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domingo, 1 de enero de 2017

"AÑOS SALVAJES". LA OBSESIÓN POR LA OLA PERFECTA



Años salvajes

William Finnegan

Libros del Asteroide, Barcelona 593 páginas.



   Barbarian  Days. A Surfing Life obtuvo en el año recientemente concluido el Premio Pulitzer a la mejor biografía; fue considerado por el jurado del premio una extraordinaria exploración en un arte exigente  y muy poco entendida. Su autor es el periodista William Finnegan quien cuenta en la obra sus propias experiencias, su oculta pasión por el mar, por el surf; y cómo todas ellas configuraron su vida. El libro, publicado recientemente por Libros del Asteroide, está logando un gran éxito entre los lectores porque se le reconoce como una obra maestra, y además porque conecta con inusitada fuerza con las tendencias lectoras de estos comienzos del siglo XXI: la indagación de lo real, de lo verídico puesto que da la impresión de que es lo único que funciona. Lo expresó con meridiana claridad Delphine de Vigan en su última novela, Basada en hechos reales: “Actualmente la única razón de ser de la literatura es la autobiografía: describir la realidad, decir la verdad”. Y es eso precisamente lo que hace William Finnegan. Tengamos en cuenta además que toda escritura que versa  sobre uno mismo, es ya de por si una novela.

   En Años salvajes, título de la traducción española, halla el lector unas excitantes memorias en las que el periodista del New Yorker confiesa su descubrimiento del surf, y todo lo que eso significó en su existencia. El periodista, que había cubierto conflictos bélicos en todo el mundo, decidió “salir del armario” y relatar sus experiencias como surfista. El resultado es una cautivadora historia de aventuras en la búsqueda de la ola más perfecta por los mares de medio mundo; un relato clásico de viaje iniciático en conjunción con una profunda reflexión sobre el ser humano, la amistad y la familia.

   Hasta la edición de este libro de memorias daba la impresión de que el surf se resistía a ser tratado de forma literaria, y que su comprensión era un privilegio exclusivo de unos pocos iniciados: los practicantes de esta cabalgada sobre las olas. El surf llevó a Finnegan por todos los mares del mundo; y como los verdaderos surfistas aventureros, salió en búsqueda de la soledad y de la ola perfecta y virginal. William Finnegan la halló en el año 1978 en una minúscula isla de Fiji, y, mientras la observaba con los prismáticos, se olvidó incluso de respirar.

   Encontrar la ola perfecta equivale para el autor a descubrir el sentido de la existencia. Sin retóricas relamidas y cursis, sin alardes ni trivialidades y con el surf como hilo narrativo conductor, William Finnegan nos agasaja con un regalo literario, una extensa road movie no solo sobre el surf, sino también sobre los seres humanos, sobre la amistad y el amor, e incluso sobre cómo vivir. Eh aquí pues alguna de las razones que convierten a esta obra en literatura adictiva.



(Traducción del texto publicado en gallego el 27 de diciembre de 2016 en el periódico El Correo Gallego de Santiago de Compostela. Para ver el original, pinchar aquí)



Francisco Martínez Bouzas




William Finnegan

Fragmentos



“El surf tenía -y sigue teniendo- una acerada veta de violencia que lo recorre de arriba abajo. Y no me refiero a esos palurdos que uno se encuentra en el agua -o a veces también en tierra firme- y que ponen en cuestión el derecho que uno tiene de a surfear en determinada ola. Las exhibiciones de fuerza física, habilidad, agresividad, conocimiento del área y deferencia hacia los superiores que se usan para establecer la jerarquía habitual en el pico -y esa es una preocupación constante en todas las rompientes famosas- supone una danza simiesca en busca de la dominación/sumisión que se lleva a cabo sin violencia física. No. Me refiero a la hermosa violencia de las olas que rompen. Y esa violencia no desaparece jamás. En las olas pequeñas y más débiles es una violencia suave, benigna que no supone ninguna amenaza y que siempre está bajo control.  No se trata más que de la gran hélice del océano que nos propulsa y nos permite jugar.”



…..



“El quinto día, o quizás fuera el sexto, por fin surfeamos. Las olas eran aún más pequeñas pero estábamos tan impacientes que nos pusimos en movimiento en cuanto vimos el primer atisbo de marejada. Olas por el muslo iban cruzando el arrecife, pero casi todas eran demasiado rápidas para surfearlas. Aun así, las pocas que cogíamos eran maravillosas. Tenían forma de tirachinas. Si podías hacer una rápida bajada cruzada, alcanzar la suficiente velocidad para que la curva no pasara de largo y luego conseguía trazar la trayectoria correcta, la ola parecía levantar  la cola de la tabla y arrojarla sobre la línea, una y otra vez, mientras el labio iba rompiendo continuamente por encima de tu espalda (un momento peligroso que normalmente solo dura un instante, aunque allí parecía durar, por imposible que fuese, medio minuto o más. El agua se iba haciendo menos y menos profunda y hasta las mejores olas terminaban mal, pero la velocidad era de ensueño. Nunca había visto una ola que fuese cerrando con tanta perfección.”



…..



“Lo portentoso de aquella ola era la velocidad que se alcanzaba en su interior. En Paúl, solía estar transparente, lo que causaba un efecto perturbador cuando uno hacía el takeoff. A veces, cuando cogías la ola y te ponías en pie sobre la tabla, e imaginando que todo iba a ajustarse al plan previsto, hacías un brusco giro a la derecha, el fondo no se movía en absoluto. Los grandes peñascos blancos del fondo no se habían movido de sitio, o incluso parecían haberse alejado un poco hacia atrás. Este efecto se producía porque se metía tanta agua en el hueco de la ola que, pese a la velocidad  a la que avanzaba la tabla, uno estaba, en términos de tierra adentro, inmóvil por completo. Y este efecto, una vez más, no era una conducta normal del océano. Pero unos instantes después de esta animación suspendida que te revolvía el estómago, de pronto empezabas a avanzar a toda velocidad a lo largo de la costa, y los peñascos del fondo se convertían en una blanca franja borrosa bajo el agua azul. Ibas tan deprisa que, en  una ola que tuviera un buen ángulo con respecto al oeste, podías surfear durante cien metros sin que pareciera que te estuvieras acercando a la costa.”



(William Finnegan, Años salvajes, páginas 118- 267-268, 484)

jueves, 1 de diciembre de 2016

LA PATERNIDAD, UN PUNTO ÁLGIDO EN LAS RELACIONES DE PAREJA



El padre infiel
Antonio Scurati
Traducción de Xavier González
Libros del Asteroide, Barcelona, 233 páginas.

   Antonio Scurati (Nápoles, 1969) está convencido, con el protagonista de El padre infiel, que la actual es la primera generación que vive una profunda transformación en múltiples aspectos: entre ellos, en el rol paterno y en la naturaleza y funcionalidad de la pareja en el día de hoy: “Cuando la pareja alcanza su punto álgido, desaparece. Muere. Ya no existe. Da lugar  a la familia.” Ese punto álgido puede ser el nacimiento de un hijo. Y la novela, El padre infiel, pretende dar cuenta de ese proceso a través de un protagonista, Glauco Ravelli, que cuenta su historia desde el principio, remontándose a sus inicios en la edad adulta, a sus prolegómenos como padre y esposo, extraído todo del álbum de los recuerdos. Todo al inicio de un nuevo milenio rebosante de promesas de felicidad, tras un interminable siglo XX repleto de banalidades del mal.
   A pesar de que para el protagonista la familia es una fantasmagoría consumista, decide dar inicio a su vida adulta desprendiéndose de la nobleza arrogante de la misantropía -la heroicidad de su juventud- y formar una familia. Lo hará con Giulia, un amor que germinó y creció a pesar de su misoginia; si bien la razón última de tal paso no fue el enamoramiento sino el aburrimiento. Después de una velada en el más grande festival del mundo dedicado a los quesos, decide, no con el corazón sino con la cabeza, que se enamoraría de Giulia. Y, en efecto, se enamora sin ficciones, sin tropos. Lo que sigue es la historia de una derrota; su primer eslabón es el conocimiento de que va a ser padre; y su final lo anticipa el autor mediante una prolepsis, en una confesión entre sollozos de la esposa:”Quizás no me gustan los hombres”. Pero no es que Giulia hubiera decidido salir del armario del lesbianismo; no, es una confesión de derrota, que no puede más, que no soporta vivir con ese hombre con el que comparte su vida.
   Había transcurrido ocho años desde que se habían conocido, cuatro desde el matrimonio y tres desde el nacimiento de la hija, pero Glauco Ravelli, licenciado en filosofía, cocinero de oficio, es un varón ontológicamente  infiel, si bien la novela es parca en infidelidades carnales. Es infiel a la genitalidad. Después de descubrir e ilusionarse con la paternidad  como experiencia maravillosa, sus cuarenta años, el proceso depresivo de la esposa tras el parto y su rechazo del sexo, hacen que se sienta extraño, alejado y no preparado para el papel de padre; un desempeño que  le exige enfrentarse a problemas -la tiranía infantil, entre otros-, y realizar tareas poco satisfactorias relacionadas con la paternidad. Es el anti-clímax que pone en peligro las relaciones, especialmente las pasionales, con la compañera y que, a la postre, desembocara en la crisis familiar.
   El padre infiel es un crudo retrato de la crisis de la paternidad en las sociedades avanzadas en los inicios del siglo XXI, en el contexto de una sociedad que ha transformado la paternidad y la maternidad en una experiencia obligatoria, en un debe, que hace abstracción, sin embargo, de las exigencias que las mismas implican; y que provocan la infidelidad, no a la esposa, sino a la hija y a las tareas del día a día que impone el hecho de ser padre.
   Antonio Scurati nos ofrece una novela que amalgama ficción y ensayo con no pocas veleidades filosóficas. Se percibe en sus páginas, entre multitud de anécdotas y reflexiones, una crítica sobre el modelo familiar y el rol de la paternidad especialmente en el mundo actual. El autor sabe, no obstante, mantener el equilibrio entre el relato  y la reflexión ensayística. Los personajes, fundamentalmente el del padre cocinero, están bien diseñados. Glauco Ravelli no es un actante plano; evoluciona a lo largo de la novela. Menos elaborada es la figura de Giulia, la esposa. Scurati se fija en su físico atractivo y hermoso, pero no indaga en sus aspiraciones. El tercer personaje, la hija, no dice nada, mas su silencio es elocuente, y permite leer en el mismo lo que quiere de sus padres. El estilo de la lengua no es intranscendente  en este libro: la frialdad quirúrgica  de la narración, ajena a cualquier grandilocuencia, se vuelve menos gélida cuando describe la atmósfera familiar.
   Libro escrito con una tonalidad confesional que nos invita, e incluso nos obliga, a reflexionar sobre nuestra propia existencia cotidiana, sobre hechos teóricamente tan habituales como la convivencia familiar, la crianza  de los hijos, y especialmente sobre el papel de los hombres en la crianza de los mismos. La confesión del protagonista es a la vez feroz y consoladora, luciferina y candorosa, mas no carente de situaciones que nos divierten.

Francisco Martínez Bouzas

                                                 
Antonio Scurati
Fragmentos

“Más tarde descubrirás que el mito de la familia y la fantasmagoría consumista son dos caras de la misma moneda. Un día lejano descubrirás que ninguna de las dos será nunca tu cara. Tendrán, sin embargo que pasar muchos años, por ahora solo tienes un vago presentimiento. Sí, porque en el fondo ya intuyes que, si en el XIX el conde Tolstói escribió que todas las familias felices se parecen, pero que cada familia infeliz lo es a su manera, hoy, a principios del XXI, la única familia feliz es la de las galletas cubiertas de azúcar granulado.”

…..

“Dejé la búsqueda del sentido de la vida. Y de repente comprendí: éramos unos viejos. Éramos una veintena de hombres y mujeres próximos a tener nuestro primer hijo y, sin embargo, aparte de los de Comunicación y Liberación, de la chica magrebí y tal vez de un par más entre nosotros, teníamos todos edad para ser abuelos. Nos sentábamos con las piernas cruzadas en el suelo desde hacía menos de veinte minutos y las articulaciones de las rodillas, la unión entre el muslo y la ingle ya se habían anquilosado. A nosotros, los hombres, salvo raras excepciones, ya nos escaseaba el pelo o estábamos calvos; y nuestras mujeres, incluso antes de amamantar, tenían ya casi todas los pechos caídos.
Ahora me quedaba  clara la nota discordante que había captado en nuestra heroica patrulla desde el momento en el que me senté: era un problema de edad pura y simplemente. Éramos por partida de nacimiento incongruentes con la primera paternidad y la primera maternidad.”

…..

“Sentía en efecto -sería injusto negarlo-  una gran pena por esa mujer nominalmente fuerte, derrumbada  psíquicamente  en el preciso instante en que había parido a su primer hijo; pero también sentía -sería inútil esconderlo- una intensa rabia centrífuga respecto a esa impredecible derrota suya.
Conservamos muchas fotografías de esos días, pero si alguien nos hubiese retratado anteriormente como pareja, en el centro de la imagen se vería a un hombre que vuelve su mirada hacia la parte superior derecha, en busca de una imposible  línea de fuga, y la nuca delgada de una mujer con un corte de pelo masculino. Eso era lo que quedaba de nosotros desde que rompió aguas; dejamos de ser una pareja un instante después de habernos convertido en una familia.”

(Antonio Scurati, El padre infiel, páginas 26, 62-63, 122-123)

viernes, 13 de marzo de 2015

LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL EN LAS CRÓNICAS LONDINENSES DE AUGUSTO ASSÍA



Cuando yunque, yunque
Cuando martillo, martillo
Augusto Assía
Prólogo de Ignacio Peyró
Libros del Asteroide, Barcelona, 2015, 476 páginas

   Libros del Asteroide  reedita en un solo volumen las crónicas de la Segunda Guerra Mundial que el periodista gallego Augusto Assía, pseudónimo de Felipe Fernández Armesto (A Mezquita, Ourense, 1906 – Messía, A Coruña, 2002), escribió desde Londres como corresponsal para el periódico barcelonés La Vanguardia. Sus crónicas de la Guerra, percibida desde Londres, aparecieron como libros en 1946 (Cuando yunque, yunque) y en 1947 (Cuando martillo, martillo). El autor fue uno de los grandes periodistas españoles del siglo XX: el único que desde Londres informaba de la Guerra; el único, así mismo, con Carlos Sentís, que pudo cubrir los juicios de Nuremberg. Augusto Assía está considerado sobre todo como uno de los padres en España de la crónica internacional  Personaje controvertido, aureolado por una gran personalidad, pero también por incógnitas y misterio. Su dimensión escondida ha sido investigada profusamente  en los últimos años: activista en el Berlín de 1930 de la Internacional Socialista, agente del servicio de espionaje británico, miembro del Partido Comunista de España en los años 30 según la historiadora rusa Natalia Kharitonova, defensor “templado” en 1967 de la equiparación de derechos del gallego con el español, lo que le acarreó una multa del ministro de Información y Turismo franquista, Fraga Iribarne, al director del periódico en el que publicó el artículo reivindicativo. Años más tarde, sin embargo, fue demandado por un partido nacionalista gallego y por el sindicato Comisións Labregas a los que había acusado de colaborar con grupos terroristas.
   La obra que acaba de publicar Libros del Asteroide, nos ofrece en un solo volumen una visión global de la percepción de la Guerra por el periodista desde la capital inglesa: desde sus primeras impresiones, tras llegar a Londres, después de haber sido expulsado de la Alemania nazi, censurado por la República española y por la dictadura franquista, hasta el final de la Guerra.
   Cuando yunque, yunque recoge una selección de textos publicados durante la primera parte de la contienda, la “guerra defensiva”, en la que el sur de Inglaterra y la capital británica eran presa de las bombas de la Luftwaffe con el resultado de al menos cuarenta y tres mil víctimas mortales y más del doble de heridos. Son crónicas que se extienden desde el 3 de diciembre de 1939 hasta el 26 de julio de 1943. La segunda parte, Cuando martillo, martillo rescata los textos cablegrafiados  desde julio de 1943 hasta el 8 de mayo de 1945. Un conjunto selecto de crónicas que retratan la segunda fase bélica, la “guerra ofensiva”.
   En su conjunto, más de un centenar de crónicas en las que, como afirma el prologuista, Ignacio Peyró, Augusto Assía no se limita a ofrecer el parte diario de la guerra. Informa de los aspectos bélicos de la contienda (el regreso de las tropas inglesas procedentes de Dunquerque, los terroríficos ataques alemanes sobre Londres, sobre Coventry, el peligro de los submarinos alemanes, el desembarco de Normandía, el salto sobre Italia, o la victoria narrada desde un rascacielos neoyorquino), pero, al mismo tiempo, profundiza en la esencia y en las costumbres de un país muy peculiar, baluarte de las libertades y al mismo tiempo atado como ningún otro a sus tradiciones. Hay igualmente artículos centrados en personajes ingleses: en Churchill sobre todo, en el que Augusto Assía ve la quintaesencia del espíritu británico; en Lord Lovat, un joven aristócrata, figura deslumbrante de los comandos ingleses, en Bernard Shaw en su ochenta y ocho cumpleaños, un texto rebosante de humor.
Londres bombardeada por la Lutfwaffe
   En todas las crónicas, escritas en un tiempo complejo, Augusto Assía, anglófilo convencido y declarado, supo mantener, incluso en los peores momentos para Inglaterra, su propia visión del mundo, y el convencimiento, que manifestó desde los primeros momentos, de que la derrota de los nazis era obvia, que el nazismo tampoco podría contra la fuerza de la libertad, repitiendo la historia de Luís XIV, de Napoleón o del Káiser Guillermo II.
   Cuando el mundo está a pocos meses de conmemorar el septuagésimo aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, las crónicas de Augusto Assía, escritas en un clásico y refinado estilo literario y perfectamente contextualizadas por un amplio prólogo de Ignacio Peyró, constituyen un material único, una visión lúcida y muy realista del conflicto bélico, de sus causas y atroces consecuencias. Con un balance igualmente muy clarividente: “Hitler se había echado montañas arriba contra el curso de la Historia, contra el poder de la libertad, contra la fuerza de la gravedad”. “Solo un loco pude intentar de nuevo la tarea de dominar Europa.”

Francisco Martínez Bouzas

                                                     
Augusto Assía
Fragmentos

“Tras pasar por vigésima vez el Canal, esta tarde he caído en un Londres de tal modo disimulado y parapetado contra los ataques aéreos, que apenas si le puedo reconocer. Toda mi erudición, como la del personaje dickensiano Sam Weller, peculiar y extensa, la encuentro enterrada entre sacos de arena, escamoteada bajo el camuflaje o huida hacia no se sabe qué paraderos. Tengo la sensación de estar en una ciudad desconocida.
 Del Eros de Piccadilly, lo mismo que de la estatua de San Jorge, no queda más que el sitio. Ambas han desaparecido bajo una pirámide protectora.
 A los obscuros tejados de las grandes fábricas, de los hospitales y las estaciones, les han surgido inesperados colores.
 La taberna de Simpson, en la Colina de los Cereales, donde se refugia la tradición culinaria inglesa desde hace siglos, se halla resguardada por un imponente parapeto.
Envuelta en obscuridad y niebla, la ciudad semeja el fondo de un inmenso océano, y los londinenses, buceando por las calles con sus lámparas eléctricas, parecen peces fosforescentes.
 En medio de este mundo de confusión y pesadilla sigue latiendo sin cesar la circulación y la vida de la gran metrópoli. En la riada del tráfico han aumentado los camiones y disminuido los coches de lujo. Suben y bajan por el Támesis los barcos que cosen el Imperio. Entran y salen los trenes en las veintiocho estaciones. Se elevan y descienden los aviones en los cinco aeródromos.”

…..

“A la misma hora en que la guerra entraba en el quinto año, las tropas anglosajonas han abierto su último acto penetrando en el continente, dispuestas a dar el golpe de gracia a Italia, dejar sin uno de sus puntos de apoyo al Eje y coger del revés las posiciones alemanas sobre el Mediterráneo, los Balcanes y Francia.
 Si alguna sorpresa ha provocado aquí el desembarco sobre Italia, es su tardanza después del victorioso remate de la campaña siciliana. Muchas gentes creen que este retraso se ha debido, empero, no a causas puramente bélicas, sino a otras razones menos tangibles y más ocultas, cuyo producto puede cosecharse ahora de un momento a otro.
 La idea de que las tropas italianas no harán más que una resistencia simbólica, semejante a la que opusieron algunas fuerzas francesas cuando el desembarco del norte de África, está muy extendida aquí, hasta el punto de que a nadie le extrañaría que si las tropas anglosajonas logran consolidar sus cabezas de puente y hacerse firmes en tierra italiana, el segundo acto de la operación consista en la solicitud de condiciones para capitular por parte de Italia. El general Eisenhower –se dice aquí– tiene amplias instrucciones y poderes absolutos, como general en jefe, para resolver cualquier emergencia que pudiera presentarse.
 De tal manera descartan aquí la posibilidad de que Italia pueda intentar siquiera presentar lucha “auténtica”, que las únicas especulaciones que pueden oírse respecto a la oposición con que habrán de encontrarse los anglosajones giran alrededor de las fuerzas alemanas situadas en la península. Estas pueden equivaler a varias divisiones, reforzadas por la considerable cantidad de material y hombres que lograron salvar de Sicilia, y apoyadas por un número de cazas bastante considerable, situados en el centro de Italia. Pero, sin fuerzas de bombardeo aéreo y sin protección marítima, todo lo más que los alemanes podrán conseguir es batirse en retirada. Nadie parece creer aquí que estén en condiciones de establecer una línea sólida, por lo menos hasta el río Po.”

(Augusto Assía, Cuando yunque, yunque. Cuando martillo, martillo, páginas 7-8, 249-250

martes, 27 de noviembre de 2012

YORAM KANIUK, "1948"

1948
Yoram Kaniuk
Prólogo y traducción de Raquel García Lozano
Libros del Asteroide, Barcelona, 2012, 225 páginas.


   En estas fechas en las que los truenos de guerra entre Israel y el pueblo palestino han estado explotando de nuevo y provocando cientos de muertos, es preciso volver leer a Yoram Kaniuk, uno de los grandes escritores israelíes,  sin duda alguna el menos convencional, para comprender una vez más el desatino y las aberraciones de la guerra, de todas las guerras, y de manera muy especial de aquellas en las que la inconsciencia y el patriotismo puede hacer llegar a pensar que morir en plena juventud nos dota de un aura gloriosa. Es lo que refleja la novela autobiográfica, 1948, de Yoram Kaniuk, editada recientemente por Libros del Asteroide.
   Kaniuk es un judío atípico-judío de nacionalidad pero no de religión-, un sabra nacido en 1930 en la Palestina ocupada por los ingleses y descendiente de judíos askenazíes emigrados de Europa. Con diecisiete años formó parte del Pamaj, una fuerza paramilitar de choque con la que participó en la guerra árabe-israelí de 1948.
   Rescatando sus recuerdos con gran autoridad moral (Kaniuk nunca fue un antisemita), escribe esta novela que nos acerca a las memorias de un joven que participó en aquella guerra, mas sin tener nunca claro si, como judíos, necesitaban de un Estado. Él lo que perseguía era dotar de un hogar a los miles de judíos que deambulaban por todo el mundo.
   En la novela-biografía se fusionan memoria, imaginación y el paso del tiempo. El hilo conductor no es otro que el desenvolvimiento de la guerra, las injusticias y crueldades, la cobardía, tanto de árabes como de los mandos judíos, pero sin olvidar la heroicidad de muchos otros y el fanatismo de los judíos ortodoxos. 1948 es pues la permanente paradoja del judío capaz de entender las dos caras de la moneda, que no acepta los mitos fundacionales del Estado israelí, ni los de su religión.
   Kaniuk comprende a los que ocuparon la tierra palestina, supervivientes en su inmensa mayoría del Holocausto, pero no se siente empujado por ningún imperativo categórico inexcusable a conquistar un Estado para acoger a estas víctimas, expulsando para ello a los árabes de sus casas y de sus tierras. El año de 1948 es una fecha execrable, porque en eses días explotó una guerra que aún no terminó y que continúa provocando una buena parte de los conflictos que arrasan el mundo y miles de muertos. Durante ese año -y esta es la línea argumental que está por debajo de la novela del sabra Kaniuk-, se comenzó a aliviar una tragedia, la del pueblo que sufrió el mayor genocidio de la historia, mientras nacía otra, con millones de refugiados e incontables muertos. He  ahí pues lo absurdo de la guerra.

Francisco Martínez Bouzas

(Texto publicado en gallego el día 27 de noviembre de 2012 en el periódico El Correo Gallego de Santiago de Compostela. Para ver el texto original, pinchar aquí)



Yoram Kaniuk

Fragmentos

“Iba caminando por el kibutz. Me encontré con una mujer que dijo en tono burlón que estaba muy orgullosa de que yo hubiese conquistado Cesarea y que a sangre y fuego Judea ha caído, a sangre y fuego se alzará. Le dije que eso era del Etzel y ella dijo: hoy todo es el Etzel y me invitó a su habitación. Sacó un vaso, metió una resistencia eléctrica en el agua, la calentó, sirvió dos vasos de té flojo y se echó a llorar. Le pregunté por qué lloraba. Dijo que se llamaba Tzila y que tenía frío. Dije: te daré mi cazadora. Dijo no era eso lo que la calentaría. Preguntó: ¿sabes que aquí vivió Hannah Senesh? (una integrante de la resistencia judía contra el nazismo durante la segunda guerra mundial). Aquí llorábamos juntas. Es estupendo que hayas sacado de Cesarea a los bosnios nazis. Según los mapas allí hay un acueducto romano y un anfiteatro, y nosotros somos judíos, nosotros haremos algo por eso. Pregunté: ¿contra quién? No respondió, tomé un sorbo de té. Yo no sabía qué hacer, me disculpé y me fui.”

…..

“Yo no conocí al Palmaj en su época dorada, a comienzos de los años cuarenta, cuando sus miembros trabajaban en los kibutz, robaban en los gallineros, cantaban canciones alrededor de las hogueras y orinaban juntos para apagar el fuego. El Palmaj que yo conocí durante la guerra ya no era unas fuerzas  de choque. Eran unos batallones de combatientes. No era agradable. Era un instrumento genial y feroz,  astuto, valiente y airado, que salió sin saberlo,  a fundar un Estado para el pueblo de Israel.”

(Yoram Kaniuk, 1948, páginas 113, 213)

miércoles, 23 de febrero de 2011

TREN A PAKISTÁN, UN CLÁSICO DE LA LITERATURA INDIA


Tren a Pakistán
Khushwant Singh
Traducción: Marta Alcaraz
Libros del Asteroide, Barcelona 2011,246 páginas.

   Tren a Pakistán, una de las novedades editoriales con las que Libros del Asteroide inaugura el año 2011, surge de una experiencia. En agosto de 1947, poco antes de la partición del Indostán en dos estados independientes, India y Pakistán, Khushwant Singh, abogado en prácticas en Lahore, se dirigía a la residencia veraniega familiar, al pie del Himalaya. De pronto en una carretera controlada por los musulmanes y casi siempre vacía, se encontró con un jeep cargado de sijs, que, a voces y llenos de orgullo, le relataron como acababan de asesinar a todos los moradores de una aldea musulmana. Fue  a partir de esta experiencia y de otros testimonios como K. Singh decide escribir este clásico de la literatura india, publicado en inglés, la lengua franca del subcontinente.
   Tren a Pakistán es por supuesto ficción, pero ficción que se basa y se incrusta en la realidad histórica, en lo acaecido en el Indostán, en la colonia británica, en 1947: el terrible caos y la violencia provocados por la partición del territorio en dos países: un Pakistán musulmán y una India hindú. Lo que durante siglos había sido una convivencia pacífica entre hindúes, musulmanes y sijs de pronto estalló y se convirtió en una absoluta intolerancia que se extendió con la rapidez y virulencia del monzón. Los disturbios se multiplicaron generando oleadas de desconfianza en las tres comunidades, que se acusaban mutuamente de ser los causantes de los mismos. Millones de desplazados huyen de la muerte o son deportados a la fuerza. Y es el tren, una de las grandes imágenes icónicas de la India, el que servirá de medio para escapar de la barbarie y del horror. Pero hubo ocasiones en las que el tren se transformó en la máxima expresión del odio y del espanto: trenes cargados de musulmanes fueron asaltados por sijs, masacrando a todos sus ocupantes y enviándolo a su destino, Pakistán. Del otro lado, una respuesta igual de horrorosa y contundente: trenes cargados de sijs asesinados llegaban al territorio indio.
   Basándose en esta realidad histórica, Khushwant Singh crea un texto narrativo, inyectando ficción en la realidad histórica. Como marcador semántico que es, desde ese momento todo queda sometido a las leyes de la ficción. En rigor, pues, no es esta una novela histórica. La historia queda anulada es verdad, pero la trágica y a la vez hermosa historia que narra K. Singh, la ilustra bellamente.
Khushwant Singh
   Quizás por eso el autor, en vez de narrar la partición del Indostán en términos políticos, focaliza su mirada e una remota aldea del Punjab, que todavía no se había visto contagiada por el miedo y la locura colectiva, profundizando en los acontecimientos locales y explorando sobre todo la dimensión humana de sus protagonistas, captando con aguda sensibilidad y describiendo con credibilidad todo el horror que en ese lugar perdido se producirá. Es la aldea de Mano Majra, anclada en la artificial frontera que divide  a los dos países. Sus habitantes viven a ritmo del tren que pauta sus actividades, sus sueños y despertares en pacífica convivencia. Así había sido siempre hasta ese fatídico verano del 47. En esa fecha, unos bandidos   (“dacoits”) asaltan la casa del prestamista al que roban y asesinan. Es el único hindú del pueblo, morador de una de las tres casas de ladrillo. El resto, musulmanes y sijs, viven sumergidos en la miseria A  partir de ese momento se desencadena la trama. Primero, la investigación policial y judicial por parte de los funcionarios locales, ineptos, corruptos y torturadores. Y un día, entre medianoche y el alba, arriba a la estación de Mano Majra un tren fantasmal proveniente del lado pakistaní, con un siniestro cargamento: miles de sijs asesinados. La aldea se convierte así en el cruce de caminos, de odios y en el paso del río que arrastra flotando hombres y mujeres bárbaramente destripados o mutilados.
   Khushwant Singh, echando mano de una prosa suntuosa y envolvente y con un dominio perfecto del arte de la descripción detallada, entreteje con gran habilidad las peripecias individuales, enmarcándolas en este friso espantoso y demente. Y sobre todo nos acerca al lado humano de sus personajes, víctimas del incendio de la locura colectiva y de una estratificación social perniciosa, basada en las castas y en la religión, tal como nos muestra el siguiente párrafo: La India sufre de estreñimiento por haberse empachado de tantas tonterías. Tomemos como ejemplo la religión. Para los hindúes, significa poco más que las castas y las vacas protegidas. Para los musulmanes, circuncidarse y comer carne kosher. Para los sijs, llevar el pelo largo y odiar al musulmán. Para los cristianos, hinduismo con salacot. Para los farsi, adorar el fuego y alimentar a los buitres. La ética, lo que debería ser el meollo de cualquier código religioso, ha sido cuidadosamente eliminada” (página 230).