lunes, 4 de noviembre de 2013

UN RELATO SOBRE UN SIGLO DE NARRATIVA CONTEMPORÁNEA



De un lector que cuenta
Impresiones sobre la narrativa extranjera contemporánea
De Thomas Mann a Jonathan Franzen
Robert Saladrigas
Menoscuarto Ediciones, Palencia, 2013, 296 páginas.

   La pertinencia del título de esta reseña sobre el libro de Robert Saladrigas  se deriva de las propias palabras del autor en un prólogo de esos que no le sobran a ninguna publicación porque la iluminan con luz propia y majestuosa, me atrevería a decir. Escribe en efecto Robert Saladrigas: “(…) este libro sobre los tejidos del arte de la narrativa contemporánea se fundamenta en su propio relato. Para ser más preciso, es en sí mismo un relato” (página 15). Y después de recordarnos que fue desde niño un lector cegado y rotundamente anárquico, concluye el crítico literario barcelonés expresando la fortuna que ha tenido a lo largo de su vida, de disfrutar de miles de historias imaginarias extraídas de la lectura. Y que desde finales de los años sesenta, y casi sin darse cuenta, se descubrió escribiendo en la prensa diaria y en semanarios sobre literatura, o mejor dicho, sobre sus lecturas de la literatura.
   Fruto de esta pasión por la crítica literaria periodística que Soladrigas diferencia acertadamente de la académica, son cuatro décadas de crítica literaria, una prestigiosa trayectoria de comentarista literario en la prensa diaria que aparecieron en periódicos catalanes como Tele/eXprés (desde finales de los sesenta) y La Vanguardia a partir de 1981.
   El volumen que comento, reúne una selección personal de artículos, críticas y ensayos publicados en este último medio (Suplemento “Libros” y “Cultura/s” en los últimos treinta años), con excepción de algunas introducciones para los libros del Círculo de Lectores.
   Una recopilación que aglutina ochenta y nueve textos, sin ninguna pretensión canónica, correspondientes a lúcidos comentarios sobre novelas, cuentos y libros de ensayo de la autoría de sesenta narradores que desplegaron su obra desde los inicios del siglo XX hasta la actualidad. Una sugerente y muy útil guía de lectura que encauza al lector por una de las sendas reales y más fructíferas de la ficción contemporánea.
   El panorama personal de Robert Saladrigas de la narrativa extranjera moderna y contemporánea se halla distribuido en seis secciones, al margen sin embargo de criterios cronológicos.
   Así pues en este volumen que edita Menoscuarto, Robert Saladrigas, autor él mismo de ficción como Memorial de Claudi M. Broch (1986) que se hizo merecedor del Premio de la Crítica, trabaja, como en sus día hiciera Henry James, desde el otro lado del espejo y elabora desde ese envés textos críticos o simplemente divulgativos en los que amalgama el rigor de unos de los críticos españoles más conspicuos e independientes, con una abundante información para el lector; no la que correspondería a una publicación académica, sino a un periódico. A todo eso se añade un valor impagable: la amenidad.
   La calidad y la sutil penetración de Saladrigas, con la que el autor se acerca a algunos de los grandes maestros de la prosa moderna y contemporánea, significan no un debilitamiento de la lectura crítica, como escribió José Ángel Valente en 1988, sino su reforzamiento. Huyendo de normas y reglas para ejercer la crítica literaria -en el mundo del arte no hay reglas- y sin la autocomplaciente creencia en el mito de la objetividad, R. Saladrigas pretende comprender desde la honestidad las claves del ejercicio de no pocos escritores, las sensaciones que le han producido obras de autores, imprescindibles del siglo pasado como Thomas Mann, Hermann Broch, Robert Musil, Willian Faulkner, Thomas Bernhard, E. Hemingway , Saul Bellow, Italo Calvino… así como de notables autores actuales ( W.G. Sebald, Claudio Magris, J. M Coetzee, Anthony Powell, Cormac McCarthy, Philip Roth, Don DeLillo, Alice Munro, Ian McEwan, Patrick Modiano, Michel Houllebecq, entre otros).
   Soslayando influencias, buscando libros que sobre todo remueven por dentro, reivindicando el derecho a equivocarse, Robert Saladrigas nos acerca de una forma amena y documentada a algunas de las obras literarias más significativas del siglo pasado y del actual. Un volumen pues imprescindible para no extraviarse en uno de los caminos más reseñables y fructuosos de la narrativa actual y en la del siglo XX. Es el relato de Saldrigas que comparte cada semana con sus lectores y ahora también en este libro.

Francisco Martínez Bouzas

 
 
Robert Saladrigas


Fragmento

MICHEL HOUELLEBECQ (1958)
El mapa y el territorio

“¿Por dónde empezar? Es lo que plantea,  a la hora de hacer balance, una poderosa novela de clara ambición global, cosmogónica o como se la prefiera llamar, de un autor -por supuesto deicida- que suplanta a Dios, no para hacer suyo el reto de construir un mundo, sino para diseccionar el que tenemos en su progresivo declive, con el propósito (visionario) de predecir que se encamina hacia el triunfo (absoluto), si bien no apocalíptico -como sucedía en La carretera de Cormac McCarthy- de lo vegetal sobre lo humano. El autor es Michel Houellebecq (isla de la Reunión, Francia), y la obra El mapa y el territorio (Le map et le territoire) (Anagrama), su última novela con la que obtuvo el Premio Goncourt del 2010.
En contra de lo que cabría suponer en una obra de tal magnitud que parece no imponerse límite ni restricción alguna, no hay  pasajes crípticos en el texto. Por decirlo de una manera llana, se lee con la fluidez y las expectativas de una novela de género, apasionada, cuyo ritmo, pese a la densidad conceptual, no desfallece en tramo alguno del recorrido. El mérito debe atribuirse a la formidable construcción del artefacto literario, que nunca cruje, y a la alta calidad de la prosa, que mantiene el mismo pulso de la primera a la última línea. Ahora bien, El mapa y el territorio es una de esas novelas de gran calado que, no siendo polifónica pero sí poliédrica, en la que conviven géneros diversos y sus respectivos afluentes, rechaza que, tras la experiencia de su lectura, sea condensable para otro futuro lector. Es como si exigiera de forma imperativa -insolente- ser leída tan solo, sin admitir más opciones.”

(Robert Saladrigas, De un lector que cuenta, página 285)

viernes, 1 de noviembre de 2013

EN EL HORMIGUERO LONDINENSE



Veiga es como un tiempo distinto
Eva Moreda
Pulp Books (sello de Rinoceronte Editora), Cangas do Morrazo, 2013, 128 páginas.


   La canguesa editorial Pulp Books edita en español una novela breve de Eva Moreda (A Veiga, Asturias, 1981), que en el año 2010 se hizo merecedora de la IX edición del Premio Terra de Melide. Publicada originalmente en gallego en abril de 2011, aparece ahora en español, en traducción de Iolanda   Mato. La autora que conoce cabalmente el mundo de la emigración en el Reino Unido -ella misma ejerce labores docentes en el departamento de Música de la Universidad de Glagow- nos acerca ficcionalmente, no a la actual y difícil diáspora de miles de jóvenes emigrantes en Inglaterra, sino al recorrido vital de una comunidad de emigrantes gallego en los años 60. Y lo hace echando mano de dos protagonistas prototípicos, así como de las vivencias de otros personajes secundarios que, a pesar de su rudimentario inglés intuitivo, se las ingenian para ganarse la vida limpiando oficinas siempre de noche o ejerciendo de camareras y ayudantes de cocina en restaurantes y hoteles. Y eran fieles a ciertos hábitos como visitar Portobello Road los domingos. Todo en Londres, ese mayúsculo animal que cambia constantemente, aunque para mucha gente siga siendo su aldea.
   Los dos protagonistas, Gelo de A Beiga y Elisa de los Barreses se encuentran precisamente en Portobello Road y con el encuentro revive el ardor de los sentimientos, la antigua relación, la desidia y la sorpresa. Pero también allí nace el miedo. Así se abre esta novela de Eva Moreda sobre la emigración gallega en Londres. Una pieza literaria de escasas páginas, pero de indudable calidad. Los dos protagonistas de la historia narrada se habían aventurado en la emigración londinense en la década de los 60. Muchos de los que en aquella época o en años posteriores intentamos la misma aventura, sin ninguna otra garantía que la que poseen los que en nuestro tiempo pretenden llegar a las costas de Europa en pateras, nos sentimos necesariamente retratados en esta novela sobre la emigración en ese microcosmos complejo que es la ciudad de Londres. Por eso mismo, y es mérito de la autora, los gallegos y gallegas que emigraron a la capital del Reino Unido en las décadas de los 60 y 70, dejan su huella ficcional en las páginas de este libro. Se sentirán, por lo mismo retratados en los recorridos vitales diferentes e los dos protagonistas y también en las existencias de otros emigrantes económicos, personajes secundarios que asentaron su existencia en la capital británica. Allí trabajaron, ganaron el pan y reaccionaron de forma compleja y desigual frente al nuevo entorno.
   Lejos, case a una distancia infinita queda el lugar natal de los protagonistas, esa A Veiga, metáfora de todas las aldeas gallegas que nutrieron durante aquellos años la emigración, porque, cuando uno marchaba “tan lejos” era marchar de verdad y A Veiga queda congelada, como ese “tiempo distinto” que con tanta elocuencia rotula el libro.
   Los dos protagonistas diseñados por la escritora, actantes de la acción narrativa que articula la historia contada, son, como ya quedó reflejado, Gelo y Elisa. Dos personas de A Veiga que compartieron sentimientos tiempo atrás. Perdida la relación, se encuentran años después en la emigración londinense. Y allí con su inglés incipiente y ejerciendo los trabajos prototípicos de la emigración gallega en Londres (limpiadoras nocturnas de oficinas, camareros/as, cocineros/as), renace entre ellos aquel espacio íntimo que los había unido. Pero cada uno sigue un camino vital diferente y su relación se ve sometida a altibajos.
   Sin embargo, ni Gelo ni Elisa son personajes planos. La narradora sabe moldearlos con acierto, extrayendo de los mismo toda la complejidad de un ser real, por lo que  a veces parecen contradictorios y sorprendentes, especialmente la protagonista femenina. Y en ese animal londinense que cambia constantemente, un hormiguero en transformación, algo insólito en aquellos tiempos en la Galicia de la que provenían, interactúan perfectamente. Descubren el sindicalismo, la organización de los trabajadores, el movimiento de liberación de la mujer, los anticonceptivos, las actions delante del Parlamento. Mas también se dan cuenta de que, después de los años transcurridos en Londres, son extranjeros en su lugar natal, y seguramente lo siguen siendo en la capital británica. De ahí las coherentes palabras que Elisa, la verdadera heroína de esta novela, en las que afirma con rotundidad, antes de entrar en la prisión de Holloway, que ella es de todas las partes del mundo donde hay mujeres, donde existen limpiadoras, extranjeros, donde hay gente que sufre y llora.
   Eva Moreda presenta una novela original, con el empleo de una técnica narrativa cuidada y eficaz. Su relato se asienta en una voz  -la de Gelo- que habla en primera persona. A través de sus ojos y de su monólogo descubrimos a Elisa de los Barreses y al resto de los personajes secundarios que forman el grupo de los emigrantes gallegos en Londres. No obstante, la voz del protagonista masculino desvela eficazmente las características de la emigración gallega y su interacción social, contadas desde una perpectiva femenina, porque es Elisa la que renace constantemente, la que es sensible al cambio social, la que interactúa respondiendo a los apremios novedosos del hormiguero londinense. Una prosa elegante, ágil, bien articulada, pero sin arrebatos líricos -repugnarían con el tema-, un gallego cuidado hacen de esta novela de Eva Moreda un producto narrativo maduro que ahora pueden disfrutar también los lectores españoles.

Francisco Martínez Bouzas
 


Eva Moreda


Fragmentos

“Al día siguiente, Tino le escribió a su patrón. Una semana después, recibió la respuesta de su jefe, Mister Stobart. Estaría encantado, decía, delighted, de emplear a Mister Martínez como camarero, con una jornada de cuarenta horas semanales repartida en seis turnos y un salario de quince libras por semana. Casi fue Tino el más ilusionado de los dos; yo andaba demasiado ocupado yendo por las mañanas de la policía al médico y del médico al ayuntamiento y escuchando a mi amigo por las tardes: sus fábulas hablaban de lluvia y mala comida y autobuses rojos de dos pisos y metro y jefes benevolentes y clientes excéntricos y, sobre todo, inglesitas que se dejaban hacer de todo sin poner objeción alguna. Y del verdadero motivo de su estancia en la ciudad, que no me lo desveló hasta que me tuvo seguro en su barca.”

…..

“Londres es una ciudad difícil de explicar a quien no la conoce. Desperdigada sin razón al norte y al sur del río, y creciendo sin control por todos los extremos, ni los que nacieron aquí saben muchas veces dónde empieza y dónde acaba. Los Stobart dicen que Croydon no es Londres. A mí, en cambio, Tino me cautivó desde el principio para      que viniese a Londres, y en Londres estoy, aunque aquí le llamen Croydon. Londres es el único lugar que conozco de Inglaterra, y quizás por eso, cuando pienso en Londres, no puedo evitar también en Brighton -el único otro lugar que conozco de Inglaterra, porque la Isla de Wight está ya mar por medio y no parece el mismo país- como parte de la misma ciudad, como la playa de Londres. Quizá Londres, la misma ciudad que pareció tragarte durante las últimas semanas, llega siempre hasta donde uno quiere que llegue. Y esto, por el sur, puede ser Croydon, o Brighton. Y a veces, cuando pienso en Londres -y últimamente pensé mucho, mucho, pensé en todas sus partes y en cuál pudo haber sido el sitio donde Londres te engulló- el límite de la ciudad por el sur puede estar en Miou.”

(Eva Moreda, Veiga es como un tiempo distinto, páginas 15-16, 97)

lunes, 28 de octubre de 2013

MADURAR Y AMAR BAJO EL ESTALLIDO DE LAS BOMBAS



La madrina del Batallón
Belén García Calvo
Sepha Edición y Diseño, Málaga 2013, 257 páginas.

   Después de una fecunda labor en el campo de la edición en el que ha convertido en libros textos de Rafael Lapesa, Julián Marías, Fernando Lázaro Carreter o Pedro Laín Entrailgo, debuta como narradora Belén García Calvo (Zaragoza, 1962). Y lo hace con una novela de formación, supervivencia y amor en un tiempo sumamente difícil: el escenario de la Guerra Civil española en el Madrid de aquellos años donde el hambre, la lluvia y el frío casi acosaban tanto como la artillería y los aviones franquistas. Un título, en mi opinión, no demasiado afortunado por su simpleza, rotula una novela que da comienzo el 1 de mayo de 1936, en un ambiente prebélico -asesinato de Calvo Sotelo por los guardias de asalto y del teniente Castillo por pistoleros de la extrema derecha- y se prolonga durante toda la contienda hasta el 1 de abril de 1939.
   No obstante, La madrina del batallón no es una novela sobre la Guerra Civil, ni recuperadora de la memoria histórica, aunque su acción narrativa está situada en la contienda, en la encerrona y asedio terrible que padeció la capital del estado en aquellos tres años de horror bélico.
   En ese escenario construye Belén García Calvo una cadena coherente de acontecimientos, regida por las leyes de la sucesividad y causalidad y dotada de un significado unitario. Es la acción narrativa en la que sobrenadan  un gran número de personajes, pero con una protagonista central: la joven Serena Rivera, la hija mayor de un matrimonio afín a los sublevados contra la República, que actúa así mismo como voz narrativa.
   La autora, como digo, hace comparecer en su relato a un gran número de personajes: familiares y amigos -la novela desde este punto de vista puede ser leída como una novela de familia- e, introduciéndose en su piel, intenta hacernos literariamente palpable las reacciones del ser humano al constatar que todo se está hundiendo y que, sin embargo, es preciso seguir adelante, seguir viviendo.
   Pero, en un primer plano y con el telón de fondo de la Guerra Civil en aquel Madrid acribillado por las bombas y el hambre, la novela nos acerca a las vivencias de la adolescente (Serena Rivera) que, con apenas quince años al inicio de la contienda, es espectadora y víctima de los horrores de la Guerra, viviendo en el seno de una familia que la asfixiaba, que escondía una ideología que se identificaba con los sublevados, pero rodeada de milicianos y de soldados defensores del orden constitucional. Inmersa en ese clima a la protagonista no le queda otra opción más que madurar. La realidad del mundo que la circunda choca con su mirada inocente, con el despertar de la pasión amorosa hasta el punto de que los lectores tienen la oportunidad de presenciar el primer amor de la protagonista, de ideología familiar fascista, con un oficial “rojo”. Los acontecimientos que resuelven el final del discurso narrativo, hacen que el desenlace, aunque lo aventuremos trágico, sea  sin embargo incierto.
   En el haber de la novela de Belén García Calvo es preciso destacar la acuidad con que la autora presenta la confrontación entre el despertar a la vida y una realidad hostil, repleta de miedos, de alarmas y del derrumbe del mundo circundante. Así mismo, la huida de cualquier maniqueísmo (en esta novela no existen “buenos” y “malos” y los actos de barbarie son cometidos por igual por ambos bandos). El buen hacer a la hora de hacernos sentir el peso de la rutina de los días que se suceden sin variaciones en aquel Madrid “rojo” asediado por los fascistas. Y en igual medida, una buena delineación de los personajes: unos planos, otros con una progresiva evolución a lo largo del relato. Una prosa sencilla, directa, con acertadas descripciones  viste este debut narrativo en el que, si algo sobra, es la minuciosidad de los conflictos familiares y la excesiva atención que se presta a detalles insignificantes. Y si algo resulta poco verosímil es la presencia de Enrique Lister como testigo de la boda de la protagonista.

Francisco Martínez Bouzas



 
Belén García Calvo


Fragmentos

“Así, dentro del galimatías que era la plaza, la vida y la muerte se mezclaban a partes iguales. También un hombre del pueblo, el señor Juli solía ir de arriba abajo con un carretón con muertos. En él trasladaba hasta las tapias del cementerio a las personas que habían matado en la zona y quedaban tiradas por la calle. Las familias iban allí a reconocer tanto los cadáveres que llegaban en camiones como los que llevaba el señor Juli. A mis hermanos y a mi nos prohibieron subir las persianas, incluso nos despertaban más tarde con tal de que no viéramos lo que pasaba frente a nuestra casa. Pero era muy difícil conciliar el sueño; la mezcla de las voces y los gritos con los motores de los camiones producía un ruido constante. Yo solía mirar a través de las rendijas de las persianas mucho antes de que vinieran a despertarme y a veces veía como el señor Juli, de vuelta del cementerio, giraba la manivela oxidada de la fuente de la plaza y llenaba un cubo de agua que luego vaciaba sobre el carretón. Repetía la operación tantas veces como era necesario, hasta que el líquido era claro y caía al suelo sin teñir la tierra de la plaza de sangre.”

…..

“Nada más entrar, sentí que todo me daba vueltas, no daba crédito a lo que veía, en lugar del coronel Valentín, quien estaba allí sentado era Miguel. Menos mal que vino hacia mi  y me abrazó tan fuerte y durante tanto tiempo que no tuve necesidad de hacer ni decir nada. Mi nariz quedó pegada a la altura de su pecho y cuando aspiré su olor, esa mezcla de tabaco y jabón que siempre me aturdía, fue como si no hubiera pasado el tiempo, como si recuperase de golpe mi lugar natural. Y mi abandono fue tal que no supe si habían transcurrido cinco, diez o cuántos minutos cuando me cogió de la mano y me condujo hasta la puerta de la calle. No pude reaccionar, antes de darme cuenta ya estábamos fuera. Ni siquiera me despedí de Rocío. Sin embargo, en la calle se disipó la tranquilidad que me había producido el abrazo de Miguel. La sola idea de de cruzarnos con Dolores o con cualquier otro miembro de mi familia, me devolvió de golpe a la realidad.”

(Belén García Calvo, La madrina del Batallón, páginas 64-65, 194-195)

martes, 22 de octubre de 2013

"14" DE JEAN ECHENOZ: UN CONCENTRADO DE ARTE PARA NARRAR LA GRAN GUERRA



14
Jean Echenoz
Traducción de Javier Albiñana
Editorial Anagrama, Barcelona, 2013, 98 páginas

   Concentrado de arte, talento de miniaturista, un libro de despojamiento emocional…la reacción de la crítica francesa ha sido prácticamente unánime a la hora de juzgar este libro de Jean Echenoz, publicado en el país vecino el pasado año. El éxito entre los lectores no ha sido menor, colocándose en la segunda semana de su aparición en el primer puesto en el ranking de ventas, por delante de J. R. Rowling y Patrick Mondiano. En España la situación es similar: Anagrama lo edita por primera vez el pasado septiembre y en este mes de octubre aparece la segunda edición. Hablo de la última novela de Jean Echenoz (Orange, 1947), titulada 14 evocando así de la Gran Guerra que se inició ese año, en 1914.
   Una novela breve que no alcanza las cien páginas y en la que el escritor francés, ganador de todos los premios literarios franceses, entre ellos el Goncourt, en un nuevo giro de tuerca después de su exitoso tríptico biográfico protagonizado por el músico Ravel, el atleta Zátopek y el ingeniero Nikola Testa, escribe sobre la primera Guerra Mundial, ofreciéndonos en  formato breve un gran fresco histórico de cuatro años de intensa e indiscernible barbarie.
   La pluma de este exquisito escritor francés describe, en efecto, avanzando junto a los soldados, las interminables jornadas de la Gran Guerra, acuciado de nuevo por la realidad, por los papeles y el diario de uno de los miles de soldados muertos, que por casualidad llegó a su poder. De esto modo, y una vez más, Echenoz resucita muertos para que compartan con los lectores sus calamidades. Testigo omitido pues del horrendo mosaico de una guerra que iba a durar dos semanas y se prolongó durante más de cuatro años.
   En su aproximación a la gran carnicería, Echenoz se sirve de cinco amigos de la provincia de la Vendée. Pero todo arranca con un paseo en bicicleta del joven contable Anthime, bajo el espléndido sol de agosto. Con él nos metemos de lleno en el estupor, en el dramatismo y en las transformaciones que la guerra genera en cinco amigos de la Vendée. El unísono tañido de las campanas de todas las iglesias, su toque de rebato es el introito de la primera guerra industrial, “una sórdida y apestosa ópera”. Anthime se alista en una guerra a la que los franceses consideran casi una excursión de fin de semana por la campiña. También lo hizo su hermano y sus tres amigos. Todos son enviados de inmediato a la contienda. Atrás, en la retaguardia, queda Blanche, embarazada, con una historia de amor  a tres con los dos hermanos. También su familia propietaria de una industria del calzado. Enviados a luchar en una conflagración  en la que la tecnología está por encima del hombre y que se convertirá en la mayor carnicería que conoció la historia, tal como Echenoz nos muestra en el agónico capítulo 8 que describe el fragor de la batalla. Y como contrapunto paralelo a las terribles experiencias en el frente, el narrador de 14 relata la vida de la ciudad de origen de los jóvenes soldados, haciendo así presentes las relaciones entre los personajes y, sobre todo, la historia de amor entre Blanche y los dos hermanos.
   De este modo, con un concentrado de arte, una inigualable precisión poética, una escritura tan incisiva como minimalista –“la última miniatura de Echenoz” para algún medio periodístico- , a la vez delicada y burlona, Echenoz sumerge al lector en la carnicería apocalíptica con diez millones de muertos y cuarenta de heridos. Un matadero de jóvenes confiados en medio de “tempestades de acero”, como describió Jünger la Gran Guerra.
    Una estructura contrapunteada (frente-retaguardia), la acuidad  del autor para hacer visibles con precisión milimétrica las experiencias a las que se enfrentan los incautos soldados, el coctel de humor, ironía y horror, la condensación miniaturística, la plasticidad de muchas imágenes, ciertos párrafos cortos, cincelados, que el lector recibe como fogonazos (“Y así, parecía restablecerse el silencio cuando un caso de proyectil rezagado surgió sin que supiera cómo ni de dónde, breve como una posdata”, página 65) son algunos de los elementos formales que explota el autor con la finalidad de crear un estilo literario tan preciso como elocuente, un artefacto literario contundente para hacer perfectamente visible ese momento de la historia del siglo XX  en el que el hombre se encuentra con su original orden animal -de ahí la presencia de tantos animales en la páginas finales de la novela-, y cuyo significado último lo delata el hecho de que los amasijos de carne putrefacta esparcida por los campos los forman trozos humanos, cadáveres de bueyes, caballos y ratas. Elocuente metáfora para describir un siglo de gélida animalidad que hizo saltar por los aires la vieja estabilidad y nos sumergió en una centuria de inusitada barbarie.

Francisco Martínez Bouzas




Jean Echenoz



Fragmentos

“Regresarán todos ustedes a casa, prometió el capitán Vayssière, levantando la voz en la medida de sus fuerzas. Sí, volveremos todos a la Vendée. Ahora bien, un punto fundamental. Si mueren hombres en la guerra, será por falta de higiene. Lo que mata no son las balas, sino la falta de aseo, que es nefasta y que es lo primero que deben ustedes combatir.”

…..

“Entretanto, mientras la orquesta cumplía su cometido en el combate, el brazo del barítono resultó atravesado por una bala y el trombón cayó gravemente herido: el corro fue estrechándose y, aunque su formación hubiera quedado mermada, los músicos continuaron tocando sin emitir una nota discordante, hasta que al retomar la estrofa en la que se alza el estandarte sangriento, el flauta y el viola cayeron muertos. (…)
Anthime vio, creyó ver de nuevo a unos hombres taladrar a otros ante sus propios ojos, dando a continuación un fuerte tirón para extraer la hoja de los cuerpos por efecto del retroceso. Con las manos crispadas en el fusil, se sentía ahora listo para perforar, ensartar, traspasar el más mínimo obstáculo, cuerpos de hombres, de animales, troncos de árboles o cuanto se le pusiera por delante.”

…..

“Los soldados se aferran a su fusil y a su machete, cuyo metal oxidado, empañado, oscurecido por los gases, apenas reluce ya bajo el fulgor helado de las bengalas, en un ambiente corrompido por los caballos descompuestos, la putrefacción de los hombres caídos y, en zona donde están los que se mantienen más o menos derechos en medio del lodo, el olor de sus orines, de su mierda y de su sudor, de su mugre y de sus vómitos, por no hablar de esos pegajosos efluvios a rancio, a moho, a viejo, cuando en principio están en el frente y se hallan al aire libre. Pues no: huele a cerrado, el olor se extiende sobre las personas y en su interior, tras las alambradas de púas de las que cuelgan cadáveres putrefactos y desarticulados que a veces sirven a los zapadores para fijar los cables telefónicos…”

(Jean Echenoz, 14, páginas 26, 49-50, 61-62)

domingo, 20 de octubre de 2013

"JFK": SCORT, QUE NO PUTO CHAPERO EN LA SOLEDAD MADRILEÑA



JFK
Sergio Galarza
Editorial Candaya, Avinyonet del Penedés (Barcelona), 2012, 175 páginas.

   JFK es la segunda entrega de una trilogía que el peruano Sergio Galarza sitúa en su mayor parte en los barrios madrileños: La Latina y Malasaña, emparentado con los topos, y cuyo origen es un cuento, “El mapache”, construido con la argamasa de los muchos kilómetros que el autor, en su momento emigrante sin papeles, recorrió a través de la intemperie de las calles y parques de Madrid. De esa experiencia, de su lado B -el lado A es Lima, su ciudad de origen, la brazada afectiva de sus padres, un colegio de élite…- nació Paseador de perros, novela que iniciaba la trilogía. Porque JFK aparecía ya como personaje en Paseador de perros, aunque con un rol  distinto del que desempeña en la presente narración.
   JFK, como la primera parte de la trilogía, está inspirada en hechos reales. En lo que le sucedió a un amigo del escritor, sin desechar vivencias personales como librero de la sección de libros de autoayuda. Una novela pues de formación que deriva en las últimas setenta páginas en una “road movie”. La novela se titula  JFK porque el protagonista se llama así (Jota Fernández Klimkiewicz. Padre español y madre polaca. Vende su cuerpo, se prostituye pero no se considera un puto chapero, sino un scort, es decir, un terapeuta. Su personaje le ahorra al autor la creación de un narrador externo o heterodiegético. Él nos cuenta su propia historia. Una criatura solitaria entre seres tan solitarios como él en los “meeting point”  de nuestro tiempo: bares, moteles, carreteras… Una primera persona tan ácida como real que nos refiere que, por hacer algo, se ha metido en el trabajo de scort y que, estando ya en el oficio y ganando dinero fácil, no sabría hacer otra cosa. Pero realiza  algo de lo que no todo el mundo es capaz: se traga la mierda de sus clientes, aunque esa mierda muchas veces solo sea escuchar a la gente que le ha contratado, pero en otras ocasiones es el culo peludo de algunos tíos o “los olores de algunas mujeres que llegaban corriendo de la oficina y que me obligaban a convencerlas de que el mejor sexo era bajo la ducha” (página 13).
   Al protagonista, son sus palabras, le jode que los personajes no puedan hacer nada contra su destino. De hecho JFK es un personaje que intenta redimirse haciendo el bien para pagar sus culpas (la muerte de su amigo El Chico de la Moto, la separación de sus padres), pero es incapaz de renunciar al trabajo de scort. Se ha acostumbrado a esa vida. Sin embargo tiene muy claro que no es un puto, sino un acompañante que se ofrece para asistir y hacer compañía a sus clientes, auque después sí que podía haber sexo. En sus correrías por los barrios madrileños, en hoteles de lujo, en pisos, bares, moteles… lo que encuentra son criaturas tan solitarias como él mismo. Y hay de todo, hombres y mujeres que solo quieren un polvo rápido, otros, sobre todo mujeres, que demandan algo más. Hasta que sobreviene un problema, un trágico golpe de efecto que hace que su vida derive en un “road movie” por carreteras y ciudades de Estados Unidos. Un viaje de ida y vuelta, con regreso a Madrid.
   Sergio Galarza huye de la compasión. Su personaje no se flagela ni arrepiente por lo que hace. Tampoco el autor pretende mostrar la dureza de la industria del sexo ni la vida subterránea de Madrid. Su novela únicamente traduce una historia real, repleta de contraposiciones irónicas, de caracterizaciones humorísticas y, sobre todo, el devenir existencial de alguien que ha perdido la capacidad de alegrarse o deprimirse en una ciudad donde la soledad es el gran séquito de sus  moradores. El estilo sencillo y exento de artificios de Sergio Galarza, muy cercano al periodismo narrativo, hacen que esta desolación resuene todavía con más contundencia.

Francisco Martínez Bouzas




Sergio Galarza

Fragmentos

“Me llamo JFK y trabajo como scort. Algunos pensarán que mi nombre es una broma y otros que solo soy un puto chapero, pero ¡cuál es la diferencia! Sé que para muchos un scort y un chapero son lo mismo, aunque los dos comparten menos similitudes de las que podrían imaginarse. Un scort, grábenselo, es un terapeuta. (…)
Una breve descripción de mi trabajo: un escort es alguien a quien hombres y mujeres pagan por un rato de conversación en un bar, una cena íntima, una salida al cine, un domingo de visita a los museos, una tarde buscando libros de segunda mano o novedades y tantas otras cosas más ligadas a la idea de un fin de semana romántico aunque sucedan durante un lunes o un martes, sin la obligación de sexo como punto final, pero reconozco que suele ser lo preferido. Si solo se tratara de sexo lo confesaría. Diría que soy un puto y ya está. Pero yo hago algo que no todos pueden hacer: me trago su mierda. Y para eso no hace falta ejercitarse durante horas en un gimnasio.”

…..

“El Chico de la Moto y yo habíamos hecho un trato: prestaríamos servicio a personas cuya prioridad no fuera el sexo,  a nadie más. Era la base del negocio, lo que nos diferenciaba de los niñatos  fibrados y sus competidores en musculatura. Queríamos dinero a nuestra manera, haciendo la menor cantidad de concesiones, por algo éramos los jefes y nadie nos haría agachar la cabeza. Para identificar el propósito de cada llamada sometíamos a los posibles clientes a un interrogatorio. Si lo primero que pedían era una descripción física detallada en extremo, pese a que ya habían visto nuestras fotos, les colgábamos. La mayoría insistía. Les explicábamos que no éramos unos putos, en la página web había una descripción sutil de lo que ofrecíamos por si no lo habían leído bien. Podíamos acompañarlos a donde quisieran, al cine o a cenar,  a cualquier lugar que les apeteciera, y después, sí, podía haber sexo.”

(Segio Galarza, JFK, páginas 7-8, 84)

viernes, 18 de octubre de 2013

"EL METRO DEL MUNDO": LA IGUALDAD DE LOS HOMBRES ANTE LAS MEDIDAS



El metro del mundo

Denis Guedj

Traducción de Consuelo Serra

Editorial Anagrama, Barcelona, 336 páginas

(LIBROS DE FONDO)



   La publicación de la novela del escritor francés Denis Guedj, Le Mètre du Monde (París, 2000) consolida la fijación de un nuevo subgénero literario: la novela pedagógica. No quiere esto decir que antes de esa fecha no existiesen novelas pedagógicas. Siempre las hubo y de hecho en la antigüedad se pretendió que todas las obras literarias fuesen en cierta manera pedagógicas. “Docere et delectare” era el lema.  Sin embargo las novelas antiguas nunca llegaron a satisfacer del todo ambos propósitos. O solamente intentaron entretener -es el caso de Luciano, Apuleyo o Petronio- y por lo tanto no eran pedagógicas, o, por el contrario, únicamente se proponían enseñar, como el texto de Filóstrato sobre Apolonio de Tiana, y entonces dejaban de ser novelas.

   Otro caso de la literatura con intención docente es el de las novelas épicas. Perseguían todas ellas enseñar un modelo de conducta por medio de la narración de hechos dispares de un héroe modélico (Roland, Lancelot, Amadís o Tirant) digno de ser aprendido por mimesis. Fue Cervantes el que clausuró esta modalidad estética al convertir a su héroe en un antihéroe, en una persona normal, llena de defectos, un personaje normal o alienado.

   Mas la verdadera eficacia de la novela (enseñar algún área del saber y a la vez entretener) empieza con El mundo de Sofía de Jostein Gardner. En su misma línea innovadora se encaminan las novelas de Denis Guedj (1940-2010). Este matemático, profesor de historia de la ciencia, responsable de Matemáticas en la Enciclopedia Larousse, cineasta y autor teatral, se dio a conocer como novelista con La Mesure du Monde: Le Méridienne y de forma muy especial con las dos novelas que Anagrama tradujo al español: El teorema del loro y El metro del mundo. Posteriormente en el año 2005 publicaría Zéro, una explicación de la invención del “cero· a través de cinco encarnaciones de una mujer.

   El teorema del loro nos enseña la historia de las matemáticas y permite, al mismo tiempo, que no deleitemos como lectores, al presentar Denis Guedj en el montaje de la trama una verdadera trama policial en el que se esconde un misterio que solamente se podrá resolver hallando una clave encubierta que tendrá que ser desentrañada con la lectura comprensiva de una lujosa biblioteca de Matemáticas.

   A su vez, El metro del mundo es la recuperación de una aventura intelectual y humana de gran transcendencia para la humanidad: la instauración del sistema métrico decimal en los albores de la Revolución Francesa. El pueblo francés llevaba siglos reclamando la uniformidad de las medidas, un proyecto que estaba sin resolver desde Carlomagno, el gran unificador. El desplome de su imperio marcó el triunfo del feudalismo y proporcionó a los señores el dominio sobre pesos y medidas. Embates unificadores recorren la historia, tentativas para reducir las medidas a una sola forma. Pero no es  hasta los Estados Generales de 1789, convocados por Luis XVI, cuando una de las peticiones de los miles de cuadernos de agravios (“Que no existe en el territorio dos pesos y dos medidas diferentes”) hizo que la maquinaria unificadora se pusiese en marcha. La soberana Asamblea Nacional abroga los privilegios e instituciones que perjudicaban la libertad y la igualdad. Y el yugo milenario, el poder metrológico de los señores acaba resquebrajado. Comenzó entonces la aventura de hacer real la igualdad de los hombres ante las medidas.

   El metro del mundo narra esta epopeya histórica que exigió  la medición del meridiano terrestre desde Dunkerque hasta Barcelona, requisito para lograr la instauración de un metro como unidad usual de medida. Un logro científico conseguido en nombre de una utopía: la igualdad.



Francisco Martínez Bouzas








 
Denis Guedj



Fragmentos



“Martes 4 de agosto. La máquina está en marcha. La nobleza y el clero renuncian, se dice que con entusiasmo, a los privilegios que les han convertido en lo que son. En el curso de una sesión que se podría calificar de sacrílega, los representantes de las dos clases, en soberbia dramaturgia, arrojan a las llamas lo que constituyó su poder, su riqueza y su identidad. Los privilegios, todos los privilegios son abolidos. La Asamblea Nacional, va, según sus propias palabras,  a «abolir irrevocablemente las instituciones que perjudicaban la libertad e igualdad». El día 11 vota los diferentes artículos que precisan los términos de esa abolición. Entre ellos el 17 dice: «Los derechos de patrón de pesas y medidas se suprimen sin compensación alguna» Y dice el 18:«Los municipios proveerán gratuitamente de patrón y de verificación de peso y medidas”

El yugo milenario acaba de romperse. Se ha acabado el poder metrológico de los señores. La destrucción del feudalismo era una condición necesaria para el triunfo de cualquier tentativa de uniformización de los pesos y medidas.”



…..





“El 1 de enero de 1840 se decreta el sistema métrico. Por fin el sueño de los reyes de Francia se ha hecho realidad. Y, al final, es un rey, Luis-Felipe, quien habrá realizado definitivamente la uniformización de pesos  y medidas. Ya hace pues 160 años que Francia es métrica.

Aunque no es la primera en serlo de forma continua. La han precedido Bélgica, Holanda y Luxemburgo que han adoptado el sistema métrico desde 1836.

Unos decenios más tarde, en 1867, una Conferencia Geodésica Internacional reunida en Berlín declara: «El sistema métrico es perfectamente válido para ser adaptado universalmente en razón a los principios científicos sobre los que se ha establecido, la homogeneidad que reina en todas partes, la simplicidad y facilidad de sus aplicaciones en las ciencias, artes, industria y comercio.» Los creadores del metro pueden sentirse satisfechos, su «visión» es reconocida.”



/Denis Guedj, El metro del mundo, páginas 19-20, 291-292)

domingo, 13 de octubre de 2013

PINTAR Y ESCRIBIR BAJO LOS PODERES DE LA NADA



La luz es más antigua que el amor

Ricardo Menéndez Salmón

Editorial Seix Barral, Biblioteca Breve, Barcelona, 2013 (2ª edición), 173 páginas.



   Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) está considerado como un autor joven pero ya consolidado en el actual panorama narrativo español. Un autor de culto, sin duda, dueño de una escritura dura y profunda que desconcierta a más de un lector carente de la receptividad necesaria para comprender cabalmente la escritura de este licenciado en Filosofía y director literario de una editorial asturiana.

   La producción literaria de R. Menéndez Salmón, y más en concreto esta su última obra, La luz es más antigua que el amor que rebosa substancias intelectuales, artísticas y filosóficas, camina a caballo entre la ficción y el ensayo, la biografía ficcionada y la crítica artística. Una ambiciosa amalgama entre la indagación existencial, la ficción y la estética. En su obra narrativa anterior, La ofensa (2007), Derrumbe (2008) y El corrector (2009), que conforman su “Trilogía del Mal”, Menéndez Salmón había abordado algunas caras de horror. Ahora, sin embargo, en un giro radical, el escritor asturiano hace gravitar su escritura en torno a un propósito central: perforar en los enigmas del arte y destapar la postura de compromiso o independencia del artista frente al poder encarnado en el mercado, la Iglesia o el Estado.

   Las tres partes de la novela están protagonizadas por un ficticio novelista, Bocanegra, alter ego del propio autor, que fusiona en su paleta ficcional la trágica realidad de tres pintores cuyas historias transcurren en tres épocas diferentes. Tres pintores, uno real y dos ficticios a los que Bocanegra aborda en situaciones existenciales muy problemáticas, tanto en sus vidas como en sus quehaceres artísticos. Así pues, cuatro historias ligadas con un tema de fondo o eje narrativo: el penoso y trágico proceso creativo, el misterio de la creación.

   La estructura de la novela se ajusta a un guión que le confiere unidad: tres historias en las que se narran esos  momentos de los pintores, seguidas de un texto en el que Bocanegra contrapuntea los distintos fragmentos y narra también tres momentos de su vida, introduciéndose así en la novela.

   La primera historia nos sitúa ante un pintor soñado: Adriano de Robertis que, inmerso en la Europa medieval tras la Peste Negra, sufre una crisis personal tras la muerte de su hijo que le lleva a pintar “una insultante pero seductora blasfemia”, una Virgen barbuda. Por boca de Pierre Roger de Beaufort, futuro Gregorio XI, es reprendido severamente por la Iglesia, su obra destruida y condenado a la invisibilidad. Mas, a pesar de morir viejo, comido por la miseria de un lazareto, su gesto es no solo un acto de rebeldía, sino también un interrogante sobre el sentido de la creación artística ante el éxito y la desolación.

   Aparece a continuación otro pintor, en este caso real, Mark Rothko, capaz, según el cineasta Michelangelo Antonioni, de pintar la nada. El pintor letón, emigrado a Estados Unidos, autor de crucifxiones desmontadas sobre el abismo, incapaz de soportar la tensión dramática de la vida y pintor de un último cuadro, “Un réquiem por la luz”, desvariado antes de suicidarse, “la máxima expresión de la voluntad por perdurar” (página 88). Y finalmente otro pintor inventado Vsévolod Semiasin. Enfrentado a Stalin, asistimos a sus derrumbe esquizofrénico y a sus reclusión en un sanatorio tras haber engullido su propia obra, cuyas razones revela en un carta escrita el 11 de septiembre de 2001, en la era del Desconsuelo.

   Y, como he señalado, entrelazando los tres episodios, las reflexiones de Bocanegra sobre el sentido del arte,  a la vez que explora las profundas coordenadas de la condición humana y la posición trágica y doliente del acto creativo bajo los poderes de la pura nada, tal como la entendió Kafka en una entrada de sus diarios. Pintar, escribir, crear en la travesía de la nada.

   Especialmente interesante es, en mi apreciación, el segundo contrapunto, “Bocanegra en 2008”, un fragmento metanarrativo en el que el escritor explica su propio proceso creativo, un tema recurrente en la narrativa actual para desconcierto de algunos lectores. Libro complejo, de gran densidad intelectual, apto para degustación no del lector consumista de banalidades, sino de una literatura ajena a la moda y cimentada en la reflexión, en historias de gran calado y con estructuras formales que se sitúan entre las experiencias más vanguardistas.



Francisco Martínez Bouzas






Ricardo Menéndez Salmón



Fragmentos



“Porque quien en el acto de componer música, pintar frescos, esculpir sobre mármol o levantar catedrales se contempla a si mismo desde la perspectiva del oficio, no puede por menos de preguntarse: «Todo este esfuerzo, toda esta lucha de vanidades, toda esta ingente escenificación, ¿para qué?» De los demonios que acechan al creador a lo largo de su tarea, ninguno tan angustioso como la carencia de sentido, acepta De Robertis bajo la mirada bobina, un tanto estúpida del pantocrátor en quien ya no sabe si cree. Porque, por definición, el sentido no es algo que se le suponga a la creación, no es algo que le sea dada ex ovo. Así, del misterio de las sensaciones e impresiones que alimentan su vida, el creador cosecha el misterio de la realización de su obra.”



…..



“Un aneurisma de aorta que en 1968 lo había retirado temporalmente de la pintura (a Mark Rohtko), dejando su salud quebrantada, la separación de su mujer, que lo engañaba con hombres mucho más mediocres (qué suplicio para un talento tan inmenso ser vencido polla, por una forma de besar, por ciertos aspectos de la ternura o de la galantería), y un creciente estado de desasosiego por una depresión latente desde hacía años se asociaron sin remedio para que sus últimos cuadros se volviesen densos y oscuros, como si ya no pudiera salir de aquel reino de penumbras y pintar la luz en la que se había refugiado durante décadas, la misma luz que iluminó al niño letón en su viaje al corazón del futuro imperio. Quizás la conciencia de que ya no podía convocarla, de que ya no podía esconderse en ella, hizo que no fuese capaz de soportar durante más tiempo la tensión dramática de la vida y, en efecto, pintase un último cuadro, un réquiem por la luz, que no era otra cosa que su autorretrato.

Un cuadro totalmente negro que lo devoró la mañana del 25 de febrero de 1970 en su estudio de Nueva York, exactamente 51 semanas antes de que yo, el autor de La luz es más antigua que el amor, naciera al otro lado del atlántico (…) Poco antes de morir proféticamente escribió:

«Mi capacidad de mirar es tal que mis ojos terminarán por consumirse. Y este desgaste de las pupilas será la enfermedad que me llevará a morir. Una noche miraré tan fijamente en la oscuridad que terminaré dentro e ella.»



…..



“Hay días en que Bocanegra se sienta a escribir y lo rodea la nada. Una larga, desalentadora nada. Una nada nada dadivosa. Una nada del tamaño del planeta. No es el famoso bloque del escritor, li la socorrida falta de inspiración, ni el consabido tedium vitae. No: es la pura nada, los poderes de l nada, los ropajes de la nada, los interruptores apagados, las circunvalaciones secas. Postración, silencio: nada.

Kafka escribió esa palabra en una de las entradas más impactantes de sus diarios: «Nada». Podría no haber escrito nada, esperar atener algo que contar y entonces hacerlo, dejarlo escrito, dar fe de ello. Pero no, un día, en medio da la nada, durante la travesía de la nada, encerrado a solas con la nada, decidió abrir su diario y escribir: «Nada.»



(Ricardo Menéndez Salmón, La luz es más antigua que el amor, páginas 31, 56,111)