martes, 21 de mayo de 2013

CHIRBES NOVELA LA SUCIA VORACIDAD DE LA CRISIS



En la orilla

Rafael Chirbes

Editorial Anagrama, Barcelona, 2013, 437 páginas.



   

 Después de Crematorio (2007), considerada por varios críticos una de las mejores piezas del escritor valenciano y también una de las grandes novelas de lo que va de siglo, Rafael Chirbes (1949) publica en Anagrama En la orilla, otra novela que marca tanto fronteras como cumbres, pues está siendo valorada por lectores y críticos como la novela definitiva sobre la crisis. No obstante, la novela, editada hace apenas dos meses, no debe de ser considerada como un salto en el camino en el que el narrador literaturiza un fenómeno aislado e independiente, consecuencia de la crisis actual, que sin duda dará lugar a no pocas obras narrativas, porque la literatura, no lo olvidemos, lo aprovecha todo. Sucede justamente todo lo contrario: En la orilla puede y debe de ser leída como un nuevo escalón de esa gran pirámide narrativa que está construyendo Rafael Chirbes, sus episodios nacionales de un país en buena parte del siglo XX y del actual.

   El escritor valenciano ha sido catalogado como un hábil practicante de la literatura intimista, esa escritura introspectiva que fija su atención de manera privilegiada en las interioridades de los personajes, en sus conflictos, en sus estados de conciencia o de inconsciencia, escudriñando en las ondulaciones psicológicas de sus héroes o antihéroes. Chirbes además reniega de la literatura en abstracto y, por eso mismo, “pega” sus historias al tiempo de los acontecimientos narrados. Por todo ello, Rafael Chirbes es calificado a la vez como escritor balzaquiano (avala la tesis de que la novela debe de relatar la vida privada de las naciones) y galdosiano  (crea novelas imaginándolas en torno a unos personajes que, a su vez, están concebidos en profunda relación con los acontecimientos de su momento histórico, tendiendo igualmente a sustituir  el personaje individual por el personaje múltiple.

   De ambos apadrinamientos es una muestra paradigmática En la orilla. La novela inicia su recorrido (el tiempo de la historia), en diciembre de 2010 y con la palabra “carroña” en el frontispicio de la narración. En Crematorio la misma palabra cerraba el relato. Además en la novela hay un pantano (el de Olva), que cumple una importante función tanto teórica como real). Es el  lugar  al que durante años ha ido a parar precisamente toda esa carroña: los residuos y escombros de las obras y de la putrefacción de animales y hombres. Es por ello que En la orilla puede ser leída como el envés de Crematorio: la dura e hiriente resaca derivada  de la burbuja inmobiliaria y fangosa especulación, tematizadas en Crematorio.

   La acción novelesca transcurre en  Olba, una pequeña localidad del Levante español, y se inicia con el hallazgo de un cadáver en el hediondo pantano del mismo nombre. Las páginas del relato nos irán mostrando a diferentes personas -la narración tiene mucho de coral- y especialmente  una tupida telaraña de intereses y enconos. Y sobre todo ello emerge la figura de Esteban, un hombre de setenta años, sin atributos ni sustancia, que se autodefine como un esclavo en busca de amo. La crisis, la actual crisis, le ha obligado a cerrar la carpintería que poseía, así como algún otro negocio inmobiliario, dejando en el paro a los que con él trabajaban. Ahora, mientras cuida a su anciano padre, enfermo en fase terminal, reflexiona e indaga en y sobre los motivos de la crisis, de la sucia voracidad de la actual ruina en la que él ha jugado tanto el papel de verdugo como el de víctima.

   Aunque la novela está compuesta sobre todo por las cavilaciones de este personaje central derrotado, sus recuerdos, la historia familiar y social, los fantasmas que pueblan sus existencia, en contraste con las perspectivas de familiares y allegados, es mucho más, es la historia de un país, de España en su triste e indecente caminar en los inicios del presente siglo y en el momento actual, rebosante de degeneración y podredumbre, de indecencia, de incontables explotaciones del ser humano por parte de los poderosos., de esa carroña que llena el lodazal del nauseabundo pantano, que Chirbes coloca como telón de fondo y donde se inicia y concluye la historia. La segunda parte pues de un espantoso díptico sobre la España de nuestros días.

   Y Chirbes narra lo que ve y tal como lo ve, con mirada realista, incluso materialista. El matrimonio entre La Celestina y Lucrecio (De rerum natura) sigue estando presente en esta novela, como lo estaba también en Crematorio. Y Lucrecio, recordémoslo, es el padre de todos los materialistas.

   En su visión corrosiva y pesimista del momento presente recibe, sin embargo múltiples influencias, tanto de la literatura universal como de la específica tradición literaria española. Jorge Manrique, por ejemplo y su “ubi sunt” en un recitado con palabras tomadas de la actual crisis (“escasea la cocaina”, “está de moda ser pobre”, “no hay tanto traqueteo carnal” desaparecieron los coches de gran cilindrada…) se deja escuchar en el desenlace de la narración. También Calderón y su concepción de la existencia como representación teatral.

   Una buena, muy buena novela pues que da testimonio de las posibilidades estéticas del realismo con flecos expresionistas y un provechoso empleo del simbolismo. Lenguaje directo, tono obsesivo, un carrusel de voces narrativas, amplia gama de recursos, en la que si algo sobra, son algunas reiteraciones que quizás no le hacen ningún beneficio al personaje central, aunque  contribuyen a crear esa tonalidad obsesiva. Escrita con buen ritmo, logrado mediante el dominio y ciertos ajustes que el autor hace con la lengua.

   Radiografía pues de los que hay, viaje a lo más obscuro de la noche que se suma a esa gran mural de “la historia como pura carnicería” que está en el centro de la concepción ideológica y estética del escritor valenciano. Muy recomendable, por consiguiente, para todos aquellos que deseen percibir mediante la literatura la imagen de la voracidad y ruina instalada en la actual España, y gozar además con una espléndida narración.



Francisco Martínez Bouzas







Rafael Chirbes


Fragmentos



“En la soleada mañana de hoy, todo aparece tranquilo y solitario, ni una grúa rompe la línea del horizonte, ningún ruido metálico quiebra el aire, ningún zumbido, ningún martillo agreden el oído. El primer día que fueron juntos en el coche tras quedarse Ahmed en el paro, su amigo Rachid se rió de él cuando le dijo que lo acompañaba hasta el restaurante porque iba a buscar trabajo en las obras de La Marina. ¿Trabajo? Como no sea de enterrador de suicidas, se burló Rachid. Ma keinch al jadima. Oualó. No hay trabajo, nada. Ni una sola obra en marcha en La Marina, ni media. En los buenos tiempos, muchos peones cobraban la semanada y no volvían a presentarse en el tajo porque encontraban sitios donde les ofrecían mejores condiciones. Ahora, en los balcones cuelgan carteles disuasorio. Alguien que solicita trabajo se ha convertido en animal molesto. TENEMOS CUBIERTA LA PLANTILLA DE JARDINERÍA Y MANTENIMIENTO. NO SE NECESITA PERSONAL. ABSTENERSE, dice el cartel expuesto en los apartamentos que se levantan junto al restaurante.”



…..





Hay un par de chicas (dos niñas, no creo que hayan cumplido los dieciocho) a la entrada del camino por el que me desvío desde la nacional para llegar al pantano, un paraje donde los carrizales alcanzan el límite de la carretera. Están charlando de pie, obstruyen la entrada del camino, y han remoloneado cortándome el paso, sin duda convencidas de que soy un cliente. Me detengo un momento delante de ellas para no atropellarlas. Mueven la lengua, llevándola de una  a otra comisura de la boca, se ríen, se pasan la mano por la entrepierna, donde una de ellas me deja ver un mechón rubio bien recortado, mientras le da con el codo a la otra y se ríe señalándome con el dedo, tal vez advirtiéndola de que el conductor es un viejo. Un viejo mirón. Un asqueroso viejo caliente. Al menos, a mi se me ha pasado ese desagradable pensamiento por la cabeza, he dado un claxonazo y he apretado el acelerador.”



…..


“A Álvaro le cayó el despido por sorpresa, también a mi me ha caído por sorpresa lo que me ha venido encima, ¿o no?, él se creía que la empresa era algo tan inevitable como la piel que te cubre, nunca se interesó por los albaranes, libros de contabilidad ni balances, y miraba burlón cuando yo me quejaba de los problemas o de las dificultades, cuando me veía enredado en los números de los  presupuestos y tenía que hacer malabarismos para dar los pagos de modo que no coincidieran con los cobros y me dejaran al descubierto. Calcular bien o equivocarme, ganar dinero o perderlo. Ya me he equivocado demasiadas veces haciendo presupuestos para los clientes desde que mi padre dejó esa tarea…”



…..



“Así pasó el tiempo que te fue concedido en la tierra, amigo promotor. Así lo pasé también yo. Ahora nos toca vivir la vida que llega después de la vida.

Los nuevos tiempos son menos nerviosos, la gente ya no corre de acá para allá en coches de gran cilindrada, en camiones cargados de mercancía, en furgonetas que llegan tarde a una entrega urgente, hay otra tranquilidad, más reposo, son tiempos menos físicos (no hay tanto tranqueteo carnal, las habitaciones del Ladies están vacías, nadie se tiende sobre las sábanas rosa, nadie hace cola en los pasillos de las notarías para firmar escrituras de compraventa: es el efecto mariposa) y, por supuesto, se trata de tiempos mucho menos químicos, escasea la cocaína y la que circula es de pésima calidad y no la compra casi nadie. ¡Para gastar en coca estamos! Obviamente vivimos menos emputecidos, vivimos desengolfados, o con resaca de golfeo. En el ambiente se palpan nuevos valores, virtudes franciscanas: se aprecia de nuevo la lentitud, el paso tranquilo del atardecer, que es cardiosaludable, incluso se mira con otros ojos el pobreterío: me atrevería a decir que está de moda ser pobre y que te embarguen la casa y el coche (si yo te contara, amigo promotor. Imagino que estarás poco más o menos como yo). Te sacan en la tele como protagonista de reportajes si te desahucian  o te echan de la empresa, te conviertes en héroe; y han dejado de ser cool los acelerones…”



(Rafael Chirbes, En la orilla, páginas 14, 45, 230-231, 435)

jueves, 16 de mayo de 2013

EL REGRESO DE BECH



Bech ha vuelto

John Updike
Traducción de Vicente Campos
Tusquets Editores, Barcelona, 2012, 228 páginas.


   John Updike (1932-2009) es el gran maestro de la contemporaneidad americana. Otra notable figura de la literatura norteamericana, aunque menos conocido, publicitado y ensalzado por la crítica que sus colegas de raíces judías: Saul Bellow, Bernard Malamud, Norman Mailer y, sobre todo, Philip Roth, con quien rivalizó hasta su muerte. En muchos de sus relatos, sobre todo en su tetralogía sobre Conejo Angstrom y en Parejas focaliza en efecto las interrelaciones personales, tanto en amigos como en parejas al borde de la infidelidad, así como a la mutante sociedad norteamericana. Su versatilidad creativa le ha permitido, no obstante, escribir obras mucho más profundas como Las brujas de Eastwick (1984), Golpe de Estado (1978) o la novela posmoderna Gertrudis y Claudio (2000).
   Bech ha vuelto es la segunda novela de la trilogía protagonizada por el personaje de ficción Henry Bech, un obscuro y mediocre escritor judío,  otro alter ego del propio Updike, que aparece retratado en tres espacios temporales distintos: las décadas de los 60, 80 y 90 del pasado siglo. Valiéndose del estilete de un humor fino y con múltiples referencias a figuras reales del mundo literario norteamericano, Updike narra las desilusiones de un literato  que no consigue salir del círculo de la medianía, alcanzar la fama soñada. Ficcionaliza así mismo ciertos problemas de su vida privada y las discusiones con otros colegas escritores.
   En el amplio y polícromo  panel de la sociedad norteamericana, Bech es pues el representante “farsesco”  de la tribu de los escritores. Sus aventuras y desventuras son narradas por Updike en su ciclo novelesco, preñado de comicidad. Si en la primera de las novelas de la saga (Un libro de Bech, 1970), Updike sitúa a su héroe /antihéroe  como un escritor invitado que viaja por los escenarios de la Europa del Este, tratando de dilucidar, frecuentemente con falta de tacto, cómo viven los habitantes de los países comunistas, sus costumbres sexuales, sus relaciones humanas, ahora en Bech ha vuelto, su protagonista regresa a los anos 80, primero para pasear, ya cincuentón, su cómica figura por naciones del Tercer Mundo (la pequeña isla de San Poco, Ghana, Corea, Venezuela, África del Sur, Kenia, Tanzania…). Es el “tercemundeo” de Bech y lo hace impartiendo peregrinas y disparatadas conferencias en las capitales de esos países. Otra invitación le lleva al continente australiano y a Canadá, en gira promocional de su obra literaria. Finalmente acaba casándose con Bea, una ex, hermana de otra ex, y  con ella recorre Tierra Santa, se recrea en su arqueología, follan en judío y cristiano y sigue engordando su cuota de torpezas, líos y malentendidos. Recorren así mismo varios condados de los Highlands escoceses. Ya de regreso, se instalan en una zona residencial (Ossining) y logra por fin terminar la fantasmal maraña de su novela Think Big. Una campaña publicitaria en la que participan los afamados críticos del momento, entre ellos George Steiner, hace que el éxito literario explote por fin y le coloque en el centro de la América radiante.   
   Como ya he dicho, Updike escribe un libro en un tono de comedia rasgada, con humor sardónico, consiguiendo que las páginas del libro rebosen frecuentemente de una indisimulada malicia. Un pastiche literario altamente paródico, una narración irreverente en la que también tienen cabida momentos de ternura. Todo ello da fe de la gran capacidad de Updike para sumergirnos en historias extraídas  de la vida diaria, narradas a veces con un fino lirismo en el que se dejan escuchar las resonancias de muchos escritores clásicos y contemporáneos.

Francisco Martínez Bouzas



John Updike


Fragmentos

“En Corea no se oyeron muchas risas durante su charla sobre «El humor americano en Twain, Tarkington y Thurber». Y eso que el propio Bech, que leía en voz alta en el estrado junto al aburrido presentador belga, tuvo que detener su lectura varias veces para reprimir sus propias risas, un eco de las cuales le llegó desde la única mesa de norteamericanos que había en la conferencia, y Bech temió que sólo se lo concedieron como apoyo táctico. Aparte de ese eco, el único sonido de la inmensa sala color verde clara era el murmullo de la traducción (al francés, al español, al japonés y al coreano) que se filtraba desde los auriculares que los hastiados orientales se habías quitado de las orejas.”

…..

“A Bech, Jerusalén le pareció la encarnación civil de lealtades contradictorias. Al principio, al bajar del avión con Bea y mientras los llevaban de noche desde el aeropuerto a la Ciudad Santa a través de territorio ocupado, le había sorprendido la oscuridad de la tierra, una oscuridad deliberada de tiempos de guerra, que no recordaba desde sus años de soldado, en los tensos paisajes de la campiña nocturna de Inglaterra y Normandía. Su acompañante, hijo de sionistas americanos que habían emigrado en los años treinta, les habló de los convoyes que habían pasado por esa autopista en la guerra del 67, y señaló algunos puntos altos desde los que el fuego de los jordanos había sido especialmente letal. Tanques y camiones destrozados, invisibles en la oscuridad, habían sido dejados a propósito en el paisaje, como monumentos. Bech recordó, mientras el coche aceleraba vulnerable entre negras elevaciones del terreno, la sensación (que para él se concentraba en la cara, en la boca más que en los ojos, como si tuviera más miedo de perder la dentadura que la vista) de estar expuesto a las balas, que no había forma de esquivar.”

(John Updike, Bech ha vuelto, páginas 46 y 85)

lunes, 13 de mayo de 2013

LA VIDA Y SUS MIL Y UNA CARAS



La Muerte Es Otra Cosa

María del Pilar Álvarez Novalvos

Opera Prima, Madrid, 2013, 171 páginas.





    María del Pilar Álvarez Novalvos es una escritora vocacional. Desde aquella noche de febrero en que sus ojos vieron la luz, sabía, como ella mismo reconoce, que sus células “habían venido al mundo para imaginar otros”. Y cuando uno imagina mundos, suele sentir el arrebato de plasmarlos en el exterior de la propia conciencia como materia estética. En su caso, con la pluma, dados sus estudios y profesión de filóloga. Autora de relatos publicados en antologías colectivas, revistas literarias y páginas webs, esa barrera, frecuentemente impenetrable, del mundo de la edición no le había ofrecido demasiadas oportunidades para publicar en solitario.

   Pero finalmente, y nunca mejor dicho, la voluntad de poder de María del Pilar Álvarez Novalvos venció obstáculos y estos días, con humildad y al mismo tiempo con gran riqueza y agudeza literaria, nos brinda  su primer libro en solitario: La Muerte Es Otra Cosa, un gozoso océano de relatos -microrrelatos  en su mayoría- con los que su palabra sabia, lozana y preñada de imaginación, sale al encuentro de los lectores.

   La autora articula esta su opera prima en solitario, setenta relatos y/o microrrelatos de recompensa inmediata, en nueve secciones, que bajo distintos rótulos y con dispares disfraces, giran todos ellos en torno a la vida y sus mil caminos, huellas, vicios, pecados capitales, inverosímiles milagros, cefalópodos predilectos y su llanto invertebrado, dolores y desalmadas afrentas, deseos y silencios que preceden a la desgracia, los escalofríos que duran tres infiernos, las aleatorias fatalidades existenciales, sus fugaces o permanentes paranoias y mil avatares más con sus cotidianidades, contradicciones  o fulgores, convertidos en materia diegética. Y finalmente, ese final del río de la existencia: la muerte y la premuerte. La muerte amada y la muerte envidiosa de los grandes amantes. Sí, esa muerte sometida también ella a la rueda del tiempo (“bucle del tiempo”, escribe la autora) que le hace generar vida.

   Con humor y fina ironía muchas veces, o con disimulada o indisimulada rabia otras, la escritora teje estos cuentos entrelazando el relato hiperbreve con otros de mayor densidad y amplitud. Todos ellos, sin embargo, de premio inmediato. La condensación o la frase genial que nos sorprende no son frutos de ese albur, de ese momento de talento que puede tener incluso un mal escritor.

   En una valoración de conjunto de esta narrativa breve de María del Pilar Álvares Novalvos, yo diría que la autora nos acerca a la vida, a su rica y proteica variedad, interpretadas desde la mirada irónica, a veces risueña y compasiva y gobernada en su plasmación escrita por las exigentes leyes de la ficción breve: argumentos definidos o implícitos que el lector completará sin dificultad; relatos muy narrativos, incluso aquellos en los que la condensación es máxima. Prosas preñadas pues de carga diegética, de mundos ficticios o reales que constituyen la historia narrada. En su mayoría se yerguen sobre estructuras proteicas y participan, por consiguiente, de una gama de géneros o subgéneros (la poesía, el cuento tradicional, la fábula, materiales seguramente biográficos…). Aquellos, en los que la concentración es máxima, son bellos como teoremas, sorprendentes, mortíferos, con finales fulminantes y una última frase cortada como un diamante, exacta, helada. La elisión en estado puro.

   La hechura lingüística, en aquellos en los que no  condensan su estructura narrativa, nos revela una prosa grácil, tendente con frecuencia al barroquismo. Prosa torrencial que se recrea en la búsqueda de la palabra exacta o en sutiles matizaciones. Prosas densas que se suturan  a veces con otro tipo de escrituras más sensuales, lúbricas, capaces de seducirnos y que, sin embargo, no disfrazan el momento epifánico de la historia. En conclusión, una gran hondura y calidad de texto para un afortunado debut.



Francisco Martínez Bouzas







María del Pilar Álvarez Novalvos



Fragmentos



Cambio de imagen



“-Por favor, sea breve -dijo-, y corte lo máximo posible.

-No se preocupe -respondió el peluquero.

El cliente cerró los ojos.

Cuando los abrió, su imagen ya no estaba en el espejo.”



…..



Lluvia



“Llueve. Las gotas recorren el callejón como lanzas y se vuelven torrente, olas sin espuma y sin vaivén. Desde la oscuridad, una farola rota vigila los pasos de los que llegan huyendo de la luz. No hay más testigos que la piedra y el viento, que aúlla sin cesar. El agua lame los peldaños y murmura palabras como gritos débiles de mujer.

A contraluz, dos siluetas son engullidas por aquel pozo. La de menor estatura llora confusa porque aquella tarde parecía como todas. La sombra más alta no habla, la empuja hasta el fondo y la sujeta contra el poste. Ella pregunta porqué me has traído hasta aquí, teníamos que ir directamente a casa…De un tirón, el gigante le arranca la mochila y arroja el paraguas a aquel mar que no refleja. Qué vas a hacer, dice al sentir que una mano le levanta la falda mientras la otra se desbrocha el cinturón. Déjame y te prometo que no diré nada…, intenta de nuevo. Pero una lengua le oprime los labios y dos manos amasan sus pechos. Golpea y golpea contra el muro de carne. Unos pantalones se desploman y ella reprime un grito cuando algo caliente la rasga…Se olvida de dónde está. De quién es. De quién es él.

Ha dejado de llover. La noche es más oscura.

Recoge el paraguas, la mochila, el dolor y deja allí su memoria, bajo la farola rota. Y se prohíbe para siempre recordar  que antes de que se marchara preguntó a aquella sombra y cuando llegue a casa qué voy a decirle a mamá.”



…..



Regalo





“-¿Ya has terminado?

-Sí. Debo acabar este libro para el lunes, tengo examen.

-No has limpiado el mueble del comedor; todavía hay polvo.

-Javi puede terminarlo. Tiene dos manos.

-¡Venga, mujer!, que él hoy ha jugado partido y está cansado…

-¿Sabes que voy a pediros para mi cumpleaños?

-¿…?

- Un pene.”



…..



Lógica negra





“-Merezco clemencia… -se defendió el Diablo.

Dios soltó una carcajada:

-¿Por qué?

-Porque tu Luz no existiría sin mis Tinieblas”



(María del Pilar Álvarez Novalvos, La Muerte Es Otra Cosa, páginas 27, 29-30, 69, 88)

domingo, 12 de mayo de 2013

EL DESAMPARO HUMANO EN TIEMPOS DE GUERRA



La multitud errante
Laura Restrepo
Editorial Anagrama, Barcelona, 129 páginas.
(LIBROS DE FONDO)

   “¿Cómo puedo yo decirle que nunca la va a encontrar, si ha gastado la vida buscándola?” Pocas veces vamos a hallar una pregunta tan enigmática para el inicio de un texto ficcional como este con el que Laura Restrepo da comienzo a su novela La multitud errante, reeditada en España en la colección “Narrativas hispánicas” de la Editorial Anagrama. Los lectores latinoamericanos ya conocían  esta cruda exploración polos senderos de los desplazados en la Colombia del pasado siglo, desde el año 2001, fecha en la que Laura Restrepo publicó este retrato fabuloso de un país que echa a andar a través de incontables seres humanos por caminos y albergues,  a la búsqueda de una tierra prometida, de un destino, de las huellas de una mujer desaparecida y también de amores posibles e imposibles.
   Laura Restrepo (Bogotá, 1950) conocida en España sobre todo por sus novelas, Leopardo al sol, Dulce compañía (Premio Arzobispo Juan de San Clemente, 2002) y Delirio (Premio Alfaguera, 2004), es una de las plumas literarias más leídas en Latinoamérica y traducida a más de quince idiomas. En sus obras amalgama investigación periodística, experiencias personales y ficción que, por lo general, se desarrolla en su país natal, Colombia.
   La escritora colombiana es una experta muy sensibilizada en las injusticias y miserias que genera la guerra y la tiranía de su imperio cruel. Fue miembro de la Comisión negociadora entre el gobierno colombiano y el grupo guerrillero M-19, experiencia de la que  extrajo abundantes materiales para su libro Historia de un entusiasmo, un extraordinario reportaje sobre aquellas negociaciones y sobre la amenaza de muerte que la obligó a exiliarse.
   Y en el momento en el que las voces de la guerra resonaban cada vez más próximas, su poderosa forma de relatar, tejida con hilos de una imaginación tropical, telúrica y a la vez humanizadora, le ofrece al lector en esta breve novela una magistral parábola sobre el desamparo del ser humano en tiempos de contiendas bélicas. La guerra nos envuelve a todos, es un aire sucio que se infiltra en nuestro sentido olfativo, e incluso aunque no sea ese su propósito, el que huye de ella, se convierte inexorablemente en su difusor.
   Los protagonistas de La multitud errante andan siempre buscando entre las bárbaras coordenadas de la guerra. Peregrinan constantemente en la búsqueda de una tierra prometida, de un destino, del rastro de una mujer desaparecida, de su amor imposible. La multitud errante nos habla de ese inexorable destino que obliga a todo un país a comenzar a transitar por los caminos y a refugiarse en albergues, cuando la violencia macabra pende sobre sus habitantes. Procesiones fantasmagóricas de millones de desplazados forzosos protagonizan los dramas más llamativos de la civilización contemporánea. El juicio que en su día emitiera Gabriel García Márquez sigue siendo válido para enmarcar esta novela: “Laura Restrepo da vida a una singular amalgama entre la investigación periodística y la creación literaria. Así la miseria y la violencia que anidan en el corazón de la sociedad colombiana están siempre presentes, mas también lo están en sus fascinación por la cultura popular y en el juego de su irreprochable humorismo (…) que salva a sus novelas de toda tentación de patetismo o melodrama, convirtiéndolas en una lectura irrefutablemente placentera.”

Francisco Martínez Bouzas



 
Laura Restrepo


Fragmento

“-A Matilde Lina la maltrataron, la arrancaron el niño y la llevaron arrastrada hasta algún lugar del cual no se tuvo noticia -me dice la señora Perpetua, haciendo silbar las eses contra esa prótesis dental que tanto la martiriza y la orgullecer.
A partir de entonces el rastro de Matilde Lina se borra del mundo de los hechos y se entroniza en las marismas de la expectativa. De nada le valieron las patadas de potranca que sabía repartir, ni los tarascazos que pintaron la marca de sus dientes en tanta piel ajena. ¿La doblegaron trincándola el cabello, la tildaron de perdida y de demente, la obligaron a hincarse entre el barro, la quebraron en dos, le partieron el alma? ¿Retumbaron sus alaridos por las hondonadas del monte? ¿O lo que erizó las pieles fue el currucutú del búho saraviado, o el graznido de algún otro pajarraco, de todas las aves que conocían su nombre y que empezaron a gritarlo en letanía atolondrada?

(Laura Restrepo, La multitud errante, páginas 49-50)

miércoles, 8 de mayo de 2013

UNA PAVOROSA HISTORIA ALEGÓRICA



El niño que robó el caballo de Atila
Iván Repila
Editorial Libros del Silencio, Barcelona, 2013, 130 páginas.


   Iván Repila (Bilbao, 1978), creador publicitario, editor, gestor cultural y joven escritor, es autor de dos novelas: Una comedia canalla, cuya lectura  le permite al lector pasar un buen rato a partir de un mínimo nudo argumental y esta novela breve, El niño que robó el caballo de Atila, en la que el escritor da un giro de ciento ochenta grados y pone delante de los ojos lectores una verdadera cartografía de un singular y enigmático despojamiento, un relato cuya trama crece entre espacios cerrados y claustrofóbicos, en los que se desarrolla una extraña lucha por la supervivencia. Y todo ello a través de una historia extremadamente austera, escueta y desnuda con dos protagonistas y las coordenadas espaciales donde el autor los ubica: el fondo de un pozo, o quizás para ser más exactos, una cueva sin agua.
   Allí, por razones que solamente al final de la novela nos son reveladas, aparecen atrapados dos niños, dos hermanos. Todo lo demás es atemporal y ajeno a cualquier geografía concreta. Solamente se nos permite conocer que ese dúo de protagonistas, que ni siquiera tienen nombre, están encerrados en ese pozo /cueva  del que es imposible salir. Son dos hermanos, el mayor al que la novela identifica como el Grande y el menor que es el Pequeño. El resto, un absoluto desamparo. Mejor dicho, con ellos hay una bolsa de comida  a la que tácitamente deciden no tocar, porque es la comida de mamá, y pronto se transformará para ellos en una pesadilla olvidada. El resto de la novela, una historia que avanza con fuerza y buen ritmo y una fuerte carga alegórica.
   El desarrollo de la historia, no obstante, nos irá permitiendo atisbar algunas claves imprescindibles para conocer la personalidad de los dos hermanos, convertidos en verdadero arquetipos. El hermano mayor es pragmático, luchador, apuesta por la supervivencia, protege al hermano pequeño contra el ataque de los lobos, lo cuida en su enfermedad. El Pequeño, por el contrario, es soñador, idealista, indolente. Pero ambos en ese espacio lóbrego, con un fondo blando grumoso, van madurando y consiguen sobrevivir  hurgando en la tierra de la cueva, en los últimos rincones, en búsqueda de algo que se pueda comer: raíces, larvas, gusanos, pequeños huevos, sin que un canibalismo latente esté ausente de la mente de algunos de ellos.
   Como he dicho, Iván Repila, consigue hacer avanzar a buen ritmo su historia, aparentemente inverosímil (y ciertamente con algunos elementos discordantes), en mi opinión por tres razones: escribe, en primer lugar, una narración tejida de tal modo que el lector queda expectante y necesitado de saber hasta qué momento serán capaces de luchar por la supervivencia los jóvenes protagonistas. En segundo lugar, porque el lector sospecha que una situación maligna prende como de un hilo a esta narración, cuyo núcleo aparente consiste en narrarnos las inútiles acciones e intentonas que los dos hermanos llevan a cabo para salir de la cueva o de que nadie les escuche. Y sobre todo, por la profunda carga simbólica que adorna toda la novela. El encierro en una cueva, las imaginaciones y preguntas que hace sobre todo el hermano pequeño en sus delirios (el pozo como ataúd plácido, pagina 44, como un útero que les está pariendo, siendo ellos mismos víctimas de los dolores del parto del mundo (página 87), aguijonearán al lector a leer esta terrible historia como una gran alegoría, cargada de todos los simbolismos heredados de nuestra tradición cultural.
   Una historia brutal, rayana a situaciones kafkianas, con un desenlace tan inverosímil como apocalíptico, narrada con una prosa esencialmente lírica, a veces en exceso, con alardes metafóricos que con frecuencia ocupan capítulos enteros, con preguntas sin respuestas, que sin embargo parecen que producen eco y estrépito en el fondo de la cueva. La misma desintegración del lenguaje de la que es víctima el hermano pequeño, que corre paralela con su decaimiento físico y mental, es otro hábil acierto de Iván Repila, un autor al que a partir de ahora habrá que prestar atención.

Francisco Martínez Bouzas



Iván Repila



Fragmentos

“El Pequeño mira a su alrededor: hay gente durmiendo por las calles, niñas jugando con flores parlantes, hombres cargados de bebés en su bolsa marsupial. Hay otros, como su hermano, que construyen ingenios para salir del pozo: un barco de pizarra, una torre de nubes, una catapulta con los huesos del último dragón.
-¡Estoy cansado de pensar en todos!
El Grande coloca otro tronco y un gusano con forma de pollo se escurre por un agujero. Se seca el sudor con el antebrazo y dice:
-Cuando estemos arriba, haremos una fiesta.
-¿Una fiesta?
-Sí.
-¿De las de globos y luces y pasteles?
- No. De las de piedras, antorchas y cadalsos.”

…..


“¿No sientes el líquido que nos rodea como si fuéramos fetos? Estas paredes son membranas y flotamos entre ellas, nos damos vuelta a la espera de nuestro alumbramiento prorrogado. Este pozo es un útero, tú y yo  estamos por nacer, nuestros gritos son los dolores de parto del mundo.
El Grande ha escuchado a su hermano en silencio, comprendiendo apenas una parte de sus palabras. Cada día le cuesta más seguirlo, y tiene la impresión de que al final se quedará atrás y el Pequeño continuará su viaje sin volver la vista.”

(Iván Repilla, El niño que robó el caballo de Atila, páginas 27 y 87)

viernes, 3 de mayo de 2013

ARTHUR KOESTLER O LA VECINDAD CON LA MUERTE



Dialogo con la muerte
Un testamento español
Arthur Koestler
Tradución de José Erezuma
Amarando Editores, Madrid, 275 páginas
(LIBROS DE FONDO)


   Una pequeña empresa editora, Amaranto Editores, hizo posible hace unos años que los lectores españoles puedan conocer un testimonio imprescindible acerca de la Guerra Civil española. Y una pieza literaria en sí misma, que de forma rotunda y repulsiva cumple el “dictum” de Walter Benjamin: no existe obra de arte que no sea a su vez un documento de la barbarie.
   Me estoy a referir al libro de Arthur Koestler, publicado en 1937 en inglés con el título A Spanish Testament y en 1966 bajo el rótulo Dialogue with death. Existe una trágica colección de obras literarias de autores extranjeras basadas por entero en la Guerra de España: La esperanza de A. Malraux, Homenaje a Cataluña de G. Orwell, Los grandes cementerios bajo la luna de Georges Bernanos y  Por quién doblan las campanas de Hemingway. El relevante testimonio que ofrece Koestler para la comprensión de aquellos acontecimientos dramáticos pero históricos, es merecedor así mismo de figurar en esa biblioteca de referencias directas sobre la Guerra Civil española.
   Nada importa la trayectoria personal del autor, embadurnado en el aluvión de delirios del siglo XX y atormentado de forma indecible  en unos momentos históricos en los que la liquidación de vidas humanas  se convertía en una actividad frenética e industrial. Hoy sabemos que no fueron precisamente héroes ejemplares, sino mitómanos e incluso impostores y, en el caso concreto de Koestler, bebedor, mujeriego, posiblemente violador y con una evolución ideológica que es un espejo del siglo XX.
   Sus virajes  van desde el sionismo radical hasta el comunismo soviético con el que rompe en 1938, al poco tiempo de la publicación del “testamento”, intentando mantener  posiciones antitotalitarias, fruto de las cuales es la novela Darkness at non (El cero y el infinito, en español), la primera obra literaria en la que se denuncia el sistema estalinista y los procesos de Moscú.
   Este radical antitotalitarismo tiene sus raíces en Un testamento español, que en su diseño original era la transcripción de los diarios de las cárceles franquistas, donde permaneció más de cien días condenado a muerte por espionaje. No obstante, tal como hoy lo podemos leer, es un libro fragmentario en el que se recogen los restos de diarios escritos en la prisión, la reconstrucción de otros y una reelaboración de un viaje a Málaga como reportero para dar fe de los que hacían los fascistas cuando entraban en una ciudad.
   El tema del libro es sin duda la muerte. La muerte, las farsas de juicios, la ejecuciones sumarias durante la Guerra y el espanto de los que van a morir invocando a sus madres, que adquieren en estas páginas, la hondura de un tema literario. Es por eso que se puede establecer un paralelismo entre la narración del “testamento” de Koestler y el Homenaje a Cataluña de Orwell. En ambas obras hallamos la narración de una experiencia de primera mano, la de la vecindad con la muerte, un aspecto que los diferencia del “frescor lírico” que es La esperanza de Malrraux y la apología del gesto viril que pretende ser la novela de Hemingway. La experiencia de la muerte fue siempre para Koestler una pulsión que lo arrastrará finalmente al suicidio. Así pues, este testimonio es, por encima de su interés político, una honda reflexión filosófica sobre el valor de la vida y de la muerte.

Francisco Martínez Bouzas


Arthur Koestler

Fragmento


“Fue el comienzo del primer día de prisión, el primero de ciento dos días.
No hubo ni desayuno, ni agua para lavarse, ni peine para peinarse. No había nada que hacer sino esperar. Caminaba arriba y abajo, seis pasos y medio en una dirección, seis y medio en la otra, esforzándome por pensar en cosas agradables y ser un buen compañero conmigo mismo. Me vino a la mente un pasaje de una de las Sanders Stories de Edgar Wallace:
«Solamente tenemos que morir una vez. Algo que a mi no me ha convencido nunca. Si muriéramos más de una vez, nos acostumbraríamos a ello, mi viejo Ham. ¿Entiendes lo que quiero decir? Se trata de filosofía»
(…)
“A eso de las cuatro se oyó un ruido en el pasillo. Una voz empalagosa leyó una lista de cuarenta o cincuenta nombres; se abrieron unas puertas, que se volvieron a cerrar con estruendo. Ruido de pasos, cuchicheos, sonidos misteriosos.
Puse esta vez la oreja en lugar del ojo en el agujero de la cerradura. Sólo podía percibir que una larga fila de hombres arrastraban los pies a lo largo del pasillo, lentamente, titubeando, como si caminasen en contra de su voluntad. El sonido de los pasos se desvaneció. Cuarenta o cincuenta hombres marchaban hacia la muerte.
Me acosté en el catre, y me pregunté si el cantante estaría entre ellos, si serían ejecutados uno por uno o en grupos; con fusiles o con ametralladora. Mi imaginación, fuera ya de mi control, me mostró la escena cincuenta o cien veces, en todas sus variantes posibles.”

(Arthur Koestler, Diálogo con la muerte, páginas 103-105)

miércoles, 1 de mayo de 2013

UNA MENGUANTE UTOPÍA POLÍTICA



 
En tiempos de luz menguante
Novela de una familia
Eugen Ruge
Traducción de Richard Gross
Editorial Anagrama, Barcelona, 2013, 394 páginas.


   Eugen Ruge (Sosva, Urales, 1954), un matemático y físico formado en la República Democrática Alemana (RDA), que desde 1989 se dedica con  exclusividad al teatro y a la radiotelevisión, debuta en la narrativa con esta su ópera prima, In Zeiten des abnehmenden Lichts, traducida al español en el pasado mes de marzo por Editorial Anagrama. Cerca de cuatrocientas páginas para narrar las interioridades de una saga familiar en los últimos cincuenta años en la RDA y  a través de cuatro generaciones.
   La novela, en efecto, echa a andar con la fundación de la RDA y concluye con los atentados del 11 de septiembre de 2001. Sus grandes protagonistas: el linaje de los Umnitzer y el declive de la utopía política comunista tal como fue  consumada en los países en los que funcionó como sistema político. Porque, si algo aparece meridianamente claro en la novela de Eugen Ruge es cómo cada generación de los Umnitzer se aleja más y más de la fe y de las certezas fundamentales del estado naciente y del partido, con el cual se identificaba. Eugen Ruge lo refleja a través de esas cuatro generaciones, cada una de ellas anclada en una posición muy diferente frente al régimen comunista: desde los patriarcas, genuinos comunistas convencidos de la causa, hasta los últimos vástagos, representados por el hijo del personaje vertebrador de esta novela, Alexander Umnitzer , descreídos y que ven el pasado con vergüenza, como apunta el mismo Ruge.
   Para contar esta historia de una familia comunista y su decadencia, el autor echa mano de su propia experiencia familiar. Ruge, en efecto, se sirve de la historia de sus abuelos comunistas de las primeras hornadas, la generación comunista estalinista que aceptó por disciplina de partido cualquier discrepancia; la de sus padres que mantienen hacia el sistema una relación menos dogmática y más matizada. Y la suya propia, la tercera generación, completamente crítica y disconforme con esa utopía política jamás realizada. En la novela vemos representadas a estas generaciones por los Powileit-Umnitzer.
   Aunque el relato arranca en el año 2001, se interna mediante oportunas analépsis  en el pasado de esta saga de los Powileit-Umnitzer en los años cincuenta, sesenta y setenta y centra su foco de atención, de forma especial, en el día 1 de octubre de 1989, fecha en la que el patriarca Wilhelm Powileit celebra su noventa cumpleaños, una fecha que el narrador describe desde distintos y divergentes puntos de vista: la del homenajeado, incombustible defensor del estalinismo; la de su esposa, tan oportunista como amargada; la de su hijo, historiador del régimen, pero inconformista; la de su esposa rusa, marginada en la RDA, marginación que ahoga en alcohol;  la de la madre de esta, la anciana Irina que vive en el mundo de los recuerdos su propio analfabetismo. Y por último, la del último representante de la saga, el biznieto Markus , un joven desconectado del contexto familiar y completamente despolitizado.
   Este procedimiento narrativo, construido con pericia y oficio, se repite a lo largo de todo el libro, con una arquitectura narrativa que alterna capítulos que reproducen el cumpleaños del patriarca, con otros que narran el viaje  a México de su nieto Alexander en 2001, y otras secuencias que representan incursiones narrativas en fechas comprendidas entre 1952 y 1995. Presenciamos en este friso temporal, lleno de avances, retrocesos y determinadas calas, el devenir de la segunda mitad del siglo XX, lo que le permite al autor penetrar en la mentalidad de tres generaciones -la del biznieto apenas cuenta-, mostrando la complejidad de los momentos y circunstancias de forma convincente y nunca maniquea, relatada a través de pequeñas anécdotas de la vida cotidiana, con las, sin embargo, logra perfilar la gran novela de la Alemania Oriental, iluminando un período histórico de luz menguante, sin que el autor se cebe con los errores del pasado, sin que pontifique verdades. Simplemente pone ante los ojos del lector varias versiones de los hechos que constituyen la pequeña y la gran historia del pueblo alemán en la segunda mitad del siglo XX.

Francisco Martínez Bouzas




Eugen Ruge

Fragmento

“Abrió los ojos un breve momento: Kurt, ¡quién iba ser! Para Chov, tú mismo, pensó Wilhelm. Derrotista. ¡Toda la familia! Excepto Irina, que al menos había estado en la guerra. ¿Pero Kurt? Mientras duró la guerra, estuvo metido en el campo. Tuvo que trabajar, ¡qué horror!, con esas manos que ni siquiera servían para abrir un tarro de pepinos. Otros, pensó, arriesgaron el pellejo. Otros, pensó, la palmaron luchando por la causa, y tenía ganas de levantarse y hablar de los que habían palmado luchando por la causa. Hubiera hablado de Clara, que le salvó la vida: de Willi, que se cagó en los pantalones de miedo. De Sepp, torturado hasta la muerte en algún sótano de la Gestapo porque se habían quedado cortos a la hora de eliminar a los traidores. Así fue, profesor sabelotodo, incapaz de abrir un tarro de pepinos. Así fue entonces y así seguía siendo hoy día. Tenía ganas de decirlo. Y tenía ganas de decir también otra cosa: sobre el entonces y el hoy. Y sobre los traidores. Y sobre lo que había que hacer ahora. Y sobre dónde estaba el problema. Tenía ganas de decir todo eso, pero tenía la lengua demasiado espesa y su cabeza era demasiado vieja para transformar en palabras lo que sabía. Cerró los ojos y se reclinó en su sillón de orejas. Ya no oía las voces. Sólo oía el ronroneo en su cabeza, igual al del agua de la bañera por la mañana. Y de entre el ronroneo salía una melodía. Y de la melodía, palabras. Ahí estaban, de repente, las palabras que buscaba: sencillas y tristes y claras, y tan obvias que en el mismo instante olvidaba que las había olvidado.
Cantó en voz baja, para sí, acentuando cada sílaba. A un compás ligeramente arrastrado, como bien se dio cuenta. Con un trémolo no intencionado:
La verdad del partido es siempre la verdad
de eso, camaradas, jamás debéis dudar,
porque aquel que lucha por  la igualdad,
tendrá siempre de su lado la verdad.
Frente a la explotación y la mentira,
frente al que atropelle a la vida,
frente al que obra con maldad o necedad
aquel que defiende a la Humanidad,
tendrá siempre la verdad de su lado.
Por el espíritu de Lenin fue creado
y por la mano de Stalin unido,
el Partido, el Partido, el Partido.”

(Eugen Ruge, En tiempos de luz menguante, páginas 195-196)