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viernes, 22 de junio de 2018

LE EFÍMERA BÚSQUEDA DE LA NATURALEZA EN UNA CIUDAD INDUSTRIAL


Marcovaldo, o sea Las estaciones en la ciudad

Italo Calvino

Traducción de Dulce María Zúñiga

Ediciones Siruela (Biblioteca Calvino), Madrid, 164 páginas.

(Libros de siempre)

  



   Reedita Ediciones Siruela los veinte relatos que, en traducción de Dulce María Zúñiga, escribió y publicó el escritor cubano- italiano, Italo Calvino (1923-1985), Marcovaldo, ovvero le stagioni in città. El autor es un brillante experimentador que salta de una forma literaria a otra. Es por esta razón que en su producción sea posible diferenciar varios períodos. Posiblemente el más conocido es aquel en el que se adentra en la invención fantástica, especialmente en el terreno de las fábulas y de la fabulación que permite lecturas alegóricas y simbólicas, repletas de pequeños pizcos históricos y filosóficos, tanto privados como públicos. Un período que abarcaría la trilogía I nostri antenati (El vizconde demediado, El barón rampante, El caballero inexistente).

   No obstante, Italo Calvino también es autor de una narrativa que, a pesar de una cierta contaminación derivada del mundo de la fábula y del absurdo, se acerca y escudriña e la realidad social en la que vivimos. Pertenecen a esta línea el libro que me ocupa y La giornata d’uno scrutatore, también traducido y editado por Ediciones Siruela. Marcovalo, ovvero le stagioni in città vio su publicación en dos fechas distintas: 1958 y 1963, lo que abre las puertas para permitirnos captar la evolución del autor: mucho más fabulosos y fantásticos los relatos de la primera serie, y a pesar de que trate los mismos temas -los problemas de las sociedades urbanas-, los relatos escritos en 1963 están mucho más preñados de ironía e incluso de guiños al absurdo.

   El núcleo argumental de esta colección de relatos tiene mucho que ver con el neorrealismo italiano. A leer las andanzas y reflexiones de Marcovaldo, vienen inevitablemente a la cabeza ciertos personajes de Visconti o de Vittorio De Sica. Marcovaldo, el personaje principal, es un proletario urbanita, padre de familia numerosa que sueña y busca sin descanso pequeños rayos y chispas de la naturaleza en el paisaje urbano, incluso aunque sea en forma de setas venenosas, tábanos, castaños de Indias o en el vuelo de las arceas otoñales.

   El autor dedica a cada una de las estaciones del año un ciclo de cuatro cuentos. Son los períodos en los que se desenvuelve la vida de este domesticado y a la vez irónico personaje que persigue inútilmente la naturaleza en una ciudad industrial. Una búsqueda efímera y candorosa, mas Marcovaldo jamás siente el desaliento, por mucho que se engañe y confunda, como le ocurre ya en el primer relato, “Setas en la ciudad”. Los primeros cuentos de Marcovaldo son cortos, rebosantes de chispa, y están definidos por un desenlace imprevisto en lo que prácticamente todo sale mal. Un conjunto de relatos con un carácter realista, que fusionan humor e ironía con la desabrida situación que viven Marcovaldo y su familia. Son, por supuesto, narraciones tristes y abiertamente dolientes y bruscas, ya que ponen al descubierto la paupérrima y a veces pavorosa situación en la que viven los marginados del mundo.

   Un libro sin duda de gran actualidad en estos momentos y en este mundo donde solamente manda la racionalidad instrumental y la búsqueda del beneficio económico utilitarista que tantos males está causando entre la “especie de los hombres y de las mujeres sabios y sabias”, pero esclavos y esclavas de un progreso en el que, como escribe Italo Calvino, las pérdidas son absolutas y las ganancias inciertas. Incluso aunque sea de forma indirecta, porque Marcovaldo no acostumbra emitir juicios acerca de la destrucción de la naturaleza y los desmanes de las sociedades capitalistas, rechaza Italo Calvino las concepciones finalistas de la Historia y del progreso que provocan más calamidades que beneficios. El cándido y poco menos que infantil Marcovaldo proyecta, sin embargo, en estos cuentos una honda crítica, alejada de cualquier moralismo, tanto de los estragos ecológicos como de las sociedades consumistas y del absoluto imperio del dinero.

   Y no nos equivoquemos: lo que Italo Calvino ponía en evidencia en las décadas de los cincuenta y sesenta en sus escritos, ha crecido en el momento actual de una forma exponencial. Así pues, muy oportuna la reedición de una de las obras emblemáticas de Italo Calvino.







                                                    
Italo Calvino


Fragmento



  
“Marcovaldo se esforzaba en no dejar rastro, recorría un camino en zigzag por las secciones, siguiendo ora a atareadas criaditas, ora a damas emperifolladas. Y conforme una u otra alargaba la mano para tomar una calabaza amarilla y olorosa o una caja de queso en porciones, él las imitaba. Los altavoces difundían musiquillas alegres: los consumidores se movían o paraban siguiendo el ritmo, y en el momento preciso tendían el brazo, se hacían con un artículo y lo metían en su cesta, siempre al compás de la música.
El carrito de Marcovaldo estaba ahora repleto de mercancía; sus pasos lo llevaban a adentrarse en secciones menos frecuentadas; los productos de nombre cada vez menos descifrable venían en cajas con figuras que no aclaraban si se trataba de abono para lechuga o de semilla de lechuga o de lechuga propiamente dicha o de veneno para la oruga de la lechuga o de cebo para atraer a los pájaros que se comen esos gusanos o quizá de condimento para la ensalada o para los pajaritos fritos. Por si acaso, Marcovaldo se llevaba dos o tres cajas.
De esta suerte andaba entre dos altos setos de mostradores. De pronto, el pasillo se acababa y venía un largo espacio vacío y desierto con luces de neón que hacían brillar los azulejos.
Marcovaldo se encontraba allí, solo con su carro de productos, y al fondo de aquel espacio vacío estaba la salida, con la caja. Su primer impulso fue lanzarse de cabeza empujando el carrito como un tanque y escapar del supermercado con el botín antes de que la cajera pudiese dar la alarma. Pero en aquel momento por otro pasillo próximo asomó un carrito más cargado aún que el suyo, y quien lo empujaba era su mujer, Domitila. Y, por otra parte, asomaba un tercero y Filippetto que empujaba sacando fuerzas de flaqueza.
Era aquel un punto en que los pasillos de muchas secciones convergían, y de cada embocadura salía un hijo de Marcovaldo, todos empujando sus carricoches cargados como buques mercantes. Todos habían tenido la misma idea y ahora, al volverse a encontrar, advertían que habían reunido un completo muestrario de las existencias del supermercado.
-Papá, ¿entonces somos ricos? -preguntó Michelino-. ¿Habrá como para comer un año?
-¡Atrás! ¡Aprisa! ¡Alejaos de la caja! –exclamó Marcovaldo dando media vuelta y escondiéndose, él y su carga, detrás de los mostradores; y emprendió una carrera doblado en dos como bajo el fuego del enemigo, volviendo a perderse por las secciones. Un estruendo resonaba a sus espaldas, se dio la vuelta y vio a toda la familia que, empujando sus vagones como un tren, galopaba pisándole los talones.
-¡Nos va a costar una millonada!
El supermercado era espacioso e intrincado como un laberinto: había para dar vueltas horas y horas. Con todas esas provisiones, Marcovaldo y los suyos habrían tenido para pasar todo el invierno sin salir de allí. Pero los altavoces ya habían interrumpido su musiquilla y decían:
-¡Atención! ¡Dentro de un cuarto de hora cierra el supermercado! ¡Sírvanse pasar por caja!
Había llegado la hora de deshacerse de la carga: ahora o nunca. A la llamada del altavoz el tropel de clientes caía preso de una furia frenética, como si se tratase de los últimos minutos del último supermercado en el mundo entero, una furia no se sabe si de llevarse todo lo que había o de dejarlo todo, en fin, una de empujones en torno a los mostradores y Marcovaldo, con Domitila y sus hijos, aprovechaba para reponer la mercancía en los anaqueles o para deslizarla en los carritos de otras personas. Las restituciones se hacían un tanto al buen tuntún: el papel matamoscas en el mostrador del jamón, un repollo entre las tartas. No se dieron cuenta de que una señora en lugar del carrito empujaba un cochecito con un bebé: le endosaron una botella de vino.
Eso de privarse de las cosas sin haberla ni siquiera catado era un sufrimiento como para que se saltaran las lágrimas. No es de extrañar que, justo cuando dejaban un tarro de mayonesa, les viniera a la mano un racimo de plátanos y se lo quedaran; o un pollo asado en lugar de un escobón de nailon; con ese sistema sus carritos, al compás que se vaciaban, se volvían a llenar.
La familia con sus provisiones subía y bajaba por las escaleras mecánicas y en cada piso, en cualquier parte, desembocaba en pasillos obligatorios, donde una cajera centinela apuntaba con una máquina calculadora crepitante como una ametralladora contra los que hacían ademán de salir. El deambular de Marcovaldo y familia se parecía cada vez más al de animales enjaulados o al de reclusos en una luminosa prisión de muros con paneles de colores.
Arribaron a un lugar en el que los paneles de la pared estaban desmontados, donde había una escalera de mano apoyada, martillos, herramientas de carpintero y de albañil. Una empresa estaba construyendo una ampliación del supermercado. Cumplido su horario de trabajo, los obreros se habían marchado dejando las cosas de cualquier modo. Marcovaldo, provisiones al frente, se coló por el agujero de la pared. Al otro lado reinaba la oscuridad; él siguió adelante. Y la familia, con los carritos, detrás de él.
Las ruedas de los carritos rebotaban por un suelo como desempedrado, a trechos arenoso, luego por un piso de tablas mal ajustadas. Marcovaldo avanzaba balanceándose por una tabla, los otros seguían. De pronto vieron delante y detrás y arriba y abajo un montón de luces sembradas a lo lejos y alrededor el vacío.
Se hallaban en el armazón de tablones de un andamiaje, a la altura de una casa de siete pisos. La ciudad se extendía a sus pies con un centellear luminoso de ventanas y rótulos y chispazos eléctricos de los troles de los tranvías; más arriba aparecía el cielo tachonado de estrellas y de luces rojas de antenas de las emisoras de radio. El andamiaje temblaba bajo el peso de tamaña cantidad de mercancía en equilibrio. Michelino dijo:
-¡Tengo miedo!
De la oscuridad salió una sombra. Era una boca enorme, sin dientes, que se abría avanzando sobre un interminable cuello metálico: una grúa. Bajaba hacia ellos, se detenía a su altura, la quijada inferior sobre el borde del andamio. Marcovaldo inclinó el carrito, vació su mercancía en las fauces del hierro, y siguió adelante. Domitilla hizo lo mismo. Los chicos imitaron a sus padres. La grúa cerró sus fauces sobre todo aquel botín del supermercado y con un graznador movimiento de poleas echó la cabeza atrás, alejándose. Abajo se encendían y giraban los letreros luminosos de mil colores que invitaban a comprar los productos en venta en el gran supermercado.”



(Italo Calvino, Marcovaldo, o sea Las estaciones en la ciudad, segunda parte)

sábado, 2 de junio de 2018

LAS CIUDADES METÁFORA: UN ZODÍACO DE FANTASMAS DE LA MENTE


Las ciudades invisibles

Italo Calvino

Traducción de Aurora Bernárdez

Ediciones Siruela, Madrid, 2018, 3ª edición, 172 páginas.



   

    Italo Calvino (Santiago de las Vegas, la Habana, 1923 – Siena, 1985) fue un brillante experimentador en el terreno escritural que salta de una forma literaria a otra. Tras la trilogía I nostri antenati  (El vizconde demediadoEl barón rampante, El caballero inexistente), una representación alegórica del hombre contemporáneo, se han ido traduciendo a las distintas lenguas, incluidas las periféricas y minoritarias como el gallego, otras de sus obras más importantes, como Las ciudades invisibles, con la que obtuvo en 1972 el Premio Feltrinellli.

   Italo Calvino es un escritor polifacético, de evolución variada y muy rica. A su inicial neorrealismo le sucedió un tipo de escritura, por una parte fantasiosa: los relatos de Último viene il cervo (1949) y la ya apuntada trilogía de seres imposibles. Y por otra, su trilogía urbana, modulada en clave política y de denuncia social. Posteriormente Italo Calvino se entregó al experimentalismo vanguardista  escribiendo una novela de la novela Se una notte d’inverno un viaggiatore,  a la “fanta-ciencia” (La cosmicomiche) a la “fanta-historia”, un subgénero narrativo en el que se puede incluir Las ciudades invisibles.

   En efecto, Las ciudades invisibles es plenamente fantasía histórica y recreación de mitos, si bien el libro esconde otros presentes hábilmente enmascarados. El núcleo argumental de la obra no es otro que las conversaciones entre el emperador mongol Kublai Kahn y Marco Polo, en las que este le describe al Gran Kahn las ciudades de su imperio. Sin embargo, no se trata de una reinterpretación literaria del Libro de las maravillas de Marco Polo, sino de una recreación plenamente original de las ciudades imaginarias y de las relaciones, igualmente imaginadas, entre el emperador y Marco Polo.

   El tiempo del relato corresponde posiblemente al siglo XIII, mas el coloquio entre los dos personajes transcurre en un tiempo imaginario e indefinido, con características incluso de nuestros días. Marco Polo  representa ante el Gran Kahn las ciudades de los territorios imperiales, ciudades con nombres femeninos que se convierten en verdaderos símbolos de la sociedad y de la existencia humana. En el imperio tártaro se yerguen ciudades como Anastasia que crea esclavos de aquellos que creen gozar de la misma; como Zoe en la que el viajero solamente cobija dudas, o como Hipatia en la que no existe lenguaje sin engaño. Ciudades telaraña como Octavia o como Bauci a la que se llega antes de acertar a divisarla. Urbes sin espesor que consisten solamente en un anverso y en un reverso como Moriana, y otras como Pentasilea que acaso solamente es periferia de si misma, sin que fuera de ella exista un fuera. Ciudades-joya, como Bersabea que solamente cuando defeca no es avarienta, calculadora e interesada.

   Las ciudades que Marco Polo detalla al regreso de sus embajadas, y que aparecen en su mente como los pensamientos que le vienen a quien toma el fresco al anochecer, están, al igual que lo sueños, construidas de deseos y de miedos. Todas tienen algo de Venecia y representan la existencia humana en la vida y en la muerte. Hay ciudades, en el relato de Marco Polo, a las que se llega muriendo y en las que cada uno se reencuentra con sus muertos -señal de que también yo morí-; y casi que todas ellas ocultan dos caras o se componen de dos medias ciudades, de un anverso y de un reverso: lo bueno y lo malo, la justicia y la injusticia, los rectos y los sicofantes. Así pues, una sucesión en el tiempo de estructuras diferentes, alternativamente justas e injustas.

   Como hace el autor en El vizconde demediado con relación al ser humano, tras leer Las ciudades invisibles correspondería formular igualmente una pregunta inquietante: ¿La ciudad total, perfectamente harmónica, no será un mito inalcanzable? ¿La ciudad real y las ciudades diferentes que aquella esconde y que se originan y crecen en sus entrañas, la ciudad de los justos y la ciudad de los calumniadores, no será la misma y única ciudad que existe?

   Una escritura, sin ninguna duda, de profunda filiación filosófica en la que además  son destacables otras ideas importantes. Entre ellas, la potencia de la memoria: el tuyo es en realidad un viaje en la memoria, le dice el Gran Kahn al humilde extranjero Marco Polo que, como único equipaje, presenta lo que es capaz de recordar, un poder, no obstante, infinitamente superior al de Kublai que desconoce su propio imperio. En definitiva, todo lo que resume la ajustada consigna de Francis Bacon: “Saber es poder”, que podría servir de lema a la aventura del conocimiento moderno.

   Y junto a la memoria, aparece latente en las páginas de Italo Calvino la imposibilidad de expresar la realidad por medio de signos lingüísticos, que colocan a este libro en la órbita del estructuralismo lingüístico. En las conversaciones con Kublai, Marco Polo, más que con palabras, representaba a las ciudades que describía con gestos, gritos de maravillas y de horrores, ladridos o píos de animales…, improvisaba pantomimas que el soberano debía interpretar. En la mente del emperador, cada nueva ciudad aparece evocada, a la manera de un emblema, por un primer gesto o por el objeto con el que había sido designada por Marco Polo. De ahí que con frecuencia para el Gran Kahn su imperio no es otra cosa que un zodíaco  de fantasmas de la mente.

   Las ciudades invisibles es un libro importante, de eses que conjugan en sus páginas magia y un verdadero juego intelectual,  embebido  en un efectivo refinamiento lingüístico que, sin embargo, no convierte en gravosa su lectura.







Italo Calvino




Fragmentos





"En la vida de los emperadores hay un momento que sucede al orgullo por la amplitud inconmensurable de los territorios que hemos conquistado, a la melancolía y al alivio de saber que pronto renunciaremos a conocerlos y a comprenderlos, una sensación como de vacío que nos asalta una noche junto con el olor de los elefantes después de la lluvia y de la ceniza de sándalo que se enfría en los braseros, un vértigo que hace temblar los ríos y las montañas historiados en la leonada grupa de los planisferios, enrolla uno sobre otro los despachos que anuncian el derrumbe, de derrota en derrota, de los últimos ejércitos enemigos y resquebraja el lacre de los sellos de reyes que jamás oímos nombrar, que imploran la protección de nuestras huestes triunfantes a cambio de tributos anuales en metales preciosos, pieles curtidas y caparazones de tortuga; es el momento desesperado en que se descubre que ese imperio que nos había parecido la suma de todas las maravillas es un desmoronarse sin fin ni forma, que la gangrena de su corrupción está demasiado avanzada para que nuestro cetro pueda ponerle remedio, que el triunfo sobre los soberanos enemigos nos ha hecho herederos de su larga ruina.”



…..



“Partiendo de allá y andando tres jornadas hacia levante, el hombre se encuentra en Diomira, ciudad con sesenta cúpulas de plata, estatuas de bronce de todos los dioses, calles pavimentadas de estaño, un teatro de cristal, un gallo de oro que canta todas las mañanas en lo alto de una torre. Todas estas bellezas el viajero ya las conoce por haberlas visto también en otras ciudades. Pero es propio de ésta que quien llega una noche de septiembre, cuando los días se acortan y las lámparas multicolores se encienden todas a la vez sobre las puertas de las freidurías, y desde una terraza una voz de mujer grita: ¡uh!, se pone a envidiar a los que ahora creen haber vivido ya una noche igual a ésta y haber sido aquella vez felices. "



…..



"A ochenta millas de proa al viento maestral, el hombre llega a la ciudad de Eufemia, donde los mercaderes de siete naciones se reúnen en cada solsticio y en cada equinoccio. 

La barca que fondea con una carga de jengibre y algodón en rama volverá a zarpar con la estiba llena de pistacho y semilla de amapola, y la caravana que acaba de descargar costales de nuez moscada y de pasas de uva ya lía sus albardas para la vuelta con rollos de muselina dorada. 



Pero lo que impulsa a remontar ríos y atravesar desiertos para venir hasta aquí no es sólo el trueque de mercancías sino también porque de noche, junto a las hogueras que rodean el mercado, sentados sobre sacos o barriles o tendidos en montones de alfombras, a cada palabra que uno dice como "lobo", "hermana", "tesoro escondido", "batalla", "sarna,", "amantes", los otros cuentan cada uno su historia de lobos, de hermanas, de tesoros, de sarna, de amantes, de batallas. 



Y tú sabes que en el largo viaje que te espera, cuando para permanecer despierto en el balanceo del camello o del junco se empiezan a evocar uno por uno todos los propios recuerdos, tu lobo se habrá convertido en otro lobo, tu hermana en una hermana diferente, tu batalla en otra batalla, al regresar de Eufemia, la ciudad donde en cada solsticio y en cada equinoccio intercambiamos nuestros recuerdos". 



(Italo Calvino, Las ciudades invisibles)

viernes, 6 de junio de 2014

ORLANDO FURIOSO EN LA REESCRITURA DE ITALO CALVINO



Orlando furioso narrado en prosa del poema de Ludovico Ariosto

Italo Calvino
Traducción de Aurora Bernárdez y Mario Muchnik
Ediciones Siruela, Madrid, 2014, 170 páginas.

   Han sido muchos los autores que se han dedicado a contar y a reescribir algunas de las grandes obras del pasado, en especial de los clásicos de la literatura. La reelaboración de una obra literaria suele  ser fruto de distintos intereses o imperativos: adaptaciones teatrales o cinematográficas, iniciativas de divulgación radiotelevisiva, o simples lecturas públicas en el ámbito de manifestaciones culturales. El poema de Ludovico Ariosto, Orlando furioso contado por Italo Calvino nació como fruto de una iniciativa de este tipo. En el año 1966 Calvino escribió una introducción a la obra de Ariosto. Al año siguiente y en 1968 el Orlando furioso, reescrito por Italo Calvino, salió a las ondas en una serie de transmisiones radiofónicas de le RAI. Dos años más tarde, en 1970, será recogido en un volumen que ahora Ediciones Siruela publica en español, formando parte de la “Biblioteca Calvino”.
   El tema Rolando, en italiano Orlando, es el arranque de una serie de leyendas que forman parte de la “materia carolingia” que penetró en el Romancero español y en la literatura italiana a través de los “cantari” (cantos populares de naturaleza narrativa). Nace  así el Orlando innamorato  de Matteo Maria Boiardo (1441-1449) y sobre todo su continuación, por obra del poeta de la corte ferraresca Ludovico Ariosto (1474-1533), en el vasto poema Orlando furioso, escrito con actitud burlesca hacia todas las aventuras que inventa para recreo de cortesanos y cortesanas. La voluntad satírica del poeta se manifiesta por encima de ese mundo caballeresco de combates, fantasías, pequeñas pasiones y disparates de sus personajes. Orlando furioso alcanzó una gran difusión, y no solo en Italia. En España, escritores del Barroco como Góngora o Quevedo tejieron sobre el tema no pocos romances e incluso parodias.
   Italo Calvino (1923-1985) le dedicó al Orlando furioso una especial atención en el curso de toda su obra literaria. Algunas de sus novelas como El vizconde demediado, El caballero inexistente o El castillo de los destinos cruzados translucen claramente el interés que Calvino manifestó por la atmósfera fantástica de los romances caballerescos, desde que su encuentro con el poeta Elio Vittorini le estimuló a abandonar la literatura social y adentrase en la senda en la que afloraría sin duda su verdadero talento: la literatura fantástica. Con relación a Ariosto, Italo Calvino declaró que era su poeta. Y una de las pruebas es esta reescritura del Orlando furioso. Enamorado de la poesía límpida, misteriosa e irónica de Ariosto, Calvino viaja en zigzag en el interior del mágico poema ariostesco, seleccionando, comentando y explicando las estrofas más bellas, en alternancia con su propia versión de los acontecimientos, en una narración apasionada y vivaz. Calvino amalgama pues su propia narración con los versos del Orlando furioso, rescatados de la versión española, aprobada por el propio Calvino, que en 1883 publicó Juan de la Pezuela.
   El libro nos permite comprender tanto la poética y el estilo de Ariosto como el interés de Italo Calvino por el mundo fantástico de los poemas caballerescos. Una reescritura pues en la que se mezclan los géneros literarios como en las historias de los paladines de Carlo Magno: la octava rima de Ariosto se reproduce, en sus episodios más notables, al lado de la narración en prosa de Calvino, que funciona como texto de acompañamiento explicativo, como ensayo crítico y como reasunción de altísima calidad de una obra universal de la literatura italiana. La bellísima Angélica, hija del rey de Catay y experta en artes mágicas que enamora a todos los caballeros, tanto cristianos como musulmanes, las batallas y los duelos, los choques de paladines e infieles, el galope de los caballos y sobre todo las intermitencias del corazón humano, mucho más que las doncellas encantadas, las fiestas animadas por ninfas o los encuentros fantásticos, es lo que ciertamente nos introduce en el espíritu de un poema trabajado con minucioso cuidado a través del secreto de la octava ariostesca y en  la desenvoltura de la salida irónica y reescrito de forma magistral por la prosa imaginaria de uno de los grandes narradores del siglo XX.

Francisco Martínez Bouzas



Italo Calvino



Fragmentos

Angélica escudriña entre los arbustos y ve un guerrero enorme, de largos bigotes caídos, perfectamente armado, que yace tendido como ella del otro lado del mata y que, con la mejilla apoyada en una mano, se lamenta y murmura frases sin sentido: la virgencita…la rosa…De rosas habla, este pedazo de soldado: huele una rosa que acaba de abrirse, y dice que sería una lástima cogerla, que una vez separada del tallo pierde todo su valor; desdichado de él, es lo que siempre le pasa; las rosas las cortan siempre los demás; pero ¿será de veras cierto que la rosa cogida pierde su valor? ¿Por qué él entonces no logra olvidarla? (42-44).

…..

“De la India, donde había sido prisionero de Alcina, Astolfo, liberado por Logistilla, regresa a Occidente. Su caballo Rabicano es tan ligero que no deja huellas ni en la arena ni en la nieve, y cuando galopa por un prado no quiebra ni siquiera una brizna de hierba: es un caballo sin peso, nacido del encuentro entre una llama con formas de yegua y un golpe de viento. Bajo sus cascos impalpables discurre un mapa suntuosamente historiado con figuras y pergaminos, en el que las maravillas del viaje de Marco Polo se suman a las profecías de los descubrimientos del siglo XVI, las noticias transmitidas por los autores clásicos a los ecos de las expediciones de Cortés.
Bajo la mirada de Astolfo, Edmundo trata por última vez de desplegar sobre un solo mapa todas las dimensiones de la imaginación humana: cada nombre de lugar evoca espectáculos naturales, monumentos, costumbres de los pueblos, pero también dioses de la mitología clásica y ogros y hadas de las fábulas.”

(Italo Calvino, Olando furioso narrado en prosa del poema de Ludovico Ariosto, páginas 33, 91-92)

viernes, 7 de marzo de 2014

NOVEDADES DE EDICIONES SIRUELA. AVANCE EDITORIAL



   El comentario de hoy será únicamente informativo. Para dar noticia de novedades editoriales de la editorial fundada en 1982 por Jacobo Siruela (Jacobo Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo) y que desde el año 2000 forma parte del Grupo Anaya. No es lo que más le agrada al comentarista porque de este avance editorial está ausente precisamente lo que es la esencia de la crítica literaria: la valoración personal. Eso que tan bien expresó Fernando Aramburu el pasado mes de julio: hacer apetecibles las obras valiosas, sin limitarse a descifrarlas con la adusta terminología de profesor, sino tomándose la molestia de transmitir entusiasmo, humanizando generosamente esos textos valiosos por la vía de exponer  una parte de su condición de lector sensible. Pero tampoco seré en este comentario un redactor de reseñas metido a mercader. Hoy, como digo, doy noticia de tres novedades de Ediciones Siruela. Será en otro momento, tras una reposada lectura, cuando ejerza ese trabajo de hacer apetecible las obras valiosas. Hoy me limito a informar  de forma sumaria basándome sobre todo en las respectivas presentaciones editoriales de estas tres novedades de Ediciones Siruela. Papel que también concibo como un servicio al posible lector, aunque reconozco el plus de publicidad que todo ello implica.


Nos acostumbraremos
Zoyâ Pirzâd
Traducción del francés de Isabel González-Gallarza
Ediciones Siruela, Colección Nuevos Tiempos, Madrid, 2014, 257 páginas.

   La autora Zoyâ Pirzâd, es una de las escritoras iraníes más destacadas sobre todo en el panorama internacional, donde es más conocida y valorada que en su propio país. Ha publicado dos novelas y varios libros de relatos, obras con las que ha cosechado varios premios importantes, como el Hooshhang Golshiri Literary Award a la mejor novela del año o el premio a la mejor obra extranjera publicada en Francia en 2009.
   Nos acostumbraremos  es una visión cercana e iluminadora de la vida cotidiana, un reflejo de los anhelos y de los secretos de las mujeres iraníes. La novela nos acerca a Arezu, una mujer iraní divorciada que vive con su hija adolescente y dirige una pequeña agencia inmobiliaria, fundada en su día por su padre. Arezu es una mujer moderna e independiente, como tantas que habitan en el país asiático. Se desvive entre los deseos de su hija de ir a Francia para vivir con su padre y una extravagante madre de mentalidad tradicional y obsesionada con el qué dirán. Y todo se complica exponencialmente cuando inicia una relación sentimental con Zaryu, un cliente de su establecimiento. Relación que la obligará a enfrentarse al rechazo y a la presión de su entorno familiar y al de sus vecinos..
   La autora plasma con inteligencia y sencillez el retrato de una sociedad iraní llena de contradicciones y el de un personaje femenino dotado de un fuerte personalidad. Tan fascinante como una heroína de la narrativa de Jane Austen.


Casanova y la mujer sin rostro
Olivier Barde Cabuçon
Traducción de Teresa Clavel
Ediciones Siruela, Nuevos Tiempos/Policiaca, Madrid, 2014, 215 páginas.

   El autor, aunque ajeno profesionalmente al mundo de la narrativa, es un apasionado de la literatura, a historia y el arte y autor reconocido por sus novelas policíacas con escenarios históricos. La novela que comento, editada en Francia en 2012, es el primer caso del comisario de las muertes extrañas. Ha sido galardonada con el premio Sang d’Ecre 2012.
   Casanova y la mujer sin rostro, sitúa al lector en 1759 en un curioso escenario. Apenas dos años antes el joven Volnay, a pesar de su poca simpatía por la monarquía, salvó a Luis XV de la muerte en el atentado perpetrado por Damiens. Agradecido el monarca, creo para él el cargo de comisario de las muertes extrañas. En París es hallado el cadáver de una mujer sin rostro y Volnay se encarga del caso. Halla en el cuerpo una misteriosa carta con el sello del rey. Así mismo la presencia en el lugar del crimen del libertino Casanova no deja de intrigarle. Los restos de la joven asesinada son confiados a petición del comisario a su ayudante, un monje tan erudito como hereje. La autopsia y los primeros elementos de la investigación conducen muy pronto a Volnay a Versalles, al gabinete real y a las mansiones reservadas a la marquesa de Pompadour en el Parque de los Ciervos, y al laboratorio del enigmático conde de Saint-Germain.
   El autor, con una escritura  ágil y elegante yergue una novela negra protagonizada por un personaje de gran originalidad y, al mismo tiempo, nos ofrece un espléndido retrato de un fascinante período histórico.


Orlando furioso
Narrado en prosa del poema
de LUDOVICO ARIOSTO
Italo Calvino
Traducción de Aurora Bernárdez y Mario Muchnick
Ediciones Siruela, Biblioteca Calvino, Madrid, 2014, 170 páginas.

   El libro que edita Siruela en su Biblioteca Calvino es una original e inteligente incitación a la lectura del poema original de Ariosto, a través de la versión fabulada por la rica imaginación de uno de los grandes escritores contemporáneos, autor de obras tan conocidas como El barón rampante, El caballero inexistente o Las ciudades invisibles.
   Italo Calvino declaró que Ariosto era su poeta, algo que se evidencia por la lectura de parte de su obra. Por eso mismo, este libro es el resultado de un encuentro al que el autor ya nos tiene acostumbrados. Calvino no reemplaza a Ariosto. Se limita a traducirlo, o mejor dicho a reescribirlo, a través de su imaginación. Su prosa por consiguiente nos cuenta, con entusiasmo y sin prisas, las vicisitudes de ninfas, paladines, guerreras y magos que pueblan tanto el poema de Ariosto como, por una prodigiosa metamorfosis literaria, las novelas del propio autor.
   Y cuando la narración llega a puerto, como el mismo dice de Ariosto, «el poema sale de sí mismo, se define por medio de sus destinatarios; y a su vez, es el poema mismo que sirve como definición o emblema de la sociedad de sus lectores presentes y futuros…”
   La edición de Siruela incluye los versos de Ariosto traducidos por el capitán general don Juan de la Pezuela, conde de Cheste y miembro de la Real Academia Española.

Francisco Martínez Bouzas