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sábado, 16 de julio de 2016

"LA NOCHE DE LOS CANGREJOS": ENTRE EL COSTUMBRISMO Y LA MAGIA



La noche de los cangrejos
Pastor Aguiar

Prólogo de Francisco Acuyo

Etnográfico Ediciones, Granada, 2016, 122 páginas



   Vuelve a regalarnos Pastor Aguiar una nueva antología de cuentos que se unen a los de su primer libro en solitario, Cuentos (Miami, 2012), reeditado y ampliado al año siguiente bajo un nuevo título, Tierrita de la discordia y otros cuentos (Miami, 2013). La miscelánea narrativa de Pastor Aguiar aparece prologada en esta ocasión por una amplia y sobrada introducción, rebosante de erudición narratológica, del escritor granadino, Francisco Acuyo; y de una laboriosa, obsesiva y humorística búsqueda de un título que “con enjundia” abarcara el contenido diegético de las veintiocho piezas narrativas antologadas en esta ocasión por el médico y escritor cubano residente en Miami. Pastor Aguiar se decantó finalmente por La noche de los cangrejos, que rotula uno de los relatos. Cuentos todos ellos enraizados en la Cuba natal, en los bateis, en las “sitierías”, bohíos, mortuorios, maniguas… de la Isla caribeña.

   Un festín de pequeñas historias que brotan de la fantasía y de las experiencias vitales de Pastor Aguiar, porque varios de estos cuentos tienen mucho de autobiográfico de ese Pepito o Pepón que protagoniza algunos de ellos. Historias de iniciación a la adolescencia y a la vida del propio escritor. Protagonismo así mismo de Alonsa, la mujer del principal actante. Cuentos que transitan con naturalidad desde el costumbrismo al realismo mágico. Cuadros de costumbres, bocetos, en general breves, que transcriben, con el plus añadido de pequeñas historias, costumbres, hábitos; que pintan tipos característicos de la sociedad cubana bajo la Revolución, con el propósito de divertir en unas ocasiones, mas sin que esté ausente la crítica social. Pero en los cuadros de Pastor Aguiar de pronto salta lo insólito, la chispa mágica, transitando entre la vida y la muerte. Todo ello configura u abigarrado mosaico de textos altamente expresivos. Historias fuertes, algunas de ellas, a pesar de la aparente y engañosa ingenuidad del autor a la hora de narrar.

   Fijo mi atención en aquellos relatos que más me han impactado. Abre el libro el cuento “Aquellos ojos”: Leo, el protagonista, acude presuroso al hospital donde Alonsa, su mujer, acaba de parir a su hijo, pero queda petrificado cuando ve los ojos del niño, maduros, grises y de piedra blanda, ojos que no corresponden a la edad del nacido, sino a la de su padre. En el segundo relato contemplamos la aparición de Eleno, “tatuado por las penumbras”, camino del arrozal, dando tumbos de borracho y a punto de morir. El tema del velorio, tan propicio para los relatos orales, hace acto de presencia en “La muerte de Eleotoro”: un grupo de amigos asisten al velatorio de Eleotoro que va a morir y quiere hacerlo a lo grande: un bacanal sin mujeres, aunque sí con mucho alcohol. También en “Velorio”, un velatorio sin muerto, porque aún no ha llegado el cadáver. En “Cadáver” el protagonista parece ser el propio autor en su otro oficio de médico forense penetrando en los secretos de la muerte. “Cien y más” nos presenta la historia de Pancracio que se hace longevo, quiere pasar de los cien años sin que le ahorque el aburrimiento, y para ello, después de someterse a cirugía plástica, busca mujer, pero no una vieja, sino  una muchacha de veintiocho primaveras. En otros relatos, presenta el autor las dificultades de convivir en sociedad: con el vecino que es purgante, enema de keroseno. El definitivo remedio salvador será la candela que incendia la propia cerca y la casa ajena. Algo similar se narra en “, Aristo”, el relato de una bronca del protagonista: la pelea con Aristo que, más que real, parece soñada.

   En algunos relatos, la escenas costumbristas contemplan un cierto protagonismo del mundo animal. Protagonismo cruel en “El pobre Isidoro”, por culpa de la maldad del hombrecito  Pitilla que, con lubrificante y candela, convierte el rabo del gato Isidoro en antorcha incendiaria. También en “Perro de raza”, otro relato de partos desmesurados: la perra Dorotea, en vez de parir, parece que está siendo parida, porque “el crío era casi de su tamaño” y, en vez de ladrar, berraba como un chivo (páginas 70-71). Los animales, en este caso una yegua, son el desencadenante de las desgracias de Puro que vive sobre un caballo tristón, porque la yegua Mesalina lo desgració con una coz cuando con ella copulaba.

   Como ya he aludido en los relatos de La noche de los cangrejos, el autor, con cierto disimulo, deja caer sutiles críticas contra el régimen castrista: “el gobierno me lo quitó todo” los fallos diarios del suministro eléctrico, la revoluciones que son alérgicas a homosexuales y travestís…

   Lo que es enteramente cubano y sin ocultamientos es el lenguaje de este tejido narrativo. El autor, como en sus libros anteriores, nos seduce con los multicolores localismos del español de Cuba, hasta el punto de convertirse en muy oportuno el glosario que clausura el libro. Tiene así constancia el lector del significado, entre otros muchos, de “Ponchar la tarjeta” o “Desmochar palmas”.

   Prosas pues muy variadas, con desiguales cargas y contenidos diegéticos, preñadas de excelentes descripciones, y adornadas con el léxico y los giros lingüísticos cubanos, de gran fuerza denotativa y una tonalidad coloquial.



Francisco Martínez Bouzas



                                                       
Pastor Aguiar

Fragmentos



“-¿Y el gato?

-Lo que sigue no parece cosa de este mundo, muchacho, cierra los ojos para que puedas visualizarlo. El techo de la casa de carretas se abrió como si fuera una burbuja, y por allí, sobre la punta de la columna de candela, salió Isidoro arañando el vacío, sin un pelo ya, gato chino el pobre, maullando y ladrando igual que un demonio. Dicen que hubo que taparse los oído, por cierto, es tarde se formó una nube inmensa, y hasta ella llegó la candela con Isidoro, quien le entró por la panza a la nube rajándola de punta a punta. La masa de agua calló  toda junta, como un lago, y gracias que apagó el incendio, de lo contrario no hubiera quedado una casa en pie, y ustedes estarían quién sabe dónde, quizás con Isidoro en el más allá. Un día entero demoró el agua en escurrirse por los callejones, los peces daban saltos sobre la yerba enfangada y la gente los cogía mansitos.

- ¿Y Pitilla?

-De ese desgraciado no se volvió a saber hasta que murieron los viejos, como te había dicho.”



…..



“-Si paso de los cien, que sea como un tren –Decía Pancracio Rubio cada vez que alguien se le atravesaba en el camino.

Ya Pancracio había cumplido noventa y siete años. Vivía solo en un rancho al fondo del batey, justo a la orilla del callejón hondo que culebreaba, separando tierras hasta el sin fin. Su orgullo era, a pesar de la edad, montar acaballo, irse de pesca a la laguna de asiento viejo y bucear en ella en busca de peces ciegos escondidos en cuevas que únicamente él conocía. Además, su mente era clarísima y astuta como la de nadie, no se le escapaba una, sobre todo de cuestiones de números (…)

La vida de Pancra, como era abreviado sobre todo por los más jóvenes, había transcurrido en laboriosa paz, siempre en la finca, pasando por tres dueños. Una vez estuvo casado durante veinticinco años. Cuando enviudó, los tres hijos se perdieron rumbo a la capital de la república en busca de fortuna.”



…..



“Puro vivía sobre caballo tristón. A media mañana entraba en el batey arrente a la tienda del moro, y después de tomar café recién hecho en cada una de las casas, sin apearse jamás de la montura, terminaba su recorrido contra un costado de la nave donde se guardaban los aperos de labranza y las carretas.

Mientras hubiera alguien, sobre todo muchachos, se mantenía como una estatua ecuestre en el lugar. Su voz era inimitable, primero aspiraba todo el aire de la redonda y después, como si le costara esfuerzo, paría el discurso tipo falsete, sin hacer pausa, durante más de un minuto. Yo sigo pensando que tal capacidad era gracias a su caja torácica semejante a un barril.

Abuelo me contó que mucho antes de que yo naciera, Puro era un guajiro alto y fortachón, hasta el día en que Mesalina lo desgració. Pues resulta que el hombre trabajaba de ordeñador al otro lado del río San Lorenzo y cada amanecer lo cruzaba sobre la yegua.”



(Pastor Aguiar, La noche de los cangrejos, páginas 36, 42, 96)

sábado, 5 de abril de 2014

LOS CUENTOS COSTUMBRITAS CUBANOS DE PASTOR AGUIAR




Tierrita de la discordia y otros cuentos

Pastor Aguiar

Editorial Voces de Hoy, Colección: Entre líneas, Miami 2013, 149 páginas.



   Imponderables o fraudes editoriales, y el mismo éxito de la primera edición (2011) han hecho posible que los Cuentos de Pastor Aguiar renazcan en estas fechas en una edición renovada, adornada además con un título más sugestivo. Y esta vez en un nuevo sello editorial (Editorial Voces de Hoy) y con el agasajo además de nueve nuevos relatos de la autoría del médico y escritor cubano americano. Reproduzco en este comentario la reseña que publiqué en su día (2 de septiembre de 2013) de los Cuentos de Pastor Aguiar, agregada benévolamente  como prólogo de esta nueva edición, y en la misma centraré también mi mirada lectora en las tramas de estas nuevas pequeñas piezas narrativas.

   Aunque es su primer libro en solitario, Pastor Aguiar no debuta con él en la literatura. Escritor desde la adolescencia, con múltiples colaboraciones en varios medios y en todos los géneros (lírica, ensayo, narrativa) y con las alforjas bien cargadas de material aún inédito, incluida una novela sobre sus tres viajes en balsa para huir de la Cuba castrista, hoy nos agasaja con esta veintena de cuentos cercanos al género costumbrista, muy arraigado en Cuba y que tuvo en Jorge Onelio Cardozo su máximo exponente y por cuya senda camina la narrativa de Pastor Aguiar.

   El costumbrismo literario se nutre sobre todo de bocetos, no demasiado extensos, que pretenden reflejar los hábitos, usos y costumbres, así como los tipos característicos de la sociedad, animales, labores cotidianas, diversiones, zozobras y también los acontecimientos que se salen de la rutina diaria, con la intención de divertir, a la vez que nos ilustran sobre modelos de vida, sin excluir muchas veces una sutil crítica social. Y en estos cuadros de costumbres encajan sin disonancias los cuentos de esta antología de Pastor Aguiar. Seguramente debido a su conocimiento experiencial, porque la existencia del escritor, en si misma una verdadera novela, quedó marcada para siempre por su trabajo en la zafra desde los ocho años, donde se amamantó con un rico caudal de valiosas experiencias  vividas en el campo cubano: la dura y desabrida experiencia de los campesinos en sus labores agrícolas y en su vida cotidiana, aderezada al mismo tiempo con otras vertientes de la realidad: la imaginación y la fantasía.

   La mayoría de estos relatos, todos ellos de mediana extensión, nos sumergen, en efecto, en el día a día del campesino cubano, en sus quehaceres, fiestas y descansos, en los ventarrones, turbonadas, goteríos, tormentas cuyos truenos se abren paso “como un puñetazo”, en ese sol inclemente de “vidrios rotos”, que formaban parte de la cotidianidad de las labores agrícolas, poblada, sin embargo, de insólitos prodigios y de acontecimientos sorprendentes. Será el globo hecho de tiras de lona que se eleva en la noche estelar con la tía loca dentro, mostrando las maletas del eterno viaje. O el reventón del corazón podrido del viejo puente de madera, a la vez que el pecho del protagonista, arrastrado por las aguas, se llena de vuelos de pájaros. Los rabos de nubes cortadas con el hacha o las tijeras y los rezos que aplacan tormentas. O Pitusa, la loca preñada que deja extasiados a los muchachos con sus tetas crecidas y la preñez agarrándose a las entrañas. O el furor de la tempestad que hace que la vieja Leocadia vea llover gente en el tanque de los animales.

   Cuentos que incluyen así mismo escenas crudas como la castración de los toretes del abuelo, escachándoles los testículos con una tabla de pino, o nos remiten al día a día de las duras faenas agrícolas, como la trilla del arroz o la lucha del pastor contra el ataque de los perros jíbaros que le hace pensar en la terrible tragedia de la muerte.

   Detengo ahora mi mirada lectora en algunos de los nueve relatos con los que Pastor Aguiar completa su antología. “Pobre Mima” es el primero de todos ellos. La historia tierna y a la vez sorprendente de la pobre Mima que pare al protagonista narrador gracias a un estornudo, como si lo defecara. Mima, “ida del queso”, alimenta a su hijo, tanto en lo físico como en lo intelectual de forma sobreabundante, haciendo de él un superdotado en fuerza física y en conocimientos intelectuales. Hasta que lo insólito pone las cosas en su sitio. En “Bravo Mendoza” el lector se encuentra con otra historia inverosímil en la que lo extraordinario se mezcla con la violencia. “El Congo” es la historia de un isleño venido de Canarias. Testigo de  Jehová, decide quemar el ataúd que guardaba desde hacía una década para su propio  entierro, porque ahora cree que su religión le salvará de la muerte. Pero una vez más acontece lo imprevisible, en esta ocasión debido a una coz de su “mujer”, la yegua mansa. “Intento fallido” es un breve relato de aprendizaje: el secreto de la fallida iniciación sexual del protagonista y su prima Elita, ambos camino de la adolescencia y sobrados de curiosidad. En “La victrola” se nos hace partícipes de los gustos por la ópera del protagonista, heredados de la vieja victrola y revividos ahora con “aquellas voces de toros al ser castrados, y aquellos maullidos de mujeres en suplicio”. “La tierrita de la discordia” es el cuento que rotula la nueva edición. Un inconfundible relato costumbrista que nos sumerge en el cotidiano vivir del campo cubano, con las disputas por unos metros de tierra, porque en el campo cubano, como en el de cualquier sociedad tradicional, la propiedad sobre las tierras es sagrada. “La ceiba de Saturnino” es un relato que retrotrae la atención lectora a los primeros tiempos de la Revolución y a los procesos expropiatorios. Rememoración, en este caso de la vieja y gigantesca ceiba que los soldados de la Revolución quieren arrancar para borrar la huella de la propiedad privada porque ahora todo es de un pueblo sin nombre. Pero la naturaleza, ajena a conflictos bélicos y  a políticas humanas, ofrecerá resistencia y, aunque herida, no se dejará domeñar.

   Cuentos populares: sus pequeños o grandes héroes y protagonistas están extraídos de la gente común del labrantío cubano, con sus costumbres, sus creencias y sus fantasías. Que resaltan además el localismo no solo en sus tramas y núcleos diegéticos, sino también en el empleo de una lengua empapada del español de Cuba. Reproducción poco menos que fotográfica de la realidad a base de excelentes descripciones de ambientes, lugares, animales, objetos y utensilios en las que abundan no solo el léxico específicamente cubano, sino también los giros lingüísticos con una gran fuerza denotativa. Todos ello sin traspasar las fronteras de una lengua coloquial abierta y muy natural que convierte a este nutrido ramillete de cuentos de Pastor Aguiar en una real y a la vez fantástica recreación del campo cubano en su amplitud, sobre todo humana, que no incomoda las ansias lectoras, sino que las ilustra con este vivo retrato lleno de colorido de la realidad campesina de la Isla caribeña.



Francisco Martínez Bouzas






Pastor Aguiar




Fragmentos



“Dicen que mi tía se volvió loca con lo del parto. Había estado toda la noche gritando sin que aquello se le saliera del cuerpo. A punto de cantar el manisero, le vino una gran diarrea y con ella el muchacho. Desde entonces engordó mucho, a pesar de que cada día andaba más de quince kilómetros, teniendo en cuenta los caminos rectos hacia los brocales de los pozos y las tres vueltas que les daba en uno y otro sentido, manteniendo los brazos en cruz y enseñándole al cielo los pellejos donde, según ella misma, cargaba con las maletas del eterno viaje.”



…..



“Cuando era la tarde de turbonadas, nos íbamos a jugar a la casa vieja. Era una construcción de madera, techo de hojas y piso de cemento y lozas. Como mis abuelos habían muerto años atrás, la sala y el comedor se adaptaron para escuela. Los dos cuartos se convirtieron en la casa de abono. Allí apilaban los sacos de fertilizantes hasta las soleras, que limitaban la parte superior de las paredes de tablas de pino. Este era nuestro sitio de juegos. Recuerdo que en uno de los escaparates encontré un libro de historias de sexo, donde una muchacha virgen era conquistada. Aquello fue un acontecimiento inolvidable. Lo escondimos debajo de las losas y nos disputábamos el tiempo de leer. Entre los ángulos de las paredes y los sacos, las gallinas escondían nidos y alguna vez tomamos un huevo echado para descascarlo y ver al polluelo con esbozos de plumas que, al moverse, proyectaba el piquito blando sin lograr un pío.”



…..



“En el forcejeo sentí el roce de su pecho y había dos pequeños bultitos.

-Eh, te están saliendo las tetas…

-Ni se te ocurra, que eso es malo -me soltó para cubrirse con ambas manos; pero se reía.

-Déjame tocar una sola vez. ¿No será un relleno de trapos?

-De relleno nada; ¡ya quisieras tú!

-Yo soy hombre, carajo:; lo que tengo es otra cosa. Ya me están saliendo pelos donde tú sabes.

-¡Qué sé yo! Allá tú. Eso no me interesa. Las niñas no tienen que saber  cosas malas.

Tío Martín me había estado contando sobre las mujeres y gracias a él había aprendido a masturbarme; aunque todavía demoraba mucho para sentir la cosquilla y las sacudidas en todo el cuerpo.

-Si dejas que te toque, te doy un pedacito de raspadura de maní.

Ella me miró y después se le fueron los ojos hacia el pomo repleto de raspaduras.

-Bueno, dame la mano. Una vez y nada más.

Cuando le di la mano, el asustado era yo, porque un fogaje desconocido me subió a la cara y las rodillas seme aflojaron. Sin embargo, cuando me llenó la palma con su repunte a teta y sentí el pezoncito hincándome en el centro, me desesperé por descubrir más.”



…..



“Al cabo de una semana, entre desmayos, decenas de aperos quebrados y refuerzos, dejaban una especie de hueco circular de veinte varas alrededor del titán. Para entonces era tan hondo, que los buldózeres no podían avanzar. Aún así, la maraña de raíces era indescriptible en su majestad. Se dividieron en grupos de dos o tres y planearon cortar lo que pudieran entre todos, para después atarle una cadena al tronco y halar con todas las máquinas al hilo.

A los pocos hachazos una cerrazón como no se había visto en décadas, trajo la noche, el diluvio y los truenos, dos de los cuales quemaron sendos buldózeres definitivamente y dejaron sin sentido a cinco hombres, uno de los cuales murió en el hospital Colón.

Al cabo de un mes la laguna se había secado; pero el lodo y las piedras rellenaban todo y apelmazaban los contornos de manera que semejaban un cementado. La Ceiba, rejuvenecida, vibraba como una gigantesca bailarina sobre el horizonte. Hasta entonces y por muchos meses, fue nuestro héroe, nuestra carne y la historia de todas las historias salvándose aún más allá de la muerte.”





(Pastor Aguiar, Tierrita de la discordia y otros cuentos, páginas 11, 26-27, 126-127, 149)

lunes, 2 de septiembre de 2013

"CUENTOS" DE PASTOR AGUIAR: RECREACIÓN REAL Y FANTÁSTICA DEL CAMPO CUBANO



Cuentos
Pastor Aguiar
Editorial Pelícano, Miami, 2012, 135 páginas

   Aunque es su primer libro en solitario, Pastor Aguiar no debuta con él en la literatura. Escritor desde la adolescencia, con múltiples colaboraciones en varios medios y en todos los géneros (lírica, ensayo, narrativa) y con las alforjas bien cargadas de material aún inédito, incluida una novela sobre sus tres viajes en balsa para huir de la Cuba castrista, hoy nos agasaja con esta veintena de cuentos cercanos al género costumbrista, muy arraigado en Cuba y que tuvo en Jorge Onelio Cardoso su máximo exponente y por cuya senda camina la narrativa de Pastor Aguiar.
   El costumbrismo literario se nutre sobre todo de bocetos, no demasiado extensos, que pretenden reflejar los hábitos, usos y costumbres, así como los tipos característicos de la sociedad, animales, labores cotidianas, diversiones, zozobras y también los acontecimientos que se salen de la rutina diaria, con la intención de divertir, a la vez que nos ilustran sobre modelos de vida, sin excluir muchas veces una sutil crítica social. Y en estos cuadros de costumbres encajan sin disonancias los cuentos de esta antología de Pastor Aguiar. Seguramente debido a su conocimiento experiencial porque la existencia del escritor, en si misma una verdadera novela, quedó marcada para siempre por su trabajo en la zafra desde los ocho años, donde se amamantó con un rico caudal de valiosas experiencias  vividas en el campo cubano: la dura y desabrida experiencia de los campesinos en sus labores agrícolas y en su vida cotidiana, aderezada al mismo tiempo con otras vertientes de la realidad: la imaginación y la fantasía.
   La mayoría de estos relatos, todos ellos de mediana extensión, nos sumergen, en efecto, en el día a día del campesino cubano, en sus quehaceres, fiestas y descansos, en los ventarrones, turbonadas, goteríos, tormentas cuyos truenos se abren paso “como un puñetazo”, en ese sol inclemente de “vidrios rotos”, que formaban parte de la cotidianidad de las labores agrícolas, poblada, sin embargo, de insólitos prodigios y de acontecimientos sorprendentes. Será el globo hecho de tiras de lona que se eleva en la noche estelar con la tía loca dentro, mostrando las maletas del eterno viaje. O el reventón del corazón podrido del viejo puente de madera, a la vez que el pecho del protagonista, arrastrado por las aguas, se llena de vuelos de pájaros. Los rabos de nubes cortadas con el hacha o las tijeras y los rezos que aplacan tormentas. O Pitusa, la loca preñada que deja extasiados a los muchachos con sus tetas crecidas y la preñez agarrándose a las entrañas. O el furot de la tempestad que hace que la vieja Leocadia vea llover gente en el tanque de los animales.
   Cuentos que incluyen así mismo escenas crudas como la castración de los toretes del abuelo, escachándoles los testículos con una tabla de pino, o nos remiten al día a día de las duras faenas agrícolas, como la trilla del arroz o la lucha del pastor contra el ataque de los perros jíbaros que le hace pensar en la terrible tragedia de la muerte.
   Cuentos populares: sus pequeños o grandes héroes y protagonistas están extraídos de la gente común del labrantío cubano, con sus costumbres, sus creencias y sus fantasías. Que resaltan además el localismo no solo en sus tramas y núcleos diegéticos, sino también en el empleo de una lengua empapada del español de Cuba. Reproducción poco menos que fotográfica de la realidad a base de excelentes descripciones de ambientes, lugares, animales, objetos y utensilios en las que abundan no solo el léxico específicamente cubano, sino también los giros lingüísticos con una gran fuerza denotativa. Todos ello sin traspasar las fronteras de una lengua coloquial abierta y muy natural que convierte a este nutrido ramillete de cuentos de Pastor Aguiar en una real y a la vez fantástica recreación del campo cubano en su amplitud, sobre todo humana, que no incomoda las ansias lectoras, sino que las ilustra con este vivo retrato lleno de colorido de la realidad campesina de la Isla caribeña.

Francisco Martínez Bouzas



Pastor Aguiar


Fragmentos

“Dicen que mi tía se volvió loca con lo del parto. Había estado toda la noche gritando sin que aquello se le saliera del cuerpo. A punto de cantar el manisero, le vino una gran diarrea y con ella el muchacho. Desde entonces engordó mucho, a pesar de que cada día andaba más de quince kilómetros, teniendo en cuenta los caminos rectos hacia los brocales de los pozos y las tres vueltas que les daba en uno y otro sentido, manteniendo los brazos en cruz y enseñándole al cielo los pellos donde, según ella misma, cargaba con las maletas del eterno viaje.”

…..

“Cuando era la tarde de turbonadas, nos íbamos a jugar a la casa vieja. Era una construcción de madera, techo de hojas y piso de cemento y lozas. Como mis abuelos habían muerto años atrás, la sala y el comedor se adaptaron para escuela. Los dos cuartos se convirtieron en la casa de abono. Allí apilaban los sacos de fertilizantes hasta las soleras, que limitaban la parte superior de las paredes de tablas de pino. Este era nuestro sitio de juegos. Recuerdo que en uno de los escaparates encontré un libro de historias de sexo, donde una muchacha virgen era conquistada. Aquello fue un acontecimiento inolvidable. Lo escondimos debajo de las losas y nos disputábamos el tiempo de leer. Entre los ángulos de las paredes y los sacos, las gallinas escondían nidos y alguna vez tomamos un huevo echado para descascarlo y ver al polluelo con esbozos de plumas que, al moverse, proyectaba el piquito blando sin lograr un pío.”

…..

“El ateje lo apoyaba en su tronco de imponente vigía. Las piernas alargadas hacia la hondonada de cuero de buey y yerba fina; en la mano derecha una vara, con la que espantaba piedrecillas y de vez en vez se azotaba las puntas de los zapatos da yagua, varados al borde de un trillo, que desde el rancho, ondulaba por los yerbazales y se perdía hacia la salida del sol. Par de kilómetros al frente espejeaban unas colinas salpicadas de yuraguanos y almácigos raquíticos, con algunos cayos de marabú intercalados. Por la izquierda el juncaral de Arango, repleto de mancaperros y zarzas. Por la derecha, el rancho encerrado en la arboleda con su techo de hojas de palma real y caballete de yaguas, asomándose a los retozos del tiempo.”

(Pastor Aguiar, Cuentos, páginas 11, 30, 69)