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domingo, 9 de octubre de 2016

"MUSA": LAS ENTRETELAS DEL MUNDO EDITORIAL



Musa

Jonathan Galassi

Traducción de Jaime Zulaika

Editorial Anagrama, Barcelona, 2016, 233páginas



   Jonathan Galassi (Seatle, 1949) editor, poeta y traductor al inglés de Leopardi y Eugenio Montale, debuta en la narrativa con Muse (2015), novela que Anagrama publicó en español el pasado mes de septiembre, con el título de Musa.

   Musa es otra prueba de que la ficción, la novela, lo aprovecha todo. En este caso, las entretelas del mundillo editorial, un medio que Galassi conoce no de oídas, sino por su carrera editorial en varias editoras, entre otras, en Random House y en la actualidad en Farrar, Straus and Giroux, editorial que preside y dirige. La novela recupera algunas circunstancias de esta editorial fundada y dirigida por Roger Straus, un editor muy imaginativo, experto en hacer enemigos, mujeriego y sexista. En la ficción, la editorial se llama Purcel & Stern, y su editor es Homer Stern, en cuya mesa, como en la de Roger Straus, también hay duplicidad de teléfonos, uno de ellos reservado a sus amantes. Pero Musa, así lo declara el autor en el arranque de la novela, es una historia de amor a la palabra impresa de los viejos tiempos “cuando los hombres eran hombres y las mujeres eran mujeres y los libros eran libros” (página 9).

   En el centro de la novela, una mujer: la poeta ficticia Ida Perkins, ante la que, haciendo caso omiso de sus escándalos, se postraron no solo sus amantes, sino media América, entre ellos  dos “fieles acolitos”: los editores Sterling Wainwright, su primer amante y editor, y Homer Stern, un mujeriego muy devoto “de la carne de caballo femenina”, rival de Sterling que ansía incorporar a Ida Perkins a su catálogo. Y para ello se sirve de un joven editor, Paul Dukach que trabaja en la empresa desfilvanada de Homer, editorial pija, pobretona, pero independiente. Dukach es un admirador idólatra desde la distancia de la poeta. Una azarosa amistad con Sterling Wainwright, le permite acceder a Ida Perkins, oportunidad que quiere aprovechar Stern para ficharla para su editorial, pero otras son las intenciones y propósitos de Ida.

   La obsesión y la pugna de los tres personajes del mundo editorial por Ida Perkins será el núcleo central de la trama novelesca; la contienda por hacerse con los manuscritos de Ida -la musa- y así hacer que brille su ego en el catálogo editorial, en un contexto donde los libros son sobre todo una oportunidad de negocio, y donde los sueños amorosos y sexuales se solapan bajo el fervor de la fascinación poética.

   En Venecia, Paul Dukach tendrá la oportunidad de ser recibido por la interlocutora de sus sueños más atrevidos, Ida Perkins. El manuscrito  con poemas inéditos, el último libro de la poeta, será la sorpresa con la que Ida agasaje a Paul, con el encargo de que lo publique tras su muerte. El poemario explosivo es un acto de venganza contra su editor de siempre; y esconde un secreto que será el que hace posible que la trama cobre el interés que hasta ese momento no tenía, y agilice su ritmo narrativo, al revelar verdades muy ocultas de algunas vidas.

   Musa es a la vez un buceo, un homenaje y un crudo retrato irónico del mundo editorial del que nos descubre sus entrañas más encubiertas: el día a día de una editorial, las caprichosas manías de autores y editores, sus flirts amorosos y, sobre todo, sexuales. Una verdadera hoguera de las vanidades. La novela exhala amor por los libros pero también una crítica despiadada y desmitificadora de ese universo de la edición y cuanto lo rodea. Desde esta visual, es sumamente ilustrativo el capítulo dedicado a la Feria del Libro de Frankfurt en la que no se venden libros sino autores y donde se lucen los aristócratas y los esnobs de la edición europea. Pero así mismo la novela de Galassi permite percibir los rápidos cambios en el mundo editorial debido a la revolución de la era digital y a la tendencia monopolista del mercado del libro y a las ventas por internet. Al mismo tiempo que rinde un merecido homenaje al “ecosistema” de la edición independiente.

   Desde el punto de vista compositivo y argumental, Musa es una novela tediosa en su primera parte, en la que prima el relato sobre el funcionamiento de una casa editora, con demasiados nombres, excesivos personajes secundarios que se pierden en la memoria lectora. Y una obsesión y constante presencia de la poeta Ida Perkins. Cobra, sin embargo, interés, a raíz de la entrevista de Paul Dukach con la poeta, su gran ofuscación. Novela que aglutina ficción y realidad, ficción y autoficción, y, por lo mismo, novela en clave: personas y acontecimientos reales aparecen disfrazados de personajes de ficción. El más notorio, sin duda, es Paul Dukasch, trasunto literario del autor Jonathan Galassi. Mas también están presentes en la novela, si bien disfrazados con nombres ficticios, otros personajes reales del mundo del libro, entre ellos los nababs de la edición europea ¿Quién no reconoce en el editor Jorge Vilas a Jorge Herralde, fundador y editor de una de las más prominentes editoriales independientes homenajeadas, como he señalado, en esta novela?



Francisco Martínez Bouzas



                                                   
Jonathan Galassi

Fragmentos



“Wainwright, un wasp activo del gremio, oriundo de Ohio, cuya herencia (cojinetes) era diez veces mayor que la de Stern, consideraba a Homer un grosero y maleducado advenedizo y oportunista, no un hombre de palabra: la clásica defensa de quien ha sido derrotado en la lucha sin cuartel de los negocios. Homer se burlaba de Sterling diciendo que era un playboy que satisfacía sus pretensiones literarias sin ninguna visión práctica ni sentido común. Lo cual, puesto a pensarlo, era bastante cómico, teniendo en cuenta los orígenes de Homer. No, los problemas no eran los que separaban a ambos; era lo mucho que se parecían. Los dos eran niños mimados, guapos, donjuanes y con el olfato para escritores. Se podría haber pensado que estaban hechos para ser amigos, pero hubiera sido un craso error. Se detestaban cordialmente y disfrutaban haciéndolo.

Algo que los dos tenían en común era su obsesión por la poesía y la persona de Ida Perkins, posiblemente la poeta norteamericana de la época.”



…..



“Frankfurt era cualquier cosa menos vida social; era una rebatiña de lo más rapaz, revestida de un refinado barniz europeo. La ropa elegante, las fiestas, los puros, la subida de precios de hoteles y restaurantes y la comida decepcionante estaban cortados por el mismo patrón. Era extenuante, repetitivo y deprimente, pero nadie en la industria del libro con una pizca de estilo o sentido común se habría perdido Frankfurt por nada del mundo.

Homer estaba hecho para esta feria. En ninguna parte se le veía más relajado, más pródigo en consejos amistosos y en anécdotas chistosas.”



…..



(En la Feria de Frankfurt) “Se miraban aguda pero discretamente unos a otros mientras contaban trolas sobre sus últimos descubrimientos, que parecían que podían ser, pero que casi siempre, rotundamente, no eran las Grandes Aportaciones a la Literatura Universal por la que pretendían hacerlos pasar. Los profesionales entre aquellos ladrones de guante blanco se entendían de maravilla: cuándo terminaba la concordia y cuándo prevalecía el negocio; cuándo el comercio quedaba relegado y cuándo una larga lealtad imponía su ley. Homer era muy generoso con su información, ya fuera buena o mala, y un maestro consumado en difundir rumores que constituían el alma de la feria: que McTaggart estaba transfiriendo  a Hummock de Gallimard a Actes Sud; que Hummock había despedido a McTaggart para irse con la Ninfo; que la Ninfo vendía en bloque su agencia a William Morris.”



(Jonathan Galassi, Musa, páginas 20, 120, 124)

viernes, 1 de julio de 2016

"EL RUIDO DEL TIEMPO": LO DIFICIL QUE ES SER COBARDE BAJO LA TIRANÍA



El ruido del tiempo

Julian Barnes

Traducción de Jaime Zulaika

Editorial Anagrama, Barcelona 2016, 199 páginas



   Una de las tendencias -incluso de subgénero se podría hablar- más frecuentadas por la narrativa contemporánea es aquella en la que los narradores novelan la vida, o alguno de sus episodios, de otros escritores, y en general de personajes que han destacado en alguna faceta intelectual, incluidas por supuesto las artes. Lo han hecho y lo hacen acreditados narradores de nuestro tiempo como J.M. Coetzee, Philip Roth, Saul Bellow, Alan Hallinghurst, Kate Mose, Günther Gras, Raymond Carver o Elena Poniatowska. Julian Barnes se sirvió de un episodio amoroso de la vida de Ivan Turgueniev para escribir uno de sus mejores relatos del libro La mesa limón. Lo hace ahora de nuevo y el protagonista es uno de los grandes compositores del pasado siglo, Dmitri Shostakóvich. El novelista inglés, una de las mayores revelaciones de su generación, nos permite, en efecto, disfrutar, y a la vez sufrir, con la biografía novelada de Dmitri Dmitrévich Shostakóvich (San Petesburgo, 1906–Moscú, 1975), en la que afloran, como pocas veces lo han hecho, las colisiones entre el arte y el Poder. Barnes se apropia en esta novela del rótulo “El ruido del tiempo”, tomado de las menorías de Ósip Mandelstam, el poeta que sufrió en sus carnes y en su alma la ferocidad irracional y despiadada del régimen stalinista, y que, sin embargo, resistió heroicamente hasta ser eliminado. Shostakóvich, en cambio, murió apaciblemente en un hospital moscovita, engalanado de honores, “como una gamba en salsa rosa”, repite Julian Barnes en varias ocasiones.

   Un verso de un poema de Shakespeare (“Y el arte amordazado por la autoridad”) y una estrofa de Evtushenko que describía de forma conspicua  cómo discurren las vidas bajo el Poder (“En tiempos de Galileo, un colega suyo / no era un científico más estúpido que él. / Sabía muy bien que la tierra giraba / pero tenía también que alimentar muchas bocas”, página 165) reflejan, al menos con rigor aproximado, las complejidades de la vida de un artista, de un gran músico bajo la tiranía. Julian Barnes pretende mostrarnos esas complejidades: que no era fácil ser un cobarde bajo las botas de la tiranía. Y lo hace mediante la recreación ficcional de tres episodios reales en la vida de Shostakóvich. Tres calas ficcionales, pero cimentadas en hechos reales y documentados, unidas por el hilo cronológico de la vida del compositor, aunque con numerosos saltos en el tiempo y amalgamando los hechos internos de una personalidad compleja y miedosa, dotada de gran sensibilidad musical, con el círculo familiar del protagonista y los intereses / caprichos de un Poder totalitario.

   Estas colisiones entre el arte y el Poder empiezan el 26 de enero de 1936. El punto de partida fue sin duda la propia fama de un niño prodigio que, a los diecinueve años, había asombrado al mundo con al Sinfonía nº 1 en fa menor. Pero ese día de enero de 1936 recibe la consigna de asistir a una representación de su ópera Lady Macbeth de Mtsensk en el teatro Bolshoi de Moscú. La ópera estaba siendo un gran éxito tanto a nivel doméstico como internacional. Estarán presentes los camaradas Mólotov, Mikoyán, Zdánov, y también el gran Timonel, el camarada Stalin, disimulado tras una cortinilla. A los dos días, un editorial de Pravda (“Bulla en vez de música”) condena la ópera, acusándola de formalismo, esnobismo anti popular, pornofonía, decadente, contrarrevolucionaria. Se sospecha que el autor del artículo editorial pudo ser el mismo Stalin. La música de la ópera de Shostakóvich había hecho ladrar a los perros mayores, y cuando eso ocurre, en la Rusia de Stalin, equivale a un rápido fusilamiento. La única acción posible que le quedaba a Shostakóvich, era abjurar de sus errores, disculparse públicamente y sumergirse de inmediato en la música folclórica, la que les gusta a las masas. No se disculpará, pero el Poder que nunca está ocioso, logra igualmente que enderece su trayectoria. Tendrá que convivir con un miedo helado que le hace pasar las noches con un maletín en el rellano del ascensor, para ahorrar a sus seres queridos el espectáculo de su detención.

   Sin embargo, su destino por el momento parecía seguir vivo. En 1937 escribe y estrena su Quinta Sinfonía, conservadora desde el punto de vista musical. Y la apoteosis final, optimista en opinión del régimen (alegría forzada e irónica para muchos intérpretes) inició su reconciliación con los gobernantes.

   En el segundo sondaje se reconstruyen algunos momentos del viaje de Shostakóvich a Nueva York, como uno de los representantes de la Unión Soviética para participar en el Congreso Cultural y Científico de la Paz Mundial. Viajó a Nueva York, a pesar de su resistencia inicial, porque Stalin quería que fuese. En la ciudad neoyorkina  esperaba conocer a Stravinski, cuya música siempre había admirado. Pero Nueva York significó la más dura humillación y la vergüenza moral más intensa para Shostakóvich. En los discursos, escritos por otros, pero leídos por él, condenaba a todos los músicos que creían en la doctrina del arte por el arte. Y era su admirado Stravinski el paradigma más evidente de esa perversión. Por eso, en su fuero interno, se sintió anonadado por la vergüenza y el desprecio hacia sí mismo.

                                                  
Dmitri Shostakóvich
 En la tercera cala, Shostakóvich viaja, con cara angustiada, en el asiento trasero de su coche. Un Poveda. No le habían permitido cumplir su sueño de adquirir un Mercedes. El terror había durado otros cinco años, en los que seguía llevando amuletos de ajo para sobrevivir. Pero Stalin murió, aunque con su fallecimiento y con Nikita Jruschov como Primer Secretario, el Poder no desapareció; simplemente se limitó a mudar de rostro. Pero Dmitri Shostakóvich ya había pagado al Cesar  y el Cesar, a cambio, no había sido ingrato: tres Órdenes de Lenin y seis Premios Stalin. Sin embargo, aquí cometió otro gran error: “Antes los hombres se cagaban en los pantalones; ahora se les permitía disentir”. En vez de las antiguas órdenes, ahora había sugerencias. Por eso mismo, sus relaciones con el Poder se volverán más peligrosas para el alma ya que sondeaban la magnitud de su cobardía. Se verá obligado a aceptar la Presidencia de la Unión de Compositores de la Federación Rusa y afiliarse al partido Comunista, algo que siempre había evitado. Era la forma de reclamarle el alma, ahora que había pasado el gran miedo y su vida no corría peligro. Se sometió como un moribundo se da por vencido antes el sacerdote que le absuelve.

   Se ha escrito que Julian Barnes se decanta por el bando equivocado; es decir, a favor de Shostakóvich. Pero es inexacto porque Barnes admite la cobardía del compositor, por ejemplo cuando firma el impreso de afiliación al Partido Comunista, consciente de que le habían arrebatado el alma: “La línea de cobardía era la única que avanzaba recta y segura en su vida”. Aplaude los discursos de los miembros del partido, pero la verdad es que no los escuchaba. Firma los artículos para el Prvada que, en su nombre, habían escrito otros, sin siquiera leerlos. Firmó así mismo una inmunda carta contra Solzhenitsyn a pesar de la admiración que sentía por el novelista. Años más tarde, firmará otra contra Sájarov. Según Barnes, cuando decir la verdad y obrar en consecuencia conduce a una muerte inmediata, había que disfrazarla. Y para Shostakóvich el disfraz de la verdad era la ironía. El tirano no tiene el oído fino para oír la ironía y, por otra parte, imita la jerga del Poder. La ironía podía proteger su música, el arte de su música que pervive y se escucha por encima del ruido del tiempo. El problema es que, en la mayoría de las ocasiones, ni sus amigos eran capaces de captar ese tono irónico. Sea como fuere, Barnes no deja de mostrar una cierta compasión por el terrible drama vivido por Shostakóvich. En un país como la Unión Soviética donde era imposible decir la verdad y vivir, no solo el personaje declarado enemigo del Estado, sino todo su entorno: su familia, sus amigos…todos están contaminados. Para salvar lo que amabas, no había elección, no existían posibilidades de evitar la corrupción moral, a no ser que tuvieses madera de héroe. Pero el heroísmo es un gesto de grandeza, no un imperativo ético.

   Quizás Shostakóvich fue un tanatófobo, un obsesionado por la muerte, como también lo es Julian Barnes. “Le envidio” le dijo a la familia de su amigo Solomon Mijoels, asesinado por orden de Stalin, porque su propia experiencia vital era un fiel testimonio de que la muerte era preferible a un terror interminable (página 144).

   Prosa evocativa, introspectiva y discontinua, con ciertos acentos líricos para narrar y hacernos tomar conciencia de la difícil y aterradora convivencia de un artista cuyo credo es dar al arte lo que es del arte  en un Estado exterminador.



Francisco Martínez Bouzas



                                                     
Julian Barnes

Fragmentos



“Siempre venían buscarte en mitad de la noche. Por eso, para que no le sacaran del apartamento en pijama, o le obligaran a vestirse delante de algún hombre impasible y despreciativo del NKVD, se acostaba totalmente vestido y tumbados encima de las mantas, con una maletita ya preparada a su lado, en el suelo. Apenas dormía y velaba imaginando las peores cosas que un hombre podía imaginar. Su inquietud, a su vez impedía dormir a Nita. Los dos yacían en la cama fingiendo; además, fingiendo que no oían ni olían el pánico del otro. Una de sus pesadillas recurrentes cuando estaba despierto era que el NKVD cogiera a Galia y se la llevasen -si la niña tenía suerte- a un orfanato especial para niños de los enemigos del Estado. Allí le cambiarían de nombre y le forjarían un nuevo carácter; la convertirían en una ciudadana soviética modélica, un pequeño girasol que alzaría la cara hacia el gran sol que se llamaba a sí mismo Stalin. Por consiguiente, había pensado pasar aquellas inevitables horas de insomnio en el rellano junto al ascensor.”



…..



“Si el Estado hacía concesiones, también las hacían los ciudadanos. Pronunció discursos políticos escritos por otros, pero -tan patas arriba estaba el mundo- eran discursos cuyos sentimientos, si no su lenguaje, él podía realmente refrendar. Habló en un mitin de artistas antifascistas de «nuestra gigantesca batalla contra el vandalismo alemán» y de «la misión de liberar la humanidad del flagelo pardo». «Todo para el frente», había exhortado, como si encarnara el Poder mismo. Se mostraba seguro de sí mismo, fluido, convincente. «Pronto llegarán tiempos más felices», prometió a sus colegas artistas, repitiendo la cantinela de Stalin.

El flagelo pardo incluía a Wagner, un compositor al que el Poder siempre había hecho trabajar. Estuvo de moda y pasado de moda durante todo el siglo, según la política del momento. Cuando se firmó el pacto Mólotov-Ribbentrop, la Madre Rusia había abrazado a su nuevo aliado fascista como una viuda de mediana edad abraza a un fornido vecino joven, con tanto más entusiasmo  porque la pasión llega tarde, contra toda razón. Wagner volvió a ser un gran compositor y a Risenstein le ordenaron que dirigiera La valkiria en el Bolshói. Menos de dos años más tarde, Hitler invadió Rusia y Wagner volvió a ser un infame fascista, un pedazo de escoria parda.”



…..



“Y sí, era un cobarde. Y sí, uno da vueltas como una ardilla en una rueda. Y sí, aplicaría a su música todo el valor que le quedaba, y la cobardía a su vida. No, aquello era demasiado reconfortante. Decir: Oh, perdonadme, pero ya ves que soy un cobarde, no puedo hacer nada para remediarlo, Su Excelencia, camarada, gran líder, viejo amigo, mujer, hija, hijo. Esto quitaría complicación a las cosas, y la vida siempre rechazaba la simplicidad. Por ejemplo, había temido el poder de Stalin, pero no al propio Stalin: ni por teléfono ni en persona. Por ejemplo, era capaz de interceder por otros pero nunca se atrevió a interceder por él mismo. A veces se sorprendía a sí mismo. Así que quizá no fuese incorregible del todo.

Pero no era fácil ser un cobarde. Ser un héroe era mucho más fácil que ser un cobarde. Para ser un héroe sólo tenías que ser valiente un momento: cuando sacabas la pistola, lanzabas la bomba, apretabas el detonador, matabas al tirano y también a ti con él. Pero ser un cobarde era embarcarse en una carrera que duraba toda la vida. Nunca podías relajarte. Tenías que prever la próxima vez que tendrías que disculparte, titubear, achantarte, volver a familiarizarte con el sabor de las botas de caucho y el estado de tu propio personaje caído, abyecto. Ser un cobarde requería obstinación, perseverancia, una negativa a cambiar, lo cual, en cierto modo, constituía una especie de valentía. Sonrió para sus adentros y encendió otro cigarrillo. Aún no había perdido los placeres de la ironía.”



(Julian Barnes, El ruido del tiempo, páginas 25-26, 80-81, 173)

miércoles, 30 de diciembre de 2015

"LA LEY DEL MENOR": CUANDO LA RELIGIÓN SE CONVIERTE EN VENENO



La ley del menor

Ian McEwan

Traducción de Jaime Zulaika

Editorial Anagrama, Barcelona, 2015, 213 páginas



   La ley del menor (The Children Act, 2014) es la última novela de Ian McEwan (Aldershot, U.K), uno de los miembros de la generación de los “Young British Novelists de 1983, de la que también formaron parte Julian Barnes o Salman Rushdie. La ley del menor es una novela en la que el escritor británico ya no escandaliza a sus lectores ingleses, ni a los de ningún otro país, como hizo en sus primeras ficciones de formato largo y en sus colecciones de relatos: Primer amor, últimos ritos, Amor perdurable o El inocente. Sin embargo, McEwan no ha perdido un solo átomo de pulso narrativo, y mantiene la misma intensidad emocional, si bien penetrando en conflictos, especialmente en dilemas éticos, como los que el lector puede apreciar en la trama de esta novela.

   Ian McEwan ha declarado que le fascinan la narrativa de ideas. La ley del menor se encuadra justamente en esa zona arisca donde chocan dos ideas: las creencias religiosas y el derecho. Pero no conviene equivocarse: ese tipo de colisiones se suelen analizar en el género ensayístico. McEwan, sin embargo, hace que penetren en nuestras zonas racionales y emocionales mediante la ficción. Con piel, con humanidad, con personajes reales para coexistir al lado de conflictos que son dramas que afectan a las personas de carne y hueso, no a individuos entes abstractos. Por eso, en La ley del menor conviven dos tramas: la de la colisión de ideas ya aludida y una trama paralela que penetra también en la médula de Fiona Maye, la principal protagonista.

   A ella aludiré en primer lugar. Fiona Maye es magistrada del Tribunal Superior de Justicia, especializada en temas de familia. Casada con Jack, considera que su vida profesional y personal está estabilizada. No obstante ninguno de los dos miembros de la pareja recuerda cuándo había sido la última vez que practicaron sexo. El suyo es un matrimonio que ha llegado a ese punto en que sus miembros viven como hermanos. Jack, en las puertas de los sesenta, quiere vivir la última gran relación apasionada con otra mujer, por supuesto más joven que Fiona, pero sin divorcio, sin romper su matrimonio. Ella considera que es una propuesta indignante y se niega. Jack sigue adelante y se va de casa.

   En esa situación de ruptura, y después de contextualizar el caso que constituye el nudo de la novela, con otros en los que Fiona tiene que dictar sentencia (entre ellos, la separación de dos siameses que causará la muerte de uno de ellos), le llega en efecto el nuevo proceso, el de Adam Henry, un joven testigo de Jehová, enfermo de leucemia que le llevará sin ninguna duda  a la muerte si no recibe una transfusión de sangre. A punto de cumplir los dieciocho años, decide asumir los dictados de la fe de sus padres y rechazar la transfusión. Por ser menor de edad, la decisión le corresponde al tribunal de Fiona. Ella tendrá que decidir entre el derecho de los pacientes a elegir o rechazar los tratamientos, o las recomendaciones del hospital de llevar a cabo cuanto antes la transfusión. O con otras palabras, entre la vida y la muerte de una persona que, dentro de tres meses, cumplirá los dieciocho años y será autónoma para decidir. Mas, antes de que Fiona emita la sentencia, decide visitar de inmediato a Adam Henry en el hospital. Para ella es importante saber el grado en que el chico comprende su situación y a lo que se enfrenta si falla contra el hospital.

   Lo hace y no solo hablarán de esos dilemas, sino también de poesía, porque Adam, cuya vitalidad está siendo asfixiada, escribe poemas, toca el violín y la jueza lo acompaña cantando. Percibe así mismo que Adam posee plena conciencia de su situación, una concepción romántica del sufrimiento, mas quizás sus ideas no son suyas puesto que fue condicionado desde la infancia por una ininterrumpida y categórica visión del mundo. Prevalecerá el interés de Adam y la jueza tomará una decisión entre dos malas opciones que, por respeto al lector no debo revelar. Anoto solamente que los padres de Adam llorarán de rabia y gritarán de alegría.

   La novela, sin embargo, dará mucho más de sí. Lo que sigue después es una propuesta descabellada y al mismo tiempo inocente. Y la tragedia, porque Adam había ido a buscarla y ella no le había ofrecido nada en lugar de la religión, sin comprender en ese momento lo que dicta la Ley: el bienestar del menor como consideración prioritaria. Su único asidero será un matrimonio que comienza a renovarse a trompicones.

   La ley del menor es una novela de ideas, especialmente de enfrentamientos entre ideas legítimas: el derecho y las creencias religiosas, que pierden su legitimidad cuando se convierten en veneno, y de las que es preciso proteger a los menores de edad. Cargada de múltiples referencias y detalles concernientes a la administración de justicia en Inglaterra, la burbuja gris en la que vive la protagonista. Pero también, especialmente en las páginas finales, una novela sobre la vida, sobre la búsqueda de sentido, un sentido que jamás se verá colmado con la razón, cuando opera alejada de la pasión y de las emociones, de los sueños que, también en la madurez, siguen siendo un horizonte, quizás utópico, pero necesario.

   Una ficción llena de historias estremecedoras que acontecen en el ámbito de la justicia familiar que son reflejo de la vida real, y que McEwan concluye de una forma redonda, bien cerrada, lo que ha ido tejiendo con una prosa armoniosa, sin estridencias, con  presencia frecuente de la música, ese arte capaz de abrir el corazón de los personajes. Una novela que solamente demanda lectores adeptos de las buenas historias, capaces de dejarse seducir por ellas, y gozar, en una sola sesión, de una de las mejores novelas del gran narrador inglés.



Francisco Martínez Bouzas

                                                       
Ian McEwan

Fragmentos



“Él dio un sorbo cuidadoso al whisky. No iba a emborracharse para reivindicar sus necesidades. Sería grave y racional cuando ella habría preferido que fuese ruidos en el agravio.

Sostenido su mirada le dijo:

-Sabes que te quiero.

-Pero te gustaría tener una mujer más joven.

-Me gustaría tener una vida sexual.

Era una invitación a que ella formulara promesas efusivas, a atraerle hacia ella, a disculparse por estar atareada o cansada o indisponible. Pero ella miró a otra parte y no dijo nada. No iba a dedicarse, sometida a presión, a revivir una vida sensual por la que en aquel momento no sentía apetencia. Sobre todo porque sospechaba que la aventura ya había empezado. Él no se había molestado en negarlo y ella no iba a preguntárselo de nuevo. No era sólo por orgullo. Aún temía la respuesta.”



…..



“-¿No es cierto que si accediera a recibir una transfusión sería excomulgado, como dicen ustedes? ¿Expulsado de la comunidad, en otras palabras?

-Desasociado. Pero eso no va a ocurrir. No va a cambiar de opinión.

Técnicamente, señor Henry, es todavía un niño a su cargo. Por eso quiero que usted cambie de idea. Su hijo tiene miedo de que le rehúyan, ¿no es la palabra que emplean? De que lo rechacen por no hacer lo que usted y los ancianos quieren. El único mundo que conoce le daría la espalda por preferir la vida a una muerte terrible. ¿Es eso una elección libre para un chico joven?

Kevin Henry hizo una pausa para reflexionar. Miró por primera vez a su mujer.

-Si usted pasara cinco minutos con él se daría cuenta de que sabe lo que hace y es capaz de tomar una decisión conforme con su fe.

-Yo prefiero pensar que encontraría a un chico aterrado y gravemente enfermo que quiere con toda su alma la aprobación de sus padres. Señor Henry, ¿le ha dicho a Adam que es libre de recibir una transfusión si lo desea? ¿Y que seguiría queriéndole?

-Le he dicho que le quiero.

-¿Sólo eso?

-Es suficiente

-¿Sabe usted cuándo se les ordenó a los testigos de Jehová rechazar las transfusiones de sangre?

-Está escrito en el Génesis. Data de la Creación

-Data de 1945, señor Henry. Hasta entonces era perfectamente aceptable. ¿Le satisface una situación en que en los tiempos modernos un comité de Brooklyn ha decidido la suerte de su hijo?”



…..



“El trabajo del departamento de Familia proseguía. Era fortuito que tantos conflictos matrimoniales de las listas le llegasen a Fiona. Y una pura coincidencia que ella también tuviese el suyo. No era frecuente en esta sección encarcelar a gente, pero aún así en sus momentos de asueto pensaba que podía meter presos a todos los casados que querían, a expensas de sus hijos, una mujer más joven, un marido más rico o menos aburrido, un barrio distinto, sexo nuevo, amores nuevos, una nueva visión del mundo, un nuevo y bonito comienzo antes de que fuera demasiado tarde. Mera persecución del placer. Kitsch moral.”



…..



“¿Alguna vez dejaría de llover? Vio la figura solitaria (de Adam Henry) que subía el sendero de entrada de Leadman Hall, encorvado contra el temporal, avanzando en la oscuridad mientras oía la caída de las ramas. Debió de ver al fondo las luces de la casa y supo que ella (Fiona Maye) estaba allí. Refugiado en una construcción anexa, dudaría, aguardaría una oportunidad de hablar con ella, arriesgándolo todo en ese intento de… ¿qué, exactamente? Y creyendo que podría obtenerlo de una mujer sexagenaria que no había corrido ningún riesgo en la vida, aparte de unos pocos episodios temerarios en Newcastle, muchos años atrás. Debería haberse sentido alagada. Y preparada. En cambio, en un arranque imperdonable y poderoso, le besó y luego le expulsó. Después ella también huyó. No contestó a sus cartas. No descifró la advertencia en su poema. Cómo le avergonzaban ahora sus mezquinos temores por su reputación. Su transgresión sobrepasaba el alcance de cualquier comisión disciplinaria. Adam había ido a buscarla y ella no le había ofrecido nada en lugar de la religión, ninguna protección, aún cuando la Ley era clara, su consideración prioritaria era el bienestar del menor. ¿Cuántas páginas y cuántas sentencias había dedicado a este concepto? La asistencia, el bienestar, eran sociales. Ningún niño era una isla. Pensó que sus responsabilidades terminaban dentro de las paredes del tribunal. Pero ¿cómo podían terminar allí? Él fue a buscarla, quería lo mismo que quiere todo el mundo y que sólo podían darle los librepensadores, no los seres sobrenaturales. Un sentido.”



(Ian McEwan, La ley del menor, páginas 31-32, 84-85, 134-135, 208-209)