sábado, 13 de julio de 2013

EL FEMINISMO DE CAITLIN MORAN



Cómo ser mujer

Caitlin Moran

Traducción de Marta Salís

Editorial Anagrama, Barcelona, 2013, 354 páginas.





   La autora, Caitlin Moran (Brighton, 1975) es una famosa y divertida comentarista de la televisión inglesa, con miles de seguidores en las redes sociales y cientos de miles de lectores de esta su segunda novela -o lo que sea-, How To Be a Woman (Londres, 2011), traducida recientemente al español y con los derechos de edición vendidos en más de una veintena de países. Ha sido además considerada por los lectores el libro del año en Inglaterra.

   Las páginas del libro encarnan lo que ella llama “feminismo exaltado” y de tolerancia cero con la cultura patriarcal,  a la vez que deconstruyen los modelos femeninos políticamente correctos. Un libro pues contra la feminidad perfecta y que se nos vende en estereotipos. Y también al margen del feminismo académico, ese feminismo aburrido y enfadado que ha llegado, según ella, a un punto muerto y al que, sin embargo lo quiere defender pero desde el desenfado. Por algo Caitlin Moran está siendo considerada en algunos círculos como la emperatriz de ese feminismo bautizado como vagina-lit, en base al test que la autora propone en la página 94. Exaltada y criticada hasta la exasperación: Martin Amis dice de ella que es más macho que los machos, pero con una gran aceptación por parte de los lectores.

   El libro es, en efecto, una exposición y una defensa del feminismo de de los pequeños, cotidianos y hasta estúpidos problemas que las mujeres afrontan cada día a lo largo de su vida, desde el momento en que, casi siempre de improviso y sin que nadie les haya hablado de eso, llega la regla, o el punzante instante en que toman la decisión de abortar porque saben con certeza que  no puede tener otro bebé, por muy obscena que parezca esa imagen de la madre que se niega a dar vida. O el convencimiento de que hacerse la cirugía estética no es ni sensato ni acertado ni tampoco femenino. Las arrugas son en el fondo el arma de la mujer contra los idiotas.

   Con un apabullante sentido crítico y un lenguaje frecuentemente desenfadado, desvergonzado, también divertido y sobre todo muy didáctico, perfectamente captado por la traductora Marta Salís, Caitlin Moran introduce al lector en su propia experiencia de hacerse mujer  a partir de esos trece años con sobrepeso. La avalancha hormonal de la adolescencia; la torpe primera masturbación, que se convertirá en un hobby; la pornografía, que según ella no es intrínsecamente explotadora ni machista pues al fin y al cabo no es más que follar y practicar sexo no es un acto machista, aunque por su parte apuesta por una pornografía en la que pueda verse gente practicando sexo  no mecánico, sino porque lo desea.

    Y siguen muchos otros testimonios y reflexiones, extraídos como ya se ha dicho, de su propia experiencia, sobre su cuerpo; la novedad del vello púbico y la solución del problema robándole una cuchilla de afeitar a su padre; todas las eclosiones de la pubertad, la conciencia del feminismo después de haber leído La mujer eunuco de Germaine Greer, aunque sin saber muy bien de qué se trata; esa ropa especializada para la mujer (el equivalente femenino del traje de bombero y del casco, escribe con humor); su defensa del coqueteo femenino; la experiencia del enamoramiento y la importancia que se le da al hecho de que una mujer tenga pareja; su boda, la trampa de las bodas con sus absurdos y abultados gastos, responsabilidad de las mujeres y trampa en la que ella misma cayó. Sus experiencias con la maternidad, narradas en primera persona en los capítulos menos cómicos y de mayor peso de este libro: “Por qué hay que tener hijos”; “Por qué no hay que tener hijos” y “Aborto”. En los dos últimos, no solamente nos hace partícipes de su decisión, tomada conscientemente con su marido, de abortar en su tercer embarazo, sino también de su juicio indignado ante la idea de que el aborto está contrapuesto con la feminidad, basada en la concepción de que la quintaesencia de la feminidad y de la maternidad es sustentar una vida a cualquier precio. Aunque reconoce que el aborto es algo brutal, extremadamente violento.

   Un libro, sin duda feminista, mas sostenido en el feminismo de la propia experiencia, no homologable con la de todas las mujeres, porque tampoco existe el estereotipo femenino, sino muchas mujeres, cada una dentro de su vida. Y eso se logra encarando los grandes o pequeños atropellos machistas. Por eso Cómo ser mujer es claramente un libro radical contra la misoginia, pero el feminismo de Caitlin Moran poco tiene que ver con el defendido por la mayoría de los movimientos feministas cuyo teorema central es que la mujer debe de salir del hogar para sentirse realizada y liberada del yugo patriarcal. Lo que propugna Caitlin Moran es un feminismo basado en su propia crónica biográfica. Por eso mismo es nada o muy poco académico y sí, hasta un cierto punto, televisivo. Pero con un postulado central indiscutible: la libertad de la mujer para ser ella quien decida si sale o no del hogar, con quién construye una familia, si es eso lo que decide, cuántos hijos quiere traer al mundo o incluso si opta por depilarse o ser peluda. En otras palabras: lo que realmente debe querer una mujer es ser lo que, con todas las consecuencias es: un ser humano.

   Si uno se acerca a las “provocativas observaciones” de Caitlin Moran  con una honesta apertura mental, es la conclusión que se extrae de la lectura de este libro, alejada de lecturas e interpretaciones aberrantes, generalmente anegadas en prejuicios



Francisco Martínez Bouzas






 
Caitlin Moran



Fragmentos



“Hacerse mujer es un poco como hacerse famosa. Pues después de ser amablemente ignorada, como casi todos los niños, una adolescente se vuelve de pronto fascinante para los demás, que empiezan a bombardearla con preguntas: ¿Qué talla tienes? ¿Lo has hecho ya? ¿Quieres practicar el sexo conmigo? ¿Tienes carnet de identidad? ¿Quieres una calada de esto? ¿Sales con alguien? ¿Usas algún método anticonceptivo? ¿Cómo es tu firma? ¿Sabes andar en tacones? ¿Quiénes son tus héroes? ¿Te vas a hacer una depilación brasileña? ¿Qué clase de pornografía te gusta? ¿Quieres casarte? ¿Cuándo vas a tener hijos? ¿Eres feminista? ¿Sólo estabas coqueteando con ese hombre? ¿Qué quieres hacer? ¿QUIÉN ERES?”



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“La primera vez que intento masturbarme -en mitad del capítulo 5-, tardo veinte minutos en correrme. No sé muy bien lo que estoy haciendo. En el libro la gente «hurga» entre« la maleza húmeda» hasta que ocurre algo asombroso. Pierdo el tiempo toqueteándome -con los dientes apretados por la concentración-, decidida a intentarlo todo en esa zona completamente desconocida que tengo desde hace trece años.

Cuando finalmente llego al orgasmo, me recuesto húmeda, exhausta, con la mano dolorida y loca de excitación.”



…..



“En un mundo donde puedes conseguir un riñón de repuesto, un Picasso en el mercado negro o un billete para viajar al espacio, ¿por qué no puedo ver verdadero sexo? Gente follando porque lo desea. Alguna chica con un vestido medio respetable que lo está pasando en grande. Tengo DINERO. Quiero PAGAR por esto. SOY UNA MUJER DE TREINTA Y CINCO AÑOS Y SÓLO QUIERO UNA INDUSTRIA PORNOGRÁFICA MULTIBILLONARIA DONDE PUEDA VER A UNA MUJER CORRERSE.

Sólo quiero ver cómo la gente pasa un buen rato.”



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“Asimismo, hay que tener en cuenta los distintos grados de «incorrección». Hay «abortos buenos» y «abortos malos», como en la escena de Brass Eye en que Chris Morris hablaba sobre el «sida bueno» y el «sida malo». Los hemofílicos que contraían el virus por una transfusión de sangre tenían «sida bueno» y merecían simpatía. Los homosexuales que contraían el virus por una relación sexual fortuita tenían, en cambio, «sida malo», y no había que prestarles la menor atención.

Una adolescente violada que necesita un aborto, o una madre cuya vida peligra por el embarazo tienen un «aborto bueno». No lo comentarán en público (…)

En el otro extremo, por supuesto, están los «peores» abortos: abortos reincidentes, abortos en avanzado estado de gestación, abortos de fertilización in vitro, y lo peor de todo, las madres que abortan. Nuestra visión de la maternidad sigue tan idealizada y es tan sentimental -la Madre generosa que da la vida- que la idea de una madre que más tarde pone límites a sus capacidad de nutrir y se niega a dar más vida parece obscena. (…)

Mi convicción de la necesidad sociológica, emocional y práctica del aborto se hizo aún más firme después de tener a mis dos hijas. Sólo tras nueve meses de embarazo, un parto, alimentar al bebé, cuidarlo, tenerlo en brazos hasta las tres de la madrugada, levantarme con él a las seis, extasiarte de amor y al mismo tiempo anegarte en llanto, entiendes realmente lo importante que es para un niño ser deseado. Cómo la maternidad es un juego en el que debes participar con toda la energía, buena disposición y felicidad posible.

Y lo más importante de todo, por supuesto, es ser querido, deseado y cuidado por una madre razonablemente cuerda y estable. Puedo decir con sinceridad que el aborto fue una de las decisiones menos difíciles de mi vida.”



(Caitlin Moran, Cómo ser mujer, páginas 15-16, 34, 49, 311-313)

jueves, 11 de julio de 2013

SHEREZADE EN EL SIGLO XXI



Tras las huella de Sherezade
Carmen Dorado Vedia
Talleres de escritura creativa Clara Obligado, Madrid, 2013, 72 páginas.

   “Eu tamén navegar”. Sí, este verso que muchas mujeres de mi tierra han adoptado como lema de sus reivindicaciones liberadoras y con el que la poeta gallega Xohana Torres cierra su poema “Penélope” (“Existe a maxia e pode ser de todos. (…) Eu tamén navegar”), me viene  a la cabeza y al corazón nada más abrir este libro de Carmen Dorado Vedia, su primer libro en solitario, una singular e irrepetible singladura por esta magia, verdad y emboscada que es la literatura. Carmen Dorado, cual Penélope, después de tejer y destejer palabras escritas que aspiran a crear belleza en talleres literarios, navega ahora en solitario y lo hace no solo por este engranaje que es la vida, como se ha escrito, sino por uno de sus territorios con rutas cargadas de ensueños y también de tiempos arduos y violentos.
   Nada tiene de extraño que Carmen Dorado que creció al calor de los cuentos de “aquella que reina y domina”, la legendaria reina persa Sherezade y que ha viajado por Oriente Medio, embrujada por la magia y la cultura de los países que conforman esas geografías, nos brinde en este su primer libro un ramillete de historias que arrebatan con un componente fantástico, que nos hacen olvidar el tedio y la facticidad del mundo, como le aconteció al sultán persa del libro de los Mil mitos. Historias, no obstante, que pese a su tonalidad fantástica, no escamotean la realidad del hoy convulso mundo árabe.
   En once relatos y, acompañando a sus protagonistas, amalgama Carmen Dorado amaneceres con sombras tejidas con hilos de luna, que esconden en sus entrañas el miedo y la evaporación de la alegría ante el atavismo familiar que ata a un fantasma  a la joven Mariam. Inverosímiles jardines que llenarían de esplendor el desierto, pero en los que a la postre el capricho humano provoca que sus venas de agua se conviertan en penas disfrazadas. O el legado milenario de las tradiciones del pueblo, destruido por la riqueza efímera y que, sin embargo, debe perdurar en los chiquillos que escuchan el cuento por boca del sabio. También la lectura que hace la autora de Sherezade: la abuela que narra historias, como Sherezade, pero no al sultán, sino a la misma muerte. Y la invitación a que cada uno de nosotros escribamos un cuento, porque todos somos ladrones de palabras, narradores de la noche y hemos de aportar nuestra historia al libro inacabado de Sherezade.
   Mas conviene reiterarlo: Carmen Dorado no hurta ni relega en sus relatos la verdadera realidad de los pueblos árabes. No todo es bello, suntuoso, con noches de amor y de ensueños. No todo es oro, incienso y mirra, sedas, perfumes y piedras preciosas. Sus relatos reflejan también la otra cara de la moneda, los cuentos que Sherezade tendría que contar hoy al sultán: la violencia, los gritos de dolor, el ruido aciago de las sirenas… recordándonos la nefasta y trágica situación de muchos de estos pueblos. Y en efecto, entre sus historias también está presente el fanatismo islamista, la violencia bélica o quizás sectaria que se ceba con inocentes, como Ibrahim y su paloma. Así como la  espeluznante historia de Zaniam, el limpiabotas, que recibe como pago las botas de los soldados muertos, hasta que las suyas, bien lustradas, emergen del hoyo abierto por la detonación.
   Prosas  enramadas con los primores de la fantasía, con imágenes extraídas de paisajes y ensoñaciones orientales, pero también de la brutalidad de la guerra, de la violencia y del fanatismo. Con ellas  atavía la autora su colectánea de relatos, muy narrativos desde mi punto de vista, preñados de tramas con una fuerte denotación simbólica que invita al lector a leerlos como fábulas. Como ya he dicho, los cuentos-fábulas que “aquella que reina y domina” le contaría hoy al sultán en la cámara real. Originales recreaciones que retratan la fantasía, el ensueño y la desventura y  tragedia, para añadir al antiguo libro persa de los Mil mitos.

Francisco Martínez Bouzas

 

Carmen Dorado Vedia



Fragmentos

“Era una hermosa mañana de junio, deseché los pensamientos oscuros. Me di un paseo por las calles de la Medina. Había terminado el agobiante Ramadán y la ciudad parecía revivir. Me senté en un café y tomé un té acompañado de unos pastelillos de miel y pistachos. Pedí el periódico. Nada inusual. La contienda Norte Sur. Materias primas contra productos manufacturados. Y en medio,  nosotros, comprando y vendiéndolo todo, compadreando y cultivando todas las artes. Afortunadamente, porque de lo contrario, nuestro oasis de tolerancia hubiera quedado arrasado por los fanáticos. Y hablando de fanatismo, un grupo de muyahidines dobló la esquina, pasaron a mi lado como la langosta, aniquilando toda posibilidad de diálogo y entendimiento. El que parecía dirigir la marcha me miró con ojos relucientes y gritó:
-¡Usa la lengua del Corán!
Puse cara de pecador arrepentido y doble el periódico. La horda me olvidó y trasladó sus afanes proselitistas al siguiente cafetín.”

…..

“La noche ha sido muy fría. El invierno está siendo especialmente duro con la ciudad. Los cortes de luz y la escasez en el suministro de gas no facilitan las cosas.
En su casa, extramuros, un hombre intenta afeitarse frente a los restos de un espejo. El resplandor de los focos, que se cuela por la ventana, hace vibrar las sombras de la habitación.
Apenas puede abrir los ojos, ha pasado mala noche. Los ruidos de las sirenas no le han dejado conciliar el sueño, aunque tampoco anhela quedarse dormido, de nuevo surgirán las pesadillas.
Tiene que despejar su mente, pronto vendrán por él. Un día más, piensa, pasará la mañana en la base militar. Traducirá los interrogatorios, transcribirá los informes, tiene que subsistir. En eso consiste su vida desde hace…ya no lo recuerda. Echa de menos sus libros, su trabajo…su biblioteca. Si pudiera dar marcha atrás, si pudiera elegir.”

…..

“La vacía tarde de primavera en que descubrí mi antiguo cuaderno de viajes me llevó a evocar aromas, sonidos, gentes, lugares y paisajes de primaveras pasadas. Lo abrí. De entre sus páginas cayó una flor, y comencé a llorar.
Lloré por el desierto y sus moradores, por el límpido Éufrates y las aldeas que baña; lloré por Palmira y sus ruinas de oro y mármol; por Damasco, por sus zocos, y los imaginé vacíos; lloré por sus mezquitas, por el canto del almuédano, y añoré el dulce despertar que me proporcionaba; lloré por los niños que jugaban al pie de la Ciudadela; por Luis, Mohammed y Maher, nuestros guías; lloré por Mustafá y Víctor,mis proveedores de sedas y perfumes, por papá Abdalá y sus dagas damascenas; por Huda y Lina, siempre dispuestas a ayudarnos; por Safia, que una tarde lluviosa nos llevó en su coche hasta el hotel; y lloré por los niños que en la entrada de las Ciudades Muertas me obsequiaron con la flor que ahora reposaba entre las páginas de mi diario. Sentí infinita conmoción, infinita lástima y con esas lágrimas restauré el mosaico de mis recuerdos.”

(Carmen Dorado Vedia, Tras las huellas de Sherezade, páginas 26, 57, 71-72)

martes, 9 de julio de 2013

LOS RECUERDOS QUE NOS HACEN TEMBLAR



La emoción de las cosas
Ángeles Mastretta
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2013, 318 páginas.


    Cada quien tiene su novela”, afirma Ángeles Mastretta, va cargándola, la teje todos los días. Y  a veces trama en ella el paso de sus ancestros, como si del suyo se tratara (página 37). Eso es lo que hace la escritora mexicana en este libro, tan híbrido que la misma autora duda de su propia naturaleza.  ¿Un libro de memorias, una indagación en el pasado familiar, una búsqueda o incluso una tontería? Es posiblemente todo eso, menos una tontería, escrito por una narradora de renombre internacional -Premio Rómulo Gallegos en 1997 con su novela Mal de amores-, aunque bastante controvertida. Sobre su figura y quehacer literario se han vertido opiniones muy dispares y no siempre  todas positivas. Es “escribidora”, no escritora según Roberto Bolaño; especializada en hacer literatura de mujeres, encasillamiento que antes la enojaba y que ahora asume con naturalidad, porque está convencida de que no existe una literatura deliberadamente escrita para mujeres, aunque asume que ella sí que escribe desde el punto de vista de la mujer.
   La emoción de las cosas, un título tomado de un verso de Antonio Machado, no es propiamente una novela, porque una novela, reconoce la autora, es un regalo y su libro es una colección de pequeños regalos. Diminutos regalos, en efecto, que nos llegan confinados en lo que, sin duda, es un libro muy personal y en el que la memoria y la emoción sobrevuelan por encima de la ficción. Ajuste de cuentas con su pasado, recuerdos extraídos del baúl sentimental para exorcizar la memoria, que la autora fija por escrito como terapia curativa al poco tiempo de la muerte de su madre y en el que plasma sus evocaciones de la infancia, adolescencia y juventud, como una forma de recuperar tanto la historia familiar como la personal. Un libro construido también de instantáneas de momentos, de impresiones surgidas como anotaciones de una bitácora, pues en buena parte el libro tiene sus orígenes en un blog.
   Buceo, sobre todo, en los antecedentes familiares: sus antepasados, sus abuelos, sus padres, sus hermanos ya en el México natal. Y con un centro oculto o un gran silencio: la figura paterna. El padre fallecido, cuando la escritora contaba diecinueve años, sin haber revelado  a sus hijos su pasado, que estuvo en Italia durante la Segunda Guerra Mundial, que llegó a creer en la ensoñación fascista. Memorias petrificadas y que la autora clausura tras haber conocido a una antigua novia que su padre tuvo en Italia, precisamente durante esos años.
   Libro pues anecdótico y sobre todo intimista, preñado de pequeñas historias en las que se atesoran las estampas familiares, los detalles de su vida desde el tiempo de los abuelos y con pequeñas divagaciones sobre la modernidad, la escritura, la religión, la muerte o sobre las autoras preferidas de Mastretta: Jane Austen o Isak Dinesen. Y en el que, sobre todo, reverberan las emociones que Ángeles Mastretta transmite a los lectores con suma facilidad, hasta el punto de que ella misma teme haber escrito un libro de autoayuda.
   Tono confesional, balsámico para la autora, porque ella está convencida, y en este libro lo patentiza, de que somos lo que dejamos en los otros, pero también lo que callaron y no nos contaron. Ese fue precisamente el legado del padre al que no inventa. Su silencio respetado y en el fondo transformado en secreto tesoro en estas páginas, con más sentimientos que información. Todo eso y una voz femenina que construye una prosa intimista, es lo que el lector hallará en este libro. Pero nada más.

Francisco Martínez Bouzas



                                                     
Ángeles Mastretta



Fragmentos


“El abuelo creía en las guerras, motivo para una disputa que nadie quiso tener con él. Ni siquiera mi padre, que hubiera tenido mil razones, pues vivió la guerra. Cuando regresó de Italia, no volvió a mencionarla. Ni mi madre, que durmió junto a él veinte años, supo del espanto que atenazó su vida y su imaginación desde entonces y para siempre. Todos creímos que se le había olvidado. Pero ahí estaba el abismo del que nunca hablaba, ahí, en la nostalgia con que se reclinó en la puerta de nuestra casa, a ver cómo sus tres hijos mayores nos íbamos a vivir a la ciudad de México. De golpe.”

…..

“Fuimos a Milán movidas por el deseo de saber una historia tras la niebla que dejó nuestro padre, buscando la palabra de una mujer que prometía en dos párrafos la memoria vívida del tiempo en que nosotros no éramos ni el deseo de nuestra existencia. Fuimos a Milán como si pudiera ser cierto que la imaginación necesita sostén. Como si yo quisiera creerme la mentira de que me urgía saber una verdad para contar otra. ¿Un viento desde el que asir la nada de la que nunca oímos hablar? ¿Para qué? ¿Para escribir una novela? Si uno inventa para indagar, no al revés.
De eso, si alguna duda tuve, la perdí en dos tardes de tratar a la dama cuya letra convocaba a visitar el pasado, pero su voz era puro presente. Por eso, tras sólo dos ratos de mirarla, mi hermana y yo nos encontramos abrazándola con la urgencia de prolongar el futuro, porque todo en ella es el ávido deseo de andar viva. «Ci vediamo domani (nos vemos mañana)», dijo con su voz ronca, poniendo en nuestras manos, como nunca en Italia, la contundencia del ahora. ¿Qué nos importaba lo que pasó en la guerra si aquella mujer de oro no quería recordarlo? Si la memoria de esos años no guarda más dolor que el de ya no ser joven.”

(Angeles Mastretta, La emoción de las cosas, páginas 13-14, 183)

sábado, 6 de julio de 2013

EL ABISMO TRANSFORMADO EN LITERATURA



El edificio

David Monteagudo

Acantilado, Barcelona, 2013, 171 páginas.



   

  David Monteagudo (Viveiro, 1962) es un escritor gallego, aunque su obra literaria es ajena al sistema literario gallego -está escrita toda ella en español-, si bien en  alguna de sus novelas, Brañaganda, ha tocado temas de la Galicia profunda y muy desarrollados en la literatura popular gallega, como el lobishome y la licantropía en general. Afincado en Cataluña, David Monteagudo es un especialista en literatura de miedo, condición de la que dio sobradas muestras en Fin (2009), la novela con la que debutó y en la que demuestra ser un notable narrador.

   El edificio es una recopilación de relatos, en general de mediana extensión, que el autor concibe como una alegoría del capitalismo salvaje que David Monteagudo conoce a fondo pues hasta el año 2010 trabajó en una fábrica ya en plena crisis, en la que, son sus palabras, tenía la impresión de que él y sus compañeros estaban obligados a rendir al máximo, so pena de ser eliminados en la siguiente reducción de plantilla.

   En esa sensación de miedo y con situaciones opresivas transitando sus páginas, se inspira la mayoría de los relatos  de este libro. Lo comprobamos ya en el relato que inaugura el libro, “Informe sobre Aridia”, un texto de ciencia ficción en el que se nos transporta a la razón de ser y principios esenciales de los aridianos, una civilización que vive en un inmenso edificio que ha de desplazarse un centímetro al día, empujado, bajo un sol de fuego, por la fuerza motriz de sus moradores. Una condena -doce horas diarias de ejercicio físico para mantener el mundo en movimiento- sin ninguna otra expectativa ni esperanza. Un fin en si mismo, alarmante metáfora  de buena parte del mundo actual: avanzar en línea recta, encadenados en  modos de producción sin futuro ni esperanza.

   Prosigue la recopilación con “Irene”, un relato erótico en el que el retrato del físico de la joven Irene se convierte en una obsesión para el protagonista que la quiere solo como cuerpo para el sexo. Siguen otras piezas en las que se conjuga lo simbólico y lo mágico, como “El grito”, homenaje a los  castellers, con el miedo y el terror (“La araña” o “La escalera” son buenas muestras), con la presencia presentida de una amenaza capaz de llevar al paroxismo al protagonista (“El punto luminoso”) o con la simple descripción de seres o ambientes grotescos, excepcionales o perturbadores (“El verraco”, “El garaje”). O con ideas que se convierten en perturbadoras obsesiones como ocurre en “Los homúnculos” o “Julián González”. Hay relatos  como “La disputa” que describen el interior de una fábrica, territorio muy familiar al autor, a través de las conversaciones de empleados, con el miedo al despido en sus cogotes que les hará terminar en una trágica pelea.

   La colectánea incluye así mismo relatos autorreferenciales: “El escritor en ciernes” y “Fin”. El primero parece una referencia humorística a la propia biografía del autor. El aprendiz de escritor, al que la lectura de los clásicos le ocupa todo su tiempo libre, incluso el que emplea en el váter, momentos en los que precisamente experimenta la mayor euforia creativa, apremiado, no obstante, porque no sabe cómo empezar el primer capítulo de su primera y gran novela. Y con una frontera temporal bien delimitada: el turno de tarde en la fábrica en la que trabaja en una actividad gris y completamente ajena a la producción literaria. En “Fin”, el relato que cierra el volumen, una pareja que sale del cine se enfrenta a algo desconocido que suena a apocalíptico, como en la novela del mismo título. “Enfrentados…sin un faro, sin una luz sobre la tierra, como en las noches terribles de la historia” (página 171).

   Una amplia y heterogénea selección de relatos, con argumentos variados, mas con dos o tres temas nucleares que los relacionan. Y varios de ellos extraídos de la propia experiencia. Escritos con oficio y con bastante enjundia, con instantes de gran brillantez estilística, con potentes y evocadoras metáforas e imágenes. No les sobra nada, pero les falta quizás ese ramalazo del genio y del mago que escribe en estado de gracia, como ese escritor en ciernes que se siente un privilegiado gozando de sus condición, cuando pergeña el argumento y hasta los párrafos de su gran novela, sentado en la taza del váter.



Francisco Martínez Bouzas







David Monteagudo




Fragmentos



“Todos lo aridianos nacen y mueren viendo el mismo, idéntico y desolado paisaje. Todos nacen sabiendo que no verán ningún cambio, ninguna novedad, a lo largo de toda su vida, porque el Edificio, su mundo, se desplaza aproximadamente un centímetro por día («el grueso de un meñique», reza su decálogo, transmitido oralmente de generación en generación), y por lo tanto un individuo normal no recorre,  a lo largo de su vida, más allá de doscientos metros. Todo aridiano vive, se reproduce y se afana durante su vida entera, empujando con pies y manos las palancas de tracción durante doce interminables horas diarias, con la difusa esperanza de que futuras generaciones, imaginablemente remotas, puedan llegar por fin a los confines de la llanura.”



…..



“Acababa de entrar en la habitación. No había dado ni dos pasos, en dirección a la librería, cuando vi la araña. Me paré en seco. Al principio sólo vi una mancha oscura en el techo, algo que mi vista detectó inmediatamente como una presencia inhabitual en la estructura de la habitación, algo que no tenía que estar ahí. Después, cuando dirigí la mirada hacia ella, pensé por unos instantes que se trataba de algún objeto decorativo, una lámpara o algo por el estilo. Me recordó fugazmente a la lámpara que hay en el Palau de la Música, no por el color, sino por la forma, por la estructura, que es como si el techo se hubiera licuado hasta condensar una gota que empieza a colgar formando un bulto redondo. Y de pronto me di cuenta, con un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo, de lo que era en realidad.”



(David Monteagudo, El edificio, páginas 8, 37)

jueves, 4 de julio de 2013

HISTORIA DE UNA FASCINACIÓN LITERARIA



El abrigo de Proust
Lorenza Foschini
Traducción de Hugo Beccacece
Editorial Impedimenta, Madrid, 2013, 140 páginas.

   Novelar una vez más a escritores o acercarse a ellos a través de sus objetos más personales, desde sus cuadernos, sus cartas, sus manuscritos, sus muebles hasta su reliquia más personal: el viejo abrigo del escritor, en este caso el del autor de En busca del tiempo perdido, Marcel Proust. Lorenza Foschini, a través de un personaje vicario se aproxima así a la vida de Proust y confirma esa tendencia, cada día más consolidada entre los escritores: novelar a los miembros de su propio gremio, aunque el libro de Lorenza Foschini no sea una novela “stricto senso” (“Este no es un relato imaginario”, es su primera premisa), pero sí un verdadero texto narrativo. La autora nos cuenta una serie de historias que se cruzan con aquel carcomido abrigo y por lo tanto con su portador, Marcel Proust.
   No obstante el protagonista de de la narración de la escritora napolitana no es directamente el escritor francés, sino la propia narración que, partiendo de un tema de fondo común, se desparrama en diversas historias aunque todas tengan que ver con el autor de la Recherche. Y todo ello  a través de un intermediario: un obstinado y excéntrico coleccionista, Jacques Guérin, magnate parisino de los perfumes. La autora italiana, a partir de una entrevista que en su día le hizo al diseñador Pietro Tosti, que trabajaba con Luchino Visconti en un intento, a la postre fallido, para llevar al cine En busca del tiempo perdido, reconstruye los avatares de una fascinación literaria: la del bibliófilo fetichista proustiano, Jacques Guérin, en su pasión por coleccionar los objetos que en su día habían pertenecido a Marcel Proust. Por eso mismo, El abrigo de Proust es todo un homenaje a la pasión por coleccionar objetos relacionados con los grandes autores, un homenaje también a la literatura, a esa otra casta de letraheridos que no se sacian con la lectura de los textos, sino que su fanatismo literario les empuja a tomar conciencia de que los viejos papeles, los manuscritos u objetos personales de un escritor son mucho más que papeles garabateados, muebles usados o prendas carcomidas. Están atacados por el mal de la creencia en el poder evocador de los objetos. Esa es la justificación de su pulsión coleccionista, del fetichismo literario, en este caso una tentativa quizás de conjurar la ausencia del personaje convertido en fetiche, como escribe Hugo Beccacece en el postfacio de este libro: “Creó así la ilusión casi perfecta de que la vida de Proust continuaba” (página 138).
   Como ya he dicho, Lorenza Foschini se centra en la figura de Jacques Gurérin. El azar en forma de urgencia médica -una operación de apendicitis- pone en contacto al magnate perfumero  con el cirujano Robert Proust, hermano de Marcel, quien le muestra el escritorio del escritor, una pila de cuadernos en aparente desorden que era nada más y nada menos que la obra completa de Proust, escrita de su puño y letra. Guérin, que ya sentía una gran devoción por el autor de la Recherche, la transforma a partir de ese momento en una irreductible pasión. Entra en contacto con la familia y descubre que ésta, especialmente la cuñada Marthe que consideraba la homosexualidad de Marcel una lacra para el clan familiar, se dispone a deshacerse de sus pertenencias. A partir de ese momento, el texto de L. Foschini relata la carrera exasperada de Jacques Guérin para hacerse con todos los objetos personales de Proust que aún no habían sido devorados por el fuego purificador, entre ellos el abrigo forrado de piel de nutria que Proust empleaba también como manta de cama mientras escribía la Recherche. Pero ya la furia destructora de Madame Proust había quemado una gran parte de la “papeluchería” de Proust, su cuñado. Se habían salvado los manuscritos porque su marido era consciente de su gran valor económico.
   Un tema no menor del libro son las relaciones en el seno de la familia de Proust y la vivencia problemática de la homosexualidad por parte de Marcel Proust que la escritora relaciona, en su repercusión externa, con la Jacques Guérin y que explica que Madame Proust quemase o destruyese cartas, dedicatorias y otros papeles de su cuñado para salvaguardar su honra. La familia del escritor, mediante la quema “catártica” de cartas y papeles pretende salvaguardar el buen nombre de Marcel, después de la inútil presión psicológica que éste sufrió en su juventud cuando fue enviado por su padre a un burdel, según la costumbre de la época, para conocer el “sexo normal”. Guérin, en cambio, en su condición de hijo ilegítimo gozó de una libertad insólita para la época que le permitió vivir con menos angustias su condición homoerótica.
   Un libro, pues, que nos permite enfrentarnos con emoción con el universo proustiano, con su anecdótica, con sus zozobras vitales, con la génesis del fulgor de su escritura, revelado todo ello a través de sus objetos personales, objetos de gran poder evocativo y que la autora sabe tejer como hilos de una historia que acercan al lector a uno de los grandes escritores de todos los tiempos. Porque en el texto de Lorenza Foschini, cada objeto, el viejo abrigo, la cama de latón, el  bastón de piel de jabalí… es portador de una historia y de un cúmulo de vibraciones sentimentales.

Francisco Martínez Bouzas



 
Lorenza Foschini



Fragmentos

“Un verano, cuando todavía era joven, se encontraba en París cuando sufrió lo que parecía ser un súbito ataque de apendicitis. Llamaron a un médico,  aun prestigioso cirujano (…) El doctor resultó ser Robert Proust, el hermano de Marcel. Poco tiempo después, ya repuesto, el paciente pidió una cita con el médico, y aprovechando la visita a su casa, tuvo la oportunidad de contemplar con sus propios ojos algunos de los cuadernos manuscritos del escritor. A partir de entonces, su pasión por Proust empezó a crecer hasta convertirse casi en una obsesión. Se hizo amigo de la familia. Se acostumbró a leer cada día los obituarios de Le Figaro y, cuando moría alguien que él pensaba que podía haber formado parte del universo proustiano, corría a su funeral, se colaba en la iglesia fingiendo ser un pariente del finado, identificaba, entre toda la concurrencia, a la persona que podía resultarle de utilidad, se acercaba a ella, entablaba una conversación y empezaba a sonsacarle toda la información que podía.”

…..

“Como si un imán lo atrajera hacia el objeto inesperado, siguió al ropavejero hasta el fondo del depósito. ¿Y qué fue lo que vio allí? Ennegrecido, oxidado, todavía cubierto por su tela de satén azul, estaba el lecho de latón del escritor, cubierto de polvo. Aquella era la cama donde Proust había dormido desde los dieciséis años; la cama donde había escrito durante cientos de noche insomnes su obra maestra; la cama donde había fallecido el 18 de noviembre de 1922; la cama sobre la que, en palabras de Walter Benjamin, «yacía destrozado por la nostalgia de un mundo cambiado».Para Benjamin, aquella fue la segunda vez en la historia en que se levantó «una estructura como esa en la que Miguel Ángel, con la cabeza volcada hacia atrás, pintaba la Creación en el techo de la Capilla Sixtina: la cama sobre la que Proust, enfermo, con los brazos levantados, cubría con sus escritura las numerosas hojas que consagró a la creación de su microcosmos».”

(Lorenza Foschini, El abrigo de Proust, páginas 17, 91)

martes, 2 de julio de 2013

LA MINIFICCIÓN MALVADA E INVEROSIMIL DE LILIAN ELPHICK



Confesiones de una chica de Rojo

Lilian Elphick

Mosquito Editores, Santiago de Chile, 2013, 93 páginas.



   

    A estas alturas de esa historia de la minificción, nacida en tierras australes, no me cabe la menor duda de que Lilian Elphick es una de las grandes figuras del subgénero basado en la elaboración de una minuciosa orfebrería capaz de agasajarnos con abundantes narrativas completas, pero al mismo tiempo muy breves. Relato relámpago, inmensidades hechas de ausencias, el máximo de significado con el mínimo de significante y mucha inteligencia, arranca cuando concluye su lectura, solo se ve la décima parte como en el iceberg… son algunos intentos de definición. Definiciones imposibles seguramente, pero que Lilian Elphick ejemplariza de forma magistral en sus cinco libros anteriores. También en estas Confesiones de una chica de Rojo, de tan reciente edición en Santiago de Chile que huele todavía a fresca tinta verde.

   Cincuenta y ocho minirrelatos distribuidos en dos grandes secciones, la primera carente de título pero con varias series como la que se nos ofrece bajo el epígrafe “El crujido de la seda”. Seis cuentos crueles, capaces de rebanarnos el aliento ya en su porción que emerge y se manifiesta, donde brillan las navajas  y cuchillos “que cantan su melodía de afilada zampoña” (página 13) y se alude eufemísticamente a muertes matadas como “el patio de los callados”.

   Después, un amplio ramillete de historias breves, brevísimas en su mayoría, que suben esa apuesta de la que hablaba César Aira. Relatos como centellas o fusilazos que nos atrapan por el inesperado e inteligente final, que hace que salga a flote ese secreto sumergido, porque en la narrativa de Lilian Elphick se desarrolla al máximo, como ya he podido constatar en la lectura de otros de sus libros, la escritura elusiva  y en su inteligente factura es mucho más lo que sugieren que lo que expresamente dicen, sin que quepa sospechar aquello de que un mal narrador puede tener un momento de talento y hallar una frase genial o un desenlace inesperado. La minificción de Lilian Elphick, respirando atmósferas diversas y preñada de tonalidades igualmente dispares, mantiene el pulso y en unas cuantas líneas aprisiona una historia, historia sugerida que el lector tendrá que completar si quiere disfrutar de ese frenesí de escritura proteica, elusiva y, sobre todo, desbordante de ingenio y creatividad.

   En muchos de esos relatos, el mismo común denominador: el sutil filamento de la tajada asentada ya sea con veneno, con colmillos hincados, con degüellos o con balas encajadas en el corazón de la protagonista de “La soldadera”, un minicuento que ya me había hecho estremecer en anteriores lecturas y que considero digno de figurar en las más selectas antologías de la microficción.

   La presencia pues de lo trágico, de la crueldad, de lo pavoroso (“un año después me lanzaban al mar con las manos amarradas y caía, caía al azul con la esperanza de verla de nuevo”, página 27) transita por buena parte de estas confesiones que la prosa trenzada con sutil ingenio por la autora convierte en pequeños tesoros narrativos y en verdaderos artefactos que interpelan al lector.

   Especial mención merece, a mi juicio, el relato que le da el título a la colección: una personalísima e ingeniosa versión del cuento de Caperucita, paradigma de esa tonalidad malvada y vengativa que enmarca buena parte de estas minificciones.

   No obstante, la versatilidad creativa de la autora es capaz de transcender los discursos monotemáticos de las garras afiladas de la maldad y deleitarnos igualmente con otros hilos temáticos. Será el amor y sus enveses, el encuentro con la propia condena y otros núcleos diegéticos los temas que, emergiendo de su imaginación, se convierten en letra escrita. Y también con las historias fantásticas que componen la sección que clausura el libro: “Otras verosimilitudes” que nos llevan desde la invención de la sábana con miniaturas de posturas sexuales para acrecentar el arte amatorio, hasta la verdadera historia de la extrañeza.

   Narrativa en formato breve, (“testículos”, si le robamos la palabreja a Cortázar) anclada en estructuras proteicas, con muchas resonancias intertextuales enriquecedoras, con un amplio elenco de personajes. Narrativa irónica, mordaz, mortífera, corrosiva, con muchos finales fulminantes, exactos, helados, como si hubieran sido cortados con un diamante. Y vestida explícita o implícitamente con el color rojo de la sangre. Apta sobre todo para paladares exquisitos que aúnen  tanto ingenio como sensibilidad, para ser capaces de extasiarse  con esos dos tercios de la magnitud sumergida que deberán cobrar vida en su imaginación. El tercio visible nos invade a través de una escritura a veces muy clara y directa, otras elíptica y afilada, pero siempre llena de primor, de belleza y sensualidad. Así sigue Lilian Elphick construyendo sus propios abismos, inconclusos, abiertos y despeinados, como ella misma dice.



Francisco Martínez Bouzas








Lilian Elphick



Fragmentos



La soldadera



“Iba a pie. Él, a caballo. Asaba las tortillas, lavaba sus ropas, colocaba paños húmedos en su cuello. Mantenía el filo de la navaja con el cuero, revolvía el jabón y era guardadora del espejo.

Muchas veces perdí criaturas en la trinchera. Tanta era la sangre. Es que a él no le gustaba mi modo de afeitarlo. Me tenía miedo. Decía que cualquier día iba yo y lo degollaba. Y me pateaba en el suelo. Por eso, esa mañana, le sostuve el espejo. Ante las tres señales de luces, mi comadre tomo su 30 – 30 y me encajó la bala en el corazón. Tal cual le pedí. A ella la acribillaron ahí mismo. Este hecho no pasó inadvertido para la revolución: nos recordaron como valientes lesbianas.”



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La memoria



“En 1973, Hortensia Bussi dijo: «Quiero que sepan que aquí estamos enterrando a Salvador Allende, Presidente de Chile, en forma anónima, porque no quieren que se sepa. Pero yo les pido a ustedes, a los sepultureros, jardineros y a todos quienes trabajan aquí, que cuenten en sus casas que aquí está Salvador Allende para que nunca le falten flores.»

En 2011, al exhumar los restos de Salvador Allende, no se encontraron huesos, sino muchas flores, frescas, plenas de fragancia, vivas en su memoria silenciosa.”



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Curso de lingüística general



“Le arranqué la camisa, le solté el cinturón y, cuando los pantalones caían al suelo, noté su cola larga, escamosa, terminada en punta de flecha.

-         ¡Ay, Dios mío! – grité

-         Llámame como quieras, a mi no me importa – dijo él, mostrándome  el verdadero infierno de su lengua.”



(Lilian Elphick, Confesiones de una chica de Rojo, páginas 23, 26, 29)

lunes, 1 de julio de 2013

LA CIUDAD QUE NOS ACOMPAÑA SIEMPRE



La misma ciudad

Luigé Martín

Editorial Anagrama, Barcelona, 2013, 131 páginas.





   Transcurridos cerca ya de doce años desde el 11 de septiembre de 2001, esa literatura inevitable que provocan siempre los grandes acontecimientos apocalípticos, ya se puede decir que llegó y lo ha hecho con las alforjas llenas. Historias patrióticas, de vivencias de la catástrofe, dramas familiares, surgidos al reclamo irresistible del ataque y derribo de las Torres Gemelas, se han ido sucediendo y llenando el mercado a lo largo de estos últimos años. O simplemente desencadenando ficciones que se encaminan por otras sendas, pero que tienen su punto de arranque en el 11-S. Como acontece con esta novela breve de Luis García Martín, Luisgé Martín desde que alcanzó el éxito. La misma ciudad, un título ordinario, que nada dice a primera vista, pero que comienza a decirlo desde la primera página cuando los versos epigráficos de Horacio (“Aquellos que cruzan el mar cambian de ciudad, pero no de alma”) inauguran este pequeño volumen. A lo largo del recorrido por sus páginas, el lector se va sumergiendo en los avatares de esa segunda oportunidad que aprovecha el protagonista para vivir otra vida. Los versos de Cavafis que hallamos cuando ya la novela ha consumido sus tres cuartas partes (“No existen para ti otras tierras, otros mares. / Esta ciudad irá donde tu vayas”, página 77), nos confirma en la idea de la imposibilidad de cambiar de identidad y de desterrar para siempre el sentido y el giro de nuestra vida y desviar nuestro destino.

   Todo comienza con la llamada crisis andrógina de los cuarenta y el 10 de septiembre del 2001. Ese día Brandon Moy, el protagonista de la ficción, cuya vida goza de un transcurso tan plácido como insustancial, sin emociones y con rutinas confortables (un buen trabajo, un hijo, una buena mujer a la que ama…) se encuentra con un antiguo compañero que le relata su vida, por el contrario, repleta de emociones: droga, bellas mujeres, incontables experiencias y el mundo por montera. Moy se siente humillado porque en su existencia rutinaria hay pocas vibraciones y menos mujeres. Y ya ha cumplido los cuarenta. Al día siguiente llega tarde al trabajo y eso le salva la vida porque un avión se ha estrellado contra el edificio del World Trade Center. Él no falleció por supuesto, pero se consideró oficialmente muerto como sus veintiséis compañeros del despacho de abogados en el que trabajaba. Su vida cambió radicalmente en esas horas. Un factor aleatorio, una limitación tecnológica (el hecho de no poder llamara sus esposa porque las líneas estaban colapsadas) va a determinar el resto de su vida. Una nueva vida basada sobre una muerte fingida, con un único norte: convertir su nueva existencia e una aventura.

   Y, en efecto, en el frío y soledad de la primera noche, sin familia, sin amigos, creyó encontrar la esencia de sus nuevo rumbo vital, que tiene su punto de partida en Boston y se extenderá por medio mundo, llevando a la cama a incontables mujeres, estafándolas, embriagándose en remolinos eróticos, sin que estén ausentes las drogas y tampoco la literatura. Hasta que un día se encuentra con el poema de Cavafis, “La ciudad”,  que le descuartiza el corazón y al que interpreta como una profecía sobre sí mismo: sus viajes a través de los ilusos sueños, por una topografía a veces tenebrosa, no le han enriquecido existencialmente. La ciudad, la vida que hemos fraguado a los largo de los años nos acompaña siempre. Nuestra existencia podrá ser un constante viajar, pero siempre dentro de la misma ciudad: nosotros mismo.

   Novela, pues, sobre la búsqueda de la identidad, sobre la imposibilidad de escapar a la insatisfacción vital que nos asolará de igual manera en una existencia repleta de frenesí hedonista como en otra más convencional. En ambos casos, la huída es una vana ilusión.

   Novela breve, pero preñada de sustancia que el autor presenta como una ficción encajada  en su propia experiencia. Es Luigé Martín el narrador, sin que se sirva de ningún alter ego. Él reproducirá, a veces en primera persona, otras en tercera, esta muerte fingida y la huída al filo del cuchillo del protagonista al que dice haber conocido en un congreso de escritores en Cuernavaca en el año 2008. Un artificio no demasiado convincente, aunque intranscendente en el desarrollo de la trama, tan cruda como subyugante, comenzando por la pavorosa fotografía de Richard Drew que le sirve de portada al libro.



Francisco Martínez Bouzas








Luigé Martín

Fragmentos



“Ese fue el jeroglífico o el sofisma que Brandon Moy concibió aquella mañana para justificar sus actos: si le hubiera anunciado algún día a su esposa que se marchaba de su lado para viajar por América o por el sur de la India, como habían planeado hacer juntos muchos años antes, ella le guardaría  rencor durante el resto de su vida, pero si se iba ahora de Nueva York sin decir nada, caminando en silencio entre aquel paisaje de hecatombe, Adriana le guardaría duelo y sentiría hacía él gratitud eterna. Si se marchaba entre las llamas, su hijo no crecería pensando que su padre era un inconstante y un renegado, sino un héroe (…) Esa cábala grotesca es la que avivó a Moy a tomar la decisión de abandonar la ciudad y marcharse lejos.”



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“Todos aquellos sueños que había cumplido como si fueran parte de una ceremonia -los delirios del peyote, la promiscuidad, los viajes en globo, las hazañas marinas- nunca acababan de saciarle porque en realidad no sentía por ellos fascinación o gusto, sino desagrado. Los perseguía porque siempre había creído que a través de ellos llegaría a conocer la sustancia del mundo. Desde que era un niño había oído decir que la entraña verdadera de la vida estaba en el peligro, en el exceso, en el quebrantamiento o en la extravagancia. En la mudanza perpetua. Quienes iban a una oficina cada día, eran fieles a su esposa, veían la televisión por las noches y veraneaban siempre en el mismo lugar, reposadamente, eran seres oscuros e inexistentes. Espectros que no dejan ninguna huella en lo que tocan. Ésa era la ley, el mandamiento: había que buscar la temeridad, pues el orden y la quietud sólo conducen a la muerte.”



(Luigé Martín, La misma ciudad, páginas 37-35, 123)