Mostrando entradas con la etiqueta Julian Barnes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Julian Barnes. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de abril de 2019

"LA UNICA HISTORIA". LAS MAREJADAS DEL AMOR


La única historia
Julian Barnes
Traducción de Jaime Zulaika
Editorial Anagrama, Barcelona, 2019, 231 páginas.

   La pericia a la hora de crear tramas, usar las formas y las estructuras narrativas le otorga a Julian Barnes (Leicester, 1946) los suficientes méritos para hacer que su novela The Only Story (La única historia) se haga con el honor de convertirse en el número 1.000 de la colección Panorama de Narrativas de Anagarma. Una novela que en absoluto desentona de su obra creativa anterior. Un tono melancólico modula, como en otras obras, El sentido de una final por ejemplo, la entonación y sus implicaciones morales.
   Barnes sitúa la novela en los años 60, época de múltiples revoluciones sexuales, en la penumbra de la clase media, los que él llama los “habitantes de los intersticios”. Es verdad, como se ha escrito, que Barnes, como Flaubert, se ha propuesto escribir la historia moral de su generación, visibilizar sus pasiones, y a fe que lo está consiguiendo. Por ejemplo, que un adolescente de diecinueve años se enamore y pierda la virginidad con una mujer que roza los cincuenta, con un marido y dos hijas que le igualan en edad.
   La única historia, el título e la versión española hace referencias a que todos, hombres y mujeres, hemos vivido al menos una historia de amor. Pero de entre todas ellas, solamente una alcanza la categoría que la haga merecedora de ser contada, posiblemente debido a las profundas huellas que ha dejado. “Solo hay una que importa, una que a la postre vale la pena contar” (página 13).
   El relato de Julian Barnes contado por Paul, el joven de diecinueve años que se enamora de una mujer de cuarenta y ocho con marido y dos hijas y que  a lo largo de la novela cuenta su historia en forma  de un tríptico, está movida por la voluntad de verdad, y esa es la razón por la que nos va haciendo llegar su romance a trozos, según los dictados de sus memoria.
   Y ya se impone una breve sinopsis de la novela: Paul, el joven de diecinueve años, regresa a principios de los 60 a la casa de sus padres. Allí conoce a Susan MacLeod, casi cincuenta años y dos hijas esposa insatisfecha, el matrimonio con el marido no incluye sexo desde hace veinte años. Paul frecuenta la casa de Susan y se queda a dormir sin que a nadie le extrañe demasiado. Tampoco el hecho de que, llegado un momento, deciden ir a vivir juntos haciéndose pasar por tía y sobrino. Pero muy pronto se inicia el descenso a la hecatombe, el alcoholismo de Susan, su deterioro exterior e interior. Y en Paul surgen ciertas consideraciones morales, especialmente una: ¿tiene alguna viabilidad de futuro un amor transgresor como el suyo con Susan?
   La historia contada por Paul transcurridos más de cincuenta años, está repleta de interrogantes cruciales: ¿cómo se gestiona el amor, cómo se maneja un asunto cuando existe esa diferencia de edad, sobre todo en una sociedad mojigata? Son algunas de las coordenadas por las que transcurre la novela. Los dos amantes son conscientes de vivir inmersos en el centro de una sociedad gazmoña, y sin embargo deciden seguir adelante. La novela presenta muchas otras preguntas. Quizás la más importante es si es viable un amor como el de Paul y Susana.
    

                                        
Julian Barnes


Julián Barnes escribe una historia a la vez dura triste y melancólica. Se ha escrito que Barnes, desde sus comienzos, siempre se enjuagó de los brillos de lo que pudo haber sido y se quedó con el óxido de lo que realmente es. En la novela, poco a poco, va revelando el desgaste de una pasión amorosa que parece indestructible. Es por eso una novela repleta de pesadumbres, porque, frente al inexperto idealismo, se oponen y terminan por vencer la oposición familiar, el infierno del alcohol, las mentiras, la soledad, las carencias de lo imprescindible, el sexo triste.
   Una conclusión que Julian Barnes va anticipando  desde las primeras líneas, cuando su protagonista masculino, a sus diecinueve años, piensa que el amor es incorruptible, a prueba del tiempo y del deterioro.
   En autor no emplea una estructura rompedora. Hace un buen juego de la única voz narrativa que va apareciendo en primera, segunda o tercera persona, aunque el que desgrana la historia es siempre Paul, en correspondencia con las fases de la relación y con la maduración de los sentimientos. Prosa exquisita, alto nivel literario y una tonalidad a la vez trágica y melancólica que de forma devastadora nos hace reflexionar sobre las catástrofes que a los ojos idealistas de los enamorados parece infinitamente alejadas.

Francisco Martínez Bouzas

viernes, 1 de julio de 2016

"EL RUIDO DEL TIEMPO": LO DIFICIL QUE ES SER COBARDE BAJO LA TIRANÍA



El ruido del tiempo

Julian Barnes

Traducción de Jaime Zulaika

Editorial Anagrama, Barcelona 2016, 199 páginas



   Una de las tendencias -incluso de subgénero se podría hablar- más frecuentadas por la narrativa contemporánea es aquella en la que los narradores novelan la vida, o alguno de sus episodios, de otros escritores, y en general de personajes que han destacado en alguna faceta intelectual, incluidas por supuesto las artes. Lo han hecho y lo hacen acreditados narradores de nuestro tiempo como J.M. Coetzee, Philip Roth, Saul Bellow, Alan Hallinghurst, Kate Mose, Günther Gras, Raymond Carver o Elena Poniatowska. Julian Barnes se sirvió de un episodio amoroso de la vida de Ivan Turgueniev para escribir uno de sus mejores relatos del libro La mesa limón. Lo hace ahora de nuevo y el protagonista es uno de los grandes compositores del pasado siglo, Dmitri Shostakóvich. El novelista inglés, una de las mayores revelaciones de su generación, nos permite, en efecto, disfrutar, y a la vez sufrir, con la biografía novelada de Dmitri Dmitrévich Shostakóvich (San Petesburgo, 1906–Moscú, 1975), en la que afloran, como pocas veces lo han hecho, las colisiones entre el arte y el Poder. Barnes se apropia en esta novela del rótulo “El ruido del tiempo”, tomado de las menorías de Ósip Mandelstam, el poeta que sufrió en sus carnes y en su alma la ferocidad irracional y despiadada del régimen stalinista, y que, sin embargo, resistió heroicamente hasta ser eliminado. Shostakóvich, en cambio, murió apaciblemente en un hospital moscovita, engalanado de honores, “como una gamba en salsa rosa”, repite Julian Barnes en varias ocasiones.

   Un verso de un poema de Shakespeare (“Y el arte amordazado por la autoridad”) y una estrofa de Evtushenko que describía de forma conspicua  cómo discurren las vidas bajo el Poder (“En tiempos de Galileo, un colega suyo / no era un científico más estúpido que él. / Sabía muy bien que la tierra giraba / pero tenía también que alimentar muchas bocas”, página 165) reflejan, al menos con rigor aproximado, las complejidades de la vida de un artista, de un gran músico bajo la tiranía. Julian Barnes pretende mostrarnos esas complejidades: que no era fácil ser un cobarde bajo las botas de la tiranía. Y lo hace mediante la recreación ficcional de tres episodios reales en la vida de Shostakóvich. Tres calas ficcionales, pero cimentadas en hechos reales y documentados, unidas por el hilo cronológico de la vida del compositor, aunque con numerosos saltos en el tiempo y amalgamando los hechos internos de una personalidad compleja y miedosa, dotada de gran sensibilidad musical, con el círculo familiar del protagonista y los intereses / caprichos de un Poder totalitario.

   Estas colisiones entre el arte y el Poder empiezan el 26 de enero de 1936. El punto de partida fue sin duda la propia fama de un niño prodigio que, a los diecinueve años, había asombrado al mundo con al Sinfonía nº 1 en fa menor. Pero ese día de enero de 1936 recibe la consigna de asistir a una representación de su ópera Lady Macbeth de Mtsensk en el teatro Bolshoi de Moscú. La ópera estaba siendo un gran éxito tanto a nivel doméstico como internacional. Estarán presentes los camaradas Mólotov, Mikoyán, Zdánov, y también el gran Timonel, el camarada Stalin, disimulado tras una cortinilla. A los dos días, un editorial de Pravda (“Bulla en vez de música”) condena la ópera, acusándola de formalismo, esnobismo anti popular, pornofonía, decadente, contrarrevolucionaria. Se sospecha que el autor del artículo editorial pudo ser el mismo Stalin. La música de la ópera de Shostakóvich había hecho ladrar a los perros mayores, y cuando eso ocurre, en la Rusia de Stalin, equivale a un rápido fusilamiento. La única acción posible que le quedaba a Shostakóvich, era abjurar de sus errores, disculparse públicamente y sumergirse de inmediato en la música folclórica, la que les gusta a las masas. No se disculpará, pero el Poder que nunca está ocioso, logra igualmente que enderece su trayectoria. Tendrá que convivir con un miedo helado que le hace pasar las noches con un maletín en el rellano del ascensor, para ahorrar a sus seres queridos el espectáculo de su detención.

   Sin embargo, su destino por el momento parecía seguir vivo. En 1937 escribe y estrena su Quinta Sinfonía, conservadora desde el punto de vista musical. Y la apoteosis final, optimista en opinión del régimen (alegría forzada e irónica para muchos intérpretes) inició su reconciliación con los gobernantes.

   En el segundo sondaje se reconstruyen algunos momentos del viaje de Shostakóvich a Nueva York, como uno de los representantes de la Unión Soviética para participar en el Congreso Cultural y Científico de la Paz Mundial. Viajó a Nueva York, a pesar de su resistencia inicial, porque Stalin quería que fuese. En la ciudad neoyorkina  esperaba conocer a Stravinski, cuya música siempre había admirado. Pero Nueva York significó la más dura humillación y la vergüenza moral más intensa para Shostakóvich. En los discursos, escritos por otros, pero leídos por él, condenaba a todos los músicos que creían en la doctrina del arte por el arte. Y era su admirado Stravinski el paradigma más evidente de esa perversión. Por eso, en su fuero interno, se sintió anonadado por la vergüenza y el desprecio hacia sí mismo.

                                                  
Dmitri Shostakóvich
 En la tercera cala, Shostakóvich viaja, con cara angustiada, en el asiento trasero de su coche. Un Poveda. No le habían permitido cumplir su sueño de adquirir un Mercedes. El terror había durado otros cinco años, en los que seguía llevando amuletos de ajo para sobrevivir. Pero Stalin murió, aunque con su fallecimiento y con Nikita Jruschov como Primer Secretario, el Poder no desapareció; simplemente se limitó a mudar de rostro. Pero Dmitri Shostakóvich ya había pagado al Cesar  y el Cesar, a cambio, no había sido ingrato: tres Órdenes de Lenin y seis Premios Stalin. Sin embargo, aquí cometió otro gran error: “Antes los hombres se cagaban en los pantalones; ahora se les permitía disentir”. En vez de las antiguas órdenes, ahora había sugerencias. Por eso mismo, sus relaciones con el Poder se volverán más peligrosas para el alma ya que sondeaban la magnitud de su cobardía. Se verá obligado a aceptar la Presidencia de la Unión de Compositores de la Federación Rusa y afiliarse al partido Comunista, algo que siempre había evitado. Era la forma de reclamarle el alma, ahora que había pasado el gran miedo y su vida no corría peligro. Se sometió como un moribundo se da por vencido antes el sacerdote que le absuelve.

   Se ha escrito que Julian Barnes se decanta por el bando equivocado; es decir, a favor de Shostakóvich. Pero es inexacto porque Barnes admite la cobardía del compositor, por ejemplo cuando firma el impreso de afiliación al Partido Comunista, consciente de que le habían arrebatado el alma: “La línea de cobardía era la única que avanzaba recta y segura en su vida”. Aplaude los discursos de los miembros del partido, pero la verdad es que no los escuchaba. Firma los artículos para el Prvada que, en su nombre, habían escrito otros, sin siquiera leerlos. Firmó así mismo una inmunda carta contra Solzhenitsyn a pesar de la admiración que sentía por el novelista. Años más tarde, firmará otra contra Sájarov. Según Barnes, cuando decir la verdad y obrar en consecuencia conduce a una muerte inmediata, había que disfrazarla. Y para Shostakóvich el disfraz de la verdad era la ironía. El tirano no tiene el oído fino para oír la ironía y, por otra parte, imita la jerga del Poder. La ironía podía proteger su música, el arte de su música que pervive y se escucha por encima del ruido del tiempo. El problema es que, en la mayoría de las ocasiones, ni sus amigos eran capaces de captar ese tono irónico. Sea como fuere, Barnes no deja de mostrar una cierta compasión por el terrible drama vivido por Shostakóvich. En un país como la Unión Soviética donde era imposible decir la verdad y vivir, no solo el personaje declarado enemigo del Estado, sino todo su entorno: su familia, sus amigos…todos están contaminados. Para salvar lo que amabas, no había elección, no existían posibilidades de evitar la corrupción moral, a no ser que tuvieses madera de héroe. Pero el heroísmo es un gesto de grandeza, no un imperativo ético.

   Quizás Shostakóvich fue un tanatófobo, un obsesionado por la muerte, como también lo es Julian Barnes. “Le envidio” le dijo a la familia de su amigo Solomon Mijoels, asesinado por orden de Stalin, porque su propia experiencia vital era un fiel testimonio de que la muerte era preferible a un terror interminable (página 144).

   Prosa evocativa, introspectiva y discontinua, con ciertos acentos líricos para narrar y hacernos tomar conciencia de la difícil y aterradora convivencia de un artista cuyo credo es dar al arte lo que es del arte  en un Estado exterminador.



Francisco Martínez Bouzas



                                                     
Julian Barnes

Fragmentos



“Siempre venían buscarte en mitad de la noche. Por eso, para que no le sacaran del apartamento en pijama, o le obligaran a vestirse delante de algún hombre impasible y despreciativo del NKVD, se acostaba totalmente vestido y tumbados encima de las mantas, con una maletita ya preparada a su lado, en el suelo. Apenas dormía y velaba imaginando las peores cosas que un hombre podía imaginar. Su inquietud, a su vez impedía dormir a Nita. Los dos yacían en la cama fingiendo; además, fingiendo que no oían ni olían el pánico del otro. Una de sus pesadillas recurrentes cuando estaba despierto era que el NKVD cogiera a Galia y se la llevasen -si la niña tenía suerte- a un orfanato especial para niños de los enemigos del Estado. Allí le cambiarían de nombre y le forjarían un nuevo carácter; la convertirían en una ciudadana soviética modélica, un pequeño girasol que alzaría la cara hacia el gran sol que se llamaba a sí mismo Stalin. Por consiguiente, había pensado pasar aquellas inevitables horas de insomnio en el rellano junto al ascensor.”



…..



“Si el Estado hacía concesiones, también las hacían los ciudadanos. Pronunció discursos políticos escritos por otros, pero -tan patas arriba estaba el mundo- eran discursos cuyos sentimientos, si no su lenguaje, él podía realmente refrendar. Habló en un mitin de artistas antifascistas de «nuestra gigantesca batalla contra el vandalismo alemán» y de «la misión de liberar la humanidad del flagelo pardo». «Todo para el frente», había exhortado, como si encarnara el Poder mismo. Se mostraba seguro de sí mismo, fluido, convincente. «Pronto llegarán tiempos más felices», prometió a sus colegas artistas, repitiendo la cantinela de Stalin.

El flagelo pardo incluía a Wagner, un compositor al que el Poder siempre había hecho trabajar. Estuvo de moda y pasado de moda durante todo el siglo, según la política del momento. Cuando se firmó el pacto Mólotov-Ribbentrop, la Madre Rusia había abrazado a su nuevo aliado fascista como una viuda de mediana edad abraza a un fornido vecino joven, con tanto más entusiasmo  porque la pasión llega tarde, contra toda razón. Wagner volvió a ser un gran compositor y a Risenstein le ordenaron que dirigiera La valkiria en el Bolshói. Menos de dos años más tarde, Hitler invadió Rusia y Wagner volvió a ser un infame fascista, un pedazo de escoria parda.”



…..



“Y sí, era un cobarde. Y sí, uno da vueltas como una ardilla en una rueda. Y sí, aplicaría a su música todo el valor que le quedaba, y la cobardía a su vida. No, aquello era demasiado reconfortante. Decir: Oh, perdonadme, pero ya ves que soy un cobarde, no puedo hacer nada para remediarlo, Su Excelencia, camarada, gran líder, viejo amigo, mujer, hija, hijo. Esto quitaría complicación a las cosas, y la vida siempre rechazaba la simplicidad. Por ejemplo, había temido el poder de Stalin, pero no al propio Stalin: ni por teléfono ni en persona. Por ejemplo, era capaz de interceder por otros pero nunca se atrevió a interceder por él mismo. A veces se sorprendía a sí mismo. Así que quizá no fuese incorregible del todo.

Pero no era fácil ser un cobarde. Ser un héroe era mucho más fácil que ser un cobarde. Para ser un héroe sólo tenías que ser valiente un momento: cuando sacabas la pistola, lanzabas la bomba, apretabas el detonador, matabas al tirano y también a ti con él. Pero ser un cobarde era embarcarse en una carrera que duraba toda la vida. Nunca podías relajarte. Tenías que prever la próxima vez que tendrías que disculparte, titubear, achantarte, volver a familiarizarte con el sabor de las botas de caucho y el estado de tu propio personaje caído, abyecto. Ser un cobarde requería obstinación, perseverancia, una negativa a cambiar, lo cual, en cierto modo, constituía una especie de valentía. Sonrió para sus adentros y encendió otro cigarrillo. Aún no había perdido los placeres de la ironía.”



(Julian Barnes, El ruido del tiempo, páginas 25-26, 80-81, 173)

miércoles, 12 de noviembre de 2014

"NIVELES DE VIDA". CARTOGRAFÍA DE LA AFLICCIÓN



Niveles de vida

Julian Barnes

Traducción de Jaime Zulaika

Editorial Anagrama, Barcelona 2014, 143 páginas.



   Julian Barnes (Leicester, 1946) es uno de los más significativos exponentes de la actual narrativa británica. Autor de novelas y de narrativa breve, su escritura configura una manera privativa de hacer literatura, que siempre augura placeres, sorpresas, verdades cristalinas o laberínticas. Y también grandes interrogantes sobre temas cruciales como el de la muerte. Dueño de una escritura a veces oblicua y críptica, Julian Barnes teje ficción y memorias personales y tematiza frecuentemente  asuntos relacionados con el amor. Con el amor romántico que perdura más allá de la muerte, sobre todo. Y con la felicidad, con el dolor, con las valencias del recuerdo que tanta importancia tiene en esta novela hilvanada con tres historias distintas, pero amalgamadas entre sí. Los recuerdos conforme a los que vivimos, como recordaba Barnes en su libro memorialístico, Nada que temer.

   Niveles de vida es un tríptico que recoge tres historias carentes aparentemente de conexiones, pero que ocultan lazos, quizás tenues, y que sin embargo le otorgan unidad al libro en el que el recuerdo y el homenaje a personajes que, por distintos motivos, forman parte de la historia, van abriendo el camino hacia la expresión vivencial  de lo que para él significó el fallecimiento de su esposa.

   El libro arranca con una idea que el mismo escritor expone de esta manera: “Juntas dos cosas que no se habían juntado antes. Y el mundo cambia. La gente quizá no lo advierte en el momento, pero no importa. El mundo ha cambiado, no obstante” (página 11). Son los extraños parentescos que, con frecuencia nos reserva la vida. Con esta idea medular como norte, el escritor comienza narrando, con un estilo mezcla de documentalismo histórico y de ficción, dos historias aparentemente triviales. En la primera (“El pecado de la altura”) ensaya una crónica de la prehistoria de los globos aerostáticos: las aventuras, los riegos, las caídas de los pioneros de los vuelos en globo. En la segunda (“En lo llano”), rescata a uno de los protagonistas del primer relato, el coronel Fred Burnaby, junto con su idilio pasional, finalmente no correspondido con la actriz Sarah Bernhardt.

   Las caídas de los globos o la ruptura sentimental de los protagonistas del  segundo relato preparan el terreno para la dramática tercera historia: un relato confesional en el que el escritor se desnuda emocionalmente al abordar lo que para él significó la muerte de su esposa, la agente literaria Pat Kavanagh, a la que un tumor cerebral le segó la vida en treinta y siete días (octubre de 2008).

   Se ha escrito que Julian Barnes, al igual que lo fuera Sarah Bernhardt, es un tanatófobo, un obsesionado con la muerte. Y esta tercera parte da sobradas pruebas de ello, aunque más que el hecho físico de la muerte, lo que pone al descubierto Barnes son la dolorosas sensaciones que la pérdida de Pat Kavanagh provocó en él. Julian Barnes y Pat Kavanagh se casaron en 1979. Pat desarrolló en su vida una notabilísima  y relevante historia propia: agente literaria de grandes escritores como Martin Amis, rompió temporalmente su relación con Julian Barnes por una relación amorosa con la escritota Jeannete Winterson. Sin embargo, la relación de la pareja superó éste y otros obstáculos. El fallecimiento de Pat precipita al escritor en un duelo vivenciado de una forma emocional muy profunda e irrecuperable: soledad, carencia, aflicción, tristeza, desorientación, perplejidad, desamparo, protesta, tentación suicida, la forzosa sustitución del amor por la aflicción… El desnudo emocional de Julian Barnes es ajeno a cualquier tipo de cursilería lacrimógena. Nada tiene que ver igualmente con el amarillismo emocional. Cada página, cada palabra respiran la serena, aunque rabiosa aflicción de alguien que no logra superar la muerte de su esposa y ni siquiera concibe y admite que sus amigos pretendan que él supere esa ausencia.

   Este tercer relato (“La pérdida de profundidad”) está presidido por la misma idea-eje que subyace en todo el discurso narrativo de Niveles de vida: “Juntas a dos personas que nunca habían estado juntas…a veces funciona y se crea algo nuevo y el mundo cambia” (Página 83). Pero tarde o temprano sobreviene lo inevitable: por una razón u otra una/uno de los dos desaparece. “Y lo que desaparece, afirma Julian Barnes, es mayor que la suma de lo que había. Algo que contradice las leyes de la lógica clásica. Solo emocionalmente posible. Por eso mismo, cualquier historia de amor es una potencial historia de inimaginable aflicción, difícilmente comprensible para el resto del mundo. Y sin pastillas que la curen.

  
Julian Barnes y Pat Kavanagh
En este descarnado desnudo emocional tras la pérdida, Julian Barnes hace aflorar y analiza todas las reacciones que anidan en el ser que es víctima del fallecimiento de la persona amada: enfado con el fallecido, el irracional enfado por esa traición de perder la vida. Enfado con Dios en el que no cree, con el universo, con los amigos. Congoja que se centra en el ser que experimenta la pérdida, pero mucho más en ella, en la persona que ha perdido la vida. Un dolor que te coloca fuera de ti mismo. Amenaza de tantas cosas. La lógica tentación del suicidio, que se hace menos probable cuando comprende que es a través de su memoria la única forma de que su mujer siga viva. Aunque la tentación todavía persiste.

   Todo ello y el resto de sus emociones más insondables forman parte de la oscuridad de la aflicción que jamás conseguimos vencer, aunque se haya desplazado de sitio, y forman parte de lo que Julian Barnes hace aflorar en estas breves prosas confesionales, escritas por alguien que ha cruzado con inclemente consciencia los “trópicos del duelo” y que, en cierto sentido, ha sido capaz de transformar la aflicción en un espacio moral, el espacio donde dos personas que  se juntan, se imantan y son incapaces de contemplarse separadas por la muerte. El repetido estribillo funciona aquí como clave interpretativa de un  brillante juego compositivo en el que los dos primeros relatos cobran sentido a la luz del tercero: la cartografía aflictiva del propio escritor.



Francisco Martínez Bouzas





Julian Barnes

Fragmentos



“Estuvimos juntos treinta años. Yo tenía treinta y dos cuando nos conocimos, sesenta y dos cuando murió. El alma de mi vida; la vida de mi alma. Y aunque ella odiaba la idea de envejecer -a los veinte años pensaba que no pasaría de los cuarenta-, yo confié felizmente en la continuidad de nuestra convivencia: en que las cosas se volverían más lentas y sosegadas, en la rememoración conjunta. Me imaginaba cuidándola; hasta habría podido -aunque no lo hice- imaginarme, al igual que Nadar, que le retiraba el pelo de las sienes afásicas, que aprendía la función de la enfermera tierna (y carece de importancia el hecho de que ella hubiera detestado esta dependencia). En cambio, desde un verano hasta el otoño siguiente hubo inquietud, alarma, miedo, terror. Pasaron treinta y siete días desde el diagnóstico hasta la  muerte. En todo momento procuré no mirar a otro lado, siempre intenté afrontarlo; y de ello nació una especie de lucidez demente. Casi todas las noches, cuando salía del hospital, me sorprendía mirando con rencor a los pasajeros de un autobús que simplemente volvían a su casa al final de la jornada. ¿Cómo podían estar allí sentados ociosamente, ignorantes, con aquel perfil de indiferencia, cuando el mundo estaba a punto de cambiar?”



…..



“No creo que volveré a verla. Nunca la veré, oiré, tocaré, abrazaré, escucharé, reiré con ella; nunca más aguardaré sus pasos, sonreiré al oír que se abre una puerta, acoplaré su cuerpo al mío, el mío al suyo. Tampoco creo que volveré a encontrarla en alguna forma desmaterializada. Creo que la muerte es la muerte. Hay quien cree que el duelo es una especie de autocompasión, violenta, pero justificable; otros piensan que es simplemente nuestro reflejo en la mirada de la muerte; otros dicen que se apiadan del superviviente, porque es el que padece, mientras que la persona amada ya no sufre. Estos criterios intentan afrontar la aflicción minimizándola; y hacen lo mismo con la muerte. Es cierto que parte de mi congoja se centra en mi mismo -mira lo que he perdido, mira cómo se ha empobrecido mi vida-, pero más, mucho más, y ha sido así desde el principio, en ella: mira lo que se ha perdido, ahora que ha perdido la vida. Su cuerpo, su espíritu; su radiante curiosidad por la vida. A veces da la impresión de que la propia vida es la que más ha perdido, la parte más perjudicada realmente, porque ya no es objeto de la radiante curiosidad de mi mujer.”



…..



“Le dije a uno de los pocos cristianos que conozco que mi mujer estaba gravemente enferma. Me respondió que rezaría por ella. No puse reparos, pero espantosamente pronto tuve que informarle, no sin amargura de que su dios no parecía haber sido muy eficaz. Me contestó: «¿Has pensado alguna vez que ella podría haber sufrido mucho más?» Ah, pensé, o sea que eso es todo lo que tu pálido galileo y su papá pueden hacer.”



(Julian Barnes, Niveles de vida,  páginas 84-85, 96, 115)

sábado, 6 de septiembre de 2014

NOVEDADES DE EDITORIAL ANAGRAMA, SEPTIEMBRE 2014



   Como en alguna otra ocasión, la reseña de hoy es solamente informativa, para dar noticias de libros y letras; de novedades editoriales. Es una de las funciones que puede realizar la reseña de un libro. No la que más me apetece, porque de ella estará ausente aquello que es precisamente la esencia de la crítica literaria: la valoración personal, la emisión de un juicio sobre los haberes y deberes de un producto literario. Será en otro momento, tras la lectura responsable de estas cuatro novedades de Anagrama.

   La editorial barcelonesa está demostrando a lo largo de los años que la buena literatura afronta la crisis con mayores garantías que lo meros productos de consumo. Así lo demuestran los dieciséis títulos editados en este mes de septiembre en sus diversas colecciones: cuatro en “Panorama de narrativas”, dos en “”Narrativas hispánicas”; dos así mismo en “Otra vuelta de tuerca”; tres en “Argumentos”, una obra en catalán en “Llibres Anagrama” y finalmente tres en “Compactos”

   La eficacia y responsabilidad, al margen de cualquier circunstancia, del  Departamento de Prensa y Comunicación de Anagrama, me permite tener al alcance de mi lectura, desde ya hace tres días, estos cuatro títulos de los que me complace dar noticia, tomando la mayor parte de la información, aunque de forma resumida, de sus respectivas presentaciones editoriales.



Una semana en la nieve

Emmanuel Carrère

Traducción de Javier Albiñana

163 páginas, Premio Femina



   Nicolas, de ocho años, va a pasar una semana en la nieve. Va a disfrutar, junto con sus compañeros del colegio, de una semana de diversión en una estación de esquí. Es lo que en las escuelas francesas se conoce como semana blanca, que permite que los niños se oxigenen con unas breves vacaciones y rompan por unos días la rutina de las clases. En ese paisaje nevado y gélido, Nicolas conoce a su monitor de esquí y hace un nuevo amigo, el temible Hodkann, el terror de los dormitorios. Pero esos días de diversión tendrán para él mucho de viaje iniciático: el lector no tarda en ir percibiendo que sobre esa semana en la nieve planea una amenaza, un desasosiego difuso, una incertidumbre perturbadora, que se materializará de un modo terrible cuando llega la noticia de que en un pueblo vecino ha sido asesinado un niño...

  Mezclando la crónica de sucesos, el relato fantástico y el inquietante universo de los cuentos de Perrault o los Grimm, Emmanuel Carrère aborda con sutileza y auténtica maestría literaria los temores infantiles, las inseguridades de una etapa en la vida de una persona en la que los miedos pueden convertirse en pesadillas.



Felices los felices

Yasmina Reza

Traducción de Javier Albiñana

191 páginas. Premio Le Monde 2013





   Relaciones extramatrimoniales, tendencias sadomasoquistas, insatisfacciones sexuales y fantasías consumadas, rupturas, decepciones, y, también, finales felices. En su última novela, Felices los felices, Yasmina Reza entreteje con maestría los relatos de las vidas de dieciocho personajes que parecen no tener nada en común. Pero a medida que el lector es hipnotizado por las voces que configuran la trama, irá descubriendo sus inesperadas y sorprendentes interrelaciones.

   Así, la rutina matrimonial de Pascaline y Lionel Hutner se ve interrumpida cuando descubren que la obsesión de su hijo por Céline Dion se ha vuelto patológica. Y, a su vez, su psiquiatra, Igor Lorrain, vive un apasionado reencuentro con un amor de juventud, Hélène, que está casada con Raoul Barnèche, un jugador de bridge profesional capaz de enfurecerse hasta el punto de comerse una carta... Si algo destaca en el estilo de Reza es su habilidad para construir una polifonía melódica, una escritura que se despliega de forma magistral en múltiples variaciones, donde el lector percibe con perfecta claridad la voz de cada uno de sus protagonistas. En esta novela coral la autora francesa abre en canal las almas de sus personajes, que desvelan sus fobias y filias sentimentales y sexuales. Como En el trineo de Schopenhauer, la novela es una cínica, deslenguada y a ratos desopilante disección de la naturaleza humana, pero también una punzante reflexión sobre la brevedad de nuestro paso por la vida, y la importancia de asumir una existencia plena.

 

Niveles de vida

Julian Barnes

Traducción de Jaime Zulaika

143 páginas.



   «Juntas dos cosas que no se habían juntado antes. Y el mundo cambia. La gente quizá no lo advierta en el momento, pero no importa. El mundo ha cambiado, no obstante.» El libro arranca con esta reflexión y en efecto reúne tres historias aparentemente inconexas que acaban mostrando secretos y sutiles lazos. Niveles de vida habla de la aventura de vivir, de los retos imposibles, del amor que todo lo desborda y del dolor de la pérdida. Y lo hace entretejiendo tres piezas independientes. La primera nos habla de los pioneros de la conquista del cielo con los globos aerostáticos y de las iniciales tentativas de fotografías aéreas realizadas por Nadar, aspirando a ser el ojo de Dios. La segunda historia retoma a un personaje de la anterior, el coronel británico Fred Burnaby –bohemio, aventurero y viajero, que murió en Jartum–, del que se relata su pasión por la legendaria actriz Sarah Bernhardt. La tercera parte salta en el tiempo del siglo XIX al XX y de las historias ajenas a la propia: la muerte de su esposa. No es la primera vez que Julian Barnes experimenta con las formas literarias. En este caso la ruptura con la narrativa más tradicional está al servicio de una aventura literaria de gran calado: indagar, huyendo del sentimentalismo, en el dolor causado por la pérdida del ser amado, adentrarse con las armas de la gran literatura en el territorio de la aflicción. El resultado es un libro deslumbrante, que rompe las barrede los géneros y consigue una hondura y una belleza iluminadoras.ras



El bigote

Emanuel Carrère

Traducción de Esther Benítez

279 páginas.



   Un hombre se afeita el bigote que lleva años luciendo. Lo hace en secreto, para darle una sorpresa a su mujer. Pero cuando aparece ante ella con su nueva imagen, la esposa no reacciona. No parece ver en esa cara con que lleva años conviviendo cambio alguno. No parece percatarse de que su marido se ha afeitado. Es más, cuando éste le muestra su perplejidad ante la falta de reacción, ella le asegura que él nunca ha llevado bigote.

   Un gesto en principio sin mucha trascendencia –afeitarse el bigote– se convierte en el punto de partida de una pesadilla kafkiana para el protagonista de esta novela. ¿Es víctima de un juego, de una broma de su entorno más próximo? ¿Se ha vuelto loco y realmente nunca llevó bigote? ¿El mundo se ha confabulado contra él para ponerlo a prueba? ¿Afeitarse el bigote puede lanzarlo a uno al abismo?

   Escrita con un humor negro siempre inquietante, esta novela breve de Emmanuel Carrère –que el propio autor llevó al cine en una película protagonizada por Vincent Lindon– nos muestra un maelstrom que no está en medio del océano sino en la cotidianidad de una ciudad, pero que succiona con la misma fuerza al protagonista. Y lo conduce hasta el apoteósico y espeluznante final de este libro que deja huella. Porque queda avisado el lector: no podrá sacárselo de la cabeza una vez terminado.



Francisco Martínez Bouzas