Mostrando entradas con la etiqueta Francisco Solano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Francisco Solano. Mostrar todas las entradas

sábado, 19 de enero de 2019

VIDAS QUEBRADAS


El día enterrado
Francisco Solano
Editorial Pasos Perdidos, Madrid, 2018, 158 páginas

   Francisco Solano (Burgos, 1952) es un escritor y crítico literario cuya obra constituye una de las parcelas tan singulares y desconocidas como sólidas de la actual narrativa española. Un corpus literario, el suyo, emparentado con la mejor tradición literaria centroeuropea. Una narrativa consistente que explora con acuidad tanto la novela como el relato breve, y escrita con incuestionable poderío estilístico. Todo ello aparece de nuevo plasmado en la última pieza de Francisco Solano, El día enterrado, un libro que exige una determinada disposición de espíritu, que demanda esos lectores que no se sienten saciados con tramas azucaradas.
   Un narrador innominado -crítico literario y escritor-, trasunto posiblemente del propio Francisco Solano, pretende explorar y componer un crepúsculo que se orienta en la noche ciega de personajes, unidos por lazos de parentesco o amistad. Una crisis de pareja, la ruptura sentimental entre Rubén y Gadea, marca el inicio de la trama que se nutre de otras subtramas que en sí mismas no despiertan la atención lectora. La ruptura matrimonial hace que Gadea se identifique con una mujer decapitada que ve en un cuadro. Y se interrogas sobre cómo había llegado con su pareja Rubén a ese estado de desafecto. Sigue ligada a su marido por la impertinencia de la memoria. Ha sido capaz de disolver a Rubén de su cuerpo, pero no de su alma. A Rubén, tratado casi de escorzo en la novela, la ruptura le supone un incremento de la soledad del apartamento. Ninguno de los dos ha sabido evitar el desastre y ya nunca compartirán el espacio común.
   Otra subtrama es la de Serapia y Gonzalo, dueño de una galería de arte en la que trabaja Gadea, que de pronto desaparece sin avisar y sin dejar rastros. Por Serapia, una anciana que mete la nariz en todos los asuntos amorosos, nos enteramos de las perversiones comerciales del arte: en la galería de Gonzalo se venden como auténticos cuadros de grandes pintores contemporáneos españoles, pintado por un pintor desconocido que se ha pasado la vida pintando los cuadros de los demás. Cuadros falsos, por consiguiente, que tienen en sus casas coleccionistas de firmas. Poco a poco el lector se va enterando del drama vivido por Serapia: no pudo salvar a su propia hija, y quizás por ellos pretende actuar de consejera sentimental de Gadea.
   Francisco Solano tematiza en El día enterrado ese río interior por el que discurren ciertas vidas quebradas en su parte afectiva, las fracturas amorosas, especialmente cuando el matrimonio se convierte en una rutina diaria y, por consiguiente, en algo que aboca al desconcierto: “El matrimonio es una zoología fantástica, pensaba Serapia, y aún no ha nacido un Linneo capaz de desenredar su confusión” (página 113). La novela, más que de acciones exteriores, es un relato intimista en el que se exploran especialmente los sentimientos, las insuficiencias amorosas, las reacciones que producen los vínculos sentimentales, las alteraciones, las dolencias, las modificaciones de la conducta, las aflicciones ocultas, los malestares e iniquidades de la convivencia. En definitiva: las aguas residuales, los estercoleros de las almas
   Un buceo  e lo que suele acontecer en tantas vidas quebradas, en los misterios de las convivencias felices y en aquellas otras condenadas al fracaso, al dolor, a la soledad y que, sin embargo se mantienen en pie o desaparecen sin dejar rastro. Novela además con incisivos interrogantes sobre el valor del arte actual y sobre el entramado absurdo que es su mercado: los coleccionistas no quieren un cuadro, quieren una firma.
   Así pues, como en otros de sus libros, Francisco Solano nos ofrece una historia más interior que exterior. Y nos la hace llegar a través de una prosa intensa y minuciosamente labrada.

Francisco Martínez Bouzas

                                                   
Francisco Solano


Fragmentos

“¿Qué hacer? ¿Se puede intervenir en los sentimientos? Esas injerencias han producido, en general, más daño que el que han evitado; y, en todo caso, los protagonistas del idilio han seguido sus propias inclinaciones, los dominante impulsos que les han llevado, en tantas ocasiones, a volver a pisar las mismas huellas erróneas de sus pasos. Pero se trataba de su opción, de la bendita y ensortijada voluntad propia, esa ofuscada creencia en decidir un destino, y presumir que somos señores o propietarios, codiciosos y deseantes, y no aparceros de nuestro cuerpo, inquilinos inestables con un frágil esqueleto, sometidos por una ley que puede revocarse en cualquier momento, y ser aún más injusta, con apartados más puntillosos e intrincados, y de nada sirve nuestra ignorancia o repulsa para impedir que nos caiga en la canezca. Y los sentimientos equivocados caen, siempre acaban por caer, nosotros los precipitamos, reclamamos su estrépito, como una tormenta de verano tras un día bochornoso, cuando respirábamos la ansiedad y la desidia, y el cielo restalla para ayudarnos, y luego arruina el frescor del agua con una atmósfera pesada.”

…..

“En la calle el aire parecía una gasa fluctuando bajo una luz cansada de transparencia. Quedaban unas horas para que se hiciera de noche, pero los días breves del invierno, antes de alcanzar la culminación, se sometían prematuramente a la amenaza del crepúsculo. Serapia se dirigió con resolución a la plaza, y se sentó aliviada en su banco, observando a un par de viejos, sentados enfrente, que fumaban en silencio. Delante del conserje no había tecleado el número de Rubén; cambió varias cifras, y tuvo suerte de dar con un número ocupado. Si alguien hubiera contestado, habría inventado la conversación típica de oficina de quien se dirige a una telefonista y le responden que esa persona está en una reunión.”

(Francisco Solano, El día enterrado, páginas 54-55, 68-69)

domingo, 25 de marzo de 2018

DOS PIEZAS NARRATIVAS DE PASOS PERDIDOS


   Pasos Perdidos es una editora madrileña independiente; una de las muchas que han surgido en los últimos tiempos como alternativa para los lectores a los megagrupos editoriales. Una buena forma de luchar contra el imperio del “libro único”. Pasos Perdidos ofrece a los lectores obras que abordan críticamente los graves y acuciantes problemas de nuestro tiempo y de la actual sociedad. Obras que, por su calidad y ambición intelectual, aportan nuevos elementos de reflexión. Esta es la razón por la que Pasos Perdidos diversifica su producción editorial en varios campos: sociología, filosofía, economía y narrativa.

   Pasos Perdidos ofrece libros en el marco de una política editorial ajena a intereses exclusivamente comerciales, lo que hace posible ediciones selectas, muy cuidadas y esmeradas. En el ensayo prima el valor de la originalidad, el riesgo del pensamiento crítico y la capacidad de abordar, de manera rigurosa y a la vez accesible para todos los públicos, los problemas de hoy y de siempre. Tal es el talante  de sus dos más recientes libros de ensayo: Los nuevos sonámbulos de Nicolás Grimaldi y Nosotros y Voltaire de Ricardo Moreno castillo.

   Los textos de narrativa que edita Pasos Perdidos, pretenden poner a disposición de los lectores narrativa clásica contemporánea y a autores actuales innovadores y de reconocida calidad. Como muestra estas dos piezas de las que ofrezco un avance: Un hombre de talento de Emmanuel Bove y El día enterrado de Francisco Solano. Sobre ambas novelas volveré no tardando mucho con una reseña personal valorativa.







 



Un hombre de talento

Emmanuel Bove

Editorial Pasos Perdidos, Madrid, 2018, 202 páginas.



Sinopsis:

   
   Un hombre de talento, de una perfección clásica por la economía de medios, es al mismo tiempo una novela perturbadora, de una ambigüedad fundamental. Es una de las creaciones más inquietantes del extraño genio de Emmanuel Bove, escrita en 1942 cuando logró escapar de la Francia ocupada por los nazis.
   Farsante o enfermo, iluminado o estafador, no se sabe quién es verdaderamente Maurice Lesca, su protagonista. Aparentemente es incapaz de llevar a cabo los proyectos que, sin embargo, no deja de imaginar. Vive con su hermana Emily en un pequeño apartamento de la calle Rivoli, en París. Tiene cincuenta y siete años, en otro tiempo fue médico. Es pobre, lleva una vida miserable, pero quizá quienes le rodean se equivocan con respecto a este hombre que, con magistral seguridad, sabe sacarle partido  a su ineptitud.

   Maurice Lesca es un misterio. Como los personajes de Beckett, tiene la necesidad de actuar, hace planes, fracasa, vuelve a intentarlo continuamente y es como si nunca hiciera nada. En la precariedad e insignificancia de las vidas de Un hombre de talento se ha reflejado con más profundidad el mundo desolado de Emmanuel Bove.


El autor:

   
   Emmanuel Bove (París, 1898-1945), seudónimo de Emmanuel Bobovnikoff, es uno de los grandes novelistas franceses del siglo XX. Hijo de un exilado ruso y de una criada luxemburguesa, la infancia de Bove transcurre en París, Ginebra e Inglaterra, y está marcada, según las rachas de fortuna de su padre, por la inestabilidad entre un mundo de lujo y la miseria,

En 1924 publica, a instancias de Colette, su primera novela (Mes amis) que conoce un gran éxito, y en 1928 obtiene el premio Figuière, considerado más importante que el Goncourt.  A partir de entonces comienza un período de fecunda producción literaria con más de treinta obras publicadas, entre las que destaca El presentimiento (Pasos Perdidos, 2016). Colette, André Gide, Rilke, Max Jacob, Beckett («nadie como Bove ha tenido un sentido tan agudo del detalle») o Peter Hancke, su traductor al alemán, elogiaron su obra.

   En 1942 consigue abandonar la Francia ocupada por los nazis y en Argel escribe sus últimas novelas: Huída en la noche (Pasos Perdidos, 2017) y La Trampa (Pasos Perdidos, 2014), que se niega a publicar hasta la liberación. Durante su exilio en Argelia contrae el paludismo y, a su regreso, muere en París en 1945.





El día enterrado

Francisco Solano

Editorial Pasos Perdidos, Madrid, 2018, 158 páginas.

    
   El día enterrado es la narración del momento en que sus protagonistas no pueden evitar reconocer cuándo y por qué se quebró para siempre su vida. «El tiempo y la campana han enterrado el día», la línea de T. S. Eliot que abre la novela, anuncia la desventura que nos previene de que la condición que se extingue sea la misma que nos acoge.

Días antes de divorciarse, Gadea Vigo no acude a la galería de arte en la que trabaja; desaparece, al parecer voluntariamente, sin dejar rastro. Su confidente y amiga, Serapia Gómez, trata de averiguar qué la ha impulsado a tomar una decisión tan drástica. En la indagación descubre asuntos turbios de la galería, la venta de cuadros falsos de eminentes pintores, y el mundo de relaciones insospechadas en que ella misma vive. Inmiscuirse en otra vida la obliga a recuperar una dolorosa experiencia, velada a los demás, que la enfrentó a lo incomprensible.

La capacidad narrativa de Francisco Solano, uno de los escritores actuales más innovadores, nos conduce por las intersecciones de una ausencia inesperada, sumiéndonos en una desdicha que se quería preservar en la intimidad. El día enterrado explora el quebranto de la pérdida y la forma en que, a resguardo del conmovido recuerdo, se custodia a una persona querida. 


El autor:

   
    Francisco Solano (Burgos, 1952) es escritor y crítico literario, colabora en revistas y suplementos culturales y habitualmente en «Babelia». Su primera novela, La noche mineral (Debate, 1995), fue elogiada por la crítica por su «sorprendente poderío estilístico» (Ignacio Echevarría); a ella siguió Una cabeza de rape, Premio de Novela Jaén (Debate, 1997) y el libro de viajes Bajo las nubes de México (Alba, 2001), cuyo tratamiento del género revela «tanto su aguda observación como su original color en la adjetivación, evitando siempre los tópicos al uso» (Carlos García Gual). También es autor de Rastros de nadie (Siruela, 2006), «una novela radicalmente moderna sobre la apropiación del discurso y la distribución de las máscaras» (Sergi Doria), La trama de los desórdenes (Bruguera, 2007), relatos inspirados en la lectura de Giorgio Manganelli, Tambores de ejecución (Bruguera, 2008), Lo que escucha la lluvia (Periférica, 2015) y Jugaban con serpientes (Minúscula, 2016), una nouvelle sobre la infidelidad, donde la relación adúltera es real en el roce de los cuerpos, pero imaginaria en todo lo demás.

sábado, 11 de febrero de 2017

LAS ENTRETELAS DE UN ADULTERIO



Jugaban con serpientes
Francisco Solano
Editorial Minúscula, Barcelona, 2016, 150 páginas.

   La obra narrativa del escritor y crítico literario Francisco Solano (Burgos, 1952) constituye uno de los recintos más singulares y desconocidos, y a la vez más sólidos, de la actual literatura española. Una obra frecuentemente emparentada con la mejor tradición literaria centroeuropea. Una narrativa consiste que se manifiesta tanto en la novela como en el relato breve. Tal es el caso de Jugaban con serpientes, una novela breve o un relato largo, editado recientemente por Editorial Minúscula, que le ofrece al lector una original visión reflexiva de una relación adúltera. No son ajenas a la literatura las tramas basadas o derivadas del amor adúltero, un tema humano conflictivo y delictivo en algunos casos, al menos en el territorio de las conciencias, y por consiguiente propicio para su novelización.
   La infidelidad ha nutrido novelas memorables en todos los tiempos, como Las amistades peligrosas de Chordelos de Laclos, Rojo y Negro de Stendhal o Madame Bovary de Flaubert. Pero lo que en ellas suele primar es la imaginación de aventuras y transgresiones, la pasión de vivir plenamente un raudal de emociones, la descripción excitante de los sentimientos, las consecuencias de la infidelidad, considerada por ejemplo como uno de los grandes vicios desorganizadores de la vida social.
   El tratamiento literario del adulterio con el que Francisco Solano desarrolla su novela, camina en otra dirección: es un intento de comprender la infidelidad por parte de un anónimo narrador, “el otro”, amante ocasional de Cristina, una mujer casada. Un verdadero triángulo amoroso en el que el protagonista más importante es el personaje ausente. El marido al que engaña su esposa, y cuya vida enigmática y personalidad borrosa lo convierte en un fardo en los brazos de su cónyuge, que acepta tal situación para no parecer una viuda reciente.
   La novela, más que de acciones o de relatos de encuentros clandestinos -muy escasos por cierto-, se alimenta de reflexiones sobre las motivaciones de los adúlteros y de una imaginaria reconstrucción de la personalidad del marido engañado. El anónimo narrador confiesa haber sido amante de muchas mujeres casadas, pero un amante adiestrado en el arte de saber escabullirse cuando el matrimonio renueva su confianza. Piensa pues que la infidelidad, seguida de un supuesto sacrificio, contribuye a la estabilidad de las parejas, ya que cumple una misión delictiva a la que seguirá inexorablemente una cancelación. Por eso mismo, se sentía útil. Se adaptaba al modelo de amante furtivo, cedía a comportamientos parecidos al amor, aunque solamente fueran una interpretación, y medía sus palabras para que la relación no se prestara a equívocos sentimentales. Y es consciente de que le debe al marido de la adúltera el hecho de que Cristina le hubiera elegido para consumar sus deseos sexuales, y acto seguido huir de la cama debido a la necesidad que ella sentía de volver con Santiago, su marido, y ocupar de nuevo su lugar de mujer casada. Una relación adúltera que en el fondo no es más que un intercambio de servidumbres.
   El tercer componente del triángulo es el marido ausente, un hombre borroso, huidizo, con propensión a ser un fantasma para acostumbrar a su mujer a su ausencia. Aparece revestido de la imagen que de él se forma el narrador, tras haberle conocido superficialmente. Una imagen que convertía en virtud la deslealtad y las maniobras extraconyugales de su esposa.
   Así pues, un relato sobre las razones profundas de un adulterio en el que ninguno de los protagonistas del mismo está dispuesto a verse en otra condición que no sea la de amante. Con abundantes e incisivos interrogantes tanto sobre al adulterio, su naturaleza, su finalidad (quizás el amor clandestino no se opone al matrimonio sino que lo fortalece), como sobre la relación de pareja y su inevitable erosión: “Las relaciones no se terminan si no se rompen, pero se dejan desgastar” (página 108). Una historia más interior que exterior que el autor desarrolla con una lógica irrefutable y con una prosa intensa y minuciosamente labrada, rica y poderosa.

Francisco Martínez Bouzas

                                                 
Francisco Solano, Fotografía de Gloria Gauger

Fragmentos

“Fui el otro con Cristina, y con Amelia, y con Viviana, y con… La enumeración sería equívoca y tormentosa; basta declarar que no me faltaba experiencia en ser relegado, y al cabo me adiestré en escabullirme cuando el matrimonio renovaba su confianza; antes de que el nuevo régimen exigiera la supresión del amante (sospechado, pero no confirmado). Mi sacrificio contribuía, pues, a la estabilidad, y ninguna mujer me lo agradeció. Cumplía una misión delictiva, pendiente de una cancelación anunciada; pero no puedo negar que, al descomponerse la dirección de mi deseo, no podía evitar la sensación de haber sido útil, no a la fatal adhesión del corazón de una mujer, sino al acatamiento de un pacto económico; durante dos semanas, o tal vez tres, yo era un cuerpo abolido y desorientado. La tarde en que, asaltado por el recuerdo de Cristina, sentí aquel ímpetu de derroche (un vestido no es un detalle) caí en la cuenta de mi debilidad, y empecé a temer el momento de la cancelación.”

…..

“No esperaba de su parte ninguna precipitación, y yo me veía más bien arrastrado, aunque también complacido. El azaroso encuentro tomaba un rumbo que me excedía: ella me conocía por un nombre falso, pero no iba a entrar en una casa ilusoria. En el ascensor tuve la tentación, y busqué en sus ojos la indulgencia que podría venir de la sinceridad, pero parecían ansiosos por diluirse en su pigmentación, en el marrón veteado de las nueces, y más que replicar a mi mirada se diría que la recogía para distribuirla por todo su cuerpo. Se apoyó con languidez, extendió los brazos y bajó pausadamente los párpados, como vencida por algún cansancio. No era sinceridad lo que ella quería, sino la turbulencia de la ignorancia. Ya dentro de la casa se asomó al balcón, y en la silenciosa contemplación la vi envuelta en una suave melancolía, enfrentándose a un dolor que persistiría más allá del placer. Me pidió luego que apagara la luz, y cuando entró en la cama su cuerpo, simultáneamente fresco y agrio, olía a adolescencia triste; su boca, sin embargo, escondía un dulce fango con insólitos peces vivos.”

…..

“Nada impide  a una mujer casada y a un hombre sin compromiso dormir juntos a cualquier hora del día, si así lo deciden ellos contra las circunstancias, pero se interponen tantos factores que, a la hora del pacto, cada uno debe olvidar de dónde viene y conciliar armónicamente voluntad y deseo. Y lo peor es que, si se logra (y ciertamente se logra, aunque sea un instante) nos afiliamos a la fatalidad, y lo que había sido un tanteo de fascinación y torpeza, un juego de equívocos, predomina después en el ánimo. Hay en ese lapso una predisposición al reencuentro que solo necesita un aviso. Si aceptamos esa llamada, comenzamos una peripecia sentimental, una fábula con progresión y desenlace, y con la conclusión viene el registro, la archivística de la memoria, y a partir de ahí se construye la narración moral del idilio, nuestra participación agradecida o insensata en la historia del deseo.”

(Francisco Solano, Jugaban con serpientes, páginas 18-19. 38-29, 117-118)