jueves, 23 de enero de 2014

LA LITERATURA Y LOS DIOSES


La literatura y los dioses

Roberto Calasso

Traducción de Edgardo Dobry

Editorial Anagrama, Barcelona, 211 páginas

(LIBROS DE FONDO)

  

   ¿Conocemos con exactitud lo que significa la literatura? He aquí la pregunta esencial y radical que formula Roberto Calasso, el novelista y ensayista italiano, director así mismo de Adelphi Edizioni, uno de los más prestigiosos sellos editoriales de Italia, en un ensayo polémico, repleto de estímulos e incitaciones. La capacidad de Roberto Calasso para perforar los géneros es indudable y poderosa, a la vez que de fácil lectura las narraciones que nos ofreció de las mitologías europeas e hindú en Las bodas de Cadmo y Harmonía y en Ka.

   En el ensayo que ahora comento, el escritor realiza metacrítica literaria con reflexiones de gran alcance, apelando a la fórmula de explicar lo humano en base al referente divino.

   Calasso parte de la premisa de que los dioses son huéspedes huidizos de la literatura. La atraviesan con la estela de sus nombres, pero con mucha frecuencia también la abandonan. No fue hasta comienzos del siglo XIX cuando la literatura adquirió algunas de las connotaciones  que hoy nos resultan familiares y  reconocibles: un saber que halla su fundamento en sí misma y que, por lo mismo, puede definirse como “literatura absoluta”. Un conocimiento que  se identifica con la búsqueda del absoluto y es en sí mismo algo “ab-soluto”, es decir, liberado de cualquier atadura de funcionalidad o pertenencia al cuerpo social.

   En la opinión de Calasso, el olimpo de la literatura absoluta dio comienzo en 1798 con la revista Athenaeum, en la que de forma anónima escribían Novalis y Schlegel, y se cierra cien años más tarde, en 1898 con la muerte de Mallarmé. En este ser que se basta a sí mismo, ser solamente autorreferencial, es el mismo lenguaje el que habla, mostrándose como algo indomable y ofreciéndonos la plenitud de su carácter temerario. Mas, en sus interpretaciones, Calasso sale de las fronteras de este siglo mágico con  exploraciones hacia atrás, hacia un pasado poblado de ninfas, gobernado por los maestros italianos o por la poesía védica y en la que también impera la potencia hostil del cristianismo.

   Y hacia delante, hacia el siglo XX, el siglo de la prosa, con dos autores que se distinguen por encima de los demás: Marcel Proust y Kafka. Con relación al momento presente, Calasso opina que no hallamos en una época ambigua en la que el empuje literario es débil y la percepción de lo que acontece bajo el nombre de lo sagrado o de lo divino es caótica y ciega. Falta pues en  la literatura actual la sustancia de la que se alimentaron las grandes obras literarias desde la antigüedad: la presencia de dioses que configura una escritura en la que se hace presente la parodia y resuena la deserción, la nostalgia o lo divino.


Francisco Martínez Bouzas



  
Roberto Calasso

Fragmento


“La manifestación de los dioses es intermitente, sigue la expansión y los reflujos de aquello que Aby Warburg denomina «ola mnémica». La expresión, que se encuentra al comienzo de un ensayo póstumo sobre Burckhardt y Nietzsche, se refiere a esas eventuales sacudidas de la memoria que golpean a una civilización en la relación con su pasado, en este caso con aquella parte del pasado occidental que está habitada por los dioses de Grecia. Toda la historia europea está acompañada de esta ola, que por momentos se desborda y luego se retrae; los dos casos elegidos por Warburg corresponden a una polaridad de reacción, es decir a un momento en el que la ola es poderosa y arrasadora. Burckhardt y Nietzsche compartían, según Warburg, el hecho de ser nigromantes en su forma de abordar el pasado. Pero su actitud frente a la «ola mnémica» era muy distinta, incluso opuesta.”


(Roberto Calasso, La literatura y los dioses, página 33)

sábado, 18 de enero de 2014

"PEREJIL", OPERACION CABEZAS HAITIANAS


Perejil

René Philoectète

Traducción de Mireia Porta

Ediciones Barataria, Barcelona, 211 páginas
(LIBROS DE FONDO)


   Solamente una lamentable coincidencia hizo que convergieran temporalmente los trágico acontecimientos que tuvieron lugar en Haití en el año 2004 (derrocamiento violento del presidente Aristide) con la traducción al español de uno de los libros que, en clave literaria, reconstruyen uno de los hechos más espantosos entre los muchos de los que está sembrada la historia del pueblo más pobre de Latinoamérica. Lo histórico, como en todas partes, también se resemantiza  en la literatura antillana. En el año 2000, Mario Vargas Llosa incluía el macabro episodio en La Fiesta del Chivo. Pero es en novelas como Mi compadre el general Sol de Jacques Stephen Alexis, El Masacre se pasa a pie de Freddy Prestol Castillo, Cosecha de huesos de Edwige  Danticat y, sobre todo, en Le peuple des terres mêlées de René Philoctète donde la trama argumental se centra directamente en el genocidio de entre quince mil y dieciocho mil haitianos, ordenado por el dictador Leónidas Rafael Trujillo en 1937, y motivada por el racismo y la obsesión del blanqueamiento del propio tirano, nieto de una mujer negra haitiana. La operación recibió el nombre en clave de “Perejil”, que se convierte así mismo en el título de la traducción que de la obra de René Philoctète hizo en su día Ediciones Barataria.

   En un relato expresionista y rebosante de un fuerte cromatismo tropical, René Philoctète, fundador del Movimiento Espiralista, nos sumerge ficcionalmente en la barbarie organizada por Trujillo, el hombre que no sudaba y que masacraba por culpa de la luna llena! Leónidas Rafael Trujillo y Molina, jefe del estado dominicano, en un momento de inspiración megalómana, definió a la nación dominicana por el color de la piel: “Somos los blancos de la tierra”, solía gritar tras imponer silencio. Acaba de revelar el rostro antropológico del pueblo dominicano, al mismo tiempo que ponía en marcha la sanguinaria vendimia de la muerte contra sus vecinos negros de Haití.

   Otoño de 1937. En la tranquila población fronteriza de Elías Piña, un extraño pájaro sobrevuela campos y casas, dibujando una cruz con su sombra. Todo el mundo es presa de la violencia y del miedo. El Generalísimo dominicano, obsesionado por “blanquear sus dominios”, había difundido una consigna asombrosa y desquiciada, que retrata perfectamente su megalómana y demente crueldad: quien no sepa pronunciar en perfecto español la palabra “perejil”, perderá la cabeza.

   Una palabra, sin duda, banal, pero el inocente condimento valdrá vidas. En función de la perfección con que la pronuncies, serás  dominicano, “blanco de la tierra”, o negro de Haití, insignificante juguete para los machetes de la operación “Cabezas haitianas”. En Elías Peña nadie entiende el significado de esa frontera que divide artificialmente un pueblo que siempre fue el mismo, sin fronteras, lenguas ni colores que los separen. Negros, mulatos y blancos viven, trabajan o aman aquí o allá. El mulato dominicano Pedro Álvarez Brito y la negra haitiana Adèle Benjamin viven en Elías Piña la plenitud de su amor. Pedro intenta enseñar a Adèle la correcta pronunciación de la palabra “perejil”, pero ésta balbucea, es demasiado negra para pronunciar cabalmente  la palabra salvadora. Entonces los machetes vuelan y matan en los llanos azucareros, “el alba mata, mon homme, no se le ven las espinas, pero el alba mata”.


Francisco Martínez Bouzas



René Philoectète

Fragmentos


“-¡Oye, Guillermo Sánchez! Corre la voz que los machetes vuelan, matan en las llanuras azucareras. Siete machetes por una cabeza haitiana. No, dicen las últimas noticias, quince, dieciocho machetes por una cabeza haitiana. ¡Hasta veinte! Afilados con esmero, entregados a cualquiera que sepa pronunciar bien «perejil». Según la consigna, según la orden establecida, según la ética, según el deseo de la ley, cada brazo dominicano debe pasar a cuchillo al menos cien cabezas haitianas. ¡Guillermo Sánchez y Santana! Eres  la voz de las fábricas, habla, te lo pido con toda mi alma. ¡La compasión, la amistad, el coraje la devoción que los cínicos llaman pamplinas humanistas son tus marcas de fábrica, Guillermo Sánchez y Santana.”


…..


“La noche misma de la masacre (de eso hace dos días) había un baile de máscaras para los funcionarios civiles en el palacio presidencial. Los héroes nacionales asistían en mayor número que los zorros, las arañas, las mofetas, los chacales, las hienas, los monos o los lobos, por la lisa y llana razón de que buen número de haitianos de todos los tiempos se han creído seres superiores.

¡Pues cómo nos sentirían de bien en la piel de los intrépidos!

Toussaint Louverture, en uniforme de gala de gobernador general vitalicio, botas, levita, bicornio, hojas de roble, estrellas, beborroteaba una ginebra con naranja que se había vuelto pringosa. ¡Sangre pura y simple!

Un cuervo pasaba graznando, echando del pico un chorro ensangrentado de ron Barbancourt.”


(René Philoctète, Perejil, páginas 82, 168)

miércoles, 15 de enero de 2014

UNA NARRACIÓN DESCARNADA SOBRE LOS ESTRAGOS DEL ALZHEIMER

Ahora tocad música de baile
Andrés Barba
Editorial Anagrama, Barcelona, 264 páginas
(LIBROS DE FONDO)

   Andrés Barba (Madrid 1975) fue en su día con La hermana de Katia (2001) una promesa de la narrativa española contemporánea, hasta el punto de ser seleccionado en el año 2003 por la revista Granta como uno de los mejores escritores jóvenes en español. Esa promesa se consolidó con los doce libros de ficción hasta ahora publicados, y algún libro de ensayo como La ceremonia del porno (Premio Anagrama de Ensayo en el año 2007). Ahora tocad música de baile (2004) fue su cuarta novela. Confiesa el propio autor que escribió esta pieza de ficción  como una invocación, que la novela  es fruto del miedo, porque una de sus peores pesadillas es la desmemoria, perder la conciencia, dejar de recordar.
   Mas Andrés Barba desafía el miedo, ofreciendo a sus lectores una pieza narrativa descarnada, atrevida, sin concesiones y al mismo tiempo rebosante de hermosura. De forma imprevista y repentina aparece el alzhéimer en el seno de una familia de clase media baja. “Fue primero como si pronunciara su nombre de una forma distinta a los otros y después un gesto que parecía traído de muy lejos, de la infancia quizás, porque  tenía -como en la infancia- algo descuidadamente espontáneo o cruel. Dijo: «la sal», no «pásame la sal”, no «por favor, la sal» y a Pablo le pareció que algo de Inés había cambiado definitivamente” (página 13). Son las primeras líneas de la novela, las primeras manifestaciones de la destrucción mental que la enfermedad del alzhéimer produce en Inés, matriarca y eje emocional de su familia.
   La novela gira alrededor de esta figura central que, sin embargo, desparece al comienzo de la narración, pero en ella queda la influencia dolorosa y patológica que ejerce entre los miembros de su clan. Andrés Barba nos introduce, en efecto, en la mente de sus tres narradores: el marido y los hijos de la enferma. A través de un cuadro de monólogos interiores, arrancados de las bocas de sus protagonistas, el escritor halla en el alzhéimer el perfecto pretexto para  reflexionar sobre la familia, y retratar de paso el desorden y el desconcierto que la enfermedad produce en las personas que rodean a la enferma, que vive como en una especie de muerte en vida.
   La narración de Andrés Barba, de forma especial en su parte central, alcanza una dureza intensa y extrema al presentarnos la geografía subterránea de las culpas y monstruos del espíritu, así como los sentimientos más profundos y obscuros que mueven a las personas.
   Ahora tocad música de baile es una encomiable novela psicológica, escrita por un narrador todavía muy joven, que posee la capacidad de desdoblarse y ofrecernos con grandes dosis de frialdad  el panorama interior de sus criaturas, descrito reflejando sus sensaciones, y sumergiéndonos en sus estratos más profundos y misteriosos. Con gran hondura y maestría, el escritor plasma y proyecta las repercusiones de la parte visible de la historia -la enfermedad- sobre la parte escondida: los sentimientos más obscuros que mueven a los personajes.

Francisco Martínez Bouzas



Andrés Barba

Fragmento

“Ahora era el regreso a la imagen repetida de Inés con cuarenta años delante de él, después de volver del funeral de la mujer del portero diciendo en la comida: «el día que yo me dé cuenta de que me voy a volver loca me pego un tiro en la cabeza, os lo digo completamente en serio.» Y su padre callado. Y Bárbara. Recordaba de aquella mujer hasta el olor y sin embargo tuvo que hacer un esfuerzo considerable para que le volviera a la memoria su nombre: Sara. Se llamaba Sara. Casi no pudo evitar pronunciarlo en voz alta cuando lo recordó porque aquel nombre, más que un nombre, parecía una definición. Y sonrió. Le hubiese gustado llamar a Bárbara para preguntarle si se acordaba de ella, si recordaba las tardes en las que, al final de una enfermedad que nadie supo determinar con precisión, aquella mujer se quedaba junto al portal, inmóvil como una cariátide, con una llave en la mano para abrir  a cualquiera que llegara. Y era sólo la mujer del portero. La mujer del portero que se había vuelto loca, cuyas excentricidades  se comentaban en el ascensor, cuya vida de pronto se había vuelto tema de conversación en el edificio, y que en la Inés de aquella época estallaba como un miedo que por fin hubiera tomado forma, pues se veía a sí mismo así, y aquel miedo, como todos los miedos, se parecía casi a un deseo, tenía casi la forma de un deseo.”


(Andrés Barba, Ahora tocad música de baile, páginas 153-154)

domingo, 12 de enero de 2014

CORRUPCIÓN POLÍTICA Y EMBUESTES SEXUALES



La noche de los escarabajos

María Eugenia Siera

Editorial Feriva, Cali (Colombia), 100 páginas

(LIBROS DE FONDO)



    
   Bumanguesa de nacimiento, pero asentada profesionalmente en la capital del Valle del Cauca, esa ciudad, Santiago de Cali, primorosamente cantada por el poeta gallego, Avilés de Taramancos (“Ningunha noite tan fermosa como a noite de Cali”), María Eugenia Sierra es una periodista de amplia trayectoria, sobradamente conocida por los televidentes caleños y merecidamente reconocida por los medios de comunicación de Colombia. Desde España seguimos su pista y este comentarista espera de la labor periodística de María Eugenia Sierra esa versión complementaria de las experiencias vitales, especialmente en sus años caleños, de Antón Avilés de Taramancos., que posiblemente no coincida al cien por cien con la que en Galicia nos fue transmitida de forma canónica. Le sobran capacidades para elaborar ese reportaje definitivo a la mujer que quedó marcada para siempre por la primera imagen que recuerda del día que comenzó a trabajar en la televisión: un guerrillero del M-19, encapuchado y apuntándole con una pistola a su cabeza.

   La crónica que María Eugenia Sierra nos ofrece en su debut en la narrativa, con un título que por si solo es ya un reclamo (La noche de los escarabajos) analiza de forma ficcional dos temas de rabiosa actualidad: la corrupción de ciertos personajes políticos y la impostura y embustes de muchos encuentros virtuales. Temas que la narradora desarrolla a través de una trama argumental cuyo principal protagonista es Pedro, alcalde de una gran ciudad colombiana, inscrito recientemente en el club de los homosexuales principiantes en Internet, acuciado por el deseo y por la urgencia de hallar al hombre de su vida. El protagonista fue uno de los mentores de la polémica ley zanahoria; Pedro el Grande, como se le conoce en los círculos políticos, anda con frecuencia tan embriagado como vinculado a la corrupción con el partido de los contratistas que financian campañas políticas y manipulan a no pocos gestores de la política desde sus despachos.

   Los caprichos de la ficción hacen que el protagonista se  case de forma informal en una playa gallega con una joven romera xacobea, en una ceremonia civil bendecida con el agua santa del vino albariño. Pero muy pronto las cosas cambian de rumbo y toman otros giros. Un giro que se desencadena  a partir del primer encuentro sexual de Pedro con un hombre, encuentro que le gustó. ¡Jamás mujer alguna le había parecido tan placentera! Y de pronto descubre el sexo virtual. Internet y sus engañosos cebos: las páginas de contactos. Y también de repente, y con la misma celeridad, se sumerge en la corrupción. Al final del relato, una original voltereta y giro de tuerca, favorecidos por las infinitas farsas que aguanta Internet, convierten la novela de María Eugenia Sierra en la novela del burlador burlado.

   La noche de los escarabajos es, como he dicho, una ficción rabiosamente actual y tan real como la vida misma. Porque la corrupción es omnipresente y se expande viscosa como el aceite. Todos los días los escarabajos corruptos y moralmente putrefactos saldrán a escondidas a comer y a tener sexo. María Eugenia Sierra lo refleja con la fidelidad del espejo y, al mismo tiempo, con piruetas y seducciones estilísticas muy cercanas a un registro mágico-realista. Y si hay una virtud que en justicia se deba destacar en la escritura de María Eugenia Sierra, ésta es sin duda la mirada irónica y distante, pero a la vez fresca y intrigante, a la espuma de la realidad social y política de cualquier urbe del nuevo o del viejo continente. Una mirada que abarca igualmente a las nuevas tecnologías de la comunicación que permiten con placentera facilidad, insólitos encuentros virtuales únicamente con apretar una tecla. La autora sitúa la acción en la ciudad de Cali, pero muy bien podría radicarla en París, Madrid, Barcelona o Bogotá. Porque en todas las ciudades del orbe pululan y rebullen políticos y regidores como Pedro, el protagonista de esta ficción.

   La noche de los escarabajos  no es un libro para timoratos, como tampoco lo es la vida misma. No deberían dejar de leerlo todos aquellos que, desde la magia de la ficción, pretenden sumergirse en las ocultas entrañas de una urbe de nuestros días, en la que la codicia y los actos más persistentes de corrupción, así como el sexo pluriforme, le sirven de plataforma a las fechorías políticas, casi nunca coyunturales. Libro trepidante, dinámico, en el que la acción no concede respiro, apoyado además en una correcta arquitectura del relato. Novela escrita con la frescura de una debutante, pero sin embargo, muy apropiada para el deleite y la reflexión.



Francisco Martínez Bouzas








Fragmento



“La ventana del programa de Internet para buscar pareja, que permanece abierta en su computador personal, le anuncia una visita. Pedro suspende sus fisgoneos pornográficos y teclea en el número del perfil que aparece en letras azules sobre un recuadro que advierte que la fotografía del usuario es privada. Está tranquilo en la intimidad del estudio de su casa. El contacto en línea se llama David, tiene 25 años, es constructor y vive en Barcelona. Busca un hombre para una aventura virtual nada más. Así las cosas, lo que dice en la casilla de gustos resulta intranscendente. El alcalde no tiene restricciones de acceso a este portal porque es miembro oro y paga cumplidamente una tarifa en dólares que le da derecho a  conocer el perfil de todos los usuarios inscritos. El muchacho le pide que active su cámara web. Pedro no tiene. Entonces ahí te va lo mío, escribe con torpeza el catalán. El alcohol se derrama en su baso y el impoluto caballero de la política local se zambulle en una crápula viscosa.”



(María Eugenia Sierra, La noche de los escarabajos, páginas 29-30)



(Con leves variaciones este texto fue publicado en el periódico El País de Cali (Colombia) el  día 9 de julio de 2006)

jueves, 9 de enero de 2014

ALESSANDRO BARICCO: EN LA DIFUSA LUZ DEL AMANECER



Tres veces al amanecer
Alessandro Baricco
Traducción de Xavier González Rovira
Editorial Anagrama, Barcelona, 2013, 100 páginas.

   Es un hecho incuestionable que la destreza narrativa de Alessandro Baricco apenas halla parangón en la actual narrativa europea. Después de haber publicado Seda y Emaús, el gran estilista italiano (en él la escritura es  vocación, no profesión, y no falta quien afirme que no se puede escribir de forma más bella de lo que lo hace  Baricco), agasajó a sus lectores con Mr Gwyn, un thriller poético, una novela metaliteraria sobre el oficio de escribir y sobre esos gestos que, de improviso, hacen que un libro que encierra una hermosa historia, empiece a tener vida. A los pocos meses, la pluma de Baricco escribe este pequeño libro que, aunque es un texto autónomo e independiente, hunde algún modo sus raíces en Mr Gwyn. De ello nos informa el mismo autor en la nota introductoria: en Mr Gwyn, en efecto, se alude a un breve libro escrito por un angloindio, un tal Akash Narayan, titulado Tres veces al amanecer. Se trataba de un libro imaginario al que el escritor italiano decidió darle existencia, “un poco para darle una leve y lejana secuela a Mr Gwyn y otro poco por el puro placer de ir en pos de una idea determinada que tenía en la cabeza” (página 7): el misterio existencial del encuentro azaroso entre seres humano y las consecuencia que de esos encuentros se derivan.
   En efecto, en tres breves relatos, o quizás nouvelles, y siempre  a la luz vacilante y ambigua del amanecer, dos desconocidos, un hombre y una mujer se encuentran en el hall  de un hotel cuando el amanecer deja ver sus primeras luces; lo mismo les acontece a un anciano portero de noche y  a una adolescente y a un chico y a una mujer madura.
   En el primer relato, una mujer todavía joven, tan locuaz como descarada, llega hacia las cuatro de la madrugada al vestíbulo de un hotel donde un hombre reposa sentado en una butaca, con la intención de salir para cumplir con su trabajo de vendedor de balanzas. Tras conseguir que el hombre la suba a su habitación, se inicia entre ellos un interminable diálogo que les permite conocerse, con a la idea dominante de que por mucho que fantaseemos con empezar de cero y dejar la vida atrás, eso será imposible. Y en el desenlace, el absoluto desconcierto para el lector, con una encerrona perfectamente ejecutada por la mujer, colaboradora de la policía.
   En la segunda nouvelle, el diálogo tiene lugar entre “una muchacha deliciosa” que llega a un hotel más bien sórdido acompañada  del que parece  ser su novio, y el portero de noche que la invita a liberarse del aparente novio, un tipo “completamente erróneo”. Y también a partir de ahí surge una historia que se enmaraña con otro final sorpresivo.
   Tercera historia: un hotel igual de deprimente. Una mujer madura haciendo de niñera de un chiquillo de trece años en la cochambrosa habitación del albergue. Salen del hotel en un viejo Honda y se trasladan en la noche. Y entre ellos se inicia otro largo diálogo. Pero algo, una tragedia, ha ocurrido y sigue ahí, enmascarada. El chico pregunta y en el veloz y rápido diálogo surgen complicidades. Los pasados -muy reciente y trágico el del chiquillo, con ausencia / presencia de afecto en el de la mujer policía- salen a flote. Y en el desenlace, de nuevo el desconcierto, pero esta vez preñado de optimismo, brillante como la bella luz del amanecer.
   Tres relatos que se pueden amalgamar en una única novela que el lector puede componer a su gusto, dominados por las ideas-eje de Alessadro Baricco: la imposibilidad del cambio, del borrón y cuenta nueva en el casino de la vida, el destino humano, siempre estocástico y arbitrario, la permanencia de las cosas en la corriente nunca quieta de la vida (página 99), la perseverancia y, a veces, tenacidad del amor. Todo ello a la luz, a la vez ambigua y bella, de los amaneceres que Alessandro Baricco describe de forma profundamente sugerente.
   Novela fragmentaria, modesta sin duda comparada con algunas de sus obras mayores. Ajena a la artificiosidad y a cualquier clase de petulancias. Para leer desde la virginidad de unos ojos frescos, como ha comentado algún lector.

Francisco Martínez Bouzas




Alessandro Baricco


Fragmentos

“El hombre se quedó mirándola unos instantes, le preguntó luego si había vuelto a empezar desde cero, de ese modo que soñaba, mientras tenía al niño en brazos. Sí, respondió la mujer, ¿y sabe de qué me di cuenta? El hombre no respondió. Me di cuenta de que uno nunca cambia de verdad, de que no hay forma de cambiar: como uno es de niño lo será durante toda la vida, no es para cambiar por lo que se puede empezar desde cero. Y, entonces, ¿para qué es?, preguntó el hombre. La mujer se quedó un rato en silencio. No se había dado cuenta de que la sábana se le había deslizado hacia abajo, sobre el pecho, o no le importaba. A lo mejor era eso lo que quería. Se empieza desde cero para cambiar de mesa. Siempre  se tiene la impresión de que nos hemos metido en la partida equivocada y que con nuestras cartas a saber qué podríamos haber hecho únicamente de haber estado sentados en otra mesa de juego (…) Como ya le he dicho, añadió, cambiar las cartas es imposible, lo único que nos queda es cambiar la mesa de juego.”

…..

“Mira qué maravilla.
¿El qué?
La luz, allí al fondo. Se llama amanecer, es luz
Amanecer
Exactamente así. Lo hemos conseguido, señorito
Y, en efecto, desde el horizonte se había levantado una luz cristalina que iba reencendiendo las cosas y que ponía de nuevo el tiempo en movimiento. Tal vez fuera el reflejo sobre el mar, pero había algo metálico en el aire que no todos los amaneceres tienen, y la mujer
pensó que la ayudaría a permanecer lúcida, y calmada.”

(Alessando Baricco, Tres veces al amanecer, páginas 29-30, 94-95

lunes, 6 de enero de 2014

EL PAISAJE ALUCINADO DE W. BURROUGHS



Marica
William S. Burroughs
Traducción de Mariano Casas
Editorial Anagrama, Barcelona, 150 páginas
(LIBROS DE FONDO)

   Refiere el narrador  y ensayista mexicano Juan Villoro que el día 6 de septiembre de 1951, en el medio de una tranca etílica de la que solamente salía cuando se hallaba drogado, William Serwad Burroughs aceptó el desafío de Joan, su mujer, y probó su puntería al estilo de Guillermo Tell. Sus amigos ya estaban acostumbrados  a los “juegos telepáticos” de la pareja y sabían que la patente homosexualidad de Burroughs y su maratoniana ingestión de drogas impedía cualquier contacto físico entre los dos. El hecho fue que Joan puso un baso encima de su cabeza y Burroughs apretó el gatillo desde tres metros. Fue un asesinato accidental y compartido que provocó que la adicción por la escritura penetrase en el cuerpo de Burroughs. Toda la obra literaria de Burroughs es en efecto un ejercicio sostenido de la estética devastadora de aquella bala disparada en México.
   El inmenso suburbio, la “Interzona”, capital mundial del delito que era la ciudad de México en los anos cincuenta, se convirtió para el futuro autor de El almuerzo desnudo (1959) en un infierno transitable, en un abismo a su medida capaz de ocultar la realidad más  desagradable. Todo esto queda reflejado en buena medida en la novela Queer (1985), traducida al español por Anagrama con el título de Marica.
   Los inicios literarios de Burroughs tienen su origen en la sensación de catástrofe y de pérdida que le supuso la muerte de Joan. “Todo me lleva a l atroz conclusión de que jamás hubiera llegado a ser escritor sin la muerte de Joan” escribía el mismo Burroughs en 1985. Y junto al drama de la pólvora, también las cartas de Jack Kerouac y de Allen Ginsberg se sitúan en al arranque literario de Burroughs. Porque el profeta del  beat, nacido en 1914, y por consiguiente más viejo y menos  ambicioso que Ginsberg y Kerouac, nunca pensó dedicarse a escribir. Su intención era únicamente contribuir con su ingenio a las ufanías y alardes de los otros. “Mi novela son las cartas que te hago llegar” le declaraba Burroughs a Allen Ginsberg.
   Será, sin embargo, en México donde redactará, bajo el pseudónimo de Bill Lee, su primera novela, Yonqui. Confesiones de un drogadicto irredimible (1953). Queer fue concebida como un apéndice de  Yonqui y apareció publicada treinta años mas tarde, junto con la correspondencia que le serviría  de base para su sobra sin duda más conocida. The Yague Letters (1963). La personalidad contradictoria de Burroughs no es merecedora ni de un juicio moral condenatorio ni de una glorificación como ángel exterminador que precisó de un homicidio como motor de  arranque de su obra narrativa. Como escritor, lo debemos juzgar  únicamente por sus obras: un baúl rebosante de las más tremendas experiencias existenciales, de heteróclita vitalidad. También como experimentador de técnicas novedosas de arquitectura narrativa, como el cut-up, que tienen como finalidad descubrir, de forma azarosa, el relato escondido de la realidad.
   La relación polémica que Buroughs establece con la literatura, aparece con fuerza en Marica, el relato del deambular de un joven ambiguo por los locales más sórdidos de esa “Interzona” que abarca desde la ciudad de México DF hasta Panamá. Vagabundea  por locales cada vez más miserables, en los que pulula una fauna humana en estado de podredumbre y descomposición. Y en sus incursiones, como un pícaro alienado, nos surte con añicos radioactivos de un negrísimo humor. Viajes a mundos alucinatorios en búsqueda del yague, la droga absoluta, capaz de  otorgar el control total sobre los cerebros, y por eso mismo, codiciada por estados y por amantes.
   Si el lector desea introducirse en el particular mundo de uno de los escritores menos edificantes del siglo XX y contemplar ese paisaje alucinado que constituye el universo narrativo de este “gurú” de cinco décadas, hallará en Marica un pequeño pero substancioso atlas de la mayoría de los temas de uno de los personajes de mayor carisma biográfico de los últimos tiempos.

Francisco Martínez  Bouzas




Willian S. Burroughs


Fragmentos

La ciudad me atraía. Los barrios bajos no tenían que envidiar a los barrios bajos de Asia en cuanto a suciedad y pobreza. La gente cagaba en la calle y después se acostaba encima mientras las moscas le entraban y salían por la  boca. Algunos emprendedores, entre los que no eran infrecuentes los leprosos, hacían fogatas en las esquinas de las calles y cocinaban unos revoltijos horribles y apestosos, indescriptibles, que ofrecían a los transeúntes. Los borrachos dormían directamente sobre las aceras de la calle principal, y ningún policía los molestaba. Me pareció que en México todos dominaban el arte de no meterse en las cosas de los demás. Si un hombre quería llevar un monóculo o usar bastón, no vacilaba en hacerlo, y nadie se volvía para mirarlo. Los niños y los hombres jóvenes andaban por la calle del brazo y nadie les prestaba atención. No era que a la gente no le importara lo que pensaban los demás; pero a ningún mexicano se le ocurría aceptar la crítica de un extranjero, ni criticar el comportamientote los demás.”

…..

“Lee miró las manos delgadas, los hermosos ojos de color violeta, el rubor de excitación en la cara del niño. Una mano imaginaria se proyectó con tanta fuerza que costaba creer que Allerton no sintiera la caricia de unos dedos de ectoplasma en la oreja, el roce de unos ilusorios pulgares alisándole las cejas, apartándole el pelo de la cara. Ahora las manos de Lee recorrían las costillas, el estómago. Lee sentía la punzada del deseo en los pulmones. Tenía la boca entreabierta, mostrando los dientes mientras ensayaba el gruñido de un animal perplejo.
A Lee no le gustaba la frustración. Las limitaciones de sus deseos eran como los barrotes de una jaula, como una cadena y un collar, algo que había aprendido como aprende un animal, a lo largo de días y años de sufrir los rigores de la cadena, los rígidos barrotes. Nunca se había resignado, y sus ojos miraban entre los barrotes invisibles, vigilantes, atentos, esperando a que el guardián se olvidara de la puerta,  a que el collar se desgastara, a que se aflojara algún barrote…sufriendo sin desesperación y sin darse por vencido.”

(William S Burroughs, Marica, páginas 8, 48)

viernes, 3 de enero de 2014

EL ETERNO CARNAVAL DE LA LITERATURA



Retablo de jácaras tristes y farsas jocundas
Álvaro Lago
Ediciones Barataria, Barcelona, 173 páginas
(LIBROS DE FONDO)

  
   Álvaro Lago es un autor bilingüe que escribe indistintamente en gallego y en español y cuyo nombre no figura en los diccionarios de la literatura gallega, aunque pertenece a la AELG (Asociación de Escritores en Lingua Galega), y es autor de una obra considerable en su lengua materna. La publicación de sus obras en canales más bien marginales o ajeno al sistema, (como por ejemplo Fotocopias e loita de  crases, en un Congreso sobre la fotocopia) hacen de Álvaro Lago un perfecto desconocido para la mayoría de los lectores gallegos.
   Sin embargo Álvaro Lago es de los que opinan que la biografía de un escritor es su obra, mientras que la existencia real es una simple crónica que nada tiene que ver con la existencia independiente y libertaria de las obras que son fruto de la creación humana. Miembro, desde el punto de vista cronológico de  la Generación Perdida, aunque Álvaro Lago no tuvo que pagar ese altísimo precio por vivir que sí sufragaron muchas otras personas en esos años. Su infancia, gozada y disfrutada  en lo que él considera el Macondo galaico de Pontecesures, hace verdadera la afirmación de Francisco Castro de que la patria  de un escritor  son su infancia u adolescencia. Pontecesures y Pontevedra, especialmente su Museo, constituyen el ancoraje  de la vida de este escritor, el comienzo de la orgía perpetua reflejada en lo que fue su última obra en castellano. Un libro de extensa rotulación, Retablo de jácaras tristes y farsas jocundas sobre la muerte, el sexo y la vida provinciana, editado por Ediciones Barataria.
   La jácara, un término que no tiene una traducción literal en gallego y cuyo equivalente serían las “cantigas satíricas”, el género de las “cantigas de escarnio y maldecir” y en especial las “cantigas obscenas”, fueron en el siglo de Oro Español pequeñas piezas satíricas que se representaban en el intermedio de las comedias.
   El libro de Álvaro Lago es una  colectánea de relatos que enlaza con lo que Rodrigues Lapa llama la cloaca moral de los cancioneros gallegos-portugueses. En el estrado de los paisajes cotidianos, marionetas esperpénticas representan  múltiples argumentos de la antigua farsa,  disfrazada con diversas vestimentas: farsas rurales, farsas municipales, farsas  legales, farsas nupciales… que nos permiten escudriñar, a través de una lengua florida y rebosante de mordacidad y barroquismo, claros ecos de la picaresca, de la sátira y del modernismo. Cada unidad de esta publicación, cada  narración encierra una historia que tiene pleno sentido en sí misma y a  la vez forma parte de una unidad más grande: el retablo. Y detrás de las “jaracondosas hembras jocundas de apetecibles carnes rotundas” y de los “garzones zarabetos  de esquinado entendimiento”, sentimos los ecos de los grandes maestros de la literatura española: Quevedo, Valle Inclán o el mismo  Cela, cuando era quien de escrutar con ingenio las danzas de la farsa, antes de convertirse en figurante de la misma. Al final, como se nos dice en la presentación editorial, el carnaval eterno de la literatura: el arte es lo que queda.

Francisco Martínez Bouzas


                                                     
Álvaro Lago
 Fragmento

“Salón de té del Palacete Farigola. Rosa en las paredes, en los cojines, en los manteles, en las diminutas braguitas que las muy públicas partes púbicas de Chochin Refajo enmarcan, velan y protegen. El cacareo de interrumpidas conversaciones, el frufrú de medias que se cruzan y se descruzan, el tintineo de  las cucharillas de plata sobre las tazas de Sèvres. Sobre una recargada mesa, tres servicios de té; sobre tres vetustas butacas, las diferentes posaderas de tres distintas damas; en el aire, el hálito etílico del aniseto ingerido.
Además de la anfitriona y de la referida Chochin Refajo, la estancia se honraba con lal presencia de la lúbrica Culín Liguero, mujer de apretadas formas, cincelada en sudorosos gimnasios, onerosos quirófanos y beneficiosos catres. Desde los años mozos, eran las tres señoras todo lo amigas que su condición les permitía. En secreto, a sí mismas se llamaban «las tres Mosqueperras» desde aquel día en que confabularon para obtener de sus entrepiernas mayores beneficios que el mero placer, ora solitario, ora compartido con macho encelado, hembra lujuriosa o múltiple mezcolanza.”

(Álvaro Lago, Retablo de jácaras tristes y farsas jocundas, páginas 106-107)