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viernes, 1 de enero de 2016

RESCATE Y ELEGÍA DEL PASADO



La hierba de las noches

Patrick Modiano

Edición de Javier Aparicio Maydeu

Traducción de María Teresa Gallego Urrutia

Ediciones Cátedra, Madrid, 2015, 263 páginas



   No me parece mala idea inaugurar un año bisiesto con un retorno a Patrick Modiano, Premio Nobel en 2014. Y hacerlo retomando la lectura de una de sus obras más conocidas, La hierba de las noches que acaba de publicar Ediciones Cátedra, en una excelente edición de Javier Aparicio Maydeu, que nos regala una Introducción a Modiano, y a esta novela en concreto difícilmente superable. Una edición -confiesa Javier Aparicio Maydeu- que “no existiría sin la inmediata y generosa complicidad de Jorge Herralde (Anagrama es la propietaria de los derechos en España) que me regaló para Reyes nada menos que poder elegir un vrai Modiano (página 85).Un Modiano anotado de forma profusa y muy aclaratoria y que, con el estudio introductorio, la actual edición de Cátedra se transforma en una verdadera guía de lectura para lectores primerizos e incluso avezados. Y como la traducción es la de María Teresa Gallego Urrutia, en esta edición de Cátedra, hallará el lector a un Modiano que habla español con la naturalidad y fluidez del idioma original de la novela. Todo ello en un volumen acrecentado, como ya señalé, por un buen estudio y un amplio aparato de notas que enriquecen la grandeza de la narrativa modianesca.

   Patrick Modiano está considerado por muchos lectores como el novelista vivo más importante. Obras como Dora Bruder, El libro de familia, Calles de las Tiendas Oscuras, Premio Goncourt, Un pedigrí.Una juventud o El lugar de las estrellas, La ronda nocturna, Los paseos de circunvalación publicadas en castellano por Anagrama en un solo volumen (Trilogía de la Ocupación) así lo confirman. El género que más frecuenta Modiano es la novela breve (nouvelle) y La hierba de las noches no se aparta de esas coordenadas; ni tampoco se aleja del estilo habitual de su prosa: escritura sutil, minuciosa y sobre todo poética, que es la marca  de toda su escritura. Hay además en la narrativa de Patrick Modiano varias ideas-eje: la escritura como medio de lucha contra el olvido, como recuperación del ayer. Contra el olvido de todo: familiares, personas amigas, las calles del viejo París y, sobre todo, la barbarie que avasalló el siglo XX. Otra es esa fascinación por penumbras inquietantes, sus incursiones en pasados turbios. Todo eso configura lo que se ha llamado “Universo o país Modiano”, centrado en torno  al París mítico de los años 60, hoy desaparecido, poblado por climas nebulosos, brumas, cafés, calles donde el escritor vivió y creció en su niñez, adolescencia y juventud. Y sobre todo, mucha nostalgia porque ese París es una ciudad que solamente existe en los libros de Modiano.

   En La hierba de las noches Modiano no desentona de ese clima escritural de sus anteriores novelas. En ella, el escritor retorna de nuevo a un pasado ya desaparecido, a una época que solamente cobra vida en los recuerdos que Modiano llega a confundir con los sueños; evocaciones llenas de elementos huidizos que el escritor había anotado en una libreta, como confirmación de su existencia y que, no obstante, llegan a constituir un verdadero enigma. Y como casi todas sus novelas, también ésta mana de la misma fuente: el tiempo misterioso, inquietante, frecuentemente peligroso de su adolescencia, habitado por personajes que acaban de salir de la clandestinidad, como su propio padre de origen judío, con frecuentes incursiones en el mercado negro.

   Jean es el protagonista y voz narradora de la novela, y seguramente alter ego del propio Modiano. Es escritor dependiente de esa libreta negra  en la que apunta infinidad de notas. Solitario y perdido en un mundo hostil y a la vez atrayente, el París de los 60. Gracias a esa libreta, muchos años después, puede mirar hacia atrás y reconstruir la etapa de su vida que se corresponde con esos años. Desde el presente se ve obligado a enfrentarse a varios personajes que conoció en aquellos momentos pretéritos: un antiguo amor, Dannie dice llamarse, que arrastra un pasado enigmático y misterioso que ella misma no desvela. Y a su par, una colección de “personas raras”, los golfantes huéspedes  del Unic Hôtel como Ghali Aghamouri, Langlais, Chastagnier, Duwelz o Gérard Marciano, cuyas verdaderas identidades se esconden bajo antifaces y que eluden las preguntas de Jean.

   El relato se centra en el paseo recordatorio  del protagonista por el viejo recinto urbano de su vida, tan alterado por el paso del tiempo. En ese recinto, el protagonista habrá de enfrentarse con lo que fue su desasosiego sentimental, que tenía lugar a la vez que las revueltas populares de la Francia poscolonial, o el secuestro de Ben Barka. Y un enigma que el lector no descubrirá hasta el final de la obra.

   Novela erguida con el aire que respira la memoria, tal como ésta se conserva muchos años después. Recuperando los recuerdos, el pasado, en una beligerancia contra el olvido, mas con la particularidad de que  La hierba de las noches está escrita como una novela negra, como un thriller policial. Rescate y elegía del pasado en el que una investigación policial  viene a ser la última frontera de las geografías pretéritas que, en el presente, se convierten en tiempo ido, en vejez. No sin razón, La hierba de las noches ha sido considerada como el culmen de una autoficción poética-policial. Porque el escritor nacido en Boulogne-Billancourt es capaz de amalgamar una trama de novela negra (un aire de suspense se incrusta en su esencia), con un texto escrito con finas suturas poéticas. No porque la prosa de la novela remede la poesía, sino porque el escritor es capaz de crear, con lengua precisa y mediante numerosas elipsis, una especie de estado onírico en la mente  del lector, que debe completar lo oculto y velado. En cuanto a su arquitectura interna, Modiano sitúa esta novela breve en las antípodas del canon compositivo tradicional. Aquí no hay introducción, nudo y desenlace. Solamente París y Modiano y esa aura melancólica, y por lo mismo triste, que produce la vivencia, muchos años después, del tiempo ido que solamente pervive en la memoria.



Francisco Martínez Bouzas



Patrick Modiano


Fragmentos



“La conocí en la cafetería de la Ciudad Universitaria, donde iba yo a menudo a buscar refugio. Vivía en una habitación del pabellón de Estados Unidos y me preguntaba por qué, porque no era ni estudiante ni norteamericana. Después de conocernos no se quedó ya en ese pabellón por mucho tiempo. Alrededor de diez días apenas. No me decido a poner entero el apellido que anoté en la libreta negra después de nuestro primer encuentro: Dannie R., pabellón de los Estados Unidos, bulevar de Jourdain, 15. A lo mejor vuelve a ser el suyo ahora -después de tantos otros apellidos- y no quiero llamar la atención por si todavía está viva en algún sitio. Y, sin embargo, si leyera ese apellido en letras de molde, a lo mejor se acordaba de que lo había llevado en determinada época y me daba señales de vida. Pero no, no me hago demasiadas ilusiones al respecto.

El día en que nos conocimos, escribí «Dany» en la libreta. Y corrigió personalmente, con mi bolígrafo, la ortografía exacta de su nombre: Dannie. Más adelante me enteré de que ese nombre «Dannie», era el título del poema de un escritor a quien admiraba yo por aquel entonces y a quien veía a veces, en el bulevar de Saint- Germain, saliendo del hotel Taranne. A veces se dan curiosas coincidencias.”



…..



“Ayer por la noche fui recorriendo con el dedo índice en el mapa el trayecto de París a Feuilleuse. Era remontar el curso del tiempo. El presente no tenía ya importancia alguna, con esos días todos iguales con su luz sin brillo, una luz que debe de ser la de la vejez y en la que nos da la impresión de estar sobreviviendo. Me decía que volvería a encontrar la hilera de árboles y las cercas blancas. El perro se me acercaría despacio, recorriendo el paseo. Había pensado a menudo que, aparte de nosotros, era el único habitante de la casa, e incluso el dueño. Cada vez que volvíamos a París le decía a Dennie: «Tendríamos que llevarnos este perro». Se colocaba delante del coche gris para ver cómo nos íbamos. Y después, cuando ya nos habíamos subido al coche y habíamos cerrado las puertas, se iba a la cabaña que servía para guardar la leña y donde solía dormir cuando no estábamos.”



…..



“Íbamos cruzando el jardín de Les Tuileries. Me pregunto en qué estación estábamos. Ahora, mientras escribo estas líneas, me parece que estábamos en enero. Veo manchas de nieve en los jardines de Le Carrousel, e incluso en la acera por la que andábamos, orillando Les Tuileries. Al frente, una aureola de bruma envuelve las farolas de debajo de los soportales de la calle Rivoli. Y sin embargo, tengo una duda: podría ser principios de otoño. Los árboles de Les Tuileries todavía tienen hojas. No tardarán en caérseles, pero a mí el otoño no me hace pensar en el final de nada. Creo que el año empieza en el mes de octubre. Invierno, Otoño. Las estaciones cambian y se confunden en el recuerdo como si éste, con el paso de los años, viviera su propia vida, una vida vegetal, y no fuera nunca una imagen fija y muerta. Sí, las estaciones se mezclan a menudo; la primavera del invierno, el veranillo de San Martín…Cuando llegamos bajo los soportales estaba lloviendo, una lluvia muy fuerte o, más bien, uno de esos chaparrones que lo pillan a uno desprevenido en verano.”



(Patrick Modiano,  La hierba de las noches, páginas 109, 141-142, 213-214)

jueves, 8 de octubre de 2015

PLABRAS DE UN NOBEL PARA RECIBIR A OTRO NOBEL



Discurso en la Academia Sueca
Patrick Modiano
Traducción de María Teresa Gallego Urrutia
Editorial Anagrama, Barcelona, 2015, 34 páginas.

   Tal día como hoy, el 9 de octubre de 2014, mientras paseaba por las calles parisinas, Patrick Modiano recibió una llamada de la Academia Sueca, similar a la que hoy escuchó Svetlana Aleksándrova Aleksiévich, Alexievich trasliterado al inglés (Ivano-Frankievisk, Ucrania, 1948). La Academia Sueca le comunicaba que le otorgaba el Premio Nobel de Literatura por “sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje de nuestro tiempo”. Poco es lo que conocemos sobre esta periodista reportera, con un solo libro, Voces de Chernóbil, editado en España. Quizás solamente que desarrolló un nuevo género literario que recibe distintas denominaciones: “novela colectiva”, “novela-oratorio, “novela-evidencia”, “coro-épico”, entre otras. Verdaderos collages, mediante los que, con el recurso a testimonios individuales, logra penetrar en la esencia humana de los acontecimientos, y en la historia de los hombres y mujeres soviéticos y postsoviéticos.
   Recibo pues y celebro a la nueva Premio Nobel de Literatura recordando algunos textos del bello y sencillo discurso que Patrick Modiano leyó el 7 de diciembre de 2014, tras recibir el Premio Nobel, y que, en traducción de María Teresa Gallego Urrutia, editó Anagrama el pasado mes. Como escribe Jorge Herralde en la sinópsis del libro, el discurso de Modiano es una auténtica ars poética, en la que desgrana las claves de su obra y de su particular visión de la literatura. Patrick Modiano nos recuerda sus raíces, “los constructores de catedrales”, grandes narradores del siglo XIX (Balzac, Dickens, Tolstoi, Dostoievski), autores de “recios macizos novelísticos”, y, a la vez, reconoce que la escritura literaria de nuestros días demanda novelas distintas, más discontinuas, semejantes a las que él ha trasladado a su corpus narrativo. También aquellos episodios biográficos, especialmente de su infancia, repleta de enigmas y estigmatizada por el mundo incierto de la Ocupación. Ese París de la Ocupación que fue siempre para él “una noche primigenia”. O aquellos otros de la adolescencia y juventud en los que se atreve a explorar de noche los barrios de una ciudad omnipresente en su obra literaria. Sobre esos cimientos biográficos levanta Modiano su edificio narrativo.
                                                   
Sevetlana Alexievich, Premio Nobel de Literatura 2015
 La voz de Modiano se centra así mismo en la desvelación de los misterios que se esconden tras la cotidianeidad. La imaginación del narrador penetra en ella e intenta revelar para sus lectores lo que se esconde tras las apariencias. Es también esa una forma de combatir la tentación del olvido, luchar contra él por medio de las palabras que “como icebergs asoman en la página en blanco”.
   Apenas una treintena de páginas escritas con palabras sencillas, pero que son capaces, sin embargo, de profundizar de una forma difícilmente superable, en la misión que, a su juicio, hoy tiene el narrador. Una lectura de la que entresaco algunos fragmentos con los que, desde la modestia de estas páginas, recibo el Premio Nobel hoy concedido a Svetlana Alexievich, una escritora todavía por descubrir en nuestro país.

Francisco Martínez Bouzas

 
Patrick Modiano tras recibir el Premio Nobel de Literatura 2014

Fragmentos

“¡Qué curiosa actividad solitaria es esta de escribir! Pasas por momentos de desánimo al redactar las primeras páginas de una novela. Tienes a diario la impresión de errar el camino. Y en tal caso es grande la tentación de dar marcha atrás y meterse por otro. No hay que ceder a esa tentación, sino seguir por la misma vía. Es algo así como ir conduciendo de noche, en invierno, con hielo en la carretera, sin visibilidad. No hay dónde elegir, no puedes dar marcha atrás, tienes que seguir adelante, diciéndote que antes o después la carretera acabará por ser más segura y la niebla levantará.
Cuando estás a punto de acabar un libro, te parece que empieza a desprenderse de ti y respira ya el aire de la libertad, como los niños, en clase, el día antes de las vacaciones. Están distraídos y alborotadores y ya no le hacen caso al profesor. Diría incluso que, cuando estás escribiendo los últimos párrafos, el libro se muestra algo hostil contigo por las prisas que le entran de librarse de ti. Se va y te deja en cuanto escribes la última palabra.”

…..

“De la declaración que vino tras el anuncio de la concesión del Premio Nobel, destaco esta frase que aludía a la última guerra mundial: «Ha revelado el mundo de la Ocupación.» Soy, como todos los nacidos en 1945, un niño de la guerra y para ser exactos, ya que nací en París, un niño que debe el haber nacido al París de la Ocupación. Las personas que vivieron en aquel París quisieron darse mucha prisa en olvidarlo o en no recordar sino detalles cotidianos, de esos que proporcionaban la ilusión de que, pese a todo, la vida diaria no había sido tan diferente de la que llevaban en tiempos normales. Un mal sueño y también un remordimiento inconcreto por haber sido, hasta cierto punto, supervivientes. Y cuando sus hijos les hacían preguntas, más adelante, acerca de aquella época y de aquel París, respondían con evasivas. O callaban, como si quisieran tachar de la memoria aquellos años oscuros y ocultarnos algo. Pero, ante los silencios de nuestros padres, lo adivinamos todo, como si lo hubiéramos vivido.”

…..

“No querría aburrir a nadie con mi caso personal, pero creo que algunos episodios de mi infancia sirvieron más delante de matriz para mis libros. Estaba casi siempre lejos de mis padres, en casa de amigos a los que me confiaban y de los que yo no sabía nada, y en sitios y en casas que se iban sucediendo. Sobre la marcha, a un niño no le causa extrañeza nada y, aun cuando se halle en situaciones insólitas, le parece algo completamente natural. Fue mucho más adelante cuando mi infancia me pareció enigmática e intenté saber algo más de las diversas personas a las que  me habían confiado mis padres y esos sitios varios que cambiaban sin cesar. Pero no conseguí identificar a la mayoría de aquellas personas ni situar con precisión topográfica todos esos sitios y esas casas del pasado. Esa voluntad de resolver enigmas sin conseguirlo en realidad y de intentar aclarar un misterio hizo que me entrasen ganas de escribir, como si la escritura y lo imaginario pudieran ayudarme a resolver por fin esos enigmas y misterios.”

…..

“Me parece que la búsqueda del tiempo perdido ya no puede llevarse a cabo, por desdicha, con la fuerza y la franqueza de Marcel Proust. La sociedad que él describía era aún estable, una sociedad del siglo XIX. La memoria de Proust hace que el pasado vuelva a ver la luz con sus mínimos detalles, igual que un tableau vivant. Tengo la impresión de que hoy en día la memoria tiene mucha menos seguridad en sí misma y que tiene que luchar continuamente contra la amnesia y contra el olvido. Esa capa, ese bloque de olvido que lo cubre todo, impide que consigamos captar cuanto no sean fragmentos del pasado, rastros que interrumpen, destinos humanos escurridizos y casi inaprensibles.
Pero no cabe duda de que la vocación del novelista, ante esa extensa página en blanco del olvido, es la de devolver a la luz algunas palabras a medio borrar, como si fueran esos icebergs perdidos que van a la deriva por la superficie del océano.”

(Patrick Modiano, Discurso en la Academia Sueca, páginas 10-11, 14-15, 25-26, 33-34)

viernes, 17 de julio de 2015

"PARA QUE NO TE PIERDAS EN EL BARRIO": EN LAS BRUMAS DE LOS RECUERDOS



Para que no te pierdas en el barrio
Patrick Modiano
Traducción de María Teresa Gallego Urrutia
Editorial Anagrama, Barcelona, 2015, 149 páginas

   Pour que tu ne te perdes pas dans le quiartir es el título de la novela con la que Patrick Modiano recibió, recién editada, el Premio Nobel de Literatura. Anagrama, que desde hace años publica las obras del escritor, nos la ofrece ahora en esmerada traducción como siempre de María Teresa Gallego Urrutia. Una traducción que, conservando la fidelidad a la lengua original, ese estilo tan personal y preciso de Modiano, le hace hablar con la naturalidad del español, como si fuese su idioma materno. Una narración breve como todas las suyas que también se inspira, como la mayoría de las mismas, o quizás más que ninguna otra, en la propia biografía del escritor. Porque esta novela es un nuevo buceo en las brumas del recuerdo, como con acierto señala la presentación de la edición española. En los indescifrables  mecanismos de la memoria, en esos “recuerdos encubridores”, expresión que el mismo Modiano rescata de Freud. Su propia infancia, muy alejada de cualquier feliz paraíso, reconoce Modiano, explica buena parte de los que escribe. También  en esta novela.
   La trama de la historia que Modiano nos ofrece en esta pieza, es ciertamente fiel a la cita de Stendhal  colocada en el pórtico de la narración: el escritor no aportará la diáfana realidad de los hechos, sino únicamente su sombra. Y en esas sombras biográficas se sumergen las páginas de la novela, porque una de las constantes del macrotexto modianesco es que lo vivido por el escritor impregna sus obras. En este libro, reconoce Modiano, hay trazos, pliegues y estrías de esa infancia peculiar, privada del calor parental, de la vida familiar y otros muchos detalles autobiográficos, presentes no con una finalidad confesional, sino formando parte de la ficción.
   Nada es ajeno en Para que no te pierdas en el barrio a las ideas-eje de eso que se ha llamado “Universo Modiano”: la escritura como recuperación del ayer, contra el olvido de todo: familia, amigos, los bulevares, garajes y calles del viejo París, del París onírico e intemporal de principios de los años 50, y del París “demasiado liso y embalsamado” del presente del relato (año 2012). La fascinación por las penumbras inquietantes, las incursiones en pasados turbios. Y el arte de la memoria, uno de los argumentos de mayor peso que tuvo en cuenta la Academia sueca para otorgarle el Nobel. O la propia infancia del escritor, clave también en esta novela.
   Ese macrotexto modianesco toma forma en la novela en la historia de un viejo escritor, Jean Daragane, claro alter ego del propio Modiano -ambos no utilizan el móvil, se equivocan con las teclas; los dos tienen la sensación de no haber tenido padres-, una persona solitaria, inmerso en un París ajeno al tiempo. Pero un día el teléfono suena con insistencia en su “despacho”. Quien habla es una voz desganada y amenazadora que le comunica que ha encontrado su libreta de direcciones debajo de un asiento del bar de la estación de Lyon. Le propone una cita que Daragane acepta de mala gana. Se presenta puntual y entra en contacto con su interlocutor, Gilles Otollini, que llega acompañado de una mujer joven de rasgos orientales. El desconocido se interesa por un tal Guy Torstel, cuyo nombre estaba anotado en la agenda de direcciones y del que quiere saber más. Desde ese momento, entre sombras, obscuridades y no pocas pesadillas y buenas dosis de suspense y un delito cometido muchos años antes, la trama se complica y Daragane intentará explorar su propio pasado. Hasta que sale a relucir   el nombre de Annie Astrand, la joven a cuyo cuidado lo había dejado su madre, que le metía en el bolsillo una hoja doblada con la dirección del domicilio y la indicación “Para que no te pierdas en el barrio”. Persiguiendo las huellas de Annie Astrand, el protagonista intenta explorar el pasado lejano, un pasado sin raíces, el tiempo perdido, porque será a través de la memoria brumal como podrá finalmente extinguir los fantasmas de una niñez extremadamente difícil.
   Si hay algo que llama poderosamente la atención en esta novela es sin duda la anulación del tiempo, su circularidad, la constatación de que el tiempo puede ser dominado, de que el pasado puede ser recuperado, no mediante el psicoanálisis ni los métodos arcaicos u orientales, sino gracias al poder de la memoria. “El presente y el pasado, constata la voz relatora, se confunden y parece algo natural porque sólo los separaba un tabique de celofán” (página 32). Será suficiente encontrar en un libro el nombre de una persona para que ese tabique se derrumbe, la memoria salte como un muelle y los rastros de ese pasado nebuloso se hagan presentes. Una historia pues que se cimenta en la memoria y en el tiempo que Modiano con gran acuidad y hondura es capaz de ensamblar en una historia aparentemente banal.
   De ahí la necesidad del escritor de echar mano de aquellos recursos narratológicos que tienen que ver con los movimientos temporales. De las anacronías especialmente que nos proyectan en el pasado. Otros recursos reseñables son algún juego metaliterario -la novela tematiza la escritura de una novela- y ciertos ingredientes detectivescos que se entremezclan en este buceo y recuperación del pasado. Y la prosa que siempre encontraremos en la novelística de Modiano: lengua precisa, sobria, simplicidad formal, escritura elusiva, pinceladas escuetas que, sin embargo, son capaces de atrapar al lector con la fuerza de una hipnosis y proyectarlo en una suerte de estado onírico.

Francisco Martínez Bouzas

                                                 
Patrick Modiano (foto René Burri)
Fragmentos

“Había llegado a los soportales de le Palais-Royal. Había caminado sin destino concreto. Pero, al cruzar  el puente de Les Artes y el patio del Louvre, seguía un itinerario que le resultaba familiar en la infancia. Iba bordeando esa galería que se llama El Louvre de los Anticuarios y recordó, en el mismo lugar, los escaparates de Navidad de Los Grandes Almacenes del Louvre. Y ahora que se había detenido en medio de la galería de Beaujolais, como si hubiera llegado al final del paseo, surgió otro recuerdo. Llevaba tanto tiempo enterrado y a tal profundidad, resguardado de la luz, que parecía nuevo. Se preguntó si era de verdad un recuerdo o más bien una instantánea que había dejado de pertenecer al pasado tras haberse desprendido de él como un electrón libre: su madre y él -una de las pocas veces que estaban juntos- entraban en una tienda de libros y de cuadros y su madre hablaba con dos hombres, uno sentado a un escritorio, al fondo del local, y el otro con el codo apoyado en la repisa de mármol de una chimenea. Guy Torstel. Jacques Perrin de Lara. Petrificados en ese lugar hasta el fin de los tiempos. ¿Cómo era posible que aquel domingo de otoño en que volvía de Le Tremblay con Chantal y Paul en el coche de Torstel ese nombre no le hubiera sonado de nada, ni tampoco la tarjeta de visita donde, sin embargo, figuraba la dirección del comercio.”

…..

“Acabamos por olvidarnos de los detalles de nuestra vida que nos resultan molestos o demasiado dolorosos. Basta con hacerse el muerto y quedarse flotando suavemente en la superficie de las aguas profundas, con los ojos cerrados. No, no siempre se trata de un olvido voluntario, le había explicado un médico con el que había trabado conversación en el café, en los bajos de los bloques de edificios de la glorieta de Le Graisivaudan. Por cierto que el hombre aquel le había regalado un librito que había publicado en Les Presses Universitaires, El olvido.”

…..

“Recordaba haber ido por una calle al final de la cual se veía el Moulin-Rouge. No se había atrevido a ir más allá del terraplén del bulevar por temor a perderse (…) Quince años atrás, paseaba solo muy cerca de allí, bajo un sol de julio, y ahora era diciembre. Siempre que salía del Aero era ya de noche. Pero para él las estaciones y los años se confundían de pronto. Decidió andar hasta la calle de Laferrière -el mismo itinerario de antaño-, recto, siempre recto. La oscuridad se aclararía al llegar a la parte de debajo de la calle de Fontaine, sería de día y volvería a haber un sol de julio. Annie no se había limitado a escribir las señas en el papel doblado en cuatro, sino también las palabras PARA QUE NO TE PIERDAS EN EL BARRIO, con su letra grande, una letra antigua que no enseñaban ya en la escuela de Saint-Leu-la Forêt.”

(Patrick Modiano, Para que no te pierdas en el barrio, páginas 77-78, 98, 138-139)