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martes, 12 de diciembre de 2017

"PARAÍSO ALTO". UN PUEBLO DESESPERADO PARA DESESPERADOS

Paraíso Alto
Julio José Ordovás
Editorial Anagrama, Barcelona, 2017, 131 páginas.

   


   El detonante de esta novela, según confiesa el propio autor, fue una sucesión de sucesos sangrientos acaecidos en la localidad burgalesa de Muga. Una de esas historias de la España profunda y tenebrosa. En ese pueblo, en el ya lejano 1927, uno de sus habitantes, víctima de la locura, asesinó a hachazos a dos de sus hijos, a un bebé que no llegaba al año y a su suegra. Intentó igualmente acabar con la vida de su esposa y, al no encontrarla, retornó a su domicilio donde trató de suicidarse sin éxito. Moriría desangrado horas más tarde al negarse el médico del pueblo a atenderlo. Un crimen tan macabro e impactante que provocó que los vecinos se marcharan y el pueblo quedó completamente deshabitado. Su correlato en la novela es Paraíso Alto, una localidad igualmente deshabitada que, bajo una máscara funeraria, esconde la sonrisa de un ahorcado.
   En una recapitulación abarcadora de toda la novela, se puede decir que Paraíso Alto es un relato que narra cómo a un pueblo abandonado cuyo único morador es un advenedizo que también  allí había arribado con la intención de suicidarse, llegan, uno tras otro, una serie de personajes con el propósito de poner punto final a sus días, contando para ello con la ayuda del suicida arrepentido. Pero la novela se estructura claramente en dos partes.
   En la primera, “Oficio de ángel”, tiene lugar la presentación de un hombre y de un lugar. El lugar es Paraíso Alto, un pueblo desierto, el último pueblo de la tierra, el lugar más apartado del camino de Dios. En él las horas no hieren, el viento suena siempre en la misma dirección. Paraíso Alto siempre huele a tristeza, aunque tiene una sonrisa enfermiza: la sonrisa del ahorcado. A este pueblo llega un pobre diablo con intención de suicidarse, pero en el último momento cambia de opinión, y acepta ejercer el oficio de ángel: vestido de espantapájaros, dará la bienvenida a los que lleguen con el propósito de poner el punto final a sus existencias. Así mismo, sepultará a los muertos.
   En la segunda parte, “Visitas y apariciones”, el escritor hace desfilar ante los ojos lectores a una serie de personajes que arriban al pueblo con la intención de acortar sus días. Porque Paraíso Alto, un pueblo desesperado, posee el hechizo de atraer a los suicidas, a los desesperados cansados de vivir que buscan la muerte. Cada personaje que se adentra en la desierta localidad, arrastra una historia que explora las fronteras de los abismos en los que suelen precipitarse tantas existencias humanas. Personajes cuya épica es haber vivido sin épica, sin esperar nada de la vida y, cansados de esperar en vano la llegada de la muerte, salen a su encuentro y se unen a su danza macabra. Son muchos los que dan con sus huesos en Paraíso Alto. El primero, un tiburón de la banca. El ángel anfitrión le saluda como amigo de la muerte. Se suicida de espaldas al crepúsculo para poder ver cómo se retorcía su sombra. La segunda en llegar es una chica que anda con las manos porque piensa que es preferible ver el mundo al revés, como los murciélagos.
   Llegan más personajes derrotados de la vida, hastiados de vivir, aunque sin mostrar furia ni aspavientos. Y en la soledad del pueblo deshabitado encuentran a alguien con quien charlar antes de abandonar para siempre el escenario de la vida. Un mago que arruina su carrera debido a diversas adicciones y que alcanza Paraíso Alto gracias a un sangriento truco de magia. Una actriz de cine porno que en sueños recibe un Oscar. Un hombre con bigote filosófico que gastó lo que había ganado en la emigración en mujeres, cerveza y cocaína. Ahora prefiere ir al infierno porque en el cielo no existen posibilidades de conseguir la droga. Un soldado que fuma Marlboro y que había bailado con la muerte en las turbias aguas de un río en Sarajevo y también el desierto. Un viejo que jugaba en su niñez a hacerse el muerto y, cansado de esperar a la Parca, sale a su encuentro. La última en llegar es una antigua novia del ángel enterrador. Mas ella no llega al pueblo que atrae a los suicidas con la intención de adelantar el camino de su muerte. Fue su caballo el que la había traído al pueblo de los suicidas.
   Pese a lo hasta ahora escrito, el libro de Julio José Ordovás no es un libro de suicidios. El autor renuncia a ser notario de lo tremendismo y macabro. Jamás narra el acto del suicidio. Lo más que podemos leer es que se escucha el disparo del soldado que había bailado con la muerte. Si en el libro hay alguna tesis de fondo, es únicamente la creencia de que los seres humanos estamos hechos de contradicciones. Somos nosotros los que guiamos las riendas de la vida, rotas muchas veces por la soledad. De ahí, el estado de ánimo de los abdican de la existencia que hallan en Paraíso Alto el consuelo de una conversación sencilla y placentera antes de lanzarse al precipicio.
   Desde el punto de vista compositivo, el libro, más que novela lineal, es un conjunto de relatos autónomos sobre dichas, fracasos, penas y alegrías, conjuntados por la llegada a Paraíso Alto para suicidarse y por la recepción que reciben del ángel enterrador o barrendero. Si algo sobresale en cada una de estas historias amalgamadas como novela por ese hilo conductor, es que todas ellas basculan entre el surrealismo,  -a veces esperpéntico y apocalíptico- y el lirismo. Aderezadas todas ellas con el humor negro - el humor de la horca, como manifiesta el autor recordando a los judíos de Praga-. Tejido todo con un estilo de prosa en el que el autor quiere ser el mismo y cuyas virtudes literarias se expresan en esta frase pronunciada por uno de esos personajes que acuden al pueblo: “…lo que hace verdaderamente grande a un escritor es su destreza para enhebrar el hilo de plata de los sueños con la aguja de la realidad” (página 44). Con tal artefacto escritural explora Julio José Ordovás las fronteras y acentos de ese abismo que es el suicidio.




                                                    
Julio José Ordovás



Fragmentos

“Yo también vine a Paraíso Alto a suicidarme. No hay lugar más apartado del camino de Dios. Un pueblo abandonado envuelto en una luz de limbo, con un cementerio sin lápidas y sin cruces.
Se dicen muchas cosas de Paraíso Alto y no todas son ciertas. Tras comprobar que no había manos que salieran del suelo para agarrar al recién llegado por los pies y arrastrarlo a las profundidades, entré en la iglesia. Había una caja de cerillas y pensé que aquellas cerillas estaban allí para ayudarme a encontrar la fe. Encendía las velas del altar y me entretuve lanzando al aire cerillas encendidas hasta vaciar la caja. Después busqué un árbol apropiado para colgarme y cuando ya lo tenía todo dispuesto cambié de opinión. No fue el miedo a la muerte ni  unas repentinas ganas de vivir lo que hizo que me echara atrás en el último segundo. Tampoco me iluminó un rayo divino ni me frenaron los pájaros con su fastidiosa alegría. Simplemente cambié de opinión.”

…..

“Tenía ante mí a Brenda Star, la mujer a la que yo había deseado desesperadamente, y como yo, miles de hombres. Ya no era la pelirroja explosiva de La Virgen de los camioneros, Garganta sucia, La domadora y otras obras maestras del cine porno, pero ni el tiempo ni los cirujanos porno la habían maltratado en exceso. Su cuerpo todavía estaba lleno de peligros y su rostro seguía irradiando ese hechizo vicioso que anula a los hombres.
Había hecho el viaje en taxi y el taxista no había parado de molestarla con preguntas e insinuaciones groseras, hasta que ella le advirtió que llevaba una pistola en el bolso.
Cuando abrió el bolso, pensé que iba a sacar el arma, pero lo que sacó fue un pequeño espejo y una barra de labios. Debo de estar hecha un desastre, dijo. Se pintó la boca y guardó la barra de labios y el espejo en el bolso.”

…..

“Desandamos el camino en busca de su paquete de tabaco. Lo encontramos al pie de un árbol que parecía querer escapar de sus raíces. Nos sentamos sobre agujas secas de pino y fumamos con avidez un cigarro tras otro. Cuando no quedó ninguno, el soldado me pidió que lo dejara solo.
El disparo no tardó en oírse.
Conseguí reparar el palo de la escoba con un alambre oxidado pero decidí que sería al día siguiente cuando empezaría a recoger todos los casquillos de bala esparcidos por el pueblo. Se estaba haciendo de noche y tenía que ocuparme del cadáver del soldado y de su fusil.”


(Julio José Ordovás,  Paraíso Alto, páginas 11-12,55-56,95)

domingo, 13 de julio de 2014

CUATRO NOVEDADES DE EDITORIAL ANAGRAMA



Jorge Herralde, fundador y director de Anagrama

Jorge Herralde fundó Anagrama en 1967, "en aquella Barcelona bulliciosa que alentaba toda clase de proyectos culturales". No obstante, y después de varios forcejeos con la censura, los primeros libros no vieron la luz hasta abril de 1969. Libros que aparecieron en tres colecciones ya míticas: “Argumentos”, “Documentos” y  “Textos”. Posteriormente Anagrama amplió sus colecciones: “Panorama de narrativas”, “Narrativas hispánicas”  y “Compactos”, en la que se editan los libros de bolsillo de este sello editor, paradigma de la edición independiente porque desde hace muchos años Jorge Herralde sigue siendo el “último mohicano”. En la actualidad en Anagrama conviven en buena harmonía otras colecciones como “Crónicas”, “Edición Limitada”, colección de bolsillo de tapa dura, inaugurada en 2013; y lo último de lo último, el lanzamiento de una singular colección “La conjura de la risa” que acaba de echar a andar.

   De esta editorial de culto, pero al mismo tiempo ampliamente extendida y valorada en todos los países de habla hispánica,  reseño hoy, aunque solamente de forma informativa y en base a las respectivas presentaciones editoriales, cuatro novedades de la programación mayo-julio 2014. Tiempo habrá, después de la lectura de estas cuatro novedades, para emitir un juicio valorativo sobre sus haberes y deberes. Vaya pues, por tanto años de historia y de tesón para mantener la edición independiente, este pequeño y modesto plus promocional.





La hierba de las noches

Patrick Modiano

Traducción de María Teresa Gallego Urrutia

Colección: “Panorama de narrativas”, 166 páginas

   
 “En La hierba de las noches, Modiano nos invita, como en otras de sus novelas, a un intenso viaje por un París espectral. La ciudad se configura como una geografía interior, hecha de capas de tiempo que se confunden y entremezclan en esa evocación y búsqueda del tiempo perdido que hace Jean, el protagonista de la novela, escritor y tal vez álter ego del propio Modiano. Jean reconstruye en su escritura los fragmentos de su juventud, en los años sesenta, capturados en una libreta negra; abre una brecha en el tiempo y describe su deriva por la ciudad recordada, sigue el rastro de los ausentes e intenta resolver el misterio de un pasado lleno de interrogantes. Y traza una ruta, que oscila entre el hoy y el ayer, siguiendo la pista de una turbia historia de tintes policiales –en la que aparece un leitmotiv del universo modianesco, la exploración del pútrido territorio de la Ocupación– pero también el recuerdo de Dannie, un viejo amor.

Y como en las mejores novelas negras, en el corazón de la trama hay un enigma. Dannie no es quien parece ser, su identidad se desdobla y multi­plica como el laberinto de espacios que transitan los amantes. Jean la acompañará en algunas de sus desconcertantes misiones. Porque ella, junto con los huéspedes del Unic Hôtel, es una de los protagonistas, los perso­najes «verdaderos» de una trama compleja que el lector irá descubriendo a medida que avanza la novela. Y es entonces cuando la ficción de Modiano revela también su poder para documentar una época, y por sus páginas vemos aparecer a los fantasmas de la turbulenta historia de la Francia poscolonial, con el asunto Ben Barka como oscuro corazón de las tinieblas. La hierba de las noches es una novela magistral, un hipnótico relato sobre los laberintos de la memoria y los pasadizos secretos de la Historia que mantiene al lector en vilo hasta la última página.”

 

Profecía

Sandro Veronesi

Traducción de Xavier González Rovira

Colección: Panorama de narrativas, 72 páginas.



   “Algún tiempo después de la muerte de su madre, Alessandro Veronesi tendrá que enfrentarse también a la enfermedad terminal de su padre. Esta situación, en la que se invierten los papeles tradicionales de padre e hijo, siendo éste quien ejerce de guía, dará paso a momentos trágicos pero también grotescos: la burocracia asociada a la enfermedad, la hipocresía de una eutanasia que oculta su nombre, la difícil selección de cuidadores, los destellos de humor del moribundo, la desgarradora paranoia...

   Unánimemente aclamado por la crítica, Profecía nos ofrece la bien conocida historia de la muerte de los progenitores con una nueva luz, gracias a su sabiduría narrativa: un punto de vista inusual (el tú de un desdoblamiento que acaba también implicando al lector) y el uso de un futuro que, como indica el título, remite a los textos apocalípticos (porque de un pequeño apocalipsis cotidiano aquí se trata).

   Completan este volumen otros dos relatos que tienen también las relaciones paterno-filiales como tema principal. El primero cuenta la historia de un joven que pretende darle un sentido póstumo a la muerte (y tal vez a toda la vida) de su padre mediante lo que podríamos denominar «una ética del resentimiento». El segundo, en cambio, nos sitúa ante los conflictos más graves de dos jóvenes en el microcosmos de las pequeñas tragedias cotidianas que habitan nuestro día a día, como en esas narraciones de Carver cuyos personajes vagan por su existencia en busca de un sentido que se les escapa. Tres relatos, en definitiva, que presentan diversas perspectivas sobre la experiencia de lo que representa el paso de la inocencia dolorida (con Salinger y Cheever ahora de fondo) a una madurez en la que ese ser maduro nos exige la capacidad de aceptar el Mal en forma de resentimiento, de dolor, de desamor o, en fin, la muerte del padre como imagen de la propia.”





La lección de anatomía

Marta Sanz

Prólogo de Rafael Chirves

Colección: Narrativas hispánicas, 360 páginas.



  “Una mujer se queda desnuda para que los demás la miren. La midan. Su cuerpo es el texto en el que se ha escrito su biografía. La mano derecha es más grande que la izquierda porque es la mano con que la mujer agarra, escribe, acaricia, desencaja la tapa de los botes de legumbres. Antes, a la mujer su abuela le da unos azotazos en el culo. Va al colegio y se forja un pequeño corazón competitivo. Nada como si fuera un besugo. Ama desesperadamente a su madre y la salva de morir en un ridículo incendio. Canta desgañitándose Pájaro Chogüí y se hace amiga de muchas niñas y mujeres, y del niño más gamberro de octavo de egebé. Desprecia a las asistentas y va cada noche a los cines de verano. Para seducir se aprieta las carnes ridículamente como si su cuerpo fuera el de otra persona. Bebe, fuma, se pone mala y tiene miedo de sus alumnos. Se manifiesta. Se casa. Trabaja de ocho a ocho. Miente y dice la verdad. Como casi todo el mundo. Cumple cuarenta años. Se queda quieta. Reclama el derecho a dejar de complacer. El derecho a la lentitud.

   La lección de anatomía es una novela autobiográfica, de aprendizaje, escrita con el sentido del humor y el colmillo retorcido de la novela picaresca: el pudor no tiene que ver con el contenido de lo que se cuenta –morfologías del pene, pelos del pubis, la primera menstruación–, sino con el hecho de saberlo contar. El lenguaje expulsa al relato del espacio de la obscenidad ramplona y del morbo para darle otro sentido: el de una autobiografía novelada o una novela autobiográfica (¿el orden de los factores altera el producto?) que no explota la singularidad de la voz en primera persona, sino que la acerca a su comunidad anulando la distancia entre el nosotros y el yo, dentro y fuera, ser y parecer, porque, como decía Vonnegut parafraseando a Wilde, «somos lo que aparentamos ser, así que deberíamos tener cuidado con lo que aparentamos ser». Las lecciones de anatomía terminan convirtiéndose en lecciones de geografía e historia, y quizá la percepción de los cuarenta años como lugar desde el que echar la vista atrás sea un acto elegiaco, un signo de madurez en un mundo peterpanesco o una conducta forzada por el envejecimiento prematuro al que nos somete el cambio de era y la obsolescencia electrodoméstica.

   Anagrama da una segunda oportunidad a esta La lección de anatomía, que ha sido revisada, reestructurada y ampliada por Marta Sanz. De este libro a la vez viejo y nuevo, singularísimo en el panorama de la narrativa hispánica, escribe Rafael Chirbes en su prólogo: «Su estilo ágil (salpicado de fogonazos brillantes), su inusual habilidad para retratar situaciones y para penetrar en la psicología de los personajes, y su fino oído para capturar la lengua hablada con vivacidad admirable convierten la escritura de nuestra novelista más en una gozosa representación de vida que en una melancólica o sombría manipulación de seres muertos."



El Anticuerpo

Julio José Ordovás

Colección: Narrativas hispánicas, 133 páginas

   
 “Cuando empezamos a leer encontramos en las novelas al amigo mayor que nos abre los ojos y la cabeza. Algunas de las mejores historias que nos han contado son, de hecho, relatos de una amistad entre un adolescente con hambre de aventuras y un adulto que alimenta sus sueños. Hawkins no pudo resistirse al poder de encantamiento de John Silver, y de la relación entre Huckleberry y el negro Jim lo que queda, como escribió Bolaño, es una lección de amistad que es también una lección de civilización de dos seres totalmente marginales que se tienen el uno al otro y se cuidan sin ternezas ni blanduras. El protagonista de El Anticuerpo llega, atravesando los tejados de su pueblo, a una isla en la que un náufrago se consume bajo el sol. El náufrago sabe que de esa isla que es la casa del cura nadie puede rescatarlo, pero agradece la compañía de ese loco que anda por los tejados. Josu es una rata punk que no soporta el azul del cielo y echa de menos el olor de las cloacas. Los dos amigos se parecen más de lo que creen. A ambos les gustan los problemas y son unos traidores a la realidad. Julio José Ordovás ha querido relatar, en su primera novela, el aprendizaje de vivir fuera del orden y cuesta abajo. En la España de los ochenta, Cristo abandonaba las procesiones, se iba de bares y de conciertos y amanecía en un portal con una jeringuilla clavada en cada brazo. España cambiaba para seguir siendo la misma de siempre. Un país beato, represivo, resignado y lleno de moscas. Si Long John Silver era un pirata y Jim un esclavo, Josu es un yonqui. Ni tiene nada ni espera nada. Pero no ha perdido las ganas de reírse y aún le quedan fuerzas para columpiarse sobre el abismo.”


Francisco Martínez Bouzas