sábado, 22 de julio de 2017

"PARECE QUE FUERA ES PRIMAVERA": LA MEDIDA ÁUREA DEL DOLOR




Parece que fuera es primavera
Concita De Gregorio
Traducción de Francisco. J. Ramos Mena
Editorial Anagrama, Barcelona, 2017, 167 páginas.

   En la clave de este libro se yergue una pregunta crucial: ¿es posible superar el terrible dolor por la desaparición de dos hijas y volver un día a ser feliz? Y un punzante rechazo de la pobreza de los idiomas modernos por la carencia de ciertas palabras. Existen palabras como viudo, huérfano, huérfana, uxoricida, parricida, infanticida. Pero hay una palabra que falta. “El progenitor que pierde a un hijo. No que lo mata: que lo pierde. ¿Cómo se llama, cómo se dice, quién es aquel a quien se le ha muerto un hijo? ¿Qué lugar ocupa en la historia? Falta la palabra, falta la palabra. Carencia, ausencia. ¿Quién la ha borrado?, ¿cuándo?, del diccionario italiano, francés, alemán, español, inglés. Y, además, ¿por qué?” (página 161).
   La búsqueda de respuestas a esta pregunta y a este grito desesperado de una madre nutre la trama de Mi sa che fuori è primavera, el primer libro de Concita De Gregorio (Pisa, 1963) traducido al español y basado en hechos reales, porque Irina Lucidi, la protagonista, existe,  y sus dos hijas Alessia y Livia, hechas desaparecer por su padre antes de su suicidio el 3 de febrero de 2011, existen o existieron, aunque jamás se ha vuelto  a saber nada de ellas. Solamente lo que cabe entrever en la nota que el suicida le dejó a su mujer Irina: “Las niñas no han sufrido, jamás volverás  a verlas.”
   A partir de una conversación que se prolongó durante siete días entre la escritora y periodista e Irina Lucidi que acude a la escritora solo para ser escuchada, Concita de Gregorio escribe un  libro basado una vez más en hechos reales. Esa irresistible irrupción de la realidad en la ficción de la narrativa contemporánea que está ampliando el concepto de novela desembocando en la novela-verdad, hasta el punto de que ya abiertamente Delphine de Vigan tituló su última novela precisamente con una apelación a la realidad: Basada en hechos reales. Sin embargo, Parece que fuera es primavera es un relato novelesco, una invención literaria, basada sí en acontecimientos que sucedieron, entresacados  de un encuentro promovido por la madre que no tiene palabras para nombrar la ausencia de sus hijas, pero que abriga la esperanza de poder afrontar su trauma gracias al poder de la literatura, del bálsamo terapéutico de las palabras.
    El libro está construido a base de fragmentos, -casi como un puzle, admite la autora-, porque también de trozos, de piezas suelta está hecha la vida de la protagonista: las cartas con las que la escritora entra en la vida de Irina Lucidi: las cartas a la abuela Karla, en las que le confiesa que hace falta ser feliz para hacer frente al dolor inconcebible, y que su nueva pareja, el granadino Luis, la hace muy feliz, pero que se siente culpable de volver a serlo; a la psicóloga de la pareja que daba la impresión de retener únicamente las razones del marido; a la jueza que ha decidido archivar la causa sin tener la certeza de haber recorrido todos los caminos para esclarecer la verdad de los hechos; más bien la culpa a ella por haberse separado de su esposo Mathias; a la profesora de las niñas solicitando inútilmente los cuadernos y trabajos de sus hijas; a la conservadora del registro civil de Kenosha (Wisconsin) implorando que le facilite un documento que le constate la identidad de la bisabuela a la que también le arrebataron a su hija, la abuela Mayme, y no la volvió a ver jamás. Todo se repite: el diseño y el destino.
   Y en paralelo a las cartas, recuerdos, listas de palabras, pequeños retratos, esbozos de sus hijas, de la niñera Dolores, maternal con Alessia y Livia, en indescifrable sintonía con Mathias, pero alejada de Irina, especialmente en los días de búsqueda. Del padre, autoritario y colérico, pero un buen hombre que, cuando desaparecen las niñas, la sacude y le dice: “tú no te mueras”; de Norma, la suegra, dura y mortífera, mas sin dejar de sonreír.
     
                                                  
Irina Lucidi con los muñecos de sus hijas

   Pero el núcleo central de la novela, lo ocupa Mathias y la común relación con Irina. Ella, abogada de una multinacional del tabaco en la que goza de un gran prestigio; embarazada a los treinta y cinco años, se casa con Mathias, suizo alemán que trabaja en la misma multinacional que ella. Lo hace por no llevarle la contraria, sin estar exactamente enamorada. Pronto es consciente de que nada encaja. Mathias rebosa de prejuicios racistas contra los italianos, es violento con sus silencios, maníaco del orden, con una personalidad psicorrígida: llena la vivienda familiar con instrucciones  escritas en post-its, destinadas a Irina sobre cómo debe realizar las acciones más naturales. Por ejemplo: “abre la nevera, coge la leche y échala encima de los cereales, no al revés.” Manipulador con las niñas tras la separación. Con la suficiente sangre fría y rigidez emocional para suicidarse y hacer desaparecer a sus hijas de seis años a las que ciertamente adoraba, mediante una escenificación fría, aterradora y calculada: aparca el coche en la estación, se tumbó en las vías y dejó que el tren lo arrollara. Irina no volverá a ver  a sus hijas. La nada absoluta. Mathias culpará a Irina de la muerte de las gemelas por la ruptura del matrimonio.
   Mas en un libro tan despiadado como desgarrador que traza realmente la medida áurea del dolor de una madre que ha perdido a sus hijas sin siquiera saber si están muertas, se tematiza igualmente aquellas fuerzas que nos hacen sobrevivir a la ausencia de los seres amados, al dolor amplificado de la pérdida de un hijo. La novela de Concita De Gregorio transmite en ese sentido múltiples mensajes: el dolor por sí solo no mata, no se debe olvidar pero tampoco enloquecer con el recuerdo; es preciso escuchar los sonidos porque el amor por los hijos tiene sonido; detrás de las penumbras siempre luce la luz, tras el invierno llega la primavera.
   Ese dolor que cada día aflige a miles de personas que pierden un hijo, inexpresable en las lenguas modernas, no es en la escritura de Concita De Gregorio el típico recorrido por los trayectos del duelo. Son por supuesto las hijas perdidas las que dan sentido a la narración. Y, a pesar de que frente a la pérdida, posiblemente definitiva, no existen antídotos, la voluntad de superación de la protagonista y el buen hacer narrativo de la autora cuyo estilo, en muchas secuencias poético, no se regodea en el sufrimiento de la madre, hacen que el dolor derive, no en una catarsis, tampoco en el sentimentalismo lacrimógeno, sino en un verdadero viaje de las tinieblas a la claridad. Todo ello discrimina la buena literatura que Concita De Gregorio es capaz de transmitir en este libro de la empatía sentimental que podemos sentir ante una pérdida, pero que sin embargo no puede medir la calidad de una narración.

Francisco Martínez Bouzas


Concita De Gregorio


Fragmentos

“Me he sentido muy culpable de volver a ser feliz, abuela. Era como si todos me dijeran: cómo puedes olvidar, cómo puedes dejar atrás lo que te ha pasado, cómo puedes irte de vacaciones, tomarte una copa de vino, amar a un hombre, hacerte amar en el placer, después dormir. Cómo puedes seguir viva, en suma, y tener ganas de seguir estando en el mundo. ¿Has olvidado  a las niñas? ¿No te da vergüenza? Es como si me dijeran que también yo he muerto, y es un escándalo que me rebele.
Pero yo estoy viva, abuela, el dolor por sí solo no mata y yo estoy viva. Así que tengo que vivir, porque mientras yo esté estará el recuerdo de quien ya no está con nosotros. El recuerdo vivo: el suyo vive en los pensamientos.”

…..

“Los hechos son sencillos, terribles y conocidos. Un domingo de enero de 2011, el último del mes, tu marido Mathias fue a buscar  a las niñas -vuestras hijas gemelas, rubias, distintas, una rechoncha otra delgada, con seis años recién cumplidos, guapísimas- a casa de los vecinos donde las había dejado jugando. Aquel fin de semana estabais separadas, las niñas estaban con él. Más o menos a la una se asomó al jardín de los vecinos donde las había enviado a jugar, las llamó. Ellos, los vecinos, les dijeron rápido, niñas, que papá os llama: vamos, es hora de comer. Alessia y Livia corrieron a su casa. A partir de aquel momento desaparecieron. Él se marchó en coche, hacia las cuatro de aquel mismo día. Con tu coche. ¿Iban ellas con él? ¿No iban? No se sabe. Las sillas del coche las tenía tú. Los peluches sin los que las niñas nunca se acostaban los encontraste en su sitio, en sus camas. Mathias hizo un largo viaje desde Saint-Simon, el pueblo cerca de Lausana donde vivíais, y llegó a través de Francia y luego de Córcega, en barco, hasta Ceriñola, en Apulia. Dejó el coche bien aparcado, se fue a la estación, se tumbó en las vías y esperó el tren. Se dejó arrollar, así se suicidó. En aquellos cinco días de viaje te escribió: «Las niñas no han sufrido, jamás volverás a verlas.» De Alessia y de Livia no se ha encontrado nunca el menor rastro.”

…..

“La palabra que falta.
El progenitor que pierde a un hijo. No que lo mata: que lo pierde. ¿Cómo se llama, cómo se dice, quién es aquel a quien se le ha muerto un hijo? ¿Qué lugar ocupa en la historia? Falta la palabra, falta la palabra. Carencia, ausencia. ¿Quién la ha borrado?, ¿cuándo?, del diccionario italiano, francés, alemán, español, inglés. Y, además, ¿por qué?
En alemán: falta. En francés: falta. En italiano: falta. En español: falta (deshijado indica genéricamente aquel que ha sido privado de los hijos, pero está en desuso). En inglés: bereaved, privado de aquel a quien se ama. Inespecífica. A quién se ama, a quienquiera que se ame.
En hebreo existe. Surge de la Bibiblia. Av shakul, masculino. Em shakula, femenino. Verbo: shakal, perder a un hijo. Génesis 27, 45. Isaías 49,21. Jeremías 18, 21. Antiguo Testamento. Existía, y se ha conservado en la lengua moderna.”

(Concita De Gregorio, Parece que fuera es primavera, páginas 12, 80-81, 161)

lunes, 17 de julio de 2017

"PANDORA": EN EL ABISMO DEL FEEDERISMO



Pandora
Liliana V. Blum
Tusquets Editores, México D. F., 1ª reimpresión, 2016, 242 páginas.

   En su segunda novela -precedida por varios libros de cuentos-, Liliana V. Blum (Durango, 1974) se revela, tal como se ha escrito, “como una criatura cruelmente excepcional”. Lo hace con la pieza Pandora, el nombre de uno de los tres personajes centrales de la novela y que, querámoslo o no, remite a la mitología griega. No seguramente por haber sido la primera mujer que existió creada por Hefesto por orden de Zeus, adornada por los muchos encantos con los que la dotaron los dioses, sino porque constituye un personaje simbólico que explica cómo todos los males del mundo son debidos al sexo femenino. Pandora, casada con Epimeteo, arrastró con ella a este mundo la caja abierta de todos los males. Es la Eva de todas las concepciones patriarcales y misóginas que han existido desde el inicio de los tiempos y que se perpetúan en la actualidad.
   El personaje novelesco tiene en común con el mitológico el haber sido elegido para traer el castigo por algo que ella no cometió (el robo del fuego o el enamoramiento de su cuerpo obeso por parte del ginecólogo más guapo del hospital), pero es así mismo una figura contrapuesta a la primera mujer mitológica: su gordura, su carne colgante, representan a sus propios ojos y  a los de su familia todos los males que pueden recaer sobre una mujer.
   La escritora mexicana, como ya señalé en el comentario de su tercera novela, El monstruo pentápodo y ella misma reconoce, siente cierta debilidad por los temas escabrosos, por los deseos obscuros, por cierta estética del horror. Le gustan como narradora, porque sin aquellas decisiones que generan conflictos, aunque sean aborrecibles, no habría novela. 
   
                                           
"La maja gorda" óleo de Lucian Freud
                                   
   
   En Pandora, Liliana V. Blum explora una parafilia poco percibida, el feederismo: el placer por engordar (feedee o el alimentado o alimentada) y la fruición por hacer engordar (feeder, el cebador o cebadora) porque eso le excita sexualmente. Y lo hace mediante tres personajes: Pandora, una mujer obesa que, al inicio de la novela, pesa 116,300 kilos. Gerardo, el ginecólogo más atractivo del hospital, que lo tiene todo en la vida, excepto una esposa gorda, y Abril, su mujer para quien su marido es el hombre ideal y por eso, después del parto de gemelos, pondrá todo de su parte para perder peso, convirtiéndose en huesos recubiertos de pellejos, lo que repugna al marido hasta el punto de que sus relaciones sexuales son un espejismo, a pesar de las maniobras seductoras de la esposa. A Gerardo le vuelven loco las mujeres con inmensas cantidades de carne, sobre todo en las caderas, en las nalgas, en el vientre, la doble papada y las lonjas o michelines en la cintura, los muslos rellenos. Y eso se lo puede proporcionar Pandora, recepcionista del hospital donde ejerce como prestigioso ginecólogo. Ella sí que podrá despertar su deseo sexual.
   La novela recupera el pasado de Pandora. El rechazo y la repulsión por parte de su madre, su invisibilidad -no solo las amigas no la ven, ni siquiera los pervertidos tienen ojos para ella-, la carencia de autoestima: para las gordas y obesas, escribe Liliana Blum, cantan las urracas, no los pajaritos de colores. Y como nada tiene que perder, acepta las invitaciones del médico más atractivo del hospital, que la instalará en una casa, tras renunciar a su trabajo. Su ocupación consistirá en comer y comer, engordar y hacer el amor con Gerardo, y volverse cada día más pesada, aceptar ser alimentada a través de un tubo y ser pesada mediante una báscula para vacas. Hasta que la que no es “la otra”, Abril, descubre la infidelidad del marido.
   No es propio de esta reseña ilustrar el desenlace con algo más que  supere el infierno abisal, la aciaga pesadilla en la que cae la protagonista que añade tres o cuatro kilos a su peso tras cada comilona. Es en cambio pertinente comentar la sexualidad parafílica, y en concreto, el feederismo. Es muy pobre la definición con la que el diccionario de la RAE precisa el significado de parafilia: desviación sexual. Sin embargo, no todas las prácticas eróticas y sexuales poco tradicionales son parafilias. Lo son cuando se transforman en algo destructivo o enfermizo que afecta a la persona o personas que en ella están involucradas. Fantasear o desear a mujeres rollizas u obesas no es en sí patológico. Desde el inicio de los tiempo humanos, como se reconoce en la novela, se asoció la fertilidad y el atractivo femenino con la obesidad. El feederismo, en cambio, es parafilia porque la adoración del cuerpo femenino se convierte en una aberrante obsesión de que la mujer engorde hasta el punto de no poder moverse y terminar inmovilizada en una cama, actuando el amante como su lacayo. En ese caso, no solo es un atentado contra la salud, sino también una agresión contra la dignidad del ser humano.
  
                                         
Monica Riley, 27 años, 318 kilos, cebada por un tubo conectado con su estómago

    Eso, la crítica de la sociedad en la que vivimos que discrimina a las mujeres gordas -antítesis  de lo deseable-, la falta de comunicación entre la pareja (Gerardo suspira por una mujer obesa pero no lo comenta con su esposa, de la que le repugna el filo de sus huesos), la exploración patológica del deseo y de ciertas fantasías se hallan adecuadamente tematizadas en la novela de Liliana Blum.
   La novela tiene, desde mi punto de vista, un inicio, tanto temática como estilísticamente, vacilante. No obstante, a medida que avanza, el relato de esta historia triangular se enriquece en hondura, en la carga erótica y en múltiples matices que revelan, sobre todo, cómo piensan Pandora y Abril.
   Entre los recursos técnicos reseñables, me parece interesante la alternancia de la primera y tercera persona. El uso de la primera persona confiere una mayor carga de credibilidad, y la narración se la otorga a la víctima, a Pandora, sin duda la principal protagonista. En cambio, tanto las acciones y los puntos de vista del victimario y de su esposa son narrados por medio de la tercera persona.
   En definitiva, una novela profundamente humana, intensamente trágica que la escritora durangueña narra con crudo realismo y suficiente verosimilitud.

Francisco Martínez Bouzas


Liliana V. Blum

Fragmentos

“Entré en los probadores y me quité la ropa. Apenas cabía en ese cubículo rodeado de espejos. Me observé  largamente. En mi situación, no podía darme el lujo de que la ropa en sí me gustara: el único criterio para comprarla era si mi cuerpo entraba en ella sin botar las costuras, los cierres y los botones. Todas las faldas asfixiaban mi cintura, indistinguible  ya del resto del cuerpo, pero al menos al ser de corte abierto le daban espacio a mis caderas y muslos. Imposible cerrar el botón, pero había espacio para recorrerlo un centímetro. El eufemismo para mi cuerpo era «de proporciones generosas». En ese momento estaba en la última talla de la ropa comercial, en el límite entre lo humano y el monstruo para quien la industria textil ya no ve rentable fabricar prendas.”

…..

“La miró perplejo y maravillado a la vez. Pandora era una adorable y exuberante montaña de carne generosa; todo lo contrario al concepto de carencia, de vacío, al frío, al hambre. Ese cuerpo como colmena de abejas, por el ángulo por donde se le viera, provocaba ganas no de conquistar el mundo o destruir una ciudad; al contrario. Esa vasta extensión de piel y de carne invitaba a apoltronarse en su suavidad y calor, a renunciar a cualquier carga o agobio,  a perderse en una felicidad absoluta. Soñada. Añorada. Durante años. La hizo recortarse sobre la cama. Se tendió sobre ella y comenzó a besarla. En la boca, en los pliegues de su cuello. Los pechos de Pandora se abrían blancos y masivos. Él los tomó en sus manos: la carne se desbordaba entre sus dedos. Los juntó uno con el otro y besó los pezones rosados y enormes, como fresas. Apretó su cara contra ellos, aspiró su olor y sintió su propia erección empujar contra la tela de sus pantalones (…)
-Come -le dije, al tiempo que separaba el interior de sus muslos. La vulva enorme y carnosa se descubrió ante él como una granada entreabierta. Comenzó a lamerla, succionarla, morderla; Pandora engullía uno a uno los pastelillos. Desde su punto de vista podía ver el vientre profuso, dividido en varios balcones de carne blanca y matizada con estrías, como una cebra albina, adornando aquel ombligo profundo. Sobre las lonjas caían sus pechos, jardines colgantes y generosos que las manos de Gerardo apretaban y soltaban antes de volver a bajar a los muslos de Pandora, a sus nalgas, dos gigantescos bultos de grasa que se desparramaban sobre el colchón-. Me fascina que haya tanto de ti.”

…..

“Más tarde averigüé que en el mundo de las parafilias hay un nombre para nosotros dos. Él sería el feeder, el que alimenta. Yo la feedee, la que come, la que es alimentada hasta que el estómago se distiende hasta su límite. Y después un poco más. Y más. Era lo que habíamos estado haciendo de manera empírica cada vez en nuestras salidas a comer. La fantasía iba más allá de eso: consistía en que yo engordara hasta llegar al punto de terminar inmovilizada en la cama. Que mi peso fuera tal que  volviera imposible ponerme de pie y caminar. A cambio, Gerardo habría de convertirse en algo así como un lacayo a mi servicio, no por obligación, sino porque adoraba mi cuerpo, alimentarme, y verme aumentar de tamaño un poco cada día. Aquello era algo mucho más serio que una propuesta de matrimonio. Era una prueba de confianza absoluta. Abandonarse a la voluntad y a la palabra del otro. Yo estaría en sus manos, mi vida dependería de él. ¿Y qué había sido mi vida hasta antes de conocer a Gerardo?”

…..

“Su mente volvió a Pandora y a revisar su último encuentro. Se vio a sí mismo nadando en aquel mar de carne tibia y suave, hundiendo los dedos, las manos, el pene, a veces tiernamente, a veces con desesperación, otras con rudeza. El olor de Pandora y su humedad inundaban su memoria. No podía dejar de pensar en ella; a cada hora del día que no estaba a su lado en la casa tenía que evocarla. Todo su día giraba alrededor  de esa hora tan esperada en la que por fin la veía. ¿Estaba enamorado? Por un breve instante sintió vértigo: estaba parado en la orilla de la felicidad. Detrás de él, sólo el vacío. Era el momento en el que aún podría bajarse, recapitular, disculparse, prevenir la catástrofe. Las heridas. Aún estaba a tiempo. Podría volver a ser el mismo de antes, el que no violentaba  la integridad de su familia. El que iba del consultorio a su casa, el que organizaba una carne asada los fines de semana con los colegas. El que reservaba sus deseos escondidos para las mujeres virtuales y para el terreno de la fantasía. El que fingía estar bien, ser feliz, satisfecho con su vida. Podría. A las tres de la mañana con once minutos, según el despertador con números rojos sobre el buró de su lado, y a sabiendas de que de romperse por completo el cascarón no podría pegarse de vuelta  jamás, tomó la decisión de seguir adelante.”

(Liliana V. Blum, Pandora, páginas 52, 115-116, 121, 165)

jueves, 13 de julio de 2017

DESDE EL OTRO LADO DEL ESPEJO




En tierras de ficción
Recorrido por la narrativa contemporánea.
De Edgar Allan Poe a Evan Dara
Robert Saladrigas
Menoscuarto  Ediciones (Ed. Cálamo), Palencia, 2017, 411 páginas.

   En el año 2013, Robert Saladrigas (Barcelona, 1940) publicó en esta misma editorial y colección el volumen recopilatorio de sus artículos de crítica literaria y ensayos que habían visto la luz con anterioridad en varios medios barceloneses. Para ceñirse a la extensión razonable de un volumen de estas características, se decantó por “uno de los caminos reales de la ficción contemporánea”. Ahora publica  un segundo volumen paralelo al anterior y que bucea igualmente en la ficción moderna y contemporánea ampliando el campo de su procedencia: a textos extraídos de La Vanguardia, se unen otros que fueron publicados en otros medios (Revista de Libros, TeleXpres Literario y El País).  Otra novedad es que en esta recopilación aparecen artículos o reseñas sobre libros de autores españoles y latinoamericanos (Max Aub, Camilo José Cela, Luis Goytisolo, José María Guelbenzu, Jorge Luis Borges, Julio Cortazar, Pablo Neruda, entre otros).
   Noventa y siete autores le dan vida a este segundo volumen. Abre las puertas del libro un “clásico”: Edgar Allan Poe. Las cierra Evan Dara, “uno de los autores posmodernos americanos”. Un apéndice, prescindible desde mi punto de vista, que apareció publicado originalmente en la revista Quimera y que recoge un amplio diálogo entre Robert Saladrigas y José María Guelbenzu, moderado por Fernando Valls, sobre cómo entender y practicar la crítica literaria, clausura la publicación.
   El propósito del libro, además de homenajear a autores predilectos, es el de contagiar el entusiasmo por la lectura literaria, por la magia de la lectura de obras de escritores de nuestro tiempo repleto de incertidumbres, a lectores de nuestro tiempo y a potenciales lectores de generaciones futuras.
   La publicación se estructura en cinco secciones que representan otras tantas tradiciones literarias. Y en su conjunto, viene a ser una buena representación de referencias literarias imprescindibles, no solo para “letraheridos”, sino también para lectores corrientes.
   Sería descabellado dudar de las capacidades de discernimiento literario de Robert Saladrigas, un crítico muy experimentado, uno de los analistas españoles más conspicuos e independientes, poseedor además de una amplia información que transmite al lector; no la información de una publicación académica especializada, sino la que corresponde a un periódico que conjuga contenidos esenciales y amenidad. Además Robert Saladrigas conoce por dentro el mundo de la ficción, ya que él mismo es autor, desde los años 70, de varias piezas de narrativa ficcional como Memorias de Claudi  M. Broch (1986), Premio de la Crítica, o El sol de la tarda (1992), Premio Sant Jordi y Joan Cruxells. Pero en este libro, como en su día hiciera Henry James, trabaja desde el otro lado del espejo y, desde ese envés, ve los textos literarios con ojos independientes y no supeditados a intereses editoriales. Mas sin excluir por ello la admiración y el entusiasmo de un lector privilegiado.
   Por eso mismo, en ambas publicaciones de Saladrigas hallamos criterios claros para acceder a obras fundamentales de la narrativa moderna y contemporánea. Es por ello que, de cara al lector, cabe entender este libro como brújula orientadora entre la vorágine  de publicaciones de nuestros días, de universos ficcionales que quizás superen a un lector corriente -el mismo Saladrigas confiesa haberse sentido vencido por más de un título, entre ellos el Ulises de Joyce-.
  Son indiscutibles la calidad y sutil penetración, acompañadas por la amenidad, con las que Robert Saladrigas nos familiariza con algunos de los grandes maestros de la prosa moderna y contemporánea, especialmente con aquellas novelas por las que siente una atracción irresistible, porque expresan la ambición de conquistas, una supuesta totalidad posible que no significan un debilitamiento  de la lectura crítica, sino su reforzamiento. Al margen de normas y supuestas reglas para ejercer la crítica literaria, ya que en el mundo del arte no hay reglas, y así mismo a  años luz del mito de la autocomplaciente objetividad, el crítico barcelonés pretende entender las claves del ejerció escritural de cerca de un centenar de escritores; dejar constancia de las sensaciones que en él, como lector, han producido y trasladárselas a otros lectores. Ese es en el fondo el porqué de la existencia del crítico, y también la de esta publicación, porque los libros aquí analizados, aunque sea en textos de hace treinta años, son imperecederos.

Francisco Martínez Bouzas

                                                
Robert Saladrigas

Fragmentos


MALCON LOWRY (1909-1957)

Bajo el volcán

“Nacido en Inglaterra, Malcom Lowry murió ahogado en mezcal y barbitúricos a los 48 años de edad –el juez de la pequeña localidad de Ripe, en East Sussex, dictaminó: «muerte por desventura»-, eligiendo la única forma de morir que resulta aceptable para un hombre contemporáneo enfermo de lucidez: afirmando por última vez su voluntad de ser frente a la impetuosa corriente de lava que escupe el volcán de la vida y que, por supuesto, acabará arrastrándolo. Diez años antes, en 1947, Lowry había conseguido difundir una gran novela que contenía las claves de los ritmos ocultos de su vida y su destino. Se dice que Under The Volcano fue aclamada por la crítica e ignorada por el público. En cierta manera es lógico. ¿A quién seduce la oportunidad de asistir  a los misterios de la pasión -calvario incluido- de un hombre que es a la vez víctima y verdugo, protagonista y testimonio de una tragedia existencial y por consiguiente colectiva?”

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RAYMOND CARVER (1938-1988)

Principiantes

“He aquí una histórica reparación literaria que debería abrir un sustancioso debate. Un día recibimos perplejos la noticia de que Raymond Carver, icono de lo que se conoce por realismo minimalista, no fue exactamente lo que se nos hizo creer que era, sino la inspiración de un editor de talento -a su vez escritor- llamado Gordon Lish (Hewlet, Nueva York, 1934). El caso es ejemplarizante. En la primavera de 1980 Carver pasó a Lish, editor de ficción de Esquire, una colección de cuentos recientes. Este se empleó a fondo en la tarea de remodelarlos según su criterio. Así mutiló los textos en más de un cincuenta por ciento -trabajo de cirugía fina-, modificó los finales de diez de ellos (de un total de diecisiete), cambió los nombres de algunos personajes (por ejemplo Mel por Herb), los ordenó por secuencias, rehusó poner al volumen el título del penúltimo de los relatos, «Principiantes» («Beginners») y lo sustituyó por una frase del texto, aquella que decía De que hablamos cuando hablamos de amor (What We Talk When We Talk About Love, 1981), sin duda el libro más famoso de Carver y que mejor ha definido el código estético fundamentado en el despojamiento y la gelidez.”

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EVAN DARA

El cuaderno perdido

“Imposible decir ni averiguar quién es, de dónde procede  o dónde para el estadounidense que se hace llamar Evan Dara, autor de tres novelas, El cuaderno perdido (The Lost Scrapbook, 1995) (Editorial Pálido Fuego) The Easy Chain (2008), cuya traducción está programada para 2016, y Flee (2013) que se tiene el proyecto de que aparezca en español en el 2017. Esos son los datos que se conocen. Evan Dara forma parte de la generación de Jonathan Franzen o David Forster Wallace, fieles a la vocación experimentalista de autores de referencia como Thomas Pynchon, John Barth, Donald Barthelme, Richard Brautigan o William Gass, pero por encima de todo al magisterio de William Gaddis, el símbolo más sólido y radical del posmodernismo literario norteamericano. Ahora bien, el inconveniente de Dara -interesa no perder el prólogo de Stphen J. Burn de la Universidad de Glasgow- es que sus tres obras nunca han sido bendecidas con los atributos comerciales de los libros de Franzen. No obstante, Dara, a quien acabo de descubrir con franco alborozo, creo que con toda certeza bien merece ocupar un lugar destacado en el canon de la novela norteamericana que para algunos supone algo parecido a la palabra Evangelio para los católicos.”

(Robert Saladrigas, En tierra de ficción, 94-95, 361, 373-374)