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viernes, 8 de agosto de 2014

EL INEXORABLE Y FUGAZ PASO DEL TIEMPO Y SU LARGA NOCHE



Las lágrimas de San Lorenzo

Julio Llamazares

Punto de Lectura (Santillana Ediciones Generales), Madrid, 2014, 191 páginas.



   Afirma Julio Llamazares que un buen libro es aquel que es capaz de dar calambres, conmover y perdurar en la mente del lector. Y sin ningún género de dudas  Las lágrimas de San Lorenzo  logra esos objetivos, porque en primera y en última instancia es un libro sobre todo intimista. Una historia que fundamentalmente transmite recuerdos, nostalgia, melancolía. Julio Llamazares, el escritor solitario como lo suelen llamar aunque no lo es, escribe además para hacer pensar. Escritura de reflexión por lo tanto. Son éstas las coordenadas de esta pieza literaria, que marcan también toda su literatura: un gran elenco de la conmoción  y sobre todo de la soledad. Soledad, melancolía, nostalgia, conciencia del irremediable paso del tiempo es lo que el lector hallará en esta novela con tantas costuras con el libro que le proyectó literariamente a su autor: La lluvia amarilla. Si en la novela publicada hace más de veintiséis años, es un pueblo el que queda consumido por la soledad, en Las lágrimas de San Lorenzo es un hombre que habla con su hijo mientras los dos contemplan las estrellas. Por eso mismo, reconoce el escritor que su literatura es sumamente previsible, siempre está escribiendo el mismo libro, si bien con múltiples matices aunque con el mismo gran tema de fondo: el sentimiento de extranjería y la perplejidad y extrañeza ante la realidad.

   La trama argumental de la novela es no obstante muy simple: “Una emocionante historia sobre los paraísos e infiernos perdidos -padres e hijos, amantes y amigos, encuentros y despedidas- que recorren toda una vida entre la fugacidad del tiempo y los anclajes de la memoria”, tal como la describe la presentación editorial. Esa emocionante historia toma cuerpo con el regreso a Ibiza de un trashumante profesor de lengua y literatura española que, con la cincuentena cumplida, se reencuentra con su hijo Pedro, un adolescente de doce años, fruto de su relación sentimental con Marie. Su experiencia vital está fundada en un deambular por Europa, con viajes, encuentros y desencuentros: Constanza, Utrecht, Liubliana, Toulouse, Bari, Uppsala, Coimbra, Iasi; sus amores con Carolina, Nicole, Tanja; sus amistades; los recuerdos familiares del abuelo Ovidio, del hermano Ángel, de su tío Pedro. Y en Ibiza, tumbado con su hijo en la playa el día de San Lorenzo, contempla el cielo estrellado y la lluvia de cometas que fugazmente cruzan el cielo. Mientras contempla la noche estrellada, absortos los dos por esas estrellas fugaces, excitado así mismo por la lluvia de olores campestres y marinos, le invade el recuerdo y en su memoria afloran situaciones ya vividas en tiempos pretéritos con su familia, amigos y amantes. La contemplación de esas estrellas hace muchos años en la era de su pueblo, también en una noche de San Lorenzo; las muertes de su abuelo y hermano; la desaparición de su tío en la contienda española, el Alzhéimer de su madre; la ruptura con la madre de su hijo. Y especialmente Ibiza en un tiempo de su juventud libre y feliz, sin ningún miedo ni preocupación.

   Pero el tiempo ha pasado, fugaz e ineludible, y él mismo está de vuelta de todo, se siente sin fuerzas para continuar mientras su hijo se está abriendo a la vida.

   Esta es una sinopsis de la trama, pero en el libro de Julio Llamazares afloran temas de fondo fundamentales para todos los seres humanos. El primero de ellos, motivado por ese fenómeno mágico de la caída de estrellas en la noche de San Lorenzo, es el paso del tiempo. Es ése el gran leitmotiv de la novela: la vida avanza, sin pausas, ni vuelta atrás, envejecemos, todo termina, todo muere. Por eso mismo Julio Llamazares puebla la intertextualidad  de su novela con textos de grandes poetas (Homero, Catulo, Paul Celan) que han sido capaces de expresar el paso del tiempo, que le golpean con fuerza y al mismo tiempo con gran hermosura (“!Oh brizna!...!Oh  flor del tiempo!” Página 155).

   La huida del tiempo hace asomar la melancolía: he ahí la tragedia del profesor que cada curso que pasa tiene un año más, mientras que sus alumnos tienen siempre los mismos. Es la meditación nostálgica que aflora en el protagonista ante la visión de sus alumnos en la Universidad de Iasi, una ciudad perdida en el este de Rumanía. Y eso es la vida: construida con los ladrillos del tiempo ido, con el multiforme abanico de posibilidades que quizás hemos dejado escapar y que jamás volverán, por mucho que la vida se repita desde el mismo principio de la humanidad, como piensa el escritor.

   La arquitectura compositiva de esta novela “previsible”, en la que el protagonista rememora subjetivamente su existencia, va trabando capítulos que ubican al lector en la situación inicial del libro: la contemplación por el padre y el hijo en el monte de Ibiza de la caída de las estrellas. En base a sus diálogos y textos narrativos el lector va conociendo una historia paralela en la que intervienen el abuelo, el padre y el hijo. Y la misma lluvia de estrellas. A estas alturas, y a pesar de su no numerosa producción, Julio Llamazares es el gran prosista en español. Una lengua sencilla, mas muy precisa, rebosante de pinceladas de colores, sonidos, olores… que hacen posible que el lector se sumerja en esos parajes donde transcurre la historia. Prosa además erguida desde un preciosista tratamiento poético del lenguaje que por añadidura persigue la música de las palabras que hacen que broten conmociones estéticas. Bienvenida sea pues esta edición de bolsillo de Las lágrimas de San Lorenzo que nos ofrece Punto de Lectura.



Francisco Martínez Bouzas






Julio Llamazares

Fragmentos



Durante muchos años, pensé que sólo les pasaba a otros, que el temor a envejecer sólo les afectaba a quienes me precedían en el escalafón del tiempo. A mis padres, por ejemplo, o a mis abuelos, antes que ellos. Pero cuando éstos desaparecieron, cuando se convirtieron en estrellas que brillaban en el cielo por las noches, cada vez con menor intensidad, comencé a sentir esa desazón que produce saberse ya en primera fila. Algo que siempre intento disimular pero que me invade a veces, sobre todo en momentos como éste.

Es lógico que me ocurra. En esta isla y en esta noche el tiempo  pesa más de lo que acostumbra, es más palpable que en otros sitios. Como los olivos viejos, eclipsados por los pinos, pero fuertes como los acantilados, los recuerdos de mi época en Ibiza brotan en la oscuridad demostrándome que los años que han pasado desde entonces son ya muchos, que el mundo ha cambiado tanto como la propia isla y como mi vida, que, como las ilusiones de aquella época, mi juventud se desvaneció en el momento mismo en que me fui de aquí. Algo que yo ya sabía, pero que no esperaba ver con tanta crudeza.”



…..



“Y me lo recuerda ahora. Mientras la noche de San Lorenzo sigue avanzando hacia su destino, que no es otro que el de todas (y de todos los que la contemplamos: Los soles pueden ponerse y salir de nuevo. / Pero para nosotros, cuando esta breve luz se ponga, / no habrá más que una noche eterna / que debe ser dormida, dijo Catulo hace dos mil años), el olor del mar en la oscuridad me repite una vez más lo que ya sé y que me negué a mí mismo durante mucho tiempo, incluso después de perder a Marie y a Pedro, a cada uno de ellos por una razón distinta. Por eso me hace tan dichoso tener a mi hijo a mi lado ahora, aunque sepa que dentro de unos días regresará a París con su madre y ya no lo veré hasta la Navidad, y por eso esta noche no siento el miedo que he sentido tantas otras desde aquella en la que el mar me lo devolvió de pronto. Sin la soledad, la noche no sólo no me da miedo, sino que enciende mi corazón como un fruto más de los que ahora maduran en los frutales y arbustos de toda Ibiza, como todos los veranos en torno a esta hermosa noche de San Lorenzo.”



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“- ¿Ves todas estas estrellas?- sigo contándole mientras él me escucha; lo hace en silencio, sin apartar la vista del cielo, como si estuviera imantado por su profundidad-.  Llevan ahí millones de años; millones de millones, según dicen los astrónomos. Parece que no van a desaparecer jamás y, de repente, dan un salto en el vació y se borran para siempre como si nunca hubiesen estado ahí… Pues lo mismo pasa con las personas. Parece que van a durar siempre, que nunca te abandonarán del todo y, cuando te das cuenta, han desaparecido del mundo sin ni siquiera dejar un rastro de luz como las estrellas; todo lo más una leve huella en la memoria de quienes las amamos que desaparecerá con éstos, porque también ellos desaparecerán un día. Y así generación tras generación, lo mismo que las estrellas.

Cual la generación de las hojas, así la de los hombres… escucho a Homero decir en mi corazón mientras observo a Pedro mirar al cielo sin desconfianza. ¡Quién tuviera su inocencia para poder hacerlo de esa manera!, pienso mientras lo contemplo. ¡Quién pudiera no saber lo que yo sé y esperar de la vida y de las estrellas lo que él espera! ¡Quién pudiera, como Homero, escuchar una y mil veces en el tiempo lo que ha escrito: Esparce el viento las hojas por el suelo / y la selva, reverdeciendo, produce otras al llegar la primavera: / de igual suerte, una generación humana nace y otra perece. Le envidio mientras lo recito, sabedor de que nadie lo hará con mis pobres prosas.”



…..



“Cae la noche en Aix. Veo la luna sobre París, sobre Liubliana, al otro lado de la frontera italiana de Trieste. Anochece en Utrecht y en Iasi. Llueven estrellas sobre Coimbra, sobre Constanza, al pie de los Alpes, sobre la nieve eterna de Uppsala, en Suecia, sobre los trenes que cruzan Francia bajo la noche en busca de la ciudad en que vive mi hijo ahora o del país en el que mi madre me espera desde hace años, cada vez más vieja y más sola. Cambian las lenguas y las ciudades, pasan los años y las personas, pero las lágrimas de San Lorenzo siguen conmigo acompañándome a todas partes, iluminando mis decepciones y mis recuerdos, convirtiendo mis deseos en arena y mi melancolía en nostalgia. Porque las lágrimas de San Lorenzo no sólo son una metáfora del tiempo. Son sobre todo la prueba de que la vida es apenas una luz en las tinieblas de un universo infinito, pero a la vez tan fugaz como los deseos del hombre.”



(Julio Llamazares, Las lágrimas de San Lorenzo, páginas 46-47, 128-129, 150-151, 167)

sábado, 20 de julio de 2013

"LA LLUVIA AMARILLA", VEINTICINCO AÑOS DE SOLEDAD Y AGONIA EN AINIELLE



La lluvia amarilla

Julio Llamazares

Editorial Seix Barral, Barcelona, 2013, 165 páginas.





   Con una extraordinaria edición conmemorativa que incluye un prólogo de Julio Llamazares y el DVD documental Ainielle, con la intervención del autor, José Sacristán y escenas de la adaptación teatral, Seix Barral celebra el vigésimo quinto  aniversario de la publicación original en 1988 de una verdadera joya de la literatura española del pasado siglo, La lluvia amarilla de la autoría de Julio Llamazares, convertida hoy en una novela de culto, en un long seller,  en una narración poética que honra a un idioma y que convirtió al escritor leonés en un clásico moderno. Se ha escrito que la obra de Julio Llamazares es un gran glosario de la soledad y por mi parte osaría afirmar que La lluvia amarilla es el calidoscopio que la proyecta de forma simétrica y agigantada hasta el infinito.

   El abandono, la desolación, la locura y la muerte, entre ese viento suave proveniente del río que con las hojas de otoño anega al pueblo abandonado de Pirineo aragonés y lo hiela con la blancura eterna de la nieve invernal, tienen en esta novela la máxima expresión, un verdadero paradigma convertido en arte literario. Completamente abandonado en 1970, las casas de Ainielle resisten a pesar de las inclemencias del tiempo, el musgo y las zarzas que pudren o colonizan sus paredes.

   En una de ellas Andrés, de Casa Sosas, narrador-personaje, tiene su morada y desde ella nos va acercando, a través de un impresionante monólogo, a cada una de las historias de soledad, abandono y alucinación, a las puertas de una  muerte anunciada a partir del capítulo 10. Sus experiencias vitales del pasado (décadas de los cincuenta y sesenta), los habitantes de Ainielle desaparecidos, que murieron o desertaron de la soledad, la lluvia destructora que avejenta las casas y las almas, su visión de Ainielle que, sumida en el abandono y en el olvido, semeja un cementerio. Ahora, en la última noche que precede a la agonía, el protagonista nos señala que se quedó completamente solo, condenado a roer su memoria y sus huesos desde hace casi diez años, como un perro loco.  Y allí, en Ainielle, entre la lluvia amarilla de las hojas caídas en otoño y las ventiscas heladas que colman el pueblo de silencio y desamparo y el óxido y el polvo de los años, construye sobre recuerdos “las pesadas paredes del olvido”, realizando trabajos inútiles  para no volverse loco antes de tiempo.

   Andrés recuerda y narra cando la muerte ronda ya la puerta de su cuarto y el aire va tiñendo poco a poco sus ojos de amarillo. Por consiguiente, Julio Llamazares yergue la estructura de sus novela mediante una gran analepsis, recuperadora de las pesadillas del pasado. Mas en el ir y venir del hilo narrativo, y  a pesar de que toda la novela es un desolado balance de la soledad del protagonista-narrador, podemos diferenciar una estructura dual: una primera parte hasta el capítulo 10 dominada por la sensatez de un hombre solo que recupera las historias del pueblo y su situación personal; y la segunda, a partir de esa línea divisoria, en la que la muerte, “esos pasadizos abisales e infinitos de la muerte” (página 129), comienza a visitarle en forma de alucinaciones: vuelven sus muertos (su hija, Sabina su mujer, su madre).

Las alucinaciones continúan proyectándose en visiones sobre el pueblo abandonado: el agua es amarilla igual que el cielo,  el lamento infinito de los muertos que habitan las cocinas, recorren todo el ambiente. La locura prosigue depositando en su alma sus larvas amarillas, haciéndole presente su propia muerte como una sombra sentada en el fuego al lado de las de sus muertos y anunciada por la lluvia amarilla que llega al final del varano cuando marcha el último vecino: “Pero de pronto, hacia las dos o las tres de la mañana un viento suave se abrió paso por el río y la ventana y el tejado del molino se llenaron de repente de una lluvia compacta y amarilla. Eran las hojas muertas de los chopos, que caían, la lenta y mansa lluvia del otoño que de nuevo regresaba a las montañas para cubrir los campos de oro viejo y los caminos y los pueblos de una dulce y brutal melancolía (…), aquella era la lluvia que oxidaba y destruía lentamente, otoño tras otoño y día a día, la cal de las paredes y los viejos calendarios, los bordes de las cartas y de las fotografías, la maquinaria del molino y de mi corazón” (página 96).

   Novela pues que tematiza muchas cosas esenciales: el universo rural y su abandono, el fluir inexorable del tiempo como el río equívoco y melancólico al principio, precipitado a medida que los años pasan, el mito de los fantasmas y espectros del pasado, la condición social del ser humano (por eso hiere tanto la soledad). Y, definitiva, la condición humana en su integración con la naturaleza.

   Si es verdad lo que de de la obra  de Julio Llamazares se ha dicho-que es un diccionario sobre la soledad-, La lluvia amarilla es una gramática de metáforas. Las hay de todos los colores y muy originales (“el diluvio de la muerte”, “las ciénagas del tiempo”, “vapor de la memoria”, “la larga e inmensa noche del tiempo”…), pero es el color amarillo el que cobra un especial relieve, funcionando, como se ha dicho, como elemento paradigmático de la narración. Basándose en la tradición que llega de los tiempos medievales, el autor erige el amarillo como imagen de la locura, la tristeza, la destrucción, la podredumbre y, en definitiva, de la muerte. Consecuente con el título, toda reverbera de amarillo en esta novela. Su formidable carga alegórica nutre el contorno narrativo, expresado, por otra parte, en un riquísimo lenguaje poético que el autor pone en boca del narrador-personaje, aunque no corresponde a lo que él debería hablar, pero es plenamente consecuente con lo que pretende el autor: impresionar los sentidos de los lectores a través de la fascinación de impactantes licencias poéticas, colocadas en una voz vicaria: la de Andrés, de Casa Sosas, el último que ha guardado, de día y de noche, los caminos de Ainielle, sin que nadie se acerque al pueblo, ahora convertido en ruinas entre “la soledad inmensa y tenebrosa del paraje” (página 165).



Francisco Martínez Bouzas









Julio Llamazares


Fragmentos de la novela e imágenes de Ainielle



“Pronto llegó noviembre con su pálido aliento de lunas y hojas muertas. Los días fueron haciéndose más cortos cada vez y las interminables noches junto a la chimenea comenzaron a sumirnos poco a poco en un profundo tedio, en una pétrea y desolada indiferencia contra la que las palabras se deshacían como arena y en la que los recuerdos daban paso casi siempre a inmensas extensiones de sombra y de silencio. Antes, cuando aún estaban Julio y su familia (y, antes aún, cuando Tomás todavía no había muerto y sostenía tenazmente en solitario la vieja casa y la memoria de Gavín), nos reuníamos todos en una de las casas, junto a la chimenea, y, allí, durante largas horas, mientras la nieve y la ventisca gemían en lo alto del tejado, pasábamos las noches del invierno contándonos historias y recordando personas y sucesos, casi siempre de otro tiempo. El fuego, entonces, nos unía más que la amistad y que la sangre. Las palabras servían, como siempre, para ahuyentar el frío y la tristeza  del invierno. Ahora, en cambio, a Sabina y a mí, el fuego y las palabras nos volvían más distantes, los recuerdos nos hacían cada vez más silenciosos y lejanos. Y, así, cuando llegó la nieve, la nieve estaba ya, desde hacía mucho tiempo, en nuestros propios corazones.”





La luvia amarilla en Ainielle

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“Yo he vivido día a día, sin embargo, la lenta y progresiva evolución de sus ruina. He visto derrumbarse las casas una a una y he luchado inútilmente por evitar que ésta acabara antes de tiempo convirtiéndose en mi propia sepultura. Durante todos estos años, he asistido impotente a una larga y brutal agonía. Durante todos estos años he sido el único testigo de la descomposición final de un pueblo que quizás ya estaba muerto antes incluso de que yo hubiese nacido. Y hoy, al borde de la muerte y del olvido, todavía resuena en mis oídos el grito de las piedras sepultadas bajo el musgo y el lamento infinito de las vigas y las puertas al pudrirse.”




 
Ruinas de Ainielle
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“Lentamente, las horas van pasando y la lluvia amarilla va borrando la sombra del tejado de Bescós y el círculo infinito de la luna. Es la misma de todos los otoños. La misma que sepulta las casas y las tumbas. La que envejece a los hombres. La que destruye poco a poco sus rostros y sus cartas y sus fotografías. La misma que una noche, junto al río, entró en mi alma para no volver ya nunca a abandonarme el resto de los días de mi vida.

Día a día, en efecto, a partir de aquella noche junto al río, la lluvia ha ido anegando mi memoria y tiñendo mi mirada de amarillo. No sólo mi mirada. Las montañas también. Y las casas. Y el cielo. Y los recuerdos que, de ellos, aún siguen suspendidos. Lentamente, al principio, y, luego ya, al ritmo en que los días pasaban por mi vida, todo mi alrededor se ha ido tiñendo de amarillo como si la mirada no fuera más que la memoria del paisaje y un siempre espejo de mi mismo.”



(Julio Llamazares, La lluvia amarilla, páginas 28, 90, 141)