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jueves, 8 de diciembre de 2016

LA INMACULADA CONCEPCIÓN, SUPREMA VICTORIA MASCULINA



Madre mía que estás en el mito
Michelle Roche Rodríguez
Silex Ediciones, Madrid, 2016, 436 páginas.

   Son cuatro los dogmas de fe con los que la Iglesia Católica venera a María, la madre de Jesús de Nazaret: la maternidad divina de María definida como dogma en el Concilio de Éfeso (junio del 431) bajo el pontificado del papa Celestino I; la virginidad perpetua de la Madre de Dios que fue definida como verdad de fe en el Concilio de Letrán en el año 649 bajo el papado de Martín I; la inmaculada concepción de María proclamada como dogma por el papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854. Finalmente la asunción de María a los cielos, definida así mismo como verdad de fe por el papa Pio XII el 15 de agosto de 1950. Hay una quinta advocación de María como madre de la Iglesia decretada y establecida por el Concilio Vaticano II en la Constitución “Lumen Gentium”, aprobada el 21 de noviembre de 1964 y proclamada por el papa Pablo VI. No debe pues confundirse el llamado privilegio blanco de la madre de Cristo, es decir, la creencia de que María vivió libre de todo pecado actual, y fue así mismo preservada inmune de toda mancha de la culpa  original  en el mismo instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, como reza la bula Ineffabilis Deus con la que Pío IX proclamó el dogma de la Inmaculada concepción, con la doctrina de la maternidad virginal de María “ante partum” y también “in partu”, lo cual implica que Jesús fue concebido sin intervención de varón y que María permaneció virgen antes, durante y después del embarazo, incluido el acto de dar a luz.
   Un libro editado hace apenas unas fechas por la madrileña Silex Ediciones y escrito por Michelle Roche Rodríguez, analiza, con la lupa de una crítica muy documentada, estos especiales privilegios de María. La autora, experta en análisis de género, pretende, desde el ámbito de los estudios culturales y con una perspectiva feminista, entender los contextos dentro de los cuales se construyó la narrativa mariana. El título de su libro, Madre mía que estás en el mito nos ofrece una buena pista acerca del objetivo de su investigación: el Mito de María, como objeto cultural de enorme importancia en la consolidación de la identidad del género femenino en el mundo occidental. María convertida en modelo para lo femenino en Occidente. Un mito machista, no solo por su difusión por hombres, sino también porque promociona la virginidad, una forma de renuncia al cuerpo. El cristianismo, a través del helenismo, es heredero del dualismo platónico que anatematiza al cuerpo considerándolo cárcel del alma, según Agustín de Hipona parte inferior del alma, la entidad deseable, alejada del cuerpo, aunque le niegue el placer a la mujer.
   Michelle Roche construye su ensayo basándose en tres grandes pilares: el Mito de María, con lo que pretende diferenciar el personaje real, la mujer que seguramente existió según afirman los escasos testimonios bíblicos, y el personaje femenino construido por la historia. En una segunda línea de fuerza, estudia la relación de María con los sistemas de poder en Oriente y Occidente, responsables en último término de la creación de la mitología mariana. En un tercer nivel, el libro analiza cómo ese arquetipo materno del Mito de María configura la comprensión del mundo desde lo femenino, y determina los roles de la mujer, especialmente los de la abnegación y el sufrimiento.
   Para construir el perfil mítico de María, la autora se basa en las investigaciones de varios mitólogos como Joseph Campbell, Roland Barthes. Obiamente también está presente el concepto de mito de Mircea Eliade (“… el mito cuenta una historia sagrada; relata un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso de los «comienzos»”, Mito y realidad, página 18). También en los estudios e investigaciones de feministas como Luce Irigaray, Julia Kristeva y Camille Paglia. Pero en el sustrato de su ensayo late igualmente la exégesis bíblica más prestigiosa, representada sobre todo por Rudolf Bultmann, uno de los teólogos más importantes de la modernidad, especialmente en lo que se conoce como “Quest for historical Jesus”. El Cristo de la historia, pensaba Bultmann, es un simple hombre, mientras que el Cristo del kerigma es el fruto de la predicación pospascual  y no responde al Cristo histórico. El propósito de Bultmann es desmitificar el Nuevo Testamento que está redactado, en su mayor parte, en lenguaje mítico-teológico y no registra la historia objetiva. Los evangelios para Bultmann son testimonios de fe, resabios de la época precientífica que enmarca al kerygma. Es imposible llegar al Jesús de la historia y a los personajes con él relacionados a través de las representaciones de fe que nos ofrecen los evangelios, que constituyen en sí mismos un género literario que es preciso dilucidar en función de la interpretación doctrinal de los hechos que en esos escritos se pretende, que no suele ser otra que presentar los acontecimientos de una forma  maravillosa, con el objetivo de ganar más adeptos para la religión que enseñan. Por eso mismo, la doctrina bíblica de la encarnación virginal del Verbo debe de ser considerada como una narración mitológica. Y lo mismo cabe decir de la concepción inmaculada de María; de la que no hablan los evangelios canónicos, pero que según la tradición fue fruto únicamente del abrazo que Joaquín le da a su esposa Ana delante de la Puerta Dorada tras el regreso del ayuno en el desierto como penitencia para superar la esterilidad de la pareja.
   Las escrituras nuevotestamentarias  no contienen la menor mención de ese dogma. Lo que enseñan de forma terminante es que todos, sin excepción alguna, nacemos con el pecado original. La salutación del ángel a María contenida en Lucas 1:28 (“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”) no significa que María no cometiera ningún pecado ni que naciera sin la culpa original, sino simplemente que Dios la favorece al elegirla para concebir al Mesías. Es por ello “agraciada”, no poseedora de una plenitud de gracia, como lo indica la expresión griega “pleres kharitos” que el evangelio de Juan (Juan 1:14) aplica a Cristo.
   Michelle Roche considera el dogma de la Inmaculada Concepción como uno de los aspectos más genuinamente católicos del Mito de María. La creencia en la concepción inmaculada de María, es decir sin relaciones sexuales de ningún tipo, procede, sobre todo, de un evangelio apócrifo, El Protoevangelio de Santiago, pero no fue aceptada por el cristianismo europeo hasta la Edad Moderna. No deja de ser curioso que la primera referencia de que María había nacido sin la mancha del pecado original es del siglo V y la mantuvo un hereje pelagiano, Juliano de Eclana. Mas tanto Agustín de Hipona como Tomás de Aquino negaron la inmaculada concepción. Escribe Tomás de Aquino: “Ciertamente (María) fue concebida con el pecado original como era natural, ya que fue engendrada con la intervención de los dos sexos (…) Si no hubiera sido concebida con pecado original, no habría necesitado ser redimida por Cristo y, de ser así, Cristo no sería Redentor universal de los hombres” (Brevis Summa de fide, CCXXXII bis). Varios papas, entre ellos Sixto IV se negaron a apoyar la posición de Duns Scoto, favorable a la creencia en la concepción inmaculada de María: El Concilio de Trento tomó la decisión de no definirla como dogma. Finalmente este fue proclamado por Pío IX, haciendo tabula rasa de las Escrituras, de Agustín de Hipona y Tomás de Aquino y dándole la razón a un hereje.
    
                                        
El abrazo de la Puerta Dorada de Giotto di Bondone
   
   En el campo de cierta teología católica se defiende que existe un equívoco inicial que es preciso superar tanto en el tema de la virginidad de María como en el de su concepción inmaculada: la distinción entre el hecho y el cómo. Por vía racional,  se admite, es imposible explicar el cómo de la concepción de María sin la intervención de los dos sexos en el acto sexual “que no puede ser sin pasión después del pecado de nuestros primeros padres”, como aclara Tomás de Aquino. Pero no por ello se debe negar el hecho consecuencia de un milagro. Por consiguiente, sobra toda explicación racional del hecho. Un componente más de la mitificación de María.
   Todo esto y otros muchos aspectos del Mito mariano aparecen analizados con inteligente penetración en Madre mía que estás en el mito. En múltiples secuencias ensayísticas, profusamente documentadas, pero de lectura accesible, la autora persigue desmitificar la figura de María para deconstruir “un enorme entramado cultural” diseñado para excluir a las mujeres, a los cuerpos femeninos de la sociedad y de los sistemas de poder.
   El psicoanalista jungiago y miembro del Círculo de Eranos. Erich Neumann, citado y analizado por la autora, centró buena parte de sus investigaciones en el arquetipo de la Gran Madre, un tema desarrollado en la reunión del Círculo de Eranos de junio de 1938. El arquetipo matriarcal se caracteriza, frente a la actividad del patriarcado masculino, por su pasividad, por su receptividad asimilatoria, por la renuncia, por su dominio ctónico (detención de la libido), por la sumisión y la negación. Es la victoria de lo patriarcal sobre lo matriarcal, entendida falsamente como progreso de la humanidad. Esta Magna Mater, la diosa ctónica, aparece representada en el islam chiíta bajo la figura de Fátima. En el cristianismo católico, la encarna María. En su mitificación no solamente se la ha privado de la libido, sino también de toda servidumbre corporal: concebirá un hijo sin concurso de varón, lo parirá y seguirá siendo virgen, y ella misma será concebida “limpia de toda suciedad”. Ese es el modelo esencial para las mujeres representado por la festividad de este día. Lo resumen de forma cabal las palabras de Simone de Beauvoir que inauguran la primera parte de este libro: “He aquí la suprema victoria masculina, que se consuma en el culto de María: es este la rehabilitación de la mujer mediante la realización de su derrota” (El Segundo Sexo).

Francisco Martínez Bouzas


Michelle Roche Rodríguez



Fragmentos

Madre mía que estás en el mito es el testimonio de mi necesidad de entender cómo la maternidad virgen se convirtió en el discurso fundamental de lo femenino en Occidente. Como sistema ideológico, el mito que los teólogos construyeron de la Virgen María se convirtió en  un agente de modelos de feminidad que permitió no sólo naturalizar la paradoja de una maternidad casta sino construir sobre esta noción un entramado moral definitorio de la cultura occidental que otorga poderes casi de magia simpatética al sufrimiento y a la virginidad (que en rigor es un estado físico y no espiritual) y la convierte en la finalidad de una serie de discursos sociales y culturales diseñados para supeditar lo femenino a lo masculino.”

…..

“A partir de este momento voy a dejar de llamarla Virgen María porque esa denominación la denigra a ella y a nosotras. La denominación la convierte en objeto sexual, porque anteponerle a su nombre el adjetivo «virgen» amputa su sexualidad señalándola. Lo peor es que inserta en el habla coloquial la asociación de lo femenino con el sexo a partir de un juicio denigratorio del cuerpo. Como en el lenguaje no hay nada vacío, llamarla Virgen María no oculta la obsesión del cristianismo con la sexualidad, la deforma. No borra la asociación de su nombre con la maternidad del Hijo de Dios, la resemantiza, proponiendo una lectura inocente y haciéndole perder la cualidad histórica. Llamarla Virgen María enuncia la paradoja de una mujer que incluso en el parto mantuvo intacto su himen pero funda la naturaleza femenina que sólo encuentra gozo en el sufrimiento y se «realiza» (esto no podemos olvidarlo) por la gracia de un Dios masculino.
He aquí un modelo femenino imposible de seguir.”

…..

“La obra que comienza con la concepción de María y termina con el asesinato del rabino Zacarías, el padre de Juan Bautista, ha sido la fuente del dogma de la Inmaculada Concepción, que afirma que ella nació sin Pecado original. Ana y Joaquín no sostuvieron relaciones sexuales en el momento de su concepción. Esto tiene lógica porque Agustín de Hipona decía que ese pecado lo transmitía el hombre, como una enfermedad venérea, durante la cópula. La pareja llegó a la avanzada adultez sin hijos, así que Joaquín se fue a hacer penitencia al desierto y su esposa se quedó para lamentarse vestida de luto en el jardín de su casa, mirando cómo los árboles daban fruto y los animales jugueteaban con sus críos. Temía que al oprobio de la falta de hijos se le añadiera el dolor de la viudez. Eran una pareja de judíos ricos y generosos con los pobres, temerosos de Dios y seguidores de su Ley, ¿por qué iba Dios a castigarles con la esterilidad? En estas cosas pensaba Ana cuando comenzó a dibujarse sobre el fondo luminoso del cielo un ángel.
-El señor Dios ha escuchado tu plegaria. Concebirás y darás a luz, y por toda la tierra se hablará de tu descendencia.
La noticia llegó a Joaquín por otro ángel que se le apareció en el lugar donde había practicado ayuno durante casi cuarenta días. Joaquín se alegró tanto que mandó a sus pastores que le trajeran diez corderos, doce terneros y cien cabritos.
-Ahora sí que el Señor Dios me ha bendecido abundantemente. ¡La que era viuda ha dejado de serlo! Yo, que no tenía hijos, he concebido en mis entrañas, dijo su mujer cuando lo vio.
Ana y Joaquín se fundieron en un abrazo, en el primero de felicidad durante muchos años y fue en ese momento cuando concibieron a su hija.”

…..

“Además estaba el avance de las teorías científicas sobre el origen de la vida. Si era la noción de que Adán y Eva eran el origen de la humanidad, aquello que pretendía proteger Ineffabilis Deus, pronto perdió validez, porque apenas una década después de esa bula, Charles Darwin publicó su  Tratado sobre el origen de las especies. El gran hallazgo biológico del siglo XIX fue entender la existencia como un producto de la generación espontánea de formas simples que con el tiempo se hicieron complejas y el resultado fue que a la Iglesia se le hizo más difícil seguir afirmando que Adán y Eva eran personajes que habían engendrado a la raza humana. La teoría evolutiva hizo imposible establecer una relación entre María y Eva o señalar que aquella había nacido sin el pecado de los primeros padres. Por eso, el catolicismo tuvo que apelar, como en sus primeros tiempos,  a la superstición.”

(Michelle Roche Rodríguez, Madre mía que estás en el mito, Silex Ediciones, páginas 14, 20, 53-54, 275)

6 comentarios:

  1. Muy interesante, amigo mío. Yo soy cristiano, y aunque no me considero dogmático, o cerrado en mi forma de ver el mundo. Creo en los milagros, y partiendo de ello, puedo asimilar la posibilidad de la inmaculada concepción de María, y creer también que después de nacer Jesús, ella tuvo otros hijos con José, productos de sus relaciones carnales. No veo ese hecho particular como algo político, sino divino. Habría que preguntar a Dios todas sus motivaciones respecto a la forma en que decidió que el Mesías viniera así, y no de otra manera. Conforme no puedo probar lo que creo, tampoco me convence de lo contrario la literatura que pretende asegurar el embarazo de María como resultado de la unión carnal. Ha pasado mucho tiempo hasta hoy para tener una demostración inapelable de tales hechos. Un abrazo.

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    1. Muchas gracias Pastor por tu comentario: el libro no cuestiona el tema de los milagros, simplemente trata de poner de manifiesto que la virginidad de María y su concepción inmaculada fueron una construcción elaborada, no propiamente desde la Biblia- nada dicen los evangelios canónicos de esa concepción inmaculada- sino a través de la tradición, en consonancia con el pensamiento griego heredado a través del helenismo, que anatematiza el cuerpo, que lo considera fuente de pecado.Todo esto fue transmitido por el pensamiento patriarcal en contra de las mujeres, cuyo cuerpo siempre o al menos hasta hace poco, fue considerado pecaminoso (fuente de pecado. Por eso, cuando se propone a la virginidad de María y a su concepción inmaculada, al margen de cualquier cópula sexual, como modelo femenino, en el fondo lo que se está haciendo es rebajar el cuerpo y la sexualidad a la categoría de objetos peligrosos. Así pues el modelo que se les propone a las mujeres con este dogma es el de ser mujeres virgenes como Maria. Hoy esa mentalidad está superada porque, desde el Concilio Vaticano II, se reconoce el valor de las realidades terrenas, el cuerpo y la sexualidad dejaron de ser malos y fuentes de pecado.Sin embargo, el modelo heredado de otras épocas sigue ahí. Ese modelo es el que representa Maria, madre de Jesús, siempre virgen y concebida por un simple abrazo de sus padres, Joaquín y Ana. El libro de Michelle Roche pretende desmitificar todo eso.

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  3. Yo creo que hoy en día el tema de la virginidad de María está un poco fuera de lugar. Me parece que hay poderes y milagros que podrían hacer posible cualquier cosa. Nosotros, desde nuestra ignorancia;ni con ciencia;ni sin ella, estamos preparados para abarcar el Conocimiento. Así que, me parece un poco pueril la discusión sobre el tema.Y...qué más da si era virgen o no ? A veces, las feministas, son más papistasvque el Papa.La teoría es admisible y puede ser discutida. Pero en mi opinión, el hecho en sí no es relevante, subque.comprendo que.sí lo puede ser para otr@s y obviamente,lo respeto. El sexo, tanto en el hombre como en la.mujer, se puede sacralizar y darle la dimensión que merece como acto voluntario de cocreación y de unión con el opuesto

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  4. Yo creo que hoy en día el tema de la virginidad de María está un poco fuera de lugar. Me parece que hay poderes y milagros que podrían hacer posible cualquier cosa. Nosotros, desde nuestra ignorancia;ni con ciencia;ni sin ella, estamos preparados para abarcar el Conocimiento. Así que, me parece un poco pueril la discusión sobre el tema.Y...qué más da si era virgen o no ? A veces, las feministas, son más papistasvque el Papa.La teoría es admisible y puede ser discutida. Pero en mi opinión, el hecho en sí no es relevante, subque.comprendo que.sí lo puede ser para otr@s y obviamente,lo respeto. El sexo, tanto en el hombre como en la.mujer, se puede sacralizar y darle la dimensión que merece como acto voluntario de cocreación y de unión con el opuesto

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