viernes, 21 de noviembre de 2014

"LA VERDAD Y OTRAS MENTIRAS": LA NOVELA DE UN MAESTRO DEL ENGAÑO



La verdad y otras mentiras
Sascha Arango
Traducción de Carlos Andreu
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2014, 309 páginas

   La verdad y otras mentiras supuso el debut literario de Sascha Arango, uno de los más conocidos y exitosos guionistas de la televisión alemana. El autor, de padre colombiano, nació en Berlín en 1969. Y en el presente año publicó en Alemania esta su primera novela que se convirtió de inmediato en un éxito editorial, con ventas de derechos a más de veinte países. Es posible que todo ello sea debido al hecho de que estamos ante una novela que parte de una idea muy original, y su protagonista es un experto en el arte de mentir y en el manejo, a su capricho, del mundo circundante, cabalgando exitosamente sobre las personas que se hallan a su lado. Pero ocurre una vez más lo que suele ser habitual en estas lides: nada es lo que parece y la exitosa vida del protagonista se yergue sobre una inmensa farsa que proviene ya de tiempos pretéritos y que terminará por desmoronarse.
   La verdad y otras mentiras es una peculiar novela negra erguida sobre los moldes de un guión televisivo, y con un personaje central alrededor del que gira toda la pieza novelesca. Es Henry Hayden, un consumado maestro del engaño. A sus cuarenta y dos años se ha convertido en un escritor de fama internacional sin haber escrito una sola línea. Felizmente casado desde hace más de una década, comparte a su esposa Martha con una amante, Betty, su editora, responsable en buena parte de sus éxitos editoriales. Sin embargo, poco a poco la novela nos va desvelando que la verdadera responsable de esos éxitos es su mujer, que es la que escribe sus novelas. No obstante, su adorable panorama de contratos millonarios e idolatría por parte de las mujeres se tuerce de forma imprevista cuando su amante y editora le confiesa que está embarazada. A partir de aquí, el sobresalto inicial da lugar a un carrusel de mentiras con una sola verdad: Henry Hayden, en un acto de liberación, sopesa contarle la verdad a su mujer o quitarse de en medio a su amante. Pero Henry comete un error fatal que cambiará todos sus planes y la vida de quienes le rodea: empieza a mentir y las mentiras no tienen vuelta atrás, se acumulan y agrandan  como bolas de nieve.
   Piensa Sascha Arango que la mentira es la cuna de la ficción y ese pensamiento explica en buena medida la trama de su novela. El personaje central no es un protagonista en el sentido creativo -lo es su esposa- , lo es sin embargo de la mentira. Mentiras que se expanden por sus peripecias que Sascha Arango recoge en forma de original amalgama de comedia y novela policiaca, con crímenes, estafas, sobornos y peligros inesperados por medio.
   La novela termina finalmente por convertirse en una confusa trama de enredo, en una gran farsa que es a la vez un triángulo amoroso, literario y criminal, con buenas dosis de humor negro, de género policiaco, confusiones, tretas, trucos efectistas destinados a despistar al lector, aunque se ven venir y solamente a un papanatas le harían perder la pista.
   Cabe resaltar, seguramente como lo más meritorio de la ficción de Sascha Arango, la creación del personaje principal, ese protagonista que llega a hacerse un consumado experto en el arte de mentir, aunque al final sus falsedades no le conduzcan a ninguna parte. Sascha Arango supo crear un buen personaje en la figura de Henry. Un heterodoxo protagonista   arropado por una hipnótica y arrolladora personalidad que el lector percibe por mucho que desapruebe el comportamiento de este mentiroso compulsivo, egoísta y asesino. Al contrario de los otros miembros de su trío -Martha y Betty-  que son personajes planos, Henry evoluciona y llegará incluso a impactar al lector con comportamientos generosos que ni él mismo es capaz de explicar. La personalidad arrolladora de un verdadero encantador de serpientes, capaz de esconder un oculto fondo oscuro y un turbio pasado de gran farsante y canalla.
   No resulta descabellado pensar que Sascha Arango le ha vuelto a dar vida en su ficción a uno de los personajes más fascinantes que ha engendrado la literatura contemporánea: Tom Ripley de Patricia Highsmith. Esta versión remozada de Mr. Ripley es sin duda el mayor acierto de una novela no exenta de un gran sentido del humor negro, escrita con una prosa que se deja leer fácilmente. Comedia negra de enredo, a veces divertida, cuyo mayor mérito puede ser el hecho de que sintamos un ápice de simpatía por un ser absolutamente amoral. Y en su debe, un final que demandaría un mayor esfuerzo y eficacia compositiva. Una novela pues que, como tantas otras, no pasará a la historia de la literatura, pero que puede ser un antídoto contra el aburrimiento y una buena manera de pasar el rato cuando uno decide dejar al margen otros objetivos estéticos.

Francisco Martínez Bouzas


Sascha Arango

Fragmentos

“Fatídico. Bastó una simple mirada a aquella imagen para que los negros presentimientos de los últimos meses tomaran cuerpo. El embrión estaba encogido como un batracio y lo miraba fijamente con un ojo. ¿Y qué era eso que se insinuaba encima de la cola del dragón? ¿Un brazo o un tentáculo?
Los momentos de certeza absoluta a lo largo de una vida son escasos, pero en aquel preciso instante Henry vio el futuro. Aquel batracio crecería y se convertiría en persona. Tendría derechos, exigiría cosas, haría preguntas, y antes o después lo sabría todo y se convertiría en un individuo.
La ecografía tenía el tamaño de una postal. Había una escala de grises a la derecha del embrión, varias letras a la mano izquierda, y el nombre de la madre y de la doctora en la parte superior. A Henry no le cabía ninguna duda deque era auténtica.
Betty, que fumaba sentada al volante, junto a él, vio cómo le brotaban lágrimas de los ojos. Le acarició la mejilla, creyendo que eran lágrimas de felicidad. Pero en realidad Henry pensaba en Martha, su mujer. ¿Por qué no podía quedarse embarazada de él?¿Por qué tenía que estar sentado en el coche con aquella otra mujer?”

…..

“Todo volvía a estar como al principio. Nadie sospechaba de él, nadie quería arrestarlo, no iba  a necesitar ni el cepillo de dientes ni el libro, e iba a regresar a su casa como un hombre libre. La luz artificial del techo de la sala de autopsias iluminaba el cuerpo diseccionado de la mujer como un rayo de sol que se filtrara entre las nubes tras una tormenta. De pronto, Henry sintió una profunda compasión por la fallecida. ¿Por qué había acabado la pobre en el agua? ¿Estaría cansada de vivir? ¿Tendría una enfermedad terminal? ¿Habría dejado hijos? ¿Quién la estaría esperando en vano?
Más tarde se descubriría que la muerta era una funcionaria prejubilada que se había caído de un puente mientras intentaba fotografiar una gaviota.”

(Sascha Arango, La verdad y otras mentiras, páginas 11-12, 158)

miércoles, 19 de noviembre de 2014

"LA MIRADA DE LA MUÑECA HINCHABLE": UNA SITUACIÓN DRAMÁTICA PROLONGADA



La mirada de la muñeca hinchable
Javier Tomeo
Editorial Anagrama, Barcelona, 162 páginas
(LIBROS DE FONDO)

   Alejado del realismo que caracterizaba sus primeras novelas “serias”-sabido es que Tomeo escribió, bajo pseudónimo, en los años cincuenta literatura popular e incluso algunas novelas del oeste-, y en la misma línea de ese cambio “consciente” hacia algo diferente y difícil de publicar que iniciara en Cuentos perversos (2002), el escritor aragonés, Javier Tomeo (Quicena, Huesca, 1932-Barcelona, 2013), publicó en Anagrama en el año 2003 una de sus numerosas novelas que, en sentido estricto y riguroso del término, está huérfana de argumento. No obstante el mismo escritor describió la trama de La mirada de la muñeca hinchable como “una situación dramática prolongada”. Y en efecto, de verdadera situación dramática que se prorroga sin fin, puede definirse lo que le acontece al antihéroe de la fabulación de Javier Tomeo.
   Difícilmente se puede hallar mayor dramatismo que en la figura de un hombre solitario al que en su casa le hace compañía una muñeca inchable (Dorotea le llama), con la que vive amancebado. Una situación a la vez desoladora, patética y cómica. Una visión esperpéntica y deformada de la realidad que el autor reconoce que se reedita en todas sus obras.
   El protagonista de la novela es un ser solitario e inadaptado que, cuando se encuentra en su casa, enciende el televisor y comenta sus contenidos, “horrorosos y manipuladores”, con sus compañera, la muñeca, que no lo contradice en lo más mínimo ni responde a sus caricias y palabras lisonjeras. Otras veces da largos paseos por una ciudad en compañía de otro hombre. Torcuato, una suerte de alter ego del protagonista. Y entre los dos presencian situaciones esperpénticas, estrafalarias y contactan con personajes asimétricos.
   La novela esta ausente de indicio de estructura canónica. Y la acción podría prolongarse de forma indefinida. El mismo Javier Tomeo es consciente de la falta de un argumento convencional, aunque matiza que éste no existe en el sentido de que no se producen situaciones que se podrían hallar en un novelón. Mas Javier Tomeo cuenta una historia y en las páginas de su fabulación, hacen acto de presencia todas las querencias y fobias de su narrativa. Su relato, página tras página, nos conduce hasta la perturbación. El orbe estético de Javier Tomeo no está trabajado como lo podría hacer un aparato escritural de funcionamiento sencillo y fácil. Sus personajes, obsesionados y torturados, incapaces de hallar acomodo en la realidad, son con frecuencia auténticos trastornados. Sus novelas, de elevada densidad y desarrolladas a traveseé de espacios y escenografías atemporales, universales y humorísticas, la concisión de su prosa,  ciertamente cartesiana, hacen de Javier Tomeo un escritor raro y difícil de encuadrar en las clasificaciones o tipificaciones generacionales de la literatura española.
   Mas sus textos, ya irrepetibles a no ser que se hallen más inéditos como el de El hombre bicolor, poseen una “luz interior” una economía lingüística y ese estilo tan austero y límpido que los hacen parecer de fácil lectura. Es esa luz interior la que nos permite ver en Javier Tomeo un escritor de dimensiones universales que pervivirán más allá de la muerte, capaces de alcanzar y desconcertar las periferias del alma compleja de nuestro tiempo.

Francisco Martínez Bouzas


Javier Tomeo (Foto de Marce-Lí  Sáenz)

Fragmentos

“Me acerco a la ventana y contemplo la puesta de sol. Las chimeneas empiezan a enrojecer, pero los vecinos del noveno segunda continúan insultándose. A esa gente le importa un pimiento el color del cielo. Falta media hora para que empiece el telediario. Doy un par de puñetazos en la pared, pero continúan gritando.
-Tú y yo, por lo menos, no discutimos -le digo a la muñeca.
Dorotea continúa con la mirada puesta en el fondo del pasillo. No cambia nunca de expresión, pero desde que le pinté las pestañas parece que me vea.
Los vecinos discuten ahora de gastronomía. Cualquier tema es bueno para demostrar que no están de acuerdo. El marido dice que en la fabada no se echan tacos de ternera y ella responde que su madre los echaba. El hombre suelta una carcajada. Tal vez esté fingiendo, pero su risotada resulta convincente. Se ríe, además, con la letra o, con lo que sus carcajadas resultan todavía más brutales y humillantes.”

…..

“Llego a casa y me frío un par de huevos con chorizo y la casa se llena de humo, pero Dorotea no protesta. Me siento a cenar a su lado, pincho el chorizo con el tenedor y se lo acerco a un centímetro de la boca, pero la mantiene cerrada. No quiere reconocer que se está muriendo de hambre.
-Vamos, vamos, abre la boquita -la animo.
No tengo más remedio que admitir que es más fuerte que yo. Está por encima de mis debilidades y servidumbres. No necesita comer, no necesita amar. Cuando liquido el chorizo me limpio los labios con la servilleta y le doy la oportunidad de que me bese.
-Adelante, soy todo tuyo, -la animo.
Cierro los ojos y espero, pero no mueve ni una pestaña. Debe de suponer que estoy borracho y la verdad es que no se equivoca demasiado.
-Ámame -le pido.
No dice ni mu. Continúa ignorando que estoy a su lado.
-Vamos, dime algo -insisto, acariciándole la mano.
Lo mejor que puedo hacer es librarme definitivamente de esa ingrata. Lo decido de pronto. No soporto más humillaciones. Ni siquiera le concedo el derecho a disculparse. La arrastro por un brazo hasta la ventana y sin pensármelo dos veces la arrojo al vacío en el preciso instante en el que el vecino del noveno quinta insiste con El trino del diablo.”

(Javier Tomeo, La mirada de la muñeca inchable, páginas 27-28, 124-125)

lunes, 17 de noviembre de 2014

"MAL ENCUENTRO A LA LUZ DE LA LUNA": UNA HAZAÑA BÉLICA CON EL MARCHAMO DE UN CUENTO DE HADAS



Mal encuentro a la luz de la luna
W. Stanley Moss
Prólogo y epílogo de Iain Moncreiffe
Post scriptum de Patrick Leigh Fermor
Traducción de Dolores Payá
Acantilado, Barcelona, 2014, 245 páginas

   Mal encuentro a la luz de la luna es el título con el que Acantilado edita en español este libro escrito por William  Stanley Moss, y publicado originariamente  en 1950 bajo el rótulo Ill Met by Moonlight. El subtítulo de la publicación es suficientemente explícito sobre su contenido: “El secuestro del general Kreipe en Creta durante la Segunda Guerra Mundial”. Y le augura así mismo al lector un gran relato de aventuras. Su autor, William Stanley Moss (Japón, 1921-Jamaica, 1965) fue un héroe británico de la Segunda Guerra Mundial que, al concluir ésta, se convertiría en un renombrado escritor. Después de la contienda, formó parte de la Expedición Británica al Polo Sur, navegó por las islas del Pacífico y finalmente se instaló en Kingston (Jamaica) donde falleció. En unión de Patrick Leigh Fermor realizó arriesgadas misiones en los cuerpos de la inteligencia británica.
   La que se narra en este libro, fue la más notable y la que mayor resonancia alcanzó, hasta el punto de que dio lugar a versiones cinematográficas: Emboscada en la noche o Emboscada nocturna (1957), el título con el que fue comercializada en España. De la aventura relatada en el libro, el secuestro del general Heinrich Kreipe, comandante de la 22 Infanterie-Division que ocupó Creta, se ha dicho lo siguiente: “De todas las historias generadas por la guerra, ésta es la que los escolares de todas partes recordarán mejor”. El secuestro del general alemán fue comandada por, W. Stanley Moss (Billy Moss) y por Patrick Leigh Fermor (Padyy), que había participado en la retirada de los ejércitos  británicos de Grecia y Creta. Sin embargo, al poco tiempo, regresó a Creta como agente secreto. Disfrazado de pastor, con su estación de radio mantuvo encendida desde las montañas la antorcha de la libertad. En el otoño de 1943 regresó a El Cairo y allí conoció a W. Stanley Moss, y poco después, bajo la luz de las estrellas, los dos decidieron llevar a cabo la hazaña (“una tremenda burla”) que se narra en las páginas de este volumen.
    Con la excepción de las primeras páginas, W. Stanley Moss, escribió este libro  en forma de diario. Cada entrada ocupa varias páginas, lo que fue posible, como explica en el prefacio el autor, porque en Creta, hacíamos de nuestras noches días, igual que si viviéramos en un eterno Ramadán, y por lo tanto disponíamos de mucho tiempo durante las horas que pasábamos escondidos (páginas 7-8).
   A parte del prefacio, del prólogo y del epílogo, escritos por Iain Moncreiffe y de un amplio Post scriptum de la autoria de Patrick Leigh Fermor, el libro estructura los diversos episodios y peripecias en cinco secciones: “La llegada”, “La operación”, “En marcha”, “Seguimos en marcha” y “La partida”. A lo largo de estas cinco partes se describen los pasos que el grupo comandado por Stanley Moss, en compañía de los griegos George Tirakis y Manoli Paterikis (El Hombre Jueves y el Hombre Viernes)  y un grupo formado por cretenses, entre los que había incluso algún asesino convicto, habrá de seguir tras su desembarco nocturno para encontrase con Leigh Fermor, disponer los preparativos, recorrer largas caminatas nocturnas, los refugios diurnos en las cuevas de la isla, el contacto con la población local, que nunca dejó de apoyarles…hasta realizar la misión: el secuestro del general Kreipe, sucesor del implacable general Müller, comandante de las tropas alemanas que ocupaban Creta. Y posteriormente, eludir con mucha fortuna durante casi tres semanas, los puestos de control y las patrullas alemanas y alcanzar, en el punto de encuentro, el barco que los transportaría a El Cairo.
   La increíble hazaña reúne en el minucioso relato de Stanley Moss todos los ingredientes de un gran relato de aventuras: intriga, épica, heroismo, grandes dosis de buena suerte se dan cita en la narración de Stanley Moss que cuenta con gran amenidad, buen pulso y sin ahorrarse detalles los momentos cruciales de la aventura, pero también las horas tediosas y el difícil recorrido por las escarpadas montañas cretenses.
   Así pues, relato de una aventura tan increíble y arriesgada que se lee como una novela. No conviene olvidar, no obstante, que muchas veces la realidad supera a la ficción, y el secuestro y traslado a El Cairo del jefe del ejército alemán que ocupaba Creta, es uno de esos momentos, en los que una aventura real adquiere tal calado que parece dispersarse por caminos ficcionales. Casi como en un cuento de hadas.

Francisco Martínez Bouzas

 
Stanley Moss, el general Kreipe y Leigh Fermor
Fragmentos

“Salimos de la cuneta a todo correr y nos plantamos en medio de la carretera. Paddy encendió su lámpara roja y yo sostuve en alto una señal de tráfico. Ambos nos quedamos plantados en mitad del cruce.
En cuestión de segundos -mucho antes de lo que esperábamos- la luz de los potentes faros del coche del general asomó por la curva, siguió avanzando y pronto nos iluminó de pleno. Al acercarse al cruce, el chofer frenó.
Paddy gritó:
-Halt! [Alto!]
El coche se detuvo. Nos acercamos a él con lentitud, y una vez hubimos pasado frente al haz de luz de los faros, sacamos las pistolas -ya amartilladas- que teníamos escondidas en la espalda y preparamos las cachiporras.
Cuando llegamos a la altura del coche, Paddy preguntó:
-Ist dies das General’s Wagen? [ ¿Es este  el coche del general?]
Del interior del coche llegó un «Ja, ja»amortiguado.
Luego las cosas sucedieron con gran rapidez. Hubo mucha precipitación por todas partes. Abrimos las dos portezuelas de un tirón y nuestras linternas iluminaron el interior del coche: la cara perpleja del general, los ojos aterrorizados del chófer y los asientos traseros vacíos. El chófer trató de alcanzar su automática con la mano derecha, pero le di un golpe en la cabeza con mi porra y cayó hacia delante. George, que estaba a mi espalda, lo sacó del asiento del conductor y lo tiró en la carretera. Yo salté dentro del coche y me puse al frente del volante y en ese mismo momento vi cómo Paddy y Manoli sacaban a rastras al general por la otra portezuela. El viejo se defendía con furia, les golpeaba y les daba patadas. Obviamente pensó que íbamos a matarlo y se puso a gritar como un poseso. Maldecía a grito pelado.”

…..

“Recuerdo que solté un woods  cuando el centinela nos hizo una señal deparar. Yo había propuesto que frenáramos, como en las anteriores ocasiones, y aceleráramos en cuanto llegáramos a su altura, pero esta vez era imposible, porque el centinela no se desplazó un milímetro, y a la luz de los faros vimos a varios soldados alemanes de pie tras él. No me quedó más remedio que reducir la velocidad y conducir a paso de caracol. Previamente habíamos acordado que si se daba el caso de que nos preguntaran cualquier cosa la respuesta sería un escueto «General’s Wagen!» [El coche del general!], acompañado de un saludo amistoso. Si se nos pedía más conversación la charla correría a cargo de Paddy.
George, Manoli y Stratis tenía los fusiles listos y se había hundido en los asientos todo lo que el espacio permitía. El general estaba a sus pies en el suelo. Paddy y yo amartillamos las pistolas y las pusimos sobre nuestros respectivos regazos.
El centinela se aproximó al coche por el lado de Paddy. Antes de que se acercara demasiado, Paddy gritó que viajábamos en el coche del general –algo que, después de todo, no era más que la pura verdad -, y sin esperar a que el guardia abriera la boca y respondiera yo pisé el acelerador y proseguimos la marcha, gritando un «Gute Nacht!» [Buenas noches!] mientras nos alejábamos. Todos nos saludaron.”

(W. Stanley Moss, Mal encuentro a la luz de la luna, páginas 107-108, 117-118)

jueves, 13 de noviembre de 2014

NOVEDADES DE MENOSCUARTO EDICIONES



  La palentina Menoscuarto Ediciones, un sello de ediciones Cálamo, es otra casa editora independiente que nació con la intención de hallar y proveernos de buena literatura en los tres géneros en los que edita: novela, ensayo y poesía. Para ello ha creado diversas colecciones: “Reloj de arena” dedicado a la narrativa breve; “Entretanto” que edita obras singulares actuales en pequeño formato; “Cristal de cuarzo” para libros de ensayo; “Cuadrante nueve” que pone  a disposición de los lectores novelas de contrastada calidad de autores tanto españoles como extranjeros. Títulos inéditos como otros ya publicados, merecedores de una nueva y cuidada edición. Es su forma de luchar contra la crisis y el dominio del libro único.
   La calidad de la literatura que nos está ofreciendo Menoscuarto Ediciones, es una inexcusable exigencia para acercarnos, en una primera visual, solamente informativa y elaborada primordialmente a base de las presentaciones editoriales, a estas tres novedades de la colección “Cuadrante nueve” que nos ofrece el sello editor palentino. Más tarde volveré a estos títulos con una verdadera valoración  crítica.

Solitarios
José Manuel de la Huerga
Menoscuarto Ediciones, Palencia, 2013, 218 páginas.

   El autor, José Manuel de la Huerga (Aundanzas del Valle, León, 1967), no es ajeno a este Cuarderno de crítica literaria. En su día valoré en estás páginas virtuales, su cuarta novela, Apuntes de medicina interna. José Manuel de la Huerga está levantando un territorio narrativo propio poblado por varios géneros: lírica, narrativa breve, novela. Varios premios de indudable prestigio honran ya su curriculum  de escritor de literatura.
   En Solitarios el autor nos propone un juego literario que se hace presente ya en su mismo título, Solitarios”, un díptico de dos novelas breves emparentadas: Ultramarinos El pez de Oro y Naipe de señoritas. En ambas historias, sus personajes buscan la felicidad a través del azar, recorren incansables las calles de Barrio de Piedra, viajan a Lisboa…Son solitarios, mas en sus vidas tiene cabida un hueco generoso para la ternura y el humor. “El juego del falso palíndromo del título -explica el autor- se relaciona con la cartomancia y la sorpresa del solitario de cartas felizmente concluido: es difícil cuadrarlo, pero cuando se concluye, sin hacerse trampas, se le pone al jugador la sonrisa secreta de la auténtica victoria”.

La oscuridad
Ignacio Ferrando
Menoscuarto Ediciones, Palencia, 2014, 307 páginas

   Ignacio Ferrando (Trubia, Asturias, 1972) es escritor e ingeniero. En Madrid, donde reside, ejerce la docencia en la Universidad Politécnica y en la Escuela de Escritores. Con su primera novela, Un centímetro de mar (2011) obtuvo el Premio Ojo Crítico  y el Premio Ciudad de Irún. Ha cultivado la narrativa breve en la que ha logrado el Premio Setenil al mejor libro de cuentos publicado en España (La piel de los extraños). Varios de sus relatos están traducidos al inglés y al alemán.
   En una breve sinopsis, cabe decir que La oscuridad trata precisamente de la oscuridad. Una densa oscuridad se cierne en el invierno ártico sobre Storborg, una pequeña población donde habita Endre Solberg, u director de cine experimental que acaba de perder a su mujer en un aparente suicidio. Sin embargo, al volver a casa tras el velatorio, la encuentra viva en el salón, como si nada hubiera sucedido. Desde ese instante, el lector asiste a una creciente intriga, reflejo de la que atenaza a Endre, inquieto por saber quién es esa misteriosa mujer: si se  trata de un fantasma o de una impostora, del reflejo de su propia culpabilidad, o si Liv, actriz frustrada, preparó todo para una última “gran representación”.

La peluca de Franklin
María José Codes
Menoscuarto Ediciones, Palencia, 2014, 300 páginas.

   La autora, María José Codes es escritora y fotógrafa. Imparte clases en Escritura Creativa en la Escuela de Escritores y en Hotel Kafka de Madrid.. Ha publicado dos novelas: Control remoto (Premio Río Manzanares, 2008) y La azotea (premio Cáceres de Novela Corta, 2009). Fue así mismo finalista del permio de novela Tusquets en el año 2010 y del Nadal en el presente año. Así mismo ha publicado un libro de ensayo, Intriga y suspense. El gaucho invisible (2013).
Sinopsis de La peluca de Franklin: Filadelfia, 1776. Un bergantín de doble mástil, el  Reprisal, parte directamente camino de Nantes. A bordo viaja Benjamín Franklin con una misión diplomática secreta: obtener la ayuda de Francia y España para las colonias rebeldes americanas. Franklin arroja su peluca al océano, un gesto muy diferente de lo que la historia ha transformado en un acto simbólico.
   Madrid, 2014. Vilán recibe varias y sorprendentes  ofertas por su casa, pero no está dispuesto a marcharse debido a la atracción que siente por su vecina Floria, a la que observa de forma clandestina, y a la extraña relación que mantiene con Malvaré, a quien escribe la historia de su antepasado, Jaime Gardoqui, espía de Franklin durante su viaje a Europa. Dos relatos perfectamente trenzados, sobre la pasividad culpable del ser humano y su aislamiento actual.

Francisco Martínez Bouzas

miércoles, 12 de noviembre de 2014

"NIVELES DE VIDA". CARTOGRAFÍA DE LA AFLICCIÓN



Niveles de vida

Julian Barnes

Traducción de Jaime Zulaika

Editorial Anagrama, Barcelona 2014, 143 páginas.



   Julian Barnes (Leicester, 1946) es uno de los más significativos exponentes de la actual narrativa británica. Autor de novelas y de narrativa breve, su escritura configura una manera privativa de hacer literatura, que siempre augura placeres, sorpresas, verdades cristalinas o laberínticas. Y también grandes interrogantes sobre temas cruciales como el de la muerte. Dueño de una escritura a veces oblicua y críptica, Julian Barnes teje ficción y memorias personales y tematiza frecuentemente  asuntos relacionados con el amor. Con el amor romántico que perdura más allá de la muerte, sobre todo. Y con la felicidad, con el dolor, con las valencias del recuerdo que tanta importancia tiene en esta novela hilvanada con tres historias distintas, pero amalgamadas entre sí. Los recuerdos conforme a los que vivimos, como recordaba Barnes en su libro memorialístico, Nada que temer.

   Niveles de vida es un tríptico que recoge tres historias carentes aparentemente de conexiones, pero que ocultan lazos, quizás tenues, y que sin embargo le otorgan unidad al libro en el que el recuerdo y el homenaje a personajes que, por distintos motivos, forman parte de la historia, van abriendo el camino hacia la expresión vivencial  de lo que para él significó el fallecimiento de su esposa.

   El libro arranca con una idea que el mismo escritor expone de esta manera: “Juntas dos cosas que no se habían juntado antes. Y el mundo cambia. La gente quizá no lo advierte en el momento, pero no importa. El mundo ha cambiado, no obstante” (página 11). Son los extraños parentescos que, con frecuencia nos reserva la vida. Con esta idea medular como norte, el escritor comienza narrando, con un estilo mezcla de documentalismo histórico y de ficción, dos historias aparentemente triviales. En la primera (“El pecado de la altura”) ensaya una crónica de la prehistoria de los globos aerostáticos: las aventuras, los riegos, las caídas de los pioneros de los vuelos en globo. En la segunda (“En lo llano”), rescata a uno de los protagonistas del primer relato, el coronel Fred Burnaby, junto con su idilio pasional, finalmente no correspondido con la actriz Sarah Bernhardt.

   Las caídas de los globos o la ruptura sentimental de los protagonistas del  segundo relato preparan el terreno para la dramática tercera historia: un relato confesional en el que el escritor se desnuda emocionalmente al abordar lo que para él significó la muerte de su esposa, la agente literaria Pat Kavanagh, a la que un tumor cerebral le segó la vida en treinta y siete días (octubre de 2008).

   Se ha escrito que Julian Barnes, al igual que lo fuera Sarah Bernhardt, es un tanatófobo, un obsesionado con la muerte. Y esta tercera parte da sobradas pruebas de ello, aunque más que el hecho físico de la muerte, lo que pone al descubierto Barnes son la dolorosas sensaciones que la pérdida de Pat Kavanagh provocó en él. Julian Barnes y Pat Kavanagh se casaron en 1979. Pat desarrolló en su vida una notabilísima  y relevante historia propia: agente literaria de grandes escritores como Martin Amis, rompió temporalmente su relación con Julian Barnes por una relación amorosa con la escritota Jeannete Winterson. Sin embargo, la relación de la pareja superó éste y otros obstáculos. El fallecimiento de Pat precipita al escritor en un duelo vivenciado de una forma emocional muy profunda e irrecuperable: soledad, carencia, aflicción, tristeza, desorientación, perplejidad, desamparo, protesta, tentación suicida, la forzosa sustitución del amor por la aflicción… El desnudo emocional de Julian Barnes es ajeno a cualquier tipo de cursilería lacrimógena. Nada tiene que ver igualmente con el amarillismo emocional. Cada página, cada palabra respiran la serena, aunque rabiosa aflicción de alguien que no logra superar la muerte de su esposa y ni siquiera concibe y admite que sus amigos pretendan que él supere esa ausencia.

   Este tercer relato (“La pérdida de profundidad”) está presidido por la misma idea-eje que subyace en todo el discurso narrativo de Niveles de vida: “Juntas a dos personas que nunca habían estado juntas…a veces funciona y se crea algo nuevo y el mundo cambia” (Página 83). Pero tarde o temprano sobreviene lo inevitable: por una razón u otra una/uno de los dos desaparece. “Y lo que desaparece, afirma Julian Barnes, es mayor que la suma de lo que había. Algo que contradice las leyes de la lógica clásica. Solo emocionalmente posible. Por eso mismo, cualquier historia de amor es una potencial historia de inimaginable aflicción, difícilmente comprensible para el resto del mundo. Y sin pastillas que la curen.

  
Julian Barnes y Pat Kavanagh
En este descarnado desnudo emocional tras la pérdida, Julian Barnes hace aflorar y analiza todas las reacciones que anidan en el ser que es víctima del fallecimiento de la persona amada: enfado con el fallecido, el irracional enfado por esa traición de perder la vida. Enfado con Dios en el que no cree, con el universo, con los amigos. Congoja que se centra en el ser que experimenta la pérdida, pero mucho más en ella, en la persona que ha perdido la vida. Un dolor que te coloca fuera de ti mismo. Amenaza de tantas cosas. La lógica tentación del suicidio, que se hace menos probable cuando comprende que es a través de su memoria la única forma de que su mujer siga viva. Aunque la tentación todavía persiste.

   Todo ello y el resto de sus emociones más insondables forman parte de la oscuridad de la aflicción que jamás conseguimos vencer, aunque se haya desplazado de sitio, y forman parte de lo que Julian Barnes hace aflorar en estas breves prosas confesionales, escritas por alguien que ha cruzado con inclemente consciencia los “trópicos del duelo” y que, en cierto sentido, ha sido capaz de transformar la aflicción en un espacio moral, el espacio donde dos personas que  se juntan, se imantan y son incapaces de contemplarse separadas por la muerte. El repetido estribillo funciona aquí como clave interpretativa de un  brillante juego compositivo en el que los dos primeros relatos cobran sentido a la luz del tercero: la cartografía aflictiva del propio escritor.



Francisco Martínez Bouzas





Julian Barnes

Fragmentos



“Estuvimos juntos treinta años. Yo tenía treinta y dos cuando nos conocimos, sesenta y dos cuando murió. El alma de mi vida; la vida de mi alma. Y aunque ella odiaba la idea de envejecer -a los veinte años pensaba que no pasaría de los cuarenta-, yo confié felizmente en la continuidad de nuestra convivencia: en que las cosas se volverían más lentas y sosegadas, en la rememoración conjunta. Me imaginaba cuidándola; hasta habría podido -aunque no lo hice- imaginarme, al igual que Nadar, que le retiraba el pelo de las sienes afásicas, que aprendía la función de la enfermera tierna (y carece de importancia el hecho de que ella hubiera detestado esta dependencia). En cambio, desde un verano hasta el otoño siguiente hubo inquietud, alarma, miedo, terror. Pasaron treinta y siete días desde el diagnóstico hasta la  muerte. En todo momento procuré no mirar a otro lado, siempre intenté afrontarlo; y de ello nació una especie de lucidez demente. Casi todas las noches, cuando salía del hospital, me sorprendía mirando con rencor a los pasajeros de un autobús que simplemente volvían a su casa al final de la jornada. ¿Cómo podían estar allí sentados ociosamente, ignorantes, con aquel perfil de indiferencia, cuando el mundo estaba a punto de cambiar?”



…..



“No creo que volveré a verla. Nunca la veré, oiré, tocaré, abrazaré, escucharé, reiré con ella; nunca más aguardaré sus pasos, sonreiré al oír que se abre una puerta, acoplaré su cuerpo al mío, el mío al suyo. Tampoco creo que volveré a encontrarla en alguna forma desmaterializada. Creo que la muerte es la muerte. Hay quien cree que el duelo es una especie de autocompasión, violenta, pero justificable; otros piensan que es simplemente nuestro reflejo en la mirada de la muerte; otros dicen que se apiadan del superviviente, porque es el que padece, mientras que la persona amada ya no sufre. Estos criterios intentan afrontar la aflicción minimizándola; y hacen lo mismo con la muerte. Es cierto que parte de mi congoja se centra en mi mismo -mira lo que he perdido, mira cómo se ha empobrecido mi vida-, pero más, mucho más, y ha sido así desde el principio, en ella: mira lo que se ha perdido, ahora que ha perdido la vida. Su cuerpo, su espíritu; su radiante curiosidad por la vida. A veces da la impresión de que la propia vida es la que más ha perdido, la parte más perjudicada realmente, porque ya no es objeto de la radiante curiosidad de mi mujer.”



…..



“Le dije a uno de los pocos cristianos que conozco que mi mujer estaba gravemente enferma. Me respondió que rezaría por ella. No puse reparos, pero espantosamente pronto tuve que informarle, no sin amargura de que su dios no parecía haber sido muy eficaz. Me contestó: «¿Has pensado alguna vez que ella podría haber sufrido mucho más?» Ah, pensé, o sea que eso es todo lo que tu pálido galileo y su papá pueden hacer.”



(Julian Barnes, Niveles de vida,  páginas 84-85, 96, 115)

jueves, 6 de noviembre de 2014

"EL COLOSO DE MARUSI". VIAJES Y EXPERIENCIAS VITALES



El coloso de Marusi
Henry Miller
Traducción de Carlos Manzano
Edhasa, Barcelona, 2014, 252 páginas.

   Henry Miller (Nueva York, 1981 – Los Ángeles, 1980) merece una peana aparte en la narrativa norteamericana a partir de los años 30 del pasado siglo. Sus novelas, obras teatrales y ensayos son una verdadera mirada y reflexión sobre sí mismo, proyectada en figuras marginales o asociales usando sobre todo el tema de la sexualidad. Sin embargo, su producción literaria, al margen de otras consideraciones, posee el mérito de haber sido una de las que más contribuyeron al triunfo de la libertad de expresión en el campo literario, y a la diferenciación entre juicios morales y estéticos. Por eso mismo sus Trópicos solamente pudieron leerse en Estados Unidos a partir de 1960, tras ganarse un recurso en el Tribunal Supremo. Miller aparecía ante los ojos de la conservadora sociedad estadounidense como una incitación al inconformismo.
   Henrry Miller, nacido en Nueva York, se estableció en París en 1930. Y será en la capital gala donde se entregó de lleno a la creación literaria y llevó una vida independiente y anticonvencional que lo consagrará como  uno de los grandes paradigmas de la bohemia moderna y un modelo para la “beat generation”  (Barroughs, Keruac, Gingsberg).
   En su obra narrativa confluyen elementos autobiográficos, especulaciones filosóficas, ternura, obscenidad y, sobre todo, un sello vitalista, anarcoide y erótico. Sus obras filosóficas, Primavera negra, sus Trópicos y sobre todo su trilogía The rosy crucifixión (Sexus, Plexus, Nexus), a pesar de que contribuyen a que el sexo se trate con naturalidad en la literatura, resultan, no obstante, un tanto monótonas porque los coitos, en dosis sobreabundantes, llegan a ser bastante mecánicos. Y hoy en día no dice nada de nuevo que no se haya visto o dicho en el cine, en la narrativa en incluso en los cómics.
   Por esa razón, en la actualidad interesan más otros libros del escritor neoyorquino, como Max y los fagotitos blancos , y más aún, sus libros de viajes, entre los que se lleva la palma, The Colosus os Maroussi, or the sipirit of Greece, rotulado en esta edición de Edhasa como El coloso de Marusi. El libro, escrito en 1941, es una obra profundamente vitalista, una extraordinaria, aunque poco convencional pieza de viajes y un corrimiento hacia la propia interioridad del escritor. La trama argumental reconstruye las vacaciones griegas que Henrry Miller decidió tomarse poco antes de estallar la segunda Guerra Mundial, aceptando la invitación de su amigo Lawrence Durrell para que lo visitase en Corfú. Sus periplos por Corfú, Creta, Atenas y el Peloponeso están recogidos en las páginas de este libro.
   La sordidez, el tedio, la deshumanización y casi la aflicción de vivir tan presentes en obras de Miller, aquí se transforman en un cántico, en una aleluya ciertamente vitalista, como ya he apuntado, y en una narrativa que abre las puertas del conocimiento exterior: Grecia; sus ruinas, que no son piedras muertas sino que atesoran la quintaesencia de lo humano y son, por lo mismo, una experiencia existencial única; sus paisajes; las ciudades míticas del pasado (Micenas, Cnossos, Epidauro); el pueblo griego; sus gentes que Miller percibe como herederos de aquellos hombres que alcanzaron la percepción, la divinidad en la tierra, con excepción de los griegos americanizados que rinden pleitesía al sueño americano; las cálidas y brillantes aguas del Mediterráneo; la sensualidad griega; la tierra griega que se abre como el Libro de la Revelación; los vasos de agua en todas partes. Sus amigos, hombres de la talla de Durrell, Seferis, Katsimbalis, un gran contador de historias fabulosas, a quien Miller dedica el libro, Ghida, el pintor de Hydra… La Grecia misma, un lugar donde “se tiene siempre una sensación de eternidad”.
   Pero El coloso de Marusi, también abre rendijas para el conocimiento interior. Por eso mismo, esta excursión por Grecia, en vísperas de la mayor catástrofe bélica de la humanidad, es igualmente un viaje de iniciación, de descubrimientos existenciales cruciales: el camino de la perfección anímica; del conocimiento de los absurdos que creamos alrededor de nuestro yo (el orgullo, la envidia, la libertad engañosa, la paz que solo  es tal cuando deriva  de un cultivo interior.
   Un clásico pues de la literatura de viajes y un gran relato de experiencias vitales. Prosa vitalista y autobiográfica, repleta de impresiones, escrita con estilo directo y con la fuerza vital del poeta que en Grecia halló el sentido de una civilización, quizás pobre en dinero y bienes materiales, pero colmada de profundos sentidos, de espíritu de eternidad. Y donde las mujeres fueron igual de heroicos que los hombres (página 43)

Francisco Martínez Bouzas


Henry Miller en Hydra (1939)

Fragmentos

“En Atenas, el tiempo era seco e inesperadamente caluroso. Era como si volviésemos al verano de nuevo. De vez en cuando, el viento bajaba de las montañas circundantes y entonces hacía un frío como de hoja de cuchillo. Por las mañanas, me iba con frecuencia paseando hasta la Acrópolis. Me gustaba más la base que la propia Acrópolis. Me gustaban las casuchas en ruinas, el caos, la erosión, el carácter anárquico del paisaje. Los arqueólogos han arruinado ese lugar; han destrozado grandes trechos de tierra para dejar al descubierto una caterva de reliquias antiguas que quedarán escondidas en museos. Toda la base de la Acrópolis se parece cada vez más a un cráter volcánico en el que las amorosas manos de los arqueólogos han sacado a luz cementerios de arte.”

…..

“Epidauro es un mero lugar simbólico: el lugar real está en el corazón, en el que cada uno de los hombres, con tal que se detengan a buscarlo. Todo descubrimiento es misterioso, en el sentido de que revela lo que es tan inesperadamente inmediato, tan cercano, tan larga e íntimamente conocido. El hombre sabio no necesita viajar lejos; el idiota es que busca la olla de oro al final del arco iris, pero los dos están siempre destinados a encontrarse y unirse. Se encuentran en el corazón del mundo, que es el comienzo y el final del sendero. Se encuentran en la realización y se unen en la transcendencia de sus papeles.”

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“La mayor impresión particular que me causó Grecia es la que es un mundo a la medida del hombre. Cierto es que Francia da también esa impresión y, sin embargo, hay una diferencia, que es profunda: Grecia es la cuna de los dioses; pueden haber muerto, pero su presencia sigue dejándose sentir. Los dioses tenían proporciones humanas: fueron creados a partir del espíritu humano. En Francia, como en otros países del mundo occidental, esa vinculación entre lo humano y lo divino ha desaparecido. El escepticismo y la parálisis producidos por ese cisma en la propia naturaleza del hombre brinda la clave para el inevitable hundimiento de nuestra presente civilización. Si los hombres dejan de creer que un día llegarán a ser dioses, seguro que se volverán gusanos. Mucho se ha hablado sobre el nuevo orden de vida destinado a surgir en este continente americano. Sin embargo, conviene tener presente que ni siquiera se ha vislumbrado un posible comienzo durante al menos mil años por venir.”

(Henry Miller, El coloso de Marusi, páginas, 50, 87, 242)

lunes, 3 de noviembre de 2014

"LIBROS PELIGROSOS": LAS LECTURAS DESENFADADAS DE JUAN TALLÓN



Libros peligrosos
Juan Tallón
Larousse Editorial, Barcelona, 2014, 271 páginas

   Este libro mantiene vivas las huellas de las lecturas de un lector empecinado y al mismo tiempo heterodoxo. Porque soy de la opinión de que, así como hay lectores dogmáticos, sumisos, que leen sin desviarse un ápice de la liturgia del contenido, secciones, capítulos o frases, puede y debe haber lectores disconformes, libres en un palabra. Lectores que, sin dejar de ser fieles al pacto narrativo, sobre todo cuando de ficción se trata, interpretan libremente la magia de una novela o las complejas búsquedas de Kant y sus juicios sintéticos, esos que se nos dice que amplían el conocimiento. Y que conste que Juan Tallón que también es filósofo -graduado en filosofía -, no malinterpreta la Crítica de la razón pura. No lo hace, al menos en su letra, pero se atreve a hurgar en su espíritu. Y es aquí, en estas calas interpretativas donde el lector halla el sabroso jugo de un libro dificultoso -me refiero a esa búsqueda metafísica kantiana-, pero que da aplomo y que, como los tragos a deshora devuelven la lucidez e incluso la esperanza.
   Todo consiste en leer lo que leemos con ojo atento y al mismo tiempo cínico y me atrevería a decir que un poco golfante. Y esa es la tónica que preside esta selección de lecturas que Juan Tallón nos ofrece hoy en este volumen de Larousse, que nos llega por cierto en una excelente edición, incluso con un minucioso índice de esos que hoy no se estilan. Una centena de títulos. Sí, una lista de libros, pero que no debe de ser interpretada como la lista redonda ya que -y tiene toda la razón el “joven autor” tal como lo describe su sello editor- no existe ni el mejor escritor ni los cien mejores libros. Lo reafirma Juan Tallón en una suerte de prólogo camuflado en la lectura de Bandoleros de Joâo Gilberto Noll, que inaugura el volumen.
   La lista de los cien de Juan Tallón principia, como acabo de decir, con Bandoleros  de Joâo Gilberto Noll. Y, ya desde esta lectura inaugural, Juan Tallón permite que percibamos la marca y el aliento de sus “reseñas”.En algo así como media página, también lo digo por redondear, Tallón revela las claves más profundas de una novela, un poemario, un diario, una autobiografía, un ensayo o una densa obra filosófica. A veces, dicho igualmente para redondear; le basta una línea para describir y valorar una obra: “La  escritura de Carver transita por pasadizos inciertos y habitualmente accidentados”, “Cada comienzo de sus relatos es una invitación a temblar”, escribe Tallón en su comentario sobre Catedral de Raymond Carver (páginas 93 y 94). “Pero en El astillero, mi novela preferida -aunque no existan novelas así- sobre el fracaso total y su belleza crónica, se hace evidente que el mundo propio de Onetti es ineluctable “.(página 113). “A semejanza de Bolaño, sus personajes viven en una huida perpetua, poética” (página 143). “Es (El mal de Portnoy) un libro canónico en lo que se refiere a las pajas” (página 183), “Cunqueiro es un Señor Prosista que te cura de cualquier sinsabor. No importa  qué elijas para leer. Todos sus textos son pócimas mitológicas” (página 232).
   Cien títulos misteriosamente conectados entre sí o al menos por parejas. Un reto que parece imposible de alcanzar, pero Juan Tallón logra atarlos por esos lazos escriturales. Así por ejemplo, nos sorprende, por lo insólito de la relación, las conexiones de Dino Buzzati y Parménides; Juan Rulfo y William  Faulkner, Philip Roth y Kant y el profesor de Königsberg con Iñaki Uriarti; Onetti con Kafka; Mario Levrero y 2666 de Bolaño, o  el no de Álvaro Cunqueiro y el no de Wittgenstein.
   Juan Tallón es un narrador que ya dejó de ser una promesa, y hoy en día es una realidad consolidada de las letras hispanas. Pero en este libro, como en su día hiciera Henry James, trabaja desde el otro lado del espejo y elabora desde ese envés textos sobre el arte escritural; lúcidos comentarios que, como he dicho, se sitúan más allá o más acá -o quizás en los márgenes- de lo que es la crítica literaria o el trabajo de los reseñadores. Y, a la vez que nos ofrece a los lectores abundante y a veces curiosas informaciones, nos hace partícipes de las sensaciones que le han producido obras de escritores imprescindibles, al margen de géneros y de épocas. Son los “libros peligrosos”, porque algún día le subyugaron o simplemente se vio en la tesitura de tener que leerlos sin entenderlos ni en la primera ni en la segunda lectura. Eso es lo que esperaba su autor (Wittgenstein en este caso) y cuya impronta nos transmite ahora a sus lectores como impenitente letraherido. Lecturas desenfadadas pues, pero no carentes de rigor y sobre todo de chispa.

Francisco Martínez Bouzas


Juan Tallón ( Foto de Jesús Regal)

Fragmentos

“En la Facultad de Filosofía, donde perfeccionas tu conocimiento de los presocráticos y de los chupitos de licor café, hay siempre al menos un profesor que, en la línea de Zenón y de Buzzati, practica un desprecio mayúsculo por el paso del tiempo. En mi caso, recuerdo que pasamos todo un cuatrimestre en el mismo día, dando vueltas a la magna y desbocada, pero brevísima, obra de Parménides. Poco sabemos de la vida de Parménides, salvo que nació en Elea. Ni siquiera es segura la fecha de sus nacimiento, a finales del siglo VI a. C. Se le atribuye una sola obra, titulada como casi todas las de ese período histórico Acerca de la naturaleza. Es un poema en hexámetros, a semejanza de Homero, y hoy apenas conocemos 150 versos. No son muchos, pero bastan para estar toda la vida dando vueltas a su alrededor, como si los vigilases. En realidad, no son nada en términos cuantitativos, pero al resultar tan densos, y ambiguos, incluso imposibles de traducir, a aquel profesor le permitió dar rodeos en torno a Parménides durante cuarenta años de docencia.”

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“Roth confiesa que nunca habría escrito la novela si no se hubiese psicoanalizado. Hay una relación directa entre el libro y la terapia. En realidad, el escritor admite que existe un vínculo entre arte y vida, en el sentido de que tiende un puente «entre las ochocientas horas que tardé en psicoanalizarme y las ocho horas que se tardaría en leer El mal de Portnoy en voz alta. La vida es larga y el arte es corto». A la postre, Alexander Portnoy no representaba un personaje para Roth, sino «una explosión». Era 1969 e hizo saltar por los aires antiguas lealtades e inhibiciones, tanto literarias como personales. «Este fue el motivo por el que muchos judíos se indignaron» con el libro. «No es que no hubieran oído hablar antes de niños que se masturban o sobre peleas de una familia judía», observa en la entrevista que concedió a The Paris Review en 1984. Mas bien se trataba de que «si no podían seguir controlando a alguien como yo, con todas mis filiaciones y referencias respetables, algo había salido mal»
Pero el rechazo que generó la novela en el ámbito judío se vio superado por el reconocimiento general de la novela. Concedió un éxito definitivo a Roth. Tanto, que el éxito «fue demasiado grande, y se produjo una escala mucho mayor y mucho más enloquecida de lo que yo había podido empezar a asumir, así que me marché  de Nueva York». La huída del escritor hacia el silencio, como cuando Cortázar contaba que se fue a vivir a París porque los tambores peronistas que atronaban en las calles de Buenos Aires le impedían escuchar los cuartetos de Bela Bartók en su tocadiscos. Roth buscó un lugar pequeño y recóndito, al que se trasladó a vivir durante años, esa clase de sitio que nunca te proporcionará un tema del que escribir, pero en el que puedes escribir sin tambores ni ruido de periódicos y revistas, y escuchar como  los pájaros recitan secretamente, en su idioma, sonetos de Shakespeare, e incluso dan  las horas y te hablan del tiempo.”

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“La lectura de  Crítica de la razón pura, a pesar de las dificultades que te salen al paso, incluso desde el prólogo a la primera edición, te da aplomo. Hay días que solo necesitas apaciguar el desasosiego. Me refiero a esa clase de desasosiego de hierro, que no se te pasa cambiando los muebles de sitio. Es ahí cuando la obra, leída en pasajes, te hace bien, en la línea de esos tragos inesperados de los personajes del cine clásico, tragos a deshora, que te devuelven la lucidez, incluso la esperanza. Da igual que el día, hasta ese minuto haya sido un desastre, y que hayas perdido el tiempo con palurdeces tuyas. Lees la última parte de la Dialéctica Transcendental y de pronto todo adquiere un vigor interno inusitado. Sin explicarte cómo, el día lentamente se reviste de una severidad y énfasis que te cura de toda futilidad. No quiero decir con esto que renuncies a tu dosis de futilidad. Todos la necesitamos. Incluso Kant se permitía momentos así.”

…..

“El periodismo de Cunqueiro no podía sino parecerse a su obra literaria, impregnada de una imaginación poderosísima, total. ¿La realidad? Carecía de tiempo para fijarse en ella. Bastante trabajo se tomaba inventando mundos continuamente y personajes para esos mundos. Su realismo mágico operaba las veinticuatro horas. En ese esquema de trabajo, se entiende bien que incluyese  en su biografía literaria el premio Mark Twain, absolutamente inventado. Cunqueiro dotaba estas figuraciones de tanta verosimilitud que se permitió desaparecer algunos días de la circulación con el pretexto de viajar a Chicago para recoger el galardón. Carlos Casares participaba en alguna ocasión de la farsa. En 1981, cuando lo invistieron doctor honoris causa, detalló los laureles que coronaban la carrera de Cunqueiro. Fue ahí que señaló que «el maestro recibió también el premio Mark Twain de novela».
La tendencia inclemente e insuperable del escritor mindoniense a la fantasía habla del esfuerzo que debió de realizar para responder sí a los dueños del Faro de Vigo cuando le pidieron que dirigiese el diario y que, al menos durante unas pocas horas cada jornada, pusiese los pies sobre la realidad. Su placer sumo era sentarse e inventar un país, con larga paciencia. (…) Pese a agarrar el timón del periódico, nunca soltó la otra mano de la ficción, y así ganó el premio Nadal. Es decir, lo ganó de verdad. Pudo ganar también el Planeta, y también de verdad, pero cuando José Manuel Lara se lo ofreció, él lo rechazó. Y no contento con decir «no», informó  a la redacción del diario de la decisión. Ese día salió del despacho, y se dirigió a sus compañeros, contándoles la propuesta que acababa de hacerle el señor Lara. «Acabo de decirle que no», anunció.”

(Juan Tallón, Libros peligrosos, páginas 18, 184-185, 187, 233-234)