lunes, 3 de agosto de 2015

"MARIPOSAS NOCTURNAS" : EROTISMO PARA NUTRIR LOS CARDIOGRAMAS DEL ALMA (BIS)



Mariposas nocturnas
Nelson Jiménez Vivero
Publicaciones Entre Líneas, Miami (EE.UU), 2015, 114 páginas.

   No, no ha sido la muerte el destino fatal e inexorable de esas mariposas de la noche que adquirieron vida editorial en el año 2012 en la editora Revista Entre Líneas. En un poemario rotulado  con el título Mariposas noturnas, que quizás suena a antítesis. Antítesis en todo caso más vital que literaria. Un poemario ganador del certamen literario en español “Carmeluisa Pinto 2012”. Porque la fortuna y la calidad de los poemas eróticos de Nelson Jiménez Vivero han hecho que su colactánea de poemas eróticos y / o de amor cobren vida en una nueva edición en Publicaciones Entre Líneas, en cuyo pórtico el poeta ha querido honrarme con la reproducción de una buena parte de mi comentario crítico publicado en esta bitácora el 12 de junio de 2012 y que ahora me parece oportuno volver a reproducir con leves variantes.
   Médico, graduado de escritor, realizador de programas de radio en Cuba y Venezuela, cantautor, columnista de varios periódicos, profesor universitario, narrador en formato breve y sobre todo poeta, poeta cubano residente en la diáspora cubana en Miami, donde actualmente dirige la emisora Punto y Seguido Radio. Así se autodefine Nelson Jiménez Vivero, y así lo defino también yo, sobre todo para los lectores de esta orilla del Océano, que tanto nos separa y que nos priva de la policromía, de todos los colores, olores y sabores de la poesía centroamericana, de la poesía caribeña.
   Seis poemarios y una Coda tienen holgada cabida en esta hermosa edición de la Publicaciones Entre Líneas. “La Espera”, “El Hallazgo, “La Pareja”, “La Distancia”, “La Ruptura”, “La Historia”  y esa “Coda” que le pone el ramo a esta pulcra y bella publicación. Casi cien poemas que ven luz en este año favorito de agoreros, que no son productos de la imaginación -confiesa el escritor-, sino recuperación, a través de senderos líricos, siempre más cortos, siempre más enigmáticos, de historias de amor que jamás debieron terminar.
   Como las mariposas nocturnas, esclavas de la luz, amigas de la luna, hoy rompen la obscuridad de la noche y retoman la claridad y la alegría de la existencia. Y en noche de luna llena, me dejo embrujar, en efecto por este singular yo poético instalado en el espacio vital de la soledad, un topos que destruye el tiempo, el espacio y recupera, la memoria, recobra sobre todo las huellas del amor.
   Escritura nocturna quizás la de Nelson Jiménez, una agenda noctívaga donde el yo poético se propone registrar, en abigarrada diversidad, los sentimientos, los pensamientos, los recuerdos que poblaron sus noches o quizás sus amaneceres. Convencido de que esta es la chispa que enciende el fuego lírico de Nelson Jiménez, recorro sus versos, el registro periódico de su intimidad, de un yo que escribe no solo para si mismo -aunque también es esta escritura autorreferencial-, sino sobre todo para ese “tú” destinatario de estos poemas que destilan océanos de amor. Y en el recorrido me embrujan, efímeros e irrecuperables, los secretos camuflajes, las encubiertas complicidades. Los “tus” íntimos que transitan estos versos, reales pero opacados y que, sin embargo, siguen nutriendo los cardiogramas todos del alma. Y por ello mismo, ahora retornan como imágenes copiosas, como memoria, sí como memoria subjetiva -memoria de la memoria, como proclamó Agustín de Hipona-, preservadora de promesas y de resistencias.
   Dejándonos perder en estos territorios de enigmática belleza, explotan emociones y sentimientos y nuestro ser es sacudido por esa gran verdad y milagro del mundo que es la poesía. Es por ello que regresamos compulsivamente a estas Mariposas nocturnas, atraídos por la luz de la llama de las velas. Y como ellas en sus vuelos, los poemas de Nelson Jiménez utilizan mecanismos de navegación, ahora que viven no solo en sus archivos digitales, sino también en nuestras lecturas. Serán los puntos cardinales, la estrella polar  del erotismo, un finísimo erotismo, que se nutre en historias de pasión, esa pasión que, como árbol frondoso, se refugia en el “bosque oxigenante”, que brota a media noche y mantiene su frondosidad en este “astro perpetuo” que apenas somos capaces de descubrir.
   Poemas extremadamente sensoriales, esculpidos con igual maestría en la prosa poética, en el verso clásico y en el verso libre, sin puertas ni fronteras. Versos tallados en la limpieza y en el brillo de materiales nobles y con la belleza de un tamaño enorme. Observaciones epigramáticas, algún fragmento meta-escriturario, torrentes de materia autobiográfica pueblan la poesía e Nelson Jiménez. He aquí pues la substancia de estas Mariposas nocturnas que se completaban en la primera edición con los Poemas del Inestar, recogidos en un CD con el aderezo de música incidental. Quizás su autor es pequeño y diminuto. Lo ignoro. Inmensos, sin embargo, los ojos y el espinazo de sus versos.

Francisco Martínez Bouzas


Nelson Jiménez Vivero

                                                

Poemas de Mariposas Nocturnas


MEJOR ARRÁNCAME EL TIEMPO

“Mejor arráncame el tiempo
que tengo ocupado en pesarte,
y los brazos con que te escribo
y  los sueños y los plazos.

Arráncame todo cuanto quiero darte,
hasta saciarme de esta necesidad enfermiza
de alcanzar la entrega.
Arráncame el olvido.”

…..


MIENTRAS DORMÍA

“Anoche, mientras dormía
despertaste en mi tu sueño
y me sentí tan pequeño
que en tu bolsillo cabía.
Me sorprendió la osadía
de aquella noble figura
que buscaba una ranura
para escapar hacia el viento,
y me quedé sin aliento
entre el sueño y la locura.”

…..

TU NOMBRE

“El vacío,
lleva tu nombre.
La calle, la red, la búsqueda, la crueldad
también llevan tu nombre sobre el lomo,
como un caga amarga,
lengua de mis inocencias.
Cuánto no quisiera borrar las letras,
saber que no existes, desarmarte.
Te inventé, me creí, no eres culpable,
solo yo en la locura podía concebirte,
tú nada más que pusiste el rostro,
cada rasgo implantado escapó de ti
y va quedando eso que maneja un auto
de casa en casa rebuscando su índole paralela,
eso que en tierra crece a montones,
lo que veo en cada esquina de estas ciudades
donde el amor no pudo emigrar porque era un lastre
para todos los barcos.”

(Nelson Jiménez Vivero, Mariposas nocturnas, páginas 18, 34, 80)

sábado, 1 de agosto de 2015

"LA OSCURIDAD": EL AMOR COMO CANIBALISMO EN LA NOCHE ÁRTICA



La oscuridad

Ignacio Ferrando

Menoscuarto Ediciones, Palencia, 2014, 307 páginas



   Ignacio Ferrando (Trubia, Asturias, 1972) es un reconocido narrador, especialmente en el campo de la narrativa breve, subgénero en el que ha obtenido algunos de los galardones más prestigiosos; algunos de sus relatos han sido traducidos al inglés y al alemán y seleccionados en varias antologías. Así mismo, su primera novela, Un centímetro de mar (2011) obtuvo el Premio Ojo Crítico de Radio Nacional de España y el Ciudad de Irún. A finales del pasado año publicó su segunda novela, La oscuridad, un verdadero reto escritural que amalgama un thriller psicológico, ciertas dosis de narrativa fantástica y temáticas de fondo como los problemas de la identidad personal, el tema del doble, lo real y lo falso o las dificultades para acceder a la verdad, conocer al otro y las relaciones de pareja, pobladas por no pocas zonas de oscuridad.

   La trama argumental de La oscuridad, reflejada en una breve sinopsis, no elude el formato compositivo de una novela de tesis. El narrador y principal protagonista, Endre Solberg vive en Storbørg, la ciudad más septentrional de Noruega. Con la llegada de la interminable noche ártica, buena parte de los habitantes de la localidad se trasladan a Oslo persiguiendo la luz. Entre los que quedan, se encuentra Endre Solberg, director de cine experimental de escaso éxito que acaba de perder a Liv su mujer, actriz frustrada, muerta bajo las ruedas de un camión, algo que parece un suicidio. La novela comienza precisamente con el velatorio de Liv. Tras el funeral, al regresar a casa, la encuentra viva en el salón de la vivienda, como si todo siguiera su curso normal y para restaurar la normalidad alterada. Y aquí da comienzo la intriga: ¿quién es esa mujer que afirma ser Liv y que tanto se parece a ella físicamente? ¿Es un fantasma? ¿Alguien  que se entretiene con una broma macabra? ¿Una loca? ¿Una alucinación del marido en la primera etapa del duelo? ¿Un doble entrenada por la difunta para ocupar el lugar que esta había dejado vacío?   El fantasma, el doble o la propia Liv inician la rutina de visitar al marido diariamente y con un horario estricto. Pero solamente es perceptible para los ojos de Endre Solberg.

   El relato sume al lector en una intriga “in crescendo” que se multiplica al compás de la inquietud que oprime a Endre, desconcertado por las numerosas zonas de sombra que se interponen como un muro en sus relaciones de pareja. Son interrogantes y ambigüedades que el narrador no aclara de forma definitiva, pero que favorecen la labor de un lector activo, al que se le otorgan no pocas posibilidades interpretativas, acrecentadas por un final que, en coherencia con las incertezas y dudas del desarrollo de la historia, quedan sin cerrar de una forma concluyente.

   Considero que Ignacio Ferrando ha elegido un escenario muy adecuado para esta historia de oscuras proyecciones: las sombras de la noche ártica en una ciudad casi despoblada en la estación invernal. Un escenario  sombrío, gélido y claustrofóbico que recalca el insoportable ámbito de oscuridad y desconocimiento que suelen existir en el interior de muchas parejas. Una brecha abisal cotidiana en la que el autor insiste con vehemencia, llegando incluso a escribir que el amor es un acto de canibalismo entre los miembros de la pareja, que forcejean para arrancarle pedazos al otro (página 103).

   La oscuridad no es una novela banal e intranscendente. Es, al contrario, una propuesta narrativa rica, compleja con la que el autor no deja de arriesgarse. No obstante su lectura no se hace pesada ni insoportable. A ello contribuye sin duda un lenguaje equilibrado, pero muy rico en las descripciones en las que al autor hace gala de una lujosa adjetivación. Y una cierta tonalidad cinematográfica que tiñe las descripciones, el retrato de los personajes y ciertos ambientes y acontecimientos. Todo ello ayuda a hacer de La oscuridad una novela interesante, en la que se dan cita las penumbras atmosféricas y climáticas con las sombras de la noche que anidan en el interior de los seres humanos y en sus interacciones sociales, incluso en las más íntimas.



Francisco Martínez Bouzas



                                                  
Ignacio Ferrando

Fragmentos



“Con la muerte de Liv, ha llegado el solsticio, y con el solsticio, una oscuridad que no es oscuridad, sino una noche inacabada, parcial, que tiñe el perfil de las casas de un azul hojaldrado. Los balancines del parque Vesteberg, las canastas de baloncesto, incluso los neones de la lavandería de Laa Ingham parecen velado, irreales, como vistos a través de una película de celuloide envejecido. Por Dramsvein bajan dos trabajadores cabizbajos, presurosos. Llevan gorros tipo chapska, gruesas pellizas que casi arrastran por la nieve. Liv ha muerto, pero todo sigue obscenamente igual, la serrería, el patio iluminado. Lo más indignante es esa indiferencia de todo y de todos, los horarios que siguen su curso, las rutinas que sin vacilar ya se han olvidado de ella o que nunca la tuvieron en cuenta. Miro el termómetro. La temperatura es de veinte grados bajo cero. No hay ventisca. Se escucha con claridad el crujido de los tejados, de los canalones macizados por el hielo. Dentro los radiadores desprenden un calor humano, tumefacto, casi asfixiante. Un accidente, oigo que dicen unos; morir así, dicen otros. La función comienza o termina, no se sabe.”



…..



“Para consolarme recordé la vieja teoría de Myklebust. Ha tenido en sus brazos a todo tipo de mujeres (estudiantes, viudas, casadas, incluso una prima) y está seguro de que el amor, eso que se llama amor, es una invención para que la gente triste llene las salas de cine. El amor es solo un prólogo a dos caníbales forcejeando por arrancarle pedazos al otro. Uno de esos conceptos inventados por la burguesía para sobrevivir, «para ser un referente sin referente en la realidad». Se podría entender que  Myklebust es un tipo amargado, un solitario que nunca se ha implicado lo suficiente, por miedo, por complejo, o por lo que sea. Pero el miércoles necesitaba pensar como él, creer que si estaba así era porque deseaba físicamente a Liv. Abrazarla, besarla, algo en todo caso estrictamente carnal. Me dije que incluso para eso existían soluciones mucho más rápidas, más efectivas. Encendí el ordenador. Es fácil encontrar prostitutas por internet, incluso en un pueblo perdido como Storbørg. Antes de llegar a la página de contactos, tuve que soportar un preludio de consoladores, banners de muñecas hinchables, vaginas de plástico y prótesis genitales de lo más increíbles. Entre los anuncios había prostitutas y masajistas (como si se estableciera con claridad una diferencia entre ellas) y casi todas adjuntaban una fotografía. Iban desnudas o casi desnudas, aunque sospecho que muchos de esos cuerpos, la mayoría, eran falsos o retocados. Descarté a las que difuminaban su rostro o no lo mostraban. Del resto, seleccioné una que se parecía remotamente a Liv…”



…..



“Por la mañana, abrí los ojos muy despacio, tratando de distinguir los objetos. Durante la cena había bebido demasiado. A través de los párpados, una luz débil, tamizada, se colaba desde el exterior. La ventana estaba abierta y los primeros rayos de sol se depositaban sobre la cama, sobre la cómoda. Debían de ser más de las diez. Me calcé las zapatillas y fui a cerrar la ventana. Más allá se veía el bosque, la masa apretada y parduzca de la naturaleza reventando ante la llegada de la primavera. Había comenzado el deshielo y el pasto se veía cubierto de brillos irisados. A lo lejos, en las laderas de la montaña, las nieves umbrías se iban apelmazando, dejando claros en los ventisqueros. Se escuchaba el rumor del agua por todas partes. De la vida. Al otro lado de la calle, el vecindario parecía haber reinstaurado su ritmo habitual. Olofsson subía en bicicleta, e Isac, el chico de los Quisling, cortaba el césped cerca de la piscina. La cerca ya estaba arreglada. Cuando su padre me vio en la ventana, alzó la mano para saludarme.

Bajé a la cocina de excelente humor, pero Liv ya no estaba. Deambulé por la casa buscándola, como el primer día, registrando los cajones y tratando de encontrar indicios que desmintieran lo que ya suponía. Con toda esa luz, sin sombras que la cobijaran, su ausencia era más latente, más intensa, más dolorosa. Sobre la mesa, a su marcha, había dejado un periódico doblado por la mitad, justo en la noticia donde se hablaba de la muerte de Øyvind.”



(Ignacio Ferrando, La oscuridad, páginas 9-10, 103-104, 305-306)

domingo, 26 de julio de 2015

"A ESMORGA" ("LA PARRANDA") EL GRAN CLÁSICO DE LA LITERATURA GALLEGA



A esmorga (La parranda)

Eduardo Blanco Amor

Traducción del mismo autor

Epílogo de Manuel Rivas

Mar Maior (sello de Editorial Galaxia), Vigo, 2015, 137 páginas



   En veinticuatro horas de narración inexorable Eduardo Blanco Amor (Ourense, 1897 – Vigo, 1979) le ofrece al lector no solo una de las grandes novelas de la literatura gallega, sino una importante pieza literaria de todos los sistemas literarios. No me cabe duda de que si esas contingencias de los gustos personales de Harold Bloom hubieran catado la literatura periférica gallega, como hizo con la catalana, Eduardo Blanco Amor y su novela A esmorga habrían figurado en ese “catálogo de libros preceptivos” que es su Canon occidental. Pero al margen de listas canónicas, es indudable que A esmorga, por su valor estético y su originalidad, merece la condición de obra literaria universal en el espacio y en el tiempo. Si le hacemos caso al crítico norteamericano, A esmorga por su poderosa originalidad literaria se convierte en canónica.

   A esmorga (La parranda en español) es la primera novela de Eduardo Blanco Amor. Novela escrita en plena madurez y publicada en 1959 en Buenos Aires, porque la censura franquista no autorizó su publicación, calificándola de “Burda novela corta en gallego, en la que se narran las aventuras y desventuras de tres borrachos. En lenguaje a menudo soez se mezclan los diálogos de estos tristes personajes con escenas de burdel y recuerdo de aventuras. No debe autorizarse”. En 1970 apareció la primera edición publicada en Galicia con un informe de la censura igualmente negativo, pero esta vez por razones políticas, y con la mutilación de las frases finales en las que se alude a la Guardia Civil. La sombría tonalidad trágica y la marcha nupcial suicida sirven de reflejo, como se ha escrito, de la sucesión de autodestrucciones vividas por el propio escritor en un tiempo intolerante con cualquier oposición antifranquista y con las condiciones sexuales “antisociales” de “vagos y maleantes” como las consideraban las leyes represoras de la dictadura franquista. Pero, pese a su publicación mutilada, con A esmorga funcionó la maquinaria de la ocultación (Manuel Rivas, “Por navegar al desvío”, epílogo de esta edición). También de absoluta condena: todavía en el año 1986 un miembro del Opus Dei que firma con las iniciales J.C. califica a la novela de absolutamente negativa y la priva de cualquier valor literario debido a la total ausencia de cualidades humanas y valores del espíritu, por la condición de degenerados de sus personajes (el Bocas es violador y el Milhombres, homosexual).

   La novela se inicia con un paratexto (“Documentación”) en el que el autor da cuenta de cómo llegó a obtener información sobre los acontecimientos que se dispone a narrar, que habían sucedido hacía noventa años. Y a continuación en cinco capítulos transcribe las declaraciones que Cibrán, conocido también como el Castizo, realiza ante un juez, referentes a la itinerancia parrandera por diversos escenarios urbanos y suburbanos de la ciudad de Auria, claro trasunto literario de la ciudad gallega de Ourense, de tres “esmorgantes” (parranderos), desde su encuentro casual con los otros dos (Eladio Vilarchao, alias el Milhombres y Juan Fariña, alias el Bocas), hasta su detención y tortura por la Guardia Civil, tras el asesinato de  Bocas por Milhombres y la posterior muerte de este. Veinticuatro horas de juerga y borrachera.

   La acción y la posterior tragedia vienen desencadenadas por el encuentro de Cibrán, un mozo soltero que tiene una amante prostituta, la Rajada, y un hijo con ella, que de camino al trabajo de picapedrero, en la madrugada de un lunes lluvioso se encuentra con el Bocas y el Milhombres, parranderos habituales y ya bebidos. Convencen a Cibrán para que les acompañe y este, ante la lluvia copiosa y a pesar de su mala conciencia y de las promesas de formalizar su vida que le había hecho a la Rajada, les acompaña. Comienza entonces la auténtica parranda, un frenesí de aguardiente, sexo, violencia y muerte. Otro breve paratexto epilogal informa al lector de la muerte de Cibrán, el relator, tras hundirse la navaja de autos entre las costillas, aunque añade el escritor que nunca quedó claro si murió de la cuchillada o de los culatazos que le atizaron los guardias de la Benemérita que lo custodiaban.

   La novela se estructura, como ya quedó señalado, en cinco capítulos que recogen de forma lineal las declaraciones de Cibrán ante un juez “ausente”, cuyas intervenciones no se registran (aparece definido por un guión y una línea en blanco). Por eso mismo se ha calificado de “técnica telefónica” la empleada por esta novela, quizás por un afán de verosimilitud que impedirían al juez hablar en gallego, un idioma despreciable para la justicia, o incluso para poner de relieve el distanciamiento y la falta de comunicación de la misma que solo condena.

   Los protagonistas son los tres “esmorgantes”, más el juez mudo y un gran número de actantes secundarios (arrieros, un alquitarero, tratantes de ganado, un hidalgo, los criados del pazo, los taberneros y personas que frecuentan esos locales, prostitutas, dementes, señoritas de pega, un ciego, chabolistas, la pobre loca Socorrito con la que el Bocas consuma a la fuerza su obsesión de estar con una mujer que no fuera puta). En su conjunto, estos personajes completan un perfecto friso de una ciudad gallega de la época en la que suceden los hechos narrados, aunque predomina la gente del pueblo, los marginados, entre los que se encuentran los tres parranderos.

   El espacio narrativo es la ciudad de Ourense, con escenarios cambiantes  continuamente. Las plazas, calles, fuentes, iglesias, mesones, tabernas y prostíbulos de Auria por los que transitan en su itinerancia los protagonistas principales. No resulta difícil diferenciar los dos tiempos que se alternan en la novela. El tiempo de la historia, es decir la sucesión de acontecimientos en los que se ven inmersos los parranderos: desde el amanecer de un lunes hasta el mismo momento del día siguiente. Y el tiempo del relato que comprende los diferentes momentos en los que Cibrán presenta su declaración. Gran relevancia tiene en el relato el tiempo físico o atmosférico: una situación climatológica de intenso frío, heladas y sobre todo lluvia constante. En el relato de Cibrán, la lluvia persistente es un elemento opresivo que lo convierte en un juguete en manos de sus compinches y diluye sus propósitos de regeneración mediante el trabajo que parecen arrastrados por la lluvia hasta el Campo de las Mulas, el esperpéntico y podrido basurero de la ciudad donde concluye el viaje a los infiernos de los tres marginados.

Eduardo Blanco Amor
   A esmorga es la primera novela gallega que aborda sin eufemismos la temática de la homosexualidad. En las declaraciones de Cibrán incluso por sus motes (Maricallas, Docesayas…) el Milhombres aparece caracterizado como homosexual. Homosexualidad expresada con frecuencia de forma violenta y sadomasoquista. También sin medias palabras se trata el tema de la prostitución: no solo la mujer de Cibrán había ejercido la prostitución, sino que buena parte de la acción está ambientada en prostíbulos.

   Blanco Amor emplea en la novela una lengua popular, justificada por la condición social de sus personajes y por la ambientación de la acción en los bajos fondos. Ese sello y tonalidad popular que han llevado a asociar A esmorga con la novela picaresca, se conservan en la excelente traducción al español efectuada por el mismo escritor que hace hablar a su narrador-focalizador en un castellano castrapo, propio de los marginados gallegos y de la gente humilde.

   Novela muy rica, polisémica, que posibilita distintas lecturas, todas ellas justificadas, en especial las que se pueden hacer desde claves existenciales. Narración veloz, con tensión ascendente y un desenlace inexorable. Todo ello hacen de A esmorga una novela revolucionaria para su tiempo y que en la actualidad  sigue conservando toda su fuerza. Heterodoxa sí, pero preñada de literatura.



Francisco Martínez Bouzas



                                                 
Imagen de la adaptación cinematográfica de "A esmorga" (2014)

Fragmentos



“Sí, señor, sí, los mismos, los interfectos, como usté me enseña, o séase Juan Fariña y Eladio Vilarchao, que vienen a ser el Bocas y el Milhombres por sus motes, que es como todos nos conocemos aquí y nadie se ofende, porque Juan y Eladio pueden ser cualquiera, pero el Bocas y el Milhombres solo pueden ser los que son; de la misma manera que yo soy Cipriano Canedo, para servir a usté, y me llaman Cibrán o el Castizo, como usté guste, pues mi padre tenía un castizo o parador para servir cerdas, perdonando la palabra; y cuando era más pequeño me llamaban el Sietelenguas porque hablaba mucho, que aún dicen que no lo hago mal, y también el Gorropodre, porque de muchacho tuve la tiña, que me duró hasta mozo y andaba con la boina muy apegada…

-No, señor, no; solo era para que usté me entendiese  bien, pues ya me voy dando cuenta de que usía no es de aquí…”



…..



“La Viguesa miraba para semejante animal, sin apartarse de él, como si no se cansase de verlo, como si lo fuese a robar, con los ojos húmedos y asombrados, como si hubiese caído un ángel del cielo. ¡Hay que ver…! Y el otro baduleque se dejaba estar, con los brazos caídos y viendo para las musarañas, como si la cosa no fuese con él. ¡Si fuera yo, me caso en brena…! Y la Viguesa, venga a llamarle «mi chulillo», pues siempre hablaba en castellano muy a lo fino, y no como la Culipava que siendo costurera de aldea se echó a hablar castrapo, y ese fue el comienzo de su perdición, y otras también, de las casas de a duro, que hablan castrapo con los señoritos del pueblo para hacerse las andaluzas, que de todo hay en este mundo, como se dice. No; la Viguesa se veía que era su habla natural que le venía de nacencia, que hasta se murmuraba que era hija de un coronel, al que se le fueran yendo de la casa la mujer y las hijas por ser muy jugador, que la gente no se cansa de garlar cosas que a lo mejor son mentira, pero que también pueden ser verdad.

La Matildona, como siempre, estaba espernancada, casi montada, sobre el brasero, con un cigarro en el canto de la boca, las piernas como vigas maestras y aquella carota, maltratada de la viruela, casi el doble de grande que la de cualquier cristiano, rematada en dos papos colgantes  y fofos como si no fuesen de ella. Tenía en el brasero un cazuelo de barro con vino a templar, y cada tanto pegaba en él, recogiendo para atrás toda aquella carnaza que tiene por espetera, para que no le estorbase la visión, y le daba tales tragos que lo dejaba mediado, por lo que lo volvía a llenar. Después de cada metido, soltaba un regüeldo y decía, para sí, muy seria. «Buen provecho, Matilde; que estas sean las pestes que te maten, y que se joda el mundo», porque es mujer de mucha soberbia.”



…..



“Desde que me pusieran en el medio, el Bocas había vuelto al tema de querer estar con mujer. Verdaderamente se había quedado con aquello en las mientes, aún más desde que le marrara el asunto de la que resultó ser muñeca; que, dicho sea de paso, es para reventar al más pintado, sea dicho con licencia… Pero cuando el Bocas se ponía temoso, y mucho peor cuanto más cansado y bebido, era mismamente como una mula fuera el alma, y no había dios que lo parase. Aquellos grandes ojos de niño que tenía se ponían fijos y asustados, y lo poco que hablaba era entre dientes, con las quijadas duras, como si en vez de hablar gruñese, que había que poner mucho sentido para entenderlo. Con que le daba por decir a cada paso, con su hablar tartajoso:

-¿Me caso en tal, que tengo que estar con mujer que no sea puta…! Si fuerais buenos amigos…”



(Eduardo Blanco Amor, A esmorga (La parranda), páginas 17-18, 66-67, 100-101)