su vez  su cuento con un ajuar lingüístico de primera calidad: lengua fuerte, incontenible, a veces arrebatada -inmensa su fuerza verbal-, que conjuga a la perfección el castellano y los mexicanismos, así como el usos frecuente de potentes imágenes poéticas, penetradas con frecuencia de humor, que hacen de la lectura de este cuento un deleite también para los sentidos.


Francisco Martínez Bouzas



  
Elena Poniatowska

Fragmentos



“Lo más bonito de Teresa, además de su gordura, era su prudencia; mejor dicho, su absoluta incapacidad para la intriga o la malevolencia. Él regresaba echando pestes contra el jefe de patio general; que se iban a unir todos para sacar al desgraciado, que por algo había un sindicato, que…y Teresa y sus ojos fijos de vaca buena, respondía con voz tranquila:

-Pues a ver.

Nunca un juicio, nunca una palabra de más. Desplazaba lentamente su gran pasividad de la cocina a la recámara, a la azotechuela, y parecía abarcarlo todo. Nada le hacía mella, nada alteraba su humor parejo y, sin embargo, cómo le gustaba a Pancho que Teresa se sentara encima de él a la hora del amor; él de espaldas en la cama y ella en cuclillas, montada en su pecho, sus piernas acinturándolo; tan enorme que Pancho no alcanzaba a verle el rostro, asfixiado como estaba por su vientre, sus muslos fortísimos, pero qué dulces, qué reconfortante asfixia.”



…..



“De Apizaco a Huauchinango y también entre las poblaciones que se adentran en la sierra, por el rumbo de Teziutlán se esparce el rumor de una máquina loca que hace corridas fantasmas y en la noche se escucha cómo el maquinista abre válvulas de vapor y la montaña resuena entonces con un lamento largo, como el grito de un animal herido, un grito hondo y dolido que parte la sierra de Puebla en dos. Nadie la ha visto (aunque todos los hombres del mundo se han ido un poco con el tren que pasa), pero una vez, un despachador que se iniciaba en una estación perdida de Huastca, de ésas donde no cae un alma viviente y en las que suelen mandar a entrenarse, en medio de los abismos oscuros,  a los nuevos para que se despabilen, envió un telegrama que leyeron en Buenavista: «Métase mi Prieta, entre el duermiente y el silbatazo». El Gringo que andaba en la chancla de la estación se enteró y fue el único en sonreír. Pero como ya no le gustaba platicar no dio explicación alguna. Tampoco la dio Alejandro Díaz, empleado de confianza.”



(Elena Poniatowka, Métase mi prieta entre el durmiente y el silvatazo, páginas 9-10, 53-54)

sábado, 19 de abril de 2014

LA SEGUNDA VIDA DE VIOLA WITHER




La segunda vida de Viola Wither
Stella Gibbons
Traducción de Laura Naranjo y Carmen Torres García
Editorial Impedimenta, Madrid, 2013, 453 páginas.

   Stella Gibbons (1902-1982) es una notable y prolífica narradora inglesa -es autora de veinticinco piezas narrativas- aunque es conocida sobre todo por la novela La hija de Robert Post (1932), que alcanzó gran éxito de ventas, el aval de algún prestigioso premio literario y está considerada como una de las novelas cómicas más singulares y perfectas de la narrativa inglesa del siglo XX. Hace unos meses, y para conmemorar la edición del título número cien, Impedimenta edita en español Nightingale Wood, traducido con el título, no demasiado fiel con el original, La segunda vida Viola Wither.
   La novela se mueve de nuevo en los terrenos de la comedia. Comedia ingeniosa, aguda, como suele ser la que cosecha la narrativa inglesa, especialmente la de la época victoriana y su inmediata heredera. Comedia además con mucha vida social en la que nacen, casi por generación espontánea, multitud de enredos que tienen casi siempre que ver con historias de amor. Y todo ello sin que acontezcan grandes cosas.
   La segunda vida de Viola Wither vio la luz en 1938 y en una escueta sinopsis que no revelará la esencia de la trama argumental, cabe decir que Stella Gibbons nos presenta como protagonista, o mejor dicho como coprotagonista, a Viola, una joven hermosa y sencilla, una vulgar dependienta, cuyo padre muere dejándole como herencia treinta libras. Viola comete el error de casarse con un hombre, un “joven” rollizo que superaba la cuarentena, perteneciente a la alta burguesía rural inglesa, propietaria de una imponente y anticuada mansión familiar, “The Eagles”. Su vida matrimonial no le proporciona ningún tipo de felicidad porque Viola no está realmente enamorada de su marido. Poco después, éste también fallece  dejándola en la miseria y ella se ve empujada a vivir en la mansión de los Wither, que a pesar de ser una acomodada familia burguesa, viven en un entorno opresivo y aburrido: marido y padre controlador de todas las inversiones de los miembros de la familia; esposa y madre, sumisa y conservadora. Con ellos conviven dos hijas solteras: Madge que concentra su afecto en un perro como substituto del novio militar que la abandonó, y Tina que proyecta sus deseos y energías  en conquistar al atractivo chofer que acaba de contratar el señor Wither. Mas todo comienza  a cambiar cuando aparece en escena un personaje masculino: el joven, apuesto y rico Victor Spring, por el que aspiran todas las casaderas del lugar a pesar de su profundo machismo, y del que Viola se enamora.
   El largo relato da comienzo “in media res”, con la llegada de Viola a la mansión de los Wither, después de haber quedado viuda, donde es recibida con indiferencia. Solamente al final de la novela, cuando Viola y Victor Spring están contrayendo matrimonio, la autora nos desvela por dónde discurrirá, de forma insospechada, el futuro de todos los personajes.
   La segunda vida de Viola Wither es una novela concebida y escrita con inteligencia; una escritura clásica que nos recuerda, aunque sea desde la distancia, a Jane Austen a quien admiraba Stella Gibbons. Portadora de una profunda carga irónica, en este caso contra la burguesía rural, anclada todavía en la época victoriana: gran importancia del qué dirán, rechazo de matrimonios interclasistas…La autora consigue sobre todo destapar la situación de la mujer en los años treinta del siglo pasado. Y nos muestra así mismo con lucidez un buen retrato de la época, a la vez que teje una intriga romántica y moldea con agudeza el retrato psicológico de los personajes, especialmente el snobismo de alguno de ellos.
  La novela es además un perfecto muestrario de mundos femeninos insatisfechos, independientemente la situación social, económica o sentimental de las mujeres encerradas en esos mundos. Mujeres que sobre todo anhelan conocer el amor. Otro punto fuerte que en la novela mueve muchos hilos, es el poder del dinero que discrimina de forma radical a la alta burguesía rural acomodada de la clase trabajadora.
   Trama entretenida, bien escrita en la que, a pesar de que no se nos brindan grandes acontecimientos y de que el ritmo, sobre todo al principio, es lento, los lectores amantes de la narrativa pausada y del fino humor inglés no dejarán de hallar deleite.

Francisco Martínez Bouzas



Stella Gibbons

Fragmentos

“la verdad era que los pasatiempos de Phyllis y su pandilla resultaban demasiado femeninos para el gusto de Victor. Él habría disfrutado mas la vida social de hacía cincuenta años, cuando los dos sexos gozaban de sus placeres e intereses por separado. De vez en cuando le encantaba pasar una noche de chicos, salvaje o aburrida, y darle vueltas y vueltas al periódico de ese modo narcótico tan propio de los hombres, pensando ensimismado en las noticias sin discutirlas con nadie. O ver los partidos de futbol y de tenis y conducir solo.
Yse guardaba para sí lo que pensaba de las mujeres, que solo compartía con su madre, pues ambos tenían el mismo punto de vista.
Su opinión era estúpida, retrógrada y ultramasculina. Nunca abandonaba la idea (aunque, por supuesto debía disimular delante de Phyllis y de sus amigas) de que a las mujeres había que mantenerlas ocupadas con algún entretenimiento puramente femenino como coser, arreglar flores o cuidar niños hasta que un hombre requiera su atención. Las mujeres que sobrevolaban océanos, ganaban carreras de coches, escribían novelas brillantes o dirigían grandes negocios no le despertaban ni un ápice de admiración (aunque esto también tenía que disimularlo).”

…..

“La cara del señor Wither era una máscara petrificada de horror e incredulidad. Tenía la piel parcheada de gris y púrpura. Intentó decir algo en dos ocasiones, pero luego se sentó, temblando, sacudiendo la cabeza aturdido como un perro viejo al que hubieran apaleado.
-¿Cuánto tiempo lleva pasando esto?  -casi susurró al fin.
-Seis meses. Me enamoré de él en cuanto llegó. Es muy guapo y en esta casa…-la voz de Tina era dura y calmada, pero qué exquisito alivio se obtenía de dejar salir esas dulces palabras de sus labios; ¡la verdad, la pura verdad, tan desnuda como Venus!-. Ninguno de nosotros es guapo y la vida que llevamos tampoco es bonita. Él es como el Dios de la Primavera. Ninguna mujer puede resistirse a eso, compréndelo, padre. Sobre todo una mujer de mi edad que lleva años hambrienta de sexo…
- ¡Por Dios, Tina, no tienes por qué ser desagradable! -le cortó Madge.
-…y como me he estado preparando para enfrentarme a la verdad de un modo que ninguno de vosotros podría siquiera imaginar, lo planeé todo y decidí que era mejor arriesgarse a tener un hijo…”.

(Stella Gibbóns, la segunda vida de Viola Wither, páginas 295, 307)
 

lunes, 14 de abril de 2014

DANIELSTOWN Y EL ECO LEJANO DE LA GUERRA ANGLO IRLANDESA



El último septiembre
Elizabeth Bowen
Traducción de María Belmonte
Acantilado, Barcelona, 2013, 325 páginas.

   Elizabeth Bowen (1899-1973) fue una destacada narradora y ensayista anglo irlandesa. Sus seguidores y partidarios la consideran de hecho como la Virginia Woolf irlandesa. Aunque menos famosa y menos conocida que Virginia Woolf o Henry James, es considerada como un miembro colateral del Círculo de Bloomsbury. Nació en Irlanda pero avatares familiares (los problemas mentales que padecía su padre) provocaron el traslado de la familia a Hythe (Londres), donde logró relacionarse con los miembros del Círculo de Bloomsbury. Fue precisamente la Editorial Hogart Press, creada por Virginia Woolf y su esposo Leonard, la que le abrió las puertas de la edición, y en ella, en efecto, publicó su primer libro Encounters (1923).
   Sin embargo, su primera novela fue The Hotel (1927). The Last September fue la segunda y lo que en ella narra -los vaivenes en el mundo de la nobleza anglo irlandesa en una Irlanda amenazada por los rebeldes independentistas y ocupada por las tropas británicas- tiene lugar en 1920, cuando la escritora apenas había cumplido veinte años. Elizabeth Bowen recuperó  buena parte de esas vivencias -experiencias de su propia adolescencia y juventud y de la vida real en el Condado de Cork, en la  mansión llamada  Danielstown- tamizadas no obstante por la ficción.
   La trama de la novela centra su acción en la época de los “Disturbios”, es decir, en la guerra de guerrillas entre los independentistas irlandeses, las tropas británicas acuarteladas en la Isla y los Black and Tans. Emboscadas, detenciones, incendios, represalias y contrarrepresalias mantuvieron al país en permanente agitación. En general la postura de las familias anglo irlandesas, terratenientes protestantes como los Naylor, propietarios de la mansión de Danielstown, era muy ambigua: una contradictoria lealtad a Inglaterra, país al que debían sus tierras y su poder y un sentimiento de empatía por la sangre irlandesa que corría por sus venas.
   En Danielstown los ecos del conflicto parecen lejanos. Nada da la impresión de alterar el ritmo de vida de los Naylor y sus invitados, a no ser el comportamiento de la joven Lois, sobrina de los Naylor, personaje que sin ser Elizabeth Bowen, proviene de ella, y que medio a ciegas camina hacia la vida adulta y experimenta la irrupción del amor. Pero avanza el mes de septiembre y las evidencias de alarma y peligro se multiplican, y tanto los propietarios de la mansión como sus invitados no pueden seguir de espaldas a la realidad. Se acabaron las fiestas y los torbellinos independentistas son imparables.
   El último septiembre es sobre todo una historia pausada, morosa, en la que la ambientación de la trama, las descripciones y la vida interior de los personajes tienen un gran peso. Fuera, en el exterior, apenas acontece nada, motivo por el que esta novela es apta sobre todo para aquellos paladares exquisitos que gozan con la descripción del mundo en ella contenido, con el clima interior, con la intención evocadora. Es la propia autora quien recuerda en el Postfacio  (página 321) que lo que busca en la novela es el “entonces”, el pasado, el estado de ánimo de sus personajes, así como sus acciones, transmisoras del resplandor de un tiempo determinado. Mas con la intención que espera transferir al lector, de que “todo se acabó” y empieza nuestra historia (En 1928, tiempo de la escritura, la paz había llegado a Irlanda).
   Escritura, por otro lado, dominada por el escenario y las épocas. Así, por ejemplo, la mansión Danielstown no es solo una presencia espacial. Desempeña su propio papel, es el verdadero protagonista, dotado de vida propia, a la manera de Faulkner en sus solitarias mansiones que cobijan el yugo del linaje y el peso de la tradición.
   En la composición narrativa, la autora acude de nuevo a un recurso que ya había utilizado en The Hotel: reunir a sus protagonistas, mujeres y hombres, bajo el mismo techo y mantenerlos allí, ya fuera por azar o por elección, durante el tiempo del desarrollo de la historia, que Elizabeth Bowen teje con una prosa extremadamente refinada, de elevados quilates, con la que logra transmitirnos, no solo el amor de una muchacha irlandesa y un joven suboficial británico, así como la presencia del ejército ocupante que precipita los hechos, sino también la melancólica fuga de un “entonces”, ya pretérito y remoto que deja paso a un nuevo y distinto amanecer.

Francisco Martínez Bouzas

  
Elizabeth Bowen

Fragmentos

“En aquellos días las chicas llevaban faldas blancas almidonadas y blusas transparentes adornadas con flores también blancas; sobre los hombros, se dejaban caer unas cintas, enjaretadas para que hicieran bonito. Con este aspecto fresco y pimpante permanecía Lois en lo alto de la escalinata; era muy consciente de la frescura que, como el resto de las chicas de su edad, emanaba, y, con los brazos firmemente  cruzados a la espalda, hacía todo lo posible por disimular su turbación. Los perros salieron correteando del vestíbulo y se colocaron a su lado; detrás, la enorme fachada de la casa lanzaba una fría mirada a los prados de la finca. A Lois le hubiera gustado congelar el momento y conservarlo para siempre. Pero, mientras el coche se aproximaba y frenaba, se inclinó para acariciar a uno de los perros.”

…..


“Hugo, que se debatía entre encontrarla sutil o muy estúpida, y Lois, concentrada en su melodrama, regresaron a paso vivo. Al sur, los árboles de la heredad Danielstown dibujaban un cuadro oscuro y regular, semejante a una alfombra colocada sobre los verdes prados. En su centro, como una aguja caída, el tejado gris en el que se reflejaba el cielo centelleaba ligeramente. Desde allá arriba, Lois tenía la impresión de que vivían en un bosque: el espacio ocupado por el prado desaparecido, absorbido por la densa penumbra de los árboles. Le extrañó que no se ahogaran; le extrañó más todavía que no tuvieran miedo. También desde aquí su aislamiento era evidente. La casa parecía achicarse por el miedo, disimulando su rostro, como si viera con los ojos de Lois dónde se encontraba. Se hubiera dicho que reunía a sus árboles a su vera por miedo o asombro ante la extensión de este país luminoso, entrañable, incapaz de amar, ese seno recalcitrante sobre el que estaba situada.”

…..

“Porque en febrero, antes de que esas hojas no fueran siquiera brotes, durante esa misma noche tuvo lugar la muerte -la muerte o más bien la ejecución- de las tres mansiones, Danielstown, Castle Trent y Mount Isabel. Un espantoso rojo devoró la salvaje oscuridad primaveral; en realidad, se hubiera dicho que un día de más, inesperado, moría antes de haber nacido para permitir que se produjeran esos acontecimientos. Mirando de este  a oeste el cielo agrandado por los resplandores escarlatas, se habría dicho que el propio país estaba  en llamas; aunque al norte la línea de montañas que se elevaba ante  Mount Isabel destacaba con una nitidez terrorífica (…) En Danielstown, a mitad de camino de la alameda bordeada de hayas, la endeble verja de hierro chirrió (tras perder el cerrojo seguía balanceándose, horrorizada) mientras el último coche se alejaba silenciosamente, con todas las luces apagadas, llevándose a los verdugos, indiferentes ante el deber cumplido.”

(Elizabeth  Bowen, El último septiembre, páginas 7-8, 99-10, 317)

viernes, 11 de abril de 2014

AMÉLIE NOTHOMB REESCRIBE LA FÁBULA BARBA AZUL



Barba Azul

Amélie Nothomb

Traducción de Sergi Pàmies

Editorial Anagrama, Barcelona, 2014,  138 páginas.



   Es una verdadera grafómana, una maniática de la escritura ya que -son sus propias palabras- si no escribe se vuelve peligrosa. Por eso escribe cuatro libros al año aunque solo publique uno. Su legado literario lo componen por el momento setenta y siete manuscritos, quince relatos y veintidós novelas publicadas. Es Amélie Nothomb, la “sale gosse”, la niña mala de la literatura francesa, que escribe a mano todos los días, antes del lucero del alba, desde las cuatro de la madrugada. Se reveló en 1992 como un prodigio precoz al vender 350.000 ejemplares de Hygiène del’assasin, una novela que dio lugar a dos versiones teatrales y a otra cinematográfica. Años más tarde, con Stupeur e tremblements (1999), la escritora que tiene siempre a Japón como país de referencia, conquistó definitivamente al público. Cientos de miles de ejemplares editados y vendidos y el galardón  “Gran Prix du Roman” de la Academia francesa. Autora de obras breves y a la vez refinadas, en la actualidad Amélie Nothomb es uno de los fenómenos literarios europeos más interesantes: sabe conectar con insólita complicidad con las inquietudes e interrogantes de nuestro tiempo y las traduce y modela en ficciones breves pero contundentes, tan alejadas de lo frívolo como de lo grandilocuente, de la candidez como del academicismo.

   Las fabulaciones de Amélie Nothomb, organizadas como un juego, giran alrededor de dos ejes referenciales. Por un lado, aquellos textos que pueden ser considerados como ficciones puras; y por otro las novelas que cumplen con el requisito que Lejeune incluyó en el concepto de “pacto autobiográfico”: un tratamiento de ciertas temáticas vivenciales que hacen que el lector piense que se encuentra ante recreaciones retrospectivas que una persona hace de su propia existencia. Y aunque en los personajes de Barba Azul, tanto en el femenino como en el masculino, puede existir una proyección de Amélie Nothomb, la nueva novela pertenece claramente a las ficciones puras.

   En Barba Azul la autora belga escribe su propia versión del cuento fetiche de su infancia, el Barba Azul (1697) de Charles Perrault y lo hace cuando, pasados los años, descubre que en el,  a primera vista, inocente cuento de hadas hay grandes dosis ocultas de misoginia. El Barba Azul de Perrault es un monstruo y el autor no ofrece ninguna explicación de sus asesinatos de mujeres, ni siquiera del de la primera. Y al lado de este monstruo grotesco, sitúa mujeres que rivalizan en estupidez y todas ellas caen en la misma trampa. Por eso Amélie Nothomb reescribe este lóbrego cuento de hadas: su Barza Azul, en cuanto poseedor de un secreto, es atractivo, seductor y, frente  a él, una mujer inteligente, segura de sí misma, capaz de defenderse. Será ella la que mueva las cartas de la historia.

   En la reescritura del cuento clásico en la nueva y provocativa ficción de Amélie Nothomb, la heroína es Saturnine Puissant, una joven belga que nada tiene de frágil,  es dura de pelar, poderosa como sugiere su apellido, y será ella la que teja los hilos de la trama. Además la autora no delinea un ogro vulgar, inspirándose, como hizo Perrault en la figura de Enrique VIII. Al contrario, es un refinado y seductor aristócrata español, Elemirio Nibal y Mílcar. La autora confiesa que se inspiró en el Gran Duque de Alba (Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel), tan odiado por los belgas por su crueldad, pero que, por ser español, podría llevar hasta el final sus pasiones. El nuevo ogro invierte su tiempo en ser español y en las lecturas de Baltasar Gracián, las Actas de la Inquisición y los escritos sobre alquimia de Ramón Llull.

   Amélie. Nothomb traslada la trama novelesca a territorio parisino. El aristócrata español alquila a la joven belga una habitación de su palacete, en el que hay, como en la versión clásica, un cuarto oscuro cuya entrada está vedada. Saturnine sabe que las ocho mujeres, anteriores inquilinas, desaparecieron sin dejar rastro. Pero el lujo, el arte culinaria del nuevo Barba Azul y el champán pueden más que los presentimientos temerosos. En régimen de coinquilinato y de la mano de inteligentes diálogos y disquisiciones entre el ogro de nuestros días y su previsible víctima, regadas con champán y delicias culinarias, se van descubriendo el uno al otro. La sinceridad del aristócrata acaba por convencer a Saturnine de que aquel es el lugar apropiado para reivindicar su propia independencia sentimental. Por eso mismo está decidida a afrontar todos los retos. Y de este modo, entre exquisitas cenas de pareja, conversaciones prolongadas que giran sobre lo divino y lo humano, pero especialmente sobre el amor, el pretendiente neurótico y depresivo se convierte en objeto de amor para la joven belga.

   La novela se estructura a base de diálogos brillantes entre dos potentes fuerzas opuestas y termina convirtiéndose en una fantasía siniestra, con un crescendo de sensaciones escalofriantes y un final inesperado: el de la Caperucita lista jugando al ajedrez con el lobo feroz, transformado en verdadera víctima. Reescritura nothombiana pues del cuento de Perrault con un tema de fondo, verdadero substrato de la novela más allá de la trama argumental: una meditación, incrustada entre inteligentes diálogos sobre el engaño, la mezquindad ratera  de las relaciones amorosas. Obra de madurez, depurada en su escritura, con diálogos brillantes (A. Nothomb construye sus novelas como si de piezas teatrales se tratase) cargados de acentos filosóficos, escasez de prosa de la autora, con dosis de humor y horror en equilibradas proporciones.



Francisco Martínez Bouzas





 
Amélie Nothomb

Fragmentos



“Finalmente le acompañó hasta la puerta pintada de negro.

-Ésta es la entrada al cuarto oscuro, en el que revelo mis fotografías. No está cerrado con llave, cuestión de confianza. Doy por sentado que entrar aquí está prohibido. Si usted decide entrar, lo sabré, y lo pagará caro.

Saturnine no dijo nada.

-Por lo demás, puede ir a donde se le antoje. ¿Alguna pregunta?

-¿Tengo que firmar un contrato?

-Despachará este asunto con mi secretario, el excelente Hilarión Grivelan.”



…..



“El hombre dejó su cuchara y, con toda la solemnidad posible, declaró:

-Señorita, la amo.

-¿Tan pronto? ¿Y por tan poco?

- Le ruego que no estropee con palabras poco consideradas la excelente impresión que acaba de causarme. El oro es la sustancia de Dios. Ninguna nación en el mundo tiene tanto sentido del oro como España. Comprender el oro es comprender España y, por consiguiente, comprenderme  a mí. La amo, es así.

-Está bien. Yo no le amo a usted.

-Todo se andará.

-Saturnine probó la crema de yema

-Delicioso –dijo

Don Elemirio esperó a que terminara y luego exclamó:

-¡Aún la amo más!

-¿Qué ha ocurrido?

- Es usted la primera que no añade que resulta asqueroso demasiado dulce. No es usted una debilucha.

La joven se esforzó en no decir nada más, por miedo a reforzar una pasión que no entendía en absoluto. Para librarse de la mirada ardiente y, en adelante, fija del español, pretextó cansancio para restirarse a sus aposentos.”



…..





“Ahora entiendo por qué no quería escuchar sus confesiones. ¡Disfruta tanto con ellas! ¿Cómo las mató?

-Existe un mecanismo en el cuarto oscuro que, antes de entrar hay que bloquear. Si no se bloquea, la puerta se cierra y activa un comprensor que disminuye la temperatura hasta cinco grados bajo cero.

-Murieron de frío! Es usted de una crueldad abominable.

-El asesinato no es un acto amable. Lo siento. La hipotermia  no estropea el cuerpo.

-¡Qué narcisismo! ¿Castigar con la muerte el hecho de haber visto sus fotos!

-Me parece mucho más narcisista enseñar sus fotos

-¿Se da cuenta del suplicio que infligió a aquellas de las que supuestamente estaba enamorado? ¿Qué puede ser peor que morir de frío?

-Esas mujeres también decían que amaban. ¿Acaso se viola el secreto de alguien a quien amas? ¡Ni siquiera cuando no le amas! ¿Acaso el secreto no merece respeto?”



(Amélie Nothomb, Barba Azul, páginas 14, 29-30, 106-107)

martes, 8 de abril de 2014

EL HOMBRE BICOLOR EN LA CIUDAD FANTASMA



El hombre bicolor
Javier Tomeo
Editorial Anagrama, Barcelona, 2014, 113 páginas.

   Afirma Jorge Herralde, el editor de la mayoría de sus novelas, que Tomeo fue un escritor autodidacta, con una vocación irremediable y un mundo propio. Ese mundo propio lo hizo visible Javier Tomeo (1932-2013) a través de la concisión de una prosa cartesiana que hace que sus textos sean raros, difíciles, pero poseedores, pese a ese estilo austero y nítido, a su economía lingüística, de una luz interior capaz de penetrar en el alma de nuestro tiempo. Así se configura el territorio Tomeo, alta y señera literatura, poblada de situaciones y personajes asimétricos. Y esta novela no se sale de esas fronteras. Sea como fuere, El hombre bicolor, una novela con tintes kafkianos, excéntricos, expresionistas, puede ser leída como la síntesis de la producción narrativa de uno de los más originales creadores de la literatura española del pasado siglo, comparable en alguna de sus obras (Amado monstruo, por ejemplo) con el mismo Franz Kafka: gran potencia narrativa, historias alegóricas que parecen surgir de las profundidades de el Ello freudiano, como él mismo confesaba. Y aunque Javier Tomeo ha sido acusado de escribir “croquetas literarias”, libros de gusto similar, su fijación en lo patético, en lo absurdo, en lo monstruoso o en situaciones desoladoras y a la vez cómicas, nada tienen de sabores banales e insípidos. Surgen del inconsciente, de las pulsiones, de la propia experiencia vital del escritor y son además “un difícil ejercicio de amor” como admite el propio autor cuando habla de su pasión por el monstruo.
   Y en esta nouvelle,  El hombre bicolor, Javier Tomeo no se desdice de su macrotexto literario. De entrada, el protagonista es un hombre peculiar, asimétrico. Los ojos de distinto color: el derecho, azul celeste, el izquierdo, verde esmeralda. Es Hermógenes W. Inspector de Segunda Categoría del Cuerpo Especial de Recaudadores Comarcales de Burgundia, un país en crisis que podría ser cualquiera de los europeos que pasan por esos trances. En Burgundia hay demasiados estafadores de las arcas públicas, el principal el conde de Breeworst con fama de vampiro, mas sin excluir a mucha gente del pueblo llano que no cumple igualmente con las obligaciones tributarias.
   Una mañana de finales del siglo XIX llega a una pequeña ciudad, Baronburg con  el propósito de recaudar los impuestos no pagados y así ascender de categoría. Pero lo que halla es una ciudad silenciosa, chocantemente vacía. Da la impresión de que sus habitantes la han abandonado ante la amenaza de algo. Se instala en el hotel, pero allí nadie le atiende, llama al ayuntamiento solicitando información sobre lo que está ocurriendo y lo único que escucha es el eco de una voz machacona que dice: “Aquí no hay nadie” y cuelga acto seguido. El protagonista se siente desconcertado, pero recuerda los consejos de su tía Rosamunda y decide no perder la calma, no mostrar su estupor y su rabia. La única señal de vida en esta ciudad fantasma son dos perros que, sin dejarse ver, ladran  a lo lejos, en la obscuridad de la noche. Y sin entender lo que está pasando en esta ciudad espectral, el funcionario deja pasar los días, se desdobla, conversa y discute con su otro yo y se entretiene, ante la creciente desolación y amenaza latente, con pensamientos intranscendentes, con el temor de que se altere el orden del universo y la soledad se convierta en un azote inevitable.
   No son pocos los elementos de esta narración obsesiva que nos remiten a dos escritores de la importancia de Juan Rulfo y Franz Kafka. La ciudad desierta y desolada a la que llega el recaudador parece el lugar hermanado de Comala y en Hermógenes  W. vislumbramos una perfecta amalgama de varios personajes kafkianos. La novela admite así mismo una lectura en clave de nuestro tiempo, ajena a su aparente excentricidad. El lector puede efectuar una lectura alegórica de El hombre bicolor y percibir el relato de Javier Tomeo como un retrato de nuestro tiempo y sus indescifrables crisis. Baromburg puede ser cualquier ciudad europea; el conde representado como vampiro, la figura de tantos políticos que sobreviven con la sangre de sus mentiras tragadas por sus votantes.
   La novela transita toda ella por la senda de un largo monólogo del protagonista que se mantiene incluso cundo se desdobla en su otro yo y comparte diálogos con su otra mitad. Un estilo de prosa concisa y directa, cartesiana como ya he dicho, acompaña a este personaje a la vez tierno y estrafalario y le sirve al autor para reflejar el sinfín de situaciones surrealistas en la que se verá envuelto. Narrativa, como toda la de Javier Tomeo, que seduce o irrita, pero difícilmente nos deja indiferentes, porque también en esta su primera novela póstuma aparecen todas las filias y fobias de su narrativa.

Francisco Martínez Bouzas




Javier Tomeo

Fragmentos

“El tren atraviesa lentamente el páramo de Resondoff, cruza las ásperas montañas de Jeralpieva, avanza por la comarca pantanosa de Gaggoff -donde se crían las únicas ranas carnívoras del mundo- y se detiene con un resoplido en la pequeña ciudad gótica de Boronburg, en el extremo norte del reino de Burgundia, próspera en otros tiempos pero que hoy apenas cuenta con dos mil habitantes.
Antes de continuar, permítanme ustedes que me presente. Me llamo Hermógenes W., he cumplido ya los cuarenta años y tengo los ojos de distinto color. Mi ojo derecho es azul celeste y el otro verde esmeralda. Puede que si tuviese tres, el tercero fuera amarillo. Una anomalía que heredé de mi familia materna y que me distingue de la inmensa mayoría de los hombres. Les diré también que éste es el segundo viaje que hago a Boronburg en mi calidad de Inspector de Segunda Categoría del Cuerpo Especial de Recaudadores Comarcales y que en la inspección de este año estoy decidido a no dejar títere con cabeza. No es que haya recibido instrucciones especiales, pero sé que las arcas de Burgundia están exhaustas, me considero un buen patriota y quiero contribuir con todas mis fuerzas a remediar en lo posible la delicada situación financiera del país.Tengo fama de ser algo excéntrico, pero creo que, excentricidades aparte, estoy en mi derecho de considerarme un funcionario importante dentro del complejo organigrama de la Delegación Periférica de Hacienda del Estado. Hasta hoy he gozado de la gratitud y el respeto de las autoridades tanto locales como estatales. Saben que soy un hombre importante y hasta hoy lo han demostrado con las atenciones que me dispensan. Les pondré un ejemplo: hace dos años, en mi primer viaje a esta ciudad, su Burgomaestre tuvo el detalle de enviarme a la estación un moderno landó arrastrado por dos preciosos caballos blancos y con una moderna capota de ésas que pueden subirse y bajarse a voluntad del viajero. Un detalle que sólo se tiene con los viajeros de categoría.
La gloria humana, sin embargo, no vale una avellana. Lo decía mi tía Rosamunda, que no se equivocaba nunca. Hago esa reflexión porque parece que este año el Ayuntamiento no me envía a la estación ningún representante para darme la bienvenida. Después de diez horas de traqueteo, me apeo del tren en una estación vacía. Me parece una grosería imperdonable.
¿Por qué esa falta de cortesía?, me pregunto. ¿Acaso no soy el mismo funcionario que hace dos años recibieron en esta misma estación a bombo y platillo? Ése es el primer misterio que se me plantea en este viaje. Puede que luego lleguen otros. Vamos a ver, de todas formas, qué excusas me da el nuevo Burgomaestre cuando me reciba. Lo mejor será que me lo tome a broma. ¿También ustedes -le preguntaré, sonriendo- han recortado el presupuesto municipal? ¿Sienten también la crisis en este remoto rincón de Burgundia?”

…..

“Una de la madrugada. Todo sigue igual. La brisa ha cambiado de dirección, ahora llega desde las colinas del sur pero sigue oliendo a brea y a pescado muerto. Las ramas de la morera continúan sin moverse. Una estrella fugaz cruza el firmamento de este a oeste. Ella sabrá lo que se hace. Silencio. Estoy pensando en el telefonista del ayuntamiento. Puede que si le telefoneo a estas horas lo coja desprevenido y me diga alguna cosa. No cuesta nada probarlo.
Marco el número y espero. Pasa un minuto antes de que descuelgue. Tal como suponía, he cogido al telefonista medio dormido. Se aclara la voz y responde lo mismo de siempre, no se aparta de su guión.
-Aquí no hay nadie, aquí no hay nadie-repite, tan afónico como antes.”

…..

“Hace dos años, yo salí también del norte, y al cabo de diez horas llegue a Burgundia, es decir, salí del norte y llegué al este. Eso es algo que nadie puede discutirme. Muy bien, pero ¿y si durante estos dos años hubiesen cambiado las leyes de los viajes y de los viajeros? ¿Y si alguien hubiese desordenado los puntos cardinales? ¿Y si desde hace tres o cuatro días todos los viajeros que salen del norte estuviesen predestinados a llegar al sur y no al este? ¡No es también, poco más o menos, lo mismo que le pasa al sol, que cada mañana sale por el este y que, aunque no quiera, está condenado de antemano a viajar hacia el oeste? ¿Y si hubiésemos llegado a unos tiempos de locura en los que los hombres tampoco pudiésemos elegir nuestros puntos cardinales? ¿Y si tú, Hermógenes W., que soy yo, estuvieses ahora en otro Burgundia, distinto al que conociste hace dos años?”

(Javier Tomeo, El hombre bicolor, páginas 9-11,63, 95)

sábado, 5 de abril de 2014

LOS CUENTOS COSTUMBRITAS CUBANOS DE PASTOR AGUIAR




Tierrita de la discordia y otros cuentos

Pastor Aguiar

Editorial Voces de Hoy, Colección: Entre líneas, Miami 2013, 149 páginas.



   Imponderables o fraudes editoriales, y el mismo éxito de la primera edición (2011) han hecho posible que los Cuentos de Pastor Aguiar renazcan en estas fechas en una edición renovada, adornada además con un título más sugestivo. Y esta vez en un nuevo sello editorial (Editorial Voces de Hoy) y con el agasajo además de nueve nuevos relatos de la autoría del médico y escritor cubano americano. Reproduzco en este comentario la reseña que publiqué en su día (2 de septiembre de 2013) de los Cuentos de Pastor Aguiar, agregada benévolamente  como prólogo de esta nueva edición, y en la misma centraré también mi mirada lectora en las tramas de estas nuevas pequeñas piezas narrativas.

   Aunque es su primer libro en solitario, Pastor Aguiar no debuta con él en la literatura. Escritor desde la adolescencia, con múltiples colaboraciones en varios medios y en todos los géneros (lírica, ensayo, narrativa) y con las alforjas bien cargadas de material aún inédito, incluida una novela sobre sus tres viajes en balsa para huir de la Cuba castrista, hoy nos agasaja con esta veintena de cuentos cercanos al género costumbrista, muy arraigado en Cuba y que tuvo en Jorge Onelio Cardozo su máximo exponente y por cuya senda camina la narrativa de Pastor Aguiar.

   El costumbrismo literario se nutre sobre todo de bocetos, no demasiado extensos, que pretenden reflejar los hábitos, usos y costumbres, así como los tipos característicos de la sociedad, animales, labores cotidianas, diversiones, zozobras y también los acontecimientos que se salen de la rutina diaria, con la intención de divertir, a la vez que nos ilustran sobre modelos de vida, sin excluir muchas veces una sutil crítica social. Y en estos cuadros de costumbres encajan sin disonancias los cuentos de esta antología de Pastor Aguiar. Seguramente debido a su conocimiento experiencial, porque la existencia del escritor, en si misma una verdadera novela, quedó marcada para siempre por su trabajo en la zafra desde los ocho años, donde se amamantó con un rico caudal de valiosas experiencias  vividas en el campo cubano: la dura y desabrida experiencia de los campesinos en sus labores agrícolas y en su vida cotidiana, aderezada al mismo tiempo con otras vertientes de la realidad: la imaginación y la fantasía.

   La mayoría de estos relatos, todos ellos de mediana extensión, nos sumergen, en efecto, en el día a día del campesino cubano, en sus quehaceres, fiestas y descansos, en los ventarrones, turbonadas, goteríos, tormentas cuyos truenos se abren paso “como un puñetazo”, en ese sol inclemente de “vidrios rotos”, que formaban parte de la cotidianidad de las labores agrícolas, poblada, sin embargo, de insólitos prodigios y de acontecimientos sorprendentes. Será el globo hecho de tiras de lona que se eleva en la noche estelar con la tía loca dentro, mostrando las maletas del eterno viaje. O el reventón del corazón podrido del viejo puente de madera, a la vez que el pecho del protagonista, arrastrado por las aguas, se llena de vuelos de pájaros. Los rabos de nubes cortadas con el hacha o las tijeras y los rezos que aplacan tormentas. O Pitusa, la loca preñada que deja extasiados a los muchachos con sus tetas crecidas y la preñez agarrándose a las entrañas. O el furor de la tempestad que hace que la vieja Leocadia vea llover gente en el tanque de los animales.

   Cuentos que incluyen así mismo escenas crudas como la castración de los toretes del abuelo, escachándoles los testículos con una tabla de pino, o nos remiten al día a día de las duras faenas agrícolas, como la trilla del arroz o la lucha del pastor contra el ataque de los perros jíbaros que le hace pensar en la terrible tragedia de la muerte.

   Detengo ahora mi mirada lectora en algunos de los nueve relatos con los que Pastor Aguiar completa su antología. “Pobre Mima” es el primero de todos ellos. La historia tierna y a la vez sorprendente de la pobre Mima que pare al protagonista narrador gracias a un estornudo, como si lo defecara. Mima, “ida del queso”, alimenta a su hijo, tanto en lo físico como en lo intelectual de forma sobreabundante, haciendo de él un superdotado en fuerza física y en conocimientos intelectuales. Hasta que lo insólito pone las cosas en su sitio. En “Bravo Mendoza” el lector se encuentra con otra historia inverosímil en la que lo extraordinario se mezcla con la violencia. “El Congo” es la historia de un isleño venido de Canarias. Testigo de  Jehová, decide quemar el ataúd que guardaba desde hacía una década para su propio  entierro, porque ahora cree que su religión le salvará de la muerte. Pero una vez más acontece lo imprevisible, en esta ocasión debido a una coz de su “mujer”, la yegua mansa. “Intento fallido” es un breve relato de aprendizaje: el secreto de la fallida iniciación sexual del protagonista y su prima Elita, ambos camino de la adolescencia y sobrados de curiosidad. En “La victrola” se nos hace partícipes de los gustos por la ópera del protagonista, heredados de la vieja victrola y revividos ahora con “aquellas voces de toros al ser castrados, y aquellos maullidos de mujeres en suplicio”. “La tierrita de la discordia” es el cuento que rotula la nueva edición. Un inconfundible relato costumbrista que nos sumerge en el cotidiano vivir del campo cubano, con las disputas por unos metros de tierra, porque en el campo cubano, como en el de cualquier sociedad tradicional, la propiedad sobre las tierras es sagrada. “La ceiba de Saturnino” es un relato que retrotrae la atención lectora a los primeros tiempos de la Revolución y a los procesos expropiatorios. Rememoración, en este caso de la vieja y gigantesca ceiba que los soldados de la Revolución quieren arrancar para borrar la huella de la propiedad privada porque ahora todo es de un pueblo sin nombre. Pero la naturaleza, ajena a conflictos bélicos y  a políticas humanas, ofrecerá resistencia y, aunque herida, no se dejará domeñar.

   Cuentos populares: sus pequeños o grandes héroes y protagonistas están extraídos de la gente común del labrantío cubano, con sus costumbres, sus creencias y sus fantasías. Que resaltan además el localismo no solo en sus tramas y núcleos diegéticos, sino también en el empleo de una lengua empapada del español de Cuba. Reproducción poco menos que fotográfica de la realidad a base de excelentes descripciones de ambientes, lugares, animales, objetos y utensilios en las que abundan no solo el léxico específicamente cubano, sino también los giros lingüísticos con una gran fuerza denotativa. Todos ello sin traspasar las fronteras de una lengua coloquial abierta y muy natural que convierte a este nutrido ramillete de cuentos de Pastor Aguiar en una real y a la vez fantástica recreación del campo cubano en su amplitud, sobre todo humana, que no incomoda las ansias lectoras, sino que las ilustra con este vivo retrato lleno de colorido de la realidad campesina de la Isla caribeña.



Francisco Martínez Bouzas






Pastor Aguiar




Fragmentos



“Dicen que mi tía se volvió loca con lo del parto. Había estado toda la noche gritando sin que aquello se le saliera del cuerpo. A punto de cantar el manisero, le vino una gran diarrea y con ella el muchacho. Desde entonces engordó mucho, a pesar de que cada día andaba más de quince kilómetros, teniendo en cuenta los caminos rectos hacia los brocales de los pozos y las tres vueltas que les daba en uno y otro sentido, manteniendo los brazos en cruz y enseñándole al cielo los pellejos donde, según ella misma, cargaba con las maletas del eterno viaje.”



…..



“Cuando era la tarde de turbonadas, nos íbamos a jugar a la casa vieja. Era una construcción de madera, techo de hojas y piso de cemento y lozas. Como mis abuelos habían muerto años atrás, la sala y el comedor se adaptaron para escuela. Los dos cuartos se convirtieron en la casa de abono. Allí apilaban los sacos de fertilizantes hasta las soleras, que limitaban la parte superior de las paredes de tablas de pino. Este era nuestro sitio de juegos. Recuerdo que en uno de los escaparates encontré un libro de historias de sexo, donde una muchacha virgen era conquistada. Aquello fue un acontecimiento inolvidable. Lo escondimos debajo de las losas y nos disputábamos el tiempo de leer. Entre los ángulos de las paredes y los sacos, las gallinas escondían nidos y alguna vez tomamos un huevo echado para descascarlo y ver al polluelo con esbozos de plumas que, al moverse, proyectaba el piquito blando sin lograr un pío.”



…..



“En el forcejeo sentí el roce de su pecho y había dos pequeños bultitos.

-Eh, te están saliendo las tetas…

-Ni se te ocurra, que eso es malo -me soltó para cubrirse con ambas manos; pero se reía.

-Déjame tocar una sola vez. ¿No será un relleno de trapos?

-De relleno nada; ¡ya quisieras tú!

-Yo soy hombre, carajo:; lo que tengo es otra cosa. Ya me están saliendo pelos donde tú sabes.

-¡Qué sé yo! Allá tú. Eso no me interesa. Las niñas no tienen que saber  cosas malas.

Tío Martín me había estado contando sobre las mujeres y gracias a él había aprendido a masturbarme; aunque todavía demoraba mucho para sentir la cosquilla y las sacudidas en todo el cuerpo.

-Si dejas que te toque, te doy un pedacito de raspadura de maní.

Ella me miró y después se le fueron los ojos hacia el pomo repleto de raspaduras.

-Bueno, dame la mano. Una vez y nada más.

Cuando le di la mano, el asustado era yo, porque un fogaje desconocido me subió a la cara y las rodillas seme aflojaron. Sin embargo, cuando me llenó la palma con su repunte a teta y sentí el pezoncito hincándome en el centro, me desesperé por descubrir más.”



…..



“Al cabo de una semana, entre desmayos, decenas de aperos quebrados y refuerzos, dejaban una especie de hueco circular de veinte varas alrededor del titán. Para entonces era tan hondo, que los buldózeres no podían avanzar. Aún así, la maraña de raíces era indescriptible en su majestad. Se dividieron en grupos de dos o tres y planearon cortar lo que pudieran entre todos, para después atarle una cadena al tronco y halar con todas las máquinas al hilo.

A los pocos hachazos una cerrazón como no se había visto en décadas, trajo la noche, el diluvio y los truenos, dos de los cuales quemaron sendos buldózeres definitivamente y dejaron sin sentido a cinco hombres, uno de los cuales murió en el hospital Colón.

Al cabo de un mes la laguna se había secado; pero el lodo y las piedras rellenaban todo y apelmazaban los contornos de manera que semejaban un cementado. La Ceiba, rejuvenecida, vibraba como una gigantesca bailarina sobre el horizonte. Hasta entonces y por muchos meses, fue nuestro héroe, nuestra carne y la historia de todas las historias salvándose aún más allá de la muerte.”





(Pastor Aguiar, Tierrita de la discordia y otros cuentos, páginas 11, 26-27, 126-127, 149)