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lunes, 2 de diciembre de 2019

"DOS VERSIONES DEL AMOR PERDIDO, O DE LA LLUVIA"


Dos amores perdidos
Juan Villoro
Menoscuarto  (Ed. Cálamo), Palencia, 2019, 105 páginas.

   


    Dos historias sobre la forma en que el afecto y la memoria recuperan amores que no se pueden dar en la vida real, saben o intentar saber cómo sobrevivir en la vida real, es una de las novedades con la que Menoscuarto emprende una renovación, con una única colección de narrativa, y con el propósito de renovar la calidad literaria, incorporando a autores conocidos y de gran valía o al menos prestigio. Dos textos breves, “intermedio” el primero de ellos “Llamadas de Ámsterdam”. Y el segundo “Conferencia sobre la lluvia”, concebido originalmente como monólogo teatral.
   En la calle Ámsterdam de la ciudad de México, en la que los caballos decidieron el destino, sitúa el autor el juego de fortuna de una historia de amor, al menos una posible posterioridad para la pasión no correspondida. Todo ello en un prólogo esclarecedor de la autoría de Juan Villoro que aporta algunas claves de lectura de ambos textos.
   Dos historias de amor figuran como tema central de ambos relatos. No obstante, no se trata de dos historias de amor convencional. En la primera de ellas, “Llamadas de Ámsterdam”, el autor habla del amor y de sus territorios. Tras la ruptura de una relación amorosa, así como de la reflexión de los propios protagonistas sobre el fracaso de su pasión, con un balance crítico de su existencia. Realmente el relato tematiza la obsesión humana por el amor, lo que llegamos a hacer por el amor, aunque sea un amor perdido en las nieblas del pasado, y aunque la deseada conexión amorosa solamente dure unos minutos. Sus protagonistas son Juan Jesús y Nuria. El primero recuerda la vida de pareja con Nuria con sus recovecos (retrasos, olvidos…) y otros desastres menores. También el querer de Nuria con amorosa  aquiescencia. Pero se separan y Nuria desaparece de su órbita camino de Nueva York. Él, no obstante, sigue pensando quizás demasiado en su mujer, perfeccionándola en su imaginación “para hacerse el mayor daño posible” (página 49). Debido a una enfermedad familiar, Juan Jesús había cancelado un viaje a Ámsterdam. Se divorcian sin aspavientos. El azar le impulsó una noche a llamarla. Dialogan y se entera de que Nuria está casada, con una vida feliz y al margen de él. Llamándola desde Ámsterdan, como ella llega a creer, mantiene la ficción con Nuria, aunque en realidad está al otro lado de la esquina. Así recobra virtualmente los recuerdos de Nuria, a veces la imagina. Pasan los días, conversaciones virtuales desde la Ámsterdam mexicana. Una ciudad, no te vayas a mojar, acaba con cualquier intento de recuperar la relación con la ex mujer. Pero la simple posibilidad del reencuentro es en cierto sentido una nueva relación.la conexión, aunque no sea sentimental, los acerca.
   El segundo relato “Conferencia sobre la lluvia” es un monólogo teatral convertido en la narración de un bibliotecario que se ve obligado a improvisar una charla sin guión fijo porque  ha perdido las anotaciones para su conferencia sobre la relación entre la lluvia y la poesía amorosa. No obstante, sigue adelante e improvisa una charla sobre el amor fracasado ante un auditorio expectante, con la posibilidad de quedarse perdido. Por eso mismo opta por la solución de contar, de forma improvisada, su vida personal, sin excluir el relato de sus fracasos amorosos. Antes de eso citará a poetas y a escritores. A Mallarmé: “E mundo existe para convertirse en libro”. Pero él no pretende ser autor, herrar un volumen con su nombre. Y mantiene que los poetas se liberan del mundo con la lluvia (César Vallejo), recuerda así misdo la “lluvia oblicua” de Pessoa.
   Una chimicheca, Soledad, controladora de sus libros se cuela en su conferencia y en su cama. También Laura que se acerca  a la biblioteca para investigar y de la que termina enamorado: “Llovió encima de mí”, y será su rehén amoroso. Una conclusión justifica la conferencia no impartida académicamente: A veces es bueno no encontrar las cosas, porque difícilmente se puede hablar de la lluvia y de la poesía con la prestancia con la que lo hace el bibliotecario olvidadizo de todo menos del amor.
    
                                                
Juan Villoro
 
   Juan Villoro nos deleita con dos obras menores, dos relatos que sin embargo confirman que en las distancias cortas también es una de la voces más destacadas de la literatura latinoamericana. Con profundidad y al mismo tiempo con gestos de humor, le muestra al lector como recuperarnos ante amores imposibles en el mundo fáctico. El estilo de la prosa de estas dos novelas breves -en el fondo la personalidad del escritor- es elegante, cadenciosa y nos desprovista de gotas de ironía.
   Un libro breve, remanso para el escritor y sutil gozo para los que gozamos de los textos “intermedios” o con conferencias con guiones extraviados.

Francisco Martínez Bouzas

lunes, 20 de octubre de 2014

"¿HAY VIDA EN LA TIERRA?", LOS ARTICUENTOS DE JUAN VILLORO



¿Hay vida en la tierra?

Juan Villoro

Anagrama, Narrativas hispánicas, Barcelona, 2014, 369 páginas



   Cien historias, cien pequeñas historias, reunidas en un volumen, una novedad de Anagrama de este mes de octubre. Almadía lo editó para México hace meses. Rotuladas con el título de una de ellas, “¿Hay vida en la tierra?”. Un verdadero observatorio de lo cotidiano como se ha escrito (Yanet Aguilar Sosa); embrión, algunas de estas historias, de lo que serán las grandes novelas de Juan Villoro, El testigo, El disparo de Argón, Arrecife o su obra teatral Filosofía de vida.

   Historias que tematizan asuntos y situaciones de la vida cotidiana: “No he querido construir cuentos, sino buscarlos en al vida que pasa como un rumor de fondo, un sobrante de la experiencia que no siempre se advierte”, escribe Villoro en la presentación. Amalgama de realidad y ficción, que empezó a tener vida en columnas periodísticas de medios mexicanos y que cubren el período que se extiende de 1995 hasta la fecha en la que se convirtieron en borradores de este volumen. De ahí, lo apropiado del calificativo “articuentos” con el de Villoro define esta amplia colectánea de historias. “Articuentos” de tentaciones, porque, en la senda de los grandes hacedores de tentaciones artísticas -entre ellos el gallego Álvaro Cunqueiro-, Juan Villoro es del parecer de que en estos tiempos de comida rápida o congelada, también los caprichos, las debilidades son necesarios.

   Cien relatos pues de la vida real que resucitan el costumbrismo cuando ya se le daba por fenecido y hace muchos años que la literatura renegó del mismo. Historias que poseen además el valor añadido de ser, muchas de ellas, un escaparate de la mexicanidad -la narrativa de Villoro es obsesivamente mexicana-, cuando ésta se escribe con minúsculas y se nutre de pequeñas anécdotas del vivir cotidiano, tal como aparecen incluso en sus novelas de mayor calado, El testigo, pongo por caso. Historias, costumbres, prácticas cotidianas, anécdotas que en buena medida son portavoces de esa mexicanidad de a diario: el mexicano prefiere ser turista que emigrante; la esmerada cortesía dialogal que los mexicanos sostienen con personas que no volveremos a ver; a los mexicanos no solo les cuesta más trabajo llegar a la democracia sino a todos los lugares; la astenia incidental,  hoy una plaga mexicana; como ser golfo sin efectos secundarios en las privilegiadas condiciones del altiplano; en México, el ponche el mejor sistema de calefacción; un cuchillo enterrado al pié de un árbol, método mexicano para detener el cambio climático; la falta de colmillos de los mexicanos sonrientes; la comida, medio privilegiado de comunicación de los mexicanos. En fin, la maltratada y ajada vestimenta de los habitantes de México D.F. que buscan remedio en la cultura.

   No cabe duda de que la idiosincrasia diaria del mexicano sostendría sobradamente cien o más historias. Pero Villoro también sabe abrir fronteras y observar en el exterior. Por eso otras de sus historias se dispersan por distintos territorios: Kenzanburo Oé y su idea del altar, la tos,  identidad de la Alemania unificada; la magia del primer alunizaje en feliz o desafortunada coincidencia con el enamoramiento de dos gemelas; la refutación de la existencia de Dios según César Aira, o la atractiva vida paralela, el “avatar” que nos brinda Second Life, representación de la fuga psicológica perfecta.

   Villoro no eleva todo este anecdotario a categoría, pero lo aprovecha para tejer, con la prosa precisa que caracteriza su escritura, historias muchas veces minúsculas, con recursos frecuentes a los malentendidos, a las paranoias de nuestros días, que nos atraen porque no se salen de la cotidianeidad y están escritas con humor socarrón, mas tan sutil que apenas se nota.

   El origen articulista de estas historias, “articuentos”, las aleja de los momentos y pautas canónicas de un cuento o narración breve (introducción -desarrollo-desenlace). Son relatos planos, crónica de la realidad, retratos del presente, y no demandan suspense ni desenlaces sorpresivos. En vez de eso, Villoro le regala al lector  historias cargadas de ingenio y de humor, mirada a ciudades en las que descubre lo extraordinario  y lo habitual. Ingeniosas reflexiones en la que, por lo general Villoro deja que sea el lector quien extraiga las conclusiones, como en el caso de esa vida espectral o digital, en cualquier caso fantasmagórica, que hoy está sustituyendo a la vida real. El autor plantea la historia y nos ofrece el material para que nos demos comprendamos dónde está la auténtica vida, la verdadera realidad.

   Así pues, un amplio catálogo de historias. La lectura de cualquiera de ellas nos tienta a leer la siguiente. Un libro hedonista, periodismo/narrativa de tentación. Un buen manjar literario que tiene la ventaja de huir de asuntos transcendentales, sustentado en lo cotidiano, y al que el tamiz literario por el que Villoro lo hace pasar, lo convierte en interesante. En definitiva, historias que por ser tan cotidianas, definen nuestra manera de estar en el mundo, más bien poco heroica y carente de suspense. Villoro, es verdad, construye una historia de cualquier situación, por trivial que sea. Y eso no está al alcance de cualquiera. Pequeños textos, engranes minúsculos del vivir diario que, si bien no admiten comparación con sus novelas como El testigo, El disparo de Argón o Arrecife, constituyen un ingenioso y placentero plato literario, porque a veces las apariencias engañan y lo ordinario puede estar preñado de encantos.



Francisco Martínez Bouzas





Juan Villoro

Fragmentos



“En México el mejor sistema de calefacción es el ponche. Nuestros hogares son tan gélidos que si uno abre la puerta, se enfría la calle.

Por alguna razón la arquitectura «típica» fue planeada para los soles de una tórrida Arabia. Las casas estilo «colonial mexicano» tienen ventanucos de convento y pisos de piedra sacrificial. Aunque suele haber chimenea, casi nunca hay leña. En lo que toca a las viviendas comunes (que el optimismo llama  «de interés social») sólo se puede decir que sus pasillos redefinen la palabra «chiflón»: el aire convierte las paredes en una caja de resonancia para los conciertos del dios Eolo.

Si se descuentan las costas y el norte del país, donde la sensatez ha repartido chamarras, la mayoría de los mexicanos padecemos más frío que los esquimales. Esto se debe a que vivimos según la hipótesis de que también en el altiplano somos tropicales. Abrigarse no sólo parece innecesario sino de mal gusto. Cuando alguien llega con abrigo a la fiesta le preguntan con sorna: «¿Dónde fue la nevada?» Aunque a todo el mundo le salga vaho de la boca, la etiqueta nacional exige ponerse dos camisas antes que usar ropa de invierno.”



…..



“Hemos usado tanto la amabilidad que ya la gastamos. La cortesía se fue de nuestras calles, para refugiarse en las películas mexicanas de los años cuarenta.

Escribo estas líneas desde la ciudad de México, conocido bastión del catastrofismo. Sé que en provincias se conservan hábitos ajenos a la prisa y la neurosis, pero también ahí he advertido el deterioro: la gentileza atraviesa una crisis nacional.

¿Qué tan grave es esto? Es obvio que un patán puede ser feliz. La cordialidad no garantiza el bienestar ni pertenece a los recursos más importantes de un país. Sin embargo, la forma en que nos saludamos describe la realidad que compartimos.

Cuando yo era niño, un caballero era una persona de urbanidad dramática, capaz de dirigirse a su vecina en estos términos: «¡A sus pies, señora!»

Un inútil sentido de la discreción impedía hacer preguntas directas. Como el estado habitual de la infancia es la confusión, nos hubiera encantado decir «¿qué?» a cada rato. Pero eso era grosero. Había que decir  «¿mande?», como peones de hacienda.”



…..



“Aunque no parecen muy atentos, los hombres reiteran su presencia. Escuchan con aire errático del que está ahí porque afuera hace más frío o absortos en incendios que tal vez son interiores. Los de México, Distrito Federal, visten las ropas maltratadas que suelen distinguir a quienes buscan fervoroso remedio en la cultura. Rompevientos desgastados, pantalones luidos, zapatones con cuarteadoras. Llenan arrugadas bolsas de plástico a modo de portafolios; prefieren los lápices a las plumas, no tiene reloj, usan boinas raras, hechas de un casimir que hace medio siglo fue un chaleco. Aunque normalmente son de una limpieza escrupulosa, a veces muestran lastimaduras, una uña negra y rota, una rajada en la mejilla, un manchón de Merthiolate en la frente. Cuando el autor, acostumbrado a su presencia sigilosa, se acerca a saludarlos, hablan con respeto evocador de otros tiempos: «Gusto en verlo, maestro.»



(Juan Villoro, ¿Hay vida en la tierra?, páginas 61, 140, 368)

viernes, 19 de septiembre de 2014

"EL TESTIGO", UNA NOVELA OBSESIVAMENTE MEXICANA



El testigo

Juan Villoro

Editorial Anagrama, Narrativas hispánicas, Barcelona, 470 páginas

(LIBROS DE FONDO)



   
  Juan Villoro  (Ciudad de México, 1956), a pesar de que frecuenta todos los géneros no se prodiga en exceso. Ha publicado cinco novelas, seis libros de cuentos, literatura infantil, teatro, ensayo, crónica y periodismo literario; y es sobre todo uno de los escritores fundamentales de la actual literatura en español escrita en México. Ha vivido del “multiempleo”: profesor, traductor, periodista y escritor. La novela que hoy comento, El testigo, es posiblemente su obra más importante. Ganadora hace diez años del Premio Herralde de Novela. Juan Villoro forma parte de esa ola de narradores nacidos a la otra orilla del mar que está renovando la literatura latinoamericana, tras el agotamiento creador en que la misma cayó después de los autores del boom.

   La suya es una literatura que sigue una línea claramente experimental; una literatura del desencanto basada en la revisión estructural del relato, en el alejamiento, en la ironía crítica que sustituye a la imaginería tropical o telúrica, a las corrientes imaginativas de los escritores del realismo mágico. Una línea que está conformando una nueva generación de escritores que presentan como elementos caracterizadores un cuidadoso tratamiento del lenguaje novelesco, una descripción pormenorizada de sucesos y situaciones, una honda penetración en la psicología de los personajes y un abierto y franco cosmopolitismo que, no obstante no se olvida  de los territorios más próximo y de sus crueles situaciones conflictivas.

   Juan Villoro es un escritor indispensable dentro de esta línea de renovación estética. Este “equilibrista consumado” non regala  con El testigo una novela rabiosamente mexicana. Una novela que radiografía un país con el alma dividida, construido a base de ambivalencias y dicotomías, como uno de los personajes de la novela, el poeta ruralista Ramón López Velarde (1888-1921), anclado entre santas y putas.

   A pesar de que El testigo abre sus páginas con el poema de Cavafis sobre la superioridad del viaje en relación con el punto de llegada (“Cuando emprendas tu viaje a Ítaca / pide que el camino sea largo…), la novela es ante todo una pieza narrativa sobre los enigmas de la llegada y una reflexión sobre la figura del testigo precisamente en su país. En estas coordenadas es preciso encuadrar la trama argumental. La historia de un mexicano, Julio Valdivieso, un intelectual mexicano emigrado al viejo continente, profesor en la universidad de Nanterre, que, tras una prolongada ausencia, retorna a su patria para conocer los cambios en ella operados, hacer frente a un pasado personal marcado por la relación con una prima y sobre todo resolver sus dudas, tanto políticas como sentimentales. Porque esta vuelta al presente se convierte para él en una oportunidad para penetrar  en su pasado, en el de su familia y en el de su país, que sigue igual pero al mismo tiempo, distinto. En el agitado cambio político, el personaje principal  no ejerce exactamente el papel de protagonista, sino de testigo de la realidad. Más que desatar los sucesos, da testimonio de ellos. Por eso mismo, la oportunidad del título porque toda la novela es una profunda reflexión sobre la figura del testigo, aunque, como piensa el escritor, no resulta fácil decir quién  es un testigo fiable de los hechos.

   La novela, sin tener un contenido político palmario, en su trasfondo tiene que ver con la sensación de ilusión traicionada que acarreó la transición a la democracia después de casi tres cuartos de siglo de dictadura del PRI. Al mismo tiempo la novela indaga en algunos testimonios contemporáneos tan influyentes en el vivir diario como los programas televisivos, los mensajes religiosos o la gran poesía, no obstante sus nefastas dualidades, de Ramón López Velarde, que en sus construcciones  líricas refleja el alma íntima de los mexicanos. Radiografía generacional, sociológica, cultural e incluso corporativa de un país, amalgamada con una historia de sentimientos frustrados -en la novela tampoco falta el amor  y el protagonista quiere indagar por qué su prima amada le deja plantado-, de soledades asumidas, de restos incumplidos.

   Una pieza literaria erguida con una prosa muy precisa y sin embargo a veces sensual. Y trabada en una arquitectura perfectamente consecuencial, de imprevisto suspense que el autor mantiene a través de complejas maquinaciones y que, siendo realista, nada tiene que ver con el realismo tradicional. Un buen y amplio friso literario, en definitiva, cuya trama argumental no ha perdido actualidad y que le permitirá a lectoras y lectores empaparse de las ambivalencias y contradicciones del actual México.



Francisco Martínez Bouzas





Juan Villoro

Fragmentos



“La comunicación se cortó. Julio hubiera preferido cenar solo, en la cafetería que vio junto a la alberca, pero ya no podía rectificar. No había querido llegar a casa de su madre para amortiguar su regreso a la patria, y ahora se sentía metido en un embrollo. ¿Quién era el Vikingo? En veinticuatro años europeos no había tenido un amigo con apodo (le decía el Hombre de Negro a Jean-Pierre Leiris, pero ése era un apodo secreto). Pensó en Olga, la chilena que parecía rusa. Sus ojos sugerían episodios trágicos. Por desgracia, Julio no fue uno de ellos. Olga tenía piel de jabón de avena, la mirada irritada por la nevisca, un cuerpo para temblar entre tambores de té y sábanas calientes.”



…..



“Caminó (Julio) un rato por la Zona Rosa. El antiguo bastión de la bohemia, las joyerías y los restoranes de moda había sido invadido por vendedores ambulantes. Le ofrecieron hámsters, casets piratas, cortaúñas, un enorme martillo inflable.

Había sencillos puestos de tortas y jugos para quienes se dirigían a la estación del metro. Muchachas jóvenes atractivas, casi todas en pants, entraban en los locales de table-dance donde se empezarían a desvestir al poco tiempo.

Afuera de una tienda de artesanía vio a un mendigo de papier mâché, de tamaño natural. Estaba condenado con un grillete, para que no lo robaran. La protección parecía un castigo por la mendicidad. ¿Cómo sería la casa ese hombre de mano extendida resultara decorativo? ¿Había algo más extraño para un mexicano que estar en México?”



(Juan Villoro, El testigo, páginas 16, 253-254)

sábado, 17 de agosto de 2013

LA EMERGENTE NARRATIVA IBEROAMERICANA



Emergencias
Doce cuentos iberoamericanos
Varios autores
Edición y prólogo de Jorge Carrión
Epílogo de Juan Villoro
Editorial Candaya, Les Gunyoles-Avinyonet del Penedés, Barcelona, 2013, 239 páginas.


   En el año 1965 el editor gallego argentino Francisco Porrúa tuvo la primera noticia de Gabriel García Márquez por boca del escritor chileno estadounidense Luis Harss, autor del libro Los nuestros, una obra que presentaba relatos de diez narradores que consideraba representativos de la nueva literatura latinoamericana. El contacto con aquel libro le permitió a Francisco Porrúa enterarse de la obra de Gabriel García Márquez y contactar con el escritor colombiano. Dos años más tarde, la Editorial Sudamericana, cuyo director literario era Porrúa, editaba por primera vez Cien años de soledad. Así pues, en el inicio de la trayectoria literaria de García Márquez hubo un cuento.
   Este libro que hoy comento y que reúne doce relatos de otros tantos escritores iberoamericanos, es posible que también le abra la senda o sea el inicio de la trayectoria literaria de algún gran escritor que, a su manera, siga los derroteros de Gabo. Por medio de esta publicación doce escritores comienzan a significar algo para los lectores. Y lo hacen mediante el género que tienen más a mano. En talleres de creación literaria, escuelas de escritura o facultades universitarias han velado sus primeras armas y en esta publicación colectiva recogen los resultados. Emergen, se hacen visibles mediante variadas estrategias narrativas, todas ellas ancladas en el minúsculo arenal que es la brevedad. Relatos variados que tocan múltiples temas y emplean distintas estrategias narrativas, tal como lo hizo la literatura de siempre y lo reitera la de nuestro tiempo. Emergencias es pues un libro plural en todos los aspectos: sus autores proceden de diversos países iberoamericanos y sus temas, estrategias y estilos son igualmente dispares.
   La engañosa brevedad de estos cuentos representa, sin embargo, modos muy personales de crear. Gimnasios naturales, como hacer notar Jorge Carrión, editor y prologuista de Emergencias.  A través de ellos, en efecto, Antonio Galimany (Rosario, Argentina, 1987), Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988), Ramón Bueno Tizón (Lima, 1973), Mariana Font (Montevideo, 1977), Carlos Gómez Pérez (Barcelona, 1969), Tomás Sánchez Bellocchio (Buenos Aires, 1981), Jari Malta (Montevideo, 1985), Eduardo  Ruiz Sosa (Culiacán, México, 1983), Carolina Bruck (La Plata, Argentina), Yannick García (Amposta, España, 1979), Wilmar Cabrera (Palmira, Colombia, 1970) y Alex Oliva (Barcelona, 1974) nos ofrecen una muestra de su hacer literario.
   Muestras que  moldean relatos muy narrativos todos ellos, pero narraciones de la cotidianidad.  No narran avatares y sucesos excepcionales, sino el acontecer diario de personajes muy variopintos. Líneas pues de la vida cotidiana con nulos o escasos momentos de suspenses, con excepción del relato que cierra la antología,”Nuestra casa” de Alex Oliva. En él el autor nos permite acompañar a una pareja que con entusiasmos explora su nueva casa. Son los primeros vecinos de una nueva promoción. Pero muy pronto aparecen problemas en la edificación hasta que la situación, entre la soledad y la desolación, la quiebra o el silencio de la promotora, se hace insostenible.
   Tematización pues de historias muy variadas en las que, sin embargo, podemos ver ciertos rasgos comunes, reflejo de un mundo en crisis, con espacios de precariedad e incertidumbres; roturas de pareja y de familias, extrañeza y alejamiento frente a las instituciones tradicionales (familia, matrimonio, estado); presencia agobiante  de seres desamparados. Apertura y variedad de estímulos y referentes, entre ellos la intertextualidad, especialmente con Vila-Matas, con Roberto Bolaño, Ricardo Piglia o incluso con Diderot.
   Un sustancioso epílogo de Juan Villoro sobre los talleres de escritura de los años setenta y, en concreto, sobre su experiencia en el de Augusto Monterroso y sus enseñanzas sobre la elaboración del cuento, recopiladas en un decálogo, pone el ramo y clausura esta muestra plural -y yo apostaría que representativa-  de  la emergente narrativa iberoamericana ofrecida en formato breve.

Francisco Martínez Bouzas


 
Jorge Carrión

Fragmentos

“En la segunda fotografía, María Ozawa nos mira desde la lejanía de sus inmenso poder, el rostro inclinado hacia la derecha. Una mano hunde sus dedos entre su cabello negro, desordenado intencionalmente. La otra mano cae sobre su muslo interior, junto a su bajo vientre, ahí donde el Monte de Venus da María Ozawa se enciende como una mata salvaje y lúbrica. No es el enterizo ajustado de malla que trae puesto lo que perturba y conmueve al espectador. Tampoco la turgencia de sus pechos, medianos y preciosos. Lo que sobrecoge es la naturaleza agreste de su vello pubiano, de una oscuridad arcana, intimidante pero magnética al mismo tiempo. Como una flor carnívora, hermosa y espeluznante. O como una tarántula, posada entre las piernas de una hafu.”
(Ramón Bueno Tizón, “María Ozawa”, páginas 50-51)

…..

“Vuelve andando a su bloque. Pasea por el patio trufado de excrementos de animales. En el antiguo césped comunitario crecen hierbas que le llegan ala rodilla, al lado de zonas en las que la tierra ha quedado al descubierto. La piscina está medio vacía. Dentro solo un metro de residuo oscuro cubierto de hojas muertas entre las que se adivina el cadáver de un ave bastante grande. Se sienta en el suelo. El nudo en la garganta le causa un dolor nada metafórico, atroz, de laringe aplastada. Vuelve a tantear el papel que lleva en el pantalón. Lo saca. Lo desdobla con cuidado. Lo mira por enésima vez: un dibujo a lápiz, a medio hacer y tachado. Lo vuelve a doblar con extrema precaución. Con los ojos cerrados besa ligeramente el papel antes de guardarlo de nuevo en el bolsillo.
Se le ocurre que, si estuviese quieto el tiempo suficiente, las hierbas lo irían rodeando, consumiéndole poco a poco.”
(Alex Oliva, “Nuestra casa”, página 219)

martes, 13 de diciembre de 2011

NARRATIVA NO FICCIÓN SOBRE EL TERREMOTO DE CHILE

8.8: El miedo en el espejo
Una crónica del terremoto de Chile
Juan Villoro
Editorial Candaya, Avinyonet del Penedés (Barcelona), 2011, 110 páginas.

La muy selecta Editorial Candaya edita para España -Alamadía ya lo había hecho antes en México-  8.8: El miedo en el espejo. Una crónica del terremoto de Chile. Su autor, Juan Villoro (México D.F.) es uno de los narradores con mayor pedigrí  desde el momento en que ganó premios tan prestigiosos como el Xavier Villarrutia, el Herralde de Novela y el Premio Internacional de Periodismo Rey de España. Pero Juan Villoro es sobre todo uno de los grandes renovadores de la literatura latinoamericana; miembro de esa generación de escritores que tomaron el testigo después del agotamiento creador de los autores del boom. Una línea claramente experimental, una literatura del desencanto, basada en la revisión estructural del relato, en el distanciamiento, en la ironía crítica, substituyen en la obra de Villoro a la imaginería tropical.
Se ha dicho que este libro sobre las “lecciones del abismo” que nos muestran que es posible el mal absoluto, llega tarde. Pero el mismo Juan Villoro, al que el impulso o el azar le hizo vivir en Santiago de Chile el terremoto de 8.8 de intensidad que sacudió el país en la madrugada del 27 de febrero de 2010, nos advierte que las réplicas más fuertes de un seísmo son las psicológicas. Y ante la conciencia de esa parálisis mental, él mismo le confesó  a una colega periodista que no podía escribir sobre el terremoto mientras le temblaran las manos. No es posibles construir  teorías express  ante los escombros porque -de nuevo es Villoro el que habla- “¿Hasta dónde es posible reconstruir la experiencia de espanto sin distorsionarla con argumentaciones ajenas a lo que se vivió como caos y marasmo?”  (página 15).
Sin embargo a Villoro le dejaron de temblar las manos y narra la destrucción en una crónica fragmentaria, que reconstruye sobre todo un microcosmo vital: las existencias de aquellos chilenos que vieron como el miedo se asomó en el espejo o estuvieron a punto de extinguirse aquella fatídica noche del 27 de febrero. Y lo hace de la forma más efectiva y enriquecedora, no imaginando la catástrofe sísmica desde la inmovilidad de su escritorio, sino pasando por ella.  
Juan Villoro había llegado a Chile, “el país de las primeras ocasiones”, para participar en el Congreso Internacional de Lengua y Literatura Infantil. Un impulso vital y literario le encaminaba al país andino para cumplir con una oculta cita que el destino le había presagiado. Y allí vivió el terremoto. Esta crónica-testimonio, narrativa no ficción, es el relato no sólo de los largos e interminables minutos del espanto y sus consecuencias y las experiencias humanas de los que con él compartieron la tragedia en el hotel, sino algo más. Al lector se le informa de las premoniciones de los psíquicos, de esa “luna mocha” que lucía con un tono amarillo y le faltaba un pequeño trozo, del agua que contempla el escritor Fabían Skármeta y que mana hacia fuera. Y es testigo a través del relato de Villoro de lo sucedido: ese seísmo de magnitud 8.8 que modificó el eje de rotación de la tierra, con sus siete minutos de duración, percibidos como una eternidad. Del sabor amenazante de la muerte que el escritor vive, no como gritos de pánico, sino vestida de pijamas -los pijamas y camisones en los que el escritor reparó al salir de la habitación-; los mexicanos varados en la capital chilena porque “como el día se acortó una milésima de segundo, nuestra burocracia ya no tenía tiempo para nada y no hubo modo de apoyarnos” (página 45); la generosa solidariedad de los chilenos  y mil fragmentos más sobre la incertidumbre y el miedo al monstruo invisible; también la sorpresa de salir vivo. Las réplicas psicológicas y las incontables migajas del desastre reunidas en cientos de sentencias que compendian una experiencia telúrica (“Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma”) y que son altamente eficaces y expresivas.
Secciones especialmente destacables de este pequeño libro son el capítulo dedicado a relatar el caso de una mujer en coma que elude la tragedia gracias a un sueño del que nunca despertará. Así como el dedicado al relato de Heinrich von Kleist, “El terremoto de Chile”, una fábula moral escrita en el siglo XIX que inquiere sobre los dilemas morales que plantea un terremoto: ¿las víctimas omitidas, lo son por azar o por designio?
Testimonio, pues, contra el olvido que convierte este libro en algo íntimamente personal del propio autor. En el relato nos acompañan sus vivencias, su familia, amistades, su experiencia con los temblores, su forma de dormir, las historias que le transmitieron y, por encima de todo, esos pijamas que abren y le ponen el broche al libro, como metáforas de un terremoto de magnitud 8.8.

Francisco Martínez Bouzas

Juan Villoro


Fragmento

Los argentinos estaban condenados al más terrible aftershock: ninguno de ellos llevaba mate. Unos días antes, empacar hierba rumbo a Chile hubiera sido un regionalismo un tanto ridículo. A fin de cuentas, se trataba de un viaje de cinco días. Sin embargo, en el momento de conversar sobre lo que había sucedido y descubrir que la supervivencia constaba básicamente de largos ratos de espera para encontrar un autobús rumbo a Mendoza, los sobrevivientes argentinos supieron que el miedo y la sorpresa y las anécdotas requerían de un inexistente producto de primera necesidad: el mate.
El podio de la calma triunfal se completa con otra argentina, la escritora Elena Dreser. Cuando el temblor terminó, supo que debía bajar ala calle. Escogió la ropa para la ocasión y reparó en un hecho curioso: nunca se había vestido sin bañarse antes. «Hoy no es la excepción», decidió.
Fue al baño y descubrió que la ducha estaba llena de escombros. Esto no alteró su sangre fría ni su ímpetu higiénico. Se dirigió a un cuarto vecino, se presentó y pidió permiso para la ducha.
Media hora después era la persona más elegante en el banquete de la Alameda”

(Juan Villoro, 8.8: El miedo en el espejo, páginas 73-74)

jueves, 14 de abril de 2011

NIÑOS EN SUS CUMPLEAÑOS, LA PÉRDIDA DE LA INOCENCIA


Niños en sus cumpleaños
Truman Capote
Traducción de Juan Villoro
Nórdica Libros, Madrid 2011, 61 páginas.


   Originario del profundo Sur de Norteamérica, Truman Capote fue un ser extravagante, un bo vivant, que conscientemente puso fronteras en su vida, corriendo juergas y frecuentando francachelas; muchas de ellas en aquel permisivo Tánger de los años dorados, donde se dieron cita intelectuales y escritores tan relevantes como Tennessee Williams, Paul Bowles, Gore Vidal, Patricia Highsmith, Jean Genet. Ellos convirtieron la ciudad marroquí en la capital del mundo gay, pero también en un centro de intercambio e irradiación de energías y proyectos artísticos. La pluma extraordinaria de Truman Capote supo radiografiar las contradicciones de una sociedad en la que sus protagonistas conviven con existencias extrañas y situaciones profundamente complejas, en medio de climas inquietantes, reflejos, no obstante, de la cotidianeidad. Los sentimientos más encontrados habitan no solo en las grandes obras que le catapultaron a la fama (A sangre fría, Desayuno en Tiffany’s), sino también en sus obras menores, en sus cuentos.
   El desencanto, el miedo, la obsesión, mas también la ternura se dan cita en las páginas de extraordinaria calidad que le convierten en uno de los excelsos maestros de la literatura norteamericana del siglo XX. Uno de los pocos, como dijo William Styrom, que tenía el don de hacer cantar y bailar a las palabras.
   Niños en sus cumpleaños, que ahora nos permite leer Nórdica Libros en su colección “Minilecturas”, en traducción de otro maestro de la lengua, Juan Villoro, fue uno de los relatos  preferidos del autor. La trama argumental del cuento relata un año en la vida de dos amigos, dos adolescentes, habitantes de un pueblo de Alabama. Es el verano de 1947, de oxidada y polvorienta sequía, y a ese pueblo en el que nunca sucede nada, el autobús de las seis trae a una niña delgada que caminaba como una persona adulta. Es Miss Bobbit que llega con su madre que nunca habla. El pasmo inicial de los dos amigos ante la niña que llega con los labios pintados, vestida como un florero y que miraba como una dama, da lugar a la absoluta obnubilación de Billy Bob y Preacher Star, dispuestos a cortar todas las rosas de China para depositarlas a los pies de la recién llegada y despertar así su atención.

Truman Capote, foto de 1959

   El trágico desenlace, anunciado ya en la frase gélida que inicia el relato (“Ayer por la tarde, el autobús de las seis atropelló a Miss Bobbit”, página 7) cae como una inesperada  e insoportable losa sobre las expectativas lectoras. Muerte anunciada, pues, ya desde la primera página y total alteración de la vida de los adolescentes que van cambiando radicalmente sus existencias en este último periplo inocente de sus vidas.
   En unas pocas páginas, Truman Capote hace gala de sus habilidades para crear espacios, convirtiendo un mundo que se agota en si mismo y en el que el hastío es su único entretenimiento, en un ambiente alterado, lleno de vida, de inquietudes e interrogantes. Con un estilo insultantemente sencillo y diáfano, apoyado en el hallazgo de la frase justa, Truman Capote desvela en este relato la esencia de su literatura. Todo, los personajes, la geografía de ese pequeño pueblo sureño, que agota su realidad en los porches, se convierten en símbolos que remiten a la visión que el autor tuvo de la sociedad americana. Espléndido relato pues sobre la infancia y la inexorable maduración de la misma, construido con pedazos de cotidianeidad, que deja presagiar un fondo perturbador, escrito por un enfant terrible de la narrativa norteamericana, cuyo nombre se asocia para siempre con la frase: “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”