martes, 8 de abril de 2014

EL HOMBRE BICOLOR EN LA CIUDAD FANTASMA



El hombre bicolor
Javier Tomeo
Editorial Anagrama, Barcelona, 2014, 113 páginas.

   Afirma Jorge Herralde, el editor de la mayoría de sus novelas, que Tomeo fue un escritor autodidacta, con una vocación irremediable y un mundo propio. Ese mundo propio lo hizo visible Javier Tomeo (1932-2013) a través de la concisión de una prosa cartesiana que hace que sus textos sean raros, difíciles, pero poseedores, pese a ese estilo austero y nítido, a su economía lingüística, de una luz interior capaz de penetrar en el alma de nuestro tiempo. Así se configura el territorio Tomeo, alta y señera literatura, poblada de situaciones y personajes asimétricos. Y esta novela no se sale de esas fronteras. Sea como fuere, El hombre bicolor, una novela con tintes kafkianos, excéntricos, expresionistas, puede ser leída como la síntesis de la producción narrativa de uno de los más originales creadores de la literatura española del pasado siglo, comparable en alguna de sus obras (Amado monstruo, por ejemplo) con el mismo Franz Kafka: gran potencia narrativa, historias alegóricas que parecen surgir de las profundidades de el Ello freudiano, como él mismo confesaba. Y aunque Javier Tomeo ha sido acusado de escribir “croquetas literarias”, libros de gusto similar, su fijación en lo patético, en lo absurdo, en lo monstruoso o en situaciones desoladoras y a la vez cómicas, nada tienen de sabores banales e insípidos. Surgen del inconsciente, de las pulsiones, de la propia experiencia vital del escritor y son además “un difícil ejercicio de amor” como admite el propio autor cuando habla de su pasión por el monstruo.
   Y en esta nouvelle,  El hombre bicolor, Javier Tomeo no se desdice de su macrotexto literario. De entrada, el protagonista es un hombre peculiar, asimétrico. Los ojos de distinto color: el derecho, azul celeste, el izquierdo, verde esmeralda. Es Hermógenes W. Inspector de Segunda Categoría del Cuerpo Especial de Recaudadores Comarcales de Burgundia, un país en crisis que podría ser cualquiera de los europeos que pasan por esos trances. En Burgundia hay demasiados estafadores de las arcas públicas, el principal el conde de Breeworst con fama de vampiro, mas sin excluir a mucha gente del pueblo llano que no cumple igualmente con las obligaciones tributarias.
   Una mañana de finales del siglo XIX llega a una pequeña ciudad, Baronburg con  el propósito de recaudar los impuestos no pagados y así ascender de categoría. Pero lo que halla es una ciudad silenciosa, chocantemente vacía. Da la impresión de que sus habitantes la han abandonado ante la amenaza de algo. Se instala en el hotel, pero allí nadie le atiende, llama al ayuntamiento solicitando información sobre lo que está ocurriendo y lo único que escucha es el eco de una voz machacona que dice: “Aquí no hay nadie” y cuelga acto seguido. El protagonista se siente desconcertado, pero recuerda los consejos de su tía Rosamunda y decide no perder la calma, no mostrar su estupor y su rabia. La única señal de vida en esta ciudad fantasma son dos perros que, sin dejarse ver, ladran  a lo lejos, en la obscuridad de la noche. Y sin entender lo que está pasando en esta ciudad espectral, el funcionario deja pasar los días, se desdobla, conversa y discute con su otro yo y se entretiene, ante la creciente desolación y amenaza latente, con pensamientos intranscendentes, con el temor de que se altere el orden del universo y la soledad se convierta en un azote inevitable.
   No son pocos los elementos de esta narración obsesiva que nos remiten a dos escritores de la importancia de Juan Rulfo y Franz Kafka. La ciudad desierta y desolada a la que llega el recaudador parece el lugar hermanado de Comala y en Hermógenes  W. vislumbramos una perfecta amalgama de varios personajes kafkianos. La novela admite así mismo una lectura en clave de nuestro tiempo, ajena a su aparente excentricidad. El lector puede efectuar una lectura alegórica de El hombre bicolor y percibir el relato de Javier Tomeo como un retrato de nuestro tiempo y sus indescifrables crisis. Baromburg puede ser cualquier ciudad europea; el conde representado como vampiro, la figura de tantos políticos que sobreviven con la sangre de sus mentiras tragadas por sus votantes.
   La novela transita toda ella por la senda de un largo monólogo del protagonista que se mantiene incluso cundo se desdobla en su otro yo y comparte diálogos con su otra mitad. Un estilo de prosa concisa y directa, cartesiana como ya he dicho, acompaña a este personaje a la vez tierno y estrafalario y le sirve al autor para reflejar el sinfín de situaciones surrealistas en la que se verá envuelto. Narrativa, como toda la de Javier Tomeo, que seduce o irrita, pero difícilmente nos deja indiferentes, porque también en esta su primera novela póstuma aparecen todas las filias y fobias de su narrativa.

Francisco Martínez Bouzas




Javier Tomeo

Fragmentos

“El tren atraviesa lentamente el páramo de Resondoff, cruza las ásperas montañas de Jeralpieva, avanza por la comarca pantanosa de Gaggoff -donde se crían las únicas ranas carnívoras del mundo- y se detiene con un resoplido en la pequeña ciudad gótica de Boronburg, en el extremo norte del reino de Burgundia, próspera en otros tiempos pero que hoy apenas cuenta con dos mil habitantes.
Antes de continuar, permítanme ustedes que me presente. Me llamo Hermógenes W., he cumplido ya los cuarenta años y tengo los ojos de distinto color. Mi ojo derecho es azul celeste y el otro verde esmeralda. Puede que si tuviese tres, el tercero fuera amarillo. Una anomalía que heredé de mi familia materna y que me distingue de la inmensa mayoría de los hombres. Les diré también que éste es el segundo viaje que hago a Boronburg en mi calidad de Inspector de Segunda Categoría del Cuerpo Especial de Recaudadores Comarcales y que en la inspección de este año estoy decidido a no dejar títere con cabeza. No es que haya recibido instrucciones especiales, pero sé que las arcas de Burgundia están exhaustas, me considero un buen patriota y quiero contribuir con todas mis fuerzas a remediar en lo posible la delicada situación financiera del país.Tengo fama de ser algo excéntrico, pero creo que, excentricidades aparte, estoy en mi derecho de considerarme un funcionario importante dentro del complejo organigrama de la Delegación Periférica de Hacienda del Estado. Hasta hoy he gozado de la gratitud y el respeto de las autoridades tanto locales como estatales. Saben que soy un hombre importante y hasta hoy lo han demostrado con las atenciones que me dispensan. Les pondré un ejemplo: hace dos años, en mi primer viaje a esta ciudad, su Burgomaestre tuvo el detalle de enviarme a la estación un moderno landó arrastrado por dos preciosos caballos blancos y con una moderna capota de ésas que pueden subirse y bajarse a voluntad del viajero. Un detalle que sólo se tiene con los viajeros de categoría.
La gloria humana, sin embargo, no vale una avellana. Lo decía mi tía Rosamunda, que no se equivocaba nunca. Hago esa reflexión porque parece que este año el Ayuntamiento no me envía a la estación ningún representante para darme la bienvenida. Después de diez horas de traqueteo, me apeo del tren en una estación vacía. Me parece una grosería imperdonable.
¿Por qué esa falta de cortesía?, me pregunto. ¿Acaso no soy el mismo funcionario que hace dos años recibieron en esta misma estación a bombo y platillo? Ése es el primer misterio que se me plantea en este viaje. Puede que luego lleguen otros. Vamos a ver, de todas formas, qué excusas me da el nuevo Burgomaestre cuando me reciba. Lo mejor será que me lo tome a broma. ¿También ustedes -le preguntaré, sonriendo- han recortado el presupuesto municipal? ¿Sienten también la crisis en este remoto rincón de Burgundia?”

…..

“Una de la madrugada. Todo sigue igual. La brisa ha cambiado de dirección, ahora llega desde las colinas del sur pero sigue oliendo a brea y a pescado muerto. Las ramas de la morera continúan sin moverse. Una estrella fugaz cruza el firmamento de este a oeste. Ella sabrá lo que se hace. Silencio. Estoy pensando en el telefonista del ayuntamiento. Puede que si le telefoneo a estas horas lo coja desprevenido y me diga alguna cosa. No cuesta nada probarlo.
Marco el número y espero. Pasa un minuto antes de que descuelgue. Tal como suponía, he cogido al telefonista medio dormido. Se aclara la voz y responde lo mismo de siempre, no se aparta de su guión.
-Aquí no hay nadie, aquí no hay nadie-repite, tan afónico como antes.”

…..

“Hace dos años, yo salí también del norte, y al cabo de diez horas llegue a Burgundia, es decir, salí del norte y llegué al este. Eso es algo que nadie puede discutirme. Muy bien, pero ¿y si durante estos dos años hubiesen cambiado las leyes de los viajes y de los viajeros? ¿Y si alguien hubiese desordenado los puntos cardinales? ¿Y si desde hace tres o cuatro días todos los viajeros que salen del norte estuviesen predestinados a llegar al sur y no al este? ¡No es también, poco más o menos, lo mismo que le pasa al sol, que cada mañana sale por el este y que, aunque no quiera, está condenado de antemano a viajar hacia el oeste? ¿Y si hubiésemos llegado a unos tiempos de locura en los que los hombres tampoco pudiésemos elegir nuestros puntos cardinales? ¿Y si tú, Hermógenes W., que soy yo, estuvieses ahora en otro Burgundia, distinto al que conociste hace dos años?”

(Javier Tomeo, El hombre bicolor, páginas 9-11,63, 95)

sábado, 5 de abril de 2014

LOS CUENTOS COSTUMBRITAS CUBANOS DE PASTOR AGUIAR




Tierrita de la discordia y otros cuentos

Pastor Aguiar

Editorial Voces de Hoy, Colección: Entre líneas, Miami 2013, 149 páginas.



   Imponderables o fraudes editoriales, y el mismo éxito de la primera edición (2011) han hecho posible que los Cuentos de Pastor Aguiar renazcan en estas fechas en una edición renovada, adornada además con un título más sugestivo. Y esta vez en un nuevo sello editorial (Editorial Voces de Hoy) y con el agasajo además de nueve nuevos relatos de la autoría del médico y escritor cubano americano. Reproduzco en este comentario la reseña que publiqué en su día (2 de septiembre de 2013) de los Cuentos de Pastor Aguiar, agregada benévolamente  como prólogo de esta nueva edición, y en la misma centraré también mi mirada lectora en las tramas de estas nuevas pequeñas piezas narrativas.

   Aunque es su primer libro en solitario, Pastor Aguiar no debuta con él en la literatura. Escritor desde la adolescencia, con múltiples colaboraciones en varios medios y en todos los géneros (lírica, ensayo, narrativa) y con las alforjas bien cargadas de material aún inédito, incluida una novela sobre sus tres viajes en balsa para huir de la Cuba castrista, hoy nos agasaja con esta veintena de cuentos cercanos al género costumbrista, muy arraigado en Cuba y que tuvo en Jorge Onelio Cardozo su máximo exponente y por cuya senda camina la narrativa de Pastor Aguiar.

   El costumbrismo literario se nutre sobre todo de bocetos, no demasiado extensos, que pretenden reflejar los hábitos, usos y costumbres, así como los tipos característicos de la sociedad, animales, labores cotidianas, diversiones, zozobras y también los acontecimientos que se salen de la rutina diaria, con la intención de divertir, a la vez que nos ilustran sobre modelos de vida, sin excluir muchas veces una sutil crítica social. Y en estos cuadros de costumbres encajan sin disonancias los cuentos de esta antología de Pastor Aguiar. Seguramente debido a su conocimiento experiencial, porque la existencia del escritor, en si misma una verdadera novela, quedó marcada para siempre por su trabajo en la zafra desde los ocho años, donde se amamantó con un rico caudal de valiosas experiencias  vividas en el campo cubano: la dura y desabrida experiencia de los campesinos en sus labores agrícolas y en su vida cotidiana, aderezada al mismo tiempo con otras vertientes de la realidad: la imaginación y la fantasía.

   La mayoría de estos relatos, todos ellos de mediana extensión, nos sumergen, en efecto, en el día a día del campesino cubano, en sus quehaceres, fiestas y descansos, en los ventarrones, turbonadas, goteríos, tormentas cuyos truenos se abren paso “como un puñetazo”, en ese sol inclemente de “vidrios rotos”, que formaban parte de la cotidianidad de las labores agrícolas, poblada, sin embargo, de insólitos prodigios y de acontecimientos sorprendentes. Será el globo hecho de tiras de lona que se eleva en la noche estelar con la tía loca dentro, mostrando las maletas del eterno viaje. O el reventón del corazón podrido del viejo puente de madera, a la vez que el pecho del protagonista, arrastrado por las aguas, se llena de vuelos de pájaros. Los rabos de nubes cortadas con el hacha o las tijeras y los rezos que aplacan tormentas. O Pitusa, la loca preñada que deja extasiados a los muchachos con sus tetas crecidas y la preñez agarrándose a las entrañas. O el furor de la tempestad que hace que la vieja Leocadia vea llover gente en el tanque de los animales.

   Cuentos que incluyen así mismo escenas crudas como la castración de los toretes del abuelo, escachándoles los testículos con una tabla de pino, o nos remiten al día a día de las duras faenas agrícolas, como la trilla del arroz o la lucha del pastor contra el ataque de los perros jíbaros que le hace pensar en la terrible tragedia de la muerte.

   Detengo ahora mi mirada lectora en algunos de los nueve relatos con los que Pastor Aguiar completa su antología. “Pobre Mima” es el primero de todos ellos. La historia tierna y a la vez sorprendente de la pobre Mima que pare al protagonista narrador gracias a un estornudo, como si lo defecara. Mima, “ida del queso”, alimenta a su hijo, tanto en lo físico como en lo intelectual de forma sobreabundante, haciendo de él un superdotado en fuerza física y en conocimientos intelectuales. Hasta que lo insólito pone las cosas en su sitio. En “Bravo Mendoza” el lector se encuentra con otra historia inverosímil en la que lo extraordinario se mezcla con la violencia. “El Congo” es la historia de un isleño venido de Canarias. Testigo de  Jehová, decide quemar el ataúd que guardaba desde hacía una década para su propio  entierro, porque ahora cree que su religión le salvará de la muerte. Pero una vez más acontece lo imprevisible, en esta ocasión debido a una coz de su “mujer”, la yegua mansa. “Intento fallido” es un breve relato de aprendizaje: el secreto de la fallida iniciación sexual del protagonista y su prima Elita, ambos camino de la adolescencia y sobrados de curiosidad. En “La victrola” se nos hace partícipes de los gustos por la ópera del protagonista, heredados de la vieja victrola y revividos ahora con “aquellas voces de toros al ser castrados, y aquellos maullidos de mujeres en suplicio”. “La tierrita de la discordia” es el cuento que rotula la nueva edición. Un inconfundible relato costumbrista que nos sumerge en el cotidiano vivir del campo cubano, con las disputas por unos metros de tierra, porque en el campo cubano, como en el de cualquier sociedad tradicional, la propiedad sobre las tierras es sagrada. “La ceiba de Saturnino” es un relato que retrotrae la atención lectora a los primeros tiempos de la Revolución y a los procesos expropiatorios. Rememoración, en este caso de la vieja y gigantesca ceiba que los soldados de la Revolución quieren arrancar para borrar la huella de la propiedad privada porque ahora todo es de un pueblo sin nombre. Pero la naturaleza, ajena a conflictos bélicos y  a políticas humanas, ofrecerá resistencia y, aunque herida, no se dejará domeñar.

   Cuentos populares: sus pequeños o grandes héroes y protagonistas están extraídos de la gente común del labrantío cubano, con sus costumbres, sus creencias y sus fantasías. Que resaltan además el localismo no solo en sus tramas y núcleos diegéticos, sino también en el empleo de una lengua empapada del español de Cuba. Reproducción poco menos que fotográfica de la realidad a base de excelentes descripciones de ambientes, lugares, animales, objetos y utensilios en las que abundan no solo el léxico específicamente cubano, sino también los giros lingüísticos con una gran fuerza denotativa. Todos ello sin traspasar las fronteras de una lengua coloquial abierta y muy natural que convierte a este nutrido ramillete de cuentos de Pastor Aguiar en una real y a la vez fantástica recreación del campo cubano en su amplitud, sobre todo humana, que no incomoda las ansias lectoras, sino que las ilustra con este vivo retrato lleno de colorido de la realidad campesina de la Isla caribeña.



Francisco Martínez Bouzas






Pastor Aguiar




Fragmentos



“Dicen que mi tía se volvió loca con lo del parto. Había estado toda la noche gritando sin que aquello se le saliera del cuerpo. A punto de cantar el manisero, le vino una gran diarrea y con ella el muchacho. Desde entonces engordó mucho, a pesar de que cada día andaba más de quince kilómetros, teniendo en cuenta los caminos rectos hacia los brocales de los pozos y las tres vueltas que les daba en uno y otro sentido, manteniendo los brazos en cruz y enseñándole al cielo los pellejos donde, según ella misma, cargaba con las maletas del eterno viaje.”



…..



“Cuando era la tarde de turbonadas, nos íbamos a jugar a la casa vieja. Era una construcción de madera, techo de hojas y piso de cemento y lozas. Como mis abuelos habían muerto años atrás, la sala y el comedor se adaptaron para escuela. Los dos cuartos se convirtieron en la casa de abono. Allí apilaban los sacos de fertilizantes hasta las soleras, que limitaban la parte superior de las paredes de tablas de pino. Este era nuestro sitio de juegos. Recuerdo que en uno de los escaparates encontré un libro de historias de sexo, donde una muchacha virgen era conquistada. Aquello fue un acontecimiento inolvidable. Lo escondimos debajo de las losas y nos disputábamos el tiempo de leer. Entre los ángulos de las paredes y los sacos, las gallinas escondían nidos y alguna vez tomamos un huevo echado para descascarlo y ver al polluelo con esbozos de plumas que, al moverse, proyectaba el piquito blando sin lograr un pío.”



…..



“En el forcejeo sentí el roce de su pecho y había dos pequeños bultitos.

-Eh, te están saliendo las tetas…

-Ni se te ocurra, que eso es malo -me soltó para cubrirse con ambas manos; pero se reía.

-Déjame tocar una sola vez. ¿No será un relleno de trapos?

-De relleno nada; ¡ya quisieras tú!

-Yo soy hombre, carajo:; lo que tengo es otra cosa. Ya me están saliendo pelos donde tú sabes.

-¡Qué sé yo! Allá tú. Eso no me interesa. Las niñas no tienen que saber  cosas malas.

Tío Martín me había estado contando sobre las mujeres y gracias a él había aprendido a masturbarme; aunque todavía demoraba mucho para sentir la cosquilla y las sacudidas en todo el cuerpo.

-Si dejas que te toque, te doy un pedacito de raspadura de maní.

Ella me miró y después se le fueron los ojos hacia el pomo repleto de raspaduras.

-Bueno, dame la mano. Una vez y nada más.

Cuando le di la mano, el asustado era yo, porque un fogaje desconocido me subió a la cara y las rodillas seme aflojaron. Sin embargo, cuando me llenó la palma con su repunte a teta y sentí el pezoncito hincándome en el centro, me desesperé por descubrir más.”



…..



“Al cabo de una semana, entre desmayos, decenas de aperos quebrados y refuerzos, dejaban una especie de hueco circular de veinte varas alrededor del titán. Para entonces era tan hondo, que los buldózeres no podían avanzar. Aún así, la maraña de raíces era indescriptible en su majestad. Se dividieron en grupos de dos o tres y planearon cortar lo que pudieran entre todos, para después atarle una cadena al tronco y halar con todas las máquinas al hilo.

A los pocos hachazos una cerrazón como no se había visto en décadas, trajo la noche, el diluvio y los truenos, dos de los cuales quemaron sendos buldózeres definitivamente y dejaron sin sentido a cinco hombres, uno de los cuales murió en el hospital Colón.

Al cabo de un mes la laguna se había secado; pero el lodo y las piedras rellenaban todo y apelmazaban los contornos de manera que semejaban un cementado. La Ceiba, rejuvenecida, vibraba como una gigantesca bailarina sobre el horizonte. Hasta entonces y por muchos meses, fue nuestro héroe, nuestra carne y la historia de todas las historias salvándose aún más allá de la muerte.”





(Pastor Aguiar, Tierrita de la discordia y otros cuentos, páginas 11, 26-27, 126-127, 149)

miércoles, 2 de abril de 2014

"LA VIDA ERA ESO": LA PÉRDIDA Y LA SUPERACIÓN



La vida era eso

Carmen Amoraga

Ediciones Destino, Barcelona, 2014, 319 páginas.



   Una novela intimista pero que al mismo tiempo sale fuera de las grutas interiores del yo, fue la ganadora de la setenta edición del Premio Nadal de este año, el de mayor o uno de los de mayor reconocimiento de la literatura española, no obstante su relativamente modesta dotación económica (18.000 euros). Me estoy refiriendo a La vida era eso de la escritora valenciana Carmen Amoraga, periodista de profesión, autora de siete novelas y con una trayectoria ya consolidada, aunque no demasiado conocida por el público.

   En otro sitio de esta bitácora ya dejé constancia del origen  de la gestación de esta pieza narrativa, esbocé una breve sinopsis, así como algunas de las claves de la misma ficción, con base, no obstante en hechos reales. Resumo ahora lo ya resumido y abordo sobre todo una valoración crítica de la misma.

   La novela parte de una base real: la autora conoció a una pareja con la que trabó amistad. Él, grande y fuerte, usuario muy activo de Facebook. Pero poco después Carmen Amoraga supo que un cáncer se lo había llevado casi de inmediato. Su mujer, sin embargo, en el período de duelo había comprendido que los seres humanos estamos diseñados para sobrevivir. Y eso es lo que se propuso: salir adelante junto a sus hijas. Era la historia que la autora ansiaba contar y así nació La vida era eso. Carmen Amoraga convierte a su amiga en Giuliana, al marido en William y les adjudica nacionalidad argentina, hecho que aprovecha la autora para hacerles hablar, desde la primera página (“las tirás mañana”), con los localismos y fraseología del español de Argentina.

   El tema de la novela lo ha expresado la autora en diversas entrevistas: aprender a perder para aprender a vivir. Dicho con otras palabras: para sobrevivir y transitar por el duelo de la muerte del ser que es tu media vida, es preciso incorporar a la propia existencia cualquier cosa que pase, sin desechar la pérdida y todas las herramientas que nos ofrecen las actuales tecnologías. Aunque nos introduzcan de lleno en el mundo virtual. Y, en efecto, la narración de Carmen Amoraga tematiza las diferentes fases del dolor y del duelo y muestra el tránsito por las mismas de la principal protagonista y cómo la vida se abre paso a través del infernal túnel de la tragedia para asomar de nuevo y retoñar, al menos con brotes de incierta esperanza, con la ayuda de las redes sociales. Porque, después del fallecimiento de su marido, Giuliana abre una cuenta en Facebook, aunque sin cerrar la de aquel, y se contagia del virus de la interactuación  a través de Facebook, puesto que esas interactuaciones con los amigos virtuales le hacen sentir que no está sola, dándole así la razón a Gabo (“Si contás, si explicás lo que te pasa, la vida es mejor”, página 70). Cuando está metida en Facebook se siente alegre, le dicen sus hijas. Allí hace bromas, se ríe, pone emoticonos con caras graciosas. Contenta pues en la vida virtual -supera de algún modo la tragedia-, deprimida en la real. Y  a través de las redes sociales y de la interacción con familiares y amigos, la protagonista, en cierta medida dura y huraña en vida de su marido, aprende que para sobrevivir es preciso asumir la pérdida.

   La novela estructura su substancia diegética en cinco secciones, rotuladas con los epígrafes de las fases del duelo (Negación, Ira, Negociación, Depresión, Aceptación) por las que transita la protagonista. Narrada en tercera persona, pero focalizada  desde la mirada y los sentimientos de la protagonista. Los héroes de La vida era eso, como en general los de la narrativa de Carmen Amoraga, son gente corriente que viven sus vidas a base de escenas cotidianas, su día a día y que, sin embargo, protagonizan la proeza de sobrevivir a la pérdida del ser querido. La autora hace un hábil uso de las analépsis o saltos hacia el pasado en el tiempo de la historia. Giuliana, la protagonista femenina, en las etapas de su duelo, recupera lo bueno y lo malo; los días felices y las decepciones, las alegrías y las traiciones.

   Novela creíble porque parte de una base real: la historia de la pareja que la autora conoció. Los post que salpican el relato están transcritos casi todos, confiesa Carmen Amoraga, tal como los escribió la protagonista de la historia real,  ahora amiga de la escritora.

   Es oportuna en mi opinión la introducción de las redes sociales en la trama narrativa, porque la literatura lo aprovecha todo, no puede ser ajena a los distintos medios de comunicación y las redes sociales son un cauce más, en un momento en el que incluso existe la “tuiteratura” (libros escritos en base a los tuits  escritos por los seguidores de determinada gente).

   La línea argumental de La vida era eso se presta al sentimentalismo melodramático. No obstante, el carácter duro y arisco del propio personaje, cierto humor irónico y sobre todo la plenitud de vida y positivismo de los que la novela está preñada, lo evitan. La sintaxis narrativa además no pretende corregir injusticias ni hacer llorar al lector. La novela es sin embargo un buen ejemplo de literatura intimista, esa escritura introspectiva que le presta atención a las crisis del individuo, en sus estados de conciencia o inscosciencia, y escudriña en las ondulaciones psicológicas de unos personajes que la autora perfila profundamente, haciéndoles verosímiles.

   Un final abierto que abre las ventanas de la ilusión y de la esperanza y el estilo de una prosa construida con frases cortas pero cálidas y envolventes arropan esta pieza narrativa que tematiza la pérdida, la muerte y el duelo, pero paradójicamente esta rebosante de vida y de esas estrategias que nos dan fuerzas para no tirar la toalla.


Francisco Martínez Bouzas







Carmen Amoraga después de recibir el Premio Nadal 2014 de manos  de Ana María Matute


Fragmentos



“A veces, esas noches que no duerme, repasa con la mano las tarjetas, sin sacarlas ni leerlas, y tiene la fantasía de que los bordes de las cartulinas aún conservan un resto de la piel de William. Ama esas células epiteliales impregnadas en el papel. También le da rabia no haber tomado en consideración la importancia de la piel de su marido. La piel es el mayor órgano del ser humano. El mayor, y ella la ignoró, igual que ignoró tantas cosas en el tiempo que pasaron juntos. Sí. Lo sabe. Se martiriza. Pero prefiere obsesionarse con la piel que con qué hacer con los zapatos de su marido, si donarlos o no, si quedárselos y entretenerse observando la manera en que su pisada deformaba la suela hacia abajo, hacia dentro, o si llevarlos a la Casa de la Caridad para que alguien que los necesite siga caminando los pasos que él ya no podrá dar y así, quién sabe, lo mismo sus huellas se cruzarán por la ciudad, un día cualquiera, y se reconocerán doloridas y abadanadas por los adoquines, ignorantes del prodigio que acaban de presenciar.”



…..



“Sabe que el duelo no es una enfermedad, pero sabe también que significa lo mismo que herirse o quemarse gravemente. Sabe que en cualquier momento, en cualquier parte del mundo, en cualquier cultura, personas que nunca se han conocido ni se conocerán reaccionarán de la misma manera ante una pérdida: negándola, sucumbiendo al mismo denodado esfuerzo para recuperar el objeto perdido, tratando de convencerse de que la muerte no es un final.

Sabe que las ocas grises vuelan juntas y en pareja toda la vida y que, cuando una de ellas desaparece, la respuesta de la que queda es buscar a la otra en los mismo lugares. Sabe que la oca, inquieta, vuela día y noche y recorre grandes distancias, yendo a los lugares que conocieron juntas y en los que cree que podría hallarse su compañera, y sabe que, en el camino, la oca viva lanza su penetrante llamada. «Vuelve aquí. Vuelve conmigo.». Sabe  que el animal vuela cada vez más lejos, cada vez más cansado. Sabe que, en ocasiones, la oca que busca se pierde y no encuentra el camino de vuelta, y desaparece también.

Lo sabe y se le encoge el corazón. Por eso decide volver a Einstein y en sus dos formas de entender la vida.”



…..



“Piensa en William y lo imagina una noche cualquiera haciendo lo que ella hace, investigando en las páginas que hablan sobre el cáncer, sobre sintomatología, sobre la supervivencia; lo imagina tecleando palabras claves en el buscador, abriendo enlaces que le lleven de un lado a otro, leyendo testimonios de hombres que se curan y siendo testigo del dolor que dejan los que no lo consiguen. Puede ver cómo tragó saliva cuando llegó al lugar en el que hablaba de los tratamientos paliativos. «Si los tratamientos no dan resultados -dice esa web-, lo importante es que usted esté cómodo», y también dice: «Es importante que usted deje de hacer cosas que no desea y se concentre en hacer las que siempre quiso hacer».

En la misma postura en la que ahora está ella, se lo figura sobrecogido al saber la cercanía del final. «En cierta manera este momento es una oportunidad para reenfocarse en las cosas más importantes de su vida», dicen. O sea, deje sus asuntos en orden porque pronto se va a morir.”



(Carmen Amoraga, La vida era eso, páginas 66, 110-111, 288)

martes, 25 de marzo de 2014

"SANTA" : PROSTITUTAS, CHULOS,CANALLAS Y LOS VANOS SUEÑOS DE REGENERACIÓN



Santa

Federico Gamboa

Editorial Drácena, Madrid, 2013, 300 páginas.



   Federico Gamboa fue un diplomático, periodista, narrador y autor dramático mexicano, nacido en 1864 en Ciudad de México y fallecido en la misma capital en 1939. La obra que lo proyectó a la fama, Santa, fue curiosamente editada en Barcelona en 1930. A lo largo del pasado siglo y del actual se han sucedido las reimpresiones, fue llevada al teatro y su adaptación cinematográfica se convirtió en la primera película hablada rodada en México. Santa fue pues el primer best seller  mexicano y al mismo tiempo su contrario: “el long seller, el libro que continúa leyéndose a lo largo de muchos años (José Emilio Pacheco). Factores que promovieron su éxito editorial fueron, sin duda, el sensacionalismo que su argumento suscitó entre la conservadora moral porfirista de comienzos del pasado siglo y el morbo de leer el relato de situaciones y experiencias de una vida crapulosa.

   Si desde el punto de vista político e ideológico, la existencia de Federico Gamboa solo cobra sentido en el Porfiriato en el que encuentra su sitio, en literatura, especialmente en la novela Santa, es preciso ubicarlo dentro de la corriente naturalista hispanoamericana. El mismo autor era consciente de ello y  manifestó en alguna ocasión  que su propuesta fue aclimatar, en su narrativa, los postulados enumerados y practicados por Zola y Goncourt. Y todo ello  a pesar de que Santa está huérfana de los substratos en los que se alimenta el naturalismo: la alta burguesía, la gran industria, la vida en las grandes urbes que hacen posible una imagen del hombre deshumanizado, brutal y decadente. Mantiene intactos además los juicios religiosos y morales mamados en el catolicismo. Por  todo ello, por  el choque con el naturalismo francés, Santa conforma una estética que reorganiza los elementos europeos dando lugar a un naturalismo original y privativo: el naturalismo mexicano. Santa sería la novela en la que se estrena y reivindica esa estética enraizada en México, y para ello Gamboa hace visible la figura de la mujer transgresora por  excelencia, la personificación literaria de la degradación del México del siglo XIX.

   Ése es precisamente el tema  de la novela, una trágica historia argumental, encarnada en las amargas vicisitudes de una joven mujer originaria del campo que, envuelta en las galanterías de un militar, queda embarazada, es abandona por su familia y recurre a un burdel de la capital para solicitar trabajo como prostituta. En ese ambiente de degradación, Santa (así se llama la protagonista) se convierte muy pronto en la mujer más codiciada, la preferida del prostíbulo. El hastío de la vida libertina hace mella en ella y provoca que intente, en más de una ocasión, regenerar su vida, reivindicándose socialmente viviendo en  pareja. Intentos vanos que terminan en el fracaso, con el consiguiente retorno a la práctica de la prostitución en burdeles cada vez más astrosos. El alcoholismo y una enfermedad la van minando y termina conviviendo con el pianista ciego del primer burdel que la había amado desde siempre. Con él se reivindica momentos antes de su muerte.

   La novela se inicia “in media res”, en un punto medio de la historia (cuando un coche de alquiler conduce a Santa al prostíbulo en Ciudad de México), lo que provocará  a lo largo de la narración frecuentes retrospecciones o analépsis. En efecto, echando mano de no pocos flashbacks, Federico Gamboa brinda al lector el pasado de la protagonista, numerosas escenas de Santa, “su largo peregrinar a través de su vida” (página 65), presentadas como si acontecieran en el tiempo presente.

   El discurso narrativo, a  pesar de esas frecuentes retrospecciones, se ajusta a una arquitectura perfectamente diseñada, con una trama de la que necesariamente se desprende un trágico desenlace. Las descripciones de los tugurios prostibulares, la “cultura marginal” del burdel, las prostitutas, los chulos y canallas cobran una poderosa vitalidad realista. Así mismo el narrador diseña personajes, y los hace creíbles, a partir de unos pocos rasgos esenciales. La misma Ciudad de México, en la pluma de Federico Gamboa, no es un simple marco espacial de la acción, sino que actúa como un personaje que condiciona, de forma prácticamente determinística, los comportamientos de los personajes. Esa interacción ciudad-personajes es justamente una de las tesis del naturalismo. La ciudad, así pues, convertida en una plasmación colectiva que de forma simbólica, con su ambiente degenerado, determinará la decadencia y el crepúsculo moral y físico de la protagonista. Determinismo social que se aúna con un cierto determinismo genético (la degradación de la protagonista, resultado de la herencia biológica). Ambos códigos son propios de las tesis naturalistas.

   Es imposible obviar el tono moralista de la novela, herencia no tanto de una pacata moral católica, sino de la exaltación de los ideales románticos. Por ello mismo y por el uso de un peculiar español decimonónico -la colocación enclítica de los pronombres átonos, por ejemplo- y el excesivo alargamiento de algunas escenas, Santa no puede ser considerada como una novela actual, aunque siga atrayendo el interés de los lectores.



Francisco Martínez Bouzas



 
Federico Gamboa

Fragmentos



“Fue el Pedregal un cómplice discreto y lenón, con sus escondrijos y recodos inmejorables para un trance cualquiera, por apurado que fuese, a diferencia de la tapia de Posadas o por los sotos de la hacienda de Guadalupe (…) Y en el Pedregal acaeció el lento abandono de Santa que dejó que le apretaran una mano; luego, que le ciñeran la cintura; luego, que Marcelino se le acostara en el regazo, con objeto -afirmaba el tuno- de contemplarla a sus anchas; y por último, dejando que le besara las manos -¡las manos nada más!-; después el cuello, con un besar suave y diabólico rozando la piel; después la boca, en los mismísimos labios entreabiertos y húmedos de la doncella, que se estremeció de voluptuosidad y trató de escapar, temblorosa, implorante.

-Suéltame, Marcelino, suéltame, Por Dios Santo…¡que me muero…!

Sin responderle y sin cesar de besarla, Marcelino desfloró a Santa en una encantadora hondonada que los escondía.”



…..



“A contar de la edificante cena, trocose Santa de encogida y cerril, en cortesana a la moda, a la que todos los masculinos que disponían del importe de la tarifa, anhelaban probar. Más que sensual apetito, parecía una ansia de estrujar, destruir y enfermar esa carne sabrosa y picante que no se rehusaba ni defendía; carne de extravío y de infamia, cuya dueña, y juzgando piadosamente, pararía en el infierno; Carne mansa y obediente a la que con impunidad podía hacerle cada cual lo que mejor le cuadrase.”



…..



“A pesar de la decadencia de Santa, esta gehena la anonadó. ¡Qué noches y qué tardes y qué mañanas y qué agonía! Salía de los brazos de un forajido y caía en los del mal que por dentro la trituraba o en los del alcohol falsificado que bebía a torrentes para ver de aniquilarse, de no sentir, de que la tirara encima de su camastro o en el vivo suelo, y roncar embrutecida e insensible. Y asistía, presenciaba lo que se sucedía, inconsciente y atónita, sin protestas ni remedios, cual todos sufrimos las pesadillas peores que no se acaban, las que enloquecen, las que, despiertos, nos hacen temblar, pedir fervorosamente a Dios que lo visto y sentido no lo veamos ni sintamos nunca, más que en pesadilla.”



(Federico Gamboa, Santa, páginas 56, 68-69, 266)

sábado, 22 de marzo de 2014

EL CURIOSO MUNDO DE LAS PERSONAS NORMALES



El curioso mundo de las personas normales

Xosé Monteagudo

Traducción de Estela Vilar

Pulp Books (sello de Rinoceronte Editora), Cangas do Morrazo, 2014, 112 páginas.



    
   No es ésta la primera vez que Xosé Montagudo ficcionaliza hechos y acontecimientos reales. Me viene a la memoria, por ejemplo, su novela Un tipo listo (2009), en la que, desde el territorio de la ficción, narra el enorme pufo financiero producido en una sucursal de un banco de Vigo, atribuido al director de la misma, conocido como Pepe do Banco Pastor. Repite de nuevo con esta novela breve, El curioso mundo de las personas normales, editada originariamente en gallego en el año 2012, e inspirada así mismo en un caso real: la vida del paciente de la habitación 415 del Hospital Provincial de Pontevedra: Agapito Pazos, fallecido el año 2010, tras haber pasado setenta y siete años en esas dependencias hospitalarias, como consecuencia de haberle sido detectado un cierto atraso mental, la espina bífida, cuando con apenas dos años fue abandonado allá por 1930. La novela acaba de ser traducida y editada en castellano por Pulp Books.

   De las noticias periodísticas publicadas entonces, surge el corazón temático de esta historia, que, no obstante, no es la biografía de este paciente perpetuo, sino un verdadera ficción contada desde un peculiar punto de vista del autor, fruto de un verdadero acto creativo, si bien el paciente real (Agapito Pazos) y el personaje de la novela comparten ciertas características (el miedo  a las gaviotas y la salida fuera de las paredes del Hospital durante un fin de semana). Todo lo demás, especialmente la visión del mundo real que tiene el personaje de Xosé Monteagudo, es fruto de su imaginación.

   El mayor reto para el escritor fue sin duda encontrar la perspectiva apropiada para transmitir una historia de un personaje que no se mueve del escenario de las cuatro paredes de una habitación hospitalaria, sin resultar su relato una historia insufrible, sin llegar a aburrir al lector. En la novela encontraremos al narrador haciendo desfilar, a través de los ojos de su personaje, una buena parte de la historia del siglo XX, sin excluir la Guerra Civil. De ahí, que por exigencias del guión, el personaje novelesco ingresa en el centro hospitalario, no en el año 1933 con dos años como Agapito Pazos, sino un poco antes para dotarlo de la capacidad de percibir a través de voces vicarias lo acontecido en el año 36.

   Resulta legítimo cuestionarse si el personaje novelesco puede tener una perspectiva histórica sobre los que acontece extra muros de su cuarto hospitalario y de lo que solamente tiene noticias a través de personas interpuestas: lo que le cuentan los médicos, cuidadores, los otros pacientes, sus familiares. O lo que capta alguna que otra vez a través de murmullos o medias palabras, percibidas desde su retraso mental y sin ningún referente objetivo real, y sobre todo, sin conocer el significado de las palabras, de palabras como felicidad, amor, honor… No obstante, el autor sale airoso de esta situación y, a través de la información que deberá completar el lector, nos permite presenciar o adivinar la situación de Galicia (la Guerra Civil, los miedos de la represión franquista que se ceba en el doctor al que le dieron matarile (palabra que él obviamente no entiende); las peripecias de los huidos al monte, la “sabiduría” de no preguntar que observa en alguna persona de fuera, ciertas señales de cambio en la transición democrática…así como la captación parcial que el enfermo va adquiriendo del mundo exterior.

   Es aquí donde Xosé Monteagudo convierte a los receptores de su protagonista en una mirada cruda, a la vez inocente e irónica, que no es capaz de entender el funcionamiento y el falso proceder de las personas normales.

   Al margen pues de la vida exterior, ajeno incluso a la vida administrativa hasta los últimos años, el protagonista construye en el cubículo hospitalario su propio espacio vital, en el que se siente cómodo y satisfecho, aunque en algún momento sueñe con el amor de una enfermera. Y sobre todo llega a la conclusión de que el mundo de afuera es bien curioso y funciona bajo unas reglas que su cerebro es incapaz de entender.

   Xosé Monteagudo nos aporta el punto de vista de este paciente perpetuo, y lo hace por medio de un narrador en tercera persona debido a la discapacidad mental de su protagonista. Narra además de una forma verosímil, sencilla, a la vez tierna y desoladora, con gotas de humor, haciendo que en la mente lectora brote paradójicamente una visión crítica de lo que conocemos como la sociedad normal, captada desde la perspectiva de una persona discapacitada, privada del mundo e incluso de deseos y que, a  pesar de ello, da la impresión de haber vivido feliz,  no obstante su absoluta vulnerabilidad.



Francisco Martínez Bouzas





Xosé Monteagudo

Fragmentos



“Lo que sí intentó siempre fue aprender de todo lo que veía y oía a su alrededor,  a pesar de que los actos y las palabras de los demás tuviesen casi siempre una segunda cara que no percibía a simple vista y que, a menudo, contradecía lo que él había entendido de primeras. Los dos pacientes que tenía por compañeros en su habitación, por ejemplo, podían estar muy tranquilos y sumisos en presencia del doctor que los venía a examinar, e incluso aceptar sus palabras con una sonrisa de agradecimiento, pero cuando el médico abandonaba la habitación, se dedicaban a comentar entre ellos que aquel era un burro que sabía poco más que las cuatro letras.”



…..



“Un día se presentó ante él una enfermera nueva cubierta con una bata blanca, y cuando le dijo su nombre y él le llamó sor Berta, la enfermera le contestó que quitase el sor. Así descubrió Tomás que se podía ser enfermera sin ser monja al mismo tiempo. Observó que la enfermera Berta era diferente al resto de las enfermeras que eran monjas, porque ella además era una mujer y sonreía e iba peinada y trazaba unos gestos y movimientos que se parecían mucho más a los de las jóvenes visitas femeninas que tenían los pacientes que  alas enfermeras que eran monjas.”



…..



“Hasta entonces Tomás sólo conocía dos clases de vida: la del hospital, que había encarnado él, y la del mundo de afuera que percibía por lo que oía y por la visita de aquel fin de semana. Lo que nunca había llegado a sospechar era que existiese una tercera, y que esa le correspondiese vivirla por igual a los de dentro y a los de afuera. A tan avanzada edad ni siquiera podía concebir que le fuese posible nacer a una vida nueva, y al parecer secreta, de la que gozaban todas cuantas personas lo rodeaban. Pero eso fue lo que le ocurrió un día de pronto, cuando, junto  a la enfermera Berta, entró en la habitación una chica de bata blanca llamada Nuria. Descubrió que la nueva no era enfermera nada más oírle la primera frase.

-Usted no tiene vida administrativa- le dijo Nuria.

La frase no dejó de sorprenderlo por el calificativo que la chica acababa de aplicarle a la palabra vida, que alguna cualidad misteriosa tendría, imaginó, para que el hecho de no tener vida administrativa no fuese tan trágico como era costumbre en aquel lugar. Asumido, pues, que aquella clase de vida no debía ser tan importante, ni de lejos, como la otra, lo primero que pensó Tomás fue que no podía representar para él ningún interés tener o dejar de tener vida administrativa.”



(Xosé Monteagudo, El curioso mundo de las personas normales, páginas 28-29, 80, 97)

martes, 18 de marzo de 2014

"NEGRA",UNA NOVELA CUBANA: RACISMO, BISEXUALIDAD Y CULTOS AFROCUBANOS



Negra

Wendy Guerra

Editorial Anagrama, Barcelona, 2013, 321 páginas.



   El pasado mes de noviembre, Editorial Anagrama publicaba Negra, la cuarta novela de Wendy Guerra, actriz y escritora cubana, alumna de Gabriel García Márquez en su taller de guiones, “Cómo contar un cuento”. La obra narrativa de Wendy Guerra está considerada como una de las mejores de la actual literatura latinoamericana y, como tal, ha sido traducida a más de una docena de idiomas. Sin embargo, es invisible en su propio país, no se halla editada ni comercializada en su cuna natal, Cuba, donde no obstante sigue viviendo la escritora. Confiesa Wendy Guerra que, en su obra literaria, la mueve el propósito de hablar y enfrentarse a los tópicos, a los prejuicios y censuras: al racismo, la negritud, la bisexualidad -tema tabú hasta los 60, aunque no solo en Cuba- la ausencia de las mujeres de las esferas del poder. Todo ello forma parte de un duro silencio al que en alguna ocasión se ha referido la actriz y escritora.

   La trama narrativa de Negra se desarrolla entre Cuba y Francia, pasando así mismo por otros lugares como Cataluña. Y es una exploración tan crítica como real sobre el racismo latente en la Isla caribeña. Una tentativa para explicar en claves afrocubanas lo que sucede con la población negra en Cuba, una parte importante de los habitantes de la Isla, a la que, tanto antes como después de la Revolución castrista, le costó mucho integrarse, sobre todo por motivos socioeconómicos, puesto que provenían de estratos sociales muy pobres. Lo mismo que ha ocurrido en muchos otros países, como Estados Unidos, Francia o la misma España.

   Sin embargo, para la heroína de la novela, Nirvana del Risco, -quizás el alter ego de la autora al menos en algunas facetas porque Wendy Guerra es blanca, la primera blanca que escribe como una negra en la literatura cubana-  la palabra “negra”, que nunca substituye por eufemismos paliativos ni  por lo políticamente correcto, encierra en sus cinco letras, “toda la música, el sabor y el sentimiento de su cuerpo, su alma y su nación.”

   Nirvana del Risco es, como la autora, hija de la generación de los 60, los años de la Revolución. Es negra, bisexual, trabaja como modelo comercial y sobre todo es cubana. La historia que de ella cuenta Wendy Guerra aborda el tema de la discriminación social y racial, así como la necesidad de hallar un lugar en el mundo. Para ello la autora, en una narración en primera persona, nos sumerge en la historia de su heroína, una cubana negra, rompedora de estereotipos, que destroza tópicos y viaja de Cuba a Francia. La narración da comienzo en tierras cubanas donde Nirvana del Risco da cuenta de sus vivencias, sus diferencias con relación a los demás (negra, bisexual, conjurada frente  a lo prohibido) y lo hace con un lenguaje recurrente, “percusivo”  que efectivamente se amalgama con “el seis por ocho de los tambores afrocubanos”. Capítulos cortos, frases sumamente poéticas, preñadas de musicalidad, rebosantes de colores, olores y sabores tropicales y oportunas incursiones en la cultura y religión afrocubana, en la santería que la heroína lleva dentro de su cuerpo y de su alma (rituales, conjuros, recetas…) y especialmente el audaz arrojo del personaje (“dulce pero ácida”, página 13), atrapan al lector y, cuando esto ocurre, tiene lugar el viaje de la protagonista a Francia, donde teme encontrar muchas lagunas bajo la lluvia. Es el descanso de Cuba, del socialismo tropical que “no es malo ni bueno, es incómodo” (página 79). Un viaje de afectos, la parte más densa y dura de la narración, el encuentro con la “izquierda sucrée, la gauche caviar, la gauche champagne. Una ruta pasional entre Cuba y Francia y viceversa en la que Nirvana del Risco se va tropezando con diversos personajes y amantes, en una sexualidad abierta, descarnada, alejada hasta el infinito de lo convencional. Y sobre todo desmantela los tópicos, marcas y baldones que se ciernen sobre una bella mujer cubana negra como el carbón en el seno de una sociedad no racista de puertas afuera, pero que, tras los muros de la intimidad, repudia a esta raza.

   Negra es una novela distinta, sorprendente, anclada en un sincretismo composicional, semejante al de la religión y mitología yoruba. En el texto, en efecto, confluyen política, sexo, magia, raza, religión, sabores, olores… Novela apropiada para paladares capaces de degustar la diferencia, la exquisitez y la frescura de una pieza narrativa rebosante de sensorialidad y colorido tropical, pero sin escatimar las crudezas que la protagonista femenina afronta en su lucha contra el machismo, el racismo o la lesbofobia.



Francisco Martínez Bouzas





Wendy Guerra


Fragmentos



“Como leche derramada sobre la alfombra, mapa blanco olvidado en el vientre negro de mi madre. Beso de fuego y goce mestizo, canción de cuna en criollo. Lágrimas negras en la luna de mis ojos. Café arábica en grano, bien tostado, de aroma profundo  y delator. Flotando sola en el anís de los recuerdos. A la deriva, así me siento.

Yo soy el borrón en tu muro. Caña sembrada, cultivada, cortada, quemada por negros; cobrada por blancos. Azúcar prieta, melaza, raspadura, miel de purga, melao caliente.

No hay maquillaje que cambie mi máscara africana.

Ésta es mi piel, éste mi perfume. Mi sombra y yo, mi sexo y yo, mi culpa y yo nos parecemos.”



…..



“¿Qué podemos modelar en Cuba?

Muy poco. Fotos en centros turísticos, anuncios de condones y tabacos, artesanías, carteles instructivos o políticos y cierta ropa deportiva que traen para comercializar; todo conspira contra el mercado. Luego «él», ese sujeto que te ve espléndida en la foto y se enamora de la imagen y no de ti; intenta casarse contigo y te invita a conocer la nieve. ¿Exponerse o exportarse? Ese estigma sigue siempre a una modelo cubana. Pero sí podemos modelar en Cuba.”



…..



“Miré a Lu, que se estiraba satisfecha, lloriqueaba entre sueños. Le espanté los mosquitos con la mano. La destapé poco apoco, dejándola casi desnuda, placida con sus pechos destilando ganas, los toqué levemente prendiendo su deseo. Le besé los rosados pezones, la bordé con caricias y le arranqué el rubor, mordida a mordida. Le deslicé mis pezones negros por su boca. La ahogué con mis pechos, la desperté de su erotizado sueño.

Ella  abrió sus ojos rasgados un poco tarde, cuando ya yo la montaba. Quiso pedirme algo, pero sólo alcanzó a chupar la leche que afloraba a cuentagotas. Este deseo había ido germinando por años en la también añeja tubería de nuestras almas. Ahora nos abrimos como un compás dando la bienvenida al placer. Me miró y, luego de morder mi boca, frotó su sexo en mis muslos. Desesperada, manando en agua deliciosa, me pidió que la tragara toda. Quería poseerla con más de lo que mi cuerpo de hembra permitía. A Lú le gusta ser bien penetrada, con fuerza; me lo ha comentado una y otra vez. Lo hice con lo que la naturaleza me dio: mi vulva sobresale, asoma y ruega, eso la desarma. Ansiaba su saliva, su olor  a guayaba verde, su escondida lujuria la guardó para mí.”



…..



“Osain es la deidad que transmite la esencia de la naturaleza en la religión yoruba.

Hice sonar el cuero de chivo sobre el eco que traslada la madera de cedro en sus toques secretos. Yo no lo toco por los secretos, eso sería sacrilegio, lo hago porque nací a su lado. Lo toco porque suena en mi estómago, y cuando lo hago vibro, me da felicidad.

Me gusta porque viene de África, porque el ritmo es mi don, o tal vez porque ha sido instrumento prohibido a las mujeres por siglos, y lo prohibido  es obligatorio para mí. Cuando mi batá y yo estamos cerca, me aterra pero me encanta, es miel la música que sacan mis dedos si golpeo mis manos sobre él.”



(Wendy Guerra, Negra, páginas 11, 36, 51-52, 291)