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miércoles, 26 de febrero de 2020

LA VIDA SIGUE A PESAR DEL HORROR


Rewind

Juan Tallón

Editorial Anagrama, Barcelona, 2020, 209 páginas.



  


   Sin duda ha sido una bendición laica el hecho de que en estos últimos años Juan Tallón no  haya decido dedicarse a otra cosa, que algo siga yendo bien en su interior para seguir escribiendo y no hacer cosas aún peores, porque escribe sin saber por qué lo hace. Pero no es un escritor con vocación de infelicidad, como advierte  George Simenon; un escritor que ha interiorizado en su conciencia que lo primero, lo segundo y lo tercero es escribir. Juan Tallón no se desanimó a pesar de que su primer libro editado, por quedar finalista  de un pequeño premio literario, recibió una crítica acerva, una valoración lamentablemente desencajada. No se descorazonó y siguió escribiendo; y lo sigue haciendo afortunadamente, porque la suya es una de las voces más originales y rompedoras del panorama narrativo español.

   No es un tipo al que le guste pensar que todo es literatura, y eso lo trasladó a varias de sus novelas (Fin de poemas, el váter de Oneti, Fin de poema, Salvaje oeste). Se nos dice que Rewind supone un volantazo con relación al anterior trabajo de Juan Talló en el que sentía una cierta debilidad literaria por la descomposición de los individuos, por esas vidas tranquilas que empiezan a torcerse. Un giro radical frente a una técnica literaria plenamente vanguardista. Juan Tallón en varios de sus libros fue un narrador metaficcional. Escribía sobre todo metanovela, apoyándose en el frgamentarismo, en multitud de impts, asumía un debilitamiento de las barreras entre géneros y el empleo deliberado de la intertextualidad. Así son la mayoría de los libros de Juan Tallón, sobre todo los primeros. Pero el volteo fue radical, y en la estructura de esta novela se deja sentir, es lineal excepto quizás en el empleo de un cierto fragmentarismo para darle voz a varios narradores.

   Rewind trata de la muerte, no de la muerte como destino perseguido como en Fin de poema, sino de la muerte que camina a nuestro lado, que no juega partidas de ajedrez, que no sorprende  a nadie y menos a uno mismo. En ese momento fatídico e imprevisto que le da un giro total a nuestras vidas. ¿Hay tiempo, capacidad, decisión de rebobinar?  Porque la muerte, especialmente si se produce en cierta edad no avisa para que nos preparemos.

   El núcleo temático en torno al que gira la novela revive un lance inesperado y horroroso, y lo proyecta hacia el futuro con distintos efectos, con angustia o entereza. Y para que todo tenga sentido resumo a su mínima expresión la sinopsis de la novela. Es la mitad de  un día perfecto, un viernes por la noche. Un grupo de seis jóvenes estudiantes (chicas y chicos) se reúnen e un piso en Lyon, simplemente para pasarlo bien. El narrador da cuenta de que fue a mear, lo hizo y todo se desintegró. De repente, la vida se derramó sin solución. Los estudiantes que viven en el piso confían en la idea de que  vivir consistía también en desperdiciar el tiempo, aunque sin llegar a perder su control.

   Pero esa noche todo se vino abajo. Uno de ellos sobrevive y transmite el aire de celebración de estas fiestas estudiantiles, así como el ímpetu de la explosión provocada por el activismo terrorista islámico que destruye el edificio. A partir de aquí varios narradores indagan en ella y en sus consecuencias.

   Uno de los grandes aciertos de la novela, desde el punto de vista literario, es el relato dramático del estudiante que sobrevive, soslayando en buena medida el tema del terrorismo islámico, ya demasiado tratado. Varios narradores, víctimas y testigos, en una mirada retrospectiva, exploran lo sucedido. Un tema novedoso frente a la reiteración de la investigación del terrorismo. Relatan algunos detalles de la experiencia vital de los jóvenes sin ahorrar detalles en algunos casos. En definitiva el sentimiento de unos jóvenes que se abren camino en la vida. Son felices cenando rápido y mal y por el hecho de compartir la convivencia en un edificio que sería su tumba.

   Es lo más novedoso de la obra. Cinco personajes (allegados, vecinos, familiares, el superviviente…) aportan tres años después, en primera persona, su visión del terrible suceso y algunas consecuencias de él derivadas: parálisis, pesadillas, inutilidad de las propias vidas ante la muerte de la hija, desolación, escisión en la pareja (de los padres), tristeza abstracta, un inmenso vacío, todo teñido de marrón para la quiosquera del barrio amiga de los jóvenes, crisis psicológicas que acaban en suicidio, familias resquebrajadas, desazón o la decisión de no divorciarse ante el ataque a la familia para hacer frente al desamparo). Sobresale la crudeza con que habla el sobreviviente. Sin saber si está vivo o muerto, engullido en el aturdimiento, sin saber si se está deslizando por el tobogán  de la muerte. Atrapado y magullado, no siente el dolor sino la soledad de tener que enfrentarse a la propia muerta, y el rostro cubierto con una espesa capa de polvo.

   

                                              
Juan Tallón (Foto: Europa Press)


   Sin embargo, en esta novela de destrucción y de amor sobre la brutalidad de la existencia y sobre lo que perdemos para siempre, existe un centro oculto, a veces no tan escondido. Y es el convencimiento de que, a pesar de la tragedia que se consumó aquella noche y tuvo la capacidad de alargarse durante años, existe una certeza y esta es que, aunque se hayan perdido los planes, el brazo izquierdo para pintar -es el caso del superviviente Paul Madiot- es preciso empezar a creer en el futuro, porque la vida que puede precipitarnos en los abismos, nos tiende después las formas para salir de  ellos. El pasado siempre vuelve, se rebobina con frecuencia, pero el único sobreviviente llega a la conclusión, a los tres años, de que la etapa de recordar la tragedia, ya había quedado atrás.



Francisco Martínez Bouzas

domingo, 11 de octubre de 2015

"FIN DE POEMA". POST SCRIPTUM



Fin de poema
Juan Tallón
Traducción: Juan Tallón
Editorial Alrevés, Barcelona, 2015, 158 páginas

   Desde el pasado día 5 de octubre, no pocos lectores que hace dos años le manifestaban al escritor Juan Tallón sus deseos de poder leer en español su novela corta Fin de poema, ven por fin cumplidos sus apetencias lectoras. La barcelonesa Editorial Alrevés acaba, en efecto, de lanzar al mercado editorial y poner en las librerías la novela corta de J. Tallón. Fin de poema nació en gallego el año 2013, después de haber ganado por unanimidad de del jurado, el Premio Manuel Lueiro Rey de Novela Curta del año anterior. Su autor, Juan Tallón (Vidardevós, Ourense, 1975), ya no es una joven promesa, sino un escritor consolidado, muy interesante, autor de varias propuestas narrativas, tanto en gallego como en español, que acreditan una escritura innovadora, vanguardista si se quiere, a veces minimalista y metaliteraria. Y sobre todo, capaz de inyectar saludables soplos de aire fresco, ya sea escribiendo de futbol entre anécdotas y chascarrillos, convirtiendo en verdadera literatura el relato de una mudanza, explorando con su pluma los garitos de Madrid o mostrando las reliquias del váter de Onetti en el que Horacio Varela se sentaba cada día para leer  al escritor uruguayo.

   Escribe además Juan Tallón rechazando cualquier tentación de seriedad, tanto en la narrativa de aliento largo como en sus colaboraciones periodísticas, difícilmente superables en facetas como el humor y la ironía. No es que sea un amante “stricto senso” de la basura, pero Juan Tallón reconoce que sin basura no hay biografía y eso lo plasma en buena parte de su obra literaria, escrita, según confiesa para no hacer cosas aún peores.

   Mas, como ya he comentado hace unas semanas en una primera aproximación desde la lengua de Cervantes a Fin de poema, cuando sus páginas solamente eran galeradas (esta reseña es pues un post scriptum de la publicada el 8 de agosto), no todas las publicaciones del escritor ourensano son un brindis al humor, a la ironía, a lo real, irreal o esperpéntico que encierra la vida. A Juan Tallón también le gusta escribir sobre tipos que se van a pique entre huidas, fracasos, sobre los procesos creativos, sobre la muerte, sobre la premuerte y sobre esos sutiles y casi siempre imperceptibles instantes dramáticos que preceden al tránsito final. Todo eso lo hallará el lector en este libro, en Fin de poema, por fin en español, en traducción del mismo autor.

  Recupero de forma sintética lo más relevante de lo publicado el pasado 8 de agosto. La trama argumental de Fin de poema se concentra en los momentos cruciales de la existencia de cuatro grandes poetas del pasado siglo. Momentos fabulados de la vida de Cesare Pavese, Gabriel Ferrater, Alejandra Pizarnik  y Anne Sexton. En concreto, en sus últimas horas con vida, narradas con especial intensidad, a veces de forma agónica. Una cala en sus obras, en sus atroces tempestades, contextualizando el tiempo narrativo con el tiempo histórico por medio de sutiles pinceladas. Así pues, recreación ficcional de instantes fugaces en la vida personal / literaria e incluso editorial de esos y esas poetas. También de sus miedos, sus infiernos (cáncer, alcohol, psicosis, paranoias). Las noches de sus vidas, sus tormentas, sus caminos por el corazón de la angustia hasta desembocar en esa brecha definitiva, abierta hacia el abismo: el suicidio final.

   La prosa de Fin de poema narra esa trágica grieta que se abre de par en par en los suicidios. Un verdadero reto tanto literario como existencial, porque desconocemos lo que acontece en esa premuerte en la cabeza de esas personas que están a punto de poner fin a sus existencias. Pero al mismo tiempo, el libro es una declaración de amor a la poesía, tanto por parte del autor como por parte de los personajes que, incluso en los momentos finales de sus existencias, intentan ahondar en las razones que motivaron, en algunos casos, su silencio poético. Así pues, una novela compleja, rica y de varias lecturas a pesar de su brevedad.

   Remito al comentario antes mencionado en el que, con mayor o menor fortuna, abordé aspectos como la estructura constructiva de la novela, retrato de ambientes, técnica minimalista o elusiva. Me referiré en cambio a otras características como los personajes, ritmo o la misma lengua.

   Fin de poema es manifiestamente una novela de personajes. El autor se apropia de trozos de la vida de los cuatro poetas mencionados, con sus antecedentes y, a medida que avanza el texto, los va perfilando hasta permitirnos conocer todo su drama interior. Las diferentes capas de lectura que posee el libro permiten incluso hacer una lectura en clave de Galicia. El púgil de Vilagarcía de Arousa, Cesar Campuzano, boxeador y emigrante gallego en Argentina desde 1917 que aparece en la historia de Alejandra Pizarnik, es un personaje real (página 21). No así probablemente el poeta de Reboredo (Lugo), Indalecio Besteiro que irrumpe en la historia de Gabriel Ferrater, al que conmueve y que da lugar a una secuencia estremecedora (halla en el cobertizo de la leña el ataúd  que su familia le tenía preparado para su entierro (páginas 129-130). El asistente de hotel, Anibal Cunqueiro que conduce a Pavese a su habitación en la que se suicida, también es gallego (página 72); así como el empleado mecánico, Nicolás Troitiño, marinero gallego y emigrante en Boston que acompaña a Anne Sexton en el bar a primera hora de la mañana.

   La novela se inicia con un ritmo pausado, pero “in crescendo”: poco  a poco va aumentando la intensidad, y lo hace a medida del crecimiento del drama personal de los protagonistas y del acercamiento hacia el desenlace. Las últimas páginas referidas a Gabriel Ferrater son, desde esta punto de vista, trepidantes y por supuesto desasosegantes. También alguna anécdota con el mismo sabor, por ejemplo cuando Alejandra Pizarnik llama a media noche al periódico La Nación y pregunta si ya está avanzada su necrología para que su muerte no coja a la redacción con todo por hacer.

   Fin de poema está escrita con un estilo de prosa diáfano y claro. Una lengua correcta, sin grandes tentaciones de fogonazos líricos, pero sí con algunos aciertos metafóricos interesantes aunque nunca estridentes.  Prosa acompasada, con períodos lingüísticos equilibrados y perfectamente acabados. Y no pocas frases muy seductoras, teñidas de humor, no obstante las situaciones dramáticas que el lector adivina que se están produciendo o que se avecinan. Y que, sin duda, hacen pensar, a la vez que nos remiten a las querencias filosóficas del autor: “El hombre siempre está partiendo de un lugar y llegando a otro lugar, aunque no se mueva de su ciudad” (página 101), “ El suicida siempre ha de estar preparado, con su maleta hecha” (página 107)

   Como ya ha quedado remarcado, Fin de poema no es biografía sino ficción de ciertos momentos dramáticos de cuatro poetas del siglo pasado. Juan Tallón se suma así a la tendencia de la narrativa contemporánea de convertir a literatos, y en general a intelectuales reales, en personajes de ficción. Especialmente en las dos últimas décadas  se ha producido un gran florecimiento  de novelas en las que el protagonista es un escritor o un personaje con intereses intelectuales. Lo cual es más que un indicio de que las fronteras entre realidad y ficción  andan revueltas en la narrativa actual,  los grandes novelistas novelan a colegas suyos, y las vidas de escritores son recreadas en invenciones perfectamente novelescas. Es necesario pues prestar atención a la calidad del texto, en sus ingredientes y no propiamente en el oficio o profesión de los personajes novelados.

Francisco Martínez Bouzas
                                   
                                                       
Juan Tallón (Fotografía de Jesús Regal)


Fragmentos

“Hace años que (Cesare Pavese) avistó el final de su vida. Tal vez en forma de libro imaginado. Todo lo que vino después no fue sino una recreación de aquella visión. Es mentira que uno se acostumbre al dolor. Cada vez que uno entra en bancarrota emocional lo hace  siempre por primera vez. No tiene costumbre. El dolor es constante pero nuevo. Por eso cada año, cada minuto, sufre más. Toma un lápiz y una hoja de papel. Ecribe:

                

    Queridas Coonie, Tina, Fernanda, Bianca, Pierina…Todas. No me habéis dado sino motivos       para matarme. Os felicito. Todo lo que me ha conducido esta tarde hasta aquí ha tenido su origen de una manera u otra en vuestras mentiras. No habéis tenido piedad conmigo. Espero que el tormento al que yo hoy pongo fin se reparta equitativamente entre vosotras. Habrá suficiente para todas. Ojalá tengáis cáncer. 

                                                                                                                            Cesare"

                                                                                                                                         …..



                                                                                           

“Aquí está el poeta frente a la muerte. El poeta sin poesía, agotado, seco, como un roble ante su último y peor invierno. ¡Vale la pena que el sol se alce del mar / y que empiece la larga jornada? Mañana, / con la diáfana luz, volverá el alba tibia / y será igual que ayer y nunca ocurrirá nada.

Prepara una pipa para suavizar la evocación de la mujer que llegó en marzo que lo importuna a estas horas. Se le impone un recuerdo del mes de abril, cuando Connie lo citó en el café Elena. Aquel mediodía, antes de encontrarse, él supo que volvería a sufrir, que todo se acababa otra vez.”



…..




“Pronto amanecerá. Está alterada (Alejandra Pizarnik). Está desorientada y alterada. Bajo ese estado desahuciado realiza una llamada telefónica al diario La Nación y pide que le pasen con alguien de obituarios «A estas horas, señorita, solo puedo ponerla con el personal de teletipos de la noche. Son las seis de la mañana», responde la telefonista, que enfatiza la hora. Dadas las circunstancias -desorientada, alterada-, Alejandra se conforma con eso.

Cuando responden al teléfono en la redacción, la poeta se imagina por la voz a un hombre joven, fumador y de poca paciencia, pero resulta ser especialmente atento, tal vez sin vicios. Alejandra se identifica con su nombre y apellido, y añade, modestamente el dato de la profesión. «Es un gusto hablar con usted. He leído alguno de sus libros. ¿En qué puedo ayudarla a estas horas»? Alejandra pregunta si ya tienen avanzada su necrología. «Es conocido que hay obituarios que conviene ir adelantando, para que la muerte no tome la redacción con todo por hacer.”



…..





“Ella no precisa más años. Avanza hacia el fin. Tiene vistas ya a la ruina. Ese estado mezcla de ausencia y desesperación total la empuja a tomar la tiza y escribir su último verso sobre la pizarra. «No quiero ir nada más que hasta el fondo.» Intuye que en ese momento acaban de pasarle mil cosas por la cabeza, porque siente como el golpe de una cascada de agua a la altura de su frente. Nada retiene. Las pastillas la guían por un lugar despejado. Pero eso todavía le parece insuficiente. Ve nubes altas. Ingiere todo el Seconal sódico que hay en casa. Cincuenta pastillas. Hace un intento de evocar las fructíferas amistades, aunque todo se desmorona como una ráfaga de otoño. La muerte se muere de risa pero la vida / se muere de llanto pero la muerte pero la vida / pero nada nada nada.”



  …..



“Su  familia, que formaban su mujer y su hijo, a su vez lo habían dado por muerto, adelantando trámites para un entierro que parecía inminente. Hasta ese punto se había encontrado Indalecio entre la vida y la muerte. Pero, milagrosamente, se produjo su recuperación. Una mañana de mayo, todavía muy debilitado por una enfermedad que, no obstante remitía, salió de casa a dar un pequeño paseo. Médicos y familia se lo tenían absolutamente prohibido, pero ese día sorteo la vigilancia. Regresó mucho antes de lo previsto, desencajado. Había descubierto algo espantoso en el cobertizo de la leña. Entró en su casa irreconocible, con la mirada desplazada de las cuencas de los ojos y el gesto de la boca fuera de sus cuadrículas, perdido en un nudo imposible. Subió al desván saltando los escalones de dos en dos y cogió la escopeta de caza. Alimentó cada cañón con un cartucho, uno para su esposa y otro para su hijo, y bajó las escaleras con la misma convicción con la que había subido. Tras convocar a gritos a su familia, les anunció que tenían cinco minutos para meterse cuatro cosas en una maleta y marcharse de casa para siempre. Les preguntó si antes de salir por la puerta querían decir algo a su favor que explicase por qué había un ataúd oculto en el cobertizo, sobre la leña. Confirmó lo que temía, es decir, que el féretro era para un Indalecio al que habían dado por muerto precipitadamente. Desde entonces, y hasta que ingresó en un asilo, vivió solo.”



…..

                                                              

“Llenó (Gabriel Ferrater) el vaso que había en la mesa con ginebra y lo bebió de un trago. Había alcanzado el límite, el muro, todo comenzaba a resquebrajarse. Lo llenó una segunda vez y de nuevo le asestó un trago largo y definitivo. Luego acudió a su habitación, y en la mesilla de Marta, en el primer cajón, encontró una caja de tranquilizantes. Extrajo tres pastillas, que dejó respirar unos segundos sobre la palma de la mano antes de ingerirlas de un golpe. Lo hizo con un movimiento automático, echando hacia atrás la cabeza. Se desprendió de la gabardina y la abandonó sobre la cama. En el respaldo de una silla del salón colgó su americana. La soledad volvió a hablarle, pero lo interpretó como la ineluctable antesala del fin. Hacía tiempo que sabía que al cielo o al infierno se va solo. En ese vacío que lo rodeaba como un ejército ante el que no cabe más que rendirse, aún tuvo recordatorios. Recordó a Jaime Salinas, y cómo guardó silencio en 1957, aceptando que este momento llegaría, y sería inevitable que Gabriel cumpliese su augurio. Recordó que dejaba una deuda de treinta y nueve mil pesetas en la librería Herder, que con el tiempo Marta -conociéndola-  saldaría íntegramente, aunque a plazos. Recordó que a él no le ocurriría como a Raymond Chandler, que se quiso suicidar pero falló el tiro, y aunque nunca más lo intentó, tuvo que aguantar que sus amigos lo fastidiasen diciéndole que escribía buenas novelas de crímenes, pero que no sabía suicidarse bien. Todo lo que ocurrió después resultó mecánico, como si en realidad ocurriese en tiempo pasado. Fue a la cocina, abrió un cajón, sacó una bolsa de la basura, regresó al salón, se sentó en el sofá, se quitó las gafas oscuras, cubrió la cabeza con la bolsa, la apretó por el cuello, esperó. Por ahora no digamos nada: / no alarmemos a nadie / mostrando la herida / sangrante y purulenta. / Démosle tiempo y olvido. / Callémos hasta que nadie / ni yo mismo, / lo pueda / confundir aún conmigo”

(Juan Tallón, Fin de poema. páginas 45-46, 75-76, 80-81, 84-85, 129-130, 157-158)

jueves, 27 de agosto de 2015

RUMBOS DE LA CRÍTICA LITERARIA





      La palabra “crítica”, al menos en las principales lenguas occidentales, tiene el significado de “examinar, analizar, discernir, evaluar o dictaminar”. La excepción es seguramente el alemán, idioma en el que el término “crítica” arrastra una carga semántica peyorativa o despectiva: evaluar equivaldría a devaluar, y dictaminar, a emitir una condena, lo que dificultó la labor de críticos como Lessing o Marcel Reich-Ranicki que se comprometieron a hacer alegatos a favor de la crítica como institución, defendiéndola y luchando por su reconocimiento, a pesar de que, en opinión de Reich-Ranicki, la crítica alemana “languidece y se consume lentamente”.

   Por mi parte siempre pensé que el crítico, el que es verdaderamente crítico, practica un género de opinión con la finalidad pragmática de orientación del lector. Mediante el empleo de bases e instrumentos de delineación literaria, el crítico orienta su labor crítica hacia la emisión de un juicio orientativo más o menos profundo, claro y explícito que ilustre al lector sobre las bondades o maldades de un determinado producto literario.

   La crítica, como elemento decisivo e imprescindible en cualquier forma de vida intelectual, como apunta Reich-Ranicki; nunca debería de estar en crisis ni ser cuestionada. Entrará en crisis si deja de ser crítica y se convierte en otra cosa. Hace apenas tres meses, la narradora Sara Mesa publicaba un breve artículo en El País  que hace saltar todas las alarmas: “Todo está en crisis, dicen, y la crítica literaria no se salva de la quema. La inmediatez periodística, las reglas del mercado -¡los libros son mercado!-, las condiciones de trabajo -no pagar, o pagar muy poquito-, todo contribuye a que muchos críticos hoy día critiquen sin leer. O más bien, sin leer el texto -el libro-, pero sí lo que viene a llamarse el paratexto -la solapa, la contraportada, la nota de prensa, las entrevistas y las críticas previas- , a ver qué dijeron otros antes, a ver por dónde va la cosa.” Por cierto, algo similar, aunque con una connotación totalmente positiva, escribió Virginia Woof del crítico romántico William Hazlitt: “Es uno de esos raros críticos que han pensado tanto que pueden prescindir de la lectura.”

   En este estado de cosas, me parece oportuno recordar algunas de las funciones o caminos que se le han atribuido a la crítica literaria, o que se le han propuesto como rutas. Así como formas -algunas canónicas, otras no tanto- de practicarla. Un texto de referencia será la obra  Sobre la crítica literaria que Marcel Reich-Ranicki (1920-2013), conocido como el “papa de la crítica alemana”, escribió en 1970, traducida al español y editada el pasado año por la barcelonesa Editorial Elba. Los juicios de Reich-Ranicki como crítico  eran temidos por editores y escritores, entre ellos Günther Grass, Martin Walser o Peter Handke.                                                                          


   Comienzo por los llamados por Reich-Ranicki “los domingueros de la crítica”, es decir, la crítica sumamente benevolente. Reseñas o comentarios que aparecen, por lo general, en los suplementos de fin de semana y en ellas  sus autores se dedican a describir elogiosamente las obras de sus amigos o colegas, o las de las editoriales con las que tienen una especial relación, cayendo en la sobrevaloración desmedida y en la impertinencia del elogio inmerecido. Ya en 1755 detectó este tipo de crítica Christopher Friedrich Nicolai: “Los errores de la crítica -escribía- no han sido ni de lejos tan dañinos como los elogios que se prodigan los autores entre ellos”. Lo haría más tarde Robert Musil  que en 1933 se quejaba de que se ha dejado la crítica de libros en manos de gran parte de literatos que se elogian entre sí. “Sociedades de elogios mutuos”, llamaba a este tipo de crítica Kurt Tucholsky. Y similar es la tesis de Georg Lukács: “En general para el escritor una «buena» crítica es aquella que lo elogia a él o censura a sus rivales; una «mala» crítica, la que reprocha algo a él o favorece a sus rivales”. No todo el mundo, sin embargo, está de acuerdo  con la falta de objetividad profesional de un escritor a la hora de ejercer cómo crítico. Menciono, por ejemplo, a un prestigioso crítico español, Robert Saladrigas, cuya opinión reproduzco en uno de los fragmentos conclusivos.

   En el polo opuesto, al menos en términos lingüísticos, si situaría la llamada crítica negativa, cuyo representante más emblemático es precisamente Marcel Reich-Ranicki, aunque la legitimidad de tal postura a la hora de criticar libros ya fue defendida entre otros por C. F. Nicolai, Goethe o  Friedrich Schelegel: “La crítica es el arte de matar en la literatura lo que vive solo en apariencia”.  Es verdad que las críticas de Reich-Ranicki destrozaron a algunos libros, El tambor de hojalata de Günter Grass entre otros. El judío polaco, crítico de cabecera del Frankfurter Allgemeine Zeitung, escribía en realidad y como norma general críticas ponderadas, con un marchamo individual y subjetivo, como cualquier otro crítico, pero no ocultaba la obligación del crítico, y él la ponía en práctica,  de “diagnosticar epidemias y expedir partidas de defunción”. Y en efecto, muchas de sus críticas fueron demoledoras, pero otras muchas, elogiosas, entre ellas a un libro de Günter Grass, Encuentro en Talgte (1979). Reich-Ranicki creía en la misión profiláctica de la crítica y para ello comenzó a criticar libros diciéndole a la gente de forma simple y llana lo que pensaba de un determinado libro. No obstante, en la elevación de su gusto subjetivo a un juicio de valor estético, nunca cupieron  ni el varapalo gratuito, ni la ambigüedad elusiva, ni las reseñas abstractas, ni tampoco la cortesía ecuménica.

   
                                                     


 Otro de los rumbos que marcan las rutas de algunos críticos, es el comentario contracanónico o desacralizador, que está tomando carta de naturaleza en nuestros días. Vienen a mi mente el libro de Frédéric Beigbeder, Último inventario antes de liquilación y el más reciente, Libros peligrosos de Juan Tallón. F. Beigbeder comenta de una forma personal, libre y desacralizada, frecuentemente con frivolidad, inconsecuencias y humor (“para superar el efecto intimidatorio que producen las grandes obras de arte”) los cincuenta libros del siglo XX escogidos por los lectores de Le Monde y FNAC. Quizás obras maestras, pero que, a su juicio, odian ser respetadas, prefieren vivir, es decir, “ser leídas, machacadas, contestadas, manoseadas.” Mucho más inteligentes, aunque no exentas de una mirada cínica y a veces un poco golfante, son las cien reseñas que Juan Tallón hace de otros tantos libros. Comentarios muy lúcidos, más también desacralizados, desenfadados, escritos con mucha chispa, mas también con rigor, que tienen la virtud de poder encerrar en una sola línea o en un par de ellas la esencia de una obra (“La escritura de Carver transita por pasadizos inciertos y hábilmente accidentados”, “Cada comienzo de sus relatos es una invitación a temblar” -escribe sobre Catedral de Raymond Carver, una misa para muchos.)

   Y entre unos y otros nos situamos aquellos que estamos unidos por el común denominador de pretender ser intermediarios entre el libro y los lectores, ofreciendo nuestro punto de vista, juicios siempre subjetivos, huyendo a la vez del ajuste de cuentas y del slogan que se puede apreciar en solapas, contraportadas o bandas con las que las casas editoras pretenden ganar lectores. Los textos de Fernando Aramburu y Armando Requeixo que reproduzco, señalarían esos rumbos.


Francisco Martínez Bouzas


Textos


“Detesto las normas, los cánones y los consejos vengan de donde vengan. ¿Quién los dicta, desde qué pretendida altura y con qué propósito? Lo que es útil para uno puede no serlo para otro. ¿Qué tiene en común Updike con Edagar Allan Poe, con Foster o con Coetzee? Cada uno representa un concepto distinto de la estética literaria. En el mundo del arte no hay reglas. Por fortuna es un espacio de libertad que es, o debería ser, de libertad absoluta. Por otro lado, no creo en el mito de la objetividad. ¿Desde cuándo he de ser objetivo ante una tela de Matisse o leyendo e intentando desentrañar los significados de un poema de Verlaine? Y ¿quién mejor que un escritor para intentar, eso sí, mediante un ejercicio de honestidad, entender las claves de otro escritor?”

(Robert Saladrigas, Entrevista concedida al diario Público, 26 de octubre de 2013)

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Ignacio Echeverría

“¿Cómo han reaccionado sus amigos ante críticas demoledoras?

Nunca reaccionan bien. Dependiendo de la categoría humana del escritor, hay quien se lo toma con deportividad y hay quien no te lo perdona. En este sentido, el plano en el que resulta más difícil sostener la independencia del crítico es personal. Un crítico, al fin y al cabo, es un tipo que circula en el medio literario, que es pequeño. Si eres crítico, hay cierta apuesta por la misantropía. Cyril Connolly, en Enemigos de la promesa, lo formula muy bien. Un crítico solo puede serlo hasta los treinta y pico años porque, a partir de entonces, el tejido de las relaciones que tiene en el mundo literario le impiden ejercer su independencia, ya no por un problema intelectual sino por un problema moral y afectivo. Pero creo que eso se puede sostener, todo depende de habilidades propias.”

(Igancio Echeverría, Entevista concedida al diario Público, 22 de noviembre de 2012)



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Quien se pronuncia públicamente sobre el trabajo de otros y no lo encuentra todo bello y bueno provoca que otros se froten las manos, pero de inmediato levanta la sospecha de ser un tipo malicioso que se deleita en enmendar la plana a sus congéneres.

En todas partes, es decir, también allí donde se reconoce plenamente la importancia de la crítica y se ve en ella un elemento decisivo de cualquier forma de vida intelectual, se la trata con cierta susceptibilidad, con un malestar más o menos encubierto; la relación con aquellos que critican o que incluso han hecho de la crítica su oficio no está en ninguna parte exenta de resentimiento y desconfianza. «Porque, del mismo modo que, para convertirse en un autentico mendigo, el más rico de los aspirantes deberá desprenderse de hasta el último centavo, así nadie podrá tampoco iniciarse como un autentico critico si no dilapida antes todas las buenas cualidades de su espíritu; lo cual, tal vez, aun por un precio menor, podría considerarse una mala inversión», afirmó Jonathan Swift en torno al año 1700.»

(Marcel Reich-Ranicki, Sobre la crítica literaria, Editorial Elba, Epílogo de Ignacio Echeverría, Barcelona, 2014, 144 páginas)



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“¡Basta ya de purismos! Sólo cuatro letras separan esta palabra del puritanismo. Aunque sepamos que en arte la competición no existe («Lo hermoso no devora lo hermoso. Ni los lobos ni las obras maestras se devoran entre sí», Victor Hugo dixit) nada nos impide divertirnos un poco clasificando, comparando, enfrentando entre sí a algunos genios que, en vida, se declararon frecuentemente la guerra. Un crítico es un lector como los demás: cuando da su opinión, favorable o desfavorable, sólo se representa a sí mismo, y ni siquiera eso, sólo a una de sus múltiples facetas contradictorias.”
(Frédéric Beigbeder, ¨Último inventario antes de liquidación, Editorial Anagrama, Barcelona, 2002, página 13)

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“Hace tiempo, José Martí Gómez me preguntó delante de cincuenta personas, por redondear, si los escritores éramos todos gilipollas. Ni siquiera dijo «casi todos», para salvarme. Me cogió en calzoncillos, y me derrumbé entre la multitud. Confesé que, si no todos, al menos en mi caso se podía afirmar que sí. Lo era. En cierto sentido es importante ser un poco gilipollas y creerse el mejor escritor del mundo, aunque  esa categoría no existe. Necesitas, muchas veces, perseguir sombras para llegar a algún lugar. Esa fe y constancia en tus sueños pueden ayudarte a alcanzar los puestos del medio. No es poco.”
(Juan Tallón, Libros peligrosos, Larousse Editorial, Barcelona, 2014, página 12)

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Fernando Aramburu

“Merece algo más que aplauso, merece agradecimiento el crítico que hace apetecible las obras valiosas; aquel que no se limita a descifrarlas con adusta terminología de profesor, sino que se toma la molestia de transmitir entusiasmo, humanizando generosamente sus textos críticos por la vía de exponer una parte de su condición de lector sensible; aquel, pues, que explica con precisión y claridad las razones por las que considera que una obra determinada repercute positivamente en él. Nada de lo cual es compatible con eslóganes del tipo: «lean sin falta la novela, no se la pierdan» y demás clichés del redactor de reseñas metido a mercader. Ni con la dejación intelectual de quien, para ponderar la calidad de un autor, menosprecia a otros. Ni con el lanzamiento de cohetes artificiales del tipo: «el mejor de su generación, el más grande de su época» y demás hipérboles de improbable demostración que, además, contribuyen a difundir y fijar los tópicos.”
(Fernando Aramburu, “Crítica de la crítica”, artículo publicado en el periódico El País el 13 de julio de 2013).

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“El crítico literario es un lector autorizado, que tiene una competencia lectora superior que proviene de su experiencia y / o conocimientos técnicos en la materia. Su visión del texto literario se sirve de elementos de descripción científico-literaria pero puestos al servicio de la emisión de un juicio de valor, de una valoración más o menos subjetiva del texto. La suya es, por lo tanto, una crítica inmediata, una crítica pública cuya misión es, fundamentalmente, la de informar y analizar panorámicamente, pero también la de valorar -con argumentos y justificación, por supuesto- los textos a los que se refiere, pues en la orientación del potencial público reside buena parte de su razón de ser.”

(Armando Requeixo, Tradución de un párrafo del trabajo “Crítica literaria galega: problemática y actitudes”, publicado en la revista Grial, octubre-diciembre, 2005, páginas 123-127)