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jueves, 27 de agosto de 2015

RUMBOS DE LA CRÍTICA LITERARIA





      La palabra “crítica”, al menos en las principales lenguas occidentales, tiene el significado de “examinar, analizar, discernir, evaluar o dictaminar”. La excepción es seguramente el alemán, idioma en el que el término “crítica” arrastra una carga semántica peyorativa o despectiva: evaluar equivaldría a devaluar, y dictaminar, a emitir una condena, lo que dificultó la labor de críticos como Lessing o Marcel Reich-Ranicki que se comprometieron a hacer alegatos a favor de la crítica como institución, defendiéndola y luchando por su reconocimiento, a pesar de que, en opinión de Reich-Ranicki, la crítica alemana “languidece y se consume lentamente”.

   Por mi parte siempre pensé que el crítico, el que es verdaderamente crítico, practica un género de opinión con la finalidad pragmática de orientación del lector. Mediante el empleo de bases e instrumentos de delineación literaria, el crítico orienta su labor crítica hacia la emisión de un juicio orientativo más o menos profundo, claro y explícito que ilustre al lector sobre las bondades o maldades de un determinado producto literario.

   La crítica, como elemento decisivo e imprescindible en cualquier forma de vida intelectual, como apunta Reich-Ranicki; nunca debería de estar en crisis ni ser cuestionada. Entrará en crisis si deja de ser crítica y se convierte en otra cosa. Hace apenas tres meses, la narradora Sara Mesa publicaba un breve artículo en El País  que hace saltar todas las alarmas: “Todo está en crisis, dicen, y la crítica literaria no se salva de la quema. La inmediatez periodística, las reglas del mercado -¡los libros son mercado!-, las condiciones de trabajo -no pagar, o pagar muy poquito-, todo contribuye a que muchos críticos hoy día critiquen sin leer. O más bien, sin leer el texto -el libro-, pero sí lo que viene a llamarse el paratexto -la solapa, la contraportada, la nota de prensa, las entrevistas y las críticas previas- , a ver qué dijeron otros antes, a ver por dónde va la cosa.” Por cierto, algo similar, aunque con una connotación totalmente positiva, escribió Virginia Woof del crítico romántico William Hazlitt: “Es uno de esos raros críticos que han pensado tanto que pueden prescindir de la lectura.”

   En este estado de cosas, me parece oportuno recordar algunas de las funciones o caminos que se le han atribuido a la crítica literaria, o que se le han propuesto como rutas. Así como formas -algunas canónicas, otras no tanto- de practicarla. Un texto de referencia será la obra  Sobre la crítica literaria que Marcel Reich-Ranicki (1920-2013), conocido como el “papa de la crítica alemana”, escribió en 1970, traducida al español y editada el pasado año por la barcelonesa Editorial Elba. Los juicios de Reich-Ranicki como crítico  eran temidos por editores y escritores, entre ellos Günther Grass, Martin Walser o Peter Handke.                                                                          


   Comienzo por los llamados por Reich-Ranicki “los domingueros de la crítica”, es decir, la crítica sumamente benevolente. Reseñas o comentarios que aparecen, por lo general, en los suplementos de fin de semana y en ellas  sus autores se dedican a describir elogiosamente las obras de sus amigos o colegas, o las de las editoriales con las que tienen una especial relación, cayendo en la sobrevaloración desmedida y en la impertinencia del elogio inmerecido. Ya en 1755 detectó este tipo de crítica Christopher Friedrich Nicolai: “Los errores de la crítica -escribía- no han sido ni de lejos tan dañinos como los elogios que se prodigan los autores entre ellos”. Lo haría más tarde Robert Musil  que en 1933 se quejaba de que se ha dejado la crítica de libros en manos de gran parte de literatos que se elogian entre sí. “Sociedades de elogios mutuos”, llamaba a este tipo de crítica Kurt Tucholsky. Y similar es la tesis de Georg Lukács: “En general para el escritor una «buena» crítica es aquella que lo elogia a él o censura a sus rivales; una «mala» crítica, la que reprocha algo a él o favorece a sus rivales”. No todo el mundo, sin embargo, está de acuerdo  con la falta de objetividad profesional de un escritor a la hora de ejercer cómo crítico. Menciono, por ejemplo, a un prestigioso crítico español, Robert Saladrigas, cuya opinión reproduzco en uno de los fragmentos conclusivos.

   En el polo opuesto, al menos en términos lingüísticos, si situaría la llamada crítica negativa, cuyo representante más emblemático es precisamente Marcel Reich-Ranicki, aunque la legitimidad de tal postura a la hora de criticar libros ya fue defendida entre otros por C. F. Nicolai, Goethe o  Friedrich Schelegel: “La crítica es el arte de matar en la literatura lo que vive solo en apariencia”.  Es verdad que las críticas de Reich-Ranicki destrozaron a algunos libros, El tambor de hojalata de Günter Grass entre otros. El judío polaco, crítico de cabecera del Frankfurter Allgemeine Zeitung, escribía en realidad y como norma general críticas ponderadas, con un marchamo individual y subjetivo, como cualquier otro crítico, pero no ocultaba la obligación del crítico, y él la ponía en práctica,  de “diagnosticar epidemias y expedir partidas de defunción”. Y en efecto, muchas de sus críticas fueron demoledoras, pero otras muchas, elogiosas, entre ellas a un libro de Günter Grass, Encuentro en Talgte (1979). Reich-Ranicki creía en la misión profiláctica de la crítica y para ello comenzó a criticar libros diciéndole a la gente de forma simple y llana lo que pensaba de un determinado libro. No obstante, en la elevación de su gusto subjetivo a un juicio de valor estético, nunca cupieron  ni el varapalo gratuito, ni la ambigüedad elusiva, ni las reseñas abstractas, ni tampoco la cortesía ecuménica.

   
                                                     


 Otro de los rumbos que marcan las rutas de algunos críticos, es el comentario contracanónico o desacralizador, que está tomando carta de naturaleza en nuestros días. Vienen a mi mente el libro de Frédéric Beigbeder, Último inventario antes de liquilación y el más reciente, Libros peligrosos de Juan Tallón. F. Beigbeder comenta de una forma personal, libre y desacralizada, frecuentemente con frivolidad, inconsecuencias y humor (“para superar el efecto intimidatorio que producen las grandes obras de arte”) los cincuenta libros del siglo XX escogidos por los lectores de Le Monde y FNAC. Quizás obras maestras, pero que, a su juicio, odian ser respetadas, prefieren vivir, es decir, “ser leídas, machacadas, contestadas, manoseadas.” Mucho más inteligentes, aunque no exentas de una mirada cínica y a veces un poco golfante, son las cien reseñas que Juan Tallón hace de otros tantos libros. Comentarios muy lúcidos, más también desacralizados, desenfadados, escritos con mucha chispa, mas también con rigor, que tienen la virtud de poder encerrar en una sola línea o en un par de ellas la esencia de una obra (“La escritura de Carver transita por pasadizos inciertos y hábilmente accidentados”, “Cada comienzo de sus relatos es una invitación a temblar” -escribe sobre Catedral de Raymond Carver, una misa para muchos.)

   Y entre unos y otros nos situamos aquellos que estamos unidos por el común denominador de pretender ser intermediarios entre el libro y los lectores, ofreciendo nuestro punto de vista, juicios siempre subjetivos, huyendo a la vez del ajuste de cuentas y del slogan que se puede apreciar en solapas, contraportadas o bandas con las que las casas editoras pretenden ganar lectores. Los textos de Fernando Aramburu y Armando Requeixo que reproduzco, señalarían esos rumbos.


Francisco Martínez Bouzas


Textos


“Detesto las normas, los cánones y los consejos vengan de donde vengan. ¿Quién los dicta, desde qué pretendida altura y con qué propósito? Lo que es útil para uno puede no serlo para otro. ¿Qué tiene en común Updike con Edagar Allan Poe, con Foster o con Coetzee? Cada uno representa un concepto distinto de la estética literaria. En el mundo del arte no hay reglas. Por fortuna es un espacio de libertad que es, o debería ser, de libertad absoluta. Por otro lado, no creo en el mito de la objetividad. ¿Desde cuándo he de ser objetivo ante una tela de Matisse o leyendo e intentando desentrañar los significados de un poema de Verlaine? Y ¿quién mejor que un escritor para intentar, eso sí, mediante un ejercicio de honestidad, entender las claves de otro escritor?”

(Robert Saladrigas, Entrevista concedida al diario Público, 26 de octubre de 2013)

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Ignacio Echeverría

“¿Cómo han reaccionado sus amigos ante críticas demoledoras?

Nunca reaccionan bien. Dependiendo de la categoría humana del escritor, hay quien se lo toma con deportividad y hay quien no te lo perdona. En este sentido, el plano en el que resulta más difícil sostener la independencia del crítico es personal. Un crítico, al fin y al cabo, es un tipo que circula en el medio literario, que es pequeño. Si eres crítico, hay cierta apuesta por la misantropía. Cyril Connolly, en Enemigos de la promesa, lo formula muy bien. Un crítico solo puede serlo hasta los treinta y pico años porque, a partir de entonces, el tejido de las relaciones que tiene en el mundo literario le impiden ejercer su independencia, ya no por un problema intelectual sino por un problema moral y afectivo. Pero creo que eso se puede sostener, todo depende de habilidades propias.”

(Igancio Echeverría, Entevista concedida al diario Público, 22 de noviembre de 2012)



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Quien se pronuncia públicamente sobre el trabajo de otros y no lo encuentra todo bello y bueno provoca que otros se froten las manos, pero de inmediato levanta la sospecha de ser un tipo malicioso que se deleita en enmendar la plana a sus congéneres.

En todas partes, es decir, también allí donde se reconoce plenamente la importancia de la crítica y se ve en ella un elemento decisivo de cualquier forma de vida intelectual, se la trata con cierta susceptibilidad, con un malestar más o menos encubierto; la relación con aquellos que critican o que incluso han hecho de la crítica su oficio no está en ninguna parte exenta de resentimiento y desconfianza. «Porque, del mismo modo que, para convertirse en un autentico mendigo, el más rico de los aspirantes deberá desprenderse de hasta el último centavo, así nadie podrá tampoco iniciarse como un autentico critico si no dilapida antes todas las buenas cualidades de su espíritu; lo cual, tal vez, aun por un precio menor, podría considerarse una mala inversión», afirmó Jonathan Swift en torno al año 1700.»

(Marcel Reich-Ranicki, Sobre la crítica literaria, Editorial Elba, Epílogo de Ignacio Echeverría, Barcelona, 2014, 144 páginas)



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“¡Basta ya de purismos! Sólo cuatro letras separan esta palabra del puritanismo. Aunque sepamos que en arte la competición no existe («Lo hermoso no devora lo hermoso. Ni los lobos ni las obras maestras se devoran entre sí», Victor Hugo dixit) nada nos impide divertirnos un poco clasificando, comparando, enfrentando entre sí a algunos genios que, en vida, se declararon frecuentemente la guerra. Un crítico es un lector como los demás: cuando da su opinión, favorable o desfavorable, sólo se representa a sí mismo, y ni siquiera eso, sólo a una de sus múltiples facetas contradictorias.”
(Frédéric Beigbeder, ¨Último inventario antes de liquidación, Editorial Anagrama, Barcelona, 2002, página 13)

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“Hace tiempo, José Martí Gómez me preguntó delante de cincuenta personas, por redondear, si los escritores éramos todos gilipollas. Ni siquiera dijo «casi todos», para salvarme. Me cogió en calzoncillos, y me derrumbé entre la multitud. Confesé que, si no todos, al menos en mi caso se podía afirmar que sí. Lo era. En cierto sentido es importante ser un poco gilipollas y creerse el mejor escritor del mundo, aunque  esa categoría no existe. Necesitas, muchas veces, perseguir sombras para llegar a algún lugar. Esa fe y constancia en tus sueños pueden ayudarte a alcanzar los puestos del medio. No es poco.”
(Juan Tallón, Libros peligrosos, Larousse Editorial, Barcelona, 2014, página 12)

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Fernando Aramburu

“Merece algo más que aplauso, merece agradecimiento el crítico que hace apetecible las obras valiosas; aquel que no se limita a descifrarlas con adusta terminología de profesor, sino que se toma la molestia de transmitir entusiasmo, humanizando generosamente sus textos críticos por la vía de exponer una parte de su condición de lector sensible; aquel, pues, que explica con precisión y claridad las razones por las que considera que una obra determinada repercute positivamente en él. Nada de lo cual es compatible con eslóganes del tipo: «lean sin falta la novela, no se la pierdan» y demás clichés del redactor de reseñas metido a mercader. Ni con la dejación intelectual de quien, para ponderar la calidad de un autor, menosprecia a otros. Ni con el lanzamiento de cohetes artificiales del tipo: «el mejor de su generación, el más grande de su época» y demás hipérboles de improbable demostración que, además, contribuyen a difundir y fijar los tópicos.”
(Fernando Aramburu, “Crítica de la crítica”, artículo publicado en el periódico El País el 13 de julio de 2013).

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“El crítico literario es un lector autorizado, que tiene una competencia lectora superior que proviene de su experiencia y / o conocimientos técnicos en la materia. Su visión del texto literario se sirve de elementos de descripción científico-literaria pero puestos al servicio de la emisión de un juicio de valor, de una valoración más o menos subjetiva del texto. La suya es, por lo tanto, una crítica inmediata, una crítica pública cuya misión es, fundamentalmente, la de informar y analizar panorámicamente, pero también la de valorar -con argumentos y justificación, por supuesto- los textos a los que se refiere, pues en la orientación del potencial público reside buena parte de su razón de ser.”

(Armando Requeixo, Tradución de un párrafo del trabajo “Crítica literaria galega: problemática y actitudes”, publicado en la revista Grial, octubre-diciembre, 2005, páginas 123-127)

lunes, 2 de junio de 2014

"ÁVIDAS PRETENSIONES": SÁTIRA Y HUMOR PARA DESACRALIZAR A LA POETADA



Ávidas pretensiones

Fernando Aramburu

Editorial Seix Barral, Barcelona2014, 411 páginas.



    
   “Una atrevida sátira sobre una supuesta sociedad literaria escrita con gran maestría técnica y un lenguaje singularmente gráfico y vivaz”. Así se manifestaba el jurado del Premio Biblioteca Breve 2014 que el pasado 10 de febrero le otorgaba el galardón a la novela Ávidas pretensiones de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959), uno de los escritores españoles más notables y singulares de las últimas décadas, que frecuenta con igual maestría la novela (la trilogía “Antíbula”,sobre todo), como las distancias cortas, la narrativa breve, con títulos tan meritorios como Los peces de la amargura o El vigilante del fiordo.

   Fernando Aramburu presenta Ávidas pretensiones como una crónica verdadera, con la única excepción de asignar nombres ficticios a los actores de la misma y a algunos de los lugares donde la acción se desarrolla ya que podrían resultar fácilmente reconocibles. Entre estos últimos, el pueblo Morilla del Pinar, donde una desviación asfaltada lleva a un convento, en el que por tercer año se celebran las Jornadas Poéticas de los líricos españolea. Tres días en Casacristo -es el nombre en broma de las Jornadas- y en ellas los líricos del suelo patrio elegirán el mejor poema y debatirán temas relacionados con las pasiones estéticas del peculiar grupo literario.

   Fernando Aramburu, con un profundo estilete humorístico y satírico, se adentra en las interioridades del grupo poético, una verdadera poetada, deparándonos al mismo tiempo la oportunidad de deleitarnos con un verdadero festín lúdico-lingüístico. Porque la mayoría de los participantes llegan a Morilla del Pinar con incontrolables ganas de diversión. Ansiosos de gloria literaria, sí, pero acompañada de sexo, alcohol, estupefacientes y zancadillas al contrario cuando se presta la ocasión. Y sobre todo, un extravagante y competitivo simposio de egos, delirios, envidias y mezquindades.

   Una novela pues sobre líricos con las alforjas cargadas no de poesía sino de ganas de juerga, desvaríos y apetitos materiales y prosaicos. En una novela inteligentemente divertida desde sus primeras líneas con el arribo de la tropa lírica a la austeridad conventual, Fernando Aramburu nos muestra una verdadera corte de los milagros, una barahúnda de pseudo poetas entre los que muy pronto se desatan las pasiones más bajas entre los dos grupos en los que se agrupan los líricos: los metafas (metafísicos) y los realitas (realistas). Pugnan además por dar rienda suelta a los placeres que suponen asociados a su condición bohemia: bebida, sustancias psicotrópicas y una común y gran obsesión: sexo, follar como sea y con quien sea y en todas las combinaciones y apetencias posibles: desde los placeres coprofílicos y las lluvias doradas hasta las incursiones de una pareja de poetas lesbianas, que pasean sus pasiones por la serranía y se la juegan a unos mozos del pueblo que aspiraban al desenfreno de una noche loca. La eterna historia de los cazadores cazados. No faltan en la inconfundible reunión lírica dosis de escatología y abundante violencia.

   Novela coral con un encadenamiento de secuencias y anécdotas que dan como resultado un fresco bufo, con personajes estereotipados dentro de esta poetada de individuos egocéntricos, zoquetes con mayúsculas a quienes la poesía supera por todos los costados y que, sin embargo, nos permiten conocer la común arcilla de la que estamos hechos los seres humanos.

   La literatura, confiesa el autor, está por encima de las miserias humanas, aunque se alimenta temáticamente de ellas. Y eso es lo que hace Fernando Aramburu en Ávidas pretensiones, novela escrita sin freno, desacralizadora  del mundo literario. Mas no para ajustar cuentas, sino para dar continuidad en nuestros días a un subgénero narrativo que conecta con la novela satírica quevediana, y  en la que la ironía y la parodia corren en paralelo con un lenguaje de primera calidad que el autor sabe emplear como afinado estilete. La novela en efecto está escrita con una gran inventiva verbal en la que tienen cabida todos los registros: prosa llena de matices, lenguaje afilado rebosante de metricismos, octosílabos encadenados, porque, al fin y al cabo, la trama novelesca  narra una reunión de poetas. Humor inteligente en definitiva en un texto narrativo hilarante y festivo, pero que también incluye una prosa de primera calidad como una de las metas irrenunciables del escritor.



Francisco Martínez Bouzas






Fernando Aramburu

Fragmentos



“A lo largo de la hora siguiente fueron llegando más coches. Para evitar el cenizo buscaba cada cual aparcamiento lo más lejos posible del coche fúnebre. A eso de las diez y media, llegó un minibús con el grueso de la poetada.

- Enhiesto surtidor de gasolina. ¿Cómo sigue?

- Volverán los oscuros cipresales.

- Un respeto a la poesía.

- ¿Alguien me presta un hacha?

Entró el rebaño lírico en la recepción arrastrando bolsas y maletas. La lista de asistentes fue creciendo a lo largo de la mañana hasta veinticuatro nombres. A la una y media de la tarde, puntuales para el almuerzo, llegaron en carro tirado por asno Susana Valcárcel y Conchita Arroyo, esta vestida de negro, con botines negros y gafas negras como acostumbra. Se les había averiado el coche dos kilómetros antes de Morilla. Recorrieron el trayecto a pie y en el pueblo se agenciaron el rústico medio de locomoción que la mayoría de los asistentes consideró mucho más extravagante, glamuroso y digno de recordación que la fiambrera macabra de Juanjo Changa. No hay constancia de que el labriego se enterase de que venían las dos mujeres uniendo las bocas y manoseándose los pechos a su espalda.”



…..



“Nada más despedirse de Carranza, el ciego susurró a Vanessa:

-¿Ya se ha ido?

- Ha echado a correr escaleras arriba. Parece que lleva prisa.

- Juraría que olía a excrementos.

-No hable tan alto, don Mateo. Lo pueden oír.

- Ese individuo iba cagado. Desde que perdí la vista he desarrollado los demás sentidos. Cagado y bien cagado. Por eso corría el muy cagón, para poner remedio a su pestilencia. Hazme caso, no estamos entre gentes normales. ¡Los poetas de hoy! ¿Tú te imaginas a don Antonio Machado, al finolis de Luis Cernuda,  a mi amigo el difunto Pepe Hierro, cagados? Te lo digo y te lo repito. Ten mucho cuidado, no te despegues de mí hasta la hora de retirarnos.

Se cruzaron, a punto de alcanzar la planta baja, con Andreu Viñales, que pasó deprisa, junto a ellos sin saludar.

-¿Quién era ese?

-No lo conozco.

-También iba cagado. Más cagado que el anterior.

-Don Mateo, yo no he notado nada.

-No sé que pensar. Empiezo a preocuparme. ¿No seré yo el que huele, verdad?

-Usted huele como un caballero

Petro Mateo Gil Salgado no terminaba de convencerse, sino que desde allí hasta la puerta de la sala de plenos no cesó de olisquearse las mangas, las manos, un codo, ni de catar, olfativamente hablando, el aire en rededor, mientras musitaba con la nariz fruncida un soliloquio que sonaba a queja mezclada con alarma y suspicacia.”



…..



“Caramba, eso no lo esperaba el ciego. Eso lo complació. Risueño, la atrajo hacia sí de un apasionado tirón y, sentándola sobre sus muslos, le susurró unas guarrerías lúbricas al oído. ¿Qué más? Pues le manoseó los pechos, le besó en el cuello y por último le pidió que lo ayudara a acostarse en el suelo porque tenía el deseo ese, ya sabes, no me niegues lo que no debes negarme. Conque ella lo fue poniendo en la postura requerida conforme a las instrucciones que su señor, visiblemente excitado, le daba. Se arrodilló justo encima de sus facciones, desnuda de la cintura para abajo, una rodilla a cada lado de su cara para que lamiera. Aquel olor genital enloquecía de gusto al ciego. A ruego/orden suya, Vanessa le masajeó con los labios vulvares la cara arriba, abajo y a lo torno de alfarero, irguiéndose a veces abierta de piernas para refregarle las facciones con el ano, toma culo, ciego verde; pero si creía vejarlo se equivocaba por cuanto a Mateo Gil Salgado la intervención del segundo orificio no hacía sino aumentarle el gozo. Y cuando al poco rato alcanzó una aceptable cumbre sensual, le dijo: ahora. No salió mucho porque antes de abandonar su habitación había pasado ella por el servicio. Así y todo, extrajo de sí el líquido suficiente para mojarle la cara.”



(Fernando Aramburu, Ávidas pretensiones, páginas 17, 118-119, 224)

sábado, 3 de septiembre de 2011

"EL VIGILANTE DEL FIORDO": ENTRE EL MIEDO, LA ALUCINACIÓN Y EL SARCASMO

El vigilante del fiordo
Fernando Aramburu
Tusquets Editores, Barcelona 2011, 184 páginas.

Cuando se tiene en las manos un nuevo volumen de cuentos de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959), uno de los narradores españoles más notables y singulares  de las últimas décadas, resulta inevitable que surja en la memoria lectora la experiencia estremecedora de su otra colección de relatos, Los peces de la amargura (2006). Entre otros motivos porque El vigilante del fiordo  se sutura temáticamente con las historias patéticas y con el extrañamiento y la alucinación de Los peces de la amargura. Aunque posiblemente -y así lo reflejan algunos críticos-  no con la fuerza e intensidad del libro de referencia, como si Fernando Aramburu hubiese optado intencionadamente por una escritura menos directa, más elusiva, distanciada o desdibujada y sin la coherencia y homogeneidad temática que se hacía patente en Los peces de la amargura.
El vigilante del fiordo, en efecto, junto a relatos que nos retrotraen al terror provocado por el delirio criminal de los homicidas terroristas, temas muy reconocibles para los lectores del escritor, bucea en otras geografías delimitadas por el desvarío y la extrañeza o por una suerte de ironía sarcástica, con tintes de humor surrealista y de esperpento. La misma ruptura de la homogeneidad se deja entrever en la elección de las modalidades narrativas, con el ensayo incluso de experimentos y variantes genéricas. Al lado de relatos en los que prevalece la narrativa tradicional propia de las fórmulas canónicas de la novela o del cuento, el lector se encuentra con otras de distinta hechura: textos dialogados a semejanza de la literatura dramática y de la modalidad epistolar. Y técnicas narrativas que utilizan el recurso de la concatenación o sucesión de distintas anadiplosis -secuencias que finalizan y empiezan con la misma palabra- con las que el autor experimenta una arriesgada pero plausible elaboración estilística.
El miedo y la obsesión de la vida cotidiana, en un entorno que no es el suyo, del matrimonio que protagoniza “Chavales con gorra”, inaugura el volumen. El mundo hostil, sus vidas rotas ante la amenaza terrorista se ha convertido en un infierno de terror que ofusca su percepción de la realidad. Por el mismo derrotero, bordeado de drama y obsesión, caminan quizás los dos mejores relatos de la colección: “Carne rota” y el que le da el título al libro: “El vigilante del fiordo”. En ambos se hace presente la huella del terrorismo. “Carne rota” es un relato estremecedor, una excelente recreación literaria de los atentados islamistas del 11-M desde la experiencia de las víctimas. Ellos son los protagonistas. El protagonismo de los heridos en sus cuerpos y en sus almas, de  los familiares de los fallecidos, de los seres repentinamente alejados de sus quehaceres diarios. Ellos y ellas en el escenario de los atentados, rememorando la tragedia o exhibiendo sus secuelas en los momentos posteriores. En breves secuencias concatenadas por el recurso poético de la anadiplosis, Fernando Aramburu nos  presenta un encadenamiento de damnificados, victimas del atentado. Los ínfimos detalles (la musiquilla alegre del móvil que suena y vuelve sonar…), los gestos, las palabras solidarias destilan una profunda carga poética y forman parte de una esmerada arquitectura teñida de terror y de sangre que narra con inusitada eficacia literaria los atentados de marzo de 2004 en Madrid. Un grito dolorido surge de la lectura abrumada de tanta “Carne rota”, un relato en el que el escritor se olvida de eludir la tragedia y la retrata a corazón abierto.

Fernando Aramburu (foto de Iñaqui Andrés)

“El vigilante del fiordo” es sin duda el relato de más compleja elaboración de la serie, pero es igualmente abrumador. El relato amalgama técnicas narrativas distintas: diálogo teatral y relato en tercera persona. En ambas modalidades hacen acto de presencia igualmente el dolor, la angustia y las heridas que jamás cicatrizan, provocadas en las víctimas por la violencia terrorista. Un funcionario de prisiones enloquece, víctima de un sentido obsesivo de culpa, y viaja a Noruega para alertar de la presencia de terroristas en la zona. Eso es lo que parece, porque, en realidad, la bomba dirigida contra él que mató a su madre, hizo explotar su cordura mental y ahora vive extraviado en las obscuridades de su mente, que contrastan con la luminosa belleza del paisaje nórdico y con la atmósfera claustrofóbica del relato.
El volumen incluye otros cuentos con otras y dispares inquietudes y que nada tienen que ver con las lacras terroristas. Son las incursiones de Fernando Aramburu en esos contornos delimitados por el desvarío y la alucinación, tales como “La mujer que lloraba a Alonso Martínez”, o por una mezcla de de tragedia, farsa y humor sarcástico, como “Mártir de la jornada”, “Lengua cansada”, “Nardos en la cadera” y “Mi entierro”, una original perspectiva narrativa de alguien que, entre alucinado y atónito, narra su propio entierro.
Una recopilación de relatos no homogéneos, como ya he dicho, con tratamientos novedosos, pero unificados por la maestría de una prosa muy elaborada, de primera calidad, una profunda caracterización de los personajes con la economía de unos pocos trazos y la facilidad para recrear escenarios colindantes con las pesadillas de la tragedia o con los ambientes surrealistas, absurdos o teñidos de un fino humor.
                                       

Fragmento

“La mano era lo único que asomaba por el borde de la manta. Una mano bien proporcionada, con las uñas pintadas de rojo y una sortija verde de bisutería. La chica aún se movía cuando la depositaron en el suelo. El rumano no le prestó apenas atención. Bastante tenía con lo suyo. Siguiendo las indicaciones de la policía, había venido por su pie con otros heridos al Centro Deportivo Daoiz y Velarde (…) Entre dos sanitarios depositaron minutos después a la chica como a unos dos metros de donde él se encontraba. El pelo le ocultaba la cara. Al principio la chica se movía. Las piernas. La espalda. Un poco. Un ligero temblor. Cada vez menos. Luego dejó de moverse. Vinieron a atenderla. La voltearon con cuidado. No había nada que hacer. Al rato fue tapada con una manta que sólo dejaba al descubierto una de sus manos. Una mano delgada, bonita, inmóvil para siempre. Los sanitarios se dirigieron al siguiente cuerpo tendido. Al rumano, recostado contra la pared, se le cerraban los párpados. Los abría con esfuerzo. Se le cerraban. Los…Se le…L…S… De repente lo sobresaltó la musiquilla de un móvil. El rumano miró en rededor hasta ubicar la melodía alegre a dos metros de él, debajo de la manta. Vaciló un momento. La melodía de notas agudas y saltarinas no cesaba. No venía de su teléfono. Él ya había dado cuenta a sus familiares de lo ocurrido. La musiquilla persistía con una insistencia de súplica en medio de aquel desbarajuste de sanitarios y cuerpos malheridos. Se acercó a la manta, alzó un borde, allí estaba el teléfono móvil, medio a la vista en un bolsillo del abrigo chamuscado. Al otro lado de la línea una voz de mujer entrada en años articulaba palabras en un idioma desconocido para el rumano. Quizá polaco o ruso. Se dio cuenta de que no lograba hacerse entender. Y la voz se alarmaba repitiendo lo que parecía un nombre, el nombre de la depositada en el suelo. Bombas en tren. Señora, bombas. Bum , ¿comprende? El rumano pulsó la tecla de desconexión, volvió al sitio que los sanitarios le habían asignado junto a la pared. Segundos después sonó otra vez el móvil de la chica bajo la manta. El rumano no se movió. Bastante tenía con lo suyo. La musiquilla alegre siguió sonando un rato largo debajo de la manta”

(Fernando Arámburu, El vigilante del fiordo, páginas 53-54)