miércoles, 19 de junio de 2013

LA LITERATURA, EXORCISMO CONTRA EL DOLOR



La ridícula idea de no volver a verte
Rosa Montero
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2013, 233 páginas.

   Este libro publicado en marzo de este año, sin ser un best seller al uso ni literatura de consumo, ha llegado en tres meses a la novena edición. Rosa Montero lo escribió suturando biografía y ficción y utilizando a Marie Curie como paradigma o arquetipo de referencia en el que apoyarse para reflexionar sobre ciertos temas vividos en carne propia.
   Rosa Montero, en efecto, relata la vida de Marie Curie antes y después del duelo por la muerte de su esposo Pierre. Y relata igualmente su propia experiencia vital al lado de su marido, Pablo Lizcano, también antes y después de su fallecimiento, intentado hallar sentido a esas vivencias. Por eso este libro se convierte en un acto de creación. No debe extrañarnos pues esa frase que produce escalofríos colocada en el frontispicio del libro: “Como no he tenido hijos, lo más importante que me ha sucedido en la vida son mis muertos” (página 9). Casi al final de la publicación la autora recuerda los resultados de un estudio, según el cual los separados y los divorciados están más deprimidos que los viudos. Porque a los primeros les falta una narración convincente, un relato consolador que le de sentido a sus vidas.
   Este relato es el que Rosa Montero nos ofrece en este híbrido artefacto literario. Nos relata en efecto, sin sentimentalismos, pero con la justa dimensión de dramatismo que encierran los hechos, el truco más antiguo de la humanidad frente al dolor y al horror: transmutar a través de la literatura el sufrimiento en belleza porque -y tiene toda la razón la escritora- la literatura es un escudo poderoso frente al mal y al dolor, un poderoso exorcismo frente a la desolación  que produce la ausencia definitiva de un ser amado. Su propio dolor por la muerte de quien fue su pareja, como he dicho, amalgamado con el de la mujer Marie Curie, que no pudo despedirse de Pierre, su esposo, contarle lo que fueron el uno para el otro; y por eso escribe un diario en forma de carta, reproducido al final de este libro.
   Un libro que, no obstante, brota del sufrimiento y pivota sobre la vida de Manya Sklodowska, la física y química polaca nacionalizada francesa, que descubre el radio junto a su marido Pierre y fue la primera mujer en múltiples frentes: en recibir dos Premios Nobel, en licenciarse y doctorarse en Ciencias en Francia, la primera en tener una cátedra en la Sorbona. Una mujer que no lo tuvo fácil en ningún momento de su vida: su crecimiento en un ambiente pobre y políticamente enrarecido; su lucha contra el miedo y la oposición del mundo masculino a la visibilidad y ascensión social de la mujer; su descubrimiento del radio en un ruinoso hangar; sus despreocupada exposición a las radiaciones que le llevarán a la tumba, el fatal fallecimiento de Pierre; su ausencia que no le cabe en la cabeza; su enamoramiento a los cuarenta y dos años de Paul Langevin que le supuso un verdadero linchamiento por parte de la puritana sociedad parisina y que obscureció su segundo Nobel (año 1912). Una mujer de sobrehumana voluntad, capaz de hacer milagros, con un gran compromiso humanista, pasional y también con pequeñas mezquindades, muy dura, sobre todo contra sí misma, siempre tan triste y con un cuerpo sometido voluntariamente a una brutal radiactividad durante tantos años.
   Un libro con un acontecimiento medular: el fallecimiento de Pierre Curie que desencadena el relato de la vida de su esposa, antes y después del fatídico accidente y que le permite a la autora narrar en paralelo su propio duelo, que no es, sin embargo, un túnel cerrado a la vida, como tampoco lo fue el de Marie Curie.
   No es este libro incalificable un impúdico tráfico con el dolor, sino un intento de hallar un sentido al mal y a la congoja. Y para Rosa Montero ese sentido se encuentra en la narración. De ahí nació este torbellino de palabras, escritas con un tono confesional, que nos hablan de tú a tú, con una gran fuerza poética capaz de conmocionarnos, como cuando la autora relata que Marie Curie guardaba coágulos de sangre y trozos de los sesos de sus esposo para besarlos. Y también de horrorizarnos al hacernos ver el pavoroso desprecio para su salud con que Marie manejaba el radio.
Hashtags, fotografías que interactúan con el texto escrito, completan un libro híbrido, ambiguo y pantanoso, de lo que la misma autora es consciente: la fusión entre la realidad biográfica y la ficción. Por eso también a este libro cabe aplicarle la receta de Álvaro Pombo: la invención creativa, la ficción, como marcador semántico que es, introducido en una biografía, anula la exactitud de la realidad biográfica, por mucho que la escritora nos diga que todos los datos del libro sobre Marie y Pierre están documentados, que no hay una sola invención en lo factual. Pero ese marcador semántico no es un frívolo adorno: expresa bellamente y de forma optimista la realidad biográfica. Es la acción embellecedora y catártica de la literatura.

Francisco Martínez Bouzas




Rosa Montero



Fragmentos


“Eso es lo que hizo Marie Curie cuando le trajeron el cadáver de Pierre: encerrarse en el mutismo, en el silencio, en una aparente, pétrea frialdad. Llevaban once años casados y tenían dos hijas, la menor de catorce meses. Pierre había salido esa mañana como siempre camino del trabajo; tuvo una comida con colegas y, al volver al laboratorio, resbaló y cayó delante de un pesado carro de transporte de mercancías. Los caballos lo sortearon, pero una rueda trasera le reventó el cráneo. Falleció en el acto.
 
 Entro en el salón. Me dicen: « Ha muerto.» ¿Acaso pude una comprender tales palabras? Pierre ha muerto, él, a quien sin embargo había visto marcharse por la mañana, él, a quien esperaba estrechar entre mis brazos, esa tarde, ya solo lo volveré a ver muerto y se acabó, para siempre. (Diario)

Siempre, nunca, palabras absolutas que no podemos comprender, siendo como son pequeñas criaturas atrapadas en nuestro tiempo. ¿No jugaste, en la niñez, a intentar imaginar la eternidad? ¿La infinitud  desplegándose delante de ti como una cinta azul mareante e interminable? Eso es lo primero que te golpea en un duelo: la incapacidad de pensarlo y admitirlo. Simplemente la idea no te cabe en la cabeza. ¿Pero cómo es posible que no esté? Esa persona que tanto espacio ocupaba en el mundo, ¿dónde se ha metido? El cerebro no puede comprender que haya desaparecido para siempre. ¿Y qué demonios es siempre? Es un concepto inhumano. Quiero decir que está fuera de nuestra posibilidad de entendimiento. Pero cómo, ¿no voy a verlo más. ¿Ni hoy, ni mañana, ni pasado, ni dentro de un año? Es una realidad inconcebible que la mente rechaza: no verlo nunca más es un mal chiste, una idea ridícula.”

…..

“Hay gente que, en su pena, se construye una especie de nido en el duelo y se queda a vivir ahí dentro para siempre. Permanecen en ese lugar común, repiten el destino de vacaciones, visitan ritualmente los antiguos lugares compartidos, mantienen las mismas costumbres en memoria del muerto. Yo no creo que sea bueno, o quizá sí, quién sabe, quién soy yo para decir cómo debe uno tratar de superar una pérdida; pero, en cualquier caso, no es mi elección. Me cambié de domicilio tras la muerte de Pablo (Marie también se mudó de casa cuando enviudó) y el mundo tiene varios rincones que es posible que yo no vuelva a visitar: Estambul, Alaska, Islandia, ciertas zonas de Asturias o estas hermosísimas iglesias de madera.”

(Rosa Montero, La ridícula idea de no volver a verte, páginas 24-25, 88-89)

sábado, 15 de junio de 2013

TAN REAL Y TAN IRREAL COMO LA VIDA MISMA



El váter de Onetti

Juan Tallón

Edhasa, Barcelona 2013, 255 páginas.



  

   El váter de Onetti va de todo lo que va escrito en ella. Así, con humor socarrón aunque quizás con sinceridad,  define la novela su propio  autor, echando mano del “dictum” de Vila-Matas. Juan Tallón, en efecto confiesa que tiene dificultades para conocer exactamente de qué tratan sus libros. Así es Juan Tallón, capaz de insultarse a si mismo para animarse, que escribe novelas, que escribe blogs para ocultar sus mierdas. Seremos pues los lectores a los que nos corresponda formarnos nuestra personal idea sobre de lo que va la trama de El váter de Onetti, una novela escrita originariamente en gallego, traducida al español por el propio autor y publicada en Edhasa, hace apenas unos días, inaugurando una nueva colección literaria, “Tusitala”, que pretende darles un espacio a nuevas voces, “posibles clásicos en el futuro”.

   Y lo primero que percibe cualquier lector es que El váter de Onetti va de una mudanza, si bien ese cambio de ciudad y de domicilio no es más que una escusa para hablarnos el autor de los divino y de lo humano, sobre todo de libros, del oficio de escritor y sus pesadumbres y menguadas alegrías. Pero también de atracos a bancos. El protagonista, alter ego o mejor dicho, “alterísimo ego” del autor, trabajaba en la pocilga de un periódico de Ourense en el que estaba prohibido hacer periodismo. Pensando en mejorar su status se traslada a la capital del reino y allí, a la vez que busca trabajo comienza a promocionar su novela El caso Aira-Bolaño (en gallego: A pregunta perfecta. O caso Aira-Bolaño), con el propósito de verla editada en español. En Madrid encuentra trabajo en el despacho de un ministro al que le escribirá los discursos, y se instala en un apartamento en el que tiene de vecinos toda clase de criaturas: un cura que es visitado regularmente por una exuberante prostituta -la única gente, se refiere al cura putero, que puede contribuir a cambiar la Iglesia-, una vecina estupenda, en plenitud, que no tiene reparos en dejarle ver una de sus piernas tostadas al sol de Tenerife, su marido, con el que forman una curiosa pareja que no follan o lo hacen en completo silencio. Y sobre todo, unas paredes hechas con papel de fumar que le permiten enterarse de la abstinencia sexual de sus vecinos y de sus planes para atracar un banco, cuya programación vive al detalle desde el primer momento hasta el punto de sentirse cómplice, mientras escribe en el Ministerio de Justicia discursos  sobre el anteproyecto de una nueva ley de Enjuiciamiento Criminal.

   Pero esto no es más que la vestidura externa de una trama que va mucho más allá, que disecciona el vivir diario haciendo que la realidad se aproxime a la ficción y viceversa. Juan Tallón es capaz de erguer una soberbia y divertida novela, a pesar del tono ácido que impregna muchas de sus páginas, sobre una mudanza, sus nuevos vecinos, el proceso de creación de su anterior libro, los garitos de Madrid y las subsiguientes resacas, los editores que se le escurren de las manos, los encuentros y correos intercambiados con un amplio abanico de escritores (Vila-Matas, Cesar Aira, Michel Lafon -traductor de Aira al francés-, Javier Marías, Carmen Martín Gaite, Marcos Giralt Torrente, Méndez Ferrín…) y algunos editores (Enrique Redel de Impedimenta, Constantino Bértolo de Caballo de Troya, Olga Martínez de Candaya.

   También ciertos críticos/as literarios gallegos/as hacen acto de presencia en esta propuesta que sutura realidad y literatura. Críticos gallegos como Ana Rosa (un obvio alias) que desde un ciego minifundismo y para equilibrar de alguna manera  los cientos de reseñas elogiosas, se cebaba sádicamente con un autor novel y nunca llegó a entender esa intrahistoria de una historia que nunca aconteció. También otros que le apoyaron desde el primer momento.

   Todo eso y los retales de la vida de un escritor que encuentra condiciones perfectas para escribir y sin embargo no escribe nada, y por supuesto el váter del escritor uruguayo que conserva en Madrid como una reliquia otro personaje de la novela, son algunos de los mimbres de este libro en el que la metaliteratura no es un estorbo, sino un tema novelesco que tira del lector con los garfios de una verdadera aventura.

   Novela, pues, sobre la vida y sobre la literatura, escrita con un tono ácido, escéptico, pesimista, verbalizado frecuentemente a lo largo de la misma (“Mi facilidad para ponerme en lo peor me mantuvo a salvo de cualquier expectativa”, página 43, “…ya trabajaba con el escenario de que todo se quedase en nada”, página 44). A veces, ciertas expresiones (“Siempre sucede lo que sucede”) parecen haber heredado la impronta del  más puro evidencialismo, aquella corriente de la literatura gallega que inventó el escritor Cid Cabido y que se dejó conocer en los años 90. Expresiones nunca contaminadas por comeduras de tarro. Tal es la escritura de Juan Tallón, afortunadamente todavía un escritor sin pose ni carrera, sin pinturas pintadas, aunque sí con un fino olfato para el desenmascaramiento social, aunque todo comience con algo bien simple: una mudanza, una mala mudanza.



Francisco Martínez Bouzas









Juan Tallón



Fragmentos



“Era febrero y sólo hacía algunas semanas que el periódico había tenido el enésimo detalle con sus redactores. Cada año, por Navidad, mis editores compraban para ellos un coche nuevo con el que mantener el prestigio perdido de la cabecera -habitualmente un Porche- , y para nosotros, un vale descuento para una peluquería. Durante un tiempo -en realidad, cuando sólo estaba empezando- esta mierda de detalles me habían hecho inmensamente feliz. A decir verdad, aquellos días inaugurales yo era un hombre dichoso, sólo por saber que podía llevar a la redacción un cenicero de mi casa y depositarlo junto al ordenador para fumar a todas horas. Por una regla de honor, nadie te lo robaba. Otra cosa muy distinta era perder de vista el paquete de Chesterfield.



…..



“Hasta ese sábado, el manuscrito de El caso Aira-Bolaño había seguido siempre caminos de perdición. No calaba. Durante un año peregrinó de premio en premio sin despertar la atención de nadie. La novela viajaba por la geografía, como un boxeador castigado de lado a lado del cuadrilátero, lleno de cardenales, hinchado, pero se mantenía en pié en virtud de un extraño principio del equilibrio, hasta que Miguel Albarellos y Ángel Cambados, críticos y miembros del jurado del Príncipe Lear, hallaron valores en el texto que decidieron apoyar. Lo salvaron del k. o en el último instante. ¿Quién sabe si después de ese certamen yo no hubiese prohibido viajar más al manuscrito?”



…..



“¿Quieres ver algo asombroso?, me preguntó Horacio. En realidad no sonó a pregunta. Más bien quiso decir: Y ahora, vas ver algo asombroso. Sígueme. Se levantó y lo seguí. Atravesamos la casa por un pasillo que conducía a la habitación del matrimonio. Una vez en ella, abrió la puerta del cuarto de baño y me pidió que pasase. Señaló con el mentón el retrete. Ahí lo tienes: el váter de Onetti. Miré la taza y miré a Horacio, y luego a la taza de nuevo y otra vez a Horacio. Lo saqué de su baño hace treinta años y lo guardé. Ahora está aquí, explicó. Yo seguí en silencio analizando el váter. En verdad era antiguo, aunque su estado de conservación me pareció más que aceptable.

Cada día, me contó, antes de salir de casa, se encerraba en el baño y leía a Onetti. En efecto, al lado del váter había una pequeña mesa con una hilera de libros del autor uruguayo, ediciones viejas, sin valor, manoseadas mil veces, perfectas para el baño. Es medicina preventiva, como el Sintrom. Por si acaso. Llevo veinte años tomando a Onetti aquí cada mañana.”



(Juan Tallón, El váter de Onetti, páginas 11, 40-41, 150-151)

miércoles, 12 de junio de 2013

ATADOS A MIMOUN, LA RATONERA



Mimoun

Rafael Chirbes

Editorial Anagrama, 4ª edición, Barcelona 2013, 153 páginas.



   Se cumplen este año veinticinco de la publicación de Mimoun, la ópera prima de Rafael Chirbes (Tavernes de la Valldigna, Valencia, 1949) y Anagrama ha querido reeditarla con honores de estreno como escribe el editor, Jorge Herralde en la entrevista concedida a la publicación Kölner Stadt-Anzeiger el año 2007. Mimoun no es la mejor novela de Rafael Chirbes, pero sí la primera, la que inaugura un camino jalonado de auténticos éxitos literarios (La buena letra, Los disparos del cazador, La larga marcha, La caída de Madrid, Crematorio, sin duda la mejor, y la última hasta ahora: En la orilla, otra novela que marca cumbres y fronteras).

   Ya en su primera novela Chirbes deja sentir los acentos de su voz narrativa: literatura intimista, introspectiva, que proyecta su mirada hacia las interioridades de sus  personajes, hacia sus conflictos existenciales, a sus estados de consciencia o inconsciencia. Y literatura que narra lo que ve y tal como lo ve, con flecos expresionistas sin duda. Un realismo comparable al defendido por Francis Bacon, escribió Fernando Valls.

   Mimoun  es hoy en día un texto mítico. Finalista en 1988 del Premio Herralde de Novela, agotada durante años, pese a las tres ediciones precedentes, es un título mítico también en el ámbito de la narrativa-pesadilla, porque el Marruecos que el protagonista halla en Mimoun, el pequeño pueblo del Atlas, no es un marco exótico, sino un mundo cerrado, hostil, opresivo, amenazador. Una localidad polvorienta y moribunda como Comala. Y esa atmósfera fantasmagórica, fría y opresiva la consigue crear Chirbes desde las primeras líneas de la novela.

   Ese ambiente descrito en  Mimoun cobija a un español, un profesor de nombre Manuel que llega a Marruecos con el vano propósito de concluir un libro que apenas escribe porque la historia que había comenzado en Madrid, ya no le parece creíble. El es el principal protagonista y también el narrador. Y sobre todo, un tipo abúlico que empieza a relacionarse con distintos personajes con los que establece un extraño entramado de vínculos tan desconcertantes como la soledad que les corroe, un aislamiento que “era como el de esos árboles inmensos y solitarios cuyas raíces se buscan bajo la tierra” (página 115-116) y que terminará degradándoles. Personajes a la deriva, envueltos en una red invisible, en una ratonera que atrapa. Son Manuel, Francisco, Hassan, Aixa, Rachida, Charpent, cómplices casi todos tanto en los vagabundeos alcohólicos  como en el sexo sórdido, practicado tanto con chaperos como con prostitutas. Y mientras el pueblo duerme el letargo de las largas borracheras, Manuel es incapaz de encontrar un instante de lucidez, agobiado por el alcohol, la ansiedad que le producen los encuentros con sus amantes y por los peligros latentes, los asesinatos o la policía corrupta.

   Mimoun se convierte así en una ratonera. Los personajes que transitan por la novela, parecen irremisiblemente atados al pequeño poblado marroquí del Atlas. Allí siguen viendo transcurrir las horas muertas, yendo al café por las noches o buscando compañía para la cama. Esa era toda su vida, su quehacer diario en un pequeño lugar que subyuga y vampiriza. Allí todos ocultan algo, todos engañan a todos, todos se hallan inmersos en un frenesí del que parece que no hay forma de escapar.

   Novela, pues, de perdedores, sumidos en el mar de fondo de una soledad inmisericorde, más interior que exterior.

   Pese a ser su primera novela, en Mimoun encontramos un escritor sólido que estructura su obra de una forma lineal, con pocos personajes, descritos sobre todo por sus acciones, que escribe con un estilo preciso, compuesto en buena parte de frases cortas, de diálogos escuetos, muchos de ellos en francés que el autor no traduce. Una prosa que a la vez envuelve al lector en esa atmósfera siniestra, caótica, enrarecida, asfixiante, sensual y mortuoria, acompasada así mismo a la paulatina degradación interna del personaje central. Un texto perfectamente encuadrable en esa categoría de los “textos de la ambigüedad”, en la terminología de Teodorov, como recuerda Carmen Martín Gaite, una de las primeras voces críticas que analizaron esta novela.



Francisco Martínez Bouzas






Rafael Chirbes en el marjal  de Pego (foto Mikel Ponce)


Fragmentos



“La tierra de Mimoun era de color rojo y,  a pesar de que me había comprado unas botas que me llegaban hasta la mitad de la pantorrilla, siempre llevaba las perneras del pantalón llenas de salpicaduras. El camino hacia la casa se convertía periódicamente en un barrizal que atravesaban los perros como sombras fugitivas. Los veía romper los charcos bajo las bombillas amarillas y, de noche, ladraban sin cesar cerca de la casa. El frío del invierno había agostado la hierba del espacio que hacía las veces de jardín y que separaba la Creuse de la vivienda de Charpent. En cuanto dejaba de llover algunos días, oía el ruido de las patas de los perros, que trotaban durante toda la noche sobre la hierba reseca. Ese ruido me desvelaba algunas veces y, otras, se metía en mis pesadillas.”



…..



“A medida que fue avanzando el verano, me acostumbré a las noches en vela. Esperaba que amaneciese, sin otra preocupación que la de entender la mecánica de aquella ciudad que volvía a alejarse de mi a fuerza de litros de alcohol. Empecé a buscar amantes con quienes llenar las largas noches que pasaba sin Hassan. Por mi casa, a partir de las diez de la noche, circulaban los compañeros de la última copa, o las prostitutas encontradas en cualquier acera. Dentro de mí fue rompiéndose todo en pedazos. En el colchón de mi cuarto hubo noches en las que nos mezclamos media docena de individuos. Me sentía como un imbécil. Nos acostábamos unos sobre otros completamente ebrios y, luego, en la oscuridad de la habitación, empezábamos a buscarnos con sigilo como si nos importase algo que los demás pudieran darse cuenta.”



(Rafael Chirbes, Mimoun, páginas 44, 104-105)

lunes, 10 de junio de 2013

"HOMO VIATOR": EL CAMINO Y SUS ENCRUCIJADAS




Caminantes
Un itinerario filosófico
Marcelino Agís Villaverde
Fundación Enmanuel Mounier, Madrid 2013, 179 páginas.

   El camino como representación simbólica de la vida se ha convertido a lo largo de la historia no solamente en una reiterada metáfora filosófica, sino  también e un símil filosófico, cuyas bases parten ya de Parménides, se acrecientan con Platón y Agustín de Hipona y alcanzan la modernidad. La filosofía, en efecto, en buena medida, se ha realizado en el pasado como itinerario. El hombre se vio a si mismo no sólo como animal creado, sino  como “homo viator”, como caminante con senderos que se abren bajos sus pies  en todas las direcciones. La vida humana es camino porque la especie humana, el “homo sapiens sapiens” es un ser en camino, en tránsito fugaz antes de alcanzar su verdadero destino: la ciudad celeste
   En este sentido fue entendida toda la tradición filosófica desde Parménides y Platón hasta el cristianismo de la patrística y del medioevo. La fundamentación doctrinal e incluso filosófica de la vida como camino se la debemos, entre otros, a Agustín de Hipona. Para el autor de La ciudad de Dios nuestro paso por el mundo no es un fin en si mismo. Es más bien un tránsito fugaz y efímero antes de llegar a nuestro verdadero destino: la ciudad celestial. Por eso mismo la condición de caminante, de peregrino hacia un destino superior, es lo que mejor le define. Una visión pues enteramente solidaria y armónica con la visión lineal del tiempo y de la historia del judeo-cristianismo.
   Pero el itinerario cambia de rumbo en la modernidad, con el giro antropológico iniciado con Descartes, quien realiza en el “cógito” una vuelta hacia si mismo como sujeto pensante. A partir de entonces el caminante se pierde en los infinitos meandros de la subjetividad. La filosofía consistirá en caminar, sí, pero a través de intrincados u oscuros laberintos sin salidas seguras.
   Partiendo de esta tradición filosófica y desde Compostela, meta secular de caminantes, Marcelino Agís Villaverde publicó en el años 2009, y en gallego, una reflexión filosófica, aunque escrita con un lenguaje perfectamente legible para un lector no especialista, sobre la irremisible condición itinerante del ser humano. El autor, catedrático de Filosofía de la Universidad de Santiago de Compostela y especialista en Filosofía hermenéutica vio traducida su obra, Camiñantes. Un itinerario filsófico, al ruso en el 2012. Este año la Fundación Emmanuel Mounier nos ofrece la posibilidad de leer en español esta reflexión sobre temas de siempre, pero analizados desde una óptica propia. Un personal itinerario filosófico, un libro de viajes por la condición del hombre moderno y por muchos de los interrogantes abiertos que el futuro nos depara. Pero no se trata de un libro “piadoso”, con soluciones obtenidas desde instancias suprahumanas. Reflexiones únicamente desde la propia experiencia vital, guiadas siempre por el deseo de comprender. Entender la condición itinerante humana y las encrucijadas que tendrá que sortear todo caminante en nuestro tiempo, derivadas de un mundo globalizado, con excesos de información, de violencia y la sombría soledad de un mundo sin sujeto.
   Muchos de esos obstáculos, especialmente la sobreabundancia de estímulos comunicativos, generan lo que el autor denomina una generalización de la sordera como dolencia postmoderna. No escuchamos al otro, ni tampoco esa otra voz que suena en nuestro interior: la propia conciencia. De ahí que Marcelino Agís ofrezca en este libro también un intento de filosofía de la comprensión.
   Si desmenuzamos más detalladamente esta sinopsis global de la publicación, cabría decir que Caminantes es ante todo un ensayo que habla de la condición humana, del horizonte de nuestra existencia, compartido por el  escritor y sus lectores. Un hecho biológico y a la vez social en el que la educación nos muestra los marcos imprescindibles de ese camino que finaliza para algunos con la muerte, que es para otros un nuevo nacer, el inicio de un nuevo itinerario. La primera parte de la publicación analiza con amplitud este inicio del camino.
   En la segunda nos encontramos con una profunda cala en los escollos y encrucijadas que el ser humano hallará en su caminar. Son los problemas de siempre, ahora sobredimensionados por la globalización, las paradojas de la condición humana, el desafío de la eliminación de la violencia de nuestro vivir cotidiano, la democracia y el futuro de la paz, los valores de la vida diaria  que deberían convertirse en el punto central de los discursos éticos (“La ética como laboratorio de valores”), la soledad de un mundo en el que la postmodernidad y el pensamiento débil han eliminado al sujeto dejando al ser humano al desnudo.
   Finalmente en la tercera parte de su ensayo, Marcelino Agís “camina” por los caminos del lenguaje. Por consiguiente, su reflexión se centra en las posibilidades expresivas que el lenguaje le brinda al pensamiento. Desde el lenguaje poetizante (la razón poética de María Zambrano) hasta el ser del lenguaje que con Heidegger consigue al menos rozar el “entreverado sentido del ser”
   Un elogio de la felicidad sostenible, “construida con los retazos huidizos de nuestros momentos de dicha” (página 141) y vista como el último de los caminos del hombre, y a la vez el primero, pone un broche optimista y realista a esta reflexión filosófica sobre el continuo peregrinar que es la vida humana. Una reflexión que el autor ha escrito con la conciencia, no de estar levantando, como él dice, una de las grandes cooperativas del pensamiento, sino de ser el modesto jardinero que solo aspira a ofrecer los pequeños frutos de una producción artesanal, ecológica, pero traspasada por la autenticidad.
   El ensayo de Marcelino Agís tiene el mérito añadido de estar escrito originariamente  en gallego y con prosa literaria, perfectamente reproducida en su versión española, aceptando los desafíos de la “Xeración Nós” y de Ramón Piñeiro de convertir el gallego en una lengua madura, también en el terreno de la filosofía.
   Un libro, pues, que habla del hombre actual y le habla así mismo a ese  hombre de hoy con palabras sencillas, ajenas casi siempre a complejas terminologías filosóficas y que pretende hacernos recapacitar a todos con la lucidez de la palabra reflexiva.

Francisco Martínez Bouzas



Marcelino Agís Villaverde


Fragmentos

“Entre las más evocadoras metáforas, quizá también entre las más reiterativas, que nos hablan de la vida del hombre, está la del camino y el caminar. La condición del hombre es efímera pero está obligado a hacer su vida y es este quehacer vital lo que invita a establecer un itinerario, a trazar un camino, a elegir y rechazar posibilidades que harán del nuestro un itinerario singular. El camino representa para el hombre un reto, una aventura, desgraciada o feliz, fraguada en la pequeña determinación cotidiana, heredera del rumor fantasmagórico del pasado y de los incómodos demonios del futuro. Se trata de un camino imposible de trazar con tiralíneas, que no se vende prefabricado ni podemos adquirirlo de segunda mano. Es nuestra vida, nuestro camino. Gratuito y costoso. Limitado y libre. Instintivamente conservador y razonablemente audaz. Quizá, por eso, el hombre suele hacer balance hacia el final de sus días en un ejercicio vano de autocomplacencia, pero no inútil. Su aspiración a dejar una huella indeleble,  a ser recordado por el camino que ha recorrido, y que éste, una vez trazado y abierto, no se pierda sino que pueda ser seguido por otros, es legítima. Como legítima es también la aspiración de cada nuevo ser a andar su camino.”

…..

“Cuando morimos, nuestra existencia se perpetúa en un lugar, fuera obviamente de las coordenadas del espacio físico, un lugar insustancial que se encuentra en los labios de los vivos. Cuanto mayor fue el amor que entregamos más grande será también nuestra capacidad para sobrevivir a la muerte. Nuestra muerte creará un vacío físico, generará un profundo dolor en las personas que nos quieren pero no moriremos mientras ellas sigan vivas y nos guarden en el calor de la memoria. El amor es, nadie lo dude, más fuerte que la muerte.”

…..

“Los bienes materiales son condición necesaria pero no suficiente. Es preciso tener cubiertas las necesidades perentorias. A partir de ahí cada cual debe establecer sus prioridades recordando que, en general, las cosas más hermosas no es posible adquirirlas en el hipermercado. Las cosas materiales -y el dinero en particular como símbolo e todas ellas- son sólo un medio para alcanzar un fin distinto. Pero se trata de un medio perverso, que trastorna la relación entre medios y fines, tornándose para muchos insensatos en el único fin de su vida. Es el ser y no el tener lo verdaderamente importante.”


(Marcelino Agís Villaverde, Caminantes. Un itinerario filosófico, páginas 19, 67-68, 177)






viernes, 7 de junio de 2013

UNA CLAMOROSA FÁBULA ANTIFASCISTA



Mañana parda
Franck Pavloff
Traducción de Sergi Pàmies
El Aleph Editores, Barcelona, 20 páginas
(LIBROS DE FONDO)


   Escrita en 1998 como reacción al afianzamiento en Francia del ultraderechista Frente Nacional, Matin brun  (Mañana parda, en su traducción española) es un verdadero ejemplo de la eficacia de la micro-literatura. Un libro de doce páginas, veinte en su versión española, que se lee en menos de diez minutos y que, sin embargo, a pesar de su brevedad, consigue transmitir con claridad una resonante fábula antifascista. Para aquellos que no tienen fe en la utilidad de la literatura, la lectura de esta mínima fábula, se puede convertir en un impactante descubrimiento que les haga reconsiderar sus opiniones.
   Franck Pavloff (Nimes, 1940) es el autor de esta parábola antifascista, eficaz, pero muy alejada de los cánones habituales del discurso político. Un autor prácticamente desconocido, hijo de un anarquista búlgaro, brigadista en la Guerra española y de una partisana francesa de los que heredó la tendencia a combatir el conformismo. Publicó este  pequeño libro en 1998 con una discreta aceptación. Su éxito inesperado surgió casi de forma repentina, gracias al tesón de dos o tres periodistas entusiastas y al temor y a la incrédula indignación que recorrió Francia en abril de 2002 cuando Le Pén llegó a ser un posible vencedor de las elecciones francesas. Fue entonces cuando las breves páginas de Franck Pavloff conquistaron un público muy amplio, hasta el punto de triplicar los ejemplares de las sucesivas ediciones la tirada del Premio Goncourt. Además, con vistas a que su fábula alcanzase la máxima difusión, Pavloff renunció a sus derechos de autor y El Aleph, el sello editor que lo publicó en España, a los beneficios comerciales que pudiese obtener con su venta.
   Matin brun narra la historia de un régimen político que decide eliminar los perros y gatos que no fuesen pardos. En la pequeña parábola, aparecen como mudos espectadores dos amigos que se adaptan a la decisión del régimen con tranquila indiferencia, privilegiando la propia tranquilidad y aplazando de forma indefinida el momento de  rebelarse. Sacrifican sus perros y gatos y aceptan resignados las nuevas reglamentaciones, convencidos de que una pasiva seguridad podía tener su lado positivo. Pero muy pronto tanto libros como bibliotecas son sometidos a depuración porque en los textos no aparece el adjetivo pardo. Así mismo, los periódicos son substituidos por el diario “Noticias Pardas”.
   Mas los dos resignados y callados amigos acaban siendo detenidos porque, con anterioridad, ellos o sus familiares, habían poseído animales no pardos y para el nuevo régimen político que gobierna el país, eso es delito. En el nuevo Estado Pardo todo el mundo puede hacer lo que le plazca, siempre que pensamientos, acciones y deseos sean del mismo color. Es decir, sean pardos.
   Una parábola, pues, contra la abulia cotidiana, contra el cansancio o la indiferencia que apaga las conciencias de los ciudadanos. La literatura se convierte entonces en un espejo en el que se ven reflejadas las personas y en un poderoso motor que nos empuja a actuar.
   Hace más de setenta años, Erich Fromm intentó, desde la psicología, explicar las raíces de nuestro miedo a ser libres. Ser libres significa ser responsables de nuestros destinos. Una responsabilidad extremadamente pesada que angustia a muchas personas que terminan delegando e otra más fuerte para que decida por ellos o ellas. En su texto, Pavloff explica con una brevísima parábola, la misma crisis de la libertad en la civilización occidental contemporánea. Su historia es muy sencilla, pero tan efectiva que los periódicos franceses propugnaron en su día que Matin brun debería ser distribuido gratuitamente junto con los certificados electorales.

Francisco Martínez Bouzas




 
Franck Pavloff



Fragmentos

“Es cierto que la superpoblación de gatos resultaba insoportable y que, según afirmaban los científicos del Estado nacional, más valía conservar los pardos. Sólo los pardos. Todas las pruebas de selección confirmaban que se adaptaban mejor a nuestra vida urbana, que sus camadas no eran tan numerosas y que comían mucho menos. Al fin y al cabo, un gato sólo es un gato y, como de algún modo había que resolver el problema, adelante con el decreto que instauraba la eliminación de los gatos que no fueran pardos.
Las milicias urbanas repartían gratuitamente bolitas de arsénico. Mezcladas con la comida, mandaban a los mininos al otro barrio en menos que canta un gallo.
Tuve el corazón en un puño, pero el tiempo lo cura todo.”

…..

“No dormí en toda la noche. Debería haber desconfiado de los Pardos desde el momento en el que nos impusieron su primera ley sobre animales. Al fin y al cabo, mi gato era mío, igual que el perro de Charlie era suyo, deberíamos haber dicho no. Mostrar más resistencia, pero ¿cómo? Todo va tan deprisa, el trabajo, los problemas cotidianos. Los otros también bajan los brazos para estar un poco tranquilos, ¿no?
Alguien llama ala puerta. Nunca ocurre tan temprano. Tengo miedo. Todavía no ha amanecido, fuera, el cielo todavía está pardo. Pero basta de dar esos golpes tan fuertes, ya voy.”

(Franck Pavloff, Mañana parda, páginas 8-9, 19-20)

miércoles, 5 de junio de 2013

UNA NOVELA CATÓLICA: LA ANGUSTIA Y EL SILENCIO DE DIOS



Quédate con nosotros, Señor, porque atardece

Álvaro Pombo

Ediciones Destino, Barcelona, 2013, 255 páginas.





   Si Moïra es seguramente la gran novela cristiana del siglo XX (Julien Green la publicó en 1950), la gran novela del pecado, de la gracia y del aparente abandono y silencio de Dios, Quédate con nosotros, Señor, porque atardece es en buena medida su equivalente, trasplantada al actual siglo, en la narrativa en español. Con ella Álvaro Pombo nos demuestra que la literatura puede ser y de hecho es un territorio privilegiado donde plantear las grandes preguntas que agobian al ser humano, entre ellas, el sentido de la religiosidad y del silencio de Dios que permanece callado allí donde más debería  resonar su voz: a la sombra de la muerte en el interior de un convento trapense.

   Ambos escritores, pero también Dostoyesvski, Graham Greene, Bernanos y muchos otros nos demuestran que no es demasiado arriesgado ni precipitado realizar el tránsito de la creación literaria al campo de la espiritualidad. A fuerza de escarbar en las arenas psicológicas -y eso lo hace Álvaro Pombo con insistencia y maestría-, el novelista acaba por alumbrar un sorprendente manantial: la vida profunda de los seres humanos o del alma para los creyentes.

   Pombo, en efecto, profundiza en la experiencia religiosa, trasladando al lector al interior de un convento trapense que sitúa en el lugar cortijano  de La Gorgoracha (Granada). Y allí  Pombo, filósofo empedernido, teólogo casi en esta novela, zambulle a lector en las interioridades de la vida comunitaria, pero también en las laceraciones de la angustia y del abandono de Dios, que experimenta alguno de los monjes y que terminará llevándole al suicidio. Allí, en efecto, la angustia que está siempre al acecho como diría Heidegger, se ceba con uno de los fundadores de la pequeña Trapa, el padre Abel que, a fuerza de rechazar el yo, de perseguirse a si mismo por la falta de sustancia en su elección, acaba ahorcándose en la cuadra del convento. Precipitándose, pues, en esa absoluta insubstancialidad, llana, clara, férrea. A pesar de que ha sido un suicidio, el prior del convento se empeña en hacerlo pasar por una muerte natural o accdental..

   El impacto brutal que el ahorcamiento provoca en el resto de los frailes, trascenderá fuera de los muros del convento y un periodista granadino se empecina en descubrir la verdadera naturaleza de esa muerte y publicar un manuscrito o diario del fraile en el que seguramente se proyectará alguna luz sobre el suceso.

   Pero en mi lectura, toda esa insospechada trama criminal pierde valor ante la profunda indagación espiritual y filosófica (sobre todo existencial), perfectamente  conjugada con ciertas dosis de humor, marca, como siempre, de la casa. Un texto profundamente introspectivo. Álvaro Pombo “mastica” una y otra vez la interioridad, el pensamiento de sus personajes, en este caso esa “frailada líquida” (un guiñol congénito en la escritura del autor). Esa “frailada líquida” esta compuesta por ascetas silenciosos, llenos no de dudas de fe, sino de angustias que se generan en el interior del yo individual y concreto. Pombo tiene la capacidad de engarzar en un texto ficcional cuestiones fundamentales de la filosofía y de la teología católica como el tema de la gracia gratis data, la meditación sobre el hecho de ser cristiano en medio de una desolación sin esperanzas. O las dificultades de la vida monacal que provoca que algunos monjes se vean a si mismo “como solteros, rentistas de la Iglesia…sin mujeres, sin hijos, sin hipotecas”. Eso sí, consumidos por la doble angustia de no poder escapar a cada destino particular ni a la dura inevitabilidad de la muerte en un universo incomprensible. Y otras más profanas como la esencia de la vocación literaria.

   La temática de la novela empuja al escritor a continuas referencias filosóficas y teológicas: Kant, Hegel, Husserl, Sartre, Kierkegaard. Ortega. Zubiri, Tomás de  Aquino, Henri de Lubac, Lévinas… conviven en perfecta armonía con citas de Clint Eastwood y con un humor más o menos soterrado. Todo ello y las frecuentes citas en latín litúrgico y bíblico forman parte de la manera de narrar de Álvaro Pombo: creación de estruturas narrativas, penetradas de cultura, combinando sabiamente narración, reflexión, diálogos, acertadas descripciones  que casan a la perfección con el drama de la trama. Así por ejemplo, el convento de La Gorgoracha es un desierto, un sitio salvaje, áspero, tedioso, repleto de piedras (página 220), tan psíquicamente involutivo, hisurto y terco como sus moradores.

   Añádase a todo esto el ya característico estilo pombiano. Una lengua prodigiosa, mezcla de barroquismo, espontaneidad, gusto por el hipérbaton, por el infinitivo, por las redundancias, por originales neologismo (por derivación y acronimia sobre todo), descripciones chocarreras y sutilmente irónicas, el uso  de varios registros y cierta pedantería, también típicamente pombiana. Todo ello contribuye a vestir esta novela, un gran relato sobre la falta de sustancia, tan cara al escritor cántabro, tejida con los hilos estilísticos de ese gran fascinador verbal, uno de los grandes creadores contemporáneo en lengua española, también cuando aborda la experiencia religiosa, la noche del alma, la angustia, el mal de existir y ese asfixiante y enigmático calabozo de un Dios que se calla y no les habla tampoco  a aquellos que tienen fe, que no deja de ser una sombra del lado de acá de la muerte.



Francisco Martínez Bouzas







Álvaro Pombo



Fragmentos



“Fue entre Vísperas y Completas. Se supo con estupor durante la cena. El hermano Abel  era de la quinta del hermano Raimundo, entrado en los sesenta. Lo contó el señor Miguel, el pastor, que a esa hora ordeñaba las ovejas. Sus vigorosas manos, sarmentosas, sacaban la leche como a presión de las ubres de las ovejas. Sonaba el chorro contra el cubo metálico. El pastor se sentaba en un taburete entre las ovejas (…) Le vio colgado de la viga. Reconoció la soga lo primero. Era una soga fuerte, del propio señor Miguel, que la tenía enrollada en una división de los corralillos. Teleras. Había echado la soga subiéndose, posiblemente, en una telera contra la pared.”



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“El médico  de Vélez certificó que se trataba de muerte accidental, un fulminante ataque cerebral. Pero la ocurrencia de que no había habido accidentalidad ninguna  cundió en silencio entre todos ellos como una gripe. El esfuerzo por negar la sospecha de suicidio producía un raro estrépito carcelario en las ritualizadas maneras de la comunidad. Una cosa es obedecer y aceptar que lo ocurrido ocurrió como lo contó el prior y otra creérselo. Evidencias víricas de que había ocurrido justo lo contrario infectaron a todos -eso al menos le parecía evidente a Ignacio.”



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“Entre las tres y las cuatro de la mañana es la hora de las cisternas, de los canales subterráneos, de los pozos profundos. Las calles subacuáticas son túneles transparentes por donde transitan, resbaladizas, figuraciones híbridas y figuras duales, galopan los centauros, y aún no trinan los pájaros. Se enfrían los rescoldos en las chimeneas de las casas de campo, aún no han encendido con maderitas cortadas el fogón de la cocina, las placas frías de las cocinas de hierro despiden un aliento obseso. Los viejos consumidores de anfetas cruzan varias veces el mismo paso de peatones. El estrépito de un automóvil desalado que se estampa contra una farola, enmudece hasta ser sola la onda circular de una piedrecilla arrojada al estanque japonés. Parpadea el ámbar de un semáforo queriendo decir: el alma en franquía. Desorientado también y embebido en la tersa nocturnidad que precede al alba, Raimundo se despierta una vez más, ahora le duele todo el cuerpo y se le agranda el brazo incautado por el flujo pulsátil de la sonda.”



(Álvaro Pombo, Quédate con nosotros, Señor, porque atardece, páginas 32, 40, 195)

sábado, 1 de junio de 2013

LOS CAMBIOS EN CHINA DE LA MANO DEL NOBEL MO YAN



Cambios
Mo Yan
Traducción de Anne-Hélène Suárez Girad
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2012, 127 páginas.

   Un libro peculiar, que se puede encuadrar entre la novela, las memorias y la autobiografía. No es ninguno de estos subgéneros por separado, pero, sin duda, es todos ellos juntos. También, una mirada a los cambios operados en China desde la llegada de Mao. De hecho Mo Yan, escribió este libro en 2010, por encargo de una editorial india y para una colección titulada “¿Qué es el comunismo?”. Son las coordenadas editoriales en las que se mueve Cambios, seguramente la obra más personal del último Premio Nobel de literatura y quizás el más apropiado para introducirnos en la producción literaria de un escritor conocido en España gracias a su novela Sorgo rojo, sobre todo en su versión cinematográfica realizada por el director Zhuang Yimou.
   Pero para comprender cabalmente el fondo de la novela y los rasgos del escritor Mo Xie, alter ego de Mo Yan y protagonista principal de Cambios, considero que es conveniente conocer algunos jalones de la vida del Premio Nobel. Mo Yan, que significa irónicamente “No hables”, es el heterónimo de Guan Moye, nacido en 1955 en el seno e una humilde familia rural. A los doce años abandona el colegio -su alter ego Mo Xie es expulsado- y,  a partir de este momento, comienza la connivencia con el régimen comunista. Debido a su extracción social, “campesino medio”, tiene acceso a las Fuerzas Armadas. Se alistó por consiguiente en el Ejército popular y empezó a estudiar literatura y a escribir. Para el régimen comunista Mo Yan es el primer escritor chino que ha conseguido el Nobel, puesto que le niega esa misma condición a Gao Xingjian que fue premiado por la Academia Sueca en el año 2000. Sin embargo, la disidencia interna y externa china ha puesto en tela de juicio al Nobel del año 2012, debido precisamente a su complicidad con el régimen. No obstante, Mo Yan sigue viviendo y escribiendo en China y en Cambios censura y pone en tela de juicio muchos de los avatares soportados por sus compañeros durante la Revolución Cultural, si bien su enfoque es desdramatizador y en cierta medida está dulcificado por la impregnación de un fino humor.
   Cambio es el relato de los últimos cuarenta años de la historia china, reflejados en la percepción de un chico, Mo Xie, que alcanza la edad adulta en un ambiente demasiado estrecho. Y como el protagonista es el alter ego del autor, con lo que se va a encontrar el lector es, en definitiva, con la vida y peripecias existencias del escritor, en sus itinerarios vitales y profesionales: estudiante, obrero, militar y escritor. En este libro, autorreferencial aunque sea de forma vicaria, tienen así mismo un papel relevante las personas corrientes que le acompañaron desde su niñez: sus profesores, especialmente Lin el Bocazas, el descarado compañero He Zhiwu, que se substrae a cualquier principio de autoridad y que regresa en la conclusión del texto para hacer un minucioso relato de sus vida y peregrinas proezas; Lu Wenli, la hermosa compañera que acaba contrayendo matrimonio con el profesor del colegio al que todos odian. Incluso forma parte del repertorio de personajes el camión Gaz 51 de fabricación soviética, que conducía el padre de la bella Lu Wenli y que en la novela aparece como un actante más, plenamente humanizado.
   Mo Yan enhebra en su relato la historia cotidiana de un país en permanente cambio, usando el pasado para describir el presente y esforzándose para que su escritura sea un fiel reflejo de la sociedad china, una sociedad que,  a pesar del desarrollo y del progreso alcanzados en la últimas décadas, sigue conservando sus costumbres ancestrales: la consistencia de las jerarquías sociales, la costumbre de los regalos, esos sobres con dinero, verdaderos sobornos a posteriori, la obsesión por la riqueza, mucho más importante que el amor a la hora de concertar matrimonios o relaciones sentimentales.
   A lo largo del relato, el autor sigue la trayectoria de sus personajes y con ese rastreo intenta reflejar las transformaciones acontecidas en China en las últimas décadas, que justifican el título del libro. El tono de la escritura de Mo Yan no transmite, sin embargo, una perspectiva de la vida negativa. Predominan las modulaciones maliciosas, sarcásticas, sobre todo cuando de una forma sutilmente  corrosiva critica las tropelías y desmanes que tuvieron lugar durante la Revolución Cultural. Añádase a todo esto una prosa con un gran poder descriptivo y narrativo, la creación de verdaderos universos satíricos, conjugados con excelentes ráfagas de lirismo. Y buenas dosis de magia, aprendida o heredada de escritores como Faulkner, García Márquez o Italo Calvino y que alimenta las raíces de una estética que ha sido bautizada como “realismo alucinatorio”, que justifica el dictamen de la Academia Sueca cuando le concedió el Nobel: “una fusión de realismo visionario, cuentos populares, historia y contemporaneidad”.

Francisco Martínez Bouzas

 
 
El Premio Nobel 2012, Mo Yan


Fragmentos

“Yo era muy poca cosa, un desgraciado desde la infancia, especialista en pasarme de listo para acabar metiendo la pata en todo. A menudo, cuando trataba  claramente de hacer la pelota a algún profesor, éste creía que en realidad estaba intentando comprometerlo o meterlo en apuros. Cuántas veces exclamó mi madre: «¡Hijo mío, eres como un búho anunciando una buena nueva: por mucho que te esfuerces, a nadie alegra!», y era verdad. A nadie se le ocurría nunca relacionarme con una buena acción; en cambio, todo lo malo era culpa mía.”

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“Era Un Gaz soviético desechado en el 53, tras la Guerra de Resistencia a la Agresión Norteamericana y de Ayuda a Corea. Dicho de otro modo, era un camión histórico y de méritos gloriosos. En los años de violencia desatada, había desafiado lluvias de balas avanzando siempre heroicamente. En los de paz, seguía corriendo sin parar, dejando tras de sí una nube de polvo en la carretera. Cuando el camión pasaba delante de nosotros, veíamos a través de la ventanilla el aspecto ufano que mostraba el padre de Lu Wenli. Unas veces iba con gafas de sol, otras no. Unas veces llevaba guantes blancos, otras no. A mi lo que más me gustaba era cuando llevaba los guantes blancos y las gafas de sol. Porque habíamos visto una película en la que un heroico agente de nuestro ejército en misión secreta de reconocimiento llevaba guantes inmaculados y gafas oscuras, disfrazado de oficial enemigo para inspeccionar las posiciones de artillería del ejército opuesto.”

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“Lo primero que hicimos fue ir a la plaza Tia’anmen, donde hicimos cola para fotografiarnos, luego otra cola para visitar el mausoleo del presidente Mao y rendir homenaje a sus restos mortales. Mientras contemplaba al presidente tendido en el sarcófago de cristal, recordé la sensación de cataclismo que había tenido  dos años antes al oír la noticia de su fallecimiento; el desengaño al descubrir que en el mundo no había dioses. Ni en sueños habríamos creído que el presidente Mao moriría un día, pero murió. Creíamos que si moría el presidente Mao, sería el fin de China. Pero llevaba dos años muerto, y el país no sólo no había llegado a su fin, sino que iba mejorando paulatinamente.”

(Mo Yan, Cambios, páginas 9-10, 20-21, 59-60)