miércoles, 1 de junio de 2016

"EL BEATO": LA ACCIÓN EMBELLECEDORA DE LA FICCIÓN DE ALFREDO CONDE



El beato
Alfredo Conde
LXII Premio de Novela Ateneo Ciudad de Valladolid
Algaida Editores, Sevilla, 2016, 254 páginas

   No cabe duda de que Alfredo Conde (Allariz, Ourense, 1945) es un narrador importante tanto en el sistema literario español como en el gallego. Su amplísima obra narrativa, escrita prácticamente toda en gallego, se halla traducida al español y en la mayoría de sus libros por el propio autor. Ha escrito piezas narrativas de indudable calidad como Xa vai o Griffon no vento  (El Griffón, 1984), Premio Nacional de Literatura,  Breixo (1981), Premio de la Crítica, Los otros días (Premio Nadal, 1991); la saga familiar de la familia Carou en sus idas y retornos en la emigración venezolana (Siempre me matan, 1995, O fácil que é matar, 1998), o ese paso importante en la construcción de la así llamada novela histórica gallega Azul cobalto. Historia posible del marqués de Sargadelos (2001). Su última novela, lleva por título El beato y fue ganadora de la 62ª edición del Premio de Novela Ateneo Ciudad de Valladolid, el segundo más longevo de la literatura española, y con una considerable dotación económica. La novela está a punto de aparecer en gallego, escrita igualmente por Alfredo Conde.
   Sin nada pues que demostrar, tanto en una literatura como en la otra, Alfredo Conde novela en esta pieza, rotulada con un título muy sencillo varios planos -láminas las llama el autor- de la trayectoria, contaminada seguramente por la leyenda, de un personaje histórico que en la novela recibe el nombre de Fray Julián de Chaguazoso, pero que en realidad corresponde a un colonizador y fraile franciscano, el beato Sebastián de Aparicio Prado, natural de A Gudiña (Ourense), que el año 1533 llega a Nueva España por el puerto de Veracruz y se instala en Puebla. Analfabeto como era, se dedica a la agricultura, especialmente como ranchero. Adaptó los caminos mexicanos al carro gallego, abre vías de comunicación entre la ciudad de México y Zacatecas, negocios que le producen una notable prosperidad. Más tarde compra tierras, se hace hacendado en Azcapotzalco y Chapultec, donde se supone que originó o apoyó la fiesta del Día de los Muertos. Contraerá matrimonio por dos veces, con el infortunio de que sus esposas fallecen a los pocos meses. Viudo y sin hijos, decide hacerse fraile franciscano, pero antes de profesar, tendrá que probar su capacidad física actuando como donado (criado) en el convento de clarisas en México. Finalmente, y ya como fraile franciscano y con fama de santo, fallece en febrero de 1600. A instancias del rey Felipe III, fue beatificado en  1789. Tanto en su pueblo natal gallego como en Puebla de los Ángeles, donde se conserva su cuerpo momificado, está considerado patrón de los automóviles y transportes terrestres.
   Este es el personaje real, cuya vida y aventuras, por medio de evocaciones, reconstruye Alfredo Conde, hilvanando una curiosa y atractiva historia, y empleando como hilo conductor la colección  de láminas, un supuesto manuscrito olvidado en los bancos de una iglesia, de la autoría de Fray Tadeo de Aguadilla.
   El beato no es una hagiografía, sino una ficción, una historia, se nos dice en un texto introductorio, y las historias son “como se cuentan y no como se piensan”, hayan sido o no reales. Sin embargo, El beato no carece de rigor histórico y es fruto de varios años de trabajo de documentación.
   La narración se inicia con el relato de una epidemia de peste que, desde la lejana Colonia y a través del País Vasco, entra en las primeras aldeas gallegas y asola “la tierra de nación”, el mismo año del nacimiento del niño Julián, que es víctima del contagio bubónico. Abandonado en una “palleira” cercana a la casa familiar, una loba, un ángel, los brebajes de una meiga o el propio frío invernal le curan de la enfermedad. Labrador y pastor, trabajará como un cabrón. Y a una edad imprecisa, decide encaminar sus pasos hacia el Nuevo Mundo, tras huir  de los reclamos de una rica viuda salmantina y otras mozas que se interponían en su vocación de célibe. Con lo puesto, inicia la aventura en el virreinato de la Nueva España, sembrando tierras a cambio de diezmos, fabricando  herramientas de cultivo, levantando corrales para domesticar el ganado cimarrón, alimentando bien a los indios que trabajan a cambio de nada, o construyendo el primer carro mexicano, adaptación del gallego, que le generará una gran fortuna.  Y civilizando a los feroces chichimecas.
   Y así se encadena la historia de  la vida del glosador de las estampas de Fray Tadeo de Aguadilla, un entramado de aventuras y acontecimientos en una tierra poblada por hidalgos venidos a  menos, frailes deseosos de ganar el cielo a base del bautizo de indios, militares sedientos de gloria, tahúres y proxenetas. Todos ellos, el protagonista incluido, movidos por el egoísmo. Porque la ilusión de las Américas, como muestra Alfredo Conde, atrapó el corazón de miles de españoles que, como Julián, salían frecuentemente del puerto de Sanlúcar de Barrameda. Hombres dispuestos a ganarse la vida, a enriquecerse. Abundaron las intrigas y las luchas por el poder, actos disparatados tendentes a satisfacer codicias, traiciones, asesinatos. Alfredo Conde no libera a su personaje que se hace inmensamente rico, de estas humas servidumbres, ni tampoco del fornicio, como lo quieren presentar las láminas de su correligionario  franciscano, ya que la india Axaycatl / Lubiana que le había sido regalada por su padre chimicheca, hace que se olvide de que su pene es un colgajo, debido a las lambetadas de la loba o a las mordidas de las ratas,  pruebe el fruto prohibido y siembre la vida en su vientre. Un matrimonio con una niña “virtuosa”, una joven con ojos azules y corazón negro, que pronto fallecerá asfixiada, y otro con una mestiza, fallecida igualmente de forma prematura, incapaces las dos de vulnerar su castidad, cierran el ciclo de la vida secular de Julián, y abren la segunda parte en la orden franciscana, profesando como hermano lego porque sigue siendo analfabeto.
   En El beato Alfredo Conde reproduce algunos rasgos estructurales de sus escritura de ficción: una arquitectura binaria, mediante la que inventa recuerdos, enfrentados con el relato objetivo de la realidad. Es decir, inyecta abundante ficción en los contextos históricos. Y no lo oculta: en más de una ocasión alude el autor por boca de su protagonista a esa vulneración de la historia (“Pero ya advertí que si el dibujante hace conmigo lo que quiere, yo hago lo mismo con la Historia”, nota 12, página 97). Es su obligación como novelista. Pero por eso mismo, no es esta una novela histórica. En puridad no existen novelas históricas. Y apelo, una vez más, al dictum de Álvaro Pombo: la ficción es un marcador semántico que trastorna todo lo que toca, convirtiéndolo en ficción. Pero El beato explica, ilustra bellamente la historia. Y ese es su gran mérito.
   
                                               
Cuerpo incorrupto del beato Sebastián de Aparicio, en la novela Fray Julián de Chaguazoso
    Por esa misma razón, la novela es una gran historia que alberga en su interior otras muchas historias, como las del carpintero-ebanista alaricano Aser Seara que ayuda a Julián a construir carros, la del vidriero al que vence y perdona, la de la relación amorosa con la dulce chichimeca, la presencia y avatares de Hernán Cortés, reivindicado en la novela, las de los  casamientos del protagonista…
   La voz narrativa es la del mismo beato que glosa los dibujos del promotor de su beatificación, y lo hace desde el presente actual. Tan actual que incluso hace acto de presencia el fundador de los legionarios de Cristo. Novela intensamente gallega, a pesar de su desarrollo en su mayor parte en territorios transoceánicos, con la presencia de meigas, bruxas, la Santa Compaña, la  santa Estadea do Mar, la matanza del cerdo, el salto de las nueve olas, la pérdida de la lengua, la libre sexualidad (la fornicación para los gallegos no era pecado), el paganismo gallego, la castración y doma del reino de Galicia, la referencia a las visitas del Santo Oficio, para mitigar el ejercicio de la fornicación y, de paso controlar los libros erasmistas y luteranos. Por eso mismo, se puede hablar de una cierta intertextualidad de esta novela con El Grifón.
   Me atrevo a afirmar finalmente que El beato es la novela más irónica y sarcástica de Alfredo Conde. He aquí una muestra de esa tonalidad “retranqueira”, un plus añadido para una lectura no solo instructiva, sino también amena: “…ejercitándose en una costumbre que todavía se mantiene hoy en España: la de peritos en todo y trabajadores en nada” (página 76)

Francisco Martínez Bouzas
                                                       
Alfredo Conde
Fragmentos

En alguna ocasión en la que el visitador del santo Oficio me interrogó al respecto, debí de poner la cara que el padre Tadeo me atribuye en el dibujo, imagino incluso que con aura, porque le respondí sin mentir candor alguno:
-Todavía soy virgen, reverendo padre.
Es inútil insistir en que nunca me creyeron. Ya acabo de advertir que nuestro clero predicaba entonces, habría de seguir haciéndolo aún durante años y más años, que cuando un hombre libre y una mujer libre, libremente yacen juntos, no hay ofensa, y si no hay ofensa, no hay daño y al no haber daño, no hay mal, y al no haber mal, no hay pecado. La coyunda no lo era, en resumen, y pueblo que fornica con tranquilidad y sosiego, también con la debida habilidad, permanece sereno y confiado, siempre y cuando no le falte el alimento que permita a sus cuerpos seguir haciéndolo con la naturalidad que la vida reclama para el ejercicio de tan higiénica gimnasia. Así éramos nosotros. Quizá aún sigamos siéndolo.”

…..

“A veces los dioses tenemos ciertas prerrogativas. Yo era capaz de domesticar caballos, aquellos animales que, montados por gentes como yo, ellos habían creído uno solo y tendiendo a lo divino. Yo había venido por mar a bordo de una fortaleza que flotaba. Además, podía vestirme de azul en cualquier momento. Yo era un dios. Caprichoso y cruel, altivo y veleidoso como son todos los dioses.
-Es mejor cavar que follar sin ganas -le había oído decir  a mi padre, allá en Chaguazoso, durante una niñez que entonces ya no estaba seguro de que la hubiese vivido.
Quizá lo dije intencionadamente, con ánimo de compensarme de la pérdida, para advertirme que, pese a todo, en la vida hay otras realidades igualmente placenteras. Sin embargo, yo no lo pensaba así. Estaba convencido de que, al hablarme de ese modo, mi padre, al tiempo que se consolaba él, me recriminaba a mí la pérdida recordándome, con constancia que yo entendía digna de mejor causa, la amputación durante mi exilio de la casa familiar. Con ella, la imposibilidad de darle descendencia.
¿Cómo explicarle ahora a Lubiana que mi pene era poco más que un muñón renegrido y lleno de costurones?”

…..

“De aquel pecado de amor que quedó narrado creo que al final de la lámina décimo novena, (¿lo recuerdan? Yo todavía lo hago) nació una niña a la que pusimos por nombre  Acicatli, es decir, Gota de Rocío, tan pequeñita era, tan diáfana y se diría que blanca. Fue la única descendencia que tuve. Fue hermosa no desde que nació, sino desde que su madre se encaramó sobre mí buscándola oculta en mis regiones más inaccesibles. ¿Les contaré a ustedes cómo sucedió? No creo que lo necesiten.
Aciclati abrió los ojos enseguida, se diría que nació con ellos abiertos, y sonrió por primera vez a los pocos días de haber visto la luz. Luego lo hizo a menudo, como si parpadease ante el descubrimiento de la vida que iba penetrando en su cuerpo, poco a poco, según iban despertando los sentidos. Su voz amansaba a los animales, conminaba a las fieras al silencio, convocaba a los pájaros al gorjeo y conseguía que cualquiera que permaneciese a su lado se sintiese inclinado al bien. No  a la bondad, al bien que es cosa muy distinta y de difícil fingimiento.”

(Alfredo Conde El beato, páginas 36-37, 130, 177-178)

jueves, 26 de mayo de 2016

"EL CARACOL" : PREGUNTAS Y RESPUESTAS SOBRE EL SENTIDO DE LA VIDA



El caracol
Nelson Jiménez
Ilustraciones de Mónica Rodríguez
Por el ojo de la aguja Editorial, Miami, 2016, 60 páginas.


   Nelson Jiménez Vivero publicó, en una editorial de Alicante (España), hace ya dieciséis años, la primera edición de este pequeño relato, un libro de acertijos, adornado con la capacidad de generar un universo de símbolos. Hoy, desde Miami y editado por el sello Por el ojo de la aguja, el libro-conversación recobra una nueva vida. La datación de su escritura es anterior, tanto con relación a la primera edición como a la segunda. Prosas inventadas, soñadas, en La Habana en el año 1992. Su autor es una persona polifacética en grado sumo: médico, graduado de escritor, realizador de programas de radio tanto en Cuba como en Venezuela, cantautor, columnista de varios medios de comunicación, profesor universitario, poeta y narrador en formato breve. Y en la actualidad, director de la emisora Punto y Seguido Radio, en la diáspora cubana en Miami.

   El caracol, una de sus primeras publicaciones, no es exactamente un libro de cuentos, sino una larga conversación -así lo reconoce su autor- que se extendió durante doce años. Un repentino oscurecimiento, en una tarde de un veinte de enero, la interrumpió e impidió que se siguiera dilatando en el tiempo. Un demorado diálogo entre un viejecito  de pelo canoso y un niño, alter ego, sin duda, del propio escritor. Abuelo y nieto que charlan, mientras la abuela cocina. Una charla que atesoró muchos acertijos, muchas preguntas, con las respuestas explícitas o entre líneas si el lector tiene la capacidad de escudriñar las palabras no escritas.

   Los interrogantes que un niño le formula a la persona amada y consentidora del abuelo. La primera: ¿Por qué existe la tristeza? Y en cada secuencia del relato, una pregunta: ¿Por qué los ríos van hacia el mar? ¿Qué es un árbol? ¿Por qué no caminan? Y más y más preguntas, ya que la curiosidad infantil no tiene fronteras. Y la amorosa y bonachona paciencia del abuelo es infinita. Hasta que llega el encuentro con el caracol. Que, a pesar de los cuatro cuernos / tentáculos del diseño de la portada, no es  es seguramente ese caracol gigante africano (Achatina fúlica), el gasterópodo invasor más dañino del mundo, y que tantas alarmas, temores e incluso infortunios está provocando en muchos países de América Latina. El caracol que el niño había encontrado es bello como una mariposa.

   El interrogatorio del niño llegará a traspasar el mundo de las realidades sensibles, también el de los animales, y se internará en el ámbito de los sentimientos: ¿Por qué las lágrimas? ¿Qué es el odio? ¿El Amor? ¿La distancia? ¿Una espiral? ¿La verdad? ¿Cómo se mide el amor?

   Y así, con preguntas y respuestas, Nelson Jiménez le da forma a una sencilla, pero intensa historia de amor familiar, que es también el necesario aprendizaje de los secretos de la vida. La iniciación a las sencillas o complejas verdades que modularán la existencia de un niño que se está abriendo a la vida. Y todo ello bajo el paraguas protector, hilo conductor además del relato-conversación cimentada en el amor, fuente inagotable de emociones, verdades y sentimientos.

   Narrativa lineal, minimalista, no en un sentido elusivo, sino como expresión de una escritura sencilla, aunque habitada por la poesía. Literatura de sentimientos sin caer en el sentimentalismo. Y que, sobre todo, lleva impresa en su médula la marca de las pequeñas y grandes verdades que dan sentido al afecto familiar, a la amistad y, en definitiva, al verdadero sentido de la vida.

Francisco Martínez Bouzas

                                                      
Nelson Jiménez
Fragmentos


“-Abuelito, mira, encontré un caracol.

-¿Ya sabes qué hacer con él?

-He pensado guardarlo como recuerdo en mi gaveta.

-¿Sólo eso?

-¿Qué más pudiera hacer con un caracol?

-Un caracol sirve para trazar un camino.

-No entiendo, abuelo.

-Los caracoles son las casas de algunos animalitos que son tan fieles a su hogar que no lo abandonan; ellos lo llevan a donde quiera que vayan. Su camino es largo o difícil, pero por nada del mundo se deshacen de su casa ni por un minuto. Un caracol sirve para trazar un camino. ¿Entiendes ahora?”



…..



“-¿Y el amor cómo se mide?

-Primero: saber reconocerlo, después recordar siempre que el amor no se mide por la cantidad de besos; la forma de medirlo no es importante, cualquiera sirve si aprendiste para qué sirve la luz. Ten mucho cuidado, pues siempre hay un abismo libre para hundir la luz. ¡Cuidad lo cerrado!

-Abuelo, si es grande y profundo el amor, ¿por qué ha de estar encerrado?

-Recuerda siempre estas palabras: zumba la abeja fabricando la miel para que otro ingiera el pastel.”



…..



“-Abuelo, ¿qué es la esperanza? ¿Acaso el verde de los árboles?

-Es más que el verde, mi nieto, es la otra cara de las ganancias.

-¿Cómo se pierde?

-Con la distancia

-¿Cómo se gana?

-Con la añoranza?

-No entiendo, abuelo, si se pierde con la distancia ¿cómo puede ganarse la esperanza con la añoranza?, si uno añora lo distante?

-Fíjate bien, uno siempre añora lo que no tiene, es por eso que surge la esperanza por alcanzarlo, pero la distancia lo separa todo, por lo que arranca los sueños tallados por una imaginación fértil, casi siempre sin cabellos. Escucha esto, no pierdas  la esperanza porque dejarás crecer el pelo inútil de la ignorancia.

-La ignorancia?

-Sí, mano fuerte que puede despojarte del horizonte, el puño torpe que talará los árboles que siembres.

-Tendré horizonte, abuelo, cuidaré la esperanza.”

(Nelson Jiménez, El caracol, páginas 18, 40-41, 49-50)

martes, 24 de mayo de 2016

"LA PASIÓN DE MADEMOISELLE S.": ALTO VOLTAJE ERÓTICO



La pasión de Mademoiselle S.
Anónimo
Traducción de Isabel González-Gallarza
Edición y prólogo de Jean-Yves Berthault
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2016, 244 páginas

   Se nos dice (Le Parisien) que La pasión de Mademoiselle S. es el texto erótico más apasionado jamás escrito. Reivindica su hallazgo el diplomático francés Jean-Yves Berthault, autor así mismo de la edición y del prólogo. Berthaut confiesa que,  ayudando un día a una amiga a vaciar su casa, encontró un viejo estuche de piel repleto de cartas escritas a mano y con la misma caligrafía. Una correspondencia amorosa “con un lenguaje más que atrevido…de una increíble audacia erótica” fechadas entre 1928 y 1930. Son las cartas de Simone a su amante Charles, un hombre casado, más joven que ella. Misivas desprovistas de fecha en su mayoría. Lo que  Berthault  ofrece en esta edición es, según afirma, solamente una parte de la correspondencia, pero conforma, en su opinión, una novela epistolar escrita con una audacia y obscenidad que se va acrecentando a medida que pasan los meses, y sin que su presunta autora hubiera podido inspirarse en la literatura más atrevida de la época. Genet no había publicado nada en esa época, Gide había dado a la imprenta Corydon en 1924 y Si le grain ne meurt (1926), pero en ninguno de estos dos libros traspasaba la frontera de sus obsesiones homosexuales. Otros libros como Les Chansons de Bilitis, no se servían de un lenguaje que para la época resultaba grosero.
   Las cartas, publicadas en orden cronológico, muestran la pasión celosa y desenfrenada de Simone. Es ella la que expresa sus deseos, sus fantasías, la que toma el timón de una singular exploración corporal, sobre todo sexual, exigiendo, pidiendo más y más, mientras Charles es el elemento pasivo: se deja hacer. No son cartas de amor o erotismo intransitivo porque sabemos por comentarios que hace Simone, que sus cartas tuvieron respuesta, pero en el “tesoro” epistolar encontrado no figura ninguna.
   A medida que pasa el tiempo, el erotismo con el que se inicia la relación, se convierte en lujuria desenfrenada, y el lenguaje roza o entra de lleno en el terreno de la pornografía. Y es aquí donde, una vez más, surge el interrogante sobre cómo diferenciar la pornografía del erotismo. Las diferencias son muy sutiles y relativas. Dependen de las líneas argumentales, de los estereotipos éticos, sociales, psicológicos, estéticos, feministas, machistas…, pero en cualquier caso siempre son subjetivos. La Real Academia Española adopta como criterio diferenciador la obscenidad: “El carácter obsceno de las obras literarias o artísticas”. Pornografía sería pues la sexualidad pervertida. Un concepto que no se libera del relativismo cultural como demostró Pierre Klossowski cotejando ciertas prácticas sexuales (la entrega sexual de la esposa a otro hombre por parte de su marido), merecedoras de distinta valoración en función de que los practicantes sean franceses o esquimales. Tienen cabida además otras muchas consideraciones, como las propuestas sociológicas que definen el erotismo como la pornografía de las clases dominantes, mientras que la pornografía sería una actividad de menor categoría, vinculada a la clase dominada. Mas en lo que no hay dudas es que, tanto el erotismo como la pornografía son manifestaciones de la sexualidad, una actividad reprimida por la tradición intelectual judeo-cristiana.
   Las cartas de Simone, especialmente a medida que avanza el tiempo, van más allá de la sexualidad pervertida, de la lascivia, de la obscenidad. Incluso surgen los celos, porque ella es libre, pero su amante Charles está casado, es más joven que ella y los encuentros no se producen con la frecuencia que Simone desearía. La relación, al menos en el testimonio epistolar, duró  dos años. Él dejo de ir al encuentro de ella. Lo que ocurrió o provocó la ruptura quedó guardado bajo el sello del enigma. Pero la amante, la lujuriosa Simone que ofrece un testimonio epistolar de la relación, sin eufemismos, sin disfrazar detalles, quedó emocionalmente desvalida.
   La pasión de Mademoiselle S. no es exactamente literatura sino una muestra de narrativa epistolar que pone al descubierto  experiencias vitales, la ebriedad de los cuerpos. Además, con el avance del tiempo, se evapora la lírica frescura inicial y el erotismo se transforma en una erotomanía incontrolada, en la obsesión enfermiza de una mujer víctima de los celos. Libro de protagonismo femenino. Es una mujer la que toma iniciativas, la dueña de los cuerpos y de los deseos, la que rompe los tabúes sexuales y afronta las consecuencias.
Jean-Yves Berthault
   
 Pese a no ser una obra de grandes valores literarios, sorprende el estilo en el que estas cartas están redactadas, no solo por su audacia que recrea fantasías que incluso hoy podrían ser consideradas obscenas, episodios de sadomasoquismo por ejemplo, que Simone rememora. Sorprende la modernidad del lenguaje que emplea esta mujer parisina de la clase alta en los años veinte del siglo pasado. Por eso mismo no faltan analistas que ponen en duda el origen de las cartas, llegando a insinuar que Jean-Yves Berthault es el autor de la correspondencia. El artífico del manuscrito encontrado que ha dado origen  a tantas novelas y relatos, y una frase que el editor incluye en el prólogo (“uno de mis mejores amigos (…) me dijo: «¡Vamos, reconócelo, las has escrito tú mismo! Esto no puede haberlo escrito una mujer en 1928!»”), incitan a la desconfianza, acrecentada además por lo que estas misivas tienen de documento de la época, ya que la correspondencia de la misteriosa Simone habla de feminismo, de la liberación de la mujer, de lesbianismo, de homosexualidad y de todas las filias imaginables.

Francisco Martínez Bouzas

Postal erótica editada en 1915, trece años antes de las cartas de Simone

Fragmentos

“Querido, quisiera verte alguna noche de la semana que viene si es posible, pues anhelo tanto tus caricias que se me haría largo esperar hasta el sábado.
Quiero volver a disfrutar de esos minutos apasionados de nuestro último encuentro…El recuerdo de esas caricias me turba extrañamente, y quiero revivir en tus brazos las sensaciones tan maravillosas que sabes darme. Amado mío, quiero que me ames con todo el ardor de tu deseo, quiero que me hagas gozar apasionadamente con tus abrazos perversos. Amado querido, dime que, como yo, quieres vivir otra vez esas caricias, dime que eres feliz entre mis brazos, muy feliz, y que me amas.”

…..

“Yo también quiero entre nosotros caricias inauditas. Quiero que saquemos el máximo placer de nuestros cuerpos para que nunca podamos olvidarnos. Sí, querido, en nuestra penúltima cita me di cuenta de que deseabas ese abrazo nuevo y te dije lo turbada que me sentí cuando, con tanta suavidad, tanta ternura, deslizabas tu polla cálida y dura entre mis labios húmedos. Era infinitamente delicioso sentir cómo me follabas el coño. Has sabido despertar en mí el deseo de ese abrazo que había excluido voluntariamente de nuestras relaciones por muchos motivos. En nuestro próximo encuentro, así es como deberás tomarme, si así lo quieres, pero para atenuar la banalidad de una posesión así, ya sabes lo que espero de ti. Me encularás con ese miembro infatigable.”

…..

“Charles, mi pequeña Lotte, estoy muy triste, pues creo que soy la única que atesora tan maravilloso pasado. ¿De verdad ya no me deseas, mi culo ya no te tienta con la piel satinada de sus nalgas, y ha perdido también mi boca el poder portentoso que antes te la ponía dura entre sus labios? Pero anoche mismo, ¿por qué la sentí tan hermosa y tan dura bajo mi lengua si ya no has de metérmela nunca en el culo ni en el coño? Ah, tesoro, tesoro, ¿es posible que te hayas vuelto tan indiferente? Yo te deseo tanto todavía…Sufro, querido, y no quieres entenderlo.”

…..

“Sí, Charles, se acerca la hora en que al fin podrás conocer los últimos goces. Será primero aquí, en mi casa, si así lo quieres, el preludio de esa orgía. El vasto lecho recibirá tres cuerpos, tres desnudeces en la luz tamizada en la que adivinarás muslos, brazos, cabezas, un montón de carne rosa y cálida, y en la noche se elevarán quejidos de voluptuosidad. Verás a tu amante, a tu zorrón, chuparle como loca el culo a su joven amiga de piel morena. Tomará entre sus labios ese botoncito misterioso que crece con su beso, mientras sus dedos ágiles recorrerán el cuerpo que se estremece. Mírala gozar con los besos de su amante, esa joven virgen…Mira cómo se estremece su vientre, mira cómo se hinchan sus pechos…Gime, grita bajo la caricia hábil que la lleva al éxtasis…Ya no puedes más, la apartas violentamente y ahora te toca a ti chupar a tu amante. Tu polla dura está llena de leche, tienta mi boca…Vamos, ven, quiero que tú también alcances el éxtasis con mi beso.”

(Anónimo, La pasión de Mademoiselle S. páginas 13, 63, 202, 209)