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martes, 10 de septiembre de 2013

COORDENADAS DEL COMPLEJO MUNDO FEMENINO



El tiempo de las mujeres
Ignacio Martínez de Pisón
Editorial Anagrama, Barcelona, 375 páginas
(LIBROS DE FONDO)


   Desde que en el año 1984, y con tan sólo veinticinco años, su novela La ternura del dragón se hiciera con el Premio Casino de Mieres, el escritor zaragozano Ignacio Martínez de Pisón (1960) se ha convertido en uno de los cultivadores más interesantes de la actual narrativa española. Su poderoso talento narrativo se asienta en una prosa extremadamente cuidada, con un pleno dominio de la lengua, un empleo ajustado y muy natural de los registros lingüísticos y del recurso a un humor corrosivo y desenfadado que, sin embargo, le sirve a su sabiduría narrativa a la hora de graduar con destreza lo que está contando y dibujar con maestría el perfil de sus personajes. No obstante, la escritura de Martínez de Pisón, un verdadero autor de culto, se aleja por igual de las corrientes hoy dominantes: las tendencias realistas o aquellas que caminan por sendas más experimentalistas y culturalistas.
   Considera Martínez de Pisón que allí donde incuba la tensión existe una buena historia. Y las tensiones las encontramos, de manera quizás inconmensurable, en la etapa de la adolescencia, a la que le dedicó sus primeras novelas, y también en la de la juventud, que marca la entrada en la edad adulta a la que consagra desde hace años todos sus esfuerzos como escritor, lo que le ha permitido poner en el mercado y ver traducidas a múltiples idiomas, María bonita (2001) y sobre todo El tiempo de las mujeres (2003) y otros textos narrativos que se han ido sucediendo, entre los que destaco Enterrar a los muertos (2005), Dientes de leche (2008) y El día de mañana (2011), una gran novela a la que ya le he prestado atención en esta bitácora.
   Hoy releo El tiempo de las mujeres, una novela a cuya escritura consagró el autor cuatro años de verdadera inmersión en el mundo femenino, permitiéndose únicamente una pausa para escribir María bonita. El resultado fue una novela muy ambiciosa. Una novela de formación o Bildungsroman femenino narrada por tres voces que se dejan oír hablando en primera persona. Son tres mujeres diferentes, tres hermanas que nos van revelando, en los diferentes capítulos, su personalidad y la relación que entre ellas mantienen. Sus distintas posturas frente al amor, el sexo, frente a la responsabilidad y ante una madre infantil e ingenua que se hace pasar por desvalida después de que su marido hubiera sido hallado muerto en un prostíbulo.
   Martínez de Pisón apela a la afirmación de Lobo Antunes de que una mujer, por muy estúpida que sea, esconde mucha mayor complejidad que un hombre. Para intentar modelar esa complejidad, el escritor se mete en la piel de las tres hermanas en un momento decisivo de sus existencias, dándole voz propia a cada una de ellas. Y, sobre todo, tratando de profundizar en los secretos que guardan entre sí. Porque el escritor está convencido de que las mujeres viven en un mundo hecho de secretos. Los hombres, por el contrario, pierden esas conversaciones o cuchicheos femeninos en los que ellas se dicen cosas que jamás revelarían delante de los hombres.
   Si esta novela, tan rica como compleja, tiene algún mérito, el más importante en mi apreciación es el de haber sido capaz de reflejar el punto de vista femenino en la narración que cada una de las hermanas hace de la historia común y de la suya particular en el instante del desafío de salir adelante por ellas mismas y de madurar psicológicamente en un ambiente de desplome  de ilusiones.
   Una sensación de pausada linealidad, la presencia de aspectos y escenas rebosantes de humor y una técnica contrapuntista que le permite al autor contemplar al mismo tiempo tres interpretaciones distintas de los mismo hechos, le son fértilmente utilizadas por Ignacio Martínez de Pisón en su empeño de aprehender y reflejar ficcionalmente las coordinas del complejo mundo femenino.

Francisco Martínez Bouzas


Ignacio Martínez de Pisón

Fragmentos

“Entre los empleados de la funeraria había una mujer con una bata azul y el pelo envuelto en una redilla que, entre otras cosas, se ocupaba de darle unos puntos de sutura en los párpados para que no se le abrieran los ojos en mitad del velatorio. Esa mujer me dijo que me fuera  a descansar, que enseguida lo maquillarían y lo vestirían, que iba a estar más guapo que un querubín. Y yo salí de la biblioteca y es verdad que más tarde mi padre mostraba un aspecto bien distinto: decoroso y casi apuesto en el impecable milrayas, con una expresión apacible y hasta risueña en un rostro sin arrugas, con el pelo insólitamente peinado con brillantina. Así lo vio ya mamá cuando apareció vestida de negro y con los ojos hinchados de tanto llorar. Se sentó en la silla que había junto  a la cama, la silla en la que poco antes había estado el milrayas, y se limitó a mirarle en silencio. Luego acercó su cara a la de él y tal vez le susurró algo al oído, y yo pensé que siempre habían hecho muy buena pareja y que incluso así tenían un aire más que presentable, ella con aquellas ojeras y aquel luto improvisado, él simplemente muerto.”

…..

“Después de cenar fuimos todos a una discoteca sucia y oscura llamada Babieca. En aquella época todavía era costumbre alternar la música rápida con la lenta, y Alfredo, al que había perdido de vista a la salida del restaurante, se me acercó para sacarme a bailar en cuanto sonaron los primeros compases de Angie. Recuerdo el tacto de su mano en la espalda y la calidez de su aliento en la mejilla izquierda. Recuerdo también su olor, un olor como a lavanda y a mandarina  y a sudor, todo mezclado: ¿era así como olían los hombres? Bailamos tres o cuatro canciones más, sin decirnos nada, y luego volvieron a poner música rápida y Alfredo me acompañó a la barra y me invitó a un cubalibre. Nos sentamos en la zona más apartada del local, también la más oscura (…) Alfredo me dijo que le apetecía. Sólo dijo eso, que le apetecía, pero el brillo de sus ojos era lo bastante explícito para que no cupieran dudas sobre qué era lo que le apetecía. Yo nerviosa quise decir que no pero dije ¿aquí? Y eso fue como decir sí, porque Alfredo me cogió de la mano y dijo: Tienes razón, aquí no. Me agarró por la cintura y, cruzando la pista, me sacó de aquella discoteca, y en el fondo yo estaba contenta de que todos vieran cómo Alfredo me tenía agarrada por la cintura y me sacaba de ahí. Nos abrazamos nada más llegar a la calle y nos besamos, y otra vez yo sentía sus manos en la espalda y su olor a lavanda y a mandarina. Estás tensa, me susurró él, pero no era cierto. Estaba excitada. Estaba excitada porque sabía que los próximos minutos iban a ser los últimos de mi virginidad. ¿Cuánto tiempo hacía que había hablado con mis hermanas acerca de eso? Apenas quince días, y me había irritado profundamente descubrir que yo era la única virgen de las tres.  Sí, Carlota salía ya con Fernando y habían hecho varias veces el amor en su coche. Y Paloma, que entonces tenía quince años, ya se había acostado con tres chicos diferentes. De modo que era yo, la primogénita, la mayor de edad, la única que seguía  siendo virgen, y tenía que callarme mientras ellas dos intercambiaban confidencias delante de mi y hablaban de sexo como dos expertas.”

(Ignacio Martínez de Pisón, El tiempo de las mujeres, páginas 15, 84-85)

lunes, 14 de noviembre de 2011

"EL DÍA DE MAÑANA", LA ALTA LITERATURA DE MARTÍNEZ DE PISÓN

El día de mañana
Ignacio Martínez de Pisón
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2011, 382 páginas


El próximo día 7 de diciembre sabremos si El día de mañana se alza con el prestigioso galardón Le prix livre européen / Europe Book Prize, del que es finalista. Mientras tanto los lectores amantes de la buena literatura nos deleitamos con este sugestivo viaje por las obscuridades del Tardofranquismo y de la Transición, en un relato con una interesante arquitectura, que gira alrededor de un personaje principal cien por cien enigmático, cuya vida, vilezas y penitencia final van diseccionando por retazos los que le conocieron. Ignacio Martínez de Pisón construye pues un protagonista a partir de relatos homodiegéticos -los narradores pertenecen también a la historia en calidad de personajes- al estilo de Ciudadano Kane, por mencionar el ejemplo más paradigmático de esta forma caleidoscópica de narrar. Varios enfoques, varios testimonios, la deposición de doce testigos ante un juez ausente que intentan, sin conseguirlo del todo, desvelar el misterio de una vida, el porqué de sus decisiones y, a la vez, nos sumergen  en los vericuetos de una de las épocas más complejas y tórridas de la historia contemporánea española. Un desvelamiento, pues, desde diversos ángulos, en la mejor tradición de los escritores cineastas o fotógrafos, aunque no sea el caso de Martínez de Pisón.
La figura central de la novela, ese pobre diablo, Justo Gil, el Rata es un confidente de la policía en la Barcelona de los años 60 y 70. Pero El día de mañana no es  una novela al uso, un relato testimonial de detenidos y torturadores, sino una novela en la que los que hablan son los mismos policías que “compran” a sus confidentes y estos, aunque en este caso por medio de la voz vicaria de los que le conocen.
La sinopsis promocional de Seix Barral resume a la perfección la trama de la novela: Justo Gil es un emigrante recién  instalado en Barcelona, un joven avispado y ambicioso que, llevado por los vaivenes del destino, acaba convirtiéndose en confidente de la Brigada Social, la policía política del régimen. Una docena de memorables personajes nos cuentan cómo conocieron a Justo en algún momento de sus vidas y cómo fue su relación con él. Sus testimonios conforman una visión caleidoscópica de la cambiante realidad los años sesenta y setenta, al tiempo que reconstruyen el relato de la degradación personal de un individuo.
Por mi parte subrayo lo siguiente. La novela es la historia de un perdedor. La historia de un emigrado que comete un error, una estafa para curar a su madre y esa falta le va a perseguir a lo largo de su vida. Aprende a ser listo, a comerciar con la policía, pero terminará siendo utilizado y quemado por esta. La lectura del texto da a entender que al narrador, más que el trabajo abyecto del trepa confidente, le interesa profundizar en su evolución para averiguar cómo llegó a convertirse en delator y en peón que utiliza la policía para los trabajos más sucios. El Rata es pues la antítesis del personaje plano o rectilíneo y un ejemplo modélico del personaje agónico o redondo. Un personaje camaleónico que incluso es consciente del mal que ha hecho con su estafa a la única mujer que amó y que, al final de la novela, intenta redimirse.
La novela es una amalgama de cientos de historias. Cada uno de los personajes secundarios, incluidos los dos más positivos, el policía Mateo Moreno y Carme Román, ven reflejadas en la novela sus propias vivencias en aquellos años. No solo informan sobre el protagonista, sino que aportan sus propias historias. Todas juntas enhebran un gran mural, el retrato urbano de la ciudad y de la sociedad barcelonesa en aquellos años cruciales.
Resalto así mismo el hecho de que esta pieza de alta literatura es capaz de conjugar una narración retrato de un personaje y de una época con buenas dosis de novela negra y de thriller, aunque con un desenlace que el lector presiente porque viene demandado por la misma lógica interna de la ficción de Martínez de Pisón.
Una novela pues sobre los denarios de la vileza y sus consecuencias, articulada en una visión plural, en la que las múltiples perspectivas sirven para ofrecernos una visión completa de la figura del protagonista y dibujan al mismo tiempo un gran friso de una época, especialmente la de la Transición, que no coincide con ese beatífico y optimista discurso oficial tan frecuente en nuestros días.

Ignacio Martínez de Pisón

Fragmento

 “- Llama al Rata y dile que quiero hablar con él, vamos ver si tiene algo interesante para mi…
Y yo hablaba con Justo y le poníamos en bandeja alguna detención, y lo que ahora me jodía era su manera de llamarle Rata. Sí, ya se que  entre nosotros era más prudente no usar su verdadero nombre, pero me parecía que en su manera de decir Rata había una repugnancia y un desprecio que el bueno de Justo no se merecía. Al fin y al cabo, muchos de sus éxitos se los debía a él, a Justo. El mayor de esos éxitos fue el de la Asamblea de Cataluña. Llevábamos más de dos años detrás de ellos, y al final los cogimos. Ciento trece nada menos (…) Y si la cosa salió bien fue gracias a Justo, que se había hecho medio amigo del organizador, un tipo de PSUC al que llamaban el Fantasma. De hecho salió todo tan bien que no tuvimos que pegar un tiro, aunque íbamos preparados para lo que hiciera falta. Justo me había anunciado punto por punto cómo iban a ser las cosas. A la hora de la misa entrarían mezclándose con los feligreses, después se reunirían en uno de los locales parroquiales (…) Todo se cumplió tal como Justo me había dicho. Conocíamos hasta la contraseña. Tenían que decir: Venimos a celebrar el décimo aniversario de “Paz en la Tierra”. O de “Pacem in Terris”, ya no me acuerdo si lo decían en latín o en castellano o en catalán…Los muy cándidos creían que no los teníamos controlados, porque habían conseguido pinchar nuestras ondas de radio. Pero Justo ya nos lo había advertido y nosotros habíamos cambiado de frecuencia. ¡Ya lo creo que los teníamos controlados! Los dejamos entrar y luego, ¡pag!, los cazamos como a ratones. Sería a eso de las diez y media cuando recibimos la orden. Los de la policía armada llevaban metralletas, nosotros íbamos con pistolas. Uno de los que estaban en la mesa nos vio y, como si estuvieran esperándonos, grito:
- Ja son aquí!”

(Ignacio Martínez de Pisón, El día de mañana, páginas 206-207)