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lunes, 5 de noviembre de 2018

EN EL HOLOCAUSTO: LA HUMANIDAD PROFUNDA Y DOLIENTE


Desviación
Luce d’Eramo
Prólogo de Nadia Fusini
Traducción de Isabel González-Gallarza
 Editorial Seix Barral, Barcelona, 2018, 508 páginas

    


   Si algo queda palmariamente claro en este libro, es lo que en su día afirmó Anna Maria Ortese: “vivir parece una desviación”. Esa desviación la experimentó en sus propias carnes, Luzi, Lucie, Lucette (Luce d’Eramo), quien, a los dieciocho años, era una buena y convencida fascista, mas, inquieta ante las críticas que se vertían sobre los lager y campos de concentración nazis, decide averiguar la verdad de forma personal, y desoyendo a sus padres, se traslada a uno de aquellos campos de trabajo en Alemania. Allí comprenderá que cuando la norma está sometida a la perversión, de tal modo que asumirla es un atentado contra el ser humano, no queda otra opción que “desviarse”, aunque en esa “desviación” se lleguen a experimentar los horrores del abismo.
   Eso fue lo que eligió Lucia en 1944: ir a trabajar como obrera  a la I.G. Farben de Frankfurt-Höchst. Se fuga de la casa de sus padres, comprometidos con el régimen títere de la República de Salò, para comprobar con sus propios ojos lo que sucede en el lager, dilucidando así la verdad, y acompañando a los que sufren, fiel a sus convicciones de socialista, proletaria e internacionalista. Sus experiencias las plasmó en cutro las partes de este libro, brutalmente autobiográfico, a cuya escritura dedicó la autora más de treinta años de su vida. Vio la luz en Italia en 1979, pero solo ahora se publica en España, editado por Seix Barral.
   Más que autobiografía, Desviación es un libro de memorias, una árdea tarea de reconquista de un pasado doliente, el combate a muerte de una joven que creía en el fascismo y en el nazismo y ve cómo sus ideales caen derrumbados por la realidad más brutal. Amparada por su condición de joven fascista -su padre era un alto cargo de la República de Salò-, Lucía se presenta como trabajadora voluntaria en un campo de trabajo de la Alemania nazi en el año 1944. Y así comienza su descenso a los infiernos. Su condición de fascista hace que los compañeros del lager, trabajadores forzados, no la reciban bien. Pero muy pronto, en la mente de Lucía, la imagen inmaterial y los valores que considera propios del fascismo comienzan a tambalearse. Será testigo de una verdad falseada y busca la solidaridad con los oprimidos. Organiza y participa en una huelga para demandar mejoras en sus atroces condiciones laborales. La huelga fracasa y Lucia es encarcelada en un primer momento y repatriada más tarde a Verona. En Italia se deshace de su documentación y, durante una redada, cae prisionera -se había mezclado voluntariamente con el grupo de deportados-; no quiso salvarse apelando a su condición de clase. Será enviada con ellos a Dachau donde conoce el campo de concentración, después el de tránsito y los de la muerte.
   Palpa así toda la humanidad sufriente en la que se apaga la luz de la razón: el ser humano solamente piensa en sobrevivir. La abyección y el embrutecimiento se instalan en las mentes porque, escribe, “en los cuerpos debilitados se apagaban también las mentes.” La experiencia de los campos concluye con una fuga y un escalofriante accidente: en Maguncia, en el intento de salvar a una familia atrapada por las ruinas provocadas por un bombardeo aliado, le cayó encima un muro. A partir de ese momento, una paraplejía paralizará gran parte de su cuerpo, con incontinencia urinaria y fecal. Otro infierno que la escritora narra con sobria crudeza, el último acto de su tragedia personal: la dura prisión de un cuerpo roto, quebrantado, descrita con un estilo fiel a la realidad de los que era su cuerpo: “Yo, yo clavada a una silla de ruedas, entre orina y mierda” (página 150).
   Pero también sabe hallar trucos. Los obstáculos y las formas de falsear la memoria: las desviaciones que olvida, los recuerdos que le sirven y que reaviva o inventa.
   Luce d’Eramo escribe esta historia que se enfrenta directamente con la cara del horror, y descubre la verdadera realidad del fascismo y del nazismo, tan distinta del adoctrinamiento ideológico en el que había crecido. Y lo hace no de forma lineal. Las cuatro partes del libro, con sus correspondientes capítulos, desechan  el orden cronológico de los acontecimientos y se centran en distintos aspectos de la biografía de la autora, escritos además en diferentes épocas. Varían así mismo las voces narrativas y las tonalidades. Predomina la primera persona y el estilo testimonial. Sin embargo, en la Tercera parte (“Primera llegada al Tercer Reich”), la que habla es así mismo Lucía, pero lo hace en la lejanía de la tercera persona, describiendo el doliente día a día de la voluntaria fascista a su llegada al lager I.G. Farben de Frankfurt, su paulatina desilusión del nazismo y su activo papel en la organización de la huelga. En la cuarta parte (“Desviación”), de nuevo hace acto de presencia la primera persona y adopta una tonalidad autoanalítica en la que Luce d’Eramo se esfuerza por diferenciar todo aquello que en su existencia había estado imbuido por la sinceridad de ser como todos los demás, incluidos los que en el universo de los campos de concentración se hallaban en el fondo de la escala social, como los eslavos. Y todo aquello que, al contario, había sido solo una ilusión.
   Un estilo sencillo, sincero y despojado de cualquier ornato da forma a esta novela testimonial y de aprendizaje. El relato novela de la evolución de una joven en unas circunstancias difíciles, traumáticas, pero dotada de una férrea voluntad de vivir, y en la que hay incontables dosis de algo maravilloso en el ser de una mujer que no era judía, tampoco comunista, sino fascista primero y después nada, sino “tan solo una pobre mujer entre otras pobres mujeres locas en el manicomio, o una obrera entre otras obreras pobres en una fábrica”, como escribe la prologuista, Nadia Fusini.

Francisco Martínez Bouzas



Luce d'Eramo

Fragmentos

El campo de selección de Dachau está separado del campo de concentración por una larga franja de tierra yerma y baldía.
Ambos campos son del todo iguales en su aspecto exterior, salvo por un detalle: las alambradas que delimitan el recinto del segundo están recorridas por una corriente de alta tensión.
La llanura circundante está desierta, el clima es triste, el cielo parece un telón a punto de bajarse para tragarse el horizonte, por lo que uno cree estar en una zona remota e inaccesible. Nadie diría que a pocos kilómetros de dsistancia hay una gran metrópoli.
Mientras estuve en el campo de concentración, ni siquiera sabía que a pocos metros había otro campo. No lo he sabido hasta ahora.
Al evadirme, esperaba poder abandonar la zona, alejarme hasta de los recuerdos, y en lugar de eso me encuentro de nuevo en los parajes de la muerte organizada, en este campo de selección, en Dachau mismo,  a pocos metros de K-Lager del que me fugué con tanta esperanza.”

…..

“Recuerdo que una vez, al despertar, mi mano izquierda tocó un cuerpo sin querer, un costado, un vientre, un muslo, carne a fin de cuentas, que estaba en mi cama, bajo mis sábanas, y no era la mía, y estaba fría. Movida por la curiosidad, acaricié y palpé ese cuerpo, levanté las sábanas para mirar y vi con horror que ese cuerpo extraño me pertenecía, era el mío, marmóreo e insensible. Entendí al instante que estaba muerta. ¿y los dolores? Eran los de la descomposición: en efecto, de mi cuerpo emanaba un hedor a pescado podrido.”

…..

“Las compañeras se envolvían los pies en papel de periódico, pero no te regalaban un trocito ni aunque se lo pidieras amablemente.
-Para conseguirlos he tenido que abrirme de piernas -le contestó una francesa, agitándole dos diarios en la cara-. Así que ya sabes lo que tienes hacer, doña remilgada -dijo, dándose una palmada en el trasero.
- Ten cuidado con lo que dices -le advirtió otra francesa, pegándole un codazo-, es una de ellos.
- No me lo creo -intervino Martine-, si viniera aquí a espiarnos, no se habría descubierto el primer día. En lugar de presentarse como voluntaria fascista, se habría hecho pasar por miembro de la Resistencia italiana y nos lo hubiéramos creído.”

(Luce d’Eramo, Desviación, páginas 73, 139-140, 240)

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