jueves, 4 de julio de 2013

HISTORIA DE UNA FASCINACIÓN LITERARIA



El abrigo de Proust
Lorenza Foschini
Traducción de Hugo Beccacece
Editorial Impedimenta, Madrid, 2013, 140 páginas.

   Novelar una vez más a escritores o acercarse a ellos a través de sus objetos más personales, desde sus cuadernos, sus cartas, sus manuscritos, sus muebles hasta su reliquia más personal: el viejo abrigo del escritor, en este caso el del autor de En busca del tiempo perdido, Marcel Proust. Lorenza Foschini, a través de un personaje vicario se aproxima así a la vida de Proust y confirma esa tendencia, cada día más consolidada entre los escritores: novelar a los miembros de su propio gremio, aunque el libro de Lorenza Foschini no sea una novela “stricto senso” (“Este no es un relato imaginario”, es su primera premisa), pero sí un verdadero texto narrativo. La autora nos cuenta una serie de historias que se cruzan con aquel carcomido abrigo y por lo tanto con su portador, Marcel Proust.
   No obstante el protagonista de de la narración de la escritora napolitana no es directamente el escritor francés, sino la propia narración que, partiendo de un tema de fondo común, se desparrama en diversas historias aunque todas tengan que ver con el autor de la Recherche. Y todo ello  a través de un intermediario: un obstinado y excéntrico coleccionista, Jacques Guérin, magnate parisino de los perfumes. La autora italiana, a partir de una entrevista que en su día le hizo al diseñador Pietro Tosti, que trabajaba con Luchino Visconti en un intento, a la postre fallido, para llevar al cine En busca del tiempo perdido, reconstruye los avatares de una fascinación literaria: la del bibliófilo fetichista proustiano, Jacques Guérin, en su pasión por coleccionar los objetos que en su día habían pertenecido a Marcel Proust. Por eso mismo, El abrigo de Proust es todo un homenaje a la pasión por coleccionar objetos relacionados con los grandes autores, un homenaje también a la literatura, a esa otra casta de letraheridos que no se sacian con la lectura de los textos, sino que su fanatismo literario les empuja a tomar conciencia de que los viejos papeles, los manuscritos u objetos personales de un escritor son mucho más que papeles garabateados, muebles usados o prendas carcomidas. Están atacados por el mal de la creencia en el poder evocador de los objetos. Esa es la justificación de su pulsión coleccionista, del fetichismo literario, en este caso una tentativa quizás de conjurar la ausencia del personaje convertido en fetiche, como escribe Hugo Beccacece en el postfacio de este libro: “Creó así la ilusión casi perfecta de que la vida de Proust continuaba” (página 138).
   Como ya he dicho, Lorenza Foschini se centra en la figura de Jacques Gurérin. El azar en forma de urgencia médica -una operación de apendicitis- pone en contacto al magnate perfumero  con el cirujano Robert Proust, hermano de Marcel, quien le muestra el escritorio del escritor, una pila de cuadernos en aparente desorden que era nada más y nada menos que la obra completa de Proust, escrita de su puño y letra. Guérin, que ya sentía una gran devoción por el autor de la Recherche, la transforma a partir de ese momento en una irreductible pasión. Entra en contacto con la familia y descubre que ésta, especialmente la cuñada Marthe que consideraba la homosexualidad de Marcel una lacra para el clan familiar, se dispone a deshacerse de sus pertenencias. A partir de ese momento, el texto de L. Foschini relata la carrera exasperada de Jacques Guérin para hacerse con todos los objetos personales de Proust que aún no habían sido devorados por el fuego purificador, entre ellos el abrigo forrado de piel de nutria que Proust empleaba también como manta de cama mientras escribía la Recherche. Pero ya la furia destructora de Madame Proust había quemado una gran parte de la “papeluchería” de Proust, su cuñado. Se habían salvado los manuscritos porque su marido era consciente de su gran valor económico.
   Un tema no menor del libro son las relaciones en el seno de la familia de Proust y la vivencia problemática de la homosexualidad por parte de Marcel Proust que la escritora relaciona, en su repercusión externa, con la Jacques Guérin y que explica que Madame Proust quemase o destruyese cartas, dedicatorias y otros papeles de su cuñado para salvaguardar su honra. La familia del escritor, mediante la quema “catártica” de cartas y papeles pretende salvaguardar el buen nombre de Marcel, después de la inútil presión psicológica que éste sufrió en su juventud cuando fue enviado por su padre a un burdel, según la costumbre de la época, para conocer el “sexo normal”. Guérin, en cambio, en su condición de hijo ilegítimo gozó de una libertad insólita para la época que le permitió vivir con menos angustias su condición homoerótica.
   Un libro, pues, que nos permite enfrentarnos con emoción con el universo proustiano, con su anecdótica, con sus zozobras vitales, con la génesis del fulgor de su escritura, revelado todo ello a través de sus objetos personales, objetos de gran poder evocativo y que la autora sabe tejer como hilos de una historia que acercan al lector a uno de los grandes escritores de todos los tiempos. Porque en el texto de Lorenza Foschini, cada objeto, el viejo abrigo, la cama de latón, el  bastón de piel de jabalí… es portador de una historia y de un cúmulo de vibraciones sentimentales.

Francisco Martínez Bouzas



 
Lorenza Foschini



Fragmentos

“Un verano, cuando todavía era joven, se encontraba en París cuando sufrió lo que parecía ser un súbito ataque de apendicitis. Llamaron a un médico,  aun prestigioso cirujano (…) El doctor resultó ser Robert Proust, el hermano de Marcel. Poco tiempo después, ya repuesto, el paciente pidió una cita con el médico, y aprovechando la visita a su casa, tuvo la oportunidad de contemplar con sus propios ojos algunos de los cuadernos manuscritos del escritor. A partir de entonces, su pasión por Proust empezó a crecer hasta convertirse casi en una obsesión. Se hizo amigo de la familia. Se acostumbró a leer cada día los obituarios de Le Figaro y, cuando moría alguien que él pensaba que podía haber formado parte del universo proustiano, corría a su funeral, se colaba en la iglesia fingiendo ser un pariente del finado, identificaba, entre toda la concurrencia, a la persona que podía resultarle de utilidad, se acercaba a ella, entablaba una conversación y empezaba a sonsacarle toda la información que podía.”

…..

“Como si un imán lo atrajera hacia el objeto inesperado, siguió al ropavejero hasta el fondo del depósito. ¿Y qué fue lo que vio allí? Ennegrecido, oxidado, todavía cubierto por su tela de satén azul, estaba el lecho de latón del escritor, cubierto de polvo. Aquella era la cama donde Proust había dormido desde los dieciséis años; la cama donde había escrito durante cientos de noche insomnes su obra maestra; la cama donde había fallecido el 18 de noviembre de 1922; la cama sobre la que, en palabras de Walter Benjamin, «yacía destrozado por la nostalgia de un mundo cambiado».Para Benjamin, aquella fue la segunda vez en la historia en que se levantó «una estructura como esa en la que Miguel Ángel, con la cabeza volcada hacia atrás, pintaba la Creación en el techo de la Capilla Sixtina: la cama sobre la que Proust, enfermo, con los brazos levantados, cubría con sus escritura las numerosas hojas que consagró a la creación de su microcosmos».”

(Lorenza Foschini, El abrigo de Proust, páginas 17, 91)

martes, 2 de julio de 2013

LA MINIFICCIÓN MALVADA E INVEROSIMIL DE LILIAN ELPHICK



Confesiones de una chica de Rojo

Lilian Elphick

Mosquito Editores, Santiago de Chile, 2013, 93 páginas.



   

    A estas alturas de esa historia de la minificción, nacida en tierras australes, no me cabe la menor duda de que Lilian Elphick es una de las grandes figuras del subgénero basado en la elaboración de una minuciosa orfebrería capaz de agasajarnos con abundantes narrativas completas, pero al mismo tiempo muy breves. Relato relámpago, inmensidades hechas de ausencias, el máximo de significado con el mínimo de significante y mucha inteligencia, arranca cuando concluye su lectura, solo se ve la décima parte como en el iceberg… son algunos intentos de definición. Definiciones imposibles seguramente, pero que Lilian Elphick ejemplariza de forma magistral en sus cinco libros anteriores. También en estas Confesiones de una chica de Rojo, de tan reciente edición en Santiago de Chile que huele todavía a fresca tinta verde.

   Cincuenta y ocho minirrelatos distribuidos en dos grandes secciones, la primera carente de título pero con varias series como la que se nos ofrece bajo el epígrafe “El crujido de la seda”. Seis cuentos crueles, capaces de rebanarnos el aliento ya en su porción que emerge y se manifiesta, donde brillan las navajas  y cuchillos “que cantan su melodía de afilada zampoña” (página 13) y se alude eufemísticamente a muertes matadas como “el patio de los callados”.

   Después, un amplio ramillete de historias breves, brevísimas en su mayoría, que suben esa apuesta de la que hablaba César Aira. Relatos como centellas o fusilazos que nos atrapan por el inesperado e inteligente final, que hace que salga a flote ese secreto sumergido, porque en la narrativa de Lilian Elphick se desarrolla al máximo, como ya he podido constatar en la lectura de otros de sus libros, la escritura elusiva  y en su inteligente factura es mucho más lo que sugieren que lo que expresamente dicen, sin que quepa sospechar aquello de que un mal narrador puede tener un momento de talento y hallar una frase genial o un desenlace inesperado. La minificción de Lilian Elphick, respirando atmósferas diversas y preñada de tonalidades igualmente dispares, mantiene el pulso y en unas cuantas líneas aprisiona una historia, historia sugerida que el lector tendrá que completar si quiere disfrutar de ese frenesí de escritura proteica, elusiva y, sobre todo, desbordante de ingenio y creatividad.

   En muchos de esos relatos, el mismo común denominador: el sutil filamento de la tajada asentada ya sea con veneno, con colmillos hincados, con degüellos o con balas encajadas en el corazón de la protagonista de “La soldadera”, un minicuento que ya me había hecho estremecer en anteriores lecturas y que considero digno de figurar en las más selectas antologías de la microficción.

   La presencia pues de lo trágico, de la crueldad, de lo pavoroso (“un año después me lanzaban al mar con las manos amarradas y caía, caía al azul con la esperanza de verla de nuevo”, página 27) transita por buena parte de estas confesiones que la prosa trenzada con sutil ingenio por la autora convierte en pequeños tesoros narrativos y en verdaderos artefactos que interpelan al lector.

   Especial mención merece, a mi juicio, el relato que le da el título a la colección: una personalísima e ingeniosa versión del cuento de Caperucita, paradigma de esa tonalidad malvada y vengativa que enmarca buena parte de estas minificciones.

   No obstante, la versatilidad creativa de la autora es capaz de transcender los discursos monotemáticos de las garras afiladas de la maldad y deleitarnos igualmente con otros hilos temáticos. Será el amor y sus enveses, el encuentro con la propia condena y otros núcleos diegéticos los temas que, emergiendo de su imaginación, se convierten en letra escrita. Y también con las historias fantásticas que componen la sección que clausura el libro: “Otras verosimilitudes” que nos llevan desde la invención de la sábana con miniaturas de posturas sexuales para acrecentar el arte amatorio, hasta la verdadera historia de la extrañeza.

   Narrativa en formato breve, (“testículos”, si le robamos la palabreja a Cortázar) anclada en estructuras proteicas, con muchas resonancias intertextuales enriquecedoras, con un amplio elenco de personajes. Narrativa irónica, mordaz, mortífera, corrosiva, con muchos finales fulminantes, exactos, helados, como si hubieran sido cortados con un diamante. Y vestida explícita o implícitamente con el color rojo de la sangre. Apta sobre todo para paladares exquisitos que aúnen  tanto ingenio como sensibilidad, para ser capaces de extasiarse  con esos dos tercios de la magnitud sumergida que deberán cobrar vida en su imaginación. El tercio visible nos invade a través de una escritura a veces muy clara y directa, otras elíptica y afilada, pero siempre llena de primor, de belleza y sensualidad. Así sigue Lilian Elphick construyendo sus propios abismos, inconclusos, abiertos y despeinados, como ella misma dice.



Francisco Martínez Bouzas








Lilian Elphick



Fragmentos



La soldadera



“Iba a pie. Él, a caballo. Asaba las tortillas, lavaba sus ropas, colocaba paños húmedos en su cuello. Mantenía el filo de la navaja con el cuero, revolvía el jabón y era guardadora del espejo.

Muchas veces perdí criaturas en la trinchera. Tanta era la sangre. Es que a él no le gustaba mi modo de afeitarlo. Me tenía miedo. Decía que cualquier día iba yo y lo degollaba. Y me pateaba en el suelo. Por eso, esa mañana, le sostuve el espejo. Ante las tres señales de luces, mi comadre tomo su 30 – 30 y me encajó la bala en el corazón. Tal cual le pedí. A ella la acribillaron ahí mismo. Este hecho no pasó inadvertido para la revolución: nos recordaron como valientes lesbianas.”



…..



La memoria



“En 1973, Hortensia Bussi dijo: «Quiero que sepan que aquí estamos enterrando a Salvador Allende, Presidente de Chile, en forma anónima, porque no quieren que se sepa. Pero yo les pido a ustedes, a los sepultureros, jardineros y a todos quienes trabajan aquí, que cuenten en sus casas que aquí está Salvador Allende para que nunca le falten flores.»

En 2011, al exhumar los restos de Salvador Allende, no se encontraron huesos, sino muchas flores, frescas, plenas de fragancia, vivas en su memoria silenciosa.”



…..



Curso de lingüística general



“Le arranqué la camisa, le solté el cinturón y, cuando los pantalones caían al suelo, noté su cola larga, escamosa, terminada en punta de flecha.

-         ¡Ay, Dios mío! – grité

-         Llámame como quieras, a mi no me importa – dijo él, mostrándome  el verdadero infierno de su lengua.”



(Lilian Elphick, Confesiones de una chica de Rojo, páginas 23, 26, 29)

lunes, 1 de julio de 2013

LA CIUDAD QUE NOS ACOMPAÑA SIEMPRE



La misma ciudad

Luigé Martín

Editorial Anagrama, Barcelona, 2013, 131 páginas.





   Transcurridos cerca ya de doce años desde el 11 de septiembre de 2001, esa literatura inevitable que provocan siempre los grandes acontecimientos apocalípticos, ya se puede decir que llegó y lo ha hecho con las alforjas llenas. Historias patrióticas, de vivencias de la catástrofe, dramas familiares, surgidos al reclamo irresistible del ataque y derribo de las Torres Gemelas, se han ido sucediendo y llenando el mercado a lo largo de estos últimos años. O simplemente desencadenando ficciones que se encaminan por otras sendas, pero que tienen su punto de arranque en el 11-S. Como acontece con esta novela breve de Luis García Martín, Luisgé Martín desde que alcanzó el éxito. La misma ciudad, un título ordinario, que nada dice a primera vista, pero que comienza a decirlo desde la primera página cuando los versos epigráficos de Horacio (“Aquellos que cruzan el mar cambian de ciudad, pero no de alma”) inauguran este pequeño volumen. A lo largo del recorrido por sus páginas, el lector se va sumergiendo en los avatares de esa segunda oportunidad que aprovecha el protagonista para vivir otra vida. Los versos de Cavafis que hallamos cuando ya la novela ha consumido sus tres cuartas partes (“No existen para ti otras tierras, otros mares. / Esta ciudad irá donde tu vayas”, página 77), nos confirma en la idea de la imposibilidad de cambiar de identidad y de desterrar para siempre el sentido y el giro de nuestra vida y desviar nuestro destino.

   Todo comienza con la llamada crisis andrógina de los cuarenta y el 10 de septiembre del 2001. Ese día Brandon Moy, el protagonista de la ficción, cuya vida goza de un transcurso tan plácido como insustancial, sin emociones y con rutinas confortables (un buen trabajo, un hijo, una buena mujer a la que ama…) se encuentra con un antiguo compañero que le relata su vida, por el contrario, repleta de emociones: droga, bellas mujeres, incontables experiencias y el mundo por montera. Moy se siente humillado porque en su existencia rutinaria hay pocas vibraciones y menos mujeres. Y ya ha cumplido los cuarenta. Al día siguiente llega tarde al trabajo y eso le salva la vida porque un avión se ha estrellado contra el edificio del World Trade Center. Él no falleció por supuesto, pero se consideró oficialmente muerto como sus veintiséis compañeros del despacho de abogados en el que trabajaba. Su vida cambió radicalmente en esas horas. Un factor aleatorio, una limitación tecnológica (el hecho de no poder llamara sus esposa porque las líneas estaban colapsadas) va a determinar el resto de su vida. Una nueva vida basada sobre una muerte fingida, con un único norte: convertir su nueva existencia e una aventura.

   Y, en efecto, en el frío y soledad de la primera noche, sin familia, sin amigos, creyó encontrar la esencia de sus nuevo rumbo vital, que tiene su punto de partida en Boston y se extenderá por medio mundo, llevando a la cama a incontables mujeres, estafándolas, embriagándose en remolinos eróticos, sin que estén ausentes las drogas y tampoco la literatura. Hasta que un día se encuentra con el poema de Cavafis, “La ciudad”,  que le descuartiza el corazón y al que interpreta como una profecía sobre sí mismo: sus viajes a través de los ilusos sueños, por una topografía a veces tenebrosa, no le han enriquecido existencialmente. La ciudad, la vida que hemos fraguado a los largo de los años nos acompaña siempre. Nuestra existencia podrá ser un constante viajar, pero siempre dentro de la misma ciudad: nosotros mismo.

   Novela, pues, sobre la búsqueda de la identidad, sobre la imposibilidad de escapar a la insatisfacción vital que nos asolará de igual manera en una existencia repleta de frenesí hedonista como en otra más convencional. En ambos casos, la huída es una vana ilusión.

   Novela breve, pero preñada de sustancia que el autor presenta como una ficción encajada  en su propia experiencia. Es Luigé Martín el narrador, sin que se sirva de ningún alter ego. Él reproducirá, a veces en primera persona, otras en tercera, esta muerte fingida y la huída al filo del cuchillo del protagonista al que dice haber conocido en un congreso de escritores en Cuernavaca en el año 2008. Un artificio no demasiado convincente, aunque intranscendente en el desarrollo de la trama, tan cruda como subyugante, comenzando por la pavorosa fotografía de Richard Drew que le sirve de portada al libro.



Francisco Martínez Bouzas








Luigé Martín

Fragmentos



“Ese fue el jeroglífico o el sofisma que Brandon Moy concibió aquella mañana para justificar sus actos: si le hubiera anunciado algún día a su esposa que se marchaba de su lado para viajar por América o por el sur de la India, como habían planeado hacer juntos muchos años antes, ella le guardaría  rencor durante el resto de su vida, pero si se iba ahora de Nueva York sin decir nada, caminando en silencio entre aquel paisaje de hecatombe, Adriana le guardaría duelo y sentiría hacía él gratitud eterna. Si se marchaba entre las llamas, su hijo no crecería pensando que su padre era un inconstante y un renegado, sino un héroe (…) Esa cábala grotesca es la que avivó a Moy a tomar la decisión de abandonar la ciudad y marcharse lejos.”



…..



“Todos aquellos sueños que había cumplido como si fueran parte de una ceremonia -los delirios del peyote, la promiscuidad, los viajes en globo, las hazañas marinas- nunca acababan de saciarle porque en realidad no sentía por ellos fascinación o gusto, sino desagrado. Los perseguía porque siempre había creído que a través de ellos llegaría a conocer la sustancia del mundo. Desde que era un niño había oído decir que la entraña verdadera de la vida estaba en el peligro, en el exceso, en el quebrantamiento o en la extravagancia. En la mudanza perpetua. Quienes iban a una oficina cada día, eran fieles a su esposa, veían la televisión por las noches y veraneaban siempre en el mismo lugar, reposadamente, eran seres oscuros e inexistentes. Espectros que no dejan ninguna huella en lo que tocan. Ésa era la ley, el mandamiento: había que buscar la temeridad, pues el orden y la quietud sólo conducen a la muerte.”



(Luigé Martín, La misma ciudad, páginas 37-35, 123)

viernes, 28 de junio de 2013

"LA TERNURA CANÍBAL": ANTROPOFAGIA SENTIMENTAL Y OTRAS HISTORIAS



La ternura caníbal
Enrique Serna
Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2013, 270 páginas.


   Una colectánea de relatos en cuyo epicentro se encuentran los conflictos de poder y las relaciones de pareja. Así describe su autor, Enrique Serna, este volumen que la Editorial Páginas de Espuma publica simultáneamente en España y en México, porque el autor y su curriculum literario son realmente merecedores de lecturas y reconocimientos que traspase fronteras y el océano que nos separa. Enrique Serna (México, DF, 1959) es un novelista de reconocido prestigio en tierras aztecas desde la aparición de sus novelas Señorita México, El seductor de la patria (Premio Mazatlán de literatura), Ángeles del abismo o La sangre erguida, entre otras. Y los mismo cabe decir de sus libros de cuentos Amores de segunda mano y El orgasmógrafo. Relatos que llevan su firma forman parte de antologías de renombre, como la preparada por García Márquez para la revista Cambio. Todo ello se convierte en prometedoras premisas para hacernos llegar a la conclusión de que el lector va a encontrar en este volumen los cuentos de un gran contador e historias.
   Los diez relatos de mediana extensión de La ternura caníbal son en este caso la prueba del algodón para comprobar si Enrique Serna profundiza lo debido o con la agudeza requerida en los conflictos que tienen su origen en las relaciones sentimentales. Pero vaya por delante la primera advertencia: no todos los relatos del libro giran en torno de los conflictos sentimentales, de esa suerte de guerra fría o caliente que, explícita o soterrada, corroe a muchas parejas. Quizás otro hilo conductor, la existencia como farsa trágica, amalgama con más propiedad el abanico de crueldades en las que muchas veces quedamos inmensos y que pueden ser de vida o muerte.
   Pero de lo que no cabe duda es que Enrique Serna es un excelente investigador de la conducta humana. Y en ella halla un sinfín de pesadillas que han llegado a hacer pensar que el escritor mexicano cultiva una literatura amarga. Una valoración que no se ajusta  a la realidad, aunque sus personajes, casi siempre seres solitarios, resentidos, peleados con todo el género humano, sí suelen ser seres atormentados.
   La lucha por el poder en las relaciones de pareja es, como he dicho, el hielo conductor de algunos de los cuentos de esta colección. En ellos el autor nos encara con aquellos conflictos que se generan cuando el egoísmo es más fuerte que la entrega amorosa hasta que llega el momento en el que los amantes, creyéndose actores de una guerra de abnegación y ternura, los que hacen realmente es depredar emotivamente al otro. De ahí los apropiado del título que casa perfectamente con una buena parte de los cuentos del libro. Esta antropofagia sentimental está presente en los relatos sobre parejas, comenzando por el que abre el libro, “Entierro maya”, un cuento perfectamente estructurado y con una buena ejecución, con un final sorpresivo y coherente con el título: un viejo general, enfermo del corazón, casi se muere de placer en los encuentros sexuales con su aún joven esposa. Cuando, por no escuchar los consejos del médico, llega la muerte, se cumple a la perfección el plan que el viejo general había urdido: tener un entierro maya. Y quizás de una forma mucho más llamativa en los que llevan por título “Drama de honor” y “Material de lectura”. En el primero reconoce el narrador que lo ideal sería que nadie necesitara tener aventuras fuera del matrimonio, pero la monogamia es una carga muy pesada. Por eso y puesto que hasta el obispo tiene sus citas con efebos y llevado el asunto con discreción ¿no será el swinger con sus aportes de emociones frescas la solución, como pretende un marido infiel que logra convencer a su esposa? La resolución del cuento, sin embargo, aunque original, no es demasiado convincente, porque tener un pene desconocido y de grandes dimensiones metido entre las piernas puede convertirse en una aventura traviesa, pero difícilmente en un hecho transcendente y rompedor de la vida sentimental de una mujer enamorada. Similar planteamiento es el que nutre el relato “Material de lectura”: una mujer madura, insatisfecha de su vida y que ya no soporta al borracho de su marido, impotente y rico venido a menos, realiza en su compañía un viaje al Amazonas y, ya que está en la selva, le va sacar todo el jugo al viaje, entregándose a  una placentera promiscuidad, hasta el punto de que la verga categórica del mulato le devuelve “el instinto poético soterrado desde la infancia”.
   Pero la colectánea agrupa también otros cuentos, cuyo centro nodal no se asienta en los conflictos de pareja. Quizás el más logrado de todos ellos es “La vanagloria”. Un relato que nos presenta la insatisfacción existencial de un profesor de secundaria, poeta incipiente que recibe una carta providencial de Octavio Paz celebrando uno de sus poemarios. La respuesta elogiosa del poeta mexicano por antonomasia desata en el protagonista una obsesión por el prestigio que le coloca en las puertas del extravío.
   Pese a la desigual temática y estructura constructiva, La ternura caníbal nos revela  un narrador perspicaz, dominador del oficio, dueño de una gran habilidad narrativa que, con una inequívoca vena satírica, ahonda en la vida privada de los personajes, escudriñando en sus motivaciones más ocultas.

Francisco Martínez Bouzas




Enrique Serna




Fragmentos

“TANIA DEJÓ A LOS NIÑOS encargados con la sirvienta y al volante de una Suburban roja con vidrios polarizados, tomó la avenida Tetabiates rumbo al consultorio de su marido. Necesitaba descubrir la verdad por amarga que fuera, y sin embargo, el temor de enfrentarse con ella le tensaba los músculos de la espalda. Por desgracia, sus intuiciones nunca fallaban: Ramiro se había enredado con alguna puta, quizá conocida suya, y esta vez no se trataba de un simple capricho. De un tiempo a esta parte andaba esquivo, distante, perdido en un limbo de vanidad y egoísmo. No cabía en su piel de tanta hinchazón, como si le hubieran inflado los huevos con gas butano. Se acicalaba horas frente al espejo, celebraba con desgano los éxitos escolares de los niños, perdía el hilo de la charla en las comidas familiares de los domingos y en la cama pagaba el débito conyugal con una destreza de autómata, economizando el ardor y la pasión que sin duda prodigaba en el lecho enemigo.”

…..

“Bajo la maraña de falacias edulcoradas con palabras tiernas, Ramiro había deslizado una amenaza muy clara: o le entras al swinger o sigo teniendo amantes a tus espaldas. Su artera extorsión ameritaba una ruptura inmediata, pero Tanía estaba tan confundida que no se atrevió a echarlo de casa ni a pedir el divorcio, como le dictaba sus conciencia. Había podido manejar a Ramiro cuando era un adúltero convencional, que ocultaba sus aventuras y pedía perdón al ser descubierto. Pero no sabía cómo tratar a ese libertino cursi, que defendía el intercambio de parejas como si fuera la mayor fineza del corazón. Su propuesta era tan sórdida que ni siquiera se atrevió a comentarla con una amiga íntima en busca de consejo, pues la confidente podía creer que usaba subterfugios taimados para proponerle un trueque de maridos. En busca de luz interior, un lunes por la tarde, cuando regresaba de hacer la compra en el súper, se metió a rezar en el templo del Sagrado Corazón.”

…..


ESTABA GOZANDO EN SUEÑOS a doña Leonor Acevedo, la presidenta del patronato de obras pías, cuando un llanto infantil me despertó en la alta madrugada. Era un llanto sostenido y rabioso, que poco a poco fue ganando intensidad hasta perforar mis tímpanos. Tan hechizado me tenía el voluptuoso cuerpo de Leonor que, en el primer momento no quise dar crédito a mis oídos. Por fortuna, los berridos me apartaron de la cópula onírica antes de tener poluciones. Pensé primero que se trataba de una criatura enferma. Lo extraño era que el llanto provenía de la calle principal del pueblo, en donde estaban instalados los juegos mecánicos de la feria. Cuando logré aplacar la erección con un chorro de agua helada, bajé las escaleras de la casa parroquial, temiendo que alguna madre soltera hubiese abandonado a su retoño. No sería nada raro: el hospicio el pueblo está lleno de niños a quienes sus madres dejaron tirados en cualquier parte, porque los jóvenes preñan a sus novias antes de irse de braceros  al otro lado, y luego no les quieren cumplir las promesas del matrimonio.”

(Enrique Serna, La ternura caníbal, páginas 51-52, 71, 225-226)

lunes, 24 de junio de 2013

HISTORIAS AL FILO DE LA COTIDIANIDAD O NO TANTO



¿Habla usted cubano?

Marieta Alonso Mas

Talleres de escritura creativa Clara Obligado, Madrid, 2013, 78 páginas.



   Marieta Alonso, cubana de nacimiento transterrada en Madrid ya desde hace muchos años, pierde su virginidad literaria -afortunada metáfora de su abuela/profesora, Clara Obligado- con este libro en solitario. Con anterioridad sus relatos habían visto la luz en otros medios de maternidad colectiva: revistas y antologías. Y la pierde en la microficción, en el relato breve, porque por algún sitio/género se ha de comenzar, como ella misma confiesa; pero con la clara conciencia de los retos que asume: jugarse la vida en las primeras líneas, como diría Andrés Neuman y, si se sube la apuesta, jugárselo todo en contados párrafos. Pero la autora asume estos retos con atrevimiento y a la vez con el temblor del primerizo. El resultado termina siendo a la vez bendición, estímulo, escritura sedante.

   Y así entre “Deslices”, “Inocencia”, “Entelequias”, “Locuras de amor” y “Barbaries”  -los epígrafes con los que la autora rotula las partes en las que estructura la carga diegética de sus relatos- asistimos  al nacimiento literario de Marieta Alonso, al reventar de su fantasía en un derroche de imaginación, en ingrávidas ocurrencias, a sus juegos de palabras nutridas seguramente en la materia de los sueños o en los manjares de la vida despierta, del día a día, con sus rutinas diarias, manantiales para la imaginación transformada en palabra escrita, con trabajo, voluntad y paciencia.

   Relatos breves, muchos de ellos con sabor y acentos cubanos, no mancillados por ese discutible criterio de la “traducibilidad” que suele exigir la industria editorial española y que, por consiguiente, nos permiten disfrutar de un verdadero frenesí de usos locales del idioma que con su colorido, en este caso, nos acercan a la Cuba natal de la escritora. Porque, por mucho que lo niegue unos de sus personajes, hablar el mismo idioma tiene sus ventajas.

   Es justamente la riqueza de esos usos locales de la lengua común la que alimenta la trama de algunos de los relatos, como el de la cubana que se hizo española gracias a su abuelo que era de Valladolid y que sesea haciendo honor a sus orígenes. Imaginación y un atrevido sentido del humor es lo que mana de ese español-cubano de la peluquera  de su primer relato, peluquera con “ñañarita en el calcañal”, que otea a su clientela, a las habituales y, sin mala intención, si con ella somos benévolos, se va de la lengua. ¡Menos mal que lo hace en cubano! También imaginación, amalgamada con dolor de cabeza en la delineación de ese fontanero, un verdadero “letraherido”, que se topa con Borges, con la prisión de sus laberintos y la amenaza de los fantástico y que, no obstante, le permiten ver el mar, la nieve, el vapor de agua, desiertos, el universo entero.

   Como no podía ser menos, también el circo y sus infinitas historias, con sus magos y magias, hacen acto de presencia en los relatos de Marieta Alonso, mas en este caso como vocación frustrada, mejor dicho, prohibida, porque el padre elige para el hijo un título universitario, la sustanciosa cuenta bancaria y el matrimonio con Pelo Pobre, en vez del aplauso atronador. Y al lado de la frustrada vocación por el circo, las travesuras infantiles, convertidas poco menos que en proezas, pero no exentas de los correspondientes castigos ni del minuto de gloria.

 Y así, transitando la misma senda y luciendo una excelente capacidad para convertir el  vivir diario con sus pequeños o grandes acontecimientos, sus anhelos, temores y también pesadillas, hasta veintiséis  relatos, preñados de borbotones de ironía; historias en cuyo centro de gravedad se encuentran existencias anónimas que viven su cotidianidad o momentos singulares entre soledades, frustraciones o pequeños consuelos. A Marieta Alonso cualquier cosa o pequeño detalle le provoca una historia que su imaginación, ataviada con las galas de un humor, a veces suave otras, esperpéntico y cruel, transmuta en sueño y su habilidad con la lengua en hermosas y a la vez sencillas palabras que suscitan en nosotros, lectores, la sorpresa, la sonrisa, la placidez o el deseo de proseguir con la historia a partir de las bellas condensaciones de esta tejedora de sueños.

   Prosas, pues, muy variadas en sus planteamientos, moviéndose la voz narradora entre lo posible y aquello que solamente cobra vida en la fantasía. Pero unidas por la fina costura de una lengua pulcra, pulida que convierte así los cotidiano, lo anormal -sin que falten las locuras de amor con sirena de testigo- en material literario.



Francisco Martínez Bouzas







Marieta Alonso en la presentación de "¿Habla usted cubano?"

Fragmento



Sirenas



Estoy desquiciada. Con lo que me ha costado conseguir a mi hombre. Él, de nacimiento y como hobby, es…el perfecto mujeriego. Como todas tenemos lo mismo, aunque a unas le luce más que a otras, utilicé la inteligencia…y me llevé el gato al agua.

Le encanta el mar. Tiene una zodiac y vamos de Santa Pola hasta la isla de Tabarca. Nos dicen que con el motor de la zodiac es una locura pero él es así. Un temerario. Me subo al bote con el corazón en la garganta porque soy de secano, ni se nadar, ni llevar una barca…, el pescado me da alergia.

Durante meses ninguna nube oteó en nuestro horizonte. La soledad de la barca nos unía lo que nunca pude imaginar. Pescaba, se daba un chapuzón y volvía a mí, que permanecía leyendo en aquella chalupa.

Una tarde nos quedamos los dos ensimismados con una  puesta de sol maravillosa, las manos unidas, mi cabeza sobre su hombro y de fondo…un canto melodioso. Nos recreamos en el sonido hasta que sentimos un peso lateral. Miramos a la vez y nos encontramos con una sonrisa preciosa y un busto de mujer meciéndose entre las olas. Su cola de pez se bamboleaba a un ritmo hipnótico. La melodía seguía acariciando nuestros oídos. Cerré los ojos y los volví abrir dos veces porque no me creía lo que estaba viendo.

Lo que es la aparición pasaba de mí. Solo tenía ojos para él y él no apartaba de ella su mirada. Sus ojos le decían lo que nunca me habían dicho a mí.

Aquel ser mágico con su mirada y su sonrisa le prometía un mundo maravilloso. La atracción se hacía patente. Mi hombre se levantó haciendo que la barca se moviera con gran peligro y sin previo aviso se hundió en el Mediterráneo.

Sigo sin reaccionar. La sirena desapareció con él…y yo estoy mar adentro.”



(Marieta Alonso Más, ¿Habla usted cubano?, páginas 53-54)

viernes, 21 de junio de 2013

EL AMOR Y SUS LABERINTOS



Casi amor
Ugo Cornia
Traducción de Julio Carrobles
Editorial Periférica, Cáceres, 2012, 171 páginas.


   A los pocos meses de la publicación en español de Sobre la felicidad a ultranza, un libro que nos permitió conocer a Ugo Cornia, un escritor que contagia por un aire paradójicamente optimista, Editorial Periférica, nos ofrece, en traducción de Julio Carrobles, Quasi amore, un viaje introspectivo por esas misteriosas sendas por las que discurren tanto el amor como el desamor, en esas cruciales etapas de la vida, la infancia y sobre todo la adolescencia en las que los sentimientos y pulsiones amorosos y sexuales revientan  en el ser humano con la franqueza de la inocencia y el poderío de un dios monoteísta.
   El amor como eje de la existencia, sus momentos inolvidables, nostálgicos con el paso del tiempo, que celebran el júbilos de vivir y al que frecuentemente llenan de sentido.
   La novela que comento, se nutre con las experiencias que  el propio escritor, Ugo Cornia, nos traslada recordando sus primeros amores, esos amores de adolescencia y juventud, a la vez que repasa ese cúmulo de sensaciones experimentadas, con sus efectos positivos y destructores que nos sobrevienen cuando el corazón humano se abre a esas experiencias imperecederas e inolvidables de los primeros enamoramientos. Y nos sumerge en ese viaje interior, en sus exploración interna, mientras realiza un viaje exterior a través de la geografía italiana, por los paisajes ensoñadores de Módena o Ferrara, jalonados por episodios amorosos, cortos pero muy intensos que marcaron la existencia del narrador y que perviven en su memoria nostálgica a través del tiempo.
   Procesos de enamoramiento y de desenamoramiento que son los grandes hitos de una novela romántica, aunque no empalagosa, que nos introduce con juvenil franqueza en los mil vericuetos de esa gran aventura humana que es la vida sentimental. Y por esa aventura nos conduce Ugo Cornia con una mirada intimista y una sutil delicadeza. El lector lo percibe por ejemplo en la manera en la que habla del sexo: tan lujuriosa como elegante.
   Este libro es un nuevo fruto de la poética de Ugo Cornia, una poética que nos permite entrar en una dimensión feliz, construida con ladrillos de vitalismo y cemento de alegría. Con la experiencia de haber vivido una alegría sensual, natural, heredera de una concepción plenamente epicúrea de la existencia, en el sentido filosófico del término.
   Narrativa, por otro lado, con un ínfimo grado de dificultad para los potenciales lectores. Sin embargo, Casi amor huye de la linealidad narrativa a la hora de moldear la trama. Al contrario, la novela está construida a base de miradas retrospectivas, como una suerte de cuaderno sentimental de un adulto que desplaza su mirada hacia sus años jóvenes con nostalgia y pulcro humor.
   Una escritura fluida, mórbida, luminosa, verbalizada a través de una voz narrativa en la que resuena la sabiduría popular, capaz de dar vida y dignidad a cualquier cosa, ya se trate de una persona, de un animal o de un fenómeno natural. Ugo Cornia sabe ser humorista e incluso cómico, sin caer en el sarcasmo o en el cinismo. Y tiene además la capacidad de aprehender y describir sabiamente el momento, esos instantes de infinita plenitud que nos iluminan durante un instante, para desaparecer después para siempre. Un lenguaje pues ligero, limpio, sencillo que pone de relieve los momentos más luminosos de la vida: el amor y sus vicisitudes, sus laberintos, que pueblan nuestra memoria emocional.

Francisco Martínez Bouzas




Ugo Cornia


Fragmentos

“En aquellos meses, una noche de agosto fui con una amiga a un bar con veladores al aire libre situado en una avenida y no hubo manera de mirarla a la cara sin distraerme. Aunque la chica siempre me había gustado, me pasé una hora entera volviéndome a cada momento para ver qué coches pasaban. Me esforzaba durante tres minutos en mirarla  a la cara, pero luego la cabeza se me volvía otra vez, como si aquellos coches tuvieran el poder de hacer girar mi cuello. El caso es que, más o menos una semana más tarde, volví con la misma chica a tomar algo en otra terraza y enseguida me senté con la cara hacia la pared para poder mirarla sólo a ella, sin que mis ojos se desviaran a cada momento. Entonces conseguimos hablar. Estuvimos hablando durante una hora y, además, lo pasamos bien. Por fin me pareció que me encontraba justo donde estaba, y no en otra parte.”

…..


“Para mi, desde cierto momento, siempre ha sido una cosa extrañísima lo sexual que puede ser siempre el sexo: por ejemplo, un día de sol estival, hacia las tres de la tarde, cuando hay una luz tal que sólo te apetece buscar una sombra, vas en coche con una chica (…) Entonces dais una pequeña vuelta con el coche por los alrededores hasta que veis unos árboles, con un prado de cincuenta metros que hay que cruzar a pie entre un rebaño de vacas, y luego empieza un bosque. En ese momento dices tú: «ése es para mi el sitio ideal».
Detuvimos el coche, y ella, mientras yo estaba cerrando el coche, abrió el maletero y, a continuación, mientras yo miraba lo que estaba haciendo, sacó una cestita con un mantel -que dejaría de ser mantel dentro de poco- y dos mantas dentro y dijo «así estaremos más cómodos tumbados en el suelo»(…)
Para mi, ese instante, cuando olfateas en el aire que ella tiene tantas o más ganas que tú, es siempre un instante de verdadero desconcierto. El caso es que echamos a correr hacía el bosque, deseando encontrar cuanto antes un escondrijo entre los árboles y arbustos (…), y después de unos treinta metros en un angosto sendero, en los primeros cuatro metros de espacio libre extendimos el ex mantel y las mantas y luego dos besos y fuera la ropa (…)
Seguimos, más besos, ya estábamos desnudos y ella se me puso encima y se la metió dentro y me respiraba en las orejas, golpeaba sus mejillas contra las mías, y sentía sus labios, los labios de abajo, que apretaban y se contraían -y yo nunca he sabido si cuando dos están juntos se pierden o no, pero mañana, o pasado mañana, o dentro de cinco años, perdidos o no perdidos, una tarde volveré a revivir entero esos momentos maravillosos, y ese día lejano que regresa será una verdadera maravilla, como algo que no se ha acabado de digerir de todo.”

(Ugo Cornia, Casi amor, páginas 12-13, 95-97)

miércoles, 19 de junio de 2013

LA LITERATURA, EXORCISMO CONTRA EL DOLOR



La ridícula idea de no volver a verte
Rosa Montero
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2013, 233 páginas.

   Este libro publicado en marzo de este año, sin ser un best seller al uso ni literatura de consumo, ha llegado en tres meses a la novena edición. Rosa Montero lo escribió suturando biografía y ficción y utilizando a Marie Curie como paradigma o arquetipo de referencia en el que apoyarse para reflexionar sobre ciertos temas vividos en carne propia.
   Rosa Montero, en efecto, relata la vida de Marie Curie antes y después del duelo por la muerte de su esposo Pierre. Y relata igualmente su propia experiencia vital al lado de su marido, Pablo Lizcano, también antes y después de su fallecimiento, intentado hallar sentido a esas vivencias. Por eso este libro se convierte en un acto de creación. No debe extrañarnos pues esa frase que produce escalofríos colocada en el frontispicio del libro: “Como no he tenido hijos, lo más importante que me ha sucedido en la vida son mis muertos” (página 9). Casi al final de la publicación la autora recuerda los resultados de un estudio, según el cual los separados y los divorciados están más deprimidos que los viudos. Porque a los primeros les falta una narración convincente, un relato consolador que le de sentido a sus vidas.
   Este relato es el que Rosa Montero nos ofrece en este híbrido artefacto literario. Nos relata en efecto, sin sentimentalismos, pero con la justa dimensión de dramatismo que encierran los hechos, el truco más antiguo de la humanidad frente al dolor y al horror: transmutar a través de la literatura el sufrimiento en belleza porque -y tiene toda la razón la escritora- la literatura es un escudo poderoso frente al mal y al dolor, un poderoso exorcismo frente a la desolación  que produce la ausencia definitiva de un ser amado. Su propio dolor por la muerte de quien fue su pareja, como he dicho, amalgamado con el de la mujer Marie Curie, que no pudo despedirse de Pierre, su esposo, contarle lo que fueron el uno para el otro; y por eso escribe un diario en forma de carta, reproducido al final de este libro.
   Un libro que, no obstante, brota del sufrimiento y pivota sobre la vida de Manya Sklodowska, la física y química polaca nacionalizada francesa, que descubre el radio junto a su marido Pierre y fue la primera mujer en múltiples frentes: en recibir dos Premios Nobel, en licenciarse y doctorarse en Ciencias en Francia, la primera en tener una cátedra en la Sorbona. Una mujer que no lo tuvo fácil en ningún momento de su vida: su crecimiento en un ambiente pobre y políticamente enrarecido; su lucha contra el miedo y la oposición del mundo masculino a la visibilidad y ascensión social de la mujer; su descubrimiento del radio en un ruinoso hangar; sus despreocupada exposición a las radiaciones que le llevarán a la tumba, el fatal fallecimiento de Pierre; su ausencia que no le cabe en la cabeza; su enamoramiento a los cuarenta y dos años de Paul Langevin que le supuso un verdadero linchamiento por parte de la puritana sociedad parisina y que obscureció su segundo Nobel (año 1912). Una mujer de sobrehumana voluntad, capaz de hacer milagros, con un gran compromiso humanista, pasional y también con pequeñas mezquindades, muy dura, sobre todo contra sí misma, siempre tan triste y con un cuerpo sometido voluntariamente a una brutal radiactividad durante tantos años.
   Un libro con un acontecimiento medular: el fallecimiento de Pierre Curie que desencadena el relato de la vida de su esposa, antes y después del fatídico accidente y que le permite a la autora narrar en paralelo su propio duelo, que no es, sin embargo, un túnel cerrado a la vida, como tampoco lo fue el de Marie Curie.
   No es este libro incalificable un impúdico tráfico con el dolor, sino un intento de hallar un sentido al mal y a la congoja. Y para Rosa Montero ese sentido se encuentra en la narración. De ahí nació este torbellino de palabras, escritas con un tono confesional, que nos hablan de tú a tú, con una gran fuerza poética capaz de conmocionarnos, como cuando la autora relata que Marie Curie guardaba coágulos de sangre y trozos de los sesos de sus esposo para besarlos. Y también de horrorizarnos al hacernos ver el pavoroso desprecio para su salud con que Marie manejaba el radio.
Hashtags, fotografías que interactúan con el texto escrito, completan un libro híbrido, ambiguo y pantanoso, de lo que la misma autora es consciente: la fusión entre la realidad biográfica y la ficción. Por eso también a este libro cabe aplicarle la receta de Álvaro Pombo: la invención creativa, la ficción, como marcador semántico que es, introducido en una biografía, anula la exactitud de la realidad biográfica, por mucho que la escritora nos diga que todos los datos del libro sobre Marie y Pierre están documentados, que no hay una sola invención en lo factual. Pero ese marcador semántico no es un frívolo adorno: expresa bellamente y de forma optimista la realidad biográfica. Es la acción embellecedora y catártica de la literatura.

Francisco Martínez Bouzas




Rosa Montero



Fragmentos


“Eso es lo que hizo Marie Curie cuando le trajeron el cadáver de Pierre: encerrarse en el mutismo, en el silencio, en una aparente, pétrea frialdad. Llevaban once años casados y tenían dos hijas, la menor de catorce meses. Pierre había salido esa mañana como siempre camino del trabajo; tuvo una comida con colegas y, al volver al laboratorio, resbaló y cayó delante de un pesado carro de transporte de mercancías. Los caballos lo sortearon, pero una rueda trasera le reventó el cráneo. Falleció en el acto.
 
 Entro en el salón. Me dicen: « Ha muerto.» ¿Acaso pude una comprender tales palabras? Pierre ha muerto, él, a quien sin embargo había visto marcharse por la mañana, él, a quien esperaba estrechar entre mis brazos, esa tarde, ya solo lo volveré a ver muerto y se acabó, para siempre. (Diario)

Siempre, nunca, palabras absolutas que no podemos comprender, siendo como son pequeñas criaturas atrapadas en nuestro tiempo. ¿No jugaste, en la niñez, a intentar imaginar la eternidad? ¿La infinitud  desplegándose delante de ti como una cinta azul mareante e interminable? Eso es lo primero que te golpea en un duelo: la incapacidad de pensarlo y admitirlo. Simplemente la idea no te cabe en la cabeza. ¿Pero cómo es posible que no esté? Esa persona que tanto espacio ocupaba en el mundo, ¿dónde se ha metido? El cerebro no puede comprender que haya desaparecido para siempre. ¿Y qué demonios es siempre? Es un concepto inhumano. Quiero decir que está fuera de nuestra posibilidad de entendimiento. Pero cómo, ¿no voy a verlo más. ¿Ni hoy, ni mañana, ni pasado, ni dentro de un año? Es una realidad inconcebible que la mente rechaza: no verlo nunca más es un mal chiste, una idea ridícula.”

…..

“Hay gente que, en su pena, se construye una especie de nido en el duelo y se queda a vivir ahí dentro para siempre. Permanecen en ese lugar común, repiten el destino de vacaciones, visitan ritualmente los antiguos lugares compartidos, mantienen las mismas costumbres en memoria del muerto. Yo no creo que sea bueno, o quizá sí, quién sabe, quién soy yo para decir cómo debe uno tratar de superar una pérdida; pero, en cualquier caso, no es mi elección. Me cambié de domicilio tras la muerte de Pablo (Marie también se mudó de casa cuando enviudó) y el mundo tiene varios rincones que es posible que yo no vuelva a visitar: Estambul, Alaska, Islandia, ciertas zonas de Asturias o estas hermosísimas iglesias de madera.”

(Rosa Montero, La ridícula idea de no volver a verte, páginas 24-25, 88-89)