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sábado, 14 de noviembre de 2015

"WINDOWS ON THE WORLD", UN CORRELATO DEL INFIERNO PARISINO



Windows on the World
Frédéric Beigbeder
Traducción de Encarna Castejón
Editorial Anagrama, Barcelona, 314 páginas
(LIBROS DE FONDO)

   En un día como hoy, a las pocas horas de los atentados de París, una buena manera de sobreponerse, si ello es posible, al shock producido por otra acción bárbara, es acercarnos a la literatura que todo lo aprovecha, es verdad, pero también rinde testimonios imperecederos del desatino, de la alucinada hybris y némesis (desmesura y venganza) que ese “ridículo héroe” (Pascal), el homo sapiens sapiens, comete contra sus semejantes.

   Todavía no se ha escrito nada desde la literatura sobre las acciones terroristas, ni sobre los centenares de muertos o heridos, que conmueven en estos momentos a Francia y al mundo entero. El 13 de noviembre de 2015 será  a partir de ahora una fecha funesta. Pero se novelará ese drama, los horrores y las muertes, de forma sensiblera o introduciéndose profundamente en la cuestión. Como en su día, a los dos años del atentado contra las Torres Gemelas, hizo el escritor francés Frédéric Beigbeder (Neuilly-sur-Seine, 1965) con Windows on the World, novela finalista del Premio Goncourt en el año 2003. Aquel libro fue el correlato parisino de la tragedia y del horror de Nueva York. En el día de hoy Windows on the World puede ser leído como el correlato de la barbarie desatada en la noche de ayer en la Ciudad Luz. Y de tantas barbaries desatadas en el Tercer Mundo, en el Sur, y de las que apenas se habla.

   Ya en los primeros meses posteriores al 11-S aparecían docenas de libros. Sin embargo, la verdadera literatura sobre la tragedia -esa forma de escribir que es capaz de presentar el espanto y la muerte en forma de arte- tardó en llegar. Porque el pasado acontece con un ritmo más lento de lo previsible en el terreno de la creación literaria. El primer enfoque literario y gráfico de los ataques al corazón del imperio fue la obra 11 setembre, 11 nouvelles, una visión literaria y pictórica al acontecimiento que originó, no la mayor tragedia, pero sí el shock más formidable de los últimos tiempos. Uno de los más impactantes, sin embargo, fue Windows on the World de Frédéric Beigbeder, autor de obras tan polémicas como 13,99 euros.

   Windows on the World, título de la novela, también era el nombre de un restaurante que existió alguna vez en el piso ciento siete del World Trade Center. El escritor francés inicia  la fabulación de aquel dramático suceso con una frase pavorosa: “Ya conocen el final: todo el mundo muere” (página 13), que fatalmente quizás un día se pueda decir de  los asistentes al concierto en la Sala de Fiestas Bataclan, templo del rock en París. A continuación su texto se convierte en una novela hiperrealista. El escritor se obstina y esfuerza en hacernos sentir, en minuciosa cronología, el horrendo y apocalíptico suceso. Para lograrlo, narra de una forma muy peculiar los acontecimientos de aquel 11 de septiembre,  a base de breves relatos que  desgranan, minuto a minuto, la hora y cuarenta y cinco minutos que entremedia entre el momento en el que la Torre Norte fue atacada (8: 46) y su derrumbamiento. Una hora y cuarenta y seis minutos de infierno. Lo mismo que el libro.

   Minuto a minuto, las pequeñas narraciones de Beigbeder instalan al lector en el café situado en el edificio más alto de París, Montparnase, un año y medio después del atentado. El protagonista, no obstante, es un cuarentón agente inmobiliario, con sus dos hijos, en el restaurante Windows on the World a donde había llegado dieciocho meses antes para almorzar. La novela del escritor francés, además de narrar el drama, las historias anónimas y sencillas reflexiones preñadas de emoción, sin la causticidad  de 13,99 euros, nos hace comprender que la literatura ofrece, gracias a su capacidad ficcional, una imagen más certera de la realidad que la misma realidad, y que las artes, como en su día dijo Arthur Miller con relación al 11-S, pueden hacer por la paz más que todas las guerras y amenazas de los políticos. Plagiando lo dice Beigbeder, podemos afirmar: será horrible escribir sobre el 13-N, pero aún sería peor no hacerlo.

Francisco Martínez Bouzas

                                                      
Frédéric Beigbeder
Fragmentos

“Ya conocen el final: todo el mundo muere. Desde luego, la muerte le llega a bastante gente, antes o después. Lo original de esta historia es que todos van a morir a la vez y en el mismo sitio. ¿Crea la muerte lazos entre los hombres? Se diría que no: no se hablan. Están de morros, como todos los que se han levantado demasiado temprano y mastican el desayuno en una cafetería de lujo. De vez en cuando, algunos hacen fotos de las vistas, que son las más bellas del mundo. Detrás de los edificios cuadrados, el mar es redondo; las estelas de los barcos dibujan en él formas geométricas. Ni las gaviotas llegan tan alto. La mayoría de los clientes del Windows on the World no se conocen entre sí. Cuando sus miradas se cruzan por descuido, carraspean y vuelven a sumirse de inmediato en sus periódicos. A principios de septiembre, por la mañana temprano, todo el mundo está de mal humor: las vacaciones se han terminado, hay que aguantar hasta Thanksgiving. El cielo está azul pero nadie lo disfruta.

Dentro de un momento, en el Windows on the World, una gruesa puertorriqueña va a empezar a gritar. Un ejecutivo con traje y corbata abrirá la boca de par en par. «Oh my God». Un pelirrojo soltará un «Holy shit!». La camarera seguirá sirviendo té hasta que la taza rebose. Hay segundos que duran más que otros. Como si uno acabara de apretar el botón de «pausa» en el lector de DVD. Dentro de un momento, el tiempo se volverá elástico. Toda esa gente se conocerá por fin. Dentro de un momento todos serán jinetes del Apocalipsis, todos estarán unidos en el Fin del Mundo.”



…..



“Ahora se sabe con bastante precisión lo que pasó a las 8:46 h. Un Boeing 767 de American Airlines con 92 personas a bordo, incluidos 11 miembros de la tripulación, se empotró en la cara norte de la torre número 1, entre los pisos 94 y 98.Sus 40.000 litros de queroseno se incendiaron de inmediato en las oficinas de Marsh & McLennan Companies. Se trataba del vuelo AA 11 (Boston-Los Ángeles), que había despegado a las 7.59 h del aeropuerto de Logan y viajaba auna velocidad de 800 Km/h. Se estima que la fuerza del impacto equivale a la explosión de 240 toneladas de dinamita (choque de magnitud 0,9 con una duración de 12 segundos). También se sabe que ninguna de las 1,334 personas que ocupaban los pisos superiores al impacto consiguió sobrevivir. Es evidente que semejante información despoja de cualquier suspense a este libro. Mejor así: esto no es thriller; sólo una tentativa -quizá condenada al  fracaso- de describir lo indescriptible.”

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Sala de Fiestas Bataclan. los bomberos trasladan a un herido

 “Hace media hora que tenemos un avión bajo los pies / Siguen sin evacuarnos / Somos metal rugiente / Gente aferrada a las ventanas / Gente que se cae de las ventanas / Una silla de ruedas abandonada / Mesas de caballete sin caballete / Una grapadora olvidada encima de una fotocopiadora / Armarios volcados con archivadores que siguen archivando / Una agenda llena de citas urgentes / El parte meteorológico que anuncia 26 grados y cielo azul y despejado esta mañana / Todos los vidrios soplados / Líquido en llamas en las cajas de los ascensores / Noventa y ocho ascensores, todos fuera de servicio / Mármol blanco manchado de sangre en el open space / Dos pasillos iluminados con luces halógenas como una línea de puntos en el techo / Llamas color ocre con volutas azules / Papeles revoloteando en el aire como en el Cuatro de Julio / Restos de gente de todo el mundo / United Colors of Babel / Manos a jirones / piel colgando de los brazos / como un vestido de Issey Miyake / Mujeres hermosas llorando / Trozos de avión en las escaleras mecánicas / Mujeres hermosas tosiendo / Ningún contacto con el mundo exterior / Platos y tazas blancas y azules rotos / Todo está brumoso polvoriento muerto sucio / Silencio horadado por las alarmas / Caras despedazadas delante de la máquina de café / Un lugar cerrado con fuego debajo / Nos asamos / Nos estamos asando como pollos / Ahumados como salmones / Alarmas a tope / Dust in the wind / All we are is just / Dust in the wind / Los cuadros figurativos se derriten con el calor / Y se convierten en cuadros abstractos / Lluvia de cuerpos humanos sobre la WTC Plaza.”

(Frédéric Beigbeder,  Windows on the World, páginas 13-14, 66, 155-157)

jueves, 27 de agosto de 2015

RUMBOS DE LA CRÍTICA LITERARIA





      La palabra “crítica”, al menos en las principales lenguas occidentales, tiene el significado de “examinar, analizar, discernir, evaluar o dictaminar”. La excepción es seguramente el alemán, idioma en el que el término “crítica” arrastra una carga semántica peyorativa o despectiva: evaluar equivaldría a devaluar, y dictaminar, a emitir una condena, lo que dificultó la labor de críticos como Lessing o Marcel Reich-Ranicki que se comprometieron a hacer alegatos a favor de la crítica como institución, defendiéndola y luchando por su reconocimiento, a pesar de que, en opinión de Reich-Ranicki, la crítica alemana “languidece y se consume lentamente”.

   Por mi parte siempre pensé que el crítico, el que es verdaderamente crítico, practica un género de opinión con la finalidad pragmática de orientación del lector. Mediante el empleo de bases e instrumentos de delineación literaria, el crítico orienta su labor crítica hacia la emisión de un juicio orientativo más o menos profundo, claro y explícito que ilustre al lector sobre las bondades o maldades de un determinado producto literario.

   La crítica, como elemento decisivo e imprescindible en cualquier forma de vida intelectual, como apunta Reich-Ranicki; nunca debería de estar en crisis ni ser cuestionada. Entrará en crisis si deja de ser crítica y se convierte en otra cosa. Hace apenas tres meses, la narradora Sara Mesa publicaba un breve artículo en El País  que hace saltar todas las alarmas: “Todo está en crisis, dicen, y la crítica literaria no se salva de la quema. La inmediatez periodística, las reglas del mercado -¡los libros son mercado!-, las condiciones de trabajo -no pagar, o pagar muy poquito-, todo contribuye a que muchos críticos hoy día critiquen sin leer. O más bien, sin leer el texto -el libro-, pero sí lo que viene a llamarse el paratexto -la solapa, la contraportada, la nota de prensa, las entrevistas y las críticas previas- , a ver qué dijeron otros antes, a ver por dónde va la cosa.” Por cierto, algo similar, aunque con una connotación totalmente positiva, escribió Virginia Woof del crítico romántico William Hazlitt: “Es uno de esos raros críticos que han pensado tanto que pueden prescindir de la lectura.”

   En este estado de cosas, me parece oportuno recordar algunas de las funciones o caminos que se le han atribuido a la crítica literaria, o que se le han propuesto como rutas. Así como formas -algunas canónicas, otras no tanto- de practicarla. Un texto de referencia será la obra  Sobre la crítica literaria que Marcel Reich-Ranicki (1920-2013), conocido como el “papa de la crítica alemana”, escribió en 1970, traducida al español y editada el pasado año por la barcelonesa Editorial Elba. Los juicios de Reich-Ranicki como crítico  eran temidos por editores y escritores, entre ellos Günther Grass, Martin Walser o Peter Handke.                                                                          


   Comienzo por los llamados por Reich-Ranicki “los domingueros de la crítica”, es decir, la crítica sumamente benevolente. Reseñas o comentarios que aparecen, por lo general, en los suplementos de fin de semana y en ellas  sus autores se dedican a describir elogiosamente las obras de sus amigos o colegas, o las de las editoriales con las que tienen una especial relación, cayendo en la sobrevaloración desmedida y en la impertinencia del elogio inmerecido. Ya en 1755 detectó este tipo de crítica Christopher Friedrich Nicolai: “Los errores de la crítica -escribía- no han sido ni de lejos tan dañinos como los elogios que se prodigan los autores entre ellos”. Lo haría más tarde Robert Musil  que en 1933 se quejaba de que se ha dejado la crítica de libros en manos de gran parte de literatos que se elogian entre sí. “Sociedades de elogios mutuos”, llamaba a este tipo de crítica Kurt Tucholsky. Y similar es la tesis de Georg Lukács: “En general para el escritor una «buena» crítica es aquella que lo elogia a él o censura a sus rivales; una «mala» crítica, la que reprocha algo a él o favorece a sus rivales”. No todo el mundo, sin embargo, está de acuerdo  con la falta de objetividad profesional de un escritor a la hora de ejercer cómo crítico. Menciono, por ejemplo, a un prestigioso crítico español, Robert Saladrigas, cuya opinión reproduzco en uno de los fragmentos conclusivos.

   En el polo opuesto, al menos en términos lingüísticos, si situaría la llamada crítica negativa, cuyo representante más emblemático es precisamente Marcel Reich-Ranicki, aunque la legitimidad de tal postura a la hora de criticar libros ya fue defendida entre otros por C. F. Nicolai, Goethe o  Friedrich Schelegel: “La crítica es el arte de matar en la literatura lo que vive solo en apariencia”.  Es verdad que las críticas de Reich-Ranicki destrozaron a algunos libros, El tambor de hojalata de Günter Grass entre otros. El judío polaco, crítico de cabecera del Frankfurter Allgemeine Zeitung, escribía en realidad y como norma general críticas ponderadas, con un marchamo individual y subjetivo, como cualquier otro crítico, pero no ocultaba la obligación del crítico, y él la ponía en práctica,  de “diagnosticar epidemias y expedir partidas de defunción”. Y en efecto, muchas de sus críticas fueron demoledoras, pero otras muchas, elogiosas, entre ellas a un libro de Günter Grass, Encuentro en Talgte (1979). Reich-Ranicki creía en la misión profiláctica de la crítica y para ello comenzó a criticar libros diciéndole a la gente de forma simple y llana lo que pensaba de un determinado libro. No obstante, en la elevación de su gusto subjetivo a un juicio de valor estético, nunca cupieron  ni el varapalo gratuito, ni la ambigüedad elusiva, ni las reseñas abstractas, ni tampoco la cortesía ecuménica.

   
                                                     


 Otro de los rumbos que marcan las rutas de algunos críticos, es el comentario contracanónico o desacralizador, que está tomando carta de naturaleza en nuestros días. Vienen a mi mente el libro de Frédéric Beigbeder, Último inventario antes de liquilación y el más reciente, Libros peligrosos de Juan Tallón. F. Beigbeder comenta de una forma personal, libre y desacralizada, frecuentemente con frivolidad, inconsecuencias y humor (“para superar el efecto intimidatorio que producen las grandes obras de arte”) los cincuenta libros del siglo XX escogidos por los lectores de Le Monde y FNAC. Quizás obras maestras, pero que, a su juicio, odian ser respetadas, prefieren vivir, es decir, “ser leídas, machacadas, contestadas, manoseadas.” Mucho más inteligentes, aunque no exentas de una mirada cínica y a veces un poco golfante, son las cien reseñas que Juan Tallón hace de otros tantos libros. Comentarios muy lúcidos, más también desacralizados, desenfadados, escritos con mucha chispa, mas también con rigor, que tienen la virtud de poder encerrar en una sola línea o en un par de ellas la esencia de una obra (“La escritura de Carver transita por pasadizos inciertos y hábilmente accidentados”, “Cada comienzo de sus relatos es una invitación a temblar” -escribe sobre Catedral de Raymond Carver, una misa para muchos.)

   Y entre unos y otros nos situamos aquellos que estamos unidos por el común denominador de pretender ser intermediarios entre el libro y los lectores, ofreciendo nuestro punto de vista, juicios siempre subjetivos, huyendo a la vez del ajuste de cuentas y del slogan que se puede apreciar en solapas, contraportadas o bandas con las que las casas editoras pretenden ganar lectores. Los textos de Fernando Aramburu y Armando Requeixo que reproduzco, señalarían esos rumbos.


Francisco Martínez Bouzas


Textos


“Detesto las normas, los cánones y los consejos vengan de donde vengan. ¿Quién los dicta, desde qué pretendida altura y con qué propósito? Lo que es útil para uno puede no serlo para otro. ¿Qué tiene en común Updike con Edagar Allan Poe, con Foster o con Coetzee? Cada uno representa un concepto distinto de la estética literaria. En el mundo del arte no hay reglas. Por fortuna es un espacio de libertad que es, o debería ser, de libertad absoluta. Por otro lado, no creo en el mito de la objetividad. ¿Desde cuándo he de ser objetivo ante una tela de Matisse o leyendo e intentando desentrañar los significados de un poema de Verlaine? Y ¿quién mejor que un escritor para intentar, eso sí, mediante un ejercicio de honestidad, entender las claves de otro escritor?”

(Robert Saladrigas, Entrevista concedida al diario Público, 26 de octubre de 2013)

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Ignacio Echeverría

“¿Cómo han reaccionado sus amigos ante críticas demoledoras?

Nunca reaccionan bien. Dependiendo de la categoría humana del escritor, hay quien se lo toma con deportividad y hay quien no te lo perdona. En este sentido, el plano en el que resulta más difícil sostener la independencia del crítico es personal. Un crítico, al fin y al cabo, es un tipo que circula en el medio literario, que es pequeño. Si eres crítico, hay cierta apuesta por la misantropía. Cyril Connolly, en Enemigos de la promesa, lo formula muy bien. Un crítico solo puede serlo hasta los treinta y pico años porque, a partir de entonces, el tejido de las relaciones que tiene en el mundo literario le impiden ejercer su independencia, ya no por un problema intelectual sino por un problema moral y afectivo. Pero creo que eso se puede sostener, todo depende de habilidades propias.”

(Igancio Echeverría, Entevista concedida al diario Público, 22 de noviembre de 2012)



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Quien se pronuncia públicamente sobre el trabajo de otros y no lo encuentra todo bello y bueno provoca que otros se froten las manos, pero de inmediato levanta la sospecha de ser un tipo malicioso que se deleita en enmendar la plana a sus congéneres.

En todas partes, es decir, también allí donde se reconoce plenamente la importancia de la crítica y se ve en ella un elemento decisivo de cualquier forma de vida intelectual, se la trata con cierta susceptibilidad, con un malestar más o menos encubierto; la relación con aquellos que critican o que incluso han hecho de la crítica su oficio no está en ninguna parte exenta de resentimiento y desconfianza. «Porque, del mismo modo que, para convertirse en un autentico mendigo, el más rico de los aspirantes deberá desprenderse de hasta el último centavo, así nadie podrá tampoco iniciarse como un autentico critico si no dilapida antes todas las buenas cualidades de su espíritu; lo cual, tal vez, aun por un precio menor, podría considerarse una mala inversión», afirmó Jonathan Swift en torno al año 1700.»

(Marcel Reich-Ranicki, Sobre la crítica literaria, Editorial Elba, Epílogo de Ignacio Echeverría, Barcelona, 2014, 144 páginas)



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“¡Basta ya de purismos! Sólo cuatro letras separan esta palabra del puritanismo. Aunque sepamos que en arte la competición no existe («Lo hermoso no devora lo hermoso. Ni los lobos ni las obras maestras se devoran entre sí», Victor Hugo dixit) nada nos impide divertirnos un poco clasificando, comparando, enfrentando entre sí a algunos genios que, en vida, se declararon frecuentemente la guerra. Un crítico es un lector como los demás: cuando da su opinión, favorable o desfavorable, sólo se representa a sí mismo, y ni siquiera eso, sólo a una de sus múltiples facetas contradictorias.”
(Frédéric Beigbeder, ¨Último inventario antes de liquidación, Editorial Anagrama, Barcelona, 2002, página 13)

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“Hace tiempo, José Martí Gómez me preguntó delante de cincuenta personas, por redondear, si los escritores éramos todos gilipollas. Ni siquiera dijo «casi todos», para salvarme. Me cogió en calzoncillos, y me derrumbé entre la multitud. Confesé que, si no todos, al menos en mi caso se podía afirmar que sí. Lo era. En cierto sentido es importante ser un poco gilipollas y creerse el mejor escritor del mundo, aunque  esa categoría no existe. Necesitas, muchas veces, perseguir sombras para llegar a algún lugar. Esa fe y constancia en tus sueños pueden ayudarte a alcanzar los puestos del medio. No es poco.”
(Juan Tallón, Libros peligrosos, Larousse Editorial, Barcelona, 2014, página 12)

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Fernando Aramburu

“Merece algo más que aplauso, merece agradecimiento el crítico que hace apetecible las obras valiosas; aquel que no se limita a descifrarlas con adusta terminología de profesor, sino que se toma la molestia de transmitir entusiasmo, humanizando generosamente sus textos críticos por la vía de exponer una parte de su condición de lector sensible; aquel, pues, que explica con precisión y claridad las razones por las que considera que una obra determinada repercute positivamente en él. Nada de lo cual es compatible con eslóganes del tipo: «lean sin falta la novela, no se la pierdan» y demás clichés del redactor de reseñas metido a mercader. Ni con la dejación intelectual de quien, para ponderar la calidad de un autor, menosprecia a otros. Ni con el lanzamiento de cohetes artificiales del tipo: «el mejor de su generación, el más grande de su época» y demás hipérboles de improbable demostración que, además, contribuyen a difundir y fijar los tópicos.”
(Fernando Aramburu, “Crítica de la crítica”, artículo publicado en el periódico El País el 13 de julio de 2013).

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“El crítico literario es un lector autorizado, que tiene una competencia lectora superior que proviene de su experiencia y / o conocimientos técnicos en la materia. Su visión del texto literario se sirve de elementos de descripción científico-literaria pero puestos al servicio de la emisión de un juicio de valor, de una valoración más o menos subjetiva del texto. La suya es, por lo tanto, una crítica inmediata, una crítica pública cuya misión es, fundamentalmente, la de informar y analizar panorámicamente, pero también la de valorar -con argumentos y justificación, por supuesto- los textos a los que se refiere, pues en la orientación del potencial público reside buena parte de su razón de ser.”

(Armando Requeixo, Tradución de un párrafo del trabajo “Crítica literaria galega: problemática y actitudes”, publicado en la revista Grial, octubre-diciembre, 2005, páginas 123-127)

lunes, 24 de agosto de 2015

ÚLTIMO INVENTARIO LITERARIO ANTES DE LIQUIDACIÓN



Último inventario antes de  liquidación

Frédéric Beigbeder

Traducción de Sergi Pàmies

Editorial Anagrama, Colección Argumentos, Barcelona, 213 páginas.

(Libros de fondo)

    
  La necesidad de canonizar es inherente a la especie humana desde sus múltiples nacimientos, desde sus orígenes hominizadores  hasta el devenir contemporáneo. Y lo es porque, al canonizar, se expresa la permanencia o el anhelo de la misma. Lo hizo aquel animal dotado de sinrazón, bajado de los árboles, el hombre de Neanderthal  mediante la pintura, el grafismo parietal o el grabado sobre roca o sobre hueso, símbolos más o menos analógicos, con representaciones extremadamente precisas de seres vivos o de seres quiméricos e irreales. Su finalidad ritual y mágica (protección y conminación a la buena suerte), no descarta que esas imágenes y símbolos signifiquen además para sapiens una segunda existencia que se prolonga y perpetúa en el tiempo.

   Las religiones históricas han hecho algo muy parecido: canonizan a personajes ilustres, “santos”, escritos, los textos de los fundadores para convertirlos en modelos estables e inmutables.

   A nivel literario, especialmente en la época actual se ha hecho y se hace algo muy similar: la necesidad, acrecentada al final de etapas históricas o en el cambio de siglos o milenios, de seleccionar con criterios dispares cánones literarios, fruto de gustos colectivos o personales, casi siempre ideológicos o defensores de una teoría literaria. Catálogos de libros “preceptivos”, antologías de relatos, de poemas “excepcionales” a los que se les considera que deben perdurar, que deben incitar una larga vida lectora. Existen en todos los sistemas literarios. Sin embargo, las verdaderas listas canónicas, en el campo literario, se pusieron de moda a partir de la publicación, en el año 1994 de la obra sumamente polémica The Western Canon de Harold Bloom, traducida  al año siguiente por Editorial Anagrama. Otro intento canónico del profesor de Yale fue Stories and Poems for Extremely Intelligent Children of All Ages (2001), Relatos y poemas para niños extremadamente inteligentes de todas las edades en la traducción y edición española de 2003. Sin duda, otra lista canónica igualmente controvertida.

   También del año 2001 es la propuesta canónica, esta vez de origen colectivo, que presentó Frédéric Beigbeder, Último inventario antes de  liquidación: agudas y sabrosas reseñas de los cincuenta mejores libros del siglo XX, seleccionados por seis mil lectores que contestaron a la encuesta llevada a cabo por el periódico Le Monde y la FNAC. El número 1, El extranjero de Albert Camus; el 50, Najda de André Breton.

   No resulta difícil entender el carácter chauvinista, casi exclusivamente francófono, de este catálogo de los cincuenta mejores libros del siglo XX. Entre las preferencias de los franceses no figura ninguna muestra de la literatura portuguesa. Cien años de soledad es la única fabulación que nuestros vecinos eligieron entre las literaturas hispánicas.

   El canon de Le Monde no está elaborado desde ninguna opción ideológica ni teoría literaria, sino desde la perspectiva y los gustos lectores de los que eligen: francesas y franceses de nuestros días que leen lo que les resulta más cercano, que se convierte para ellos en lo más representativo. Lectores corrientes en el sentido que a esta expresión le dieron Samuel Johnson y Virginia Woolf.

   Acompaña a la lista canónica de los lectores franceses un plato bien gustoso: las recensiones críticas que Frédéric Beigbeder hace de estos cincuenta títulos. El autor de varios best-sellers franceses (13,99 euros, El amor dura tres años, Una novela francesa…) efectúa una lectura de estos cincuenta libros como si hubiesen acabado de salir del horno y los comenta críticamente de una forma contracanónica; es decir, de una manera personal, libre, desacralizada. Con frivolidad e inconsecuencias, perseguidas a propósito. Con humor, con falta de respeto, “porque las obras maestras odian se respetadas”. Burlándose, emocionándose, siendo breve y conciso en sus comentarios acerca de lo que realmente son estos cincuenta libros famosos. Miradas vivas proyectadas sobre los cambios y catástrofes que conforman nuestro tiempo.



Francisco Martínez Bouzas



                                                      
Frédéric Beigbeder

Fragmentos



“Cien años de soledad rodó cuesta abajo desde Colombia en 1967 como un terremoto. Podemos afirmar sin riesgo  a equivocarnos que hay un antes y un después de este libro en la historia de la literatura del siglo XX: desde entonces, les hemos tomado gusto a las novelas latino-épicas, de alto contenido colorista, personajes delirantes, con escenas extravagantes y tropicales. Por otra parte, resulta curioso constatar que, a menudo, las grandes novelas de nuestro siglo se fundamentan en un deseo de condensar el universo: la jornada de un alcohólico en Dublín, la vida de un edificio parisino o, en este caso, cien años de un pueblo colombiano imaginario, aislado del resto del mundo, llamado Macondo.(…)

Angelo Rinaldi exagera cuando dice que este libro debería haberse titulado Cien años de insipidez, aunque siempre resulta divertido poner nervioso a Jean Daniel. El sargento García Márquez sigue vivo, obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1982,y muchos escritores barrocos le deben todo. José Saramago, Günter Grass o Salman Rushdie, los dos primeros novelizados, el último nobelizable. Moraleja: escribid novelas largas y farragosas y tendréis más posibilidades de ganar el Nobel que parafraseando a Marguerite Duras.”



…..



“El número 1 de esta clasificación de 50 libros del siglo, elegido por los votos de 6.000 franceses, no soy yo, pero me importa un bledo, ni siquiera me siento ofendido, ya formaré parte del Primer inventario del siglo XXI, ¿verdad? ¿Ah, no? ¿Tampoco?

Hay que subrayar que nuestro gran triunfador tranquilizará a los vagos: una novela muy corta (124 páginas, letra grande). No es necesario deslomarse, pues: se puede escribir una obra maestra sin tener que emborronar miles de páginas como Proust. Obra maestra que podemos leer en media hora de cronómetro. Otra buena noticia: el número 1 de nuestra lista es una primera novela. Y, por último, malas noticias para los xenófobos: la novela preferida de los franceses se titula El extranjero. (…)

Y es que para Albert Camus (1913-1960), la vida es absurda. ¿Por qué todo esto? ¿Para qué? ¿Por qué esta crónica inútil? ¿No tenéis nada mejor que leer este libro? Todo es vanidad en este bajo mundo (Camus es el Eclesiastés según un pied-noir). Esta taciturna lucidez no le impidió a Camus aceptar el Premio Nobel de Literatura en 1957 (a los cuarenta y cuatro años, lo que le convertía en el laureado más joven después de Kipling). ¿Por qué? Porque resumió su existencialismo en un lema muy sencillo: «Cuanto menos sentido tiene la vida, más vale la pena vivirla.» Nada tiene sentido, ¿y qué? ¿Y si la «inevitable felicidad» consistiera en eso? Contrariamente al rechazo esnob de Sartre, siete años más tarde, que confiere importancia a la recompensa, Albert Camus acepta el Nobel precisamente porque se burla de él. Uno puede burlarse del universo, y aceptarlo de todos modos, incluso amarlo. O eso o suicidarse sin más demora, ya que éste es el único «problema filosófico realmente serio».”



(Frédéric Beigbeder, Último inventario antes de liquidación, páginas 87-89, 111-112)