viernes, 7 de junio de 2013

UNA CLAMOROSA FÁBULA ANTIFASCISTA



Mañana parda
Franck Pavloff
Traducción de Sergi Pàmies
El Aleph Editores, Barcelona, 20 páginas
(LIBROS DE FONDO)


   Escrita en 1998 como reacción al afianzamiento en Francia del ultraderechista Frente Nacional, Matin brun  (Mañana parda, en su traducción española) es un verdadero ejemplo de la eficacia de la micro-literatura. Un libro de doce páginas, veinte en su versión española, que se lee en menos de diez minutos y que, sin embargo, a pesar de su brevedad, consigue transmitir con claridad una resonante fábula antifascista. Para aquellos que no tienen fe en la utilidad de la literatura, la lectura de esta mínima fábula, se puede convertir en un impactante descubrimiento que les haga reconsiderar sus opiniones.
   Franck Pavloff (Nimes, 1940) es el autor de esta parábola antifascista, eficaz, pero muy alejada de los cánones habituales del discurso político. Un autor prácticamente desconocido, hijo de un anarquista búlgaro, brigadista en la Guerra española y de una partisana francesa de los que heredó la tendencia a combatir el conformismo. Publicó este  pequeño libro en 1998 con una discreta aceptación. Su éxito inesperado surgió casi de forma repentina, gracias al tesón de dos o tres periodistas entusiastas y al temor y a la incrédula indignación que recorrió Francia en abril de 2002 cuando Le Pén llegó a ser un posible vencedor de las elecciones francesas. Fue entonces cuando las breves páginas de Franck Pavloff conquistaron un público muy amplio, hasta el punto de triplicar los ejemplares de las sucesivas ediciones la tirada del Premio Goncourt. Además, con vistas a que su fábula alcanzase la máxima difusión, Pavloff renunció a sus derechos de autor y El Aleph, el sello editor que lo publicó en España, a los beneficios comerciales que pudiese obtener con su venta.
   Matin brun narra la historia de un régimen político que decide eliminar los perros y gatos que no fuesen pardos. En la pequeña parábola, aparecen como mudos espectadores dos amigos que se adaptan a la decisión del régimen con tranquila indiferencia, privilegiando la propia tranquilidad y aplazando de forma indefinida el momento de  rebelarse. Sacrifican sus perros y gatos y aceptan resignados las nuevas reglamentaciones, convencidos de que una pasiva seguridad podía tener su lado positivo. Pero muy pronto tanto libros como bibliotecas son sometidos a depuración porque en los textos no aparece el adjetivo pardo. Así mismo, los periódicos son substituidos por el diario “Noticias Pardas”.
   Mas los dos resignados y callados amigos acaban siendo detenidos porque, con anterioridad, ellos o sus familiares, habían poseído animales no pardos y para el nuevo régimen político que gobierna el país, eso es delito. En el nuevo Estado Pardo todo el mundo puede hacer lo que le plazca, siempre que pensamientos, acciones y deseos sean del mismo color. Es decir, sean pardos.
   Una parábola, pues, contra la abulia cotidiana, contra el cansancio o la indiferencia que apaga las conciencias de los ciudadanos. La literatura se convierte entonces en un espejo en el que se ven reflejadas las personas y en un poderoso motor que nos empuja a actuar.
   Hace más de setenta años, Erich Fromm intentó, desde la psicología, explicar las raíces de nuestro miedo a ser libres. Ser libres significa ser responsables de nuestros destinos. Una responsabilidad extremadamente pesada que angustia a muchas personas que terminan delegando e otra más fuerte para que decida por ellos o ellas. En su texto, Pavloff explica con una brevísima parábola, la misma crisis de la libertad en la civilización occidental contemporánea. Su historia es muy sencilla, pero tan efectiva que los periódicos franceses propugnaron en su día que Matin brun debería ser distribuido gratuitamente junto con los certificados electorales.

Francisco Martínez Bouzas




 
Franck Pavloff



Fragmentos

“Es cierto que la superpoblación de gatos resultaba insoportable y que, según afirmaban los científicos del Estado nacional, más valía conservar los pardos. Sólo los pardos. Todas las pruebas de selección confirmaban que se adaptaban mejor a nuestra vida urbana, que sus camadas no eran tan numerosas y que comían mucho menos. Al fin y al cabo, un gato sólo es un gato y, como de algún modo había que resolver el problema, adelante con el decreto que instauraba la eliminación de los gatos que no fueran pardos.
Las milicias urbanas repartían gratuitamente bolitas de arsénico. Mezcladas con la comida, mandaban a los mininos al otro barrio en menos que canta un gallo.
Tuve el corazón en un puño, pero el tiempo lo cura todo.”

…..

“No dormí en toda la noche. Debería haber desconfiado de los Pardos desde el momento en el que nos impusieron su primera ley sobre animales. Al fin y al cabo, mi gato era mío, igual que el perro de Charlie era suyo, deberíamos haber dicho no. Mostrar más resistencia, pero ¿cómo? Todo va tan deprisa, el trabajo, los problemas cotidianos. Los otros también bajan los brazos para estar un poco tranquilos, ¿no?
Alguien llama ala puerta. Nunca ocurre tan temprano. Tengo miedo. Todavía no ha amanecido, fuera, el cielo todavía está pardo. Pero basta de dar esos golpes tan fuertes, ya voy.”

(Franck Pavloff, Mañana parda, páginas 8-9, 19-20)

miércoles, 5 de junio de 2013

UNA NOVELA CATÓLICA: LA ANGUSTIA Y EL SILENCIO DE DIOS



Quédate con nosotros, Señor, porque atardece

Álvaro Pombo

Ediciones Destino, Barcelona, 2013, 255 páginas.





   Si Moïra es seguramente la gran novela cristiana del siglo XX (Julien Green la publicó en 1950), la gran novela del pecado, de la gracia y del aparente abandono y silencio de Dios, Quédate con nosotros, Señor, porque atardece es en buena medida su equivalente, trasplantada al actual siglo, en la narrativa en español. Con ella Álvaro Pombo nos demuestra que la literatura puede ser y de hecho es un territorio privilegiado donde plantear las grandes preguntas que agobian al ser humano, entre ellas, el sentido de la religiosidad y del silencio de Dios que permanece callado allí donde más debería  resonar su voz: a la sombra de la muerte en el interior de un convento trapense.

   Ambos escritores, pero también Dostoyesvski, Graham Greene, Bernanos y muchos otros nos demuestran que no es demasiado arriesgado ni precipitado realizar el tránsito de la creación literaria al campo de la espiritualidad. A fuerza de escarbar en las arenas psicológicas -y eso lo hace Álvaro Pombo con insistencia y maestría-, el novelista acaba por alumbrar un sorprendente manantial: la vida profunda de los seres humanos o del alma para los creyentes.

   Pombo, en efecto, profundiza en la experiencia religiosa, trasladando al lector al interior de un convento trapense que sitúa en el lugar cortijano  de La Gorgoracha (Granada). Y allí  Pombo, filósofo empedernido, teólogo casi en esta novela, zambulle a lector en las interioridades de la vida comunitaria, pero también en las laceraciones de la angustia y del abandono de Dios, que experimenta alguno de los monjes y que terminará llevándole al suicidio. Allí, en efecto, la angustia que está siempre al acecho como diría Heidegger, se ceba con uno de los fundadores de la pequeña Trapa, el padre Abel que, a fuerza de rechazar el yo, de perseguirse a si mismo por la falta de sustancia en su elección, acaba ahorcándose en la cuadra del convento. Precipitándose, pues, en esa absoluta insubstancialidad, llana, clara, férrea. A pesar de que ha sido un suicidio, el prior del convento se empeña en hacerlo pasar por una muerte natural o accdental..

   El impacto brutal que el ahorcamiento provoca en el resto de los frailes, trascenderá fuera de los muros del convento y un periodista granadino se empecina en descubrir la verdadera naturaleza de esa muerte y publicar un manuscrito o diario del fraile en el que seguramente se proyectará alguna luz sobre el suceso.

   Pero en mi lectura, toda esa insospechada trama criminal pierde valor ante la profunda indagación espiritual y filosófica (sobre todo existencial), perfectamente  conjugada con ciertas dosis de humor, marca, como siempre, de la casa. Un texto profundamente introspectivo. Álvaro Pombo “mastica” una y otra vez la interioridad, el pensamiento de sus personajes, en este caso esa “frailada líquida” (un guiñol congénito en la escritura del autor). Esa “frailada líquida” esta compuesta por ascetas silenciosos, llenos no de dudas de fe, sino de angustias que se generan en el interior del yo individual y concreto. Pombo tiene la capacidad de engarzar en un texto ficcional cuestiones fundamentales de la filosofía y de la teología católica como el tema de la gracia gratis data, la meditación sobre el hecho de ser cristiano en medio de una desolación sin esperanzas. O las dificultades de la vida monacal que provoca que algunos monjes se vean a si mismo “como solteros, rentistas de la Iglesia…sin mujeres, sin hijos, sin hipotecas”. Eso sí, consumidos por la doble angustia de no poder escapar a cada destino particular ni a la dura inevitabilidad de la muerte en un universo incomprensible. Y otras más profanas como la esencia de la vocación literaria.

   La temática de la novela empuja al escritor a continuas referencias filosóficas y teológicas: Kant, Hegel, Husserl, Sartre, Kierkegaard. Ortega. Zubiri, Tomás de  Aquino, Henri de Lubac, Lévinas… conviven en perfecta armonía con citas de Clint Eastwood y con un humor más o menos soterrado. Todo ello y las frecuentes citas en latín litúrgico y bíblico forman parte de la manera de narrar de Álvaro Pombo: creación de estruturas narrativas, penetradas de cultura, combinando sabiamente narración, reflexión, diálogos, acertadas descripciones  que casan a la perfección con el drama de la trama. Así por ejemplo, el convento de La Gorgoracha es un desierto, un sitio salvaje, áspero, tedioso, repleto de piedras (página 220), tan psíquicamente involutivo, hisurto y terco como sus moradores.

   Añádase a todo esto el ya característico estilo pombiano. Una lengua prodigiosa, mezcla de barroquismo, espontaneidad, gusto por el hipérbaton, por el infinitivo, por las redundancias, por originales neologismo (por derivación y acronimia sobre todo), descripciones chocarreras y sutilmente irónicas, el uso  de varios registros y cierta pedantería, también típicamente pombiana. Todo ello contribuye a vestir esta novela, un gran relato sobre la falta de sustancia, tan cara al escritor cántabro, tejida con los hilos estilísticos de ese gran fascinador verbal, uno de los grandes creadores contemporáneo en lengua española, también cuando aborda la experiencia religiosa, la noche del alma, la angustia, el mal de existir y ese asfixiante y enigmático calabozo de un Dios que se calla y no les habla tampoco  a aquellos que tienen fe, que no deja de ser una sombra del lado de acá de la muerte.



Francisco Martínez Bouzas







Álvaro Pombo



Fragmentos



“Fue entre Vísperas y Completas. Se supo con estupor durante la cena. El hermano Abel  era de la quinta del hermano Raimundo, entrado en los sesenta. Lo contó el señor Miguel, el pastor, que a esa hora ordeñaba las ovejas. Sus vigorosas manos, sarmentosas, sacaban la leche como a presión de las ubres de las ovejas. Sonaba el chorro contra el cubo metálico. El pastor se sentaba en un taburete entre las ovejas (…) Le vio colgado de la viga. Reconoció la soga lo primero. Era una soga fuerte, del propio señor Miguel, que la tenía enrollada en una división de los corralillos. Teleras. Había echado la soga subiéndose, posiblemente, en una telera contra la pared.”



…..



“El médico  de Vélez certificó que se trataba de muerte accidental, un fulminante ataque cerebral. Pero la ocurrencia de que no había habido accidentalidad ninguna  cundió en silencio entre todos ellos como una gripe. El esfuerzo por negar la sospecha de suicidio producía un raro estrépito carcelario en las ritualizadas maneras de la comunidad. Una cosa es obedecer y aceptar que lo ocurrido ocurrió como lo contó el prior y otra creérselo. Evidencias víricas de que había ocurrido justo lo contrario infectaron a todos -eso al menos le parecía evidente a Ignacio.”



…..



“Entre las tres y las cuatro de la mañana es la hora de las cisternas, de los canales subterráneos, de los pozos profundos. Las calles subacuáticas son túneles transparentes por donde transitan, resbaladizas, figuraciones híbridas y figuras duales, galopan los centauros, y aún no trinan los pájaros. Se enfrían los rescoldos en las chimeneas de las casas de campo, aún no han encendido con maderitas cortadas el fogón de la cocina, las placas frías de las cocinas de hierro despiden un aliento obseso. Los viejos consumidores de anfetas cruzan varias veces el mismo paso de peatones. El estrépito de un automóvil desalado que se estampa contra una farola, enmudece hasta ser sola la onda circular de una piedrecilla arrojada al estanque japonés. Parpadea el ámbar de un semáforo queriendo decir: el alma en franquía. Desorientado también y embebido en la tersa nocturnidad que precede al alba, Raimundo se despierta una vez más, ahora le duele todo el cuerpo y se le agranda el brazo incautado por el flujo pulsátil de la sonda.”



(Álvaro Pombo, Quédate con nosotros, Señor, porque atardece, páginas 32, 40, 195)

sábado, 1 de junio de 2013

LOS CAMBIOS EN CHINA DE LA MANO DEL NOBEL MO YAN



Cambios
Mo Yan
Traducción de Anne-Hélène Suárez Girad
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2012, 127 páginas.

   Un libro peculiar, que se puede encuadrar entre la novela, las memorias y la autobiografía. No es ninguno de estos subgéneros por separado, pero, sin duda, es todos ellos juntos. También, una mirada a los cambios operados en China desde la llegada de Mao. De hecho Mo Yan, escribió este libro en 2010, por encargo de una editorial india y para una colección titulada “¿Qué es el comunismo?”. Son las coordenadas editoriales en las que se mueve Cambios, seguramente la obra más personal del último Premio Nobel de literatura y quizás el más apropiado para introducirnos en la producción literaria de un escritor conocido en España gracias a su novela Sorgo rojo, sobre todo en su versión cinematográfica realizada por el director Zhuang Yimou.
   Pero para comprender cabalmente el fondo de la novela y los rasgos del escritor Mo Xie, alter ego de Mo Yan y protagonista principal de Cambios, considero que es conveniente conocer algunos jalones de la vida del Premio Nobel. Mo Yan, que significa irónicamente “No hables”, es el heterónimo de Guan Moye, nacido en 1955 en el seno e una humilde familia rural. A los doce años abandona el colegio -su alter ego Mo Xie es expulsado- y,  a partir de este momento, comienza la connivencia con el régimen comunista. Debido a su extracción social, “campesino medio”, tiene acceso a las Fuerzas Armadas. Se alistó por consiguiente en el Ejército popular y empezó a estudiar literatura y a escribir. Para el régimen comunista Mo Yan es el primer escritor chino que ha conseguido el Nobel, puesto que le niega esa misma condición a Gao Xingjian que fue premiado por la Academia Sueca en el año 2000. Sin embargo, la disidencia interna y externa china ha puesto en tela de juicio al Nobel del año 2012, debido precisamente a su complicidad con el régimen. No obstante, Mo Yan sigue viviendo y escribiendo en China y en Cambios censura y pone en tela de juicio muchos de los avatares soportados por sus compañeros durante la Revolución Cultural, si bien su enfoque es desdramatizador y en cierta medida está dulcificado por la impregnación de un fino humor.
   Cambio es el relato de los últimos cuarenta años de la historia china, reflejados en la percepción de un chico, Mo Xie, que alcanza la edad adulta en un ambiente demasiado estrecho. Y como el protagonista es el alter ego del autor, con lo que se va a encontrar el lector es, en definitiva, con la vida y peripecias existencias del escritor, en sus itinerarios vitales y profesionales: estudiante, obrero, militar y escritor. En este libro, autorreferencial aunque sea de forma vicaria, tienen así mismo un papel relevante las personas corrientes que le acompañaron desde su niñez: sus profesores, especialmente Lin el Bocazas, el descarado compañero He Zhiwu, que se substrae a cualquier principio de autoridad y que regresa en la conclusión del texto para hacer un minucioso relato de sus vida y peregrinas proezas; Lu Wenli, la hermosa compañera que acaba contrayendo matrimonio con el profesor del colegio al que todos odian. Incluso forma parte del repertorio de personajes el camión Gaz 51 de fabricación soviética, que conducía el padre de la bella Lu Wenli y que en la novela aparece como un actante más, plenamente humanizado.
   Mo Yan enhebra en su relato la historia cotidiana de un país en permanente cambio, usando el pasado para describir el presente y esforzándose para que su escritura sea un fiel reflejo de la sociedad china, una sociedad que,  a pesar del desarrollo y del progreso alcanzados en la últimas décadas, sigue conservando sus costumbres ancestrales: la consistencia de las jerarquías sociales, la costumbre de los regalos, esos sobres con dinero, verdaderos sobornos a posteriori, la obsesión por la riqueza, mucho más importante que el amor a la hora de concertar matrimonios o relaciones sentimentales.
   A lo largo del relato, el autor sigue la trayectoria de sus personajes y con ese rastreo intenta reflejar las transformaciones acontecidas en China en las últimas décadas, que justifican el título del libro. El tono de la escritura de Mo Yan no transmite, sin embargo, una perspectiva de la vida negativa. Predominan las modulaciones maliciosas, sarcásticas, sobre todo cuando de una forma sutilmente  corrosiva critica las tropelías y desmanes que tuvieron lugar durante la Revolución Cultural. Añádase a todo esto una prosa con un gran poder descriptivo y narrativo, la creación de verdaderos universos satíricos, conjugados con excelentes ráfagas de lirismo. Y buenas dosis de magia, aprendida o heredada de escritores como Faulkner, García Márquez o Italo Calvino y que alimenta las raíces de una estética que ha sido bautizada como “realismo alucinatorio”, que justifica el dictamen de la Academia Sueca cuando le concedió el Nobel: “una fusión de realismo visionario, cuentos populares, historia y contemporaneidad”.

Francisco Martínez Bouzas

 
 
El Premio Nobel 2012, Mo Yan


Fragmentos

“Yo era muy poca cosa, un desgraciado desde la infancia, especialista en pasarme de listo para acabar metiendo la pata en todo. A menudo, cuando trataba  claramente de hacer la pelota a algún profesor, éste creía que en realidad estaba intentando comprometerlo o meterlo en apuros. Cuántas veces exclamó mi madre: «¡Hijo mío, eres como un búho anunciando una buena nueva: por mucho que te esfuerces, a nadie alegra!», y era verdad. A nadie se le ocurría nunca relacionarme con una buena acción; en cambio, todo lo malo era culpa mía.”

…..

“Era Un Gaz soviético desechado en el 53, tras la Guerra de Resistencia a la Agresión Norteamericana y de Ayuda a Corea. Dicho de otro modo, era un camión histórico y de méritos gloriosos. En los años de violencia desatada, había desafiado lluvias de balas avanzando siempre heroicamente. En los de paz, seguía corriendo sin parar, dejando tras de sí una nube de polvo en la carretera. Cuando el camión pasaba delante de nosotros, veíamos a través de la ventanilla el aspecto ufano que mostraba el padre de Lu Wenli. Unas veces iba con gafas de sol, otras no. Unas veces llevaba guantes blancos, otras no. A mi lo que más me gustaba era cuando llevaba los guantes blancos y las gafas de sol. Porque habíamos visto una película en la que un heroico agente de nuestro ejército en misión secreta de reconocimiento llevaba guantes inmaculados y gafas oscuras, disfrazado de oficial enemigo para inspeccionar las posiciones de artillería del ejército opuesto.”

…..

“Lo primero que hicimos fue ir a la plaza Tia’anmen, donde hicimos cola para fotografiarnos, luego otra cola para visitar el mausoleo del presidente Mao y rendir homenaje a sus restos mortales. Mientras contemplaba al presidente tendido en el sarcófago de cristal, recordé la sensación de cataclismo que había tenido  dos años antes al oír la noticia de su fallecimiento; el desengaño al descubrir que en el mundo no había dioses. Ni en sueños habríamos creído que el presidente Mao moriría un día, pero murió. Creíamos que si moría el presidente Mao, sería el fin de China. Pero llevaba dos años muerto, y el país no sólo no había llegado a su fin, sino que iba mejorando paulatinamente.”

(Mo Yan, Cambios, páginas 9-10, 20-21, 59-60)

miércoles, 29 de mayo de 2013

LA LITERATURA, ESA AMANTE EXCLUYENTE



El móvil
Javier Cercas
Tusquets Editores, Barcelona, 110 páginas
(LIBROS DE FONDO)
 

    El móvil (1987) es la primera obra narrativa de Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962), escrita y publicada a sus veinticinco años, mientras era profesor de la Universidad de Illinois. Al rebufo del éxito de Soldados de Salamina (2001) que transformó al autor en un escritor de masas, Tusquets Editores la recuperó en el año 2003. Con posterioridad a Soldados de Salamina, Javier Cercas ha publicado otras novelas, entre ellas La velocidad de la luz (2005), Anatomía de un instante (2009) o Las leyes de la frontera (2012). Javier Cercas, traducido a más de veinte idiomas, saltó a la fama también en el año 2011, por motivos extraliterarios, aunque relacionados con el papel de la ficción, al reivindicar el derecho a “una verdad irónica y emancipada de la tiranía de lo literal” y al afirmar que el periodismo es un ensayo de comprensión imaginativa del presente. Contra tales afirmaciones polemizó Arcadi Espada que fabricó una verdad moral  a partir de una mentira fáctica, manteniendo en un periódico que Cercas había sido detenido en una operación contra la “explotación sexual”.
   Mas El móvil es una novela corta muy anterior a estas polémicas y al éxito de Cercas como escritor. Es uno de esos libros que, por no lograr en su día el mínimo reconocimiento del mundo de las letras, provocaron que su autor postergara sus aspiraciones literarias para volver resignado a sus  trabajos precedentes: la docencia y el periodismo. Cuando Tusquets Editores rescató el texto de Cercas, muchos lectores, como afirma el académico Francisco Rico en la “Nota de un lector” que pone el punto final a la edición, engolosinados por Soldados de Salamina, se volcaron  sobre esta nouvelle provocando que las reediciones se sucediesen una tras otra.
   En Soldados de Salamina, Javier Cercas que defiende, con indudable acierto, el derecho a utilizar la ficción en la narración de hechos reales, introduce en la trama de su relato a muchos personajes reales, entre ellos a Roberto Bolaño que, con naturalidad y convicción, hace un elogio de El móvil. Bolaño realiza en dos líneas una perfecta sinopsis de El móvil: “…creo que había un cuento muy bueno sobre un hijo de puta que induce a un pobre hombre a cometer un crimen  para poder terminar su novela”.
   Tanto En Soldados de Salamina como en El móvil, el autor y sus protagonistas tienen las mismas  obsesiones: articular libros que posean como eje central la escritura del propio relato  que se está leyendo. Narraciones, pues, centradas  en el mismo proceso que lleva a redactarlas. Profusa metaliteratura recorriendo los relatos ficcionales de las dos novelas de Cercas.  En El móvil, Álvaro, el protagonista subordina su vida a la literatura y, tal como se nos dice al inicio y al final de la nouvelle, tomaba muy en serio su trabajo porque consideraba que la literatura es una amante excluyente, que demanda entrega y devoción absoluta y no se la puede dejar en manos de simples aficionados. Se decide por la novela y no por ningún otro género, al descubrir que ningún instrumento podía captar con mayor precisión y riqueza de matices la prolija complejidad de lo real. Su obsesión por escribir la obra definitiva, su convencimiento de que en toda obra de ficción solamente hay un uno por ciento de inspiración (el resto es transpiración) y su afán perfeccionista de representar con absoluta verosimilitud  los conflictos de ficción, le empujan a provocarlos.
   Busca por consiguiente “modelos reales” a los que incluso se les sugiere comportamientos que reflejen la trama novelesca que crean en su imaginación. Pero el escritor protagonista no se da cuenta de que, a pesar de sus esfuerzos y maquinaciones, la realidad humana jamás es tan gobernable como una pieza de ficción. Y en eso precisamente consiste el triunfo de la literatura, perfilado en esta pequeña pieza primeriza de Javier Cercas, pero dotada de una perfección y de un virtuosismo que con Francisco Rico y los deseos del propio autor, no dudo en compararla a una perfecta pieza de relojería. He aquí pues una de las razones que me mueven a rescatar a esta novela del fondo del armario y presentarla a los lectores de hoy.

Francisco Martínez Bouzas




Javier Cercas



Fragmentos

“Álvaro (…) Juzgaba que la literatura es una amante excluyente. O la servía con entrega y devoción absolutas o ella lo abandonaría a su suerte. Tertium non datur. Como todas las otras artes, la literatura es una cuestión de tiempo y trabajo, se decía. Recordando la célebre sentencia que sobre el amor había dictado un severo moralista francés, Álvaro pensaba que la inspiración es como los fantasmas: todo el mundo habla de ella, pero nadie la ha visto. Por eso aceptaba que toda creación consta de un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de transpiración. Lo contrario era abandonarla en manos del aficionado, del escritor de fin de semana; lo contrario era la improvisación y el caos, la más detestable falta de rigor.”

…..

“Al llegar a su casa, Álvaro estaba convencido de que el anciano del último piso era el modelo ideal para el anciano de su novela. Su silencio lleno de aristas, su decrepitud levemente humillante, su aspecto físico: todo concordaba con los rasgos que reclamaba su personaje. Pensó: «Esto facilitará las cosas». Resultaba evidente que, al reflejar en su obra un modelo real, sería mucho más sencillo dotar de una carnadura verosímil y eficaz al personaje ficticio; bastaría con apoyarse en los rasgos y actitudes del individuo elegido, sorteando de este modo el riesgo de un salto mortal de la imaginación en el vacío, que sólo prometía resultados dudosos.”

(Javier Cercas, El móvil, páginas 16, 27-28)

domingo, 26 de mayo de 2013

LAS FANTÁSTICAS IMPOSTURAS DE BLANCA CABALLERO



 
Crónica de una sonrisa
Blanca Caballero
Ilustraciones de Yurina Roncourt
Entre Líneas, Miami, 2012, 122 páginas.

    
   Miami es a la vez diáspora y patria. Algo así como la quinta provincia del español, como en su día lo fueron varios países de Latinoamérica  (Argentina, México, Cuba, Chile…) para la lengua gallega. En Miami, en efecto, residen y cultivan el español con textos escritos en los distintos géneros muchos exiliados políticos, económicos o simplemente sentimentales de varios países de América Latina. También de España. Entre ellos, Blanca Caballero (La Habana, 1950), profesora de matemáticas en Estados Unidos y escritora. Con su vocación y actividad literaria confirma, una vez más, la querencia de tantos hombres y mujeres que, desde el mundo profesional de la ciencia, se acercaron y siguen acercando a la creación literaria. Blanca Caballero lo hizo por primera vez en su poemario Las Caras del Amor (1999). Desde entonces sigue estando embrujada por la poesía y en general por la letra escrita.  Prueba manifiesta es su último libro, Crónicas de una sonrisa, que desde el otro lado del mar arribó venturoso  a este Finisterrae atlántico.
   Blanca Caballero nos ofrece un libro misceláneo, aunque no un cajón de sastre. Estructurado en cuatro secciones. En primer lugar el largo relato que rotula la publicación, subdividido a su vez en dos partes. Narrado en primera persona por una anónima protagonista que refiere y nos invita a acompañarla en sus monólogos interiores. La primera parte -pienso que muy alegórica- nos introduce en una sociedad orwelliana, cuyos  dominios son manipulados por  un enano y en los cuales todo el mundo le rinde pleitesía. Con sus títeres y cómplices ha tomado la ciudad. Interrogan vigilan, castigan, llegando incluso a controlar pensamientos e ilusiones. Castigan no por hacer algo malo, sino por hacer algo distinto. Un relato con una clara función distópica que desde un ignorante atrevimiento apostaría que tiene un destino  geográfico: la Cuba natal de la autora. La ironía y un cierto realismo mágico teñido de humor negro, que se dejan sentir, por ejemplo en el nombre de las ciudades  y ministerios (“Lagartos Nuevo”, “Ministerio de las cosas inútiles”), acompañan pertinentemente  esta sumersión  en el territorio de un Torquemada con estatura de enano.
   Incrustada en la fábula alegórica, en la utopía negativa, la autora nos da cabida en sus fantasmas. Así se titula la segunda sección. En una vuelta de tuerca, la protagonista que está a punto de cerrar un trato para realizar una película, nos hace llegar, como digo, al coto de sus fantasmas, a sus ritmos, a sus himnos de alegría y tristeza. Y en analépsis muy oportunas, nos retrotrae a través de los sueños a sus niñez, hasta el punto, por ejemplo, de verse paseando por el Cementerio Colón de La Habana. Los acertados y eficaces epígrafes de Calderón de la Barca, Freud, Carl Jung, Hermann Hesse, Tennysson o Unamuno, entre otros, son un indicio del profundo onirismo de que está teñido el relato.
   Titula Blanca Caballero la tercera parte de su libro con la etiqueta, “Tonterías”. Un título con trampa porque sus “tonterías” son otro modo de decir: el decir poético, esa gran verdad del mundo, libre, en su caso, de ataduras formales, pero no de profundidad y de hondura estética y conceptual. Treinta poemas al margen de academicismos, mas no de una sabia y proverbial manera de ver el mundo. Frescura, emotividad, luminosidad adornan esta guía para ver y caminar por el mundo y por sus infinitas rutas con nombres de animales, colores, nabos y naranjas. Poesía de tono sapiencial para transitar por la vida e incluso engañar a la muerte.
   Finalmente, una breve colectánea de microrrelatos, si exceptuamos el último, “Una madre prolífera”, mucho más extenso. Pequeñas fantásticas imposturas, cuya substancia no está precisamente en ese final inesperado, la recompensa inmediata que nos sorprende por su agudeza, sino en su lograda narratividad. Relatos breves, capaces de aprehender  un momento (una tarde apacible, una despedida sin saber si habrá retorno…) o de transmitirnos una experiencia (el amor, elixir de la vida que me transforma en un animal acorralado (página 112), o un ramillete de sentimientos. Relatos, capaces algunos de ellos, de remover nuestros cimientos y pilares emotivos y hacer surgir mares de fondo y mareas vivas en el ser humano, mediante una correcta simbiosis entre la forma y el fondo.
   Así es la escritura de Blanca Caballero: prosa espontánea, viva y vivencial, poesía sin ataduras formales. Y en ambas el mismo destello: inteligencia e ingenio.

Francisco Martínez Bouzas




Blanca Caballero




Fragmentos

“Hace un tiempo bien largo que los títeres, los cómplices y el enano han tomado por traición a nuestra ciudad, ellos son los que determinan todo lo que hay que hacer. El enano tiene unos pensamientos algo extravagantes, y no cesa de pensar, ahí es donde está la cuestión, siempre buscando algo nuevo que desestabiliza a las personas. Para ocurrírsele cosas, búsquenlo, no los va a desilusionar. Quiero ser más explícita en mi exposición, para ellos voy atraer a colación el caso del muchacho que era tartamudo y trabajaba ayudándole a cargar sus sombreros (…) Bueno, el muchacho comenzaba a tartamudear cada vez que le tenía que dirigir la palabra al enano. Este le amarró una piedra de 10 libras a la lengua, he hizo que hablara con ella en la boca. Bueno, el muchacho ya no tartamudea, se ha quedado mudo, pero ya no desespera al enano.”

…..

“Veo un ojo inmenso delante de mi cama, que no cambia su mirada, me mira con una persistencia petulante, con cada movimiento que hago -que son muchos-, parpadea y frunce el ceño. Se me está haciendo un nudo en la garganta que no me permite tragar…los temblores me tienen exhausta, no me queda un músculo de mi cuerpo que no me duela…tip, tap, tip, tap me he puesto a repetir palabras sin sentido para no pensar nada, ¿salto por la ventana y termino esta agonía? No, mejor espero a mañana y veré qué pasa…”


…..

Poema XXVI

                            “Las mariposas han donado sus alas,
                             para hacer el vestido de la novia.
                             La novia ha regalado su ramo de flores
                             a los muertos tendidos en los rieles 
                                                                del ferrocarril.
                             Los peces se han tragado la carnada,
                             no la pueden expulsar.
                             Con el vestido, los muertos y la carnada
                             podemos ir de excursión.”


(Blanca Caballero, Crónicas de una sonrisa, páginas 15, 45, 100)
                             

martes, 21 de mayo de 2013

CHIRBES NOVELA LA SUCIA VORACIDAD DE LA CRISIS



En la orilla

Rafael Chirbes

Editorial Anagrama, Barcelona, 2013, 437 páginas.



   

 Después de Crematorio (2007), considerada por varios críticos una de las mejores piezas del escritor valenciano y también una de las grandes novelas de lo que va de siglo, Rafael Chirbes (1949) publica en Anagrama En la orilla, otra novela que marca tanto fronteras como cumbres, pues está siendo valorada por lectores y críticos como la novela definitiva sobre la crisis. No obstante, la novela, editada hace apenas dos meses, no debe de ser considerada como un salto en el camino en el que el narrador literaturiza un fenómeno aislado e independiente, consecuencia de la crisis actual, que sin duda dará lugar a no pocas obras narrativas, porque la literatura, no lo olvidemos, lo aprovecha todo. Sucede justamente todo lo contrario: En la orilla puede y debe de ser leída como un nuevo escalón de esa gran pirámide narrativa que está construyendo Rafael Chirbes, sus episodios nacionales de un país en buena parte del siglo XX y del actual.

   El escritor valenciano ha sido catalogado como un hábil practicante de la literatura intimista, esa escritura introspectiva que fija su atención de manera privilegiada en las interioridades de los personajes, en sus conflictos, en sus estados de conciencia o de inconsciencia, escudriñando en las ondulaciones psicológicas de sus héroes o antihéroes. Chirbes además reniega de la literatura en abstracto y, por eso mismo, “pega” sus historias al tiempo de los acontecimientos narrados. Por todo ello, Rafael Chirbes es calificado a la vez como escritor balzaquiano (avala la tesis de que la novela debe de relatar la vida privada de las naciones) y galdosiano  (crea novelas imaginándolas en torno a unos personajes que, a su vez, están concebidos en profunda relación con los acontecimientos de su momento histórico, tendiendo igualmente a sustituir  el personaje individual por el personaje múltiple.

   De ambos apadrinamientos es una muestra paradigmática En la orilla. La novela inicia su recorrido (el tiempo de la historia), en diciembre de 2010 y con la palabra “carroña” en el frontispicio de la narración. En Crematorio la misma palabra cerraba el relato. Además en la novela hay un pantano (el de Olva), que cumple una importante función tanto teórica como real). Es el  lugar  al que durante años ha ido a parar precisamente toda esa carroña: los residuos y escombros de las obras y de la putrefacción de animales y hombres. Es por ello que En la orilla puede ser leída como el envés de Crematorio: la dura e hiriente resaca derivada  de la burbuja inmobiliaria y fangosa especulación, tematizadas en Crematorio.

   La acción novelesca transcurre en  Olba, una pequeña localidad del Levante español, y se inicia con el hallazgo de un cadáver en el hediondo pantano del mismo nombre. Las páginas del relato nos irán mostrando a diferentes personas -la narración tiene mucho de coral- y especialmente  una tupida telaraña de intereses y enconos. Y sobre todo ello emerge la figura de Esteban, un hombre de setenta años, sin atributos ni sustancia, que se autodefine como un esclavo en busca de amo. La crisis, la actual crisis, le ha obligado a cerrar la carpintería que poseía, así como algún otro negocio inmobiliario, dejando en el paro a los que con él trabajaban. Ahora, mientras cuida a su anciano padre, enfermo en fase terminal, reflexiona e indaga en y sobre los motivos de la crisis, de la sucia voracidad de la actual ruina en la que él ha jugado tanto el papel de verdugo como el de víctima.

   Aunque la novela está compuesta sobre todo por las cavilaciones de este personaje central derrotado, sus recuerdos, la historia familiar y social, los fantasmas que pueblan sus existencia, en contraste con las perspectivas de familiares y allegados, es mucho más, es la historia de un país, de España en su triste e indecente caminar en los inicios del presente siglo y en el momento actual, rebosante de degeneración y podredumbre, de indecencia, de incontables explotaciones del ser humano por parte de los poderosos., de esa carroña que llena el lodazal del nauseabundo pantano, que Chirbes coloca como telón de fondo y donde se inicia y concluye la historia. La segunda parte pues de un espantoso díptico sobre la España de nuestros días.

   Y Chirbes narra lo que ve y tal como lo ve, con mirada realista, incluso materialista. El matrimonio entre La Celestina y Lucrecio (De rerum natura) sigue estando presente en esta novela, como lo estaba también en Crematorio. Y Lucrecio, recordémoslo, es el padre de todos los materialistas.

   En su visión corrosiva y pesimista del momento presente recibe, sin embargo múltiples influencias, tanto de la literatura universal como de la específica tradición literaria española. Jorge Manrique, por ejemplo y su “ubi sunt” en un recitado con palabras tomadas de la actual crisis (“escasea la cocaina”, “está de moda ser pobre”, “no hay tanto traqueteo carnal” desaparecieron los coches de gran cilindrada…) se deja escuchar en el desenlace de la narración. También Calderón y su concepción de la existencia como representación teatral.

   Una buena, muy buena novela pues que da testimonio de las posibilidades estéticas del realismo con flecos expresionistas y un provechoso empleo del simbolismo. Lenguaje directo, tono obsesivo, un carrusel de voces narrativas, amplia gama de recursos, en la que si algo sobra, son algunas reiteraciones que quizás no le hacen ningún beneficio al personaje central, aunque  contribuyen a crear esa tonalidad obsesiva. Escrita con buen ritmo, logrado mediante el dominio y ciertos ajustes que el autor hace con la lengua.

   Radiografía pues de los que hay, viaje a lo más obscuro de la noche que se suma a esa gran mural de “la historia como pura carnicería” que está en el centro de la concepción ideológica y estética del escritor valenciano. Muy recomendable, por consiguiente, para todos aquellos que deseen percibir mediante la literatura la imagen de la voracidad y ruina instalada en la actual España, y gozar además con una espléndida narración.



Francisco Martínez Bouzas







Rafael Chirbes


Fragmentos



“En la soleada mañana de hoy, todo aparece tranquilo y solitario, ni una grúa rompe la línea del horizonte, ningún ruido metálico quiebra el aire, ningún zumbido, ningún martillo agreden el oído. El primer día que fueron juntos en el coche tras quedarse Ahmed en el paro, su amigo Rachid se rió de él cuando le dijo que lo acompañaba hasta el restaurante porque iba a buscar trabajo en las obras de La Marina. ¿Trabajo? Como no sea de enterrador de suicidas, se burló Rachid. Ma keinch al jadima. Oualó. No hay trabajo, nada. Ni una sola obra en marcha en La Marina, ni media. En los buenos tiempos, muchos peones cobraban la semanada y no volvían a presentarse en el tajo porque encontraban sitios donde les ofrecían mejores condiciones. Ahora, en los balcones cuelgan carteles disuasorio. Alguien que solicita trabajo se ha convertido en animal molesto. TENEMOS CUBIERTA LA PLANTILLA DE JARDINERÍA Y MANTENIMIENTO. NO SE NECESITA PERSONAL. ABSTENERSE, dice el cartel expuesto en los apartamentos que se levantan junto al restaurante.”



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Hay un par de chicas (dos niñas, no creo que hayan cumplido los dieciocho) a la entrada del camino por el que me desvío desde la nacional para llegar al pantano, un paraje donde los carrizales alcanzan el límite de la carretera. Están charlando de pie, obstruyen la entrada del camino, y han remoloneado cortándome el paso, sin duda convencidas de que soy un cliente. Me detengo un momento delante de ellas para no atropellarlas. Mueven la lengua, llevándola de una  a otra comisura de la boca, se ríen, se pasan la mano por la entrepierna, donde una de ellas me deja ver un mechón rubio bien recortado, mientras le da con el codo a la otra y se ríe señalándome con el dedo, tal vez advirtiéndola de que el conductor es un viejo. Un viejo mirón. Un asqueroso viejo caliente. Al menos, a mi se me ha pasado ese desagradable pensamiento por la cabeza, he dado un claxonazo y he apretado el acelerador.”



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“A Álvaro le cayó el despido por sorpresa, también a mi me ha caído por sorpresa lo que me ha venido encima, ¿o no?, él se creía que la empresa era algo tan inevitable como la piel que te cubre, nunca se interesó por los albaranes, libros de contabilidad ni balances, y miraba burlón cuando yo me quejaba de los problemas o de las dificultades, cuando me veía enredado en los números de los  presupuestos y tenía que hacer malabarismos para dar los pagos de modo que no coincidieran con los cobros y me dejaran al descubierto. Calcular bien o equivocarme, ganar dinero o perderlo. Ya me he equivocado demasiadas veces haciendo presupuestos para los clientes desde que mi padre dejó esa tarea…”



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“Así pasó el tiempo que te fue concedido en la tierra, amigo promotor. Así lo pasé también yo. Ahora nos toca vivir la vida que llega después de la vida.

Los nuevos tiempos son menos nerviosos, la gente ya no corre de acá para allá en coches de gran cilindrada, en camiones cargados de mercancía, en furgonetas que llegan tarde a una entrega urgente, hay otra tranquilidad, más reposo, son tiempos menos físicos (no hay tanto tranqueteo carnal, las habitaciones del Ladies están vacías, nadie se tiende sobre las sábanas rosa, nadie hace cola en los pasillos de las notarías para firmar escrituras de compraventa: es el efecto mariposa) y, por supuesto, se trata de tiempos mucho menos químicos, escasea la cocaína y la que circula es de pésima calidad y no la compra casi nadie. ¡Para gastar en coca estamos! Obviamente vivimos menos emputecidos, vivimos desengolfados, o con resaca de golfeo. En el ambiente se palpan nuevos valores, virtudes franciscanas: se aprecia de nuevo la lentitud, el paso tranquilo del atardecer, que es cardiosaludable, incluso se mira con otros ojos el pobreterío: me atrevería a decir que está de moda ser pobre y que te embarguen la casa y el coche (si yo te contara, amigo promotor. Imagino que estarás poco más o menos como yo). Te sacan en la tele como protagonista de reportajes si te desahucian  o te echan de la empresa, te conviertes en héroe; y han dejado de ser cool los acelerones…”



(Rafael Chirbes, En la orilla, páginas 14, 45, 230-231, 435)

jueves, 16 de mayo de 2013

EL REGRESO DE BECH



Bech ha vuelto

John Updike
Traducción de Vicente Campos
Tusquets Editores, Barcelona, 2012, 228 páginas.


   John Updike (1932-2009) es el gran maestro de la contemporaneidad americana. Otra notable figura de la literatura norteamericana, aunque menos conocido, publicitado y ensalzado por la crítica que sus colegas de raíces judías: Saul Bellow, Bernard Malamud, Norman Mailer y, sobre todo, Philip Roth, con quien rivalizó hasta su muerte. En muchos de sus relatos, sobre todo en su tetralogía sobre Conejo Angstrom y en Parejas focaliza en efecto las interrelaciones personales, tanto en amigos como en parejas al borde de la infidelidad, así como a la mutante sociedad norteamericana. Su versatilidad creativa le ha permitido, no obstante, escribir obras mucho más profundas como Las brujas de Eastwick (1984), Golpe de Estado (1978) o la novela posmoderna Gertrudis y Claudio (2000).
   Bech ha vuelto es la segunda novela de la trilogía protagonizada por el personaje de ficción Henry Bech, un obscuro y mediocre escritor judío,  otro alter ego del propio Updike, que aparece retratado en tres espacios temporales distintos: las décadas de los 60, 80 y 90 del pasado siglo. Valiéndose del estilete de un humor fino y con múltiples referencias a figuras reales del mundo literario norteamericano, Updike narra las desilusiones de un literato  que no consigue salir del círculo de la medianía, alcanzar la fama soñada. Ficcionaliza así mismo ciertos problemas de su vida privada y las discusiones con otros colegas escritores.
   En el amplio y polícromo  panel de la sociedad norteamericana, Bech es pues el representante “farsesco”  de la tribu de los escritores. Sus aventuras y desventuras son narradas por Updike en su ciclo novelesco, preñado de comicidad. Si en la primera de las novelas de la saga (Un libro de Bech, 1970), Updike sitúa a su héroe /antihéroe  como un escritor invitado que viaja por los escenarios de la Europa del Este, tratando de dilucidar, frecuentemente con falta de tacto, cómo viven los habitantes de los países comunistas, sus costumbres sexuales, sus relaciones humanas, ahora en Bech ha vuelto, su protagonista regresa a los anos 80, primero para pasear, ya cincuentón, su cómica figura por naciones del Tercer Mundo (la pequeña isla de San Poco, Ghana, Corea, Venezuela, África del Sur, Kenia, Tanzania…). Es el “tercemundeo” de Bech y lo hace impartiendo peregrinas y disparatadas conferencias en las capitales de esos países. Otra invitación le lleva al continente australiano y a Canadá, en gira promocional de su obra literaria. Finalmente acaba casándose con Bea, una ex, hermana de otra ex, y  con ella recorre Tierra Santa, se recrea en su arqueología, follan en judío y cristiano y sigue engordando su cuota de torpezas, líos y malentendidos. Recorren así mismo varios condados de los Highlands escoceses. Ya de regreso, se instalan en una zona residencial (Ossining) y logra por fin terminar la fantasmal maraña de su novela Think Big. Una campaña publicitaria en la que participan los afamados críticos del momento, entre ellos George Steiner, hace que el éxito literario explote por fin y le coloque en el centro de la América radiante.   
   Como ya he dicho, Updike escribe un libro en un tono de comedia rasgada, con humor sardónico, consiguiendo que las páginas del libro rebosen frecuentemente de una indisimulada malicia. Un pastiche literario altamente paródico, una narración irreverente en la que también tienen cabida momentos de ternura. Todo ello da fe de la gran capacidad de Updike para sumergirnos en historias extraídas  de la vida diaria, narradas a veces con un fino lirismo en el que se dejan escuchar las resonancias de muchos escritores clásicos y contemporáneos.

Francisco Martínez Bouzas



John Updike


Fragmentos

“En Corea no se oyeron muchas risas durante su charla sobre «El humor americano en Twain, Tarkington y Thurber». Y eso que el propio Bech, que leía en voz alta en el estrado junto al aburrido presentador belga, tuvo que detener su lectura varias veces para reprimir sus propias risas, un eco de las cuales le llegó desde la única mesa de norteamericanos que había en la conferencia, y Bech temió que sólo se lo concedieron como apoyo táctico. Aparte de ese eco, el único sonido de la inmensa sala color verde clara era el murmullo de la traducción (al francés, al español, al japonés y al coreano) que se filtraba desde los auriculares que los hastiados orientales se habías quitado de las orejas.”

…..

“A Bech, Jerusalén le pareció la encarnación civil de lealtades contradictorias. Al principio, al bajar del avión con Bea y mientras los llevaban de noche desde el aeropuerto a la Ciudad Santa a través de territorio ocupado, le había sorprendido la oscuridad de la tierra, una oscuridad deliberada de tiempos de guerra, que no recordaba desde sus años de soldado, en los tensos paisajes de la campiña nocturna de Inglaterra y Normandía. Su acompañante, hijo de sionistas americanos que habían emigrado en los años treinta, les habló de los convoyes que habían pasado por esa autopista en la guerra del 67, y señaló algunos puntos altos desde los que el fuego de los jordanos había sido especialmente letal. Tanques y camiones destrozados, invisibles en la oscuridad, habían sido dejados a propósito en el paisaje, como monumentos. Bech recordó, mientras el coche aceleraba vulnerable entre negras elevaciones del terreno, la sensación (que para él se concentraba en la cara, en la boca más que en los ojos, como si tuviera más miedo de perder la dentadura que la vista) de estar expuesto a las balas, que no había forma de esquivar.”

(John Updike, Bech ha vuelto, páginas 46 y 85)