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viernes, 3 de noviembre de 2017

EL MÁGICO UNIVERSO INFANTIL DE LILUS KIKUS

Lilus Kikus
Elena Poniatowska
Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 83 páginas
(Libros de fondo)

   
   Con Linus Kikus, un libro de cuentos, se inició en la literatura Elena Poniatowska (París, 1933). La capacidad fabuladora de esta mujer parece no tener fin. Helène Elizabeth Louise Amélie, Paula, Dolores Poniatowska Amor nació princesa, pero tras renunciar a títulos, nombres y apellidos, ha ejercido a lo largo de su vida como periodista y apasionada escritora de literatura testimonial del México del pasado siglo, dándoles voz a los sin voz, prestándoles sus palabras y sus fantásticas imposturas a muchas mujeres a las que admira o con las que se conduele. Mas, como digo, Elena Poniatowska se inicio en la escritura retratando el mágico universo infantil con este material de cuentos que es Linus Kikus  que comenzó a comercializarse en 1954 editado por Los Presentes y traducido a numerosas lenguas. Un trabajo que la creadora de La noche de Tlatelolco, Tinísima, Leonora o Dos veces única, su última novela, construyó recibiendo el aliento y la inspiración de su propia infancia.
   En los doce capítulos o secciones que componen este libro breve pero hermoso, se narran las vivencias que brotan en el interior o en el exterior de la niña Lilus Kikus, vivencias que le permiten ir descubriendo el mundo: lo más sencillo y las experiencias que, con frecuencia, da la impresión de que corren paralelas a sus sueños. Cada capítulo es en efecto una vivencia nueva para Lilus Kikus que va descubriendo la existencia, pero somos realmente los lectores que también la descubrimos a través de ella, captando lo que es tan obvio y que sin embargo nos cuesta percibir. Lo captamos con la lectura de Lilus Kikus a través del prisma de las experiencias de esta niña que nos obligan a contemplar lo más sencillo, lo que suele estar a nuestro lado pero que generalmente pasa inadvertido.
   Lilus, medio teatrera, exploradora, niña de arena, de yodo, de sol y viento, siempre soñadora, observa con los cinco sentidos los lugares en los que se encuentra, las actitudes de las personas y llega a  conclusiones que casan con  lo que entiende o se imagina. Pero Lilus también formula, con sus “inocentes” preguntas, críticas y soluciones a los problemas cotidianos que suceden en el México en el que vive. Así, por ejemplo, al escuchar los gritos de los manifestantes en unas elecciones apelando al pueblo, Lilus piensa en el pueblo, pero ¿dónde está el pueblo?
   
                                            
Portada de la primera edición de Lilus Kikus

   

   A lo largo de los relatos, Elena Poniatowska nos acerca a las actividades que hace Lilus. Contempla pajaritos ciempiés, hormigas, va a un concierto, a la playa de Acapulco donde sueña que tiene marido, un marido tan serio como un funcionario. Mas Lilus no hace nada cuando nada tiene que hacer y considera que las  tontas son las personas más encantadoras del mundo. También -he aquí su sabia ingenuidad-  se hace “grandes” heridas para cobrar por enseñarlas. Y no solamente es Lilus el personaje más atrayente; también lo son una compañera del colegio, una chica  que se inició muy pronto en la vida, o un vecino que se las da de filósofo, que pasa su vida metido entre libros y Lilus se pregunta por qué no disfruta del mundo, de la naturaleza.
   Los pensamientos de la niña amalgaman simplicidad, inocencia, profundidad o extrañeza, pero también un profundo sentido crítico sobre política, amistad o religión. Así como una cierta inclinación religiosa que provoca que, en el último capítulo, Lilus ingrese en un convento, donde se pone al corriente sobre la Virgen, le explican lo qué es la honorabilidad, y también a esperar, tendida en el lecho, a su futuro marido, paciente y sumisa.
   Una narradora omnisciente salta, sin continuidad de un episodio de la vida de Lilus a otro. Con todo, cada experiencia de la niña se convierte en un revulsivo que nos incita a pensar. Una forma de narrar mágica, a pesar del empleo de una lengua coloquial, que hace explotar la inmensa curiosidad de un personaje infantil que es capaz de poner orden en el mundo sin hacer prácticamente nada. Solamente divagando y observando lo que sucede a su alrededor.




                                                
Elena Pniatowska

Fragmentos

I. Los juegos de Lilus

"Lilus Kikus... Lilus Kikus... ¡Lilus Kikus, te estoy hablando!"
Pero Lilus Kikus, sentada en la banqueta de la calle, está demasiado absorta operando a una mosca para oír los gritos de su mamá. Lilus nunca juega en su cuarto, ese cuarto que el orden ha echado a perder. Mejor juega en la esquina de la calle, debajo de un árbol chiquito, plantado en la orilla de la acera. De allí ve pasar a los coches y a las gentes que caminan muy apuradas, con cara de que van a salvar al mundo...
Lilus cree en las brujas y se cose en los calzones un ramito de hierbas finas, romerito y pastitos; un pelo de Napoleón, de los que venden en la escuela por diez centavos. Y su diente, el primero que se le cayó. Todo esto lo mete en una bolsita que le queda sobre el ombligo. Las niñas se preguntarán después en la escuela cuál es la causa de esa protuberancia. En una cajita, Lilus guarda también la cinta negra de un muerto, dos pedacitos grises y duros de uñas de pie de su papá, un trébol de tres hojas y el polvo recogido a los pies de un Cristo en la iglesia de Nuestra Señora de la Piedad.
Desde que fue al rancho de un tío suyo, Lilus encontró sus propios juguetes. Allá tenía un nido y se pasaba horas enteras mirándolo fijamente, observando los huevitos y las briznas de que estaba hecho. Seguía paso a paso, con gran interés todas las ocupaciones del pajarito: "Ahorita duerme... al rato se irá a buscar comida". Tenía también un ciempiés, guardado en un calcetín, y unas moscas enormes que operaba del apéndice. En el rancho había hormigas, unas hormigas muy gordas. Lilus les daba a beber jarabe para la tos y les enyesaba las piernas fracturadas. Un día buscó en la farmacia del pueblo una jeringa con aguja muy fina, para ponerle una inyección de urgencia a Miss Lemon. Miss Lemon era un limón verde que sufría espantosos dolores abdominales y que Lilus inyectaba con café negro. Después lo envolvía en un pañuelo de su mamá; y en la tarde atendía a otros pacientes: la señora Naranja, Eva la Manzana, la viuda Toronja y don Plátano. Amargado por las vicisitudes de esta vida, don Plátano sufría gota militar, y como era menos resistente que los demás enfermos, veía llegar muy pronto el fin de sus días.
Lilus no tiene muñecas. Quizá su físico pueda explicar esta rareza. Es flaca y da pasos grandes al caminar, porque sus piernas, largas y muy separadas la una de la otra, son saltonas, se engarrotan y luego se le atoran. Al caerse Lilus causa la muerte invariable de su muñeca. Por eso nunca tiene muñecas. Sólo se acuerda de una güerita a la que le puso Güera Punch, y que murió al día siguiente de su venida al mundo, cuando a Lilus Kikus se le atoraron las piernas.”

…..

IV. El cielo

“A Lilus le preocupa cómo entrar en el cielo. No es ninguna hereje. Sabe que el cielo es un estado, un modo de ser, y no un lugar y... Pero siempre, desde chiquita, pensó que Nuestro Señor está más allá de las nubes. Allá arriba. Y que para llegar hasta Él tiene uno que ser avión, ángel o pájaro. A medida que el pájaro Lilus iría subiendo por el cielo, Dios iba mirándolo. Y en cierto punto de su vuelo, la mirada de Dios era tan intensa que bastaba a convertirla en paloma de oro, más bella que un ángel.
Desde el día de su primera comunión, Lilus pensó que Nuestro Señor bajaba a su alma en un elevadorcito instalado en su garganta. Nuestro Señor tomaba el elevador para bajar al alma de Lilus y quedarse allí como en un cuarto que le gustaba. Para que le gustara, ella tenía que prepararle una habitación bien amueblada. Los sacrificios de Lilus componían el ajuar. Un sacrificio grande era el sofá, otro la cama. Los sacrificios chicos eran solamente sillones, vasos de flores, adornos o mesitas.
Una semana en que Lilus se dejó ir por completo, Nuestro Señor bajó al cuarto de su alma y lo encontró todo vacío. Tuvo que sentarse en el suelo, y que dormir en el suelo.
Pero así como se queda uno impregnado de alguien, después de que ese alguien se va, así se quedaba Lilus, llena de Nuestro Señor, que había bajado a su alma en un elevadorcito...”

…..

XI. La amiga de Lilus

Lilus tenía una amiga: Chiruelita. Consentida y chiqueada. Chiruelita hablaba a los once años como en su más tierna infancia. Cuando Lilus volvía de Acapulco, su amiga la saludaba: ¿Qué tal te jué? ¿No te comielon los tibulonchitos, esos felochíchimos hololes?
Semejante pregunta era una sorpresa para Lilus, que casi se había olvidado del modo de hablar de su amiga, pero pronto se volvía a acostumbrar. Todos sus instintos maternales se vertían en Chiruela, con máxima adoración. Además, Lilus oyó decir por allí que las tontas son las mujeres más encantadoras del mundo. Sí, las que no saben nada, las que son infantiles y ausentes... Ondina, Melisenda...
Claro que Chiruelita se pasaba un poco de la raya, pero Lilus sabía siempre disculparla, y no le faltaban razones y ejemplos. Goethe, tan inteligente, tuvo como esposa a una niña fresca e ingenua, que nada sabía pero que siempre estaba contenta.
Nadie ha dicho jamás que la Santísima Virgen supiera algo de griego o latín. La Virgen extiende los brazos, los abre como un niño chiquito y se da completamente.
Lilus sabe cuántos peligros aguardan a quien trata de hablar bien, y prefiere callarse. Es mejor sentir que saber. Que lo bello y lo grande vengan a nosotros de incógnito, sin las credenciales que sabemos de memoria...
Las mujeres que escuchan y reciben son como los arroyos crecidos como el agua de las lluvias, que se entregan en una gran corriente de felicidad. Esto puede parecer una apología de las burras. Pero ahora que hay tantas mujeres intelectuales, que enseñan, dirigen y gobiernan, es de lo más sano y refrescante encontrarse de pronto como una Chiruelita que habla de flores, de sustos, de perfumes y de tartaletitas de fresa.
Chiruelita se casó a los diecisiete años con un artista lánguido y maniático. Era pintor, y en los primeros años se sintió feliz con todas las inconsecuencias y todos los inconvenientes de una mujer sencilla y sonriente que le servía té salado y le contaba todos los días el cuento del marido chiquito que se perdió en la cama, cuento que siempre acaba en un llanto cada vez más difícil de consolar.
Pero un día que Chiruelita se acercó a su marido con una corona de flores en la cabeza, con prendedores de mariposas y de cerezas en las orejas, para decirle con su voz melodiosa: "Mi chivito, yo soy la Plimavela de Boticheli. ¡Hoy no hice comilita pala ti!", con gesto lánguido el artista de las manías le retorció el pescuezo.”


(Elena Poniatowska Lilus Kikus, capítulos primero, cuarto y undécimo)

lunes, 14 de noviembre de 2016

LUPE MARÍN: BIOGRAFÍA Y FICCIÓN DE LA MUJER SALVAJE DE OJOS TAPATÍOS



Dos veces única
Elena Poniatowska
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2016, 414 páginas

   Como hiciera con Josefina Bórquez, Jesusa Palancares en Hasta no verte Jesús mío, con Tina Modotti en Tinísima, con Angelina Beloff en Querido Diego, te abraza  Quiela o con Leonora Carrington en Leonora, Elena Poniatowska, ella misma una leyenda en el México mítico post revolucionario, ha rescatado del olvido a personajes dejados de lado en el gran teatro de la Historia. En su última novela, Dos veces única, le presta su voz y sus fantásticas imposturas a otra mujer, Lupe Marín, esposa primero del pintor Diego Rivera y más adelante del químico y poeta Jorge Cuesta. En una novela apasionada, como suelen ser todas las suyas, la hija de un príncipe polaco y de una mujer mexicana rescata en efecto a esta mujer olvidada, dueña de una intensísima vida entre los personajes más relevantes de la intelectualidad mexicana del siglo XX, y no carente de voz porque ella misma publicó dos novelas literaturizando su relación con Diego Rivera y con su segunda pareja, el poeta suicida Jorge Cuesta.
   La novela, otra amalgama de géneros, de biografía y ficción, es a la vez el retrato de una mujer que se siente doblemente única, y la crónica de un país que respira  a través de las leyendas, un enorme mural literario de México en buena parte del pasado siglo. También otra intensa mitificación de una mujer mexicana de arrolladora personalidad, libre, pero ensombrecida y “tragada” por completo por Frida Kahlo. Retrato descarnado, sincero en lo bueno y en lo malo, y sobre todo, muy substancioso de  Lupe Marín, la indómita fiera de ojos tapatíos, la única, la dos veces única, porque solo ella y ninguna otra mujer de las cuatro, sin contar las amantes, que tuvo Diego Rivera se caso con el pintor por la ley civil y eclesiástica y la que le dio dos hijas.
   La imperiosa necesidad de escribir esta biografía-ficción de Lupe Marín y el fresco del rompecabezas mexicano, surge de una entrevista que Elena Poniatowska realizó en 1976 a Lupe Marín, mientras cosía con su máquina Singer para la alta sociedad mexicana. Antes y después, otras entrevistas con sus hijos, nietos y otras personas que la trataron y amaron. De esas conversaciones nace en la escritora la necesidad de documentar un país por medio de otro de sus personajes, en sí mismo, un “territorio florido y contradictorio”.
   En una trama que explota en mil direcciones, Elena Poniatowska no escribe la biografía de Guadalupe Marín, fabula la vida de una persona tan potente como paradójica, que se convierte en personaje protagónico de la novela. Pero, al contrario de lo que suele ocurrir, la escritora mexicana no solamente centra su interés en su mundo interior, en la percepción de la existencia de Lupe Marín. Recupera también su universo externo, hasta el punto de convertir Dos veces única en un grandioso mural de un país como México en buena parte de la pasada centuria. El debilitamiento de las barreras entre géneros hace posible que podamos considerar la novela de Elena Poniatowska historia más ficción, literatura  de hechos o “Nonfiction”, como se la ha denominado en Norteamérica.
   Ese personaje de arrolladora personalidad, rescatado del olvido, la guadalupense Lupe Marín había decidido, desde el primer encuentro con Diego Rivera, que viajaría a la capital del país para enamorar a la montaña alta y gruesa con manos diminutas y casarse con él. Y así lo hizo la jalisciense, logrando incluso casarse por la Iglesia, porque, por ser ateo el muralista, nada le importa. Ella, alta delgada, morena, con ojos de sulfato de cobre verdes-azules, les gana la partida a su madre y hermanas porque ha conquistado al hombre más famoso de México, el “Gran Panzón” como ella le llama. Pero muy pronto se da cuenta de que la vida junto a Diego Rivera está lejos de ser el paraíso soñado; y, aunque le gusta brillar con la luz refleja de la celebridad del marido con el que tiene dos hijas, muy pronto surgen los enojos, la quemazón de los celos. Diego, absorto en su pintura, solo le hace el amor al mural y además anda “pirujeteando” con cualquier mujer que se pone a su alcance, especialmente con la fotógrafa italiana Tina Modotti que se convierte en la gran pesadilla de Lupe. El viaje a Rusia de Diego Rivera en 1927 para celebrar el décimo aniversario de la Revolución, pone fin a la relación matrimonial. Lo abandona, mas pronto se siente halagada por el ingenio y la sagacidad del  químico y poeta Jorge Cuesta. Le importa saberse deseada por este hombre atormentado y, aunque le aterran sus cambios de humor, sus súbitos silencios, su sentido absoluto de la perfección, se une a él. Mas la vida con el químico, el Alquimista, es un pozo de tedio. Se siente sola y desplazada, especialmente en el campo de Potreros que devora ideas y sentimientos. Con Jorge Cuesta pronto será prieta y gritona. Pare un hijo al que no quiere, al que nunca querrá, del que nunca habla, hasta el punto de que Jorge Cuesta se pregunta si recordará que dio a luz. Una relación tormentosa que concluye de forma trágica y definitiva, cuando Jorge, en su desesperación, creyendo estarse convirtiendo en mujer, intenta con un picahielo reventar sus testículos. Poco después, internado en un sanatorio psiquiátrico, se suicida colgándose con las sábanas de los barrotes de la cama.
   La ficción de Lupe Marín no termina aquí. El libro recorre las vidas de de Diego Rivera, de Jorge Cuesta, incluso después de las separaciones; las de sus hijas, también la de su hijo al que siempre odió y rechazó. Y plasma, en una narración rica en detalles, el México del siglo XX, un hervidero de personajes como los Contemporáneos, los únicos que leen libros; el decreto de expropiación petrolera, firmado por el presidente Lázaro Cárdenas que devolvía a México el petróleo explotado por la Standard Oil y la Shell, disfrazadas con nombres mexicanos; el arribo a México de Trotski, su estancia y atentado en la Casa Azul; las experimentaciones que hace Jorge Cuesta en su cuerpo con una droga alucinógena en 1942 y que años más tarde se conocerá como LSD…, en fin, la masacre de estudiantes en Tlatelolco.
Retrato de Lupe Marín por Diego Rivera
  
 El perfil que Elena Poniatowska brinda de Lupe Marín, poco tiene de complaciente. Retrata sus luces y sus sombras. Jamás se amilanó, ni doblegó ante sus parejas; nunca aceptó el papel de la abnegada madrecita mexicana que aguanta las infidelidades del marido y también sus golpes. Al contrario, era ella la que le lanza porrazos y bofetadas a Diego Rivera. Pero al mismo tiempo es carne viva demandante de cariño, maternal con el muralista al que le lleva la comida al andamio. Nunca fue culta pero leyó mucho y siempre estuvo a la altura de sus parejas, especialmente del “Gran Panzón”. Llegó incluso a publicar dos novelas (La Única y Un día patrio). Mujer de arrolladora personalidad, una fiera de ojos verdes que, al contrario de Angelina Beloff (una “toalla mojada”), jamás se inmoló. Un amasijo de contradicciones que no conoce los remordimientos, ni el alcance de sus hechos y de sus palabras: fue capaz de levantar la enagua de Frida Kahlo en la celebración del matrimonio con el pintor y gritar: “miren por qué par de piernas me cambió Diego Rivera”. Y sin embargo, será asidua de la Casa Azul con sus antojitos culinarios para la pareja.
   Pero en lo que más insiste la escritora es en la carencia de instinto maternal de Lupe Marín: le estorbaba la vida que crece dentro de ella, y ocuparse de sus hijas y especialmente de su hijo, le parece falso. Lo hará, no obstante con sus nietos, con intensa dedicación. A lo largo de los años se apagan sus impulsos y la que era una bruta que enamora a Diego Rivera, terminará transformándose en una mujer de mundo, convencional.
   La técnica con la que Elena Poniatowska recrea acontecimientos y vidas, es una hibridación de realidad y ficción: narra acontecimientos reales o inventados, imaginándolos a partir de sus propias experiencias, o recuperados de numerosas entrevistas y de un minucioso trabajo de investigación bibliográfica, y después los rellena con diálogos, sostenidos, al igual que los textos descriptivos y narrativos, en una lengua fuerte, incontenible y con frecuencia arrebatadora, a la vez que maneja con absoluta soltura los registros del español de México. Altísima literatura, con grandes historias entre lo cotidiano y lo insólito, que no debería dejar de leer quien desee conocer la personalidad arrebatadora y tempestuosa de una mujer en el teatro de un país post revolucionario, tan legendario como tormentoso.

Francisco Martínez Bouzas

                                               
Elena Poniatowska
  
Fragmentos

“Adentrarse en la geografía de Lupe Marín es recuperar la Revolución y sus armas calientes, el costurero con su Singer, sus hilos y agujas, los arrayanes, el vértigo de los Contemporáneos, al gran Lázaro Cárdenas y su heroica expropiación petrolera. Es caminar por el mercado de la Merced e ir  a pie al Monte de Piedad del Zócalo y a la Secretaría de Educación en la calle de Argentina, en el centro histórico. Es abrir la puerta del impresionante despacho de Narciso Bassols y su educación socialista, asomarse al balcón del palacio Nacional bajo el estallido de los cohetes y los fuegos de artificio, esquirlas de luz en la noche del Grito cada 15 de septiembre. Inclinarse sobre Lupe es descifrar la biblia en los murales de los Tres Grandes pero también el dios mineral de Cuesta de la mano de José Gorostiza y el «torpe andar a tientas por el lodo» de su muerte sin fin. Lupe canjeó los brazos de un gigante subido en andamios por los de un desesperado poeta y alquimista que se movía -como el mismo escribe- en «raquítico medio intelectual».”

…..

“Al principio, Lupe le preguntaba cuántos metros cuadrados había pintado pero pronto abandonó su interrogatorio porque Diego llegaba exhausto y farfullaba: «Hoy pinté seis metros» y caía dormido apenas ponía la cabeza en la almohada. Al menos antes, cuando pintaba solo un metro, le ofrecía ir a ver a Carlos y Dalila Mérida o  a los gringos Tina y Edward Weston, pero ahora solo quiere dormir.
-¿Y cuándo vamos a hacer el amor?
-Por lo pronto solo le hago el amor al mural
(…)
Diego le cede en todo a Lupe. Angelina Beloff, la rusa se inmolaba, dispuesta al sacrificio; Diego, cuchillo en mano, le cortaba un dedo, una oreja; en cambio, Lupe busca lo suyo. No es solo la esposa ni la compañera ni la madre, sino una carne viva y demandante. Su pura subjetividad exige más que la de Angelina y la de la fogosa Marievna Vorobiev  Stebelska, rival de Angelina en París, que la de Rivas Cacho saciada por el público. La noche en blanco de los primeros días se prolonga y Diego se atemoriza ante la exigencia de su mujer. De ponto, al hacer una calca, se sorprende pintando a Lupe con un puñal. Lupe lo trastorna y el único trance en el que quiere vivir es en el de su pintura”

…..

“En la noche, sola en su cama, Lupe piensa que ese miembro que Jorge quiso cortarse estuvo dentro de ella, es parte de su cuerpo y que el sufrimiento debió ser terrible. Aunque no quiere visualizarlo atentando contra de  sí mismo, la hostiga la imagen de Jorge mutilándose. ¡Qué inmenso desorden es la vida! La sangre de Jorge la persigue y Lupe no comprende cómo Lafora le permitió salir de la clínica después de todo lo que le contó. A ella le consta que Jorge es una enciclopedia viviente, sabe más de los que hay en los libros, es superior a cualquier médico. Desde joven se la pasa inyectándose para el progreso de la ciencia. Huxley lo consulta, muchos extranjeros vienen a México a buscarlos y sus conocimientos son superiores a los de Lafora. Lupe es un amasijo de contradicciones y no tiene conciencia del efecto de su acusación. Insiste en que Jorge no solo sabe de enfermedades mentales, sino de la castración intelectual porque también su espíritu crítico lo castró.”

(Elena Poniatowska, Dos veces única. Páginas 11-12, 50-51, 235-236)

sábado, 4 de octubre de 2014

MENSAJES DE AMOR INTRANSITIVO



Querido Diego, te abraza Quiela

Elena Poniatowska

Editorial Impedimenta, Madrid, 2014, 96 páginas



    
  La escritora mexicana Elena Poniatowska, que ha logrado los más importantes premio de las literaturas latinoamericanas (el Alfaguara de Novela, el Rómulo Gallego, el Premio Biblioteca Breve, entre otros muchos), y también el Premio Cervantes 2013, acostumbra tejer sus relatos o novelas a partir de hechos y circunstancias reales, de los que extrae los temas para sus fabulaciones.  En efecto, la hija de una mexicana y de un polaco ha dado voz en las páginas de sus obras a los sin voz de su país. Tal es el caso de Josefina Bórquez, en la ficción Jesusa Palancares de Hasta no verte Jesús mío (1969), una lavandera y medium que participa en la revolución mexicana y le permitió a la escritora conocer la verdadera pobreza del México real. Pero la periodista, dramaturga y narradora también le ha prestado su voz a otras mujeres no mexicanas a las que admira. Una de esas mujeres fue Angelina Petrova Belova, más conocida como Angelina Beloff, exiliada rusa en Francia, pintora y pareja sentimental durante diez años del muralista mexicano Diego Rivera.

   En la existencia del pintor, Angelina Beloff ocupó siempre un espacio minúsculo. Ella, no obstante, fu su primera mujer y con ella Tuvo Diego Rivera un hijo en 1916 que fallecería un años después. Su vida al lado del artista, y especialmente después del regreso de éste a su país, fue muy amarga y dolorosa en aquel París, helado, gris y pobre de posguerra. El mismo Diego llega a confesar: “Angelina me dio todo lo que una mujer le puede brindar a un hombre. Al contrario, ella de mi recibió toda la miseria que un hombre le puede infligir a una mujer”. Diego Rivera marcha de París en 1921 y Angelina comienza a escribirle cartas que nunca obtendrán respuesta.

   Elena Poniatowska recrea el ficticio epistolario que tiene su origen en Angelina. Un epistolario basado no obstante en restos de escritura histórica de la propia Angelina Beloff. La dimensión temporal de la comunicación, si así se puede llamar, se extiende desde el 19 de octubre de 1921 hasta el 22 de julio de 1922. Diez meses sin tener noticias de Diego. Ni una sola línea. Solamente remesas de dinero. Intercambio de palabras de amor por monedas, hecho que contradice la simetría de los sujetos emisor y receptor. En la única carta no apócrifa, la que escribe Angelina  el 22 de julio y tomada por Poniatowska de la biografía que del muralista mexicano escribió B. Wolfe, la pintora rusa le dice que preferiría una sola línea al dinero, pero sobre todo preferiría su amor.

   Se trata pues de un caso patente de amor no correspondido, de amor intransitivo. Quiela se encuentra alojada en la más absoluta carencia: del hijo, del calor, del dinero, de su amante. Su voz melancólica se convierte en la escritura de Elena Poniatowska en una parodia del sufrimiento resignado a través de la pasividad. E incluso llega rendirle un culto poco menos que fetichista a los pinceles del pintor (“…querido Diego, tus pinceles se yerguen en el vaso, muy limpios como a ti te gusta. Atesoro hasta el más mínimo papel en el que has trazado una línea”, pagina 9).

   A lo largo de la correspondencia recreada en forma de ficción, las sacudidas amorosas muestran un carácter cambiante. Existe, sin embargo un denominador común que atraviesa estas cartas: el recuerdo nostálgico  y doliente y la imagen idealizada del amante ausente, del que nunca recibe respuestas, pero al que incluso le pide permiso y perdón por haberlo substituido por la pintura, por crear un espacio propio que ocupe el del otro. Desde las primeras líneas, Quiela se muestra como una mujer alienada; ocupa el lugar de la no-existencia frente a la evocación de la figura gigantesca de Rivera que alimenta la sociedad patriarcal mexicana. Diego Rivera encarna el modelo del artista revolucionario, el macho mestizo de desbordante sexualidad, que exige mujeres “mexicanas” de perfiles exóticos (Frida Kahlo, Lupe Marín). Frente a ellas la “dulce” y “desfallecida” Angelina es la extranjera, vinculada además a un período gris de la pintura de Rivera en la “obscura” y bárbara Europa. Así pues, en la recreación de su personalidad, asentada en la biografía del personaje histórico, Quiela, la lánguida mujer azul, tal como la pintó Rivera, se identifica con los trazos atribuidos  al perpetuo estereotipo femenino: sumisión, dulzura, dependencia, impotencia, melancolía, bondad, entrega absoluta. No es de extrañar por lo tanto que el libro haya sido atacado por la crítica feminista.

Angelina Beloff, retratada por Diego Rivera
   El desenlace de esta novela-epistolario fragmentaria es ciertamente cruel. Sabemos, gracias a la Nota final, que Angelina viajó a la tierra que tanto anhelaba. Mas allí no buscó al muralista, y cuando se cruzó con él en un teatro, Diego Rivera pasó a su lado sin reconocerla. El amor incomprendido aguijonearía  los últimos días de la pintora. Su dolor obsesivo, su melancolía, sus nostalgias fueron recreadas con mano maestra y un estilo de gran calidad poética, huyendo no obstante del lirismo gratuito, por una de las principales escritoras mexicanas en esta ficción que demanda ser leída como verdad.

   La fuerza emocional del libro y la calidad de la prosa que encierra, han hecho que Impedimenta haya puesto en las librerías ya la cuarta edición de un libro publicado en enero de este año, parco en páginas pero no en altísima literatura.


Francisco Martínez Bouzas



                                                     
Elena Poniatowska

Fragmentos



19 DE OCTUBRE DE 1921


“En el estudio todo ha quedado igual, querido Diego, tus pinceles se yerguen en el vaso, muy limpios, como a ti te gusta. Atesoro hasta el más mínimo papel en que has trazado una línea. En la mañana, como si estuvieras presente, me siento a preparar las ilustraciones para Floreal. He abandonado las formas geométricas y me encuentro bien haciendo paisajes un tanto dolientes y grises, borrosos y solitarios. Siento que también yo podría borrarme con facilidad. Cuando se publique te enviaré la revista. Veo a tus amigos, sobre todo a Élie Faure que lamenta tu silencio. Te extraña, dice que París sin ti está vacío. Si él dice eso, imagínate lo que diré yo. Mi español avanza a pasos agigantados y para que lo compruebes adjunto esta fotografía en la que escribí especialmente para ti: «Tu mujer te manda muchos besos con esta, querido Diego. Recibe esta fotografía hasta que nos veamos. No salió muy bien, pero en ella y en la anterior tendrás algo de mí. Sé fuerte como lo has sido y perdona la debilidad de tu mujer».

Te besa una vez más

Quiela"



…..





7 DE NOVIEMBRE DE 1921



“Dos semanas más tarde, cuando María Zeting me entregó a Dieguito, vi en sus ojos un relámpago de temor, todavía le cubrió la carita con una esquina de la cobija y lo puso en mis brazos precipitadamente. «Me hubiera quedado con él unos días más, Angelina, es tan buen niño, tan bonito, pero imagino cuánto debe extrañarlo.» Tu dejaste tus pinceles al verme entrar y me ayudaste a acomodar el pequeño bulto en su cama.

Te amo, Diego, ahora mismo siento un dolor casi insoportable en el pecho. En la calle así me ha sucedido, me golpea tu recuerdo y ya no puedo caminar y algo me duele tanto que tengo que recargarme contra la pared. El otro día un gendarme se acercó: «Madame, vous êtes malade?». Moví de un lado a otro la cabeza, iba a responderle que era el amor, ya lo ves, soy rusa, soy sentimental y soy mujer, pero pensé  que mi acento me delataría y los funcionarios franceses no quieren a los extranjeros. Seguí adelante, todos los días sigo adelante, salgo de la cama y pienso que cada paso que doy me acerca a ti, que pronto pasarán los meses ¡ay, cuántos! De tu instalación, que dentro de poco enviarás por mi para que esté siempre a tu lado.

Te cubre de besos tu

Quiela”



(Elena Poniatowska, Querido Diego, te abraza Quiela, páginas, 9-10, 14-15)

lunes, 21 de abril de 2014

EL FERROCARRILERO Y SU TREN-MUJER



Métase mi Prieta, entre el durmiente y el silbatazo

Elena Poniatowska

Editorial Trifolium, A Coruña, 2014, 54 páginas.



  (En homenaje a Elena Poniatowska que dentro de dos días recibirá el Premio Cervantes 2013)

                     
                       
                              

                                             

                                       

   Elena Poniatowska es un pájaro en la literatura mexicana. Así retrató Octavio Paz los cerca de cincuenta años de creación innovadora en la narrativa de Elena Poniatowska, que dieron comienzo con un libro de cuentos Lilus Kikus, y en los que la mujer que nació princesa polaca, condición a la que renunciaría, presta su voz y sus fantásticas imposturas a los sin voz de su país y de otras partes del mundo. La más reciente, a Leonora Carrington en su novela Leonora (2011). Antes lo había hecho con la lavandera, heroína veterana de la Revolución mexicana, Josefina Bórquez, en la ficción Jesusa Palancares de Hasta no verte Jesús mío (1969), o a aquellas mujeres con las que se conduele como la fotógrafa Tina Modoti en la investigación novelada Tinísima (1992) o como a Angelina Beloff de Querido Diego. Te abraza Quiela (1978), un relato de amor intransitivo.

   La mano maestra de Elena Poniatowska ha escrito además algunos cuentos antológicos de la narrativa en español. Uno de ellos es este Métase mi Prieta, entre el duermiente y el silbatazo, que por estas fechas edita la coruñesa Editorial Trifolium, un homenaje de primavera a la mujer que dentro de dos días recibirá el Premio Cervantes.

   El cuento desarrolla su trama narrativa en el micromundo de los ferroviarios o ferrocarrileros, para ser fieles a los mexicanismos que emplea la autora, de México D.F., en la época del tránsito de la máquina de vapor a la de diesel. En este mundo sitúa E. Poniatowska a su protagonista, el ferrocarrilero Pancho, cuya cultura e identidad están fuertemente unidas al grasiento y ruidoso ambiente de las máquinas de vapor. Pero carece de toda posibilidad, pese a la solidariedad entre los trabajadores, para controlar sus condiciones laborales. Y también sus condiciones de vida, lo que acontece cuando la máquina de vapor es substituida por la de diesel. Pancho ya no podrá tratar a su nueva máquina como a su amante Teresa. La relación con ambas era similar: a la dos acariciaba, lubrificaba, domesticaba, de las dos captaba sus olores y gemidos. Las dos se dejaban hacer. La locomotora es su amor despierto. Teresa le recibe con sus ojos fijos de vaca buena que “desplazaba lentamente su gran pasividad de la cocina a la recámara” (página 9). Mas la maquina diesel no lubrifica como la Prieta; ella se mantiene sola. Y Pancho comienza a mirarla con desazón: ya no sentirá el mismo deseo que sentía cuando montaba  a Teresa, cuando con la Prieta corría en medio del silencio. Y, en un último acto de rebeldía y amor, con la Prieta se perderá en paisajes desconocidos que se adentran en la sierra para dar pábulo a rumores que hablan de una máquina loca que hace corridos fantasmas.

   Es verdad que se puede hacer, y así se han hecho, lecturas de este relato desde una perspectiva genérica y en el contexto de una cultura fálica, que se hace presente ya en el primer párrafo: “El tubo de la luz perfora la noche y la locomotora se abre paso entre muros de árboles, paredes tupidas de vegetación inextricable” (página 7). Una metáfora que se presta a una lectura sexual en el tejido cultural de los ferrocarrileros que tratan a sus máquinas de vapor como si fueran mujeres. Una relación -fundamento de su identidad- que se pierde con la irrupción de los nuevos trenes, que como Teresa y la Prieta, ya no se dejan hacer. Según esta lectura, Poniatowska quiere indicar que Pancho es el representante de un sistema de  un “género exhausto”, un hombre definido por la tradición machista, que es incapaz de reinventarse con la llegada de la modernidad. Y con la pérdida de la amante sumisa y de la máquina de vapor, pierde así mismo las bases de su identidad.

   Aceptando no obstante las connotaciones machistas -para Pancho Teresa nunca existió como persona, sino solamente como objeto de su apetito sexual- caben otras traducciones del relato de Poniatowska: como una historia de solidariedad entre los viejos ferrocarrileros. Y de amor a los viejos trenes. Estos viejos ferrocarrileros  descubren al mismo tiempo a la mujer y al riel y cómo la máquina se hace a uno, igual que Teresa, la amante a la que también le complacía que él fuera acariciándola, suavizándola.

   Elena Poniatowska recupera en este cuento la voz y el indeleble apego de un curtido ferrocarrilero, seducido  por su Prieta, la máquina de vapor a la que viste  con su ajuar de novia, como si fuera su primera noche. La escritora mexicana  reviste a su vez  su cuento con un ajuar lingüístico de primera calidad: lengua fuerte, incontenible, a veces arrebatada -inmensa su fuerza verbal-, que conjuga a la perfección el castellano y los mexicanismos, así como el usos frecuente de potentes imágenes poéticas, penetradas con frecuencia de humor, que hacen de la lectura de este cuento un deleite también para los sentidos.


Francisco Martínez Bouzas



  
Elena Poniatowska

Fragmentos



“Lo más bonito de Teresa, además de su gordura, era su prudencia; mejor dicho, su absoluta incapacidad para la intriga o la malevolencia. Él regresaba echando pestes contra el jefe de patio general; que se iban a unir todos para sacar al desgraciado, que por algo había un sindicato, que…y Teresa y sus ojos fijos de vaca buena, respondía con voz tranquila:

-Pues a ver.

Nunca un juicio, nunca una palabra de más. Desplazaba lentamente su gran pasividad de la cocina a la recámara, a la azotechuela, y parecía abarcarlo todo. Nada le hacía mella, nada alteraba su humor parejo y, sin embargo, cómo le gustaba a Pancho que Teresa se sentara encima de él a la hora del amor; él de espaldas en la cama y ella en cuclillas, montada en su pecho, sus piernas acinturándolo; tan enorme que Pancho no alcanzaba a verle el rostro, asfixiado como estaba por su vientre, sus muslos fortísimos, pero qué dulces, qué reconfortante asfixia.”



…..



“De Apizaco a Huauchinango y también entre las poblaciones que se adentran en la sierra, por el rumbo de Teziutlán se esparce el rumor de una máquina loca que hace corridas fantasmas y en la noche se escucha cómo el maquinista abre válvulas de vapor y la montaña resuena entonces con un lamento largo, como el grito de un animal herido, un grito hondo y dolido que parte la sierra de Puebla en dos. Nadie la ha visto (aunque todos los hombres del mundo se han ido un poco con el tren que pasa), pero una vez, un despachador que se iniciaba en una estación perdida de Huastca, de ésas donde no cae un alma viviente y en las que suelen mandar a entrenarse, en medio de los abismos oscuros,  a los nuevos para que se despabilen, envió un telegrama que leyeron en Buenavista: «Métase mi Prieta, entre el duermiente y el silbatazo». El Gringo que andaba en la chancla de la estación se enteró y fue el único en sonreír. Pero como ya no le gustaba platicar no dio explicación alguna. Tampoco la dio Alejandro Díaz, empleado de confianza.”



(Elena Poniatowka, Métase mi prieta entre el durmiente y el silvatazo, páginas 9-10, 53-54)

sábado, 26 de marzo de 2011

LEONORA, LA NOVIA DEL VIENTO, LA YEGUA DE LA NOCHE


Leonora
Elena Poniatowska
Editorial Seix Barral, Barcelona 2011, 510 páginas.


 A lo largo de su dilatada carrera como periodista y narradora, Elena Poniatowska le ha dado voz en las páginas de sus obras a los sin voz de su país, entre ellos a Josefina Bórquez, en la ficción Jesusa Palancares de Hasta no verte Jesús mío (1969), una lavandera y medium que participó e la revolución mexicana, permitiéndole conocer la verdadera miseria del México real. Pero Elena Poniatowska, ella misma una leyenda, también le ha prestado su palabra y su fantásticas imposturas a otras mujeres, mexicanas o no, a las que admira o con las que se conduele (Tina Modotti de Tinísima, Angelina Beloff de Querido Diego. Te abraza Quiela). En esa misma tradición se inserta su última novela, Leonora, con la que ha conseguido el Premio Biblioteca Breve 2011.
   Desde el punto de vista literario, Leonora es una sutura de géneros: biografía y ficción, o como confiesa la escritora, “una novela inspirada en Leonora Carrington, pero en vez de una historia alusiva, decidí escribir directamente sobre ella”. Y a fe que la vida de Leonora Carrington  (Lancashire 1917) tiene mucho de novela. Hija de un magnate de la industria británica y de una mujer irlandesa, de la que hereda su querencia por la alífera y subterránea magia celta. Para el padre, “rey de la negrura”, que trasuda autoridad en cada acto o en cada palabra, la manera de vivir de su hija está determinada por su nacimiento y por su herencia. Pero Leonora nace con un decálogo de rebeldía incrustado en sus genes y, si su padre piensa que a las mujeres hay que educarlas para complacer, ella se muestra rebelde, inasible, excéntrica, iluminada, capaz de transformar su libertad en fuerza viva. Rompe convenciones sociales y ataduras religiosas y decide realizarse como persona y como artista. Lo hará en el movimiento surrealista, seducida por la personalidad y la obra de uno de sus máximos pontífices, Max Ernst, del que se convierte en discípula y amante alucinada. Y Max, orgulloso, la exhibe como su novia del viento y su yegua de la noche.
Elena Poniatowska
   Ella es la encarnación de los que André Breton llamó l’amour fou. Rompe esquemas y se consagra  a ser rebelde. Mas su rebeldía es sagrada y la saca de su interior cuando quiere, no cuando alguien se lo ordena. Elena Poniatowska describe con inmensa fuerza verbal su irrefrenable  relación amorosa con Max Ernst. Y también la crisis de locura cuando, al inicio de la Segunda Guerra Mundial, la policía francesa confina al alemán en un campo de concentración. Su estancia en el Madrid de la posguerra civil, su obsesión antifascista. Y, convertida en una piltrafa humana, su encierro en un manicomio para ricos de Santander, donde aplacan sus incontenibles delirios  con Cardiazol. Su fuga de los psiquiatras españoles, el escape del continente de la locura y su inserción en México D.F, al que embruja con sus colores, sus cuentos, sus delirios. Sus matrimonios, sus hijos, su labor pictórica y literaria, su amistad con la pintora Remedios Varo, la vivencia aterrorizada de la “balancera” de Tlatelolco, porque en aquella revuelta estudiantil participaban sus hijos.
   La novela es un tributo a la fuerza incontenible de esta mujer que se lanza al vacío, segura de los que lleva dentro. Fanática de sus convicciones. Así fue y así es Leonora Carrington, una figura extraordinaria y a la vez perturbadora, en la que fermentan todos los sueños y pesadillas del “glorioso” siglo XX.
   La capacidad de Elena Poniatowska para fabular esta biografía es infinita, casi tan grande como el delirio creativo de Leonora Carrington, legado de su sangre celta. Recrea además la periodista y escritora con gran agudeza el movimiento surrealista, el vivir alucinado de sus representantes, su magisterio subversivo, repleto, sin embargo de contradicciones. Un torbellino estético que arrebata por su fuerza creadora y que congrega y destruye a muchas mujeres quizás, porque como decía Breton, esta nueva forma de ver el mundo se centra en lo femenino, como alternativa a la lógica secular patriarcal.
   Como ya quedó señalado, en este retrato de la personalidad secreta y privada de Leonora Carrington, la escritora mexicana conjuga ficción e historia, historia biográfica. La ficción, como marcador semántico que es, somete a  sus leyes a todo lo que toca. No es esta pues en puridad una novela histórica, una biografía. Sin embargo, esa lengua fuerte, incontenible, a veces arrebatada de Elena Poniatowska y la musicalidad de su prosa ilustran bellamente la increíble existencia de Leonora Carrington, esa fantasiosa e indomable novia del viento y yegua  de la noche como la quiso ver Max Ernst. O como la hiena, su otro yo, como ella se percibe en su único autorretrato en el que substituye al caballito del balancín de su niñez, que huye hacia la libertad de los árboles. Porque “hay que volar por encima de todo”.


Leonora Carrington, Autorretrato en el Albergue del Caballo del Alba

Fragmentos
  
"Max contribuye con un caballito mecedora comprado en una tienda de antigüedades que Leonora pinta al lado de la hiena, su otro yo, en el cuadro que comenzó en The inn of the daw horse. Le da las últimas pinceladas a sus pantalones blancos y a sus cabellos alborotados. Tártaro huye por la ventana hacia la libertad de los árboles. Hay que volar por encima de todo. La vida estalla dentro de Leonora, no hay vuelta atrás, galopa como lo hacía sobre Winkie, barre con cualquier osbtáculo. Dragones de dedos largos y sepientes monstruosas con hocicos de jabalí podrían desgarrar su piel, que ella seguiría adelante. Es una potrenca, respinga, levanta remolinos. Nada la detine. Su fuerza anonada al pintor, que no la deja ni de noche ni de día, y la acecha inquieto, no vaya a escapárse como el caballo de su autorretrato".



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“De vuelta a la Ciudad de México, Leonora va a la peluquería. También corta el mural en tres. En el extremo izquierdo del «mundo de abajo» pinta una gran cabeza de jaguar, en el derecho, una Ceiba. En el «mundo terrenal» destaca la figura de un caballo blanco más grande que uno normal. A los chamulas los dibuja pequeñitos. Un sol y una luna iluminan el cielo, que cruza una serpiente voladora. Sobre la tierra se multiplican tapires, buitres, leopardos y monos araña. Mientras pinta, Leonora se repite la profecía de Popol Vuh:«Del seno de la obscuridad nacerá la luz que nos permitirá ver lo que nos rodea.»
Son días de fervor. A Leonora le parece tener una marimba interna y sus sonidos la apresuran. «Quisiera poder pintar ese sonido de madera.» Así como en San Cristóbal fumaba un cigarro tras otro para espantar a los mosquitos, ahora deja un volcán de colillas al lado de su caballete.”

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“El 12 de octubre la revista ¡Siempre! publica un artículo de José Alvarado: «Había belleza y luz en las almas de los muchachos muertos. Querían hacer de México morada para la justicia y verdad: la libertad, el pan y el alfabeto para los oprimidos y los olvidados. Un país libre de la miseria y el engaño. Y ahora son fisiologías interrumpidas dentro de pieles ultrajadas. Algún día habrá una lámpara votiva en memoria de todos ellos.»
Las noticias devuelven a Leonora a la salida de Francia en 1940. Otros padres buscan a sus hijos. Manuela Garín y Rogelio Álvarez  publican un desplegado en El Día preguntando dónde está Raúl; su hijo desaparecido. «Los tienen incomunicados en el campo militar número uno.» «Los han torturado.» «El ejército no le permite la entrada a nadie.» «Los desvistieron  en Tlatelolco y los mantuvieron encuerados bajo la lluvia.» «Los tratan como a asesinos.» «Herberto Castillo escapó de milagro entre las rocas del Pedregal.» La palabra cárcel es una constante. Ahora no son los alemanes que invaden Francia y amenazan a Leonora, ahora la persiguen los mexicanos, van a masacrar a sus hijos.

(Elena Poniatowska, Leonora, páginas 83, 437, 463)