viernes, 24 de octubre de 2014

"EL PARQUE": DESESPERANZA PARA CONSTRUIR LA ESPERANZA



El parque
Marguerite Duras
Traducción de Carlos Barral
Menoscuarto Ediciones, Palencia, 2014, 124 páginas

   Marguerite Duras, heterónimo de Marguerite Donnandieu (Saigón, 1914), tuvo una época neorrealista con la escritura de textos como Un barrage contre le Pacifique (Un dique contra el Pacífico). Sin embargo, a partir precisamente de Le Square (El parque), su literatura forma parte de la reacción frente a la novela tradicional. Es el “Nouveau roman”, que no se limita a contraponer la literatura didáctica e intelectual de los filósofos como Sartre, sino que la niega de raíz, porque reniegan de la coherencia de la acción, de la psicología, del diseño tradicional de los personajes; es decir, de cualquier elemento literario ligado al realismo. Es exactamente a partir de Le Square, que Menoscuarto recupera en el centenario de la autora y guionista, en la traducción ya clásica de Carlos Barral, cuando la narrativa de Marguerite Duras se vuelve enigmática y nebulosa y comienza a emplear los elementos compositivos del “Nouveau roman”.
   Aunque el éxito no le llegaría a Marguerite Duras hasta 1984 con El amante (Premio Goncourt), El parque es un texto narrativo que marca fronteras en la escritura de Marguerite Duras porque marca la evolución de la escritora hacia la nueva tendencia.
   El parque es una novela breve -apenas supera el centenar de páginas-, dominada por el diálogo y, por lo mismo, la obra más teatral que escribió la autora. De hecho también se convirtió en texto escénico. El fondo temático de la novela es el encuentro y contraposición de dos posturas muy diferentas ante la vida, representadas por los dos personajes actantes en el texto: una joven muchacha, empleada de hogar, y un viajero, vendedor ambulante. Apenas sabemos nada de ninguno de los dos. Solamente que la joven es una veinteañera, con bellos ojos a juicio de su interlocutor. Nada acerca de éste, excepto que tiene la muerte en común con los de su gremio. Por azar ambos coinciden en un banco de uno de los parques parisinos. Nada más. Solo que se acerca el verano y el cielo está a ratos nublado y a ratos luce el sol, que era jueves y en el parque jugaban muchos niños.
   Este absoluto vacío se llena con los diálogos de los dos protagonistas, con dos visiones contrapuestas de la vida en continua competencia, que a la postre nos permiten observar dos desnudos existenciales. Porque las dos personas que, por casualidad se encuentran en el parque, conversan de forma aparentemente banal, pero en realidad hacen que emerjan hasta la superficie termas cruciales para la existencia humana, como el sentido de la vida, su falta de significados o una mínima posibilidad  de transcendencia. Y sobre todo, la esperanza o su carencia, la resignación con lo que hay. El vendedor se contenta con lo que tiene; su único horizonte es verse todos los días limpio y bien alimentado. La esperanza es para él la esperanza de la esperanza. Ella, en cambio, aspira a mudar  su situación; piensa casarse algún día. Tiene esperanzas que cree se consumarán con el matrimonio. Quiere pertenecerse a sí misma, poseer algo, aunque sea cualquier cosa.
   Y como no podía ser menos, en este enfrentamiento a través del diálogo, con dos visiones contrapuestas de la vida, también surge el tema de la felicidad. Ella la persigue, cree que es un deber buscarla. Él, al contrario, piensa que todo el mundo la busca porque, desde la obscuridad en la que habitamos, no sabemos lo que es. Y los que creen haberla conseguido, se adaptan mal a ella, les resulta amarga.
   Un texto desnudo, pero muy lúcido que cobra vida únicamente a través de un largo diálogo entre dos seres solitarios que hablan para pasar el tiempo. Mas a través de sus palabras, Marguerite Duras va deslizando los interrogantes más cruciales de la existencia humana: ¿hay  en ella horizontes, puertas que abrir? ¿Ventanas que nos permitan vislumbrar la esperanza? ¿Ver que la esperanza puede formar parte de la vecindad de nuestra vida?

Francisco Martínez Bouzas

  
Marguerite Duras
Fragmentos

“Lo comprendo, pero mire usted, no teniendo ningún motivo para prescindir de las esperanzas de orden general, y este es un hecho que ara mí cuenta mucho, no me doy a esa idea. Sin embargo poca cosa bastaría, me parece, para inclinarme a creer que me es tan necesario como a los demás. Bastaría con muy poco convencimiento. Acaso no lo tenga por falta de tiempo. ¡Quién lo sabe! No me refiero, claro, al que paso en los trenes, pensando en esto y aquello, o de charla con la gente, sino al que se tiene de veras por delante, de un día para otro, el tiempo que necesitaría para pensar en ello y probar de descubrir si eso es también necesario para mí.”

…..

“-Hay mucha gente feliz, ¿verdad?
-No lo creo. Muchos creen que serlo es muy importante y creen que lo son, pero, en el fondo, no lo son tanto.
-Pues yo me imaginaba, en cambio, que era como un deber de todos los hombres el buscar la felicidad, igual que se busca el sol y no la sombra. Mire usted, en mi caso, por ejemplo con qué afán me lo tomo.
-Sí, es como un deber, yo también lo creo. Pero cuando uno, ¿comprende?, busca el sol, es porque está en la obscuridad. No puede hacer otra cosa. En la obscuridad no se puede vivir.
-Pero esa obscuridad me la hago yo misma, e igual que los otros buscan el sol, yo también lo busco, y la felicidad es lo mismo. La hago para encontrar mi felicidad.”

(Marguerite Duras, El parque, páginas 30, 76-77)

lunes, 20 de octubre de 2014

"¿HAY VIDA EN LA TIERRA?", LOS ARTICUENTOS DE JUAN VILLORO



¿Hay vida en la tierra?
Juan Villoro
Anagrama, Narrativas hispánicas, Barcelona, 2014, 369 páginas

   Cien historias, cien pequeñas historias, reunidas en un volumen, una novedad de Anagrama de este mes de octubre. Almadía lo editó para México hace meses. Rotuladas con el título de una de ellas, “¿Hay vida en la tierra?”. Un verdadero observatorio de lo cotidiano como se ha escrito (Yanet Aguilar Sosa); embrión, algunas de estas historias, de lo que serán las grandes novelas de Juan Villoro, El testigo, El disparo de Argón, Arrecife o su obra teatral Filosofía de vida.
   Historias que tematizan asuntos y situaciones de la vida cotidiana: “No he querido construir cuentos, sino buscarlos en al vida que pasa como un rumor de fondo, un sobrante de la experiencia que no siempre se advierte”, escribe Villoro en la presentación. Amalgama de realidad y ficción, que empezó a tener vida en columnas periodísticas de medios mexicanos y que cubren el período que se extiende de 1995 hasta la fecha en la que se convirtieron en borradores de este volumen. De ahí, lo apropiado del calificativo “articuentos” con el de Villoro define esta amplia colectánea de historias. “Articuentos” de tentaciones, porque, en la senda de los grandes hacedores de tentaciones artísticas -entre ellos el gallego Álvaro Cunqueiro-, Juan Villoro es del parecer de que en estos tiempos de comida rápida o congelada, también los caprichos, las debilidades son necesarios.
   Cien relatos pues de la vida real que resucitan el costumbrismo cuando ya se le daba por fenecido y hace muchos años que la literatura renegó del mismo. Historias que poseen además el valor añadido de ser, muchas de ellas, un escaparate de la mexicanidad -la narrativa de Villoro es obsesivamente mexicana-, cuando ésta se escribe con minúsculas y se nutre de pequeñas anécdotas del vivir cotidiano, tal como aparecen incluso en sus novelas de mayor calado, El testigo, pongo por caso. Historias, costumbres, prácticas cotidianas, anécdotas que en buena medida son portavoces de esa mexicanidad de a diario: el mexicano prefiere ser turista que emigrante; la esmerada cortesía dialogal que los mexicanos sostienen con personas que no volveremos a ver; a los mexicanos no solo les cuesta más trabajo llegar a la democracia sino a todos los lugares; la astenia incidental,  hoy una plaga mexicana; como ser golfo sin efectos secundarios en las privilegiadas condiciones del altiplano; en México, el ponche el mejor sistema de calefacción; un cuchillo enterrado al pié de un árbol, método mexicano para detener el cambio climático; la falta de colmillos de los mexicanos sonrientes; la comida, medio privilegiado de comunicación de los mexicanos. En fin, la maltratada y ajada vestimenta de los habitantes de México D.F. que buscan remedio en la cultura.
   No cabe duda de que la idiosincrasia diaria del mexicano sostendría sobradamente cien o más historias. Pero Villoro también sabe abrir fronteras y observar en el exterior. Por eso otras de sus historias se dispersan por distintos territorios: Kenzanburo Oé y su idea del altar, la tos,  identidad de la Alemania unificada; la magia del primer alunizaje en feliz o desafortunada coincidencia con el enamoramiento de dos gemelas; la refutación de la existencia de Dios según César Aira, o la atractiva vida paralela, el “avatar” que nos brinda Second Life, representación de la fuga psicológica perfecta.
   Villoro no eleva todo este anecdotario a categoría, pero lo aprovecha para tejer, con la prosa precisa que caracteriza su escritura, historias muchas veces minúsculas, con recursos frecuentes a los malentendidos, a las paranoias de nuestros días, que nos atraen porque no se salen de la cotidianeidad y están escritas con humor socarrón, mas tan sutil que apenas se nota.
   El origen articulista de estas historias, “articuentos”, las aleja de los momentos y pautas canónicas de un cuento o narración breve (introducción -desarrollo-desenlace). Son relatos planos, crónica de la realidad, retratos del presente, y no demandan suspense ni desenlaces sorpresivos. En vez de eso, Villoro le regala al lector  historias cargadas de ingenio y de humor, mirada a ciudades en las que descubre lo extraordinario  y lo habitual. Ingeniosas reflexiones en la que, por lo general Villoro deja que sea el lector quien extraiga las conclusiones, como en el caso de esa vida espectral o digital, en cualquier caso fantasmagórica, que hoy está sustituyendo a la vida real. El autor plantea la historia y nos ofrece el material para que nos demos comprendamos dónde está la auténtica vida, la verdadera realidad.
   Así pues, un amplio catálogo de historias. La lectura de cualquiera de ellas nos tienta a leer la siguiente. Un libro hedonista, periodismo/narrativa de tentación. Un buen manjar literario que tiene la ventaja de huir de asuntos transcendentales, sustentado en lo cotidiano, y al que el tamiz literario por el que Villoro lo hace pasar, lo convierte en interesante. En definitiva, historias que por ser tan cotidianas, definen nuestra manera de estar en el mundo, más bien poco heroica y carente de suspense. Villoro, es verdad, construye una historia de cualquier situación, por trivial que sea. Y eso no está al alcance de cualquiera. Pequeños textos, engranes minúsculos del vivir diario que, si bien no admiten comparación con sus novelas como El testigo, El disparo de Argón o Arrecife, constituyen un ingenioso y placentero plato literario, porque a veces las apariencias engañan y lo ordinario puede estar preñado de encantos.

Francisco Martínez Bouzas


Juan Villoro

Fragmentos

“En México el mejor sistema de calefacción es el ponche. Nuestros hogares son tan gélidos que si uno abre la puerta, se enfría la calle.
Por alguna razón la arquitectura «típica» fue planeada para los soles de una tórrida Arabia. Las casas estilo «colonial mexicano» tienen ventanucos de convento y pisos de piedra sacrificial. Aunque suele haber chimenea, casi nunca hay leña. En lo que toca a las viviendas comunes (que el optimismo llama  «de interés social») sólo se puede decir que sus pasillos redefinen la palabra «chiflón»: el aire convierte las paredes en una caja de resonancia para los conciertos del dios Eolo.
Si se descuentan las costas y el norte del país, donde la sensatez ha repartido chamarras, la mayoría de los mexicanos padecemos más frío que los esquimales. Esto se debe a que vivimos según la hipótesis de que también en el altiplano somos tropicales. Abrigarse no sólo parece innecesario sino de mal gusto. Cuando alguien llega con abrigo a la fiesta le preguntan con sorna: «¿Dónde fue la nevada?» Aunque a todo el mundo le salga vaho de la boca, la etiqueta nacional exige ponerse dos camisas antes que usar ropa de invierno.”

…..

“Hemos usado tanto la amabilidad que ya la gastamos. La cortesía se fue de nuestras calles, para refugiarse en las películas mexicanas de los años cuarenta.
Escribo estas líneas desde la ciudad de México, conocido bastión del catastrofismo. Sé que en provincias se conservan hábitos ajenos a la prisa y la neurosis, pero también ahí he advertido el deterioro: la gentileza atraviesa una crisis nacional.
¿Qué tan grave es esto? Es obvio que un patán puede ser feliz. La cordialidad no garantiza el bienestar ni pertenece a los recursos más importantes de un país. Sin embargo, la forma en que nos saludamos describe la realidad que compartimos.
Cuando yo era niño, un caballero era una persona de urbanidad dramática, capaz de dirigirse a su vecina en estos términos: «¡A sus pies, señora!»
Un inútil sentido de la discreción impedía hacer preguntas directas. Como el estado habitual de la infancia es la confusión, nos hubiera encantado decir «¿qué?» a cada rato. Pero eso era grosero. Había que decir  «¿mande?», como peones de hacienda.”

…..

“Aunque no parecen muy atentos, los hombres reiteran su presencia. Escuchan con aire errático del que está ahí porque afuera hace más frío o absortos en incendios que tal vez son interiores. Los de México, Distrito Federal, visten las ropas maltratadas que suelen distinguir a quienes buscan fervoroso remedio en la cultura. Rompevientos desgastados, pantalones luidos, zapatones con cuarteadoras. Llenan arrugadas bolsas de plástico a modo de portafolios; prefieren los lápices a las plumas, no tiene reloj, usan boinas raras, hechas de un casimir que hace medio siglo fue un chaleco. Aunque normalmente son de una limpieza escrupulosa, a veces muestran lastimaduras, una uña negra y rota, una rajada en la mejilla, un manchón de Merthiolate en la frente. Cuando el autor, acostumbrado a su presencia sigilosa, se acerca a saludarlos, hablan con respeto evocador de otros tiempos: «Gusto en verlo, maestro.»

(Juan Villoro, ¿Hay vida en la tierra?, páginas 61, 140, 368)

viernes, 17 de octubre de 2014

"RELATOS", LA ESCRITURA CRÍPTICA Y DESNUDA DE SAMUEL BECKETT



Relatos

Samuel Beckett

Traducciones de Félix de Azúa, Ana María Moix y Jenaro Talens

Tusquets Editores, Barcelona, 250 páginas

(LIBROS DE FONDO)



    
  Los relatos recogidos de forma definitiva en la colección Fábula de Tusquets Editores y que han tenido distintas reediciones, forman parte de la producción literaria de Samuel Beckett en su etapa francesa, que es en la que se asienta y confirma su verdadera carrera como escritor. En efecto, Samuel Beckett, nacido en 1906 en Foxrock (Irlanda), amigo de Joyce que influyó notablemente en su personalidad literaria, así como de Marcel Proust, sobre el que escribió un ensayo crítico, se estableció de forma definitiva en París, donde publicó sus obras más conocidas, indistintamente en inglés o francés.

   Sus trágicas alegorías de espera angustiosa y de absurdo existencial, le convirtieron en uno de los grandes representantes del teatro del siglo XX, y le harán merecedor en 1969 del Premio Nobel de Literatura, una verdadera catástrofe para el escritor, según su mujer, dado su carácter reservado. Su escritura es  trágica alegoría de la búsqueda imposible, del absurdo vital como los textos que hallamos en Esperando a Godot (1953), Final de la partida (1957), ¡Oh que días más hermosos! (1960).

   Pero Samuel Beckett también cultivó la narrativa. A su regreso a París tras la Segunda Guerra Mundial -durante la ocupación francesa tuvo que huir de la Gestapo-, creó tres grandes novelas que suelen considerase que forman parte de una trilogía: Molloy (1951), Malone muere (1951) y El Innombrable (1953), para el escritor sus mayores logros. Y textos narrativos dispersos.

Retrato de S. Beckett por Reginal Gray (1961)
   Veintiuno de estos textos están recogidos en esta colectánea de Tusquets. Relatos en su mayor parte de mediana extensión, tendentes al minimalismo, escritura desnuda y escueta, levantada con una gran economía de recursos. Crípticos y con frecuencia pesimistas. Pesimismo atemperado, no obstante, por un especial sentido del humor, negro y sórdido. Una obra narrativa breve que cubre el período 1945-1980. Son las fechas de la publicación del relato que abre el libro, “Primer amor” y del que lo clausura, “Mal visto mal dicho. Y entre ellos “Sin” (1969), paradigma de una escritura desprendida de todo artificio formal, representación del lenguaje puro y duro. Un texto difícil al que sin embargo, como su traductor al español, Félix de Azúa, muchos especialistas han considerado como la pieza clave, la más rigurosa y exacta del escritor irlandés.

   También en estos textos breves se vislumbran  las constantes de la actitud como escritor de Samuel Beckett: exploración de la condición humana hasta sus más arcanos y crepusculares límites. Angustia, pesimismo existencial, percepción de la tragedia que es el nacimiento, absurdo, nihilismo. Imposibilidad de comunicación, las ilimitadas dificultades para encontrar significados en un mundo cambiante. Todo lo que Beckett desplegará en sus obras mayores, tanto teatrales como narrativas, se halla ya esbozados en estos relatos breves, pequeñas joyas literarias, cuyo sentido profundo puede ser interpretado desde las palabras que pronuncia Puzzo en el segundo acto de Esperando a Godot, antes de hacer mutis con Lucky: “Ellas paren a horcajadas sobre una tumba, la luz brilla un instante, luego, otra vez la noche”.



Francisco Martínez Bouzas



 
Samuel Beckett
Fragmentos



“Testos para nada”



“Si dijera, allí hay una salida, en alguna parte hay una salida, lo demás llegaría. ¿Qué espero pues, para decirlo, creerlo? ¿Y qué significa, lo demás? ¿Voy a contestar, intentar contestar, o bien seguir, como si no hubiera preguntado nada? No sé, no puedo saber nada por anticipado, ni después, ni durante, el futuro dirá, un instante próximo, o lejano, no oiré, no comprenderé, hasta tal punto todo muere, apenas nacido. Y los síes y los noes nada significan, en esta boca, son como suspiros puntuando una pena, o son respuestas, a una pregunta incomprendida,  a una pregunta muda, en los ojos de un mudo, de un retrasado, que no entiende, que nada ha entendido, que se mira en un espejo, que mira hacia delante, en el desierto, los ojos desmesuradamente abiertos, suspirando sí, suspirando no, de vez en cuando.”



…..



“Sin”



“Ruinas refugio cierto por fin hacia el cual de tan lejos tras tanta falsedad. Lejanos sin fin tierra cielo confundidos ni un ruido nada móvil. Rostro gris dos azul claro cuerpo pequeño corazón palpitante solo en pie. Apagado abierto cuatro lados derribados refugio cierto sin salida.

Ruinas esparcidas, confundidas en la arena gris ceniza refugio cierto. Cubo todo luz blancura rasa rosa rostros sin rastro ningún recuerdo. Jamás fue sino aire gris sin tiempo quimera luz que pasa. Gris ceniza cielo reflejo de la tierra reflejo del cielo. Jamás fue sino este sueño inmutable la hora que pasa” (…)

“Cuerpo pequeño bloque pequeño corazón palpitante gris ceniza solo en pie. Cuerpo pequeño apiñado gris ceniza corazón palpitante frente a la lejanía. Cuerpo pequeño bloque pequeño partes invadidas culo un solo bloque raya gris invadida. Quimera la aurora que disipa las quimeras y el otro llamado anochecer.”



…..



“Mal visto mal dicho”



“Sin transición de lleno azota el vacío. El cenit. Aún es atardecer. Cuando ya no sea de noche será atardecer. Día inmortal que aún agoniza. Por una parte brasa. Por otra cenizas. Partida sin fin ganada perdida. Desapercibida.

En la reanudación la cabeza está bajo la manta. No importa nada. Nada más. Tan es verdad que lo real y -¿cómo decir el contrario? En fin esos dos. Tan es verdad que los dos si antaño dos en este momento se confunden. Y que al compadre cargado de saber triste el ojo ya no señala apenas más que confusión. No importa nada. Nada más. Tan es verdad que los dos son mentiras. Real y -¿cómo decir mal el contrario? El contraveneno.”



(Samuel Beckett, Relatos,  páginas 110, 183-187, 240-241)

lunes, 13 de octubre de 2014

"EN LA PIEL DEL OTRO" O LA PIEL DE LA IMPOSTURA



En la piel del otro
María Barbal
Traducción de Concha Cardeñoso  Sáenz de Miera
Ediciones Destino, Colección Áncora y Delfín, Barcelona, 2014, 312 páginas.

   Esta novela de María Barbal se inspira, aunque de forma indirecta, en las peripecias engañosas de Enric Marco, que a base de mentiras -aseguraba que había sido deportado por los nazis- llegó a presidir y a actuar de portavoz de la asociación Amical Mauthausen, formada por deportados en el campo de concentración nazi del mismo nombre. Y digo de forma indirecta porque el caso Enric Marco le sirvió a la autora de motor de arranque para crear su propio personaje, que también se mete en la piel del otro, aunque en su desarrollo la novela de María Barbal se aleja notablemente de la figura de este personaje y crea su propio protagonista.
   La autora, María Barbal (Tremp, 1949) está avalada por una sólida carrera literaria, iniciada en 1985 con la novela en catalán Pedra de tartera, un long seller de la narrativa catalana traducido a varios idiomas. Canto rodado es el título de la edición en español.
   En la piel del otro publicada simultáneamente en castellano por Ediciones Destino y en catalán por Columna, la autora crea, como ya indiqué, su propio personaje protagonista y una trama que poco tiene que ver con el caso verídico del ex presidente  de Amical Mauthausen, Enric Marco. No obstante, el caso real de Marco lo aprovechó  la autora para orquestar la historia de una mujer, que al darse cuenta de la dimensión trágica pero envidiable de la vida de algunos exiliados de la Guerra Civil comparada con la suya, anónima e insignificante, se integra en una asociación, Memoria y Libertad, de antiguos exiliados de la Guerra Civil, que había fundado el padre de su amiga Mireia Ferrer, un resuelto luchador por la recuperación de la memoria de los deportados. Y Ramona Marquès, que nunca había sido una refugiada, llega a dirigir y  a proyectar, a base de dedicación y energía, la asociación de exiliados y deportados. Una novela pues sobre los abismos y los laberintos de la impostura y sus porqués.
   El relato está ambientado en el espacio barcelonés, en el Poble Nou sobre todo, si bien en la novela aparecen otros espacios. Y abarca un arco temporal que va desde los últimos años del franquismo, en la década de los 70, hasta nuestros días. Su tema de fondo es, como ya quedó apuntado, la impostura, la falsificación de las vidas hasta tal extremo que personas como la protagonista acaban incluso creyendo en la realidad del personaje inventado y en el cúmulo de falsedades que lo rodean.
   Desde obscuras motivaciones psicológicas, y sobre todo desde su vacío existencial, la protagonista va construyendo su falsa biografía de resistente del franquismo, hasta alcanzar la representación en la que puede proyectar todas sus energías, al contrario de su amiga, Mireia Ferrer -los dos personajes principales, verdaderas columnas en las que se asienta la novela- que pretende a toda costa olvidarse de la herencia paterna verídica pero dolorosa. Y en esta tesitura, Ramona Marquès inventa embuste tras embuste en los años de la Transición, una época en la que el silencio sobre el pasado se impuso como un dogma de fe política, porque en España nunca existió una verdadera ruptura con el franquismo.
   El desarrollo de la novela avanza poco a poco, a medida que un joven periodista, impresionado por el activismo de Ramona Marquès, inicia y desarrolla una investigación sobre las experiencias de los miembros de Memoria y Libertad. En la misma levanta la liebre, sale a luz la impostura y ante una compleja disyuntiva -el joven periodista había iniciado una relación sentimental con Isolda, la hija de Ramona- opta por posicionarse al lado de la verdad.
   La novela no solo nos ofrece una trama divertida y que capta el interés del lector, sino que tiene sobre todo la virtud de profundizar con gran agudeza en la mente y en las motivaciones de sus personajes. No solo en las de los  centrales, Ramona y Mireia,  sino en las de un amplio abanico de secundarios, en entramado con los principales. Y así, al final podemos descubrir la razón última de la impostura de Ramona Marquès: el amor, la admiración, cuyas circunstancias concretas no desvelaré. Ese papel le corresponde al lector.
   Novela pues que profundiza de forma brillante y certera en el perfil psicológico de los personajes. Excelente así mismo la captación y el reflejo de los ambientes barceloneses de los años 70. Escrita además con gran sensibilidad, con un estilo de prosa que nos sorprende a veces con ramalazos de gran fuerza y tonalidades líricas. Una escritura que avanza de sorpresa en sorpresa, pero a un ritmo adecuado, contribuye a que En la piel del otro deba ser recomendada sin reservas, ya que sin duda involucrará al lector en la historia que María Barbal le transmite.

Francisco Martínez Bouzas



María Barbal

Fragmentos

“En la mesa, Ramona y los Ferrer seguían charlando. Hablaron de Mauthausen sin tocar el capítulo anterior, por el que Tomàs pasó de puntillas, pues, cuando Anna tenía la edad de su hija, que en ese momento hablaba despreocupadamente por teléfono en voz baja, estaba en Argelers, al límite de la resistencia física y mental, y después, en Valencia. También él sufrió lo suyo en esa época, pero fue distinto, porque era joven  y fuerte, mayor que su mujer, y, sobre todo, tenía una ideología sólida que lo animaba a luchar. Hablando de ello con Ramona Marquès, cuyo interés le sorprendió gratamente, volvió a sentir deseos de ver a sus compañeros de exilio; algunos eran más que hermanos para él. Se habían salvado la vida muchas veces unos a otros. Había que pensarlo y averiguar algo más del tal Rossend Garcia: a qué grupo pertenecía, aunque parecía evidente que era anarquista, y si era posible que hubiera llegado a Tolosa o si se había quedado más cerca.”

…..

“Los socios se consideraban afortunados por contar con Ramona Marquès. Todos le agradecían su buena disposición y admiraban su energía. Ninguno de los que quedaban tenía ganas ni fuerzas para conservar la memoria exponiendo su sufrimiento o el de sus familiares en público, aunque todos estaban profundamente convencidos de que era una labor necesaria. Y, además, en los sueños de cada uno de los vencidos, esa mujer valiente se identificaba con una hija.”

…..

“¿Era la realidad o había que replantearse el significado de la palabra «verdad»? Su madre le había dicho muy convencida que, sin algunas mentiras, no había podido llevar a cabo ni la mitad de los que había hecho. Ni sus palabras habrían impresionado a los demás de la forma conveniente. Ramona se consideraba una intermediaria entre las víctimas y el mundo. Y así se lo dijo a la cara a los que la acusaban de traidora.”

(María Barbal, En la piel del otro, páginas 105-106, 265, 291)

jueves, 9 de octubre de 2014

PATRICK MODIANO, PREMIO NOBEL DE LITERATURA



  
   
   Que octubre es por excelencia un mes galardonístico  en el terreno de la literatura lo pone en evidencia la concesión de Premio Nacional de Narrativa otorgado el pasado día 7 a Rafael Chirbes por su novela En la orilla y sobre todo la concesión del Nobel de Literatura. La Academia sueca acaba de hacer público que el elegido este año es el escritor francés Patrick Modiano, argumentando la concesión del Premio a Modiano “por su arte de la memoria con el que ha evocado los destinos humanos más difíciles de retratar y desvelado el mundo de la ocupación” (la ocupación nazi de Francia). Patrick Modiano, nacido precisamente al final de la II Guerra Mundial, de padre italiano y madre belga, publicó su primera novela, La plaza de la estrella en 1968. Otras cuatro novelas salieron de su pluma hasta 1978 en que recibió el Premio Goncourt por La calle de las Tiendas Oscuras.

   Autor de una amplísima obra narrativa, por lo general de paginación mediana y ambientada en la época de la ocupación nazi de Francia, que él no vivió personalmente, pero a la que considera  un “período confuso y vergonzoso” de la historia francesa que constituye su propia prehistoria personal. El último libro de Modiano publicado en Francia hace apenas una semana, Pour que tu ne te perdes pas dans de le quartier (Para que no te pierdas en el barrio) hace el número veintiocho    de una obra narrativa que se desarrolla en buena medida en el barrio XVI de París, un barrio burgués y anodino, no bloqueado por la historia.

   Veinticuatro títulos de esa extensa obra narrativa están traducidos al español y publicados por distintos sellos editoriales (Monte Ávila, Alfaguara, Martínez Roca, Espasa Calpe, Seix Barral, Debate, Cabaret Voltaire, El Aleph), aunque desde 2007 es Editorial Anagrama la que ha editado o reeditado buena parte de sus obras. Un pedigrí (2007), En el café de la juventud perdida (2008), Trilogía de la Ocupación (2012) que reúne en un solo volumen sus tres primeras novelas: El lugar de las estrellas, La ronda nocturna y Los pasos perdidos. Vendrían más tarde dos novelas nunca publicadas en España, aunque sí en español por la venezolana Monte Ávila: Calle de las Tiendas Oscuras y Villa Triste. Y finalmente en mayo de este año La hierba de las noches.

   Cuatro de sus novelas han sido llevadas al cine: Une jeunesse por el realizador Moshé Mizrahi (1981); Villa triste adaptada por Patrice Leconte en la película El perfume de Yvonne  (1994); Dimanches d’août que inspiró el filme  Te quiero dirigido por Manuel Poirier en 2001. Finalmente en 2006 Mikhaël Hers adaptó De si braves garçons en Charell

   Personalmente en este Cuaderno de crítica literaria he tenido la oportunidad de comentar y valorar el pasado 24 de agosto la última novela de Modiano publicada en España, La hierba de las noches que rescato ahora como una muestra de la autoficción poético-policial de Modiano y de un estilo de escritura hipnótica y seductora. “La escritura como lucha contra el olvido”



La hierba de las noches

Patrick Modiano

Traducción de María Teresa Gallego Urrutia

Editorial Anagrama, Barcelona, 2014, 166 páginas.



   Patrick Modiano está considerado por muchos lectores como el novelista vivo más importante. Y cuando sus novelas son traducidas al español por María Teresa Gallego Urrutia, como  la que acabo de leer, la valoración se acrecienta. Obras como El libro de familia, Calles de las Tiendas Oscuras, Premio Goncourt, Un pedigrí o El lugar de las estrellas, La ronda nocturna, Los paseos de circunvalación publicadas en castellano por Anagrama en un solo volumen (Trilogía de la Ocupación) así lo confirman. El género que más frecuenta Modiano es la novela breve (nouvelle) y La hierba de las noches no se aparta de esas coordenadas; ni tampoco se aleja del estilo habitual de su prosa: escritura sutil, minuciosa y sobre todo poética, que es la marca  de toda su escritura. Hay además en la narrativa de Patrick Modiano varias ideas-eje: la escritura como medio de lucha contra el olvido, como recuperación del ayer. Contra el olvido de todo: familiares, personas amigas, las calles del viejo París y, sobre todo, la barbarie que avasalló el siglo XX. Otra es esa fascinación por penumbras inquietantes, sus incursiones en pasados turbios. Todo eso configura lo que se ha llamado “Universo o país Modiano”, centrado en torno  al París mítico de los años 60, hoy desaparecido, poblado por climas nebulosos, brumas, cafés, calles donde el escritor vivió y creció en su niñez, adolescencia y juventud. Y sobre todo, mucha nostalgia porque ese París es una ciudad que solamente existe en los libros de Modiano.

   En La hierba de las noches Modiano no desentona de ese clima escritural de sus anteriores novelas. En ella, el escritor retorna de nuevo a un pasado ya desaparecido, a una época que solamente cobra vida en los recuerdos que Modiano llega a confundir con los sueños; evocaciones llenas de elementos huidizos que el escritor había anotado en una libreta, como confirmación de su existencia y que, no obstante, llegan a constituir un verdadero enigma. Y como casi todas sus novelas, también ésta brota del mismo manantial: el tiempo misterioso, inquietante, frecuentemente peligroso de su adolescencia, habitado por personajes que acaban de salir de la clandestinidad, como su propio padre de origen judío, con frecuentes incursiones en el mercado negro.

   Jean es el protagonista y voz narradora de la novela y seguramente alter ego del propio Modiano. Es escritor dependiente de esa libreta negra  en la que apunta infinidad de notas. Solitario y perdido en un mundo hostil y a la vez atrayente, el París de los 60. Gracias a esa libreta, muchos años después puede mirar hacia atrás y reconstruir la etapa de su vida que se corresponde con esos años. Desde el presente se ve obligado a enfrentarse a varios personajes que conoció en aquellos momentos pretéritos: un antiguo amor, Dannie dice llamarse, que arrastra un pasado enigmático y misterioso que ella misma no desvela. Y a su par, una colección de “personas raras”, los golfantes huéspedes  del Unic Hôtel como Ghali Aghamouri, Langlais, Chastagnier, Duwelz o Gérard Marciano, cuyas verdaderas identidades se esconden bajo antifaces y que evaden las preguntas de Jean. El relato se centra en el paseo recordatorio  del protagonista por el viejo recinto urbano de su vida, tan alterado por el paso del tiempo. En ese recinto, el protagonista habrá de enfrentarse con lo que fue su desasosiego sentimental, que tenía lugar a la vez que las revueltas populares de la Francia poscolonial, o el secuestro de Ben Barka. Y un enigma que el lector no descubrirá hasta el final de la obra.

   Novela erguida con el aire que respira la memoria, tal como ésta se conserva muchos años después. Recuperando los recuerdos, el pasado, en una beligerancia contra el olvido, mas con la particularidad de que  La hierba de las noches está escrita como una novela negra, como un thriller policial. Rescate y elegía del pasado en el que una investigación policial  viene a ser la última frontera de las geografías pretéritas que, en el presente, se convierten en tiempo ido, en vejez. No sin razón, La hierba de las noches ha sido considerada como el culmen de una autoficción poética-policial. Porque el escritor nacido en Boulogne-Billancourt es capaz de amalgamar una trama de novela negra (un aire de suspense se incrusta en su esencia), con un texto escrito con finas suturas poéticas. No porque la prosa de la novela remede la poesía, sino porque el escritor es capaz de crear, con lengua precisa y mediante numerosas elipsis, una especie de estado onírico en la mente  del lector, que debe completar lo oculto y velado. En cuanto a su arquitectura interna, Modiano sitúa esta novela breve en las antípodas del canon compositivo tradicional. Aquí no hay introducción, nudo y desenlace. Solamente París y Modiano y esa aura melancólica, y por lo mismo triste, que produce la vivencia, muchos años después, del tiempo ido que solamente pervive en la memoria.



Francisco Martínez Bouzas



                                                    
Patrick Modiano (foto de Daniel Mordzinsk)

Fragmentos



“Ayer por la noche fui recorriendo con el dedo índice en el mapa el trayecto de París Feuilleuse. Era remontar el curso del tiempo. El presente no tenía ya importancia alguna, con esos días todos iguales con su luz sin brillo, una luz que debe de ser la de la vejez en la que nos da la impresión de estar sobreviviendo. Me decía que volvería a encontrar la hilera de árboles y las cercas blancas. El perro se me acercaría despacio, recorriendo el paseo. Había pensado a menudo que, aparte de nosotros, era el único habitante de la casa, e incluso el dueño.”



…..



“Sí, a veces la vida es monótona y cotidiana, como hoy, cuando estoy escribiendo estas páginas para dar con líneas de fuga y evadirme por las brechas del tiempo. Estábamos sentados los dos en el banco del paseo central, entre la parada de taxis y el hotel Taranne. El año siguiente me enteré también de que allí, en aquella acera, habían cometido un crimen, detrás de donde estábamos nosotros. Obligaron a subir a un coche -que dijo ser de la policía- a un político marroquí, pero de hecho fue un rapto y, luego, un asesinato. Y el nombre de «Georges», ese que estaba a menudo en el vestíbulo del Unic Hôtel salió en los periódicos como el de uno de los ejecutores de aquel crimen…”



…..



“Las estaciones cambian y se confunden en el recuerdo como si éste, con el paso de los años, viviera su propia vida, una vida vegetal, y no fuera nunca una imagen fija y muerta. Sí, las estaciones se mezclan a menudo; la primavera del invierno, el veranillo de San Martín… Cuando llegamos bajos los soportales, estaba lloviendo, una lluvia muy fuerte o, más bien, uno de esos chaparrones que lo pillan a uno desprevenido en verano.”



(Patrick Modiano, La hierba de las noches, páginas 43-44, 104-105, 114)

martes, 7 de octubre de 2014

"EN LA ORILLA" DE RAFAEL CHIRBES, PREMIO NACIONAL DE NARRATIVA



   Rafael Chirbes (Tavernes de la Valldigna, Valencia, 1949) ha obtenido hoy el Premio Nacional de Narrativa que concede anualmente el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. El Premio -de larga trayectoria, fue concedido por primavera vez en 1924 aunque con otro nombre- premia la mejor publicación en narrativa publicada el año precedente en cualquiera de las cuatro lenguas propias del estado español. Su cuantía es de 20.000 euros. Un jurado presidido por María Teresa Lizarazu y del que formaron parte Carmen Riera, José Luis Vicente Ferri, Julia Otxoa, Carmen del Riego, Ángel Basanta, Javier Rodríguez Marcos y Javier Merino, ganador de la pasada edición, optó por En la orilla como ganadora del Premio que ya había obtenido el Francisco Umbral y el Premio Nacional de la Crítica.

   Debido a la actualidad de la concesión del Premio y a la calidad de una pieza narrativa que ficcionaliza la  sucia voracidad de la actual crisis, reproduzco hoy el comentario-reseña publicado en este blog el 21 de mayo de 2013.

 

En la orilla
Rafael Chirbes
Editorial Anagrama, Barcelona, 2013, 437 páginas




   Después de Crematorio (2007), considerada por varios críticos una de las mejores piezas del escritor valenciano y también una de las grandes novelas de lo que va de siglo, Rafael Chirbes (1949) publica en Anagrama En la orilla, otra novela que marca tanto fronteras como cumbres, pues está siendo valorada por lectores y críticos como la novela definitiva sobre la crisis. No obstante, la novela, editada hace apenas dos meses, no debe de ser considerada como un salto en el camino en el que el narrador literaturiza un fenómeno aislado e independiente, consecuencia de la crisis actual, que sin duda dará lugar a no pocas obras narrativas, porque la literatura, no lo olvidemos, lo aprovecha todo. Sucede justamente todo lo contrario: En la orilla puede y debe de ser leída como un nuevo escalón de esa gran pirámide narrativa que está construyendo Rafael Chirbes, sus episodios nacionales de un país en buena parte del siglo XX y del actual.

   El escritor valenciano ha sido catalogado como un hábil practicante de la literatura intimista, esa escritura introspectiva que fija su atención de manera privilegiada en las interioridades de los personajes, en sus conflictos, en sus estados de conciencia o de inconsciencia, escudriñando en las ondulaciones psicológicas de sus héroes o antihéroes. Chirbes además reniega de la literatura en abstracto y, por eso mismo, “pega” sus historias al tiempo de los acontecimientos narrados. Por todo ello, Rafael Chirbes es calificado a la vez como escritor balzaquiano (avala la tesis de que la novela debe de relatar la vida privada de las naciones) y galdosiano  (crea novelas imaginándolas en torno a unos personajes que, a su vez, están concebidos en profunda relación con los acontecimientos de su momento histórico, tendiendo igualmente a sustituir  el personaje individual por el personaje múltiple.

   De ambos apadrinamientos es una muestra paradigmática En la orilla. La novela inicia su recorrido (el tiempo de la historia), en diciembre de 2010 y con la palabra “carroña” en el frontispicio de la narración. En Crematorio la misma palabra cerraba el relato. Además en la novela hay un pantano (el de Olva), que cumple una importante función tanto teórica como real). Es el  lugar  al que durante años ha ido a parar precisamente toda esa carroña: los residuos y escombros de las obras y de la putrefacción de animales y hombres. Es por ello que En la orilla puede ser leída como el envés de Crematorio: la dura e hiriente resaca derivada  de la burbuja inmobiliaria y fangosa especulación, tematizadas en Crematorio.

   La acción novelesca transcurre en  Olba, una pequeña localidad del Levante español, y se inicia con el hallazgo de un cadáver en el hediondo pantano del mismo nombre. Las páginas del relato nos irán mostrando a diferentes personas -la narración tiene mucho de coral- y especialmente  una tupida telaraña de intereses y enconos. Y sobre todo ello emerge la figura de Esteban, un hombre de setenta años, sin atributos ni sustancia, que se autodefine como un esclavo en busca de amo. La crisis, la actual crisis, le ha obligado a cerrar la carpintería que poseía, así como algún otro negocio inmobiliario, dejando en el paro a los que con él trabajaban. Ahora, mientras cuida a su anciano padre, enfermo en fase terminal, reflexiona e indaga en y sobre los motivos de la crisis, de la sucia voracidad de la actual ruina en la que él ha jugado tanto el papel de verdugo como el de víctima.

   Aunque la novela está compuesta sobre todo por las cavilaciones de este personaje central derrotado, sus recuerdos, la historia familiar y social, los fantasmas que pueblan sus existencia, en contraste con las perspectivas de familiares y allegados, es mucho más, es la historia de un país, de España en su triste e indecente caminar en los inicios del presente siglo y en el momento actual, rebosante de degeneración y podredumbre, de indecencia, de incontables explotaciones del ser humano por parte de los poderosos., de esa carroña que llena el lodazal del nauseabundo pantano, que Chirbes coloca como telón de fondo y donde se inicia y concluye la historia. La segunda parte pues de un espantoso díptico sobre la España de nuestros días.

   Y Chirbes narra lo que ve y tal como lo ve, con mirada realista, incluso materialista. El matrimonio entre La Celestina y Lucrecio (De rerum natura) sigue estando presente en esta novela, como lo estaba también en Crematorio. Y Lucrecio, recordémoslo, es el padre de todos los materialistas.

   En su visión corrosiva y pesimista del momento presente recibe, sin embargo múltiples influencias, tanto de la literatura universal como de la específica tradición literaria española. Jorge Manrique, por ejemplo y su “ubi sunt” en un recitado con palabras tomadas de la actual crisis (“escasea la cocaina”, “está de moda ser pobre”, “no hay tanto traqueteo carnal” desaparecieron los coches de gran cilindrada…) se deja escuchar en el desenlace de la narración. También Calderón y su concepción de la existencia como representación teatral.

   Una buena, muy buena novela pues que da testimonio de las posibilidades estéticas del realismo con flecos expresionistas y un provechoso empleo del simbolismo. Lenguaje directo, tono obsesivo, un carrusel de voces narrativas, amplia gama de recursos, en la que si algo sobra, son algunas reiteraciones que quizás no le hacen ningún beneficio al personaje central, aunque  contribuyen a crear esa tonalidad obsesiva. Escrita con buen ritmo, logrado mediante el dominio y ciertos ajustes que el autor hace con la lengua.

   Radiografía pues de los que hay, viaje a lo más obscuro de la noche que se suma a esa gran mural de “la historia como pura carnicería” que está en el centro de la concepción ideológica y estética del escritor valenciano. Muy recomendable, por consiguiente, para todos aquellos que deseen percibir mediante la literatura la imagen de la voracidad y ruina instalada en la actual España, y gozar además con una espléndida narración.



Francisco Martínez Bouzas

 

Rafael Chirbes (Foto de Marcos Creo)

Fragmentos



“En la soleada mañana de hoy, todo aparece tranquilo y solitario, ni una grúa rompe la línea del horizonte, ningún ruido metálico quiebra el aire, ningún zumbido, ningún martillo agreden el oído. El primer día que fueron juntos en el coche tras quedarse Ahmed en el paro, su amigo Rachid se rió de él cuando le dijo que lo acompañaba hasta el restaurante porque iba a buscar trabajo en las obras de La Marina. ¿Trabajo? Como no sea de enterrador de suicidas, se burló Rachid. Ma keinch al jadima. Oualó. No hay trabajo, nada. Ni una sola obra en marcha en La Marina, ni media. En los buenos tiempos, muchos peones cobraban la semanada y no volvían a presentarse en el tajo porque encontraban sitios donde les ofrecían mejores condiciones. Ahora, en los balcones cuelgan carteles disuasorio. Alguien que solicita trabajo se ha convertido en animal molesto. TENEMOS CUBIERTA LA PLANTILLA DE JARDINERÍA Y MANTENIMIENTO. NO SE NECESITA PERSONAL. ABSTENERSE, dice el cartel expuesto en los apartamentos que se levantan junto al restaurante.”



…..





Hay un par de chicas (dos niñas, no creo que hayan cumplido los dieciocho) a la entrada del camino por el que me desvío desde la nacional para llegar al pantano, un paraje donde los carrizales alcanzan el límite de la carretera. Están charlando de pie, obstruyen la entrada del camino, y han remoloneado cortándome el paso, sin duda convencidas de que soy un cliente. Me detengo un momento delante de ellas para no atropellarlas. Mueven la lengua, llevándola de una  a otra comisura de la boca, se ríen, se pasan la mano por la entrepierna, donde una de ellas me deja ver un mechón rubio bien recortado, mientras le da con el codo a la otra y se ríe señalándome con el dedo, tal vez advirtiéndola de que el conductor es un viejo. Un viejo mirón. Un asqueroso viejo caliente. Al menos, a mi se me ha pasado ese desagradable pensamiento por la cabeza, he dado un claxonazo y he apretado el acelerador.”



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“A Álvaro le cayó el despido por sorpresa, también a mi me ha caído por sorpresa lo que me ha venido encima, ¿o no?, él se creía que la empresa era algo tan inevitable como la piel que te cubre, nunca se interesó por los albaranes, libros de contabilidad ni balances, y miraba burlón cuando yo me quejaba de los problemas o de las dificultades, cuando me veía enredado en los números de los  presupuestos y tenía que hacer malabarismos para dar los pagos de modo que no coincidieran con los cobros y me dejaran al descubierto. Calcular bien o equivocarme, ganar dinero o perderlo. Ya me he equivocado demasiadas veces haciendo presupuestos para los clientes desde que mi padre dejó esa tarea…”



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“Así pasó el tiempo que te fue concedido en la tierra, amigo promotor. Así lo pasé también yo. Ahora nos toca vivir la vida que llega después de la vida.

Los nuevos tiempos son menos nerviosos, la gente ya no corre de acá para allá en coches de gran cilindrada, en camiones cargados de mercancía, en furgonetas que llegan tarde a una entrega urgente, hay otra tranquilidad, más reposo, son tiempos menos físicos (no hay tanto tranqueteo carnal, las habitaciones del Ladies están vacías, nadie se tiende sobre las sábanas rosa, nadie hace cola en los pasillos de las notarías para firmar escrituras de compraventa: es el efecto mariposa) y, por supuesto, se trata de tiempos mucho menos químicos, escasea la cocaína y la que circula es de pésima calidad y no la compra casi nadie. ¡Para gastar en coca estamos! Obviamente vivimos menos emputecidos, vivimos desengolfados, o con resaca de golfeo. En el ambiente se palpan nuevos valores, virtudes franciscanas: se aprecia de nuevo la lentitud, el paso tranquilo del atardecer, que es cardiosaludable, incluso se mira con otros ojos el pobreterío: me atrevería a decir que está de moda ser pobre y que te embarguen la casa y el coche (si yo te contara, amigo promotor. Imagino que estarás poco más o menos como yo). Te sacan en la tele como protagonista de reportajes si te desahucian  o te echan de la empresa, te conviertes en héroe; y han dejado de ser cool los acelerones…”



(Rafael Chirbes, En la orilla, páginas 14, 45, 230-231, 435)