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jueves, 14 de enero de 2016

NOVEDADES 2016 DE EDITORIAL ANAGRAMA



  La barcelonesa Editorial Anagrama es uno de los pocos sellos editores que saludan el nuevo año, 2016, poniendo a disposición de los lectores una amplia variedad de títulos en todas sus colecciones. Entre ellos, algunos de los mejores libros que hoy se pueden leer en español, como lo ha estado haciendo en estos cuarenta y siete años desde su fundación, en los que Anagrama se ha distinguido, por ofrecer, desde postulados independientes, calidad no reñida con el éxito, aunque sí con el best seller  que solo busca ventas masivas.

   Así en la colección “Panorama de narrativas”, cada vez más cercana a los mil títulos, Anagrama nos brinda tres títulos: Consumidos de David Cronenberg, Eres como eres de Melania G. Mazzucco y La lucecita de Antonio Moresco. En “Narrativas hispánicas”, otros tres títulos: París- Austerlitz de Rafael Chirbes, El día de Watusi de Francisco Casavella y Érase una vez el fin de Pablo Rivero. La colección “Otra vuelta de tuerca” nos permite recuperar la quinta novela de Jean Echenoz, Lago. Y en “Argumentos” podemos leer Salvar los medios de comunicación de Julia Cagé. Finalmente en “Compactos”, la colección de bolsillo de Anagrama, una amplia variedad de títulos: Canadá de Richard Ford, La muerte del padre de Karl Ove Knausgard, La vida sexual de Catherine Millet de Catherine Millet,  13,99 euros de Frédéric Beigbeder; El sabotaje amoroso de Amélie Nothomb, Bonsai y la vida privada de los árboles de Alejandro Zambra. Y dos nuevos títulos en la Biblioteca Patricia Highsmith: La máscara de Ripley y El temblor de la falsificación.

   Entre esos libros que amalgaman éxito y calidad, se encuentran estos tres títulos que he recibido estos días, y de los que ofrezco una somera información, basada fundamentalmente en las respectivas presentaciones editoriales. En su momento, tras una lectura, a la vez gozosa y reposada, ofreceré el comentario crítico.



La lucecita

Antonio Moresco

Traducción de Francisco J. Ramos Mena

Editorial Anagrama, Barcelona, 2016, 170 páginas

   

   “El narrador y protagonista de este relato vive solo en una casa situada en un remoto pueblo deshabitado, y está dispuesto, según nos confiesa desde la primera frase, a desaparecer. Durante su espera, sólo una lucecita que se enciende cada noche, en algún lugar del lado opuesto del valle, perturba su tranquilidad. Para resolver ese misterio tendrá que romper su aislamiento y recorrer una vegetación espesa y hostil, poblada por animales salvajes. Al llegar al origen de la luz, se encuentra con un niño que parece salido de otra época, incluso de otro planeta. Los encuentros entre el adulto y el niño supondrán la culminación de una búsqueda que habrá llevado al protagonista a plantearse (y a plantearnos también, de la mano de la literatura) el sentido de la existencia, el profundo misterio del universo. Estamos ante una novela breve pero de gran intensidad, que nace de la zona más oscura de nuestro dolor de seres vivos, de esa «caja negra» que cada uno de nosotros lleva en su interior. Desarrollada con un estilo poético que bebe de la trágica visión de la naturaleza leopardiana, con ecos del universo kafkiano en algunos episodios, y que se desborda en un desenlace que está a la altura del mejor Rulfo, la novela de Moresco (Premio Castiglioncello 2013) representa una inmejorable oportunidad para acercarse a un escritor que día a día ha ido haciéndose un lugar en la primera línea del panorama de la novela italiana de nuestro siglo.

   «El bosque descrito (y la propia novela) es en definitiva un lugar de paso entre la vida y la muerte, entre civilización y barbarie, entre infancia y edad adulta, tiempo presente y pasado, sueño y vigilia. Se atraviesan inconscientemente esas fronteras que no están marcadas, a través de una geografía exuberante como un viejo grabado de ruinas, ambigua como una anamorfosis. Página tras página, el pequeño apólogo novelesco se transforma en una ghost-story crepuscular, en la que ya no se distingue a los muertos de los vivos» (Claudio Morandini, La Revue littéraire).”



París-Austerlitz

Rafael Chirbes

Editorial Anagrama, Barcelona, 2016, 153 páginas



   Anagrama, tal como lo había prometido tras el fallecimiento de uno de los mejores escritores españoles contemporáneo, nos brinda las últimas páginas que escribió Rafael Chirbes.

   “El narrador de esta historia, un joven pintor madrileño de familia acomodada y afiliado al Partido Comunista, rememora, a modo de urgente confesión que posiblemente se deba a sí mismo, y en la que a ratos parece justificarse, los pasos que le han llevado al último trayecto de su relación con Michel. Michel, el hombre maduro, de cincuenta y tantos, obrero especializado, con la solidez de un cuerpo de campesino normando; el hombre que lo acogió en su casa, en su cama, en su vida cuando el joven pintor se quedó sin techo en París; Michel, cuya entrega sin fisuras le devolvió el orgullo y lo libró del desamparo, hoy agoniza en el hospital de Saint-Louis, atrapado por la plaga, la enfermedad temida y vergonzante. En el principio fueron los días felices, los paseos por las calles de París, las copas en el café-tabac mientras duraba el sueldo, el alcohol y el deseo, el placer de amarse sin más ambición que la de saberse amados. Pero, pronto, los lienzos arrinconados en el modesto apartamento de Michel le señalan al joven que sus aspiraciones están muy lejos de esa habitación sin luz, de una relación de patio trasero que comienza a quebrarse a la vez que se acentúan los efectos de las procedencias desiguales, las diferencias de clase, de edad y de formación, pese a la firme convicción de Michel de anteponer a todo un amor indestructible y eterno... aunque también posesivo y asfixiante.

   Rafael Chirbes dio por terminada Paris-Austerlitz en mayo de 2015, meses antes de su fallecimiento, tras veinte años de escritura abandonada y retomada intermitentemente. A ese riguroso y exigente empeño debemos una historia que indaga en las razones del corazón, tan espurias en ocasiones como irrenunciables, sin asumir como cierta la naturaleza consoladora del amor o su fuerza redentora, enfrentándose con valentía a la posibilidad de que, aunque nos pese, el amor no lo venza todo.”



Lago

Jean Echenoz

Traducción de Josep Escué

Editorial Anagrama, Barcelona, 2016, 181 páginas



   “Galardonada con el Premio Europa de Literatura, Lago (1989), la cuarta obra de Jean Echenoz, es una diabólica novela de espionaje que al mismo tiempo puede leerse como una sutilísima parodia del género. Franck Chopin, de profesión entomólogo y agente secreto a tiempo parcial, reparte sus intereses entre el estudio de las moscas y las mujeres de su vida. Entre éstas ocupa un sitio privilegiado la bella y enigmática Susy Clair, cuyo esposo Oswald, diplomático francés, desapareció misteriosamente seis años atrás sin que el caso llegara a resolverse. Vital Veber, alto dignatario extranjero que acaba de llegar a Francia, se aloja en el suntuoso Parc Palace du Lac, protegido por dos gorilas infranqueables: la pulposa Perla Pommeck y el brutal Rodion Rathenau. El coronel Seck, superior jerárquico de Chopin, le encomienda la vigilancia de Veber, sospechoso de infamias sin cuento. Seck tiene en alta estima el desempeño de Chopin, cuya especialidad consiste en colocar minúsculos micrófonos en sus moscas para así escuchar las conversaciones de los sujetos vigilados. El miope y flemático Chopin se instala, pues, con sus artilugios en el Palace, donde los diversos hilos de la trama se atan y desatan vertiginosamente. En resumen, una novela tan trepidante como divertida, poblada por una galería de personajes sorprendentes, que atrapa al lector en una trama seductora, sutilmente entretejida y magistralmente resuelta.

   «Lago es el arte de la frontera, de la ambigüedad, de lo real y lo fantástico, de la tragedia y del absurdo. También de una distancia que el novelista conquista gracias al humor. Las dulces violencias de Jean Echenoz con la lengua y la gramática son actos de amor, signos vitales de esas pequeñas revoluciones que conforman la gran literatura» (Michèle Gazier).”



Francisco Martínez Bouzas


martes, 22 de octubre de 2013

"14" DE JEAN ECHENOZ: UN CONCENTRADO DE ARTE PARA NARRAR LA GRAN GUERRA



14
Jean Echenoz
Traducción de Javier Albiñana
Editorial Anagrama, Barcelona, 2013, 98 páginas

   Concentrado de arte, talento de miniaturista, un libro de despojamiento emocional…la reacción de la crítica francesa ha sido prácticamente unánime a la hora de juzgar este libro de Jean Echenoz, publicado en el país vecino el pasado año. El éxito entre los lectores no ha sido menor, colocándose en la segunda semana de su aparición en el primer puesto en el ranking de ventas, por delante de J. R. Rowling y Patrick Mondiano. En España la situación es similar: Anagrama lo edita por primera vez el pasado septiembre y en este mes de octubre aparece la segunda edición. Hablo de la última novela de Jean Echenoz (Orange, 1947), titulada 14 evocando así de la Gran Guerra que se inició ese año, en 1914.
   Una novela breve que no alcanza las cien páginas y en la que el escritor francés, ganador de todos los premios literarios franceses, entre ellos el Goncourt, en un nuevo giro de tuerca después de su exitoso tríptico biográfico protagonizado por el músico Ravel, el atleta Zátopek y el ingeniero Nikola Testa, escribe sobre la primera Guerra Mundial, ofreciéndonos en  formato breve un gran fresco histórico de cuatro años de intensa e indiscernible barbarie.
   La pluma de este exquisito escritor francés describe, en efecto, avanzando junto a los soldados, las interminables jornadas de la Gran Guerra, acuciado de nuevo por la realidad, por los papeles y el diario de uno de los miles de soldados muertos, que por casualidad llegó a su poder. De esto modo, y una vez más, Echenoz resucita muertos para que compartan con los lectores sus calamidades. Testigo omitido pues del horrendo mosaico de una guerra que iba a durar dos semanas y se prolongó durante más de cuatro años.
   En su aproximación a la gran carnicería, Echenoz se sirve de cinco amigos de la provincia de la Vendée. Pero todo arranca con un paseo en bicicleta del joven contable Anthime, bajo el espléndido sol de agosto. Con él nos metemos de lleno en el estupor, en el dramatismo y en las transformaciones que la guerra genera en cinco amigos de la Vendée. El unísono tañido de las campanas de todas las iglesias, su toque de rebato es el introito de la primera guerra industrial, “una sórdida y apestosa ópera”. Anthime se alista en una guerra a la que los franceses consideran casi una excursión de fin de semana por la campiña. También lo hizo su hermano y sus tres amigos. Todos son enviados de inmediato a la contienda. Atrás, en la retaguardia, queda Blanche, embarazada, con una historia de amor  a tres con los dos hermanos. También su familia propietaria de una industria del calzado. Enviados a luchar en una conflagración  en la que la tecnología está por encima del hombre y que se convertirá en la mayor carnicería que conoció la historia, tal como Echenoz nos muestra en el agónico capítulo 8 que describe el fragor de la batalla. Y como contrapunto paralelo a las terribles experiencias en el frente, el narrador de 14 relata la vida de la ciudad de origen de los jóvenes soldados, haciendo así presentes las relaciones entre los personajes y, sobre todo, la historia de amor entre Blanche y los dos hermanos.
   De este modo, con un concentrado de arte, una inigualable precisión poética, una escritura tan incisiva como minimalista –“la última miniatura de Echenoz” para algún medio periodístico- , a la vez delicada y burlona, Echenoz sumerge al lector en la carnicería apocalíptica con diez millones de muertos y cuarenta de heridos. Un matadero de jóvenes confiados en medio de “tempestades de acero”, como describió Jünger la Gran Guerra.
    Una estructura contrapunteada (frente-retaguardia), la acuidad  del autor para hacer visibles con precisión milimétrica las experiencias a las que se enfrentan los incautos soldados, el coctel de humor, ironía y horror, la condensación miniaturística, la plasticidad de muchas imágenes, ciertos párrafos cortos, cincelados, que el lector recibe como fogonazos (“Y así, parecía restablecerse el silencio cuando un caso de proyectil rezagado surgió sin que supiera cómo ni de dónde, breve como una posdata”, página 65) son algunos de los elementos formales que explota el autor con la finalidad de crear un estilo literario tan preciso como elocuente, un artefacto literario contundente para hacer perfectamente visible ese momento de la historia del siglo XX  en el que el hombre se encuentra con su original orden animal -de ahí la presencia de tantos animales en la páginas finales de la novela-, y cuyo significado último lo delata el hecho de que los amasijos de carne putrefacta esparcida por los campos los forman trozos humanos, cadáveres de bueyes, caballos y ratas. Elocuente metáfora para describir un siglo de gélida animalidad que hizo saltar por los aires la vieja estabilidad y nos sumergió en una centuria de inusitada barbarie.

Francisco Martínez Bouzas




Jean Echenoz



Fragmentos

“Regresarán todos ustedes a casa, prometió el capitán Vayssière, levantando la voz en la medida de sus fuerzas. Sí, volveremos todos a la Vendée. Ahora bien, un punto fundamental. Si mueren hombres en la guerra, será por falta de higiene. Lo que mata no son las balas, sino la falta de aseo, que es nefasta y que es lo primero que deben ustedes combatir.”

…..

“Entretanto, mientras la orquesta cumplía su cometido en el combate, el brazo del barítono resultó atravesado por una bala y el trombón cayó gravemente herido: el corro fue estrechándose y, aunque su formación hubiera quedado mermada, los músicos continuaron tocando sin emitir una nota discordante, hasta que al retomar la estrofa en la que se alza el estandarte sangriento, el flauta y el viola cayeron muertos. (…)
Anthime vio, creyó ver de nuevo a unos hombres taladrar a otros ante sus propios ojos, dando a continuación un fuerte tirón para extraer la hoja de los cuerpos por efecto del retroceso. Con las manos crispadas en el fusil, se sentía ahora listo para perforar, ensartar, traspasar el más mínimo obstáculo, cuerpos de hombres, de animales, troncos de árboles o cuanto se le pusiera por delante.”

…..

“Los soldados se aferran a su fusil y a su machete, cuyo metal oxidado, empañado, oscurecido por los gases, apenas reluce ya bajo el fulgor helado de las bengalas, en un ambiente corrompido por los caballos descompuestos, la putrefacción de los hombres caídos y, en zona donde están los que se mantienen más o menos derechos en medio del lodo, el olor de sus orines, de su mierda y de su sudor, de su mugre y de sus vómitos, por no hablar de esos pegajosos efluvios a rancio, a moho, a viejo, cuando en principio están en el frente y se hallan al aire libre. Pues no: huele a cerrado, el olor se extiende sobre las personas y en su interior, tras las alambradas de púas de las que cuelgan cadáveres putrefactos y desarticulados que a veces sirven a los zapadores para fijar los cables telefónicos…”

(Jean Echenoz, 14, páginas 26, 49-50, 61-62)