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jueves, 21 de diciembre de 2017

NARRACIONES TRENZADAS CON LA LÓGICA DE LOS SUEÑOS


Un médico rural y otros relatos pequeños

Franz Kafka

Traducción de Pablo Grosschmid

Editorial Impedimenta, Madrid, 160 páginas

(Libros de fondo)



    

   Para abordar estos textos, el lector debe de tener en cuenta que las narraciones que tiene delante de sí forman parte de la obra que Kafka quiso publicar y de hecho publicó. Los tres libros de narraciones titulados respectivamente Contemplación (1913), Un médico rural (1919), Un artista del trapecio (1924), más otras narraciones publicadas de forma aislada, tales como La metamorfosis, La sentencia, En la colonia penal o el relato Ante la ley. Su legado póstumo en el que se encuentran otros esbozos de relatos y aforismos o su Diario (1910-1913) más las tres grandes novelas: El proceso, El castillo y América han llegado hasta nosotros gracias a que su amigo y testamentario, Max Brod, no quemó todos los escritos inéditos que Kafka consideraba a medio hacer.

   Los relatos que nos ofrece Impedimenta, en traducción de Pablo Grosschmid, reúnen un material muy diverso. El mismo Kafka empleó distintas denominaciones para referirse a ellos: piezas, trozos, fragmentos, historias, narraciones. Algunos como “El deseo de ser piel roja” o “Los árboles” dan la impresión de ser simples aforismos de unas pocas líneas. Otros, en cambio, son historias de más de cincuenta páginas. En algunos se perciben huellas autobiográficas del autor. Un claro ejemplo es “La sentencia”, un cuento extraño que se cierra con el suicidio de un joven, incapaz de entenderse con un padre irascible y estrafalario. Otros, al contrario, resultan refractarios a tal interpretación y el calificativo que mejor les sienta es precisamente el adjetivo kafkiano: el hombre, víctima de engranajes burocráticos y totalitarios que es incapaz de comprender.

   Una pesadilla radical que cuestiona el sentido del lenguaje y de la misma realidad. El estilo conciso, equilibrado y exacto, con leves concesiones a la ironía, es en estos relatos una copia del lenguage detallista y al mismo tiempo preciso de la vida laboral del escritor como redactor de informes sobre mutilaciones sufridas por los trabajadores. Kafka era consciente de que su destino vital le exigía una entrega casi que fisiológica al acto de escribir. Pero el gran obstáculo para esta dedicación era “das Bureau” (la oficina). En sus escritos, especialmente en su época inicial, se refleja esta contraposición entre la escritura y el rutinario trabajo oficinesco. Pero es preciso interpretarlo no como una huida hacia ensoñaciones edénicas, sino como liberación de una obligación repetitiva y absurda.

   En gran medida, esa evasión se produce en la obra de Kafka mediante una peculiar lógica de los sueños. Despertamos bajos los imperativos de la normalidad diurna, pero todavía seguimos sumergidos dentro del tejido de los sueños, no menos lógicos que el período de vigilia, mas gobernados por otro tipo de coherencia.

   Además de esta ambivalencia entre semisueño y semivigilia, se hace presente otro elemento en estas narraciones y en general en toda la obra kafkiana:el desenvolvimiento “ad absurdum” de una hipótesis o de una idea en consonancia con su lógica interna. Las narraciones recogidas en el libro nos ofrecen múltiples ejemplo de la presencia de este elemento, juego de paradojas e hipérboles extremas y absurdas. Destaco entre ellas el relato “Sobre la construcción de la muralla china” y el más absurdamente cómico, “Informe para una academia”, en el que un mono que aprende  a hablar y cuenta lo bien que lo pasa aprovechándose de sus propios educadores. En estos relatos, el Kafka pertubador deja paso al narrador ingenioso, hiperbólico, más divertido que inquietante.

   En mi opinión uno de los relatos más notables de este volumen es  “La colonia penitenciaria”. Como en El proceso, este relato invita a una lectura metafórica, como símbolo de las torturas que en nuestro tiempo han alcanzado un refinamiento tecnológico especialmente espantoso, si bien en la narración la tortura aparece descrita como una especie del “arte por el arte”, alejada progresivamente de la realidad en la que al comienzo parecía presentarse. Otra narración digna de mención es la que le da parte del título al volumen, “Un médico rural”. Un relato en el que se alternan estampas sonambulescas con coherentes desenvolvimientos de las ideas kafkiana llevadas hasta el extremo, y en algún caso en forma de una verdadera parábola, como “Ante la ley”, que más tarde aparecerá en El proceso  como prédica en la catedral. “Todo puede ser escrito” afirmaba Kafka. Escrito de forma directa, concisa, en engañosa sencillez para acercarnos seres angustiados y fantasmales extraídos de los sueños. Este volumen es una muestra de esta forma de escritura continua que, no obstante, solamente se puede transmitir de forma fragmentaria.





                                                
Franz Kafka



Fragmentos





“-Es un aparato singular -dijo el oficial al explorador, y contempló con cierta admiración el aparato, que le era tan conocido. El explorador parecía haber aceptado sólo por cortesía la invitación del comandante para presenciar la ejecución de un soldado condenado por desobediencia e insulto hacia sus superiores. En la colonia penitenciaria no era tampoco muy grande el interés suscitado por esta ejecución. Por lo menos en ese pequeño valle, profundo y arenoso, rodeado totalmente por riscos desnudos, sólo se encontraban, además del oficial y el explorador, el condenado, un hombre de boca grande y aspecto estúpido, de cabello y rostro descuidados, y un soldado que sostenía la pesada cadena donde convergían las cadenitas que retenían al condenado por los tobillos y las muñecas, así como por el cuello, y que estaban unidas entre sí mediante cadenas secundarias. De todos modos, el condenado tenía un aspecto tan caninamente sumiso, que al parecer hubieran podido permitirle correr en libertad por los riscos circundantes, para llamarlo con un simple silbido cuando llegara el momento de la ejecución.

El explorador no se interesaba mucho por el aparato y se paseaba detrás del condenado con visible indiferencia, mientras el oficial daba fin a los últimos preparativos, arrastrándose de pronto bajo el aparato, profundamente hundido en la tierra, o trepando de pronto por una escalera para examinar las partes superiores. Fácilmente hubiera podido ocuparse de estas labores un mecánico, pero el oficial las desempeñaba con gran celo, tal vez porque admiraba el aparato, o tal vez porque por diversos motivos no se podía confiar ese trabajo a otra persona.

-¡Ya está todo listo! -exclamó finalmente, y descendió de la escalera. Parecía extraordinariamente fatigado, respiraba con la boca muy abierta, y se había metido dos finos pañuelos de mujer bajo el cuello del uniforme.

-Estos uniformes son demasiado pesados para el trópico -comentó el explorador, en vez de hacer alguna pregunta sobre el aparato, como hubiera deseado el oficial.

-En efecto -dijo este, y se lavó las manos sucias de aceite y de grasa en un balde que allí había-; pero para nosotros son símbolos de la patria; no queremos olvidarnos de nuestra patria. Y ahora fíjese en este aparato -prosiguió inmediatamente, secándose las manos con una toalla y mostrando aquél al mismo tiempo. Hasta ahora intervine yo, pero de aquí en adelante el aparato funciona absolutamente solo.

El explorador asintió y siguió al oficial. Éste quería cubrir todas las contingencias, y por eso dijo:

-Naturalmente, a veces hay inconvenientes; espero que no los haya hoy, pero siempre se debe contar con esa posibilidad. El aparato debería funcionar ininterrumpidamente durante doce horas. Pero cuando hay entorpecimientos, son sin embargo desdeñables, y se los soluciona rápidamente. ¿No quiere sentarse? -preguntó luego, sacando una silla de mimbre entre un montón de sillas semejantes, y ofreciéndosela al explorador; éste no podía rechazarla. Se sentó entonces; al borde de un hoyo estaba la tierra removida, dispuesta en forma de parapeto; del otro lado estaba el aparato.

-No sé -dijo el oficial- si el comandante le ha explicado ya el aparato.

El explorador hizo un ademán incierto; el oficial no deseaba nada mejor, porque así podía explicarle personalmente el funcionamiento” (La colonia penitenciaria)

…..


Excelentísimos señores académicos:

Me hacéis el honor de presentar a la Academia un informe sobre mi anterior vida de mono. Lamento no poder complaceros; hace ya cinco años que he abandonado la vida simiesca. Este corto tiempo cronológico es muy largo cuando se lo ha atravesado galopando -a veces junto a gente importante- entre aplausos, consejos y música de orquesta; pero en realidad solo, pues toda esta farsa quedaba -para guardar las apariencias- del otro lado de la barrera.

Si me hubiera aferrado obstinadamente a mis orígenes, a mis evocaciones de juventud, me hubiera sido imposible cumplir lo que he cumplido. La norma suprema que me impuse consistió justamente en negarme a mí mismo toda terquedad. Yo, mono libre, acepté ese yugo; pero de esta manera los recuerdos se fueron borrando cada vez más. Si bien, de haberlo permitido los hombres, yo hubiera podido retornar libremente, al principio, por la puerta total que el cielo forma sobre la tierra, ésta se fue angostando cada vez más, a medida que mi evolución se activaba como a fustazos: más recluido, y mejor me sentía en el mundo de los hombres: la tempestad, que viniendo de mi pasado soplaba tras de mí, ha ido amainando: hoy es tan solo una corriente de aire que refrigera mis talones. Y el lejano orificio a través del cual ésta me llega, y por el cual llegué yo un día, se ha reducido tanto que -de tener fuerza y voluntad suficientes para volver corriendo hasta él- tendría que despellejarme vivo si quisiera atravesarlo. Hablando con sinceridad -por más que me guste hablar de estas cosas en sentido metafórico-, hablando con sinceridad os digo: vuestra simiedad, estimados señores, en tanto que tuvierais algo similar en vuestro pasado, no podría estar más alejada de vosotros que lo que la mía está de mí. Sin embargo, le cosquillea los talones a todo aquel que pisa sobre la tierra, tanto al pequeño chimpancé como al gran Aquiles. Pero a pesar de todo, y de manera muy limitada, podré quizá contestar vuestra pregunta, cosa que por lo demás hago de muy buen grado. Lo primero que aprendí fue a estrechar la mano en señal de convenio solemne. Estrechar la mano es símbolo de franqueza. Hoy, al estar en el apogeo de mi carrera, tal vez pueda agregar, a ese primer apretón de manos, también la palabra franca. Ella no brindará a la Academia nada esencialmente nuevo, y quedaré muy por debajo de lo que se me demanda, pero que ni con la mejor voluntad puedo decir. De cualquier manera, con estas palabras expondré la línea directiva por la cual alguien que fue mono se incorporó al mundo de los humanos y se instaló firmemente en él. Conste además, que no podría contaros las insignificancias siguientes si no estuviese totalmente convencido de mí, y si posición no se hubiese afirmado de manera incuestionable todos los grandes music-halls del mundo civilizado.

Soy originario de la Costa de Oro. Para saber cómo fui atrapado dependo de informes ajenos. Una expedición de caza de la firma Hagenbeck -con cuyo jefe, por otra parte, he vaciado no pocas botellas de vino tinto- acechaba emboscada en la maleza que orilla el río, cuando en medio de una banda corrí una tarde hacia el abrevadero. Dispararon: fui el único que hirieron, alcanzado por dos tiros.

Uno en la mejilla. Fue leve pero dejó una gran cicatriz pelada y roja que me valió el repulsivo nombre, totalmente inexacto y que bien podía haber sido inventado por un mono, de Peter el Rojo, tal como si sólo por esa mancha roja en la mejilla me diferenciara yo de aquel simio amaestrado llamado Peter, que no hace mucho reventó y cuyo renombre era, por lo demás, meramente local. Esto al margen.

El segundo tiro me atinó más abajo de la cadera. Era grave y por su causa aún hoy rengueo un poco. No hace mucho leí en un artículo escrito por alguno de esos diez mil sabuesos que se desahogan contra mí desde los periódicos "que mi naturaleza simiesca no ha sido aplacada del todo", y como ejemplo de ello alega que cuando recibo visitas me deleito en bajarme los pantalones para mostrar la cicatriz dejada por la bala. A ese canalla deberían arrancarle a tiros, uno por uno, cada dedo de la mano con que escribe. Yo, yo puedo quitarme los pantalones ante quien me venga en ganas: nada se encontrará allí más que un pelaje acicalado y la cicatriz dejada por el -elijamos aquí para un fin preciso, un término preciso y que no se preste a equívocos- ultrajante disparo. Todo está a la luz del día; no hay nada que esconder. Tratándose de la verdad toda persona generosa arroja de sí los modales, por finos que éstos sean. En cambio, otro sería el cantar si el chupatintas en cuestión se quitase los pantalones al recibir visitas. Doy fe de su cordura admitiendo que no lo hace, ¡pero que entonces no me moleste más con sus mojigaterías!

Después de estos tiros desperté -y aquí comienzan a surgir lentamente mis propios recuerdos- en una jaula colocada en el entrepuente del barco de Hagenbeck. No era una jaula con rejas a los cuatro costados, eran mas bien tres rejas clavadas en un cajón. El cuarto costado formaba, pues, parte del cajón mismo. Ese conjunto era demasiado bajo para estar de pie en él y demasiado estrecho para estar sentado. Por eso me acurrucaba doblando las rodillas que me temblaban sin cesar. Como posiblemente no quería ver a nadie, por lo pronto prefería permanecer en la oscuridad: me volvía hacia el costado de las tablas y dejaba que los barrotes de hierro se me incrustaran en el lomo. Dicen que es conveniente enjaular así a los animales salvajes en los primeros tiempos de su cautiverio, y hoy, de acuerdo a mi experiencia, no puedo negar que, desde el punto de vista humano, efectivamente tienen razón.

Pero entonces no pensaba en todo esto. Por primera vez en mi vida me encontraba sin salida; por lo menos no la había directa. Ante mí estaba el cajón con sus tablas bien unidas. Había, sin embargo, una hendidura entre las tablas. Al descubrirla por primera vez la saludé con el aullido dichoso de la ignorancia. Pero esa rendija era tan estrecha que ni podía sacar por ella la cola y ni con toda la fuerza simiesca me era posible ensancharla.

Como después me informaron, debo haber sido excepcionalmente silencioso, y por ello dedujeron que, o moriría muy pronto o, de sobrevivir a la crisis de la primera etapa, sería luego muy apto para el amaestramiento. Sobreviví a esos tiempos. Mis primeras ocupaciones en la nueva vida fueron: sollozar sordamente; espulgarme hasta el dolor; lamer hasta el aburrimiento una nuez de coco; golpear la pared del cajón con el cráneo y enseñar los dientes cuando alguien se acercaba. Y en medio de todo ello una sola evidencia: no hay salida. Naturalmente hoy sólo puedo transmitir lo que entonces sentía como mono con palabras de hombre, y por eso mismo lo desvirtúo. Pero aunque ya no pueda retener la antigua verdad simiesca, no cabe duda de que ella está por lo menos en el sentido de mi descripción.

Hasta entonces había tenido tantas salidas, y ahora no me quedaba ninguna. Estaba atrapado. Si me hubieran clavado, no hubiera disminuido por ello mi libertad de acción. ¿Por qué? Aunque te rasques hasta la sangre el pellejo entre los dedos de los pies, no encontrarás explicación. Aunque te aprietes el lomo contra los barrotes de la jaula hasta casi partirse en dos, no conseguirás explicártelo. No tenía salida, pero tenía que conseguir una: sin ella no podía vivir. Siempre contra esa pared hubiera reventado indefectiblemente. Pero como en el circo Hagenbeck a los monos les corresponden las paredes de cajón, pues bien, dejé de ser mono. Esta fue una magnífica asociación de ideas, clara y hermosa que debió, en cierto sentido, ocurrírseme en la barriga, ya que los monos piensan con la barriga.

Temo que no se entienda bien lo que para mi significa "salida". Empleo la palabra en su sentido más preciso y más común. Intencionadamente no digo libertad. No hablo de esa gran sensación de libertad hacia todos los ámbitos. Cuando mono posiblemente la viví y he conocido hombres que la añoran. En lo que a mí atañe, ni entonces ni ahora pedí libertad. Con la libertad -y esto lo digo al margen- uno se engaña demasiado entre los hombres, ya que si el sentimiento de libertad es uno de los más sublimes, así de sublimes son también los correspondientes engaños. En los teatros de variedades, antes de salir a escena, he visto a menudo ciertas parejas de artistas trabajando en los trapecios, muy alto, cerca del techo. Se lanzaban, se balanceaban, saltaban, volaban el uno a los brazos del otro, se llevaban el uno al otro suspendidos del pelo con los dientes. "También esto", pensé, "es libertad para el hombre: ¡el movimiento excelso!" iOh burla de la santa naturaleza! Ningún edificio quedaría en pie bajo las carcajadas que tamaño espectáculo provocaría entre la simiedad.

No, yo no quería libertad. Quería únicamente una salida: a derecha, a izquierda, adonde fuera. No aspiraba a más. Aunque la salida fuese tan sólo un engaño: como mi pretensión era pequeña el engaño no sería mayor. ¡Avanzar, avanzar! Con tal de no detenerme con los brazos en alto, apretado contra las tablas de un cajón.

Hoy lo veo claro: si no hubiera tenido una gran paz interior, nunca hubiera podido escapar. En realidad, todo lo que he llegado a ser lo debo, posiblemente, a esa gran paz que me invadió, allá, en los primeros días del barco. Pero, a la vez, debo esa paz a la tripulación.” (Informe para una academia)





miércoles, 19 de agosto de 2015

BAJO EL ENGRANAJE DEL PODER BUROCRÁTICO Y TOTALIZADOR



  Primera edición en español, Editorial Losada (1939)

El proceso

Franz Kafka

Editorial Losada, Buenos Aires, 1939 (1ª edición), 268 páginas

(Libros de fondo)



   El proceso (título original alemán, Der Prozess) es una novela inacabada de Franz Kafka, publicada de manera póstuma en 1925 por Max Brod, basándose en el manuscrito inconcluso de Kafka. Es sin duda una de las obras de la literatura universal que ha logrado más traducciones y ediciones en la mayoría de los idiomas de todo el mundo. La portada de El proceso que aparece en este comentario está tomada de la mítica primera edición de la bonaerense Editorial Losada del año 1939, hoy muy difícil de encontrar.

   La redacción de El proceso data de 1914, coincidiendo con los primeros meses de la Gran Guerra, cuando todavía no se presentía el terrible caos ni el mundo de los campos de exterminio nazis, a los que serían conducidas las hermanas del autor. Estamos, eso sí en la cumbre de la “era de la burocracia”, la misma en la que Franz Kafka desenrollaría un papel destacado como inspector de una entidad de seguros de accidentes que lo obligará a redactar una infinidad de informes sobre medidas preventivas. En la redacción de los mismos, este “judío de excepción”, se familiarizó con un mundo regido por los burócratas y con ese estilo que le es propio: exacto, conciso, muy ramificado no obstante, pero al mismo tiempo construido  con un léxico muy limitado.

   Nace así El proceso, una pieza narrativa cuya lectura nos sumerge en una de las experiencias más extraordinarias por su complejidad e intensidad. No, en cambio, porque su autor, a pesar del carácter “kafkiano” de El proceso se hubiese propuesto envolver la realidad en el misterio, mistificándola, sino justamente  porque fue capaz de penetrar en la esencia y escritura de la misma con tanta profundidad que “existen pocos escritores -como escribió H. Luckas- que hayan representado con tanta fuerza como Kafka la originalidad y la elementalidad de la concepción y representación de este mundo y el asombro ante lo que jamás ha existido”.

   El proceso forma parte del legado póstumo de Kafka, consistente en no más de quinientas páginas, que tendrían que haber sido destruidas por su amigo y testamentario, Max Brod. Porque Kafka las veía como piezas incompletas, a medio hacer. Las vicisitudes de Josef K., detenido y juzgado sin que nadie le diga de qué lo acusan, y por un código penal que resulta ser un libro pornográfico, pueden ser interpretadas, como de hecho se hizo en más de una edición, en clave biográfica y social. En efecto, el protagonista de El proceso, más que símbolo de una absurda tragedia, preanuncia muchos de los conflictos del hombre contemporáneo, víctima de los engranajes del poder burocrático y totalitario. Sin embargo, también es posible otra interpretación: considerar la novela como el fruto de la lógica de los sueños. Tanto el protagonista de El proceso como el de La metamorfosis abren los ojos en la cama, al iniciar sus relatos, y nunca llegaremos a saber si despiertan de verdad o siguen sumergidos en el sueño, amalgamando así las narraciones lo onírico con lo real. Hasta que mueren en la desmesura de esa ambigüedad.

Der Process, primera edición, 1925
   Mas este Kafka profundamente perturbador, que desenvuelve “ad absurdum” una hipótesis o una idea, deja paso con frecuencia al escritor ingenioso, hiperbólico, humorista y más socarrón que turbador. El mismo autor se partía de risa cuando les dio a conocer a sus amigos el primer capítulo de la novela. La misma necesidad emerge en nosotros cuando leemos algunos capítulos de la obra, por ejemplo aquel en el que hace una caricatura de la justicia, a la que describe como una jungla en la que se hunde el procesado, sin saber de qué es acusado, ni dónde se halla su expediente, entre un numeroso grupo de abogados y jueces. En el mismo capítulo, un pintor le explica a Josp K. que solamente podemos aspirara una absolución aparente, jamás a la absolución real que solo puede ser otorgada por un supremo tribunal, inaccesible a todos, y del que nadie sabe ni quiere saber nada. Un proceso, pues, que resulta ser increíblemente inofensivo comparado con los procesos y condenas de la vida real, que no se hallan gobernados por el signo del absurdo, sino por el odio y las ojerizas más ensañadas.

   El estilo conciso, exacto, equilibrado de Kafka, con ciertas concesiones a una ironía contenida, avanza en El proceso sin que se corresponda con una verdadera progresión dramática, sino con una sencilla acumulación de escenas y episodios. Un eje conductor que se alimenta en una “reflexión interminable”, sin necesidad de un verdadero final, convierte a esta novela en un testimonio desesperado de la absoluta deshumanización del mundo histórico que le tocó vivir a Franz Kafka, como mantiene alguno de sus más reputados intérpretes.



Francisco Martínez Bouzas



                                                      
Franz Kafka

Fragmentos



“Era un largo pasillo al que se abrían algunas puertas toscamente construidas que daban paso a las oficinas instaladas en el piso. Aunque en el pasillo no había ventanas por donde entrara directamente la luz, no estaba completamente a oscuras, porque algunas oficinas, en lugar de presentar un tabique que las separara del corredor, tenían enrejados de madera que llegaban hasta el techo, a través de los cuales se filtraba un poco de luz, y podía verse a unos cuantos funcionarios, que escribían sentados a una mesa o que, de pie junto al enrejado, miraban por sus intersticios a la gente que pasaba por el corredor. En el pasillo no se veía a muchas personas a causa, seguramente, de que era domingo. Todas tenían un aspecto muy decente y estaban sentadas a intervalos a lo largo de una fila de bancos de madera dispuestos a ambos lados del corredor. Había dejadez en el vestir de aquellos hombres, aunque a juzgar por su fisonomía, sus maneras, su corte de barba y otros pequeños detalles imponderables, pertenecían obviamente a las clases mas altas de la sociedad. Como en el corredor no existían perchas, habían dejado sus sombreros sobre los bancos, siguiendo posiblemente cada uno de ellos el ejemplo de los otros. Cuando los que estaban sentados cerca de la puerta vieron venir a K. y al ujier, se pusieron de pié cortésmente, visto lo cual sus vecinos se creyeron obligados a imitarles, de modo que todos se levantaban a medida que pasaban los dos hombres. Pero ninguno de ellos se ponía derecho del todo, pues quedaban con las espaldas inclinadas y las rodillas dobladas dando la sensación de ser mendigos callejeros."



…..



“Intentaré ser honesto con usted, dijo K. No te engañes, dijo el sacerdote. ¿En qué podría engañarme?, preguntó K. Te engañas en lo que se refiere al tribunal, dijo el sacerdote, en la introducción a la Ley se ha escrito sobre este engaño: "Ante la Ley hay un guardián que protege la puerta de entrada. Un hombre que viene del campo que se acerca a él y le pide permiso para acceder a la Ley. Pero el guardián dice que en ese momento no le puede permitir la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde podrá entrar. "Es posible" responde el guardián, "pero no ahora". Como la puerta de acceso a la Ley permanece abierta, como siempre, y el guardián se halla a un lado, el hombre se inclina para mirar a través del umbral y ver de ésta manera qué hay en el interior. Cuando el guardián advierte su intención, ríe y dice; "Si tanto te tienta, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero ten en cuenta que soy poderoso y que, además, soy el guardián más insignificante. Ante cada una de las salas permanece un guardián, cada uno más poderoso que el otro. La mirada del tercero ya resulta para mí insoportable". El hombre procedente del campo no había imaginado tantas dificultades. La Ley, piensa, debe ser accesible a todos y en todo momento, pero al considerar ahora con más exactitud al guardián, cubierto con su abrigo de piel, al observar su enorme y prolongada nariz, la barba negra, fina, larga, tártara, decide que es mejor esperar hasta que reciba el permiso para entrar. El guardián le da un banquillo y deja que tome asiento a uno de los lados de la puerta. Allí se queda sentado días y años. Hace muchos intentos para que le permitan entrar y agota al guardián con sus súplicas. El guardián lo somete frecuentemente a cortos interrogatorios, le pregunta de su hogar y de otras cosas, pero son preguntas indiferentes, como las que hacen los grandes señores, y al final siempre repetía que aún no podía permitirle la entrada. El hombre, que estaba muy bien provisto para el viaje, utiliza todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Éste lo acepta todo, pero al mismo tiempo le repite: "Sólo lo acepto para que no creas que has omitido algo". Durante todos los años que permaneció allí, el hombre observó al guardián de forma casi ininterrumpida. Se olvidó de los otros guardianes y éste le terminó pareciendo el único impedimento para tener acceso a la Ley. Los primeros años maldijo la desgraciada casualidad, más tarde, ya envejecido, sólo murmuraba para sí en un rincón. Finalmente se vuelve senil, y como se ha sometido durante tantos años al guardián en una larga contemplación, termina por conocer a una de las pulgas que habita en el cuello del abrigo de piel del guardián, por lo que solicita a la pulga que le ayude a cambiar la opinión del guardián. Por último, su vista, ya débil, no sabe reconocer si oscurece a su alrededor o si son sólo sus ojos los que lo engañan. Pero ahora advierte en la oscuridad un brillo que irrumpe indeleble a través de la puerta de la Ley. Ya no vivirá mucho más. Antes de su muerte se concentran en su mente todas las experiencias pasadas, que toman forma en una sola pregunta que hasta ahora no había hecho al guardián. Entonces le guiña un ojo, pues ya no puede mover su cuerpo entumecido. El guardián tiene que agacharse mucho porque la diferencia de tamaños ha variado en perjuicio del hombre de la provincia. «¿Qué quieres saber ahora?» pregunta el guardián, «eres insaciable». «Si todos buscan la Ley», dice el hombre, «¿Cómo es posible que durante todos estos años, sólo yo haya solicitado la entrada». El guardián comprende que el hombre se encuentra en sus últimos instantes de vida y, para que su débil oído pueda percibirlo, le grita: «Ningún otro podía haber recibido permiso para entrar por esta puerta, pues está entrada estaba reservada sólo para ti. Me iré ahora y la cerraré»”. 


(Franz Kafka, El proceso, sin paginación debido a las numerosas ediciones)