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lunes, 5 de noviembre de 2018

EN EL HOLOCAUSTO: LA HUMANIDAD PROFUNDA Y DOLIENTE


Desviación
Luce d’Eramo
Prólogo de Nadia Fusini
Traducción de Isabel González-Gallarza
 Editorial Seix Barral, Barcelona, 2018, 508 páginas

    


   Si algo queda palmariamente claro en este libro, es lo que en su día afirmó Anna Maria Ortese: “vivir parece una desviación”. Esa desviación la experimentó en sus propias carnes, Luzi, Lucie, Lucette (Luce d’Eramo), quien, a los dieciocho años, era una buena y convencida fascista, mas, inquieta ante las críticas que se vertían sobre los lager y campos de concentración nazis, decide averiguar la verdad de forma personal, y desoyendo a sus padres, se traslada a uno de aquellos campos de trabajo en Alemania. Allí comprenderá que cuando la norma está sometida a la perversión, de tal modo que asumirla es un atentado contra el ser humano, no queda otra opción que “desviarse”, aunque en esa “desviación” se lleguen a experimentar los horrores del abismo.
   Eso fue lo que eligió Lucia en 1944: ir a trabajar como obrera  a la I.G. Farben de Frankfurt-Höchst. Se fuga de la casa de sus padres, comprometidos con el régimen títere de la República de Salò, para comprobar con sus propios ojos lo que sucede en el lager, dilucidando así la verdad, y acompañando a los que sufren, fiel a sus convicciones de socialista, proletaria e internacionalista. Sus experiencias las plasmó en cutro las partes de este libro, brutalmente autobiográfico, a cuya escritura dedicó la autora más de treinta años de su vida. Vio la luz en Italia en 1979, pero solo ahora se publica en España, editado por Seix Barral.
   Más que autobiografía, Desviación es un libro de memorias, una árdea tarea de reconquista de un pasado doliente, el combate a muerte de una joven que creía en el fascismo y en el nazismo y ve cómo sus ideales caen derrumbados por la realidad más brutal. Amparada por su condición de joven fascista -su padre era un alto cargo de la República de Salò-, Lucía se presenta como trabajadora voluntaria en un campo de trabajo de la Alemania nazi en el año 1944. Y así comienza su descenso a los infiernos. Su condición de fascista hace que los compañeros del lager, trabajadores forzados, no la reciban bien. Pero muy pronto, en la mente de Lucía, la imagen inmaterial y los valores que considera propios del fascismo comienzan a tambalearse. Será testigo de una verdad falseada y busca la solidaridad con los oprimidos. Organiza y participa en una huelga para demandar mejoras en sus atroces condiciones laborales. La huelga fracasa y Lucia es encarcelada en un primer momento y repatriada más tarde a Verona. En Italia se deshace de su documentación y, durante una redada, cae prisionera -se había mezclado voluntariamente con el grupo de deportados-; no quiso salvarse apelando a su condición de clase. Será enviada con ellos a Dachau donde conoce el campo de concentración, después el de tránsito y los de la muerte.
   Palpa así toda la humanidad sufriente en la que se apaga la luz de la razón: el ser humano solamente piensa en sobrevivir. La abyección y el embrutecimiento se instalan en las mentes porque, escribe, “en los cuerpos debilitados se apagaban también las mentes.” La experiencia de los campos concluye con una fuga y un escalofriante accidente: en Maguncia, en el intento de salvar a una familia atrapada por las ruinas provocadas por un bombardeo aliado, le cayó encima un muro. A partir de ese momento, una paraplejía paralizará gran parte de su cuerpo, con incontinencia urinaria y fecal. Otro infierno que la escritora narra con sobria crudeza, el último acto de su tragedia personal: la dura prisión de un cuerpo roto, quebrantado, descrita con un estilo fiel a la realidad de los que era su cuerpo: “Yo, yo clavada a una silla de ruedas, entre orina y mierda” (página 150).
   Pero también sabe hallar trucos. Los obstáculos y las formas de falsear la memoria: las desviaciones que olvida, los recuerdos que le sirven y que reaviva o inventa.
   Luce d’Eramo escribe esta historia que se enfrenta directamente con la cara del horror, y descubre la verdadera realidad del fascismo y del nazismo, tan distinta del adoctrinamiento ideológico en el que había crecido. Y lo hace no de forma lineal. Las cuatro partes del libro, con sus correspondientes capítulos, desechan  el orden cronológico de los acontecimientos y se centran en distintos aspectos de la biografía de la autora, escritos además en diferentes épocas. Varían así mismo las voces narrativas y las tonalidades. Predomina la primera persona y el estilo testimonial. Sin embargo, en la Tercera parte (“Primera llegada al Tercer Reich”), la que habla es así mismo Lucía, pero lo hace en la lejanía de la tercera persona, describiendo el doliente día a día de la voluntaria fascista a su llegada al lager I.G. Farben de Frankfurt, su paulatina desilusión del nazismo y su activo papel en la organización de la huelga. En la cuarta parte (“Desviación”), de nuevo hace acto de presencia la primera persona y adopta una tonalidad autoanalítica en la que Luce d’Eramo se esfuerza por diferenciar todo aquello que en su existencia había estado imbuido por la sinceridad de ser como todos los demás, incluidos los que en el universo de los campos de concentración se hallaban en el fondo de la escala social, como los eslavos. Y todo aquello que, al contario, había sido solo una ilusión.
   Un estilo sencillo, sincero y despojado de cualquier ornato da forma a esta novela testimonial y de aprendizaje. El relato novela de la evolución de una joven en unas circunstancias difíciles, traumáticas, pero dotada de una férrea voluntad de vivir, y en la que hay incontables dosis de algo maravilloso en el ser de una mujer que no era judía, tampoco comunista, sino fascista primero y después nada, sino “tan solo una pobre mujer entre otras pobres mujeres locas en el manicomio, o una obrera entre otras obreras pobres en una fábrica”, como escribe la prologuista, Nadia Fusini.

Francisco Martínez Bouzas



Luce d'Eramo

Fragmentos

El campo de selección de Dachau está separado del campo de concentración por una larga franja de tierra yerma y baldía.
Ambos campos son del todo iguales en su aspecto exterior, salvo por un detalle: las alambradas que delimitan el recinto del segundo están recorridas por una corriente de alta tensión.
La llanura circundante está desierta, el clima es triste, el cielo parece un telón a punto de bajarse para tragarse el horizonte, por lo que uno cree estar en una zona remota e inaccesible. Nadie diría que a pocos kilómetros de dsistancia hay una gran metrópoli.
Mientras estuve en el campo de concentración, ni siquiera sabía que a pocos metros había otro campo. No lo he sabido hasta ahora.
Al evadirme, esperaba poder abandonar la zona, alejarme hasta de los recuerdos, y en lugar de eso me encuentro de nuevo en los parajes de la muerte organizada, en este campo de selección, en Dachau mismo,  a pocos metros de K-Lager del que me fugué con tanta esperanza.”

…..

“Recuerdo que una vez, al despertar, mi mano izquierda tocó un cuerpo sin querer, un costado, un vientre, un muslo, carne a fin de cuentas, que estaba en mi cama, bajo mis sábanas, y no era la mía, y estaba fría. Movida por la curiosidad, acaricié y palpé ese cuerpo, levanté las sábanas para mirar y vi con horror que ese cuerpo extraño me pertenecía, era el mío, marmóreo e insensible. Entendí al instante que estaba muerta. ¿y los dolores? Eran los de la descomposición: en efecto, de mi cuerpo emanaba un hedor a pescado podrido.”

…..

“Las compañeras se envolvían los pies en papel de periódico, pero no te regalaban un trocito ni aunque se lo pidieras amablemente.
-Para conseguirlos he tenido que abrirme de piernas -le contestó una francesa, agitándole dos diarios en la cara-. Así que ya sabes lo que tienes hacer, doña remilgada -dijo, dándose una palmada en el trasero.
- Ten cuidado con lo que dices -le advirtió otra francesa, pegándole un codazo-, es una de ellos.
- No me lo creo -intervino Martine-, si viniera aquí a espiarnos, no se habría descubierto el primer día. En lugar de presentarse como voluntaria fascista, se habría hecho pasar por miembro de la Resistencia italiana y nos lo hubiéramos creído.”

(Luce d’Eramo, Desviación, páginas 73, 139-140, 240)

miércoles, 2 de mayo de 2018

LA DESOLADA HERMOSURA DE "LA BALADA DEL CAFÉ TRISTE"


La balada del café triste

Carson McCullers

Traducción de María Campuzano

Prólogo de Paulina Flores

Editorial Seix Barral, Barcelona, 2017, 168 páginas.

  



   
  Carson McCullers (Columbus, Georgia, 1917- Nyack, Nueva York 1967) forma parte del trío de mujeres escritoras americanas sureñas que crecieron como narradoras a la sombra de Faulkner, si bien no necesariamente bajo su influjo estilístico. Sin embargo, complementan la violencia faulkeriana con sus textos de tonalidad delicada y lentos abatimientos, concediéndole primacía al relato y a la nouvelle sobre la novela larga. La que alcanzó mayor fama de este trío (Eudora Wety, Flanert O’Conor y Carson McCullers) fue precisamente esta última, con piezas como The heart is a lonely hunter, The member of the wedding y, especialmente The ballad of te Sad Cafe (1951), traducida a numerosos idiomas y reeditada por Seix Barral en distintas ocasiones.

   La balada del café triste sumerge al lector en el Sur profundo de los Estados Unidos, en un microcosmos de villas aisladas, pobladas por personajes frustrados y marginados, pero en sus corazones, aunque ellos se hallen hundidos en climas de rechazo, racismo, pobreza…, siempre brota el amor en sus diversas manifestaciones, siendo el amante, no el amado, el que determina el crédito y la calidad de todo amor.

En el volumen que nos ofrece Seix Barral podemos leer la novela corta, La balada del café triste y otros relatos en los que la autora desarrolla los temas de la asimetría en las relaciones sentimentales, así como otros argumentos, tales como el fracaso, la injusticia social, o el alcoholismo y las crisis existenciales.

   Años después de haber escrito y publicada la novela, Carson McCullers reveló el origen de la misma: en una visita a un bar de Brooklyn, tuvo la oportunidad de ver a dos personas: una mujer grande y junto a ella a un chepudo. A las pocas semanas, esa visión comenzó a dar origen a la novela y a los distintos personajes que la pueblan: la figura de la señorita Amelia, una mujer morena, alta, con osamenta y musculatura masculina… Pudo ser una mujer hermosa, de no haber sido un poco bizca. Y de forma semejante entra en escena la figura del primo chepudo, Lymon Willis. Medía poco más de un metro veinte. Sus pequeñas piernas arqueadas parecían demasiado delgadas para soportar el peso de su largo pecho deforme y de la chepa que destacaba entre los hombros. Su cabeza era así mismo muy grande. El trío de personajes centrales se completa con Marvin Macy, un hombre extraño, miserable y violento que se había casado con la rica señorita Amelia, un matrimonio que solamente durará diez días.

   Y como complemento y contexto necesarios, el espacio, una atmósfera desolada. Una villa muy triste; excepto la fábrica de algodón, poco más tiene… si el viajante va por la calle principal una tarde de agosto no halla nada que hacer. Con estas mimbres, Carson McCullers crea un triángulo amoroso no correspondido y un desenlace despiadado e injusto. La protagonista central, la señorita Amelia, ocupa en la villa un lugar prominente. Es rica y posee la única destilería del lugar; sus vecinos la temen debido a que no perdona la más mínima deuda. Solamente el chepudo, el deforme primo Lymon, será capaz de abrir una pequeña rendija en el corazón de la señorita Amelia que lo acoge en la casa y se deja arrastrar por una pulsión incontrolable e irracional hacia el primo deforme. Una extraña relación amorosa, cuyo mando solamente está en manos del amante. La gente más insólita, se afirma en la novela, puede ser un estímulo para el amor.

   Y de esta manera comienza a funcionar el café en el almacén de la señorita Amelia, a la vez que los habitantes del lugar experimentan una profunda transformación. El nuevo café aligera su soledad y les permite comentar lo que acontece en la villa. Incluso la señorita Amelia se vuelve más sociable. Hasta que el ex marido de diez días sale de la cárcel, regresa a la pequeña población y con él llega la mala fortuna, y un desenlace triste y trágico que le da razón al título.

   Porque, en efecto, no hay nada alegre en este relato de Carson McCullers, mas si una gran habilidad de la autora para hacernos partícipes de las miserias del ser humano, de las locuras del amor cuando se convierte en pulsión irracional y da origen a una relación grotesca  entre el amante y el amado. Carson McCullers nos conduce por los vericuetos  de la historia con un ritmo lento, a la manera de una balada. Presenta a los personajes, les da voz, nos sumerge en el pasado y nos precipita en el futuro, habitado de nuevo por la soledad de una villa en la que no hay absolutamente nada que hacer, excepto pudrirse con el aburrimiento. Por eso mismo La balada del café triste, además de una fascinante inmersión en el Sur de la América profunda, es un perfecto modelo de relato circular puesto que concluye donde comienza.







 
Carson McCullers

Fragmentos



"Ante todo, el amor es una experiencia compartida por dos personas, pero esto no quiere decir que la experiencia sea la misma para las dos personas interesadas. Hay el amante y el amado, pero estos dos proceden de regiones distintas. Muchas veces la persona amada es sólo un estímulo para todo el amor dormido que se ha ido acumulando desde hace tiempo en el corazón del amante. Y de un modo u otro todo amante lo sabe. Siente en su alma que su amor es algo solitario. Conoce una nueva y extraña soledad, y este conocimiento le hace sufrir. Así que el amante apenas puede hacer una cosa: cobijar su amor en su corazón lo mejor posible; debe crearse un mundo interior completamente nuevo, un mundo intenso y extraño, completo en sí mismo. Y hay que añadir que este amante no tiene que ser necesariamente un joven que esté ahorrando para comprar un anillo de boda: este amante puede ser hombre, mujer, niño; en efecto, cualquier criatura humana sobre esta tierra. Pues bien, el amado también puede pertenecer a cualquier categoría. La persona más estrafalaria puede ser un estímulo para el amor. Un hombre puede ser un bisabuelo chocho y seguir amando a una muchacha desconocida que vio una tarde en las calles de Cheehaw dos décadas atrás. Un predicador puede amar a una mujer de la vida. El amado puede ser traicionero, astuto o tener malas costumbres. Sí, y el amante puede verlo tan claramente como los demás, pero sin que ello afecte en absoluto la evolución de su amor. La persona más mediocre puede ser objeto de un amor turbulento, extravagante y hermoso como los lirios venenosos de la ciénaga. Un buen hombre puede ser el estímulo para un amor violento y degradado, y un loco tartamudo puede despertar en el alma de alguien un cariño tierno y sencillo. Por lo tanto, el valor y la calidad del amor están determinados únicamente por el propio amante. Por este motivo, la mayoría de nosotros preferimos amar que ser amados. Casi todo el mundo quiere ser el amante. Y la verdad a secas es que de un modo profundamente secreto, la condición de ser amado es, para muchos, intolerable. El amado teme y odia al amante, y con toda la razón. Pues el amante está tratando continuamente de desnudar al amado. El amante implora cualquier posible relación con el amado, incluso si esta experiencia sólo puede causarle dolor.”



…..





“La bebida de la señorita Amelia tiene una cualidad especial. Se nota limpia y fuerte en la lengua, pero una vez dentro de uno irradia un calor agradable durante mucho tiempo. Y eso no es todo. Como es sabido, si se escribe un mensaje con jugo de limón en una hoja de papel, no quedan señas de él. Pero si se pone el papel un momento delante del fuego, las letras se vuelven marrones y se puede leer lo que contiene. Imaginen que el whisky es el fuego y que el mensaje es lo más recóndito del alma de un hombre: sólo así se comprende lo que vale la bebida de la señorita Amelia. Cosas que han pasado inadvertidas, pensamientos ocultos en la profunda oscuridad de la mente, de pronto son reconocidos y comprendidos. Un obrero textil que no piensa más que en telar, en la fresquera, en la cama y vuelta al telar; este obrero bebe unas copas el domingo y se tropieza con un lirio de la ciénaga. Y toma esta flor y la pone en la palma de su mano, examina el delicado cáliz de oro y de pronto le invade una dulzura tan intensa como un dolor. Y ese obrero levanta de pronto la mirada y ve por primera vez el frío y misterioso resplandor del cielo de una noche de enero, y un profundo terror ante su propia pequeñez le oprime el corazón. Cosas como éstas son las que ocurren cuando uno ha tomado la bebida de la señorita Amelia. Uno podrá sufrir o podrá consumirse de alegría, pero la experiencia le habrá mostrado la verdad; habrá calentado su alma y habrá visto el mensaje que se ocultaba en ella”



(Carson McCullers, La balada del café triste)

domingo, 8 de abril de 2018

EL DEBUT LITERARIO DE MATTHEW WEINER: ENTRE EL ÉXITO Y EL RIESGO




Absolutamente Heather

Matthew Weiner

Traducción de Albert Fuentes

Editorial Seix Barral, Barcelona, 2018, 156 páginas.



    

   Matthew Weiner, creador y guionista de dos de las más famosas series televisivas, Mad  Men y Los Soprano, posiblemente siempre soñó con convertirse en novelista. De hecho, y es sintomático, en las dos grandes series televisivas, aparece o bien un mafioso o un ejecutivo de una agencia de publicidad con aspiraciones de llegar a ser novelista. En las fantasías de sus personajes se ha querido ver su sueño creativo, realizado finalmente en la publicación de Heather, the Totality, editada a principios de año por Seix Barral. El nombre del autor le ha conferido al libro dimensiones poco menos que cósmicas. Elogios de los grandes periódicos de habla inglesa, de revistas, de escritores como John Banville, Michael Chabon, Philip Pullman, Zadie Smith, entre otros muchos. Es, sin duda, la consecuencia de la proyección mediática del autor que ha impulsado a afirmar a un alto cargo de la editorial americana que publicó la novela, que, siendo muy actual, recuerda a Edgar Allan Poe y a Henry James.

   En una narración que se desarrolla en Nueva York y sin un marco temporal  explícito, si bien se nos dice que hay internet y teléfonos móviles, Matthew Weiner nos traslada una trama, a primera vista, insignificante y que, aunque parezca un thriller, realmente no lo es, sino la historia del matrimonio Breakstone, su hija Heather y Bobby Klasky, un drogadicto maltratado por la vida que ha conocido la prisión y ha aprendido a sobrevivir sin privilegio alguno. La narración permite asistir al inicio de la relación entre Mark Breakstone y Karen. Mark se mueve en el mundo de las finanzas, pero eso no le hace millonario. Karen se ocupa del trabajo doméstico. Nace Heather, perfecta en todos los aspectos: inteligente, hermosa, apreciada por todos. Crece y madura, lo que provoca que la relación con sus padres poco a poco vaya cambiando, surgiendo tensiones entre la pareja y rebeldías por parte de Heather.

   Pero, como sin contrapunto difícilmente puede haber conflicto y novela, aparece muy pronto la otra cara de la moneda. Bobby Klasky, un joven hijo de madre drogadicta y padre desconocido, con el alcohol, la violencia y las drogas como vivencias que rodean su crecimiento.

   Los caminos de Heather y Bobby se cruzan cuando este va a trabajar al edificio donde vive la familia. Bobby queda de inmediato prendado de la chica y posa sus ojos en ella. En el historial de Bobby hay un intento de violación. Se arrepiente de haber dejando viva a la chica. Ahora, si se presta la ocasión sabe cómo debe actuar. Desea ardientemente a Heather, la mira con los ojos lascivos de un depredador sexual. Y aquí comienza la parte más interesante de la narración: el estrés y la preocupación del padre ante el peligro que cree corre su hija.

   Matthew Weiner no nos ofrece un thriller con Heather como potencial víctima, sino la situación angustiosa del padre. Bobby comienza controlar a Heather. Toma nota de sus costumbres, rutinas, horarios, como un depredador oculto que oculta algo más que un deseo irrefrenable. La deriva de los acontecimientos hace empeorar aún más las cosas entre la pareja, a la vez que Heather sueña con las posibles iteraciones con el chico, para ella sin nombre, el Trabajador blanco que cada día la traspasa con sus miradas. Mientras tanto las pesadillas del padre no hacen más que crecer.

   Matthew Weiner logra dotar al relato de cierta tensión, especialmente a partir del capítulo 4, con un desenlace inesperado aunque no demasiado original. Las dos primeras partes son meras informaciones contextuales sobre la familia Breakstone y sobre su contrapunto, la familia de Bobby y la reconstrucción de su historial delictivo.

   La novela desarrolla una historia sencilla, lineal, con alternancia de secuencias sobre la familia Breakstone y Bobby; con personajes arquetípicos de la sociedad norteamericana: la familia que tiene todos los privilegios, una pareja que va languideciendo paulatinamente y se vuelca en su hija, y un maltratado por la vida que aprende a sobrevivir. Un ritmo ágil, con escenas dinámicas y vivas y una prosa simplemente concisa. En definitiva, un debut literario tan alejado de los excesivos elogios (“Soberbia. Esta novela es algo especial”, Philip Pullman) como de las censuras más radicales (“Absolutamente pobre… Weiner maestro de la televisión, parece un adolescente novato escribiendo su primera novela”)









Matthew Weiner


Fragmentos



“Unos diez años antes de la primera cita de Mark y Karen nacía Robert Klasky, hijo de madre soltera, en un hospital público de Newark, Nueva Jersey. Bobby, que es como lo llamaban, fue un milagro que pasó desapercibido al personal médico, ya que nadie estaba al corriente de que su madre casi no había consumido otra cosa que cerveza durante el embarazo del que no tuvo constancia hasta prácticamente el parto. Nació con el apellido de su Madre porque el padre podía ser cualquiera de unos cuantos hombres que tenían el pelo castaño ceniza y los ojos azules de Bobby.”



…..



“Bobby sabía ahora todo lo que necesitaba saber y que sus planes eran demasiado modestos y que deberían ir mucho más allá de limitarse a encerrarla e una habitación y poseerla por cometo, de la cabeza a los pies, en varias posturas y posiciones. Tendría que matarla sí o sí para que no le pillaran, pero al mismo tiempo no podía dejar de pensar en la vez que había ido a una iglesia católica con un trabajador social cuando tenía trece años. Recordó que al tragarse la hostia y el vino sintió que de verdad se convertían en algo en su boca, como el olor a humo después de quemar cocaína, y que luego regresó corriendo a su casa en un arrebato de furia destructiva a mano limpia, derribando buzones y cubos de basura y hasta resquebrajó el parabrisas de un coche de un puñetazo. En aquel momento estaba convencido de que la fuerza y el poder los había recibido de ese trocito minúsculo de Dios que se había tragado y durante meses intentó volver a comulgar, pero habían cambiado de destino al trabajador social y Bobby era demasiado tímido para entrar solo e una iglesia.”



…..



“Se preguntó si ese cabeza rapada bajito y sucio había esperado a su hija dos veces sólo ese día o lo hacía de forma habitual, y si aquella mirada de depredador ocultaba algo más que un deseo irrefrenable. Tal vez era la mirada de un hombre que daba por sentado que lo rechazarían y odiaba a esa esbelta pijita que lo provocaba desfilando delante de él, dueña de todo lo que él jamás podría poseer. Mark deseó que lo que había visto dirigido a su hija fuera tan sólo deseo, y entonces se quedó sin respiración y estuvo a punto de desmayarse en un banco, pues su cuerpo dedujo en un segundo lo que su mente había tardado una hora en comprender: la mirada del trabajador era tan violenta y ansiosa que en realidad Mark había huido asustado.”



(Matthew Weiner,  Absolutamente Heather, páginas 27, 92, 101)

miércoles, 14 de marzo de 2018

EJEMPLARIDAD HASTA LA MUERTE EN LA AGONÍA DEL GUETO



Diario del gueto y otros escritos

Jaunusz Korczak

Traducción del polaco de Jerzy Slawomirski y Ana Rubio Rodon

Editorial Seix Barral, Barcelona, 2018, 342 páginas.



    

   Janusz Korczak (Varsovia 1878-Treblinka, 1942) autor de Diario del gueto fue un libre pensador, médico, activista social y sobre todo pedagogo de fama mundial. Uno de los más grandes educadores de todos los tiempos en palabras de Bruno Bettelheim. Consagró a la infancia su entera existencia. Por ella, por los niños y niñas, por sus derechos y por el respeto a su integridad se batió con todas sus fuerzas y con todos los medios, incluso hasta la muerte. Creyó firmemente en las potencialidades de la naturaleza humana, y por eso mismo trabajó sin descanso para realizar el sueño que había acompañado toda su existencia: el de un mundo más verdadero, más a la medida del ser humano, más justo. Por ser judío murió en el campo de exterminio de Treblinka junto con doscientos niños y adolescentes y los educadores de la Casa de Huérfanos que había fundado y dirigido en Varsovia durante treinta años. Pudiendo haberse salvado, marchó con los niños y niñas en el tren de la muerte. Su extensa obra (novelas, textos teatrales, relatos para adultos y niños, ensayos sobre la educación) fue el antecedente en el que se basaron la Declaración de los Derechos del Niño de 1959 y la convención sobre los Derechos del Niño aprobada en 1989 por la Asamblea General de la ONU.

   Diario del gueto no solamente constituye un valioso testimonio autobiográfico, sino que es un documento de gran valor histórico sobre lo que fue el gueto de Varsovia. Seix Barral lo publica por primera vez en España junto con otros escritos originales, la biografía de Janusz Korczak y numerosas ilustraciones entre las que  destacan las imágenes de manuscritos del Diario y otros documentos muy interesantes como el testamento de Korczak. Y un valioso y esclarecedor aparato de notas a pie de página.

   Janusz Korczak, heterónimo de Henryk Goldszmit, escribió este Diario en el gueto de Varsovia durante el periodo que va desde el mes de mayo de 1942 al 4 de agosto del mismo año. Era un proyecto -dejar un legado espiritual- cuya necesidad sentía desde dos años antes, pero fue en 1942, con la muerte ya próxima, cuando el médico y educador lo llevó a cabo. Ha llegado hasta nosotros porque, unos días después de su deportación a Treblinka junto con los residentes del orfanato, logró hacerlo llegar a manos de un amigo polaco que lo escondió hasta finales de la Segunda Guerra Mundial. En el Diario del gueto hay dos partes claramente señaladas por el mismo autor. La primera finaliza el 26 de junio de 1942 y es un libro memorial, a pesar de que a Korczak la literatura memorial le parecía lúgubre y agobiante.

   En esta primera parte, Korczak se muestra consciente de su vejez, cree que ha llegado al ocaso del tiempo de los esfuerzos gastados aparentemente en balde. Desde la noche silenciosa del orfanato enclavado en pleno gueto, repasa aspectos y anécdotas de su vida, de su niñez sobre todo, de sus años de práctica médica; relata sucesos cotidianos, se interroga sobre su propia identidad: ¿solo judío o quizá también polaco?, revela cómo un suicidio planeado con todo lujo de detalles planeó sobre su existencia. Nunca lo llevó a cabo porque por la aparición de nuevos sueños que quiere realizar. Cuenta sus experiencias en el hospital pediátrico, convencido de que lo suyo son los niños. Y entre estas rememoraciones, alusiones al día a día en la Casa de Huérfanos: la medición de peso -la escasez de alimentos está provocando que los niños estén cada vez más delgados-; la búsqueda de comida, visita a simpatizantes mendigando ayuda para el orfanato, despacho de correspondencia…

   Y en las noches que ansiaba tranquilas, los ecos de los disparos de los fusilamientos: “esta noche solo han fusilado a siete judíos, todos ellos miembros de la Gestapo judía” (página 67). Así como la constatación del hambre y de la miseria que percibe en el gueto.

   El 26 de junio pone fin a sus elucubraciones nocturnas, escritas de una forma bastante caótica y llenas de discontinuidades, de lo que él mismo es consciente, pero consecuentes con los momentos vividos, llenos de incertidumbres.

   En el período que abarca la segunda parte (finales de junio–4 de agosto), se reiteran los temas del hambre, la miseria, la esperanza de mucha gente puesta en el contrabando, la lucha por un trozo de pan, que entresaca de fragmentos de diarios de judíos del gueto; el deambular de los niños arriba y abajo, incapaces de soportar tanto cansancio, tanta tristeza, ira y añoranzas. Intoxicaciones masivas de los residentes del gueto debido al mal estado de los alimentos (huevos podridos enmascarados con pimienta francesa).

   Y un motivo recurrente: la conciencia de la proximidad de la muerte, pero tarea fácil comparada  con el trabajo de nacer y aprender a vivir. Las últimas anotaciones corresponden al 4 de agosto de 1942.  Korczak había sido informado por un oficial nazi, pediatra como él, que sus doscientos niños y niñas serían deportados y aniquilados. Y lo que hace es preparar a los residentes. Quiere ser responsable a toda costa hasta el último momento de sus huérfanos. Por eso les inculca que se debe morir con dignidad: morir sin defenderse, morir cantando. En lo que escribe ese último día en el orfanato, deja constancia de que riega las plantas a las seis de la mañana, destina una tonelada de carbón para la sucursal de la Casa de Huérfanos. Y nos hace saber la ausencia de resentimientos por su parte. No desea mal a nadie. Sencillamente es consciente de que lo que está soportando, aconteció. Simplemente aconteció.

  
                                             
Monumento a Janusz Korczak en Varsovia

 Para poder valorar el relato de Korczak es preciso tener en cuenta algunas de las circunstancias en las que fue escrito: en un gueto, “el distrito de los condenados”. Entre el hambre, tifus, montones  de  personas muertas en las calles. El día 5 de agosto, Janusz Korczak y su asistenta Stefania Wilczinska  inician la marcha en dirección a Umschlagplaz, el punto de reunión cercano a la estación ferroviaria. Con ellos, los doscientos huérfanos. Desde allí serán transportados en vagones de ganado hacia Treblinka donde serán gaseados. La mañana de la partida se escucharon los gritos  “Raus, Raus”. Korczak había alertado a los huérfanos de que, cuando oyeran esos gritos, deberían descender rápidamente. Y así fue. Marcharon en fila hacia el tren de la muerte.

   Esa marcha por las calles desiertas de Varsovia forma parte de la leyenda, y sobre ella existen dos versiones. Según la más repetida, especialmente en películas, los niños marchaban en filas de a cuatro enarbolando la bandera del Rey Matías I; uno de los chicos, al frente del desfile, tocaba el violín y los demás cantaban. La otra versión es muy distinta: apatía, Korczak conmocionado, no hubo gestos, nadie cantaba. Silencio terrible y agobiante…todos iban como en un trance.

   La cronología de los hechos imposibilita que en el Diario se hable de todo esto. Además tampoco fue esa la intención del autor. Su punto de vista es otro: hablar consigo mismo, registrar pensamientos, impresiones, recuperar memorias: Quiere transmitir, para las generaciones futuras, sus experiencias y teorías. Pero, a medida que vamos pasando páginas, ese diseño se vuelve más difuso, porque resultaba imposible desligarse de la agonía del gueto. Todo ello escrito con una lengua áspera y coloquial, con algún ramalazo poético. A pesar de ello, Diario del gueto es un documento de valor incalculable sobre ese mal gratuito ejercido sobre niños, que otra refugiada del nazismo Hannah Arendt, llamó la banalidad del mal. Mas sobre esa banalidad, emerge la figura de un hombre - ethos modélico-, que pudiendo salvar su vida, defendió a sus huérfanos hasta el final, compartiendo con ellos el atroz destino. Una perspectiva nueva para reflexionar sobre la experiencia del Holocausto y sobre los dilemas morales en situaciones límites.









                                                     
Janusz Korczak


Fragmentos



“La puerta del dormitorio de los chicos está abierta. Son sesenta. Un poco más hacia el este, duermen en el más silencioso de los sueños sesenta chicas.

Los demás, en el piso de arriba. Estamos en mayo, de modo que, aunque haga frío, los chicos mayores pueden dormir en la sala de arriba.

La noche. Tengo apuntes sobre la noche y sobre los niños que duermen. Treinta y cuatro blocs de notas. Por eso he tardado tanto en empezar mis memorias.”



…..



“Querida Anka….

1.   No voy de visita. Salgo a mendigar. Pido dinero productos, información, consejo, indicios. Si a esto lo llamas visitas… Es un trabajo duro y humillante. Además hay que hacer el payaso, porque a la gente no le gustan las caras de pena.

Voy a menudo a ver a los Chmielarz. Me alimentan. Tampoco es una visita. Yo opino que es beneficencia, ellos lo tratan como un intercambio de favores. A pesar de que la atmósfera es amable, dulce y balsámica, a menudo también cansa.

El descanso que ofrece la lectura empieza a fallar. Un síntoma peligroso. Me he vuelto loco y esto ya no me preocupa. No quiero convertirme en un imbécil.”



…..



“Ahora la Casa de Huérfanos es una Casa de Anciano. Tengo siete inquilinos en la habitación de aislamiento, tres de los cuales son nuevos. La edad de los pacientes está comprendida entre los siete y los sesenta años de Azryl, que gimotea sentado sobre la cama con las piernas colgando y la cabeza apoyada en un brazo de la silla.

Las conversaciones matutinas de los niños: el resultado de la toma de temperatura. Cuánta fiebre tengo yo y cuánta tú. Quién se encuentra peor y cómo ha pasado la noche.”



(Janusz Korczak, Diario del gueto, páginas 21, 106, 124-125)