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jueves, 16 de febrero de 2017

REESCRIBIR A POLIDORI Y A FRANKENSTEIN



Bravura
Emmanuel Carrère
Traducción de Jaime Zulaika
Editorial Anagrama, Barcelona, 2016, 355 páginas.

   Editorial Anagrama recupera una vez más una de las novelas estrictamente ficcionales de Emmanuel Carrère (París, 1957). Ya lo había hecho con El bigote y con Una semana en la nieve. Bravura no es lo último de Carrère. El original francés (Bravoure) fue editado en 1984 y es una de las primeras novelas del escritor antes de que se decidiese a retratar la realidad como en las ficciones, desarrollando ese estilo tan característico que le ha consagrado como uno de los narradores más leídos de todo el mundo.
   Bravura es una tentativa de rescate literario de la figura de John William Polidori - “El pobre Polidori” como lo definió Shelly- médico y secretario de Lord Byron y escritor menor y olvidado a la sombra de aquel. En el arranque de la novela encontramos a Polidori, en una penosa madrugada, “atrincherado” como un vagabundo en el Soho londinense, consumido por el láudano que le proporciona una joven prostituta, junto con un mendrugo de pan. Su vida, desde que se unió a Lord Byron, no ha sido más que un lento derrumbamiento, un envejecer a sacudidas periódicas, con una existencia muy alejada del Polidori rico, célebre por sus poemas y tragedias ávidamente leídas. Ese ha sido su sueño: destacar en el campo de las letras, no en el de la medicina. Pero ya no es más que un encadenado al opio, tras un suicidio frustrado. Sumido en esa postración, repasa su vida desde el viaje al continente ejerciendo de médico / fámulo de Byron. Tenía veinte años. Tras reivindicar inútilmente la autoría de El vampiro, vagó borracho por Londres, convencido de que su reputación es la de un payaso, un iluminado sin brillo. Y recuerda que cuatro años antes le había soplado a Mary Wollstonecraft la idea central de Frankenstein. En efecto, una noche de junio de 1816, en Villa Diodati, para  consolarse del frío verano del siglo, provocado por la erupción de un volcán en los Mares del Sur, Lord Byron propone a sus invitados Percy Bysshe Shelly, su amante Mary Wollstonecraft, Claire Clairmont, hermanastra de Mary y a John William Polidori escribir cada uno un relato de terror. Todos inician la tarea, pero solamente Mary y el médico la concluyen. Crearán respectivamente Frankenstein o el moderno Prometeo y El vampiro.
   Polidori ve publicado su manuscrito de El vampiro pero atribuido a Lord B, y se siente doblemente resentido porque el triunfante Frankenstein del que todo el mundo habla es el fruto de la utilización de una idea suya por Mary Wollstonecraft. Incapaz de sobreponerse a la amargura y a la frustración por lo ocurrido aquella noche en Villa Diodati, su vida transcurre en caída libre: un fracasado que solo halla consuelo en el opio.
   En este paria se centra la novela de Emmanuel Carrère al que sigue y sobre el que novela en un penetrante juego de espejos. Contemplamos a Polidori ridiculizado por Mary, una arpía que le humilla como autor de El vampiro. Rumia su humillación y le observamos en su derrota tras la inútil lucha por un reconocimiento literario negado y una vida malgastada y reducida a la nada, víctima de una mascarada en la que le habían colocado, y que oculta, en un juego de espejos, al verdadero Polidori. Pierde así mismo el favor de Byron y asume el papel de chivo expiatorio.
   Es aquí cuando la novela de Carrère da un giro de ciento ochenta grados y nos presenta a Polidori transformado en un personaje recreado por la pluma de una especie de su alter ego, un escritor, el capitán Walton que está ideando una versión alternativa de la historia de Frankenstein. Comparece así en la novela el monstruo, Victor Frankenstein, en variaciones distintas de la historia escrita por Mary Wollstonecraft. Y es entonces cuando Carrère sitúa al lector en el presente en el que aparece Ann, una escritora de novela rosa dispuesta a investigar lo ocurrido durante la lejana noche en Villa Diodati. Con ese propósito visita a Walton y de este modo se inicia una novela de novelas. Se multiplican las variaciones; el autor despliega un juego de muñecas rusas: relato gótico de cuyo interior brota una novela rosa y de esta un relato detectivesco y de ciencia ficción.
   Bravura es una construcción novelesca que se aproxima al concepto de “novela ramificada” o al libro infinito que Jorge Luis Borges, el gran precursor de los caminos de la postnarrativa, planteara ya en el lejano 1941 en Examen de la obra de Herbert Quain (El jardín de las sendas que se bifurcan): un modelo narrativo que pretende acercarse al infinito. Ese orden binario por el que optarán los demiurgos y los dioses: infinitas historias infinitamente ramificadas. Estructuras arborescentes de las que ya había hablado Walter Benjamin; o el libro rizoma que asumen Deleuze y Guattari: el uno, el árbol raíz que deviene dos, y este deviene cuatro…
   Bravura se acomoda en buena medida a este modelo: una historia, la de Polidori que se divide en fragmentos, en una miríada de eventos. El resultado es una pieza narrativa de gran complejidad formal, especialmente a partir de las primeras setenta páginas cuando Carrère gira el manubrio de una vuelta de tuerca radical, y el capitán Walton esboza las primeras palabras de la versión alternativa de Polidori, y se pone en marcha el juego de espejos que retuercen el argumento de forma, a primera vista, artificial y de difícil comprensión para un lector normal, incapaz quizás de comprender la ligazón existente entre esas historias ramificadas. Sin embargo, una lectura perseverante y cierta querencia hacia la literatura más vanguardista permitirán comprender el gran virtuosismo que en Bravura despliega Carrère: habilidad para multiplicar las variaciones, como anotó en su día Le Figaro; la indagación que el narrador efectúa en los mecanismos de la creación literaria o la relación del escritor con su obra y especialmente con sus personajes.
  Un claro ejerció metaliterario, un desafío, por lo tanto, a la inteligencia y a paciencia lectora con esa ramificación de historias, con tramas cuyos engranajes no son fáciles de captar y que, podríamos decir, ofrecen un gran tributo a la fantasía, mediante la que Carrère resucita a Polidori y le concede el lugar literario que la Historia le negó. Pero Bravura no deja de ser un edificio narrativo con habitáculos tan variopintos que probablemente confundirán al lector y le harán naufragar en una estructura rebosante de virtuosismo, pero también propicia a provocar confusión.

Francisco Martínez Bouzas

                                                 
Emmanuel Carrère

Fragmentos

“Teresa ejerce la prostitución ocasional que le permite sobrevivir con una especie de donaire infantil, un poco bobo, piensa Polidori, y aunque se vea obligada a plegarse a los caprichos de sus clientes, que reclaman las caricias menos inocentes, muchas veces les añade una delicadeza de chiquilla, una carantoña más adecuada para seducir a un tipo viejo que te mima que a un hombre de brega sexualmente frustrado. Durante las tres semanas que llevan cohabitando en la casa vacía sólo ha hecho el amor una vez con Polidori. Ni a ella, para quien constituye su sustento, ni al joven, al que el abuso del opio y el odio vuelve impotente, les interesa realmente la experiencia y no la han repetido. Pero a él le reserva las caricias tenues que sus clientes rechazan a menudo, y cuando están juntos se empeña en enroscar los rizos de su cabello alrededor de los dedos de los pies de Polidori, en roerle las uñas e incluso en ejecutar lo que parece ser su zalamería preferida, que ella llama el beso de la mariposa.”

…..

“El verdadero Polidori, portador de la máscara que le habían puesto para que no le reconocieran, veía en el espejo que completó la galería especular de sus noches a un falso Polidori que llevaba una máscara representando al verdadero. Todos los espejos hacían muecas, ninguno podría ya nunca reflejar la imagen del Polidori ideal, el que sería famoso y adulado a los veinticinco años. Y si aquel Polidori, incluso proyectado en un futuro cada vez más lejano, había perdido todas las posibilidades de realizarse algún día, no era simplemente por culpa del Polidori impotente, sino también por culpa del mundo que le había vestido con un ropaje de payaso, de tal modo que si alguna vez llegaba a escribir la obra tan soñada, aunque superase en grandeza a Shakespeare, no le reconocerían nunca esta gloria. Antes incluso de leerla, los editores verían la firma y se partirían de risa.”

…..

“Mientras se viste él también, titubeando para introducir los pies en los mocasines que el empeine ya maltratado deforma, la lleva hacia la ventana y le señala con el dedo la pequeña terraza que ella ha visto la víspera. Es casi de noche. Como no hay nadie en el paseo azotado por la lluvia, parece aún más aislada, protegida por una techumbre liviana cuyo saliente no impide ver una de las tumbonas ni la mesa en la que han depositado un candelabro cuyas cinco velas agitan sobre el suelo de baldosas las sombras de los árboles que baten en el parapeto. Dos formas blancas, eléctricas, atraen la mirada: son las perneras del pantalón de un hombre que se estiran sobre el posapié de la tumbona y luego se entrecruzan. Desde su puesto Ann no ve nada más, pero adivina que el hombre es Julián. Ella pronto tendrá que bajar a la terraza. Está muy tranquila.
-Villa Diodati -anuncia Allan con el tono de un recién casado que muestra a su esposa su residencia ancestral-. La suerte del planeta está entre tus manos -añade.
En este momento llaman a la puerta de comunicación que da a la habitación contigua.
-Ah -dice Allan-, es el capitán, vamos a poder empezar en serio.
Descorre el cerrojo para abrir la puerta detrás de la cual se encuentra, por supuesto, el capitán Walton, vestido con un pantalón de tela ligera y, a falta de una camiseta, un polo de manga corta por el que asoman unos brazos endebles de adolescente. Su sonrisa es infantil, expresa una sobreexcitación benévola.”

(Emmanuel Carrère, Bravura, páginas 10, 34, 257)

sábado, 26 de noviembre de 2016

ANTONIO TABUCCHI Y EMMANUEL CARRÈRE, NOVEDADES DE ANAGRAMA


   A pocas semanas de que Silvia Sesé substituya a Jorge Herralde al frente de Editorial Anagrama, aunque el fundador y director, desde hace cuarenta y siete años, de la editorial barcelonesa seguirá colaborando, apoyando sin interferir, o dedicándose simplemente a leer a Proust, el catálogo de ensueño de Anagrama sigue creciendo, sigue llenando de buenas vibraciones el día a día de los lectores en español, y desde hace años también los que leen en catalán.
   En ese empeño y voluntad de editar “libros” y desechar los “no libros”, han ido surgiendo colecciones que marcan la historia literaria de este país y de otros de Latinoamérica: “Argumentos” en el campo del ensayo, “Panorama de narrativas” y “Narrativas hispánicas” en el de la ficción. “Otra vuelta de tuerca” y “Compactos” que nos permiten recuperar obras de gran calidad, o “Anagrama compendium”, compilación de las mejores novelas y relatos editados con anterioridad por Anagrama.
   En este mes sobresalen los tres títulos de la colección “Argumentos”: Estudios del malestar. Palabras de autenticidad de las sociedades contemporáneas de José Luis Pardo; Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante de Luciano Concheiro y La hora de clase. Por una erótica de la enseñanza de Massimo Recalcati.
   En la colección “Panorama de narrativas”, “la peste amarilla”, tal como la definió el patriarca de Planeta, José Manuel Lara, y cada vez más cercana  a los mil títulos, cuatro piezas ficcionales importantes: El gigante enterrado de Kazuo Ishguro, La Esposa joven de Alessandro Baricco, El juego del revés de Antonio Tabucchi y Bravura de Emmanuel Carrère.
   Entre esos libros que suturan por igual éxito y calidad, se encuentra la nueva traducción con material inédito en español de los cuentos de Antonio Tabucchi, editados por primera vez en marzo de 1986 -fue entonces el número 77 de la colección- y Bravura de Emmanuel Carrere. Antonio Tabucchi (Vecchiano,1943-Lisboa 2012), profesor universitario de literatura portuguesa, ha sido conocido sobre todo por sus relatos, por sus novelas y también por su producción ensayística. Enamorado de la literatura portuguesa, hasta el punto de haberse nacionalizado portugués, traductor y comentador de Fernando Pessoa, Tabucchi ha recogido en su narrativa la tendencia del poeta portugués a multiplicar los planos de la realidad, a añadir constantemente nuevas presencias, a extender las situaciones hasta el punto de hacerlas inconmensurables. Si ha habido un escritor versátil, éste es por antonomasia Antonio Tabucchi. Conocido sobre todo por Sostiene Pereira, el narrador italiano es mucho más que ese paréntesis de novelas fáciles, populares, epopeicas como la citada o La cabeza perdida de Damasceno Monteiro. Tabucchi es sobre todo el delicado y exigente refinamiento de Dama de Porto Pim, Nocturno hindú, Sueño de sueños & Los tres últimos días de Fernando Pessoa. Así como su novela epistolar, Se está haciendo cada vez más tarde y el monólogo desencantado de Tristano muere, seguramente su novela más ambiciosa y en la que el maestro italiano, el mejor escritor de su generación, trabajó doce años y que vio  la luz en la mayoría de las lenguas del mundo, incluidas las minoritarias.
   De Emmanuel Carrère, por su parte (París, 1957), es un extraordinario escritor en los últimos tiempos de novelas de no ficción como El adversario, De vidas ajenas, Limónov o El Reino, y de novelas de solo ficción de sus inicios como El bigote, Una semana en la nieve, comentadas en este cuaderno de crítica literaria. Y  podemos leer ahora en castellano Bravoure (París, 1984), igualmente una pieza que mezcla la ficción, la realidad y personajes históricos..
   Con una finalidad divulgativa, reproduzco la información que nos llega a través de las respectivas presentaciones editoriales. En los próximos días o semanas, volveré sobre estas dos piezas de ficción y ofreceré no solo información de tramas y contenidos, sino también mi valoración personal.

Francisco Martínez Bouzas


Antonio Tabucchi
Traducción de Carlos Gumpert
Editorial Anagrama, Barcelona, 2016, 183 páginas.

  «El libro más hermoso de Tabucchi y uno de los más hermosos de la literatura de estos tiempos»: así calificó el gran crítico italiano Pietro Citati El juego del revés, el libro que supuso en 1981 la revelación de la extraordinaria sabiduría narrativa de Antonio Tabucchi. Ahora volvemos a presentarlo, con honores de estreno, traducido de nuevo, revisado y reordenado siguiendo las últimas disposiciones del autor y con varios apetitosos añadidos: dos nuevos cuentos, incluidos en su momento en la segunda edición, y un tercero jamás traducido a ningún idioma, que sólo circuló en 1986 en edición limitada; una tríada que prolonga la tonalidad de un volumen ya clásico, escrito bajo el signo del temor y del asombro que produce el desvelamiento del reverso oscuro de las cosas, del insondable laberinto de la existencia.
   El relato homónimo que abre el libro puede ser considerado la piedra angular de la obra de Tabucchi, quien nos ofrece ya aquí muchos sus grandes temas: las máscaras que paradójicamente nos revelan, los vericuetos del tiempo, las voces que nos acechan desde fuera y desde dentro, el juego infinito de la literatura. Aunque todos los relatos rayan a gran altura, cabría quizá destacar el bellísimo «Carta desde Casablanca», «Las tardes del sábado», magistral cuento de fantasmas, o «El pequeño Gatsby», bajo el ala de Scott Fitzgerald.”

Bravura
Emmanuel Carrère
Traducción de Jaime Zulaika
Editorial Anagrama, Barcelona, 2016, 355 páginas.

   “De 1816 se dijo que fue «el año sin verano». La erupción de un volcán indonesio alteró la meteorología incluso en lugares tan lejanos como Suiza. Allí, en la villa Diodati, Lord Byron y sus invitados –su médico y secretario Polidori y los Shelley, Percy B. y su esposa Mary– soportaban como podían la lluvia y el frío del inexistente estío. Para combatir el aburrimiento, se retaron a escribir cada uno una historia de terror. En aquella velada, que se conoce como «la noche de los monstruos», nació el Frankenstein de Mary Shelley, y también El vampiro de Polidori.
   De los cuatro personajes, Emmanuel Carrère se centra en el menos relevante, en el paria, en el fracasado: Polidori, al que encontramos en el Soho londinense, adicto al láudano que le proporciona una joven prostituta llamada Teresa, al borde del suicidio y carcomido por el resentimiento porque cree que Byron se ha apropiado de El vampiro y considera que Shelley le ha robado una idea para escribir Frankenstein.
   Pero Polidori acaso sea un personaje manejado por la pluma de otro escritor, el capitán Walton, que está fraguando una versión alternativa de la historia de Victor Frankenstein en la que su amada Elizabeth desempeña un papel relevante. Esta versión la leerá Ann, que redacta libros para una colección de novela rosa y visita a Walton en un extraño hotel regentado por chinos. Y así se despliega un juego de muñecas rusas, una novela de novelas en la que el relato gótico da paso a la novelita rosa y ésta a la narración detectivesca y a la ciencia ficción, en una adictiva sucesión de sorpresas.

   El título, Bravura, hace referencia a una expresión francesa, un morceau de bravoure, que designa aquel fragmento de una obra en la que el creador despliega todo su virtuosismo. Y la novela es precisamente eso: una exploración de los mecanismos de la narración, una sugestiva indagación en el papel del escritor y también del lector, y sobre todo una propuesta literaria de una inventiva torrencial, que deslumbra y atrapa.”

domingo, 1 de febrero de 2015

"EL BIGOTE", UNA PESADILLA KAFKIANA



El bigote

Emmanuel Carrère

Traducción de Esther Benítez

Editorial Anagrama, Barcelona, 2014, 179 páginas



   Emmanuel Carrère, escritor, cineasta y realizador de televisión es conocido sobre todo por sus novelas no ficcionales cercanas al reportaje novelado. El adversario, Una novela rusa, De vidas ajenas o Limovov. Mas en el haber escritorial del narrador parisino hay un período estrictamente ficcional en el que publicó varias novelas de pura ficción, originadas exclusivamente en su imaginación. Entre ellas, La moustache (1986) que Anagrama nos ofreció en español en el pasado otoño con el título de El bigote en traducción de Esther Benítez.

   El bigote es aparentemente y durante buena parte de su desarrollo una novela limpia, ingenua, costumbrista, “retórica negativa” como se ha escrito, que pretende ser real, aderezada con pinceladas de humor. Difícilmente se le ocurrirá al lector imaginar el inquietante y espeluznante desenlace que convierte a esta pieza en una verdadera pesadilla, una historia de terror con tintes psicóticos.

   El punto de partida desde el que arranca la novela, es una situación disparatada que el protagonista ni comprende ni encaja. El hecho de cortarse el bigote, un hecho nimio, intranscendente, sin que nada advierta ningún cambio ni diga nada. Efectivamente, un hombre, un exitoso arquitecto, que lleva años luciendo bigote, se lo afeita con el propósito de darle una sorpresa a su mujer con la que convive desde hace cinco años. Mas ante la nueva imagen del esposo, ella no reacciona, es más, niega que haya lucido bigote en algún momento. La sorpresa y el desconcierto aumentan en la mente del personaje cuando tampoco sus amigos advierten en él cambio alguno. Y a partir de aquí, a pesar de que Carrère sigue contándonos una historia de amor con sus glorias y flaquezas, todo se complica, porque la broma va a dar lugar a una situación peligrosa. Por las páginas de la novela comienzan a dejarse sentir los vientos de una historia de intriga criminal, un descenso al infierno psicótico, a una delirante paranoia.

   Son esos los vericuetos por los que deriva la narración y que el lector jamás esperaría en un planteamiento inicial aparentemente pueril e intranscendente. Pero Carrère tiene la habilidad de hacernos palpable cómo el hecho de la desaparición de un bigote y la subsiguiente “broma estúpida” desencadenan una verdadera tempestad que se colorea de tintes kafkianos,  se carga  de fantasmas, irracionalidad y horror al más puro estilo gore.   Será en efecto una bárbara sangría la que restaura el equilibrio (“aplacado por la certeza de que ahora todo había terminado, estaba en orden”, página 179).

   Novela profundamente inquietante, con un final espeluznante y sin retorno para poner fin a un vertiginoso naufragio de los racionamientos, originado por una chiquillada de adulto.

   Un narrador omnisciente conduce hábilmente la historia, dosificando la tensión a medida que avanza el relato hasta desembocar  en el brutal desenlace de una demencia cotidiana que surge sin un porqué, y que trastorna la vida de los protagonistas. Narración lineal, sin piruetas estructurales que dificulten la lectura de una historia con inicios triviales y en la que parece que nada va a suceder, pero en la que la maestría narrativa de Emmanuel Carrère, con un discurso ágil, rítmico, va atrapando al lector al que sumerge en los rutas mentales de una persona cuyo centro de gravedad oscila entre la cordura y la locura. Sin apenas darnos cuenta, entramos en la demencial lógica interna del protagonista y, contagiados de su locura, recorremos su calvario hasta el horror absoluto.

   El estilo de la prosa, claro y preciso, propio de un narrador que sabe, no solamente desarrollar la estructura de una historia, sino también contarla, se va acomodando en sus cadencias a las sacudidas emocionales de una trama kafkiana y a la atmósfera  paranoica que se va creando, especialmente en la segunda mitad del relato. El bigote no es la mejor novela de Carrère; quizás tampoco lo sea entre esas novelas secundarias, ficcionales, de las que el escritor parece haber renegado. En mi opinión sobran posiblemente algunas secuencias del delirante periplo asiático al que la demencia conduce al protagonista. La novela es, sin embargo, es una muestra perfecta de cómo, a partir de una broma intrascendente, se puede desembocar narrativamente en el desasosiego de una perturbación absoluta. Emmanuel Carrère es uno de esos  narradores que gozan del don y de acuidad necesaria para lograr ese “milagro narrativo”.



Francisco Martínez Bouzas



                                                     
Emmanuel Carrère

Fragmentos



“Dócilmente, sin pedir explicaciones, ella interrumpió el gesto. Después hablaron, apretados uno contra otro bajo la manta, hasta la madrugada. Ella dijo, aunque él ya lo sabía, que no le estaba tomando el pelo. Lo juró, y él contestó que no tenía necesidad de jurarlo, que estaba seguro de ello, aunque ese tipo de cosas entrara en sus costumbres. En sus costumbres, sí; pero no con él, no así, no esta vez, era preciso que él la creyera, que ella lo creyera. Claro que se creían, ellos se creían de veras, pero entonces, ¿qué creer? ¿Qué se estaba volviendo loco? ¿Qué se estaba volviendo loca? Se apretaban con más fuerza al atreverse a decir eso, se lamían, sabían que era preciso no parar de hacer el amor, de tocarse, si no, ya no podrían creerse, ni siquiera hablar de ello. A la mañana siguiente, si se separaban corrían el riesgo de recomenzar, dudarían de nuevo el uno del otro.”



…..



“Ningún poder del mundo podía defenderlo de esa versatilidad, ni siquiera el ritmo tranquilizador de las travesías en trasbordador, del cual presentía que pronto iba a cansarse. Por lo menos los locos del villorrio, o de los manicomios, tenían como aliado el atontamiento provocado por las medicinas: éste regulaba el péndulo, circunscribía su movimiento, como un trasbordador interior nunca cansado de ir y venir, apaciblemente, en sus cerebros embotados. El motor no estaba gripado, carburaba con las píldoras, las grageas, las cápsulas cotidianas, más seguras aún que las piezas de cincuenta centavos porque siempre había alguien para administrarlas. Se acordaba incluso de la confesión de una aldeana que explicaba ingenuamente al reportero que la ventaja, con aquellos enfermos, consistía en que eran incurables, y por tanto en la seguridad de quedárselos de por vida, de tener hasta su muerte la modesta mina arañada de su manutención. Casi los envidiaba por estar tan descargados de toda responsabilidad, fuera de alcance.”



(Emmanuel Carrère, El bigote, páginas 59-60, 145-146)

miércoles, 1 de octubre de 2014

"UNA SEMANA EN LA NIEVE": EN LOS RECOVECOS DEL ALMA INFANTIL



Una semana en la nieve

Emmanuel Carrère

Traducción de Javier Albiñana

Editorial Anagrama, Barcelona, 2014, 163 páginas



   Emmanuel Carrère (París, 1957) es escritor, guionista y realizador de televisión. Tras varias novelas de pura ficción, se consagró como un extraordinario narrador acercándonos a la figura criminal de Jean-Claude Romand en su novela El adversario, a experiencias vitales de gran dureza –la certeza y la claridad de la vida frente a la brutalidad de la muerte- en De vidas ajenas, o al retrato de Rusia en los últimos setenta años a través del retrato simbólico y paródico de Limonov. Anagrama recupera en este inicio otoñal dos de sus novelas estrictamente ficcionales: El bigote y Una semana en la nieve el libro que comento y valoro en esta reseña.

   Una semana en la nieve no es lo último de Carrère. El original francés, La Classe de niege fue editado en 1995, y es la última obra antes de que Jean-Claude Romand, el “monstruo” de El adversario, aceptara entrevistarse con  el escritor y Carrère se consagrara de forma definitiva a retratar la realidad como en las ficciones, desarrollando ese estilo tan característico que le ha convertido en uno de los escritores más leídos de Francia y de buena parte del mundo. Una semana en la nieve es pues el último libro de un escritor de estilo cristalino, directo,  a veces mordaz, antes de que decidiera moverse fuera de la ficción.

   La novela narra una historia de abuso sexual de un niño, aunque no sólo eso, y fue por ello por lo que en su día recibió el Premio Fémina de 1995. Una obscura tragedia que se interna en las entretelas del alma infantil hasta llevar al protagonista al final de la inocencia. Nicolás, el protagonista, es un niño solitario y sobreprotegido. Sobre él, sobre sus miedos de infancia, construye Carrère una trama en la que, en sus comienzos y buena parte de su desarrollo, parece que nada ocurre, pero el autor logra mantenernos en una permanente expectativa. Una trama que paulatinamente se irá haciendo terriblemente desasosegante porque el lector, a medida que se interna en el desarrollo argumental, intuye que algo sombrío va a acontecer. Es la gran pesadilla que flota sobre una trama de la que tan solo revelaré algún dato.

   El protagonista, Nicolás,  es, como he dicho, un niño apocado que casi siempre está en la luna. Va a pasar con sus compañeros una semana en la nieve para iniciarse en el esquí. Su padre, tan hostil como sobreprotector, decide que su hijo no viajará en el autobús escolar y será él quien lo acerque hasta la estación de esquí, lo que hace que, en un involuntario olvido, las pertenencias del niño queden en el maletero del coche paterno. Este hecho obligará a Nicolás a acercarse al compañero más bravucón del grupo que le presta algo de ropa para dormir. También es con él con quien comparte las pesadillas de los niños robados por traficantes de órganos para extraerles sus jóvenes miembros. Hasta que de repente tiene lugar la tragedia que se estaba mascando: la desaparición, violación y asesinato de un niño de un pueblo vecino. Es el suceso terrible que le llega al lector como un terrible mazazo, pese a que la escritura de Carrère lo iba insinuando poco a poco.

   Desde el punto de vista de los géneros, ésta es una “nouvelle”, estructurada  en treinta y un breves capítulos  en los que el autor, sin mostrar nunca todas sus ases argumentales, mezcla los códigos de la crónica periodística de sucesos con los del relato fantástico. Pero sabe controlar el suspense hasta el clímax  de los capítulos finales. Sin abusar de los recursos narrativos, en una de esas breves secuencias, Carrère  echa mano de una prolepsis que nos deja percibir cómo son los personajes, especialmente Nicolás y Hodkann, el niño bravucón, veinte años más tarde. Pero muy pronto se regresa al presente y el lector tiene la oportunidad de presenciar la tenebrosa y trágica historia que está por venir.

   Prosa clara y precisa que permite intuir el estilo personal y único de un gran narrador, que sabe sobre todo contar una historia. Todo ello en una muestra de la literatura menos conocida y quizás secundaria del escritor. Sutil y turbadora. No solo entretiene, obliga a reflexionar. Y todo esto a pesar de que Emmanuel Carrère reniegue de la misma al abjurar de la ficción, de lo que es solo ficción. Lo que escribía en sus albores  de escritor de novelas.


Francisco Martínez Bouzas





Emmanuel Carrère

Fragmentos



“No se oía ya ruido, pero Nicolás no sabía si los demás dormían. Quizá, por temor a suscitar las iras de Hodkann, fingió hacerlo, y quizá Hodkann también, para sorprender a quien osara infringir la consigna. Nicolás, por su parte, no quería dormir. Temía hacerse pipí en la cama y mojar el pijama de Hodkann. O, peor todavía, traspasar el colchón, al no tener hule, y mojar al propio Hodkann, que estaba debajo de él. El maloliente líquido empezaría a gotear en su cara de tigre, Hodkann arrugaría la nariz, se despertaría, y la que se armaría. La única solución para evitar semejante catástrofe, era no dormirse. Según las manecillas fosforescentes de su reloj, eran las nueve y veinte, y se levantaban a las siete y media, o sea que le quedaba una larga noche por delante. Pero no era la primera vez, estaba entrenado.”



…..



“Este intercambio de palabras desató las lenguas. Maxime Ribotton , dándose importancia, dijo que su padre era partidario de que a los sádicos los condenaran a muerte. Alguien preguntó qué era un sádico, y Maxime Ribotton explicó que llamaban así a la gente que cometía ese tipo de crímenes: violar y matar a niños. Eran monstruos. Nicolás no sabía lo que quería decir violar, y sin duda no era el único, pero no se atrevía a preguntarlo; en cualquier caso, adivinaba que tenía que ver con la cosa sin nombre, entre sus piernas, que era una forma de tortura relacionada con eso, la peor de todas, quizá consistente en cortarla o arrancarla. Le tenía impresionado la seguridad con  la que Maxime Ribotton, de ordinario apático, trataba esos temas. «¡Monstruos!», repetía éste con feroz retintín, como si su padre y él hubieran pescado a uno y se dispusieran, antes de cortarle la cabeza, a torturarlo a su vez.”



(Emmanuel Carrère, Una semana en la nieve, páginas 35, 128)

sábado, 6 de septiembre de 2014

NOVEDADES DE EDITORIAL ANAGRAMA, SEPTIEMBRE 2014



   Como en alguna otra ocasión, la reseña de hoy es solamente informativa, para dar noticias de libros y letras; de novedades editoriales. Es una de las funciones que puede realizar la reseña de un libro. No la que más me apetece, porque de ella estará ausente aquello que es precisamente la esencia de la crítica literaria: la valoración personal, la emisión de un juicio sobre los haberes y deberes de un producto literario. Será en otro momento, tras la lectura responsable de estas cuatro novedades de Anagrama.

   La editorial barcelonesa está demostrando a lo largo de los años que la buena literatura afronta la crisis con mayores garantías que lo meros productos de consumo. Así lo demuestran los dieciséis títulos editados en este mes de septiembre en sus diversas colecciones: cuatro en “Panorama de narrativas”, dos en “”Narrativas hispánicas”; dos así mismo en “Otra vuelta de tuerca”; tres en “Argumentos”, una obra en catalán en “Llibres Anagrama” y finalmente tres en “Compactos”

   La eficacia y responsabilidad, al margen de cualquier circunstancia, del  Departamento de Prensa y Comunicación de Anagrama, me permite tener al alcance de mi lectura, desde ya hace tres días, estos cuatro títulos de los que me complace dar noticia, tomando la mayor parte de la información, aunque de forma resumida, de sus respectivas presentaciones editoriales.



Una semana en la nieve

Emmanuel Carrère

Traducción de Javier Albiñana

163 páginas, Premio Femina



   Nicolas, de ocho años, va a pasar una semana en la nieve. Va a disfrutar, junto con sus compañeros del colegio, de una semana de diversión en una estación de esquí. Es lo que en las escuelas francesas se conoce como semana blanca, que permite que los niños se oxigenen con unas breves vacaciones y rompan por unos días la rutina de las clases. En ese paisaje nevado y gélido, Nicolas conoce a su monitor de esquí y hace un nuevo amigo, el temible Hodkann, el terror de los dormitorios. Pero esos días de diversión tendrán para él mucho de viaje iniciático: el lector no tarda en ir percibiendo que sobre esa semana en la nieve planea una amenaza, un desasosiego difuso, una incertidumbre perturbadora, que se materializará de un modo terrible cuando llega la noticia de que en un pueblo vecino ha sido asesinado un niño...

  Mezclando la crónica de sucesos, el relato fantástico y el inquietante universo de los cuentos de Perrault o los Grimm, Emmanuel Carrère aborda con sutileza y auténtica maestría literaria los temores infantiles, las inseguridades de una etapa en la vida de una persona en la que los miedos pueden convertirse en pesadillas.



Felices los felices

Yasmina Reza

Traducción de Javier Albiñana

191 páginas. Premio Le Monde 2013





   Relaciones extramatrimoniales, tendencias sadomasoquistas, insatisfacciones sexuales y fantasías consumadas, rupturas, decepciones, y, también, finales felices. En su última novela, Felices los felices, Yasmina Reza entreteje con maestría los relatos de las vidas de dieciocho personajes que parecen no tener nada en común. Pero a medida que el lector es hipnotizado por las voces que configuran la trama, irá descubriendo sus inesperadas y sorprendentes interrelaciones.

   Así, la rutina matrimonial de Pascaline y Lionel Hutner se ve interrumpida cuando descubren que la obsesión de su hijo por Céline Dion se ha vuelto patológica. Y, a su vez, su psiquiatra, Igor Lorrain, vive un apasionado reencuentro con un amor de juventud, Hélène, que está casada con Raoul Barnèche, un jugador de bridge profesional capaz de enfurecerse hasta el punto de comerse una carta... Si algo destaca en el estilo de Reza es su habilidad para construir una polifonía melódica, una escritura que se despliega de forma magistral en múltiples variaciones, donde el lector percibe con perfecta claridad la voz de cada uno de sus protagonistas. En esta novela coral la autora francesa abre en canal las almas de sus personajes, que desvelan sus fobias y filias sentimentales y sexuales. Como En el trineo de Schopenhauer, la novela es una cínica, deslenguada y a ratos desopilante disección de la naturaleza humana, pero también una punzante reflexión sobre la brevedad de nuestro paso por la vida, y la importancia de asumir una existencia plena.

 

Niveles de vida

Julian Barnes

Traducción de Jaime Zulaika

143 páginas.



   «Juntas dos cosas que no se habían juntado antes. Y el mundo cambia. La gente quizá no lo advierta en el momento, pero no importa. El mundo ha cambiado, no obstante.» El libro arranca con esta reflexión y en efecto reúne tres historias aparentemente inconexas que acaban mostrando secretos y sutiles lazos. Niveles de vida habla de la aventura de vivir, de los retos imposibles, del amor que todo lo desborda y del dolor de la pérdida. Y lo hace entretejiendo tres piezas independientes. La primera nos habla de los pioneros de la conquista del cielo con los globos aerostáticos y de las iniciales tentativas de fotografías aéreas realizadas por Nadar, aspirando a ser el ojo de Dios. La segunda historia retoma a un personaje de la anterior, el coronel británico Fred Burnaby –bohemio, aventurero y viajero, que murió en Jartum–, del que se relata su pasión por la legendaria actriz Sarah Bernhardt. La tercera parte salta en el tiempo del siglo XIX al XX y de las historias ajenas a la propia: la muerte de su esposa. No es la primera vez que Julian Barnes experimenta con las formas literarias. En este caso la ruptura con la narrativa más tradicional está al servicio de una aventura literaria de gran calado: indagar, huyendo del sentimentalismo, en el dolor causado por la pérdida del ser amado, adentrarse con las armas de la gran literatura en el territorio de la aflicción. El resultado es un libro deslumbrante, que rompe las barrede los géneros y consigue una hondura y una belleza iluminadoras.ras



El bigote

Emanuel Carrère

Traducción de Esther Benítez

279 páginas.



   Un hombre se afeita el bigote que lleva años luciendo. Lo hace en secreto, para darle una sorpresa a su mujer. Pero cuando aparece ante ella con su nueva imagen, la esposa no reacciona. No parece ver en esa cara con que lleva años conviviendo cambio alguno. No parece percatarse de que su marido se ha afeitado. Es más, cuando éste le muestra su perplejidad ante la falta de reacción, ella le asegura que él nunca ha llevado bigote.

   Un gesto en principio sin mucha trascendencia –afeitarse el bigote– se convierte en el punto de partida de una pesadilla kafkiana para el protagonista de esta novela. ¿Es víctima de un juego, de una broma de su entorno más próximo? ¿Se ha vuelto loco y realmente nunca llevó bigote? ¿El mundo se ha confabulado contra él para ponerlo a prueba? ¿Afeitarse el bigote puede lanzarlo a uno al abismo?

   Escrita con un humor negro siempre inquietante, esta novela breve de Emmanuel Carrère –que el propio autor llevó al cine en una película protagonizada por Vincent Lindon– nos muestra un maelstrom que no está en medio del océano sino en la cotidianidad de una ciudad, pero que succiona con la misma fuerza al protagonista. Y lo conduce hasta el apoteósico y espeluznante final de este libro que deja huella. Porque queda avisado el lector: no podrá sacárselo de la cabeza una vez terminado.



Francisco Martínez Bouzas

lunes, 11 de marzo de 2013

EDUARD LIMÓNOV, CARNE DE NOVELA

 
Limónov
Emmanuel Carrère
Traducción de Jaime Zulaika
Editorial Anagrama, Barcelona, 2013, 396 páginas.


   Una y otra vez reitera Emmanuel Carrère que Limónov no es un personaje de ficción, que existe y que él lo conoce. Y no engaña a nadie al novelar la vida de Eduard Veniaminovich Savienko (Dzerzhinsk, 1943), escritor y político, fundador del incatalogable ultranacionalista Partido Nacional Bolchevique, oponente político de Vladimir Putin y aliado o ex aliado del ex campeón mundial de ajedrez, Gary Kasparov en el partido político Otra Rusia. Personaje real que sin embargo parece surgido de la ficción como carne de novela. Personaje vitriólico en un país como Rusia donde el cinismo es religión, maleante fallido, poeta fracasado en su juventud, pequeño proleta, bohemio en los años en los que la sociedad soviética no solo es totalitaria sino también un desmadre. Y hoy en día, uno de los más encarnizados opositores de Putin y Medvédev, por lo que ha sido detenido en numerosas ocasiones en las tradicionales manifestaciones de los días 31 a favor de la libertad de reunión. Y también un escritor de culto, “el más escandaloso de los escritores rusos vivientes y uno de los más importantes novelistas de la Rusia contemporánea”, que ha conseguido vender cientos de miles de ejemplares de sus más de cuarenta poemarios o novelas, pero sin salir de la miseria.
   A la extensa y apasionada peripecia vital de este personaje nos acerca Emmanuel Carrère. Nadie como él para familiarizarnos con una figura desmesurada y estrafalaria como Limónov y regalarnos al mismo tiempo un retrato contundente de la Rusia de los últimos cincuenta años. Para nosotros casi todo lo referente a Rusia nos es ajeno. Emmanuel Carrère, nieto de rusos blancos, está por el contrario empapado de Rusia y lo refleja perfectamente en esta biografía novelada o novela de no ficción, que es a la vez muchas cosas: novela picaresca, de aventuras, retrato del comunismo y del poscomunismo, pieza profundamente metaliteraria que ha sido galardonada en Francia con los premios literarios más importantes (Renaudot, Premio de la Lengua Francesa 2011 y Prix des Prix 2011).
   La historia comienza en la primavera de 1942 en una ciudad a orillas del Volga. Allí viven los padres de Limónov, Veniamin Savienko y Raia Zybin. Al año siguiente, veinte días antes de la capitulación del sexto ejército del Reich, nace Eduard. Es pues un hijo de la victoria, pero su infancia fue acuñada entre los millones de rusos muertos por los alemanes y por las purgas de Stalin. En Ucrania no pasó de ser un gamberro, un maleante fallido que salta de pequeño proleta a bohemio y a aspirante de poeta. En 1967 se traslada a Moscú, junto con Anna, su primera pareja y allí intenta actuar como lo que Stalín denominó “ingenieros del alma”, como poeta que en siete años recorre los circuitos del underground moscovita  y por eso él y su segunda pareja, Elena, emigran a Nueva York. Serán cinco años de envilecimiento en la ciudad de los rascacielos: proletario de lujo con ínfulas de poeta, pero no hay tal poeta sino un mendigo perdido en Manhattan, chapero que se deja encular  por negros, ayuda de cámara de un multimillonario. Lo encaja todo: rechazo de los editores, trabajos de mierda, chicas de categoría E… Más tarde, escritor de moda en París a raíz del éxito de su novela, El poeta ruso prefiere a los negrazos, con acceso a las mujeres de clase A y a los círculos de homosexuales. En todos estos avatares interpreta a la perfección el papel de rufián encantador. Pero es así mismo una época de intensa producción literaria: libros buenos, directos, escandalosos quizás, pero llenos de vida.
   Soldado perdido en los Balcanes defendiendo a las minorías servias. Y de nuevo en Moscú viviendo intensamente la caída del comunismo y el desmadre del poscomunismo, convertido en el escritor favorito y en el héroe de la vida real de miles de jóvenes con el porvenir totalmente obstruido. Vendrá después el encarcelamiento en Lofórtovo, en Sarátov y en el campo de concentración de Engels, la inesperada liberación y la oposición radical a Putin.
   Carrère confiesa que Limónov se ve como un héroe y se le puede considerar un canalla. Es por ejemplo un ávido seductor de adolescentes, pero profundamente monógamo. El mismo autor confiesa que, mientras escribía el libro, hubo períodos en los que detestaba a su personaje, hasta que la profesora Olga Mátich, una rusa blanca profesora de literatura en Berkeley, le convence de que Limónov es un tipo decente: mezcla de honradez y sentido común, desconfianza hacia las grandes palabras y respeto de la palabra dada, apreciador realista de las situaciones y atención al prójimo.
   No cabe duda de que Carrère escribió sobre Limónov porque su héroe / antihéroe tuvo una vida apasionada, peligrosa, “una vida que ha arrastrado el riesgo de participar en la historia” (página 392). Pero su libro transciende al personaje y se convierte en retrato de la sociedad rusa, sobre todo en los tiempos de Breznev, Gorvachov, Yeltsin y Putin. Describe perfectamente Emmanuel Carrère la efervescencia rusa, la implantación de la economía liberal, cómo se amasaron las grandes fortunas rusas bajo Yeltsin. Y nos muestra así mismo la Rusia actual en la que los oligarcas lo poseen absolutamente todo. Y el impacto desmedido entre la gente al ver como el mercado sustituye en unos meses a la dictadura del proletariado como único horizonte de porvenir.
   En el relato del escritor francés el lector no ajeno a la metaliteratura hallará un nuevo aliciente, porque la novela no solo ensaya el retrato de un personaje inverosímil, sino que novela a un escritor. En efecto, Carrère explota la faceta de escritor de Limónov, aunque no sea la única. Su lucha titánica desde la adolescencia por convertirse en poeta, sus arrebatos a la hora de escribir, su método escritural, su disciplina espartana cuando tocaba  coger la pluma en los años de cárcel, donde, por ejemplo escribió El libro del agua que estuvo en la shortlist del Booker Prize, su batalla con los editores. Por la novela además desfilan como actantes con suficiente relieve la mayoría de los escritores rusos del pasado siglo: Maldelsatam, Tsvietáieva, Evtushenko, Pasternak, Brodsky, Simiavski, Yuli Daniel, Solzhenitsyn. Todos ellos son en buena medida personajes prototípicos de la novela.
   Limónov es seguramente el libro más complejo de Emmanuel Carrère. Fruto de un gran trabajo de documentación, su peripecia autorial en este caso es mucho más arriesgada y ardua  que en anteriores obras del escritor francés, que de una forma precisa, aunque repleta de detalles y sutiles matices y con una tonalidad periodística rebosante de frases secas y densas, nos ofrece una materia prima inestimable: el devenir vital de un hombre que se ve como un héroe, al que muchos consideran un cabrón y al que el escritor francés no se atreve a juzgar.

Francisco Martínez Bouzas





Fragmentos

“Por un millón de espabilados que gracias a la «terapia de choque» empezaron a enriquecerse frenéticamente, ciento cincuenta millones de remolones se hundieron en la miseria. Los precios seguían aumentando sin que subieran los sueldos. A un ex oficial del KJB como el padre de Limónov apenas le alcanzaba la pensión para comprarse un kilo de salchichón. Un oficial de rango más alto, que había empezado su carrera en los servicios de información en Dresde, en Alemania del Este, una vez repatriado de emergencia porque ya no existía Alemania oriental, se encontró sin empleo ni alojamiento pagado, y tuvo que trabajar de taxista sin licencia en su ciudad natal, Leningrado, maldiciendo a los «nuevos rusos» con tanta crudeza como Limónov. Este oficial no es una abstracción estadística. Se llama Vladímir Putin, tiene cuarenta años, piensa como Limónov que el fin del imperio soviético es la catástrofe más grande del siglo XX y está llamado (entre otros) a desempeñar un papel nada desdeñable en la última parte de este libro.”

…..

“He querido avisar a Natasha, pero no contesta al teléfono. Eduard llega temprano, llama a la puerta, espera un minuto -a su manera es un chico educado- y después abre con su llave. La encuentra desplomada de través en la cama, rodeada de botellas vacías y ceniceros llenos. Ronca fuerte, borracha perdida. La habitación debe de llevar varios días sin ventilar: huele mal. Deposita su bolsa y sin hacer ruido se pone a ordenar. Natasha abre un ojo. Se incorpora sobre un codo, mira lo que él hace. Con la voz pastosa dice: «Luego me echas la bronca, primero fóllame». Él se sube a la cama, se hunde en Natasha. Se agarran mutuamente como náufragos. Después del amor, ella le dice que ha pasado tres días sin salir del estudio, dejándose cepillar por dos desconocidos.”

…..

“El verano anterior, antes de partir a Altai, apremiantes necesidades de dinero le empujaron a terminar en un mes ese Libro de los muertos que tan útil me ha sido. Al trazar el retrato de personas famosas o desconocidas, ya fallecidas, con las que se había cruzado, evocaba sus propios recuerdos, según le venían, y  a pesar de la imposición de cumplir los plazos y escribir más de veinte páginas al día, el ejercicio le satisfizo tanto que en la cárcel le apeteció hacer algo parecido. Como Georges Perec podría haber confeccionado la lista de las camas donde había dormido; al igual que Don Juan, la de las mujeres con las que se había acostado, o incluso, como buen dandy, contar la historia de algunas de sus costumbres. Eligió las aguas: mares, océanos, ríos, lagos, estanques y piscinas. No necesariamente aguas donde se había bañado, aunque se hubiera prometido hacerlo, desde que aprendió  a nadar…El libro no sigue ningún plan cronológico ni geográfico, pasa según el humor del momento de una playa de la Costa Azul, donde observa nadar a Natasha,  aun baño en el río Kubán con Zhirinovski…”

(Emmanuel Carrère, Limónov, páginas 275, 298-299, 353-354)