lunes, 21 de julio de 2014

EN EL CORAZÓN DE LA AVENTURA



La piel fría

Albert Sánchez Piñol

Traducción de Claudia Ortego Sanmartin

Edhasa, Barcelona, 283 páginas

(LIBROS DE FONDO)



   En su edición original en catalán (La Campana, 2002), La pell freda de Albert Sánchez Piñol fue un rotundo éxito de ventas y sus derechos de traducción han sido cedidos a treinta y siete idiomas, entre ellos al gallego, lengua en la  que la novela apareció en el año 2007 editada por Ézaro. Algo similar sucedió con la versión al español (Edhasa, 2003). En la actualidad la novela ha vendido cientos de miles de ejemplares. En su día ganó el premio Ojo Crítico y solamente el Nobel J. M Coetzee privó al debutante Sánchez Piñol del premio “Llibreter”, creado y otorgado por el gremio de libreros catalanes con la finalidad de rescatar del anonimato obras de calidad que frecuentemente pasan inadvertidas entre el alud de novedades editoriales. Sin alardes promocionales y basándose en el boca a boca de los lectores, el libro del escritor y antropólogo catalán se convirtió en el gran best seller de la literatura catalana en los primeros años del presente siglo. Y sin duda alguna en una de las novelas de género de nuestros días más internacional.

   La trama del texto de Sánchez Piñol es compleja, entre otras razones porque el argumento no  explica de todo la novela y permite muchas y variadas lecturas. Pero, sin ninguna duda, el autor se estrenó de forma muy notable con un relato que rescata el placer de la aventura, la épica aventurera, en la senda de las grandes novelas de Jules Verne, pero con indiscutibles lazos con los horrores marinos y las andanzas terrestres de Lovecraft, Hogdson, Stevenson y con connotaciones filosóficas así mismo con Conrad (relación de dependencia entre protagonista y antagonista, presentes sobre todo en la última parte de la novela). Y con Karel Capek y su conocida obra, La guerra de las salamandras (1936).

  El relato de La piel fría se abre con una afirmación categórica que ya anuncia por donde van a ir los tiros: “Nunca estamos infinitamente lejos de aquellos a quienes odiamos” (página 9). Acto seguido, el narrador nos sumerge en los entresijos de la peripecia vital de un fugitivo de la independencia irlandesa que, a principios del siglo XX, quiere romper con su pasado y acepta el puesto de oficial atmosférico en una isla remota, próxima al continente austral. El protagonista, que carece incluso de nombre, busca la paz de la nada, pero, en vez del silencio, se encuentra con la compañía de un farero, un hombre primitivo, y un verdadero infierno lleno de monstruos. Unas extrañas criaturas anfibias, los “carasapos”, de piel húmeda, fría, glacial que semejan escualos con patas y salen por la noche de las profundidades para atacarlos. La existencia en el faro se convierte así en la más absurda de las epopeyas: resistir como sea a las acometidas de estas máquinas de matar, experimentando tanto de día como de noche todos los matices del miedo. Mas con el convencimiento de que cuando estamos rodeados de depredadores, la causa del ser humano solamente puede ser una: sobrevivir. Sin embargo, en un cuerpo a cuerpo de guerra y de genitalismo, el protagonista empieza a sospechar que, por debajo de los cráneos pelados de los monstruos anfibios, puede haber algo más que simples instintos y que se limitan a defender su territorio contra los intrusos que los masacran. Se da cuenta pues de que lo único sensato es pactar.

   La piel fría es claramente una novela de aventuras, pero como ya apunté, su temática va mucho más allá de las tramas aventureras. Del relato de Albert Sánchez Piñol emerge una precisa y conspicua  lección sobre la incomprensión y el rechazo que sentimos con relación a todo aquello que nos resulta extraño y desconocido. La novela encierra por consiguiente un claro valor metafórico: “bestializamos” al adversario para justificar la guerra, despreciamos y rechazamos todo aquello que escapa a nuestra comprensión. Por todo esto, La piel fría es en el fondo un alegato contra la xenofobia, el racismo y la intolerancia que muchas veces parecen inherentes al ser humano.

   Con estilo directo, aséptico y una estructura lineal que no pretende complicarle la vida al lector, Sánchez Piñol retorna a la novela de aventuras del siglo XIX, pero su escritura va mucho más allá de la simple aventura y mantiene de forma inequívoca una tesis y una conclusión: el ser humano no es el rey del universo, sino una fracción más de la naturaleza y el mundo es definitivamente un lugar previsible.



Francisco Martínez Bouzas



 
Albert Sánchez Piñol


Fragmentos



“Nunca estamos infinitamente lejos de aquellos a quienes odiamos. Por la misma razón, pues, podríamos creer que nunca esteremos absolutamente cerca de aquellos a quienes amamos. Cuando me embarqué ya conocía este principio atroz. Pero hay verdades que merecen nuestra atención, y hay otras con las que no conviene mantener diálogos.

Tuvimos la primera visión de la isla al amanecer. Hacía treinta y tres días que los delfines habían renunciado a nuestra popa y diecinueve que la tripulación arrojaba nubes de vaho por la boca. Los marineros escoceses se protegían con manoplas que les llegaban hasta el codo. Vestían pieles tan contundentes que hacían pensar en cuerpos de morsa. Para los senegaleses aquellas latitudes frías eran un suplicio, y el capitán toleraba que empleasen grasa de patata como maquillaje protector, en las mejillas y en la frente. La materia se diluía y se les filtraba por los ojos. Lloraban pero nunca se quejaban.”



…..



“Medito sobre las pretensiones que me trajeron a la isla. Buscaba la paz de la nada. Y en vez de silencio, encuentro un infierno repleto de monstruos. ¿Qué nuevos significados deberían descubrir mis ojos? ¿Cuál sería la interpretación correcta, según mi tutor? Pienso mucho en él. Por más que me lo pregunto, por más que me interrogo, sólo puedo constatar una evidencia espantosa que todo lo invade: monstruos, monstruos y más monstruos. Nada que ver, nada que juzgar, nada que considerar.”



…..



“A veces la compasión se nos aparece como un paisaje detrás de la última colina. Me pregunté si aquel mundo submarino debía ser tan distinto del nuestro: sin duda tenían padres y madres, y la existencia del triángulo demostraba que también tenían huérfanos. No pude soportar sus llantos. Lo cargué al hombro, como un saco. Lo llevé al granito y seguí cosiendo. De nuevo se agarró a mi cuerpo y me lamió la oreja, y así se durmió. Yo simulé indiferencia.”



(Albert Sánchez Piñol, La piel fría, páginas 9, 134, 236)

domingo, 13 de julio de 2014

CUATRO NOVEDADES DE EDITORIAL ANAGRAMA



Jorge Herralde, fundador y director de Anagrama

Jorge Herralde fundó Anagrama en 1967, "en aquella Barcelona bulliciosa que alentaba toda clase de proyectos culturales". No obstante, y después de varios forcejeos con la censura, los primeros libros no vieron la luz hasta abril de 1969. Libros que aparecieron en tres colecciones ya míticas: “Argumentos”, “Documentos” y  “Textos”. Posteriormente Anagrama amplió sus colecciones: “Panorama de narrativas”, “Narrativas hispánicas”  y “Compactos”, en la que se editan los libros de bolsillo de este sello editor, paradigma de la edición independiente porque desde hace muchos años Jorge Herralde sigue siendo el “último mohicano”. En la actualidad en Anagrama conviven en buena harmonía otras colecciones como “Crónicas”, “Edición Limitada”, colección de bolsillo de tapa dura, inaugurada en 2013; y lo último de lo último, el lanzamiento de una singular colección “La conjura de la risa” que acaba de echar a andar.

   De esta editorial de culto, pero al mismo tiempo ampliamente extendida y valorada en todos los países de habla hispánica,  reseño hoy, aunque solamente de forma informativa y en base a las respectivas presentaciones editoriales, cuatro novedades de la programación mayo-julio 2014. Tiempo habrá, después de la lectura de estas cuatro novedades, para emitir un juicio valorativo sobre sus haberes y deberes. Vaya pues, por tanto años de historia y de tesón para mantener la edición independiente, este pequeño y modesto plus promocional.





La hierba de las noches

Patrick Modiano

Traducción de María Teresa Gallego Urrutia

Colección: “Panorama de narrativas”, 166 páginas

   
 “En La hierba de las noches, Modiano nos invita, como en otras de sus novelas, a un intenso viaje por un París espectral. La ciudad se configura como una geografía interior, hecha de capas de tiempo que se confunden y entremezclan en esa evocación y búsqueda del tiempo perdido que hace Jean, el protagonista de la novela, escritor y tal vez álter ego del propio Modiano. Jean reconstruye en su escritura los fragmentos de su juventud, en los años sesenta, capturados en una libreta negra; abre una brecha en el tiempo y describe su deriva por la ciudad recordada, sigue el rastro de los ausentes e intenta resolver el misterio de un pasado lleno de interrogantes. Y traza una ruta, que oscila entre el hoy y el ayer, siguiendo la pista de una turbia historia de tintes policiales –en la que aparece un leitmotiv del universo modianesco, la exploración del pútrido territorio de la Ocupación– pero también el recuerdo de Dannie, un viejo amor.

Y como en las mejores novelas negras, en el corazón de la trama hay un enigma. Dannie no es quien parece ser, su identidad se desdobla y multi­plica como el laberinto de espacios que transitan los amantes. Jean la acompañará en algunas de sus desconcertantes misiones. Porque ella, junto con los huéspedes del Unic Hôtel, es una de los protagonistas, los perso­najes «verdaderos» de una trama compleja que el lector irá descubriendo a medida que avanza la novela. Y es entonces cuando la ficción de Modiano revela también su poder para documentar una época, y por sus páginas vemos aparecer a los fantasmas de la turbulenta historia de la Francia poscolonial, con el asunto Ben Barka como oscuro corazón de las tinieblas. La hierba de las noches es una novela magistral, un hipnótico relato sobre los laberintos de la memoria y los pasadizos secretos de la Historia que mantiene al lector en vilo hasta la última página.”

 

Profecía

Sandro Veronesi

Traducción de Xavier González Rovira

Colección: Panorama de narrativas, 72 páginas.



   “Algún tiempo después de la muerte de su madre, Alessandro Veronesi tendrá que enfrentarse también a la enfermedad terminal de su padre. Esta situación, en la que se invierten los papeles tradicionales de padre e hijo, siendo éste quien ejerce de guía, dará paso a momentos trágicos pero también grotescos: la burocracia asociada a la enfermedad, la hipocresía de una eutanasia que oculta su nombre, la difícil selección de cuidadores, los destellos de humor del moribundo, la desgarradora paranoia...

   Unánimemente aclamado por la crítica, Profecía nos ofrece la bien conocida historia de la muerte de los progenitores con una nueva luz, gracias a su sabiduría narrativa: un punto de vista inusual (el tú de un desdoblamiento que acaba también implicando al lector) y el uso de un futuro que, como indica el título, remite a los textos apocalípticos (porque de un pequeño apocalipsis cotidiano aquí se trata).

   Completan este volumen otros dos relatos que tienen también las relaciones paterno-filiales como tema principal. El primero cuenta la historia de un joven que pretende darle un sentido póstumo a la muerte (y tal vez a toda la vida) de su padre mediante lo que podríamos denominar «una ética del resentimiento». El segundo, en cambio, nos sitúa ante los conflictos más graves de dos jóvenes en el microcosmos de las pequeñas tragedias cotidianas que habitan nuestro día a día, como en esas narraciones de Carver cuyos personajes vagan por su existencia en busca de un sentido que se les escapa. Tres relatos, en definitiva, que presentan diversas perspectivas sobre la experiencia de lo que representa el paso de la inocencia dolorida (con Salinger y Cheever ahora de fondo) a una madurez en la que ese ser maduro nos exige la capacidad de aceptar el Mal en forma de resentimiento, de dolor, de desamor o, en fin, la muerte del padre como imagen de la propia.”





La lección de anatomía

Marta Sanz

Prólogo de Rafael Chirves

Colección: Narrativas hispánicas, 360 páginas.



  “Una mujer se queda desnuda para que los demás la miren. La midan. Su cuerpo es el texto en el que se ha escrito su biografía. La mano derecha es más grande que la izquierda porque es la mano con que la mujer agarra, escribe, acaricia, desencaja la tapa de los botes de legumbres. Antes, a la mujer su abuela le da unos azotazos en el culo. Va al colegio y se forja un pequeño corazón competitivo. Nada como si fuera un besugo. Ama desesperadamente a su madre y la salva de morir en un ridículo incendio. Canta desgañitándose Pájaro Chogüí y se hace amiga de muchas niñas y mujeres, y del niño más gamberro de octavo de egebé. Desprecia a las asistentas y va cada noche a los cines de verano. Para seducir se aprieta las carnes ridículamente como si su cuerpo fuera el de otra persona. Bebe, fuma, se pone mala y tiene miedo de sus alumnos. Se manifiesta. Se casa. Trabaja de ocho a ocho. Miente y dice la verdad. Como casi todo el mundo. Cumple cuarenta años. Se queda quieta. Reclama el derecho a dejar de complacer. El derecho a la lentitud.

   La lección de anatomía es una novela autobiográfica, de aprendizaje, escrita con el sentido del humor y el colmillo retorcido de la novela picaresca: el pudor no tiene que ver con el contenido de lo que se cuenta –morfologías del pene, pelos del pubis, la primera menstruación–, sino con el hecho de saberlo contar. El lenguaje expulsa al relato del espacio de la obscenidad ramplona y del morbo para darle otro sentido: el de una autobiografía novelada o una novela autobiográfica (¿el orden de los factores altera el producto?) que no explota la singularidad de la voz en primera persona, sino que la acerca a su comunidad anulando la distancia entre el nosotros y el yo, dentro y fuera, ser y parecer, porque, como decía Vonnegut parafraseando a Wilde, «somos lo que aparentamos ser, así que deberíamos tener cuidado con lo que aparentamos ser». Las lecciones de anatomía terminan convirtiéndose en lecciones de geografía e historia, y quizá la percepción de los cuarenta años como lugar desde el que echar la vista atrás sea un acto elegiaco, un signo de madurez en un mundo peterpanesco o una conducta forzada por el envejecimiento prematuro al que nos somete el cambio de era y la obsolescencia electrodoméstica.

   Anagrama da una segunda oportunidad a esta La lección de anatomía, que ha sido revisada, reestructurada y ampliada por Marta Sanz. De este libro a la vez viejo y nuevo, singularísimo en el panorama de la narrativa hispánica, escribe Rafael Chirbes en su prólogo: «Su estilo ágil (salpicado de fogonazos brillantes), su inusual habilidad para retratar situaciones y para penetrar en la psicología de los personajes, y su fino oído para capturar la lengua hablada con vivacidad admirable convierten la escritura de nuestra novelista más en una gozosa representación de vida que en una melancólica o sombría manipulación de seres muertos."



El Anticuerpo

Julio José Ordovás

Colección: Narrativas hispánicas, 133 páginas

   
 “Cuando empezamos a leer encontramos en las novelas al amigo mayor que nos abre los ojos y la cabeza. Algunas de las mejores historias que nos han contado son, de hecho, relatos de una amistad entre un adolescente con hambre de aventuras y un adulto que alimenta sus sueños. Hawkins no pudo resistirse al poder de encantamiento de John Silver, y de la relación entre Huckleberry y el negro Jim lo que queda, como escribió Bolaño, es una lección de amistad que es también una lección de civilización de dos seres totalmente marginales que se tienen el uno al otro y se cuidan sin ternezas ni blanduras. El protagonista de El Anticuerpo llega, atravesando los tejados de su pueblo, a una isla en la que un náufrago se consume bajo el sol. El náufrago sabe que de esa isla que es la casa del cura nadie puede rescatarlo, pero agradece la compañía de ese loco que anda por los tejados. Josu es una rata punk que no soporta el azul del cielo y echa de menos el olor de las cloacas. Los dos amigos se parecen más de lo que creen. A ambos les gustan los problemas y son unos traidores a la realidad. Julio José Ordovás ha querido relatar, en su primera novela, el aprendizaje de vivir fuera del orden y cuesta abajo. En la España de los ochenta, Cristo abandonaba las procesiones, se iba de bares y de conciertos y amanecía en un portal con una jeringuilla clavada en cada brazo. España cambiaba para seguir siendo la misma de siempre. Un país beato, represivo, resignado y lleno de moscas. Si Long John Silver era un pirata y Jim un esclavo, Josu es un yonqui. Ni tiene nada ni espera nada. Pero no ha perdido las ganas de reírse y aún le quedan fuerzas para columpiarse sobre el abismo.”


Francisco Martínez Bouzas

lunes, 7 de julio de 2014

ALEXANDRE YERSIN: REALIDAD Y FICCIÓN



Peste & Cólera
Patrick Deville
Traducción de José Manuel Fajardo
Editorial Anagrama, Barcelona, 2014, 234 páginas

   Abundantemente documentada, adecuadamente ficcional, intensamente épica. Una sola línea que bastaría para describir lo más externo de esta novela de Patrick Deville. Pero es mucho más. Cimentándola, en efecto, en testimonios y documentos científicos y comerciales, así como en las cartas que Alexandre Yersin cruzó con su madre y hermana y en el testimonio de personas que lo conocieron en vida, el escritor y viajero francés Patrick Deville ha reconstruido a Alerxandre Yersin: sus aventuras y avatares vitales  y sobre todo los descubrimientos científicos -el bacilo de la peste bubónica (“Yersinia pestis”) especialmente- transitando por el Extremos Oriente, explorando la jungla, por Aden y Madagascar  y siendo testigo de guerras y de la opresiva colonización europea.
   Todo ello en esta obra excepcional, que ha sido calificada como “novela de aventuras de verdad”, novela de invención sin ficción, que se ha hecho acreedora de numerosos premios, en especial, el “Prix des Prix de 2012” en su segunda convocatoria. Es Peste & Cólera (2012) traducida y editada en español hace apenas dos meses por Anagrama. Otra obra maestra del escritor y viajero francés, la mayoría de cuyos libros (Pura vida, Equatoria, Kampuchea) recuperan los periplos de exploraciones y rescatan del baúl de los olvidos a figuras que han creado la Historia, pero que al mismo tiempo han huido de la fama, como es el caso del suizo-francés Alexandre Yersin, a la vez científico y aventurero, que en 1885 se instala en París para colaborar con Louis Pasteur. A pesar de sus méritos -libró al mundo del innombrable azote de la peste bubónica, cuyo bacilo descubrió durante la gran epidemia de Hong Kong en 1894, así como la vacuna o suero antipeste, investigó en Indochina las causas del cólera, y ya había descubierto junto a Émile Roux la toxina diftérica- Yersin es un ser olvidado, una víctima de la desmemoria de la Historia. Patrick Deville, en un relato vivaz que da lugar a un gran ejercicio literario, rescata a Yersin  de la invisibilidad  y lo convierte en un personaje legendario, un verdadero adalid de la experimentación médica a finales del siglo XIX, en el contexto del abyecto colonialismo europeo. Es quizás su libro la historia con minúscula que suele pasar desapercibida para la Historia oficial.
   Esta novela de aventuras de verdad no nace de la nada. Sabemos, precisamente desde Pasteur, tan presente en este libro, que nada nace de la nada. Patrick Deville levanta su extraordinaria recreación de la existencia de Alexandre Yersin  empleando como cimientos las cartas del último superviviente de la banda de Pasteur a su madre Fanny, a Émile su hermana, a los pasteurianos  Roux y Calmette, las recomendaciones del propio Pasteur y otros testimonios que constituyen el verdadero relato, los diarios del hombre que sabe en la soledad de su vivienda de Hon Ba que, a pesar de sus incontables méritos, no dejará tras de sí más que dos palabras latinas:”Yersinia pestis” conocidas únicamente por el gremio de los médicos.
   La novela presenta a Yersin como un activista de la revolución microbiana, pero explora así mismo sus otras muchas facetas, porque si alguna tacha se le puede achacar a su actividad científica, es la dispersión. Hombres jóvenes y con coraje que, con escasos medios, se abalanzan  sobre las epidemias. Es la banda de Pasteur en competencia en medio mundo con la de Koch. Yersin es uno de ellos. Su vida, en el retrato que de la misma hace Patrick Deville, se nos muestra como una emocionante epopeya de lindes conradianos.  Un viaje de aventuras sí, pero no al estilo tradicional con ataques de tigres o con la percepción de lánguidas princesas indígenas de senos puntiagudos, sino como un relato en el que Yersin no solo se adentra  en la investigación médica, sino en otros muchos saberes y exploraciones, comenzando por la topografía, “la poesía de los útil” (página 84).
   
                                               



 El libro es pues un apasionante derrotero en búsqueda de los vestigios de Yersin en el contexto de las guerras franco-alemanas y de los grandes acontecimientos políticos de finales del siglo XIX y de la primera mitad del XX, el siglo de la barbarie infinita. Por ejemplo, Yersin se entera y se duele en el año 1941 de que los descubrimientos pasteurianos sirvan para fabricar armas bacteriológicas.
   Vestigios que el autor halla en Europa y en Asia: el abandono de Suiza por Francia donde Yersin descubre a Pasteur, los experimentos con la vacuna de la rabia, se doctora en medicina a los veinticinco años; un curso de dos meses en Alemania con Robert Koch; abandono del Instituto Pasteur por el mar (médico de a bordo en Asia), consagrando su tiempo libre al cabotaje por los ríos y a la investigación etnológica. Aburrido del mar, después de dos años de navegación, se instala en Nha Trang donde abre una consulta en la que cobra a los notables y ricos y atiende gratuitamente a los pobres. Se convierte en un nuevo Livingstone: explorador y agrimensor a sueldo del gobernador general de Saigón. A petición de Roux y Pasteur se dirige a Hong Kong para investigar la Peste Neumónica Manchuria y, en una choza de bambú y paja y sin que los ingleses le proporcionaran  ningún cadáver (sí en cambio los obstine el japonés Kitasato), observa el bacilo de la peste: un verdadero puré de microbios en los bubones, logra aislarlos e identificarlos, descubre la vía de transmisión  a los humanos desde los roedores, aunque no será él, sino Simond el hombre de la pulga. Y prueba con éxito el suero-vacuna contra la peste bubónica. Por todo ello le hubieran dado el nobel, pero aún no existía tal galardón.
   Yersin escoge la soledad y, como hiciera Pasteur con la rabia, no registra sus descubrimientos. Algunos, como la “Yersinia coca” (“Coca-Canela” es el nombre que él le da), de haberlos patentado le hubieran convertido en el millonario inventor de la Coca-Cola!  Pero hay  nuevos abandonos, regresos y nuevos apegos: la etnología, la agricultura, la arboricultura, -rey de la quinina y del caucho en Oriente-, la arquitectura…. También meta la nariz en la literatura, en el latín y en el griego  al final de su vida. Y lo último de lo último, la anotación de mareas en Nha Trag.
   Patrick Deville apenas se refiere a la vida personal de este viajero e investigador que sale de la Historia y que vive en una aldea de pescadores como un campesino. Únicamente hace alusión a su negativa a casarse porque la prometida que le busca su madre, esperaba leer inflamados sonetos alejandrinos y Yersin le escribe como si fuera una exposición sobre la difteria. Concluye pues que tener una esposa pegada a los faldones no habría tardado en ser un estorbo” (página 31). También hace una breve referencia a la leyenda negra que le rodeo durante un tiempo: las patrañas de ciertos periódicos que le adjudicaban descendencia con una indígena de las montañas.
   Peste & Cólera no es una novela plana como alguien ha afirmado, ni propiamente un libro de aventuras, ni una novela al cien por cien, sino el magistral redescubrimiento de una gran personaje, prácticamente invisible hasta ahora: Y justifico esta apreciación por las siguientes razones: el autor narra con el talante ágil de un periodista y sin caer en la hagiografía una “apasionada aventura humana y científica” que convierte a su protagonista en un personaje legendario, a pesar de su ocultamiento hasta el presente. La narración le sirve a la vez a Deville para captar la evolución humana y científica desde el último tercio del siglo XIX hasta la actualidad. Recrea y caracteriza con gran profundidad psicológica personajes, principalmente los de Yersin y Pasteur. Con gran verosimilitud compone y dibuja escenarios, tiempos y espacios en base a un ingente trabajo de documentación. Es muy hábil a la hora de integrar un amplio abanico de personajes y hechos paralelos que funde en una estructura superior, sólida y bien elaborada. Es reseñable así mismo el buen tino del autor a la hora de hacer progresar su relato a la hora  de forma dosificada, procedimiento con el que logra mantener la atención lectora y la tensión narrativa.
Vivienda y laboratorio en Hong Kong donde Yersin aisla el bacilo de la peste
   Acierta, en mi opinión Patrick Deville con la estructura en paralelo que introduce en el relato: narra la aventura vital de Yersin desde el punto de vista de un hombre de setenta y siete años que, en el verano de 1940, mientras viajaba en un hidroavión hacia Saigón huyendo de los nazis, piensa que la vida se borra y el mundo se viene abajo. Por eso al autor realiza un adecuado juego de saltos en el tiempo de la historia (analepsis y prolepsis)  que nos permiten captar la visión que el personaje tiene de su vida, en especial de sus años jóvenes y del marco histórico, político y cultural en que se desarrolla la pluriforme actividad de Yersin y la de la banda de los pasteurianos, un verdadero ensalzamiento, si bien crítico, de la modernidad, de las luces de la razón en la lucha emancipadora con el obscurantismo. Atina igualmente Patrick Deville en el procedimiento de las vidas paralelas: a pesar de que Yersin no es un hombre de Plutarco y nunca ha querido hacer Historia, Deville lo presenta en paralelismo, no con los traidores como en algunos casos de Vidas paralelas, sino con científicos, poetas, viajeros (Rimbaud, Livingstone, Stanley, Brazza, Conrad). A la luz del otro, especialmente de Rimbaud retratado con pinceladas certeras, frecuentemente dramáticas, la existencia del protagonista aparece como un hombre simple, recto, que “intenta gobernar su barca en solitario”, pero al que también empuja el espíritu aventurero de Livingstone.
   Finalmente, el estilo de la prosa, claro y conciso, adopta, con cierta frecuencia una tonalidad épica. Eso y un acertado manejo del color y de la frescura narrativa son capaces de enardecer mentes y sentidos. Recuperación pues de la aventura vital, que también es su mitificación, de un hombre, Alexandre Yersin, que como el otro gran pasteuriano Émile Roux, no tuvo descendencia, excepto la mítica y esas dos palabras latinas: “Yersinia pestis”.

Francisco Martínez Bouzas

 
Patrick Deville

Fragmentos

“Mientras Yersin prepara sus expediciones, se produce la caída del caballo en Diré Daoua. Righas, el amigo griego de Rimbaud, escribe que a éste «se le dislocó la rodilla y se desgarró con un pincho de mimosas». Tienen eso en común, la soledad y el irse a ver otros lugares y avanzar a la cabeza de caravanas, intentando hacer más y hacerlo mejor que sus padres ausentes. Ir más lejos, en la ciencia y en la geografía, de lo que fueron esos padres a los que no conocieron. Uno con el microscopio y el bisturí encontrados en el granero de Morges. El otro con el Corán y la gramática árabe encontrados en el granero de Roche. Se trata de ir más lejos que aquel capitán Rimbaud de la banda de los saharianos, y abrir la ruta de Entotto a Harar. Se trata de ir más lejos que el intendente de la fábrica de explosivos, y abrir la ruta de Nha Trang a Phonom Penh. Los calores atroces y la sed se los contarán a las mujeres, a las sedentarias madre y hermana que nunca han salido de Suiza ni de las Ardenas, y lo harán ocultando su nombre ,firmando brutalmente con el apellido, como padres: uno, Rimbaud; el otro Yersin.
No haber descubierto el bacilo de la peste hubiera condenado a Yersin a morir como un explorador desconocido. Bastó un pinchazo en la punta de un dedo, como en los cuentos de hadas. Pero la vida novelesca y ridícula de los hombres es siempre así. Ya curen la peste o mueran de gangrena.”

…..

“Yersin desembarca en Hong Kong a mediados de junio y acude al hospital Kennedy Town, que dirige el doctor Lawson.
Desde su llegada al puerto, bajo una lluvia torrencial, ha visto cadáveres de apestados por las calles, entre los charcos, en medio de los jardines, a bordo de juncos fondeados. Los soldados británicos se llevan a los enfermos a la fuerza y vacían sus casas, lo amontonan todo y lo queman, echan cal y ácido sulfúrico, levantan muros de ladrillos rojos para impedir el paso a los barrios infestados. Yersin toma fotografías, escribe durante la noche sus primeras visiones de ese infierno bajo el cielo gris y el diluvio de los aguaceros. Los hospitales inundados se colman en vano. En una antigua fábrica de cristales o en un matadero en construcción, en chozas de paja requisadas, Lawson abre por aquí y por allá lazaretos que se tornan morideros. Allí se echan sobre el suelo esteras que acabarán quemadas junto con sus ocupantes. La muerte llega en pocos días. A través de las cortinas de lluvia cálida de la borrasca, ruedan el paso de las carretas cargadas de cadáveres apilados. «Me he fijado que hay muchas ratas muertas que yacen en el suelo.» La primera nota garrapateada por Yersin esa misma noche se refiere a las cloacas desbordadas y a las ratas en descomposición. Desde Camus es algo evidente, pero entonces no lo era. He ahí lo que Camus le debe a Mersin cuando escribe su novela justo cuatro años después de la muerte de éste.”

…..

“Yersin vuelve a sentir el regocijo parisino de las probetas como volar cometas. «El bubón está muy definido. Lo extraigo en menos de un minuto y lo subo a mi laboratorio. Hago rápidamente una preparación y la pongo bajo el microscopio. Identifico a primera vista un verdadero puré de microbios, todos parecidos. Son pequeños bastoncillos rechonchos con las extremidades redondeadas.»
Todo está dicho. No hay ninguna necesidad de escribir un libro de memorias. Yersin es el primer hombre que observa el bacilo de la peste, como Pasteur había sido el primero en observar los de la pebrina del gusano de la seda, el carbunco de las ovejas, el cólera de las aves o la rabia de los perros.”

(Patrick Deville, Peste & Cólera,páginas 100, 113-114, 115-116)

martes, 1 de julio de 2014

PASCAL QUIGNARD: LA INVENCIÓN DE LA SOLEDAD



Las sombras errantes
Pascal Quignard
Traducción de Manuel Arranz
Editorial Elipsis, Barcelona, 200 páginas
(LIBROS DE FONDO)

   El importe del más famoso galardón literario francés, el Premio Goncourt, sigue siendo diez euros, el mismo con el que inició su andadura en 1903, año de su creación. El Premio, administrado por la Academia Goncourt que está formada por diez mujeres u hombres de letras, pretende premiar la obra en prosa más imaginativa publicada en el año anterior. Los miembros de la Academia, tal como estipula el testamento de Edmond Goncourt, asumen la obligación de reunirse una vez al mes y así poder discutir acerca de las últimas creaciones literarias. En el encuentro de noviembre de 2002, el libro ganador de la edición de ese año del Goncourt fue Les ombres errantes de Pascal Quignard (Verneuil-sur-Avre,1948), traducido y editado en su día por la barcelonesa Editorial Elipsis. Un premio sumamente polémico porque Las sombras errantes no es propiamente narrativa, es poesía, aforismos y con frecuencia pensamiento filosófico. Un producto literario híbrido, tanto en el contenido como en su propia arquitectura que se yergue  a base de saltos en el tiempo, notas autobiográficas, religión, amor, muerte. Rehúye además cualquier clase de estructura canónica compacta (planteamiento, nudo desenlace).
   Les ombres errantes, primer volumen de la serie  “Dernier Royaume”, así como otras piezas literarias que  completan esta pentalogía  como Sur les jadis, Abismes, Les Paradisiaques, Sordidissimes, nos hace entrar en un extraño laberinto donde la organización del texto (fragmentos cortos que se suceden unos detrás de otros), la singularidad del pensamiento y los personajes que nos aguardan, nos dejan realmente perplejos. En efecto, leer a Pascal Quignard es a la vez un ejercicio de higiene mental y un quedar poseídos por una estética cimentada en el sentido de las palabras y en el sonido de las frases al escuchar en la lejanía el murmullo y el estruendo de todo aquello que hoy está en juego: la situación del individuo, el papel de la ciencia, el espíritu de observación por encima de los sistemas.
   Pero la escritura de Pascal Quignard es sobre todo una invención de la soledad. La sociedad, confiesa el escritor, lleva mucho tiempo fraguando mitos para hacernos creer que precisamos de los otros, hecho que contradicen los fenómenos periféricos y las prácticas chamanísticas. El deseo de no nos solidarizar con el grupo no es solamente un fenómeno humano; al contrario, es una invención animal, como lo demuestran múltiples ejemplos: el comportamiento de los jabalíes o de las aves de rapiña, entre otros. Y afirmar, como se hace casi a diario, que somos seres de lenguaje es radicalmente falso, puesto que no nacemos como seres hablantes, sino que es una meta a lograr en nuestro desarrollo infanto-juvenil. Por eso mismo, no poseer facilidades para el lenguaje es responder a lo más originario y esencial de nosotros mismos. El lenguaje es una adquisición frágil y precaria que no se halla ni en nuestro origen ni en nuestro final como seres humanos, pues la palabra anda frecuentemente errante y se disipa muchas veces como una sombra, antes del final de nuestra existencia.
   Las sombras errantes, escrito con prosa torrencial, compuesto de capítulos breves como teselas de un gran mosaico capaces de atrapar al lector desde el primer párrafo, es sobre todo un libro profundamente crítico y radical. Contiene, como ya señalé, múltiples implicaciones autobiográficas y muestra con absoluta claridad la voluntad del autor con relación al mundo contemporáneo: el incontestable deseo de levantar una ermita y trepar desde allí hacia la inseguridad del pensar, justamente cuando la sociedad en la que vivimos, pregona lo contrario, cree en el monoteísmo y en la pacificación imperial. Una situación ya vivida, muy semejante a la que precedió el final del Imperio romano que provocó la aparición de numerosas ermitas  con la soledad como antídoto frente a la atmósfera y a los valores dominantes. Un libro que quizás se nutre más del sueño y de la alucinación que de la realidad y se incrusta en un género omnívoro, pero que introduce al lector en una aventura intelectual y estética de primer orden, sin comparación en la literatura de  los últimos tiempos.

Francisco Martínez Bouzas


Pascal Quignard

Fragmento

“El grito que pide socorro, una vez convertido en canto, ya no se dirige a nadie. Las artes no tienen por destino, como hace la Historia, organizar el olvido. Ni dar un sentido a lo Otro del sentido. Ni manchar y engullir el tiempo pasado de la tierra. Ni aniquilar in situ la otra parte del tiempo. Ni proscribir los lenguajes anteriores a todas las lenguas naturales. Ni emparedar lo Abierto. Hay que ser nazi para pensar que el arte es una mentira decorativa. Hay que ser comunista para pensar que el arte divierte. Hay que ser burgués liberal para pensar que alegra. Sólo en los regímenes totalitarios el arte es concebido como una estetización del sometimiento, una mitificación del pasado, una falsificación constante de la hora que llega y pasa. El artista no puede tomar parte en el funcionamiento de la comunidad humana desde el momento en que se esfuerza por desprenderse de ella. Ni siquiera tiene derecho a recibir un sueldo como contrapartida de su obra. Está más cerca del duelo que del sueldo. Menos olvidadizo que la memoria voluntaria. Menos interesado que el dinero en el intercambio. El arte no tiene como función negar lo Otro en lo social.
El individuo es como la ola que se levanta en la superficie del agua. No puede separarse de ella completamente. Y vuelve a caer rápidamente en la masa solidaria, que se la traga. Vuelve a caer una y otra vez continuamente con el movimiento irresistible de la marea que la arrastra. Pero ¿por qué no levantarse una vez, y otra vez, y otra vez?”

(Pascal Quignard, Las sombras errantes, capítulo 37)

sábado, 28 de junio de 2014

"LOS CIEN DÍAS", UN DIOS CONVERTIDO EN HOMBRE



Los cien días
Joseph Roth
Traducción de Carmen Gauger
Editorial Pasos Perdidos, Madrid, 2013, 250 páginas

   Joseph Roth (1894-1939) es con Herman Broch y Robert Musil uno de los grandes escritores de aquel país “imperial y real”, la “Kakania de El hombre sin atributos de Musil, el Imperio austrohúngaro. Aunque Roth es originario de la Galitzia oriental ya que nació en Brody, una aldea ucraniana. Judio rural, con el traslado a la ciudad,pierde la conciencia del judaísmo, algo tan accidental para él como su bigote rubio que con el mismo grado de accidentalidad podía haber sido negro. En su madurez se convirtió al catolicismo. Desterrado por consiguiente  de su lengua y de su cultura étnica, su existencia fue un constante deambular por las capitales de la Europa Occidental, siempre acompañado por la botella y un constante despedirse de su propia identidad (Claudio Magris), en un lento camino hacia el suicidio provocado por el alcohol, culmen existencial de la miseria en la que se había convertido su vida. A pesar de esa turbulencia existencial, Joseph Roth es un escritor fundamental de entreguerras que fue capaz de escribir excelentes obras de ficción, con un tema central la Primera Gran Guerra. La marcha Radetzky (1932) es sin duda la más conocida de sus novelas.
   De la misma época es Die Hundert Tag (1936), inédita en España y traducida hace unos meses por Carmen Gauger para Pasos Perdidos. El tema nuclear de la novela es un intento de convertir aun dios en hombre. Transformar al dios Napoleón Bonaparte en un ser humano. Para ello, Joseph Roth se apropia ficcionalmente de los últimos cien días de gobierno del Emperados (marzo de 1815, huida de la Isla de Elba, hasta la derrota de Waterloo, abdicación definitiva y entrega a los ingleses). Es la última batalla, la derrota final de Napoleón que Joseph Roth convierte en personificación asociada al derrumbamiento de otro imperio: el austrohúngaro, magistralmente descrito en La marcha Radetzky.
   La novela, en cuatro secciones o libros, hace un recorrido tras el regreso del  Gran Corso del exilio en la isla de Elba, de esos casi cien días en los que Bonaparte detenta nuevamente el poder, aclamado por el fervor popular. Organiza un ejército y se encamina hacia la última batalla que será también su drrota definitiva, achacable a múltiples causas (traiciones, mala suerte, la propia estrella del Emperador que se apaga, sus propias dudas y desánimo…). Es ese “pobre hombre Napoleón” derrotado ya para siempre el que le interesa al autor.
   Dramatización pues del regreso de Napoleón en una historia de un ser casi anónimo que se entrecruza con el destino del emperador: la de Angelina Pietri, un humilde personaje de ficción, lavandera en la corte, que siempre pertenecerá al Emperador, a cuya figura liga su propia suerte. Angelina trabaja en el palacio imperial. Pare un hijo cuyo padre es un soldado al que no ama, y que con los años formará parte del ejército imperial y, como miles de soldados, hallará la muerte en Waterloo. Será el mismo Napoleón el que lo sepulta y le comunica a Angelina lo ocurrido. Angelina Pietri será de los pocos que apoyan a Napoleón tras la derrota y hallará la muerte en una protesta a favor de su ídolo caído.
   Como ya he señalado, Joseph Roth se propuso en esta novela, alimentada en manantiales históricos, retratar de forma sencilla y accesible al Napoleón transformado en un ser humano de carne y hueso. Al Sire vencido, derrotado y convertido en el ex dueño de Europa. Y lo logra con acierto en un texto de ficción, insertando la ficción  en la realidad histórica. Por consiguiente la ficción, inyectada en ese contexto histórico del irreversible derrumbamiento militar e incluso humano de Napoleón, actúa como marcador semántico que anula el rigor histórico, si bien lo ilustra bellamente. Roth además lo hace de forma inteligente: huye de los panegíricos a figuras de gran relieve histórico  del entorno del Emperador y los coteja con personas anónimas que idolatran a su Monarca, que  siguen victoreando incluso después de la derrota a un Napoleón que ya no existe, pero que, sin embargo, es capaz de arrastrar tras su estela a seres anónimos, como es el caso de Angelina. Es el recurso de las estructuras paralelas compositivas que desde Plutarco se han utilizado de forma frecuente y muy provechosa para bucear y comprender la valía y el crédito de personajes famosos.
   Los cien días desde el punto de vista de la construcción narrativa es una alhaja literaria. Un verdadero paradigma de la novela histórica, en la que Joseph Roth pone a prueba todas sus grandes dotes de narrador. Estilo directo y sencillo, hermosamente pulcro, capaz no obstante de comunicar a través de sugestivas imágenes, como es el caso de las magistrales descripciones de París, el retrato del Emperador, de la fiel Angelina o la escalofriante y a la vez solemne recreación de la visita que realiza el Emperador derrotado, montado a caballo, por el campo de batalla, el campo de los muertos, una vez concluida la irreversible derrota. Crónica pues fabulada de la disolución de un mundo, hijo del sueño imposible y espectral del Gran Corso.

Francisco Martínez Bouzas

 
Joseph Roth


Fragmentos

“Se detuvieron ante el palacio.
“Cuando el emperador bajó del coche, una multitud de manos blancas, abiertas, se tendió hacia él. Se sintió fascinado por aquellas manos implorantes y, en ese instante, perdió la voluntad y la consciencia. Esas manos blancas, cargadas de afecto, tendidas hacia él, le parecían más terribles que las otras, las manos hostiles que empuñan las armas. Eran como un rostro blanco, lleno de amor y de anhelo. El amor de esas manos desnudas extendidas, le asaltaba con una súplica violente y amenazadora. ¿Qué pedían esas manos? ¿Qué querían de él? Esas manos oraban, exigían y ordenaban al mismo tiempo: manos que se alzan hacia los dioses.”

…..

“Todas las mujeres de Francia, todas las mujeres del mundo, amaban al emperador. Pero a Angelina le parecía que amar al emperador era un arte especial, misterioso; se sentía solemnemente prometida a él, al señor más excelso de todos los tiempos. Vivía siempre dentro de ella. Por grande que fuera tenía cabida en su pequeño corazón que se había ensanchado para acogerlo con todo su majestuoso esplendor.”

…..

“Aquella noche no durmió. Era sofocante y pesada (…) Pero él, el emperador Napoleón, era más humilde que Dios. Había sido más negligente por generosidad y más imprudente por nobleza de espíritu. Entonces abrió los ventanales y escuchó el sonido alegre y monótono de los grillos en el parque. Olió el perfume saturado y apacible de la noche estival, las lilas adormecidas y las acacias excesivamente dulces. Todo eso le producía una gran irritación.
Ya no quería trono ni corona ni palacio ni cetro. Quería ser tan sencillo como cualquiera de los miles de soldados que habían muerto por él y por la tierra francesa. Despreciaba a quienes mañana o pasado le obligarían a abdicar, pero también les estaba agradecido porque le obligaban a hacerlo. Odiaba su propio poder y,  a la vez, su impotencia. No quería ser emperador y, sin embargo, quería seguir siéndolo. Ese mismo día, a esa misma hora, deliberaban en la Cámara de Diputados si debía continuar o no.”

(Joseph Roth, Los cien días, páginas 14-18, 117, 191-192)

domingo, 22 de junio de 2014

LA TRANSFORMACIÓN DE JOHANNA SANSÍLERI



La transformación de Johanna Sansíleri

Álvaro Pombo

Ediciones Destino, Colección Áncora y Delfín, Barcelona 2014, 252 páginas.



   Una de las grandes preocupaciones de Álvaro Pombo en los últimos tiempos -y así lo refleja su narrativa- es el tema de la transformación de la mujer. Pero hablando de transformación, él mismo sostiene con Kafka que escribir es una especie de plegarse y que de hecho le transforma. Es el poder de la palabra, su capacidad performativa como en su día puso de manifiesto el filósofo inglés del lenguaje J. L Austin. La palabra es capaz de transformarnos. Y la transformación es el tema de fondo del escritor y académico que ha conseguido bucear como nadie en la sensibilidad femenina a través de su psicología-ficción. Este maestro indiscutible de la narrativa española en nuestros días ha elegido incluso como protagonistas principales de varias de sus mejores novelas a personajes femeninos (El metro de platino iridiado, 1990, Aparición del eterno femenino contada por S. M. el rey, 1993, Donde las mujeres, 1996,  Una ventana al norte, 2004, La fortuna de Matilda Turpin (2004). También, por supuesto en su última entrega narrativa, La transformación de Johanna Sansíler,. En todas ellas se fusionan muchos de los rasgos que, a través la introspección psicológica, Pombo descubre en las mujeres de nuestros días: atrevidas, abnegadas, engañadas o maltratadas por la vida, poseedoras siempre de gran fortaleza espiritual. Y junto a este sondear en el eterno femenino, otra de las grandes inquietudes pombianas es la reflexión filosófica, la introducción en su narrativa de componentes religiosos y espirituales, en especial, como en su día lo hizo Julien Green, la obsesión por explorar los bajos fondos del alma y las pesadillas autoculpabilizadoras, aunque no provocadas por la marea carnal o el drama del pecado que atormentaron al autor de Moira.

   Ambos temas son hilos que, amalgamados con la ficción, el lector hallará en La transformación de Johanna Sansíleri, la última novela de Pombo. El personaje que en esta novela experimenta el proceso de transformación es Johanna, una mujer de la burguesía cántabra. Se queda viuda casi de forma repentina después de veinte años de matrimonio -un matrimonio de fin de semana- con Augusto, “un gran pelma” que ya de novio era muy marido, pero que por su profesión de corredor de bolsa vivía los cinco días laborables de la semana en Madrid con otra pareja, Monina con la que tenía un hijo. Mas ante la inminencia de su muerte, Augusto decide pasar los últimos meses junto a Johanna, que nada sabía de su otra vida con Monina y su hijo que, por el contrario, lo sabían todo sobre Johanna y por la que sentían una gran admiración. Tienen de ella una imagen arcangélica. Johanna, bella, brillante, había vivido su existencia de casada en un total ensimismamiento, leyendo libros de teología y filosofía y cuidando los tomates de su huerto. Cuando por la cotilla de turno se entera de la doble vida de su augusto y difunto esposo, lejos de sentirse furiosa y despechada, se siente culpable. No busca explicación de la duplicidad en la culpa ajena, sino en la propia. Y desea “asear” su pasado, aunque la  determinación no respondía a una voluntad ética, sino estética. Lo hace pues, no por el deseo de perdonar, sino por la necesidad impía de tranquilidad personal, porque estaba convencida de que no había sido suficientemente amada por su propia culpa, porque ella para Augusto había sido insuficiente. Una verdadera metanoia, un movimiento interior que surge en Johanna porque no se encuentra satisfecha consigo misma. Sale de su ensimismamiento conociendo a la amante y al hijo de su marido y proyectándose en la actividad exterior, mediante la cooperación con la parroquia, aprovechando la energía de la parroquia, no de la Iglesia. Y a la vez entra en la logomaquia de la otra familia de su marido, puesto que otro sentimiento de culpabilidad substituye  al primero: la necesidad de reparación, reparar la vida familiar de la amante de su esposo.

   Álvaro Pombo cala con  la maestría a la que nos tiene acostumbrados en la personalidad de ambas mujeres, especialmente en la de Johanna Sansíleri, lectora de Iris Murdoch, hecho que la impulsa a identificarse con las figuras femeninas retratadas en las novelas de la escritora y filósofa irlandesa: un sujeto femenino capaz de dilatar en experiencia propia todos los lados de la vida, sin tener que retroceder luego hacia sí misma. Joahanna se ve como alguien que atrapa el mundo, la gente, las emociones, los paisajes y regresa a su guarida devorándolas a solas consigo misma (página 182).

   Una vez más, un texto profundamente introspectivo que le permite al autor construir una novela no compleja ni enrevesada, pero sí muy reflexiva. La trama, cuyo desenlace no desvelo, pierde importancia ante la profunda indagación existencial, filosófica e incluso religiosa, perfectamente conjugada con ciertas dosis de humor. Álvaro Pombo también en esta novela mastica y rumia una y otra vez la interioridad de sus personajes. Frecuentes citas en latín litúrgico y bíblico, textos filosóficos (Kierkegaard y Kant sobre todo) forman parte de la manera de narrar de Pombo. El resultado son estructuras narrativas penetradas de cultura. Servido todo ello con el ya característico estilo pombiano: una lengua muy rica, mezcla de barroquismo, espontaneidad, gusto por el hipérbaton, por las redundancias, por originales neologismo, descripciones sutilmente irónicas, uso de varios registros y cierta pedantería, marca también de la casa. Un verdadero domador de la lengua que hace gala incluso de su libertad, a veces heterodoxa, en sus construcciones narrativas. Pero poco importa, que  Álvaro Pombo nos introduzca, como en esta novela, en el discurso de su historia por medio de un narrador anónimo homodiegético que lo hace en primera persona, pero muy pronto y sin apenas darnos cuenta, recibimos el relato de esta singular historia de metamorfosis contada por un narrador heterodiegético omnisciente que habla en tercera persona. Extravagancias que en la pluma de Álvaro Pombo se convierten en marcas denotativas de alta calidad compositiva.



Francisco Martínez Bouzas



  
Álvaro Pombo



Fragmentos



“-Tengo la impresión, Carlota, de que en el fondo piensas que soy una perfecta estúpida, aquí encerrada en el jardín, reservada y estúpida, como la princesa del guisante.

-¡Un poco sí que eres la princesa del guisante, Johanna, no lo tomes a mal! Justo a eso he venido.

-¿A qué has venido? -pregunta Johanna sinceramente sorprendida ahora.

-He venido a saber qué tal estabas. Como comprenderás, es lo primero. Lo primero, a eso he venido. Y a contarte lo que me acaban de contar hace ya días, lo de Augusto y su otra casa, igual lo sabes ya y te parezco yo una tonta.

-Tonta no, Carlota, pero un poquito rebuscada y retorcida sí que estás pareciendo en este instante. Di de una vez a lo que has venido a decir, sea lo que sea. Al parecer algo de Augusto…

-Sí, bueno, de Augusto, así es. ¿Tú sabes que tenía otra familia?

-Otra familia, desde luego. Su familia.

-No, ésa no. Además de ésa, tenía en Torrelodones, los veranos y los inviernos en Madrid un piso, con una mujer que tiene nuestra edad, claro el tiempo pasa. Y un chico muy guapo, por cierto muy crecido, Alexis.”



…..



“En los tiempos de Aznar ya no había queridas. El PSOE acabó con todas ellas. El esquematismo de la querida, el prototipo se debilitó en la Transición, se volvió innecesario. Y el PSOE acabó con todas ellas, remató a las concubinas,   a la entretenida, a la otra. Así que mi madre empezó de antigua, ya  a los veintiséis,  a liarse con mi padre. Y mi padre era un normal nato, era la normalidad pura y nata, ínsita, en el concepto de la pareja cristiana, como un quiste, desde el principio de los tiempos, un hombre normal. En eso, ya ves, Johanna, creo que mi padre era único, el más normal de todos los normales. Una rareza estadísticamente perfecta, una locura. Así, de un tirón, ves cómo fuimos, nuestra normal familia, nosotros tres, anormalizada por el anticuado planteamiento del ligue de mi padre y mi infinito talento narrativo, mi belleza física.”



…..



“¿Debería mi madre sentirse culpable de haber interferido en tu matrimonio? Porque la verdad es que no se siente culpable. Ni siquiera cree que hubo interferencia ninguna. Cree que la vida era así, es así, los hombres eran así, los hombres tenían queridas, todavía las tienen. A veces mi madre dice: las mujeres tienen ahora también queridos ellas mismas. Sueña extraño cada vez que dice eso, anticuado, como si lo dijera porque lo ha oído decir pero no lo creyera del todo. Es curioso que mi madre no tenga ningún sentido de la culpa. Debió pegárseme de ella el no tenerlo. Al parecer, ellos dos lo hablaron todo muy al principio, mi padre y mi madre, te discutieron, parece ser, a ti. Mi madre debió de decir alguna frase anticuada que todavía dice como: ¿cómo vas a traicionar a una mujer así, Augusto? Ya le has dado tu palabra. Y mi padre respondería: le he dado mi palabra pero no mi corazón. Te doy mi corazón a ti, Monina, por lo que valga, que tampoco es tanto. Mi padre tenía estas salidas, modestas, de falsa humildad en mi opinión.”



(Álvaro Pombo, La transformación de Johanna Sansíleri, páginas 23-24, 88, 185)