martes, 22 de octubre de 2013

"14" DE JEAN ECHENOZ: UN CONCENTRADO DE ARTE PARA NARRAR LA GRAN GUERRA



14
Jean Echenoz
Traducción de Javier Albiñana
Editorial Anagrama, Barcelona, 2013, 98 páginas

   Concentrado de arte, talento de miniaturista, un libro de despojamiento emocional…la reacción de la crítica francesa ha sido prácticamente unánime a la hora de juzgar este libro de Jean Echenoz, publicado en el país vecino el pasado año. El éxito entre los lectores no ha sido menor, colocándose en la segunda semana de su aparición en el primer puesto en el ranking de ventas, por delante de J. R. Rowling y Patrick Mondiano. En España la situación es similar: Anagrama lo edita por primera vez el pasado septiembre y en este mes de octubre aparece la segunda edición. Hablo de la última novela de Jean Echenoz (Orange, 1947), titulada 14 evocando así de la Gran Guerra que se inició ese año, en 1914.
   Una novela breve que no alcanza las cien páginas y en la que el escritor francés, ganador de todos los premios literarios franceses, entre ellos el Goncourt, en un nuevo giro de tuerca después de su exitoso tríptico biográfico protagonizado por el músico Ravel, el atleta Zátopek y el ingeniero Nikola Testa, escribe sobre la primera Guerra Mundial, ofreciéndonos en  formato breve un gran fresco histórico de cuatro años de intensa e indiscernible barbarie.
   La pluma de este exquisito escritor francés describe, en efecto, avanzando junto a los soldados, las interminables jornadas de la Gran Guerra, acuciado de nuevo por la realidad, por los papeles y el diario de uno de los miles de soldados muertos, que por casualidad llegó a su poder. De esto modo, y una vez más, Echenoz resucita muertos para que compartan con los lectores sus calamidades. Testigo omitido pues del horrendo mosaico de una guerra que iba a durar dos semanas y se prolongó durante más de cuatro años.
   En su aproximación a la gran carnicería, Echenoz se sirve de cinco amigos de la provincia de la Vendée. Pero todo arranca con un paseo en bicicleta del joven contable Anthime, bajo el espléndido sol de agosto. Con él nos metemos de lleno en el estupor, en el dramatismo y en las transformaciones que la guerra genera en cinco amigos de la Vendée. El unísono tañido de las campanas de todas las iglesias, su toque de rebato es el introito de la primera guerra industrial, “una sórdida y apestosa ópera”. Anthime se alista en una guerra a la que los franceses consideran casi una excursión de fin de semana por la campiña. También lo hizo su hermano y sus tres amigos. Todos son enviados de inmediato a la contienda. Atrás, en la retaguardia, queda Blanche, embarazada, con una historia de amor  a tres con los dos hermanos. También su familia propietaria de una industria del calzado. Enviados a luchar en una conflagración  en la que la tecnología está por encima del hombre y que se convertirá en la mayor carnicería que conoció la historia, tal como Echenoz nos muestra en el agónico capítulo 8 que describe el fragor de la batalla. Y como contrapunto paralelo a las terribles experiencias en el frente, el narrador de 14 relata la vida de la ciudad de origen de los jóvenes soldados, haciendo así presentes las relaciones entre los personajes y, sobre todo, la historia de amor entre Blanche y los dos hermanos.
   De este modo, con un concentrado de arte, una inigualable precisión poética, una escritura tan incisiva como minimalista –“la última miniatura de Echenoz” para algún medio periodístico- , a la vez delicada y burlona, Echenoz sumerge al lector en la carnicería apocalíptica con diez millones de muertos y cuarenta de heridos. Un matadero de jóvenes confiados en medio de “tempestades de acero”, como describió Jünger la Gran Guerra.
    Una estructura contrapunteada (frente-retaguardia), la acuidad  del autor para hacer visibles con precisión milimétrica las experiencias a las que se enfrentan los incautos soldados, el coctel de humor, ironía y horror, la condensación miniaturística, la plasticidad de muchas imágenes, ciertos párrafos cortos, cincelados, que el lector recibe como fogonazos (“Y así, parecía restablecerse el silencio cuando un caso de proyectil rezagado surgió sin que supiera cómo ni de dónde, breve como una posdata”, página 65) son algunos de los elementos formales que explota el autor con la finalidad de crear un estilo literario tan preciso como elocuente, un artefacto literario contundente para hacer perfectamente visible ese momento de la historia del siglo XX  en el que el hombre se encuentra con su original orden animal -de ahí la presencia de tantos animales en la páginas finales de la novela-, y cuyo significado último lo delata el hecho de que los amasijos de carne putrefacta esparcida por los campos los forman trozos humanos, cadáveres de bueyes, caballos y ratas. Elocuente metáfora para describir un siglo de gélida animalidad que hizo saltar por los aires la vieja estabilidad y nos sumergió en una centuria de inusitada barbarie.

Francisco Martínez Bouzas




Jean Echenoz



Fragmentos

“Regresarán todos ustedes a casa, prometió el capitán Vayssière, levantando la voz en la medida de sus fuerzas. Sí, volveremos todos a la Vendée. Ahora bien, un punto fundamental. Si mueren hombres en la guerra, será por falta de higiene. Lo que mata no son las balas, sino la falta de aseo, que es nefasta y que es lo primero que deben ustedes combatir.”

…..

“Entretanto, mientras la orquesta cumplía su cometido en el combate, el brazo del barítono resultó atravesado por una bala y el trombón cayó gravemente herido: el corro fue estrechándose y, aunque su formación hubiera quedado mermada, los músicos continuaron tocando sin emitir una nota discordante, hasta que al retomar la estrofa en la que se alza el estandarte sangriento, el flauta y el viola cayeron muertos. (…)
Anthime vio, creyó ver de nuevo a unos hombres taladrar a otros ante sus propios ojos, dando a continuación un fuerte tirón para extraer la hoja de los cuerpos por efecto del retroceso. Con las manos crispadas en el fusil, se sentía ahora listo para perforar, ensartar, traspasar el más mínimo obstáculo, cuerpos de hombres, de animales, troncos de árboles o cuanto se le pusiera por delante.”

…..

“Los soldados se aferran a su fusil y a su machete, cuyo metal oxidado, empañado, oscurecido por los gases, apenas reluce ya bajo el fulgor helado de las bengalas, en un ambiente corrompido por los caballos descompuestos, la putrefacción de los hombres caídos y, en zona donde están los que se mantienen más o menos derechos en medio del lodo, el olor de sus orines, de su mierda y de su sudor, de su mugre y de sus vómitos, por no hablar de esos pegajosos efluvios a rancio, a moho, a viejo, cuando en principio están en el frente y se hallan al aire libre. Pues no: huele a cerrado, el olor se extiende sobre las personas y en su interior, tras las alambradas de púas de las que cuelgan cadáveres putrefactos y desarticulados que a veces sirven a los zapadores para fijar los cables telefónicos…”

(Jean Echenoz, 14, páginas 26, 49-50, 61-62)

domingo, 20 de octubre de 2013

"JFK": SCORT, QUE NO PUTO CHAPERO EN LA SOLEDAD MADRILEÑA



JFK
Sergio Galarza
Editorial Candaya, Avinyonet del Penedés (Barcelona), 2012, 175 páginas.

   JFK es la segunda entrega de una trilogía que el peruano Sergio Galarza sitúa en su mayor parte en los barrios madrileños: La Latina y Malasaña, emparentado con los topos, y cuyo origen es un cuento, “El mapache”, construido con la argamasa de los muchos kilómetros que el autor, en su momento emigrante sin papeles, recorrió a través de la intemperie de las calles y parques de Madrid. De esa experiencia, de su lado B -el lado A es Lima, su ciudad de origen, la brazada afectiva de sus padres, un colegio de élite…- nació Paseador de perros, novela que iniciaba la trilogía. Porque JFK aparecía ya como personaje en Paseador de perros, aunque con un rol  distinto del que desempeña en la presente narración.
   JFK, como la primera parte de la trilogía, está inspirada en hechos reales. En lo que le sucedió a un amigo del escritor, sin desechar vivencias personales como librero de la sección de libros de autoayuda. Una novela pues de formación que deriva en las últimas setenta páginas en una “road movie”. La novela se titula  JFK porque el protagonista se llama así (Jota Fernández Klimkiewicz. Padre español y madre polaca. Vende su cuerpo, se prostituye pero no se considera un puto chapero, sino un scort, es decir, un terapeuta. Su personaje le ahorra al autor la creación de un narrador externo o heterodiegético. Él nos cuenta su propia historia. Una criatura solitaria entre seres tan solitarios como él en los “meeting point”  de nuestro tiempo: bares, moteles, carreteras… Una primera persona tan ácida como real que nos refiere que, por hacer algo, se ha metido en el trabajo de scort y que, estando ya en el oficio y ganando dinero fácil, no sabría hacer otra cosa. Pero realiza  algo de lo que no todo el mundo es capaz: se traga la mierda de sus clientes, aunque esa mierda muchas veces solo sea escuchar a la gente que le ha contratado, pero en otras ocasiones es el culo peludo de algunos tíos o “los olores de algunas mujeres que llegaban corriendo de la oficina y que me obligaban a convencerlas de que el mejor sexo era bajo la ducha” (página 13).
   Al protagonista, son sus palabras, le jode que los personajes no puedan hacer nada contra su destino. De hecho JFK es un personaje que intenta redimirse haciendo el bien para pagar sus culpas (la muerte de su amigo El Chico de la Moto, la separación de sus padres), pero es incapaz de renunciar al trabajo de scort. Se ha acostumbrado a esa vida. Sin embargo tiene muy claro que no es un puto, sino un acompañante que se ofrece para asistir y hacer compañía a sus clientes, auque después sí que podía haber sexo. En sus correrías por los barrios madrileños, en hoteles de lujo, en pisos, bares, moteles… lo que encuentra son criaturas tan solitarias como él mismo. Y hay de todo, hombres y mujeres que solo quieren un polvo rápido, otros, sobre todo mujeres, que demandan algo más. Hasta que sobreviene un problema, un trágico golpe de efecto que hace que su vida derive en un “road movie” por carreteras y ciudades de Estados Unidos. Un viaje de ida y vuelta, con regreso a Madrid.
   Sergio Galarza huye de la compasión. Su personaje no se flagela ni arrepiente por lo que hace. Tampoco el autor pretende mostrar la dureza de la industria del sexo ni la vida subterránea de Madrid. Su novela únicamente traduce una historia real, repleta de contraposiciones irónicas, de caracterizaciones humorísticas y, sobre todo, el devenir existencial de alguien que ha perdido la capacidad de alegrarse o deprimirse en una ciudad donde la soledad es el gran séquito de sus  moradores. El estilo sencillo y exento de artificios de Sergio Galarza, muy cercano al periodismo narrativo, hacen que esta desolación resuene todavía con más contundencia.

Francisco Martínez Bouzas




Sergio Galarza

Fragmentos

“Me llamo JFK y trabajo como scort. Algunos pensarán que mi nombre es una broma y otros que solo soy un puto chapero, pero ¡cuál es la diferencia! Sé que para muchos un scort y un chapero son lo mismo, aunque los dos comparten menos similitudes de las que podrían imaginarse. Un scort, grábenselo, es un terapeuta. (…)
Una breve descripción de mi trabajo: un escort es alguien a quien hombres y mujeres pagan por un rato de conversación en un bar, una cena íntima, una salida al cine, un domingo de visita a los museos, una tarde buscando libros de segunda mano o novedades y tantas otras cosas más ligadas a la idea de un fin de semana romántico aunque sucedan durante un lunes o un martes, sin la obligación de sexo como punto final, pero reconozco que suele ser lo preferido. Si solo se tratara de sexo lo confesaría. Diría que soy un puto y ya está. Pero yo hago algo que no todos pueden hacer: me trago su mierda. Y para eso no hace falta ejercitarse durante horas en un gimnasio.”

…..

“El Chico de la Moto y yo habíamos hecho un trato: prestaríamos servicio a personas cuya prioridad no fuera el sexo,  a nadie más. Era la base del negocio, lo que nos diferenciaba de los niñatos  fibrados y sus competidores en musculatura. Queríamos dinero a nuestra manera, haciendo la menor cantidad de concesiones, por algo éramos los jefes y nadie nos haría agachar la cabeza. Para identificar el propósito de cada llamada sometíamos a los posibles clientes a un interrogatorio. Si lo primero que pedían era una descripción física detallada en extremo, pese a que ya habían visto nuestras fotos, les colgábamos. La mayoría insistía. Les explicábamos que no éramos unos putos, en la página web había una descripción sutil de lo que ofrecíamos por si no lo habían leído bien. Podíamos acompañarlos a donde quisieran, al cine o a cenar,  a cualquier lugar que les apeteciera, y después, sí, podía haber sexo.”

(Segio Galarza, JFK, páginas 7-8, 84)

viernes, 18 de octubre de 2013

"EL METRO DEL MUNDO": LA IGUALDAD DE LOS HOMBRES ANTE LAS MEDIDAS



El metro del mundo

Denis Guedj

Traducción de Consuelo Serra

Editorial Anagrama, Barcelona, 336 páginas

(LIBROS DE FONDO)



   La publicación de la novela del escritor francés Denis Guedj, Le Mètre du Monde (París, 2000) consolida la fijación de un nuevo subgénero literario: la novela pedagógica. No quiere esto decir que antes de esa fecha no existiesen novelas pedagógicas. Siempre las hubo y de hecho en la antigüedad se pretendió que todas las obras literarias fuesen en cierta manera pedagógicas. “Docere et delectare” era el lema.  Sin embargo las novelas antiguas nunca llegaron a satisfacer del todo ambos propósitos. O solamente intentaron entretener -es el caso de Luciano, Apuleyo o Petronio- y por lo tanto no eran pedagógicas, o, por el contrario, únicamente se proponían enseñar, como el texto de Filóstrato sobre Apolonio de Tiana, y entonces dejaban de ser novelas.

   Otro caso de la literatura con intención docente es el de las novelas épicas. Perseguían todas ellas enseñar un modelo de conducta por medio de la narración de hechos dispares de un héroe modélico (Roland, Lancelot, Amadís o Tirant) digno de ser aprendido por mimesis. Fue Cervantes el que clausuró esta modalidad estética al convertir a su héroe en un antihéroe, en una persona normal, llena de defectos, un personaje normal o alienado.

   Mas la verdadera eficacia de la novela (enseñar algún área del saber y a la vez entretener) empieza con El mundo de Sofía de Jostein Gardner. En su misma línea innovadora se encaminan las novelas de Denis Guedj (1940-2010). Este matemático, profesor de historia de la ciencia, responsable de Matemáticas en la Enciclopedia Larousse, cineasta y autor teatral, se dio a conocer como novelista con La Mesure du Monde: Le Méridienne y de forma muy especial con las dos novelas que Anagrama tradujo al español: El teorema del loro y El metro del mundo. Posteriormente en el año 2005 publicaría Zéro, una explicación de la invención del “cero· a través de cinco encarnaciones de una mujer.

   El teorema del loro nos enseña la historia de las matemáticas y permite, al mismo tiempo, que no deleitemos como lectores, al presentar Denis Guedj en el montaje de la trama una verdadera trama policial en el que se esconde un misterio que solamente se podrá resolver hallando una clave encubierta que tendrá que ser desentrañada con la lectura comprensiva de una lujosa biblioteca de Matemáticas.

   A su vez, El metro del mundo es la recuperación de una aventura intelectual y humana de gran transcendencia para la humanidad: la instauración del sistema métrico decimal en los albores de la Revolución Francesa. El pueblo francés llevaba siglos reclamando la uniformidad de las medidas, un proyecto que estaba sin resolver desde Carlomagno, el gran unificador. El desplome de su imperio marcó el triunfo del feudalismo y proporcionó a los señores el dominio sobre pesos y medidas. Embates unificadores recorren la historia, tentativas para reducir las medidas a una sola forma. Pero no es  hasta los Estados Generales de 1789, convocados por Luis XVI, cuando una de las peticiones de los miles de cuadernos de agravios (“Que no existe en el territorio dos pesos y dos medidas diferentes”) hizo que la maquinaria unificadora se pusiese en marcha. La soberana Asamblea Nacional abroga los privilegios e instituciones que perjudicaban la libertad y la igualdad. Y el yugo milenario, el poder metrológico de los señores acaba resquebrajado. Comenzó entonces la aventura de hacer real la igualdad de los hombres ante las medidas.

   El metro del mundo narra esta epopeya histórica que exigió  la medición del meridiano terrestre desde Dunkerque hasta Barcelona, requisito para lograr la instauración de un metro como unidad usual de medida. Un logro científico conseguido en nombre de una utopía: la igualdad.



Francisco Martínez Bouzas








 
Denis Guedj



Fragmentos



“Martes 4 de agosto. La máquina está en marcha. La nobleza y el clero renuncian, se dice que con entusiasmo, a los privilegios que les han convertido en lo que son. En el curso de una sesión que se podría calificar de sacrílega, los representantes de las dos clases, en soberbia dramaturgia, arrojan a las llamas lo que constituyó su poder, su riqueza y su identidad. Los privilegios, todos los privilegios son abolidos. La Asamblea Nacional, va, según sus propias palabras,  a «abolir irrevocablemente las instituciones que perjudicaban la libertad e igualdad». El día 11 vota los diferentes artículos que precisan los términos de esa abolición. Entre ellos el 17 dice: «Los derechos de patrón de pesas y medidas se suprimen sin compensación alguna» Y dice el 18:«Los municipios proveerán gratuitamente de patrón y de verificación de peso y medidas”

El yugo milenario acaba de romperse. Se ha acabado el poder metrológico de los señores. La destrucción del feudalismo era una condición necesaria para el triunfo de cualquier tentativa de uniformización de los pesos y medidas.”



…..





“El 1 de enero de 1840 se decreta el sistema métrico. Por fin el sueño de los reyes de Francia se ha hecho realidad. Y, al final, es un rey, Luis-Felipe, quien habrá realizado definitivamente la uniformización de pesos  y medidas. Ya hace pues 160 años que Francia es métrica.

Aunque no es la primera en serlo de forma continua. La han precedido Bélgica, Holanda y Luxemburgo que han adoptado el sistema métrico desde 1836.

Unos decenios más tarde, en 1867, una Conferencia Geodésica Internacional reunida en Berlín declara: «El sistema métrico es perfectamente válido para ser adaptado universalmente en razón a los principios científicos sobre los que se ha establecido, la homogeneidad que reina en todas partes, la simplicidad y facilidad de sus aplicaciones en las ciencias, artes, industria y comercio.» Los creadores del metro pueden sentirse satisfechos, su «visión» es reconocida.”



/Denis Guedj, El metro del mundo, páginas 19-20, 291-292)

domingo, 13 de octubre de 2013

PINTAR Y ESCRIBIR BAJO LOS PODERES DE LA NADA



La luz es más antigua que el amor

Ricardo Menéndez Salmón

Editorial Seix Barral, Biblioteca Breve, Barcelona, 2013 (2ª edición), 173 páginas.



   Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) está considerado como un autor joven pero ya consolidado en el actual panorama narrativo español. Un autor de culto, sin duda, dueño de una escritura dura y profunda que desconcierta a más de un lector carente de la receptividad necesaria para comprender cabalmente la escritura de este licenciado en Filosofía y director literario de una editorial asturiana.

   La producción literaria de R. Menéndez Salmón, y más en concreto esta su última obra, La luz es más antigua que el amor que rebosa substancias intelectuales, artísticas y filosóficas, camina a caballo entre la ficción y el ensayo, la biografía ficcionada y la crítica artística. Una ambiciosa amalgama entre la indagación existencial, la ficción y la estética. En su obra narrativa anterior, La ofensa (2007), Derrumbe (2008) y El corrector (2009), que conforman su “Trilogía del Mal”, Menéndez Salmón había abordado algunas caras de horror. Ahora, sin embargo, en un giro radical, el escritor asturiano hace gravitar su escritura en torno a un propósito central: perforar en los enigmas del arte y destapar la postura de compromiso o independencia del artista frente al poder encarnado en el mercado, la Iglesia o el Estado.

   Las tres partes de la novela están protagonizadas por un ficticio novelista, Bocanegra, alter ego del propio autor, que fusiona en su paleta ficcional la trágica realidad de tres pintores cuyas historias transcurren en tres épocas diferentes. Tres pintores, uno real y dos ficticios a los que Bocanegra aborda en situaciones existenciales muy problemáticas, tanto en sus vidas como en sus quehaceres artísticos. Así pues, cuatro historias ligadas con un tema de fondo o eje narrativo: el penoso y trágico proceso creativo, el misterio de la creación.

   La estructura de la novela se ajusta a un guión que le confiere unidad: tres historias en las que se narran esos  momentos de los pintores, seguidas de un texto en el que Bocanegra contrapuntea los distintos fragmentos y narra también tres momentos de su vida, introduciéndose así en la novela.

   La primera historia nos sitúa ante un pintor soñado: Adriano de Robertis que, inmerso en la Europa medieval tras la Peste Negra, sufre una crisis personal tras la muerte de su hijo que le lleva a pintar “una insultante pero seductora blasfemia”, una Virgen barbuda. Por boca de Pierre Roger de Beaufort, futuro Gregorio XI, es reprendido severamente por la Iglesia, su obra destruida y condenado a la invisibilidad. Mas, a pesar de morir viejo, comido por la miseria de un lazareto, su gesto es no solo un acto de rebeldía, sino también un interrogante sobre el sentido de la creación artística ante el éxito y la desolación.

   Aparece a continuación otro pintor, en este caso real, Mark Rothko, capaz, según el cineasta Michelangelo Antonioni, de pintar la nada. El pintor letón, emigrado a Estados Unidos, autor de crucifxiones desmontadas sobre el abismo, incapaz de soportar la tensión dramática de la vida y pintor de un último cuadro, “Un réquiem por la luz”, desvariado antes de suicidarse, “la máxima expresión de la voluntad por perdurar” (página 88). Y finalmente otro pintor inventado Vsévolod Semiasin. Enfrentado a Stalin, asistimos a sus derrumbe esquizofrénico y a sus reclusión en un sanatorio tras haber engullido su propia obra, cuyas razones revela en un carta escrita el 11 de septiembre de 2001, en la era del Desconsuelo.

   Y, como he señalado, entrelazando los tres episodios, las reflexiones de Bocanegra sobre el sentido del arte,  a la vez que explora las profundas coordenadas de la condición humana y la posición trágica y doliente del acto creativo bajo los poderes de la pura nada, tal como la entendió Kafka en una entrada de sus diarios. Pintar, escribir, crear en la travesía de la nada.

   Especialmente interesante es, en mi apreciación, el segundo contrapunto, “Bocanegra en 2008”, un fragmento metanarrativo en el que el escritor explica su propio proceso creativo, un tema recurrente en la narrativa actual para desconcierto de algunos lectores. Libro complejo, de gran densidad intelectual, apto para degustación no del lector consumista de banalidades, sino de una literatura ajena a la moda y cimentada en la reflexión, en historias de gran calado y con estructuras formales que se sitúan entre las experiencias más vanguardistas.



Francisco Martínez Bouzas






Ricardo Menéndez Salmón



Fragmentos



“Porque quien en el acto de componer música, pintar frescos, esculpir sobre mármol o levantar catedrales se contempla a si mismo desde la perspectiva del oficio, no puede por menos de preguntarse: «Todo este esfuerzo, toda esta lucha de vanidades, toda esta ingente escenificación, ¿para qué?» De los demonios que acechan al creador a lo largo de su tarea, ninguno tan angustioso como la carencia de sentido, acepta De Robertis bajo la mirada bobina, un tanto estúpida del pantocrátor en quien ya no sabe si cree. Porque, por definición, el sentido no es algo que se le suponga a la creación, no es algo que le sea dada ex ovo. Así, del misterio de las sensaciones e impresiones que alimentan su vida, el creador cosecha el misterio de la realización de su obra.”



…..



“Un aneurisma de aorta que en 1968 lo había retirado temporalmente de la pintura (a Mark Rohtko), dejando su salud quebrantada, la separación de su mujer, que lo engañaba con hombres mucho más mediocres (qué suplicio para un talento tan inmenso ser vencido polla, por una forma de besar, por ciertos aspectos de la ternura o de la galantería), y un creciente estado de desasosiego por una depresión latente desde hacía años se asociaron sin remedio para que sus últimos cuadros se volviesen densos y oscuros, como si ya no pudiera salir de aquel reino de penumbras y pintar la luz en la que se había refugiado durante décadas, la misma luz que iluminó al niño letón en su viaje al corazón del futuro imperio. Quizás la conciencia de que ya no podía convocarla, de que ya no podía esconderse en ella, hizo que no fuese capaz de soportar durante más tiempo la tensión dramática de la vida y, en efecto, pintase un último cuadro, un réquiem por la luz, que no era otra cosa que su autorretrato.

Un cuadro totalmente negro que lo devoró la mañana del 25 de febrero de 1970 en su estudio de Nueva York, exactamente 51 semanas antes de que yo, el autor de La luz es más antigua que el amor, naciera al otro lado del atlántico (…) Poco antes de morir proféticamente escribió:

«Mi capacidad de mirar es tal que mis ojos terminarán por consumirse. Y este desgaste de las pupilas será la enfermedad que me llevará a morir. Una noche miraré tan fijamente en la oscuridad que terminaré dentro e ella.»



…..



“Hay días en que Bocanegra se sienta a escribir y lo rodea la nada. Una larga, desalentadora nada. Una nada nada dadivosa. Una nada del tamaño del planeta. No es el famoso bloque del escritor, li la socorrida falta de inspiración, ni el consabido tedium vitae. No: es la pura nada, los poderes de l nada, los ropajes de la nada, los interruptores apagados, las circunvalaciones secas. Postración, silencio: nada.

Kafka escribió esa palabra en una de las entradas más impactantes de sus diarios: «Nada». Podría no haber escrito nada, esperar atener algo que contar y entonces hacerlo, dejarlo escrito, dar fe de ello. Pero no, un día, en medio da la nada, durante la travesía de la nada, encerrado a solas con la nada, decidió abrir su diario y escribir: «Nada.»



(Ricardo Menéndez Salmón, La luz es más antigua que el amor, páginas 31, 56,111)

martes, 8 de octubre de 2013

VIAJE POR LA MEMORIA A TRAVÉS DE LA AMAZONÍA



Mi vida en la Amazonía
Julen Ezcurra
Prólogo de Agustín Remesal
Epílogo de Joaquín García
La Raya Quebrada, Zamora, 2011, 231 páginas


   Aunque separados en el tiempo más de cuarenta años, este viaje por la memoria de Julen Ezcurra, no está temáticamente tan alejado de aquel extraordinario documento, el Diario de las diez semanas que el patriota irlandés Roger Casement pasó, comisionado por el Foreign Office, investigando las denuncias contra la compañía cauchera “Peruvian Amazon Company”. Desde Iquitos, navegando por los ríos y recorriendo las selvas amazónicas, Casement recopiló minuciosamente los indicios, pruebas y documentos de la cacería humana dirigida por la codicia occidental y personificada en aquel “empresario genocida del caucho” que fue Julio César Arana. Ediciones del Viento dio a la imprenta el Diario de la Amazonía de Roger Casement, en coincidencia temporal con este otro libro que, en algunos aspectos, se le asemeja: Mi vida en la Amazonía de Julen Ezcurra.
   Julen Ezcurra (Izarra, 1930) llegó a Iquitos, capital de la Amazonía peruana como miembro de la Orden Agustiniana. Un viaje en el trasatlántico “Reina del Pacífico” (Santander-El Callao) de veintiún días de duración. Corre el año 1954. Diez años de permanencia en Perú, ahora recogidos en este libro, Mi vida en la Amazonía (Andanzas de un músico vasco en la selva peruana). Porque Julen Ezcurra amalgama en su condición humana ante todo su vocación de músico. Puede dar fe quien esto escribe, porque el comentarista, con Agustín Remesal, que con escritura florida prologa este volumen, fue uno de los afortunados a los que el maestro Ezcurra legó el mensaje musical que él había escuchado en el Amazonas y en los Andes. Y también sus deseos y afanes de cambio en tiempos difíciles.
   La obra, que no es un libro de memorias, aunque sí un viaje por la memoria con altos en el camino para transmitirnos aquellos acontecimientos que más impactaron al autor, nos presenta sus recuerdos en la Amazonía. No como grandes hazañas, sino como estampas, impresiones de ese mundo exótico que es la majestuosa selva amazónica. El protagonismo radica pues en la realidad circundante: la selva y sobre todo los seres humanos que la habitan.
   Ya desde la Introducción deja claro el autor cuál  es el ideal de lucha de los misioneros y cooperantes pertenecientes a diversas órdenes y comunidades religiosas: la liberación de la miseria natural -la esclavitud de los pobres- y especialmente de la miseria espiritual por medio de la educación y de la cultura. Ideal que sigue aún vigente. Los misioneros agustinos no han cesado en sus denuncias contra la actuación del Estado peruano que favorece a las compañía petrolíferas sin importarle las consecuencias -derrame de hidrocarburos en los ríos amazónicos- que sufren los pueblos indígenas.
   Con la música como hilo conductor, Julen Ezcurra recupera en este cuaderno de recuerdos algunos de los acontecimientos de sus estancia en Perú: su bautismo de fuego visitando enfermos y acribillado por los “isangos”; el espectáculo de la Venecia amazónica, el barrio lacustre de Belén; el viaje al interior de la selva remontando el río Nanay, visitando poblados y rancherías, situados a sus orillas y en las de sus afluentes Chambira y Pintuyacu. Es allí donde descubre cómo vivían los indígenas y se convence de que había que llevar la cultura, y sobre todo la conciencia de la suya propia, a los moradores de estos asentamientos; los poderes alucinógenos de la ayahuasca; la sabiduría de los brujos; la toma de contacto con el “menguaré”, el teléfono de los indios amazónicos y de los nativos “witotos” que pueblan el Putumayo y el Caquetá; los contactos con la colonia española que le permiten concienciarse de las represiones franquistas; el encuentro con altos mandos del nacionalsocialismo, entre ellos Martin Bormann; con Miguel de la Quadra Salcedo, con Chabuca Granda en Lima…
    Y toda una vida consagrada a la música coral, con estudios superiores en París con Nadia Boulanger, en Roma con Anglés, Bartolucci y Ranzi.  Mas todo eso forma parte de otros derroteros. La segunda escala de una vida plenamente identificada con la música.
   El músico de Izarra no rehúye las cargas de profundidad. Cuando todavía nadie soñaba con al Teología de la Liberación, Julen Ezcurra la practicó de hecho al anteponer la liberación de la esclavitud de los pobres por medio de la cultura a cualquier adoctrinamiento religioso. El libro no es ajeno a  las denuncias contra la discriminación socio-económica: la practicada, por ejemplo, por miembros americanos de su misma Orden en la Universidad Católica de La Habana: entre sus alumnos no había ningún rostro negro ni mulato. Cargas de profundidad contra los grandes genocidas de la Amazonía peruana: Fitcarraldo y Julio César Arana, el rey del caucho. Y desde la distancia de aquella Arcadia feliz en la que, como tantos otros creía haber vivido, contra la España franquista, una inmensa cárcel con burbujas de cristal: los colegios religiosos, los seminarios, internados, la Sección Femenina…
   Libro profusamente documentado, con fotografías en blanco y negro de aquella época y otras actuales a todo color, que nos regala además un epílogo de Joaquín García, un verdadero manifiesto de la conciencia ecológica y un CD con una antología musical del maestro Julen Ezcurra, en grabaciones con el Coro de la Universidad del País Vasco, fundado por el autor en 1977, y con el Coro Lirain de Gorliz.

Francisco Martínez Bouzas




Julen Ezcurra y Agustín Remesal en la presentación del libro en  Valladolid


Fragmentos

“Elías había divisado dos tambos a lo lejos, sobre una loma. Nos acercamos a la orilla para atracar junto a un barranco profundo. Yo trepé como pude para inspeccionar, mientras Elías amarraba la lancha y preparaba todo para la noche. Al alcanzar la cima de la loma me sorprendió la presencia de una mujer muy joven que se mostraba calata -desnuda-  con la mayor naturalidad del mundo. Parecía una venus de ébano, ya que era muy morena y no tenía vello ni en las axilas ni en el pubis; existe entre los nativos «iquitos» la costumbre de depilarse las cejas, axilas y otras zonas del cuerpo con resinas o pinzas. Apenas hablaba castellano, si bien entendía algo. Creía ella que éramos regatones. Le dije, hablando despacio, que no vendíamos nada; que éramos misioneros y veníamos a indagar los problemas y necesidades que puede tener la gente del río, para tratar de ayudar a resolverlos; que a la vuelta nos detendríamos más tiempo.
En esto, oí los vagidos de un bebé. Le pregunté por su «hombre»,
-Al centrito- me contestó. Es decir en el interior de la selva. ¿En busca de jebe, maderas, pieles, mitayo…? Por la cercanía de Iquitos, deduje que se trataba de algún mestizo que trabajaba por libre para algún regatón de la ciudad.
Mientras hablaba yo con la joven, Elías había subido algo para comer que ofrecí a la mujer, en especial la farinha, tan rica en proteínas. Ella aceptó gustosa, y al cabo de un rato se dirigió al tambo para traernos carne de mono ahumada y pescado reseco al sol. También nos ofreció fruta  de su chacra cercana. Al acabar, Elías Huamán me ayudó a instalar mi hamaca con el mosquitero sobre el emponado de un tambo contiguo sin paredes ni techo que estaba vacío; él bajó a dormir a la lancha por miedo a los regatones que suelen robar a los incautos cuando de noche o de día abandonan en la orilla sus lanchas.”

…..

“En cuanto a mí, el viaje por el Nanay supuso una catarsis profunda, una transformación total. Hacía tiempo que los misioneros sentíamos la necesidad de un «aggiornamento», de un cambio en el método de transmitir el mensaje evangélico. Pues bien, durante el viaje fui descubriendo la evidencia. Nos habían enseñado que la pastoral consistía en  convertir y bautizar, cuando lo fundamental en ella es dar testimonio y compartir. Yo no me sentía doctrinero ni «sacramentero». Muy pronto, en la década de los 60, se produjeron los  acontecimientos que confirmarían estos presentimientos.
Primero fue el Concilio Vaticano II con su bocanada de esperanza. Enseguida América latina reunió en Medellín a los obispos para hacerlos portavoces del clamor y los gemidos de los pobres del Nuevo Mundo. Y nació la Teología de la Liberación.
Poco después apareció la figura gigantesca de Casaldáliga, como un faro de luz en las tinieblas de la selva brasileña (…).Mientras tanto yo, durante aquel viaje iniciático por el Nanay, me sentía totalmente impotente frente a la enorme infraestructura que exigía  la misión pedagógico-cultural, previa a toda otra misión. Aquella pobre gente del río no me entendía nada…Había un muro infranqueable entre ellos y yo. Ese muro sólo lo podía derribar la educación, la escolarización; únicamente la cultura les permitiría descubrir su propia dignidad humana.”

(Julen Ezcurra, Mi vida en la Amazonía, páginas 45. 74-75)

domingo, 6 de octubre de 2013

"CAPITAL": TODOS VIVEN EN LA CRISIS, TODOS DESHUMANIZADOS



Capital

John Lanchester

Traducción de Antonio-Prometeo Moya

Editorial Anagrama, Barcelona, 2013, 597 páginas





   Anagrama nos brinda la posibilidad de leer en español la que ha sido celebrada como la gran novela del Londres del siglo XXI, del Londres de la crisis, aunque el tejido narrativo de John Lanchester todavía nos sitúa en 2007, antes de que la interminable tormenta de la crisis se precipitara sobre el mundo occidental, pero ya con sus primeros signos, negros nubarrones, acechando en un cercano horizonte.

   Con la premonición de ese gran temporal inicia John Lanchester (Hamburgo, 1962) su novela más ambiciosa. Una pieza literaria que, en palabras de Colm Tóibín, procede de la gran tradición de las novelas llenas de noticias de aquí y ahora, en las que las complejidades del momento presente son observadas con inteligencia y gusto y brillantemente  dramatizadas. Para poner en escena tal drama, John Lanchester se sirve de una calle ficticia, Pepys Road: arquitectura victoriana, a remolque de la prosperidad británica, y ahora habitada por gente rica, “desde un punto de vista global e incluso local” (página 13). Personal financiero sobre todo, ganadores y perdedores.

   Uno de estos “afortunados” habitantes de Pepys Road es Roger Yount, un banquero que espera que su bonificación anual alcance un modesto millón de libras. Tanto él como los demás personajes de esta novela monumental mantienen los ojos cerrados ante la tormenta que, en forma de crack, se avecina. Pero John Lanchester fue capaz de radiografiar  esa opulenta sociedad londinense momentos antes de la crisis y por su radiografía circula una verdadera fauna humana: grandes ejecutivos de cuello blanco, banqueros, médicos, abogados, futbolistas en ciernes, emigrantes llegados de todas las latitudes. También de España, niñeras españolas. Todos con la urgencia de obviar la realidad de la tormenta que se avecina.

   Es el “London Dream”, un retrato de los claroscuros de la gran metrópoli, del Londres contemporáneo que incita al autor a compararlo con un Londres victoriano que él intenta captar ficcionalmente como hoy lo haría Dickens, aunque quizás con una diferencia: en la actualidad no solo son los negocios los que bailan al son del dinero; también lo hacen el arte y el futbol. Incluso el anonimato se puede mercantilizar y convertir en bien de consumo. Porque se trata de ganar dinero como sea y de gastarlo compulsivamente antes de que se haga realidad una misteriosa amenaza que los moradores de Pepys Road descubren en sus buzones: “Queremos lo que usted tiene”.

   El friso de este Londres multirracial, opulento y bajo la tiranía del hipercapitalismo, con no pequeñas dosis de racismo, ocupa un corto espacio de tiempo: diciembre de 2007 a noviembre de 2008, fecha del estallido de la crisis bancaria. Un marco temporal suficiente, no obstante, para que se entrecrucen los personajes principales: Roger Yount, el banquero de la prima millonaria, deseoso de tener no solo dos coche, sino dos mujeres, pero que se queda sin trabajo; su esposa Arabella, paradigma de la frivolidad consumista; Ahmed, un tendero pakistaní, padre de dos hijos: vago y fundamentalista uno, laborioso y demócrata el otro; la anciana Petunia que ignora que  un escondrijo de sus casa oculta medio millón de libras; Zbigniew, un albañil polaco; Smity, un artista vanguardista, nieto de Petunia; un directivo de un equipo de futbol; Freddy Kamo, una joven promesa futbolística, el Messi del Senegal. Ellos son los representantes, los estereotipos  de la sociedad londinense del siglo XXI. Todos viven la crisis y ciertos fenómenos inquietantes como la anónima amenaza que encuentran en sus buzones.

   Novela coral y poliédrica. De gran calado, en cuyo subgénero Lanchester es un consumado maestro como ya demostró en El puerto de los aromas. Erguida con una arquitectura compuesta por subtramas paralelas, suturadas entre si, y por personajes secundarios que transitan por las viviendas de Pepys Road y nos permiten visualizar los esplendores y decadencias, la avaricia, los prejuicios raciales. Sin embargo Lanchester no denuncia explícitamente. Simplemente describe determinadas situaciones con la seguridad de que el lector captará fácilmente la “denuncia implícita”.

   Lanchester describe con mano maestra los distintos ambientes representados en la novela por los personajes principales, todos ellos marionetas de un espectáculo deshumanizador en el que lo único que importa es el dinero. Un estilo que amalgama estructuras y formas narrativas del siglo XIX con técnicas modernas y sutiles toques de humor viste a esta novela realista, que desde la ficción ayudará al lector a comprender la génesis de la crisis económica, social y humana que nos atenaza.



Francisco Martínez Bouzas








John Lanchester



Fragmentos



“El propietario de Pepys Road 51, la casa que quedaba enfrente de la de Petunia, trabajaba en la City de Londres. Roger Yount estaba en aquel momento en sus despacho del banco, el Pinker Lloyd, haciendo sumas. Quería saber si su bonificación de aquel año llegaba al millón de libras.

Con cuarenta años, Roger era un hombre al que todo en la vida le había ido como una seda. Medía casi uno noventa, suficiente para no sentir la necesidad de disimular su estatura encorvándose, de modo que incluso aquello le iba bien, como si la gravedad, en el momento de crecer, hubiera ejercido menos efecto sobre él que sobre la gente del montón. La satisfacción resultante parecía, pues, muy justificada y la sentía con tan poca necesidad de subrayar su buena suerte respecto de los demás que era como una especie de amuleto. Ayudaba que Roger fuese discretamente guapo, y que tuviera buenos modales. Había ido a un buen colegio (Harrow) y a una buena universidad (Durham), tenía un buen trabajo (en la City) y había llegado en el momento oportuno (después del Big  Bang y antes de que la City se encaprichase de los vendedores matemáticamente dotados y/o callejeros.”



…..



“En el número 51 de Pepys Road, Arabella Yount, que en cierta ocasión leyó un libro que decía que las mujeres eran superiores a los hombres a la hora de hacer varias cosas a la vez, estaba haciendo cuatro al mismo tiempo: ponía estantes en el cuartito que le gustaba llamar despensa; vigilaba a sus dos preciosos niños, Joshua y Conrad; compraba ropa por Internet y hacía planes para darle a sus marido un susto morrocotudo.

Para completar dos tareas había subcontratado a otros. Los estantes los estaba poniendo su polaco, Bogdan el albañil, al que había empezado a recurrir por habérselo recomendado una amiga y al que ahora trataba como si fuera empleado suyo. Bogdan trabajaba el doble de un obrero británico, era el doble de fiable y le costaba la mitad. Algo parecido podía decirse de Pilar, la niñera española que cuidaba de los dos niños, Conrad y Joshua. Arabella había contactado con Pilar a través de una agencia. Tenía un título en puericultura (en realidad una licenciatura) y permiso de conducir todavía vigente, sabía cocinar, no se quejaba por hacer las faenas domésticas de Arabella y se llevaba divinamente con María la de la limpieza…”



…..



“Roger detestaba aquellas postales asquerosas que había recibido, las que traían el mensaje de «Queremos Lo que Usted Tiene»; se habían metido en la cabeza y empezaba a fastidiarle. Se  sentía vigilado, observado con aviesa intención. Se sentía víctima de envidias, pero no a la manera cómoda y tranquilizadora que le gustaba a él. Que hubiera personas que desearan su nivel de riqueza material era una idea frente a la cual podía sentirse y suspirar, como si estuviera delante del fuego de la chimenea. Pero no se trataba de esto. Aquello era más bien como si hubiese alguien espiándolo en secreto y deseándole algún mal.”



(John Lanchester, Capital, páginas 23, 50, 291)

martes, 1 de octubre de 2013

"VERDE OLIVA" : LA HISTORIA B DE LA REVOLUCIÓN CUBANA



 

Verde oliva

Xavier Alcalá

Nowtilus, Madrid, 2012, 382 páginas.





   Xavier Alcalá (Miguelturra, Ciudad Real, 1947) es un claro ejemplo de esa nómina no demasiada extensa de escritores nacidos fuera de Galicia, pero perfectamente integrado en su sistema literario, en el que ha publicado éxitos de público, crítica y lectores como A nosa cinza, uno de los best seller  de la narrativa gallega o la trilogía “Evanxélica Memoria” (Entre fronteiras, Nas catacumbas, Unha falsa luz) o Alén da desventura (Premio Blanco Amor 1998). En 1982 Xavier Alcalá se inicia en un tema que, con el paso del tiempo, será recurrente en su macrotexto: el mundo de la emigración gallega en el continente americano, con el propósito de recuperar la memoria histórica gallega desperdigada por tierras de Latinoamérica. Y lo hace echando mano de diversos géneros: crónica de viajes a caballo entre la ficción literaria y la memoria histórica, relatos con un transfondo biográfico o novelas, verdaderos  docudramas, como Verde oliva, novela en la que el autor inventó muy poco, fruto de sus viajes a Cuba, reflejados alguno de ellos en Habana Flash. Un libro polémico que le acarreó al autor la prohibición-sugerencia, llegada por vía diplomática de no volver nunca a la Isla.

   Mas de escritor monolingüe gallego, Xavier Alcalá ha derivado en sus últimas publicaciones hacia un bilingüismo, hoy frecuentado por otros literatos gallegos. Un hecho asumido hoy con normalidad, pero piedra de escándalo hace años para ciertos guardianes de la ortodoxia lingüística. Tal es lo que ocurre con Verde oliva. El propio autor es el padre de la edición en gallego (Editorial Galaxia) y de la española, que edita Nowtilus.

   Xavier Alcalá es un verdadero maestro a la hora de transformar la intrahistoria en historia, en historias inventadas, pero con bases reales, extraídas de conversaciones, viajes o cualquier otro tipo de documentación. Maestro así mismo, como ya señalé, cuando escudriña el mundo de la emigración gallega y profundiza en el espacio y en la memoria del galleguismo transterrado. En Verde oliva Xavier Alcalá se acerca  a Cuba, mejor dicho a la Revolución  cubana, inventando muy poco y poniéndose al lado de los perdedores, tomando partido -son palabras suyas- por la gente que estaba contra los hermanos Castro y la tropa castrista. Los perdedores son para Xavier Alcalá los compañeros de los castristas que lucharon contra el “batistato” sin renunciar a los principios democráticos.

   El lector de esta larga novela no debe olvidar que el viajero, y también el narrador suele encontrar lo que busca. Y desde el año 1989 sabemos que para Xavier Alcalá, Cuba es la inercia absoluta y Fidel es el Supremo (cínico, traidor, sanguinario). Remito a la crónica de sus viajes a la Isla, Habana flash. Sin embargo no osaría afirmar que Xavier Alcalá encuentra lo que busca en esta historia real de la joven Marina, agente secreto del Movimiento 26-J. Nacida en Galicia el año 1936, hija de padre gallego habanero y de una criolla, alter ego de Juana Maseda, personaje real de setenta y siete años que vive en la actualidad en una aldea de Lugo, arriba a la capital  cubana con tan solo catorce años. Ella será la voz narrativa de esta novela. Educada en un ambiente democrático y laico (su padre había sido republicano en España) y amiga de personajes como Raúl Roa o Eduardo Chivás Rivas, se ve inmersa por voluntad propia en la revolución política, clasista y antirracista  contra aquel sargento mulato, convertido en dictador, que fue Fulgencio Batista.

   Trabajando en la clandestinidad y en Sierra Maestra en extraña connivencia  con los militares de Batista que la resguardan de la policía del sanguinario Ventura y son a la vez protegidos por ella, la protagonista participa en el triunfo de la Revolución y así mismo en una gran decepción pues un golpe interno permitió que finalmente se impusiese el comunismo. Por eso mismo, la novela termina con un “Epílogo necesario” en el que Mariana, o mejor dicho Juana Maseda mirando al Cantábrico, le reprocha al “monstruo” Fidel, sesenta años después, las traiciones a los ideales de los revolucionarios que dieron su vida por la libertad de la Isla.

   De esta manera convierte X. Alcalá la intrahistoria en historia de intrigas, en la “historia B” de la Revolución cubana, fusionando vivencias individuales y su personal radiografía social. Y cediéndole la voz a la protagonista para hacer más creíble y vehemente el relato de quien abrazó la causa de la Revolución y termina decepcionada sesenta años después del comienzo de lo que les había unido.

   La edición española que no ofrece Nowtilus, añade a la gallega un glosario de personajes muy esclarecedor e ilustraciones en formato fotográfico sumamente significativas que, en algún caso, son un ajuste de cuentas con un Fidel Castro barbudo que así habla desde un pie de foto. “Yo no soy comunista. Mi ideología política es bien clara. Nosotros, antes que nada, sentimos los intereses de nuestra patria y de nuestra América, que es también una patria grande…” (Página  373). Un estilo narrativo ágil, visual y cinematográfico ayuda sin duda a que la novela entronque fácilmente con la realidad y con los deseos de cambio que laten en la Isla caribeña



Francisco Martínez Bouzas








Xavier Alcalá

Fragmentos



“Esa tarde por Radio Progreso, se supo que el presidente de las Juventudes Batistianas estaba ingresado en el Clínico Quirúrgico, «probablemente herido de bala»… Y pocos días después sucedía lo increíble, inaudito.

Ya por la mañana temprano el Clínico apareció tomado por la Policía nacional. Aquella imagen de uniformes azules oscuros contra el fondo claro del edificio me sugirió tomar la guagua de vuelta, huir. Pero en una abertura del cordón de guardias había gente del departamento de personal identificando a los uniformados de blanco como yo que se incorporaban a su turno. Ya me habían visto, no tenía escapatoria.

Allá fui. Pronunciaron mi nombre y mi puesto en Cardiología. Pasé la primera barrera. Detrás de ella, a la puerta de entrada de los empleados, estaba el director de personal con una pequeña custodia. Lo saludé y me dejó pasar.

Subí al vestíbulo. Más uniformes azules. Entre la gente que se movía por el espacio de distribución a escaleras y corredores, busqué a quien me diese explicación de lo que estaba pasando. Vi de lejos a Malanga empujando una cama. Me puse a su lado e hice como que llevaba su rumbo. Él empezó a imitar cantos de pajaritos y una cara pálida que salía de las sábanas de la cama intentó girar los ojos hacia el imitador.”



…..



“Se agotaba aquel día. Los militares hablaban y yo callaba, hundiéndome. Pensaba que los esfuerzos angustias y miedos habían merecido la pena. Recordaba a Laura, a Lucas, al doctor Carone,  a papá: un gallego metido en la pelea porque Cuba era su país.

Aquellos hombres alrededor de mí, esperando bazofia del chino y con suerte una cerveza, también tenían pellejo que salvar. El comandante había vuelto de Santiago, renovado, capacitado para dar órdenes: el teniente Torres parecía animoso. Pero con todo, desnudaban sus almas en presencia de la prisionera, del enfermero  civil que se consideraba preso y del radio sospechoso de comunicarse con el mundo. Ellos y sus compañeros declaran admirar a Bayo, militar español que había entrenado en México a la tropa de Alejandro. La guerra era una ciencia; era necesario estudiarla y practicarla; no valía añadir galones y estrellas al propio uniforme con manejos políticos. Batista era un politicón incapaz de entender que los Ejércitos no están para matar civiles; que en un país con miles de kilómetros de costa hace falta tener Marina; que mal se andaba sin aviación dispuesta a perseguir a «un loco acróbata» como el que suministraba a los rebeldes.

Ventura no escapó a la crítica mordaz por el caso Fangio: unos muchachos habían secuestrado al as del volante ante las narices del as de la tortura. Batista, Ventura y la camarilla de lo generales comerciantes, socios de la mafia yanqui, solo  pensaban en que La Habana siguiera siendo un escaparate, aunque el país entero anduviese desarrapado y descalzo. A tipos que vaciaban botellas de champaña en los cabarés, ¿qué les importaba el hambre y la sed que pasaban los soldados?”



…..



“Carta a Titín, Alejandro o Fidel escrita por Mariana:



Ya mayor, pero no anciana como tú, sabiéndote vivo y consciente, te mando esta misiva desde el lugar donde escuché que había llegado nuestro triunfo, y que tú lo comandabas.

Desde mi aldea en la Mariña de Lugo, te debo decir que tú eres el único cubano descendiente de gallegos de quien me tengo que avergonzar públicamente, ante los cubanos y el mundo entero. Usted -tú y los tuyos- no parecen cubanos, porque llevan una vida haciendo sufrir a sus compatriotas.

A veces vuelve a mi mente una vieja pesadilla. Veo las caras y oigo las voces de criaturas como yo que se entregaron a la causa creyendo que tú eras nuestro garante. Fueron muchísimos (¿sabrías contarlos?) los que perdieron la vida, y muchos de ellos los que cayeron tras la tortura. Algunos escapamos por milagro a las garras de la fiera.

A mí me sacaron de  Cuba  para que Ventura no me matase después de arrancarme las uñas y los ojos. Esteban Ventura era tan mal cubano como tú llegarías a ser. Ambos hicieron sufrir al pueblo de la Bendita Isla, aunque él no fue falso: esbirro a sueldo de Batista, proclamaba su fidelidad a «El Hombre». Tú fuiste  militante del Partido Ortodoxo y acabaste manejando todo desde tu Partido Comunista de Cuba.

Nos mentiste y acabaste dejando pequeño el desprecio del Mulato Lindo por las libertades de la gente. Por lo menos él dejaba que existieran medios de comunicación que lo criticaban; y, aunque pagaba chivatos, no todo el mundo espiaba a todo el mundo como ocurre hoy en la cárcel que te atreves a llamar República de Cuba.”



(Xavier Alcalá, Verde oliva, páginas 185, 273-274, 369-370)