miércoles, 18 de diciembre de 2013

"EL LEVIATÁN", EL ORFEBRE DE CORALES QUE SE TRAICIONA A SÍ MISMO



El Leviatán
Joseph Roth
Traducción de Miguel Sáez
Acantilado, Barcelona, 2013, 73 páginas.

    El Leviatán es un relato o novela breve perteneciente a la narrativa de la última época de Joseph Roth y publicada póstumamente en 1940. Esta pequeña obra maestra la escribió Joseph Roth (1894-1939) en su exilio francés, antes de alcanzar los cuarenta y cinco años. Joseph Roth es uno de los grandes escritores del pasado siglo. Un autor esencial, sobre todo del período de entreguerras. Roth nació en Brody, una aldea ucraniana que formaba parte del Imperio Austro-Húngaro. Era un judío rural que, al trasladarse a la ciudad, perdió la conciencia de su judaísmo -para él algo tan accidental como su bigote rubio, que igualmente hubiera podido ser negro- y en su madurez se convirtió al catolicismo. Desterrado tanto de su lengua como de su tierra, su existencia fue un continuo deambular por las capitales de la Europa Occidental, haciendo de los hoteles su domicilio, pero siempre con la botella en la mano y en un constante despedirse de su propia identidad, como sobre él escribió Caludio Magris. Su vida es un ejemplo paradigmático del lento suicidio provocado por el alcohol, consumación de la miseria en la que se había convertido su vida. En medio de tanta turbulencia existencial fue, no obstante, capaz de escribir excelentes obras de ficción, la más conocida, sin duda, es La marcha de Radetzky  (1932).
   El Leviatán es una nouvelle escrita al año siguiente de la llegada de Hitler al poder. Al poco tiempo los libros de Roth arderían en la hoguera y con la quema, su memoria debería arder también y desaparecer para siempre de la faz de la tierra. Y en efecto, su memoria, igual que la de otros grandes escritores como Stefan Zweig, se disipó años más tarde, pero afortunadamente de las cenizas de la pira incendiaria nazi ha renacido con fuerza la figura y el prestigio de este gran escritor.
   Esta pequeña obra de fina orfebrería literaria transporta al lector a la pequeña ciudad de Progrody donde vive Nissen Pieczenik, judío pelirrojo, comerciante y artesano de corales por los que siente una ternura poco menos que familiar. Analfabeto pero muy respetado en la comarca debido a su honradez y a la fiable calidad de sus corales a los que considera animales vivos que solo por inteligente modestia fingen ser plantas, para eludir el ataque de los tiburones. Sin embargo, en consonancia con las tradiciones judaicas, afirma que son animales marinos, administrados en el fondo primitivo de las aguas por el Leviatán, si bien su ardiente deseo es emerger a la superficie, ser trabajados por los orfebres para cumplir el verdadero cometido de su existencia: adornar a las hermosas aldeanas.
   Nissen Piczenik siente una inmensa nostalgia del mar y por eso un día viaja a Odesa acompañando a un joven marinero, ya que él mismo siente que su patria son las aguas marinas, igual que sus corales. Pero de pronto aparece en su vida Jenö Lakatos que, en una población vecina abre una tienda de corales mucho más baratos que los de Piczenik. Son corales artificiales hechos de celuloide. No obstante, el diablo le mete en la cabeza la idea de comprarle algunos y mezclarlos con los auténticos. Y así, seducido por el demonio, supera al mismo diablo y se traiciona a sí mismo y como consecuencia el destino se vuelve en su contra, aunque su trágico final paradójicamente supone una realización de su íntimo anhelo: ver realizado el deseo nostálgico al que cree pertenecer.
   Con un estilo directo y sencillo, hermosamente pulcro, escribió Joseph Roth esta breve fábula, una historia redonda que transmite con suma eficacia el tono de una parábola talmúdica. Un breve pero sutil apólogo que echa mano de unos pocos personajes arquetípicos para explorar la complejidad del ser humano y postular la necesidad de la autenticidad y la integridad personal. Sirviéndose de un lenguaje que imita la  llaneza de los cuentos tradicionales transmitidos de forma oral, la prosa de Joseph Roth es capaz de comunicar, a través de sugestivas imágenes, una verdadera lección moral, en la que el trágico castigo por dejar de ser fiel a la propia autenticidad, es al mismo tiempo la consumación de la más íntima aspiración: fundirse con las aguas marinas a las que el protagonista, igual que sus corales, cree que pertenece. Parábola pues sobre la traición de la propia identidad, transmitida a través de escasos personajes arquetípicos y el ensamblaje de la tradición judía en una perfecta pequeña historia.

Francisco Martínez Bouzas



Joseph Roth



Fragmentos

“Tenía su propia teoría, muy especial, sobre los corales. En su opinión eran, como ya he dicho, animales marinos que, en cierto modo sólo por inteligente modestia, fingían ser árboles y plantas, a fin de no verse atacados y devorados por los tiburones. Los corales deseaban ardientemente ser cogidos y llevados a la superficie de la tierra, tallados, pulidos y ensartados, para servir finalmente al verdadero fin de su existencia: ser joyas de las hermosas aldeanas. Sólo allí, en el cuello blanco y firme de las mujeres, en la proximidad más íntima de la arteria palpitante, hermana de  los corazones femeninos, los corales revivían, adquirían brillo y hermosura y ejercitaban su mágico poder innato de atraer a los hombres y despertar pasiones amorosas. Verdad era que el viejo dios Jehová lo había creado todo, la tierra y sus animales, los mares y todas sus criaturas. Sin embargo, al Leviatán, que se enroscaba en el fondo primitivo de  las aguas, el propio Dios había confiado por cierto tiempo, es decir, hasta la llegada del Mesías, la administración de los animales y plantas del océano, y especialmente de los corales.”

…..

“De esta forma tentó el diablo al comerciante de corales Nissen Piczenik por primera vez. El diablo se llamaba Jenö Lakatos, era de Budapest e importaba los corales de celuloide que, cuando se encienden, arden tan azuladamente como la cortina de fuego que rodea el infierno.
Cuando Nissen Piczenik llegó a casa, besó indiferentemente a su mujer en ambas mejillas, saludó a las ensartadoras y comenzó, con ojos un tanto confundidos, confundidos por el diablo, a contemplar sus queridos corales, los corales vivos, que no le parecieron tan perfectos, ni con mucho, como las falsas piedras de celuloide de su competidor Jenö Lakatos. Y el diablo sugirió al honrado comerciante de corales Nissen Piczenik l idea de mezclar corales falsos con los auténticos.”

(Joseph Roth, El Leviatán,  páginas 10-11, 59-60)

domingo, 15 de diciembre de 2013

"OPERACIÓN DULCE", UNA HISTORIA DE AMOR EN LA ENCRUCIJADA DEL ESPIONAJE DE LOS AÑOS 70



Operación Dulce
Ian McEwan
Traducción de Jaime Zulaika
Editorial Anagrama, Barcelona, 2013, 395 páginas.

   Afirma  Ian McEwan que resolvió escribir Sweet Tooth, recientemente traducida por Anagrama, después de descubrir que a finales de la década de los cuarenta, en la de los cincuenta y  a principios de los sesenta, la CIA dedicó ingentes cantidades de dinero a difundir la cultura capitalista occidental para convencer a los intelectuales de que Occidente era la mejor opción, el mejor de los mundos posibles. Más de uno recordará cómo con la leche en polvo, el queso y la mantequilla a las escuelas españolas llegaban revistas “made in USA”, verdaderos panegíricos del estilo de vida norteamericano. ¡Como si entre el magisterio español de aquellos años hubiese veleidades comunistas! Fue una verdadera Guerra Fría cultural, dirigida sobre todo a países como Francis o Italia, donde un partido comunista fuerte se hacía notar y no ocultaba sus simpatías hacia la Unión Soviética. Hasta que la CIA descubrió que el principal enemigo estaba en casa, que era la propia izquierda democrática que, queriendo defender una sociedad igualitaria, se miraba en el ejemplo de la Unión Soviética.
   En este contexto -la ideología binaria de los años de la guerra fría-, plantea Ian McEwan (Aldershot, Reino Unido, 1948), uno de los representantes más destacados de la narrativa contemporánea, la trama de su novela: una historia de espionaje cultural en plena Guerra Fría, en cuya intriga se incrusta una historia de amor. Ian McEwan construye, en efecto, un relato de espías protagonizado por Serena Frome, joven y atractiva licenciada en matemáticas por Cambridge, que cuarenta años más tarde decide contarnos cómo el M15 le encomendó una misión secreta, para la que la recluta una vaca sagrada de Cambridge, que primero fue su amante.
   Año 1972, Serena Frome, hablando en primera persona, nos informa de los antecedentes  que la llevaron a trabajar para el  M15 en un proyecto que sus compañeros consideraban realmente interesante: la Operación Dulce. Debido a su afición a leer literatura contemporánea, el M15 le encarga representar a una fundación (Internacional Libertad) que pretende captar y apadrinar a prometedores escritores, aunque, como en las artimañas de espionaje nada es lo que parece, su verdadera finalidad es crear propaganda anticomunista.
   Es así como entra en su vida un joven escritor, Tom Haley, el mundo del espionaje y hace aparición el amor, porque la protagonista acaba enamorándose del escritor prometedor, de la víctima que los jerifaltes del M15 le habían seleccionado. En efecto, Serena Frome se enamora de Tom Haley leyendo lo único que ha escrito: sus relatos breves que McEwan introduce como ramificaciones de su novela. La lectora compulsiva de gustos escasamente refinados, se enamora de Tom Haley, un escritor antagónico de sus preferencias literarias, seguidor de Borges, Cortázar, Pynchon o Barthes.
   El desenlace no es preciso que el lector lo presienta. La misma narradora lo adelanta en el párrafo que inaugura el libro:”No salí indemne. Me despidieron dieciocho meses después de mi ingreso tras haberme deshonrado yo y haber arruinado a mi amante, aunque sin duda él colaboró en su perdición” (página 11). Pero el hilo conductor que tira del lector de esta novela radica precisamente en saber cómo se desarrolla todo eso que resumen las cuatro líneas iniciales.
   La protagonista acaba enfrentándose a sus propios dilemas al comprobar cómo para cumplir su misión en el espionaje británico tendrá que engañar al joven escritor, Tom Haley, claro alter ego de McEwan en su juventud. El escritor apadrinado por el M15 y el propio McEwan compartieron la misma universidad (Sussex), el mismo entorno literario, el contexto cultural de sus primeras publicaciones en el que también debutaron Martin Amis,  Julian Barnes, James Fenter, Craig Raine y Salman Rushdie un poco más tarde, aunque a él, confiesa con ironía, nunca se le acercó una estupenda mujer a ofrecerle unos emolumentos fantásticos.
   Novela de espionaje por supuesto, pero sobre todo una historia de amor, no solo entre una mujer y un hombre, sino de amor a la literatura. El espionaje, en efecto es solo uno de los muchos motivos que McEwan entreteje en su narración, porque la novela esconde, como matrioskas  literarias, muchas otras novelas, al menos en ciernes, así como inspiraciones a la que el escritor les presta atención preferente: el amor a la literatura, la relación entre ésta y el poder, el  compadreo   de los escritores con los servicios secretos, la paradoja de la promoción de valores como la democracia y el pluralismo político y el secretismo del espionaje con el  se promovían dichos valores.
   La novela es además un fresco de los contradictorios años 70 en un país como Inglaterra: huelgas mineras, el terrorismo del IRA, un país al borde de una crisis nerviosa, como le gusta decir al escritor, crisis política, social, cultural y de identidad, aunque con una vida cultural muy excitante y con el inicio o la consolidación de los grandes movimientos reivindicativos, tales como el feminismo y el ecologismo.
   Con ingredientes como la intriga, dosis de romanticismo, de sexo y de metaliteratura, Ian McEwan nos permite leer una buena novela, que no está seguramente a la altura de otras suyas como Expiación o Amsterdam, pero que nos deja ver con acierto el poder de la escritura, de la imaginación y no deja de plantearnos dilemas éticos fundamentales, como los intentos de manipulación de las personas al pretender inculcarles ciertas ideologías.

Francisco Martínez Bouzas


Ian McEwan


Fragmentos

“Si la CIA se oponía al comunismo, tenía que haber algo bueno en él. Sectores del partido laborista todavía sostenían a los avejentados  y brutales dirigentes del Kremlin, con sus mandíbulas cuadradas y sus proyectos truculentos, y todavía cantaban La Internacional en el congreso anual e intercambiaban estudiantes en misiones de buena voluntad. En la ideología binaria de los años de la Guerra Fría, no estaba bien visto simpatizar con la Unión Soviética mientras el presidente de Estados Unidos libraba la guerra de Vietnam. Pero, en la cita a la hora del té en Copper Kettle, Rona, incluso entonces tan pulcra, perfumada, preciosa, dijo que lo que la inquietaba no era el contenido político de mi columna. Mi pecado consistía en hablar en serio. En el número siguiente de su revista no apareció mi firma. En lugar de mi espacio publicó una entrevista a la Incredible String Band. Y  a continuación Quis? Quebró.”
  
…..

“A las cinco de aquella tarde de sábado ya éramos amantes. No fue  todo sobre ruedas, no hubo una explosión de alivio y placer en el encuentro de cuerpos y almas. No fue un éxtasis como lo fue para Sebastián y Mónica, la mujer ladrona. No al principio. Estuvimos cohibidos y patosos, como si tuviéramos conciencia de las expectativas de un público invisible. Y el público era real. Cuando abrí la puerta del número setenta e invité a Tom a pasar, mis compañeras de piso, las tres abogadas, estaban congregadas al pie de la escalera, con tazas de té en las manos, a todas luces matando el tiempo antes de volver a sus habitaciones y a una tarde de machacar temas jurídicos. Las mujeres del norte examinaron a mi nuevo amigo con un interés no disimulado mientras él estaba de pie en el felpudo. Hubo bastantes sonrisas y arrastrar de pies significativos cuando se las presenté a regañadientes. Si hubiéramos llegado cinco minutos más tarde nadie nos habría visto. Mala suerte.”

…..

“Abordamos otra vez el tema de la Operación Dulce. Me dijo que no era nada infrecuente que las agencias promovieran la cultura y cultivaran a la clase de intelectuales idónea. Los rusos lo hacían, ¿por qué no nosotros? Era la Guerra Fría blanda. Le dije lo que te dije a ti el sábado. ¿Por qué no dar el dinero abiertamente,  a través de algún otro ministerio? ¿Para qué una operación secreta? Greatorex suspiró y me miró, moviendo la cabeza con un gesto conmiserativo. Dijo que debía comprender que cualquier institución, cualquier organización se convierte a la larga en un dominio autosuficiente, competitivo, que actúa de acuerdo con su propia lógica y propende a sobrevivir y ampliar su territorio. Era tan inexorable y ciego como un proceso químico. El M16 había obtenido el control de una sección secreta del Ministerio de asuntos Exteriores y el M15 quería su propio proyecto. Los dos querían impresionar  a los americanos,  ala CIA, que  alo largo de los años había financiado más iniciativas culturales en Europa de lo que nadie se imaginaba.”

(Ian McEwan, Operación Dulce, páginas 21, 220, 374-375)

jueves, 12 de diciembre de 2013

"LOS ÁNGELES MUEREN POR NUESTRAS HERIDAS", UNA GRAN HISTORIA DE EXCLUIDOS



Los ángeles mueren por nuestras heridas
Yasmina Khadra
Traducción de Wnceslao-Carlos Lozano
Ediciones Destino, Colección Áncora y Delfín, Barcelona 2013, 378 páginas.

   Es quizás la novela más grande jamás escrita sobre la Argelia colonial. Así califica el escritor argelino Yasmina Khadra (Mohammed Moulessehoul es su verdadero nombre) su última novela, Les anges meurent de nos blessures, editada casi a la par en Francia y en España. El autor, Yasmina Khadra (Sáhara argelino, 1955) es un escritor reconocido en todo el mundo, con muchas de sus obras traducidas en más de cuarenta países. A los pocos años de sus anterior novela, Lo que el día debe a la noche, 2008), adaptada recientemente a la gran pantalla, Yasmina Khadra sumerge a los lectores en la Argelina colonial de entre guerras (años veinte y treinta del pasado siglo). Es un regreso del escritor a sus orígenes con una gran historia de amor y aventuras, pero sobre todo de superación. El relato del incansable tesón de un hombre que busca el amor y la dignidad en el contexto de una época y de un ambiente social que el escritor retrata con maestría: la reconstrucción de un mundo devastado por la Gran Guerra, el choque cultural, religioso, de mentalidades distintas en la ciudad argelina más europea: Orán.
   En las paradojas y contrastes grises y brumosos de ese período de entre guerras, recién salidos de las monstruosidades bélicas, se inspira Yasmina Khadra. Y entre las arenas movedizas de ese período, coloca el escritor a su protagonista, Turambo, al que hace hablar en primera persona desde la cárcel y en espera de subir al patíbulo y ser guillotinado.
   La novela, en efecto, echa a andar en un presidio de la Argelia colonial. El joven Turambo aguarda la hora de su ajusticiamiento como castigo por un crimen cuya naturaleza no revela el autor. Son semanas que actúan como maléfico presagio de la fatalidad que guía la existencia del protagonista. Lo que le sobra es el tiempo y Turambo hace hablar a su memoria y rememora su biografía desde el momento en que en su infancia un corrimiento de tierras borra del mapa el pueblo de su nacimiento, dejando a su familia sumida en la miseria. A los once años, “que me sabían a once cadenas perpetuas”, Turambo se marcha a vivir  a Graba, un lugar donde la gente se limita  a ser pobres, nadie paga por sus crímenes y sus habitantes lo comparten todo excepto las desdichas. Rodeado de perdedores, niños convertidos en matones, homosexuales que el puritanismo de la época les obliga a esconder su condición, prestamistas que violan para cobrar deudas.
   Turambo no se resigna a ser uno más. Él se ha propuesto gobernar su propio destino y por eso se traslada a Orán, en búsqueda de una vida mejor. Y lo hará iniciándose en el boxeo tras una pelea callejera y con el propósito de convertirse en una estrella del ring, así poder vivir como un europeo y dejar de ser un paria en una sociedad controlada por inmigrantes racistas provenientes de Europa, que trata a los musulmanes como basura social.
   La novela se divide en tres grandes secciones, rotuladas  con nombres de mujer: Nora Aïda e Irène. Ellas forman el esqueleto del libro y nos permiten conocer los avatares sentimentales, profesionales y sobre todo vitales del protagonista. Esas tres mujeres dejan sus huellas, y también sus heridas, en el corazón del protagonista. Heridas sangrantes, mucho más aún que las del boxeo, porque a través de amores complejos, inconvenientes o incondicionales, Turambo busca el sentido a una vida que ya no se contenta con gloria y dinero. Su gran trofeo será el amor de una mujer.
   Son muchas las virtudes de este libro. Yasmina Khadra convierte su historia en un viaje iniciático, en el que la superación y el amor son la gran fuerza que impulsa en el recorrido. El escritor sigue además la senda de las narraciones clásicas: el libro, por eso mismo, es un gran mosaico de vidas, de personajes, pergeñados y dibujados con gran maestría. Con un argumento al estilo de las grandes historias, tejido con una prosa de excelente calidad y luminosa plasticidad literaria. Considero oportuna así mismo la narración en primera persona, desde el punto de vista del protagonista que, en mi opinión no le resta verosimilitud a la novela y mucho menos cuando el héroe de la misma nos deja entrever sus heridas, sus desgracias, las lacras que lo convierten en antihéroe. No es mérito menor el realismo con el que Yasmina Khadra describe los ambientes sin adulterarlos y la veracidad con la que da voz  a los excluidos sin caer en ningún género de literatura panfletaria ni maniquea. En resumen, una excelente novela recomendable para aquellos lectores que todavía andan a la caza de grandes historias.

Francisco Martínez Bouzas

 
Yasmina Khadra


Fragmentos

“En Graba, la noche no llegaba ni caía, sino que se vertía desde el cielo sobre nosotros como una gigantesca caldera de alquitrán fresco, elástica y espesa, tragándose las colinas y los bosques, mientras impregnaba las mentes con su negrura. La gente callaba repentinamente, como senderistas sorprendidos por una avalancha. No se oía el menor ruido, el menor crujido en la espesura del monte bajo. Luego, poco a poco, sonaba el chasquido de un correaje, el chirrido de una verja, el vagido de un bebé, una riña entre chiquillos. La vida regresaba por sus fueros y las angustias nocturnas emergían como termitas, royendo las tinieblas. Y, justo cuando se apagaban las velas para dormir, los aterradores berridos de los borrachos sonaban a coro, y los rezagados se apresuraban en regresar a sus casas, no fueran sus cuerpos a aparecer de madrugada encharcados en sangre.”

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“Los ogros no son sino los frutos alucinógenos y las coartadas de nuestras supersticiones, de modo que apenas valemos más que ellos, pues, siendo a la vez falsos testigos y jueces expeditivos, solemos condenar antes de deliberar.
El ogro Graba no era tan monstruoso.
Viéndola desde el mirador de mi colina, esa gente me parecía apestada y sus chabolas trampas mortales. Estaba equivocado. Bien pensado, el gueto era llevadero. Sin duda parecía un purgatorio, pero no lo era. En Graba, nadie pagaba por sus crímenes ni por sus pecados; nos limitábamos a ser pobres.”

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“Aída clavó un codo en la almohada, apoyó la mejilla en la palma de la mano y se quedó viendo como me vestía. La satinada sábana destacaba la armoniosa curva de su cadera. Estaba espléndida en su pose de ninfa exhausta de amor a punto de dormirse. Su larga cabellera negra se desparramaba sobre sus hombros y sus pechos, que aún llevaban la huella de mis abrazos y parecían dos frutos sagrados. ¿Qué edad tendría? Parecía tan joven, tan frágil. Cuando la abrazaba, cuidaba de no apretar demasiado su cuerpo de porcelana. Hacía ya dos meses que acudía con regularidad a recuperarme en su aromatizada estancia, y cada vez mi corazón latía con más fuerza por ella. Creo que la amaba. Procedía de la alta cuna beduina de la Hamada. La habían casado a los trece años con el hijo de un cadí en alguna parte de las Altas Mesetas. Al año su marido la había repudiado por infecunda, y su propia familia, para la cual aquello supuso una afrenta, le dio de lado. Marcada por el estigma de la esterilidad, ningún primo se dignó tomarla por esposa. Una mañana, echó a andar sin mirar atrás. Unos nómadas la dejaron en la entrada de un pueblo colonial, donde la acogió una familia cristiana. Bien entrada la noche, y por su turno, los hijos de sus empleadores acudían a abusar de ella en el sótano donde, entre telarañas y trastos arrumbados, se alojaba. Cuando a sus violadores les dio por convertirse en verdugos, Aïda se vio obligada a huir hasta que, al cabo de unas semanas, la detuvieron por vagabundeo. Luego pasó de manos de un chulo  a las de una alcahueta, como si fuera mercancía de contrabando, antes de ir  aparar al club de madame Camelia.”

(Yasmina Khadra, Los ángeles mueren por nuestras heridas, páginas 25, 35, 230-231)

domingo, 8 de diciembre de 2013

"LA INTERPRETACIÓN DE UN LIBRO": LA LITERATURA COMO FETICHE



La interpretación de un libro
Juan José Becerra
Editorial Candaya, Avinyonet del Penedés (Barcelona), 2012, 124 páginas.

   La interpretación de un libro es la primera novela que se publica en España del escritor argentino Juan José Becerra (Junín, Buenos Aires, 1965), ensayista, novelista y articulista. Edita la novela la catalana Editorial Candaya, uno de los pocos sellos editoriales que apuestan por escritores innovadores. Una novela donde una vez más la metaliteratura actúa como plataforma narrativa y nos deja percibir, y también apropiarnos de todos sus frutos, sin entorpecer el desarrollo de la historia, que en una escueta sinopsis se podría contar en dos líneas: un hombre conoce a una mujer y deciden ir a vivir juntos. Lo hacen y poco más tarde se separan.
   A primera  vista, una cuotidiana y banal historia de amor entre dos seres humanos, pero resulta que en el fondo esa historia de amor es por los libros. Una obsesión amorosa, enfermiza, corrosiva, delirante proyectada en los libros. Por eso mismo, la novela de Juan José Becerra no solo es reiteración de ese discurso de la literatura dentro de la literatura -una matrioska literaria más-, sino un relato sobre el libro convertido en objeto de deseo, objeto fetiche.
   El corazón de la trama nos presenta a un escritor, Mariano Mastandrea. Acaba de publicar una novela titulada Una eternidad. Pero su libro no termina en las manos lectoras, sino en pilas polvorientas de ejemplares acumulados en las mesas de saldo de las librerías de la Avenida Corrientes. El autor pasa los días sumergido en la contemplación de su fracaso: miles de ejemplares y ningún lector. Y en una obsesiva pesquisa: recorre la ciudad de Buenos Aires intentando descubrir a alguien que lea su libro. Y la pesquisa detectivesca un día da sus frutos. Mastandrea halla un día en el tren subterráneo bonaerense a una joven y bella mujer portando en sus manos un ejemplar de su libro. Es Camilla Pereyra, la “loca de los libros”, tal como la conocen los empleados del Jardín Botánico. El escritor sigue sus pasos y, sin otra presentación que la de ser el autor del libro que ella se dispone  a leer, la aborda y la interroga sobre las razones de su elección lectora.
   Es el inicio de una relación entre ambos que terminan convertidos en pareja. Será, sin embargo, una relación amorosa muy peculiar: la del autor y el lector, porque, a lo largo de la novela, se amalgaman tanto los sentimientos que entre ellos surgen, como los que brotan del acto de crear convertido en un delirio, una suerte de religión marginal, como la define el escritor. Y también de la lectura cuando ésta es así mismo una compulsión enfermiza. La relación intempestiva entre el frustrado escritor y su única lectora.
   Pero así como La interpretación de un libro tiene un comienzo, tras el paso de los días tediosos y estáticos en el monoambiente de Mastandrea, también llega el final: el escritor que ya no escribe y la lectora que ya no lee, se rinden ante la distancia sentimental que los está separando, porque en realidad  viven en mundos tan distantes e idealizados que jamás confluyen. Vegetan únicamente a expensas de sus sueños y estos solamente se entrecruzan en un breve período de tiempo.
   Es reseñable en la novela de Juan José Becerra la sutura de ficción y realidad que se produce en la relación de ambos personajes: las personas físicas terminan convertidas en personajes de ficción. El escritor argentino crea así mismo una novela que él mismo define como omnívora: asimila cualquier cosa: el ensayo, un tratado de amor, una crítica de arte. Incluso una guía telefónica podría tragarse con la seguridad de que nada le va a ocurrir. La metaliteratura juega igualmente un papel importante: el hilo conductor de la fracasada historia de amor es la literatura, que en este libro actúa como un fetiche entre un escritor que en su monoambiente se convence de que su fracaso es el gran triunfo y una lectora loca que lee con el cuerpo. El autorrobo que Becerra hace de uno de sus libros, utilizando párrafos enteros de su novela larga Miles de años, tiende a reforzar ese talante metaliterario, ya que una novela empieza a tener vida en otra novela. Echa mano así mismo el escritor de elementos del lenguaje pictórico, por ejemplo los cuadros de Hopper que, desde la llegada de su lectora compulsiva, empiezan a decorar el interior del monoambiente. Cuadros que son la representación más plástica posible de mujeres entregadas al vicio de la lectura. En definitiva, una excelente reflexión sobre el desamparo amoroso condimentado con buenas dosis de literatura entendida como  un talismán obsesivo.

Francisco Martínez Bouzas



Juan José Becerra

Fragmentos

“Pero por alguna razón el libro fue un fracaso. Las revistas de literatura no lo reseñaron, ni siquiera refirieron su existencia, y pronto terminó apilado  en las mesas de saldo que Mastandrea controla, sin que surjan novedades, cada día, cada semana. En algún momento de su recorrido en tren, el novelista emerge del subsuelo y patrulla las librerías de oferta de la Avenida Corrientes con una modalidad similar a la que utiliza como pasajero del ramal D: de punta apunta, de ida y vuelta, del margen izquierdo y del derecho, y varias veces. Es un desplazamiento que obedece a la táctica del rastrillaje, un tipo de movimiento que comienza la exploración y la termina completamente pero que en su recorrido pierde los  detalles más profundos que desea extraer, siempre borrado por el exceso de atención.”

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La emisión de Mariano Mastandrea, desde el punto de vista de Camila Pereyra, no es de índole sexual sino literaria. El fluido se desprende de sus depósitos calefaccionados, viaja a gran velocidad por los tubos interiores –mangueras finas en el interior de mangueras gruesas- y se esparce en las amígdalas, la lengua, las encías, los dientes y el paladar de la lectora; y ésta, purificada por la bendición del arte verbal, ya no sólo piensa sino que experimenta la analogía. El líquido blanco entrando en el cuerpo oscuro es para Camila un trazo de tinta a mano alzada inscribiéndose en el papel que lo absorbe, lo conserva en forma de letra, de palabras, de frase y le da un sentido.”

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“El distanciamiento del novelista y su lectora en el interior del departamento se ha hecho tan ancho y tan profundo que la vida cotidiana que han estado llevando gracias a coincidencias espontáneas y naturalizadas se ha convertido en dos líneas paralelas de hábitos basadas en un doble uso horario. Si Mastandrea duerme de noche, Camila lo hace de día, y así van rotando, turnándose en las salidas sin compartir ninguna, y omitiendo los encuentros básicos, aunque  a veces, en los puntos de encastres de las líneas que arman la rueda del día, encastran ellos mismos de manera todavía apasionada y silenciosa.”

(Juan José Becerra, La interpretación de un libro, páginas 19, 79, 106)

viernes, 6 de diciembre de 2013

"QUEDAN LOS HUESOS": LA TENSA CUENTA ATRÁS DEL KATRINA



Quedan los huesos
Jesmyn Ward
Traducción de Celia Montolío
Ediciones Siruela, Madrid 2013, 255 páginas.

   El “National Book Award” pasa por ser el premio literario de más prestigio de Estados Unidos. Desde su institución en 1936 lo han obtenido, en sus diversas modalidades, los grandes escritores norteamericanos, desde J. Steinbeck hasta Philip Roth pasando por W. Faulkner, Saul Bellow, Thomas Pynchon, Don DeLillo, Cormac McCarthy o E.L Doctorow, entre otros muchos. No deja de llamar la atención que una joven escritora, Jesmyn Ward, de apenas treinta y cuatro años, lo ganase e el año 2011 con su segunda novela, Savage the Bones, premiada así mismo al año siguiente con otro premio de gran reputación: el “Alex Award”. La novela de Jesmyn Ward acaba de ser traducida al español por Celia Montolío para Ediciones Siruela, que nos la ofrece bajo el título de Quedan los huesos.
   Sin ser propiamente una novela confesional, Quedan los huesos se alimenta en buena medida de las experiencias vitales de su autora. La joven escritora estadounidense nació en un pequeño pueblo de Mississipi (DeLisle), una zona pobre, poblada por familias de color. Después de una infancia complicada en su etapa escolar, sin ser ajena al bullyng, ella misma sufrió en sus carnes la enorme devastación del huracán Katrina. El fallecimiento de su hermano menor, atropellado por un conductor borracho, y cuya memoria quiso honrar, la encaminó por la senda de la escritura, después de concluir sus estudios universitarios y  su aprendizaje en talleres literarios.
   La novela recrea los once días que precedieron al Katrina y el día después en el seno de una familia pobre afroamericana -la madre compraba para los hijos deportivos negros que disimulaban la suciedad-, que vive en un hueco del bosque, llamado el Hoyo, del pueblo de Bois Sauvage. La madre había fallecido en el nacimiento de Junior, el hermano menor. El padre, bebedor empedernido, se hace cargo a su manera de la familia. Esch, una chica de apenas quince años, es la protagonista y la voz narradora. Esch ha tenido sexo con los amigos de sus hermanos desde los doce años porque, dice, es más fácil permitir que el chico empuje hacia delante que mandarle parar. A los quince, durante ese intervalo de espera del huracán, comprende por sus reiterados vómitos que está embarazada.
   La familia almacena alimentos para soportar lo que se avecina, pero apenas hay nada que pueda servir de provecho. Cada uno de sus tres hermanos tiene intereses dispares. A Randall, el mayor solo le apasiona el basketball, mientras Skeetah pugna con sus pequeños hurtos para mantener con vida los cachorros de China, la perra pitbull. Pero sin embargo irán muriendo uno tras otro, al compás del avance de las jornadas de tensa espera. Junior también intenta hacerse oír en una familia desestructurada en la que se nota la fatal ausencia de la madre.
   Y así transcurren los días en los que se desarrolla la acción de la novela y se acerca el dramático final. Niños, adolescentes que sobreviven en la miseria del lumpen, entre chatarra de coches abandonados, gallinas y aguas putrefactas.
   El relato, escrito con el duro lirismo de la miseria, es un trasunto a la vez del desarraigo, de la falta de amor parental de esta familia y de la unión de los hermanos que afrontan con coraje la llegada del ciclón. Libro propicio para aquellos lectores amantes de la narrativa minuciosa. Porque Jesmyn  Ward narra todos los detalles de la cotidianidad  de los once días, de esta dramática cuenta atrás: los pocos instantes gozosos de la familia, los trabajos para sobrevivir, los baños en las aguas cenagosas del Hoyo, la búsqueda de la comida, el almacenamiento de provisiones, que el padre acumula para soportar el huracán y que los hijos birlan, el sonido del martilleo del progenitor clavando paneles en las ventanas, las vicisitudes del parto de la perra, las carreras de los amigos por las canchas de baloncesto. Detalles que constituyen el día a día, el horizonte vital de esta familia y el corazón de la novela. Pormenores seguramente demasiado tediosos para otros lectores que se conmoverán, por el contrario, con las angustias e inquietudes  del embarazo de la chiquilla de quince años, que Manny, el chico con el que se ha acostado el último año, se niega a reconocer porque, le dice, todos saben que eres una putilla que te follas a todos los que vienen al Hoyo. Pero lo que Esch lleva en su vientre es implacable, como el huracán de fuerza cinco que llega al final. El tejado y algún árbol que se mantiene en pie, son el refugio de la familia. Un rayo de esperanza que se deja ver en la tormenta.

Francisco Martínez Bouzas



Jasmyn Ward

Fragmentos

“La única cosa que me ha resultado fácil, como nadar en el agua, fue el sexo cuando empecé a tener relaciones. Tenía doce años. La primera vez fue tumbada en el asiento delantero del dúmper de papá. Fue con Marquise, que solo me sacaba un año. El mejor amigo de Skeetah, estaba tan unido a nosotros dos que durante los veranos era prácticamente como si viviera en casa. Salíamos los tres corriendo por la parte de atrás (…) Estábamos en el dúmper escondiéndonos de Skeetah, esperando a que nos encontrase, cuando Marquise me preguntó si podía tocarme una teta. Empezaban a salirme por aquella época, pero todavía eran pequeñas como los picos de crema del pastel de limón y merengue, con nudos duros en el centro. Le di permiso, y entonces me pidió que le enseñase mis partes íntimas, porque tenía miedo de no ver ninguna cuando fuera mayor. Se las enseñé. Y entonces empezó a tocarme, y me gustó, y luego no, pero después me volvió a gustar. Y era más sencillo dejarle seguir que pedirle que parase…”

…..

“Es terrible. Es el viento flagelante, un cable que azota como si fuera un cinturón de castigo. Es la lluvia que hiere como las piedras, que se adentra por nuestros ojos y los incita a cerrarse. Es el agua, arremolinándose, acumulándose, desparramándose por todas partes, marrón con una contracorriente de rojo, la arcilla del Hoyo como un corte que no para de gotear. Son los restos del terreno; las neveras, los cortacéspedes, la autocaravana y los colchones, flotando como una flota. Son árboles y ramas que se rompen, estallando como petardos del gato Negro en un infinito chisporroteo de explosiones, una vez y otra más. Somos nosotros apiñados en el tejado, yo con el alambre del asa del cubo echado al hombro y temblando contra el plástico. Está en todas partes. Papá se arrodilla detrás de nosotros, intenta agruparnos a todos con él. Skeetah abraza a china y China aúlla. La camioneta de papá se se escora lentamente en el terreno.”

(Jesmyn Ward, Quedan los huesos, páginas 31-32,  227-228)

martes, 3 de diciembre de 2013

" EL CABALLO NEGRO", UN RETRATO DE LA CRUELDAD HUMANA



El caballo negro
Borís Sávinkov
Traducción de Marta Rebón
Introducción de Marta Rebón y Ferrán Mateo
Editorial Impedimenta, Madrid 2013, 185 páginas.

   Borís Sávinkov, autor de El caballo negro fue sin ningún género de dudas un personaje singular, cuyo perfil es preciso tener en cuenta para entender cabalmente el alcance de este libro. Nacido en Jarkov (Ucrania) en 1879, presuntamente se suicidó arrojándose por la ventana de la prisión Lubianka el 7 de mayo de 1925. Entre esas fechas, una vida agitada. Participó de pleno en la revolución rusa y en sus fases previas como miembro de organizaciones de ideología socialista.  Fue brazo ejecutor de varios atentados por lo que fue calificado por Lenin, después de su deserción de las filas bolcheviques, como “un burgués con una bomba en el bolsillo”. Y en  1920 por la intelectualidad parisina (Picasso, Apollinaire, Cendrárs)  como nuestro amigo el asesino. Sávinkov efectivamente fue terrorista y como tal un “soñador del absoluto”, tal como consideró Marx a los autores de los primeros brotes de terrorismo en Rusia. Terrorista contra el régimen zarista, asesino del ministro de interior del zar y del gobernador general de Moscú. Huye de Rusia y se codea con la bohemia te Montparnasse. Regresa más tarde a Rusia y lucha con la revolución, llegando a ser nombrado ministro de guerra por Kérenski. En desacuerdo con los bolcheviques, huye de nuevo del país y, con la ayuda de países como Francia y Polonia, recluta un ejército de campesino -el movimiento verde- con la finalidad de sublevar la Rusia rural contra la supremacía bolchevique. No lo consiguió y, encarcelado en la Lubianka, acaba sus días entre incógnitas este dandi y terrorista admirado por Somerset Maughan, inspirador de Camus en el drama Los justos y prototipo del superhombre nietzscheano -“caballo desbocado”, escribe sobre si mismo-,  pasado por el cedazo de Byron, en palabras de los autores para esta edición de una extensa y clarificadora Introducción.
    Múltiples  opiniones se han vertido sobre Borís Sávinkov, pero ninguna tan  definitiva como la emitida por el propio personaje: “terrorista (…) no tengo interés alguno en una existencia pacífica”.
   La presente edición de Impedimenta recoge dos textos de Borís Sávinkov: El caballo negro y el texto  póstumo En prisión. La primera parte de El caballo negro, narrado todo él en forma de diario, da comienzo con un episodio en el que el coronel Nicolaiévich, alter ego del propio Sávinkov (en otros momentos del relato será George) se encuentra al frente de un regimiento del ejército verde antibolchevique en tierras polacas. En la segunda parte, los avatares bélicos que Sávinkov no explicita, reducen el regimiento a poco más de una veintena de hombres que luchan con tácticas de guerrilla contra el poder bolchevique. Finalmente en la parte conclusiva, el colapso de las fuerzas de Sávinkov convierte a sus seguidores en un grupúsculo de saboteadores.
   Sávinkov hace de su relato un reflejo de lo que fue la guerra civil rusa: una historia preñada de violencia y dramatismo. Un relato estremecedor en el que el autor no oculta las atrocidades que sus mismos camaradas, sin una clara ideología política, van sembrando en las humildes aldeas por las que pasan. Especialmente en la última parte de El caballo negro, consciente Sávinkov de que su lucha está perdida, la narración se centra en la vida solitaria y monótona y en su permanente huida.
   El libro es en el fondo un largo alegato contra la sinrazón de la guerra,  a la vez que delinea un retrato de la condición humana cuando se halla sometida  a un conflicto armado: animales que quieren luchar aunque la victoria se vislumbre como algo imposible. No hermanos contra hermanos, sino piojos contra piojos, exclama Sávinkov.
   En prisión, texto publicado póstumamente  después de ser expurgado por la censura soviética, cuenta también en forma de diario el desmoronamiento físico y moral de un revolucionario que, después de intentar vanamente dar marcha atrás, se hunde en la Lubianka.
   Un lenguaje crudo y seco, con un narrador que se desdobla entre la mano que ejecuta y ordena fusilar y la mano que escribe y relata lo que va aconteciendo en ese ejército degenerado, suturado todo por frecuentes alusiones apocalípticas del fin del mundo, le dan forma a este testimonio de un hombre que confiesa algunos de los más extremos errores cometidos en el siglo XX y en lo que él también participó.

Francisco Martínez Bouzas



Borís Sávinkov


Fragmentos

“La pequeña ciudad donde estamos acantonados es miserable y sucia. Hay arena por doquier: en el bosque, en los caminos, en las calles, en la almohada. Como si estuviéramos en el desierto de Arabia. Pero en el desierto calienta el sol, mientras que aquí se apaga el día plomizo, se arremolina la pegajosa nieve de otoño y por las mañanas el frío entumece los dedos. Solo llevamos nuestros capotes de verano. No tenemos botas de fieltro. Ni manoplas. Algún listo en la retaguardia se dedicó a robar lo ajeno.
En la plaza de la ciudad las aceras desgastadas están cubiertas de estiércol de caballo y de polvo. Las mujeres envuelven sus cabezas en pañuelos blancos y los campesinos llevan zamarras blancas. Casi no se ven judíos. Los judíos huyeron a los bosques, con los ancianos, sus mujeres e hijos, con sus vacas y bártulos. Para ellos nosotros no somos libertadores, sino instigadores de pogromos y asesinos. En su lugar, yo también habría huido.
Los pogromos, los pillajes y las violaciones están rigurosamente prohibidos. Bajo pena de muerte. Pero sé que ayer los hombres del segundo escuadrón jugaban a las cartas apostando relojes y anillos; que el capitán Zhgun saqueó una tienda judía; que  los ulanos tienen dólares americanos; que en el bosque han encontrado el cadáver mutilado de una mujer. ¿Fusilar a los cúmplales? Ya he fusilado a dos. Pero no puedo fusilar a la mitad del regimiento.”

…..

“«¡No matarás…! »  Hubo un tiempo en que esas palabras me atravesaron como un cuchillo. Ahora…Ahora me suenan falsas. «¡No matarás!», pero a mi alrededor todos matan. Se derrama el «zumo de arándanos», salpica incluso las bridas de los caballos. El hombre vive y respira para el asesinato, vaga entre las tinieblas sangrientas y en las tinieblas sangrientas muere. Los animales salvajes matan cuando los atormenta el hambre, pero el hombre mata por cansancio, por pereza, por aburrimiento. Así es la vida. Es nuestra naturaleza más íntima, escapa a nuestra voluntad y no está en nuestras manos cambiarla…”

(Borís Sávinkov, El caballo negro, páginas 36-37, 52)

domingo, 1 de diciembre de 2013

"COMÍ" DE MARTÍN CAPARRÓS: QUÉ SIGNIFICA COMER



Comí
Martín Caparrós
Editorial Anagrama, Barcelona 2013, 231 páginas.

   Cincuenta y nueve mil parecen ser las veces que ha comido una persona de cincuenta años, según afirma el escritor argentino Martín Caparrós. Y añade que sobre algo que hemos realizado tantas veces, deberíamos haber desarrollado algún tipo de sabiduría. Pero no, nuestro conocimiento sobre la comida queda en manos de especialistas, se ha transformado en gastronomía. Saber sobre nuestras comidas, repasar nuestras vidas a través de ellas es el propósito de esta novela de Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), autor de una veintena de libros, entre ellos Los Living (Premio Herralde de Novela, 2011).
   Comí, en palabras de su propio autor, es un libro muy raro, con un formato híbrido discutible: a caballo entre el ensayo, el libro de memorias, la autobiografía (confusamente autobiográfico) y la pura ficción sobre la complejidad de una realidad como es el hecho tan natural y ajeno normalmente a nuestra reflexión de ser un cuerpo, con la cantidad de cosas que suceden en nuestro cuerpo, apostilla el escritor.
   Un hombre, un tal señor Caparrós, personaje y voz narradora cae bajo el dominio de la máquina médica, representada por el doctor Bellone. Deben realizarle una videcolonoscopia. Nada complicado, solamente tres días. Y para poder hacérsela, tiene que guardar ayuno y vaciar completamente su intestino. Ningún problema porque además usted ya ha comido mucho en su vida, reitera la voz de la máquina médica. Su aparto digestivo le pide ahora una devolución de favores. A partir de aquí, al paciente se le ocurre autodefinirse, detallar su pasado, aunque le aterre, como ser que comió y come cada día. La siguiente preocupación será saber qué significa comer mucho, saber cuánto ha comido.
   El personaje rememora entonces los episodios de su vida relacionados con la comida hasta su entrada en el quirófano. Un amplio abanico de acciones que el protagonista contabiliza, asociadas no solo con los alimentos, sino también con las sensaciones, con los sentimientos, con los afectos, sobre todo maternos, con lo recuerdos que, como la magdalena proustiana, asociamos a ciertas comidas y a determinados momentos: por ejemplo, la leche humana que comemos en nuestros primeros meses de vida como si comiésemos a nuestra madre.
   Pero comer no solo es deleitar las tripas. Comiendo establecemos nuestro lugar el  mundo, porque las comidas me constituyen como cultura, forman parte de nuestra historia. Comer nos configura como explotados o explotadores, aunque es bien cierto que las abstinencias no solucionan nada ni acaban con la explotación ni con las plusvalías. Pronto aprendemos a comer no solo por hambre, sino por rendirle un tributo al placer, a la ilusión de que el pasado  no se fue, sigue vivo en los gustos y aromas.
   De este modo, durante tres días y hasta su entrada en la sala de operaciones, el protagonista, a la vez que vacía su estómago y sus intestinos, hace lo mismo con su vida. Una evacuación  total de su existencia solitaria y de su vida familiar con su pareja y su hija. Reflexión pues sobre la comida, sobre el poder de la maquinaria médica a la que sometemos nuestros cuerpos. Y recuperación de múltiples episodios de la vida del protagonista que a veces se parece a Martín Caparrós y otras no y que en el fondo es un personaje de ficción.
   La novela, que  forma parte de la “Trilogía monstruosa” del escritor argentino (Entre comidas, Comí y Hambre), piezas literarias con la comida como hilo conductor, no solo es una ruptura de géneros, como reivindica el autor, sino un libro cuyo género no se puede definir  claramente.
   En el texto e Martín Caparrós se reserva un lugar muy especial y más bien desabrido a la medicina, a su poder omnímodo sobre nuestro cuerpo (“Uno hace muchas más búsquedas cuando se quiere comprar un teléfono móvil que cuando se pone en manos de un doctor que es  a la vez verdugo y salvador).
   Un cierto aire satírico, especialmente cuando el texto toca temas literarios, buenas dosis de humor, un juego de personajes (el protagonista es y no es a la vez es mismo escritor) salpican  y convierten en placentera la lectura de este libro “muy raro” que en más de una ocasión no deja de inquietar nuestra conciencia.

Francisco Martínez Bouzas



Martín Caparrós

Fragmentos

“Comer -cierta manera de comer- es deshacerse del mundo. Pero también es meterse el mundo en el cuerpo: comer unas papas fritas es tragarse el trabajo de unos jujeños que emigran cada año al sur de la provincia de Buenos Aires para la cosecha de la papa y se hunden en el barro y duermen en barracones fríos durante semanas por una paga vergonzosa mucho mayor que la que pueden conseguir en sus lugares. Comer un bife es sostener un sistema de transporte en el que camiones manejados por sindicatos poderosos gastan miles de litros de combustible para llevar esa carne viva hasta un centro de concentración del poder económico. Comer unos brotes de soja es masticar el nuevo orden argentino basado en la explotación depredadora de tierras que se agotarán en unos años, vacías de población y derrochadas. Comer es llevarse a la boca relaciones de producción, biografías, injusticias varias, usos de los recursos naturales, conflictos internacionales, tabúes religiosos, elecciones culturales, más y más biografías. Yo lo sé, lo escribí, no lo puedo ignorar –y no lo ignoro cada vez que como.”

…..

“Pero soy un cobarde. Fracasé porque soy un cobarde y, porque soy un cobarde, no pude terminar de resignarme a ese fracaso. Últimamente ando diciendo -como quien no quiere la cosa, sin proclamarlo, como si no lo dijera realmente ando diciendo- que toda literatura debería ser póstuma: que todo libro debería publicarse cuando su autor ya ha muerto, cuando esa figura infecciosa del autor ya no interfiere con la lectura de sus obras, cuando el libro importa por sí mismo y no por lo que pueda producir –de dineros, de pequeña reputación, de prebendas baratas –para quien lo escribió.
-Toda literatura debería ser póstuma.
He dicho –o, más que dicho, susurrado-tantas veces. Y nunca aclaré el malentendido que la frase suscita: que yo, su promesa ex promesa, voy a cumplir con la premisa: que escribo textos y más textos que reservo para después de muerto: que, por fin, encontré el modo de no dejar de ser el que será.”

(Martín Caparrós, Comí, páginas  33-34, 101)