jueves, 8 de diciembre de 2016

LA INMACULADA CONCEPCIÓN, SUPREMA VICTORIA MASCULINA



Madre mía que estás en el mito
Michelle Roche Rodríguez
Silex Ediciones, Madrid, 2016, 436 páginas.

   Son cuatro los dogmas de fe con los que la Iglesia Católica venera a María, la madre de Jesús de Nazaret: la maternidad divina de María definida como dogma en el Concilio de Éfeso (junio del 431) bajo el pontificado del papa Celestino I; la virginidad perpetua de la Madre de Dios que fue definida como verdad de fe en el Concilio de Letrán en el año 649 bajo el papado de Martín I; la inmaculada concepción de María proclamada como dogma por el papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854. Finalmente la asunción de María a los cielos, definida así mismo como verdad de fe por el papa Pio XII el 15 de agosto de 1950. Hay una quinta advocación de María como madre de la Iglesia decretada y establecida por el Concilio Vaticano II en la Constitución “Lumen Gentium”, aprobada el 21 de noviembre de 1964 y proclamada por el papa Pablo VI. No debe pues confundirse el llamado privilegio blanco de la madre de Cristo, es decir, la creencia de que María vivió libre de todo pecado actual, y fue así mismo preservada inmune de toda mancha de la culpa  original  en el mismo instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, como reza la bula Ineffabilis Deus con la que Pío IX proclamó el dogma de la Inmaculada concepción, con la doctrina de la maternidad virginal de María “ante partum” y también “in partu”, lo cual implica que Jesús fue concebido sin intervención de varón y que María permaneció virgen antes, durante y después del embarazo, incluido el acto de dar a luz.
   Un libro editado hace apenas unas fechas por la madrileña Silex Ediciones y escrito por Michelle Roche Rodríguez, analiza, con la lupa de una crítica muy documentada, estos especiales privilegios de María. La autora, experta en análisis de género, pretende, desde el ámbito de los estudios culturales y con una perspectiva feminista, entender los contextos dentro de los cuales se construyó la narrativa mariana. El título de su libro, Madre mía que estás en el mito nos ofrece una buena pista acerca del objetivo de su investigación: el Mito de María, como objeto cultural de enorme importancia en la consolidación de la identidad del género femenino en el mundo occidental. María convertida en modelo para lo femenino en Occidente. Un mito machista, no solo por su difusión por hombres, sino también porque promociona la virginidad, una forma de renuncia al cuerpo. El cristianismo, a través del helenismo, es heredero del dualismo platónico que anatematiza al cuerpo considerándolo cárcel del alma, según Agustín de Hipona parte inferior del alma, la entidad deseable, alejada del cuerpo, aunque le niegue el placer a la mujer.
   Michelle Roche construye su ensayo basándose en tres grandes pilares: el Mito de María, con lo que pretende diferenciar el personaje real, la mujer que seguramente existió según afirman los escasos testimonios bíblicos, y el personaje femenino construido por la historia. En una segunda línea de fuerza, estudia la relación de María con los sistemas de poder en Oriente y Occidente, responsables en último término de la creación de la mitología mariana. En un tercer nivel, el libro analiza cómo ese arquetipo materno del Mito de María configura la comprensión del mundo desde lo femenino, y determina los roles de la mujer, especialmente los de la abnegación y el sufrimiento.
   Para construir el perfil mítico de María, la autora se basa en las investigaciones de varios mitólogos como Joseph Campbell, Roland Barthes. Obiamente también está presente el concepto de mito de Mircea Eliade (“… el mito cuenta una historia sagrada; relata un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso de los «comienzos»”, Mito y realidad, página 18). También en los estudios e investigaciones de feministas como Luce Irigaray, Julia Kristeva y Camille Paglia. Pero en el sustrato de su ensayo late igualmente la exégesis bíblica más prestigiosa, representada sobre todo por Rudolf Bultmann, uno de los teólogos más importantes de la modernidad, especialmente en lo que se conoce como “Quest for historical Jesus”. El Cristo de la historia, pensaba Bultmann, es un simple hombre, mientras que el Cristo del kerigma es el fruto de la predicación pospascual  y no responde al Cristo histórico. El propósito de Bultmann es desmitificar el Nuevo Testamento que está redactado, en su mayor parte, en lenguaje mítico-teológico y no registra la historia objetiva. Los evangelios para Bultmann son testimonios de fe, resabios de la época precientífica que enmarca al kerygma. Es imposible llegar al Jesús de la historia y a los personajes con él relacionados a través de las representaciones de fe que nos ofrecen los evangelios, que constituyen en sí mismos un género literario que es preciso dilucidar en función de la interpretación doctrinal de los hechos que en esos escritos se pretende, que no suele ser otra que presentar los acontecimientos de una forma  maravillosa, con el objetivo de ganar más adeptos para la religión que enseñan. Por eso mismo, la doctrina bíblica de la encarnación virginal del Verbo debe de ser considerada como una narración mitológica. Y lo mismo cabe decir de la concepción inmaculada de María; de la que no hablan los evangelios canónicos, pero que según la tradición fue fruto únicamente del abrazo que Joaquín le da a su esposa Ana delante de la Puerta Dorada tras el regreso del ayuno en el desierto como penitencia para superar la esterilidad de la pareja.
   Las escrituras nuevotestamentarias  no contienen la menor mención de ese dogma. Lo que enseñan de forma terminante es que todos, sin excepción alguna, nacemos con el pecado original. La salutación del ángel a María contenida en Lucas 1:28 (“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”) no significa que María no cometiera ningún pecado ni que naciera sin la culpa original, sino simplemente que Dios la favorece al elegirla para concebir al Mesías. Es por ello “agraciada”, no poseedora de una plenitud de gracia, como lo indica la expresión griega “pleres kharitos” que el evangelio de Juan (Juan 1:14) aplica a Cristo.
   Michelle Roche considera el dogma de la Inmaculada Concepción como uno de los aspectos más genuinamente católicos del Mito de María. La creencia en la concepción inmaculada de María, es decir sin relaciones sexuales de ningún tipo, procede, sobre todo, de un evangelio apócrifo, El Protoevangelio de Santiago, pero no fue aceptada por el cristianismo europeo hasta la Edad Moderna. No deja de ser curioso que la primera referencia de que María había nacido sin la mancha del pecado original es del siglo V y la mantuvo un hereje pelagiano, Juliano de Eclana. Mas tanto Agustín de Hipona como Tomás de Aquino negaron la inmaculada concepción. Escribe Tomás de Aquino: “Ciertamente (María) fue concebida con el pecado original como era natural, ya que fue engendrada con la intervención de los dos sexos (…) Si no hubiera sido concebida con pecado original, no habría necesitado ser redimida por Cristo y, de ser así, Cristo no sería Redentor universal de los hombres” (Brevis Summa de fide, CCXXXII bis). Varios papas, entre ellos Sixto IV se negaron a apoyar la posición de Duns Scoto, favorable a la creencia en la concepción inmaculada de María: El Concilio de Trento tomó la decisión de no definirla como dogma. Finalmente este fue proclamado por Pío IX, haciendo tabula rasa de las Escrituras, de Agustín de Hipona y Tomás de Aquino y dándole la razón a un hereje.
    
                                        
El abrazo de la Puerta Dorada de Giotto di Bondone
   
   En el campo de cierta teología católica se defiende que existe un equívoco inicial que es preciso superar tanto en el tema de la virginidad de María como en el de su concepción inmaculada: la distinción entre el hecho y el cómo. Por vía racional,  se admite, es imposible explicar el cómo de la concepción de María sin la intervención de los dos sexos en el acto sexual “que no puede ser sin pasión después del pecado de nuestros primeros padres”, como aclara Tomás de Aquino. Pero no por ello se debe negar el hecho consecuencia de un milagro. Por consiguiente, sobra toda explicación racional del hecho. Un componente más de la mitificación de María.
   Todo esto y otros muchos aspectos del Mito mariano aparecen analizados con inteligente penetración en Madre mía que estás en el mito. En múltiples secuencias ensayísticas, profusamente documentadas, pero de lectura accesible, la autora persigue desmitificar la figura de María para deconstruir “un enorme entramado cultural” diseñado para excluir a las mujeres, a los cuerpos femeninos de la sociedad y de los sistemas de poder.
   El psicoanalista jungiago y miembro del Círculo de Eranos. Erich Neumann, citado y analizado por la autora, centró buena parte de sus investigaciones en el arquetipo de la Gran Madre, un tema desarrollado en la reunión del Círculo de Eranos de junio de 1938. El arquetipo matriarcal se caracteriza, frente a la actividad del patriarcado masculino, por su pasividad, por su receptividad asimilatoria, por la renuncia, por su dominio ctónico (detención de la libido), por la sumisión y la negación. Es la victoria de lo patriarcal sobre lo matriarcal, entendida falsamente como progreso de la humanidad. Esta Magna Mater, la diosa ctónica, aparece representada en el islam chiíta bajo la figura de Fátima. En el cristianismo católico, la encarna María. En su mitificación no solamente se la ha privado de la libido, sino también de toda servidumbre corporal: concebirá un hijo sin concurso de varón, lo parirá y seguirá siendo virgen, y ella misma será concebida “limpia de toda suciedad”. Ese es el modelo esencial para las mujeres representado por la festividad de este día. Lo resumen de forma cabal las palabras de Simone de Beauvoir que inauguran la primera parte de este libro: “He aquí la suprema victoria masculina, que se consuma en el culto de María: es este la rehabilitación de la mujer mediante la realización de su derrota” (El Segundo Sexo).

Francisco Martínez Bouzas


Michelle Roche Rodríguez



Fragmentos

Madre mía que estás en el mito es el testimonio de mi necesidad de entender cómo la maternidad virgen se convirtió en el discurso fundamental de lo femenino en Occidente. Como sistema ideológico, el mito que los teólogos construyeron de la Virgen María se convirtió en  un agente de modelos de feminidad que permitió no sólo naturalizar la paradoja de una maternidad casta sino construir sobre esta noción un entramado moral definitorio de la cultura occidental que otorga poderes casi de magia simpatética al sufrimiento y a la virginidad (que en rigor es un estado físico y no espiritual) y la convierte en la finalidad de una serie de discursos sociales y culturales diseñados para supeditar lo femenino a lo masculino.”

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“A partir de este momento voy a dejar de llamarla Virgen María porque esa denominación la denigra a ella y a nosotras. La denominación la convierte en objeto sexual, porque anteponerle a su nombre el adjetivo «virgen» amputa su sexualidad señalándola. Lo peor es que inserta en el habla coloquial la asociación de lo femenino con el sexo a partir de un juicio denigratorio del cuerpo. Como en el lenguaje no hay nada vacío, llamarla Virgen María no oculta la obsesión del cristianismo con la sexualidad, la deforma. No borra la asociación de su nombre con la maternidad del Hijo de Dios, la resemantiza, proponiendo una lectura inocente y haciéndole perder la cualidad histórica. Llamarla Virgen María enuncia la paradoja de una mujer que incluso en el parto mantuvo intacto su himen pero funda la naturaleza femenina que sólo encuentra gozo en el sufrimiento y se «realiza» (esto no podemos olvidarlo) por la gracia de un Dios masculino.
He aquí un modelo femenino imposible de seguir.”

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“La obra que comienza con la concepción de María y termina con el asesinato del rabino Zacarías, el padre de Juan Bautista, ha sido la fuente del dogma de la Inmaculada Concepción, que afirma que ella nació sin Pecado original. Ana y Joaquín no sostuvieron relaciones sexuales en el momento de su concepción. Esto tiene lógica porque Agustín de Hipona decía que ese pecado lo transmitía el hombre, como una enfermedad venérea, durante la cópula. La pareja llegó a la avanzada adultez sin hijos, así que Joaquín se fue a hacer penitencia al desierto y su esposa se quedó para lamentarse vestida de luto en el jardín de su casa, mirando cómo los árboles daban fruto y los animales jugueteaban con sus críos. Temía que al oprobio de la falta de hijos se le añadiera el dolor de la viudez. Eran una pareja de judíos ricos y generosos con los pobres, temerosos de Dios y seguidores de su Ley, ¿por qué iba Dios a castigarles con la esterilidad? En estas cosas pensaba Ana cuando comenzó a dibujarse sobre el fondo luminoso del cielo un ángel.
-El señor Dios ha escuchado tu plegaria. Concebirás y darás a luz, y por toda la tierra se hablará de tu descendencia.
La noticia llegó a Joaquín por otro ángel que se le apareció en el lugar donde había practicado ayuno durante casi cuarenta días. Joaquín se alegró tanto que mandó a sus pastores que le trajeran diez corderos, doce terneros y cien cabritos.
-Ahora sí que el Señor Dios me ha bendecido abundantemente. ¡La que era viuda ha dejado de serlo! Yo, que no tenía hijos, he concebido en mis entrañas, dijo su mujer cuando lo vio.
Ana y Joaquín se fundieron en un abrazo, en el primero de felicidad durante muchos años y fue en ese momento cuando concibieron a su hija.”

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“Además estaba el avance de las teorías científicas sobre el origen de la vida. Si era la noción de que Adán y Eva eran el origen de la humanidad, aquello que pretendía proteger Ineffabilis Deus, pronto perdió validez, porque apenas una década después de esa bula, Charles Darwin publicó su  Tratado sobre el origen de las especies. El gran hallazgo biológico del siglo XIX fue entender la existencia como un producto de la generación espontánea de formas simples que con el tiempo se hicieron complejas y el resultado fue que a la Iglesia se le hizo más difícil seguir afirmando que Adán y Eva eran personajes que habían engendrado a la raza humana. La teoría evolutiva hizo imposible establecer una relación entre María y Eva o señalar que aquella había nacido sin el pecado de los primeros padres. Por eso, el catolicismo tuvo que apelar, como en sus primeros tiempos,  a la superstición.”

(Michelle Roche Rodríguez, Madre mía que estás en el mito, Silex Ediciones, páginas 14, 20, 53-54, 275)

lunes, 5 de diciembre de 2016

LOS CUENTOS COMPLETOS DE KINGSLEY AMIS: ENTRE EL HUMOR Y LA MORDACIDAD

Cuentos completos
Kingsley Amis
Traducción de Raquel Vicedo, 
Editorial Impedimenta, Madrid, 570 páginas

   El año 2011 la editorial inglesa Penguin  Books publicaba, reunidos en un solo volumen, los relatos completos de Kingsley Amis (Complete Stories). El olfato de Enrique Redel, editor de Impedimenta, permitió hace unos meses su recopilación y publicación en español en una edición singular: un volumen de tapas duras que reúne veinticuatro relatos, algunos de dimensiones considerables. Historias que son un reflejo de las ideas creativas del autor, y que, según sus mismas palabras, guardan una notable afinidad con su hermana mayor, la novela. Cuentos publicados entre 1955 y 1993, escritos a lo largo de cincuenta años con el marchamo característico del escritor inglés: entre los humorístico, lo satírico y lo conmovedor; y que nos remiten a la prosa de uno de los diez mejores narradores británicos posteriores a 1954, aunque no ajeno a controversias. Miembro destacado de los Angry Young Men (Jóvenes Airados) junto con Philip Larkin, Harold Pinter o Allan Sillitoe. Poeta, autor de más de veinte novelas -la más conocida Lucky Jim (Premio Somerset Maugham)-, de libros de memorias y de una interesante prosa epistolar, Letters of Kingsley Amis.
   Su vida personal proporcionaría un buen argumento para ese tipo de narrativa, hoy tan de moda, en la que novelistas novelan a escritores. Estalinista en sus años de juventud, con notable sensibilidad hacia la clase obrera, crítico con la dominante. Mas,  a raíz de la invasión de Hungría por las tropas soviéticas, se produjo en Kingsley Amis un giro copernicano, derivando hacia un feroz anticomunismo hasta convertirse en un verdadero reaccionario que adoraba a Margaret Tatcher y a la reina que aparecía, según su hijo Matin Amis, en sus sueños eróticos. Tras conseguir una plaza de profesor en la Universidad de Cambridge, renuncia a los dos años  a la misma (“Después de tres tutorías en un día no me veía capaz más que de poner el gramófono”, fue su justificación). Su vida familiar, rebosante de alcohol, de boutades y de mujeres. Casado en dos ocasiones y divorciado otras tantas. A pesar de su misoginia tenía, a las mujeres entre sus debilidades. Su segunda esposa, la escritora y modelo Elizabeth Jane Howard, harta de sus infidelidades y desplantes, lo abandonó en 1983. Y entonces el camino que toma fue irse a vivir con la que fuera su primera mujer y el tercer marido de esta. Martin Amis cuenta en su libro de memorias que su padre murió hinchado por el alcohol.
   Lo anterior es un pequeño flash a la vida culposa de Kingsley Amis, pero tengamos en cuenta, como escribe Juan Tallón, que sin basura no hay biografía y posiblemente tampoco literatura, añado yo. Por eso, más allá de una existencia extremada y licenciosa, permanece la literatura de Kingsley Amis, en la que por cierto deja constancia de su irresistible amistad con el alcohol y de una crítica social cercana a la política-ficción (The Alteration, 1976), escrita desde un punto de vista cercano al fascismo.
   Los relatos, no obstante su cercanía con las novelas breves, -en el fondo son novelas condensadas- son para Kingsley Amis, como apunta en el Epílogo, como trabajar en vacaciones; una labor que además lo libera de la angustia. La contrapartida es que, para abrirse hueco entre los lectores, el relato “debe destacar entre múltiples culos y tetas impresas en papel couché” (página 567). Sea como fuere, y a pesar de la opinión de su creador, algunos de los cuentos reunidos en este volumen son piezas narrativas de gran calidad, repletas de ingenio, componentes satíricos y dotadas de las suficientes cualidades para divertir al lector. En un amplio abanico temático, Kingsley Amis conjuga  relatos que da la impresión de estar extraídos de su propia geografía biográfica, con otros en los que critica la deplorable eficacia de los servicios sociales, caricaturiza la crítica literaria, ofrece parodias de Sherlock Holmes, eternas historias de amor y desamor, reflexiones en torno a un funeral, o giran en torno a la ciencia ficción asociada a la bebida. En esta última línea, destacan por su capacidad para producir abundantes carcajadas, “El clarete de 2003”, protagonizado por unos personajes que crean un artilugio -TIOPEPE son sus siglas-  capaz de predecir el sabor de la bebida del futuro. Su continuación en “Los amigos del morapio” e “Inversión en futuros” tampoco tienen desperdicio: los tipos de la clase alta deben darse por satisfechos con beber simple cerveza, mientras que los trabajadores degustan el mejor vino. Memorable así mismo, “El secreto del señor Barret” por las razones con las que el padre de Elizabeth intenta evitar su boda con el poeta Browing, así como por su desenlace.
   Cuentos presentados en esta edición de manera cronológica, lo que nos permite comprobar la evolución narrativa del autor, cuyo talento como escritor es innegable. Domina las estructuras narrativas breves y el arte de la palabra, y todo ello se hace presente en cada historia y en cada párrafo, cargado de humor, causticidad, sátira o desvarío. Por todo ello su lectura se convierte en una experiencia literaria tan breve como viva y penetrante.

Francisco Martínez Bouzas


Kingsley Amis


Fragmentos

“En realidad, es cierto que los trabajadores sociales son necesarios, igual que son necesarios los guardas de prisiones, los oficiales de los gobiernos locales, los policías, los policías militares, las enfermeras, los clérigos, los científicos, los encargados de los hospitales mentales, los políticos y -por el momento, en cualquier caso, Dios perdone a todos- los verdugos. Pero eso no significa que uno tuviera que sentirse predispuesto a confraternizar con cada una de esas personas, excepto quizá con alguna que otra enfermera y, en cualquier caso, solo basándose en lo que uno podría llamar fundamentos extrínsecos.
Aunque, por supuesto, uno no debería haber perdido el tiempo pensando en Mair. En lo que a mí respecta, Mair, con su credo de arremángate y-ponte-manos-a-la-obra (sin importar qué sea la «obra»), podía desaparecer del mapa en cualquier momento, en la medida de lo posible después de haber sido atada, amordazada y obligada a escuchar todo lo que Betty tuviera que decirle. Y qué si algo debía o podía hacerse con Betty, y qué si alguien debía o podía hacerlo y cómo: a eso se reducía todo. Me apenaba pensar en que para mí era imposible aparecer en la cárcel el gran día, llevando un ramo de flores y un paraguas de plástico nuevo.”

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“-¡Pues me están dando arcadas! -dijo el hombre con violencia-. Esto es un Château La Bouygue de 2003, de uva recolectada antes de la Phulloxera, por supuesto. Eso sí, ligero y libre, no rico en asociación, pero con completa garantía de su honestidad; instrumental mientras que los de 2001 son sinfónicos; la delicadeza de un Braque más que la audacia de un Matisse. ¿Eso es lo máximo a lo que puedes aspirar? ¿Amor y poesía lírica, de verdad? Nunca en mi vida he escuchado una bazofia semejante. No tienes el nivel suficiente para venir aquí, amigo. Mejor será que te vayas a uno de esos pubs con tus compañeros de clase alta: ese es tu sitio.”

(Kingsley Amis, Cuentos completos, páginas 125, 222)

jueves, 1 de diciembre de 2016

LA PATERNIDAD, UN PUNTO ÁLGIDO EN LAS RELACIONES DE PAREJA



El padre infiel
Antonio Scurati
Traducción de Xavier González
Libros del Asteroide, Barcelona, 233 páginas.

   Antonio Scurati (Nápoles, 1969) está convencido, con el protagonista de El padre infiel, que la actual es la primera generación que vive una profunda transformación en múltiples aspectos: entre ellos, en el rol paterno y en la naturaleza y funcionalidad de la pareja en el día de hoy: “Cuando la pareja alcanza su punto álgido, desaparece. Muere. Ya no existe. Da lugar  a la familia.” Ese punto álgido puede ser el nacimiento de un hijo. Y la novela, El padre infiel, pretende dar cuenta de ese proceso a través de un protagonista, Glauco Ravelli, que cuenta su historia desde el principio, remontándose a sus inicios en la edad adulta, a sus prolegómenos como padre y esposo, extraído todo del álbum de los recuerdos. Todo al inicio de un nuevo milenio rebosante de promesas de felicidad, tras un interminable siglo XX repleto de banalidades del mal.
   A pesar de que para el protagonista la familia es una fantasmagoría consumista, decide dar inicio a su vida adulta desprendiéndose de la nobleza arrogante de la misantropía -la heroicidad de su juventud- y formar una familia. Lo hará con Giulia, un amor que germinó y creció a pesar de su misoginia; si bien la razón última de tal paso no fue el enamoramiento sino el aburrimiento. Después de una velada en el más grande festival del mundo dedicado a los quesos, decide, no con el corazón sino con la cabeza, que se enamoraría de Giulia. Y, en efecto, se enamora sin ficciones, sin tropos. Lo que sigue es la historia de una derrota; su primer eslabón es el conocimiento de que va a ser padre; y su final lo anticipa el autor mediante una prolepsis, en una confesión entre sollozos de la esposa:”Quizás no me gustan los hombres”. Pero no es que Giulia hubiera decidido salir del armario del lesbianismo; no, es una confesión de derrota, que no puede más, que no soporta vivir con ese hombre con el que comparte su vida.
   Había transcurrido ocho años desde que se habían conocido, cuatro desde el matrimonio y tres desde el nacimiento de la hija, pero Glauco Ravelli, licenciado en filosofía, cocinero de oficio, es un varón ontológicamente  infiel, si bien la novela es parca en infidelidades carnales. Es infiel a la genitalidad. Después de descubrir e ilusionarse con la paternidad  como experiencia maravillosa, sus cuarenta años, el proceso depresivo de la esposa tras el parto y su rechazo del sexo, hacen que se sienta extraño, alejado y no preparado para el papel de padre; un desempeño que  le exige enfrentarse a problemas -la tiranía infantil, entre otros-, y realizar tareas poco satisfactorias relacionadas con la paternidad. Es el anti-clímax que pone en peligro las relaciones, especialmente las pasionales, con la compañera y que, a la postre, desembocara en la crisis familiar.
   El padre infiel es un crudo retrato de la crisis de la paternidad en las sociedades avanzadas en los inicios del siglo XXI, en el contexto de una sociedad que ha transformado la paternidad y la maternidad en una experiencia obligatoria, en un debe, que hace abstracción, sin embargo, de las exigencias que las mismas implican; y que provocan la infidelidad, no a la esposa, sino a la hija y a las tareas del día a día que impone el hecho de ser padre.
   Antonio Scurati nos ofrece una novela que amalgama ficción y ensayo con no pocas veleidades filosóficas. Se percibe en sus páginas, entre multitud de anécdotas y reflexiones, una crítica sobre el modelo familiar y el rol de la paternidad especialmente en el mundo actual. El autor sabe, no obstante, mantener el equilibrio entre el relato  y la reflexión ensayística. Los personajes, fundamentalmente el del padre cocinero, están bien diseñados. Glauco Ravelli no es un actante plano; evoluciona a lo largo de la novela. Menos elaborada es la figura de Giulia, la esposa. Scurati se fija en su físico atractivo y hermoso, pero no indaga en sus aspiraciones. El tercer personaje, la hija, no dice nada, mas su silencio es elocuente, y permite leer en el mismo lo que quiere de sus padres. El estilo de la lengua no es intranscendente  en este libro: la frialdad quirúrgica  de la narración, ajena a cualquier grandilocuencia, se vuelve menos gélida cuando describe la atmósfera familiar.
   Libro escrito con una tonalidad confesional que nos invita, e incluso nos obliga, a reflexionar sobre nuestra propia existencia cotidiana, sobre hechos teóricamente tan habituales como la convivencia familiar, la crianza  de los hijos, y especialmente sobre el papel de los hombres en la crianza de los mismos. La confesión del protagonista es a la vez feroz y consoladora, luciferina y candorosa, mas no carente de situaciones que nos divierten.

Francisco Martínez Bouzas

                                                 
Antonio Scurati
Fragmentos

“Más tarde descubrirás que el mito de la familia y la fantasmagoría consumista son dos caras de la misma moneda. Un día lejano descubrirás que ninguna de las dos será nunca tu cara. Tendrán, sin embargo que pasar muchos años, por ahora solo tienes un vago presentimiento. Sí, porque en el fondo ya intuyes que, si en el XIX el conde Tolstói escribió que todas las familias felices se parecen, pero que cada familia infeliz lo es a su manera, hoy, a principios del XXI, la única familia feliz es la de las galletas cubiertas de azúcar granulado.”

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“Dejé la búsqueda del sentido de la vida. Y de repente comprendí: éramos unos viejos. Éramos una veintena de hombres y mujeres próximos a tener nuestro primer hijo y, sin embargo, aparte de los de Comunicación y Liberación, de la chica magrebí y tal vez de un par más entre nosotros, teníamos todos edad para ser abuelos. Nos sentábamos con las piernas cruzadas en el suelo desde hacía menos de veinte minutos y las articulaciones de las rodillas, la unión entre el muslo y la ingle ya se habían anquilosado. A nosotros, los hombres, salvo raras excepciones, ya nos escaseaba el pelo o estábamos calvos; y nuestras mujeres, incluso antes de amamantar, tenían ya casi todas los pechos caídos.
Ahora me quedaba  clara la nota discordante que había captado en nuestra heroica patrulla desde el momento en el que me senté: era un problema de edad pura y simplemente. Éramos por partida de nacimiento incongruentes con la primera paternidad y la primera maternidad.”

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“Sentía en efecto -sería injusto negarlo-  una gran pena por esa mujer nominalmente fuerte, derrumbada  psíquicamente  en el preciso instante en que había parido a su primer hijo; pero también sentía -sería inútil esconderlo- una intensa rabia centrífuga respecto a esa impredecible derrota suya.
Conservamos muchas fotografías de esos días, pero si alguien nos hubiese retratado anteriormente como pareja, en el centro de la imagen se vería a un hombre que vuelve su mirada hacia la parte superior derecha, en busca de una imposible  línea de fuga, y la nuca delgada de una mujer con un corte de pelo masculino. Eso era lo que quedaba de nosotros desde que rompió aguas; dejamos de ser una pareja un instante después de habernos convertido en una familia.”

(Antonio Scurati, El padre infiel, páginas 26, 62-63, 122-123)