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lunes, 20 de marzo de 2017

"CÁSCARA DE NUEZ": CUANDO LOS ÚTEROS TIENEN OÍDOS



Cáscara de nuez
Ian McEwan
Traducción de Jaime Zulaika
Editorial Anagrama, Barcelona, 2017, 217 páginas

   Si bien ya no escandaliza a sus lectores y buenos burgueses ingleses con sus historias inquietantes como hizo en el pasado con sus ficciones de formato largo o en sus colecciones de relatos, Ian NcEwan (Aldershot, 1948) no ha perdido un solo átomo de pulso narrativo, y mantiene la misma intensidad escritural, a veces penetrando en conflictos con dilemas éticos -narrativa de ideas- o con el retrato de la vileza humana como ocurre en esta novela, no carente así mismo de ciertas dosis de provocación. Ian McEwan es posiblemente el escritor más versátil de aquella generación de los “Young British Novelists”, seleccionados en 1983 por la Revista Granta. Las historias inquietantes y turbadoras de sus comienzos han dado paso a otras más sosegadas y clásicas, aunque McEwan no ha renunciado a abordar audaces experimentos literarios, verdaderos tours de force como Nutshell, recientemente traducido y publicado en español por Anagrama con el título de Cáscara de nuez.
   Un rótulo que hace referencia a Shakespeare, citado en el epígrafe de una novela ciertamente muy hamletiana. El príncipe que soporta la tragedia y la corrupción moral, es en este caso un feto que, desde dentro de la cáscara de nuez del útero materno, es testigo de cómo  la vida de su padre pende de un hilo. Su esposa veinteañera, Trudy, en el tercer trimestre de su embarazo, sostiene una relación adúltera con su cuñado Claude, hermano de su marido John Cairnecross. John es un poeta no reconocido, pero no por ello desfallece. Dirige una editorial en quiebra, tiene sobrepeso y padece psoriasis. Es cómplice de su propia aniquilación al aceptar la petición de la esposa de que se vaya de su propia casa, de que le conceda el “espacio” que ella dice necesitar. Ese “espacio” lo ocupa su hermano Claude, un tipo tan pragmático como insulso, enriquecido en negocios inmobiliarios. La madre y su amante están planeando un acto atroz: deshacerse del padre, vender la casa londinense valorada en varios millones de libras y colocar al bebé en cualquier sitio.
   Pero, a través de la placenta, el nonato se entera de todo, y en una insólita y original pirueta narrativa, McEwan lo convierte en protagonista real y narrador de la novela. Este Hamlet de ocho meses a través del cual nos llega la historia, tiene sus fuetes de información: desde la cáscara de nuez uterina escucha los planes de la conspiración asesina, su consumación, percibe el poder que cada uno de los asesinos tiene sobre el otro y la labor de la inspectora jefe Clare Allison a cargo del caso.
   También es víctima de las acometidas sexuales de su tío, con el pene del rival de su padre a unos centímetros de su padre, ajeno a la cortesía y al imperativo médico. Y a través de la placenta, decanta  los buenos vinos y otras bebidas de mayor graduación que con las que se emborracha su madre. Se permite opinar sobre los mismos y también sobre la desastrosa situación del mundo actual, de la que se entera a través de la radio y de los comentarios de su madre y de su amante, que, cuando no están borrachos o practican sexo, disertan sobre el estado del mundo, en general para quejarse, aunque ellos mismos conspiran para empeorarlo. Así reflexiona este insuperable testigo que también filosofa sobre un mundo cada vez más cercano a la hecatombe. Y lo hace, cuando no se siente arrastrado por la corriente de la borrachera materna, en flujos de conciencia rebosantes de una fina ironía, en un sarcástico himno al actual mundo dorado en el que, entre otras “encomiásticas” bendiciones, los robots roban puestos de trabajo.
   McEwan, en una singular acrobacia literaria, crea un narrador-testigo fiable: el nonato lo conoce todo, los detalles del futuro pero próximo asesinato que, por sus palabras percibimos prácticamente desde el inicio de la novela. Él es ciertamente un futurible (un “nasciturus” como predican los partidarios de “pro vida”) que fotografía un presente, destrozando el orden natural y lógico de los acontecimientos. Pero es así como cautiva McEwan: descubriendo el caos y deleitándose en el desorden natural de las cosas. Y tiene razón, ya que en el fondo, tanto en la naturaleza física como en la realidad humana, conviven orden y desorden, determinismo e indeterminismo.
   La novela es un audaz experimento literario, sobre todo por convertir a un no nacido en fiable narrador, que se adueña además de la narración. Hay antecedentes que se le acercan: escarabajos, perros, gatos, árboles son los relatores de la historia en algunas piezas narrativas modernas. Pero nunca hasta ahora lo había hecho un nonato. Ciertamente con esta novela Ian McEwan explora nuevos textos y fronteras, una de sus obsesiones. Solamente la pericia técnica de un narrador muy curtido hace posible que esta novela transcienda la condición de “tontería” y se convierta en un thriller escrito con un ritmo atrapante, con un excelente dominio del monólogo interior, con alguna incursión metanarrativa, un brillante ejercicio de estilo y una impar ironía.

Francisco Martínez Bouzas

Ian McEwan


Fragmentos

“Así que aquí estoy, cabeza abajo dentro de una mujer. Aguardo con los brazos pacientemente cruzados, aguardo y me pregunto dentro de quién estoy, qué hago aquí. Los ojos se me cierran con nostalgia cuando recuerdo que iba a la deriva en mi bolsa corporal translúcida, flotaba en sueños dentro de la burbuja de mis pensamientos a través de mi océano particular de volteretas a cámara lenta, chocando suavemente contra los límites transparentes de mi encierro, la membrana acogedora que vibraba, mientras las amortiguaba, con las voces de unos conspiradores de una ruin empresa. Esto fue en mi juventud despreocupada. Ahora, totalmente invertido, sin un milímetro de espacio para moverme, con las rodillas apretadas contra el vientre, mis pensamientos, al igual que mi cabeza, están muy ocupados. No me queda otro remedio que tener la oreja pegada día y noche contra las sanguinolentas paredes. Escucho, tomo notas mentalmente y estoy preocupado. Oigo conversaciones íntimas sobre un designio mortífero y me aterra lo que me espera, lo que podría arrastrarme.”

…..

“No todo el mundo sabe lo que es tener a unos centímetros de la nariz el pene del rival de tu padre. En esta etapa avanzada deberían contenerse por mi bien. Lo exige la cortesía, si no el imperativo médico. Cierro los ojos, aprieto las encías, me agarro a las paredes uterinas. Estas turbulencias arrancarían las alas de un Boeing. Mi madre incita a su amante, le fustiga con sus gritos de feria. ¡La Pared de la Muerte! Cada vez,  a cada embestida, temo que la atraviese y me joda los huesos blandos del cráneo y siembre mis pensamientos con su esencia, con la nota torrencial de su trivialidad. Después, con mis lesiones cerebrales, pensaré y hablaré como él. Seré el hijo de Claude.”

…..

“Trudy, obediente, se ha puesto a cuatro patas. Es un a posteriori, al estilo canino, pero no por mi causa. Él se le pega a la espalda como un sapo en celo. Primero encima, ahora dentro de ella, y a fondo. Qué poco de mi pérfida madre me separa del asesino potencial de mi padre. Nada es lo mismo este mediodía de sábado en St. John’s Wood. Esto no es un habitual encuentro, breve y frenético, que podría amenazar la integridad de un cráneo totalmente nuevo. Más bien es un ahogamiento pegajoso, como algo meticuloso que se arrastra por un pantano. Las membranas mucosas pasan resbalando unas sobre otras y con un débil crujido en sus giros. Horas de intriga han conducido accidentalmente a los conspiradores al arte del erotismo deliberativo. Pero nada sucede entre ellos. Se revuelven mecánicamente a cámara lenta, un proceso industrial ciego a media máquina. Lo único que quieren es desahogarse, cumplir, disfrutar unos segundos de un descanso de sí mismos. Cuando llega, en rápida sucesión, mi madre jadea horrorizada. Por lo que le espera y por lo que aún tiene que ver. Su amante emite el tercer gruñido de la tanda. Se separan para yacer de espaldas sobre las sábanas. Después los tres dormimos.”

(Ian McEwan, Cáscara de nuez, páginas 11-12, 32-33, 119-120)

miércoles, 30 de diciembre de 2015

"LA LEY DEL MENOR": CUANDO LA RELIGIÓN SE CONVIERTE EN VENENO



La ley del menor

Ian McEwan

Traducción de Jaime Zulaika

Editorial Anagrama, Barcelona, 2015, 213 páginas



   La ley del menor (The Children Act, 2014) es la última novela de Ian McEwan (Aldershot, U.K), uno de los miembros de la generación de los “Young British Novelists de 1983, de la que también formaron parte Julian Barnes o Salman Rushdie. La ley del menor es una novela en la que el escritor británico ya no escandaliza a sus lectores ingleses, ni a los de ningún otro país, como hizo en sus primeras ficciones de formato largo y en sus colecciones de relatos: Primer amor, últimos ritos, Amor perdurable o El inocente. Sin embargo, McEwan no ha perdido un solo átomo de pulso narrativo, y mantiene la misma intensidad emocional, si bien penetrando en conflictos, especialmente en dilemas éticos, como los que el lector puede apreciar en la trama de esta novela.

   Ian McEwan ha declarado que le fascinan la narrativa de ideas. La ley del menor se encuadra justamente en esa zona arisca donde chocan dos ideas: las creencias religiosas y el derecho. Pero no conviene equivocarse: ese tipo de colisiones se suelen analizar en el género ensayístico. McEwan, sin embargo, hace que penetren en nuestras zonas racionales y emocionales mediante la ficción. Con piel, con humanidad, con personajes reales para coexistir al lado de conflictos que son dramas que afectan a las personas de carne y hueso, no a individuos entes abstractos. Por eso, en La ley del menor conviven dos tramas: la de la colisión de ideas ya aludida y una trama paralela que penetra también en la médula de Fiona Maye, la principal protagonista.

   A ella aludiré en primer lugar. Fiona Maye es magistrada del Tribunal Superior de Justicia, especializada en temas de familia. Casada con Jack, considera que su vida profesional y personal está estabilizada. No obstante ninguno de los dos miembros de la pareja recuerda cuándo había sido la última vez que practicaron sexo. El suyo es un matrimonio que ha llegado a ese punto en que sus miembros viven como hermanos. Jack, en las puertas de los sesenta, quiere vivir la última gran relación apasionada con otra mujer, por supuesto más joven que Fiona, pero sin divorcio, sin romper su matrimonio. Ella considera que es una propuesta indignante y se niega. Jack sigue adelante y se va de casa.

   En esa situación de ruptura, y después de contextualizar el caso que constituye el nudo de la novela, con otros en los que Fiona tiene que dictar sentencia (entre ellos, la separación de dos siameses que causará la muerte de uno de ellos), le llega en efecto el nuevo proceso, el de Adam Henry, un joven testigo de Jehová, enfermo de leucemia que le llevará sin ninguna duda  a la muerte si no recibe una transfusión de sangre. A punto de cumplir los dieciocho años, decide asumir los dictados de la fe de sus padres y rechazar la transfusión. Por ser menor de edad, la decisión le corresponde al tribunal de Fiona. Ella tendrá que decidir entre el derecho de los pacientes a elegir o rechazar los tratamientos, o las recomendaciones del hospital de llevar a cabo cuanto antes la transfusión. O con otras palabras, entre la vida y la muerte de una persona que, dentro de tres meses, cumplirá los dieciocho años y será autónoma para decidir. Mas, antes de que Fiona emita la sentencia, decide visitar de inmediato a Adam Henry en el hospital. Para ella es importante saber el grado en que el chico comprende su situación y a lo que se enfrenta si falla contra el hospital.

   Lo hace y no solo hablarán de esos dilemas, sino también de poesía, porque Adam, cuya vitalidad está siendo asfixiada, escribe poemas, toca el violín y la jueza lo acompaña cantando. Percibe así mismo que Adam posee plena conciencia de su situación, una concepción romántica del sufrimiento, mas quizás sus ideas no son suyas puesto que fue condicionado desde la infancia por una ininterrumpida y categórica visión del mundo. Prevalecerá el interés de Adam y la jueza tomará una decisión entre dos malas opciones que, por respeto al lector no debo revelar. Anoto solamente que los padres de Adam llorarán de rabia y gritarán de alegría.

   La novela, sin embargo, dará mucho más de sí. Lo que sigue después es una propuesta descabellada y al mismo tiempo inocente. Y la tragedia, porque Adam había ido a buscarla y ella no le había ofrecido nada en lugar de la religión, sin comprender en ese momento lo que dicta la Ley: el bienestar del menor como consideración prioritaria. Su único asidero será un matrimonio que comienza a renovarse a trompicones.

   La ley del menor es una novela de ideas, especialmente de enfrentamientos entre ideas legítimas: el derecho y las creencias religiosas, que pierden su legitimidad cuando se convierten en veneno, y de las que es preciso proteger a los menores de edad. Cargada de múltiples referencias y detalles concernientes a la administración de justicia en Inglaterra, la burbuja gris en la que vive la protagonista. Pero también, especialmente en las páginas finales, una novela sobre la vida, sobre la búsqueda de sentido, un sentido que jamás se verá colmado con la razón, cuando opera alejada de la pasión y de las emociones, de los sueños que, también en la madurez, siguen siendo un horizonte, quizás utópico, pero necesario.

   Una ficción llena de historias estremecedoras que acontecen en el ámbito de la justicia familiar que son reflejo de la vida real, y que McEwan concluye de una forma redonda, bien cerrada, lo que ha ido tejiendo con una prosa armoniosa, sin estridencias, con  presencia frecuente de la música, ese arte capaz de abrir el corazón de los personajes. Una novela que solamente demanda lectores adeptos de las buenas historias, capaces de dejarse seducir por ellas, y gozar, en una sola sesión, de una de las mejores novelas del gran narrador inglés.



Francisco Martínez Bouzas

                                                       
Ian McEwan

Fragmentos



“Él dio un sorbo cuidadoso al whisky. No iba a emborracharse para reivindicar sus necesidades. Sería grave y racional cuando ella habría preferido que fuese ruidos en el agravio.

Sostenido su mirada le dijo:

-Sabes que te quiero.

-Pero te gustaría tener una mujer más joven.

-Me gustaría tener una vida sexual.

Era una invitación a que ella formulara promesas efusivas, a atraerle hacia ella, a disculparse por estar atareada o cansada o indisponible. Pero ella miró a otra parte y no dijo nada. No iba a dedicarse, sometida a presión, a revivir una vida sensual por la que en aquel momento no sentía apetencia. Sobre todo porque sospechaba que la aventura ya había empezado. Él no se había molestado en negarlo y ella no iba a preguntárselo de nuevo. No era sólo por orgullo. Aún temía la respuesta.”



…..



“-¿No es cierto que si accediera a recibir una transfusión sería excomulgado, como dicen ustedes? ¿Expulsado de la comunidad, en otras palabras?

-Desasociado. Pero eso no va a ocurrir. No va a cambiar de opinión.

Técnicamente, señor Henry, es todavía un niño a su cargo. Por eso quiero que usted cambie de idea. Su hijo tiene miedo de que le rehúyan, ¿no es la palabra que emplean? De que lo rechacen por no hacer lo que usted y los ancianos quieren. El único mundo que conoce le daría la espalda por preferir la vida a una muerte terrible. ¿Es eso una elección libre para un chico joven?

Kevin Henry hizo una pausa para reflexionar. Miró por primera vez a su mujer.

-Si usted pasara cinco minutos con él se daría cuenta de que sabe lo que hace y es capaz de tomar una decisión conforme con su fe.

-Yo prefiero pensar que encontraría a un chico aterrado y gravemente enfermo que quiere con toda su alma la aprobación de sus padres. Señor Henry, ¿le ha dicho a Adam que es libre de recibir una transfusión si lo desea? ¿Y que seguiría queriéndole?

-Le he dicho que le quiero.

-¿Sólo eso?

-Es suficiente

-¿Sabe usted cuándo se les ordenó a los testigos de Jehová rechazar las transfusiones de sangre?

-Está escrito en el Génesis. Data de la Creación

-Data de 1945, señor Henry. Hasta entonces era perfectamente aceptable. ¿Le satisface una situación en que en los tiempos modernos un comité de Brooklyn ha decidido la suerte de su hijo?”



…..



“El trabajo del departamento de Familia proseguía. Era fortuito que tantos conflictos matrimoniales de las listas le llegasen a Fiona. Y una pura coincidencia que ella también tuviese el suyo. No era frecuente en esta sección encarcelar a gente, pero aún así en sus momentos de asueto pensaba que podía meter presos a todos los casados que querían, a expensas de sus hijos, una mujer más joven, un marido más rico o menos aburrido, un barrio distinto, sexo nuevo, amores nuevos, una nueva visión del mundo, un nuevo y bonito comienzo antes de que fuera demasiado tarde. Mera persecución del placer. Kitsch moral.”



…..



“¿Alguna vez dejaría de llover? Vio la figura solitaria (de Adam Henry) que subía el sendero de entrada de Leadman Hall, encorvado contra el temporal, avanzando en la oscuridad mientras oía la caída de las ramas. Debió de ver al fondo las luces de la casa y supo que ella (Fiona Maye) estaba allí. Refugiado en una construcción anexa, dudaría, aguardaría una oportunidad de hablar con ella, arriesgándolo todo en ese intento de… ¿qué, exactamente? Y creyendo que podría obtenerlo de una mujer sexagenaria que no había corrido ningún riesgo en la vida, aparte de unos pocos episodios temerarios en Newcastle, muchos años atrás. Debería haberse sentido alagada. Y preparada. En cambio, en un arranque imperdonable y poderoso, le besó y luego le expulsó. Después ella también huyó. No contestó a sus cartas. No descifró la advertencia en su poema. Cómo le avergonzaban ahora sus mezquinos temores por su reputación. Su transgresión sobrepasaba el alcance de cualquier comisión disciplinaria. Adam había ido a buscarla y ella no le había ofrecido nada en lugar de la religión, ninguna protección, aún cuando la Ley era clara, su consideración prioritaria era el bienestar del menor. ¿Cuántas páginas y cuántas sentencias había dedicado a este concepto? La asistencia, el bienestar, eran sociales. Ningún niño era una isla. Pensó que sus responsabilidades terminaban dentro de las paredes del tribunal. Pero ¿cómo podían terminar allí? Él fue a buscarla, quería lo mismo que quiere todo el mundo y que sólo podían darle los librepensadores, no los seres sobrenaturales. Un sentido.”



(Ian McEwan, La ley del menor, páginas 31-32, 84-85, 134-135, 208-209)

domingo, 15 de diciembre de 2013

"OPERACIÓN DULCE", UNA HISTORIA DE AMOR EN LA ENCRUCIJADA DEL ESPIONAJE DE LOS AÑOS 70



Operación Dulce
Ian McEwan
Traducción de Jaime Zulaika
Editorial Anagrama, Barcelona, 2013, 395 páginas.

   Afirma  Ian McEwan que resolvió escribir Sweet Tooth, recientemente traducida por Anagrama, después de descubrir que a finales de la década de los cuarenta, en la de los cincuenta y  a principios de los sesenta, la CIA dedicó ingentes cantidades de dinero a difundir la cultura capitalista occidental para convencer a los intelectuales de que Occidente era la mejor opción, el mejor de los mundos posibles. Más de uno recordará cómo con la leche en polvo, el queso y la mantequilla a las escuelas españolas llegaban revistas “made in USA”, verdaderos panegíricos del estilo de vida norteamericano. ¡Como si entre el magisterio español de aquellos años hubiese veleidades comunistas! Fue una verdadera Guerra Fría cultural, dirigida sobre todo a países como Francis o Italia, donde un partido comunista fuerte se hacía notar y no ocultaba sus simpatías hacia la Unión Soviética. Hasta que la CIA descubrió que el principal enemigo estaba en casa, que era la propia izquierda democrática que, queriendo defender una sociedad igualitaria, se miraba en el ejemplo de la Unión Soviética.
   En este contexto -la ideología binaria de los años de la guerra fría-, plantea Ian McEwan (Aldershot, Reino Unido, 1948), uno de los representantes más destacados de la narrativa contemporánea, la trama de su novela: una historia de espionaje cultural en plena Guerra Fría, en cuya intriga se incrusta una historia de amor. Ian McEwan construye, en efecto, un relato de espías protagonizado por Serena Frome, joven y atractiva licenciada en matemáticas por Cambridge, que cuarenta años más tarde decide contarnos cómo el M15 le encomendó una misión secreta, para la que la recluta una vaca sagrada de Cambridge, que primero fue su amante.
   Año 1972, Serena Frome, hablando en primera persona, nos informa de los antecedentes  que la llevaron a trabajar para el  M15 en un proyecto que sus compañeros consideraban realmente interesante: la Operación Dulce. Debido a su afición a leer literatura contemporánea, el M15 le encarga representar a una fundación (Internacional Libertad) que pretende captar y apadrinar a prometedores escritores, aunque, como en las artimañas de espionaje nada es lo que parece, su verdadera finalidad es crear propaganda anticomunista.
   Es así como entra en su vida un joven escritor, Tom Haley, el mundo del espionaje y hace aparición el amor, porque la protagonista acaba enamorándose del escritor prometedor, de la víctima que los jerifaltes del M15 le habían seleccionado. En efecto, Serena Frome se enamora de Tom Haley leyendo lo único que ha escrito: sus relatos breves que McEwan introduce como ramificaciones de su novela. La lectora compulsiva de gustos escasamente refinados, se enamora de Tom Haley, un escritor antagónico de sus preferencias literarias, seguidor de Borges, Cortázar, Pynchon o Barthes.
   El desenlace no es preciso que el lector lo presienta. La misma narradora lo adelanta en el párrafo que inaugura el libro:”No salí indemne. Me despidieron dieciocho meses después de mi ingreso tras haberme deshonrado yo y haber arruinado a mi amante, aunque sin duda él colaboró en su perdición” (página 11). Pero el hilo conductor que tira del lector de esta novela radica precisamente en saber cómo se desarrolla todo eso que resumen las cuatro líneas iniciales.
   La protagonista acaba enfrentándose a sus propios dilemas al comprobar cómo para cumplir su misión en el espionaje británico tendrá que engañar al joven escritor, Tom Haley, claro alter ego de McEwan en su juventud. El escritor apadrinado por el M15 y el propio McEwan compartieron la misma universidad (Sussex), el mismo entorno literario, el contexto cultural de sus primeras publicaciones en el que también debutaron Martin Amis,  Julian Barnes, James Fenter, Craig Raine y Salman Rushdie un poco más tarde, aunque a él, confiesa con ironía, nunca se le acercó una estupenda mujer a ofrecerle unos emolumentos fantásticos.
   Novela de espionaje por supuesto, pero sobre todo una historia de amor, no solo entre una mujer y un hombre, sino de amor a la literatura. El espionaje, en efecto es solo uno de los muchos motivos que McEwan entreteje en su narración, porque la novela esconde, como matrioskas  literarias, muchas otras novelas, al menos en ciernes, así como inspiraciones a la que el escritor les presta atención preferente: el amor a la literatura, la relación entre ésta y el poder, el  compadreo   de los escritores con los servicios secretos, la paradoja de la promoción de valores como la democracia y el pluralismo político y el secretismo del espionaje con el  se promovían dichos valores.
   La novela es además un fresco de los contradictorios años 70 en un país como Inglaterra: huelgas mineras, el terrorismo del IRA, un país al borde de una crisis nerviosa, como le gusta decir al escritor, crisis política, social, cultural y de identidad, aunque con una vida cultural muy excitante y con el inicio o la consolidación de los grandes movimientos reivindicativos, tales como el feminismo y el ecologismo.
   Con ingredientes como la intriga, dosis de romanticismo, de sexo y de metaliteratura, Ian McEwan nos permite leer una buena novela, que no está seguramente a la altura de otras suyas como Expiación o Amsterdam, pero que nos deja ver con acierto el poder de la escritura, de la imaginación y no deja de plantearnos dilemas éticos fundamentales, como los intentos de manipulación de las personas al pretender inculcarles ciertas ideologías.

Francisco Martínez Bouzas


Ian McEwan


Fragmentos

“Si la CIA se oponía al comunismo, tenía que haber algo bueno en él. Sectores del partido laborista todavía sostenían a los avejentados  y brutales dirigentes del Kremlin, con sus mandíbulas cuadradas y sus proyectos truculentos, y todavía cantaban La Internacional en el congreso anual e intercambiaban estudiantes en misiones de buena voluntad. En la ideología binaria de los años de la Guerra Fría, no estaba bien visto simpatizar con la Unión Soviética mientras el presidente de Estados Unidos libraba la guerra de Vietnam. Pero, en la cita a la hora del té en Copper Kettle, Rona, incluso entonces tan pulcra, perfumada, preciosa, dijo que lo que la inquietaba no era el contenido político de mi columna. Mi pecado consistía en hablar en serio. En el número siguiente de su revista no apareció mi firma. En lugar de mi espacio publicó una entrevista a la Incredible String Band. Y  a continuación Quis? Quebró.”
  
…..

“A las cinco de aquella tarde de sábado ya éramos amantes. No fue  todo sobre ruedas, no hubo una explosión de alivio y placer en el encuentro de cuerpos y almas. No fue un éxtasis como lo fue para Sebastián y Mónica, la mujer ladrona. No al principio. Estuvimos cohibidos y patosos, como si tuviéramos conciencia de las expectativas de un público invisible. Y el público era real. Cuando abrí la puerta del número setenta e invité a Tom a pasar, mis compañeras de piso, las tres abogadas, estaban congregadas al pie de la escalera, con tazas de té en las manos, a todas luces matando el tiempo antes de volver a sus habitaciones y a una tarde de machacar temas jurídicos. Las mujeres del norte examinaron a mi nuevo amigo con un interés no disimulado mientras él estaba de pie en el felpudo. Hubo bastantes sonrisas y arrastrar de pies significativos cuando se las presenté a regañadientes. Si hubiéramos llegado cinco minutos más tarde nadie nos habría visto. Mala suerte.”

…..

“Abordamos otra vez el tema de la Operación Dulce. Me dijo que no era nada infrecuente que las agencias promovieran la cultura y cultivaran a la clase de intelectuales idónea. Los rusos lo hacían, ¿por qué no nosotros? Era la Guerra Fría blanda. Le dije lo que te dije a ti el sábado. ¿Por qué no dar el dinero abiertamente,  a través de algún otro ministerio? ¿Para qué una operación secreta? Greatorex suspiró y me miró, moviendo la cabeza con un gesto conmiserativo. Dijo que debía comprender que cualquier institución, cualquier organización se convierte a la larga en un dominio autosuficiente, competitivo, que actúa de acuerdo con su propia lógica y propende a sobrevivir y ampliar su territorio. Era tan inexorable y ciego como un proceso químico. El M16 había obtenido el control de una sección secreta del Ministerio de asuntos Exteriores y el M15 quería su propio proyecto. Los dos querían impresionar  a los americanos,  ala CIA, que  alo largo de los años había financiado más iniciativas culturales en Europa de lo que nadie se imaginaba.”

(Ian McEwan, Operación Dulce, páginas 21, 220, 374-375)