lunes, 16 de abril de 2018

EL SUICIDIO COMO VÍA DE ESCAPE


Muros de aire
An Alfaya
Traducción de Moisés Barcia
Pulp Books , Cangas do Morrazo (Pontevedra), 2018, 247 páginas.

    

   Pulp Books, un sello de Rinoceronte Editora, ofrece la oportunidad de poder leer en español esta novela de An Alfaya, publicada originalmente en gallego en 2015. La autora es una narradora que cuenta con una extensa obra literaria. Se mueve con igual destreza tanto en la narrativa dirigida a lectores infantiles y juveniles, como en aquella más propia de personas adultas. Muros de aire es por el momento su última obra para lectores adultos. Y posiblemente su pieza narrativa de mayor entidad, aunque un cierto aire de familia la emparenta  con otras obras publicadas hace ya años, tales como Areaquente o Vía secundaria, esta última una novela folletinesca, pero rebosante de sufrimientos, obsesiones y calamidades vitales. Todos llevamos en nuestro interior obsesiones personales y la autora de Muros de aire no se excluye de tal servidumbre. Ella misma reconoce ser sujeto de manías y dolencias, y en esta novela se propuso dar cuenta de las mismas, que aparecen muchas veces disfrazadas, mas muy presentes como germen de lo que escribe. Una de ellas es el eterno enfrentamiento entre el bien y el mal, que se encuentra en el origen de innumerables conflictos humanos; desde los principios y postulados de aquella secta cristiana fundada por el babilonio Mani y que inquietó así mismo a Agustín de Hipona, hasta tantos altercados y tragedias de nuestros días. Todo eso, esa lucha entre el bien y el mal, lo traslada An Alfaya a no pocas secuencias de esta novela que, si de algo está a años luz, es de la dulzura y de la amabilidad.
   En un tiempo y en un espacio indeterminados, sitúa la autora el núcleo temático de su propuesta narrativa. Una historia de ruindades, horrores, juegos perversos, amores, superaciones y no pocos muros de aire alzados entre varios de los personajes que intervienen en la trama. Muros de aire que se yerguen cuando alguno o algunos de ellos alcanzan situaciones de difícil resolución. Una trama modulada por un dramático tema de fondo: los sufrimientos y amarguras con los que la vida abruma con frecuencia a muchos seres humanos que, víctimas de extrañas vicisitudes o de malos tratos, hallan en el suicidio la huida, la única vía de escape de una realidad nauseabunda e insoportable.
   En Cora, la protagonista principal, que junto con su pareja, recibe el encargo de elaborar un estudio sobre aquellas personas que intentaron o consumaron el suicidio, en paralelo frecuentemente con actos criminales, halla la autora a la investigadora de eses porqués de la muerte o de la premuerte. Pero no es esta una novela sobre el suicidio, a pesar de que su estructura se halle cimentada en once cartapacios suicidas, y la voz narrativa no ahorra profundizar en eses instantes previos al fin voluntario de una existencia y en los oscuros y escondidos impulsos que estallan en la premuerte e impulsan a los suicidas hacia esa caída definitiva.
   Muros de aire es, sobre todo, el retrato del mundo interior de un amplio número de personajes heridos por el sufrimiento, por episodios familiares repletos de mezquindad, de sucesos escalofriantes que suelen desembocar en un desenlace que en nada tiene que envidiar a las tragedias griegas. ¿Con qué escondidos impulsos coquetean aquellos hombres y mujeres tentados y tentadas por la premuerte y que los conducen al fatal final?
   Así pues, en la novela, el lector hallará el vaciado de argucias de víbora, de maldades, de las tan frecuentes soledades en compañía, de recuerdos enterrados en el subconsciente que reviven en los momentos presentes puesto que el pasado siempre pasa factura. Y a la vez que se relata esta presencia del mal y las experiencias de los aspirantes a suicidas, también da cuenta la novela de la historia presente y del pasado de los principales actantes: Cora, Amalia, su madre y la castradora abuela Remedios. Novela pues con el dolor de la vida como tema de fondo, elaborada con una maestría que nos perturba y fascina a la vez de forma contundente.
   Muros de aire es una novela de personajes. Algunos están presentes en todo el relato, otros, de forma especial, ciertos suicidas, cobran vida en sus desahogos / desafíos, en las entrevistas que les hace Cora, para desaparecer acto seguido. Una estructura compositiva equilibrada, rica, quizás compleja mas no ilegible; con el oportuno empleo de frecuentes analepsis, saltos hacia el pasado para descifrar el presente. Un ritmo pausado que, sin embargo se acelera en las últimas carpetas suicidas, momentos en los que la trama adquiere más intensidad dramática y se transforma en un verdadero relato criminal. Una novela, por lo tanto, de suicidas o de pre-suicidas, a veces emparejados con actos criminales, a los que la vida poco les importa.

Francisco Martínez Bouzas


An Alfaya


Fragmentos

“Todas las mujeres amargadas guardan en el pecho un desamor. Esa es una afirmación poco ingeniosa y, como mínimo, tendenciosa. Amalia podía ser una excepción. De hecho ella trataba de que lo fuera, inventando un mundo a su medida, pero la presencia de Cora suponía un permanente recordatorio de las rémoras del pasado.
Los ojos de Remedios parecían los faros acusadores. Delante de su nieta disimulaba, como disimulaba delante de los Camões, de los Liñares, mostrando un carácter que no tenía nada que ver con la mujer que mangoneaba a todo el mundo dentro de su territorio, manteniendo las apariencias, detestando su casta. De ese modo había ido perdiendo la clientela de la barriada, escarmentada con sus malos modos.”

…..

“Antes de tomar la decisión definitiva de acabar con su vida, en el recorrido vital de de Mauro Luaces había un largo rosario de intentos frustrados, algunos con un fin provocador o experimental sin verdadera intención de que concluyeran en la muerte, pero tampoco excluyendo drásticamente tal posibilidad. Estos primeros intentos nacieron muy temprano, en los albores de la infancia, efectuando juegos rituales en solitario; luego en la compañía de Cora, que curiosamente, a pesar de superarlo en edad, pues los inicios de la pubertad de ella coincidieron con los comienzos de la escuela de él, se dejaba dominar por las obsesiones del chico con extraña sumisión, compartiendo misterios en aquel territorio de penumbras que los acogía a todas horas en el siniestro cuarto de los relojes.”

…..

“La primera obsesión de Mauro durante su recorrido vital fue mantenerse en el umbral de la muerte y jugar a traspasar la línea de vez en cuando. Sabía que su destino sería acabar como siempre había preconizado, es decir, suicidándose. De no hacerlo, sus acciones pasadas carecerían de justificación, y su existencia futura quedaría injustificada. Aquella certeza, en lugar de darle ánimos para poner fin a su tragedia personal, refrenaba su determinación. A medida que fueron pasando los años y quedaban atrás los juegos de la infancia y de la adolescencia, y con ellos sus compañeros insobornables Cora y Arcadio, dos puntales insustituibles, comprendió que quizás resultaba fácil jugar, pero era más complicado ser consecuente con lo teorizado. Aceptar cierta dosis de cobardía para cumplir sus pronósticos no estaba en sus planes. De este modo buscó el contacto con el desconocido a través de la red para que le ayudara a acabar con su existencia, sin atreverse a admitir que la tortura de vivir, en el fondo, era un placer para él.”

(An Alfaya, Muros de aire, páginas 25,73, 177)

viernes, 13 de abril de 2018

¿QUIÉN ES REALMENTE MAURICE LESCA?


Un hombre de talento
Emmanuel Bove
Traducción de Mercedes Noriega Bosch
Editorial Pasos Perdidos, Madrid, 2018, 202 páginas

   

   La primera oportunidad de poder leer en español a Emmanuel Bove (1895-1945) tuvo lugar con la traducción de Mes amis (1924), la novela que, interesada por su obra, publicó Colette. Un libro que proporcionó al autor un gran éxito. Será alabado por Rilke, Gide o Beckett, y Emmanuel Bove comienza a vislumbrar que puede tener un lugar en el mundo. Previamente, en 1921, había iniciado una carrera de novelista popular llegando a publicar diez novelas ligeras con el pseudónimo de Jean o Emmanuel Valois.
   Autor de al menos treinta y ocho novelas firmadas con su nombre -a veces publicaba hasta seis libros al año- en el periplo de una vida repleta de altibajos y rachas buenas o malas de la fortuna. Sus últimas obras, La Piege, Départ dans la nuit y Non-lieu fueron escritas en Argelia a donde se había trasladado huyendo de la ocupación alemana. Desde la década de los setenta, Emmanuel Bove es un figura reconocida como uno de los grandes narradores franceses del pasado siglo, especialmente a partir de que Peter Hancke tradujese sus obras al alemán, llegando a compararlo con Chéjov y Scott Fitzgerald.
   Un home que saveit, ahora traducido por Pasos Perdidos con el título de Un hombre de talento, es una de las últimas novelas de Bove. Escrita en 1942, no vio su edición hasta 1985.
   Aunque en la novela intervienen otros personajes, el principal y único protagonista es Maurice Lesca. Tiene cincuenta y siete años. Vive en un pequeño apartamento de la calle Rivoli con Emily, su hermana. Su vida transcurre como la de un modesto jubilado, a pesar de que había sido médico, profesión de la que desertó por falta de vocación. Hasta la llegada de Emily hacía sus propias compras, se preparaba la comida, se lavaba la ropa, cosía los botones. Pero no cobraba ninguna pensión. Ahora, lleva cinco años malviviendo con su hermana, aparentando lo que no es, desarrollando una problemática vida cotidiana, ni buena ni mala, pero muy superficial, reconoce él mismo. Pero estaba convencido de que los hombres de talento, especialmente los hombres de carácter siempre terminan teniendo éxito en la vida.
   Sin embargo Maurice Lesca en el fondo no sabemos lo que es: un hombre galante con su amiga la señora Maze a la que, no obstante, estafa; un embustero; un infeliz; un manipulador que sobreactúa en algunas ocasiones; un enfermo incapaz de llevar a buen término sus proyectos que constantemente planea. Con todo, sabe sacarle partido a su lacerante ineptitud. En realidad, Maurice Lesca anticipa las turbadoras obsesiones de algunos personajes de Beckett.
   La novela, excepción hecha de algún receso que al autor emplea para darnos cuenta de los antecedentes del protagonista y de su hermana, se reduce a narrar la rutinaria convivencia de un egoísta con su hermana, rodeados de un París, una ciudad dulce y brumosa, pujante de vida, de encuentros, con animados cafés y tiendas de negocios. En ese ambiente, Maurice Lesca deambula por las calles, observa, recuerda, se interroga sobre su propia condición alienada, piensa en las ocasiones perdidas y sueña con otras que llegarán; a veces conversa con su amiga librera sobre la que fantasea que podrá ayudar.
   No hay otro argumento en esta pieza. En el fondo, el lector se queda sin saber quién es realmente Maurice Lesca. A pesar de que nada sucede, Un hombre de talento es realmete un libro muy duro, en el que reluce la tremenda desilusión del autor en el momento en el que escribía la novela, al poco tiempo de su huída de Francia.
   Novela escrita con una gran parquedad de medios: diálogos aparentemente banales que, no obstante, revelan una gran profundidad psicológica. Frases breves, reiterativas, gusto por los detalles, por la elusión. En síntesis, una novela en la que lo que la hace interesante no es tanto una interesante trama argumental  como la tonalidad con la que está escrita.

Francisco Martínez Bouzas


Emmanuel Bove


Fragmentos

“-No me ha dejado terminar, querida. Estoy loco. Iba a decirle que estoy loco. Jamás, jamás, jamás habría ido a ver a se hombre. ¿Cómo ha podido creer que lo haría?. Usted me conoce. Yo hablaba…hablaba como un hombre razonable. Pero no soy razonable. Nunca lo h sido. Lo sabe de sobra. Hay que dejar las cosas como están. Hay que vivir. Hay que amar. No debemos pensar en todos los errores lamentables que hemos cometido,  ¿no es así, Gabrielle? Pero que le voy a hacer, a veces siento que soy una especie de Don Quijote. No puedo soportar que se atente contra las personas que me son queridas. Lo malo es que paso la mayor parte de mis días solo. Mi hermana, mi hermana…es como si no estuviera.”

…..

“A las cuatro volvió a salir para ir a ver a la señora Maze. Había estado reflexionando. Se había esforzado por salir de sí mismo, por juzgar su forma de actuar y analizarla con los ojos de los demás. Era evidente que algunos (Donguy, sin ir más lejos) podían pensar que el papel que desempeñaba en esta historia era de lo más ruin. ¿Quién era ese desgraciado venido a menos que no tenía ni para vivir y que se preocupaba tanto por el dinero de una mujer que estaba sola? Vivía con una hermana a la que no quería, una hermana que, por otra parte, tampoco parecía engañarse demasiado con respecto a él. Se había aprovechado de las  vagas aspiraciones de una de esas innumerables mujeres cuyos matrimonios han fracasado. Había representado el papel del amigo fiel. «Tiene que recuperar su dinero, créame». Y si insistía tanto era, por supuesto, movido únicamente por su afecto profundo y sincero y no, como ciertos individuos mezquinos insinuaban, porque pensase ese secreto que siempre habría una manera de apropiarse de ese dinero.”

…..

“Contemplándose desde fuera, se veía a sí mismo ahí, en esas calles sin encanto, pobremente vestido, con sus recios hombros encorvados, torciendo sin querer hacía adentro el pie derecho, con esa cara de garduña, tan fina, una cara de niño con triple papada, una cara terriblemente devastada en la que, incluso después de afeitarse, aún se percibían mil signos de envejecimiento, lágrimas de frío, cortes, grietas, pielecillas blancas y secas en los labios…A lo largo de su vida se había cruzado muchas veces con hombres de esas características, pero no les había prestado ninguna atención, hombres mucho mayores que él, vencidos por la edad, de quienes era imposible precisar si habían sido buenos o malos. Ahora se habían convertido en uno de ellos.”

(Emmanuel Bove, Un hombre tranquilo, páginas 47, 123, 147)

domingo, 8 de abril de 2018

EL DEBUT LITERARIO DE MATTHEW WEINER: ENTRE EL ÉXITO Y EL RIESGO



Absolutamente Heather
Matthew Weiner
Traducción de Albert Fuentes
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2018, 156 páginas.

    

   Matthew Weiner, creador y guionista de dos de las más famosas series televisivas, Mad  Men y Los Soprano, posiblemente siempre soñó con convertirse en novelista. De hecho, y es sintomático, en las dos grandes series televisivas, aparece o bien un mafioso o un ejecutivo de una agencia de publicidad con aspiraciones de llegar a ser novelista. En las fantasías de sus personajes se ha querido ver su sueño creativo, realizado finalmente en la publicación de Heather, the Totality, editada a principios de año por Seix Barral. El nombre del autor le ha conferido al libro dimensiones poco menos que cósmicas. Elogios de los grandes periódicos de habla inglesa, de revistas, de escritores como John Banville, Michael Chabon, Philip Pullman, Zadie Smith, entre otros muchos. Es, sin duda, la consecuencia de la proyección mediática del autor que ha impulsado a afirmar a un alto cargo de la editorial americana que publicó la novela, que, siendo muy actual, recuerda a Edgar Allan Poe y a Henry James.
   En una narración que se desarrolla en Nueva York y sin un marco temporal  explícito, si bien se nos dice que hay internet y teléfonos móviles, Matthew Weiner nos traslada una trama, a primera vista, insignificante y que, aunque parezca un thriller, realmente no lo es, sino la historia del matrimonio Breakstone, su hija Heather y Bobby Klasky, un drogadicto maltratado por la vida que ha conocido la prisión y ha aprendido a sobrevivir sin privilegio alguno. La narración permite asistir al inicio de la relación entre Mark Breakstone y Karen. Mark se mueve en el mundo de las finanzas, pero eso no le hace millonario. Karen se ocupa del trabajo doméstico. Nace Heather, perfecta en todos los aspectos: inteligente, hermosa, apreciada por todos. Crece y madura, lo que provoca que la relación con sus padres poco a poco vaya cambiando, surgiendo tensiones entre la pareja y rebeldías por parte de Heather.
   Pero, como sin contrapunto difícilmente puede haber conflicto y novela, aparece muy pronto la otra cara de la moneda. Bobby Klasky, un joven hijo de madre drogadicta y padre desconocido, con el alcohol, la violencia y las drogas como vivencias que rodean su crecimiento.
   Los caminos de Heather y Bobby se cruzan cuando este va a trabajar al edificio donde vive la familia. Bobby queda de inmediato prendado de la chica y posa sus ojos en ella. En el historial de Bobby hay un intento de violación. Se arrepiente de haber dejando viva a la chica. Ahora, si se presta la ocasión sabe cómo debe actuar. Desea ardientemente a Heather, la mira con los ojos lascivos de un depredador sexual. Y aquí comienza la parte más interesante de la narración: el estrés y la preocupación del padre ante el peligro que cree corre su hija.
   Matthew Weiner no nos ofrece un thriller con Heather como potencial víctima, sino la situación angustiosa del padre. Bobby comienza controlar a Heather. Toma nota de sus costumbres, rutinas, horarios, como un depredador oculto que oculta algo más que un deseo irrefrenable. La deriva de los acontecimientos hace empeorar aún más las cosas entre la pareja, a la vez que Heather sueña con las posibles iteraciones con el chico, para ella sin nombre, el Trabajador blanco que cada día la traspasa con sus miradas. Mientras tanto las pesadillas del padre no hacen más que crecer.
   Matthew Weiner logra dotar al relato de cierta tensión, especialmente a partir del capítulo 4, con un desenlace inesperado aunque no demasiado original. Las dos primeras partes son meras informaciones contextuales sobre la familia Breakstone y sobre su contrapunto, la familia de Bobby y la reconstrucción de su historial delictivo.
   La novela desarrolla una historia sencilla, lineal, con alternancia de secuencias sobre la familia Breakstone y Bobby; con personajes arquetípicos de la sociedad norteamericana: la familia que tiene todos los privilegios, una pareja que va languideciendo paulatinamente y se vuelca en su hija, y un maltratado por la vida que aprende a sobrevivir. Un ritmo ágil, con escenas dinámicas y vivas y una prosa simplemente concisa. En definitiva, un debut literario tan alejado de los excesivos elogios (“Soberbia. Esta novela es algo especial”, Philip Pullman) como de las censuras más radicales (“Absolutamente pobre… Weiner maestro de la televisión, parece un adolescente novato escribiendo su primera novela”)

Francisco Martínez Bouzas


Matthew Weiner


Fragmentos

“Unos diez años antes de la primera cita de Mark y Karen nacía Robert Klasky, hijo de madre soltera, en un hospital público de Newark, Nueva Jersey. Bobby, que es como lo llamaban, fue un milagro que pasó desapercibido al personal médico, ya que nadie estaba al corriente de que su madre casi no había consumido otra cosa que cerveza durante el embarazo del que no tuvo constancia hasta prácticamente el parto. Nació con el apellido de su Madre porque el padre podía ser cualquiera de unos cuantos hombres que tenían el pelo castaño ceniza y los ojos azules de Bobby.”

…..

“Bobby sabía ahora todo lo que necesitaba saber y que sus planes eran demasiado modestos y que deberían ir mucho más allá de limitarse a encerrarla e una habitación y poseerla por cometo, de la cabeza a los pies, en varias posturas y posiciones. Tendría que matarla sí o sí para que no le pillaran, pero al mismo tiempo no podía dejar de pensar en la vez que había ido a una iglesia católica con un trabajador social cuando tenía trece años. Recordó que al tragarse la hostia y el vino sintió que de verdad se convertían en algo en su boca, como el olor a humo después de quemar cocaína, y que luego regresó corriendo a su casa en un arrebato de furia destructiva a mano limpia, derribando buzones y cubos de basura y hasta resquebrajó el parabrisas de un coche de un puñetazo. En aquel momento estaba convencido de que la fuerza y el poder los había recibido de ese trocito minúsculo de Dios que se había tragado y durante meses intentó volver a comulgar, pero habían cambiado de destino al trabajador social y Bobby era demasiado tímido para entrar solo e una iglesia.”

…..

“Se preguntó si ese cabeza rapada bajito y sucio había esperado a su hija dos veces sólo ese día o lo hacía de forma habitual, y si aquella mirada de depredador ocultaba algo más que un deseo irrefrenable. Tal vez era la mirada de un hombre que daba por sentado que lo rechazarían y odiaba a esa esbelta pijita que lo provocaba desfilando delante de él, dueña de todo lo que él jamás podría poseer. Mark deseó que lo que había visto dirigido a su hija fuera tan sólo deseo, y entonces se quedó sin respiración y estuvo a punto de desmayarse en un banco, pues su cuerpo dedujo en un segundo lo que su mente había tardado una hora en comprender: la mirada del trabajador era tan violenta y ansiosa que en realidad Mark había huido asustado.”

(Matthew Weiner,  Absolutamente Heather, páginas 27, 92, 101)

jueves, 5 de abril de 2018

VIVIR LA MUERTE DESDE DENTRO


Cuatro mendrugos de pan
Magda Hollander-Lafon
Traducción de Laura Salas Rodríguez
Editorial Periférica, Cáceres, 2017, 151 páginas.

    

   Magda Hollander-Lafon (Záhoney, Hungría, 1927) no rozó la muerte, la vivió desde dentro, como escribió Jorge Semprún sobre las experiencias en Büchenwald. En ella, esa experiencia terrible y pavorosa la experimentó a la edad de dieciséis años cuando fue llevada a Auschiwitz-Birkeneau. Hasta el final de la guerra en 1945, su cuerpo y su mente pasarán por otros cuatro campos de exterminio, dentro de la solución final del genocidio de millones de judíos de toda Europa. Pero el instinto de supervivencia la rescató de la muerte, empujándola incluso a cambiar de la fila que iba a la cámara de gas, a otra donde la gente estaba en mejor estado. En cambio, su madre y su hermana, por mucho que rezaron a Dios, se convirtieron en humo y cenizas de las chimeneas de Auschwitz.
   De sus impresiones en los campos de exterminio surge este libro estructurado en dos partes: “Los caminos del tiempo” y “De las tinieblas a la alegría”. El libro recibe su título de una dramática escena que la autora recuerda en todo su realismo: un día, salía del barracón y vio tumbada a una mujer ya casi sin vida. la llamó y, para que siguiera viva y le contara al mundo lo que estaba pasando, le dio unos mendrugos de pan mohoso.
   La obra,  para los editores franceses no es un testimonio sobre el Holocausto, sino una meditación sobre la vida. La autora que no es escritora profesional, sino una superviviente de la muerte, tardó más de treinta años en poder contar sus recuerdos que se concentran, sobre todo, en la primera parte del volumen, publicada en 1997. Ella es la niña húngara que revive después de tres décadas para testimoniar, como tantos otros, la ofensa que se le hizo no solo al pueblo judío, sino a toda la humanidad.
   El libro, como anotan los prologuistas del original francés, pretende que no sea la muerte, a pesar de haberla vivido tan de cerca la autora, quien diga la última palabra, “para que el crimen no mate dos veces a todos los que perdieron allí la vida y no deje prisioneros de una manera mortífera a quienes sobrevivieron”.
   En la gestación de la primera parte, “Los caminos del tiempo”, hay una exploración de la “tinieblas fugitivas” que la autora recupera al salir de un hospital, recobrando la memoria petrificada por el silencio y el miedo. Su contenido son unos breves esbozos e impresiones sobre los campos, los hechos que allí acaecían, la mirada de las víctimas -la de una compañera con los colmillos de un perro hundidos en su carne, o la de otra que muere apaleada-, las humillaciones a las que son sometidas, el hambre y la sed extremas, el abatimiento, el crepitar de las chimeneas que expulsan las cenizas de los que están siendo quemados. Recuerda la partida, junto con su madre y hermana, olisqueando el peligro con los ojos cerrados, el ladrido de hombres y perros que los reciben en Auschwitz. El día a día picando piedras; el cazo de sopa gris y transparente como toda comida; el desplome tras la entrada en el block, al mismo tiempo que la puesta de sol. El apetito insaciable de los piojos, presentes día y noche; la batalla diaria por un pellizco de pan; la cotidiana rutina de correr para demostrar que todavía son aptas para el trabajo; el milagro de unas gotas de agua que unas compañeras le proporcionan y que le salvan la vida.  La crueldad de una antigua deportada ascendida a jefe de block, que insulta, abofetea y reprocha a los ancianos por no morirse y robarle el pan a los jóvenes; los recuentos a golpe de latigazos.
   Y, entre tanta maldad, el gesto de un buen guardián que le frota los pies congelados con un periódico, un gesto que le permite recuperar la creencia en la bondad humana. La usurpación de toda identidad: recuerdos, vestimenta, pelo y dientes si tienen fundas de oro. Y como estos, otras muchas evocaciones que afloran en la memoria de Magda Hollander-Lafon. Pero también múltiples interrogantes que cuestionan el hecho de haber sido las olvidadas de la humanidad. Y finalmente, el regreso a la vida con una maleta agujereada, pero, a falta de ropa, llena de esperanzas, sueños y temores.
   La segunda parte, “De las tinieblas a la alegría”, es un texto meditativo, surgido del reencuentro del gusto por la existencia. Recordando a todas y todos los que entraron en las cámaras de gas, la autora intenta hacer de Auschwitz, no un lugar de la muerte, sino un territorio de apelación al porvenir. Brota la memoria de la infancia, la herida húngara, con el olvido incluso de la lengua materna. El remordimiento que la carcome al regresar viva de los campos de exterminio. “¿Por qué yo sí y los demás no?”. Y la vergüenza de ser una judía sin rostro, no creyente, que no sabe con quién identificarse. ¿En ser menos que nada, como le respondían los nazis?
   El texto de Magda Hollander-Lafon no aparta una nueva visión sobre los campos, ni alcanza la profundidad de los escritos de Primo Levi, Imre Kertész o Danilo Kiš, pero nos entrega, como tantos otros, un nuevo testimonio, extraído de la propia experiencia, sobre la “banalidad del mal”: la muerte de millones de seres humanos y el proceso de deshumanización que el nazismo implantó en los campos. Sus secuencias breves, unas veces narrativas, otras en forma de sentencias o poesías, reflejan la perniciosa lógica de los campos de concentración: el hambre, la violencia de los campos, los robos, los interminables recuentros bajo el sol o el frío, los cuerpos que se derrumbaban agotados. Ella fue testigos de los peores horrores y los relata sin frialdad, pero tampoco sin desgarradoras y exageradas gesticulaciones escriturales.

Francisco Martínez Bouzas

 
Magda Hollander-Lafon

Fragmentos

“Hay unos robots congelados a cada lado de la puerta, armados con látigos, perros y bastones. Corremos, entumecidas por el miedo. Para aligerar la carrera, para evitar mejor los golpes y los mordiscos, nos deshacemos de los zapatos o los zuecos. Frenar, dar un paso en falso, significa que te enganchen de inmediato con un bastón y te aparten: selección fatal. Las últimas de la larga fila en llegar chocan contra los cuerpos sin vida, tropiezan con obstáculos esparcidos.
Con paso alterado seguimos corriendo más allá del portón, jadeantes, por instinto, con el rostro crispado por el miedo.
Nuestra vida depende de nuestros pies. Están doloridos y agitan nuestras cortas noches. Cada amanecer nos preguntamos si nuestros pies maltrechos, que llevan el peso excesivo de las almas  desnudas, atravesarán un mañana más.”

…..

“En Birkeneau, una moribunda me hizo un gesto: abriendo la mano, que contenía cuatro mendrugos de pan mohoso, me dijo con voz apenas audible: «Coge. Eres joven, debes vivir para dar testimonio de los que ocurre aquí. Debes contarlo para que no vuelva a ocurrir nunca más en el mundo». Cogí los cuatro mendrugos de pan y me los comí delante de ella. En su mirada leí a la vez la bondad y el abandono. Yo era muy joven, me sentí abrumada por el gesto y por la carga que suponía.
Este acontecimiento ha pasado mucho tiempo olvidado.
En 1978, Darquier de Pellepox dijo: «En Auschwitz sólo se gasearon piojos». La perversión de tales palabras me sublevó e hizo que se alzara en mí el recuerdo del gesto de aquella mujer. Volví a ver su rostro. Ya no podía callarme.
Tomar la palabra es un desafío para mí, pero no puedo rehuirlo; obedezco, no a un «deber de memoria», sino a una fidelidad a la memoria de aquellas y aquellos que desaparecieron ante mis ojos.”

…..

“Mi vida se detuvo a los dieciséis años, en plena crisis de la adolescencia, en plena crisis con mis padres. En Auschwitz me separé de mi madre y de mi hermana sin una mirada, sin un gesto y cuando me pregunté sobre su paradero, una kapo polaca me dijo en tono indiferente: «¿Ves la chimenea que arde? Pues ya están todos dentro». Mi vida se detuvo por segunda vez.
Quedé petrificada por el horror de aquella visión, por el remordimiento de no haber podido decirle adiós a los míos, pedirles perdón. Me sumí en una tristeza espesa, en una desesperación sin fondo. Si no hubiese ahogado de inmediato tal desesperanza, creo que habría perdido la razón.”

(Magda Hollader-Lafon, Cuatro mendrugos de pan, páginas 31-32, 75-76, 84)