Mostrando entradas con la etiqueta Jesús Zulaika. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jesús Zulaika. Mostrar todas las entradas

sábado, 24 de septiembre de 2016

"TODOS LOS CUENTOS": LA VIDA TRANSFORMADA EN LITERATURA



Todos los cuentos
Raymond Carver
Traducciones de Jesús Zulaika y Benito Gómez Ibáñez
Editorial Anagrama, Barcelona 2016, 702 páginas

   Cincuenta y ocho relatos publicados en vida del escritor, más cinco póstumos, hallados a partir de 1999, convierten a Raymond Carver (1939-1988) en un icono, en el mejor cuentista de América, quizás el mejor de todos los tiempos junto con Chéjov. Cuentos agrupados en cinco colecciones: ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (1976), De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981), Catedral (1983), Tres rosas amarillas (1988) y Si me necesitas, llámame (2001). La barcelonesa editorial Anagrama, editora de la mayoría de los relatos de Carver en España, los ofrece ahora agrupados en este amplio volumen de la colección “Anagrama compendium”, que recoge todos los cuentos de Carver, los publicados en el estilo extensivo en el que escribía Carver y los reescritos, a partir de 1981, en forma elusiva por su editor Gordon Lish, que cambió párrafos enteros, reduciendo a la mitad muchas veces los cuentos originales y cambiando los desenlaces en numerosas ocasiones. No obstante, los cuentos de Carver, construidos, como afirma Alessandro Baricco, con paisajes de hielo, aunque habitados y dulcificados por emociones y sentimientos, que en la poda feroz de Gordon Lish fueron suprimidos,  convierten a su autor en uno de los grandes pilares del realismo sucio. “La voz más genuina de la Norteamérica contemporánea” como de él dijo la crítica, que nos ofrece, o eso creíamos, una literatura minimalista, “dependiente de lo omitido” (Harold Bloom).
   Suele  considerarse a Hemingway el iniciador de la narrativa minimalista en EE.UU, pero ese subgénero se asoció por antonomasia con Raymond Carver. Mas es preciso matizar: los cuentos minimalistas (estructuras únicamente enunciativas: sujeto, verbo, objeto + silencio; diégesis frugales e incluso insignificantes, personajes vulgares que habitan en la monotonía, desenlaces inesperados y frecuentemente terribles…) son el resultado de la reescritura que de los cuentos carverianos  hizo Gordon Lish en la editorial A. Knopf, sobre todo en ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? En 2009, tras un largo proceso de investigación de William L. Stull y Maureen P. Carroll, apareció publicado en Londres Beginners, la versión original de esa colección de cuentos de Carver que Gordon Lish había podado de forma inmisericorde. Y en esa versión podemos comprobar que Carver lo narra todo, sin concederle oportunidades a la omisión.
   La prosa original de Carver tiene, pues, poco que ver con el juicio que de ella hizo Tim O’Brien: “Utiliza el inglés como una cuchilla: talla piezas de prosa austeras y exentas de adornos, y para ello despoja a esta de todo salvo el meollo mismo de la emoción humana". Beginners y ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? muestran de forma cabal cómo era la prosa original de Carver: sin vacíos, sin silencios, carente de espacios sin nada para que el lector los llene con lo que guste, sin los finales fulminantes y helados que parecen no ser una consecuencia lógica de la trama.
   En la edición de Todos los cuentos de Carver, encontramos los dos Carver: el puro y el impuro. La prosa original y la prosa martirizada por su editor. Pero en ambos casos, prosa realista, con escenarios cotidianos, personajes grises, retratos de los más oculto de la condición humana, escritos por el autor cuando era esclavo del alcohol, o cuando, a partir del 2 de junio de 1977, la experiencia amorosa con la poeta Tess Gallagher le regaló diez años de propina e hizo posible la escritura de cuentos, poesía y compilaciones.
   Textos sobre todo que, a pesar de los escenarios cotidianos, de la sequedad de su prosa o de su prolijidad, de los trasfondos desconcertantes, se han convertido en clásicos por la capacidad de hacernos llegar una fuerza portentosa y gran credibilidad. Es por ello que los cuentos de Carver nos siguen inquietando, a pesar de que, especialmente los cuentos que se conservan en su versión original, tienden a veces a la obviedad y a lo farragoso.
   Se ha escrito que los cuentos de Carver están transidos  por “un misterio que le atormenta” y que el escritor incorpora a sus personajes. Ese misterio fue, sin duda la convicción de que las relaciones amorosas en pareja, la vida familiar se convierten en el hábitat más propio del ser humano, del que,  a la postre, depende su felicidad. De ahí que muchas parejas que hallamos en estos cuentos intentan salvar sus matrimonios, aunque la virulencia de sus heridas hace que finalmente acaben yéndose cada uno por su lado. Otros relatos como “Desde donde llamo” (Catedral) o “Leña” (Si me necesitas, llámame) están protagonizados por hombres perdedores, desvalidos -“el proletariado de la psique”, como se les ha llamado- que intentan empezar de nuevo tras haber sido presas del alcoholismo. Reescrituras posiblemente de las propias experiencias vitales del autor: en 1977 en El Paso, Raymond Carver, empujado por el amor de su segunda pareja, Tess Gallagher, intenta escribir de nuevo, tras haber pasado diez años víctima del alcohol.
   La solidez artística con la que Carver sabía contar sus historias y que, en estas colecciones de cuentos, explota en mil direcciones, nos permite sumergirnos en la estética de uno de los grandes escritores de la segunda mitad del pasado siglo, cuyas historias nos siguen sobrecogiendo precisamente porque son muy buenas.

Francisco Martínez Bouzas

Raymond Carver

Fragmentos

“Cuando divisaron a las chicas, Jerry y Bill salieron del coche. Y se apoyaron sobre el paragolpes delantero.
-Recuerda -dijo Jerry, apartándose del coche-. La morena es mía. Tú te encargas de la otra.
Las chicas dejaron las bicicletas en el suelo y tomaron uno de los senderos. Desaparecieron tras un recodo y volvieron a aparecer un poco más arriba. Ahora estaban allí, quietas, y miraban hacia abajo.
-¿Para qué nos seguís, chicos? -gritó la morena.
Jerry tomó el sendero
Las chicas se volvieron y se alejaron de nuevo a buen paso.
Bill fumaba un cigarrillo, y se paraba de vez en cuando para dar una honda chupada. Cuando llegaron a un recodo, miró hacia atrás y vio el coche.
-¡Muévete! -dijo Jerry.
-Ya voy -dijo Bill.
Y siguieron subiendo. Pero Bill tuvo que recuperar el resuello. Ya no podía ver el coche. Tampoco la carretera. A su izquierda pudo ver una franja del Naches que se extendía hacia abajo como una tira de papel de aluminio.
Jerry dijo:
-Vete por la derecha y yo iré de frente. Les cortaremos el paso a esas calientapollas.
Bill asintió con la cabeza. Jadeaba demasiado para poder hablar.
Siguió subiendo durante un rato; el sendero empezó a descender y a encaminarse hacia el valle. Bill miró y vio a las chicas. Se habían puesto en cuclillas tras un saliente del terreno. Tal vez estaban sonriendo .
Bill sacó un cigarrillo. Pero no pudo encenderlo. Entonces vio a Jerry. Y después de aquello, ya no importaba.
Lo que Bill había querido era follar con ellas. O verlas desnudas. Pero tampoco le habría importado mucho que la cosa no saliera.
Nunca llegó a saber lo que quería Jerry. Pero todo empezó y acabó con una piedra. Jerry utilizó la misma piedra con las dos chicas: primero con la que se llamaba Sharon y luego con la que se suponía que le iba a tocar a Bill.”

(Raymond Carver, “Dile a las mujeres que nos vamos”, ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor, páginas 266-267)

…..

“El marido de Sandy llevaba tres meses instalado en el sofá, desde que lo despidieron. Aquel día, tres meses atrás, volvió a casa pálido y asustado, con todas las cosas del trabajo en una caja.
-Feliz día de San Valentín -dijo a Sandy.
En la mesa de la cocina puso una caja de bombones en forma de corazón y una botella de Jim Beam. Se quitó la gorra y la dejó también sobre la mesa.
-Hoy me han despedido. Oye, ¿qué va a ser de nosotros ahora?
Sandy y su marido se sentaron a la mesa, bebieron whisky y comieron bombones. Hablaron de lo que podía hacer él en lugar de poner techos en casas nuevas. Pero no se les ocurrió nada.
-Algo saldrá -aseguró Sandy.
Quería animarlo. Pero ella también estaba asustada. Finalmente, el dijo que lo consultaría con la almohada.
 Y lo hizo. Aquella noche se hizo la cama en el sofá, y allí fue donde durmió todas las noches desde entonces.
Al día siguiente de su despido había que ocuparse de las prestaciones de la Seguridad Social. Fue al centro, a la oficina de empleo, a rellenar papeles y buscar otro trabajo. Pero no había empleos como el suyo ni de ningún otro tipo. Empezó a sudar mientras intentaba describir a Sandy la multitud de hombres y mujeres apiñados en la oficina. Aquella noche volvió a echarse en el sofá. Empezó a pasarse allí todo el tiempo, como si, pensaba ella, eso fuese lo que debía hacer ahora que ya no tenía trabajo.”

(Raymond Carver “Conversación”,  Catedral, página 367)

lunes, 26 de octubre de 2015

"LA ZONA DE INTERÉS". EL HORROR CON RIBETES GROTESCOS



La Zona de Interés
Martin Amis
Traducción de Jesús Zulaika
Editorial Anagrama, Barcelona, 2015, 304 páginas

   Ya hace tiempo que Martin Amis (Swansea, 1949) dejó de escribir buenos libros satíricos para convertirse en perseguidor de atrocidades. Ofertas inabarcables como los asesinos en serie, el Gulag o el 11 de Septiembre. Como si el hecho de escribir sobre acontecimientos reales perversos o catastróficos fuese capaz de hacer de un autor un buen escritor. En La Zona de Interés Amis recupera sus obsesiones, esta vez sobre el Holocausto, mas de nuevo vemos surgir el mejor Martin Amis con su sutil maestría en el uso de la sátira y de la comicidad al narrar una de las mayores barbaries de la historia. El mejor Amis en su segunda novela sobre el Holocausto después de Time’s Arrow (La flecha del tiempo), una historia construida en el espacio de un Auschwitz imaginario, pero con elementos reales. Una novela por cierto rechazada por sus editores franceses y alemanes habituales por considerar que Amis se mofa del Holocausto.
   En efecto, la nueva novela de Amis da cuenta del genocidio visto desde la perspectiva de los alemanes que dirigían los campos de exterminio, intercalando entre los incontables horrores cotidianos una historia de amor con ribetes de farsa. La crueldad -Amis prefiere no hablar del mal, para él un concepto teológico- asomándose en medio de innumerables escenas grotescas, propias de la comedia negra..
   Con un absoluto dominio del oficio, Martin Amis cuenta una historia situada en los años 1942-1943, construida en torno a tres personajes masculinos, tres verdugos, envueltos dos de ellos en un triángulo amoroso. Forman parte del mismo Galo Thomsen, sobrino de Martin Bormann, secretario personal de Hitler; el comandante del campo Paul Doll y Smzulek Zacharias  (Szmul), un miembro de los Sonderkommando, la unidad de trabajo judía, encargada de llenar y vaciar las cámaras de gas e incinerar los cadáveres. En medio de la rutina diaria del campo -un   Auschwitz que Amis bautiza como Kat Ze-, surge una relación ed amor entre Galo Thomsen y Hannah, esposa del comandante Paul Doll, atormentada por el “trabajo” de su marido. La otra pieza del triángulo es el judío Szmul que se considera a sí mismo un ser repulsivo, y al que algún crítico ha definido como “uno de los más trágicos personajes de la ficción contemporánea”. Él será un espectador paradójicamente privilegiado.
   Cada uno de estos tres personajes relata una parte de la trama. Galo Thomsen es el responsable de supervisar la construcción de un sub campo, Auschwitz III, conocido como Monowitz-Buna, un lager donde los prisioneros fabricaban caucho sintético. Siente interiormente remordimientos sobre la forma como se trataba a los judíos, pero su cobardía le hace callarse. Su zona de interés es la señora Hannah Doll de la que está obsesionado sexualmente y a la que trata de seducir. La segunda parte del guión la narra Paul Doll, el marido de Hannah, un tirano perfectamente convincente por sus acciones e incluso por su forma grotesca de hablar. Szmul, el jefe del Sonderkommando, también narra su historia. Él es uno de los “cuervos del crematorio”, mas Amis, como ya había hecho Primo Levi con relación a los miembros de los Sonderkomamando, omite hablar de la depravación de su comportamiento -en el fondo es un victimario que se convertirá muy pronto en víctima-, y lo describe, o hace que se describa a sí mismo, como uno de los hombres más tristes que hayan existido, infinitamente repulsivo, infinitamente triste, carente incluso del consuelo de la inocencia.
   La simiente del libro no es otra que el interés de Amis por dar una respuesta, a través de la ficción, al interrogante sobre la posibilidad de que el amor pueda surgir y prosperar en un contexto de demencia totalitaria. En un final en el que la sátira deja paso a una cierta tonalidad sentimental, el escritor responde que no, ya que el amor no puede arraigar, y menor crecer entre el odio y la muerte.
   Solamente en el Epílogo teclea Martin Amis la palabra Adolf Hitler, un nombre ausente en toda la novela. La gran razón: es imposible entender, explicar a Hitler, comprender el porqué. Como tampoco puede explicarse el odio fanático de los nazis a los judíos. Y aquí acude a Primo Levi con cuya cita cierra de forma redonda esta visión del Holocausto, percibida desde dentro de los verdugos:
     “Quizás no se pueda, más aún no se deba, entender lo que sucedió,     porque entenderlo, casi es justificarlo. Déjenme que lo explique: «entender» una  propuesta o una conducta humana significa «abarcarla», abarcar a su autor, ponerse en su lugar, identificarse con él. Ahora bien, ningún ser humano normal podrá jamás identificarse con Hitler, Himmler. Goebbels, Eichmann e incontables nazis más. Ello nos causa consternación, pero al mismo tiempo nos procura una sensación de alivio, porque quizá sea deseable que sus palabras (y también, por desdicha sus actos) no sean susceptibles de comprensión por nuestra parte. Son palabras y actos humanos, palabras y actos «contrahumanos»…No hay racionalidad en el odio nazi; es un odio que no está en nosotros; es un odio ajeno al hombre…”
   Amis recrea con la mano maestra del gran narrador que es, el ambiente a la vez grotesco y putrefacto de los campos de exterminio. Escenas impactantes y de crudeza monstruosa narradas con un lenguaje imaginativo, alimentado en la sátira, son un buen antídoto contra cualquier tentación de desmemoria y contra el olvido del mal, de la banalidad del mal, o de la crueldad como prefiere Martin Amis. También de sus ridiculez.

Francisco Martínez Bouzas

                                                       
Martin Amis
Fragmentos

“Somos del Sonderkommando, el SK, la Brigada Especial, y somos los hombres más tristes del campo. De hecho somos los hombres más tristes de la historia del mundo. Y de todos estos hombres tristísimos yo soy el más triste. Y se trata de una verdad demostrable, e incluso mensurable. Soy, con cierta diferencia, el primer número, el número más bajo…el número más antiguo.
Además de ser los hombres más tristes que hayan existido, somos también los más repulsivos. Y sin embargo, nuestra situación es paradójica.
Cuesta entender por qué somos tan repulsivos siendo como somos seres que no hacemos ningún daño.
La cuestión es que podría argüirse que, en contrapartida, tampoco hacemos ningún bien. Pero somos infinitamente repulsivos, y también infinitamente tristes.”

…..

“¿Y qué decir de Szmul? ¿Y de los Sonders? Dios, sólo a duras penas me decido a ponerlo por escrito. ¿Saben? Nunca dejo de maravillarme ante el abismo de miseria moral en el que algunos seres humanos están deseosos de hundirse…
Los Sonders…Cumplen con sus tareas pavorosas con la indiferencia más muda. Usan cinturones de cuero grueso para sacar  a rastras de las duchas a las piezas y llevarlas hasta el Leinchenkeller. Allí les arrancan los dientes de oro con alicates y cinceles, y les cortan el pelo a las mujeres con grandes tijeras; les quitan los pendientes y las alianzas; y ponen la carga en la polea (6 o 7 cada vez), y la izan hasta la boca de los hornos. Por último muelen las cenizas, y el polvo se lleva en camión y se echa al río Vístula. Todo esto, como ya he dicho, lo llevan a cabo con una insensibilidad muda. No parece importarles en absoluto que la gente que manipulan sea de su misma raza, hermanos de sangre.(…)
Me pasma que decidan subsistir, durar, de esta forma. Y lo hacen: algunos (no muchos) se niegan categóricamente, pese a las consecuencias obvias, porque ellos, ahora, se han convertido también en Geheimnisträger, portadores de secretos. No es que ninguno de ellos confíe en prolongar su cobarde existencia más de 2 o 3 meses. Somos absolutamente claros al respecto: la tarea inicial de los Sonders, a fin de cuentas, es la incineración de sus predecesores; algo que saben que no va a cambiar en adelante. Szmul posee la dudosa distinción de ser el sepulturero que más tiempo lleva en el KL; de hecho, es muy probable que sea el Sonder que más tiempo lleva en todo el sistema de campos de concentración. Es prácticamente un Notable (hasta los guardias le tienen cierto grado de respeto. Szmul sigue. Pero sabe muy bien lo que les sucede a todos, a todos los potadores de secretos.”

…..

“El 21 de enero de 1942, el número se hizo tan grande que las SS y la Orpo seleccionaron a otro centenar de judíos para que ayudaran a los Sonders a arrastrar los cuerpos hasta las fosas masivas. Este Kommando suplementario estaba formado por quinceañeros. No se les suministraba ni comida ni agua, y trabajaban doce horas seguidas bajo el látigo, desnudos en la nieve y el barro petrificado.
Cuando la luz se hacía más tenue, el sargento mayor Lange llevaba a los chicos hasta las fosas y los mataba de un disparo uno por uno…, y podías oírlo. Al final se quedaba sin balas y utilizaba la culata de la pistola para machacarles el cráneo. Y podías oírlo. Pero los chicos, que avanzaban a empellones en la fila para tratar de ser los siguientes, no emitían sonido alguno.”

(Martin Amis, La Zona de Interés, páginas 40-41, 72-74, 200)

martes, 23 de junio de 2015

"LA CASA DE LOS ENCUENTROS": LAS OBSESIONES DE MARTIN AMIS



La casa de los encuentros
Martin Amis
Traducción de Jesús Zulaika
Editorial Anagrama, Barcelona, 2008, 264 páginas
(Libros de fondo)

   No hace mucho tiempo, y sobre todo en geografías anglófonas, se hablaba de él, de Martin Amis, siempre con frases muy elogiosas: “Me encantaban sus libros”, “Amis era tan buen escritor”. En efecto, el enfant terrible de las letras británicas, hijo de otro famoso escritor, Kingsley Amis, descubierto en la primera hornada de la revista Granta, tiene en su haber algunas de las más importantes obras de la ficción contemporánea. Libros versátiles y repletos de talento, como Money (1984), The Information (1995), Yellow Dogs (2004); junto con libros autobiográficos como Experience (2002) y otros productos híbridos entre el ensayo y el relato ficcional, como Koba the Dread o The Second Plane (2008). Algunos analistas consideran que Martin Amis es oscuro y desagradable; otros por el contrario opinan que es uno de los más ingeniosos escritores satíricos contemporáneos.
   House of Meetings, editada en español por Anagrama como La casa de los encuentros, ha recibido no pocos juicios elogiosos, pero también valoraciones muy negativas. No falta quien considera La casa de los encuentros como la mejor novela de Amis. Una novela que supedita el gusto por la pirotecnia posmoderna a las exigencias de la  historia; un texto tan fascinante como denso, con fuerte tufillo  a violencia y a gotas de intriga, sin olvidar un cierto adorno pasional. Para otros críticos, los elementos ficcionales de la novela son muy tenues. En el inicio de la obra se dejan sentir repetidos presagios de que está en camino un buen cuento chino. Pero no: el tema de fondo que finalmente aparece, es la clásica rivalidad amisiana entre dos hermanos, y un largo dietario de los actuales intereses y obsesiones de Martin Amis, sazonadas con ciertas dosis de imaginación, agudeza y hermosas florituras verbales. Porque ningún escritor inglés actual -podemos citar a Barnes, McEvan o Rushdie- es capaz de someter el idioma como Amis. Sin embargo, en esta ocasión, Amis machaca al lector con el empleo de un pretencioso registro lingüístico. Y además lo sumerge en una historia extraída del cajón de sastre de sus actuales obsesiones. Amis dejó de escribir buenos libros satíricos para convertirse en un indiscutible perseguidor de atrocidades. Ofertas inabarcables como los asesinos en serie, el Holocausto, el Gulag o el 11 de Setiembre, los errores o excesos de la revolución feminista… ¡Como si el hecho de escribir sobre acontecimientos realmente perversos o catastróficos convirtiera a un autor en un buen escritor!
   Para el comentarista La casa de los encuentros es una buena introducción al archipiélago Gulag para aquellos lectores que nada saben del mismo. El recorrido que Amis hace por los males de la sociedad soviética después de la Segunda Guerra Mundial, nos llega servido a través de un triángulo amoroso-sexual entre dos hermanos, los dos presos políticos en un gulag siberiano, y la mujer a la que ambos aman, que acude a visitarlos. Un narrador innominado, uno de los hermanos presos, más tarde ex preso, le cuenta a Venus, su hijastra americana, sus experiencias en el campo de trabajo siberiano y más tarde fuera de él. Había participado en la Segunda Gran Guerra, había sido herido y condecorado y así mismo había tomado parte  en las violaciones masivas del ejército soviético al invadir Alemania. Más tarde cae en desgracia y, junto con su hermano, es enviado al campo de trabajo, donde estarán retenidos durante diez años. Allí reciben la visita de Zoya que atraviesa medio continente para poder pasar una noche en la “casa de los encuentros” En 1954 habían comenzado efectivamente las visitas conyugales a los campos de trabajo soviéticos. Para los hombres estos vis a vis eran sinónimo de rapado de la cabeza, desinfección, duchas prolongadas con una manguera de incendios. Para las mujeres que acudían a la casa, el encuentro constituía por sí mismo una verdadera categorización: las transformaba sin más en esposas de los enemigos del pueblo.
   El prolongado monólogo del protagonista relator se convierte en una reflexión, no solo sobre sus propias experiencias vitales, sino también acerca del destino de Rusia y de las diferencias entre dos paraísos (el comunista y el capitalista), entre los que conocen el lado obscuro de la historia y los que todavía ignoran tales horrores. Así pues, una reflexión sobre el mal, sobre el terror que jamás será borrado del todo. El narrador le advierte a la destinataria de sus misivas que nunca existe un cierre definitivo para personas como él, que nadie se recupera jamás de nada ni es capaz de pasar página.
   La casa de los encuentros desmiente a aquellos que piensan que los lectores de Amis siempre se ven sorprendidos, porque el escritor retoma en la novela el tema de la Unión Soviética, ya tratado en sus alegaciones antistalinistas de Koba the Dread: la atrocidades del Gulag. Sin embargo, la novela es todo aquello que no llegó a ser el libro sobre Stalin. Sin dejar de ser un libro político, por mucho que Amis reitere que su ideología es la no ideología, La casa de los encuentros es fundamentalmente ficción. Ficción sobre las pesadillas de la sociedad soviética stalinista. Ficción sobre esa condición predadora de los seres humanos que con tanta exactitud había reflejado la metáfora de Hobbes.

Francisco Martínez Bouzas

                                                  
Martin Amis
Fragmentos

“Estoy a punto de describir a una jovencita extraordinariamente atractiva, y la experiencia me dice que no va a gustarte, porque eso es lo que tú eres también. Estoy seguro de que piensas que has evolucionado y te has librado de ello -de la envidia-. Pero la evolución no es cosa de una tarde. Y la experiencia me dice también que una mujer atractiva no quiere ni oír hablar de otra mujer atractiva. Y aún te va a resultar más problemático, quizá, por el hecho de que va a despertar en ti un ánimo protector hacia tu madre, lo cual es natural. Así que te invito a ponerte en la piel de cualquier fémina contemporánea de Zoya. Tenía diecinueve años, y, ya desde el principio, su reputación era francamente terrible. Seguro que eso te anima. Y, aun así, las otras chicas la veían como un ser excepcional. Instintivamente la disculpaban, pues veían en ella una figura de vanguardia -l’esprit fort-. Vivía más que ellas, pero también sufría más que ellas; y les mostraba posibilidades.
Solía decirse que Moscú era el pueblo más grande de Rusia. En los arrabales, en invierno, había pequeños senderos en la nieve que comunicaban cada casa con las paradas de tranvía y las tiendas de comida (Leche, decían los letreros), y la gente andaba de un lado para otro arrastrando los pies como rústicos, con sus abrigos cortos de piel de borrego, y parecía que en cualquier momento ibas a ver un mamut o un iceberg. Pero es un recuerdo de la niñez (hoy día no hay leche). El panorama cambió: una maraña primitiva en la que se habían incrustado varios altos hornos y fundiciones y fábricas de gas y curtidurías en medio de las casitas y los empedrados. Teníamos un pueblo dentro del pueblo (el distrito del sureste conocido como El Codo), y cuando Zoya entró en él, en enero de 1946, cayó como un rapapolvo contra las condiciones imperantes, la falta de comida y combustible, la falta de libros, ropa, cristal, bombillas, velas, cerillas, papel, goma, pasta de dientes, cuerda, sal, jabón. No, más: era como un acto de desobediencia civil. Zoya era temerariamente llamativa, y judía -un blanco natural para la denuncia y la detención-. Porque así era como se resolvían en mi país desde hacía siglos los resentimientos y las envidias. Así era como podía resolverse de forma maravillosamente simple, por ejemplo, un «triángulo amoroso.»

…..


“Teniendo en cuenta la variedad e intensidad del sufrimiento que casi siempre causaba, me dejaba perplejo cuán anhelada y perseguida seguía siendo aquella casita de la colina. Yo fui un estudioso atento de aquel rito de paso (aunque bastante irreflexivo, he de admitir, sobre todo al principio). Para los maridos, la visita conyugal significaba el afeitado de cabeza, la desinfección, el largo chorro con la manguera de incendios. Salían de las duchas irreconociblemente restregados, escocidos, alertados, con ropas tiesas no por la suciedad sino por el efecto de los detergentes feroces. Luego, como la viva estampa del apetito y el brío, flanqueados por una pequeña escolta, se encaminaban con prisa hacia La Casa de los Encuentros. Y al día siguiente, viéndolos bajar uno por uno, tambaleantes, hechos auténticas ruinas o apariciones, yo solía sorprenderme pensando: lo pedíais a gritos, luchamos por ello, ¿qué os pasa ahora?”

(Martin Amis, La casa de los encuentros)