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lunes, 1 de agosto de 2011

UN FASCISTA DE "IZQUIERDAS" CONTRA LA LLEGADA DE LA NOCHE

Guía de la kultura
Ezra Pound
Traducción de Luis Núñez Díaz
Presentación de Nicolás González Varela
Capitán Swing Libros, Madrid, 2011, 368 páginas.

Ezra Loomis Pound es uno de los grandes símbolos de la cultura del pasado siglo, una cultura que, en su caso, aúna tradición y modernidad, ingenio, lucidez y locura. Un símbolo plagado de interrogantes como tantos otros intelectuales que crecieron como pensadores o escritores en una época confusa, los años que trascurren entre las dos grandes guerras mundiales. Como Cioran, Heidegger, Céline, Mircea Eliade o Pessoa, abrazó con fascinación el fascismo. Sigue siendo una incógnita el hecho de que tantas mentes geniales se hicieran adictas o simpatizantes de la irracionalidad fascista precisamente durante ese período. Pero Ezra Pound, no lo olvidemos, furibundo antisemita, exaltado fascista, traidor a su patria y desequilibrado mental, es, al margen de adhesiones y rechazos que su persona pueda suscitar, una de las figuras literarias claves del siglo XX. Combatiente y propagandista de esa poesía “pegada al hueso”, limpia de florituras, profeta del verso libre, pero muy exigente tanto en su forma como en su contenido, como lo expresa en uno de los preceptos del manifiesto de su grupo: “Poetry must be as well written as prose”.
Ezra Pound, que pretendió ser el crítico universal de su época y el gran economista, dedujo de sus lecturas marxistas que el mal por excelencia de nuestra época era la usura a la que ataca de forma colérica en sus Cantos. No obstante llegó a la conclusión de que el héroe reformador de esa usura capitalista -sobre todo judía- era Mussolini. Para la crítica especializada, sus grandes obras poéticas, Cantos y Cantos pisanos, son productos excepcionales, marcadores de sentido. Para el lector normal, un armario revuelto, anclado en un hermetismo inconexo, nutrido de viejos tonos poéticos, referencias culturales, variadas intertextualidades, voces reales, ensayos de ideas.
En una obra poética como  la suya, repleta de oscuras ensoñaciones, es preciso leer sus apologías de la barbarie o sus vaticinios del derrumbamiento de la actual civilización (“Yo simplemente quiero otra civilización”), que hallamos en sus obras en prosa como ABC of Redding y Guide to Kulchur cuya versión española nos ofrece estos días Capitán Swing Libros.
En 1938, Ezra Pound miró en efecto a sus alrededor y lo que observó fue una “civilización averiada”. Su respuesta fue este libro inclasificable, pero con una clara misión: un grito contra el arribo de la noche. Un bramido que el escritor pretendió emitir desde un fascismo de “izquierdas”, desde la admiración por Mussolini, al que en este libro equipara frecuentemente con Confucio, una de las referencias orientales de su pensamiento.
Guía de la kultura es un anárquico libro de ensayo, muy rico en sus ideas e iluminaciones, pero carente de claridad interna, porque Ezra Pound  mezcla lo inmezclable: Mencio, Cioran, lo filósofos y líricos griegos, Joyce, Brancusi, Chaucer, Spinoza, Thomas Hardy, Confucio, Marx, Henry James… La lista se haría interminable. Genial en su inspiración y con fragmentos brillantes. Siempre hermético y a menudo airado, rinde pleitesía a la “kultur” alemana que da razón de su título en inglés: Guide to Kulchur. Es tal la falta de coherencia interna en el contenido del libro, que el mismo autor lo reconoce complacido: “el lector apresurado quizás diga que escribo esto en clave y que mi discurso simplemente salta de un punto a otro sin conexión ni secuencia. Y sin embargo, el discurso es completo. Todos los elementos están ahí y el más repugnante adicto a los crucigramas debería ser capaz de resolver este”
Guía de la kultura debería ser leído como puerta de entrada al sistema poundiano a los núcleos de su cartografía intelectual y también como un interesante y necesario poscripto a sus obra poética mayor, Cantos. Un “Novum Organum” al estilo baconiano ante una época llena de turbios presagios que anunciaban la inminente llegada de la noche, escrito desde un pathos radical, que nada tiene que ver con el narcisismo o el academicismo. Un mapa pues de carreteras, como reconocía el mismo Pound, diseñado con la intención de ayudar a alcanzar la cumbre a los que vengan detrás. Una obra, en definitiva, de difícil e incluso de imposible lectura, como decía Borges, pero de obligada lectura, ya que con ella la literatura universal toca las alturas más temerarias.

Ezra Pound

lunes, 13 de junio de 2011

EL ENIGMA DE EZRA POUND


El espía
Justo Navarro
Editorial Anagrama, Barcelona, 2011, 212 páginas.

“Fu arrestato da due partigiani”. Una mañana del 3 de mayo de 1945 le detuvieron dos partisanos en Sant’Ambrogio, Rapallo. Eran tiempos de tiros en la nuca. Cuatro días antes, habían matado a Mussolini y le habían colgado por los pies, como a un cerdo en canal, en una gasolinera de Milán. En el camino cuesta abajo, el prisionero se agacha, pero solo cogió una semilla, una semilla de eucalipto. Será su talismán en las duras jornadas que le esperan. Así, por mediación de la prosa de Justo Navarro, asistimos al momento en el que el poeta estadounidense Ezra Pound es detenido, llevado ante los agentes de CIA y, posteriormente, encerrado en una jaula de barrotes de hierro en el campo de prisioneros americano de Metato (Pisa).
A partir de aquí, combinando analepsis y prolepsis, el novelista sumerge al lector en un experimento novelesco biográfico, tan de moda y tan frecuentado por el mismo Justo Navarro (recordemos su novela F sobre la vida y la muerte de Gabriel Ferrater). En este ejercicio experimental se indaga sobre la figura del poeta americano Ezra Pound, un personaje -no lo olvidemos- que, al margen de las adhesiones y rechazos que pueda suscitar, es una de las figuras literarias más estudiadas del siglo XX, luchador y propagandista de una poesía “pegada al hueso”, es decir, exenta de florituras, profeta del verso libre, un poeta en el centro del modernismo (Hugh Kenner).
Pero no es la obra en la que bucea Justo Navarro en El espía, sino en una conjetura narrativa sobre un tramo realmente incómodo de la vida de Ezra Pound: su extremada simpatía por el fascismo de Mussolini, su antisemitismo, su traición a su nación de origen, su propaganda antiamericana desde Radio Roma, su detención, su encierro en la jaula, a la intemperie, su traslado ante un Gran Jurado en EE.UU, acusado de felonía y traición por adherirse al enemigo, que, sin embargo le declarará loco y mentalmente incapacitado para ser sometido a juicio. Era un irresponsable, jamás podría ser juzgado por sus actos. Y, sin embargo, antes de salir del encierro de Pisa, un equipo de psiquiatras del ejército americano lo había encontrado sano, perfectamente cuerdo.
Surge así la especulación de Justo Navarro: ¿Fue el autor de The Cantos un agente doble que se servía de sus encendidos y estrambóticos discursos radiofónicos para enviar mensajes en clave a los aliados?
Justo Navarro, foto Agencia EFE
Ezra Pound fue conquistado para la radio por Lord Haw-Haw, un americano que emitía desde Radio Berlín brutales sermones antiamericanos. Desde el momento que le escuchó, Pound solo quería un micrófono: cantar, a través de la radio, las glorias de Mussolini. Ante tantas ganas de micrófono y la rareza de las arengas radiofónicas de Pound, los funcionarios del espionaje italiano sospecharon del poeta: ¿No sería acaso un agente doble al servicio de EE.UU? ¿Se le habría fabricado con absoluta y extraordinaria verosimilitud un perfil de traidor a su patria? ¿Fue eso lo que le salvó de la horca? Hoy sabemos que fue la intervención de distintas figuras del mundo cultural americano la que logró que el Gran Jurado lo declarara loco. Sin embargo, la habilidad con que el novelista se aferra a las escasas bases reales de su tesis argumental -la amistad de E. Pound con James J. Angleton, uno de los cerebros fundadores de la CIA, genio de la contrainteligencia y admirador del poeta- nos hace dudar y logra que consideremos casi como un hecho histórico, una trama ficcional. Es la fuerza de la ficción cuando discurre por cauces adecuados y con el ímpetu y el embrujo del torbellino: crear “verdades” con “mentiras”.
El excelente narrador que es Justo Navarro también nos obsequia en esta novela con dosis de juego metaliterario. Son juegos de autoficción, ya que la novela surge de la estancia en Pisa de J. N., traductor como el autor de la novela, que entra en contacto con la hipótesis de la condición de espía de Ezra Pound a través de Carlo Trenti, un autor de novelas policíacas, en cuya mente había surgido. La voz de este personaje, que frecuenta los mismos lugares en los que Pound había estado como prisionero sesenta años antes, la escuchamos en el último capítulo, titulado “La evasión”. Es esa voz la que le insinúa al heterónimo del autor la posibilidad de que, a través de las arengas delirantes y risibles de Pound, se transmitiera información cifrada para los aliados.
Una historia, pues, dentro de otra historia que certifica el dominio por parte de Justo Navarro de las técnicas narrativas más innovadoras, que conviven, no obstante, sin estridencias con la omnisciencia  de esa tercera persona que, de forma persuasiva y convincente (pero que se trasmuta en ciclón cuando nos cuenta la detención y el encierro en la jaula de Pound) nos hace partícipes de la ficcionalidad de un personaje real impopular, maldito e incómodo para el narrador. Un personaje cuyo enigma queda flotando en el aire: ¿Fue realmente Ezra Pound un héroe trágico a costa de ser doblemente traidor? ¿O fue un títere dogmático al servicio del fascismo? ¿O el fascismo una de sus múltiples máscaras?

Fragmento

La detención de Ezra Pound en el DTC de Metato (Pisa)

“Lo metieron en una celda o jaula de la muerte, aislado, aunque la jaula estaba abierta a los elementos. Un centinela lo vigilaba en silencio: tenía prohibido devolverle o dirigirle la palabra al prisionero solitario. Había fugas de campo, pero en masa. De las barracas de los locos alguna vez salía hacia la alambrada un pelotón de  presos disparatados, juntos y a toda velocidad, y disparaban las torres y no escapaba nadie. Era imposible que Pound rompiera los barrotes de la jaula (…) Escondía la cabeza bajo la manta, peligroso criminal entre criminales peligrosos. Así yacían los hombres en la pocilga de la diosa maga Circe, los compañeros de Odiseo. El veneno de Circe los convirtió en cerdos. Metió la cabeza bajo la manta, empequeñecido, como un pájaro. Vestía uniforme de faena, sin correa en los pantalones, sin cordones en las botas. Así te cambian los gestos, el modo de andar, aunque andes poco, un metro y ochenta centímetros de marcha siempre y otra vez, del sur al norte, del norte al sur de la jaula. Veía más allá de los barrotes cemento y tierra baldía. Tenía el aire y el sol en los ojos. No tenía cama, ni correa, ni cordones, ni contacto verbal con nadie, salvo con el capellán católico. Estaba a la espera de volar a Washington para sacar de su confusión al presidente Truman o ser juzgado”
(Justo Navarro, El espía, páginas 136-137)
Ezra Pound en 1940